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Contexto Histórico de Acapulco – V

Figura 9a: Acueducto del Padre Tembleque (años 1555 al 70). Cerca de Otumba

 

La caza de cetáceos combinada con el contrabando, daría lugar a no pocos actos de filibusterismo, que la diplomacia británica proscribía, mientras pedía reconocer el derecho de sus barcos a la navegación en los litorales hispanos despoblados. La presión inglesa sobre el monopolio comercial español, tensaba progresivamente sus cuerdas comunes con los emergentes EEUU. La debilidad circunstancial española, frente al peligro de la Francia revolucionaria, llevará a Carlos IV a la firma del Tratado de San Lorenzo (1790), que permite a las naves británicas la caza de mamíferos marinos en aguas virreinales. Pronto iban a detectarse barcos estadounidenses camuflados en medio de los balleneros ingleses, que provenientes de los puertos de Nantucket y Boston, seguían la ruta de Hornos para acceder al Mar del Sur, y contrabandear al british style. Para poder contactar con sus posibles clientes, los balleneros debían acercarse a la costa, donde resultaban fácil presa de los guardacostas virreinales, que confiscaban los alijos a la par que multaban a los barcos transgresores del Tratado, aunque por esta vez no le costase a capitán alguno su oreja. El mínimo resguardo de 10 leguas estipulado en él, era razonable resguardo para la pesca, pero excesivo margen para poder escaquear el matute correspondiente, lo que aumentaba la tensión con la administración inglesa que de él se beneficiaba.

 

En 1796 los EEUU se integrarían al  nuevo Tratado de San Lorenzo, convertido ahora en una suerte de ballenero juego tripartito de la gallinita ciega. Ni que decir tiene que era España la gallinita del cuento. La picaresca anglosajona transformó aquel menàge a trois en una tienta de capotazos al alimón, manejada por dos consumados maestros taurinos a cuya vera el lazarillo del Siglo de Oro español, era un simple robaperas. Resultante: ambos gobiernos, comprometidos a perseguir un contrabando que practicaban sus propios balleneros, ignoraban los reclamos españoles cuyos expedientes plenaban los estantes de sus cancillerías. El viejo truco del burócrata mendaz que, al ser inquirido, responde unívocamente que el asunto sigue su proceso. Cuando no lo hace con un vuelva Vd. mañana, tan cabalmente descrito por el mordaz contemporáneo Mariano José de Larra, otro ilustrado de la palabra. De la palabra vana, equívoca, de perorador de ventanilla, que las riega como lluvia sobre un estanque cuyos círculos ondulantes se confunden. Remedo burlesco que otros oradores de banco público, capaces de levantar las muchedumbres hastiadas, estaban agitando contra la ineficaz palabrería oficial. Mientras la Corona Borbón española, a punto estaba de caer sobre un Bonaparte Rey, que llevaría por nombre José I.

 

Eran muchas las abras, bahías, fondeaderos y puertos despoblados de las costas de las Californias y del Mar de Cortés, en que los pataches costaneros de Acapulco denunciaron  ver durante sus faenas de cabotaje, barcos extranjeros en sospechosa espera… para contactar sin duda con sus enlaces de tierra o de otro puerto, y rematar su entrega de alijos bajo cuerda. Los mástiles balleneros cambiaban de bandera según conviniese, máxime ahora que la británica habíase tornado enemiga tras su declaración bélica a la España oficial (1796-1808) invadida por Napoleón. Pero en costas bajas, sobresalían sobre el ribazo sus perfiles, fácilmente identificables para los guardacostas de Acapulco y de la base naval de San Blas, merodeadores pertinaces de singladuras aterradas. Demasiado mástil camuflado entre acantilados, hizo que la Armada Virreinal sintiérase espiada y recelosa de cualquier previsible invasión inglesa. Argüían los ingleses que las ballenas descendían en grupos hacia la Baja California no más lejos de los 10 km de la costa, franja marina deseable para camuflar, por próximas y rápidas, sus mendaces arribadas súbitas. Tanto la enfermedad, como la inanición, reparación urgente o la aguada vital previo vaciado de pipas, todo servía para enmascarar el verdadero propósito del contrabando. Valía todo. El modus operandi era siempre el mismo: tras contacto clandestino en alta mar y después de cazar alguna ballena y llenar unos cuantos barriles con su grasa, se fondeaba bajo cualquier pretexto en el puerto novohispano convenido. Allí concurrían los valijeros avisados para traspasar su matute. Este proceder generaba un contextual enjambre de traficantes y aguantadores que asediaba las aguas hispanas, mientras España miraba a los  Pirineos, por donde temía ver asomar al emperador Bonaparte, otro esencial espíritu insular, tan agresivo como su parigual inglés. Eran días previos a una zozobra nacional en ciernes, que empezaba a perfilar la implosión del Imperio Español, donde las potencias amigas esperaban entrar a saco por todas sus costuras. En realidad el Imperio estaba ya muerto, solo faltaba ponerle fecha de caducidad para la Historia. Era solo la muleta de su prestigio quien le permitía seguir renqueando en sus días postreros. Y nuestros reinos de ultramar amagarán un mohín de apoyo a la metrópoli y su mentecato Rey, para acabar encaudillados revolviéndose contra ambos y lacerándose entre ellos. Gestábase en su seno generaciones de adalides radicales, prestos a enviscarse en una lucha secular por destacar su propio ego sobre los demás. La guerra sicológica estrenaba una incipiente andadura hispánica, arando  profundos surcos entre afines. E Inglaterra, amenazada a su vez de invasión por las escuadras navales de España y Francia, reforzaba su poderosa imprenta como arma arrojadiza contra el mortal enemigo francés y su forzada Corona aliada, que no el pueblo español, enguerrillado contra el ejército invasor en un crudelísimo toma y daca.                                                          

 

En este contexto informativo, llega Alejandro de Humboldt al puerto de Acapulco procedente de Guayaquil (1803), cuando la feria estaba en pleno apogeo y su Camino repleto de caravanas muleras y febriles comerciantes. Decide por ello permanecer allí un tiempo estudiando geologías, botánicas, geografías, hechos y costumbres, y por supuesto ¡la feria!, innato reflejo de su brújula olfativa. Como primera impresión del lugar visto desde el mar, no le había agradado su traza de circo roquero, pero sabrá cantar las excelencias de resguardo y maniobrabilidad de su bahía, como cortesía de caballero. En cambio, le subyugaba aquel variopinto hervir humano de comerciantes manileños, compradores criollos, oficiales y funcionarios virreinales con criados o sirvientes, tripulaciones, mayorales y muleros de recua, indios danzantes que venden luego verduras, aves y frutas, cargadores pardos, braceros mulatos, chinos que todo lo preguntan, descuideros, meretrices, santeros, tahúres, barberos, mendigos, escribientes, guitarreros…  Le parecía una suerte de enjambre humano que fluía entre los puestos como marea de lodo en campo de rocas, con sus giros caprichosos pivotando en dudosos remolinos. Pero sobre toda consideración, ponderaba el trato reposado y cortés que se percibía en la feria. La empatía entre seres humanos tan diferentes. Se sorprenderá al comprobar las amigables transacciones que se realizaban entre gente tan dispar como los chinosfilipinos y los mestizos o los indios. La compra se hace sin abrir casi los bultos, y he de confesar – reconoce perplejo – que en este comercio entre dos países que distan 3000 leguas entre sí, impera la buena fe, y seguramente mayor honradez que la habitual de algunas naciones de la civilizada Europa. Genio y figura del patricio prusiano, que todo lo objetiva  o pondera mediante cifras, funciones numerales, tablas y ábacos o gráficas comparativas. Hasta el concierto humano de una aleatoria feria mercantil, donde confluyen los temperamentos de americanos, africanos, asiáticos y europeos, tratará de encuadrarlo en un marco objetivo, tomando como unidad conocida  su civilizada Europa.

 

Finalizada su estancia en Acapulco, remontará el camino a Chimpalcingo que encuentra amplio y bien cuidado, cosa que no alaba del trayecto restante hasta México. Es fácil de entender este contraste, si se piensa que, desde mediados del siglo XVIII, el castellano del San Diego venía solicitando el traslado de su residencia campestre a esta ciudad de clima benigno, dada la fluidez habitual del trato entre ambos enclaves. No sospechaba que aquel camino montaraz entre riscos y vaguadas, tenía los días contados. Después de la independencia y el cese de comercio con Filipinas, el camino de herradura quedó en completo abandono, sin cuidado ni reparaciones. Solo pudieron conservarse algunos tramos empedrados; los restantes se convirtieron en arroyadas… nos cuenta el historiador local Vito Alessio. El puerto de Acapulco quedo incomunicado por tierra con la capital, hasta que el trazado de carreteras modernas vino a conectarlo ya en pleno siglo XX. No obstante, se mantuvo siempre como nexo de unión marinera con los enclaves de la costa californiana y otros puertos del Pacífico.

 

El científico  alemán, pese a sus jóvenes treinta y tres años, venía a Nueva España precedido de notable fama, rematada localmente por la entusiasta acogida que el Virrey José de Yturrigaray le dispensa en la capital, además de la lógica expectación que despiertan su llegada, su porte de dandy europeo y un protocolo virreinal en todo su esplendor. No solo le abre las puertas del Virreinato a su curiosidad sin ambages, sino que despliega su influencia personal para interconectar su inquietud con la ciencia novohispana y sus instituciones. Desde Fausto de Elhuyar, descubridor del wolframio (Vergara, Guipúzcoa 1783) y a la sazón director del Colegio Minero de la Ciudad de México, hasta el desagüe de Huehuetoca en el Tajo de Nochixtongo, con todos los problemas hidráulicos inherentes a los tremedales y lagunas del Anahuac. Profundiza en la evacuación de las aguas lacustres de la histórica Tenochtitlán, tantas veces inundada como drenada hacia las cuencas subsidiarias del Pánuco desde los tiempos de Cortés, sus bergantines y su conquista, como los del Virrey Mendoza. Repasará minuciosamente las sucesivas soluciones hidráulicas asumidas, desde las diatribas del carmelita Andrés de San Miguel y el matemático Enrico Martínez, hasta los enfoques contemporáneos al suyo y los 48 km del sistema hidráulico del franciscano padre Tembleque con su acueducto  (hoy Patrimonio de la Humanidad). Todos le interesaban. Todo lo estudiaba, medía y sopesaba.

 

Las frecuentes inundaciones de la capital, provenían sin duda del hundimiento de la cada vez más pesada, por ciclópea, ciudad de México, sometida a un proceso de lento incrustado en un subsuelo de sedimentos poco consolidados y gran potencia. Hoy sabemos que la capital azteca se asienta sobre uno de los suelos de cimentación más inciertos del mundo (comparable al delta del Nilo), un fondo lacustre sedimentado en tiempo geológico de larga data, sobre una base rocosa que se encuentra 3000 metros por debajo del nivel construido. Con el doble agravante de ser suelo amplificador de temblores inducidos por cualquier sismo (a mayor amplitud de la oscilación motriz, mayores destrozos constructivos), a la vez que experimenta compactación y asiento, incluso licuefacción, durante los sacudimientos del suelo. Eso sabemos hoy, pero también hemos aprendido con pasos de gigante a diseñar nuestros edificios y dotarlos de respuestas dinámicas sedantes de la moción básica. Y México posee grandes profesionales cuyos textos, dormidos y curioseados en la biblioteca familiar, veo que señalaron el norte ingenieril de mis mayores durante la segunda mitad del siglo XX. Si Humboldt encontró y reconoció un alto nivel tecnológico alcanzado en la Nueva España del ochocientos, no es comparativamente menor, el poseído hoy por sus herederos históricos.

 

Objetivo y rigorista por naturaleza, debió sentir Humboldt en su llegada a Nueva España, un firme contraste frente al vacío de información franca que había manejado para ilustrar su venida al Nuevo Mundo. La Aufklärung de la que provenía, masivamente protestante, era también fuertemente crítica con el mundo hispánico y su metrópoli. España era a la sazón un país anonadado en su decadencia, carcomido por una masonería retroalimentada por ciertos enfants de la patrie de la soliviantada Francia. Cuanto de ella se publicaba en Europa, estaba en gran medida asociado a informaciones vertidas por enemigos históricos o ¡a esas alturas! religiosos, asumidos como propios por el fuego amigo de sus intelectuales, filósofos fetales de la Revolución Francesa. Pese a la fama de la Enciclopedie Française, los mejores atlas del momento eran mayormente ingleses, y en ellos se cantaban, narradas y pintadas, las glorias del Imperio Británico, en detrimento del resto de mortales, sin el debido recato al buen gusto y la objetividad, que venía siendo habitual moneda de pago en las ediciones de la Europa continental, por muy luteranos o nacionalistas que fueran sus editores. Estos mismos atlas a la luz de hoy, resultan insufribles para cualquier europeo no británico: la maquinaria de propaganda había ya comenzado su modulación de Verdades, para ceder sitio a la particular view o media verdad, cuando no a una rotunda falsedad hija de la desinformación no exenta de prejuicios. Las fake news tan en boga hoy, eran ya calderilla corriente conocida de siempre, pese a su alicorto alcance de antaño, contra la posible contundencia actual. Y la Iglesia anglicana que las combatía, sometida al poder político desde los Tudor, era ya para entonces solo un remedo grotesco de sí misma.

 

Muestra una vez más de su arrogante supremacismo, fue sin duda la moneda conmemorativa del God´s blew, enviado por Jehová para salvar de la Armada española del siglo XVI a su anglicano pueblo escogido. Soplo divino, Viento de Dios, Santificante Gracia que enviaba el Supremo Hacedor, era aquel oportuno iracundo Eolo que desbarató la flota papista del Anticristo romano. Un eco de aquel viento bíblico arrojado sobre los ejércitos del Faraón en su paso del Mar Rojo, venía ahora a destrozar, entre acantilados, la Felicísima Armada del endiablado Felipe II. Era anatema de Jehová contra el rey español, por haber osado enviarla desvergonzadamente para luchar contra los ingleses, no contra los elementos desatados, como había confesado aquel arrogante monarca…  O la falsaria medalla de Cartagena de Indias, mil veces personalizada en su historia por preeminentes Vernons, siempre erguidos y vencedores, frente a imaginarios Lezosperennemente vencidos y arrodillados. ¿Blas de Lezo, decís? ¿Quién es ese personaje de fake new que ni le nombra la Enciclopedia Británica? se preguntarán extrañados esos mismos historiadores del Reino, que aseguran fuera Francis Drake el primer “circundedisti me” de la Historia, o ser la naviera inglesa Cunard quien descubriera el gulf stream a principios del siglo XX. Esos mismos que citan a Cook como descubridor de las islas Hawai o la Austrialia del Espíritu Santo dos siglos por detrás de los españolesPero – ¡eso sí! – que no falten los tripulantes uniformados de seda, las velas adamascadas y múltiples gallardetes de paño de oro cantados por Hume…  para cuantas ocasiones inventen sus hooligans de la narrativa patria. Cuan lejos estamos de la realidad y caballerosidad espontánea del velazqueño Spínola, cortésmente inclinado hacia un humillado Nassau que le entrega las llaves de la rendida Breda. O la respetuosa espera de los Reyes Católicos frente al abatido Boabdil, que tarda en entregar las del Reino de Granada – ¡Ay de mi Alhama! – reflejada por Pradilla. Consideraciones similares debieron fluir en su espíritu crítico de aufkläruner germano, que trataba de objetivar una realidad hispanoamericana que no dejaba de sorprenderle a cada paso. De ahí sus referencias comparativas con “el Mundo”, “la Europa” y el todo o la parte de las naciones dominantes, tan frecuentes en los dictámenes vertidos en su  monumental Viaje a los países equinocciales y sus posteriores Ensayos Políticos y numerosos Atlas. Bálsamo de fierabrás contra la urticante opinión inglesa sobre los pobres humanos, predestinados a no nacer donde Jehová a ellos habíales enrocado.

