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Contexto Histórico de Acapulco – V

Figura 9a: Acueducto del Padre Tembleque (años 1555 al 70). Cerca de Otumba

 

La caza de cetáceos combinada con el contrabando, daría lugar a no pocos actos de filibusterismo, que la diplomacia británica proscribía, mientras pedía reconocer el derecho de sus barcos a la navegación en los litorales hispanos despoblados. La presión inglesa sobre el monopolio comercial español, tensaba progresivamente sus cuerdas comunes con los emergentes EEUU. La debilidad circunstancial española, frente al peligro de la Francia revolucionaria, llevará a Carlos IV a la firma del Tratado de San Lorenzo (1790), que permite a las naves británicas la caza de mamíferos marinos en aguas virreinales. Pronto iban a detectarse barcos estadounidenses camuflados en medio de los balleneros ingleses, que provenientes de los puertos de Nantucket y Boston, seguían la ruta de Hornos para acceder al Mar del Sur, y contrabandear al british style. Para poder contactar con sus posibles clientes, los balleneros debían acercarse a la costa, donde resultaban fácil presa de los guardacostas virreinales, que confiscaban los alijos a la par que multaban a los barcos transgresores del Tratado, aunque por esta vez no le costase a capitán alguno su oreja. El mínimo resguardo de 10 leguas estipulado en él, era razonable resguardo para la pesca, pero excesivo margen para poder escaquear el matute correspondiente, lo que aumentaba la tensión con la administración inglesa que de él se beneficiaba.

 

En 1796 los EEUU se integrarían al  nuevo Tratado de San Lorenzo, convertido ahora en una suerte de ballenero juego tripartito de la gallinita ciega. Ni que decir tiene que era España la gallinita del cuento. La picaresca anglosajona transformó aquel menàge a trois en una tienta de capotazos al alimón, manejada por dos consumados maestros taurinos a cuya vera el lazarillo del Siglo de Oro español, era un simple robaperas. Resultante: ambos gobiernos, comprometidos a perseguir un contrabando que practicaban sus propios balleneros, ignoraban los reclamos españoles cuyos expedientes plenaban los estantes de sus cancillerías. El viejo truco del burócrata mendaz que, al ser inquirido, responde unívocamente que el asunto sigue su proceso. Cuando no lo hace con un vuelva Vd. mañana, tan cabalmente descrito por el mordaz contemporáneo Mariano José de Larra, otro ilustrado de la palabra. De la palabra vana, equívoca, de perorador de ventanilla, que las riega como lluvia sobre un estanque cuyos círculos ondulantes se confunden. Remedo burlesco que otros oradores de banco público, capaces de levantar las muchedumbres hastiadas, estaban agitando contra la ineficaz palabrería oficial. Mientras la Corona Borbón española, a punto estaba de caer sobre un Bonaparte Rey, que llevaría por nombre José I.

 

Eran muchas las abras, bahías, fondeaderos y puertos despoblados de las costas de las Californias y del Mar de Cortés, en que los pataches costaneros de Acapulco denunciaron  ver durante sus faenas de cabotaje, barcos extranjeros en sospechosa espera… para contactar sin duda con sus enlaces de tierra o de otro puerto, y rematar su entrega de alijos bajo cuerda. Los mástiles balleneros cambiaban de bandera según conviniese, máxime ahora que la británica habíase tornado enemiga tras su declaración bélica a la España oficial (1796-1808) invadida por Napoleón. Pero en costas bajas, sobresalían sobre el ribazo sus perfiles, fácilmente identificables para los guardacostas de Acapulco y de la base naval de San Blas, merodeadores pertinaces de singladuras aterradas. Demasiado mástil camuflado entre acantilados, hizo que la Armada Virreinal sintiérase espiada y recelosa de cualquier previsible invasión inglesa. Argüían los ingleses que las ballenas descendían en grupos hacia la Baja California no más lejos de los 10 km de la costa, franja marina deseable para camuflar, por próximas y rápidas, sus mendaces arribadas súbitas. Tanto la enfermedad, como la inanición, reparación urgente o la aguada vital previo vaciado de pipas, todo servía para enmascarar el verdadero propósito del contrabando. Valía todo. El modus operandi era siempre el mismo: tras contacto clandestino en alta mar y después de cazar alguna ballena y llenar unos cuantos barriles con su grasa, se fondeaba bajo cualquier pretexto en el puerto novohispano convenido. Allí concurrían los valijeros avisados para traspasar su matute. Este proceder generaba un contextual enjambre de traficantes y aguantadores que asediaba las aguas hispanas, mientras España miraba a los  Pirineos, por donde temía ver asomar al emperador Bonaparte, otro esencial espíritu insular, tan agresivo como su parigual inglés. Eran días previos a una zozobra nacional en ciernes, que empezaba a perfilar la implosión del Imperio Español, donde las potencias amigas esperaban entrar a saco por todas sus costuras. En realidad el Imperio estaba ya muerto, solo faltaba ponerle fecha de caducidad para la Historia. Era solo la muleta de su prestigio quien le permitía seguir renqueando en sus días postreros. Y nuestros reinos de ultramar amagarán un mohín de apoyo a la metrópoli y su mentecato Rey, para acabar encaudillados revolviéndose contra ambos y lacerándose entre ellos. Gestábase en su seno generaciones de adalides radicales, prestos a enviscarse en una lucha secular por destacar su propio ego sobre los demás. La guerra sicológica estrenaba una incipiente andadura hispánica, arando  profundos surcos entre afines. E Inglaterra, amenazada a su vez de invasión por las escuadras navales de España y Francia, reforzaba su poderosa imprenta como arma arrojadiza contra el mortal enemigo francés y su forzada Corona aliada, que no el pueblo español, enguerrillado contra el ejército invasor en un crudelísimo toma y daca.                                                          

 

En este contexto informativo, llega Alejandro de Humboldt al puerto de Acapulco procedente de Guayaquil (1803), cuando la feria estaba en pleno apogeo y su Camino repleto de caravanas muleras y febriles comerciantes. Decide por ello permanecer allí un tiempo estudiando geologías, botánicas, geografías, hechos y costumbres, y por supuesto ¡la feria!, innato reflejo de su brújula olfativa. Como primera impresión del lugar visto desde el mar, no le había agradado su traza de circo roquero, pero sabrá cantar las excelencias de resguardo y maniobrabilidad de su bahía, como cortesía de caballero. En cambio, le subyugaba aquel variopinto hervir humano de comerciantes manileños, compradores criollos, oficiales y funcionarios virreinales con criados o sirvientes, tripulaciones, mayorales y muleros de recua, indios danzantes que venden luego verduras, aves y frutas, cargadores pardos, braceros mulatos, chinos que todo lo preguntan, descuideros, meretrices, santeros, tahúres, barberos, mendigos, escribientes, guitarreros…  Le parecía una suerte de enjambre humano que fluía entre los puestos como marea de lodo en campo de rocas, con sus giros caprichosos pivotando en dudosos remolinos. Pero sobre toda consideración, ponderaba el trato reposado y cortés que se percibía en la feria. La empatía entre seres humanos tan diferentes. Se sorprenderá al comprobar las amigables transacciones que se realizaban entre gente tan dispar como los chinosfilipinos y los mestizos o los indios. La compra se hace sin abrir casi los bultos, y he de confesar – reconoce perplejo – que en este comercio entre dos países que distan 3000 leguas entre sí, impera la buena fe, y seguramente mayor honradez que la habitual de algunas naciones de la civilizada Europa. Genio y figura del patricio prusiano, que todo lo objetiva  o pondera mediante cifras, funciones numerales, tablas y ábacos o gráficas comparativas. Hasta el concierto humano de una aleatoria feria mercantil, donde confluyen los temperamentos de americanos, africanos, asiáticos y europeos, tratará de encuadrarlo en un marco objetivo, tomando como unidad conocida  su civilizada Europa.

 

Finalizada su estancia en Acapulco, remontará el camino a Chimpalcingo que encuentra amplio y bien cuidado, cosa que no alaba del trayecto restante hasta México. Es fácil de entender este contraste, si se piensa que, desde mediados del siglo XVIII, el castellano del San Diego venía solicitando el traslado de su residencia campestre a esta ciudad de clima benigno, dada la fluidez habitual del trato entre ambos enclaves. No sospechaba que aquel camino montaraz entre riscos y vaguadas, tenía los días contados. Después de la independencia y el cese de comercio con Filipinas, el camino de herradura quedó en completo abandono, sin cuidado ni reparaciones. Solo pudieron conservarse algunos tramos empedrados; los restantes se convirtieron en arroyadas… nos cuenta el historiador local Vito Alessio. El puerto de Acapulco quedo incomunicado por tierra con la capital, hasta que el trazado de carreteras modernas vino a conectarlo ya en pleno siglo XX. No obstante, se mantuvo siempre como nexo de unión marinera con los enclaves de la costa californiana y otros puertos del Pacífico.

 

El científico  alemán, pese a sus jóvenes treinta y tres años, venía a Nueva España precedido de notable fama, rematada localmente por la entusiasta acogida que el Virrey José de Yturrigaray le dispensa en la capital, además de la lógica expectación que despiertan su llegada, su porte de dandy europeo y un protocolo virreinal en todo su esplendor. No solo le abre las puertas del Virreinato a su curiosidad sin ambages, sino que despliega su influencia personal para interconectar su inquietud con la ciencia novohispana y sus instituciones. Desde Fausto de Elhuyar, descubridor del wolframio (Vergara, Guipúzcoa 1783) y a la sazón director del Colegio Minero de la Ciudad de México, hasta el desagüe de Huehuetoca en el Tajo de Nochixtongo, con todos los problemas hidráulicos inherentes a los tremedales y lagunas del Anahuac. Profundiza en la evacuación de las aguas lacustres de la histórica Tenochtitlán, tantas veces inundada como drenada hacia las cuencas subsidiarias del Pánuco desde los tiempos de Cortés, sus bergantines y su conquista, como los del Virrey Mendoza. Repasará minuciosamente las sucesivas soluciones hidráulicas asumidas, desde las diatribas del carmelita Andrés de San Miguel y el matemático Enrico Martínez, hasta los enfoques contemporáneos al suyo y los 48 km del sistema hidráulico del franciscano padre Tembleque con su acueducto  (hoy Patrimonio de la Humanidad). Todos le interesaban. Todo lo estudiaba, medía y sopesaba.

 

Las frecuentes inundaciones de la capital, provenían sin duda del hundimiento de la cada vez más pesada, por ciclópea, ciudad de México, sometida a un proceso de lento incrustado en un subsuelo de sedimentos poco consolidados y gran potencia. Hoy sabemos que la capital azteca se asienta sobre uno de los suelos de cimentación más inciertos del mundo (comparable al delta del Nilo), un fondo lacustre sedimentado en tiempo geológico de larga data, sobre una base rocosa que se encuentra 3000 metros por debajo del nivel construido. Con el doble agravante de ser suelo amplificador de temblores inducidos por cualquier sismo (a mayor amplitud de la oscilación motriz, mayores destrozos constructivos), a la vez que experimenta compactación y asiento, incluso licuefacción, durante los sacudimientos del suelo. Eso sabemos hoy, pero también hemos aprendido con pasos de gigante a diseñar nuestros edificios y dotarlos de respuestas dinámicas sedantes de la moción básica. Y México posee grandes profesionales cuyos textos, dormidos y curioseados en la biblioteca familiar, veo que señalaron el norte ingenieril de mis mayores durante la segunda mitad del siglo XX. Si Humboldt encontró y reconoció un alto nivel tecnológico alcanzado en la Nueva España del ochocientos, no es comparativamente menor, el poseído hoy por sus herederos históricos.

 

Objetivo y rigorista por naturaleza, debió sentir Humboldt en su llegada a Nueva España, un firme contraste frente al vacío de información franca que había manejado para ilustrar su venida al Nuevo Mundo. La Aufklärung de la que provenía, masivamente protestante, era también fuertemente crítica con el mundo hispánico y su metrópoli. España era a la sazón un país anonadado en su decadencia, carcomido por una masonería retroalimentada por ciertos enfants de la patrie de la soliviantada Francia. Cuanto de ella se publicaba en Europa, estaba en gran medida asociado a informaciones vertidas por enemigos históricos o ¡a esas alturas! religiosos, asumidos como propios por el fuego amigo de sus intelectuales, filósofos fetales de la Revolución Francesa. Pese a la fama de la Enciclopedie Française, los mejores atlas del momento eran mayormente ingleses, y en ellos se cantaban, narradas y pintadas, las glorias del Imperio Británico, en detrimento del resto de mortales, sin el debido recato al buen gusto y la objetividad, que venía siendo habitual moneda de pago en las ediciones de la Europa continental, por muy luteranos o nacionalistas que fueran sus editores. Estos mismos atlas a la luz de hoy, resultan insufribles para cualquier europeo no británico: la maquinaria de propaganda había ya comenzado su modulación de Verdades, para ceder sitio a la particular view o media verdad, cuando no a una rotunda falsedad hija de la desinformación no exenta de prejuicios. Las fake news tan en boga hoy, eran ya calderilla corriente conocida de siempre, pese a su alicorto alcance de antaño, contra la posible contundencia actual. Y la Iglesia anglicana que las combatía, sometida al poder político desde los Tudor, era ya para entonces solo un remedo grotesco de sí misma.

 

Muestra una vez más de su arrogante supremacismo, fue sin duda la moneda conmemorativa del God´s blew, enviado por Jehová para salvar de la Armada española del siglo XVI a su anglicano pueblo escogido. Soplo divino, Viento de Dios, Santificante Gracia que enviaba el Supremo Hacedor, era aquel oportuno iracundo Eolo que desbarató la flota papista del Anticristo romano. Un eco de aquel viento bíblico arrojado sobre los ejércitos del Faraón en su paso del Mar Rojo, venía ahora a destrozar, entre acantilados, la Felicísima Armada del endiablado Felipe II. Era anatema de Jehová contra el rey español, por haber osado enviarla desvergonzadamente para luchar contra los ingleses, no contra los elementos desatados, como había confesado aquel arrogante monarca…  O la falsaria medalla de Cartagena de Indias, mil veces personalizada en su historia por preeminentes Vernons, siempre erguidos y vencedores, frente a imaginarios Lezosperennemente vencidos y arrodillados. ¿Blas de Lezo, decís? ¿Quién es ese personaje de fake new que ni le nombra la Enciclopedia Británica? se preguntarán extrañados esos mismos historiadores del Reino, que aseguran fuera Francis Drake el primer “circundedisti me” de la Historia, o ser la naviera inglesa Cunard quien descubriera el gulf stream a principios del siglo XX. Esos mismos que citan a Cook como descubridor de las islas Hawai o la Austrialia del Espíritu Santo dos siglos por detrás de los españolesPero – ¡eso sí! – que no falten los tripulantes uniformados de seda, las velas adamascadas y múltiples gallardetes de paño de oro cantados por Hume…  para cuantas ocasiones inventen sus hooligans de la narrativa patria. Cuan lejos estamos de la realidad y caballerosidad espontánea del velazqueño Spínola, cortésmente inclinado hacia un humillado Nassau que le entrega las llaves de la rendida Breda. O la respetuosa espera de los Reyes Católicos frente al abatido Boabdil, que tarda en entregar las del Reino de Granada – ¡Ay de mi Alhama! – reflejada por Pradilla. Consideraciones similares debieron fluir en su espíritu crítico de aufkläruner germano, que trataba de objetivar una realidad hispanoamericana que no dejaba de sorprenderle a cada paso. De ahí sus referencias comparativas con “el Mundo”, “la Europa” y el todo o la parte de las naciones dominantes, tan frecuentes en los dictámenes vertidos en su  monumental Viaje a los países equinocciales y sus posteriores Ensayos Políticos y numerosos Atlas. Bálsamo de fierabrás contra la urticante opinión inglesa sobre los pobres humanos, predestinados a no nacer donde Jehová a ellos habíales enrocado.

Figura 10: Fuerte  San Diego. Acapulco

 

Fieles en su tradición de mirarse el propio ombligo, todavía hoy florecen en aquel país ideas peregrinas como las vertidas no ha mucho por un conspicuo y circunspecto Barón emérito, de cuyo nombre no quiero acordarme. Rector de Universidad famosa, antítesis racional del Humboldt universal, Kenneth McKenzie Clark en los cercanos setenta del pasado siglo se permitió el lujo, en su muy particular view, de negar cualquier aportación cultural del mundo hispánico al progreso humano. Lo primero que se viene a la cabeza tras ello, es el ciclópeo grosor de la ignorancia que apisona las meninges de quien lo proclama. Un ex rector de Universidad inglesa, nada menos. Solo cabe por tanto dar paso a otra explicación: la paráfrasis machadiana de quien envuelto en su arrogancia desprecia cuanto ignora. Desconocimiento que era mucho menor de lo que él fingía poseer sobre lo hispano, puesto en evidencia por los múltiples tópicos antiespañoles que guardaba en la recámara. Actitud gentilicia ya denunciada por Ortega y Gasset medio siglo antes, en el Epilogo de su famoso tratado sobre La rebelión de las masas. Bien que presuponiendo que no hay pueblo que, mirado desde otro, no resulte insoportable…  En el anglosajón se ha dejado correr la intriga, la frivolidad, la cerrazón de mollera, el prejuicio arcaico y la hipocresía nueva, sin ponerle coto. Se han escuchado en serio las mayores estupideces con tal que fueran autóctonas, y, en cambio, ha habido la radical decisión de no querer escuchar ninguna voz española capaz de aclarar las cosas, o de oírla solo después de deformarla… Pero esa actitud es mero despotismo humano, aunque nuestro Ortega lo calle. Una prepotencia incapaz de entender lo que hay de cultura refinada, sutilísima y de alta alcurnia en “tomar el sol” del español castizo, que juzga holganza; en tanto ponerse unos bombachos y dar golpes a una bolita con una vara, es operación que dignifica llamándola “golf”, concluye incómodo. O quizá ese turismo de borrachera, que invade periódicamente Magaluf, Salou, Ibiza y tantos enclaves mediterráneos – añadimos nosotros – donde cientos de jóvenes anglos (gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus) encajan su torpe primitivismo, lo dignifiquen como un ‘Spring Break a la americana’, que aportar a la civilización universal. Pero no son sino hordas multiformes de meros homínidos del alcohol, la droga y el sexo, cachorros que salpican por doquier retazos de su peor Albión como vivo reflejo de cualquier fin de semana en sus calles. Otro aporte social civilizado, pensarán sin duda. ¿Hemos olvidado ya el veto prohibitivo al aficionado inglés de acompañar durante años a sus equipos en partidos de fútbol continentales? ¿Acaso la FIFA tampoco comprendía esta civilizada manera suya de socializar con otros aficionados?

 

Hace apenas unos días (Abril 2020) la cadena BBC de Londres, admitía que la derrota a manos inglesas de la Armada Invencible, era el mayor bulo de la Historia, utilizado por monarcas, artistas y políticos hasta la actualidad. ¡Agimus tibi gratias omnipotens Deus! En su serie Royal History’s Biggest Fibs, la historiadora Lucy Worsley desmonta con cinco siglos de retraso una verdad a la que nunca los españoles prestaron demasiada atención; era ahora el diario El País, quien sacaba a colación el tema. En el relato oficial inglés, asegura la historiadora, se mezclan poetas, cantautores, fabricantes de tapices históricos y fabuladores mitológicos con sus oníricas ensoñaciones patrióticas para hacer el totum revolutum que impregna la asignatura de Historia estudiada en la enseñanza secundaria inglesa. Drake y su juego de bulos (perdón, bolos), el diabólico Felipe II… y tantos otras fake news aclaradas… ¡más vale tarde que nunca doctor Watson!                                

 

Ni que decir tiene que para nuestro Barón emérito eran, a su entender ingleses, los primeros de la cola aprestados a recibir albricias por su tributo al haber humano. Pero su omisión hispana, no es cosa baladí, que pueda ser soportada por la Historia Universal, por muy prêt-à-porter que quisiera fabricársela para promocionar el programa televisivo que presentaba y dirigía, como punta de lanza de su obra escrita. Como tampoco, es de reconocer, podría soportar ese concurso universal la exclusión del grano de arena inglés. Y ello pese a llevar las alforjas cargadas con un Enrique VIII y su Torre de Londres, el tráfico de esclavos, las guerras del opio, el holocausto de 11.000 zulúes ametrallados en Sudáfrica, el genocidio histórico irlandés, o la Navidad negra de Pasto 1822 con masacre y violación de mujeres y niños por la Legión británica; por no hablar de los más recientes bombardeos de Hamburgo. Y esto se lo decimos a nuestro Sir desde un país europeo que ha eludido las dos guerras mundiales del siglo XX.

 

Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra, es mantra bíblico recurrente, fácilmente asumible. Así como un comportamiento negativo puede ser  extrapolable a cualquier grupo humano, no se da en la misma medida la siembra de  valores. El siglo XX nos ha enseñado que cultura y barbarie pueden caminar juntas. Pero cultura no es civilización. La cultura profundiza el conocimiento de nuestros instintos, pero no necesariamente su dominio, su gestión. La civilización lucha por apaciguarlos, por gestionarlos. Aunque suelen caminar como compañeras de viaje, son autónomas en la evolución de las sociedades. Si algún esfuerzo hizo la Inglaterra de los Estuardo en sus Trece Colonias por civilizar a sus amerindios (los Tudor quedaron inéditos), nunca podrá ser comparado al civilizador y culturizador empuje de la Corona española  durante ese mismo lapso en su Imperio americano. Estamos hablando de Civilización, el título del programa televisivo de nuestro desmemoriado profesor. Baste como muestra las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de Indias (1573), hecho a vuelapluma por Felipe II en una corta estancia en el Palacio de Valsáin (dejado en ruinas tras construir La Granja de San Ildefonso). Su capítulo sobre las Pacificaciones no admite parangón con trato alguno dado a cualquier indígena de otro continente, no importa por que Corona europea de su siglo y  siguientes. Literalmente, se ve en él sembrada la pura civilización. Pero el minucioso Felipe, no hacía con ello sino continuar las políticas emprendidas por los Reyes Católicos desde los comienzos del Imperio español. Políticas siempre encauzadas a través de las Leyes de Indias, protectoras de los aborígenes, pero letales para los intereses de la conquista y colonización. Empezando por el codicilo anexo al Testamento de Isabel la Católica (1505), origen del Derecho Humano: Suplico al Rey mi señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la princesa mi hija y al príncipe su marido, no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas Indias… reciban agravio alguno en sus personas y bienes, sino que manden que sean bien y justamente tratados… Era el origen del derecho de gentes. La consiguiente puesta en producción del gran continente, hubo de costarle por ello a la Corona española una guerra civil y no pocos sinsabores. Pero el hombre, aun cuando aborigen, estaba por encima de la economía según la ética del Imperio, antítesis de la jurisprudencia inglesa, donde era la economía de los planters prioritaria frente al indio. Ese mundo hispánico que nos dejó ayer aquella Corona, es hoy el primer receptor de patrimonios culturales UNESCO por sus reliquias de la cultura y civilización que supo imprimir a nuestros reinos de ultramar, y su defensa frente a otras potencias que anhelaban para sí aquellos logros.

 

Además de su literatura, su pintura y escultura, sus músicas, sus aportes cartográficos spanish lake, kuro-shivo y gulf stream incluidos, su ciencia naval y navegación, su ingeniería militar y civil, su derecho de gentes salmantino, sus cientos de misiones y reducciones donde civilizar naturales, los hospitales para socorrerlos, sus cientos de traducciones del saber occidental a lenguas indígenas o viceversa, su primera gramática culta, sus miles de km de caminos empedrados, sus catedrales y universidades como focos de música y ciencia… son materia holgada para calibrar el dislate boreal de nuestro recordado profesor. Su Inglaterra del siglo XII, aún con legañas en los ojos, seguramente ni se enteró del Renacimiento andalusí que nuestro docente silencia, precursor de la otra Aufklärung del siglo XVIII europeo, al decir del sorprendido Karl Vossler que lo estudió en profundidad.  Fue el Siglo de las luces de los Avempace, Abenarabi, Maimónides, Abentofail y Averroes,  precursores a su entender de la pléyade germana de los Goethe, Kant, Leibniz y el propio Humboldt, perceptores del sutil perfume emanado de aquel canto a la naturaleza y al sentir y pensar del hombre. Y ello ocurría durante los siglos del califato cordobés, faro medieval del saber alejandrino, cuyas gentes se expresaban mayormente en romance, donde algún sultán se dejó ganar por los encantos de Sevilla y uno murió corneado por una vaca brava, según nos cuenta Claudio Sánchez Albornoz, nuestro medievalista de cabecera. Donde las mujeres que parían en los gineceos de los centros de poder eran hispanorromanas o hispanogodas (diezmo obligado de los sojuzgados reinos cristianos a los poderosos muslimes) y sus Abderramanes, pelirrojos muchachos de azules córneas, cual vástagos de estirpes reales navarras, leonesas o castellanas cuyas infantas eran moneda de tributo en los serrallos califales. Que nos dejaron joyas arquitectónicas como la Mezquita cordobesa, la Alhambra granadina o las insuperables ruinas de Medina Azahara, mientras el rumor matemático de Al – Quaritmi esbozaba nuevas formulaciones en Al Ándalus. Era el álgebra en forma de los algoritmos que hoy epatan a tanto friky, en tanto su alquimia los aplicaba sin aspavientos para obtener el vidrio coloreado que entramaría las vidrieras de las catedrales góticas. También las inglesas y algunas residencias de la época Tudor. ¿No aportó nada al progreso humano occidental la medieval Escuela de Traductores de Toledo? Es respuesta que responden por sí propios Gerardo de Cremona y Domingo Gundisalvo o la naciente Sorbona de París, sus coetáneos; pero no nosotros, insignificantes hispánicos desterrados del progreso humano, como del paraíso lo fuera su género homo. La espada de fuego de nuestro ángel exterminador británico, nos prohíbe a los hispanos el retorno al edén del saber humano, del que, motu proprio, nos niega haber sido parte alguna vez.

 

Fuera de retóricas acerca del concepto de Civilización y su culmen manifiesto de las Jornadas de Valladolid, Hugh Thomas reconoce que este debate ha sido único en la historia de los imperios. Acaso ¿inspiraron Roma, Atenas o Macedonia semejante debate acerca de su conquista? ¿Lo hicieron Francia o Rusia? ¿Hubiera optado la Corona Británica por organizar tan docto debate en Oxford, como lo fuera  la jornada sobre los amerindios en Valladolid, para dilucidar si era jurídicamente justa su guerra contra los ashanti o los afganos?: la sola idea resulta risible, se responde a sí mismo el hispanista británico… Por cierto ¿cuantas misiones humanistas dejaron sus paisanos en las Trece Colonias? nos preguntamos nosotros. Para navegantes anglos advertimos que solamente en Nueva España había más de 300, algunas con cerca de mil aprendices indígenas. ¿Cuantos centros del saber para naturales, monásticos o no,  con su biblioteca como semillero de cultura? ¿Cuantas imprentas? ¿Cuantos corrales de comedia, ellos que habían creado su teatro con el magnífico Shakespeare? ¿Qué ventaja produjo a los indios del Norte vivir yuxtapuestos a una cultura avanzada? Ninguna, caso único en la Historia, sencillamente porque eran de ella segregados como leprosos bíblicos. Por tanto ¿Dónde está el aporte de la civilización inglesa al mundo amerindio? ¿O es que acaso nuestro Sir no lo consideraba mundo? ¿No habíamos quedado en que todo Imperio se caracteriza por trasmitir sus haberes a las provincias incorporadas? Aunque, ciertamente en su caso, no eran provincias sino colonias, de facto un hiriente escalón social más bajo. ¿Cuantos Poma de Ayala, o Escuelas Quiteñas de Arte, contaron entre sus indígenas? ¿Cuantos Inca Garcilaso entre sus mestizos? ¿Cuántos Ruiz de Alarcón o sor Juana Inés de La Cruz, en sus haberes criollos? ¿Cuantos edificios pétreos, si es que alguno construyeron que no fuera en madera o ladrillo, con sus exquisitas labras y relieves surgidos de escoplos indios? ¿Cuántas catedrales con sus escolanías, sus maestros y sochantres? ¿Cuántos de ellos eran virtuosos músicos indígenas o mestizos, organistas, maestros de capilla, o compositores como Manuel de Zumaya? ¿Cuantos hospitales, casas de beneficencia, orfanatos construyeron para los naturales? ¿Cuantas universidades?  ¿Tengo que recordar a tan olvidadizas mentes que en sus colonias era el mejor indio el indio muerto, según confesara su historiador conectiqués Herbert  Eugene Bolton? ¿Por qué no existe hoy un mestizaje significado, a lo cinéfilo Pocahontas style, en sus ex Trece Colonias? La respuesta es clara: porque exterminaron a sus indígenas. ¿Cómo?: con limpiezas étnicas como la de los paquot masacrados por los padres puritanos, con cínicas mantas impregnadas de viruela para cobijar su invierno norteño durante la llamada guerra india, con la eliminación sistemática de las tribus autóctonas de la frontera en todo tiempo, con bebidas estimulantes hasta macerarles sus vísceras en alcohol…  ¿Por qué callan esas miserias, en vez de sacarlas a la luz, como el imaginativo Las Casas hiciera, publicando las nuestras en la propia España?¿Por que el testifical Mártires de la Inquisición Inglesa del jesuita John Gerard, no pudo ser publicado en Inglaterra hasta ¡1984!? Para un observador no anglo es fácil de responder, puesto que en aquella Albión contemporánea, los represaliados eran papistas de un país anglicano, cuyo papa era la propia reina Isabel I, juez y parte. Una furibunda perseguidora de católicos que controlaba mediante espionaje vecinal, y acusaba de sedicente a quien no asistiera al culto público, penado en primera vez a perder una oreja, a pena de muerte si reincidía. ¿Por que el angloamericano Día de Acción de Gracias, es para los indios wampanoags su Día Nacional de Luto? ¿No habíamos quedado en que todos comían amigablemente pavo compartido? Pero esas verdades adversas son silenciadas tanto en Albión como USA, donde se sigue comulgando con ruedas del molino de los padres peregrinos y su totémica ave desplumada.

 

En la Enciclopedia Británica ni se nombra a Blas de Lezo. Y nuestro profesor desprecia cuanto ignora, que es mucho, porque su insular cultura ignora cuanto le escuece, que no es poco. Para nuestro televisivo comunicador, todos los indios borrados del mapa, tal como les ocurrió a los paquot, quemados vivos con sus mujeres y niños en la llamada Masacre Mística, debían ser sin duda emisarios espirituales ante el Sumo Hacedor, para ver de retrotraer sus almas al predestinado Edén de los ingleses… Hasta Arturo Uslar Pietri, el siempre ecuánime y templado gentilhombre venezolano, ante tal desafino cromático, hizo sonar su armoniosa cuanto prestigiada voz, para acallar tamaña distorsión sónica del conocimiento y de la razón en pleno siglo XX. Los Expulsados de la Civilización no es su crítica malhumorada, sino  razonada concatenación de cordura, dolora en prosa de un savoir faire ante el inesperado bucle tribal de un prestigiado docente. Atrincherado en un poderoso medio audiovisual y su rango académico, este comunicador pretendía rociar su programa de erudición con su particular aspersorio hispánico. Un hisopo asimétricamente perforado por filias y fobias, que asperjaba su sopa de letras sobre un colectivo masificado, acrítico, zafio, sanchopancista, empantuflado… y sorprendido, a la vez que satisfecho, ante el sabor edulcorado de aquellos plasmas de hechura cabileña, ajustados milimétricamente a su capacete craneal insular. El amplio espectro de la civilización, tratado de forma simplista y aroma erudito, motivaron la incomodidad del llorado polígrafo caraqueño, tal como provocan hoy la nuestra. Con las propias tesis de John Ruskin que nuestro barón argumentara, Uslar Pietri razonaba en pro de la civilización hispánica para llegar a conclusiones diametralmente opuestas. No hay hallacas como las de mi mamá, es dicho de nuestra tierra caribe para significar lo apegado del paladar familiar a los sabores caseros. Y el mediático histrión, salpimentaba su hallaca televisiva dosificándola de tribales halagos, capaces de plenar de emociones sus anglófilas oquedades cefálicas. Pero lo que no pudo saber nuestro sabio caraqueño, es que tras generaciones de lisonjearse como elegidos por el dedo de Dios, este Sir inglés y muchos de sus emocionados escuchas, serían los precursores del Brexit social, apartheid europeo que había de estallarles en las manos durante la segunda década del siglo siguiente. ¡Onirismos de un evanescente Segundo Imperio ya marchito, cuando el Primero, niego a la mayor que lo fuera más allá de la propia vanidad inglesa, había brillado por sus elementales carencias humanas!

