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Contexto Histórico de Manila – III

Figura 7: Estrecho de San Bernardino. Entre Samar y Luzón

 

                     El descubrimiento del tornaviaje iba a promover un profundo estudio de geógrafos y navegantes del Consejo de Indias. Urdaneta dejará oír su voz, convocado por Felipe II en Madrid, para determinar la pertenencia o no de las islas Filipinas y las Molucas a España. Dado el impreciso cálculo de longitudes geográficas con los aparatos al uso del siglo XVI, no alcanzará acuerdo alguno la discusión entre los juristas y los tecnócratas del Consejo. Paradójicamente, ambos archipiélagos caían en el sector español según el Tratado de Tordesillas, pero lo hacían en el portugués según el Tratado de Zaragoza, a pesar de materializar una opuesta diametralidad teórica entre sus meridianos respectivos. Faltaban dos siglos para que el relojero Harrison descubriera y probara su cronógrafo, decisivo paso para determinar con exactitud la hora presente del referencial meridiano cero, y la hora y amplitud del arco de paralelo donde se encontraba el observador. En definitiva, la longitud geográfica del expectante. El medieval reloj de arena y el renacentista de péndulo, como infalibles medidores del tiempo en barcos zarandeados por el azar y las olas, quedaba como una referencia imperfecta de las épocas heroicas. Además de geógrafos y jueces que intervinieron en las disquisiciones de Madrid o Lisboa a propósito del Tratado de Zaragoza (1529), el cosmógrafo Alonso de Santa Cruz en su Dictamen sobre las Islas Molucas, había concluido su ponencia con un argumento jurídico impecable: Cuando el Papa Alejandro VI promulgó la Bula divisoria de áreas geográficas a descubrir y repartir entre los ibéricos reinos, se hablaba de la faz conocida de la tierra, no extensible a un hipotético antimeridiano, que repartiría un mundo desconocido donde siempre había imperado la Res nullíus Lex o derecho del descubridor a tomar posesión de lo hallado. Esta ley consuetudinaria, tácitamente asumida por los reinos europeos, consideraba tierra adjudicada al primer ocupante conocido que la posesionara para su rey, caso de no existir reclamación previa pertinente. Tal el caso de las Filipinas, jamás reclamada su posesión por portugués alguno, según afirmaba el connotado cosmógrafo, y en cambio, tomada en nombre de la Corona española por Magallanes. El Consejo de Indias, no pudiendo dar por unívocamente válida la posición asignada al antimeridiano, iba a desautorizar a los polemistas cartógrafos litigantes, entre un sin fin de réplicas y contra réplicas. Este nunca acabar había decidido a Felipe II a impulsar con firmeza la ocupación de las Filipinas. El dilema ibérico y sus iterados enconos seguirían vigentes; solo iban a terminar cuando ambas Coronas confluyeran sobre la testa del rey español (1580). Entonces, aunque lejos de conocer un riguroso medidor de tiempos universales, fueron sin paliativos asignadas las Molucas a  Portugal y las Filipinas a España, que por otra parte habíase mostrado siempre más flexible con su vecina ibérica, especialmente a la hora de trazar las fronteras del Brasil. En realidad, quedaba zanjado momentáneamente el viejo dilema de la territorialidad asiática esbozado ya en tiempos de Carlos V. Cuando ambas Coronas volvieran a separarse de nuevo, en su particular zigzag histórico, la portuguesa no estaba ya en condiciones de reclamar con las armas nada a la española, todavía puntera potencia atlántica.      

                      

