Contexto Histórico de Manila – XI

Figura 19a. Arrabales de Manila

 

                           La población manileña era de 150.000 almas a mediados del siglo XVIII de las que kastilas residentes en intramuros, apenas llegaban a 10.000. Residían allí también ricas familias mestizas, constitutivas de gremios comercializadores de los tejidos del país, conocidas como sinamayeras. Era una de las pocas capitales asiáticas que poseía imprenta desde la centuria anterior, que en el caso de Manila eran tres, llevada cada una por dominicos, jesuitas y finalmente franciscanos, para la impresión y difusión de sus tareas misioneras, origen de los quince periódicos que iban a publicarse en la centuria siguiente. Gracias a su imprenta llegaron los europeos a conocer tempranamente la realidad palpable de aquella cultura, inmersa en los confines del mundo, pero viva y pujante como ninguna otra insular de su entorno y momento. Por su organización, su trazado, su arquitectura y sus costumbres, era una ciudad netamente hispana aunque de gesto y sonrisa oriental, identificable con cualquiera de las grandes ciudades virreinales pese a su reducida población europea o americana. Son innúmeros los viajeros que al llegar a Manila sentían encontrarse en La Habana o Lima. La expansión humana de extramuros iba cuajando alrededor de núcleos étnicos concretos, barrios individualizados, independientes unos de otros. Tal fue el caso de Dilao, suburbio tutelado por los franciscanos al Este de la ciudad, ocupado por residentes nipones hasta el cierre de su país por el Shogun de Edo, y los descendientes de los pocos que perduraron luego. Pero no todos estos embriones ciudadanos crecieron de la misma forma; algunos de ellos se formaron espontáneamente en los arrabales, a partir de núcleos nativos originales unos, de etnias migradas otros. Eran en parte un legado de los misioneros, que alrededor de sus conventos, iglesias y escuelas, y la ayuda de sus brazos corporativos, habían ido ganando espacio a esteros y aguazales, drenando el terreno para construir casas, caminos y cosos. Todos con su casa parroquial o Convento, a cuyo cura llamaban el Padre; cada pueblo con su principalía  de gobernadorcillo, teniente de alcalde, cabezas de barangay (recaudadores) jueces y capitanes (ex gobernadorcillos). En la plaza central de los barrios, sede del mercado semanal, las tertulias, las fiestas y las amigables charlas del atardecer tan hispanas como filipinas, surgían los edificios principales y se construían las casas residenciales, en cuyo derredor se multiplicaban otras de caña y nipa ocupadas por filipindios. En ellas, de pie, salacot en mano los hombres, se coagulaba la vida al toque del Ángelus, como en la plaza, como en las calles, como en el campo. Era un proceso evolutivo que dilataba el crecimiento periférico de las urbes. La convivencia individualizada en los barrios de extramuros, reflejo de otras ciudades de las islas, no impidió el abundante mestizaje de sus etnias dominantes. En la isla de Luzón, se estimaba en un 22% la población mestiza de filipinos y chinos a mediados del XVIII. Mestizaje muy apreciado por las autoridades de Manila, cuya Audiencia comunicaba al Rey su opinión sobre esta generación de filipinos, encontrando a los mestizos de sangley sin duda, como los mejores…sin nota ni reparo, porque se crían y educan como los demás vasallos vuestros, sin distinción alguna.