 

No se puede negociar con un país que viaja todavía en asnos, respondía no ha mucho el Premier Boris Johnson a un periodista que le preguntó por el futuro estatus de Gibraltar tras el Brexit. Si reclaman Gibraltar, les enviaremos la Armada Británica, contesto otro Jenkins del siglo XXI, sin desorejar por el momento. Dicho esto por dos autóctonos, un siglo después de La Rebelión de Ortega y Gasset ¿a qué nos suenan estas opiniones?… Nuestro pensador historicista cuenta cómo un minucioso corresponsal del The Times, enviaba detallados pormenores a su Redacción y las cifras más pulcras, para describir la situación de una Barcelona sumida en la guerra civil española del 36. Pero partía de suponer, como de cosa sabida y que lo explica todo, haber sido los moros antepasados nuestros. Lo cual, pese a su laboriosidad y supuestos aciertos, le incapacita absolutamente para informar sobre la realidad de la vida española, añadía. Algo así como suponer que el asilvestrado talante de la horda anglosajona en olor de brandy-dead que visita Magaluf, se debe a sus antepasados sajones… o que sus energúmenos hooligans encarnan una excrescencia humana brotada de sus genes anglos… Se precisa una información fidedigna, contrastada, que reclama una reforma de la fauna periodística… y algunas horas más de biblioteca en sus caletres, poco leídos y mal asimilados – añadimos nosotros – de la gran maestra que es la Historia. Y para hablar de la hispanidad es preciso conocer su unamuniana  intrahistoria, mientras que para esta cuerda de iluminados, lo que se publica en español no existe. La razón de ello, puede encontrarse en el patente desinterés del angloparlante isleño por las demás lenguas, que en su chauvinismo desconoce, unida a la citada paráfrasis del que envuelto en sus tópicos, desprecia cuanto ignora. Ninguno de ambos atributos favorece la lectura de cualquier fuente de datos objetivos en idioma ajeno. Y ya Unamuno nos advirtió oportunamente sobre la lectura que, cuanto menos se lee, más daño puede hacer lo que se lee… sobre todo si es lectura sectaria que riega páramos culturales, añadimos nosotros.

 

Ese país que supuestamente viaja todavía en burro, es quien maneja su aeropuerto de Londres a través del mayor operador aeroportuario del mundo, su banca tiene como filiales a dos de los principales Bancos británicos, acaba de construir el AVE a La Meca en detrimento de su tecnología, que volvió a desplazarla en la reciente variante del Canal de Panamá; pero que alberga gustosamente al casi medio millón de compatriotas residentes con un 15% de jubilados, que disfrutan de la seguridad social española, valorada como una de las mejores del mundo. Y que dan múltiples muestras de no compartir el estalagmítico prejuicio de su desgreñado Premier, aunque algún día lo compartieran cual pecadillo pre-púber. De lo que deducimos que hay otro sector de esa sociedad pasmada, que no se entera de su realidad, alelada aún como lo está, ante su biselado espejo decimonónico con marco dorado. Y hablando de Panamá, rebobinemos un reciente comentario de Milton Cohen Henríquez, su embajador en Madrid, quien en rueda de prensa sobre ese paisanaje que se supone viaja a lomo de burras, semilla otrora del mundo hispánico estéril de nuestro despistado Sir, recordaba off the record a sus contertulios, que era el mismo que había inventado el helicóptero, el submarino y el traje espacial, mil veces copiados luego. Que su medicina social había logrado hacer de su gente – junto con Japón – el colectivo humano más longevo del planeta, que era el primero en trasplantes de órganos humanos y se consideraba valorada su sociedad en la cumbre del bienestar universal, entre otras reflexiones lisonjeras tomadas en los medios informativos. Pero que sus ciudadanos eran, a su juicio, los únicos que no se daban por enterados de ello.

 

En contraste, la idiosincrasia inglesa que personaliza nuestro Sir, no deja de ser un suma y sigue diametralmente opuesto, que en próximas generaciones los europeos no parecen estar dispuestos a sufrir en propia carne, como tal vez le ocurriera a Humboldt. Cosas veredes, amigo Sancho, apostillaría harto de sufrirlo, quien dicen lenguas que lo exclamó, aunque nunca tal cosa hizo, este otro sólido, verdadero, equitativo, arquetípico español y universal Sir, apostrofado despectivamente por sus burlo-detractores como “El Quijote”, un hidalgo soñador atemporal desfacedor de entuertos. Figura cumbre indiscutida de la novela universal, concebida por Miguel de Cervantes Saavedra, otro expulsado de la civilización junto a Octavio Paz, Velázquez, Dalí, Diego Ribera o Picasso entre otros, por el conspicuo inglés de nuestro apólogo, erigido per se en juez universal infuso. Manco de Lepanto de por vida y más señas, tres veces herido en la mayor ocasión que vieron los siglos, donde los insulares ingleses ni estaban ni se les esperaba en aquel encuentro vital para Occidente y su civilización greco-latina y judeo-cristiana. Ni siquiera como escuderos, ni mozos de armas o polvorillas. Mientras the cold queen of England is looking in the glassDon John of Austria is going to the war… love-light of Spain ¡Hurra!… ¡Vivat Hispania! ¡Domino Gloria! no puede menos que exclamar  Chesterton ante la victoria de la Armada cristiana sobre la turca, en su emocionado poema de Lepanto. El mismo Gilbert K. Chesterton que proclama encarnar España la civilización misma, en un determinado momento histórico del siglo XVI, cuando el horizonte de su patria no pasaba más allá del empecinado robar la plata de los galeones españoles. Esa plata que serviría para construir su Banco de Inglaterra, tal como reconociese implícitamente el propio John Maynard Keynes tres siglos y medio más tarde, al reflexionar que cada libra que Drake trajo en 1580…  se ha convertido ahora en 100.000 libras. ¡Tal es el poder del interés compuesto¡

 

Y tal era el poder del interés compuesto también para aquella lengua romance alto medieval, que naciera entre la Cantabria y la Vardulia peninsulares en los albores del Condado de Castilla, que nada aportó al progreso humano, según nuestro trasnochado docente. La  lengua en que Dios le dio a Cervantes el Evangelio del Quijote, opinaba Unamuno, y la segunda (por el momento)  más hablada del mundo. Y una de las más prestigiadas, si no la más rica, tras su último hervor en el reverbero de matices expresivos y esencias americanas con sus préstamos nativos. Que el poeta nahua Natalio Hernández Xocoyotzin sintió encarnada en el ahuehuete, árbol nacional mexicano que cobija y da sombra, mientras se nutre en el suelo indígena que le transfiere sus aromasY hasta tal punto así, que hoy se tiene al viejo decir bogotano, arcano del habla de ayer aromado de esencias propias, un crujir de sedas virreinales, como una cierta fragancia sónica espontáneamente emanada de su gente. Eco de ella es esa leve musicalidad ondulante que destila el Gabo García Márquez – becqueriano rumor sonoro de arpa de oro  – legado escrito de su magistral prosa en Vivir para Contarla.

 

Como buen pueblo románico que en principio era, acabaron los castellanos divinizando su logos, su decir. Por eso, los pueblos románicos han forjado lenguas complicadas, pero deliciosas, de una sonoridad, una plasticidad y un garbo incomparables… lenguas hechas a fuerza de charlas sin fin – en ágoras y plazuelas, en estrado, taberna y tertulia – nos recuerda Ortega y Gasset. Por eso nos sentimos azorados cuando oímos emitir a los ingleses… esa serie de leves maullidos displicentes en que su idioma consiste… 

 

Un santo triste es un triste santo, conceptuaba a su vez en esa lengua complicada nuestra gran mística Teresa de Jesús, para desesperación de sus traductores. Compuesta la nuestra de una avenida de muchas lenguas, según el gran historiador jesuita Juan de Mariana (1536-1624), fue incorporando ayudas léxicas de cuantas fablas mascullaban los bárbaros germánicos que transitaron por siglos la península ibérica y que la nutricia lengua árabe vino a colmar. Como lapas fluviales adheridas a la dura madera del latín troncal, fueron apareciendo vocablos como pozo, queso, guardia, carrera, tregua, aceite…  en tanto la corriente de la Historia lo arrastraba aguas abajo henchido de humedad y macerado a golpes de ribazo. Apropióselo la cristiandad del norte que, con sus behetrías, asambleas, ordalías y venganzas de sangre, acometía la reconquista del sur con sus jarchas y zéjeles incluidos. Era un latín hirsuto, con marcado acento dialectal hispanorromano trufado de arcaísmos ibéricos, que los puristas del Lacio juzgaban despectivamente. Y los cristianos del sur, que las mesnadas castellanas iban incorporando a su guerra, apenas lo entendían. Teníanlo por bronco, rudo, montaraz, áspero al oído, no exento de rahez, más propio de bagaudas campesinas de las serranías vasconas, que de las formas de vida, tradiciones y fueros visigodos detectados en sangre. Era empero la herencia de aquella lingua latina hablada por la omnia gens hispánica de los Séneca, Marcial, Trajano, Marco Aurelio o Teodosio, que San Isidoro de Sevilla recopilara en sus Etimologías (año 627) mediante un alarde de erudición enciclopédica. Este esfuerzo supremo por salvar los muebles del mundo clásico, acabaría convertido por siglos junto al ptolemaico Almagesto (traducido en Toledo), en libro de cabecera y referente imprescindible del medioevo: primer escrito que dejaba constancia histórica del vocablo España. Pero aquellos decires sonaban aún a tañer de cencerros, crepitar de leña verde, chocar de falcatas, en tanto que desprendían tufo a pan de bellota, aprisco montuno y cánido ovejero. Fue Nebrija quien tuvo a bien bruñirlos como lengua del Imperio, y ofrecerle su Gramática a Isabel la Católica para la posteridad hispánica que encarnamos hoy. Y pasó a las Américas donde a los conquistadores… se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Así armonizaba su arraigo allende los mares Pablo Neruda, uno de nuestros once Nóbel de Literatura, que supieron tomar el testigo de los cervantes del siglo de oro, en pos de una ejecutoria de letras selectas, erario común de nuestra palabra escrita.¡Que buen idioma el mío, que buena lengua heredamos de los conquistadores torvos! – añadía el chileno -… que andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas… con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban con religiones, pirámides, tribus, idolatrías… por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… ¿Salimos perdiendo? ¿Salimos ganando?… Se llevaron oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras…  Y con ellas La Palabra, el logos griego que, como una semilla de carne y luz, significaba, además, La Verdad (añadamos a nuestro agnóstico vate): la perla más preciada de nuestro credo escatológico.

Figura 11- Bahía de Acapulco, hoy

 
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Contexto Histórico de Acapulco – IV

Figura 7a: Hatsesura Asemoto, primer embajador histórico del Japón en España

 

En 1740 estalla la Guerra de Asiento  o Guerra de la Oreja de Jenkins entre España e Inglaterra. Motivo real, fuera de disquisiciones leguleyas: el contrabando de comerciantes ingleses en costas del Imperio Español. España había permitido a Inglaterra el asiento de negros o libre venta de esclavos africanos, y el navío de permiso con capacidad de vender una vez al año 500 toneladas de mercancía en los puertos de Indias. Este tonelaje fue duplicado a 1000 toneladas anuales (1716), lo que tuvo que ser cubierto con varios navíos de permiso, dado el escaso arqueo tradicional de sus barcos. Ello vino a complicar el control del volumen pactado y multiplicar su contrabando a lo largo de 100.000 millas de costas virreinales. España se guardaba el derecho de visita, o control jurisdiccional por sus guardacostas sobre los barcos británicos que accedían a puertos hispanos. Este control incomodaba a los ingleses que, sin despeinarse siquiera, tildaban a los gestores españoles de piratas. Una vez más el calamar británico soltaba su turbia tinta para velar con ella sus culpas. Disimulo y ocultación de realidades fraudulentas, mercancías de matute a raudales, connotados falsarios envueltos en acartonado orgullo, eso, y no otra cosa, era lo que detectaron los marinos españoles. Entre ellos el comandante  Fandiño, que pilla in fraganti delito al tal Jenkins que da nombre a esta historia y a quien manda desorejar como a cualquier quídam. Un castigo sobradamente anunciado a, y conocido por, los transgresores de una ley de comercio ultramarino que a sabiendas ignoraban. Y como souvenir del veredicto le regala el seccionado apéndice, que el delincuente guardará en formol. Es lance sobradamente comentado, tal cual lo cotillearon los mentideros portuarios de la época.  Y así empezó todo: una buena oreja inglesa, que valía una guerra. Hoy nos parece ciencia ficción, pero en absoluto lo fue. Sus víctimas y destrozos históricos durante nueve años de guerra lo atestiguan. El supremacismo larvado del partido opositor, propalaba la idea de una España decadente, presa fácil para una Gran Bretaña poderosa y dueña de los mares. Ritornelo pertinaz del nacionalismo de las islas, tantas veces enfrentadas a su realidad. Apenas pasados veinte años desde la última intentona de coparle en su isla, el eterno  perro chico gruñón buscaba una revancha para su ego.

 

El partido guerrerista del Parlamento londinense recién creado, arremete contra el pacifista Premier Walpole, que, bien informado de la situación internacional, se verá obligado a declarar una guerra que no desea. Los belicistas en cambio y el almirante Edward Vernon con ellos, ven el oportuno casus belli para partir la América hispana en dos mitades y apropiársela por partes. Así de fácil. Vernon por el Caribe y el comodoro George Anson por el Pacífico, serán los encargados de efectuar la operación tenaza que yugule al Imperio Español y ponga fin a su secular arrogancia. De nuevo la eficaz propaganda protestante, lubrica la maquinaria nacionalista que desborda las calles. Pero Vernon sufre en Cartagena de Indias tremendo descalabro a manos de Blas de Lezo, que Anson viene a conocer tras la captura de una balandra chilena. Enfilaba ya su tajamar hacia la Ciudad de Panamá, el otro filo de la tenaza prevista, cuando tal noticia iba a cambiar su táctica bélica. Su cometido se centraría ahora en capturar el Galeón de Manila. Podía tal vez ser el golpe alternativo que estrangulase las magras finanzas de Su Católica Majestad. Y a ello encaminará en adelante sus intenciones.

 

Sobre su cartográfico top secret lacrado del Almirantazgo, el Comodoro marca las coordenadas de Acapulco para trazar desde su actual posición el rumbo a seguir, y a principios de  1742 se presenta ante la bocana de su puerto. El galeón manileño había llegado pocos días antes, y la feria, en su apogeo, habíale extraído ya su preciada carga de las entrañas. Un ataque en estas condiciones, produciría un desparrame general de personas y mercancías, desde los quioscos y puestos de la Planchada para adentrarse en el anfiteatro boscoso de La Sierra. Tras un primer cañonazo, toda rentabilidad de pillaje sería prácticamente nula a corto plazo. El saco de una feria desmantelada, en nada habría de resarcir el esfuerzo por lograrlo. Debía ser por tanto una acción fulgurante, porque, a otro plazo, la respuesta virreinal podría tornarse en trampa demoledora.  Luego de doblado Hornos y alcanzada aquella latitud, el comodoro inglés conservaba dos barcos, apenas gobernados por una marinería más entusiasta que experta. Comidos de fiebres y escorbuto, aquellos hombres no se encontraban en disposición de ataque alguno, pese al eterno milagro del brillo áureo en ojos menesterosos. Anson, millas de mar adentro, dudaba si esperar o no la salida del galeón en primavera. Tal vez pudiera desde allí escuchar los cañonazos del adiós y la cortés réplica del fuerte. Desde la posición desplegada con sus barcos, escrutarían cualquier aparejo de tres palos que apareciera por leste. Inútil espera: los barcos de aviso habían vuelto a cumplir su escurridiza misión, y esa primavera no sonarán ya las salvas de adiós al Galeón, ni traídos por el alisio lo  serán sus ecos que mar adentro esperaban oír.

 

Duras habían sido las jornadas que hasta allí le habían traído al comodoro inglés. Formadas sus tripulaciones a base de novatos de última hora, cuando no de sobreros veteranos o convalecientes del hospital de Chelsea, muchos de ellos hubieron de ser rechazados. En un barco auxiliar fueron devueltos a puerto, cuando su Centurión punteaba ya los rugientes cuarenta del Atlántico Sur en su ruta a Hornos. Su misión no parecía empezar bien. La operación tenaza del Almirantazgo era conocida por el espionaje español, y los barcos de aviso habían alertado ya todo puerto meridional atlántico y pacífico. Una escuadra de cinco navíos, 285 cañones y 2700 hombres al mando del general José Alfonso Pizarro, aguardaba su paso frente a la base naval del Atlántico Sur en Montevideo, dispuesta a salir tras el inglés y su sorpasso por el vértice continental americano. Atacaría  a la escuadra de Anson ya entrada en el Mar del Sur, donde sus 6 navíos de guerra más dos auxiliares, con potencia artillera de 230 cañones y 1700 hombres, no podrían recibir ayuda de la metrópoli ni de sus colonias atlánticas. Estos eran los planteamientos bélicos de la flota española sobre las cartas náuticas. Pero la durísima remontada del Cabo de Hornos iba a desarbolar ambas formaciones, la persecutora con mayores esloras, y la perseguida con más barcos. Cada cual lamerá sus heridas como buenamente pueda, lejos de la civilización y las ayudas, con resultado muy otro del esperado alcance. Pese a su mayor arqueo, las naves españolas no remontan los vientos huracanados del güeste y deben tornar maltrechas al Atlántico platense; el inglés logra pasar al otro mar, pero salva a duras penas la mitad de sus barcos. Cuando Pizarro lo intente por segunda vez y logre remontar el meridión americano, habíase ya perdido Anson en las brumas del piélago sureño.

 

Serán los científicos de la Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, midiendo a la sazón el meridiano de Quito, quienes a la llamada del Virrey, salgan del Callao hacia las aguas del estrecho. En una pequeña escuadra en corso formada por dos fragatas de 600 toneladas, van a tratar de interceptar la armada de Anson. Registrarán el litoral chileno y las Islas de Juan Fernández sin éxito, aunque sepan que por allí han pasado los barcos ingleses. Pero su comodoro  no se dejaría ver, hasta aparecer en las costas de Nueva España. Ambos marinos solicitarán volver a Quito cuando sepan que Pizarro ha tomado ya el mando de la Armada del Mar del Sur.

 

En mayo decidirá Anson levantar el cerco de Acapulco y poner rumbo a Macao. La estación está ya avanzada y los alisios refrescan, mientras sus nubarrones cargados de aguaceros, van espesando los cielos del nordeste. Desea escapar antes de la llegada de las primeras turbonadas y carenar allí las naves que siente pesadas, de poco andar y lenta respuesta. Pero solo su capitana, Centurión, sería capaz de alcanzar la colonia portuguesa. Con cartografía de la Royal Navy que distorsionaba vientos y corrientes, se verá obligado en determinados momentos a transitar, sonda en mano, entre un azar de escollos, islotes y  atolones no mapeados e indetectables a pocas millas. Sin suficiente aguada ni víveres e ignorando dónde hacerla o conseguirlos, su aleatoria y existencial derrota, prácticamente a ciegas, iba a ser un canto a la vida y a la fortuna de aquellos hombres al borde de la inanición. Mientras alentaba el céfiro tropical, sus singladuras fueron pasmo rendido de la diosa Fortuna, que aún conserva dilatadas – dicen sus biógrafos – sus asombradas pupilas. Fue pura réplica del fantasmal tornaviaje del patache San Lucas de Alonso de Arellano dos siglos antes, pero sentido inverso: como entonces se dijo, era también ahora el Cielo quien salvaba sus vidas. Luego de contemplar durante semanas gaviotas y aves migratorias en vuelo al sur, atisbaron al fin los verdes ribazos de una de las Marianas, donde los nativos mantenían hozando piaras de cerdos. Era la isla de Tinián, y en ella fondeará el Centurión para tomar el soñado contacto con suelo firme, luego de meses de incierto balanceo. En botes a remo desembarcaron los menos enfermos, que compraron y robaron cuanto pudieron, para seguir prestos avante. Más de un multicasco aborigen, de raudo y buen gobierno, salió en su seguimiento que, empero su frustración medrosa, no osaría aproximarse al navío de guerra extranjero.

 

Tampoco el arribo a la costa asiática iba a resultarle fácil al marino inglés. Los chinos le recibirán recelosos en sus aguas, que solo los comerciantes lusos franquean amigablemente. Pese a ello, logrará remontar el delta del Río de las Perlas hasta entrar en demanda de carena en la isla portuguesa de Macao. Una vez carenado el Centurión, se abastece de viandas, adquiere mapas y reponen fuerzas sus hombres, para regresar a las Filipinas y apostarse a socaire del cabo Espíritu Santo. Se trataba del referente rocoso que cada Galeón de Acapulco enfilaba en su rumbo al estrecho de San Bernardino, cruce interinsular obligado hacia Manila. Allí sorprenderá en junio de 1743 al confiado Nuestra Señora de Covadonga, que habiendo iniciado dos meses  antes su viaje felicísimo,  trae la cubierta repleta de ganado vacuno recién comprado en Guam, que habrá de arrojar al mar para entrar en combate. El adelanto de fechas sobre el paso del Galeón de Acapulco por el cabo Espíritu Santo, hace que su gemelo Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, no haya llegado aun a su cita anual para acompañarle hasta Cavite.  Su felicísimo cruce del Pacífico le había vendido. Cuando el Covadonga advierte las velas de Anson, hacia ellas toma rumbo pensando encontrar al Pilar. El equívoco se desvanece cuando el Centurión iza bandera de combate. Es ya demasiado tarde; el inglés le ha ganado barlovento y atajado su posible escape hacia la cercana costa. Pero no por ello va a rehuir el encuentro, pese a sus trece cañones de nave merchanta frente a los 60 bronces del navío de guerra inglés. La calma reinante no impide al Centurión ir ganándole barlovento al Covadonga. Su carencia de carga y el reciente carenado, le confieren un grácil y escurridizo andar bajo la ventolina mañanera. Dos horas después de avistado lo tendrá al alcance de sus cañones, que retumbarán los primeros sobre la mar bella de aquella lluviosa mañana del verano austral. Solo el abordaje que ya buscaba, podía salvar al Covadonga. Abordaje que el ágil Centurión, bajo de hombres pero cañones rotundos, iba a tratar de evitar. La superioridad artillera del inglés sería sin duda quien decidiera la suerte del combate. Y así fue. La compacta madera filipina de su casco, no pudo soportar la lluvia de proyectiles que recibía el galeón. Y tras dos horas de guerra galana, diezmada la tripulación, aniquilados sus fusileros, moribundo su comandante, y desarbolada la nave, el Covadonga se rinde. Hay fuego declarado en la sentina del Centurión que puede hacerlo saltar por los aires, pero Anson sabe mantener la calma en los momentos críticos hasta lograr dominarlo. Tras ello cambiará de barco a los 300 prisioneros hispanos que cobija y vigila en su propia bodega. Y con el Covadonga escorado y a remolque, se presentará en Macao, donde vende el galeón capturado, libera los presos, repara el desportillado Centurión e inicia el regreso a Portsmouth. Carga una fortuna de un millón cuatrocientos mil sonantes pelucones y 4500 marcos de plata en lingotes de la Ceca mexicana, el más importante banco mundial fáctico de aquel siglo. Saldrán en su busca dos galeones desde Cavite, pero solo hallarán en Macao a los supervivientes del Covadonga, a tiempo de embarcarlos y regresar a Manila. Habían pasado dos meses y el Comodoro inglés, por aquellos días, doblaba ya el Estrecho de Sonda en su escape hacia el Índico.

                           Figura 8: La captura del Galeón de Acapulco

 

Un año después, en el Canal de la Mancha, le esperaba al Centurión la escuadra francesa, aliada de la española en esta guerra, que no lograría distinguir sus velas en la cerrada niebla que invadía aquellas aguas. Su estrella iba a brillar sin duda hasta el final del mundo. Era una de las presas navales más cuantiosas de la historia, pero que con solo paciencia, intuición, saber hacer y tempo histórico, no hubiera conseguido jamás un final feliz. Precisaba de la oportuna suerte, que acompañó en incierta carambola al marino inglés, como imprescindible patrimonio gratuito que todo ganador precisa para culminar su empresa con éxito. La gesta fue sobradamente cantada en la isla, cosa que sin duda merecían su tesón y su astucia. Pero sus corifeos dejaron para el arte pictórico, un imaginario encuentro naval que difiere de la realidad habida entre el Centurión y el Covadonga. El rigor histórico quedaba en él supeditado a la propaganda A.M.G.D. que habitualmente primaba en su patria. Ni el Centurión pretendió emparejarse al Covadonga, ni era menor su obra muerta ni su porte velero, que los del galeón filipino, como parece deducirse del lienzo que inmortalizara en Britania aquel desigual combate. La nave novohispana tenía 36 m de eslora (50 codos de quilla), frente a los 31 m del Centurión (42 codos de quilla), pero su mayor manga emparejaba en 1000 toneladas el arqueo de ambas. Con mayor manga y menor eslora, precisaba más vela para un mismo andar. Esa mayor superficie vélica dábasele alargando mástiles y aumentando la facha del velamen. Por dos razones: la primera, porque comparativamente podía elevar trapo sin apurar la escora, dado el mayor poder de su manga; la segunda, porque en las encalmadas, captaba mejor el leve céfiro que se desliza, imperceptible pero eficaz, algunos metros sobre el plato marino. Tal el caso del combate presente y el lento resguardo cobrado por Anson, con un rumbo de colisión mantenido para interceptar todo posible escape. Licencia artística a parte, el sentido nacionalista del pintor lleva su pincel a una conclusión emocional, formalmente errónea. Empequeñecer lo propio y magnificar lo ajeno: efecto Goliat como fórmula bíblica recurrente. Se trataba de escenificar la victoria de un terrier frente a un bulldog, pese a las realidades concretas del caso, que para nada importaban. Por eso el Centurión debía ser más pequeño, más David, menos importante y poderoso que su ocasional Goliat, a fin de magnificar el grandioso triunfo de las armas inglesas. No nos olvidemos del “nunca fuimos tan pequeños ni tan grandes” brotado del alma sincera de un Chesterton exultante con la angustiosa victoria de su Armada frente a la invasión de su isla por Felipe II. Lo que olvidó esta vez la propaganda británica fue que el Covadonga, cargado a tope, solo disponía de espacio para armar los 13 cañones que llevaba operativos. Cabe suponer que el autor del cuadro participara del síndrome Hume, como el pensador escocés que lo intitula, quien sentenciara a los españoles como incapaces de gobernar unos barcos tan pesados… mucho mayores que ninguno de cuantos hasta entonces se habían visto en Europa (léase vistos por ellos, naturalmente), como lo eran los galeones oceánicos de la doble Carrera de Indias anual. Para más adelante, sacar pecho ingenuamente, cuando la Royal Navy devino fruto maduro con barcos potentes, y aprendieran sus pescadores de Cornualles las lecciones de navegación para adultos, entonces, nuestro fatuo filósofo sentencia que los mayores buques de aquella famosa Armada figurarían hoy escasamente en tercera fila de la marina de Inglaterra…. Es decir que lo que era ingobernable por gigantesco para los españoles, resultaba calderilla para los superdotados ingleses, cuya exploración americana había estado tan fuera de su alcance, que optaron por delegarla a nautas itálicos y portugueses… desde tiempos de Enrique VII Tudor. Es decir, desde que se enteraron que América existía. A veces uno debe pellizcarse para no flipar si leyere a ciertos autores de aquella isla. Conviene no olvidarla como nación que inventó el autismo propagandista como la más rentable empresa de su parque temático. ¡Tan eficaz que ellos mismos se toman hoy en serio lo escrito por sus corifeos de antaño! ¿Qué canal de TV no emite documentales que cuenten logros Made in England por ella misma narrados y loados? ¿Acaso no estamos viendo su elefantiásica autoestima en el Brexit que se les avecina? Para Samuel Scott, el alabado artista que pintó la captura del Covadonga en versión inglesa, la desigual potencia artillera entre ambos barcos era detalle irrelevante. Para el Almirantazgo, y la claque nacional-anglicana, lo fue todavía menos. Lo importante a sus ojos era que el David anglo había vencido de nuevo a otro Goliat extranjero… español para más señas. No debía funcionar muy bien el recién implementado correo inglés de la época de Hume (1760), porque nuestro pensador tildaba a los astilleros ibéricos, inventores para el mundo de la carabela y el galeón, de  hacer barcos tan mal construidos y manejarse con tanta dificultad, que apenas podían hacer con ellos los mejores pilotos ninguna evolución… Pedantería supina de quienes antes de 1525 apenas habían vislumbrado la costa firme americana, cuando Elcano había ya regresado de su vuelta al mundo, y los portugueses consolidaban sus bases de China y Japón con aquellas mismas naos o sus variantes. Por esas fechas la navegación británica de altura estaba encargada a italianos (Caboto padre e hijo) o portugueses (Fernández Labrador y hermanos Corte Real), porque los ingleses, con su depurada ciencia marinera y sus ágiles cascarones, no se alejaban más allá de la longitud geográfica de las Azores. ¿Por qué? Simplemente porque desconocieron la navegación astronómica hasta entrar en contacto con los nautas italoibéricos. Y el gran Hawkins, de la generación posterior, lucía como joya preciada el Jesús de Lúbeck de 600 toneladas, botado en astilleros del Báltico y capturado junto al resto de su escuadra por la Armada de Barlovento en San Juan de Ulúa (1568), en ocasión que estuvo a punto de costarles la vida a él  y al joven Drake. Comprado a la Liga Hanseática por Enrique VIII, fue su hija la reina Isabel, quien se lo regalara como acicate del prototipo del porte deseado por la Corona. Recompuesto después de su captura por los españoles, acabaría sus días como nave merchanta al servicio del comercio veracruzano. Está visto que la investigación histórica desmiente patrañas fósiles… ¿no crees amigo Sancho?.

 

El siglo de las luces iba a traer al Océano Pacífico las grandes expediciones científicas de la Europa ilustrada. Bougainville, Tasmán, La Perousse, Cook, Balmis, Vancouver, Malaspina, Bering, Bodega y Cuadra y tantos otros, contribuyeron a darnos noticia del gran Océano y sus gentes, hoy conocidas. Inglaterra hizo del Reino Unido de la Gran Bretaña la potencia dominante del siglo, con un desarrollo tecnológico e industrial sin parangón, que el mundo valora y le reconoce sin ambages. Arropada por su Segundo Imperio, llegaría a ser la primera potencia mundial del siglo XIX. El perro chico, habíase pasado de terrier a bulldog. Como potencia dominante, intentó ahormar la opinión mundial con su tentacular imprenta, cuando ya la prensa estaba alcanzando una relevancia masiva, articulando su parcialidad nacionalista y protestante en resguardo de su prestigio nacional. Todavía los EEUU no habían inventado su taylorización productiva, ni su rodillo propagandista había comenzado andadura visible. Pero ya la Gran Bretaña mostraba a su hijuela cómo exportar maneras de vender autoestima a los vientos.

 

Émulos de su maestra británica, iniciaron los USA una producción y marqueting capaces de motorizar la colonización del far west, el trazado de los ferrocarriles continentales, y la fabricación en serie de todo bien capaz de colmatar las carencias del Oeste. Ahíto de famélicos europeos de entreguerras, iba el Este a vender sus manufacturas a un Oeste poblado a catapulta con el sobrante campesino que aquella inmigración le proporcionaba. Y por si algo faltara, algún filón aurífero californiano vino a inflamar la cantiga del dinero fácil, inyectado ya en vena, desde los consulados yankis, a la menesterosa turba que acabaría desembarcada en Manhattan leyendo con la mirada aquel mundo desconocido. Quince millones de emigrados en medio siglo fue su resultado, con una taylorización a pleno rendimiento. La mano de obra europea del Este construía armas e implementos que los ferrocarriles, transportaban y entregaban de seguido a los expectantes colonos del Oeste. Esta premiosa demanda alargaba los caminos de hierro más y más hacia el Pacífico, mientras en el Este proliferaba la fabricación de rieles, máquinas de vapor, vagones,  ruedas, boogies, cambios de agujas, topes… pero también de aperos, alambradas, arados, bombas de émbolo, clavos, poleas, tubos, cabrestantes molinos y armas, muchas armas, que animaban las finanzas del país. Un país cuyas tres cuartas partes se enredaba en una guerra de supervivencia: los indios en defensa de sus vidas, campiñas y tradiciones, los colonos atrapados en un medio hostil donde subsistir, frente a la agresividad salvaje de la naturaleza y los aborígenes. ¿Se han preguntado los norteamericanos de aquella catarsis, y quienes reventaron los diques de la caótica marabunta humana eufemísticamente llamada conquista del oeste, si los indios que aniquilaban a su paso eran dueños legítimos de la tierra que pisaban? ¿O si la suya era o no una guerra justa? Su revolutum de sectas protestantes cada cual con su credo, sus órdenes religiosas prohibidas o perseguidas por siglos, impidió asumir una salmantina ética humanista concreta. Prácticamente sin Dios ni Ley, se abatió sobre los territorios novohispanos de Texas, Nevada, Colorado, Arizona, Nuevo México, California y Oregón entre otros, un código visceral de apetitos, sincopado oportunamente por armas de fuego cortas y largas.