Los primeros años de la Manila hispana, iban a estar dirigidos a recuperar su pasado mercantil de regusto malayo, japonés y chino, y su futuro, a potenciar el comercio con los vecinos reinos.¡Aquellos chinos comerciantes que Legazpi liberara, eran su tesoro! Regresados con el monzón siguiente, traerían diez shampanes con todo un muestrario de los productos que intuían ser apreciados por aquella inquieta marea de soldados, colonos, funcionarios y religiosos, folanki llegados del mar. Y aquellos ñatos orientales, resultaron estar dotados del agudo olfato que camuflaba su alicorto apéndice nasal. Un hormiguero humano a quince días de la costa china de Guangdong o Fujián, era ahora la vieja Maynilad rediviva, que enviaba y recibía, a través del infinito mar, poderosas naves capaces de vomitar fuego por cuarenta bocas, y engullir ofertas continentales de cumplidos pagos en plata fina. Al contrario que los japoneses, los cañones no les impresionaban, al fin y al cabo ellos conocían la pólvora desde la Dinastía Tang (618-907) aunque la emplearan para fuegos de artificio. Las armas de fuego tampoco les interesaban. En cambio, admiraban aquellos galeones majestuosos, altos de bordo para la ola oceánica, que observaban curiosos desde la escollera del Pásig una y otra vez. Con tres mástiles y velas de algodón superpuestas como trapo eficaz y regulable, airosos, artillados por ambas bandas a dos puentes y fuego en andanada, eran máquinas de navegar con soberbias popas encastilladas, elegante arrufo y bauprés en agujón, que aunaba  a su belleza un buen andar con todo viento. Con gobernalle de rueda encabillada para virada lenta y progresiva, su timón de codaste, indemne a la guiñada súbita por golpe de mar y equilibrado frente al tangar de las olas largas, jamás perdía su paleta por arranque: eran capaces de empopar el viento largo y mar profundo lejos de las costas, sin guiñar el rumbo ni perder la pala. Con el tamaño preciso para no quebrar su quilla entre crestas consecutivas, ni el combés sobre una cresta aislada, siete lunas tardaban aquellos galeones en dejar sus productos allende el mar, y diez en retornar para cargarlos de nuevo. Recordaban los sangleyes que la Crónica Ming hablaba de una época en que los almirantes reales navegaban por el Índico en grandes juncos de popa plana con timón de caña y pala. Llevaban productos chinos a la costa malabar y aun más allá, pero de eso hacía muchas generaciones y las crónicas callaron un día para no citarlos más. ¿Será que dichas embarcaciones realmente no cruzaron el Índico? ¿Leyenda o fake news de la época? Se trataba de Juncos de más de 400 metros de eslora, nos cuentan los escribanos de la corte. Hoy sabemos que en mares agitados con longitudes de onda de esa magnitud, ninguna estructura razonable de madera soporta la tracción/compresión alternativa a que le someten las olas. En el siglo XX, se cuentan por cientos los petroleros de acero partidos por esta fatiga. De ser cierto lo narrado en las crónicas, la estructura de aquellos juncos, hubieran partido su espinazo como dragón anciano, al decir de una tradición oral, tal vez cierta, porque nunca más volvieron verse ni a ser citados. Por eso confiaban en los robustos galeones con su cola de ballena, y sus kastilas del buen pago en buena plata, a bordo. Pero esta confianza mutua depositada en barcos y hombres que se llevaban sus haciendas allende el mar, habrían de pasar durísimos días de prueba cuando el mar se cobrase sus victimas en vidas y haberes. Era la ley del mar y lo sabían. Al fin y al cabo allí se alejaban sobre las olas sus haciendas y el porvenir de sus hijos, en manos de kastilas y ayudantes tagalos, y un porcentaje de ellos, era cifra fija no pequeña, encontraría segura muerte antes de tocar tierra. Aunque su confianza en los kastilas de Legazpi, el manumisor de esclavos chinos, era absoluta, los sangleyes arriesgaban mucho en cada navegada del galeón. El riesgo parecía agigantarse, y los corazones retumbar, cuando el galeón, disparado ya sus salvas de salida, se alejaba hacia la bocana de la bahía a la vista de los comerciantes manileños, que soñaban ver aparecer de nuevo su perfil pasadas las diez lunas de azares y temores.

 

