Contexto Histórico de Manila – V

Figura 11 a: Real Monasterio de Sª María de Guadalupe (1369). Patrimonio de la Humanidad.

Patrona de Extremadura y Reina de la Hispanidad

Con la incorporación del Imperio Portugués a la Corona de Felipe II (1580), había llegado nuevo compromiso para aquel mar, donde las Filipinas iban a ser plataforma estratégica para incidir sobre las costas asiáticas, a la vez que un jugoso fruto comercial para circunvecinos. La primera beneficiada iba a ser Macao, que vería centuplicado su intercambio comercial con Manila. Pero la peligrosidad de los reinos infieles circundantes, y su cada vez más activos piratas (China, Camboya, Siam, Laos, Japón, Malucco, Borneo), se veían agravados por la existencia de una quinta columna (sangleyes, japones, moros), que podían buscar, desde el interior, alianzas circunstanciales con vecinos equívocos. Ya desde los primeros tiempos de la Capitanía, se habían cuidado alianzas y comercio con reinos periféricos como piedras angulares de su propia solidez. En apoyo del sultán de Brunei, próspero reino del noroeste de Borneo (1578-81), intervendrá Manila con una rotunda acción naval y posterior desembarco, dejando tras de sí cierta influencia política efímera, aunque fructífera comercialmente. La escasez de kastilas, obligaba a una recluta de soldados nativos, fueran filipindios, japones, indios chinos o sangleyes de nueva generación, con su consiguiente resistividad grupal, y su descontento como riesgo añadido. El Gobernador Gómez Pérez Dasmariñas (1593) dirigiría una expedición de castigo contra algunas Molucas pugnaces, que habría de costarle la vida. Una rebelión a bordo de los remeros de la galera capitana, chinos de confianza a sueldo, sin encadenar y con armas propias, le tomaron preso mientras dormía y le degollaron. Huyeron los alzados hacia el Golfo de Tonkín en la nao capitana, pero su impericia marinera les proyectó hacia el Estrecho de Malaca y Siam. Empero, la plata novohispana proyectaba sombras tan largas que alcanzaron a su captura. Algunos se escabulleron, pero una mayoría enviada a Manila, sería juzgada y ajusticiada.

Tiempos eran de otra inverosímil peripecia político-táctica, esta vez en Camboya y río Mekong arriba, que iba a propiciar al Maestre de Campo Juan Jiménez Gallinato (1596), una oportunidad fallida de incorporar aquel lejano reino a la Corona de Felipe II. En apoyo a una demanda de cierta hueste mercenaria hispano-lusa que luchaba en apoyo del poder legítimo, partirá de Manila el Capitán Gallinato, en tres bajeles con 130 soldados españoles y voluntarios filipinos y japones. Separados por una tormenta, los barcos hispanos iban a llegar distanciados por semanas de diferencia a Phnom Penh, la capital. En una Camboya en guerra civil, con intereses cruzados de sus vecinas Laos y Siam, Gallinato intuye la colisión de los empeños contradictorios que propiciaron la grandeza de Cortés, serpeando entre tlascaltecas y mexicas engarrados. Con esa idea regresará a Manila por nuevos refuerzos, que le serán denegados por el Gobernador Dasmariñas hijo, tras analizar el complejo panorama camboyano. Si bien toda la peninsular Cochinchina era un nido de piratas malayos y chinos, permanente traba para el tráfico portugués en las Molucas que convenía combatir, el elevado coste de la expedición y sus dudosas consecuencias prácticas, acabarían sedando la decisión del Gobernador. En una jornada heroica, digna de los almogávares aragoneses o del Romancero castellano, los hispanolusos reclutados en Malucco, demasiado peligrosos siempre, pero vulnerables cuando carecían de ayudas externas, perecerán en el campo de batalla acorralados como alacranes por el fuego del propio rey de Camboya. Una epopeya no debidamente estudiada hasta ahora, pero que merece serlo por el grado de valentía que desplegaron estos hispanolusos, en tanto quedó vivo alguno de ellos. Juan Tello de Aguirre, General de la Real Armada, visitará oficialmente al año siguiente el reino de Siam, como embajador de la Capitanía General de Manila, para tratar de establecer relaciones comerciales amistosas con su rey (1598) y deshacer el equívoco camboyano. Dejó puerto abierto para los españoles a él, y poblarle libre y franco de derecho, nos informará un escrito de la Capitanía, en macarrónico castellano, sobre los resultados de aquella sibilina embajada. ¿Era acaso el escribano también de Bermeo?