 

¿Sospechaba siquiera el Buffalo Bill Campeador lo que era una guerra justa contra los indios, fuera de las carpas, la bufonada circense, y los dólares que embolsaba?  Inconcebible hubiera resultado este planteamiento en el contexto del far west del siglo XIX. Tal duda habíase planteado en profundidad más al sur, cuando los papistas que habían llegado tres siglos antes, con la espada en una mano y la cruz en la otra, y un sentimiento trágico de la vida que Unamuno estudiase, pusieron a pensar a los sabios de Salamanca y el mundo, en un enlace concatenado de la ética aristotélica. Era época mercantilista, severa, creativa y pensante, llamada Renacimiento, y aferrábanse con su diestra a la cruz sus gentes, aunque doblaran mandobles a siniestra. Pero en el tópico far west privaba el todo vale del becerro de oro, siempre que rentase beneficio al interesado y a su comunidad. Las tablas de Moisés era un recuerdo ancestral de la famélica Europa, y la Religión un asunto privado. No lo pensaron entonces los predecesores británicos, ni lo harían posteriormente sus herederos yankis, que jamás se plantearon en conciencia la duda metódica del ethos indígena. Mientras transcurría este no pensar, la frontera oeste de sus plantaciones del Este, avanzaba implacable a golpe de colono británico contra las tribus del limes. Era una consecuencia vergonzante del comportamiento histórico de los ingleses en Irlanda desde Enrique II Plantagenet (1170), donde no existió tolerancia ni atisbo de integración con los gaélicos, seres inferiores, excluyentes, que había que segregar y exterminar. Tampoco existía esbozo de Ley que humanizara al indio en defensa de sus bienes, frente al proceso usurpador de tierras y vidas que sufría, simplemente porque sus propósitos eran meramente económicos. Cinco siglos después, el mercantil interés de grupo seguía imponiendo su rigor sobre cualquier ética de convivencia humana. No existía voluntad convivencial en el coloniaje inglés, lo que puede resultar comprensible. Pero es que tampoco existió nunca una veraz legislación humanista de su Corona, clara y decidida, en protección del habitante más vulnerable de sus Colonias, lo que resulta incomprensible. Y habitantes de sus Colonias eran las tribus indias que dentro de aquellos límites vivían. ¿Qué civilización le aportaba al receptor indígena americano el mundo inglés?

 

Al principio, como minusválidos hijos pródigos de su Corona, los planters compraron aquellas tierras a precios dolosos, engañando a indígenas carentes del sentido de propiedad y del concepto monetario del valor de sus bienes. Más tarde consideraron que eran sus tierras apropiables, puesto que jamás habían conocido aquellos salvajes la propiedad privada: carecían por tanto de todo derecho a ella por no estar socialmente organizados. Finalmente, en la medida que el derecho británico progresaba, adquirieron la certeza de que por derecho de conquista, la soberanía territorial de las colonias era propia del Rey de Inglaterra e incompatible con la de jefe indio alguno. Y el Rey, concedía tierras a sus súbditos que debían apropiárselas y defenderlas. Un nuevo Moisés que trasmitía a su pueblo: El Señor, nuestro Dios nos lo entregó y lo derrotamos… no dejamos vivos a hombres, ni a mujeres, ni a niños, salvo los animales que habíamos apresado y el botín de las ciudades conquistadas… En todo caso se trataba siempre de un enfoque meramente económico, con una repercusión ética e intelectual, si es que la hubo efectiva, infinitamente menor que en la España de siglos anteriores, aunque en determinadas etapas dejase ésta sentir su influjo salmantino sobre aquel.

 

Tampoco humanizaron este planteamiento sus herederos yankis. Ningún reproche se han hecho ante la Historia. ¡Todo lo hicieron bien, que envidia! ¿Cavilaron los embrionarios padres peregrinos de la América protestante sobre el indio como ser trascendente, salvo para condenarle al infierno por no estar predestinado al cielo por el Eterno Hacedor? ¿Que otra cosa que tratar de exterminarles y encorralar su sobrante en reservas, para limpiar sus praderas ancestrales, hicieron por ellos sus hijos americanos? No más pavos compartidos ni melifluas Pocahontas del primer momento, migajas sensibleras que pronto se tornaron en una intransigente realidad étnica. Comprendieron los indios el monumental engaño que les estaban vendiendo y se revelaron provocando una matanza de colonos. La contrarréplica inglesa fue demoledora y persistente en vidas y actitudes. Como en el caso irlandés, nunca  aceptaron mezclar su sangre británica con la india, ni integrar a los amerindios en su sociedad colonial. Solo la exclusión, la intolerancia y la segregación  fueron una constante de su actitud frente al indígena. De ahí la práctica inexistencia de mestizaje en las Trece Colonias y su heredera USA.

 

La actitud en Nueva España era muy otra, y en 1791 Alejandro Malaspina entra en la bahía de Acapulco con sus corbetas, dos pequeños barcos de guerra manejables, ligeros y rápidos. El cometido científico que trae su expedición, no eclipsa su olfato de sagaz marino y brillante militar. Viene bojeando la costa pacífica haciendo observaciones astronómicas, levantando mapas, tomando alturas, clasificando rocas y plantas, estudiando aves y peces, dibujándolo todo. Ingente labor iba a ser la suya, con más de setenta cartas náuticas levantadas, junto a cientos de catálogos colmados de dibujos sobre vegetales y minerales. Su expedición científica iba a ser la más completa que enviara nunca España, cuya monarquía dedicaba al desarrollo científico un presupuesto incomparablemente superior al resto de naciones europeas, opina el hispanista británico Fernández-Armesto en Las Américas. Ninguna ciudad del Nuevo Mundo, sin exceptuar las de los EEUU, poseía establecimientos científicos tan sólidos y grandes como los de la capital mexicana, corroborará a su vez Humboldt tras dedicar su devoción y estudio a los ejemplares allí recopilados. La humanidad debe gratitud eterna a la Monarquía española por la multitud de expediciones científicas que ha financiado para hacer posible la propagación de los conocimientos geográficos, anotaría a su vez el sabio berlinés al comprobar la magnitud del trabajo cartográfico hispánico en el Pacífico… Pero, a fuer de sinceros, hemos de reconocer que la Monarquía española, no hacía sino repartir con sentido de Imperio, las riquezas mineras que los virreinatos del Perú y Nueva España le proporcionaban, porque las peninsulares tiempo ha que habían sucumbido, si es que alguna vez existieran.

 

Estricto cumplidor de su cometido, Malaspina sale de puerto a los pocos días rumbo a la costa norpacífica, donde buscará, infructuosamente, por expreso mandato del Rey, el paso del noroeste nombrado tradicionalmente como Anián. Visita el puerto español de Nutka, la bahía de Yacutat, el estrecho de Juan de Fuca y el fiordo del Príncipe Guillermo (seno costero del golfo de Alaska), tomando referencias orográficas que probarán la inexistencia del paso buscado. En el fondo, su preocupación capital eran los nuevos asentamientos rusos en Alaska, y su vecindad con Valdés, Córdova y otras dependencias árticas españolas, sin olvidar la amenaza latente de los traficantes ingleses y franceses que habían aprendido ya el camino de las pieles, tanto por mar como por tierra. Camino que había comenzado en Acapulco (1783) con un primer envío de 700 cueros de nutria marina, traídos por los barcos novohispanos que recorrían las misiones de la costa norte. Llevados a Manila en la Nao de la China, serían vendidos en Cantón, Río de las Perlas arriba. Repetida en el siguiente galeón la misma rutina con otras 1200 pieles, se estaba creando una nueva y fructífera ruta de comercio. Contra esta venta, se adquiría ventajosamente en Cantón azogue para las minas novohispanas, dejado en Acapulco por el propio Galeón de Manila. Con estos haberes regresaría Malaspina de Alaska unos meses después, para partir hacia las Filipinas y proseguir su científico empeño. A su marcha, arrancarán varias iniciativas científicas y militares a Nutka, Murgabe y otras dependencias hispanas del Pacífico norte, que él mismo había previsto hacer tras su corta y fecunda estancia en la base naval de San Blas.

 

Como complemento del viaje exploratorio de Malaspina, al año siguiente Juan Francisco de la Bodega y Cuadra, Comandante del Departamento Naval de San Blas, partiría hacia Nutka para entrevistarse con George Vancouver a dilucidar la soberanía de la costa entre Nueva España y el Canadá británico. Veinte años de estudio cartográfico de su departamento, habían fructificado en una colección de levantamientos que, desde las islas Aleutianas hasta la bahía de San Francisco, completaban el perfil de la costa norpacífica,  cuya posesión hasta Punta Gravina España reclamaba (1789). En recuerdo de la negociación y sus comisionados, la gran isla anexa a la región de Nutka quedó registrada en la cartografía oficial como Isla Quadra y Vancouver. Acabada su gestión, el limeño Bodega y Cuadra se retiraría de la pacífica trata, a la espera de las pertinentes consultas con los gobiernos centrales de las partes. Roto el Pacto de Familia con Francia a causa de la Revolución Francesa, España se retirará de la zona ártica frente a la nueva estrategia europea asumida por Madrid. La recién nombrada isla con el nombre de ambos adalides de la reconciliación, pasaría a conocerse como isla Vancouver por unilateral decisión inglesa que así la registró de facto, olvidando consensos previos. Nuevo matiz excluyente, destilado por un acíbar nacionalista de siglos, antipático hasta el hartazgo, muy lejano del fair play que proclaman sus farisaicos corifeos de oficio.

 

Por aquellos años había empezado a gestarse en la Corte de Carlos IV, la que sería conocida como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, gigantesca operación destinada a combatir la elevada mortandad infantil causada por la viruela en el Imperio español y en el mundo conocido. Liderada por el médico alicantino Francisco Javier de Balmis y Berenguer, iba a encontrar pronto eco en el propio Rey, que había perdido una de sus pequeñas infantas a causa de este mal. Como Cirujano de Cámara de Carlos IV e investigador de gran preparación científica y práctica, Balmis va a lograr sacar adelante su complejo proyecto, tras diez años de elaboración logística y técnica. En 1803 partirá la Expedición de La Coruña rumbo a las Canarias, el Caribe y la Tierra Firme; en tierras americanas se dividiría en grupos según áreas continentales previamente asignadas. Cada grupo, dirigido por un médico, además del cupo de niños inoculados portadores del virus activo, sus cuidadoras, y el personal subalterno médico y administrativo correspondiente, llevaba un Libro de Reglamentos, explicativo de protocolos, directrices y procesos a seguir. El Libro resultaba básico para el buen uso y apoyo de los médicos locales, una vez que la expedición hubiese tomado camino. Sólo médicos licenciados podrían administrarlo. Dirigida por el propio Balmis, la expedición llegaría un año después al puerto yucateco de Sisal. Mérida, Campeche, Veracruz, Jalapa, México, son las primeras estaciones novohispanas de aquel vía crucis filantrópico. El virrey Yturrigaray le recibirá en la capital sin protocolo alguno, alegando no haber recibido notificación de su llegada. La mala química de entrambos va a crear roces que entorpecerán el desarrollo de la vacunación en suelo novohispano. El médico alicantino, veterano conocedor de las prácticas medicinales en  Nueva España, habíalas ejercido allí en varias ocasiones y diferentes años, e investigado plantas que aplicar como tópicos remedios amerindios para diversas enfermedades europeas, la sífilis entre ellas. Conocía sobradamente las infraestructuras hospitalarias, educativas e investigativas del país, y por ello le reprochará al Virrey las pésimas condiciones de alojamiento asignadas a los niños portadores de la cepa viral madre: su tesoro más preciado. El ruido social capitalino generado por esta causa fue tal, que acabarían los muchachos aposentados en el Seminario diocesano.

 

En Ciudad de México, la doble tarea didáctica y práctica que requería la vacunación masiva en curso, sería repartida en cinco grupos a desplazar en puntos previstos del protocolo. Estas estaciones del supuesto calvario, serán las ciudades de Puebla, Oaxaca, Guadalajara, Zacatecas, Durango, Valladolid, San Luís de Potosí y las provincias interiores. Y su último paso,  Acapulco, de cuyo puerto iba a partir la expedición hacia Manila, Macao y Cantón en 1805, donde completaría un largo y humanitario periplo antes de regresar por el Índico a España. Considerada con el rimbombante léxico de su época, como uno de los grandes hitos de la humanidad, lo cierto es que en Nueva España dejó vacunados contra la viruela a más de 100.000 niños criollos. Era el primer éxito mundial de vacunaciones masivas en ultramar.               

             

Otra expedición científica, esta vez la de James Cook, se considera hoy en amplios círculos académicos una estratagema, una añagaza británica aditiva, para comprobar in situ – sospechan los más – la idoneidad de las cartas robadas durante la ocupación de Manila, a la vez que propagar, como propios, los descubrimientos, de su dueño tal vez olvidados que diría el poeta, en ellas dormidos. Una carambola maestra. Pretextaban la conjunción astral del Sol con Venus y su cruce sobre el disco solar, para objetivar las longitudes geográficas, asignatura del cosmos pendiente en aquella época. Y visos de añagaza tiene a ojos vistas hoy. Aquellos mapas, derroteros y cuadernos de bitácora, evidenciaban la existencia de la Terra Australis y el archipiélago de las Hawai, entre otras muchas islas referenciales del Lago Español, como la propia Tahití, descubierta por Pedro Fernández de Quirós partiendo del Callao siglo y medio antes, designada ahora para observar el fenómeno astral. Ordenes lacradas le conminaban, una vez terminada la observación, a dejar la isla y proseguir sin demora el plan de exploración previsto por el Almirantazgo. Albión en su cenit, debía hacerse perdonar su segunda asignatura pendiente en aquella parte del mundo: una ausencia secular de sus aguas, excepto para rapiñar logros hispanos desprevenidos, flotantes cuando no firmes.  Era el momento propicio para pasar de matute, una vez más, su cantado mutis histórico del concierto Pacífico, trocándolo en oportuno esplendor científico primero, emprendedor después. Con un trasfondo didáctico, se trataba de formatear de un plumazo la conciencia mundial. Había que borrar y abrir cuenta nueva de su omitida presencia histórica en el Mare Clausum Britanicum, como acertadamente lo llamara el chileno Vicuña Mackenna. Bajo el oportunista enroque planetario que Venus le brindaba, la Inglaterra científica aparecía en el Mar del Sur entre mediáticos atabales y apocalípticas trompetas. Y su éxito fue tal, que hasta hoy se desgranan sus letanías de entonces. Surgieron por todas partes imágenes con un Cook catalejo en ristre, acechando el cielo, oteando el horizonte, contemplando mapas, observándolo todo. Las máquinas impresoras multiplicaban revoluciones y estampados, y la imagen del teniente inglés, travestido en nuevo Galileo, cruzó rauda los continentes y los mares. Y los sigue cruzando, con su incombustible anteojo de prisma óptico. Pero su impostura descubridora del mundo pacífico leído en planos ajenos, iba a superar todo el ruido de fondo que arrulló sus viajes oficiales, pese a la discrepante, por discreta, opinión que siempre mantuvo al respecto el gran navegante de Middlesbrough.

 

  • Al regreso, tras la fortuita muerte del marino ingles, la expedición de Cook informará sobre los bancos de ballenas avistados en costas de la Alta California (1777), especie muy rentable, ya en vías de extinción por aquellos años en el Golfo de Vizcaya. Los navegantes españoles hacía décadas que conocían esta presencia en el Pacífico Norte, desde Las Aleutianas y Alaska hasta la California Sur, detectada ya en sus primeras expediciones al norte de Oregón y la bahía de Yacutat. Pero nada habíales supuesto a sus balleneros, básicamente cantábricos, que gobernaban las campañas en aguas de Terranova desde la época de Colón, cuando menguaban ya sus avistamientos en el mar Cantábrico. El comportamiento de los cetáceos no pasaba desapercibido a quien surcase aguas californianas, donde hembras y ballenatos, se aproximaban curiosos a los barcos que las hendían. Los británicos estaban descubriendo con Cook, más que un mare nostrum español, otro punto negro, tan ignoto como el percibido sobre el disco solar, pero candidato sin duda a convertirse en nuevo espacio de luminoso comercio. Y las albricias plenaron los diarios de la época. ¡Cook descubridor en el Pacífico! Noticia que iban a magnificar los medios impresos de la metrópoli.

                          

Los balleneros británicos, ajenos a toda conjunción astral, diplomática o no, doblarían el Cabo de Hornos pocos años después, en busca del cacareado cetáceo. En 1789 constatarían los guardacostas de Acapulco, los primeros avistamientos de sus barcos en aguas de Nueva España. Se trataba de naves europeas y americanas que complementaban pesca y contrabando, bajo amagos histriónicos de balleneros en tránsito. De nuevo salía a escena el consabido coro matutero con marchamo inglés. La eterna impostura de Albión. El contrabando resultaba un provechoso complemento del aceite de ballena que negociaban en Europa, junto a las pieles de nutria y foca que pensaban vender en Asia. El largo y costoso viaje desde Inglaterra y vuelta, lo compensaban vendiendo productos sin control por las costas del Pacífico hispano. Nuevos Jenkins de la falacia y el tapujo, buscaban apartados puertos del norte o sur del Pacifico, donde trasegar mercancías off the record. Otros en cambio, de matute más profundo, aprovechaban la campaña de invierno para vender en China las pieles negociadas con los tramperos indígenas.

Figura 9: Costas balleneras de Nueva España. Tomado del Planisferio del Autor

 
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Contexto Histórico de Veracruz – VI

                        Figura 14: Los Caminos Reales de Nueva España. Finales siglo XVIII

 

El conocido como Camino de los Virreyes entre otros nombres dados al existente  entre Veracruz y México, iba a encontrar continuidad hasta Acapulco con el Camino de la China, adscrito al mercadeo exterior con las Islas del Poniente. Vinculado el primero a la producción y consumo internos del país, iba a ser sin embargo asociado al tránsito de los impuestos reales, el situado virreinal, el correo y las compras sevillanas. Incorporado el nuevo mercado asiático al quehacer económico del virreinato, el Camino de la China vino a  enlazar con los ya existentes caminos a Veracruz, Zacatecas y Oaxaca en la capital, prolongados más tarde por el norte hasta Chihuahua y Santa Fe (Nueva México) con el nombre de Camino de Tierra Adentro, y hasta Tehuantepec y Guatemala por el Sur con el nombre de Camino de Guatemala. Los tres Caminos vitales de la China (408 Km, 20 días), de los Virreyes (412 Km, 22 días), y de Tierra Adentro (1.600 Km, 3 meses), llegaron a constituir junto al Camino de Guatemala, una red de caminos carretiles (vulgo carreteras) estimado en 7.600 Km distribuidos en 55 rutas diversas para el tránsito rodado. Añadida a esta red carretil, habíase creado otra para herradura, próxima a los 20.000 Km, distribuidos en 105 rutas. Este formidable conjunto de vías de tránsito se alcanzaba a fines del siglo XVIII, cuando los nacientes Estados Unidos apenas llegaban a cubrir con las suyas un 10 por ciento de esta realidad. ¿Puede extrañar hoy que sea Patrimonio Universal de alguien y algo, esta caminería? ¿No se cita acaso como futurible candidato, a la indetectable traza del llamado Camino de Oregón?. Transitado desde San Luís Misuri por un aluvión de enviscados europeos del siglo XIX, vagabundos de su albur y mediatizados por la propaganda oficial. Avanzando no importa si por valles, riberas, linderos o praderas hacia un soñado Oeste, sin medio metro de empedrado carretil pero sobrado conductismo del Este. Era un juego político preciso para sacárselos de encima y largarlos a la costa oeste que poblar para crear mercado. Allí les venderían a crédito armas y casas de madera prefabricadas en el Este, una vez concluido el ferrocarril, fabricado todo ello con mano de obra inmigrante cualificada, que, esta sí, encontraba presto acomodo entre la incipiente masa obrera del NW. El haber dado argumento a más de un centenar de western (cine y TV incluidos), financiados con dólares, es, y poco más que huellas en la mar, su  mérito de aspirante al Patrimonio.

 

Tras la consolidación de Veracruz en su definitivo emplazamiento, había empezado a reutilizarse la olvidada senda indígena que ceñía la república de indios de Orizaba, con su enhiesta referencia de volcán nevado, en ruta hacia los demás volcanes del Anahuac. Apenas un siglo después de llegar los primeros esclavos africanos a Nueva España, bozales devenidos cimarrones que asaltaban caravanas y desvalijaban viajeros, habían convertido aquellas estribaciones de la Sierra Madre en resguardo montaraz de sus fechorías. Por este camino había empezado a fluir la producción local de sus campos de café, azúcar, algodón y tabaco, hacia el interior. Para dar cobijo y protección al comercio regional, que transitaba tanto hacia México como a la propia Veracruz, el virrey Fernández de Córdoba, funda la ciudad de Córdoba (1618), parada y fonda de viajeros y cabalgaduras, con presidio y real fuerza capaz de proteger el transito caminero por aquellos enriscados pasos. Andando el tiempo, serían varios los fortines levantados entre Orizaba y Córdoba, tramo neurálgico de asaltos a las conductas o caravanas reales que circulaban a orillas del río Metlac, cuya barranca suponía una guillotina geológica entre el altiplano y la costa. Cada negro cimarrón prendido iba a ser, no agarrotado como correspondía a su ralea malhechora, sino castrado e incorporado a los hatos ganaderos veracruzanos. Años más tarde, aquietado ya el entorno serrano, se dotará con 32 puentes el camino que por allí serpea y dobla la divisoria de aguas para circunvalar la próspera Orizaba, que desde entonces iba a ser llamada La Señora de los Puentes.

 

El tráfico comercial con ciudad de México, establecido desde Veracruz siguiendo el Camino de Carros por Jalapa y Perote, que abordaba la capital por la calzada de Guadalupe, diósele el nombre de Camino de las Ventas por las muchas que en ella llegaron a establecerse en pocos años. Pero era también un camino de postas, con puentes de mampostería (entre otros el Puente del Rey, que cruzaba sobre 7 ojos el río de La Antigua), hospitales, mesones, áreas de descanso y pastos para caballos, además de múltiples haciendas de sementera o ganado. Los mangas verdes vigilaban esta ruta y sus vericuetos que trepanaban las estribaciones de la Sierra Madre. Creada en la Castilla de los Reyes Católicos, la Santa Hermandad con su peto de cuera sobre llamativo jubón  verde, llegaría a convertirse en el ojo vigilante y brazo justiciero de los caminos reales que trenzaban las estribaciones de la Sierra Madre hacia Veracruz.

 

Como Camino de los Ángeles, fue a su vez motejado el mandado construir por Cortés desde la Capital a la entonces recién fundada Puebla (de los Ángeles, 1531). Orillando la falda del Popocatépetl, prolongada más tarde por Tecamachalco y sus hospitalarios franciscanos, Acultzingo y sus no menos acogedores indígenas, hasta Orizaba y Córdoba, alcanzaba finalmente Veracruz. Las guerras que la metrópoli venía manteniendo en la convulsa Europa, se reflejaban inexorablemente en el buen o mal estado de los caminos, pese a la probada potencialidad de una hacienda virreinal que invertía cada vez más en consolidación de estructuras propias, mientras menguaba parejamente su envío de plata impositiva a la metrópoli. La diversidad de climas y orografías, plagada de vados, cañadas, ríos, pedregales, ojos de agua, blandones, barrancos y rampas de ladera, era anualmente activada por los diluviales arrastres estacionales, obligaba al múltiple mantenimiento de atajeas, alcantarillas, terraplenes, empedrados, drenes, caballeros o trincheras. En épocas de penuria bélica, el deterioro prolongado de los caminos se dejaba sentir con la demora en la entrega de las encomiendas, el incremento del costo de las mercancías y la mortandad de las bestias. Las más de 60.000 cargas anuales que llegaron a alcanzarse, respondían inequívocamente en el mercado con alza de costes y retraso de entregas

 

Por el Camino de Tierra Adentro, bajaban semanalmente hacia México miles de mulas desde Chihuahua y Zacatecas con lingotes de plata beneficiada de sus minas, además de cueros, cueras, sebos, tasajos y harina de trigo, que en aquellas tierras se producía. Su motejo de Ruta de la Plata a ello obedecía. Y por ella retornaban las mismas recuas cargadas de telas de lana y loza poblanas, aceros, herrajes, clavazones, llaves, azogue y otros productos europeos o asiáticos que por Veracruz o Acapulco se incorporaban al flujo virreinal desde Guatemala a Santa Fe. Toda una infraestructura de conexiones comarcales en continuo trasiego, bajo el rigor inmisericorde de los climas y la nada solitaria, hendiendo territorios arriscados o yermos, inseguros, merodeados por cuadrillas de negros levantiscos o encanallados, cuando no de incontroladas partidas de indios nómadas de frontera. Solo los presidios y sus ventas anexas, eran remanso de seguridad y descanso para mulas, arrieros, transeúntes y mercancías.

 

Carlos V en 1523, había concedido a La Villa Rica de la Vera Cruz un escudo de armas, que conservaría la Veracruz histórica como blasón urbano del enclave fundado por Cortés. En 1607 le sería conferido el título de ciudad por Felipe III, título que ratificaría el propio rey en 1640. Y ese mismo año lo celebraría la urbe erigiendo un emblemático Cabildo ciudadano, con festejos, carreras de caballos, juegos de cañas y corridas de toros, sin faltar su encierro, desde el redil del matadero hasta la Plaza de Armas. Este de los toros con encierro, era festejo que venía cumpliéndose tradicionalmente con la llegada de la Flota, pese a la reiterada protesta de los tenderos de plaza y su corredor ciudadano, obligados a cerrar su negocio al paso de la estampida toruna en días y horas clave de la feria. Habían sido prohibidos repetidas veces, pero repuestos otras tantas bajo la presión unísona de los ganaderos veracruzanos y las gentes de a bordo, que reclamaban como estelares el espectáculo correcalles y su remate taurómaco.

 

La tradicional cabaña vacuno-porcino-caballar, con más de 150.000 cabezas censadas en un extrarradio de siete leguas en torno a Veracruz (1580), los cereales, la caña de azúcar y el tabaco, junto a los modernos astilleros de la ciudad, constituyeron en la segunda mitad del s. XVII y primera del XVIII el verdadero motor de la economía regional. Como base portuaria de la Flota de Nueva España, había nacido el imprescindible astillero para mantenimiento de los galeones tras su avatar oceánico. Era fama, que los barcos salidos de sus gradas, prolongaban por más de cuatro años su vida activa frente a la broma o carcoma tropical de las aguas del Golfo; cantinela repetida en otros muchos astilleros del Imperio y sus aguas. Sin olvidar que su pujanza económica era a la vez un revulsivo para el endémico comercio clandestino arraigado en su costa.

 

Los argumentos jurídicos del holandés Hugo Grocio (1627), fleco ondeante de la Universidad de Salamanca al viento humanista, pero victima del amorodio internacional, era un discurso interiorizado por las potencias europeas, que incluía el comercio como uno de los derechos naturales del hombre. Este concepto iba a impulsar la competencia leal hacia la fase más oscura del contrabando, contraventora del monopolio comercial de los Habsburgo, mutado en libre comercio durante la Casa de Borbón. La riqueza generada en Nueva España, había empezado a quedarse en Nueva España, y el Virreinato iniciaba una cierta deriva hacia el México-nación, que acabaría intentando cristalizar un siglo más tarde. Los ataques corsarios a puertos indianos, cada vez más fortificados, resultaban siempre caros y con frecuencia fallidos. El contrabando, podía en cambio practicarse en todo tiempo de paz o guerra, con riesgo mínimo y beneficio corriente, lo que acabaría por agigantar el matute costero hasta desorbitar sus proporciones. Y el nuevo argumentario jurídico llegaba para favorecerlo.

 

La presencia de naves desperdigadas, que traficaban en fraude con haciendas ribereñas, era práctica extendida que enmascaraba con frecuencia visitas agresivas. No pocos casos había de filibusterismo, que fingía ajustar precios con hatos y haciendas costeñas, para cambiar súbitamente de actitud y bandera, y caer por sorpresa sobre ellas hasta dejarlas esquilmadas, cuando no malheridas o muertas sus gentes si no habían escapado oportunamente a los cerros. ¿Quien era su testigo en aquellas soledades? En un caso documentado de 1655, unos arrojados vaqueros, mulatos de Tampico, lograron capturar a 22 corsarios ingleses y dos de sus naves nodriza. Llevados a Ciudad de México, fueron condenados por la Inquisición a las galeras cartageneras, con los consiguientes pregones de escarmiento, voceados por los alguaciles del Virreinato. Otra situación similar iba a traer en 1683  días aciagos de saqueo, violaciones y asesinatos, a manos de miméticos forbantes. Pese al efectivo patrullaje de la flota novohispana en el área caribeña y su  acceso al Golfo, con seis naves francesas e inglesas apresadas en su haber anual, no supieron discernir el momento clave de la amenaza que repicaba su puerta.

 

Veracruz, visible desde ciertas naves fondeadas en la Isla de los Sacrificios, llevaba días recibiendo confiada las visitas de sus tripulantes, interesados en saber del tiempo de la feria y su inicio. Cuando la Flota de Nueva España asomaba sus primeras velas sobre el horizonte, el ataque corsario combinado de 15 navíos artillados era ya un hecho que estaba yugulando la ciudad. Llegada la hora, el holandés Laurens de Graaff (Lorencillo para los hispanos) con 1200 hombres y el apoyo de sus compatriotas Nicolás Van Horn y Cornelius Jol (Pata de Palo) y de los franceses Michel de Grandmont y Pierre Bot, habían copado la semivacía urbe enfrascada en los prolegómenos de su feria, mediante un silente desembarco algo más al sur. Desvalijadas ya iglesias y conventos,  fueron por las casas sacando a los vecinos, y si alguno salía por sí, moría sin remedio…bien de su fiereza bárbara, de hambre, sed… y de espanto las mujeres. Parte de sus élites comerciales habían sido atrapadas y encerradas en La Merced, y más tarde llevadas a la Isla de los Sacrificios y confinadas en las sentinas de sus naves, a resguardo de las baterías de Ulúa. Cinco días sin agua ni alimentos permanecieron copados los infelices rehenes, hasta lograr reunir los 150.000 pesos exigidos como rescate de sus vidas. Los menos afortunados iban muriendo bajo la tortura, el hambre, la carga y estiba forzadas del mobiliario robado, cuando no de la venalidad de aquellas hienas… porque cada cual que llegaba, nos quería quitar la vida, y cuando se hacía más horroroso era de medio para la noche (sic), por emborracharse y quedar sin razón alguna, si es que tenían alguna que perder… nos dejará dicho el prior de los jesuitas capitalinos, testigo sobreviviente de aquel marasmo. La implacable disciplina militar de los momentos críticos, condenará a muerte en Juicio de Causa al Gobernador de Ulúa y Veracruz, por no haber sabido leer aquella estratagema pirática de libro a la luz del día.  

