Contexto Histórico de Manila – IV

Figura 9a: Portulano de la Manila de 1666. Dibujo del autor.                 

                 La fibra extraída de las hojas de piña y usada como trama, empezó a combinarse con la urdimbre de hilos de seda que los filipinos habían tomado del mundo chino. Fueron los agustinos de Nuestra Señora de Guía quienes primero ensayaron este ventajoso entramado competitivo de las famosas sedas chinas y bengalíes, dado su delicado tacto y sutil trasluz, pero reducido costo. A partir de la segunda mitad del siglo XVII, el telar de marco, arraigado entre los sangleyes en Manila, es tomado por los frailes para entretejer sus fibras de piña combinándolas con seda y otras hilaturas derivadas del algodón, la pita (agave) y el cáñamo de Manila. Muy pronto la sociedad europea empezó a interesarse por aquellos sutiles tejidos de fibras de piña, ligeros y frescos, a la vez que exóticos, salidos de las escuelas de aprendizaje de las repúblicas de indios filipinos. Convirtiéronse en símbolo de originalidad y distinción, que las féminas europeas, y por supuesto las americanas, competían por lucir y epatar a sus rivales de turno en fiestas y saraos. Hoy, puede apreciarse en el Museo Nacional de Antropología de Madrid, una hermosa colección de las prendas usadas por las élites filipinas de ambos sexos, durante los siglos XVII al XIX, incluidos ambos.

Desde la época de los Reyes Católicos, llevaban los frailes a sus espaldas asignada la descomunal tarea de transformar en gente nueva a los naturales de nuestras provincias de ultramar, como gustaban ellos llamar a las nuevas tierras incorporadas a su Corona. Nueva en el saber, nueva en el comportarse, nueva en el hacer. Y aquellos frailes, imbuidos de un ánimo inquebrantable, se van allende los mares y fundan pueblos, construyen iglesias, abren caminos, levantan mapas, confeccionan diccionarios, estudian geografía y gramática, investigan ciclones y terremotos, enseñan música y canto. No hay parroquia rural que no tenga de ocho a diez músicos – dice el misionero francés Taillandier camino de la India y en Manila hay 14 iglesias… tan buenas, que muchas merecerían admiración en las primeras ciudades de Francia… en un velado pero profundo reproche hacia el ultramar comparado de su país. La Corona delega en ellos toda la carga social de la Capitanía, y los misioneros en pos de perfeccionar su cometido, aprenden lenguas vernáculas, en ellas explican y en ellas se expresan en el diario trato con los nativos. El dominico Francisco Blancas de San José, verdadero padre de la gramática tagala, iniciará la serie con su primer Diccionario Castellano-Tagalo (1609) al que seguirá la Regla y Arte de la Lengua Tagala al año siguiente. El franciscano Pedro de San Buenaventura con su Vocabulario de la Lengua Tagala (1613), le acompañará con otro hito lingüístico. Se trataba de una generación de jóvenes misioneros que iban a facilitar el entendimiento escrito con los naturales de Luzón. Pero esta actitud de volcar toda entrega hacia los naturales era un proceso ingenuamente místico, que en nada iba a facilitar un verdadero entendimiento entre diferentes y que acabaría provocando la indiferencia del filipindio hacia la lengua del Imperio, y por ende hacia el propio Imperio. Su resultado tangible: nunca arraigaría el idioma castellano en el pueblo. Y cuando hubo de reclamarse un nosotros filipino, acudió en masa el pueblo a su jeroglífico idiomático disonante, contra la secular forma idiomática de los kastilas, que había arraigado vehicularmente en el resto del mundo conocido.  Ese era un escollo no menor de las relaciones entre el Capitán General y el Obispo de Manila, la espada y la cruz filipinas. Para la Cruz, eran los idiomas nativos el vector preciso para hacerles entender la dimensión cósmica de la fe cristiana. Para la Espada, la política lingüista de la Cruz era un error, con fecha de caducidad impresa. Y acertaba en su visión práctica, porque en trescientos años, solo las élites sociales llegarían a expresarse fluidamente en el habla cervantina, quedando para el resto de los mortales isleños la numeración, la cocina y derivados, las cuentas, las horas del día, el tiempo meteorológico y algún rutinario saludo, como legado lingüístico patrimonial. Por el contrario, en la propia isla de Guam de las Marianas, era el castellano impuesto por los jesuitas como lengua vehicular muy por cima del chamorro (habla nativa plagada de préstamos criollos, históricamente lacerada, pero aun vigente). Era a todas luces un buenismo nunca practicado por Imperio histórico alguno, pero el aquí mandan los curas en labios de cualquier filipino, significaba algo más que un alegato exculpatorio banal. Los mismos nativos lo experimentarían en carne propia cuando, sin más, les fuera impuesto el idioma inglés en sus escuelas como un imprescindible aglutinante étnico, por unos EEUU tajantes, que venían a ocupar el lugar que la España de 1898 había perdido. Si lo consiguieron plenamente o no, la Historia está para juzgarlo.