Un nuevo interlocutor bélico habíase dejado sentir en el Pacífico asiático: la Compañía holandesa de las Indias Orientales (VOC, ‘Vereenigde Oostindische Compagnie’) un monopolio fundado en 1602 con atributos para colonizar, conquistar y enajenar bienes o naves extranjeras. Sus navegantes eran herederos de los guezen (francés, gueux) tenidos por pedigüeños o mendigos del mar, los marinos que desde las bahías, rías y ensenadas de las provincias de Holanda y Zelanda, habían luchado a ultranza por la independencia de los Países Bajos. Los mismos marinos que acabaron imponiendo el galeoncete o galeón holandés de bajo calado, obligados  por la singular disposición de sus cobijos marismeños, entre calas angostas y ensenadas sin fondo. Nombrados así por Carlos V, eran estos países la resultante de un conjunto de reinos medievales aglutinados en torno a sus fueros tradicionales, condenados a su fáctico feudalismo por generaciones, dada su perpetua y enconada defensa de las prebendas propias contra las del vecino. Y las del Ducado de Borgoña su aglutinador nominal primun inter pares, contra todos los demás. Frisia, Holanda, Zelanda, Güeldres, Brabante, Limburgo, Drente…allí se mezclaban las provincias más prósperas de Europa, con alguna de las más ignorantes. Un medioevo latente incrustado en una pléyade de ciudades renacentistas de burguesía creciente. Fósiles campesinos peistocénicos caídos en medio de aquel mundo fructificado por pensadores mediterráneos, desde Jonia a Salamanca, pasando por Roma, Alejandría, Cluny y Florencia. El incendiario radicalismo calvinista, que acabó arrastrando al pueblo a  profesar la religión de su príncipe, había prendido la mecha atávica de los pares provincianos, defensores de las prebendas de su Liliput, cual cabestro arreado con ronzal religioso. Cada cantón su propio Papa. Como la anglicana Inglaterra que les apoyaba, como los dietarios alemanes que se oponían al Emperador. Un retorno al medievalismo restaurador de fueros y privilegios locales, el de los derechos individuales frente a terceros. No existía la igualdad de todos ante la ley. Cada régulo correspondiente era incapaz de admitir la presencia supra nos de aquel Imperio igualitario, que Carlos V estaba construyendo para Europa.

Cada provincia de Flandes era cortejada por un lugarteniente general, y cada uno de ellos, régulo al fin y al cabo, conducía con su particular religio et curia reformada el destino de su taifa. Destino mutable según soplara el viento de la política y sus propios intereses. Aquello que los políticos nunca dicen, pero de la Política hacen: polis nulla est. Los nacionalismos emergentes trataban de significar, no ya lo que les unía, sino lo que les singularizaba frente al resto, y a ello vino a unirse el cisma compartido contra la Roma tradicional. Nada nuevo en el conocido proceso vindicativo, seguido por los discrepantes de todo lugar y tiempo, desde el mundo sumerio para acá. Guillermo de Orange El Taciturno, sería el arquetipo de estos mimetismos religiosos a la carta: bautizado como papista romano y cortejador de princesas católicas mientras pudo fingir, estudioso del luteranismo en Alemania, calvinista militante cuando convino, y en todo tiempo, mendaz escribidor de calumnias fecales esparcidas ante un poderoso ventilador de propaganda. Como las vertidas en su Apología (no solo “apología”, mas bien “Antología”, antonomasia retórica de cualquier lengua bífida).

Aquel conglomerado de tradiciones regionales en perpetuo barboteo, era la herencia envenenada que el Emperador, nacido en Gante, había legado a su hijo Felipe II como legítimo monarca. Sin nombre común que con justeza las definiera, eran conocidas en otros reinos como Las Provincias Unidas o Flandes para los españoles, que devendrían en lo que hoy conocemos como Bélgica, Holanda y Luxemburgo (el Benelux de nuestros abuelos). En aquel hervidero de intereses encontrados, la Reforma de Lutero en Alemania vino a nutrir de credos religiosos parciales, novedosos y por tanto elegibles, para auto definirse en torno a su líder cantonal: un polvorín político, un cacao de banderías religiosas dependientes de España y Francia, las que no lo eran de los Estados Generales o asamblea legislativa cantonal que las embridaba. Los rebeldes calvinistas por dos veces habían ofrecido la defensa de sus libertades a la rama hugonote de la Corona francesa y otra más a la anglicana Isabel Tudor. Pero todas habían sido rechazadas. Provincias que no sufragaban su propio gasto, unidades políticas con bandos enfrentados por el poder de sus gremios y corporaciones artesanales, habitantes presionados por una inflación galopante, alcabalas cedidas a privilegiados, tropas atrasadas de pago que sobrevivían asaltando comercios urbanos, y como telón de fondo, un campesinado medieval enfrentado a ciudades burguesas. Un rictus antiseñorial, presto para alterar el orden establecido y recabar derechos conculcados. Un orden urbano que, pese a todo, iba progresando, en mentes y geografias, hacia la modernidad social que disfrutaba el mundo renacentista.