 

                     

                  Figura 15: San Juan de Ulúa, hoy

       

Compatriotas de hecho, pero piratas sin escrúpulos al fin y al cabo, ávido de riquezas Van Horn morirá a manos de Lorencillo, tras un reparto inconforme del alijo rebañado. Uno más de los frecuentes altercados y traiciones que, como un soplo del averno, dejaron los perros del mar para su intrahistoria. La Flota de Nueva España en arribada, ajena al drama que se estaba viviendo en tierra, había ido enfilando los rumbos de sus naves hacia el fondeadero de San Juan de Ulúa, dejando por babor la Isla de los Sacrificios. En ella habían visto las naves recaladas cuyos mendaces pabellones con el águila bicéfala de los Habsburgo no alcanzaban bien a distinguir. Tres días tardaron los últimos galeones en completar su arribo, y cuando los cagafuegos avisados y libres ya del protocolo de escolta, cazaron escotas en persecución de los felones, tres noches ha que Lorencillo y sus secuaces habían largado amarras y metido millas de por medio, favorecidos por el terral nocturno. Ninguna vela atisbaron en días subsiguientes los vigías de las cofas; parecían tragadas por el mar. A partir de entonces, la de Lorencillo se convertiría en obsesiva caza y captura durante años. Pero la Armada de Nueva España, no lograría apresarlo. Dos años después conseguirá tenerlo más a su alcance que nunca, en lo que podía haber sido la acción más brillante de su historia, pero escapará de nuevo al cerco virreinal, aunque cayera atrapado Bot, dado garrote más tarde. Es a raíz de estos sucesos cuando estudia Veracruz un “nunca más”, que empieza por completar el talud de sus murallas y perimetrarlas con un glacis que despeje toda proximidad equívoca por tierra. Únese a ello dotar de puentes levadizos sus puertas, y formar baluartes estratégicos en punta de diamante al itálico modo. En previsión de nuevos acosos, resabio de la eterna guerra en Europa, solo tres puertas darán entrada franca a la ciudad: la Puerta del Mar (NE) para acceder al muelle de mampostería, Aduana marítima y Plaza portuaria, donde se apilan los fletes y cargan las recuas y carretas ; la Puerta de México (SO),  que prolonga los caminos de la capital por Jalapa u Orizaba, y finalmente la Puerta de La Merced (SE) por donde se toma el camino costero de AlvaradoTlacotalpán, con su puente sobre el río Tenoyan.

 

Jalapa, tradicional área de asueto y descanso del Camino, era ya hacia el 1700 una villa consolidada. En ella, 240 familias españolas, embutidas en su matriz indígena, montaban una feria regional alternativa que había cobrado importancia en pocos años. Con mejor clima que la Veracruz costera, acabó ganando a sus clases acomodadas (comerciantes, oficiales y asentistas), para residir allí todo el año, fuera del tiempo de flota y feria.  Por su ruta circulaba el pasaje del puerto y el correo real de la Carrera de Indias, dirigidos por el Alcalde Mayor veracruzano, empeñado en controlar todas las cartas que desde España se trajesen a esta tierra, junto con la manufactura, los aceites de oliva y los caldos traídos de Sevilla. Una tradición inveterada desde que Juan de Escalante, el primero de la serie y retaguardia de Cortés, la implantara un siglo antes que su homólogo correo inglés lo fuera en 1635. En 1720, Jalapa lograría feriar por vez primera estas preciadas mercaderías llegadas a Veracruz, ferias que serían interrumpidas por 10 años, debido a la Guerra de la Oreja de Jenkins, para retomarse luego hasta la extinción del régimen de flotas (1778).

 

A partir de 1713 y consecuencia del Tratado de Utrecht, la Compañía Inglesa de los Mares del Sur, pasó a ejercer el monopolio de suministro de esclavos bozales para Nueva España, hasta el estallido de la Guerra del Asiento o de Jenkins (1739). Vino a sustituir abruptamente a la Compañía de Guinea francesa, que tradicionalmente había suministrado esclavos africanos a Veracruz durante las últimas décadas. Aunque traídos en origen de África, eran las islas de Jamaica y Barbados los centros de acumulación y reparto de negros de la nueva compañía inglesa. Salvaba con ello el trauma de su inicial captura y el viaje infrahumano que habían de soportar añadido, haciéndoles reposar y serenar ánimos de cara a la mejor presentación y aspecto físico de los esclavos ofertados. Una suerte de silos distributivos del humano cereal para el buen reparto de su grano.

 

En un lugar conocido como Pantaleón, seis kilómetro al NW extramuros de Veracruz, montaron los factores o representantes de la Compañía la correspondiente negrería para almacenado, lavado, desinfectado, venta y carimbado de bozales. Anexas a su instalación, se levantaron las propias residencias de los factores, jardines, arboledas y pistas de juego particulares, un verdadero oasis vigilado para disfrute de sus majestades los funcionarios. Tenían arrendadas tierras de cultivo, donde los bozales sembraban huertas para manutención de la troupe negrera, mientras allí permaneciesen. Su palaciega servidumbre componíase de mayordomo, cocineros, sirvientas, contadores, secretarios, almacenistas, subinspectores, cirujano, un juez… todos ingleses y dispuestos a solazarse con su reserva de licores traídos de Londres… hasta que un mayordomo, gatillo y bebida alegres, tomó a un mendicante franciscano por un asaltador de heredades, disparó y lo mató. O tal vez porque ignoraba lo que un misionero español suponía, por carecer sus colonias de arquetipos a ellos homologables. Unas semanas después una orden del Virrey obligaba a la Compañía a residenciar sin excepción en intramuros, y a reducir personal y dependencias a su estricta necesidad, contrastada por los veedores virreinales. Sus días de vino y rosas habían concluido. Uníase a ello que los cargos por viajes, enfermería, medicinas, manutención, vigilancia y demás contingencias, hacían peligrar la rentabilidad de la Compañía en su Terminal de Veracruz. Para conseguir una marca más precisa y distintiva sobre la piel del esclavo, exigieron a los compradores carimbos de plata u oro, además de conservarlos guardados en las cajas reales, con tres llaves repartidas, para evitar fraudes. Pero la Compañía, no solo había obtenido el monopolio de esclavos, sino logrado también licencia para traer un navío de permiso para vender en Veracruz 500 toneladas anuales de mercancía inglesa, que vender en Veracruz. Como pasa en estos casos de manga ancha, pasados unos años, aquel navío de permiso, había parido una flotilla de embarcaciones menores que multiplicaba el tonelaje admitido. Se generalizaron las protestas de los comerciantes hispanos, tanto de Sevilla o Cádiz como de la Nueva España toda… y el Virrey subiole impuestos a la Compañía.

 

Se constataba en el Virreinato, que los factores ingleses venían profundizando con sus acciones financieras hasta mercados tan lejanos como Acapulco, Puebla, Cuernavaca, Ciudad de México, feria de Saltillo o minas del norte. Resultaba cada vez más evidente, que aquella urdimbre económica, estaba utilizando el tráfico negrero como totémico Caballo de Troya para algo más que el jugoso mercado novohispano. La inquietante Albión, no iba a dejar de ser observada. Por otra parte, un llamado ejército de reserva libre, no otra cosa que la creciente oferta de mano de obra asalariada, producto del crecimiento demográfico de la propia sociedad indiana, mantenía a la baja constante la demanda de esclavos africanos. Ya criolla, negra, parda o mestiza, esta fuerza de trabajo emergente, además de resultar más barata, había crecido en su propio ambiente. Católica, hispanohablante, costumbres tradicionales asumidas, conocedora del trabajo demandado era residente de las repúblicas, barrios, haciendas o núcleos geográficos comarcanos. La época de las grandes pestes y grandes mortandades había periclitado. Las actuales generaciones mestizas resistían en mayor número y proporción los virus y bacterias presentes, tomadas antaño por exógenas. Sus sangres habían osmotizado sin duda los anticuerpos que no poseyeran sus ancestros. Tal vez las nuevas condiciones alimentarias e higiénicas, ayudaban a la medicina con otros bríos y logros, superando incluso fiebres traídas por los africanos.

 

El propio Adam Smith reconocería, años más tarde, la inviabilidad de aquel ocasional negocio negrero, compañero de viaje del navío de permiso, en el mercado indiano. Las pérdidas ocasionadas por negligencia, prodigalidad y malversación de fondos por los empleados de la Compañía, llegaron a ser una carga más insoportable que los propios impuestos… una compañía por acciones no puede prosperar en el comercio exterior, cuando tropieza con la fuerte competencia de comerciantes particulares, nos ha dejado escrito. Era evidente que el cuello de botella se estrechaba para la Compañía… y surgió el chispazo del caso Jenkins. Pillado con su barco en flagrante contrabando,  su desorejado capitán marcha a Londres, oreja en formol a mano, dispuesto a montarle un pollo en el Parlamento al prime minister Walpole en el Parlamento. Una oreja inglesa menos, casus belli. Y surge la guerra. Incomprensible, pero estas cosas pasan en Londres. La cruenta Guerra de la Oreja de Jenkins. ¡Que pensaría Isabel I, de haberlo vivido, ella, que había desorejado a unos cuantos cientos de disidentes ingleses!

 

En los primeros compases de la nueva contienda, Nueva España, mitad norte de las Indias hispánicas, aguardaba un ataque británico sobre Veracruz, enclave literalmente radiografiado por los factores ingleses, con posibles repercusiones en Puebla y México, a donde jamás deberían llegar sus casacas rojas. Ante tal amenaza, los caminos reales se tornan estratégicos y se elige el montaraz Cofre de Perote como centro yugulador de penetraciones hacia la capital. Sobre un área de 14 hectáreas se erige la Fortaleza de San Carlos, cuartel general y almacén de pertrechos bélicos, con baluartes adiamantados y foso inundable, artillada con 54 cañones de bronce y una dotación de 1000 hombres acuartelados, prestos a desplazarse tanto en apoyo del litoral como del Anahuac capitalino. La muralla de Veracruz, reforzada con otros baluartes y plataformas, es servida por cuarteles militares repartidos intramuros en 4 compañías de 100 milites cada una. Otra fuerza de 800 hombres de guerra queda distribuida extramuros en el llamado Regimiento de las Tres Villas, al estar formada por contingentes de infantes y caballeros de Orizaba, Jalapa y Córdoba. Uníase a ello, un refuerzo de 2.000 soldados enviados por el propio Carlos III desde la metrópoli, empleados mayormente en vigilancia armada de lugares estratégicos de  la costa y sus caminos al interior. No faltaron tampoco obras de mejora en el castillo de Ulúa, dotándole de revellín y baluartes para 125 piezas de artillería pesada, atendido por más de 500 artilleros y servidores en espera de cualquier aldabonazo bélico en el Golfo.

                                                                                                     

      Figura 16: La Fortaleza de San Carlos. El Cofre de Perote (1770)

 

 

La guerra con Britania sobreviene, pero Veracruz nunca es atacada. Manila y La Habana pagarán los platos rotos, capturadas y esquilmadas de obras de arte y documentos por el inglés, que se verá Inglaterra obligada a devolver tras un armisticio adverso. Devolución que hace en parte, y en nuevo juego de manos, oculta cartas naúticas robadas. Las de Manila iban a servir al capitán Cook para un aparatoso montaje mediático sobre sus descubrimientos en el ignorado Pacifico. Uno más, en su larga historia de contrabando y filibusterismo. Para recuperar estas plazas, debe España cederle a Inglaterra las Floridas novohispanas (del Este y del Oeste). Pero se ve compensada con la entrega de la Luisiana por su aliada Francia, obligada por Pacto de Familia a pagarle los débitos del conflicto. Y Veracruz dará cobijo a los indios floridanos de Pensacola, semilla novohispana fallida sembrada en la expedición de Tristán de Luna, que no quieren britanizarse bajo el nuevo azar del destino. Como tampoco lo querrán los indios floridanos de San Agustín, que solicitan su evacuación a Cuba.

 

En 1776 se precipita la insurrección de Las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, y Carlos III, pivota sobre Nueva España el apoyo a la causa rebelde. En un esfuerzo invalorado como ariete, el Virreinato va a ser capaz de incrementar un 600% la producción argentífera de sus minas, para financiar los aportes españoles a la guerra. Desde La Luisiana, su gobernador Bernardo de Gálvez, sabrá recuperar las Floridas de manos inglesas. Otra sombra de desembarco masivo, esta vez hispano-francés, se cernía ocasionalmente sobre una Gran Bretaña obligada a desparramar su flota por el océano. La defensa de puertos atlánticos y pacíficos desamparaba el litoral de Cornualles, cuya temerosa población estaba abandonando, una vez más, los enclaves costeros para alejarse hacia núcleos campesinos más seguros y profundos. Un goteo humano, al encuentro de lazos familiares con que compartir esperas tensas en pueblos del interior. En este contexto y protegido por la Escuadra del Canal, sale de su base de Portsmouth un convoy de 55 barcos de transporte para ultramar. La larga retahíla flotante con armas, provisiones, uniformes, pertrechos, oro de soldadas y un refuerzo de 3000 infantes, enrumba al meridión en búsqueda de la corriente ecuatorial que les lance hacia el Caribe. A la altura  de Galicia, la Royal Navy torna velas a fin de no desguarnecer sus costas, lo que va a precipitar el convoy en manos de la Armada de la Mar Océana de Luís de Córdoba, que puntualmente informada, patrullaba avizor por aquella latitud del piélago. Era el descalabro final de la guerra,  que había de propiciar la independencia de Las Trece Colonias. Tras el Tratado de Versalles que la consagra, las Floridas volverán al Virreinato, sin que la mayoría de los indígenas emigrados, regrese de nuevo a sus fueros floridanos.  

 

Cuando Bernardo de Gálvez es nombrado Virrey de Nueva España (1796), apenas sobrevive a su cargo, sin poder vigorizar el comercio de Veracruz con los, nuevamente hispanos, puertos del Golfo, como era su intención declarada. No obstante, el remate del siglo XVIII iba a suponer para la Ciudad de Cortés, un notable crecimiento impulsado por el libre comercio asumido en el Imperio.

 

Pero con el siglo entrante y la invasión napoleónica de la metrópoli,  se cierne también sobre Nueva España la siniestra sombra del caos. Primero, serán las guerras civiles donde cabrillean curas sin sotana, gritos y silencios, ilustración y libertad, legalidad y oportunismo, sufrimiento y revanchas, que pugnan por reflotar en su popurrí el intrínseco México que parece hundirse, pese a ser soñado como nación por muchas de sus gentes. Luego vendrá el llamado periodo de anarquía más dramático de su historia, preñado de pronunciamientos, insurrecciones y partidas pugnaces, respaldados por puntuales ocurrencias y alquimias sociales, sin omitir la prepotencia de líderes transitorios, montoneros unos, generales de canana otros, de salón alguno, dictadores esenciales casi todos. Era preciso marcar claras diferencias con el pasado gachupín  de este México, heredero declarado ¡por fin! del imperio azteca. Había que arrancar de la simbología nacional los nombres malditos de España y de Cristo, lastre histórico, borrar sus huellas. Les habían robado el oro y el futuro, quemado sus dioses, matado a trabajar como esclavos, exterminado sus aborígenes por maldad intrínseca y genético sesgo asesino. Hasta el propio Colón era un genocida que había traído virus asesinos en su séquito, para acabar con el buen salvaje y su bucólica existencia en las ‘colonias’ españolas. Los gachupines jamás habían aportado nada, salvo fanatismo católico y atraso… Esta era la argamasa al uso para edificar el nuevo teocalli patrio, donde seguramente acabarían autoinmolados con sus vísceras tajadas por la obsidiana del rencor. Toda revolución, como Saturno, se come a sus hijos, es mantra atribuido a un Robespierre en desgracia camino de la guillotina. Y la saturnal mexicana se los comió a casi todos. Pero entre estudiosos, no deja de parecer esta muestra humana sino descompensada charanga de palurdos trasnochados por las calles de su pueblo en fin de fiestas. Fue empero orquestada ayer, como un ritornelo errante de las naciones de siempre, y es todavía hoy tarareada por algún desgreñado mental que sigue vendiendo humo a verbena concluida. Y el imprevisto palo de agua que vino a disgregarla, ha dejado charcos en las calles…

 

En 33 años desastrosos, México, la joya de una Corona caída, envidiada siempre por su potente vis de nación poderosa, se anonada histórica y socialmente entre cinco constituciones y un emperador de zarzuela; pero no más que lo hace contemporáneamente su considerada ya como madre putativa, aunque lo fuera de sangre, cruzando sus propios desfiladeros y orillando otras barrancas. ¡Más de un siglo de desencuentros, idearios sublimes, bálsamos sociales, cerrojos culturales y acomplejados egos, padecerían tanto la supuesta putativa como su hijuela cultural!. Abrumado por centenares de miles de muertes y la pérdida del 55% de su herencia novohispana a fauces de su vecina norteña, el México criollo de las primeras décadas no acertaba a reconocerse en su propio espejo. Texas, Nuevo México, Arizona, California, Colorado, Oregón, Utah, Nevada…quedaban muy lejos de aquella primigenia estampa del territorio comprendido entre Las Floridas, Canadá, el Misisipi y el mar….que fuera germen de su lindante crisálida. Aquel feto anglófono, a cuyo parto Nueva España asistiera cual solícita partera, había devenido dañina oruga rampante. De pronto, una metamorfosis kafkiana habíale mutado en furibundo teredo que horada y fagocita una y otra vez la  madera hispana a su alcance. Nueva carcoma imperialista era esta, válida para todo cuño. Y México, que cuenta en su bosque humano con tan dura madera como los viejos astilleros de Veracruz, debe rearmar presuroso un casco para navegar avante en el revuelto mar de los siglos. El hispanismo contempla absorto su botadura, en pecio reflotado pero bandera propia, confiando no ver anegada su sentina por aguas insalubres. Nos va mucho en ello al mundo hispano. Entre tanto explaya, suspiro y sueño, la bufona ironía de sus gentes, con el  porfiriazo de siempre ¡Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! que vino a coincidir con el abandono del antihispanismo y anticlericalismo oficiales. Ocurría esto un siglo después del mutis español en América.

 

Lo que hoy se conoce como México, en su etéreo universo atemporal de gentes y culturas acopladas, ha colisionado contra dos de los pocos Imperios que en el mundo han sido. Como Imperios sensu estricto que eran, punzaron su esencia y haberes. España lo hizo para construir nación, ensamblando en su matriz europea razas y culturas dispares, que cuadraron ciertas aristas, mientras aguzábanse otras. Durante tres siglos de su tiempo, intentó y logró en gran parte encolarlas a su propia alma, mediante la magia virreinal. Los EEUU, segundos en el suyo, solo alcanzaron a succionarle una mitad geográfica, sobre la que esculpieron nuevos estados de linaje ajeno. Su penetración neoimperial es en ellos tan directa y profunda como la anterior lo fuera, y notorio el camino recorrido en la marcha hacia su nueva meta de identidad nacional. Difícil situación la del México esencial de siempre, frontera del expansionismo físico y moral de otra estirpe que lleva en su ADN el sello de Imperio, a la vez que muro de contención de mestizos sureños que marchan al Norte para redimir políticas erradas durante dos siglos. Norte que, con rachas atemporaladas de su viento solano, agita la bandera que el mundo hispánico contempla como suya.  Sin olvidar el no vivir de Rubén Darío, que estas en los cielos del Parnaso Hispano, esencia y conciencia de un alma profética y temerosa, que sintiose aliviada tras su visceral alegato:

 

                                              Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor

                                              De la América ingenua que tiene sangre indígena

                                              Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español

 

 

Figura 17: La Veracruz del México independiente. Lienzo de Rugendas

 
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Contexto Histórico de Veracruz – V

  Figura  13: Derrotero de la Flota de Nueva España y sus cagafuegos de guarda

 

Antes de 1554, la incipiente producción de metales preciosos de Nueva España, había obligado a la Aduana de Veracruz a fletar bajeles de cabotaje desde La Habana, custodiados en su viaje de regreso por dos galeones de la Marina Real. Era un primer esbozo de comercio con la metrópoli, teniendo a Cuba como parada y fonda. A partir de 1564 se establece el sistema anual de dos flotas merchantas que parten de Sevilla hacia Veracruz o Flota de Nueva España y hacia Cartagena de Indias o Flota de Tierra Firme, llamada también de Barlovento. Estas flotas partían en distintas épocas del año para desembarcar sus mercancías en los puertos asignados, montar sus ferias, y confluir de regreso en La Habana una vez concluidas estas. De allí regresaban a Sevilla, protegidos hasta las Azores por los poderosos cagafuegos de la Armada de Barlovento, relevados por los de la Armada de la Mar Océana hasta destino. Los galeones de la plata eran los encargados de portar en sus vientres el preciado metal, que bajo la forma de impuestos, situados virreinales o pagos de mercancías contratadas, cruzaban el Atlántico en ambas direcciones. Dos meses largos tardaba la Flota de Nueva España en cubrir sus 820 leguas de singladuras, desde su salida al mar atlántico por el Guadalquivir, hasta su arribo al peñón de Ulúa. Como si de una procesión ritual se tratase, iba cumpliendo su derrota etapa tras etapa, emitiendo en los pasos costaneros de Canarias, Dominica, La Española, Jamaica, Yucatán y Ulúa, los pertinentes buques de aviso para activar alertas de guarda en los puertos clave del recorrido, y prevenir de celadas corsarias los estrechos antillanos o sus comisuras isleñas.


En el tiempo de flota de 1568, se aguardaba en Veracruz la llegada del nuevo virrey Martín Enrique de Almansa, tras el aviso de arribo de los galeones con su manufactura europea. A la espera de sus velas, aparecieron otras cinco de barcos con banderas y grímpolas de Borgoña, que iban a fondear junto al peñón de Ulúa. Era la flota corsaria de Hawkins y Drake que con su exitosa añagaza sorprende y captura la guarnición del presidio insular. La vigente tregua con Inglaterra le ha librado de sospecha, y las baterías del fuerte isleño no abren fuego sobre la incierta flota arribada. Una población de 200 vecinos, establecida unas millas al norte, en la Antigua Veracruz de tronco y tablas, es asaltada por la turba pirática que se derrama por los arrabales desvalijando cuanto edificio alcanza. Pero hete aquí que, durante su febril ajetreo, es sorprendida la horda por una incrédula Flota de Nueva España y sus galeones de guarda, que rinden su arribo anual a Ulúa con algunos días de retraso.


Inglaterra, era nación de segundo orden todavía, basada su presencia comercial atlántica en el tráfico negrero con Iberoamérica y los golpes de mano sobre puertos indianos desprevenidos, además de una pequeña red comerciante con puertos del Canal y del Báltico. Carecía aún de la poderosa maquinaria propagandista que sacaría a la luz estos lances, magnificados y exaltados luego, soslayados entonces. Ninguno de sus intentos coloniales americanos había a la sazón fructificado, acabando todos en desoladoras hambrunas y coloniaje fallido. Solo la guerrilla marítima, capitaneada por marinos de élite, rentaba beneficios extractivos de la nación dominante y su comercio. Zarpazos aislados sobre naos merchantas, haciendas costeras o enclaves anónimos, incluso en tiempo de tregua como el presente. So pretexto de venganza, por la exclusión de la americana herencia del padre Adán, que el Papa Alejandro VI proclamara en detrimento de Inglaterra y resto de la Europa expectante, eran el corso y el contrabando dos inversiones rentables para la Corona Tudor. Isabel desplegaba sus fuerzas políticas contra el Rey de España, y procuraba arrebatarle los tesoros que extraía de las Indias occidentales, fuente de aquel poderío que hacía a Felipe tan formidable, nos recuerda David Hume. Ya veían los ingleses con envidia los progresos de los españoles y portugueses en las dos Indias… y era una felicidad que la guerra abriese una perspectiva a la ambición y codicia de los ingleses… Un engranaje de corsarios, apoyados por su sindicato de Plymouth que rentaba capturas como capital financiero, iba a gestar en apenas un siglo la formación de una verdadera flota para Su Graciosa Majestad. Los panzudos galeones españoles de mayor arqueo y lento andar, diseñados para navegar lastrados con 300 toneladas de tara mínima, de manufactura robusta para vientos largos y singladura oceánica, contrastaban con los barcos ingleses hechos para vientos costeros y virazón ligera, ágiles y maniobreros cuanto carentes de capacidad de carga, de porte mas apto para la pesca, el bojeo o el golpe audaz, que para el comercio atlántico de altura. Barcos ligeros, capaces de poner millas de por medio una vez cumplido cualquier pugnaz cometido, resultaban incapaces en cambio de remontar el Cabo de Hornos, hasta que lo doblara en solitario el propio Drake (1578). Con su nave capitana de 70 toneladas, luego de haber perdido la flota en el intento, lograría al fin superarlo. Había pasado medio siglo desde que Francisco de Hoces lo vislumbrara por vez primera (1526), cuando navegaba con Loaysa y Elcano rumbo a las Molucas. Eran tiempos de incipiente artillería a bordo, prácticamente ausente en barcos menores, que acusaban su peso y retroceso al disparo, con escora súbita por andanada, guiñadas de arribada, y distorsión del rumbo. Era por ello que el cañoneo de banda hacíase a barco acoderado, lo que equivalía a fondearlo, contrapesarlo y afirmarlo mediante tornapuntas o amarres supletorios a las cadenas de ancla. Se ablandaban así los bandazos del retroceso, y evitaba el cruce del rumbo con el barco avante, bajo los pulsos laterales de cada salva artillera. Tanto más cuanto mayor fuera el número de cañones por banda y el calibre de sus bocas de fuego. Solo cañones por proa o popa, herencia de las galeras mediterráneas, podían ser disparadas sin perturbar el andar del buque. Las piezas de a bordo, lo eran normalmente de sitio, ya culebrinas de gran distancia, cañones de media o pedreros de corta pero efecto metralla. Destinadas todas a desembarcar para emplazarse en tierra como artillería de campaña, útil para acosar plazas o despejar el campo a los infantes. La guerra en el mar propiciaba, por tanto, barcos de alto bordo y encuentros al abordaje, cuerpo a cuerpo entre tripulaciones enemigas. Era táctica preferida el cruce por avante del rumbo enemigo, virada final a rumbo de colisión, y descarga fusilera en ángulo ventajoso previa al impacto de cascos. Tras abarloar y fijar garfios, buscaban las turbas encrespadas, espada o hacha en mano, daga en boca, la carne enemiga.


Pese a la recíproca sorpresa del fortuito encuentro en el surgidero de Veracruz, la reacción de los recién llegados iba a ser más rápida que la flota corsaria. Siguiendo el protocolo de arribo, los galeones de guarda, pese a encabezar la comitiva naval, permanecieron en facha hasta que las naos merchantas hubieron trincado amarras en las argollas de Ulúa. Tiempo suficiente para calibrar desde sus cofas, el panorama táctico que se propiciaba. Terminada la maniobra, en derechura, a fuego de fusilería y pedreros de alivio, aproaron los cagafuegos al surgidero, dándoles andar con sus velas desplegadas. Barridas las cubiertas enemigas, caen al asalto sus infantes sobre los buques más pesados y arrancada lenta, quedados aún tras su presuroso izado de anclas, largada de amarras, ajuste de escotas y perezoso avante. Perderán en el lance los ingleses las ¾ partes de sus hombres y más de 1000 toneladas de la carga depredada en su periplo caribeño. En pleno zafarrancho, el joven Drake se escabulle en su ligero patache de solitario cañón en proa, tras su pariente Hawkins, capitán de flota, que lo hace en nave similar. Con los bordos astillados por los impactos de bolas de piedra, las velas desgarradas y atiborrado de tripulantes ajenos, Hawkins trata de maniobrar su escapada en medio de cerradas descargas fusileras desde el alto bordo y puentes enhiestos de los cagafuegos: sería el suyo el otro buque que iba a zafarse de la refriega. Ambos dos escaparon por el escaso arqueo y corto calado de sus naves, levando anclas prestamente y aproando al paso de aguas someras junto al cantil del islote de Ulúa, a todo trapo, en medio de una granizada de pelotería y palanquetas. El deshonor de esta huida rumbo a Plymouth, iba a marcar muchas de las actuaciones venideras de Drake, que buscará venganza para restañar su herida reputación tras el lance veracruzano. Hawkins, impedido de navegar en su astillada urca con tan sobrado pasaje, opta por desembarcar la gente superflua en la propia costa huasteca. Prometerá regresar con nave suficiente para retornarla a Inglaterra. Pero informado el Tribunal de la Inquisición de Pánuco, mandará rastrear el litoral en busca de aquellos luteranos sacrílegos que habían hollado símbolos y ministros católicos, profanando iglesias, robando sus vasos sagrados y desbaratando la feria. La Antigua Veracruz, montadas ya sus casetas comerciales, habíase despoblado como tordillos en desbandada bajo un disparo fortuito; pero pasada la estampida, iban a retornar al reclamo mercantil de sus haberes. Los herejes abandonados en la costa, serán capturados, sometidos en México a tres Autos de fe, quemados vivos varios, apresados temporalmente otros, mandados a galeras de por vida alguno y alguno más, mimetizado entre nativos, moriría según parece de malaria o descuartizado quizá por los chichimecas. Hawkins nunca regresaría a buscarlos.


Felipe II presionaba entonces en el Canal de la Mancha, donde cernía sobre Inglaterra la sombra de sus Tercios de Flandes respaldados por poderosa escuadra. Los ingleses, arrinconados en su isla como en un bote solitario, veían caer sobre ella la sombra de un gran bajel, nos dirá Chesterton analizando aquella hora. Los estrategas de la reina multiplicaban los ataques a puertos y navíos españoles tanto en aguas peninsulares como americanas, a fin de mantener alejadas de Albión las naves enemigas, factores del transporte y desembarco de los Tercios que temían. El corso inglés enfilaba sus rodas hacia el poniente pese a ser tiempo de tregua. Drake y Hawkins se harían famosos aquellos años en su isla por los lances predatorios contra las posesiones del Imperio Español. Una atronadora propaganda antipapista de consumo interno, se conjugaba con la necesidad de sacar pecho en contrapartida de la angustia que vivía el reino, de costas frecuentemente irrespetadas. Eran años difíciles para Isabel I Tudor, cabeza de la cismática iglesia anglicana, con una incómoda oposición católica en propia isla, mientras el rey español maquinaba su ruina. Sabedora del peligro en ciernes y la estrategia de sus consejeros, la reina no lo piensa dos veces, y en Plymouth visita la nave de un Drake exultante tras su vuelta al mundo, le sienta a su mesa y le arma caballero (1581). Ello pese a las protestas del embajador español que pide la cabeza del pirata, y que logrará la restitución de la mitad de los daños declarados por su embajada. Ganará la reina un aliado más para su causa y el afianzamiento de su cetro. Pero Su Graciosa Majestad se equivocaba en la valoración personal del nuevo Sir, porque el que era magnífico navegante de altura y estratega en corso, iba a resultar flaco capitán de grandes armadas, lo que habría de traerle a él y a su reina más de un sonado descalabro, celosa y oportunamente silenciado en su isla.


En la década de 1580, Felipe II había visto anexionada la materna Corona de Portugal a la suya paterna, y el Imperio heredado de Carlos V de Habsburgo cobraba con ello proporción universal. El sector calvinista de Holanda, en rebelión contra su legítimo y católico rey Felipe de Habsburgo que lo era también de España, iba a multiplicar junto a su aliada Inglaterra, los ataques de los desheredados de Adán, sobre las dependencias portuguesas de ultramar los corsarios holandeses, y españolas los corsarios ingleses. Era una tenaza de dos potencias emergentes, ávidas de tierras anexas a sus rutas comerciales, que parecían ser óptimas para competir comercialmente con la dominante España. Ante la nueva política, la fortaleza de San Juan de Ulúa se amplía y mejora. Fuera de sus muros, se levantan obras complementarias como la alcaldía y la iglesia propias, casa para los marinos de los galeones y galerías para estibadores y cargadores negros. Dentro del recinto murado, se instalan Aduana, cuarteles de tropa y almacenes de mercancía, a cobijo de sorpresivos ataques, en tanto se madura la idea de una Nueva Veracruz afincada en Buitrón.