En la Audiencia de Manila, únicamente los altos cargos eran ocupados por hispanos europeos o americanos, quedando el resto cubierto por los indios más capaces. Al no implantarse el castellano como lengua vehicular, impuesta desde el minuto cero como hiciera Cortés en Nueva España, se requería una engorrosa presencia de traductores en todo tiempo. A pesar de ello, la religión y el idioma seguían soñándose ingenuamente como nexo vertebrador de la identidad filipina a largo plazo, tronco único, confluente, para las  múltiples ramas culturales de aquel reverbero de etnias, islas y fablas ayunas de grafía varias de ellas, que era preciso aglutinar. Se trataba de crear minorías ilustradas incorporadas, cuando no osmotizadas, a la esencia hispánica, partiendo de una educación selectiva para los hijos de aborígenes notables. Si bien en el ámbito social el ensayo estructural no alcanzó el fruto requerido, en el profesional de los oficios lo hizo con creces.

A mediados del siglo XVII los artistas filipinos abastecían de imágenes no solo cualquier demanda local devota, ya clerical como particular, sino que exportaban a Hispanoamérica y España primorosas tallas, de marfil principalmente, pero también lienzos pintados, que por su gracia ingenua alcanzaban elevado precio de mercado. Los artesanos emanados de aquellas repúblicas de indios, instruidas y catequizadas por los frailes, potenciaban un mercado propio en detrimento del mercado sangley, que monopolizaba la demanda manileña. La razón de ser del Parián de Manila había sido la de aglutinar un comercio de productos llegados de toda latitud pacífica, pero no a mucho tardar, pudo comprobarse que gran parte de aquella producción salía de manos filipinas, aunque controlados y dirigidos por conseguidores sangleyes. Tallas de marfil exquisitas llegarían al Palacio Real de Madrid, de Aranjuez o de La Granja, y al Quirinal romano. Se constató que agentes chinos manipulaban los precios, desplomándolos si preciso fuere, para arruinar la competencia nativa.  Se quedan los naturales sin las ganancias, que se las lleva el sangley… se repetía como un eco vindicativo del recelo filipino, que acabaría en abierta hostilidad hacia el inmigrante continental. La creciente legislación impositiva y restrictiva que les ceñía, aumentaba el general  resquemor de los indígenas en su contra. Hubo pueblos donde se prohibió residir a los chinos por su competencia desleal con el indio nativo.

Un nuevo incendio iba a dañar las propiedades extramuros del mundo sangley y huracanar las iras del Binondo chino, cuyos habitantes en cierto momento avanzan enfurecidos hacia intramuros, amenazando a voces el exterminio de kastilas (1603). Era evidente que manos desconocidas estaban saboteando la industriosa vida de los sangleyes. Y ellos las sospechaban tácita, si no explícitamente, apoyadas por los kastilas, puesto que eran sus curas doctrineros los primeros acusadores de la competencia desleal del comercio chino.  El Gobernador Pérez Dasmariñas al frente de la fuerza sale a su encuentro con ánimo de disuadirles, pero es arrollado y muerto por la marejada sangley. Su cabeza  acaba expuesta en el Parián clavada en una pica. Expulsados de la capital y acorralados en sus barrios, regimientos de mercenarios japoneses y filipinos bajo los mandos castrenses del Fuerte Santiago, masacran manu militari a miles de sangleyes. Tras la gravísima revuelta las autoridades manileñas estiman no debe superar el Parián la cifra simbólica de 6.000 moradores, cupo necesario y suficiente para mantener los servicios de la capital. Los expulsados que quieran quedarse, habrán de pagar elevados permisos temporales de residencia. La experiencia contraída en América con barrios suburbiales de etnia africana, obligaba a un vigilante control del crecimiento de estos núcleos exógenos levantiscos, injertados en ciudades regidas por europeos, donde manos anónimas portaban mortíferas teas incendiarias en momentos de tensión social. Dos veces había sido destruido por las llamas en apenas cinco años de su existencia el primer Parián, que junto al Hospital de Chinos, habían levantado extramuros a sus expensas los sangleyes en la ribera izquierda del Pásig. Las rivalidades étnicas tarde o temprano estaban marcando caminos. Uníase a este sesgo autoritario, la dificultad de controlar las huestes mercenarias chinas, ensoberbecidas en su papel de supuestos ciudadanos imprescindibles, siempre armadas y problemáticas, con frecuencia insumisas ante los mandos hispanos. En tempos diferentes, los chinos habían asesinado a los gobernadores Pérez Dasmariñas padre e hijo, durante su reventada expedición a Ternate el primero (1593), y en la revuelta del Parián su vástago, cinco años más tarde. Hechos gravísimos  que iban a marcar un antes y un después en el tratamiento de los sangleyes. El recelo permanente a partir de estos decesos, iba degenerando en hostilidad y temor hacia la colonia continental por parte de kastilas y tagalos.