Cuius regio, eius religio (Religio pópuli, sicut Rex fuerat) fue la entelequia legal formulada por los condes y duques centroeuropeos, régulos que regían de facto los destinos de cualquier lánder o región separatista, con la obligación popular de abrazar el credo de su futuro taifa, sin más. Y a él quedaban atados per omnia saecula. Pero no para llevarles de la oreja como celosos creyentes calvinistas a su Nueva Iglesia, no, sino para agarrarles de otra parte y arrastrarlos a la guerra que protegía el medro de su régulo. Una farsa cruel para los católicos. Una guerra forzada que inevitablemente laceraba unas conciencias para henchir otras. ¡Una guerra civil entre siervos de la gleba en pleno siglo XVI!. Y a ella concurrían lansquenetes alemanes, milicias suizas, mercenarios franceses y bávaros, tropas inglesas, tercios españoles, borgoñones, alemanes e itálicos, ejércitos suecos, daneses…y la ayuda del  Imperio Otomano solicitada por El Taciturno. ¿Guerra contra España? No nos equivoquemos. Se trataba de una furibunda guerra civil entre banderías religiosas, en la que España tuvo el papel de àrbiter justiciarum, muy a su pesar. Eran mejores los turcos que los papistas. Lo decía el Padre de la Patria.

Flandes se convirtió en un campo abierto a las guerras de religión, con el impertérrito Rey papista Felipe II, El Lento según Zweig, como paladín de un catolicismo a desterrar por razones de protagonismo político y medro personal de los taifas reformados. El embargo de los bienes eclesiales romanos, iba a transformar aquella cuerda de sátrapas tribales, en magnates capaces de financiar sus ansias de Liliput frente al poderoso Felipe II, rey de las Américas de la abundante plata, y de la España  de los mejores tercios y generales del mundo conocido. No les fue fácil, pese a ser España un adalid, en guerra simultánea contra los turcos y el Islam africano, y tres frentes abiertos (África, Europa, América) en defensa de su fe. Frecuentes crisis religiosas en los países adyacentes obligaron a Felipe II a enviar desde Flandes los tercios que habían de combatir contra luteranos germánicos o hugonotes (calvinistas) franceses, en tanto encajaba los logros de sus enemigos durante aquellos mutis bélicos. Grupos de calvinistas iconoclastas majaban su odio con saqueos, destrozos de templos, quemas, asesinatos y linchamiento de católicos por doquier, sin rastro de juicio ni documento que les inculpase a posteriori. Pura ley de aquella selva calvinista. No todo súbdito taifa permanecía en las ideas de su soleimán, porque la propia necesidad decidía. Aquella guerra tornasolaba destellos de partidos tan mutantes como sus naturales, nunca satisfechos ni definidos.

El Duque de Alba pacificará las Provincias manu militari y se va. Los traidores al legítimo Rey, serán condenados a muerte tras juicio sumario documentado, cuyas actas digitalizadas pueden hoy estudiarse. Orange rehuye el juicio. Se siente impotente ante el empuje bélico del Duque, se retira a su Nassau natal, e inicia una campaña de descrédito personal contra Alba: he ahí el verdadero rasero a partir del cual sería calibrada su talla humana, como líder, militar y hombre. Los encastillados Tercios con 2.000 infantes españoles, 800 alemanes y 500 jinetes, habíanse visto envueltos en su refugio por 20.000 rebeldes que cruzan paso franco las puertas de la Amberes traidora, para masacrar a los “españoles”, inactivos forzados a la espera de Juan de Austria, su nuevo Gobernador General. Su capitán Sancho Dávila comprende que la única forma de salvar sus vidas es atacar. Una batalla donde no habrá prisioneros, solo sangre y humo negro. La sorpresa y la furia española arrollan a los rebeldes. Someterán a la ciudad felona a un feroz Saco retaliativo durantes tres días, para abandonarla en llamas… los españoles violan, los alemanes roban, los jinetes degüellan. Y El Taciturno solo acierta a prodigar panfletos y folletines, plagados de insultos y falsedades, que acabarán por ser dirigidos como arma eficaz contra el propio Felipe II, el Demonio del Mediodía, una vez que el Duque regrese a Castilla y Juan de Austria muera de fiebres. Y que tiene su clímax en su manuscrita Apología. Un relicario de bajezas e infundios, verdadero delito de lesa dignidad humana. Nacido alemán, era éste su fair play habitual de noble holandés malcriado. Que predicaba la cínica extranjería de Felipe II como impedimento lícito para regir aquellos destinos, cuando él mismo, que lo pretendía, había nacido en Alemania. Y su padre, también.