El mercadeo inicial había resultado un éxito, y para el año siguiente anunciaban los sangleyes nueva flota con sus shampanes de timón de espadilla, capaces de traer exóticas mercancías desde lejanos puertos, que se vendía como maná de primavera, en el mercado de Acapulco. La tradición iba a nutrir por extensión el comercio y la vida de la virreinal Manila, manantial de un quehacer urbano inédito en las islas, base del mercado internacional que para tres continentes se estaba gestando. En adelante, con el monzón favorable de mayo y junio, llegaban 20 ó 30 shampanes que fondeaban en la bocana del río Pásig, cifra que llegaría a duplicarse en su época dorada, con nuevos residentes y una variada oferta de manufacturas a cual más tentadora a ojos de la sociedad novohispana. Tafetanes, mantones “de Manila”, abanicos, sombrillas, sedas, biombos iluminados, baúles y joyeros lacados, cuadros pintados sobre madera incrustados con nácar, porcelana china, cajas de costura minuciosamente decoradas, filigranas, marfiles tallados, perfumes de Ceilán, cuidadosamente estibados… que acabarían integrados a la cultura de Occidente desde finales del siglo XVI, gracias al tornaviaje del sabio Urdaneta y a sus minas de plata, que hacían de Nueva España un voraz sumidero de mercancías. Todo lo compraba, todo lo pagaba. El Galeón de Manila con sus exquisiteces y el de Acapulco con la plata de sus pagos, llegarían a nutrir aquellas bodegas con un dineral superior al presupuesto anual de varias naciones europeas juntas. Manila, convertíase así en origen y fin  de una cadena reversible de mercaderías, pagos y haber cultural, que en medio siglo iba a ser leyenda para los ojos codiciosos de otros varios imperios marinos. Las últimas consecuencias sociales de su mercado, alcanzaban desde Madrás a Estambul, donde aún se diluían en racimos de nuevas plazas secundarias y terciarias como cerezas luminosas de un fuego mágico. Llegaría a ser conocida como la Perla de Oriente, subsidiaria económica de la Nueva España y sus minas de plata, a la vez que gran trasmisora y receptora del interés europeo por el extremo oriente.

 

Agustinos y jesuitas divulgaron entre los europeos cultos, con la riqueza, exotismo y cultura de la Capitanía General de Manila y sus archipiélagos dependientes, otros estudios sobre la flora, fauna y meteorología china, junto a meritorias traducciones del mandarín y otras lenguas orientales a su alcance. Un clásico de la literatura china como el Espejo rico del claro corazón (Beng Sim Po Cam), fue traducido por vez primera a lenguas europeas para degustar por las élites del momento aquellas profundas sentencias que supo regalarnos Confucio hace 2.500 años. Estos escritos despertaron un nuevo interés sobre la vida e historia del Imperio Chino, envuelto en leyenda y niebla, adormecido en pálida ensoñación desde que Marco Polo noticiase su aventura tres siglos antes. La Catay y el Çipango míticos, volvían a despertar el interés europeo a través de Manila. Sus manufacturas, mezcla de exotismo y exquisitez, pero humana vanidad del comprador occidental al cabo, se cotizaban desorbitadamente altas. La moda europea se alucinaba de pronto con todo lo oriental, tal como la Manila receptora reflejaba entre sus comerciantes chinos, japones, malayos y siameses. Lo europeo extraído del galeón, era sin dilación embarcado en shampanes, karacoras, juncos o pancos hacia sus destinos de la cuenca pacífica. El propio Llavezares, al tomar posesión de su cargo de gobernador tras la muerte de Legazpi, le escribía al Rey: los chinos, viendo el buen tratamiento recibido, vienen cada año aumentando sus contratos, cifras que, como ex Tesorero de la Gobernación de Legazpi, tenía sobradamente controladas. Y a través de Manila, el mundo occidental se interesaba in crescendo por aquel otro extremo del orbe. El agustino Martín de Rada con la Relación de su primer viaje a China (1575) primero, y el dominico Juan González de Mendoza después con su Historia del Gran Reino de la China, traducidos a todas las lenguas cultas y leídos en Europa entera, contribuyeron definitivamente al conocimiento del mundo oriental por el Viejo  y el Nuevo Continente, mediante un estudio metódico de corte moderno y datos recientes.  El agustino trajo y tradujo el primer mapa conocido en Europa de el reino que nosotros llamamos China…el mayor y de más gente que hay en el mundo… repartido en 15 provincias que son gobernadas por visorreyes. Mapa que fue cumplidamente enviado por Guido de Llavezares a Felipe II (1574). En carta anexa alababa sus múltiples comunicaciones a base de carreteras, puentes, canales y ríos, la frecuencia con que se acudía a los tribunales, la proliferación de la lectura, su laborioso mundo, la presencia de murallas por todas partes, pero omitía a sabiendas crueldades como la Ling Chi o muerte por diez mil cortes, la necesaria mordida de jueces y funcionarios venales o la pobreza generalizada del pueblo. Era una visión edulcorada de una sociedad china, gente infinita, que Llavezares sabía sentida por el Rey cada vez más pronta a catequizar.