                         La reiterada idea de separar a los sangleyes infieles del nativo filipino, se concretaba ahora en la obligación para sus solteros, cristianos o no, de residir en el Parián, en tanto que los casados debían hacerlo en Binondo y Santa Cruz. Pero el acatamiento de esta pragmática no iba a tener éxito práctico, y por ello se determinará por Real Cédula de 1686 la expulsión de sangleyes que la incumplan o, sensu contrario, su conversión al cristianismo. Los comerciantes chinos venidos temporalmente a feriar, podrían permanecer con sus shampanes en su punto de amarre fijo o su pantalán en suertes, mientras durase la feria. Se autorizaba a los conversos a residir en el Parián, o permanecer en su residencia habitual, caso de poseer campos cultivados. La sólida raigambre de los sangleyes en la vida manileña, hilvanaba subterfugios para eludir estas disposiciones. Pero la expulsión hízose efectiva en 1755, repetida en 1762. Fueron embarcados a la fuerza los infieles; solo quedaron los sangleyes cristianos y los catecúmenos. Entre tanto, la inestabilidad social del continente arrojaba a las costas de Luzón masivas oleadas de shampanes clandestinos, que descargaban su humano alijo en cualquier playa desierta, para retornar en busca de otro nuevo. Las mafias tradicionales del tráfico humano hacían el mejor negocio de las costas de Fujián y Guandong. Y la Capitanía, en un flujo y reflujo constante, tomaba presos a cuantos podía, para volverlos nuevamente a expulsar. La cruz y la espada nuevamente en liza: el Obispo desaprobaba la falta de caridad con los refugiados y el Gobernador trataba de desactivar la bomba de tiempo que suponía su acogida. Pero el temor a las represalias de la China continental contra los misioneros filipinos que la evangelizaban, alimentaba las dudas de ambos poderes, aunque las autoridades chinas nunca tomaran tales medidas. Conocida de todos era la ruina del Imperio Romano implosionado por los propios pueblos cobijados. Un ritornelo histórico de vigente actualidad entre la desastrada África ex colonial y la Unión Europea de hoy, responsable de la nada acumulada durante la correspondiente gestión de varios de sus estados miembros en aquellas tierras durante los dos siglos precedentes.

                      Fue este un tiempo donde se incrementaron viejos rechazos a la colonia china, sumados ahora al generalizado resquemor gubernamental contra los sangleyes cristianos, por su apoyo al inglés durante la ocupación de Manila. La quinta columna sentíanla de nuevo los kastilas incrustada en el corazón de su ego. Pero la necesidad de entendimiento entre las partes, cauterizaba las heridas de las sucesivas crisis, cicatrizándolas con un encarne aparente en aquella Babel del comercio. Por otra parte, los controles llevados al efecto por el Gobernador Pedro Manuel de Arandia (1754-59), discrepaban de los efectuados por la alcaldía o las órdenes religiosas, lo que evidenciaba la elusión de controles oficiales e incumplimiento legal de los sangleyes, maestros del escaqueo y la mímesis, ante toda filiación constatable. Dispuso un severo destierro total de los cingaleses infieles. Pero el flujo migratorio sucedía a las expulsiones como la subida de marea a la bajamar.