Figura 10: Fuerte  San Diego. Acapulco

 

Fieles en su tradición de mirarse el propio ombligo, todavía hoy florecen en aquel país ideas peregrinas como las vertidas no ha mucho por un conspicuo y circunspecto Barón emérito, de cuyo nombre no quiero acordarme. Rector de Universidad famosa, antítesis racional del Humboldt universal, Kenneth McKenzie Clark en los cercanos setenta del pasado siglo se permitió el lujo, en su muy particular view, de negar cualquier aportación cultural del mundo hispánico al progreso humano. Lo primero que se viene a la cabeza tras ello, es el ciclópeo grosor de la ignorancia que apisona las meninges de quien lo proclama. Un ex rector de Universidad inglesa, nada menos. Solo cabe por tanto dar paso a otra explicación: la paráfrasis machadiana de quien envuelto en su arrogancia desprecia cuanto ignora. Desconocimiento que era mucho menor de lo que él fingía poseer sobre lo hispano, puesto en evidencia por los múltiples tópicos antiespañoles que guardaba en la recámara. Actitud gentilicia ya denunciada por Ortega y Gasset medio siglo antes, en el Epilogo de su famoso tratado sobre La rebelión de las masas. Bien que presuponiendo que no hay pueblo que, mirado desde otro, no resulte insoportable…  En el anglosajón se ha dejado correr la intriga, la frivolidad, la cerrazón de mollera, el prejuicio arcaico y la hipocresía nueva, sin ponerle coto. Se han escuchado en serio las mayores estupideces con tal que fueran autóctonas, y, en cambio, ha habido la radical decisión de no querer escuchar ninguna voz española capaz de aclarar las cosas, o de oírla solo después de deformarla… Pero esa actitud es mero despotismo humano, aunque nuestro Ortega lo calle. Una prepotencia incapaz de entender lo que hay de cultura refinada, sutilísima y de alta alcurnia en “tomar el sol” del español castizo, que juzga holganza; en tanto ponerse unos bombachos y dar golpes a una bolita con una vara, es operación que dignifica llamándola “golf”, concluye incómodo. O quizá ese turismo de borrachera, que invade periódicamente Magaluf, Salou, Ibiza y tantos enclaves mediterráneos – añadimos nosotros – donde cientos de jóvenes anglos (gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus) encajan su torpe primitivismo, lo dignifiquen como un ‘Spring Break a la americana’, que aportar a la civilización universal. Pero no son sino hordas multiformes de meros homínidos del alcohol, la droga y el sexo, cachorros que salpican por doquier retazos de su peor Albión como vivo reflejo de cualquier fin de semana en sus calles. Otro aporte social civilizado, pensarán sin duda. ¿Hemos olvidado ya el veto prohibitivo al aficionado inglés de acompañar durante años a sus equipos en partidos de fútbol continentales? ¿Acaso la FIFA tampoco comprendía esta civilizada manera suya de socializar con otros aficionados?

 

Hace apenas unos días (Abril 2020) la cadena BBC de Londres, admitía que la derrota a manos inglesas de la Armada Invencible, era el mayor bulo de la Historia, utilizado por monarcas, artistas y políticos hasta la actualidad. ¡Agimus tibi gratias omnipotens Deus! En su serie Royal History’s Biggest Fibs, la historiadora Lucy Worsley desmonta con cinco siglos de retraso una verdad a la que nunca los españoles prestaron demasiada atención; era ahora el diario El País, quien sacaba a colación el tema. En el relato oficial inglés, asegura la historiadora, se mezclan poetas, cantautores, fabricantes de tapices históricos y fabuladores mitológicos con sus oníricas ensoñaciones patrióticas para hacer el totum revolutum que impregna la asignatura de Historia estudiada en la enseñanza secundaria inglesa. Drake y su juego de bulos (perdón, bolos), el diabólico Felipe II… y tantos otras fake news aclaradas… ¡más vale tarde que nunca doctor Watson!                                

 

Ni que decir tiene que para nuestro Barón emérito eran, a su entender ingleses, los primeros de la cola aprestados a recibir albricias por su tributo al haber humano. Pero su omisión hispana, no es cosa baladí, que pueda ser soportada por la Historia Universal, por muy prêt-à-porter que quisiera fabricársela para promocionar el programa televisivo que presentaba y dirigía, como punta de lanza de su obra escrita. Como tampoco, es de reconocer, podría soportar ese concurso universal la exclusión del grano de arena inglés. Y ello pese a llevar las alforjas cargadas con un Enrique VIII y su Torre de Londres, el tráfico de esclavos, las guerras del opio, el holocausto de 11.000 zulúes ametrallados en Sudáfrica, el genocidio histórico irlandés, o la Navidad negra de Pasto 1822 con masacre y violación de mujeres y niños por la Legión británica; por no hablar de los más recientes bombardeos de Hamburgo. Y esto se lo decimos a nuestro Sir desde un país europeo que ha eludido las dos guerras mundiales del siglo XX.

 

Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra, es mantra bíblico recurrente, fácilmente asumible. Así como un comportamiento negativo puede ser  extrapolable a cualquier grupo humano, no se da en la misma medida la siembra de  valores. El siglo XX nos ha enseñado que cultura y barbarie pueden caminar juntas. Pero cultura no es civilización. La cultura profundiza el conocimiento de nuestros instintos, pero no necesariamente su dominio, su gestión. La civilización lucha por apaciguarlos, por gestionarlos. Aunque suelen caminar como compañeras de viaje, son autónomas en la evolución de las sociedades. Si algún esfuerzo hizo la Inglaterra de los Estuardo en sus Trece Colonias por civilizar a sus amerindios (los Tudor quedaron inéditos), nunca podrá ser comparado al civilizador y culturizador empuje de la Corona española  durante ese mismo lapso en su Imperio americano. Estamos hablando de Civilización, el título del programa televisivo de nuestro desmemoriado profesor. Baste como muestra las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de Indias (1573), hecho a vuelapluma por Felipe II en una corta estancia en el Palacio de Valsáin (dejado en ruinas tras construir La Granja de San Ildefonso). Su capítulo sobre las Pacificaciones no admite parangón con trato alguno dado a cualquier indígena de otro continente, no importa por que Corona europea de su siglo y  siguientes. Literalmente, se ve en él sembrada la pura civilización. Pero el minucioso Felipe, no hacía con ello sino continuar las políticas emprendidas por los Reyes Católicos desde los comienzos del Imperio español. Políticas siempre encauzadas a través de las Leyes de Indias, protectoras de los aborígenes, pero letales para los intereses de la conquista y colonización. Empezando por el codicilo anexo al Testamento de Isabel la Católica (1505), origen del Derecho Humano: Suplico al Rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la princesa mi hija y al príncipe su marido, no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias… reciban agravio alguno en sus personas y bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados… Era el origen del derecho de gentes. La consiguiente puesta en producción del gran continente, hubo de costarle por ello a la Corona española una guerra civil y no pocos sinsabores. Pero el hombre, aun cuando aborigen, estaba por encima de la economía según la ética del Imperio, antítesis de la jurisprudencia inglesa, donde era la economía de los planters prioritaria frente al indio. Ese mundo hispánico que nos dejó ayer aquella Corona, es hoy el primer receptor de patrimonios culturales UNESCO por sus reliquias de la cultura y civilización que supo imprimir a nuestros reinos de ultramar, y su defensa frente a otras potencias que anhelaban para sí aquellos logros.

 

Además de su literatura, su pintura y escultura, sus músicas, sus aportes cartográficos spanish lake, kuro-shivo y gulf stream incluidos, su ciencia naval y navegación, su ingeniería militar y civil, su derecho de gentes salmantino, sus cientos de misiones y reducciones donde civilizar naturales, los hospitales para socorrerlos, sus cientos de traducciones del saber occidental a lenguas indígenas o viceversa, su primera gramática culta, sus miles de km de caminos empedrados, sus catedrales y universidades como focos de música y ciencia… son materia holgada para calibrar el dislate boreal de nuestro recordado profesor. Su Inglaterra del siglo XII, aún con legañas en los ojos, seguramente ni se enteró del Renacimiento andalusí que nuestro docente silencia, precursor de la otra Aufklärung del siglo XVIII europeo, al decir del sorprendido Karl Vossler que lo estudió en profundidad.  Fue el Siglo de las luces de los Avempace, Abenarabi, Maimónides, Abentofail y Averroes,  precursores a su entender de la pléyade germana de los Goethe, Kant, Leibniz y el propio Humboldt, perceptores del sutil perfume emanado de aquel canto a la naturaleza y al sentir y pensar del hombre. Y ello ocurría durante los siglos del califato cordobés, faro medieval del saber alejandrino, cuyas gentes se expresaban mayormente en romance, donde algún sultán se dejó ganar por los encantos de Sevilla y uno murió corneado por una vaca brava, según nos cuenta Claudio Sánchez Albornoz, nuestro medievalista de cabecera. Donde las mujeres que parían en los gineceos de los centros de poder eran hispanorromanas o hispanogodas (diezmo obligado de los sojuzgados reinos cristianos a los poderosos muslimes) y sus Abderramanes, pelirrojos muchachos de azules córneas, cual vástagos de estirpes reales navarras, leonesas o castellanas cuyas infantas eran moneda de tributo en los serrallos califales. Que nos dejaron joyas arquitectónicas como la Mezquita cordobesa, la Alhambra granadina o las insuperables ruinas de Medina Azahara, mientras el rumor matemático de Al – Quaritmi esbozaba nuevas formulaciones en Al Ándalus. Era el álgebra en forma de los algoritmos que hoy epatan a tanto friky, en tanto su alquimia los aplicaba sin aspavientos para obtener el vidrio coloreado que entramaría las vidrieras de las catedrales góticas. También las inglesas y algunas residencias de la época Tudor. ¿No aportó nada al progreso humano occidental la medieval Escuela de Traductores de Toledo? Es respuesta que responden por sí propios Gerardo de Cremona y Domingo Gundisalvo o la naciente Sorbona de París, sus coetáneos; pero no nosotros, insignificantes hispánicos desterrados del progreso humano, como del paraíso lo fuera su género homo. La espada de fuego de nuestro ángel exterminador británico, nos prohíbe a los hispanos el retorno al edén del saber humano, del que, motu proprio, nos niega haber sido parte alguna vez.

 

Fuera de retóricas acerca del concepto de Civilización y su culmen manifiesto de las Jornadas de Valladolid, Hugh Thomas reconoce que este debate ha sido único en la historia de los imperios. Acaso ¿inspiraron Roma, Atenas o Macedonia semejante debate acerca de su conquista? ¿Lo hicieron Francia o Rusia? ¿Hubiera optado la Corona Británica por organizar tan docto debate en Oxford, como lo fuera  la jornada sobre los amerindios en Valladolid, para dilucidar si era jurídicamente justa su guerra contra los ashanti o los afganos?: la sola idea resulta risible, se responde a sí mismo el hispanista británico… Por cierto ¿cuantas misiones humanistas dejaron sus paisanos en las Trece Colonias? nos preguntamos nosotros. Para navegantes anglos advertimos que solamente en Nueva España había más de 300, algunas con cerca de mil aprendices indígenas. ¿Cuantos centros del saber para naturales, monásticos o no,  con su biblioteca como semillero de cultura? ¿Cuantas imprentas? ¿Cuantos corrales de comedia, ellos que habían creado su teatro con el magnífico Shakespeare? ¿Qué ventaja produjo a los indios del Norte vivir yuxtapuestos a una cultura avanzada? Ninguna, caso único en la Historia, sencillamente porque eran de ella segregados como leprosos bíblicos. Por tanto ¿Dónde está el aporte de la civilización inglesa al mundo amerindio? ¿O es que acaso nuestro Sir no lo consideraba mundo? ¿No habíamos quedado en que todo Imperio se caracteriza por trasmitir sus haberes a las provincias incorporadas? Aunque, ciertamente en su caso, no eran provincias sino colonias, de facto un hiriente escalón social más bajo. ¿Cuantos Poma de Ayala, o Escuelas Quiteñas de Arte, contaron entre sus indígenas? ¿Cuantos Inca Garcilaso entre sus mestizos? ¿Cuántos Ruiz de Alarcón o sor Juana Inés de La Cruz, en sus haberes criollos? ¿Cuantos edificios pétreos, si es que alguno construyeron que no fuera en madera o ladrillo, con sus exquisitas labras y relieves surgidos de escoplos indios? ¿Cuántas catedrales con sus escolanías, sus maestros y sochantres? ¿Cuántos de ellos eran virtuosos músicos indígenas o mestizos, organistas, maestros de capilla, o compositores como Manuel de Zumaya? ¿Cuantos hospitales, casas de beneficencia, orfanatos construyeron para los naturales? ¿Cuantas universidades?  ¿Tengo que recordar a tan olvidadizas mentes que en sus colonias era el mejor indio el indio muerto, según confesara su historiador conectiqués Herbert  Eugene Bolton? ¿Por qué no existe hoy un mestizaje significado, a lo cinéfilo Pocahontas style, en sus ex Trece Colonias? La respuesta es clara: porque exterminaron a sus indígenas. ¿Cómo?: con limpiezas étnicas como la de los paquot masacrados por los padres puritanos, con cínicas mantas impregnadas de viruela para cobijar su invierno norteño durante la llamada guerra india, con la eliminación sistemática de las tribus autóctonas de la frontera en todo tiempo, con bebidas estimulantes hasta macerarles sus vísceras en alcohol…  ¿Por qué callan esas miserias, en vez de sacarlas a la luz, como el imaginativo Las Casas hiciera, publicando las nuestras en la propia España?¿Por que el testifical Mártires de la Inquisición Inglesa del jesuita John Gerard, no pudo ser publicado en Inglaterra hasta ¡1984!? Para un observador no anglo es fácil de responder, puesto que en aquella Albión contemporánea, los represaliados eran papistas de un país anglicano, cuyo papa era la propia reina Isabel I, juez y parte. Una furibunda perseguidora de católicos que controlaba mediante espionaje vecinal, y acusaba de sedicente a quien no asistiera al culto público, penado en primera vez a perder una oreja, a pena de muerte si reincidía. ¿Por que el angloamericano Día de Acción de Gracias, es para los indios wampanoags su Día Nacional de Luto? ¿No habíamos quedado en que todos comían amigablemente pavo compartido? Pero esas verdades adversas son silenciadas tanto en Albión como USA, donde se sigue comulgando con ruedas del molino de los padres peregrinos y su totémica ave desplumada.

 

En la Enciclopedia Británica ni se nombra a Blas de Lezo. Y nuestro profesor desprecia cuanto ignora, que es mucho, porque su insular cultura ignora cuanto le escuece, que no es poco. Para nuestro televisivo comunicador, todos los indios borrados del mapa, tal como les ocurrió a los paquot, quemados vivos con sus mujeres y niños en la llamada Masacre Mística, debían ser sin duda emisarios espirituales ante el Sumo Hacedor, para ver de retrotraer sus almas al predestinado Edén de los ingleses… Hasta Arturo Uslar Pietri, el siempre ecuánime y templado gentilhombre venezolano, ante tal desafino cromático, hizo sonar su armoniosa cuanto prestigiada voz, para acallar tamaña distorsión sónica del conocimiento y de la razón en pleno siglo XX. Los Expulsados de la Civilización no es su crítica malhumorada, sino  razonada concatenación de cordura, dolora en prosa de un savoir faire ante el inesperado bucle tribal de un prestigiado docente. Atrincherado en un poderoso medio audiovisual y su rango académico, este comunicador pretendía rociar su programa de erudición con su particular aspersorio hispánico. Un hisopo asimétricamente perforado por filias y fobias, que asperjaba su sopa de letras sobre un colectivo masificado, acrítico, zafio, sanchopancista, empantuflado… y sorprendido, a la vez que satisfecho, ante el sabor edulcorado de aquellos plasmas de hechura cabileña, ajustados milimétricamente a su capacete craneal insular. El amplio espectro de la civilización, tratado de forma simplista y aroma erudito, motivaron la incomodidad del llorado polígrafo caraqueño, tal como provocan hoy la nuestra. Con las propias tesis de John Ruskin que nuestro barón argumentara, Uslar Pietri razonaba en pro de la civilización hispánica para llegar a conclusiones diametralmente opuestas. No hay hallacas como las de mi mamá, es dicho de nuestra tierra caribe para significar lo apegado del paladar familiar a los sabores caseros. Y el mediático histrión, salpimentaba su hallaca televisiva dosificándola de tribales halagos, capaces de plenar de emociones sus anglófilas oquedades cefálicas. Pero lo que no pudo saber nuestro sabio caraqueño, es que tras generaciones de lisonjearse como elegidos por el dedo de Dios, este Sir inglés y muchos de sus emocionados escuchas, serían los precursores del Brexit social, apartheid europeo que había de estallarles en las manos durante la segunda década del siglo siguiente. ¡Onirismos de un evanescente Segundo Imperio ya marchito, cuando el Primero, niego a la mayor que lo fuera más allá de la propia vanidad inglesa, había brillado por sus elementales carencias humanas!