En 1590, conducidos esos Tercios de Flandes por Alejandro Farnesio, Duque de Parma egresado de la Universidad de Alcalá de Henares, toma por enésima vez Amberes.  Los taifas calvinistas que sobrevivían a la herejía eran apenas los costeros desde Zelanda a Frisia, prácticamente inconquistables sin contar con el dominio del mar. Los guezen con sus galeoncetes, protegidos por Isabel I, la papisa anglicana que les ofrecía su riba del Canal como refugio próximo a sus pólderes,  eran el antídoto de los grandes galeones de Indias, que no podían incursionar entre los esteros zelandeses so pena de encallar en aguas someras.

Figura 12: Los Países Bajos. La herencia envenenada del Emperador, enemiga de Manila

(Dibujo del Autor)

Guillermo de Orange-Nassau El Taciturno, Estatúder nombrado en confianza por el Rey a quien traicionaba, iba a ser finalmente denostado por Felipe II y puesta su cabeza a precio. Moriría asesinado años más tarde, balbuciendo apenas un ¡Mon Dieu, ayez pitié de mon âme!…  Que el Padre Eterno, que a todos oye, tenga en su Gloria a este padre de la patria. De haber permanecido católico, su cuerda ideológico-política lo habría sin duda condenado a la hoguera, sin juicio ni defensor, con no mejor trato que el dado al médico católico Miguel Servet por sus correligionarios ginebrinos. Inflados del odio calvinista, llegaron a suprimirle el agua para lavarse y hasta el excusado para defecar. Tal como con el asesino borgoñón del Taciturno hicieran, de forma tan sibilina y cruel, que produce hoy rechazo siquiera leerla. Desaparecía un príncipe arruinado que con, su traición, conseguiría coronar su propia estirpe en la Inglaterra de ayer y prolongarla en la Holanda de hoy. Para entonces  habíase definido ya un frente común contra el Papado y España, que sus propios católicos defendían por credo y tradición.

Todos los reinos europeos quisieron intervenir en aquel festín de intereses. Y todos intervinieron, a favor de las distintas facciones de aquella estampida civil, hasta lograr años después la Paz de Westfalia y, con ella, la independencia de los Países Bajos con Holanda a la cabeza. Entre tanto la guerra, palmo a palmo por cada pólder, quedaba interrumpida por una tregua de doce años (1609), que iba a suponer la plena entrada de las naves holandesas y sus guezen al Océano Pacífico. Para continuar allí su guerra. Era la tercera potencia europea que lo hacía masivamente en el gran piélago, tras Portugal y España. Su cartografía llegaría a ser exquisita, y sus galeones atlánticos, equilibrada maquinaria para el transporte y la guerra. En tanto sus pintores convertíanla en una referencia mundial.

Los holandeses levantiscos, mendigos del mar, expulsados del comercio ultramarino lisboeta por Felipe II, y connotada ralea asilvestrada de todo puerto, habían formado la nueva Compañía mercantil VOC. Una medida sabia de su nuevo Estatúder que, con esperanzado futuro, alejaba de la metrópoli la indisciplina social y el alboroto de sus muelles. Tras ocupar las Molucas y echar de allí a los portugueses, los hombres de la VOC iban a hostigar las Filipinas, provocando repetidos encuentros navales en Manila, Mariveles, Marinduque, Corregidor… rompiendo una y mil veces el silencio bélico pactado con España, Pacífico incluido. Como una suerte de pandemia vírica, se cernía sobre la Capitanía de Manila el peligro de una guerra enconada por resabios lejanos. Dañina y contumaz, que vino a exigir a la Capitanía esfuerzos nunca antes activados.