                      Un ciclón tropical sobre Manila supuso la orden de expulsión jesuítica del Imperio (1765). Eran demasiado profundas las raíces de la Compañía en el archipiélago, para poder asumirlo como un asunto menor. Fue el daño causado por esta expulsión, mayor que el causado en la metrópoli por la de judíos y moriscos juntos, tan lamentada por los mismos ilustrados que provocaban ahora este roto. Pero esto no era todo, porque faltaba el gran Mendizábal por venir, nefasto heredero liberal de los incitadores de la expulsión ignaciana, que con su cacareada desamortización se cargó gran parte del patrimonio de la Iglesia (y de la humanidad, conviene no olvidarlo), a cambio de una cosecha del etéreo humo que predican siempre estos iluminados, y que jamás logran materializar en hechos sociales positivos. Tal el caso de los autofinanciados jesuitas que nos ocupa, en las islas del poniente. Con semejante tropa, y otros cuantos que silenciados están más guapos, era fácil de prever la sinuosa recta final del que fuera magnífico ensayo humano, iniciado por los Reyes Católicos. Al trastorno religioso, sumábanse ahora el político, económico, científico, educacional y de relaciones internacionales, además de la dolorosa pérdida del prestigio misionero jesuítico, loado por otras  banderas. Como tantas veces en la historia, y las que nos faltan por ver, las supuestas inmensas riquezas de los jesuitas que iban a llover sobre el erario público, no solo se quedaron en agua de borrajas, sino que agravaron la crisis de la Hacienda Real. Los apresurados movimientos de los consejeros reales y connotados masones Campomanes y Floridablanca en Madrid, con su orden de extracción de jesuitas en cientos de aldeas de cientos de islas, aglutinarlos y mantenerlos en las residencias de Manila, enviarlos a Cádiz previo pago de pasajes, y el suma y sigue peninsular hasta extrañarlos de la metrópoli, supuso un poderoso mordisco al onírico beneficio que tenían (muy mal) calculado. Sumemos a río revuelto los registros deudores perdidos por incuria, lentitud o ineficacia administrativa, escamoteados o coyunturalmente falsificados por una picaresca manileña que, ahora o nunca, carecía de contrastes, la demora en la percepción líquida de los cobros por necesaria venta parcial o aplazada de muebles o inmuebles nada fáciles de enajenar, la depreciación por desatención o pérdida de bienes antes de adjudicarlos en subasta, la incomparecencia de comprador en muchas de las haciendas arrendadas, las complicaciones sobrevenidas por la servidumbre dineraria de las órdenes beneficiadas a dedo con el reparto de los despojos jesuíticos… El jurista Simón de Anda, reciente gobernador, pagaría con su vida la tensión emocional de un proceso cocinado por la emergente masonería hispana y secundado por la envidia, pecado capital del español peninsular, tan desenfadada y ampliamente tratado por Fernando DíazPlaja. Y, cuentas cerradas, los gastos de ejecución de la Pragmática Sanción expulsora de Carlos III, superaban con creces las cantidades líquidas recabadas. La dolorosa herida infligida al Imperio con el abandono de las misiones jesuitas, desde el extremo sur del Virreinato de la Plata, hasta el extremo oeste de la filipina Palawan, pasando por la California del Padre Kino, fue humanamente irreparable, especialmente para los indígenas a quienes Su Majestad Católica Carlos III, decía proteger. Protector de indios le proclamaban sus corifeos al rey cazador, perpetuo montero de la madrileña Casa de Campo. No sé yo. Hoy, tras la tesis argumental de Menéndez Pelayo, se le aprecia un definitivo debe inexcusable y sectario, entre otros haberes que sin duda le son al monarca justamente asignados.

                         Con la definitiva expulsión de los jesuitas por Carlos III (1769-1815), la mayoría de las corporaciones religiosas, receptoras en parte de los bienes muebles e inmuebles dejados atrás por La Compañía, venían asumiendo cierta militancia antijesuítica. Era la moda: todo el mundo conocía secretas patrañas sorprendentes que epataban al recién llegado y captaban su interés. Tal el caso de los recoletos de Guam, donde los ignacianos habían desarrollado una poderosa labor apostólica, que venían ahora ellos a continuar, y que Malaspina percibió en recurrentes consejas que circulaban por la isla. El impacto emocional de los primeros recoletos había sido negativo, encontrando a sus nativos verdaderamente bárbaros, broncos, cascados, bozales, indigestos y sucios… no sabían el uso del fuego, ni más armas que los huesos del pescado y los difuntos, ni tampoco cubrían sus vergüenzas, sino que andaban totalmente desnudos los de uno y otro sexo. Tras el terremoto que había dañado trece años antes en Agaña la iglesia, el Colegio de San Juan de Letrán (levantados en 1669 por Sanvitores, apóstol jesuita de la isla, asesinado más tarde) y el Palacio del Gobernador, únicamente éste había sido reparado, y ello a costa del sueldo de su mandatario. Bien es verdad que, dada su extrema pobreza, los chamorros no pagaban tributos ni aportaban limosnas al clero, razón por la cual la isla de Guam en particular, y las Marianas (Saipán, Tinián, Rota, Anathan, Pagán, Pájaros…) en general, dependían absolutamente del situado real. Lo que no era óbice para practicar un descarado contrabando con los balleneros, que en ella recalaban durante el monzón. Lo mismo que los archipiélagos de Carolinas y Palaos con cientos de islas, deshabitadas algunas, diminutas otras, dependientes todas de la Audiencia de Manila. Alguna hubo que recibió su misionero, asiduo lector de breviario y paseante junto al mar, soñando ver una vela de barco que trajera otras noticias, más libros y nuevos compañeros, pero este sueño en más de un caso, jamás se vio cumplido. Solo aves migratorias y nubes, muchas nubes. Allí yacen sus huesos solitarios enterrados en la playa.