 

No se puede negociar con un país que viaja todavía en asnos, respondía no ha mucho el Premier Boris Johnson a un periodista que le preguntó por el futuro estatus de Gibraltar tras el Brexit. Si reclaman Gibraltar, les enviaremos la Armada Británica, contesto otro Jenkins del siglo XXI, sin desorejar por el momento. Dicho esto por dos autóctonos, un siglo después de La Rebelión de Ortega y Gasset ¿a qué nos suenan estas opiniones?… Nuestro pensador historicista cuenta cómo un minucioso corresponsal del The Times, enviaba detallados pormenores a su Redacción y las cifras más pulcras, para describir la situación de una Barcelona sumida en la guerra civil española del 36. Pero partía de suponer, como de cosa sabida y que lo explica todo, haber sido los moros antepasados nuestros. Lo cual, pese a su laboriosidad y supuestos aciertos, le incapacita absolutamente para informar sobre la realidad de la vida española, añadía. Algo así como suponer que el asilvestrado talante de la horda anglosajona en olor de brandy-dead que visita Magaluf, se debe a sus antepasados sajones… o que sus energúmenos hooligans encarnan una excrescencia humana brotada de sus genes anglos… Se precisa una información fidedigna, contrastada, que reclama una reforma de la fauna periodística… y algunas horas más de biblioteca en sus caletres, poco leídos y mal asimilados – añadimos nosotros – de la gran maestra que es la Historia. Y para hablar de la hispanidad es preciso conocer su unamuniana  intrahistoria, mientras que para esta cuerda de iluminados, lo que se publica en español no existe. La razón de ello, puede encontrarse en el patente desinterés del angloparlante isleño por las demás lenguas, que en su chauvinismo desconoce, unida a la citada paráfrasis del que envuelto en sus tópicos, desprecia cuanto ignora. Ninguno de ambos atributos favorece la lectura de cualquier fuente de datos objetivos en idioma ajeno. Y ya Unamuno nos advirtió oportunamente sobre la lectura que, cuanto menos se lee, más daño puede hacer lo que se lee… sobre todo si es lectura sectaria que riega páramos culturales, añadimos nosotros.

 

Ese país que supuestamente viaja todavía en burro, es quien maneja su aeropuerto de Londres a través del mayor operador aeroportuario del mundo, su banca tiene como filiales a dos de los principales Bancos británicos, acaba de construir el AVE a La Meca en detrimento de su tecnología, que volvió a desplazarla en la reciente variante del Canal de Panamá; pero que alberga gustosamente al casi medio millón de compatriotas residentes con un 15% de jubilados, que disfrutan de la seguridad social española, valorada como una de las mejores del mundo. Y que dan múltiples muestras de no compartir el estalagmítico prejuicio de su desgreñado Premier, aunque algún día lo compartieran cual pecadillo pre-púber. De lo que deducimos que hay otro sector de esa sociedad pasmada, que no se entera de su realidad, alelada aún como lo está, ante su biselado espejo decimonónico con marco dorado. Y hablando de Panamá, rebobinemos un reciente comentario de Milton Cohen Henríquez, su embajador en Madrid, quien en rueda de prensa sobre ese paisanaje que se supone viaja a lomo de burras, semilla otrora del mundo hispánico estéril de nuestro despistado Sir, recordaba off the record a sus contertulios, que era el mismo que había inventado el helicóptero, el submarino y el traje espacial, mil veces copiados luego. Que su medicina social había logrado hacer de su gente – junto con Japón – el colectivo humano más longevo del planeta, que era el primero en trasplantes de órganos humanos y se consideraba valorada su sociedad en la cumbre del bienestar universal, entre otras reflexiones lisonjeras tomadas en los medios informativos. Pero que sus ciudadanos eran, a su juicio, los únicos que no se daban por enterados de ello.

 

En contraste, la idiosincrasia inglesa que personaliza nuestro Sir, no deja de ser un suma y sigue diametralmente opuesto, que en próximas generaciones los europeos no parecen estar dispuestos a sufrir en propia carne, como tal vez le ocurriera a Humboldt. Cosas veredes, amigo Sancho, apostillaría harto de sufrirlo, quien dicen lenguas que lo exclamó, aunque nunca tal cosa hizo, este otro sólido, verdadero, equitativo, arquetípico español y universal Sir, apostrofado despectivamente por sus burlo-detractores como “El Quijote”, un hidalgo soñador atemporal desfacedor de entuertos. Figura cumbre indiscutida de la novela universal, concebida por Miguel de Cervantes Saavedra, otro expulsado de la civilización junto a Octavio Paz, Velázquez, Dalí, Diego Ribera o Picasso entre otros, por el conspicuo inglés de nuestro apólogo, erigido per se en juez universal infuso. Manco de Lepanto de por vida y más señas, tres veces herido en la mayor ocasión que vieron los siglos, donde los insulares ingleses ni estaban ni se les esperaba en aquel encuentro vital para Occidente y su civilización greco-latina y judeo-cristiana. Ni siquiera como escuderos, ni mozos de armas o polvorillas. Mientras the cold queen of England is looking in the glassDon John of Austria is going to the war… love-light of Spain ¡Hurra!… ¡Vivat Hispania! ¡Domino Gloria! no puede menos que exclamar  Chesterton ante la victoria de la Armada cristiana sobre la turca, en su emocionado poema de Lepanto. El mismo Gilbert K. Chesterton que proclama encarnar España la civilización misma, en un determinado momento histórico del siglo XVI, cuando el horizonte de su patria no pasaba más allá del empecinado robar la plata de los galeones españoles. Esa plata que serviría para construir su Banco de Inglaterra, tal como reconociese implícitamente el propio John Maynard Keynes tres siglos y medio más tarde, al reflexionar que cada libra que Drake trajo en 1580…  se ha convertido ahora en 100.000 libras. ¡Tal es el poder del interés compuesto¡

 

Y tal era el poder del interés compuesto también para aquella lengua romance alto medieval, que naciera entre la Cantabria y la Vardulia peninsulares en los albores del Condado de Castilla, que nada aportó al progreso humano, según nuestro trasnochado docente. La  lengua en que Dios le dio a Cervantes el Evangelio del Quijote, opinaba Unamuno, y la segunda (por el momento)  más hablada del mundo. Y una de las más prestigiadas, si no la más rica, tras su último hervor en el reverbero de matices expresivos y esencias americanas con sus préstamos nativos. Que el poeta nahua Natalio Hernández Xocoyotzin sintió encarnada en el ahuehuete, árbol nacional mexicano que cobija y da sombra, mientras se nutre en el suelo indígena que le transfiere sus aromasY hasta tal punto así, que hoy se tiene al viejo decir bogotano, arcano del habla de ayer aromado de esencias propias, un crujir de sedas virreinales, como una cierta fragancia sónica espontáneamente emanada de su gente. Eco de ella es esa leve musicalidad ondulante que destila el Gabo García Márquez – becqueriano rumor sonoro de arpa de oro  – legado escrito de su magistral prosa en Vivir para Contarla.

 

Como buen pueblo románico que en principio era, acabaron los castellanos divinizando su logos, su decir. Por eso, los pueblos románicos han forjado lenguas complicadas, pero deliciosas, de una sonoridad, una plasticidad y un garbo incomparables… lenguas hechas a fuerza de charlas sin fin – en ágoras y plazuelas, en estrado, taberna y tertulia – nos recuerda Ortega y Gasset. Por eso nos sentimos azorados cuando oímos emitir a los ingleses… esa serie de leves maullidos displicentes en que su idioma consiste… 

 

Un santo triste es un triste santo, conceptuaba a su vez en esa lengua complicada nuestra gran mística Teresa de Jesús, para desesperación de sus traductores. Compuesta la nuestra de una avenida de muchas lenguas, según el gran historiador jesuita Juan de Mariana (1536-1624), fue incorporando ayudas léxicas de cuantas fablas mascullaban los bárbaros germánicos que transitaron por siglos la península ibérica y que la nutricia lengua árabe vino a colmar. Como lapas fluviales adheridas a la dura madera del latín troncal, fueron apareciendo vocablos como pozo, queso, guardia, carrera, tregua, aceite…  en tanto la corriente de la Historia lo arrastraba aguas abajo henchido de humedad y macerado a golpes de ribazo. Apropióselo la cristiandad del norte que, con sus behetrías, asambleas, ordalías y venganzas de sangre, acometía la reconquista del sur con sus jarchas y zéjeles incluidos. Era un latín hirsuto, con marcado acento dialectal hispanorromano trufado de arcaísmos ibéricos, que los puristas del Lacio juzgaban despectivamente. Y los cristianos del sur, que las mesnadas castellanas iban incorporando a su guerra, apenas lo entendían. Teníanlo por bronco, rudo, montaraz, áspero al oído, no exento de rahez, más propio de bagaudas campesinas de las serranías vasconas, que de las formas de vida, tradiciones y fueros visigodos detectados en sangre. Era empero la herencia de aquella lingua latina hablada por la omnia gens hispánica de los Séneca, Marcial, Trajano, Marco Aurelio o Teodosio, que San Isidoro de Sevilla recopilara en sus Etimologías (año 627) mediante un alarde de erudición enciclopédica. Este esfuerzo supremo por salvar los muebles del mundo clásico, acabaría convertido por siglos junto al ptolemaico Almagesto (traducido en Toledo), en libro de cabecera y referente imprescindible del medioevo: primer escrito que dejaba constancia histórica del vocablo España. Pero aquellos decires sonaban aún a tañer de cencerros, crepitar de leña verde, chocar de falcatas, en tanto que desprendían tufo a pan de bellota, aprisco montuno y cánido ovejero. Fue Nebrija quien tuvo a bien bruñirlos como lengua del Imperio, y ofrecerle su Gramática a Isabel la Católica para la posteridad hispánica que encarnamos hoy. Y pasó a las Américas donde a los conquistadores… se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Así armonizaba su arraigo allende los mares Pablo Neruda, uno de nuestros once Nóbel de Literatura, que supieron tomar el testigo de los cervantes del siglo de oro, en pos de una ejecutoria de letras selectas, erario común de nuestra palabra escrita.¡Que buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos! – añadía el chileno -… que andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas… con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban con religiones, pirámides, tribus, idolatrías… por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… ¿Salimos perdiendo? ¿Salimos ganando?… Se llevaron oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras…  Y con ellas La Palabra, el logos griego que, como una semilla de carne y luz, significaba, además, La Verdad (añadamos a nuestro agnóstico vate): la perla más preciada de nuestro credo escatológico.

Figura 11- Bahía de Acapulco, hoy

 
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Contexto Histórico de Acapulco – IV

Figura 7a: Hatsesura Asemoto, primer embajador histórico del Japón en España

 

En 1740 estalla la Guerra de Asiento  o Guerra de la Oreja de Jenkins entre España e Inglaterra. Motivo real, fuera de disquisiciones leguleyas: el contrabando de comerciantes ingleses en costas del Imperio Español. España había permitido a Inglaterra el asiento de negros o libre venta de esclavos africanos, y el navío de permiso con capacidad de vender una vez al año 500 toneladas de mercancía en los puertos de Indias. Este tonelaje fue duplicado a 1000 toneladas anuales (1716), lo que tuvo que ser cubierto con varios navíos de permiso, dado el escaso arqueo tradicional de sus barcos. Ello vino a complicar el control del volumen pactado y multiplicar su contrabando a lo largo de 100.000 millas de costas virreinales. España se guardaba el derecho de visita, o control jurisdiccional por sus guardacostas sobre los barcos británicos que accedían a puertos hispanos. Este control incomodaba a los ingleses que, sin despeinarse siquiera, tildaban a los gestores españoles de piratas. Una vez más el calamar británico soltaba su turbia tinta para velar con ella sus culpas. Disimulo y ocultación de realidades fraudulentas, mercancías de matute a raudales, connotados falsarios envueltos en acartonado orgullo, eso, y no otra cosa, era lo que detectaron los marinos españoles. Entre ellos el comandante  Fandiño, que pilla in fraganti delito al tal Jenkins que da nombre a esta historia y a quien manda desorejar como a cualquier quídam. Un castigo sobradamente anunciado a, y conocido por, los transgresores de una ley de comercio ultramarino que a sabiendas ignoraban. Y como souvenir del veredicto le regala el seccionado apéndice, que el delincuente guardará en formol. Es lance sobradamente comentado, tal cual lo cotillearon los mentideros portuarios de la época.  Y así empezó todo: una buena oreja inglesa, que valía una guerra. Hoy nos parece ciencia ficción, pero en absoluto lo fue. Sus víctimas y destrozos históricos durante nueve años de guerra lo atestiguan. El supremacismo larvado del partido opositor, propalaba la idea de una España decadente, presa fácil para una Gran Bretaña poderosa y dueña de los mares. Ritornelo pertinaz del nacionalismo de las islas, tantas veces enfrentadas a su realidad. Apenas pasados veinte años desde la última intentona de coparle en su isla, el eterno  perro chico gruñón buscaba una revancha para su ego.

 

El partido guerrerista del Parlamento londinense recién creado, arremete contra el pacifista Premier Walpole, que, bien informado de la situación internacional, se verá obligado a declarar una guerra que no desea. Los belicistas en cambio y el almirante Edward Vernon con ellos, ven el oportuno casus belli para partir la América hispana en dos mitades y apropiársela por partes. Así de fácil. Vernon por el Caribe y el comodoro George Anson por el Pacífico, serán los encargados de efectuar la operación tenaza que yugule al Imperio Español y ponga fin a su secular arrogancia. De nuevo la eficaz propaganda protestante, lubrica la maquinaria nacionalista que desborda las calles. Pero Vernon sufre en Cartagena de Indias tremendo descalabro a manos de Blas de Lezo, que Anson viene a conocer tras la captura de una balandra chilena. Enfilaba ya su tajamar hacia la Ciudad de Panamá, el otro filo de la tenaza prevista, cuando tal noticia iba a cambiar su táctica bélica. Su cometido se centraría ahora en capturar el Galeón de Manila. Podía tal vez ser el golpe alternativo que estrangulase las magras finanzas de Su Católica Majestad. Y a ello encaminará en adelante sus intenciones.

 

Sobre su cartográfico top secret lacrado del Almirantazgo, el Comodoro marca las coordenadas de Acapulco para trazar desde su actual posición el rumbo a seguir, y a principios de  1742 se presenta ante la bocana de su puerto. El galeón manileño había llegado pocos días antes, y la feria, en su apogeo, habíale extraído ya su preciada carga de las entrañas. Un ataque en estas condiciones, produciría un desparrame general de personas y mercancías, desde los quioscos y puestos de la Planchada para adentrarse en el anfiteatro boscoso de La Sierra. Tras un primer cañonazo, toda rentabilidad de pillaje sería prácticamente nula a corto plazo. El saco de una feria desmantelada, en nada habría de resarcir el esfuerzo por lograrlo. Debía ser por tanto una acción fulgurante, porque, a otro plazo, la respuesta virreinal podría tornarse en trampa demoledora.  Luego de doblado Hornos y alcanzada aquella latitud, el comodoro inglés conservaba dos barcos, apenas gobernados por una marinería más entusiasta que experta. Comidos de fiebres y escorbuto, aquellos hombres no se encontraban en disposición de ataque alguno, pese al eterno milagro del brillo áureo en ojos menesterosos. Anson, millas de mar adentro, dudaba si esperar o no la salida del galeón en primavera. Tal vez pudiera desde allí escuchar los cañonazos del adiós y la cortés réplica del fuerte. Desde la posición desplegada con sus barcos, escrutarían cualquier aparejo de tres palos que apareciera por leste. Inútil espera: los barcos de aviso habían vuelto a cumplir su escurridiza misión, y esa primavera no sonarán ya las salvas de adiós al Galeón, ni traídos por el alisio lo  serán sus ecos que mar adentro esperaban oír.

 

Duras habían sido las jornadas que hasta allí le habían traído al comodoro inglés. Formadas sus tripulaciones a base de novatos de última hora, cuando no de sobreros veteranos o convalecientes del hospital de Chelsea, muchos de ellos hubieron de ser rechazados. En un barco auxiliar fueron devueltos a puerto, cuando su Centurión punteaba ya los rugientes cuarenta del Atlántico Sur en su ruta a Hornos. Su misión no parecía empezar bien. La operación tenaza del Almirantazgo era conocida por el espionaje español, y los barcos de aviso habían alertado ya todo puerto meridional atlántico y pacífico. Una escuadra de cinco navíos, 285 cañones y 2700 hombres al mando del general José Alfonso Pizarro, aguardaba su paso frente a la base naval del Atlántico Sur en Montevideo, dispuesta a salir tras el inglés y su sorpasso por el vértice continental americano. Atacaría  a la escuadra de Anson ya entrada en el Mar del Sur, donde sus 6 navíos de guerra más dos auxiliares, con potencia artillera de 230 cañones y 1700 hombres, no podrían recibir ayuda de la metrópoli ni de sus colonias atlánticas. Estos eran los planteamientos bélicos de la flota española sobre las cartas náuticas. Pero la durísima remontada del Cabo de Hornos iba a desarbolar ambas formaciones, la persecutora con mayores esloras, y la perseguida con más barcos. Cada cual lamerá sus heridas como buenamente pueda, lejos de la civilización y las ayudas, con resultado muy otro del esperado alcance. Pese a su mayor arqueo, las naves españolas no remontan los vientos huracanados del güeste y deben tornar maltrechas al Atlántico platense; el inglés logra pasar al otro mar, pero salva a duras penas la mitad de sus barcos. Cuando Pizarro lo intente por segunda vez y logre remontar el meridión americano, habíase ya perdido Anson en las brumas del piélago sureño.