Figura 7a: El Parián de Manila. Grabado de la época. Expedición Malaspina

 

La prosperidad de Manila  y la cercanía de los mercados del Río de las Perlas, iba a excitar la codicia de algún kastila, comerciante con la consiguiente reacción macaense. También los castellanos estaban empezando a oler con sus grandes narices el aroma mercantil del suculento chow-mein comercial chino, lo que iba a propiciar nuevos roces panibéricos. Sus grandes ojos  manteníanse bien abiertos por lo que pudiera tronar en aquellas aguas. El rechazo de las crónicas Ming era unísono sobre los bárbaros, de conducta irrespetuosa, que jamás se inclinaban en saludo previo a su interlocución, tenida por actitud insolente, ante el desconocido. Sensibilidad básica de un Oriente, que permanecía arrodillado y mirada baja ante sus autóritas civiles y religiosas, que los europeos no calibraban en justa medida, lo que iba a traerles serios problemas. Más a los españoles que a los lusos, por ser más extrovertidos y ruidosos, de más recio hablar, pero menos que a los holandeses y su perpetua jarra de cerveza en la mano, todavía inéditos en los mares del sur, pero pronto conocidos como hongmaoyi (los bárbaros de cabello rojo) entre los chinos Ming.

 

Bien es verdad que si la iniciativa de potenciar las islas mostrada por Felipe II era un estímulo para los emprendedores manileños, no es menos cierto que los castellanos entraban en los dominios portugueses de las costas chinas, Malasia o Sonda, con pertinaz descaro. Luego de roces sin cuento, los mandarines cantoneses habían convenido con el gobernador de Macao en celebrar dos ferias anuales, una en Cantón, la otra en Macao. A la primera concurrirían las naves merchantas de la India, Malaca y Molucas con sus productos; a la segunda, las de Japón con los suyos. Inopinadamente se presentan naves españolas en una feria de Cantón, para repetir presencia en ferias sucesivas y la consiguiente irritación macaense, que llegarán a pedir a los mandarines chinos la detención de los españoles con la intervención de sus mercancías. Pero la plata novohispana movía montañas, y los cantoneses no solo no detienen las naves españolas, sino que cuando llega Juan de Zamudio (Samudeo, en la crónica china) con su bella fragata, negocia y obtiene la cesión de una base fija en Piñal, promontorio próximo a Cantón, con el consiguiente inflado del iracundo soufflé portugués. Esta situación explosiva acabaría con la prohibición de Felipe II de concurrir a ferias del continente, y ordenando lo hagan solo a las de Macao. El Rey Prudente no se interesaba tanto por el mercado cuanto por la tarea misionera de jesuitas, agustinos y franciscanos. Y en aquellos momentos estaba mandando una embajada tras otra, sin respuesta alguna, al Emperador Wanlí, para que permitiese el acceso de sus misioneros al continente. La embajada definitiva nunca llegaría a producirse, ni los regalos destinados al Emperador del Celeste Imperio pasarían de Nueva España: fueron vendidos en pública subasta en Ciudad de México. Y es que los europeos iban a tardar décadas en comprender y asimilar la actitud de la China como pater familias de una grey confuciana de naciones, donde el resto de componentes eran miembros subalternos. Japón, Korea, Siam, Birmania, Nepal, Laos, Camboya, Vietnam, islas Riukiu y demás subsidiarios de la cultura china, eran tenidos por tributarios, entre los que se encontraban los bárbaros de las estepas del Asia Central y los folanki europeos. La complejidad de esta relación asimétrica, con muchos deberes y pocos derechos, no era la mejor tarjeta de presentación para una entente cordiale, que pasaba por un crisol de idiomas previo, donde reverberaba entre otros el Cantonés de Guangdong, el Wu de Shangai, el Min de Fujián y el Mandarín de Pekín y algunas provincias del Norte o del Oeste, para empezar. Y seguir con que los reyes de los países subsidiarios, nada menos que debían ser investidos por el Emperador de China, para poder admitir a sus embajadores. Para la tradición europea fraguada por medievales primun inter pares, resultaba un anacronismo inverosímil mil años después de la caída de Roma. Los emisarios debían presentar intermitentes tributos fijados en fondo y forma por el Emperador, terminando su recepción de rodillas tocando con la frente el suelo tres veces. Tras lo cual el Hijo del Celeste Imperio tenía a bien conceder el derecho a comerciar. Bajo este novedoso precedente, la Corona española iba a ser testigo de varios intentos de sometimiento a tributo de sus islas Filipinas por los poderosos del entorno y momento, desde piratas hasta daimios. Era lección aprendida para el futuro.