Es a finales del decenio cuando Felipe II decide invadir el reino hereje de la belicosa y falsaria Isabel, atacante perpetua de las costas y naves hispánicas, en épocas de tregua, sin declaración previa de hostilidad, cuando sus flotas hibernaban al ancla con tripulaciones de retén. Desde los Países Bajos, cerca de 250.000 hombres de guerra y apoyo entre caballería, escuderos, artillería y hospitales de campaña, zapadores, artificieros, pontoneros, infantes, fusileros, ayudantes, intendentes, esposas, criados, meretrices y apoyos civiles de los Tercios de Flandes bajo mando de Alejandro Farnesio, Duque de Parma, el primer general de su siglo, se aprestan a embarcar. Serían transportados por 130 galeones, veinte carabelas y diez fustas de seis remos cada una. Felipe el minucioso, lo tiene todo preparado. La Gran Armada hispano-portuguesa, se apresta a cruzar con aquel pueblo de Dios el Canal de la Mancha, para soltarlo como plaga de langosta sobre la costa inglesa. Allí moran no más de tres/cuatro millones de seres, familias cuarteadas por la intransigencia dogmática de la Reforma luterana, martilladas en todo tiempo sus meninges por terrores panfletarios. Pasquines y billetes con dibujos mostrando los horribles instrumentos de tortura con que venía cargada la Armada de España, nación fanática e imperiosa, para torturar ingleses, según la abundante información gráfica que corría de mano en mano. Isabel pedía un esfuerzo supremo al pueblo inglés, para que aprontasen buques para reforzar su flaca armada, y luchar contra 50.000 infantes veteranos, dirigidos por oficiales de consumado mérito, ante los que no podía compararse en fuerzas navales, ni en número, disciplina, fama, experiencia, ni valor de sus tropas, nos recuerda David Hume en un alarde de sinceridad. El peligro que se cernía sobre la Pérfida Albión, era demasiado grave y real. Si el desembarco triunfaba, el humillado y perseguido católico isleño podría esquilmar como primera langosta del reino sus campos, sementeras, ganados y ciudades en propio reflujo de marea interna, pero proclamado a priori como apoyo al católico invasor. El inesperado desenlace del encuentro entre ambas Armadas, y el azar meteorológico del Canal, iba a conjurar el peligro. La Inglaterra anglicana pudo finalmente expeler de su pecho la respiración contenida. La devastación insular por los Tercios de Flandes y su universo gregario, habíase por el momento aplazado.


Tras un par de escaramuzas previas entre barcos que toman posiciones a barlovento (1588), el embravecido suroeste arbolará una mar que obliga a correr el temporal a la Armada española, anulado su resguardo costero a sotavento. El hecho de haber aterrado los barcos a la costa flamenca para embarcar los Tercios, habíase convertido en trampa mortal bajo la virazón del viento. Estrechaban las olas sobre los barcos ibéricos su cerco rompiente contra el escarpe costero, sin haber embarcado aún tropa alguna en sus playas. So pena de embarrancar y ajustando trapo, irán librando ceñidos por estribor sus escollos y promontorios, ganando braza a braza el resguardo vital de la costa y su calado. Rumbo N-NW tratarán de circunvalar Britania por aguas desconocidas y mal cartografiadas, para escapar seguidos un buen trecho, siempre a calculada distancia, por algunos barcos ingleses, pequeños navíos escorados por el peso de los cañones matiza Chesterton, que se aventuran entre aquellas olas. Lascarán escotas los perseguidos para propiciar el alcance bélico; lascarán escotas los ingleses para evitarlo: a enemigo que huye, puente de plata, dice un refrán que sabiamente aplican. Huyen los españoles del temporal, no de los enemigos. Como los atenienses en Salamina, tratan Lord Howard y sus capitanes de confirmar el alejamiento infinito de la legendaria flota de Jerjes. No vaya a ser que amaine la furia desatada y les dé por volver… Pero no amaina, y los barcos españoles irán cayendo desperdigados por acantilados y playas escocesas e irlandesas, en tanto los ingleses van guareciéndose en puertos propios a medida que el viento arrecia. Se sospecha hoy que trataron algunos de salvarse entrando de arribada forzosa en fiordos noruegos, donde han aparecido, no ha mucho, pecios ibéricos de aquella época por investigar. Regresarán los supervivientes a Santander, La Coruña y Lisboa, aún con velas rizadas de tormenta o aparejos de fortuna y tripulaciones diezmadas que traen mortal pestilencia a los puertos de acogida. Había concluido quizás el mayor riesgo existencial de Inglaterra como nación histórica. Lo que tenían enfrente era el imperialismo en su sentido más complejo y colosal, algo inconcebible desde los tiempos de Roma. Era sin exagerar la civilización misma. Fue la propia grandeza de España lo que supuso la gloria de Inglaterra… nunca podremos volver a ser ni tan pequeños ni tan grandes, confesará de su patria en aquella hora desesperada, que también vieron los siglos, Gilbert K. Chesterton en su Breve Historia de Inglaterra. Una forma humana de auto empequeñecimiento para multiplicar el efecto-éxito de su pueblo. A la par que legítimo orgullo patrio por haber superado con bien aquellas endiabladas termópilas. Y el eco de sus tambores de inesperada por sorpresiva gloria, siguen repicando aún en Albión.


Ciertamente otras horas desesperadas aguardaban al pueblo inglés durante el reinado de Isabel I, excomulgada por Sixto V, que había absuelto a los ingleses de su juramento de obediencia a la reina. El enfrentamiento España – Inglaterra era por aquellos años una suerte de pelea entre perro grande y perro chico, donde frecuentemente el chico se escabullía entre las patas del grande, aunque no sin astucia ni decisión. Tal cosa aconteció con el desastre de la Gran Armada, cantado cual inmarcesible gloria propia por los ingleses hasta el hartazgo, a la vez que convertida en leyenda con moraleja por su doble liberación nacional del Imperio Habsburgo y del Papado. Justa réplica al espíritu de cruzada que Felipe II y el Papa habían impreso a la Batalla de Inglaterra. Y tal cosa parece repetirse en 1596 cuando otra poderosa Armada española en ruta hacia Albión es herida y dispersada frente a El Ferrol por una de tantas galernas que baten el litoral cantábrico. Y en 1597, que repite en trágico ritornelo otro revés naval, esta vez frente al cabo Lizard, cuando un furibundo Eolo desbarata el nuevo desembarco español que atenazaba Cornualles. Su configuración insular vino a garantizar su existencia como nación, apiñada en torno al nacionalismo y su intransigente iglesia anglicana, que acabaría poniendo en fuga de la metrópoli a católicos y puritanos, con su Ley para contener a los súbditos. Dura lex que penaba con cárcel a quien no acudiese al culto público durante un mes, y destierro e incluso la muerte, para los reincidentes. Sed lex, dura también, para quienes se explicasen en términos sediciosos u ofensivos para la reina, (que) serían por la primera (vez) sacados a la vergüenza y se les cortarían las orejas… Ciertos mutis de aquella sociedad isabelina resultan incomprensibles para el observador continental. Entre ellos, el hecho en torno al catolicismo de William Shakespeare, cumbre del teatro moderno, pasando al galope sobre su heredad familiar y social, en los mismos campos que van siempre al paso los jinetes de la historia patria. Incluso con cierto menoscabo contemporáneo, que lo tilda de bárbaro, acepción que haría propia el ilustrado Voltaire y su troupe, siglo y medio más tarde.


Pero no era ciertamente este perro chico la mayor preocupación del Rey de España, sino el terrible Dogo Otomano, cancerbero de cincuenta cabezas, que no ha mucho había sitiado por segunda vez a Viena, y que gruñía y mostraba de nuevo los dientes ante el incómodo vecino. Constreñido en el Mare Nostrum, sin poder acceder al Atlántico pese a su vocación marinera, era una secular refriega la que España y sus itálicos aliados mantenían contra los bajeles de la media luna estrellada, vetando su salida al Atlántico. Era demasiado poderoso aquel otro Imperio del Este, para osar Felipe II invadirlo, como habíalo intentado con la Pérfida Albión. No habían pasado veinte años desde la victoria sobre sus galeras en Lepanto, y de nuevo los Bey y Dey otomanos, junto a otros príncipes tributarios de enseña roja, asomaban al Atlántico sus velas. Para acosar esta vez, no solo a la Flota de Indias, sino a todo enclave donde cautivar cristianos que vender en los zocos esclavistas de Argel, Orán, Tremecén o Bugía. Miguel de Cervantes, tres años prisionero en Argel, lo sabía bien. En contrapartida, el Rey Prudente solo había acertado a plagar su costa meridional de atalayas, alarma perpetua de las velas berberiscas. Los frailes mercedarios conseguían, entre tanto, los dineros exigidos para urdir nuevos rescates de cristianos. Y esta tensa convivencia mediterránea lastraba, como una pesada losa, las arcas de la Corona. Había iniciado el Imperio Otomano, una escalada de ataques turco-berberiscos, que presagiaban nueva yihad para reconquistar Al Ándalus, con el apoyo oportunista de Francia y Holanda, competidoras y enemigas de la hegemonía hispánica.


España arrastraba el lastre político, aunque económicamente rentable, del islamismo solapado en Las Alpujarras, región montaraz de la morería andaluza, no purgada por los Reyes Católicos tras la toma de Granada y su pactado bautizo cristiano. Una peligrosa quinta columna que Juan de Austria, hermanastro del rey y reciente vencedor de Lepanto, había extirpado (1571), expulsando su mayoría al norte de África, dispersando por Castilla al resto, y vendiendo como esclavos a los prisioneros, contrapartida de las capturas berberiscas de cristianos. No pudo en cambio auxiliar a Túnez, protectorado de la Corona española, como tampoco evitar la pérdida de Chipre, donde la ambigüedad de la Republica de Venecia fue causa determinante de aquella merma. Eran eslabones en una cadena de hechos bélicos continuados, con su hito en la toma de Malta, salvada in extremis por las galeras de Felipe II. La isla maltesa era sede de la Orden de San Juan de Jerusalén, reminiscentes cruzados del Temple (Templo de Salomón, Jerusalén) expulsados del Crac de los Caballeros, su bunker en Siria. Punto estratégico de aquellos siglos, era la isla defendida en tierra por sus bravos monjes-soldado y que socorrían por mar España, el Papado y los ducados y repúblicas itálicas, con sus flotas. Su caída en manos otomanas hubiera sido letal para el cristianismo mediterráneo. El evidente liderazgo de España, abierto a todos los mares y continentes conocidos, resultaba un sin vivir para su Corona, que pese al formidable tesoro de sus virreinatos de Nueva España y El Perú, sufrió repetidas bancarrotas de su hacienda. Aplazamientos del pago de su deuda diríamos hoy, externa a mayor INRI, por ser sus fiadores banqueros genoveses y alemanes, que españoles de solvencia no los hubo en aquel siglo.


Tras la debacle del Canal de la Mancha, la conocida explotación del éxito, explicada en cualquier manual de táctica militar al uso, quiso ser esta vez prestamente rentabilizada por los estrategas isabelinos con la que hoy conocemos como Contraarmada inglesa. English Armada para quienes la financiaron. Al año siguiente del fracaso naval español en el Canal, una flota con cerca de 200 velas y 25.000 hombres de desembarco y maniobra capitaneados por Drake, se hace a la vela rumbo a Santander, La Coruña y Lisboa: vienen a destruir la escasa y maltrecha flota enemiga allí refugiada, a la vez que saquear sus posesiones y humillar al diabólico Felipe, el demonio del sur. Cuentan para ello con la flota orangista y el flácido entusiasmo luso, bajo la férula del monarca español. Pero la estrella del famoso corsario flaquea cuando lisboetas y coruñeses responden bravamente ante un primer ataque de quien consideran enemigo de su fe. La inexperiencia sobre la logística de grandes flotas, iba a desacoplar la actuación inglesa, que se vería avocada al desastre desde sus primeros vientos. Por Santander, base principal de acogida y reparación de la Grande y Felicísima pero descuajeringada Armada de Felipe II, ni siquiera verían aparecer sus velas. Cuando los barcos anglo-holandeses navegaban ya en confusa desbandada hacia Albión, serían numerosas las zabras del Cantábrico que iban a salir en su búsqueda, a la caza y captura de naves dañadas o con tripulantes diezmados o enfermos, que no podrían defenderse. Tarde cunde la noticia en la bahía de Santander, que envía galeones a medio reparar y urcas de cabotaje, con tripulaciones improvisadas de marinos y pescadores, tras esas mismas velas que se alejan mar adentro. Más de una docena de ellos regresará a sus bases llevando a remolque su propio bingo. De regreso a Plymouth, la pérdida constatada de 22 barcos grandes y la mitad de los hombres embarcados tres meses atrás, irrita al Consejo Real, en la que supone negligente derrota sufrida en aguas ibéricas por su impertérrito campeón. Cosas que pasan cuando el voluntarismo supera a la realidad. Drake, acababa de terminar su fantasiosa partida de bolos que, según el narcisista oráculo isleño, ni se inmutó en interrumpir cuando le informaron que las velas de la Gran Armada blanqueaban el horizonte. No parecía inmutarle tanta vela al viento que todas las naves llevaban tendidas… la armada avanzaba lentamente cual si gimiera el océano bajo aquella inmensa pesadumbre y no bastaran los fatigados vientos para mover aquella gigantesca mole… en forma de media luna que abarcaba una distancia de siete millas de un extremo al otro… todo un magnífico espectáculo, al decir de algunos videntes. La fanfarronada drakeña, de incierta veracidad pero tópica y tercamente repetida aún hoy en su isla, fue reprimida y apalancada al año siguiente, con sus propios bolos y bolas desbaratados frente a las costas portuguesas. Solo en ellas se estima cayeron 7000 de sus pupilos.


Al pirata Sir Francis le sería denegada toda capitanía de flota durante los seis próximos años. Esta vez no medió en el resultado meteorología alguna. Ni había tregua que tomara desprevenidas las defensas peninsulares, como era moneda habitual en sus campañas. Los estrategas británicos, crecidos por el éxito del encuentro y su restallante nacionalismo, incluidas ignorancia, impericia, munición equivocada, cañones mal fundidos, barcos mal ensamblados, y atraso naval enemigos, nada sinceros, se creyeron su propio relato prêt-à-porter, en clave de consumo interno… válido solo para el cortoplacismo de sus claques. Había que salpicarse el pasado miedo de encima. Pero contra lo que su regocijada prepotencia aseguraba, resultó que no, que los galeones españoles ni eran demasiado altos para sus barcos, ni se perdían sus elevados disparos en el aire, ni abandonaban los barcos al furor de la tempestad al verse incapaces de dirigir barcos tan pesados… como alegaba el historiador y filósofo David Hume sobre la jornada de La Mancha, además de otras ingenuidades frecuentes de hallar entre autores ingleses que describen ese y otros lances en los mares. Y esa falta de pericia y conocimiento lo achacaba ¡que curioso! a quienes habían hecho del Pacífico un lago español y del Atlántico un mar interior.


Vamos a ver marineros.


Así se jactaban quienes apenas conocían el Pacífico sino por los mapas de españoles o portugueses que allí habían navegado para levantarlos… y regresado para confeccionarlos. Apenas ocho años hacía que asomaran por vez primera la roda cinco de sus barcos (solo uno entró y salió vivo), al Piélago que cruzaran Elcano y Magallanes sesenta años antes. Y que Loaysa y nuevamente Elcano, cinco años más tarde, volverían a cruzar. Y que por su Norte Urdaneta y Legazpi conectaran de ida y vuelta el mundo asiático con el hispánico de Nueva España, antes que sus aguas mojaran casco inglés alguno. Y que varias decenas de sus navegantes garabatearan aquella centuria sus aguas en busca de nuevos mundos… entre ellos la Austrialia que tal nombre le inventaron en honor de la reinante Casa de Austria y hoy conocemos como Australia, aunque pese a intuirla, no lograran encontrarla… o sí, que pecios ibéricos del siglo XVI han aparecido en sus costas para regocijo de historiadores y arqueólogos… Ciertamente, solo la ignorancia puede generar tal osadía informativa. ¿Resulta creíble que el ilustrado filósofo e historiador Hume escribiera en 1760 su Historia de Inglaterra vertiendo opiniones tan desacertadas e inexactas sobre la España del siglo XVI?. Solo cabe pensar que nuevamente la neblina del nacionalismo, debió impedir ver el bosque de las evidencias… o simplemente, las desconocía.


Comprobarían los ingleses en propia carne, que la realidad era muy otra de la que sus paniaguados pregonaban. Parecía que súbitamente los artilleros de oficio habían aprendido a disparar sus católicos cañones, a horquillar su puntería. Y que sus macizos paquebotes no eran tan torpes en aguas abiertas como lo daban por hecho lenguas británicas. Digerida la adversa lectura inglesa, iba España a reponer su capacidad naval ‘online’, en pocos años, tan pocos como para seguir liderando durante al menos medio siglo más, sin tendencia a la baja de su capacidad constructiva ni defensiva, la élite marítima europea del transporte y de la guerra. Hasta que se lo arrebataran los holandeses tras la jornada de Las Dunas de Kent. Resultaba que también los astilleros del Cantábrico, además de construir desde siempre los mejores galeones del Atlántico, bajo rigurosos criterios navales emanados del Consejo de Indias, habían asumido una súbita productividad para sus diques. Y todo ello, con solo haberse dado una vuelta por Inglaterra… Alrededor, solamente… ¡lo que les había cundido!


La tautología de los barcos ingleses, pequeños, ágiles y manejables, resulta perogrullada sabida por cualquier aspirante a Patrón de Yate. Una de las primeras cosas que aprende por seguridad propia, es que un petrolero tarda varias millas en virar por mucho timón a la contra que meta súbitamente el timonel. La inercia del paquebote, directamente proporcional a su andar y desplazamiento, determina su virada, mucho más barrida de limpiaparabrisas de auto, que ciaboga de trainera cántabra. Pese a tener la vela derecho de paso sobre el motor ¡sálganse de su rumbo los veleros deportivos!… Todo barco que gana porte, pierde agilidad. Un buque-escuela no maniobra como un 41 pies, por muy marineros que sean ambos a la vela. Tal era el caso de la confrontación en el Canal. Los comerciantes ingleses preferían fiar sus mercancías a barcos extranjeros (hanseáticos de la Liga, sobre todo, pero también flamencos), antes que adquirir naves mayores y más caras. Los bajeles ingleses eran tan pequeños, salvo algunos navíos de guerra de la Reina, que no había cuatro buques mercantes que pasasen de 400 toneladas. Frecuentemente la Reina habíales animado a construir mayores barcos. Y era hora de ponerlo en práctica, si quería Albión madurar su liliputiense Armada. Seria precisamente el galeón ibérico el modelo a seguir, y mejorar si cabe, por los armadores ingleses y holandeses, que sabían la dependencia directa del subsistir a cobijo de poderosa flota. ¡No pocos barcos españoles capturados fueron remolcados a puertos ingleses para ser estudiados!. Desde siempre. Pero dejemos suposiciones y vayamos a cifras. Al morir Isabel Tudor (1603), el número de naves de su Real Armada era de 42… ninguna de ellas llevaba arriba de 40 cañones, solo había 4 que tuviesen ese número, 2 de mil toneladas, 23 inferiores a quinientas, algunas de cincuenta y muchas de veinte, insiste implacable David Hume, el, a veces riguroso contador, pensador escocés. Aunque en apenas un siglo, iba aquel propósito regio a tomar cuerpo de nauta.


El galeón español era en cambio, nave con castillo de proa prominente y popa elevada, y un arqueo variable entre 500 y 1600 toneladas, aunque predominaban los de 566 toneles. Su dotación artillera era selectiva entre 55 a 80 bocas de fuego por nao, repartidas en dos puentes y tres alcances: el largo de las culebrinas, el medio de los cañones, y el corto de los pedreros. Lanzaban las culebrinas proyectiles de hierro o pepinos a gran distancia, cuyos impactos dañaban casco, velamen y gente de a bordo. Hacíanlo los cañones con bolas de hierro esféricas o no, pero también palanquetas, angelotes, enramadas, cuatrorramales, etc, que siendo cargas centrifugadas por el alma del tubo, se desplegaban en su trayectoria de diferentes formas para desarbolar al rival o desgarrar sus velas. Los pedreros lanzaban bolas de piedra caliza que se cuarteaban en el aire actuando como metralla graneada sobre las cubiertas. La carabela, el otro tipo de nave presente en la fallida batalla del Canal de la Mancha, era nao redonda de castillos realzados a proa y popa, muy marinera en aguas abiertas y ola larga, llevaba nutrida fusilería en sus castillos y ribadoquines de calibre menor para su defensa, tal como su cometido de transporte requería a fines del siglo XVI.


Está claro que con los barcos de poderoso bordo que utilizaba la Armada Española en aquellos siglos, su táctica dominante en la guerra del mar era el abordaje, previa barrida de cubiertas adversas. De ello se encargaban los pedreros y las descargas de fuego desde la ventajosa posición de sus castillos, mediante mosquetes, trabucos y mosquetones. Conocida esta realidad oponente, la Armada Inglesa, tenía que optar por el cañoneo a distancias media y larga, para evitar peligrosas cercanías de los enhiestos galeones y su mortal abrazo de oso. Recibieron sus capitanes la orden de que no embistiesen a los buques españoles a quienes su tamaño, no menos que el gran número de soldados que llevaban, hubieran podido dar mucha ventaja… y que se limitasen a cañonearlos desde cierta distancia… que aprovechasen los vientos, las corrientes y todos los azares favorables… Eran ambas Armadas en número parecidas, pero contrapuestas estampas del perro grande y un perro chico siempre más ágil que el grande, que debe escabullirse a tiempo o perecer entre sus fauces. Esa era la guerra galana de los hijos de Albión: no dejarse copar sus pequeñas naves por el poder de las grandes. No solo con maniobras previas, sino con fuego oportuno en tiempo y separación, para evitar toda proximidad peligrosa. Su táctica: mantener distancias hasta ablandar la artillería de a bordo y tratar entonces de copar la nao enemiga. O que un afortunado disparo a la santabárbara la hiciera saltar por los aires.


En cuanto a los cañones empleados en cada nao, era ciencia particular del cometido del barco y su arqueo, las aguas que había de transitar, el peso de cada cañón, si bronce o hierro, el tipo de enemigo que iba a combatir, la servidumbre de hombres y el espacio operativo que cada pieza imponía. Como también lo eran la carga y tipo de pelotería que debía impulsar, su radio de acción y cadencia, el retroceso individual y colectivo de cada pieza artillera según alcance y masas propia y expulsada, toda la ciencia en fin que atesoraban los tratados al uso y la propia experiencia. En igualdad de otras condiciones, los cañones de largo alcance o grueso calibre precisaban una mayor masa inerte capaz de disipar el culatazo de la pieza, mera reacción del impulso conferido al proyectil. Eran por tanto más pesados. Con los grandes barcos que manejaban, llevaban los españoles de la Gran Armada, 2630 cañones de cobre (sic, bronce) de grueso calibre, con bastimentos para seis meses… Se trataba por tanto de cañones pesados.


Los barcos pequeños en guerra galana, precisaban también cañones pesados, capaces de absorber parte del retroceso impuesto por el impulso de sus proyectiles, ya fueran de medio o lejano alcance. De otra manera una andanada lanzada por cañones sin amortiguar retroceso, transmitía su impulso íntegro al barco, que sufría con cada secuencia artillera peligrosas escoras y derivas del rumbo. Además de las consabidas fatigas y desajustes estructurales por disipación del impacto sobre bordos, mamparos, cubierta, herrajes, anclajes, baos… que obligaban a revisiones periódicas. Por eso Chesterton, fino observador, cita como pequeños navíos escorados por el peso de sus cañones al referirse a la marina inglesa, ya descrita la dimensión de sus naves por el escocés Hume, que no entra a considerar la sutileza del inglés, quien marca en cierta forma la pauta de lo hasta aquí expuesto.

 

Figura 13a-Veracruz desde el mar. Rugendas


Así las cosas en Europa, el descubrimiento en Nueva España de otras vetas de metales preciosos en el interior (Zacatecas, Guerrero, Sonora, Chihuahua), junto al aumento de la producción de lingotes de plata en las ya existentes, suponía un poderoso respaldo al desarrollo del virreinato y su red de caminos reales. La obtención de plata favorecida por el amalgamado con azogue del mineral argentífero (1555) había incrementado notablemente el rendimiento de su explotación. Veracruz y su feria crecían como nexo obligado de unión con la metrópoli, potenciadas por el mercado interior del virreinato. Fundada la Real Casa de la Moneda de México (1535), Ceca matriz de América, habíanse acuñado sus primeras monedas de plata fina, conocidas hoy como “de Carlos y Juana”, por llevar indelebles en su haz los nombres del joven emperador y su madre viuda, la reina de Castilla. Eran monedas troqueladas a golpe de martillo sobre cuño, macuquinas irregulares pero de excelente ley, que cambiarían de formato y tamaño con el nuevo siglo, para acabar invadiendo los mercados asiáticos y europeos como Reales de a Ocho, Pesos (por su invariable “peso” de ley en plata pura) o Pelucones (por las pelucas de época que mostraron sus regias testas durante el siglo de las luces). Humbold, a dos siglos y medio de su fundación, consideraba esta Ceca como la primera del mundo, digna de ser observada por el orden, la actividad y la precisión que reinaba en todas las operaciones de su braceaje. Con 400 obreros directos, además de diseñadores, grabadores y administrativos, era entonces capaz de acuñar más de 30 millones de monedas anuales.


No había sido fácil la mentalización previa, e implantación posterior de la moneda, en una sociedad de trueque ancestral. Ninguna implantación forzada lo es. Los primeros españoles de Veracruz, trocaron los alimentos y artesanías indígenas, por abalorios, espejuelos, tijerillas o cascabeles, porque no otra cosa atesoraban que interesase al colaborador o al oferente local. Llegaron luego las encomiendas para los elegidos, con el trabajo forzado del indio a trueque de cobijarlo, instruirlo y alimentarlo. Pero, quienes en mayoría no eran encomenderos, no tenían cómo pagar al totonaca amigo, su parte de sudor aportado en el montaje de cercas, apertura de zanjas o pastoreo de ganado. Aún no habían generado producto alguno que trocar. Severas hambrunas hubieron de padecer aquellos emprendedores de primera hora, blancos o negros, que para todos hubo. Rechazaba el indio las monedas de vellón que los colonos ingenuamente le mostraban, asignando un cierto número de ellas para valorarles cada trabajo hecho. Aquellas pequeñas piezas de metal cúpreo, eran una ofensa comparativa para su etnia que lucía dijes de oro y pagaba su tributo en mercancía. Tenían razón. Lo que no tenían por qué saber es que Las Médulas, el yacimiento aurífero más importante de Europa (hoy parque temático y patrimonio de la humanidad), había sido agotado diez siglos antes por los romanos, privando al ibérico ciudadano de futuros oros en su pecunia de curso legal. Trajeron la civilización que dejaron, y no procedía lucubrar demasiados lamentos contra el hacer de aquel Imperio. Los Imperios primorosos, se parecen mucho a ti, sacan oro, ponen alma, siembran todo… son así, les hubiera explicado el gran Rubén Darío acerca de aquella nueva circunstancia y su precedente histórico, que nunca entendieron. Aún hoy, siguen muchos sin entenderlo.


El problema de compaginar el trueque indígena con la pieza monetaria empleada en Europa, resultaba difícil para todo quien demandara mercancía, si carecía de la moneda para poder comprarla. Dado el rechazo indígena, aunque la trajera, poco o nada lograba trocar por ella. Lentamente fue, empero, entrando en razón aquella sociedad ensimismada en su ayer, hasta normalizar un mercado imprescindible. Para poner en circulación una masa monetaria suficiente, partiendo del cero físico y mental experimentado, se enviaron remesas de moneda de las cecas castellanas, con circulación válida para nuestros reinos de ultramar. Ellas fueron las encargadas de monetarizar con éxito las transacciones internas del Imperio, en su trayecto hacia un mercado desvinculante del trueque. Carlos V encargará al Virrey Mendoza la tarea de poner en marcha la primera casa de moneda de América. Mendoza, valioso hombre – comodín, todero de acción y actuación, había sido Tesorero de la Casa de la Moneda de Granada, la ciudad de su infancia. Conocía la interioridad del proyecto y se puso a trabajarlo siguiendo la voluntad del César. Como primera medida contaría con los indios de Xiquipilco, excelentes orfebres, labradores y fundidores de metales preciosos, para laborar en la sala de troqueles, corte y afinado, las piezas. La Casa de la Moneda iniciaría su andadura virreinal domiciliada en las llamadas Casas Viejas de Moctezuma en Ciudad de México, apoyada en la excelencia artesanal de los indios y un préstamo real de mil marcos de oro, a devolver con futuros impuestos.


Pese al hallazgo de yacimientos de oro, pocas iban a ser las monedas áureas emitidas en las cecas de Nueva España. Fue solo a partir de 1676 que fuera autorizada la labra en oro del escudo y del doblón (ocho escudos), dando lugar al tradicional bimetalismo históricamente vigente en España. La razón de esta primitiva prohibición real sobre la acuñación del oro, se basaba en dos circunstancias, siendo la primera y principal, que España lo precisaba para pagar deuda externa contraída en países de patrón oro. Nueva España en cambio, era potencialmente capaz de invadir cualquier otro mercado con su plata, aunque no estuviera todavía autorizada a comprar ni vender fuera del Imperio. Dejó por ello de imprimirse en las Casas Viejas moneda de oro, y el metal aurífero de Indias tomó el camino de Sevilla en forma de lingotes, adquiridos por la Real Hacienda a expensas de los financieros-propietarios de las minas. El asiático iba a ser muy pronto presa favorita de Nueva España, forzando allí la asunción del patrón plata, cuando no el bimetálico, para hacerlo extensivo más tarde a una gran parte de Europa. Apenas un siglo había transcurrido, desde que la semilla de cacao circulase como habitual moneda en la Nueva España que nacía, hasta que su pecunia de plata incidiese con sólida demanda en los mercados del mundo, desde la China a Rusia y el Imperio Otomano. Especialmente desde mediados del siglo XVII.


Pero esta progresiva riqueza virreinal, venía aguzando peligrosamente la codicia de otras banderas, que multiplicaban sus acciones pugnaces en todo tiempo. A ellas habíase unido la plaga de los perros del mar y del contrabando, hasta tornar irrespirable la atmósfera transitiva de aquellas costas. Los frecuentes asaltos piratas sobre naves solitarias, obligaron al Consejo de Indias a condensarlas en flotas, que acabarían siendo escoltadas por una Armada de guarda. Vino con ello España a introducir, con su Carrera de Indias, los convoyes masivos de naves, protegidos por una envolvente de maniobras complementarias en salida de puertos, arribadas y pasos costeros peligrosos, mediante estrictos protocolos a seguir por la Flota mercante y su Armada consorte, suerte de danza nupcial de urogallos en celo. Armada que propició los afamados galeones cagafuegos, ocasionales volcanes flotantes de la época, con sus 40 y más bocas de fuego y súbita erupción artillera de bolardos y palanquetas con el barco a toda vela. Con el nombre de Armada de Barlovento o de Nueva España, y compuesta por una almiranta, una capitana, un par de galeones de la plata y algunas naos de aviso y comparsa, esta pequeña pero eficaz flota bélica, iba a fijar en Veracruz su base nórdica del Imperio (1546).


Pese a la rémora contrabandista, en su puerto llegarían a registrarse hacia España mercancías por más de 34 millones de pesos en los mejores años de su Aduana, y otros 5 millones más con rumbo a la Hispanoamérica atlántica, donde Tierra Firme y Cuba eran principales destinos. Más de 250 naves anuales derramaban productos novohispanos por los mares atlánticos fuera del Golfo de México. Cera, azúcar, cochinilla, añil, cueros, jabón, palo de tinte y pimientos, eran las ofertas masivas de su Aduana. Sus registros de entrada alcanzaban cifras máximas con los vinos, ropa, papel y libros, sardinas y anchoas, aceites, cordajes, linos, paños, sedas y gasas, hilo, corcho y clavazones de España. Pero también imaginería religiosa para iglesias y conventos, y selectos lienzos al óleo para ciertos próceres, además del cacao y café llegados de Maracaibo, Puerto Cabello y La Guaira, demandados para consumo interno.

 
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Contexto Histórico de Veracruz – II

El Código Mendoza (1535) enriquecía la visión urbana de Vitruvio. Preconizaba el diseño de las ciudades según clima y posición geográfica. Calles amplias y oreadas, con edificios no muy altos y buena luz, para climas de montaña e inviernos frescos; calles más estrechas y edificios altos de sombra y refresco, en climas tórridos. Y todas las calles, aptas para el tránsito de carruajes de posta o privanza. Posteriormente el Plan de Ordenamiento Urbano de Indias (1573), decretado por Felipe II, será la directriz urbana básica seguida por Antonelli y Valverde para el asentamiento de Veracruz frente al peñasco de Ulúa (1590). El  nuevo Ordenamiento prohibía fundar ciudad alguna sobre asentamientos indios, como habíase hecho en los primeros tiempos de la conquista, pese a las quejas del mundo indígena. Seleccionado el lugar adecuado, un oidor de vientos (equivalente al meteorólogo de hoy), debía emitir su preceptivo informe para definir la orientación de las calles, una vez que los veedores adaptábanlas a la rasante del terreno y al arrastre de la arena y turbulencias eólicas que sus médanos costeros propiciaban. Este enfoque iba a perdurar sustancialmente hasta los días de Carlos III (1764), cuando los repartimientos de ejidos y tierras comunales del municipio, serían controlados por comisionados ad hoc, nombrados por el visitador real. Los días del  repartimiento ante un Notario  nombrado a dedo, como en tiempos de Cortés, habían terminado.