 

Serán los científicos de la Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, midiendo a la sazón el meridiano de Quito, quienes a la llamada del Virrey, salgan del Callao hacia las aguas del estrecho. En una pequeña escuadra en corso formada por dos fragatas de 600 toneladas, van a tratar de interceptar la armada de Anson. Registrarán el litoral chileno y las Islas de Juan Fernández sin éxito, aunque sepan que por allí han pasado los barcos ingleses. Pero su comodoro  no se dejaría ver, hasta aparecer en las costas de Nueva España. Ambos marinos solicitarán volver a Quito cuando sepan que Pizarro ha tomado ya el mando de la Armada del Mar del Sur.

 

En mayo decidirá Anson levantar el cerco de Acapulco y poner rumbo a Macao. La estación está ya avanzada y los alisios refrescan, mientras sus nubarrones cargados de aguaceros, van espesando los cielos del nordeste. Desea escapar antes de la llegada de las primeras turbonadas y carenar allí las naves que siente pesadas, de poco andar y lenta respuesta. Pero solo su capitana, Centurión, sería capaz de alcanzar la colonia portuguesa. Con cartografía de la Royal Navy que distorsionaba vientos y corrientes, se verá obligado en determinados momentos a transitar, sonda en mano, entre un azar de escollos, islotes y  atolones no mapeados e indetectables a pocas millas. Sin suficiente aguada ni víveres e ignorando dónde hacerla o conseguirlos, su aleatoria y existencial derrota, prácticamente a ciegas, iba a ser un canto a la vida y a la fortuna de aquellos hombres al borde de la inanición. Mientras alentaba el céfiro tropical, sus singladuras fueron pasmo rendido de la diosa Fortuna, que aún conserva dilatadas – dicen sus biógrafos – sus asombradas pupilas. Fue pura réplica del fantasmal tornaviaje del patache San Lucas de Alonso de Arellano dos siglos antes, pero sentido inverso: como entonces se dijo, era también ahora el Cielo quien salvaba sus vidas. Luego de contemplar durante semanas gaviotas y aves migratorias en vuelo al sur, atisbaron al fin los verdes ribazos de una de las Marianas, donde los nativos mantenían hozando piaras de cerdos. Era la isla de Tinián, y en ella fondeará el Centurión para tomar el soñado contacto con suelo firme, luego de meses de incierto balanceo. En botes a remo desembarcaron los menos enfermos, que compraron y robaron cuanto pudieron, para seguir prestos avante. Más de un multicasco aborigen, de raudo y buen gobierno, salió en su seguimiento que, empero su frustración medrosa, no osaría aproximarse al navío de guerra extranjero.

 

Tampoco el arribo a la costa asiática iba a resultarle fácil al marino inglés. Los chinos le recibirán recelosos en sus aguas, que solo los comerciantes lusos franquean amigablemente. Pese a ello, logrará remontar el delta del Río de las Perlas hasta entrar en demanda de carena en la isla portuguesa de Macao. Una vez carenado el Centurión, se abastece de viandas, adquiere mapas y reponen fuerzas sus hombres, para regresar a las Filipinas y apostarse a socaire del cabo Espíritu Santo. Se trataba del referente rocoso que cada Galeón de Acapulco enfilaba en su rumbo al estrecho de San Bernardino, cruce interinsular obligado hacia Manila. Allí sorprenderá en junio de 1743 al confiado Nuestra Señora de Covadonga, que habiendo iniciado dos meses  antes su viaje felicísimo,  trae la cubierta repleta de ganado vacuno recién comprado en Guam, que habrá de arrojar al mar para entrar en combate. El adelanto de fechas sobre el paso del Galeón de Acapulco por el cabo Espíritu Santo, hace que su gemelo Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, no haya llegado aun a su cita anual para acompañarle hasta Cavite.  Su felicísimo cruce del Pacífico le había vendido. Cuando el Covadonga advierte las velas de Anson, hacia ellas toma rumbo pensando encontrar al Pilar. El equívoco se desvanece cuando el Centurión iza bandera de combate. Es ya demasiado tarde; el inglés le ha ganado barlovento y atajado su posible escape hacia la cercana costa. Pero no por ello va a rehuir el encuentro, pese a sus trece cañones de nave merchanta frente a los 60 bronces del navío de guerra inglés. La calma reinante no impide al Centurión ir ganándole barlovento al Covadonga. Su carencia de carga y el reciente carenado, le confieren un grácil y escurridizo andar bajo la ventolina mañanera. Dos horas después de avistado lo tendrá al alcance de sus cañones, que retumbarán los primeros sobre la mar bella de aquella lluviosa mañana del verano austral. Solo el abordaje que ya buscaba, podía salvar al Covadonga. Abordaje que el ágil Centurión, bajo de hombres pero cañones rotundos, iba a tratar de evitar. La superioridad artillera del inglés sería sin duda quien decidiera la suerte del combate. Y así fue. La compacta madera filipina de su casco, no pudo soportar la lluvia de proyectiles que recibía el galeón. Y tras dos horas de guerra galana, diezmada la tripulación, aniquilados sus fusileros, moribundo su comandante, y desarbolada la nave, el Covadonga se rinde. Hay fuego declarado en la sentina del Centurión que puede hacerlo saltar por los aires, pero Anson sabe mantener la calma en los momentos críticos hasta lograr dominarlo. Tras ello cambiará de barco a los 300 prisioneros hispanos que cobija y vigila en su propia bodega. Y con el Covadonga escorado y a remolque, se presentará en Macao, donde vende el galeón capturado, libera los presos, repara el desportillado Centurión e inicia el regreso a Portsmouth. Carga una fortuna de un millón cuatrocientos mil sonantes pelucones y 4500 marcos de plata en lingotes de la Ceca mexicana, el más importante banco mundial fáctico de aquel siglo. Saldrán en su busca dos galeones desde Cavite, pero solo hallarán en Macao a los supervivientes del Covadonga, a tiempo de embarcarlos y regresar a Manila. Habían pasado dos meses y el Comodoro inglés, por aquellos días, doblaba ya el Estrecho de Sonda en su escape hacia el Índico.

                           Figura 8: La captura del Galeón de Acapulco

 

Un año después, en el Canal de la Mancha, le esperaba al Centurión la escuadra francesa, aliada de la española en esta guerra, que no lograría distinguir sus velas en la cerrada niebla que invadía aquellas aguas. Su estrella iba a brillar sin duda hasta el final del mundo. Era una de las presas navales más cuantiosas de la historia, pero que con solo paciencia, intuición, saber hacer y tempo histórico, no hubiera conseguido jamás un final feliz. Precisaba de la oportuna suerte, que acompañó en incierta carambola al marino inglés, como imprescindible patrimonio gratuito que todo ganador precisa para culminar su empresa con éxito. La gesta fue sobradamente cantada en la isla, cosa que sin duda merecían su tesón y su astucia. Pero sus corifeos dejaron para el arte pictórico, un imaginario encuentro naval que difiere de la realidad habida entre el Centurión y el Covadonga. El rigor histórico quedaba en él supeditado a la propaganda A.M.G.D. que habitualmente primaba en su patria. Ni el Centurión pretendió emparejarse al Covadonga, ni era menor su obra muerta ni su porte velero, que los del galeón filipino, como parece deducirse del lienzo que inmortalizara en Britania aquel desigual combate. La nave novohispana tenía 36 m de eslora (50 codos de quilla), frente a los 31 m del Centurión (42 codos de quilla), pero su mayor manga emparejaba en 1000 toneladas el arqueo de ambas. Con mayor manga y menor eslora, precisaba más vela para un mismo andar. Esa mayor superficie vélica dábasele alargando mástiles y aumentando la facha del velamen. Por dos razones: la primera, porque comparativamente podía elevar trapo sin apurar la escora, dado el mayor poder de su manga; la segunda, porque en las encalmadas, captaba mejor el leve céfiro que se desliza, imperceptible pero eficaz, algunos metros sobre el plato marino. Tal el caso del combate presente y el lento resguardo cobrado por Anson, con un rumbo de colisión mantenido para interceptar todo posible escape. Licencia artística a parte, el sentido nacionalista del pintor lleva su pincel a una conclusión emocional, formalmente errónea. Empequeñecer lo propio y magnificar lo ajeno: efecto Goliat como fórmula bíblica recurrente. Se trataba de escenificar la victoria de un terrier frente a un bulldog, pese a las realidades concretas del caso, que para nada importaban. Por eso el Centurión debía ser más pequeño, más David, menos importante y poderoso que su ocasional Goliat, a fin de magnificar el grandioso triunfo de las armas inglesas. No nos olvidemos del “nunca fuimos tan pequeños ni tan grandes” brotado del alma sincera de un Chesterton exultante con la angustiosa victoria de su Armada frente a la invasión de su isla por Felipe II. Lo que olvidó esta vez la propaganda británica fue que el Covadonga, cargado a tope, solo disponía de espacio para armar los 13 cañones que llevaba operativos. Cabe suponer que el autor del cuadro participara del síndrome Hume, como el pensador escocés que lo intitula, quien sentenciara a los españoles como incapaces de gobernar unos barcos tan pesados… mucho mayores que ninguno de cuantos hasta entonces se habían visto en Europa (léase vistos por ellos, naturalmente), como lo eran los galeones oceánicos de la doble Carrera de Indias anual. Para más adelante, sacar pecho ingenuamente, cuando la Royal Navy devino fruto maduro con barcos potentes, y aprendieran sus pescadores de Cornualles las lecciones de navegación para adultos, entonces, nuestro fatuo filósofo sentencia que los mayores buques de aquella famosa Armada figurarían hoy escasamente en tercera fila de la marina de Inglaterra…. Es decir que lo que era ingobernable por gigantesco para los españoles, resultaba calderilla para los superdotados ingleses, cuya exploración americana había estado tan fuera de su alcance, que optaron por delegarla a nautas itálicos y portugueses… desde tiempos de Enrique VII Tudor. Es decir, desde que se enteraron que América existía. A veces uno debe pellizcarse para no flipar si leyere a ciertos autores de aquella isla. Conviene no olvidarla como nación que inventó el autismo propagandista como la más rentable empresa de su parque temático. ¡Tan eficaz que ellos mismos se toman hoy en serio lo escrito por sus corifeos de antaño! ¿Qué canal de TV no emite documentales que cuenten logros Made in England por ella misma narrados y loados? ¿Acaso no estamos viendo su elefantiásica autoestima en el Brexit que se les avecina? Para Samuel Scott, el alabado artista que pintó la captura del Covadonga en versión inglesa, la desigual potencia artillera entre ambos barcos era detalle irrelevante. Para el Almirantazgo, y la claque nacional-anglicana, lo fue todavía menos. Lo importante a sus ojos era que el David anglo había vencido de nuevo a otro Goliat extranjero… español para más señas. No debía funcionar muy bien el recién implementado correo inglés de la época de Hume (1760), porque nuestro pensador tildaba a los astilleros ibéricos, inventores para el mundo de la carabela y el galeón, de  hacer barcos tan mal construidos y manejarse con tanta dificultad, que apenas podían hacer con ellos los mejores pilotos ninguna evolución… Pedantería supina de quienes antes de 1525 apenas habían vislumbrado la costa firme americana, cuando Elcano había ya regresado de su vuelta al mundo, y los portugueses consolidaban sus bases de China y Japón con aquellas mismas naos o sus variantes. Por esas fechas la navegación británica de altura estaba encargada a italianos (Caboto padre e hijo) o portugueses (Fernández Labrador y hermanos Corte Real), porque los ingleses, con su depurada ciencia marinera y sus ágiles cascarones, no se alejaban más allá de la longitud geográfica de las Azores. ¿Por qué? Simplemente porque desconocieron la navegación astronómica hasta entrar en contacto con los nautas italoibéricos. Y el gran Hawkins, de la generación posterior, lucía como joya preciada el Jesús de Lúbeck de 600 toneladas, botado en astilleros del Báltico y capturado junto al resto de su escuadra por la Armada de Barlovento en San Juan de Ulúa (1568), en ocasión que estuvo a punto de costarles la vida a él  y al joven Drake. Comprado a la Liga Hanseática por Enrique VIII, fue su hija la reina Isabel, quien se lo regalara como acicate del prototipo del porte deseado por la Corona. Recompuesto después de su captura por los españoles, acabaría sus días como nave merchanta al servicio del comercio veracruzano. Está visto que la investigación histórica desmiente patrañas fósiles… ¿no crees amigo Sancho?.

 

El siglo de las luces iba a traer al Océano Pacífico las grandes expediciones científicas de la Europa ilustrada. Bougainville, Tasmán, La Perousse, Cook, Balmis, Vancouver, Malaspina, Bering, Bodega y Cuadra y tantos otros, contribuyeron a darnos noticia del gran Océano y sus gentes, hoy conocidas. Inglaterra hizo del Reino Unido de la Gran Bretaña la potencia dominante del siglo, con un desarrollo tecnológico e industrial sin parangón, que el mundo valora y le reconoce sin ambages. Arropada por su Segundo Imperio, llegaría a ser la primera potencia mundial del siglo XIX. El perro chico, habíase pasado de terrier a bulldog. Como potencia dominante, intentó ahormar la opinión mundial con su tentacular imprenta, cuando ya la prensa estaba alcanzando una relevancia masiva, articulando su parcialidad nacionalista y protestante en resguardo de su prestigio nacional. Todavía los EEUU no habían inventado su taylorización productiva, ni su rodillo propagandista había comenzado andadura visible. Pero ya la Gran Bretaña mostraba a su hijuela cómo exportar maneras de vender autoestima a los vientos.

 

Émulos de su maestra británica, iniciaron los USA una producción y marqueting capaces de motorizar la colonización del far west, el trazado de los ferrocarriles continentales, y la fabricación en serie de todo bien capaz de colmatar las carencias del Oeste. Ahíto de famélicos europeos de entreguerras, iba el Este a vender sus manufacturas a un Oeste poblado a catapulta con el sobrante campesino que aquella inmigración le proporcionaba. Y por si algo faltara, algún filón aurífero californiano vino a inflamar la cantiga del dinero fácil, inyectado ya en vena, desde los consulados yankis, a la menesterosa turba que acabaría desembarcada en Manhattan leyendo con la mirada aquel mundo desconocido. Quince millones de emigrados en medio siglo fue su resultado, con una taylorización a pleno rendimiento. La mano de obra europea del Este construía armas e implementos que los ferrocarriles, transportaban y entregaban de seguido a los expectantes colonos del Oeste. Esta premiosa demanda alargaba los caminos de hierro más y más hacia el Pacífico, mientras en el Este proliferaba la fabricación de rieles, máquinas de vapor, vagones,  ruedas, boogies, cambios de agujas, topes… pero también de aperos, alambradas, arados, bombas de émbolo, clavos, poleas, tubos, cabrestantes molinos y armas, muchas armas, que animaban las finanzas del país. Un país cuyas tres cuartas partes se enredaba en una guerra de supervivencia: los indios en defensa de sus vidas, campiñas y tradiciones, los colonos atrapados en un medio hostil donde subsistir, frente a la agresividad salvaje de la naturaleza y los aborígenes. ¿Se han preguntado los norteamericanos de aquella catarsis, y quienes reventaron los diques de la caótica marabunta humana eufemísticamente llamada conquista del oeste, si los indios que aniquilaban a su paso eran dueños legítimos de la tierra que pisaban? ¿O si la suya era o no una guerra justa? Su revolutum de sectas protestantes cada cual con su credo, sus órdenes religiosas prohibidas o perseguidas por siglos, impidió asumir una salmantina ética humanista concreta. Prácticamente sin Dios ni Ley, se abatió sobre los territorios novohispanos de Texas, Nevada, Colorado, Arizona, Nuevo México, California y Oregón entre otros, un código visceral de apetitos, sincopado oportunamente por armas de fuego cortas y largas.