Figura 9 b:   Puerta de Santiago. Intramuros

Figura 9 b (bis): El fuego amigo americano

En 1629 se construye sobre el Pásig un puente para conectar el Parián de los chinos infieles, con los barrios de los chinos cristianos de Binondo y Santa Cruz. Era el primer pasaje pétreo que se construía sobre el río, en un delicado sector, donde los chinos habían exteriorizado frecuentes protestas y revueltas sociales. En previsión de nuevas algaras, el puente llevará en coronación de su estribo próximo al Parián, un fortín almenado desde el que batir con fusilería de choque cualquier turba que intentase cruzarlo (28) desde Binondo (Ver fig.8). En todo caso la almena del norte (40) dominando con ventaja el río y la puerta de acceso desde el Parián (30), aseguraba la estanqueidad humana de un mundo hispano y sus mílites tagalos, rodeados de murallas y contrafosos (36).  En algunas ciudades de Indias, sus Cabildos habíanse visto obligados a una vigilia cautelar selectiva de sus minorías de color. Las rivalidades étnicas propiciaban, también en la multirracial Manila, la reconocible impronta de un resquemor social inter pares, que interrumpía ocasionalmente con sonoro gong su armonía ciudadana. Y los kastilas de intramuros acababan por ser blanco de todas las iras reactivas cruzadas entre etnias rivales en su competencia comercial, siendo ellos quienes mejor querían proteger aquel mercado para desparramar sus productos  por los dos continentes que los disputaban con ganancias superiores al 300%.