 

El desarrollo del proyecto de Antonelli y Valverde para fortificar San Juan de Ulúa,  iba a encontrar el inconveniente del forzoso laboreo indígena. El virrey Luís de Velasco, en carta a Felipe II, desaconseja las obras del fuerte por falta de mano de obra,  pues no habiendo en esta tierra otra sino de indios, sería acabar con los pocos que hay en la comarca, y traerlos de otra…sería traerlos a morir…imposible continuarse ni hacerse en ningún tiempo (la obra), si no fuese con negros… estribillo éste que el ya anciano monarca, había escuchado como pertinaz eco de voces autorizadas en cualquier latitud del imperio indiano. La imposibilidad de acometer infraestructuras vitales en un mundo enquistado, a partir del esfuerzo de unos aborígenes que enferman, fallecen o huyen a los montes, ante tareas de obligado desarrollo, acabará convenciendo al Rey Prudente para abrir sin ambages las puertas a la esclavitud negra. Tal como venían haciendo las otras colonizaciones europeas. A ojos renacentistas, la gigantesca tarea de movilizar hacia el progreso aquellas preteridas sociedades  indígenas, era tarea punto menos que imposible, al no poder contar con una mano de obra fiable capaz de ser activada in situ.

Figura 5: La Tenochtitlán que le esperaba a Cortés. Mural de Diego Ribera

       

El surgidero de San Juan de Ulúa había sido, en los primeros años de La Villa Rica,  un solitario arenal de escaso calado, protegido por el islote que socairaba de los nortes unos fondos de firme agarre al ancla. En derredor y separados alguna milla, emergían media docena de peñascos de múcara coralina (coquina), que salpicaban y complicaban las aguas navegables del contorno. Dos canales permitían acceso y salida entre los bajíos circundantes, ya con los nortes dominantes del otoño e invierno, ya con los lestes del verano. Pero imprevistos ciclones habían desbaratado flotas sin poder auxiliarles resguardo ni escape. Sobre el primitivo presidio del peñón de la conquista, habíase erigido en 1531 una torre con farola, para orientar en horas oscuras los rumbos convergentes. Años más tarde serían dos las torres levantadas, entre las que mediaba una muralla de cal y múcara de dos brazas de altura y 20 pies de espesor. A lo largo del paño habíanse fijado aldabones de amarre, cambiados más tarde por argollas, que ahora se pretendían ampliar para cobijar mayor número de naves.

 

Dos desastres navales iban a perdurar en la memoria colectiva de los veracruzanos. El huracán de 1552 y el norte de 1590. En ambos casos las embarcaciones, amarradas al resguardo murado de Ulúa, fueron trituradas por una resaca espumosa de formidables vientos, capaces de arrancar campanas de las espadañas, volar botes sobre el agua y planearlos sobre el islote, apelmazar en esquinas, socaires y zaguanes, montones de algas removidas por la mar de fondo, y succionarlas como arena de playa por una tromba marina desatada. En el segundo, las 52 naves de la Flota de Nueva España que enrumbaban a Veracruz luego de haber desgranado cuatro de ellas a Campeche, se vieron copadas por las primeras rachas atemporaladas de un norte desabrido. Trataron de entrar a Ulúa algunas, corrieron otras los vientos al suroeste, y se perdieron 17 de ellas entre las olas. Pipas de vino, toneles, fardos y cajas, resmas de papel blanco, libros, partituras sacras para coros y conventos, pesos de plata del situado real, telas y confecciones, herrajes, lienzos al óleo, fueron apareciendo, embalados algunos, desgarrados otros, por las playas meridionales del seno mexicano. Las naves que lograron trincar tempranas amarras en Ulúa, hubieron de largarlas presto, para correr a palo seco entre las rompientes. Las que no pudieron hacerlo, perecieron en un proceso conocido e ineluctable para todo barco de medio o bajo porte, cuando sujeto al ancla o amarre en corto, es presionado por ventadas de larga racha. El fuerte viento sobre la obra muerta tensa cadenas y calabrotes, las proas no cabecean libres bajo una cadena que tira e impídelas remontar, las olas comienzan a pasar por cima o romper sobre careles y puentes embarcando espuma y agua, el barco se anega y presenta una arfada menguante, sentencia de naufragio, juguete inerme entre aguas, que acaba rematado por el confuso vaivén de fondo que lo desguaza. Los hombres de mar danlo por sabido, aunque así no sea para quienes desde tierra lo observan desesperados.

 

La orografía dunosa del surgidero de Ulúa y las corrientes marinas de la costa durante el temporal, anegaron de arena los fondos de ancla y canal, que complicaba el mantenimiento operativo para la próxima entrada de los panzudos galeones de la Flota. Pero no existía otro cobijo más seguro en muchas millas de costa. Decidióse por ello limpiar los fondos del surgidero, para mejorar la base y calado de la flota novohispana. Un filibote, chatas, cabrestantes, garfios, cadenas, bateles, chalupas, junto con buzos y abundante marinería, fueron requeridas para la extracción de los pecios y perchas sumergidos. Apareció un cosmos abigarrado de calabrotes, mamparos, timones, cadenas, obenques, cofas, mástiles, carlingas, crucetas, tambuchos, pedreros, anclas y muertos, previamente orincados para ser más tarde izados a superficie y llevados a las islas, o vertidos sobre fondos de cala profunda.

Figura 6: La ruta seguida por la expedición de Cortés hasta el Valle de México

 

Pese a los malos tragos de la Flota, a finales de siglo había cobrado definitivo impulso la idea de un nuevo emplazamiento para Veracruz y su puerto en Ulúa. Todo el movimiento comercial y edificios en él implicados, Aduana incluida, iba a ser trasladado al sitio de las Ventas de Buitrón. Habíase montado ya un embarcadero en tierra firme y se habían adjudicado parcelas para  hospederías, ventas, hospitales y conventos. En 1599 por orden de Felipe II, se trasladan allí también las autoridades civiles y eclesiásticas, a partir de cuyo momento y con el nombre de La Nueva Ciudad de Veracruz que hoy conocemos como Nueva Veracruz, comienza su imparable desarrollo urbano. Dos siglos más tarde el Barón de Humboldt la definiría como una ciudad hermosa, ilustrada y de pujanza comercial extraordinaria, con periódico e imprenta propia, próxima ya a las 30.000 almas... Pero a finales del siglo XVI, era poco más que un puerto de recalada con unas docenas de velas envergadas, que vivían del  comercio virreinal y la pesca, ampliados con el matute delictivo. El Rey había sido puntualmente informado del activo contrabando que cubría la noche en sus arenales, mientras la Flota dormitaba en las argollas de amarre. Lejos de los cauces ciudadanos, y al cobijo de Ulúa y Buitrón, silenciosos bogas iban y venían de los galeones con sus botes ahítos de mercancías fuera de registro. Los oficiales de la Aduana habíanlo denunciado… pues que  luego que surgen las naves, antes de nosotros las visitar (sic), los maestres sacan de los navíos las mercaderías que traen por registrar y contrabando, y las esconden en la dicha isla, en casa de los mercaderes y soldados della, que las guardan y ocultan y encubren, porque tienen de esto sus provechos y granjerías… Flagrante desfalco al erario, que inclinaría al monarca a trasladar ciudadanos como escrutadores del propio escenario del fraude, y multiplicar así los avizores contra el delito. La vigilia sería prestada ahora por la propia Veracruz, siempre curiosa y asomada al entretenido quehacer de sus muelles. Trazado el damero ciudadano en su definitivo acomodo, construiría el Cabildo un espigón a manera de estilete que penetrara las aguas someras. Facilitaba la carga y descarga de fardos y cajas desde los botes, además del control aduanero de hombres y mercancías. Por él iba a llegar el mercurio para las minas del interior, y salir la plata de sus yacimientos hacia Sevilla, siempre bajo el ojo avizor de su Real Aduana.

 

La primera consecuencia de las Ordenanzas de Felipe II, era que Veracruz debía poseer accesos seguros y directos por mar y por tierra, para que se pueda entrar fácilmente y salir, comerciar, gobernar, socorrer y defender el puerto vital que ya era. Cual Foro de Vitruvio, con su basílica, templo jupiterino y curia senatorial, ve nacer su Plaza de Armas, cobijo para la Iglesia Mayor, las Casas Reales de Gobernación, Cabildo y Cárcel (más tarde desplazada junto a la muralla), y el Hospital Real, siempre presente en los puertos del Imperio. De ella parten las cuatro calles maestras, ejes del comercio local y vía futura de la expansión ciudadana a todo viento. Nada escapa a la aguda percepción de Battista Antonelli, que proyecta una muralla vitruviana cuasi-oval, salpicada de baluartes perimetrales, cual morrocoy enclaustrado. Solo dos puertas de tierra trepanan su caparazón, para abrirse a los caminos de Tabasco y México. Pero despejaba su frontis urbano al mar y al surgidero, con el entramado de calles sesgando la directriz de los temidos nortes, al tiempo que prever una ciudadela medieval sobre los arrecifes de la Caleta. Entramado que, andando el tiempo, iba a ser recortado por nuevas calles desajustadas de su ortogonalidad vitruviana. Era un diseño equilibrado para la vida urbana y su función comercial. Cuidaba los enlaces con el interior del virreinato y el trazado de los caminos reales, que debían acoplar las sucesivas veracruzes fundadas.

 

Las adjudicaciones históricas de aquellos terrenos comunales, ya en agraz huertana o ganadera pero apartados de la Nueva Veracruz, debían tener salida al Camino, so pena de estrangular sus producciones. Y Antonelli las enlaza entre si y con la capital del virreinato, encauzando  por esas veredas las cientos de reatas de mulas que transitaban hacia y desde la capital. Humboldt los llama genéricamente Camino de Europa, que los veracruzanos desglosaban tradicionalmente en Camino de Orizaba y Camino de las Ventas. Caminos de 8 a 10 varas castellanas (1 vara/ 0,84 m), empedrados o puenteados en sus pasos difíciles, aptos para ser transitados en todo tiempo por  pezuña o rueda, que iban a tener por sí mismos una gran peripecia histórica, incluso para ser proclamados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (2010). No único, porque el México de hoy cuenta entre sus patrimoniales reliquias de la humanidad, con otros trece legados monumentales dejados por el Imperio Español.

Figura 7: Las Ventas de Buitrón y las argollas de San Juan de Ulúa  

 

La traza de  los caminos a lo largo de la costa y hacia el interior, había seguido a veces primitivas sendas indígenas, mejorando trazados y anchura, según uña o carreta, donde el paraje lo permitiera. Fueron los tamemes indígenas con su costal de fibras vegetales, quienes primero transitaron aquellas trochas para portar veloces sus encomiendas o su correo. Los caminos costeros, desde La Villa Rica a La Antigua y La Nueva Veracruz, hasta Alvarado por el sur y Pánuco y Jalapa por el norte, eran herencia de aquellas sendas no previstas para animales de carga. Fueron miles los mulos y mulas nacidos en los hatos de las veracruces fundadas, que por ellas transitaron en demanda del mercado naciente, tras la pacificación y sometimiento indígenas. A medida que el tránsito de mercancías crecía con la demanda del transporte portuario, iba mejorando la senda capitalina, ensanchados sus pasos, consolidados sus vados y  construidos puentes.  Humanizado su trayecto con ventas y hospitales a tiro de jornada, eran los de Perote, Orizaba y Jalapa su referencia. Poseían estos hospitales, además de un Administrador General, cirujanos, médicos, mayordomo, barbero, enfermeros y enfermeras, personal subalterno para higiene y mantenimiento, además del capellán, uno de los cuales sería el científico criollo Carlos de Sigüenza y Góngora, responsable del asentamiento novohispano en la Pensacola floridana. Alguno de ellos buscaría financiación adicional a sus penurias, mediante el teatro popular y los Corrales de Comedia con sus entremeses, autos, comedias y bailes, improvisados en sus propias dependencias. En el Hospital de San Martín de la isleña Ulúa, se atendía en tiempo de flota a todo pasajero negro, mestizo, esclavo, soldado, marino o parturienta que lo precisase. A partir de 1566, se dotaron los caminos de un servicio itinerante de apoyo caminero, conocido como La Recua, respaldado por más de un centenar de mulas entalegadas cargadas de primeros auxilios que aplicar en ruta. Los hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, voluntarios del servicio, atendían a los enfermos e indigentes del camino para evitar sus muertes como desecho tirado por recovecos, mesones, postas, casamatas o bajo los propios puentes, sin confesión ni consuelo alguno. Con su Recua, llevaban al enfermo posible a lomo, cuando no en angarillas rastreras, hasta el hospital más próximo. En el siglo XVII, gran parte de los hospitales reales del Imperio, fueron cedidos a los Hermanos de S. Juan de Dios, por su ganada  fama de eficacia por doquier desplegada. 

 

Dentro del impulso renacentista ibérico, la peculiaridad de la conquista española del siglo XVI nada tuvo que ver  con el concepto colonizador coetáneo del imperio portugués, ni de los otros imperios marítimos, prestos a eclosionar en las siguientes décadas o centuria. Pero todos acabarían asumiendo similares tácticas con el indígena, que tratarán de neutralizar mediante alianzas con sus enemigos naturales, para intentar someterlos a todos. Los españoles con la cruz en una mano y la espada en otra, mostraban en rédito propio la cruz para golpear con la espada, o la espada para golpear con la cruz, como adecuadamente apuntara Miguel de Unamuno, en tanto permeaban ese confuso mundo geográfico y humano que estaban aprendiendo. Bajo el rigor de las Leyes de Indias, hubieron de agrupar a los indígenas, catequizarlos y civilizarlos en sus polis, al estilo romano. Cristianizar y civilizar era para los castellanos un mismo empeño, asumido mayormente a la fuerza por sus conquistadores de toda hora. La Corona les exigía un esfuerzo adicional de apoyo al mundo indígena, para mostrarles las letras, que sin ellas son los hombres como animales, y el uso del hierro, que tan necesario es al hombre… y muchas buenas costumbres, artes y policía (léase orden y aseo), para mejor pasar la vida… según criterio conceptista del historiador López de Gómara. Había que sembrar para recoger. Era una suerte de cheque en blanco que exigía la Corona, pero que el colono no podía o no estaba dispuesto a conceder de buen grado. O carecía, simplemente, de la visión necesaria para entender más allá de su mediatez alicorta. Debían penetrar unas culturas que, la más avanzada, no había alcanzado aún la edad del bronce. Es fácilmente comprensible lo que un emprendedor moderno sentiría frente a semejante paternalismo, obligado por Ley (de Indias) a tratar con guante blanco a una mano de obra que valora en nada. Era el caso de los conquistadores, que en su propio contexto cultural, podían jugarse, además de su ganada hacienda, la vida. No se trataba de icónicos misioneros hechos de palosanto y salmos, sino hombres del común, mercantilistas al uso que se la estaban jugando. Y humanamente, así reaccionaban, frente a las leyes y el destino.

 

Como una prolongación de la Reconquista, íbanse incorporando a la Corona nuevas tierras con sus gentes, nuestros Reinos de Indias, en frase afamada de los Reyes Católicos, con toda su maquinaria sicológica y humana y su  cosecha de errores. No mayores ni menores que los de sus contemporáneos europeos en otras latitudes y contextos. Gracias a Jerónimo de Aguilar (1524) y al obispo Zumárraga (1536), la ciudad de México tendría las primeras imprentas de América, cuando todavía eran, para mucha Europa, armatostes desconocidos con las litografías como cara visible. Aquel náufrago del Darién que Cortés rescatara de los mayas, había dejado de enarbolar la espada, para retomar el didactismo de la imprenta y la cruz. El obispo se apresuraba a publicar su Catecismo de la doctrina Christiana en lengua mexica y castellana, para agilizar la doble catequesis, religiosa y lingüística, de sus ovejas diocesanas. La Universidad de México (1553), iba a preceder en casi un siglo a su homóloga británica (Harvard, 1636), mientras Portugal, Holanda y Francia, jamás llegarían a poseerlas fuera de su frontera nacional antes del siglo XIX, si es que alguna vez allí las tuvieran. Tiempo suficiente para ver consolidar en el Imperio Español otras veintinueve de ellas, desde Manila y Cebú en Filipinas hasta Buenos Aires y Santiago de Chile en el otro extremo del continente americano. Cuarenta y una catedrales erigió España en ese tiempo, junto a otros monumentos eclesiales que, sin llegar a serlo, constituyeron entonces una vanguardia contemplada hoy en asombro, por representar una vanguardia sismorresistente de caparazón pétreo, que conocemos como iglesias barrocas de Filipinas. Misioneros jesuitas principalmente, fueron aquellos estudiosos de la dinámica estructural, envuelta en la estética barroca de las islas del poniente, observadores atentos del bronco talante del suelo y la respuesta de sus cúpulas y sus torres, cuando el huracán o el terremoto apretaban. Ninguna catedral levantó Inglaterra o Francia. Las cuatro construidas antes del siglo XIX que perduran en los EEUU de hoy (Nueva Orleáns, Monterrey, Texas, Florida)  fueron levantadas por España.

 

Esos llamados Imperios para consumo propio, ajenos a la imbricación humana y obras públicas que la conquista suponía para los españoles y supuso para los romanos, iban a limitarse al comercio litoral. Simples factorías para el trueque mercantil con los indígenas, o plantaciones costeras que cultivar en clima favorable para vender sus productos en la metrópoli. Como el caso de los fenicios, los cartagineses o los venecianos, que nunca soñaron un imperio, sino una rica red de graneros portuarios. Demorarían por más de un siglo incursionar en el agujero negro de las tierras interiores y sus desconocidos riesgos, manteniendo un limes fronterizo allí donde sus plantaciones daban paso al yermo. Nada que ver con la pujanza española, que desde el minuto cero acomete en derechura, tras su bandera y su cruz, la ocupación de territorios continentales apartados de las costas, desierto, río caudal o cordillera mediante a veces. Funda enclaves intermedios de apoyo, imbricados por caminos reales capaces de agilizar toda incursión o extracción minera de necesarios yacimientos con que lubricar la maquinaria imperial. Las minas eran, para el mercantilismo renacentista, la menor inversión posible de rentabilidad mediata. Su búsqueda era compatible con las sementeras del coloniaje y sus esperas de la siembra a la vendimia, o el manso pacer de las puntas de ganado en la sabana. Era demasiado poderosa la necesaria infraestructura a consolidar, para poder triunfar sin ellas en semejante empresa. Impensable para los demás reinos europeos de la época, a excepción tal vez de la próspera Francia y el Portugal navegante, que en el mar aventajaba a todos, y por sus costas se escabullía como frailecillo para colgar sus nidos.

 

La conquista de Nueva España iba a suponer una suerte de diástole de la metrópoli, una dilatación cordial de la propia España, con sus mismas limitaciones y prebendas judiciales y humanas. Los documentos que la propiciaron son su testigo. En contraste con las colonias británicas del norte atlántico, en entredicho y revisión hoy el discutible papel imperial jugado en América por su metrópoli. Unos territorios siempre considerados de menor porte, nunca pariguales a su insular ego, donde el indio era maleza que rastrojar para sus plantíos. En realidad un eco medieval idiosincrásico de su clase acomodada, hacia la mayoría humilde de la gleba campesina. Aquellos ciudadanos de segunda un día se levantaron. Con su divorcio de la metrópoli, sentían poder llegar a ser algo que Inglaterra nunca les permitiría ser, matiza Chesterton al comentar su circunstancia social. A sus documentos de los siglos XVII y XVIII, leyes, actas parlamentarias, planes de integración, nos remitimos. ¿Cómo se plantearon los clérigos puritanos la existencia del alma india? ¿La necesidad humanista de dotarles de hospitales y escuelas?

 

Como centro de poder eclesiástico y social, Veracruz iba a ser filtro y corazón de los núcleos humanos establecidos durante la primera centuria de la conquista. Constituidos sobre bases indígenas diversas, acabarían modulados por las familias de los colonos en ellos inmersos con sus sirvientes africanos e indígenas, sesgo tradicional de la idiosincrasia española de un medioevo que agonizaba. A la ciudad llegaron los primeros frailes franciscanos para predicar el evangelio de Cristo. Encuentran una sociedad urbana, sedentarizada, apta para la incorporación tributaria y social como pueblos de indios, a quienes interesa aparentemente la aclimatación de cultivos, pero no el aseo personal y colectivo, ni la catequesis eclesial, aferrados a sus chamanes y tabúes, pero sí la magia de su música, su canto y sus instrumentos de cuerda o viento. En cambio la realenga Jalapa, poblada por familias totonacas desde época prehispánica y aliada incondicional del Cortés de los años difíciles, se vio promovida socialmente por el contacto de gentes apegadas a su vieja feria indígena. Su autonomía siempre respetada, nunca encomendada a conquistador alguno, consolidó su recurrente hormiguero humano. Esta convivencia primaria, sedentaria y pacífica, entre antiguos rivales comarcanos, testimoniaba un abismo social con las etnias nómadas o trashumantes, de costumbres bárbaras y progresivo atraso comparativo. Los propios indígenas sedentarios llegarían a establecerse entre los pueblos nómadas con aura de conquistadores, prolongando de facto su tribal menosprecio hacia esas otras etnias.

 

La aclimatación de nuevas especies vegetales, encontraría en las culturas más atrasadas y primitivas, una barrera intelectual difícilmente superable en estos primeros envites de civilización sedentaria. Tanto el legislador como el misionero, desconocían que la avitaminosis generacional alimentaria de algunos grupos indígenas, generaba en ellos una debilidad mental congénita, sobradamente conocida y diagnosticada hoy, pero desconocida entonces. Además de su tristeza taciturna o irritabilidad súbita, para su sorpresa, aquellos indios olvidaban y desatendían aquello que unas semanas antes habían sembrado con dedicación y asumido entusiasmo misionero. Una rutina sobradamente conocida, por explicada y supuestamente entendida, que representaba el camino para el éxito de sus futuras mieses. Solo cuando el hambre roía su digestión, recordaban dónde ir a recolectar la cosecha, ya marchita en muchos casos y perdido su agraz. Una suerte de reflejo de Paulov anterior a Paulov. Imprevisión, indolencia, desidia, he ahí los vocablos que podrían acotar el círculo vicioso de su talante humano. Si bien los misioneros eran pocos, fue mayormente sobre sus hombros donde recayó la tarea de poner en producción los cientos de plantaciones de las misiones novohispanas. Dudaban, y a la vez soñaban, volverlas eficaces en la generación subsiguiente de nativos. Y se equivocaban, al menos en parte. Pronto comprobaron los misioneros que los grupos indígenas salvaguardaban con ahínco sus diferencias interétnicas, y mantenían viva la memoria de enfrentamientos fósiles, pero no asimilaban el necesario hábito productivo en beneficio de todos. Tal vez para el legislador y la Corona existiera un indio, uno solo, genérico; pero para encomenderos, educadores y misioneros de Nueva España, quienes con ellos directamente trataban el día a día, existía una amplísima gama de culturas indígenas, desde la nómada o recolectora-cazadora paleolítica, hasta la estructurada cultura mexica como tope superior. Y estos particularismos étnicos iban a perdurar por generaciones. Nada resultaba fácil en aquel mundo por hacer.

 

El sometimiento del imperio azteca, supuso para Nueva España un importante vacío de población aborigen, debido no solo a las bajas de los nativos combatientes en todo bando, sino también a las epidemias traídas por europeos y africanos. Emblemática fue la de viruela que siguió a la llegada de gente negra con Pánfilo de Narváez, que sentenció a Cempoala. Era un golpe contundente contra la masiva sociedad indígena, en trance de conservar su cultura prehispánica, además de aportar mano de obra supletoria para la producción agropecuaria y minera de nuevo cuño que se iba gestando. Esta situación poblacional a la baja, iba a tardar un siglo en recuperarse. Era el tributo histórico consecuente al choque de dos mundos enfrentados, que propiciaba el colapso demográfico por varias vías: una, desde luego, la eliminación de vencedores y vencidos por interacción pugnaz directa, una segunda por genocidio político-retaliativo del vencedor sobre el vencido y viceversa si ocasión hubiere, y otra, más que probada, por la cesión e intercambio microbiano o viral desconocida entre etnias con defensas naturales menguadas por la avitaminosis nutricional, las penurias bélicas y la carencia de higiene. Las tres causas se dieron sin duda en Nueva España. Sin saberlo, la acometida conquistadora/repobladora de Cortés iba a plantear, por vez primera para el análisis profundo, un modelo de encuentro social entre invasores y autóctonos de diferente desarrollo humano con un cierto paternalismo legislativo interpuesto, cuyo didactismo han tratado de desgranar a día de hoy no pocos humanistas, sociólogos e historiadores. Y en ello siguen insistiendo algunos, que su consecuencia no fue baladí. De aquel encuentro proviene el mundo hispánico de hoy.

 
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Contexto Histórico de Portobelo – IV

Cuando sobrevino aquel ataque, el San Jerónimo tenía todos sus cañones desmontados de sus pútridas cureñas. Santiago de La Gloria, aunque disponía de cañones útiles, resultaban ineficaces ante la distancia de tiro necesaria para alcanzar los barcos de Vernon, lo que provocaba gran risa entre los británicos de a bordo. Fuera de la bocana nunca sobrepasada, amparaban su disculpa para no sobrepasarla en la marea y los vientos contrarios. Fueron los marines quienes saquearon una ciudad abandonada de sus escasos moradores de época muerta, carente de ferias desde que comenzara el bloqueo, escarmentada testigo de fechorías predatorias asociadas siempre – hoy todavía – a gentes arriscadas de habla inglesa. No fue este el caso, porque después de hallar un exiguo botín ciudadano de 10.000 pesos destinados al pago de tropa, levantaron el campo y el flamante caballero Vernon tras capitular la rendición de la plaza regresó a Jamaica, al parecer sin provocar torturas, ni revanchas, ni incendios. Como contrapartida se llevó 40 cañones de bronce y 24 bombardas, lanzando al mar cañones de hierro y fusiles, y demoliendo hasta su raíz los castillos y parapetos que habían quedado en pie. Conforme a la maldita insania con que la fama del lugar anatemizaba al europeo en general y al británico en particular, poco tiempo demoró su escape de la ciudad hacia otras costas, no sin llevar a remolque la balandra y una de las fragatas, porque a la otra fragata faltóle tiempo para enviarla a Inglaterra con la buena nueva para su rey. Pero en el panorama global de la guerra contra España su acción sobre Portobeloera un fracaso táctico, pese a la subsiguiente destrucción del  Fuerte de San Lorenzo de Chagres, llevado a cabo en la primavera entrante con el ánimo de tomar Panamá por elCamino de Cruces. La ciudad del Pacífico había sido avituallada desde Perú, corregidas a tiempo sus carencias artilleras y tomadas las armas contra el inglés por todos los forasteros en plaza. Contra ellos se estrellarían los 2500 marines de la Royal Navy y 500 negros de desembarco conducidos en 53 embarcaciones que Vernon, río arriba, lanzaba sin saberlo hacia una sucesión de letales emboscadas. Con los supervivientes de aquella debacle, izará velas para abandonar  la empresa panameña y retornar a su base de Jamaica a la espera de mejores vientos.

La idea de copar el istmo desde ambas orillas, para yugular el Imperio Español, era un proyecto ya planteado desde la centuria anterior en el ParlamentodeLondres, pero la crecida Inglaterra no había alcanzado aún la necesaria supremacía del mar, que ahora disfrutaba. La formidable escuadra de Vernon aportada en Jamaica, debía invadir el istmo desde la costa caribe, en tanto que la invasión por el Pacífico y Panamá, habíase encomendado al comodoro George Anson y su flota de seis barcos de línea más dos cargueros de apoyo, que saldrían demasiado tarde de Inglaterra rumbo al Mar de Hoces y el Pacífico (1741). Pero solo tres de sus barcos iban a lograr doblar el Cabo de Hornos. Maltratados sus hombres por el escorbuto, debería Anson abandonar otros dos  por falta de brazos, prosiguiendo la remontada oceánica hacia el ecuador, con el solitario Centurión, buque insignia de su armada. El comodoro inglés había olvidado ya a estas alturas el cometido imposible de atacar Panamácon sus reducidos medios, y solo soñaba con capturar el confiado Galeón de Manila que había de singlar más al norte por aquellos días. Vernon nada sabía de la suerte de Anson; su calidoscopio particular llamábase ahora Cartagena de Indias, a la sazón sin virrey de la Nueva Granada, fallecido unas semanas antes. Escribe como advertencia una jactanciosa carta, que envía con la balandra capturada en Portobelo, dirigida al Comandante General de la Armada de Tierra Firme, Don Blas de Lezo, ya conocidos de pasados lances en otros mares. Al saberlo ahora con mando en plaza, no puede menos que espetar ¡God damned, it´s the same bastard!. Toda una premonición de la nueva e inexorable colisión que el parlamentario-almirante estaba abocado a enfrentar contra el viejo pero renovado hijo de mala madre, mando supremo de la plaza cartagenera. Y de su armada, compuesta a la sazón por siete galeones y dos registros, agazapada a la espera de acontecimientos en la Bahía Exterior de la propia Cartagena. Una empalagosa y fatua misiva que el mutilado guerrero pasaitarra, conocedor de la vergonzante rendición de la ciudad  tras la Batalla de Portobelo, y del insulto hecho a la plaza del Rey, mi amo,  recibe y refuta a bordo de su Conquistador con las palabras de dignidad herida de quien espera la hora de la verdad:  … bien instruida VE del estado en que se hallaba aquella plaza, tomó la resolución de irla a atacar con su escuadra, aprovechando la oportunidad de una imposible defensa para conseguir sus fines … puedo asegurar que VE me hubiera hallado en Portobelo para impedírselo si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, incluso para buscarle en cualquier otra parte, persuadido de que el ánimo que les faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía … y si VE lo dudare, podrá preguntárselo al Gobernador de esa isla (Jamaica), quien enterará a VE de todo cuanto le tengo expresado... Y la hora de la verdad entre ambos marinos llegaría meses después en la Batalla de Cartagena de Indias, donde el mediático pero derrotado Vernon comenzará a palparel ocaso de su plenilunio parlamentario y naval, especialmente luego de llegada a Inglaterra y conocida su humillante verdad. Lo que esta vez produjo menos risa a los británicos. Pero desató la franca carcajada entre los españoles al conocer que Londres había emitido, avant la lettre, nuevas medallas para conmemorar la rotunda victoria de su héroe en Cartagena, aunque fueran prestamente retiradas para enmudecer su entuerto.

La decadencia económica del enclave y la lucha combinada de las potencias europeas contra la piratería en América eran patentes, pero aún así Portobelo iba a sufrir un último y significativo ataque. El contrabandista inglés William Kinghills (1744) devenido en  nuevo Jenkins frustrado por la acción de los guardacostas españoles, a pesar de conservar todavía incólumes ambas orejas, penetra inopinadamente en la bahía y comienza a batir la ciudad con el fuego de sus cañones. Dañará la Aduana y gran parte del caserío antes de ser rechazado de sus aguas. En ausencia de los bergantines de guarda en misión de bojeo, serán las baterías de 15 cañones instaladas por el nuevo gobernador, las encargadas de repeler el ataque. Alsedo y Herrera había mandado levantarlas en fajina y tierra junto al reducto remozado del Fuerte San Jerónimo(1741), para repeler supuestos ataques contra aquella nada. Se trataba de una alternativa provisional a la reconstrucción de los castillos arruinados por Vernon, que resultó efectiva, bajo el nuevo rol de Portobelo como presidio periférico lejos de frontera.

                   Figura 15: La Aduana de Portobelo en su estado actual

Firmada la Paz de Aquisgrán (1748), la feria de Portobelo nunca sería repuesta y  sus tradicionales defensas apenas remozadas para nuevo cometido. Plata, mercancías y caudales accederán por el Magdalena Mdirectamente a Cartagena, Santa Marta o Riohacha.  España se siente incapaz de mantener su tradicional monopolio comercial con América, y permuta todo régimen de Flotas y Galeones o Escuadras por el de registros sueltos, barco a barco, con lo que el istmo empieza a perder su relevancia estratégica y económica. Se suprime la Audiencia de Panamá, que acompaña a Portobelo en un irreversible declive. En adelante los navíos de asiento (uno por feria y nación amiga) serán como nómadas solitarios que peregrinan el Atlántico. Portobelo pasa a ser un presidio de control del contrabando y las posibles cabezas de playa enemigas. Es en este contexto cuando se proyectan nuevas defensas o reconstruyen las útiles, de acuerdo a las tácticas y cánones bélicos vigentes. Pocas flotas de muchos barcos y destino fijo pasan a formar muchas flotas de pocos barcos con destino vario. Se multiplican los puertos emisores y receptores de la Península y las Indias, el contrabando en América se vuelve incontrolable. De España llega al Caribe lo más granado de su ingeniería militar. Se renueva el Fuerte San Lorenzo el Real de Chagres, santo emblemático de Felipe II en cuya festividad derrotara a los ejércitos de Francia en San Quintín (1557) y a cuya advocación levantara el Monasterio del Escorial que lo rememora.