 

¿Sospechaba siquiera el Buffalo Bill Campeador lo que era una guerra justa contra los indios, fuera de las carpas, la bufonada circense, y los dólares que embolsaba?  Inconcebible hubiera resultado este planteamiento en el contexto del far west del siglo XIX. Tal duda habíase planteado en profundidad más al sur, cuando los papistas que habían llegado tres siglos antes, con la espada en una mano y la cruz en la otra, y un sentimiento trágico de la vida que Unamuno estudiase, pusieron a pensar a los sabios de Salamanca y el mundo, en un enlace concatenado de la ética aristotélica. Era época mercantilista, severa, creativa y pensante, llamada Renacimiento, y aferrábanse con su diestra a la cruz sus gentes, aunque doblaran mandobles a siniestra. Pero en el tópico far west privaba el todo vale del becerro de oro, siempre que rentase beneficio al interesado y a su comunidad. Las tablas de Moisés era un recuerdo ancestral de la famélica Europa, y la Religión un asunto privado. No lo pensaron entonces los predecesores británicos, ni lo harían posteriormente sus herederos yankis, que jamás se plantearon en conciencia la duda metódica del ethos indígena. Mientras transcurría este no pensar, la frontera oeste de sus plantaciones del Este, avanzaba implacable a golpe de colono británico contra las tribus del limes. Era una consecuencia vergonzante del comportamiento histórico de los ingleses en Irlanda desde Enrique II Plantagenet (1170), donde no existió tolerancia ni atisbo de integración con los gaélicos, seres inferiores, excluyentes, que había que segregar y exterminar. Tampoco existía esbozo de Ley que humanizara al indio en defensa de sus bienes, frente al proceso usurpador de tierras y vidas que sufría, simplemente porque sus propósitos eran meramente económicos. Cinco siglos después, el mercantil interés de grupo seguía imponiendo su rigor sobre cualquier ética de convivencia humana. No existía voluntad convivencial en el coloniaje inglés, lo que puede resultar comprensible. Pero es que tampoco existió nunca una veraz legislación humanista de su Corona, clara y decidida, en protección del habitante más vulnerable de sus Colonias, lo que resulta incomprensible. Y habitantes de sus Colonias eran las tribus indias que dentro de aquellos límites vivían. ¿Qué civilización le aportaba al receptor indígena americano el mundo inglés?

 

Al principio, como minusválidos hijos pródigos de su Corona, los planters compraron aquellas tierras a precios dolosos, engañando a indígenas carentes del sentido de propiedad y del concepto monetario del valor de sus bienes. Más tarde consideraron que eran sus tierras apropiables, puesto que jamás habían conocido aquellos salvajes la propiedad privada: carecían por tanto de todo derecho a ella por no estar socialmente organizados. Finalmente, en la medida que el derecho británico progresaba, adquirieron la certeza de que por derecho de conquista, la soberanía territorial de las colonias era propia del Rey de Inglaterra e incompatible con la de jefe indio alguno. Y el Rey, concedía tierras a sus súbditos que debían apropiárselas y defenderlas. Un nuevo Moisés que trasmitía a su pueblo: El Señor, nuestro Dios nos lo entregó y lo derrotamos… no dejamos vivos a hombres, ni a mujeres, ni a niños, salvo los animales que habíamos apresado y el botín de las ciudades conquistadas… En todo caso se trataba siempre de un enfoque meramente económico, con una repercusión ética e intelectual, si es que la hubo efectiva, infinitamente menor que en la España de siglos anteriores, aunque en determinadas etapas dejase ésta sentir su influjo salmantino sobre aquel.

 

Tampoco humanizaron este planteamiento sus herederos yankis. Ningún reproche se han hecho ante la Historia. ¡Todo lo hicieron bien, que envidia! ¿Cavilaron los embrionarios padres peregrinos de la América protestante sobre el indio como ser trascendente, salvo para condenarle al infierno por no estar predestinado al cielo por el Eterno Hacedor? ¿Que otra cosa que tratar de exterminarles y encorralar su sobrante en reservas, para limpiar sus praderas ancestrales, hicieron por ellos sus hijos americanos? No más pavos compartidos ni melifluas Pocahontas del primer momento, migajas sensibleras que pronto se tornaron en una intransigente realidad étnica. Comprendieron los indios el monumental engaño que les estaban vendiendo y se revelaron provocando una matanza de colonos. La contrarréplica inglesa fue demoledora y persistente en vidas y actitudes. Como en el caso irlandés, nunca  aceptaron mezclar su sangre británica con la india, ni integrar a los amerindios en su sociedad colonial. Solo la exclusión, la intolerancia y la segregación  fueron una constante de su actitud frente al indígena. De ahí la práctica inexistencia de mestizaje en las Trece Colonias y su heredera USA.

 

La actitud en Nueva España era muy otra, y en 1791 Alejandro Malaspina entra en la bahía de Acapulco con sus corbetas, dos pequeños barcos de guerra manejables, ligeros y rápidos. El cometido científico que trae su expedición, no eclipsa su olfato de sagaz marino y brillante militar. Viene bojeando la costa pacífica haciendo observaciones astronómicas, levantando mapas, tomando alturas, clasificando rocas y plantas, estudiando aves y peces, dibujándolo todo. Ingente labor iba a ser la suya, con más de setenta cartas náuticas levantadas, junto a cientos de catálogos colmados de dibujos sobre vegetales y minerales. Su expedición científica iba a ser la más completa que enviara nunca España, cuya monarquía dedicaba al desarrollo científico un presupuesto incomparablemente superior al resto de naciones europeas, opina el hispanista británico Fernández-Armesto en Las Américas. Ninguna ciudad del Nuevo Mundo, sin exceptuar las de los EEUU, poseía establecimientos científicos tan sólidos y grandes como los de la capital mexicana, corroborará a su vez Humboldt tras dedicar su devoción y estudio a los ejemplares allí recopilados. La humanidad debe gratitud eterna a la Monarquía española por la multitud de expediciones científicas que ha financiado para hacer posible la propagación de los conocimientos geográficos, anotaría a su vez el sabio berlinés al comprobar la magnitud del trabajo cartográfico hispánico en el Pacífico… Pero, a fuer de sinceros, hemos de reconocer que la Monarquía española, no hacía sino repartir con sentido de Imperio, las riquezas mineras que los virreinatos del Perú y Nueva España le proporcionaban, porque las peninsulares tiempo ha que habían sucumbido, si es que alguna vez existieran.

 

Estricto cumplidor de su cometido, Malaspina sale de puerto a los pocos días rumbo a la costa norpacífica, donde buscará, infructuosamente, por expreso mandato del Rey, el paso del noroeste nombrado tradicionalmente como Anián. Visita el puerto español de Nutka, la bahía de Yacutat, el estrecho de Juan de Fuca y el fiordo del Príncipe Guillermo (seno costero del golfo de Alaska), tomando referencias orográficas que probarán la inexistencia del paso buscado. En el fondo, su preocupación capital eran los nuevos asentamientos rusos en Alaska, y su vecindad con Valdés, Córdova y otras dependencias árticas españolas, sin olvidar la amenaza latente de los traficantes ingleses y franceses que habían aprendido ya el camino de las pieles, tanto por mar como por tierra. Camino que había comenzado en Acapulco (1783) con un primer envío de 700 cueros de nutria marina, traídos por los barcos novohispanos que recorrían las misiones de la costa norte. Llevados a Manila en la Nao de la China, serían vendidos en Cantón, Río de las Perlas arriba. Repetida en el siguiente galeón la misma rutina con otras 1200 pieles, se estaba creando una nueva y fructífera ruta de comercio. Contra esta venta, se adquiría ventajosamente en Cantón azogue para las minas novohispanas, dejado en Acapulco por el propio Galeón de Manila. Con estos haberes regresaría Malaspina de Alaska unos meses después, para partir hacia las Filipinas y proseguir su científico empeño. A su marcha, arrancarán varias iniciativas científicas y militares a Nutka, Murgabe y otras dependencias hispanas del Pacífico norte, que él mismo había previsto hacer tras su corta y fecunda estancia en la base naval de San Blas.

 

Como complemento del viaje exploratorio de Malaspina, al año siguiente Juan Francisco de la Bodega y Cuadra, Comandante del Departamento Naval de San Blas, partiría hacia Nutka para entrevistarse con George Vancouver a dilucidar la soberanía de la costa entre Nueva España y el Canadá británico. Veinte años de estudio cartográfico de su departamento, habían fructificado en una colección de levantamientos que, desde las islas Aleutianas hasta la bahía de San Francisco, completaban el perfil de la costa norpacífica,  cuya posesión hasta Punta Gravina España reclamaba (1789). En recuerdo de la negociación y sus comisionados, la gran isla anexa a la región de Nutka quedó registrada en la cartografía oficial como Isla Quadra y Vancouver. Acabada su gestión, el limeño Bodega y Cuadra se retiraría de la pacífica trata, a la espera de las pertinentes consultas con los gobiernos centrales de las partes. Roto el Pacto de Familia con Francia a causa de la Revolución Francesa, España se retirará de la zona ártica frente a la nueva estrategia europea asumida por Madrid. La recién nombrada isla con el nombre de ambos adalides de la reconciliación, pasaría a conocerse como isla Vancouver por unilateral decisión inglesa que así la registró de facto, olvidando consensos previos. Nuevo matiz excluyente, destilado por un acíbar nacionalista de siglos, antipático hasta el hartazgo, muy lejano del fair play que proclaman sus farisaicos corifeos de oficio.

 

Por aquellos años había empezado a gestarse en la Corte de Carlos IV, la que sería conocida como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, gigantesca operación destinada a combatir la elevada mortandad infantil causada por la viruela en el Imperio español y en el mundo conocido. Liderada por el médico alicantino Francisco Javier de Balmis y Berenguer, iba a encontrar pronto eco en el propio Rey, que había perdido una de sus pequeñas infantas a causa de este mal. Como Cirujano de Cámara de Carlos IV e investigador de gran preparación científica y práctica, Balmis va a lograr sacar adelante su complejo proyecto, tras diez años de elaboración logística y técnica. En 1803 partirá la Expedición de La Coruña rumbo a las Canarias, el Caribe y la Tierra Firme; en tierras americanas se dividiría en grupos según áreas continentales previamente asignadas. Cada grupo, dirigido por un médico, además del cupo de niños inoculados portadores del virus activo, sus cuidadoras, y el personal subalterno médico y administrativo correspondiente, llevaba un Libro de Reglamentos, explicativo de protocolos, directrices y procesos a seguir. El Libro resultaba básico para el buen uso y apoyo de los médicos locales, una vez que la expedición hubiese tomado camino. Sólo médicos licenciados podrían administrarlo. Dirigida por el propio Balmis, la expedición llegaría un año después al puerto yucateco de Sisal. Mérida, Campeche, Veracruz, Jalapa, México, son las primeras estaciones novohispanas de aquel vía crucis filantrópico. El virrey Yturrigaray le recibirá en la capital sin protocolo alguno, alegando no haber recibido notificación de su llegada. La mala química de entrambos va a crear roces que entorpecerán el desarrollo de la vacunación en suelo novohispano. El médico alicantino, veterano conocedor de las prácticas medicinales en  Nueva España, habíalas ejercido allí en varias ocasiones y diferentes años, e investigado plantas que aplicar como tópicos remedios amerindios para diversas enfermedades europeas, la sífilis entre ellas. Conocía sobradamente las infraestructuras hospitalarias, educativas e investigativas del país, y por ello le reprochará al Virrey las pésimas condiciones de alojamiento asignadas a los niños portadores de la cepa viral madre: su tesoro más preciado. El ruido social capitalino generado por esta causa fue tal, que acabarían los muchachos aposentados en el Seminario diocesano.

 

En Ciudad de México, la doble tarea didáctica y práctica que requería la vacunación masiva en curso, sería repartida en cinco grupos a desplazar en puntos previstos del protocolo. Estas estaciones del supuesto calvario, serán las ciudades de Puebla, Oaxaca, Guadalajara, Zacatecas, Durango, Valladolid, San Luís de Potosí y las provincias interiores. Y su último paso,  Acapulco, de cuyo puerto iba a partir la expedición hacia Manila, Macao y Cantón en 1805, donde completaría un largo y humanitario periplo antes de regresar por el Índico a España. Considerada con el rimbombante léxico de su época, como uno de los grandes hitos de la humanidad, lo cierto es que en Nueva España dejó vacunados contra la viruela a más de 100.000 niños criollos. Era el primer éxito mundial de vacunaciones masivas en ultramar.               

             

Otra expedición científica, esta vez la de James Cook, se considera hoy en amplios círculos académicos una estratagema, una añagaza británica aditiva, para comprobar in situ – sospechan los más – la idoneidad de las cartas robadas durante la ocupación de Manila, a la vez que propagar, como propios, los descubrimientos, de su dueño tal vez olvidados que diría el poeta, en ellas dormidos. Una carambola maestra. Pretextaban la conjunción astral del Sol con Venus y su cruce sobre el disco solar, para objetivar las longitudes geográficas, asignatura del cosmos pendiente en aquella época. Y visos de añagaza tiene a ojos vistas hoy. Aquellos mapas, derroteros y cuadernos de bitácora, evidenciaban la existencia de la Terra Australis y el archipiélago de las Hawai, entre otras muchas islas referenciales del Lago Español, como la propia Tahití, descubierta por Pedro Fernández de Quirós partiendo del Callao siglo y medio antes, designada ahora para observar el fenómeno astral. Ordenes lacradas le conminaban, una vez terminada la observación, a dejar la isla y proseguir sin demora el plan de exploración previsto por el Almirantazgo. Albión en su cenit, debía hacerse perdonar su segunda asignatura pendiente en aquella parte del mundo: una ausencia secular de sus aguas, excepto para rapiñar logros hispanos desprevenidos, flotantes cuando no firmes.  Era el momento propicio para pasar de matute, una vez más, su cantado mutis histórico del concierto Pacífico, trocándolo en oportuno esplendor científico primero, emprendedor después. Con un trasfondo didáctico, se trataba de formatear de un plumazo la conciencia mundial. Había que borrar y abrir cuenta nueva de su omitida presencia histórica en el Mare Clausum Britanicum, como acertadamente lo llamara el chileno Vicuña Mackenna. Bajo el oportunista enroque planetario que Venus le brindaba, la Inglaterra científica aparecía en el Mar del Sur entre mediáticos atabales y apocalípticas trompetas. Y su éxito fue tal, que hasta hoy se desgranan sus letanías de entonces. Surgieron por todas partes imágenes con un Cook catalejo en ristre, acechando el cielo, oteando el horizonte, contemplando mapas, observándolo todo. Las máquinas impresoras multiplicaban revoluciones y estampados, y la imagen del teniente inglés, travestido en nuevo Galileo, cruzó rauda los continentes y los mares. Y los sigue cruzando, con su incombustible anteojo de prisma óptico. Pero su impostura descubridora del mundo pacífico leído en planos ajenos, iba a superar todo el ruido de fondo que arrulló sus viajes oficiales, pese a la discrepante, por discreta, opinión que siempre mantuvo al respecto el gran navegante de Middlesbrough.

 

  • Al regreso, tras la fortuita muerte del marino ingles, la expedición de Cook informará sobre los bancos de ballenas avistados en costas de la Alta California (1777), especie muy rentable, ya en vías de extinción por aquellos años en el Golfo de Vizcaya. Los navegantes españoles hacía décadas que conocían esta presencia en el Pacífico Norte, desde Las Aleutianas y Alaska hasta la California Sur, detectada ya en sus primeras expediciones al norte de Oregón y la bahía de Yacutat. Pero nada habíales supuesto a sus balleneros, básicamente cantábricos, que gobernaban las campañas en aguas de Terranova desde la época de Colón, cuando menguaban ya sus avistamientos en el mar Cantábrico. El comportamiento de los cetáceos no pasaba desapercibido a quien surcase aguas californianas, donde hembras y ballenatos, se aproximaban curiosos a los barcos que las hendían. Los británicos estaban descubriendo con Cook, más que un mare nostrum español, otro punto negro, tan ignoto como el percibido sobre el disco solar, pero candidato sin duda a convertirse en nuevo espacio de luminoso comercio. Y las albricias plenaron los diarios de la época. ¡Cook descubridor en el Pacífico! Noticia que iban a magnificar los medios impresos de la metrópoli.