El acoso holandés del archipiélago, iba a traer pronto un incremento en la demanda de mano de obra filipindia, destinada a la construcción de buques y parapetos costeros. En 1600 el almirante Oliver de Noort bloquea la bahía de Manila con intención de capturar el Galeón de Acapulco, cerco que sería desbaratado por Antonio de Morga, Presidente de la Audiencia, hecho a la mar con dos barcos. Pese a las grandes pérdidas humanas habidas por ambas partes y el hundimiento de uno de sus barcos Morga, luego de rechazado el holandés, no podrá arribar a la costa por una fisura en el casco de su nave, que acabará hundiéndose antes de llegar a tierra. Era un primer aviso de la presencia holandesa en las cercanas Molucas, que iba a ser debidamente contestada. El gobernador Pedro Bravo de Acuña (1606) con importante flota y al frente de 8.300 hombres que paga la Real Hacienda de Capitanía, sin contar simpatizantes y aventureros, parte de Manila a las Molucas, desembarca en Ternate y recupera la isla de manos holandesas, tras imponer acatamiento al sultán de Tidore y sus principales islas, además de fortificar sus cabos estratégicos. Islas y guarniciones que iba a mantener España solo en parte hasta la Paz de Westfalia (1648), que vino a poner fin a su Guerra de los Ochenta Años contra Holanda. El gobernador Manrique de Lara ordenaría entonces el definitivo abandono español del Malucco (1662).

Luego de haber intentado la infructuosa toma de Iloilo (Panay), es el almirante Franz de Wittert quien pretende de nuevo poner cerco a Manila. Holanda busca la expulsión de los españoles de las Filipinas, en política paralela a la exitosa campaña contra los portugueses en Malucco y Sonda, mediante pactos con los reyezuelos inconformes, de Mindanao y Joló en este caso. Divide y vencerás. Pero en algo se equivocaban: Nueva España no estaba tan lejos del escenario bélico como lo estuviera la metrópoli portuguesa del suyo. Y los fracasos españoles, que los habría, encuentran su bálsamo en el virreinato novohispano en forma de dinero, hombres y cañones, cuando no barcos. En guerra con Holanda, los hispanofilipinos expulsarán varias veces sus armadas hostiles de aguas territoriales propias. Dos de ellas, acaecidas ambas en Playa Honda (costa central de Luzón), han pasado a los anales de la estrategia naval filipina. La primera (1610) en la que encuentra la muerte su Almirante De Wittert, con pérdida de más de 50 cañones robados y el botín de su campaña de interceptación y asalto a los shampanes que iban o venían de Manila soslayando la isla de Corregidor. La segunda (1617), bajo mando de Joris van Spilbergen, que escapa de aquellas aguas territoriales  frente a los 11 navíos del Maestre de Campo Juan Ronquillo, no sin antes perder tres barcos, entre ellos su nao almiranta, a la vez que sus fusileros, en retirada franca, ametrallan a cuanto náufrago español descubren aferrado a despojos flotantes, en contra de toda ley del mar. Ha surgido de pronto el odio patológico del propio Calvino en sus cartas a Servet. Pero los náufragos asidos a la desesperación de un madero, no eran otros  que los excelentes marineros hijos de aquellas islas. Una secuencia diabólica que jamás iban a olvidar los ojos filipinos que, al resguardo seguro de bordo vencedor, contemplaban cómo eran asesinados sin defensa sus hermanos de raza y sangre. Rastrera venganza de pasadas migrañas europeas, inútil salvajismo bélico. Salvajismo que germinó por siglos en una descalificación rotunda sobre aquella caterva retaliativa y sanguinaria, perenne nido de curdas cerveceras arrastradas por los bajos fondos de sus puertos de recalada. Cliché seguramente exagerado, adjudicado a  la gente de mar de una potencia marítima que llegaría a ser la primera del mundo, arrancándole este privilegio a España tras la famosa Batalla da las Dunas. Pero ese era el relato filipino que caló en su islario, e iba a enquistarse en la hispanidad por generaciones. Quedaría sin embargo de Playa Honda, como memoria de aquel triunfo y su sacrificio humano, una procesión aniversaria a la Virgen del Rosario, La Naval de Manila. La conmemoración de aquella victoria, contra el enemigo común de entonces, habría de perdurar hasta nuestros días. En ayuda de los portugueses, partirían también de Manila sendas expediciones para liberar Macao de la poderosa escuadra de Cornelis Reijersen (1622) y ocupar el enclave luso de Formosa (1626). Antonio Carreño de Valdés fundaría dos presidios estratégicos en aquella isla, a fin de neutralizar el marcaje que los holandeses intentaban  sobre el escurridizo y  millonario galeón-joya filipino.