Los filipinos nunca fueron conquistados en el sentido estricto del término, simplemente se incorporaron motu proprio a la Corona Española. Los tiempos de la conquista pura y dura habían terminado con el Emperador Carlos V. Felipe II en 1598 había ordenado realizar entre su población una suerte de rudimentario plebiscito, para ver si los nativos querían o no pertenecer a la Corona española: eran tiempos difíciles de la oposición portuguesa, y la primera consulta popular que registra la Historia de Asia. Los indios son tan libres en su tierra como los españoles en la suya, había dejado reconocido el Sínodo de Manila, en una decisión salomónica – salmantina sobre los habitantes de aquellas islas (1582). No conocerán la esclavitud de las colonias europeas, ni en propia carne, ni en carne importada. La Corona va a respetar el ritual Sandugo habido en origen entre el pacificador Legazpi y ciertos caciques isleños, pese a que su ética cristiana no admitía validez alguna a los ritos paganos contraídos. Sicatura y Sigala en la isla de Bohol, y los más renuentes Tupas y Tamuyán con sus principales en la de Cebú, luego de incumplimientos, excusas y dilaciones, se sangraron con el Capitán, y quedó la amistad establecida, y así se ejecutó. Cuarenta y cuatro años después de la muerte de Magallanes en Mactán, Tupas el régulo de Cebú, temía la venganza de aquellos españoles de antaño, por haber sido Hamacar, su padre, testigo de aquella muerte sin  darle socorro, pese al pacto de sangre que les había uncido. El Adelantado tranquilizó entonces a los cebuanos, dándoles perdón e indulto en nombre de SM., porque solo podría haber culpado a alguno muy anciano, lo que estaba fuera de las Leyes de la Corona. Con ello se resolvió la hermandad, y mezclaron sus sangres con vino en un brebaje compartido. Quedó así firmada en Cebú una sólida y duradera alianza como súbditos del Imperio español. Allí fundó la Villa de San Miguel (más tarde Ciudad del Santísimo nombre de Jesús de Cebú), la primera ciudad hispana de las Filipinas, con una serie de simbolismos que Legazpi supo gestionar, y que nuclearon en ella el arraigo de su gente en el archipiélago. No la menos importante de ellas fue el hallazgo del Santo Niño de Cebú, que relata el Padre Esteban de Salazar, icónica imagen en el devenir cristiano del archipiélago. Este fraile agustino, condiscípulo de Melchor de Legazpi, primogénito del Adelantado, con quien tuvo una fluida convivencia universitaria en Ciudad de México, nos cuenta que durante el saqueo de un poblado hostil ciertos soldados hallaron una caja con un hermosísimo Niño Jesús de bulto (ni más ni menos que los que suelen traer de Flandes)… sin poder jamás rastrear de donde viniera aquella Divina Imagen a manos de aquellos bárbaros, o qué fundamento pudiera tener…verdad es que oí decir algunos años después… que pudo haber quedado del viaje de Magallanes… y que habían hallado una cuerda de cáñamo con él, no lo habiendo en toda aquella tierra. En fin, como quiera que esto haya sido… supuso una llama viva en la fe de los cebuanos. El historiador agustino Gaspar de San Agustín cita a Juan de Bermeo, arrantxale de la nao capitana y partícipe del saqueo, que halló en él una caja liada con cordel de Castilla y una cuerda de cáñamo, que abrió, y alborozado, fuera de sí, salió gritando en su particular castellano: ¡Para el cuerpo de Dios, Hijo de Santa María hallado has! a cuyos gritos todos acudieron y quedaron asombrados ante la imagen que les mostraba el vizcaino. El Divino Niño era del tamaño de una tercia, y estaba vestido con una camisa de volante, su ropa de damasco colorado, y con una gorra flamenca de velludo (terciopelo) y uso antiguo, y al cuello tenía pendiente un pectoral o cruz pequeña, puesta en una curiosa cadenita o collar de oro, y en la mano una pequeña esfera… y aunque el común de los historiadores supone haber quedado en aquella isla desde Magallanes, no parece creíble porque los naturales declararon que hacía muchísimos años, de padres a hijos, guardaban la reliquia. Y estando vivos algunos de los culpados por aquella muerte, podían dar fe de su mayor antigüedad y de los milagros con que les favorecía la Imagen cuando, en las sequías, le pedían lluvia. Nadie da cuenta de que Magallanes se lo regalara al rey Jumabón o a la reina Jumamay durante la ceremonia de su bautismo cristiano, días previos a la muerte del navegante portugués. Antonio Pigafetta, el inverosímil cronista que sobrevivió para contarlo, nos dice que al bautizar a la Reina y otras mujeres, mostréles una estatuita que representaba a la Virgen con el Niño Jesús en brazos, que les agradó mucho y les enterneció, y habiéndomela pedido para colocarla en vez de sus ídolos, se la di con todo gusto. Pero era una Virgen lo que, según propias palabras escritas, les dio el veneciano, y el niñobebé tomado en sus brazos era parte de aquella talla: nada que ver con el Niño Jesús hallado, de pie, cuerpo entero y gorra flamenca.