Destruido finalmente por Vernon tras tres intentonas fallidas en otros tantos años precedentes, el Castillo de Chagres asumía finalmente en nuevo proyecto una planta rectangular adaptada a la cumbre del peñón que servíale de asiento. Supervisado por el Visitador de las Fortificaciones de Indias, el navarro Agustín Crame nos ha legado en magníficos planos las instalaciones por él aprobadas.

Figura 16: Caminos Reales para reatas y carros

Las defensas de la bahía de Portobelo iban también a ser reajustadas de acuerdo a los nuevos tiempos. Con los despojos del Todofierro demolido por Vernon comienza la construcción de las Baterías Alta y Baja del Fuerte San Fernando (1760) ubicado en su misma orilla y cerro, pero remetido hacia la Caleta del carenado. Mediante trinchera excavada, ambas plataformas a desnivel se unían entre si y su polvorín, protegidos todos en cumbre del cerro por una  Casamata que les cubría su espalda a tierra y a la costa abierta del llamado Puerto Francés. La Batería Alta dominaba la entrada de la bahía, y desde la baja podía entablarse fuego directo con los barcos intrusos que superasen la bocana. Frente a ellas y al otro lado de la bahía, se remozaba el Fuerte de Santiago La Gloria para cruzar con él su fuego y barrer todo posible acceso por aguas tranquilas al muelle. A su vera se represaba el torrencial Chorrillo de Triana, base de aguadas y suministro del agua a la puebla. La cumbre de su cerro espaldar, se dotó de nueva casamata para impedir que el enemigo se apodere de las alturas y domine los Fuertes. Las lecciones de ParkerMorgan y otros hermanos de la costa parecían haberse definitivamente asumido.

Figura 17: Las defensas históricas de Portobelo

Se abandona el inoperante Baluarte de San Pedro pero se refuerza el Fuerte de San Jerónimo con una plataforma a ras de agua, de bajo perfil y ardua percepción, elevando ligeramente el nivel de su piso y dotándola de merlones y troneras para alojar las bocas de fuego. Ellas serán las encargadas de desarbolar por proa las naves que se aproximen en rumbo de colisión hacia el muelle. Sometidos sus flancos a fuego cruzado desde las riberas, difícilmente podrían encarar sus bordos artillados a la lluvia de palanquetas que les vomita aquel cul de sac mimético tan difícil de acallar.

El Fuerte Farnesio originalmente de fajina y tierra (1726) se dota  de plataforma artillada con cuatro cañones. Situado en el promontorio sur de la barra de la bahía, sería el primero en abrir fuego sobre la flota enemiga en aproximación táctica, a la vez que el toque de zafarrancho para aprestar al combate toda la artillería fija del entorno. Crame dotaría todo el conjunto fortificado con un Campo proyectado en la Cumbre contra la venida de los enemigos por el Valle de Honduras (1779), reforzando así su perímetro sur. Se trataba de un nuevo presidio encaramado en el cerro sobre los techos de la ciudad, con sus cañones apuntando al valle entrante desde tierra adentro (hoy, de la Luneta) por donde anteriormente se habían burlado sus defensas.

                          Figura 18: Batería Baja del Fuerte San Fernando

La misma política de ajuste militar de las defensas costeras del istmo, iba a prever en el Camino de Cruces nuevos embarcaderos en los sitios de La Gorgona y en El Carroza y sus respectivos presidios. Se construye un puente de piedra sobre el río Hondo, definiendo un camino ahora local, pero que llegaría a una insospechada actividad durante la llamada Fiebre del Oro eclosionada en California a partir de su anexión a los EEUU (1848). Desde Nueva York, Savanah o Nueva Orleáns, llegan a Chagres miles de argonautas europeos, enloquecidos por la febril quimera.Siguiendo río arriba acceden a la ciudad de Panamápara embarcarse rumbo a California. Era en aquellos momentos, pese al riesgo cierto que entrañaba, la más segura y civilizada vía para alcanzar desde el Atlántico el salvaje far west del Pacífico, evitando el triple salto sin red sobre los chantajes, llanuras, desiertos, forajidos, indios y praderas norteamericanas.

En 1735 la Académie des Sciences de Paris había encargado a Charles Marie de La Condamine trasladar a tierras americanas, en paralelo con otra valoración en curso desarrollándose en Laponia (actual Finlandia), la medición exacta del cuadrante del meridiano terrestre, a fin de definir y cuantificar el valor conceptual del metro como submúltiplo exacto de ese cuadrante, y poder aceptarlo así como unidad universal de longitud. La misión científica que parte hacia América lleva a los connotados marinos de la Real Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos y mediciones astronómicas, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces. Van a inspeccionar el istmo detenidamente, y con él a Portobelo. A la vuelta rinden en Madrid sugerencias pertinentes al rescate de las maltrechas defensas del enclave y en París un informe favorable a la viabilidad de construir un canal interoceánico siguiendo el trazado del río Chagre. Pasados unos años, España iba a acometer seriamente el rescate de aquellos fuertes arruinados. Y Francia iba a materializar esa apertura conocida hoy como Canal de Panamá, siguiendo la teoría empleada por Ferdinand de Lesseps en Suez, con un trazado prácticamente igual al propuesto por el obispo Berlanga 300 años antes. Todavía en 1799 Alexander von Humboldt, aconsejaba un canal de trayectoria coincidente con la del estudioso obispo. Pero nuevamente la insania del trópico con sus millares de apestados, iba a desbaratar también este primer intento de unir a nivel los mares del norte y del sur, intento que acabaría por convertirse en desastre nacional francés con la ruina contraída por más de un millón de sus familias. Pero el tesón humano, acabaría por imponerse mediante un canal a desnivel con esclusas, como los llevados a cabo en la Europa continental del siglo XVIII, hendida por múltiples canales navegables que evacuaban hacia las costas la producción frutícola y granera de sus tierras interiores. Se inauguraría por fin el Canal de Panamá en 1914, tránsito forzado para la navegación mundial, financiado y tomado en prenda por los EEUU, el nuevo y selectivo Imperio emergente. A su conclusión los haberes humanos pagados por su apertura, habíanse estimado en 500 muertos por cada km de su trazado. Era el costoso rédito de una gran empresa, una más de las emprendidas por los europeos en el Nuevo Mundo, comandados esta vez por una nación vernácula de nuevo cuño.

En 1746 la navegación mercantil española del Pacífico viene a cambiar de itinerario para doblar el Cabo de Hornos, por donde pocos marinos se habían aventurado hasta entonces. La Flota de La Plata (base Montevideo) se encarga de comerciar directamente entre el virreinato sureño recién creado y la metrópoli. Todo viene a confirmar la marginación del istmo panameño como puente del comercio del Imperio español, y la que fuera sede de la espléndida feria portobeleña queda para el recuerdo como el gallardo enclave costero que fue. Un Patrimonio de la Humanidad con la nobleza de su piedra incrustada en la bella bahía de Tierra Firme que Colón significara, y que vino a imprimirle respeto e identidad legendarias. Testigo es hoy de su relevante papel en la historia del continente, donde las nuevas generaciones acuden para admirar la dignidad de su porte y henchir de añoranzas legendarias el corazón.

                                          Figura 19: El Portobelo de hoy

Notas adicionales:

Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos, mediciones astronómicas, verificaciones climáticas y meteorológicas, estudios de fauna y flora, prospección de minas, valoración de yacimientos, navegabilidad de costas, inspección de fuertes, y un largo etcétera que solo mentes privilegiadas son capaces de gestionar en tan enorme espacio geográfico, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – IV

La actividad comercial y portuaria de Cartagena se vio incrementada con el tráfico de esclavos africanos, negros bozales  traídos de  Angola y Guinea que el monopolio portugués comerciaba en el Caribe, y la colonia lusa movilizaba en Cartagena hábilmente. Durante el siglo XVII iba a ser un lucrativo negocio que empezaría a decrecer a final de centuria con la creciente población mulata y mestiza que alquilaba sus servicios a bajo precio, y a quienes no había que albergar ni vestir. El jesuita Pedro Claver, “apóstol de los negros”, dedico su vida a socorrer aquella carne maltrecha, hacinada en bodegas, que al llegar a puerto lustraban con aceite de coco para vender al mejor postor. En la cartagenera Plaza de Mercaderes o Plaza del Esclavo, subidos en tarimas, voceaban los feriantes la bondad de aquella mercancía humana, fuerza bruta para ingenios y estancias, canteras y tejares, estiba y calafateo los varones, pero también pacientes para el servicio del hogar o la cuida de niños y ancianos sus mujeres. Fuera del tiempo de flotas o coincidiendo con ellas, se voceaba la venta del esclavo con pingües tasas para el Cabildo. Se feriaba desde que llegaban los galeones hasta que la Flota del Sur apostaba en Panamá. Acudía entonces la Armada de Tierra Firme puntualmente a Portobelo para llegar al tiempo de feria en el istmo. Mientras, en las Plazas Mayor, del Matadero, del Mar, o el Portal de los Mercaderes se montaban tenderetes y bohíos para celebrar la propia feria cartagenera. Además de la trata de negros, allí se mercaban perlas de Margarita, sal de Cumaná, oro del Cauca, Antioquia y El Chocó, ron, azúcar y melaza de los valles de Aragua, cañafístolas, café, yuca, papaya de Santa Fe, cueros y tasajos de los Llanos.  Llegan costeando la Tierra Firme o bajan del interior por el Magdalena. Pero se feriaba también cuando llegaba la Flota de Sevilla. Nuevamente el quehacer vital de la ciudad bullía de actividad comercial y portuaria. Se depositaban las mercancías en los bajos de la Real Aduana donde eran tasadas y grabadas de almojarifazgo antes de sacarlas al mercado. Concurrían ahora ropas, vestidos, perfumes, tafetanes y encajes de Flandes, delicia de las damas cartageneras. Pero también vinos de Castilla, aceite de oliva andaluz y manufactura varia: cuchillos, tijeras, cerrajería, aperos, clavazones, llantas de carro, toneles, cristalería, loza. Sin olvidar cureñas, mosquetes y municiones varias: pelotas, bolaños, balerío de piedra o hierro, metralla y pólvora, siempre pólvora, para la dura defensa del enclave. Y añadido a todo ello el Situado Real, que  había de subvenir los gastos de la defensa y gobernación de la plaza.

En 1640 la Armada de Rodrigo Lobo da Silva volvía a Lisboa en retirada de su fracasado intento de reconquistar Recife, capital del estado azucarero de Pernambuco, región brasileña a la sazón ocupada por Holanda. Los reinos de España y Portugal estaban todavía hermanados, aunque por poco tiempo ya, bajo la testa coronada de Felipe IV. En ruta hacia la salida caribeña de las Bahamas, pero desconocedor de los accesos a la bahía de Cartagena donde trata de recalar, el almirante portugués encalla 3 de sus naves en un bajío de Boca Grande. Rescatará la nao capitana, pero no los galeones “Buen Suceso” y “Concepción” cuyos pecios iban a represar el arrastre del fondo arenoso hasta conformar un tómbolo entre Tierra Bomba y Punta Icacos. Años después con nuevos aportes, iría nutriéndose todo él de los propios palos de icacos más otros nuevos de mangle. El taponamiento de Boca Grande forzó el flujo y reflujo de mareas por los caños de Boca Chica y Saltacaballo, y las nuevas corrientes iban a potenciar el dragado espontáneo de sus lodosos fondos marinos sobre lecho de greda. El agua interior << tiene el movimiento de subir todo un día entero, baxando después en cuatro o cinco horas >> consideración de Jorge Juan que viene a demostrar el desagüe veloz con arrastre diario hacia el exterior de los sedimentos del caño. Pronto se iba a conformar una canal entra la isla Barú y Tierra Bomba, por donde los galeones empiezan a entrar a las aguas interiores. Esta circunstancia marcará el cambiante diseño estratégico de las defensas que tachonarían la ruta de las naves hacia la ciudad.

Tras más de un siglo de trasiego por el Canal del Dique, el jurisconsulto de Salamanca Pedro Zapata de Mendoza, a la sazón nuevo gobernador de Cartagena, manda excavar su segundo tramo (1650), cegado en gran parte por arrastres aluviales del Magdalena. El dragado, limpieza de palotales y desarraigo de matojos, aumentó la fluidez y el tráfico de champanes durante la época húmeda, y consiguientemente su carga de pasajeros y mercancías.

Desde la costa a Mahates iban y venían a la vela naves ligeras de uno o dos mástiles, siguiendo en toda época el rosario de las ciénagas saladas, que canalizadas y desarbustadas en ciertos pasos, carecían de arrastre aluvial y mantenían su profundidad de servicio. Desde Mahates al Gran Río, la canalización del gobernador Zapata permitía circular a los champanes del Magdalena durante la época húmeda, en tanto que durante la seca, eran las recuas de mulas y las caravanas las que portaban cargas y hombres por el lecho seco del canal. Se excavó por Barranca Nueva una zanja de cinco metros de ancho que atravesaba 2.500 metros del aluvión depositado en las últimas décadas, trabajo que a golpe de carretilla, pico y pala, tardaron 2.000 hombres bien techados, alimentados y pagados, mas de cuatro meses en completarla. Una población nómada de 2000 personas que avanzaba día a día por la ciénaga, con lo que ello suponía de logística, avituallamiento y sanidad, en medio de la nada. Se perfilaron caños recortando más de 2.000 metros de manglar. Se abatió una franja de bosque lacustre de 20 kilómetros para diversificar el paso de los champanes hacia otras ciénagas tributarias del gran Río. En resumen se potenciaba de nuevo la vía oculta del transito comercial entre la penillanura bogotana y el puerto base de la Flota de Barlovento.              

En el nuevo marco de la Guerra de los Nueve Años (Liga de Augsburgo 1688-97) se desarrolla en un ámbito europeo un “todos contra Francia”, dado el despiadado expansionismo de Luís XIV sobre los territorios alemanes del Rin. Francia, la potencia hegemónica del momento, desea una posición de mayor fuerza para presionar a España en su reclamo de Haití, la parte occidental de La Española, mientras Inglaterra trataba de arrebatarle en río revuelto, sus colonias americanas. Ante la empresa hispanoamericana, el  propio Rey Sol se involucra en su gestación durante más de un año; será una armada naval que vaya al Caribe para tomar Veracruz, La Habana o San Juan de Puerto Rico. Trata de reforzar con esta toma sus pretensiones territoriales ante el Tratado de Paz de Ryswick, que se programa cercano cuando ya los representantes de los países involucrados mantienen contactos previos. Es el zarpazo desesperado de última hora de la poderosa fiera herida que es Luís XIV, el monarca más poderoso del siglo, al que se le niegan espacios franceses tanto en Europa como en América.

Parte el Barón de Pointis de Brest, con una escuadra de 29 naves y 6500 hombres de maniobra y guerra y el beneplácito de su majestad cristianísima, que aporta de su propio peculio 7 navíos de línea, 3 fragatas y algunas otras naves menores. El ennoblecido comandante no es ningún aventurero, sino un alto oficial de la marina francesa que navega hacia Haití para usar la bahía de Pitiguao como base de la acometida naval deseada por su rey. En Haití convence a su gobernador Jean-Baptiste Duchase para que se una a su ya decidida expedición sobre Cartagena, aportando otros 650 bucaneros y 200 negros libres residenciados en la colonia, de procedencia varia, cuando no dudosa o abiertamente pirata. Cuando las velas francesas arribadas, maniobran en mar abierto frente al flanco cartagenero, la ciudad contempla asombrada aquella poderosa e inesperada flota de pabellón francés, que enfila proas bajo un fresco norte azuzador de crecidas rompientes sobre los escollos. Los espías españoles no han sabido descubrir la silente peripecia que durante un largo año habíase gestado en el santuario marinero bretón de la Escuela de Cartografía de Dieppe. El conocido nido académico de la ciudad, lo era también de informantes al buen postor, y en él se graduaban no pocos pilotos españoles entre otros europeos de nacionalidad varia. Pero el embajador español en Paris nada sospechó, ni siquiera cuando la armada surgió del puerto de Brest, a pesar de estar su país en guerra con España. Evidentemente aquel embajador no era veneciano. Cuando el almirante francés decide acudir a tierra para parlamentar con la autoridad cartagenera, un malhadado golpe de resaca de los entrantes alisios, vuelca su bote, lance en el que a punto está de perecer ahogado. Una vez repuesto y ante la negativa a capitular del gobernador español, De Pointis comienza el bombardeo desde el mar, seguido por dos intentos de desembarco en el frente marino, frustrados ambos por una confusa mar sobre los escollos. Dos días después concentra el fuego sobre el Castillo de San Luís y la Plataforma de Santángel batidas intensamente hasta silenciar ambos bastiones. Desembarcan 1200 atacantes en Tierra Bomba, que van a testificar la rendición del primero traicionado por su guarnición de soldadesca negra y mulata de estancias vecinas, que desarman al capitán español y pactan con el francés; el segundo, porque caen abatidos sus defensores. Avanzan hacia Santa Cruz, Pastelillo y San Lázaro, que dominan el acceso por mar a la ciudad y son abandonados por sus guarniciones. Sin impedimento, la escuadra penetra en aguas interiores desde donde va a bombardear a placer la ciudad hasta su rendición. Bajo intenso fuego naval el Fuerte de San Matías, al otro lado de la enarenada Boca Grande, es abandonado por su guarnición, en retirada hacia el cerco amurallado de la ciudad. Como un castillo de naipes, van cayendo uno a uno los baluartes, cortinas y castillos que circundan los accesos marinos y terrestres a la ciudad, atendidos por bisoños reclutas pardos, que van enarbolando bandera blanca tras bandera blanca, abandonando a las manos bucaneras sus baluartes. Tras 20 días de asedio, la ciudad capitula. Con feroz saqueo combinado por sus desembarcados marinos de Tierra Bomba y la ralea de bucaneros y negros haitianos, dejados en  playas de Boca Grande, se completa la ocupación de la plaza (1697). Los últimos defensores, como tantos predecesores en idéntica circunstancia, huirán hacia los cerros del interior para salvar la vida, porque los franceses han venido para quedarse, y no piensan negociar la consabida “vacuna”. Dieciocho días de febril pillaje suceden a la capitulación. El daño económico inferido es demoledor. Monedas, cuberterías, objetos decorativos, medallas y joyas de pedrería, 98 cañones y 12 campanas de bronce, municiones, armas pertrechos y esclavos, además de otros tantos millones de pesos por destrozos ocasionados en defensas y edificios públicos de la ciudad, se estima suman los 20 millones de pesos. Pero aún no había terminado el calvario francés.

Comienza el lento y minucioso reparto del botín. Al Rey Sol le corresponden según pacto financiero y reglas en vigor, la cantidad de dos millones. Pero entre tanta minucia, con los alisios del nordeste han llegado las lluvias. El cielo se abre en frecuentes cataratas, desconocidos “palos de agua” para el europeo, que deslavan el paisaje con arrastres y derrumbes, socavan y encharcan el suelo con aguas estancadas y… exhuman espontáneamente los cadáveres putrefactos de las víctimas. La fiebre amarilla invade la región bajo nubes de mosquitos que empiezan a diezmar gravemente las tripulaciones. De Pointis decide partir. Abandona el sueño de conservar Cartagena para la Corona de Francia y manda volar todo fuerte, cortina o baluarte que persiste aún. Duda si logrará conservar siquiera los brazos necesarios para maniobrar las naves que le lleven a suelo francés. Simultáneamente los bucaneros exigen mayores cuantías en el reparto del botín. Ante el hecho consumado de la partida del almirante, los cabecillas haitianos deciden un segundo saqueo con que satisfacer sus desoídas demandas gananciales. Durante una semana pillan de nuevo cada casa, cada bóveda, cada soterrado, cada tumba. Violan, masacran, torturan a los prisioneros para que canten los escondrijos de supuestos tesoros, exponen al aire los esqueletos para descubrir alguna joya con que en su día fueran amortajados los cadáveres. El impotente Duchase se desespera con cada mala nueva de su gente que le llega. Un horror que precipitará a posteriori la fortísima depresión económica que va a sufrir la ciudad. Nunca el filibusterismo había conseguido el desorbitado botín de 10 millones de pesos que costaría a Cartagena rescatar su integridad.

De Pointis inicia el que iba a resultar retorno más afortunado de su vida, a pesar de la fiebre que diezmaba día a día sus navíos, dejando en su estela tiburones nutridos por cientos de cadáveres apestados. A la altura de las Bahamas, su rumbo es interceptado por un convoy anglo-holandés que pasa a navegar por barlovento en vigilante demarcación paralela, a la vez que trata de mantener el resguardo del maldito hospital flotante que constituye la flota francesa.  Pero no por ello va a librarse el convoy de ser contaminado con una de las más terribles debacles pestíferas de la navegación universal. Con el almirante y seis capitanes de su flota, caen 1300 marineros ingleses en pocas semanas. En cuanto a los holandeses se quedarán sus naves sin capitanes sobrevivientes con que regresar a Europa, con lo que acaban por desertar de tan peligrosa compañía. Pese a todo, los franceses siguen solos, arrojando cadáveres apestados por la borda, y maniobrando en precario su ruta hacia el Atlántico. A la altura de Terra-Nova van a soslayar la presencia de nuevas naves inglesas, y todavía otras más próximas al acercarse a las costas de Bretaña. Burlará en última instancia el avistamiento del expectante Almirante Nevill que trata de interceptarlo, pero se le escabulle en la oportuna niebla que difuminaba el Canal de la Mancha en los días de su arribo. Entrará en Brest tres meses después con un extraordinario botín que va a convertirle en rico hacendado. Para evitar resquemores, el rey asignará una suma compensatoria al descontento de los filibusteros haitianos, y a Duchase le condecorará con la Cruz de la Real y Militar Orden de San Luís, creada unos años antes por el propio Rey Sol para premiar a los oficiales más valerosos de su ejército.  Après, tout le monde satisfait.

Cuando la noticia del desastre de Cartagena llega a Madrid, se ordena formar en Cádiz una armada bajo el mando del General Díaz Pimienta a base de 4 naves, 116 piezas de artillería y 2.500 hombres que van a reconstruir los daños ocasionados por la asonada franco-filibustera. Tres años mas tarde (1700), la plaza iba a contar con una dotación fija de 1075 hombres y abundante munición y repuestos bélicos. Una vez más la ciudad reforzaba su defensa demasiado tarde, a remolque de las duras lecciones aprendidas de su historia.

Pero para su gloria imperecedera una Cartagena recuperada resistirá al almirante Edward Vernon en 1740. El marino ingles, con la más formidable flota conocida hasta entonces, fracasa  trágicamente en su asedio de dos meses. Mas de 23.000 combatientes entre marinos, soldados, negros macheteros de Jamaica  y reclutas de Virginia, con 186 barcos y potencia de fuego de 2.000 cañones han venido de nuevo para  quedarse en la apetitosa urbe caribeña, a la vez que tratan de quebrar por el istmo y el Canal del Dique la cintura de avispa del Imperio Español. Frente a ellos, la férrea voluntad de Blas de Lezo, Comandante General de  la Armada de Tierra Firme, que regresa apresuradamente a su base ante las alarmantes confidencias que le llegan de Jamaica, base de la flota inglesa. La ciudad  con sus 3.000 hombres de tropa regular y milicias concejiles, además de 600 diestros flecheros indígenas que saben moverse letalmente entre manglares, se arropa en sus baluartes fortificados bajo el mando del marino pasaitarra con seis barcos de su Armada, reglados por marinería y tropa de desembarco. La lucha a muerte que sigue y la desproporción de las fuerzas contendientes, escapa a todo comentario. Baste decir que la mortandad inglesa, con sus miles de cadáveres insepultos o semienterrados anegando ciénagas y manglares, y la incansable ayuda de los mosquitos, acaba por emponzoñar de peste la ciudad. De ella muere, junto a cientos de cartageneros, el ilustre marino español, días después de levantado el cerco. Cartagena sabrá erigirle el monumento que para vergüenza propia su patria chica le ha denegado hasta hoy. Resulta bravo el contraste con Inglaterra, que por cumplido agradecimiento hacia sus deudos, yerra esta vez acuñando antes de tiempo medallas conmemorativas de la supuesta “caída” del enclave, imprudente por deseada, con la apostilla de “humillada la arrogancia española” (sic). Medallas que por orden secreta de su rey serán silentemente retiradas, opacando una misión acabada en cruel fracaso, y que tras pírrica porfía en Londres, había logrado fuera aprobada por su parlamento un Vernon seguro del poderío que comandaba. Lecciones de la Historia acá, allá y acullá.

En 1765 se crea la escollera, para consolidar los arrastres de arena de Boca Grande por donde Drake había entrado a la bahía, pero Vernon encontró cerrada. Llegará Cartagena a las 18.000 almas a finales de siglo constreñida por las murallas vitales, que pese a la nuevas tácticas de guerra, se estima debe guardar para subsistir. Queda vedada toda expansión extramuros. Los mejores ingenieros militares del todavía poderoso aunque mermado Imperio Español, dimensionan la ampliación de los bastiones y fuertes que la ciñen y protegen, a la vez que tantean nuevos proyectos y variantes para su nuevamente enarenado segundo Medio Dique, y limpieza del primero, convertido a la sazón en inmensa pradera de juncos y yerbajos acuáticos . Para volverlo operativo, a lo largo del difícil siglo XVIII, se barajan nuevos dragados, esclusas, régimen variable, tablestacados, compuertas, embaulados, gaviones, más diques, cambio de boca…Hasta el propio Alejandro de Humboldt emite su opinión sabia. Pero frente a la cada vez más acuciante necesidad del desbroce del segundo tramo del canal, más cercana resuena la cabalgada independentista. La incertidumbre política aumenta con las guerras napoleónicas, y la obra del tramo superior del Canal del Dique, nunca encontrará financiación para acometerse en aquel vaivén de mercados. Estalla finalmente la guerra civil que devendrá en independencia. Tras ella y el vacío de la herida pero secular España, la arruinada Cartagena ha visto desaparecer a sus mejores y más preparados hijos, el Situado Real de la Corona, los sucesivos ingenieros militares que la han arropado desde su gobernación o desde la metrópoli, la masiva vacuna antivariólica infantil con fondos públicos que trae la misión Balmis…Con el silencio de las armas solo se escuchará un remolino local de voces de caudillos y caciques vociferantes, que la objetiva Historia ha de poner en su lugar. Un siglo perdido que tardará la ciudad en recuperar su población de los días de la independencia.

Para entonces, el comercio con las Indias había sido liberado (1745), y desaparecido del Comercio hispano el régimen de Flotas de los Austria. Perseguida la piratería por todas las flotas europeas, acabó por extinguirse, salvo casos puntuales de los mares americanos y europeos. Solo el Mediterráneo conservaría durante algunos años ciertos piratas berberiscos, apoyados bajo cuerda por Estambul. Los navíos de registro se habían impuesto en el tráfico de mercancías entre Cartagena y Europa. Desde cualquier puerto de bandera amiga aportaban barcos en época cualquiera del año. Las ferias, producto de la conjunción temporal de naves y negocio, languidecían pese a los esfuerzos de cabildos y gobernaciones. El tráfico de esclavos había sido prohibido. El declive del comercio y su tránsito portuario afectarían severamente a Cartagena, ciudad nacida del comercio marino y para el comercio marino. Su contraída población de la segunda mitad del siglo XVIII, alcanzaría sin embargo los 20.000 habitantes a final de la centuria.

Llegan entonces los nuevos y complicados tiempos de insumisión e independencia que la magnífica ciudad del Caribe intentará domar. Y tras las heridas de cada batalla, sabrá lamérselas y conservar como Patrimonio de la Humanidad su particular herencia cultural, cobijada tras la cantería de bastiones heroicos y joya de la corona de la hoy promisoria nación colombiana.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – III

Con la Batalla de Lepanto, “la mas grande ocasión que vieran los siglos”, ganada por los cristianos reinos frente a turcos y berberiscos (1571), las galeras del Papado,  Venecia, Génova y España habían triunfado en toda la línea mediterránea tras medio siglo de dominio otomano causado por la ambigüedad de Francia. Era la victoria de las naves de remo y vela frente a las naves mancas. Móviles y maniobreras en la encalmada, poco calado a prueba de navegación costera y acción directa con sus cañones de proa sobre enemigo enfilado tanto a bordo como en tierra, eran sus infalibles virtudes. Pero solo artilladas por proa y popa, perdían sus flancos la potencia de los cañones de andanada, ocupados ahora por dos niveles de poderosos remos. La experiencia de Felipe II trayendo galeras al Caribe, no iba a tener sin embargo el éxito deseado. Indudable contra la morralla filibustera, más que dudoso frente a naos piratas con veinte o más cañones por banda, las galeras armadas de Santo Domingo y Cartagena de Indias no habían de perdurar mucho. Serían reemplazadas por galeones de alto bordo con popa y proa realzadas para apostadero de fusilería. A la dificultad de conseguir galeotes penados o enemigos que forzar, la inapta disposición indígena para el remo contribuiría al fracaso de las galeras del Caribe, naos nunca repuestas tras la prueba bélica o el incendio aleve de su azarosa vida. Pero triunfan en cambio los champanes filipinos cuyos planos llegan desde  Veracruz a través de recién fundado Galeón de Manila – Acapulco (1565). Serán construidos en Cartagena y empleados en la navegación de cabotaje interior por el segundo tramo del Canal del Dique, impulsados a brazo partido por una docena de bogas, fornidos braceros pardos o zambos. En 1536 Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Bogotá, había visto naufragar en las cambiantes bocas del Magdalena varios de sus bergantines de apoyo que trataban de remontar las aguas fluviales hacia la penillanura bogotana. Conocedor de la existencia de champanes en Macao por uno de sus pilotos, portugués navegado en los mares de China, consigue construirlos por primera vez en América. Pronto se convertiría en la embarcación por excelencia de aquella mutable red de venas fluviales. Pujando con pecho y brazos largas pértigas bífidas afianzadas al fondo, los bogas recorrían los bordos de proa a popa, llevando como única vestimenta sobre sus partes un incoloro guayuco. Conocedor de las  bondades marineras de la sutil chalana, el cabildo cartagenero logrará construirlas en su astillero según planos de Manila y toldilla de palma trenzada y hojas de vijao como solo los indios saben urdir, para resguardo del sol y los aguaceros, a fin de instrumentar la navegación de mercancía y pasaje por su canal interior.