Figura 19b. Guam e islas Marianas

 

                                                        En febrero de 1792, la expedición científica de Alejandro Malaspina llegaba a Guam, luego de haber auscultado la costa de América desde el Montevideo atlántico hasta la Alaska ártica, reclamada por España pero hollada por los rusos de Siberia. Las dos corbetas que la componen fondean en la dársena de Umata, recalada habitual del Galeón de Acapulco y emblemático caladero de Magallanes en 1521. Luego de dos meses de navegada sin escalas, trae cinco escorbúticos a bordo, uno grave, y varios convalecientes pese a los desvelos de Pedro González, médico de la expedición, que es un recalcitrante convencido de proveer el matalotaje de fruta fresca. Enfermos y convalecientes son trasladados por el puenteado camino real para repartirlos en Agaña entre la Casa del Gobernador y la Residencia de los Agustinos Recoletos, en tanto los tripulantes hábiles toman algunos aguada y leña, mientras otros buscan cítricos entre los nativos y la huerta de los frailes. Se trata de una enfermedad generalmente asociada por las marinas europeas a los cambios emocionales y las carencias de higiene y actividad a bordo, que había sido tratada esta vez por su médico como si de una experiencia sobre cobayas humanas se tratase, manteniendo dietas diferentes para cada uno de los afectados, y anotando su proceso convaleciente según alimentación ingerida.  Pese a ciertos logros parciales en la expedición de Cook con dietas de abundante chucrut, la inexistencia de un remedio seguro y fiable, seguía brillando por su ausencia. El escorbuto era la maldición ignara del navegante. Cada año se repetía el drama mortuorio del Galeón de Manila, con sus cinco meses sin posibilidad de escala, pero no así en el de Acapulco que a los dos meses fondeaba en Umata. Vasco de Gama perdió en su periplo a la India 117 de los 170 hombres que partieron de Lisboa. Anson en su loca carrera tras la fortuna, perdió 1700 hombres de los 2000 que venían desde Albión. Grandes hombres como Elcano y Loaysa fallecieron de escorbuto en pleno piélago. Hasta el momento, la primera expedición registrada sin bajas escorbúticas era esta de Malaspina, y su médico estaba empeñado en que lo fuera hasta el fin de sus días en Cádiz. Cuando arriban a Umata ya no duda de que la carencia vitamínica inferida en los enfermos, se repone con frutas y hortalizas tales como naranjas, piñas, limas, limones, pomelos, pimientos, perejil, chiles, mandarinas. Sobre todo, limones, que los busca por doquier para hacer acopio suficiente. Todos buscan limones en los poblados de Guam. Unos días más tarde, dejando un par de convalecientes a incorporarse luego, seguirán ruta con los recuperados hacia los puertos de Palapa (Samar) y Sorsogón (Luzón), desde donde un grupo de naturalistas emprende larga caminata hacia Manila, para estudiar fauna y flora local in situ, y observar de cerca el volcán de Albay entrado en erupción. Las corbetas llegan a la capital a finales de marzo, luego de un encuentro fortuito con tres pancos piratas que ponen pies en polvorosa. En Manila permanecerán el tiempo de monzones, entre reconocimientos del suelo y flora, estudios hidrográficos, observación del cielo, mediciones de la gravedad y fiestas de bienvenida y salón, tras lo cual siguen ruta hacia Mindanao y las islas del Sur, camino de Nueva Zelanda y Australia. Llevan barriletes con limoneros plantados y medrados en Manila, como reserva oceánica complementaria de los frutos del matalotaje. Durante la época del monzón, los barcos de mayor arqueo se abrigaban en el puerto de Cavite, y es allí donde las corbetas de Malaspina han permanecido al ancla, orilladas del constante ir y venir de embarcaciones entre los pantalanes del Pásig y el muelle del astillero, pero con los naturalistas aclimatando especies arbóreas en sus bodegas. Y entre ellas no faltan abundantes limoneros. La de Malaspina será la primera expedición científica regresada a la Europa ilustrada, sin muertos por escorbuto en sus haberes.                                                            