         Varias veces, serán intentadas nuevas y fallidas capturas a lo largo del siglo XVII de la, en adelante, no solo escurridiza, sino ahora artillada, nao de Acapulco. La más sonada de ellas, por el número de barcos extranjeros que acechan su paso entre las islas, es la holandesa de 1620. Sin olvidar que sus pilotos, titulados por la Casa de Contratación de Sevilla, venían variando las derrotas del galeón a cada viaje, a través de unos mares solo cartografiados hasta entonces por navegantes hispanos. Debían saber extrañar sus mapas y derroteros, su luz en medio de la nada, para retomarla luego, si en algo apreciaban su vida. A partir de 1634 un navío de guerra esperará discretamente, en el Cabo Espíritu Santo, el arribo del Galeón de Acapulco, para acompañarlo por el vericueto interior de las aguas filipinas. Ese siglo transcurriría sin capturas corsarias de galeones en el tránsito oceánico, aunque se perdieran media docena de ellos por tormentas y embarranques fortuitos, con el consiguiente cortocircuito económico manileño. El propio explorador Abel Tasmán, navegante holandés mas famoso del siglo, será contratado por la Compañía VOC para capturar el Galeón de Acapulco, pero regresará a la javanesa Batavia cuantas veces lo intenta sin haber podido interceptarlo. El Archivo de Indias documenta numerosos conatos holandeses fallidos tras la legendaria nave, verdadero Banco flotante de la época. No solo por el valor de su mercancía, sino por el impacto sicológico y financiero que su captura hubiera supuesto para la deseada Manila y su mercado a tres bandas. Máxime si una de sus bandas, al menos una, se incorporaba a su monopólica Compañía holandesa de las Indias Orientales VOC, que iba a terminar entrando en quiebra por esa falta de mercado, no muchos años después.

¡Fenecía con ella ¿un imperio? que como llegó, se fue! Por sus resultados humanos lo fue sin duda fallido. ¿Dónde quedan sus logros humanistas en forma de universidades, catedrales, hospitales, acueductos, músicos, académicos, literatos, luthiers… vida sembrada para compartir con los nativos? ¿Qué dejaron allí, sino huellas de dominio, explotación y prepotencia? ¡Que viene el Duque de Alba! Es mantra asustadizo que se permiten usar sus herederos de las provincias nucleares, a fin de doblegar la voluntad de niños testarudos. Se miran al ombligo. Mas contundente sería sin duda gritar en sus colonias ¡Que vuelve el Orange Taciturno! con su apartheid y sus carencias culturales para el indígena. ¿Quedaría algún malayo en ellas? ¡Su medievalidad práctica les llevó a conservar sus prebendas de europeo prepotente frente a ninguneados terceros!. Como sus boers lo hicieran en Sudáfrica. ¡Mercantilismo luterano-calvinista frente al humanismo católico! No seguimos relatos preconcebidos, analizamos logros plasmados en aquellas sociedades implicadas. ¿Dónde están esas granjerías? Acaso ¿Gone with the wind, como la famosa novela americana? Genio y figura… en nada han cambiado. Solo la funcionalidad romana primero e ibérica después, fueron capaces de sembrar por el mundo alcances históricos de sólido mestizaje!. Con sangre aborigen derramada, si, pero para dejar en aquellas geografías lejanas vida y ventajas comparadas, junto a jirones de su propia esencia humana. Nunca fue lo mismo predicar que dar trigo. Ni decir lo que hay que hacer, sino lograr hacer lo que se dice y sabe que se debe hacer.

Figura 13: Cabo Espíritu Santo entre las islas de Luzón y Samar

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Miguel Ig. Lomba P

Me llamo Miguel, y me encanta investigar/escribir sobre cultura. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de York, actualmente me encuentro cursando Erasmus Master entre Italia-Alemania-EEUU (Udine-Göttingen-Indiana). Las relaciones entre América y Europa son relevantes para mi tesina del Postgraduado, y un futuro PhD (doctorado). Cualquier duda/pregunta no dudes en contactarme a: admin@mapasilustrados.com

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