                          

Los balleneros británicos, ajenos a toda conjunción astral, diplomática o no, doblarían el Cabo de Hornos pocos años después, en busca del cacareado cetáceo. En 1789 constatarían los guardacostas de Acapulco, los primeros avistamientos de sus barcos en aguas de Nueva España. Se trataba de naves europeas y americanas que complementaban pesca y contrabando, bajo amagos histriónicos de balleneros en tránsito. De nuevo salía a escena el consabido coro matutero con marchamo inglés. La eterna impostura de Albión. El contrabando resultaba un provechoso complemento del aceite de ballena que negociaban en Europa, junto a las pieles de nutria y foca que pensaban vender en Asia. El largo y costoso viaje desde Inglaterra y vuelta, lo compensaban vendiendo productos sin control por las costas del Pacífico hispano. Nuevos Jenkins de la falacia y el tapujo, buscaban apartados puertos del norte o sur del Pacifico, donde trasegar mercancías off the record. Otros en cambio, de matute más profundo, aprovechaban la campaña de invierno para vender en China las pieles negociadas con los tramperos indígenas.

Figura 9: Costas balleneras de Nueva España. Tomado del Planisferio del Autor

 
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Contexto Histórico de Acapulco – III

Figura 5 b: El puente del Camino de la China sobre el río Papagayo

Durante el siglo XVI, aquel Mar del Sur, nombrado eufemísticamente en la siguiente centuria como Spanish Lake, era en efecto una suerte de Mare Nostrum español por incomparecencia de contrarios, que garantizaba en cambio jugosas informaciones a quienes lograran hacerse con el derrotero de cualquier nao hispana. La Casa de Contratación de Sevilla, celosa guardiana del acervo naval del Imperio, actualizaba anualmente el secretísimo Mapa Maestro del Padrón General, que desde 1527 convirtiose en modelo único para todos los pilotos hispanos, seccionado por latitudes y mares a navegar, según derrota prevista o piloto concreto. El mapa maestro de Juan López de Velasco, originalmente desglosado en doce cartogramas capaces de reflejar fielmente la totalidad del Imperio español y sus mares, iba a suponer empero el fin de la supremacía de las cartas españolas. A finales de siglo, hidrógrafos de todas las escuelas europeas, accederían a una copia confidencial hurtada en Sevilla, que sirvió de germen para imitar su método y extrapolar o graficar por analogía otros escenarios geográficos. A pesar de ello, la captura del derrotero y cartas náuticas de un galeón español, siguió siendo para cualquier corsario o perro del mar, tesoro tan preciado como su propia carga en pesos de plata. A más de uno de estos delincuentes, le salvó del patíbulo el hecho de ofrecer al Almirantazgo inglés un derrotero capturado a los pilotos ibéricos.

No solo era Acapulco el polo ferial y económico más importante del Pacífico hispano, sino su puerto estrella en la investigación oceánica y geográfica. Entre otros muchos intentos fallidos es famoso el de Francisco Galli, piloto mayor adscrito a la Capitanía de Manila, que parte en 1582 desde Acapulco en busca del legendario Estrecho de Anián, que le llevará hasta Macao; pero vuelve de Asia sin haber conseguido hallar la bocana del paso. Tal cosa quedaba sin duda para gloria de Vitus Bering, el danés al servicio del Imperio Ruso, que un par de siglos después hallaría, en días despejados de niebla, el estrecho que separa América de Asia y que se conoce hoy con su nombre. Pero eran muchas las patrañas que sobre este solapado fiordo se manejaban en los mentideros portuarios; y muchas también las intentonas que se sustanciaron en aquellos años desde Nueva España o desde Europa. Tempranamente Fernando el Católico, había albergado la idea de hallar un estrecho que diese continuidad al Atlántico hacia las islas Molucas: el paso que yo deseo encontréis… en palabras suyas, que fue pronta obsesión reflexiva de la carrera española hacia La Especiería. Legendarios navegantes como Vicente Yáñez Pinzón, Gaspar de Corte Real, Fernández Labrador, Díaz de Solís, Ponce de León, Hernando de Soto, Fernando de Magallanes y un largo etcétera ibérico, habían empleado sus saberes náuticos y exprimido los de su tiempo, para buscar  el preciado paso. Cuando al fin fue éste hallado, apareció en una altísima latitud sur, donde el océano embravecido, rugía anulando las voces dadas a bordo, mientras  témpanos gélidos topaban contra el casco, astillaban los bordos o machacaban las rodas, reforzadas pronto con pletinas de hierro por imperativo vital. Eran los llamados Aullantes Sesenta, cuyo mugido con rociones de espuma y agua helada, sobrecogía a todo marino que cruzaba aquel oscilante y equívoco piélago semoviente. Pequeños carámbanos sueltos, asperjados por el empuje oceánico de cualquier ola encrespada, eran precipitados sobre el bajel que hendía sus aguas cual víctima medrosa. Pero el Estrecho de Anián no aparecía por latitud Norte alguna, pese a ser intuida su posición hacia el septentrión atlántico. La Corona empezaba a plantearse la quimérica idea de construirlo. Primero en Panamá, más tarde en Nicaragua y Tehuantepec, donde el incombustible Hernán Cortés había encargado a su pariente Álvaro Saavedra Cerón que estudiase su viabilidad, mientras construía el camino real entre ambos mares. ¡Hernán Cortés en todas partes!: su laboriosidad e  iniciativa aún nos sorprenden hoy. Muchos años después, durante los estertores del Virreinato, las cortes de Madrid estudiarían todavía aquella apertura del canal visionada por el conquistador, con un llamamiento a los inversores europeos para acometerla (1814). Pero el mundo estaba entonces para recoger otros guantes; Ferdinand de Lesseps embajador francés en Madrid que lo recogió para aplicarlo en Panamá, llevó a su país a la quiebra.

El espíritu de exploración y conquista fue continuado por los sucesivos Virreyes de Nueva España, muchos de los cuales pasaban a ser  Virreyes del Perú tras su cese, perpetuando allí las directrices impulsadas por Carlos VFelipe II en el norte. De acuerdo con estas políticas, Juan de Fuca, piloto griego de la Armada virreinal, es encargado por el Virrey Luís de Velasco, de una nueva y ya obsesiva búsqueda del Estrecho de Anián, la mítica tierra nombrada por Marco Polo en su fabuloso libro de El Millón. Tras una primera expedición fallida por rebelión a bordo, emprenderá una segunda a cuyo regreso a Acapulco, proclama el éxito de su viaje. Con una carabela, una pinaza y un puñado de hombres, ha recorrido la costa pacífica de Oregón y hallado el estrecho buscado (que lleva hoy su nombre) en latitud 47ºN. Nadie le cree, pero el Virrey cumple con enviar su expediente a Sevilla, en cuya Casa de Contratación, mitad rigorismo procesal mitad desidia, dormiría el sueño de los justos. Fuca viajará a España en reclamo de sus derechos, pero hastiado ante tanta dilación y secretismo oficiales, regresará a su tierra cefalónica. Realmente el Estrecho de Anián descubierto por el piloto griego (paso entre Isla Vancouver y el continente), no era tal, ni facilitaba el paso de un océano al otro. Era un simple canal costero del propio Océano Pacífico, sacado de la escala geográfica correspondiente, como quedaría constatado por navegantes posteriores.

El inglés Thomas Cavendish (1586), rico heredero y connotado petimetre de la corte Tudor, enrumba al Pacífico por aquellos años con el placet de su reina. Viene a hostigar al Imperio Español, a la vez que ver de rehacer su magro erario. Supera el Estrecho de Magallanes con el sueño de regresar millonario a costa del Tesoro público hispano, desideratum icónico de las nuevas generaciones de la baja nobleza de un pequeño país inseguro y agresivo, cuyas perspectivas de medro eran entonces muy limitadas. Era una manera de hacer las Américas que los españoles de todo tiempo entendieron de otra forma. El regreso clamoroso de Drake a su base de Plymouth tras su rutilante vuelta al mundo, motiva al sindicato corsario de Isabel Tudor para financiar otra incursión depredadora por el Mar del Sur, que cuajaría cinco años más tarde. Thomas Cavendish como adalid, sale de ese puerto a la caza de la Nao de la Plata, que singla entre El Callao y Panamá. O del norteño Galeón de Manila, alternativa que cruza el Pacifico desde Acapulco al poniente, y aparece de regreso al norte de California, para virar luego al S.E y acceder a su destino y origen. Los infiltrados del sindicato saben que la Baja California no es una isla, sino una península constatada por el propio Drake en su viaje alrededor del mundo, ayudado por la cartografía hispana robada en naos esquilmadas. Cosa que la pura lógica lo presuponía de antaño, por tratarse de un periplo en  aguas nunca holladas por inglés alguno. Buscaba al parecer por aquellas latitudes el dudoso estrecho de Anián, por el que escapar para no ser copado por el enemigo, lo cual resulta creíble pese a las muchas fantasías narradas sobre el viaje. Por aquellas latitudes y época, pocas naves había para asaltar y rentabilizar su negocio de consumado ladrón de los mares, ya fuera por cuenta ajena o propia. Parece verosímil su actitud exploratoria en busca de Anián como posible vía de escape. Y no habiendo podido conseguirlo, dio la vela para las Indias orientales… dicen las crónicas de su tierra. Por todo ello deducíase que, no siendo la Baja California una isla, el galeón de Manila  debería tomar un rumbo S.SE con resguardo litoral por babor, siguiendo la Corriente de California hasta el cabo San Lucas. Allí es donde la flotilla inglesa podría atajar con ventaja el paso de su presa. Fiel a su plan, Cavendish dobla el meridión de América con sus tres naves y enrumba al N. para interceptar el Galeón de Panamá o Nao de la Plata. Apresa una urca de cabotaje en aguas chilenas que le cuesta perder la primera de sus naves, e indaga que el galeón panameño no navega solo y desarmado como antaño lo hiciera. Lo hace ahora en conserva, entre naves de la Flota del Callao escoltada por La Armada del Mar del Sur, formación asumida a partir del único asalto sufrido por el galeón. Cavendish sopesa los riesgos de un ataque por alcance, como el que Drake perpetrara entonces, pero decide pasar de largo. Dejará en la lejanía de su catalejo el nada tranquilizador grupo de velas que, por estribor, percibe  compacto rumbo a Panamá.

Con singladuras N-NW, hostiga al paso el inglés presas fáciles, pequeños enclaves costeros, urcas de cabotaje. Núcleos indígenas humildes, poco más que algunas chozas con su iglesia de madera, van a recibir la sorpresa de parlamentarios para negociar la compra de provisiones. Si los nativos rehúsan, se les  amenaza con quemar el pueblo. Pero era ese ya un ritornelo sabido. A veces aquellos indios los emboscaban y conducían a dolorosas muertes. Otras, las menos, accedían a intercambiar productos recíprocos básicos. Pero en todo caso, como gato escaldado que era, rara vez el indio perdía la iniciativa. Nunca esperaba a ser sorprendido por el advenedizo costero, más bien era él quien sorprendía al recién llegado. Y esta medicina hubo de probarla Cavendish en el Darién, con pérdida de varios hombres. No repetiría nuevamente la añagaza fallida, hasta alcanzar las costas de la Alta California, donde decide esperar al galeón filipino con las dos naves que aún conserva.

Luego de cinco meses  de navegación norpacífica y una agazapada espera, verá al fin aparecer en la neblina las velas de los  galeones Santa Ana y Nuestra Señora de Begoña, que navegan juntos desde Cavite. Las naves de Cavendish pierden pronto de vista una de aquellas velas desdibujada por la niebla, y deciden atacar a la otra con una navegada envolvente, fijos sus ojos en ella para no perderla entre brumas. Con el casco plagado de verdines y moluscos adheridos tras sus cinco meses de navegación en aguas ricas en plancton, el galeón Santa Ana, armado con fusilería a bordo, tratará de escapar al cañoneo de las veinticinco bocas de fuego por banda que le persiguen. Pero que no logran acortar sensiblemente su resguardo, pese al destrozo de aparejos y desgarres veleros que padece el fugitivo. Desarbolada finalmente la nave y diezmada su gente, rendirá su pabellón de 600 toneladas tras dos horas de forcejeo (1587). Es la primera vez en 22 años de vida que una mítica Nao de la China es capturada. Será saqueada y posteriormente incendiada. Pero en un esfuerzo supremo de sus hombres útiles, heridos en mayoría y desarmados, sabrá el robusto paquebote filipino dominar las llamas y lograr, con aparejo de fortuna, dar amarres en Acapulco algunas semanas después del Begoña. La captura del tesoro filipino, obligaba al inglés a no volver sobre sus pasos: sabía que los barcos virreinales saldrían a darle caza, y le quedaban miles las millas por correr hasta Hornos. Era menester perderse cuanto antes en el Pacífico, como su Drake arquetípico lo hiciera. Y como él, lo primero que decide es tomar cautivo al piloto del galeón asaltado. Alonso de Valladolid, será el guía español que pueda regresarle a su tierra por la ruta de las Marianas, las Molucas y el Índico portugués, aunque pierdan la otra nave en su largo periplo. Como buen fatuo de novedoso cuño, Thomas Cavendish entra en puerto con sus soldados y marineros vestidos de tela de seda, con las velas de damasco y tremolando en la gavia una bandera de paño de oro, nos dice David Hume de su arribada. Vivo contraste con aquel enorme Juan Sebastián Elcano y tantos otros que le siguieron, el verdadero primus circumdedisti me con su nao Victoria, que trae su peso de oro en especias para el Emperador. Pero lo primero que hace al tocar tierra, es ir descalzo en procesión con sus diecisiete bravos a humillarse ante la Virgen de la Antigua, por haberles salvado la vida. Habían partido 270 hombres en cinco naves, pero llegaban diecisiete en un flotante desecho fantasmal que solo de lejos hacía honor a su perfil de nao. Los planisferios añadirían tras ellos más de once mil km de circunferencia terrestre, un nuevo piélago vacío de islas y el desfase horario hallado entre los continentes. Ellos encarnaban el viaje que iba a cambiar el mundo. El mundo, sí, pero no la sólida personalidad del vasco discreto y recio que lo había culminado. Actitudes vitales,  paradigmas contrapuestos, arquetípico proceder histórico de dos naciones en sus gentes. Dos países que, por exceso y por defecto, se equivocan al opinar sobre sí mismos, sentencia GarelJones, ex ministro de Exteriores para asuntos europeos del Reino Unido. De regreso a Portsmouth, con la carga capturada que le hace millonario a los 28 años, y el parabién de su reina, pagará el inglés viejas deudas y compondrá su malversada hacienda, para maquinar nueva expedición corsaria. Cavendish se hará de nuevo a la vela en 1591, acompañado esta vez por el experto carroñero John Davis, pero las nuevas singladuras no iban a serle tan propicias como lo fueran en anteriores jornadas. Encontrará la muerte en costas del Brasil, desde donde su socio logrará regresar a puerto, con las tripulaciones diezmadas por el escorbuto.

La captura del galeón Santa Ana iba a tener consecuencias en la estrategia novohispana de la navegación norpacífica. El Gobernador General de Filipinas,  hacía tiempo que se había quejado de que  los galeones siempre han navegado con poca o ninguna artillería, y con tan poco temor a los corsarios como si estuvieren en el río de Sevilla, cuyo axioma inmediato sería armar los futuros galeones con artillería suficiente. Sabido era que el Galeón de Manila, una vez surgido del Pacífico a la altura del Cabo Mendocino, emprendía una ruta costera hacia el meridión, a lo largo de un desconocido litoral, con el riesgo añadido de sus cerradas y frecuentes nieblas. Llegado era el tiempo de reconocer y cartografiar los accidentes costeros, sus calados, arrecifes, ensenadas y puntos de aguada y leña, además de consolidar determinados enclaves californianos, que habrían de notificar con avisos, el paso del galeón al resguardo siguiente. Creóse para ello en el Pacífico el barco de aviso, suerte de correo similar al existente en el Atlántico, a fin de notificar las nuevas de puerto en puerto. Naos de dos palos, poco calado y buen andar, tal misión de enlace sería encomendada a una flotilla de pataches, los conocidos bajeles navegadores de toda latitud y cualquier mar, que la cántabra Real Fábrica de Bajeles de Guarnizo, había sembrado por los mares Cantábrico y Atlántico, y cuyo intercambiable velamen se adaptaba a cada estado de la leva, del viento, de la deriva o del largo a singlar.             