Aventureros portugueses de las Molucas o Macao, habían rescatado a sangre y fuego años antes por aquellas costas, según testimonio nativo, repitiendo tal vez los pasajes de Méndes Pinto, que dejaban traslucir una vez más la pura crueldad humana. E retirándose con toda a gente para a praya, se embarcou sem contradiçao nenhuna, et todos muyto ricos e muyto contentes, et con muytas moças muyto fermosas, que era lástima velas yr atadas… et todas chorando, et nossos rindo et cantando… Mozas que luego vendían como esclavas en la India: el gran negocio de la esclavitud, que a tantos aventureros hiciera ricos. Quien sabe si el propio Magallanes, geógrafo de aquella navegada de Malaca hasta Mindoro medio siglo antes, había rescatado esclavos que vender en la India para financiar la expedición. Nada desde luego dicen las crónicas. Pero aquellos rescates eran denunciados por los nativos como obra de pioneros portugueses, hijos de su tiempo, quienes habían sembrado un precedente desconfiado y vengativo del indígena cebuano contra el europeo racial, que Legazpi hubo de remontar para persuadirles de su equívoco. Quizá alguna de estas cabalgadas tuviera que ver con aquel Niño Jesús tan misteriosamente hallado: podían haber extraviado la imagen que los moros hallaran. Este enigmático origen, junto a los milagros reconocidos por los propios idólatras, adoradores del Niño sin comprender lo que aquel infante representaba, redobló su fe sencilla cuando los agustinos se lo explicaron y al fin sincréticamente debieron entenderlo. Esta sutil ecuación de credos, simbolismos y tradición, era materia delicada que la Iglesia respetaba y la Corona también. Hoy se conserva en la Ciudad de Cebú aquella venerada imagen en la basílica que lleva su nombre, construida sobre el lugar en que fuera hallada por el marinero bermeano. Por un momento, cruz y espada, espada y cruz, permanecían unísonas bajo el piadoso tañer de las campanas de todos.

Figura  10: El Santo Niño de Cebú en la actualidad

Como envés de esta faz cristiana en Cebú, iba a perdurar en el tiempo el haz de una guerrilla marítima permanente contra los moros, nativos de las islas de Mindanao y Joló, islamizados durante la centuria anterior a Legazpi y un azote de las costas insulares vecinas. Una situación de pugnacidad comparable al corso turco-berberisco, mantenido durante siglos en el Mediterráneo versus las riberas cristianas. Si bien es cierto que fueron numerosas las incursiones territoriales de los españoles en terreno moro, no lo es menos que los enclaves fijos acabaron siendo abandonados dado el costoso mantenimiento de su operatividad, para no retomarlos hasta bien entrado el siglo XIX.

Siete siglos había durado la lucha de los hispanogodos del Norte Peninsular contra los moros invasores de la Gothia Hispánica (711 d.C.), el más importante de los reinos germánicos que coparon el caído Imperio Romano. Ellos habían constituido el embrión cristiano de lo que fueran Las Españas medievales tuteladas por Sancho el Mayor de Navarra, cristalizadas finalmente en la España de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos que completaron la reconquista mora con la toma del Reino de Granada (1492). Siete siglos de lucha contra el todopoderoso Islam de Bagdad, de Damasco, de Córdoba, de Estambul, desparramado ahora por estos confines del mundo asiático. Durante cientos de años las exiguas armas de los cristianos norteños buscaron el único apoyo que podían esperar: el del más allá que se traslucía al recitar su Credo. La Virgen María, bajo mil advocaciones, fue el apoyo seguro de Madre, la nuestra, la que nunca falla, la omnipotencia suplicante frente a su HijoDios. Por toda la geografía patria iban apareciendo imágenes, soterradas en tiempos de angustia para evitar su profanación por los moros triunfantes. Las desenterraban los labradores que araban su tierra, aparecían en nichos ocultos de derrumbes abandonados, en dobles paredes de murallas, cubiertas por abrojos y maleza, entre olas de playas solitarias y acantilados…  y el fervor popular erigía ermitas donde poder entronizarla con el nombre del hallazgo o del lugar. Así llegaron a nosotros con nombres de El Rocío, La Bien Aparecida, La AlmudenaGuadalupe, La Virgen del Mar… cientos de ellas. Imágenes sencillas de la Virgen que había sido sereno refugio de familias atribuladas por las razzias moras de frontera, merodeadoras en busca de botín o prisioneros que  vender como esclavos en los mercados del Sur. Y que las familias ocultaron cuando no podían ya mantenerlas en el ara hogareño. Pero como a la propia Virgen, se acudía también a los Santos Patronos del lugar con oraciones y exvotos, y sobrevolando sobre la cristiandad hispana,  al  Apóstol Santiago vulgo Santiago Matamoros, el invencible Patrón de España, aquella pizca de cristiandad atribulada por el Islam.