 

El emplazamiento original de la Manila mora sobre la triangular planicie del margen izquierdo del Pásig, había sido aprovechado por Legazpi para comenzar una empalizada que sería transformada en muralla perimetral por Gómez Pérez Dasmariñas (1590). Con 260 españoles y criollos, el nuevo Gobernador, desde su embarque en Acapulco venía dispuesto a ceñir la nueva ciudad con muralla y bastiones, foso, contrafoso, y seis puertas con puente levadizo. Los límites de su asentamiento iban a ser el río por el norte, la bahía al oeste, y ciénagas al resto de vientos, que serían terminados trece años más tarde por su hijo, como gobernador interino. En las antípodas de su inicial encuentro, y tras siglos de pugnaz convivencia, volvían también a cruzarse, ante nuevos destinos vigilantes, la media luna y la cruz, que habían mezclado su masa madre en la Iberia inabarcable. Allí nacía el recinto de Intramuros, núcleo inicial regido por un Cabildo compuesto de doce concejales, un alguacil mayor, un notario y dos alcaldes, designados entre sus kastilas notables (no importa si europeos o americanos). Este embrión citadino iba a incorporar un restringido asentamiento de sangleyes dentro del recinto murado, que venía a respaldar la lealtad de aquellos primeros chinos manumisos, y la necesidad de primar su empática actividad ante un nativo poco proclive a ella. Muchos fueron los que montaron abastos ciudadanos, a la vez que otros copaban oficios y profesiones imbricadas en la construcción y servicio urbanos, incrementando prontamente su exigua colonia. Situado entre al ángulo nordeste de la muralla y el Convento de Sto. Domingo, el barrio sangley de intramuros estaba adscrito a la tutela cristianizante de los dominicos, erigidos en guardianes permanentes del hermano chino. Pero el tempranero desarrollo económico de la ciudad, era también reclamo para otros pobladores indígenas y asiáticos, no solo en intramuros, sino en sus contornos. Fueron así estructurándose los barrios extramuros de Tondo, Bay Bay y Longos al otro lado del río. Ante tal crecimiento de asiáticos, desde moluqueños a japoneses, las autoridades manileñas decidieron limitar selectivamente la población asentada, tratando de controlar el efecto explosión social contra los kastilas, minoría hispana de funcionarios, militares, misioneros y comerciantes, que aquella diversidad de gentes pudiera en su contra propiciar, espoleada por cualquier trifulca interétnica.

Figura 8: Plano Planta de la ciudad de Manila h. 1671/1672

                             

Las Filipinas en general y Manila en particular, iban integrándose en el Virreinato de Nueva España como parte del Imperio, con sus normas establecidas, entre las que destacaba su impronta comercial. Al aplicarse el monopolio vigente para todo el Imperio, la  colonia china de Manila sintiose perjudicada en su comercio continental, lo que iba a provocar graves altercados. Sofocadas las algaradas, los sangleyes serían duramente represaliados y crecidos sus tributos. Estos disturbios propician “a río revuelto” que Limahong, poderoso contrabandista y pirata chino, bloquee la bahía de Manila con una flota mercenaria chinojaponesa de más de sesenta shampanes y juncos con un contingente de 3.000 hombres preparados para el asalto (1574). Desembarca su tropa e intenta tomar una ciudad con 60 kastilas y los 2.000 nativos de su ejército que van a defenderla a juro. Tras prolongado cerco en el que muere su descubridor Martín de Goiti, secundado espada en mano por su propia esposa, acabará el pirata rechazado y acosado en su retirada por Felipe de Salcedo y su gente, que le obligan a reembarcar. Este bautismo de fuego de la rediviva urbe y sus 2.000 residentes, motivará su proclama como ciudad por Felipe II, bajo el lema de “Insigne y siempre leal ciudad de Manila”, primándole años después con su secular escudo de armas (1596).

 

Pasado este primer aviso racial, el barrio de residentes chinos será obligado a extrañarse fuera de intramuros, adjunto al ángulo nordeste de la muralla en la ribera izquierda del río. Pero el Cabildo les cede tierras marismeñas y salobrales en Binondo al otro lado del Pásig, que los propios chinos sanean para construir en ellas una Alcaicería (Mercado de la seda) o el Parián de los Sangleyes (Mercadillo de los chinos). Ambas acepciones con significados concretos: la primera, como recinto comercial de la seda en vocablo andalusí de raigambre mora,  y la segunda, como palabra originaria malaya asumida en tagalo, e incierta traducción castellana próxima a la plazuela o mercadillo de barrio. En todo caso, aquella bomba de tiempo gentilicia iba a ser privada de toda accesibilidad directa al recinto murado, y sus pálpitos sociales vigilados desde el baluarte de San Gabriel (40) y su barbacana. Tomaba así forma característica el núcleo comercial, que había de canalizar las transacciones hacia Acapulco y Nueva España. Con el tiempo, su fama inundaría de Parianes otras ciudades filipinas y novohispanas (México, Guadalajara, Puebla) que mercadeaban productos del Galeón, tramoyando su procedencia con una exótica estética de reclamo para sus manufacturas orientales. Mientras, los señuelos de aquella moda delicada y colorista, colmaban los caprichos femeniles de cualquier latitud y cultura del mundo atlántico.