A partir de la fusión de coronas española y portuguesa sobre la testa real de Felipe II (1580), llegan  a Cartagena nuevos comerciantes castellanos y criollos, además de lusos y judíos, expulsados estos últimos de España en 1492 pero acogidos en Portugal, que pueden ahora regresar a estas otras Españas. Su crecimiento es en esos años poderoso, y sus edificios se multiplican. Los primeros hornos de cocción de cal montados por los jesuitas años antes, estaban cambiando la estética ciudadana de los tradicionales techos caribeños a base de gamelote y caña. La bonanza económica levantaba ya los nuevos edificios en ladrillo o en cal y coquina. Canteras y hornos de cal van abriendo nuevas explotaciones en costa e islas de Barú y Tierra Bomba. En una cadena sin fin, bongos, barcazas y almadías se suceden para traer los materiales a la ciudad sin exponerse apenas  en aguas abiertas. La demanda de materiales es tal, que el Cabildo prohíbe que tejas, cantería y cal, sean utilizadas fuera de Cartagena. Por decreto del gobernador, los solares baldíos deberán ser  expropiados en plazo de un año para dar cobijo a las demandas de emigrantes que piden plaza… Pero en 1586 veinte velas de Francis Drake asoman frente al caño de  Boca Grande con sus 1.000 hombres de chusma y desembarco. La repetida estrategia del corsario inglés, inveterado jugador de ventaja, iba pronto a ser conocida en aquellos mares: apabullar con una flota numerosa a los hasta entonces desprotegidos enclaves costeros de su católica majestad, que poco a poco y en forzada circunstancia, irían desarrollando sus propias defensas al nivel de las fuerzas que ocasionalmente aparecen para atacarla, acción sistemáticamente rematada con la consabida “vacuna” de modelo francés. Flota corsaria cuya financiación había que rentabilizar a base de jugosas presas, cuantas más y menos pérdidas propias, mejor. En época de tregua europea como la que entonces reinaba, las ciudades fortificadas del Caribe no esperaban frente a sus baluartes otra presencia que las pocas velas de un ocasional perro del mar, en busca de su vital carroña. Pero la flota de Drake son palabras mayores. Sin previa declaración de guerra entre las partes, el gobernador se apresta a una resistencia desesperada. Tras su obligada revista a defensas y defensores, toma conciencia de que poca es la pólvora útil que conservan  y menos durará sin duda el fuego cruzado de sus cañones. El pirata inglés mete las naves en aguas interiores intentando aproximar cinco de ellas al casco urbano, pero una cadena sobre barriles flotantes protegida por el Fuerte del Pastelillo (entonces Boquerón), le impide acceder a la Bahía de las Ánimas y su marginal Plaza del Mar. Imposibilitado del fuego directo sobre la ciudad, opta el pirata por el apoyo de tropas mediante el tiro de piezas por elevación, mientras desembarca su gente en la playa de la Caleta. Manteniendo la cadencia de fuego y el batir de sus cañones allende la cadena sobre boyas del Pastelillo, avanzan por tierra los asaltantes hasta el Baluarte de Santo Domingo, por donde abrirán la brecha que franquee su penetración en la ciudad. Cuando los cañones enmudecen agotada su pólvora, las autoridades ciudadanas junto a la tropa y los últimos moradores, abandonan la ciudad camino del Turbaco. Acogidos por esta “república de indios”, desde ella tratarán de negociar y salvar lo salvable. Una vez cesa el cañoneo defensivo, la turbamulta corsaria se abalanza hacia el interior por la brecha para capturar la ciudad (1586), mientras arden encalladas las dos galeras que Felipe II había mandado desde España para combatir a los piratas…

Cuando los desembarcados ocupan Cartagena, los moradores se habían disipado entre los cerros del entorno, vieja táctica de sobrevivencia en todo tiempo. El corsario inglés espera, quiere parlamentar con los vecinos. Se impacienta y quema en primer aviso 200 casas de la periferia urbana para obligar a que los desaparecidos den la cara. Y en la espera, indaga personalmente los pormenores del entorno ciudadano, mientras su soldadesca saquea por doquier lo privado y lo público, desmontando campanas y embarcando cañones. Conocedor desde niño de la lengua castellana, rebusca documentos, misivas, cartogramas y derroteros en los archivos de la Gobernación y la Aduana. Descubre la correspondencia confidencial del gobernador portugués de las Azores que le comunica al español su paso por aquellas islas de “el pirata Drake” que navega por el Atlántico hacia sus aguas. Ser tildado de pirata…es algo que enfurece al flamante miembro del sindicato corsario de Plymouth y Southampton, de cuyos réditos participa su propia reina, junto a connotados cortesanos palaciegos que también le financian sus depredadores raides contra la Corona española. Estalla en cólera por la ofensa recibida y en un primer impulso demuele a cañonazos una de las naves de la catedral en construcción. A medida que se prolonga el mutismo ciudadano del exilio, sus cañones van tumbando nuevos arcos y columnas de la catedral, la gobernación y otras  fábricas de piedra que emergen sobre la Plaza del Mar. No tardará mucho en aparecer el obispo al frente de la comisión negociadora. Drake exige y apremia, no vaya a ser que llegue la artillada Flota de los Galeones con su guarda de cagafuegos, que anualmente viene con la flota de Sevilla desde 1579.  Sabe por los espías de su Majestad Británica  que recorre ya las costas de Tierra Firme, desgranando puertos desde Isla Margarita y Cumaná hasta Nombre de Dios y a veces Honduras, pero que se resguarda y aprovisiona en Cartagena mientras la ciudad monta sus famosas ferias. Con su inopinado arribo podría crear el caos de su escuadra, ya experimentado en su Veracruz de infausta memoria unos años antes (1568), de donde el entonces joven pirata escapó de milagro en insignificada urca, en medio de la debacle de sus naves hundidas. Pero los cartageneros reúnen al fin el monto exigido, doloridos por la escucha lejana de los cañones que demuelen día a día sus hogares y su preciada catedral. En documento redactado en latín, exige la ciudad al corsario el acuse de recibo del rescate pagado. Drake firma sin dilación y acaba por largar velas con su botín, antes que los galeones de la Real Armada apunten las suyas sobre el azul caribeño.

Dos años tardará Cartagena en tomar nuevo pulso, tras superar éste, al añadido desastre del último temporal del norte. Entrando por la brecha de Santo Domingo abierta por la hueste de Drake, las olas van arruinando el paño de la muralla a mar abierto y sus edificaciones próximas durante aquel invierno. Con el pase de temporales se reconstruye la muralla, y se establece una guarnición militar fija que recorre los baluartes, a fin de llenar el vacío defensivo con establecimiento alterno  de fusilería y bombardas. Hallado el deseado mineral de azufre, comienza a fabricarse en Quito la primera pólvora criolla, enclave de suministro seguro para todo el Virreinato del Perú, Panamá y Portobelo incluidos. Cartagena lo recibe sin peligro pirático por su silente y discreto Canal del Dique.

La Armada del Mar Océano o Guarda de la Carrera de Indias era operativa desde los tiempos subsiguientes a la “hazaña” de Jean Florín con el Tesoro de Moctezuma (1522). Aquellos primeros años se bifurcaba entre Santo Domingo y Cartagena. Mas adelante serán Veracruz y Cartagena-Portobelo sus metas. Cada año, zarpaban de Sevilla las Flotas de Indias en enero y septiembre y en mar abierta uníasele la Armada del Mar Océano, que había de custodiarlas hasta el Caribe. Con su nao Capitana al frente, su Comandanta cerrando flota, y pataches de órdenes y aviso, tomaba rumbo a las Azores navegando en conserva.  A la altura de Martinica o Guadalupe se dividía en dos: la Flota de Barlovento o Flota de Cartagena, y la Flota de Nueva España que tomaba rumbo a Veracruz. Una Armada de Tierra Firme custodiaba las naves que enrumbaban a Isla Margarita y Cumaná, además de las que seguían costa hacia los puertos de La Guaira, Maracaibo, Riohacha, Santa Marta y Cartagena, donde rendían viaje. Carenadas durante las consiguientes ferias que coronaban su llegada, las naves seguían después la línea de costa hasta Nombre de Dios primero,  Portobelo después. Entre tanto, la Armada del Mar Océano acompañaba a  Veracruz el resto de navíos, que bajo el nombre de Flota de Nueva España, rendía viaje al amparo de San Juan de Ulúa. A la llegada de los galeones venidos de Sevilla montábanse las esperadas ferias de los puertos receptores. Eran las de Cartagena y Portobelo (Nombre de Dios los primeros años) y Veracruz, las más importantes; mientras duraban sus ferias, los galeones de escolta permanecían vigilantes en rececho.

A partir del saqueo de Drake, Cartagena de Indias iba a ser paulatinamente fortificada. Además de las murallas circundantes de reminiscencia medieval, fueron levantados baluartes y bastiones estratégicos en su periferia, según las ajustadas técnicas castrenses de la Europa contemporánea, perfeccionadas durante la guerra franco-española de Italia y el descubrimiento de la mina explosiva por los tercios españoles de Flandes. Un nuevo y más amplio muro defensivo de piedra rodea Calamarí y el perímetro de Getsemaní frente a tierra firme, mar abierta, ciénagas y bahía. Desde las últimas décadas del siglo XVI, Cartagena es de facto el enlace neurálgico entre Tierra Firme y el Virreinato del Perú  con el Caribe, a través de Portobelo y Panamá y sus connotadas ferias. Como base de operaciones de los galeones que vinieron a sustituir las galeras de la periclitada Armada de Barlovento, llamada en adelante Armada de Tierra Firme, constituye la plaza fuerte continental que cobija y despacha la Flota de Barlovento o naves comerciales que anualmente trafican con España y Perú. Las naos merchantas que con la ocasión van confluyendo a Cartagena, engrosan la Flota de Tierra Firme, que se mantendrá al resguardo de su bahía. Cuando la Flota del Mar del Sur (base Callao) llega a Panamá, sale la Armada de Barlovento hacia Portobelo para custodiar la feria: dos de sus galeones regresarán con las bodegas llenas de plata peruana. Se trata de los Galeones de la Plata, marcados  por su doble fanal siempre prendido, que deberán llegar a Sevilla cargando el Quinto Real. Concluida la feria de Portobelo, los  Galeones de la Plata, ocluidos en la Armada de Barlovento, regresan a Cartagena. El Quinto Real del Perú engloba los impuestos, tasas y gravámenes que la Corona detrae a banqueros, empresarios y comerciantes del Virreinato. En razón de su preciada carga se les asigna el nombre “Galeones de la Plata”, que irán navegando siempre rodeados por el resto de naves de la formación. Salen Flota y Armada de Cartagena en convoy hacia la Habana, Capitana delante, Almiranta detrás y Galeones de la Plata como corazón del naval despliegue. Reunidos en la Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz), constituirán la “Flota de Indias” o “Carrera de Indias”, que por ambos nombres serán conocidos estos despliegues navales que superan a veces las 100 velas merchantas sobre el Atlántico. Nuevamente navegando en formación y protegida por  la Armada del Mar Océano, la flota tomaba puerto en Sevilla al principio y Cádiz años después.  Entre tanto, la Armada de Barlovento desde la Habana había regresado a Cartagena para seguir patrullando las costas de Tierra Firme hasta Yucatán. Años hubo en que la estrategia de flotas, obligó al Consejo de Indias a individualizarlas, tras diferir la salida de alguna de ellas por despistaje y tácticas coyunturales. Siempre recibidas las órdenes del zarpe y derrota en sobre lacrado, para abrir a los tres días de hacerse a la mar.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – II

Años antes a la fundación de Cartagena del Poniente, sin declaración previa de hostilidades, el corsario francés Jean Florín (1521), al mando de 8 barcos había capturado inopinadamente en las Azores, dos de las tres naves enviadas por Cortés a Carlos V con el Tesoro de Moctezuma. El oro copado revolucionó la Francia de su tiempo con un Francisco I que promovía el corso con cuanto connotado marino se lo solicitaba. Pero alertado quedaba también el joven monarca español, que en contrapartida iba a conceder numerosas patentes de corso a marinos ribereños del Cantábrico, para acoso del francés que se avistase en aquellas aguas de su propio mar. El pirata Florín acabaría sus días colgado de una  horca, denegado su juicio previo por orden directa del Emperador, tras enterarse por un emisario de que lo había capturado el corsario vasco Martín de Rentería.

Ante la inminente perspectiva de guerra multifronte con Francia, estructura  España su comercio marino con América a base de dos flotas anuales: una dirigida a Cartagena – Nombre de Dios, y la otra a Santo Domingo con recaladas en Dominica a la ida y La Habana al regreso. Ambos reinos se disputan sobre Italia la hegemonía de Europa, y rotas las hostilidades, el incipiente asentamiento portuario de madera, bahareque y palma que era Cartagena del Poniente en aquellos primeros años, veía huir a sus gentes hacia los cerros portando valijas y dineros con demasiada frecuencia, ante cualquier dudoso perfil de velas en sus aguas. Indefensa frente a la piratería, una Cartagena sin fortificar iba a ser pronto desvalijada por la furia depredadora del  hugonote francés de noble cuna Señor de Roberval (trucado en Robert Ball a secas para los caribeños, 1543) tras ocuparla en día de significada fiesta. El día en que la ciudad prepara la boda de la sobrina del propio Pedro de Heredia, reconocido espadachín desde sus años mozos, tiene el Gobernador que defender codo con codo y a punta de espada junto a su hermano, residencia y familia, hasta comprobar que sus deudos han huido a descampado, en cuyo momento abandonan la lid y huyen tras ellos. Con una pequeña escuadra de 4 barcos, 450 hombres y la guía inestimable de un piloto resentido por vieja querella ciudadana, el corsario se ha filtrado inadvertidamente en la bahía interior amparado por la oscuridad de la noche. Los confiados moradores duermen sin sospechar el zafarrancho que les acecha. Con las primeras luces del alba escucha la somnolienta Cartagena músicas y redobles que cree prolegómenos de un festivo día de sonados esponsales; no acierta a comprender que se trata de un rebato desesperado de alguaciles que tratan de alertar el grave peligro, cuando ya la chusma francesa se desparrama sable en mano por las calles cartageneras. Huye como puede la población, pero queda el obispo. El será quien trate con el hugonote el rescate exigido, so pena de ver convertida en pavesas la ciudad y estrangulada su reverendísima. Acogido en un poblado indio con otros ciudadanos, Pedro de Heredia se entiende con los enviados del obispo para convenir un rescate de 20.000 pesos de oro que deberá reunir la ciudad. Rescate que habría de servir como apoyatura al Juicio de Residencia por mal gobierno y huida vergonzante con que sus enemigos maquinan denunciarle ante la Audiencia de Panamá. Tras cobrar el rescate, Roberval se retira a sus naves y según lo convenido, se hace a la mar. Años después aparecería colaborando con Jacques Cartier en el fallido intento de colonización francesa del río San Lorenzo en el Canadá.

La cada vez más peligrosa navegación costera aumentaba su riesgo en la época de brisa (el alisio del nordeste, época húmeda, abril- octubre, verano boreal amplio) cuando los perros del mar descendían de empopada hacia el Sur desde sus guaridas insulares de las antillas. Pero  ascendían luego por la aleta hacia Honduras con la llegada de la época de viento (contraalisio de componente sur, época seca, noviembre-abril, invierno boreal amplio) con lo que batían toda la costa continental caribeña según las estaciones del año. Y a tales estaciones se atenían siempre los expectantes colonos de la costa y la navegación de cabotaje costero. El cabotaje interior por el Canal del Dique suponía en tales momentos un seguro resguardo para el tráfico de bastimentos y mercancías desde los pastizales y sembradíos de Quito (1534), Cuzco (1534)  Popayán  (1537) y Sta. Fe de Bogotá (1538) sin tener que asomar velas a unas costas transidas de piratas.

              También la bahía de Cartagena era un seguro resguardo para las naves, además de una fiable protección de su puebla debido al inaccesible frente rocoso, plagado de escollos y confusa mar rompiente bajo brisas y vientos, que imposibilitaba todo acceso directo a ella desde la mar abierta. Si bien la escasez de agua dulce fue en principio motivo de dudas, pronto fueron acalladas estas con la construcción de aljibes abundantemente nutridos por el régimen de lluvias tropicales, diseñados con generosas limahoyas de  tejados a cuatro aguas. Su posición geográfica próxima al río Magdalena, vía natural de penetración continental, iba a ponderar su peso específico en la red comercial que poco a poco iba tejiendo el Imperio Español, como nudo de enlace con el altiplano quiteño y las perlíferas isla Margarita y ciudad de Panamá. Y por ello punto de confluencia de barcos de cualquier puerto con cargas que feriar o negociar en la ya empezada a conocer como Cartagena de Indias, con fama de resguardo seguro frente al fresco alisio y los temporales caribeños.

Las Indias, todo un proceso de transferencia legendaria de atisbos medievales, realimentado por el ibérico asomo hacia mares desconocidos. El Preste Juan de las Indias era un mítico gobernante cristiano del lejano oriente, que según relatos europeos perpetuados hasta época colombina, era mandatario generoso de un fabuloso país pleno de riquezas y mágicos tesoros. Mitad patriarca, mitad paternal presbítero, era en la imaginaria colectiva heredero de los discípulos del apóstol Tomás y descendiente de los Reyes Magos. Su lejana y aislada nación se encontraba rodeada de países musulmanes y paganos. Objeto de búsqueda durante generaciones, seguía lejos del alcance de los europeos, pero cercano en su fantasía compartida. Los primeros navegantes portugueses que regresaron de Calicut y Malaca a finales del siglo XV, convencieron a Occidente de haber encontrado en el Negus de Etiopía, católico Rey de Reyes, el heredero del Preste Juan, corroborando así la situación geográfica de Herodoto. << De estas Indias, pues, del Preste Juan, donde ya contrataban (mercancías) los portugueses, se llamaron nuestras Indias, y así lo nombraba siempre Cristóbal Colón >>, testifica el historiador López de Gómara, apostrofando así a perpetuidad al sorpresivo mundo surgido del océano. Junto a la leyenda de la isla Antilla, las amazonas y la reina California, las Indias del Preste Juan suponían aceradas esquirlas del oscuro Medioevo incrustadas en el luminoso Renacimiento, cuyo afán descubridor iba alumbrando poco a poco el panorama  del saber europeo.

Todavía encontrará una ciudad desprotegida, inadaptada a los turbulentos tiempos que corren, el hugonote Martín Côte (1560), que con 7 barcos y más de 1000 filibusteros pone sitio a Cartagena tras asaltar e incendiar Santa Marta, desde donde llegan informes por tierra del peligro que sobre ella se cierne. Pero sus construcciones han cambiado sustancialmente en las últimas décadas; donde antes dominaban la madera y el techo de paja, lo hacen ahora la piedra coralina, ladrillos y tejas. Un demoledor incendio ocurrido en los postreros días de gobierno de Pedro de Heredia (1552), había puesto fin a la era del bahareque y la caña de su fundación. Se nota ya ciudad próspera, sin parangón con la humilde Santa Marta de aquellos años, que su fundador había alcanzado a vislumbrar. Ante tamaña contingencia, manda el nuevo Gobernador abandonar la urbe y prepara su defensa excavando y escaqueando en derredor pozos-trampa con enhiestas y punzantes picas en su fondo, capaces de ensartar << hombres y bestias que en ellos cayeren >>. Son todos sus hombres de guerra 10 arcabuceros, 20 jinetes de lanza en ristre y 500 arqueros indios con flechas emponzoñadas, que aguardan la acometida pirata apostados en trincheras y zanjas improvisadas, mientras el movimiento de las desiertas calles es vigilado por algunos hacendados a caballo. Pese a la cautela tomada por los asaltantes que se aproximan hacia la ciudad por la playa, la repentina descarga de fusilería junto a la nube de flechas que sobre ellos cae una y otra vez detiene el avance de la hueste corsaria. Retiran sus bajas, pero son muchas las heridas de flecha, que bien saben causarán inexorablemente la muerte en las próximas horas. Una tras otra rebotan sus rabiosas oleadas contra las líneas defensoras, hasta que la munición de pólvora se agota. Entonces, a una señal convenida, emprenden al unísono la retirada hacia los manglares de Getsemaní y cerros posteriores, tras los ciudadanos que habíanles precedido en la huida hacia lugar seguro. Cuando la vociferante chusma siente el camino expedito, irrumpe en la desierta ciudad  como una destructora ola de marea. Entran en las casas robando cuanto hallan, derriban puertas, mutilan imágenes, profanan vasos sagrados, se llevan los bienes del clero y matan un clérigo que reza en la catedral. Su rapacidad no tiene límites, y se aposentan en la maltrecha urbe decididos a no abandonarla hasta que sus ciudadanos paguen la correspondiente “vacuna”, así llamado al rescate pactado para no quemar la ciudad ni degollar a los pocos prisioneros que han capturado. Por 4.000 pesos de oro abandonarían el lugar sin más retaliaciones, y así lo hacen, pero las bajas entre las que se contaba su ahora lugarteniente y conocido perro del mar Jean Beautemps, habían sido muchas, e iban a marcar su filibusterismo futuro. Sobre De Côte y cuatro de sus barcos jamás se supo nada cierto; solo conjeturas sobre su retiro a cierta isla en compañía de una india enamorada. Los otros 3 barcos seguirían costeando la Tierra Firme hasta Honduras, uno de los cuales se sabe llegó al Yucatán. Tratarán de establecerse sus hombres en Trujillo, Campeche y Valladolid, camuflados entre los pobladores hispanos. Pero más de una docena de ellos serán detectados por sus formas y costumbres sospechosas de herejía, y denunciados a los Tribunales de la Inquisición locales. Y consecuentemente juzgados y condenados a diversas penas, aunque no consta que ningún hugonote fuera por aquellos años condenado en Nueva España a la pena capital de la hoguera.

En 1568 el pirata y negrero inglés John Hawkins en compañía de su pariente el aprendiz Drake, con una flota de cuatro naves grandes y 7 urcas y pataches, se presenta ante Cartagena y envía un bote con emisario, anunciando al gobernador que trae suficientes cargas y esclavos para montar una feria. Experimentados los cartageneros en añagazas piráticas, rechaza el gobernador la oferta, a la vez que apresta su hueste militar a la defensa. Tras una semana larga de intercambio de emisarios y fuegos intimidatorios desde mar abierta, desiste el inglés de su “feriante” empeño, no sin antes amenazar que volverá con flota más numerosa. Nunca regresaría Hawkins, pero Drake había aprendido ya el camino.

La proliferación de “perros del mar” por todo el Caribe en general, y los frecuentes avistamientos sospechosos en aguas cartageneras en particular, habían decidido a su gobernador a formar milicias ciudadanas que tan buenos resultados habían dado en las grandes antillas. Componíanse estos grupos vecinales de autodefensa de gentes armadas a caballo, pertenecientes a la clase social acomodada, que habitualmente patrullaban la costa vigilando los movimientos de hombres y barcos en sus playas y auscultando la línea de horizonte, a la vez  que alardeaban de bruñidas armas y costosos arneses. El precio añadido por vivir en un puerto caribeño tan solicitado como Cartagena, implicaba además de una vigilancia esmerada, una eficaz defensa fija y otra móvil. A partir de estos contratiempos empiezan a construirse los fuertes del Boquerón y la Caleta. Se envían 7 bombardas de bronce, 200 picas, 100 arcabuces, cuatro quintales de plomo y noventa barriles de pólvora, que tratarán de mantener siempre como dotación mínima operativa. La piratería se ha vuelto una pegajosa plaga, que las más de las veces asalta alguna nave que llega desprotegida, para darse a la fuga apenas notan que son detectados desde el presidio. Son los crueles y miserables perros el mar, delincuentes sin patria ni credo, que viven de la rapiña, la extorsión y el secuestro de todo cargamento o pasaje que cae bajo su zarpa en aquellas aguas, mayoritariamente surcadas por mercantes hispanos. Pero entre las armas inventariadas como mínima defensa se encuentra la pólvora, que se deteriora rápidamente en climas tropicales, tal que pasadas unas semanas enmudecen los cañones. Y en el Nuevo Mundo ha sido hallado oro, pero no piedra de azufre que hace la pólvora, y sin ella no habrá forma de conservar el oro. Se envía azufre y salitre desde España a la más desarrollada Habana (1570) para la fabricación, barrilaje y distribución de la pólvora, pesadilla de baluartes y navíos durante todo el siglo XVI. Cartagena, creada para el comercio defiende su estatus creando astilleros para la construcción, carenado y equipamiento naval de su transitada dársena. En 1575 Felipe II  le otorga el título de “muy noble y leal ciudad”, y dos años después se inicia la traída de aguas,”obra romana importantísima” al decir de su gobernador, de manera que para entonces se la considera ya como la “tercera ciudad de todas las Indias”. Pero se abandona el proyecto de acueducto con el gobernador entrante, proclive a cambiarlo por nuevos y mayores aljibes públicos, para evitar la vulnerabilidad puntual del suministro lejano del agua durante ferias y asedios. Ya para entonces Cartagena de Indias aparece como una ciudad asentada sobre una Calamarí fortificada. Su casco de ciudad  comerciante y marinera, se va formando, sin la trama geométrica tradicional de los asentamientos castellanos del Nuevo Mundo. Sus calles rectas se adaptan al espacio insular disponible, en haces pretendidamente ortogonales, para conformar 40 manzanas y 2 plazas neurálgicas sobre el islote, puntos características de los puertos españoles del Caribe. La portulana Plaza del Mar o Plaza de la Aduana, residencia de los oficiales reales, donde descargan desde siempre los galeones sus feriantes cargas y abren sus tiendas comerciantes y carniceros, royo justiciero de agarrotar delincuentes incluido, y La Plaza de Armas o Plaza Mayor, mentidero de consejas y festejos, con su Catedral presidiendo el quehacer ciudadano. Hacia finales del siglo alcanzará las 2000 habitantes con un núcleo urbano que se desparrama, mediante el puente de madera de San Francisco, sobre el anexo islote de Getsemaní que cuenta con otros 200 habitantes más y los corrales de ganado algo más lejos del casco habitado. Una tercera plaza urbana nacerá en Calamarí, conocida pronto como Plaza de los Jagüeyes, en razón de los abrevaderos estratégicamente repartidos en ella para solaz de caballerías y reatas que han de bregar diariamente en el sofocante clima.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – V

Un nuevo conflicto vendría pronto a sumir a la Corona española en otra guerra contra Inglaterra. La Guerra de los siete años (1757-1763), que  convierte Europa y sus posesiones en un totum revolútum. Una suerte de moderna “guerra caliente” después de una “guerra fría”, que iba a involucrar a la mayoría de sus reinos mediante apresuradas alianzas. España se ve arrastrada por Francia contra Inglaterra, su ocasional enemiga, que acabará expulsándola del Canadá. El Tratado de París pone fin al conflicto, y la gran perdedora Francia cederá La Luisiana a España, en compensación de sus gastos bélicos. Las plazas de Manila y La Habana ocupadas por Inglaterra durante la contienda, las recupera España mediante su trueque por Florida. Como pasiva moneda de cambio, hete aquí que la ciudad de San Agustín contempla asombrada cómo es entregada en manos de sus enemigos de siempre (1763). Los 3100 habitantes que permanecen en la ciudad a pie enjuto durante su protocolo de entrega, son testigos no sin lágrimas en algunos ojos, de la arrogancia con la que el regimiento de Su Majestad Británica, bajo el mando del capitán John Hodges, desfila durante su entrada al recinto urbano. << Hollando nuestras conciencias, >> en palabras del gobernador virreinal saliente. Pasados los primeros días, la ciudad enflaquece en su vida y gentes. Los negros de Fuerte Mose se van. Los indios conversos de las misiones cercanas se van. Los blancos y pardos de intramuros se van. Gran parte de ellos volverían a encontrarse en Cuba, agrupados en un nuevo pueblo de nombre San Agustín de la Nueva Florida. Otra no menos importante parte confluirá en el lugar de San Carlos, próximo a la continental Veracruz.

Dos décadas más tarde habrían de volver los españoles a San Agustín. En el contexto de su Guerra de Independencia (1775-1783), aquellas trece colonias inglesas del Atlántico, semilla ahora de los Estados Unidos de América, recibirían finanzas, hombres y barcos de España y Francia contra el imperial enemigo inglés hasta vencerlo. La política es así: sus intereses privan sobre las personas. Bernardo de Gálvez gobernador de Luisiana, con sucesivas victorias parciales, expulsará al ejército británico de La Florida tras la decisiva batalla de Pensacola (1781) a más de 600 km de San Agustín. Y tras ella, también regresan al terruño desde Cuba y Veracruz los antiguos exiliados de la capital, pero van a encontrar mutado el palenque de sus sueños. Los franciscanos que habían sido expulsados de allí y convertido su convento en cuartel, regresan de nuevo a su antigua sede. La casa del Gobernador, remozada, conservaba las formas y mejorado el aspecto. En la antigua Plaza Mayor, “The Parade” durante su andadura inglesa, aparecía un “Slave Market” suerte de lonja para la subasta de esclavos de ambos sexos recién llegados del África, incluidas celdas de confinamiento temporal y  morgue para cuantos sucumbían bajo aquella penuria. Una nueva parroquia protestante cerrada por abandono de sus feligreses, aparecía ahora construida al suroeste del recinto ciudadano. Extramuros, católicos holandeses habían levantado una iglesia para sus fieles. El nuevo tablestacado del puerto aumentaba la amplitud de su dársena y su capacidad de embarque. La Puerta de Tierra, más ancha y vistosa, facilitaba por el norte el acceso al murado recinto entre pétreos pilares y sobre levadiza pasarela de troncos que permitía trancar el paso o salvar el foso. Había regresado también la esperanza para los servidores negros, que permanecían zafados de sus amos y agazapados tras los sutiles resquicios de la desbandada bélica, ocultos mientras cristalizaba la autoridad virreinal. Pasados unos meses,  el Fuerte Mosé iba a surgir redivivo y la ciudad toda recuperada con el pulso de antaño.

Pero la inagotable maquinaria europea de guerra viene a brotar de nuevo con el genio de Napoleón Bonaparte, surgido de los últimos estertores de la Revolución Francesa. Todo es poco para su ambición y la Europa continental es hollada de norte a sur por las botas de sus soldados. Con un ejército de 250.000 hombres invade España y arrolla a los ejércitos propios e ingleses aliados. La España oficial invadida por el francés, se ve empujada por él a luchar por tierra y mar contra el inglés, que en Trafalgar destruirá ambas armadas, y con ellas el sueño napoleónico de invadir Inglaterra. La España popular en cambio se alza contra el opresor francés, sus símbolos unidos en Cortes se refugian en Cádiz que bajo protección inglesa va a soportar un brutal asedio francés. Destituido su legítimo rey, el nuevo monarca impuesto desde Paris levanta irritados a la España europea y sus reinos de Indias: es el comienzo de la emancipación hispanoamericana. España peninsular convertida en esquilmado campo de batalla cuyas gentes tienen que alimentar tanto al ejército invasor como al aliado que le combate, destruidas sus industrias competitivas por el desleal “fuego amigo” de su  aliado, y en bancarrota su hacienda. Aniquilada su hasta ayer poderosa Marina de Guerra, masacrada su población con un millón de muertos, y exhaustas sus arcas tras la Guerra de la Independencia Española (1808-1813), poca podía ser su capacidad de reacción contra el movimiento emancipador ultramarino. Iría éste variando su inicial reacción monárquica según la mutante voluntad de cada prócer que emerge y el creciente volumen de su voz en las asambleas ciudadanas a su alcance. La insularidad de Inglaterra y su poderoso esfuerzo naval coronado a finales del siglo, habíanla catapultado hacia un éxito secular. La gran vencedora europea habíase zafado de sus enemigos históricos y la arruinada España se sumergía en un segundo orden, también secular, como potencia europea. Sólo sería capaz de aportar a la lejana San Agustín de esta época, un obelisco erigido en su Plaza Mayor, dedicado a la más liberal Constitución de su tiempo, jurada por sus asediados parlamentarios durante las duras jornadas del Cádiz de 1812.

Los vientos de independencia iban a mezclarse en Florida con ideas emanadas de la Revolución Francesa en el momento que la penuria de medios de España se revelaba incapaz de ahuyentarlos. Luisiana había sido comprada por los Estados Unidos aprovechando la coyuntura del nuevo estatus para apropiarse una parte de la Florida vecina. Una y otra vez, so disculpa de guerra contra los alzados seminolas, los estadounidenses violaban las fronteras españolas. El norte de la Provincia acabaría declarándose momentáneamente independiente de España, que no obstante iba a lograr reincorporarlo desde Cuba al redil hispano. Establecida la soberanía española, la debilitada metrópoli, que encaraba otras emancipaciones simultáneas en los virreinatos americanos, vende la Florida a los Estados Unidos. De facto tras la ratificación intercontinental del Tratado Adams-Onís (1821) que englobaba también los territorios de California, Arizona, Texas y Nuevo México, la gran mayoría de blancos, negros e indios misionados abandonaron, una vez más, las tierras de la Florida rumbo a Puerto Rico y Cuba, que proseguían su española andanza. Los últimos timucuas se extrañarán para siempre de las tierras de sus ancestros. Habíanse cumplido las palabras premonitorias del ministro de Carlos III a su rey, al anunciarle el parto de la nación norteamericana: << esta republica que ha nacido pigmea, ha tenido necesidad del apoyo y la fuerza de dos potencias poderosas como la Francia y la España para conseguir su independencia; vendrá un día que sea gigante…olvidará los beneficios que se le han dado…en algunos años veremos con dolor al coloso…apoderarse de las Floridas para dominar el Golfo de México >>.

Con el cambio de bandera en la semivacía Florida, ve renacer de sus cenizas en San Agustín el demolido “Old Slave Market”, propiciado por la creciente demanda de fuerza bruta para las plantaciones de algodón que instalan sus nuevos colonos blancos. Eran ya otros tiempos donde la que fuera Florida del Fuerte Mosé, iba a significarse como…¡ uno de los estados esclavistas que propiciaría la Guerra de Secesión norteamericana!…