En 1596 Sebastián Vizcaíno, con tres naves  de colonos, gramíneas y ganado, parte desde Acapulco a poblar la Baja California, pero regresa decepcionado al año siguiente sin arraigo alguno, dada la aridez de la tierra y la belicosidad de los indios comarcanos. Ello suponía posponer el poblamiento del apéndice sur californiano, como un eco de las jornadas de Cortés más de medio siglo antes.  No obstante ello, repetirá en 1602 la expedición, y con 4 naves va a recorrer la costa pacífica hasta el Cabo Mendocino. Retornará Vizcaíno al año siguiente, luego de haber cartografiado la excelente bahía de Monterrey y el resto de costa californiana hasta Oregón, tal como habíaselo encargado la Casa de Contratación y la Armada del Virreinato. Pocas son las cartas marinas de Europa mejor trazadas que las de América Occidental, desde el Cabo Mendocino hasta el estrecho de la Reina Carlota (hoy Estrecho Juan de Fuca), no pudo menos que exclamar dos siglos después Alejandro Humboldt al ver aquellos cartogramas cum laude. El extremeño Vizcaíno, emprendedor, explorador, militar y navegante, bien conocido en la costa occidental novohispana, iba a convertirse en el primer embajador español en Japón y, andando años, perpetuo Alcalde Honorífico de la ciudad de Acapulco, la antesala imperial de Asia por real orden de Felipe II.

En 1610 llega al puerto de Acapulco una maltrecha nave con tripulación mixta de japones y castilas, enarbolando la hispánica enseña albirroja con la Cruz de Borgoña. Los recién llegados se apresuran a enviar una comitiva hasta México, que es recibida por el virrey Luís de Velasco. Se trataba del galeón rescatado de Rodrigo de Vivero, saliente gobernador de Filipinas, que sin gobernalle y batido por el temporal, había ido a embarrancar en costas japonesas tres años antes. Iyeyas el entonces nominal Emperador del Sol Naciente, a la sazón en buena armonía con los misioneros jesuitas, manda atender a los supervivientes, recomponer la nave, completar la tripulación con expertos marinos nipones, y enviarla en buena hora a Nueva España. Esta era la remendada nave que acababa de entrar en Acapulco, y que en rendido agradecimiento a la cortesía nipona era su comitiva recibida con gran fasto por el Virrey. La respuesta diplomática no se haría esperar, y Sebastián Vizcaíno iba a comandar la primera embajada novohispana que partiría al año siguiente hacia Japón. Como embajador de Su Católica Majestad Felipe III, se le consentirá cartografiar las costas japonesas y levantar sondeos en sus ensenadas. En agradecimiento, el flamante embajador regala al Shogun de Yendo un cronómetro de navegación fabricado en Madrid, que habría de generar una posterior industria relojera japonesa. Regresará como asesor de Hatsesura Asemoto, primer embajador japonés, cuya comitiva llegaba al puerto de Acapulco en 1614. Tras presentarse al Virrey en Ciudad de México, el futuro embajador se embarca hacia España para presentar credenciales a Su Católica Majestad. En México primero, en Sevilla, Toledo y Madrid después, iba a levantar una oleada de expectación con su exotismo, sus estrictos protocolos, su vistoso séquito y su conversión al catolicismo. No menor de la que levantó en Roma algunos meses después durante su visita al papa Paulo V. Regresada en barco a Barcelona, la delegación nipona iba a ser recibida con todo boato por el Duque de Medina Sidonia en Sevilla. Algunos de sus samuráis elegirían afincarse en el entorno sevillano cuando la delegación hubo de regresar a su patria, convertida de nuevo en hervidero bélico. Hoy existe en Coria del Río una pequeña colonia de sus descendientes que orean el antiguo gentilicio de sus ancestros, fraguado ya en orgulloso patronímico de vivos.                                        Figura 6: Plano Planta de la ciudad de Acapulco

           

El puerto de Acapulco había ido cobrando importancia como enclave económico del Imperio, a la vez que las autoridades del Virreinato tomaban conciencia del peligro creciente de una piratería que abordaba el Mar del Sur por el paso de Magallanes. Pero que comenzaba también a mostrar la patita a través del istmo, lo que podía propiciar su presencia en tiempo de feria. Su imagen era la de cualquier elemental núcleo humano. Su población presentaba por aquellos años la imagen de una simple aldea de pescadores, con casas de madera y techo de carrizo, presidida por una pajiza iglesia. Su abrupto terreno en ladera, útil solo para magras cosechas de subsistencia, obligaba a consumir víveres sobrepreciados, traídos desde los asentamientos indígenas del interior o de la costa. Con una temporada seca, sin lluvias entre noviembre y mayo, y sus denostados bohíos de pernocta para uso de tratantes y gentes de paso, veía deshinchar el suflé humano en cuanto acababa la feria. Revivía entonces la aldea que era, en su propia y elemental esencia.

Acabada la feria de 1615, la semivacía Acapulco es abordada por la hambrienta caterva corsaria de Joris Van Spilbergen. El holandés trae su escuadra llena de convalecientes a causa de un encuentro previo con la Flota del Callao y diezmada ahora por la amebiasis de alguna aguada tomada al azar. Meses hacía que la ciudad había sido alertada de su proximidad por avisos llegados de Panamá, y cuando las velas holandesas aparecen por fin ante la bocana, los sesenta cañones de bronce de la guarnición le dan unísona bienvenida. Han sido excavadas trincheras y reductos: desde allí hostigan al enemigo y esperan sus hombres mosquete en mano el desembarco corsario. Pero Spilbergen solo quiere parlamentar, e iza bandera blanca. Tiene las tripulaciones enfermas y necesita alimentos. Propone permutar ganado, provisiones y agua, por unos  prisioneros hispanos que arrastra desde Perú: una almoneda viva, siempre válida, que es ahora aceptada como pago por el gobernador de la plaza. Éxito holandés que tratará de repetir en Salahua (Manzanillo), donde tantea tomar aguada y alimentos bajo premisa análoga, hasta que aparece de nuevo el Sebastián Vizcaíno de todo guiso, con una pequeña flota que le rebota de la costa, episodio  conocido como la Batalla del Puerto de Santiago  (Manzanillo, Colima), que no sabemos si llegó a tanto, pero que de todas formas ahuyentó al corsario de aquellas aguas. El almirante holandés sabe que es fecha de arribo del Galeón de Manila y decide esperarle. Con su escuadra de cuatro grandes navíos de guerra, más dos rápidos pataches de apoyo, elaborará un despliegue lejano, fuera del alcance visual de los atalayas costeros de Acapulco, que pululan avizor por los acantilados. Un encuentro fortuito, con unos pescadores negros que lanzan sus redes mar adentro, le persuade de su error de calendario: los pescadores le informan que el galeón hace semanas que llegó, y está en Manzanillo limpiando fondos.  Pasan los meses pertinentes, pero el navío no se mueve: sigue fosilizado en las rampas de carenado. Y Spilbergen que no duda ya que su lejana presencia ha sido detectada, intuye que el galeón no saldrá ese año. La caza mayor de aquel cetáceo áurico había fallado. Largará velas rumbo a las Marianas, camino de Sonda y Java. La ocasión de copar el preciado botín con tan formidable escuadra, habíase perdido.

A partir de este suceso (1616), Acapulco verá construir su Fuerte San Diego, pensado en principio como refugio de ciudadanos frente al acoso pirático,  para transformarlo ahora en bastión defensivo de la ciudad, el puerto y sus accesos. Lo que había sido concebido como un fuerte de planta rectangular coronando un cabezo con caballeros perimetrales realzados, pasaba a tener planta estrellada con foso y revellín y una amplia casa para su castellano, que gozaba además de una fresca y arbolada residencia campestre en laderas de un cerro cercano. Era el alivio esperado para los castellanos, que considerábanlo un puerto algo enfermo. Lejos de las bases corsarias inglesas y holandesas, realmente Acapulco podía considerarse un enclave costero de escaso riesgo, pese a la intermitente presencia de algún aventurero del mar, que en mayoría de casos no pasaba de mostrar sus velas y largarse. Desde que Magallanes descubriera (1521) el paso que lleva su nombre, no llegaba a una docena las expediciones que habían osado seguir su ruta, contando los empeños fracasados y los perdidos. De todos, solo un par de ellos había remontado hasta latitudes de la Baja California. En 1624 lo haría una armada corsaria liderada por los almirantes Jacques L´Hermite y Hugo  Schapenham con base en la lejana Batavia (Java), quien, al regreso de Europa, remonta el Pacífico hasta Acapulco, donde sería finalmente rechazada. L´Hermite, hugonote belga al servicio de Holanda, había partido de Texel (Islas Frisias) al mando de 11 naves de guerra y 1600 hombres con ánimo de asaltar El Callao, Guayaquil y otros puertos del Pacífico hispano. Enfila rumbo al Estrecho de Magallanes  y tras doblar el meridión americano, pone sitio al puerto de Lima. Pero su cerco portuario termina en fracaso y elevado número de bajas, la de L´Hermite entre ellas. Unos meses después, Schapenham asoma por la costa novohispana y amaga entrar en la bahía de Acapulco. Nuevamente la artillería de la plaza recibe a la flota corsaria con abundantes parabienes de pepinos y metralla, cortesía que los corsarios saben apreciar retirándose a prudencial distancia. Era finales de octubre y nada se sabía todavía de la llegada del Galeón, que estaba sin duda en el punto de mira del almirante holandés. Llegado el tiempo de su arribada al cabo Mendocino, iba a ser oportunamente alertado por un barco de aviso. En consecuencia, aquel año quedaría anulada la feria, y forzada la invernada del galeón en aguas calmas de la costa californiana.

Desde su nueva posición de resguardo mar adentro, vigila el holandés las velas que entran a puerto, en la espera de ver aparecer la robusta silueta de la nao manileña, mientras organiza salidas esporádicas a tierra en busca de vituallas y aguada. Una de estas partidas de abasto que recorría aldeas indígenas, será encelada en tierra y puesta en fuga por escopeteros y flecheros guardacostas, que dejan regados los cadáveres al sol y a la vista como advertencia frente a nuevos desembarcos nocturnos. Las tripulaciones de los barcos holandeses, gozaban de baja consideración entre los militares hispanos, tomadas como ejemplo de calaña asilvestrada y ebria, vengativa y cruel, capaz de pasar a cuchillo a prisioneros inermes por el solo hecho de estorbar sus planes: pura bucanería de la peor estofa. El gobernador de la plaza, buen conocedor de estos menesteres, se niega a pactar entrega alguna al enemigo: ni alimentos, ni agua, ni cadáveres, nada. Esta actitud que destierra el dialogo, unida al dudoso lucro de ocupar una ciudad vacía, abandonada por su gente echada al monte con enseres y pertenencias, dotada de poderosas defensas fijas y destacamentos de tropa capitalina inundando la costa…  y el Galeón que nunca llega, acaba por determinar la marcha de la escuadra holandesa a principios de noviembre. Pasada la situación comprometida, el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio mandará regresar a México las tropas desplegadas, no sin antes reforzar las defensas de Acapulco, nunca suficientes cuando el peligro apremia. Enviará un aviso al barco de Manila para que complete sus singladuras y aporte finalmente en destino. Después de este incidente, el ya para entonces nombrado Gobernador y Teniente de las Costas del Mar del Sur añadirá un bastión en punta de diamante en cada vértice del pentagonal Fuerte de San Diego, y amurallará de fábrica mampuesta todo su perímetro fortificado. Ordenará además construir otros bastiones defensivos en puertos  de la entrada del golfo, y dotarlos con nuevos cañones traídos de Filipinas.

La situación de agazapada espera corsaria volvería a repetirse en 1620, esta vez en el archipiélago filipino. Naves de guerra holandesas aguardan, durante semanas, el tránsito del Galeón de Acapulco por el traicionero Estrecho de San Bernardino, en cuyos arrecifes perdiera Villalobos su nave nodriza un siglo antes. Cargado con la plata novohispana, sigue el navío su ruta tradicional rumbo a Manila, que le lleva a  cruzar esa embocadura entre las islas de Luzón y Samar. Avisado oportunamente, el galeón superará a toda vela el angosto paso bajo el fuego cruzado de sus enemigos, que temen los peñascos sumergidos y no arriesgan ceñirse al cantil. Bien carteados a bordo sus bajíos, se orilla el galeón por estribor a la costa de Luzón para evitar envolventes, mientras responde galanamente al fuego de los corsarios. No lograrán sus proyectiles alcanzarle, ni intersectar su rumbo. Ligero de lastres el galeón, cargando apenas la fiducia novohispana, su andar a toda vela conservaría su barlovento con las otras naves de menor porte y eslora, aunque mayor trapo comparativo. Pronto desistirían los atacantes de su estéril empeño. A partir de este incidente, el Galeón de Acapulco cambiará cada año su derrotero entre las islas. Desde 1641 un cagafuegos de refuerzo esperará  su paso anual por el famoso Estrecho para escoltarlo hasta aportar en Cavite, donde le aguarda un jubiloso sonar de salvas y campanas.

En 1686 William Dampier y Peter Towley, integrantes de la patulea de carroñeros de la costa caribeña accedida al Mar del Sur, van a proseguir su pillaje en las costas del occidente americano. Confraternizan para asaltar el  Galeón de Manila, que saben capturado una sola vez en sus más de cien años de vida y, al menos, dos viajes anuales. Con 140 arcabuceros, distribuidos en doce canoas a remo, entran silenciosos en noche oscura a la bahía de Acapulco. No está allí el Galeón de Manila, pero sí encuentran en cambio un soberbio galeón peruano, cargado con mercaderías orientales, que debe zarpar en breve hacia Guayaquil y El Callao. Sólo que los cañones amenazadores del cercano Fuerte San Diego, dominando la vacía oscuridad, les persuade negativamente de la aventura que están urdiendo. No abordan la solitaria nave en reposo, sencillamente porque se sienten ya acribillados si los atalayas del puerto dan la alarma. Dentro de la bahía resultaba imposible capturar el galeón, para sacarlo a mar abierta con éxito; había que abordarlo fuera, a su partida, si querían salir con bien del lance. Y con esta idea, regresan a sus naves nodrizas bogando tan silenciosamente como habían llegado. Les aguardaban sin duda días de mimetismo y espera. Pero una inapropiada salida por comida y agua en días de estrechez, iba a precipitar sobre ellos toda la defensa estratégica que el Virrey había preparado para los tiempos de agobio pirático. Suenan las campanas eclesiales de los pueblos, que vomitan partidas de escopeteros y flecheros, dispuestos a batir palmo a palmo la costa. Pese a su apresurada retirada frente al rebato general, no pueden evitar los forbantes ser sorprendidos en sus botes de la playa sin dejar víctimas atrás. Con una alarma en tierra tan presta y automática, los piratas sopesan preparar la captura del galeón alejados de la costa. En un radio de siete millas que evite levantar sospechas, equidistarán cuatro naves en facha para filtrar las entradas a puerto desde una prudencial lontananza. Pero he aquí que el galeón se retrasa aquel año, y dos de las naves apostadas deben ausentarse para recabar vituallas, tratando de no soliviantar campana que pregone rebato alguno a los vientos, ni aldea indígena que se alborote. Se aproxima la época del monzón con sus celajes anubarrados, pero el Galeón no acaba de aparecer. Al final cunde el hastío. Los hermanos de la costa virarán rumbo al poniente, no sin antes comprobar con sorpresa que la nao filipina llevaba amarrada a sus ceibas más de un mes y que el galeón peruano había desaparecido del puerto. Bien las ocasionales ausencias por vitualla, o quizá el patache de aviso, habíales jugado una mala pasada frustrando sus soñados tesoros.   

En 1709 es el corsario de turno Woodes Rogers, otro ladrón por cuenta ajena, quien merodea la llegada del Galeón  de Manila a su paso por la costa californiana. Este año viene el galeón Nuestra Señora de Begoña, acompañado por el patache Nuestra Señora de la Encarnación en función de nao almiranta, cerrando cortejo con ligera carga y solo fusilería a bordo. Rogers caerá con sus dos fragatas sobre el patache que navega retrasado, lo captura y saquea. Ajeno al drama que vive su nao almiranta, el Begoña entra con felicidad en Acapulco.

Tres meses tardará en surgir de nuevo, cargado de plata novohispana, en su derrota anual hacia Manila. Navega solo y a media carga, bien que precavido, consciente de la pérdida del patache cuya causa en Acapulco desconocen, aunque no descartan achacarlo al merodeo pirata. Apenas unos días después será interceptado por las fragatas inglesas de Woodes Rogers que le aguardan junto a otra nave de porte medio capturada en Guayaquil, pero los cuarenta cañones del galeón manileño los ponen en retirada no sin serios desperfectos. Son ahora los barcos ingleses, sus cascos plagados de verdines tras prolongada navegación, quienes no pueden seguir el andar del recién carenado navío filipino. Han sufrido un primer rédito negativo, pero saben de su ventajosa potencia de fuego y, lamidas las heridas, tratan de ganar barlovento para horquillarle con su mayor campo de tiro. Inútilmente, porque la figura del Begoña irá empequeñeciendo hasta perderse en la noche. Con el alba, había desaparecido. Tres meses más tarde llegaría a Cavite sin mayor novedad.