 

El nuevo Parián de extramuros, iba a incluir viviendas, talleres y tiendas de los residentes chinos, agrupados según gremios y calles, desde sastres y peluqueros hasta herreros, carpinteros o albañiles. Con el pelo recogido en trenza como mujeres escofiadas, coronado por un bonete generalmente negro, según condición social, vestían con frecuencia sayos claros de anchas mangas, cubiertos con lienzos de algodón azul oscuro o negro, y calzas de fieltro opaco con la puntera alzada. Parecen clérigos, comentaban muchos hispanos recién llegados a Manila. Las mujeres vestían de forma similar, pero sus faldas no llegaban al suelo. Como las moriscas de Granada, anotaban quienes habían transitado la capital andaluza. En todo caso, los sangleyes suponían una nota exótica ciudadana para los hispanos de uno u otro continente, no solo por sus vestimentas, sino también por sus ceremoniosas rutinas sociales no exentas de espontáneo gracejo a los ojos de Occidente. Pero su barrio era un caserío pulcro, de diseño uniforme, apariencia endeble y tamaño vario, según nivel de su propietario. Lo componían casas en mayoría de madera, una sola altura e independientes, aisladas del fuego, con tejado a dos aguas y tejas claras aporcelanadas, siendo las de los comerciantes, con su vistosa tienda a la vista, más atractivas que el resto, convertidas en impersonales carátulas  de tres  puertas. Los sangleyes, como los chinos continentales, nunca dotaban sus casas con ventanas al exterior, iluminaban sus habitaciones mediante ventanas al patio central de la vivienda, sin árboles, que situaban en cambio como hilera umbría ante sus fachadas soleadas. Tratándose de terrenos muy húmedos, ganados a las marismas del Pásig, donde el acero más bruñido en una noche se cubre de moho, levantaban estas viviendas mediante columnas de madera sobre base ciclópea, y piso de losa o cerámica aislado del suelo. No era raro encontrar adornos en la coronación de las fachadas con muchas galanterías hechas de cal y tapias encaladas por de fuera.

 

En un escenario urbano donde todo estaba por construirse, la escasa y remisa mano de obra indígena parecía inhibirse frente al expedito quehacer de los sangleyes, que llegarían a monopolizar masivamente la actividad artesana. Vanse haciendo muchas casas y muy suntuosas…con tanta brevedad que es cosa de admiración…por la buena diligencia y trabajar de los sangleyes, dejaría dicho el primer obispo de la ciudad (1581). Activos y diligentes, abarcaban los sangleyes toda la gama de servicios demandados en la urbe, desde construir viviendas particulares o iglesias, hasta engalanar las existentes durante los muy significados festejos de cada  parroquia. Desde suministrar productos de primera necesidad, hasta adquirir aperos y aceites llegados de Sevilla, para negociarlos aquí o en otros parianes. La colonia china no solo suministraba la mano de obra que la Capitanía precisaba, sino que aportaba el necesario calor humano para desarrollar las obras comunitarias sin contratiempos, pese a la engorrosa interrupción del trajín ciudadano que,  en muchos casos, provocaba.