No había sido casualidad que la ciudadela fortificada,  defensora de la ciudad de Manila, hubiese sido dedicada a Santiago Apóstol, ni que el monumental escudo de Santiago Matamoros en lo alto de su portalada, cabalgando espada en mano sobre despojos muslimes, fuese sitio dominante y visible a modo de presentación de credencial urbana. Y ello porque Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y hermano de Juan Evangelista, llamado por Jesús Hijo del Trueno por su fuerte carácter, había sido consagrado como Patrón de España a caballo entre la historia y la leyenda medievales, tras la mítica batalla riojana del Clavijo (844 d.C.). Este gran caballero de la cruz bermeja, háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros, los españoles han tenido… le explica Don Quijote al iletrado Sancho. Circunstancia que volvía a repetirse en la Maynilad del moro Solimán de las antípodas. Seguramente el Rajá musulmán ignorase lo que la mente de Legazpi albergaba en aquella definitiva jornada, pero a buen seguro que el vasco tenía muy presente el patronazgo de Matamoros, surgido al alma y la leyenda de los españoles no muy lejos de su tierra, campo también regado con sangre de sus paisanos. Un verdadero tiro al aire, capaz de capitanear a los rotos cristianos de Ramiro I de Asturias (y de España), cuando apenas se atrevían a remontar sus cordilleras cantábricas para asomarse a la meseta castellana. Eran tiempos de pagar el tributo de las cien doncellas (50 hidalgas y 50 plebeyas) para nutrir los gineceos cordobeses, impuesto obligado al pequeño reino cristiano del Norte so pena de ser atacado por el ejército andalusí en su anual gira predatoria. Ramiro se niega a pagar tan humillante tributo y ataca al ejército califal en el llamado Campo de la Matanza, donde los muslimes masacran a los cristianos y la Arqueología sigue recuperando datos. Aquella noche Ramiro sintió que el Apóstol de Compostela le decía en sueños que los pocos supervivientes que le acompañaban no iban a luchar solos, porque Dios les ayudaría. Y con esta esperanzada promesa, la maltrecha hueste norteña reanudó la batalla con la lumbre del nuevo día. Montando corcel blanco y blandiendo espada de mandoble, Santiago intervino milagrosamente cortando cientos de cabezas y diezmando las mesnadas musulmanas. ¡Santiago salva España! ¡Santiago i (sic), cierra España! Fueron gritos salidos de las gargantas cristianas hasta convertirse en un clamor que plenó los campos… los ejércitos califales fueron aniquilados… y el relato de la Batalla del Clavijo, cobró nuevos ecos seculares en las múltiples cabalgadas y escaramuzas históricas en las que Santiago Matamoros intervenía siempre a favor de España, echando “i” (medieval arcaísmo aragonés del “aquí mismo”, hic, qui, içi, hier, here… ) la impenetrable cancela que le cerraba paso al infiel.  Cuando las tornas cambiaron, y los reinos cristianos superaron la frontera emocional del Río Duero hacia el Sur, tras la primigenia Orden templaria, se implantaron en la Península Ibérica, las Órdenes de Santiago, Calatrava, Montesa, Alcántara… más de una decena de ellas dependientes de los reinos cristianos del Norte. Su finalidad, proteger la avanzada colonizadora que iba ocupando lentamente los campos abandonados por unos moros en desbandada tras las implacables degollinas de los cristianos. Desde castillos estratégicos, los caballeros de la Orden de Santiago con su característica cruz bermeja en el pecho, patrullaban por los campos castellanos en defensa de vidas y haberes de los colonos de la gleba. Su figura en el llano y las nubes polvorientas que levantaban sus jinetes, eran sello de equidad para los colonos. Mientras la cristiandad europea marchaba a las Cruzadas para liberar Jerusalén del Islam, la cristiandad ibérica, sumida en su particular cruzada de siete siglos, liberaba de la media luna su suelo patrio. La España Perdida de las crónicas mozárabes rescataba al fin su añorada Cruz, que muy pronto iba a ondear en el Nuevo Mundo. Y esa inequívoca Cruz Bermeja era la que Santiago Matamoros lucía en el escudo de su Orden sobre la puerta del Fuerte de Manila. Cierto que había llegado a la cuenca asiática después que la Media Luna lo hiciera, pero dejaba a sotavento un nuevo continente cristiano como imperecedero testigo de su esfuerzo.

Figura 11: Santiago Matamoros defiende Manila

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Miguel Ig. Lomba P

Me llamo Miguel, y me encanta investigar/escribir sobre cultura. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de York, actualmente me encuentro cursando Erasmus Master entre Italia-Alemania-EEUU (Udine-Göttingen-Indiana). Las relaciones entre América y Europa son relevantes para mi tesina del Postgraduado, y un futuro PhD (doctorado). Cualquier duda/pregunta no dudes en contactarme a: admin@mapasilustrados.com

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