                                 Tras la firma del Tratado de San Lorenzo con Inglaterra y los EEUU (1797), oleadas de balleneros de ambas nacionalidades junto a otros rusos, nuevos en plaza,  fondeaban por tres meses principalmente en Guam, entre otras islas Marianas o Carolinas, a la espera de comenzar la campaña de caza de cetáceos en el Pacífico Sur, una vez terminada la campaña del Norte. Ello contribuía a inyectar un flujo dinerario, pagado con tributo de pendencias, borracheras y tumultos por apuestas fallidas en peleas de gallos, juego de naipes, dados, y demás brotes de trifulca tabernaria. Los gobernadorcillos chamorros de los pueblos alcanzados por estos desmanes, solicitaban ayuda de La fuerza, 200 soldados acantonados en el presidio de Agaña, que dominaba sin ambages a los energúmenos ahítos de aguardiente o tuba (Vino de coco). Por otra parte, las singulares costumbres sexuales de sus mujeres, eran particular atractivo para fondear por aguada, víveres y leña en Guam, y su consabida pernada con cualquier maritornes chamorra que a ello se prestase. Cientos de reses, carabaos incluso, llegaban de las Filipinas y otras islas para atender aquel mercado ocasional, donde el matute era moneda inherente a los balleneros. Este aluvión humano sería aprovechado en más de una ocasión por los pícaros ingleses (sic) para fomentar el alza de nativos contra el poder español establecido. La vieja política de Albión.

                                  Unos años después (1805), llegará a ese mismo muelle el Galeón de Acapulco, que traía la Expedición filantrópica de la Vacuna de la viruela, que con el Dr. Balmis a la cabeza, alcanzaba las Filipinas luego de haber desparramado por las Américas y Guam su beneficio sobre la población indígena y criolla del Imperio. Será el Ayuntamiento de la capital quien se encargue de su recepción y alojamiento. No los altos mandatarios de la espada y la cruz, que no supieron dar la talla requerida, siendo en cambio  subalternos de ambos estamentos quienes aportaran su empatía y entusiasmo. Ello facilitó el éxito de la campaña entre la población nativa de las islas, con la puesta en marcha de un Consejo de Vacuna y un Centro de Vacunación activos por algún tiempo tras la marcha de Balmis. Este esfuerzo alcanzaría por voluntad del Rey a la expectante Macao portuguesa y aledaños, Cantón incluida. Allí recibiría en agradecimiento de los mandarines, diez cajones de hermosos dibujos de plantas medicinales chinas (hoy en el Jardín Botánico de Madrid), pese al exiguo interés de los cantoneses por vacunarse. Macao, en cambio, se entregó a la vacunación variólica masivamente gracias a la rendida gestión de su Obispo

Miguel Ig. Lomba P

Me llamo Miguel, y me encanta investigar/escribir sobre cultura. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de York, actualmente me encuentro cursando Erasmus Master entre Italia-Alemania-EEUU (Udine-Göttingen-Indiana). Las relaciones entre América y Europa son relevantes para mi tesina del Postgraduado, y un futuro PhD (doctorado). Cualquier duda/pregunta no dudes en contactarme a: admin@mapasilustrados.com

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