 

En 1595 la ya amurallada urbe, declarada capital del archipiélago, iba a convertirse en el foco evangelizador del sureste asiático. Su jurisdicción como Capitanía General de las Indias Orientales abarcaba las islas de Guam, Marianas, Carolinas y Palaos, miles de islas en miles de kilómetros a la redonda, aunque sus ojos miraran de soslayo al continente chino. Y a esas provincias enviará su Obispo a los agustinos (1566), franciscanos (1577), jesuitas y agustinos recoletos (1581) monjas y frailes dominicos (1587), que van llegando a los conventos de Manila, para ser repartidos desde allí a las áreas concretas de las catequesis comarcales. El archipiélago había recibido en origen el estatus de Gobernación y más tarde el de Capitanía General dependiente de Nueva España (1574); finalmente sería creada la Real Audiencia de Manila (1584). Su Capitán General iba a ser de jure, Gobernador además de Presidente de la Real Audiencia, de trato directo con el Rey y atribución similar a los virreyes, si bien su dependencia humana, económica y comercial, se gestionaba en Nueva España. La penetración y poblamiento del archipiélago era una Empresa Real, en nada comparable a la particular conquista desarrollada por Cortés en las primeras décadas del siglo. Los españoles, fueran europeos o americanos, que venían aquí para instalarse, eran mayormente representantes comerciales, de escaso arraigo y mínimo mestizaje transferible, en tanto el resto eran frailes y funcionarios o militares con sus familias. Su contraste con la Nueva España de Cortés era profundo. Pero no lo era, en cambio, el apostolado de sus órdenes religiosas predicadoras o mendicantes. Además de catequesis, los misioneros de todo tiempo y Orden habían venido a enseñar oficios, aclimatar cultivos, desarrollar la industria, el comercio y las artes. Ellos serán quienes traigan el trigo a estas tierras y enseñen a trillarlo, como alternativa a unos malos años del arroz, que venían sacudiendo su economía. Enseñan a los nativos a tejer fibras de algodón o piña, colchar filásticas de cordamen y confeccionar telas, que vienen a paliar el gravamen de los agentes chinos. Aprenden de los naturales sus distintas lenguas y costumbres, su contexto, para acabar convirtiéndose en interlocutores imprescindibles entre administrantes y administrados.

Figura 9: Puente Real en el siglo XVIII. Museo Naval de Madrid

(Según Brambilla de Expedición Malaspina)

 
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Contexto Histórico de Veracruz – V

  Figura  13: Derrotero de la Flota de Nueva España y sus cagafuegos de guarda

 

Antes de 1554, la incipiente producción de metales preciosos de Nueva España, había obligado a la Aduana de Veracruz a fletar bajeles de cabotaje desde La Habana, custodiados en su viaje de regreso por dos galeones de la Marina Real. Era un primer esbozo de comercio con la metrópoli, teniendo a Cuba como parada y fonda. A partir de 1564 se establece el sistema anual de dos flotas merchantas que parten de Sevilla hacia Veracruz o Flota de Nueva España y hacia Cartagena de Indias o Flota de Tierra Firme, llamada también de Barlovento. Estas flotas partían en distintas épocas del año para desembarcar sus mercancías en los puertos asignados, montar sus ferias, y confluir de regreso en La Habana una vez concluidas estas. De allí regresaban a Sevilla, protegidos hasta las Azores por los poderosos cagafuegos de la Armada de Barlovento, relevados por los de la Armada de la Mar Océana hasta destino. Los galeones de la plata eran los encargados de portar en sus vientres el preciado metal, que bajo la forma de impuestos, situados virreinales o pagos de mercancías contratadas, cruzaban el Atlántico en ambas direcciones. Dos meses largos tardaba la Flota de Nueva España en cubrir sus 820 leguas de singladuras, desde su salida al mar atlántico por el Guadalquivir, hasta su arribo al peñón de Ulúa. Como si de una procesión ritual se tratase, iba cumpliendo su derrota etapa tras etapa, emitiendo en los pasos costaneros de Canarias, Dominica, La Española, Jamaica, Yucatán y Ulúa, los pertinentes buques de aviso para activar alertas de guarda en los puertos clave del recorrido, y prevenir de celadas corsarias los estrechos antillanos o sus comisuras isleñas.


En el tiempo de flota de 1568, se aguardaba en Veracruz la llegada del nuevo virrey Martín Enrique de Almansa, tras el aviso de arribo de los galeones con su manufactura europea. A la espera de sus velas, aparecieron otras cinco de barcos con banderas y grímpolas de Borgoña, que iban a fondear junto al peñón de Ulúa. Era la flota corsaria de Hawkins y Drake que con su exitosa añagaza sorprende y captura la guarnición del presidio insular. La vigente tregua con Inglaterra le ha librado de sospecha, y las baterías del fuerte isleño no abren fuego sobre la incierta flota arribada. Una población de 200 vecinos, establecida unas millas al norte, en la Antigua Veracruz de tronco y tablas, es asaltada por la turba pirática que se derrama por los arrabales desvalijando cuanto edificio alcanza. Pero hete aquí que, durante su febril ajetreo, es sorprendida la horda por una incrédula Flota de Nueva España y sus galeones de guarda, que rinden su arribo anual a Ulúa con algunos días de retraso.