Las sucesivas mejoras del Fuerte San Diego habían hecho de Acapulco una ciudad muy capaz de defenderse de cualquier insulto o ataque que se le ofrezca, aseguraba el Virrey Marques de Casafuerte, constructor también de la basílica de Santa Maria de Guadalupe. El gobernador del fuerte había pasado a ostentar el titulo de Teniente de las Costas del Mar del Sur, y ser el responsable del control y policía de la costa y del tráfico de mercancías de la región. Desde Carlos III tendría la obligación añadida de enviar reseñas semestrales sobre la meteorología y la agricultura de la provincia. Acapulco, bien guarecida por su reconstruido y mejorado Fuerte San Diego tras el terremoto de 1776, lejana siempre de las bases de abastecimiento corsario enemigo, despoblada tras su feria y recobrada su hechura de permanente aldea, sería ratificada por Carlos IV en su olvidado título de ciudad (1799).

Tras la liberación del comercio en los puertos del Imperio, y su persecución por las principales potencias, la vida pirática inició un declive que la llevaría en pocas décadas a su extinción. Durante su existencia, la plaza acapulqueña nunca sería tomada por flota enemiga alguna, caso único en la historia portuaria del Imperio español. Pero su castillo vería en cambio fusilar a los presos realistas por el insurrecto cura-soldado Morelos, unamuniana exégesis del mostrar la cruz pero blandir la espada, la romano-gótica encarnación del báculo y la ballesta de los obispos medievales. Un Gelmírez compostelano de allá por el año mil, redivivo ahora como una suerte de templario justiciero que incendia Acapulco y degüella a todo infiel español. Solo que esta vez no se trataba de expulsar al islámico intolerante, sino de quitar del medio al feligrés que no comulga con sus hostias profanas. Tampoco se trataba de un militar-soldado que cumpliera órdenes estrictas de un superior, sino de un hombre que había jurado entregarse a sus semejantes por Cristo. Pero que olvidaba en la sacristía sotana cural y golilla cuantas veces tocaba vestirse de faccioso. Curas que sin duda debieron rogar alguna vez por el catecumenado eclesial, siquiera cuando se ordenaron como tales… pero lo ignoraban si la circunstancia vital incensaba su ego, separándose de su santo ejercicio de pastor de almas para convertirse en lobo carnicero, como reza en su acta de excomunión por el obispo de Michoacán. ¿Donde estaba el límite ético de guerra justa que estos curas trabucaires aplicaban cuando de los conquistadores trataban? ¿Qué nos dejaron dicho de las Indias tres siglos antes?… Entonces no existía hemeroteca, pero ahora, sí. Ahora podemos contrastar hasta  la náusea, actitudes farisaicas entre el ayer y el hoy. Dios haya perdonado a esta suerte de padres de la patria. Sin aspavientos, como solo Él sabe y puede hacerlo, y la gente de bien desea. Mientras los patriotas de verdad y los sobreactuados, plenaban de efigies su memoria patria, como arma arrojadiza contra los gachupines y los cristeros. Siglo y medio más tarde, a toro pasao, la diplomacia vaticana eximiría a los trabucaires de su anatema impreso a fuego de maldiciones. Como si, por decreto, Sánchez Mejías o Manolete hubieran muerto por astas de toros… no siendo toreros. Bien que eran los aciagos días de la independencia de un México nacionalista, con sus fiebres desatadas en busca de si mismo, y las meninges dilatadas por el caos patrio. Y pasó como estas cosas pasan. Como un torbellino de emociones, desgarrando flecos históricos que no eran sino jirones de sí mismo. Se trataba en realidad de un nuevo insecto perfecto, que había mutado su capa virreinal por un desorbitado sombrero charro. Y siglo y medio después del capotazo, era precisa una entente cordiale que retrotrajese las aguas vaticanas a su cauce virreinal,  con el restablecimiento de relaciones diplomáticas

            

                      Figura 7: Portulano de Acapulco. Dibujo del autor

 
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CONTEXTO HISTÓRICO DEL VALPARAISO ESPAÑOL

El Adelantado Diego de Almagro había salido de Quito (1534) hacia el sur, decidido a conquistar un imperio tan dilatado como el que atrás dejaba en manos de su socio Pizarro. Para el buen fin de la empresa, hízose acompañar su hueste por una flota costera de tres barcos cargados de bastimentos. Solo una de las tres naos, la pequeña urca “Santiaguillo”, carcomida de broma y anegadas sus bodegas de salitre, arribaría unos meses mas tarde a la ensenada llamada de Quintil por los autóctonos changos, pueblo pescador nómada de aquellas costas. Avisado Almagro de la buena nueva, envió a su Alguacil Mayor para recibir la oportuna dádiva surgida del mar. El capitán Juan de Saavedra, hidalgo castellano de la Serranía de Cuenca, al mando de treinta jinetes localizó la urca. Al fondo de un angosto y arbolado valle, hendido por tres barrancas con bulliciosas aguas de recientes lluvias, hallaron fondeada la nave. El cuadro que aparecía a su vista, semejante al escarpado valle de su infancia, hízole llamar al lugar Valparaíso. Días después llegaba el propio Almagro que mandó desembarcar la preciosa carga de víveres, vestimentas, hierro bruto y herrajes de la nave, carenarla, herrar los caballos y consolidar en aquel valle un asentamiento estable para su hueste.
Almagro, una vez fundada la nueva ciudad de Valparaíso (1536), asignó a sus hombres un lote de huertos, construyo el caserío de bahareque y paja, y tomó las providencias para reconocer la costa hacia el sur por mar y tierra, a fin de explotar los recursos naturales que pudiera ofrecer la región. Pero decepcionado ante los magros resultados de sus pesquisas, tras un penoso invierno, decide regresar al Perú atravesando de nuevo los Andes y el desierto de Atacama con aquellos espectros supervivientes. La crónica de la terrible retirada nos cuenta que << algunos de los que murieron a la ida, en pie, arrimados a las peñas, helados, con sus caballos de rienda también helados, estaban tan frescos y sin corrupción como si acabaran de morir, y así fueron sustentación de la gente que venía, los caballos que topaban helados en el camino y los comían >> … Valparaíso fue abandonada y por años no volvería a saberse de ella.
Pedro de Valdivia, conquistador de Chile y fundador de Santiago, halla en Valparaíso el enclave costero necesario para el intercambio comercial de su capitanía con Lima, la capital del Virreinato. Y respetando nombre y fundación, apostilla al enclave como “Puerto de Santiago” (1544).
El Mar del Sur era por entonces llamado “lago español”, y realmente lo era, por ser piélago desconocido para el resto de europeos. Solo los portugueses llegaban por los confines del Índico al Mar de la China (islas de las Especies o Molucas, Macao, Formosa y Cipango) siguiendo la ruta este del Cabo de Buena Esperanza, descubierto por Bartolomé Díaz casi un siglo antes. Drake, conocido corsario del Caribe, irrumpe en el Pacífico, según alerta lanzada desde Buenos Aires en 1579. Pronto va a llevar al Mar del Sur la amenaza filibustera, que produce consternación y alarma en las desguarnecidas costas occidentales de America. España e Inglaterra están comprometidas en un cese de hostilidades por la tregua de 12 años firmada dos años antes, cuando apenas media docena de galeones habían logrado superar el paso que Magallanes descubriera medio siglo antes. El ahora pirata conculcador de treguas pero gran navegante Drake, pierde su flota en el empeño, pero su nao capitana logra superar la barrera austral y acceder al Mar del Sur. A la vista de sus velas, los escasos moradores de los enclaves costeros y Valparaíso entre ellos, van huyendo hacia el interior del país. Drake asalta las inermes chozas de “El Puerto de Santiago”; y como único y posible botín a su alcance en tierra firme, roba las vinajeras de plata de su iglesia de paja y cañas. Aborda un único y solitario patache allí anclado presto para zarpar al Callao, le despoja de su carga de botijas de mosto y maderas, junto a la moneda destinada a la compra de enseres. Tras esta azarosa jornada de Valparaíso, prosigue su rapiña hacia el norte, no sin antes poner fuego a todo vestigio repoblador del neonato puerto. Se suceden las noticias del avance depredador del pirata inglés por la costa occidental de América. Tras el saqueo de El Callao, el virrey Toledo organiza su persecución. Pedro Sarmiento de Gamboa parte rumbo norte tras el intruso al mando de dos galeones fuertemente artillados, pero no logra contactarlo. Vira rumbo sur, y con bases alternativas entre Valparaíso y Chiloé, decide esperar durante un año el retorno del pirata hacia el Atlántico por el Estrecho de Magallanes; pero tampoco aparece, a la vista de lo cual sigue hasta España para proponer la fortificación del paso magallánico. Y es que Drake, escarmentado de su durísima remontada del meridión americano hacia el Pacífico, ha decido regresar a su metrópoli por la ruta portuguesa del Índico. De esta manera se zafa, sin saberlo, de la emboscada preparada en el Pacífico Sur por la estrategia virreinal.
La noticia de la presencia de Drake por aquellas costas se propaga por la América toda, y a partir de ese día Valparaíso iba a tomar carta de identidad en los mapas del mundo. Felipe II ordena construir en Guayaquil naos reales para la salvaguarda costera. Con ellas formará la Armada del Mar del Sur, protectora del Galeón de Panamá, los puertos del Pacífico y su navegación comercial frente a la potencial piratería que se intuye va a cernirse en adelante sobre aquel litoral.
El comercio con El Callao incrementa la salida de mercancías de Valparaíso, pero los corsarios holandeses e ingleses seleccionan presas más jugosas (galeones de Panamá o Manila) versus el inerme rancherio de Valparaíso, solo parcialmente habitado. Los corsarios ingleses Cavendish (1587) y Richard Hawkins (1594) hijo este de John Hawkins conocido corsario, contrabandista y negrero ingles del Atlántico, ponen rumbo al Pacífico y saquean y queman los ranchos de “El Puerto”. Pero la noticia del arribo del segundo moviliza la fortificación de Valparaíso, que construye su Fuerte de San Antonio (llamado después “Castillo Viejo”) a estribor de su rada, primer reducto fortificado del puerto. Hawkins y su nao capitana serán apresados por los galeones “cagafuegos” de la Armada del Mar del Sur y pasará más de diez años en las cárceles peruanas y españolas, hasta ser liberado por la diplomacia de su poderoso sindicato, cuajado de influyentes rentistas beneficiarios de sus fechorías.
El corsario holandés Oliver de Noort (1600) logrará incendiar sorpresivamente tres barcos surtos en el puerto con frutas y legumbres secas, sebos y cecinas, pero la metralla de las baterías del Castillo Viejo, le alejan de sus aguas sin poder completar el expolio. La arribada de la flota de su compatriota Joris Spilbergen (1615) denunciada con tiempo desde Buenos Aires, será debidamente recibida. Valparaíso, a la espera angustiosa de recibir carga para sus cañones, había reforzado su milicia, despejado de barcos su fondeadero y hundido una vieja nave en él, para evitar la aproximación a tierra de la escuadra enemiga. Una cerrada descarga de fusilería dio cumplida bienvenida a las primeras chalupas del desembarco holandés. Con estudiada cadencia, iban los fusileros durante la refriega replegándose hacia el interior, desde los fosos cavados y sus empalizadas de playa. Mientras clareaba el día, ambas fuerzas mantuvieron su porfía. Pero cuando empezó a caer la noche, hízose más vulnerable la tropa desembarcada, reflejando sus casacas el resplandor de las estratégicas piras que ardían por doquier. El corsario holandés acabaría por replegarse a sus naos, y dar la vela rumbo güeste hacia sus Indias Occidentales en la oscuridad de la noche.
En 1616 se repuebla y crea el Corregimiento de Valparaíso, que años mas tarde pasaría a declararse Plaza Militar bajo crecida milicia y nueva y poderosa fortificación que empieza a construirse. Llegan los Agustinos Recoletos, que reciben un terreno en la quebrada desde entonces llamada de San Agustín, donde se establecen (1627). Llegan los Franciscanos (1663) para construir su claustro en la quebrada a la que legarán su nombre. Valparaíso que exporta mostos, sebo, cáñamo, mulas y coquitos de palma, inaugura una línea de naves propias que enlazan periódicamente con El Callao y otros puertos del Pacífico. Para el almacenaje de fardos y pertrechos comienzan a construirse galpones y bodegas de adobe y teja, alineados a lo largo de la playa. En primavera y verano, bajo los sures de aquellas costas se presentaba la mayor actividad portuaria; en el invierno austral, los fríos y desabridos vientos del norte obligaban al cierre de actividades náuticas.
Se construye el elevado Reducto de la Concepción sobre el punto de aguada (1676). Se termina el Castillo de San José sobre el cerro nuclear del enclave, dotado de poderosos cañones de bronce para el tiro de alcance. A sus pies, se remata este Castillo Alto con otro Castillo Bajo, plataforma o planchada prolongada hasta la playa, y artillada con cañones de hierro para el tiro rasante (1692) sobre los mástiles del fondeadero.
El tráfico portuario focalizado hasta entonces en Panamá, que expendía las manufacturas sevillanas a los puertos del Perú y recibía en sentido inverso pagos y mercancías que a Sevilla retornaban, iba a cambiar radicalmente a partir de 1746. La liberación del comercio con la Península propiciaba el tráfico directo de Valparaíso con Sevilla tras doblar el Cabo de Hornos rumbo a Buenos Aires y Montevideo. El paso del Atlántico al Pacífico navegando por el Mar de Hoces, era a la sazón ruta habitual de la holandesa Compañía de las Indias Orientales desde mediados del siglo XVII. Y España hacía propia la ruta descubierta y estudiada por Holanda. Como contrapartida, el tiempo empleado en arribar del Atlántico al Pacífico las mercancías peninsulares venidas desde Sevilla vía Panamá seguido desde el siglo XVI, iba a verse aligerado en varios meses por la nueva ruta.
Recientes terremotos (1730) habían arruinado fortificaciones, bodegas, galpones y más de cien casas habitadas regularmente en Valparaíso, pero la ciudad iba a surgir con brío de sus calamidades históricas. Escala obligada tras doblar el Cabo de Hornos, el “Puerto de Santiago” seguía recibiendo por el norte, paños de Quito, azúcar y plata mexicana del comercio con Acapulco y Panamá. Por el sur, la nueva ruta de los “Navíos de Registro”, aportaba desde Buenos Aires un notable abaratamiento de productos de primera necesidad como herrajes, telas, vestidos, y otras manufacturas, además de aceite y aperos peninsulares. Y expedía en todas direcciones sus sebos, badanas, cordobanes, jarcias, mechas para pistolas y fusiles, cáñamo, hilos, cordelería, cecinas, mostos…
Una vez perdido el miedo al paso austral y sus “Aullantes Sesenta”, alentado siempre desde los mentideros de Europa mediante vaticinios y consejas de toda laya frente a cualquier noticia desgraciada de navegante o Flota, los comerciantes franceses de Saint Malo, con naves documentadas de “Registro Franco” completarían un ciclo bianual de ida y vuelta al Callao y Valparaíso. En sus naves traen no solo nuevos productos, sino nuevas ideas que bullen en la Francia prerrevolucionaria, semilla de la independencia que medio siglo mas tarde había de llegar a estas costas.
En 1766 se establece el “tráfico en derechura” con Cádiz, con el correspondiente menoscabo de pólizas, alcabalas, retrasos y sobrecostos, además del gravamen por muertes que el tránsito de sus gentes por climas tropicales penalizaba. Pero el océano proseguiría hurtando a los dioses su puntual tributo en vidas. La navegación austral llenará los puertos de Chile de enfermos escorbúticos, y de cadáveres flotantes las estelas de sus barcos. El escorbuto habíase convertido en la enfermedad endémica de la ruta austral, azote sistemático de las tripulaciones con más de los dos meses de singladura. Para poner remedio a tantos males, llegan a Valparaíso los Hermanos de San Juan de Dios, que instalan su Hospital en el inconcluso convento de Santo Domingo (1767). En un enroque virreinal, los dominicos pasan a ocupar la Casa de Ejercicios que los expulsados jesuitas regentaban tras La Matriz, luego de su abandono de las Españas por Real Orden de Carlos III.
En 1774 se establece la Aduana y pocos años después, cristalizada su ciudadanía propia con varios miles de almas, Valparaíso nombra Cabildo. Ambrosio O’Higgins a la sazón Gobernador General de Chile, solicita a Carlos IV el título y blasón de ciudad nueva (1789), para el viejo “Puerto de Santiago”. Bastantes años más tarde recibiría en contestación el águila de San Juan con su escudo de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro, y su lema de “muy noble y leal”, un sarcasmo para los vientos emancipadores que soplaban ya por aquellos pagos.

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