Inglaterra, era nación de segundo orden todavía, basada su presencia comercial atlántica en el tráfico negrero con Iberoamérica y los golpes de mano sobre puertos indianos desprevenidos, además de una pequeña red comerciante con puertos del Canal y del Báltico. Carecía aún de la poderosa maquinaria propagandista que sacaría a la luz estos lances, magnificados y exaltados luego, soslayados entonces. Ninguno de sus intentos coloniales americanos había a la sazón fructificado, acabando todos en desoladoras hambrunas y coloniaje fallido. Solo la guerrilla marítima, capitaneada por marinos de élite, rentaba beneficios extractivos de la nación dominante y su comercio. Zarpazos aislados sobre naos merchantas, haciendas costeras o enclaves anónimos, incluso en tiempo de tregua como el presente. So pretexto de venganza, por la exclusión de la americana herencia del padre Adán, que el Papa Alejandro VI proclamara en detrimento de Inglaterra y resto de la Europa expectante, eran el corso y el contrabando dos inversiones rentables para la Corona Tudor. Isabel desplegaba sus fuerzas políticas contra el Rey de España, y procuraba arrebatarle los tesoros que extraía de las Indias occidentales, fuente de aquel poderío que hacía a Felipe tan formidable, nos recuerda David Hume. Ya veían los ingleses con envidia los progresos de los españoles y portugueses en las dos Indias… y era una felicidad que la guerra abriese una perspectiva a la ambición y codicia de los ingleses… Un engranaje de corsarios, apoyados por su sindicato de Plymouth que rentaba capturas como capital financiero, iba a gestar en apenas un siglo la formación de una verdadera flota para Su Graciosa Majestad. Los panzudos galeones españoles de mayor arqueo y lento andar, diseñados para navegar lastrados con 300 toneladas de tara mínima, de manufactura robusta para vientos largos y singladura oceánica, contrastaban con los barcos ingleses hechos para vientos costeros y virazón ligera, ágiles y maniobreros cuanto carentes de capacidad de carga, de porte mas apto para la pesca, el bojeo o el golpe audaz, que para el comercio atlántico de altura. Barcos ligeros, capaces de poner millas de por medio una vez cumplido cualquier pugnaz cometido, resultaban incapaces en cambio de remontar el Cabo de Hornos, hasta que lo doblara en solitario el propio Drake (1578). Con su nave capitana de 70 toneladas, luego de haber perdido la flota en el intento, lograría al fin superarlo. Había pasado medio siglo desde que Francisco de Hoces lo vislumbrara por vez primera (1526), cuando navegaba con Loaysa y Elcano rumbo a las Molucas. Eran tiempos de incipiente artillería a bordo, prácticamente ausente en barcos menores, que acusaban su peso y retroceso al disparo, con escora súbita por andanada, guiñadas de arribada, y distorsión del rumbo. Era por ello que el cañoneo de banda hacíase a barco acoderado, lo que equivalía a fondearlo, contrapesarlo y afirmarlo mediante tornapuntas o amarres supletorios a las cadenas de ancla. Se ablandaban así los bandazos del retroceso, y evitaba el cruce del rumbo con el barco avante, bajo los pulsos laterales de cada salva artillera. Tanto más cuanto mayor fuera el número de cañones por banda y el calibre de sus bocas de fuego. Solo cañones por proa o popa, herencia de las galeras mediterráneas, podían ser disparadas sin perturbar el andar del buque. Las piezas de a bordo, lo eran normalmente de sitio, ya culebrinas de gran distancia, cañones de media o pedreros de corta pero efecto metralla. Destinadas todas a desembarcar para emplazarse en tierra como artillería de campaña, útil para acosar plazas o despejar el campo a los infantes. La guerra en el mar propiciaba, por tanto, barcos de alto bordo y encuentros al abordaje, cuerpo a cuerpo entre tripulaciones enemigas. Era táctica preferida el cruce por avante del rumbo enemigo, virada final a rumbo de colisión, y descarga fusilera en ángulo ventajoso previa al impacto de cascos. Tras abarloar y fijar garfios, buscaban las turbas encrespadas, espada o hacha en mano, daga en boca, la carne enemiga.


Pese a la recíproca sorpresa del fortuito encuentro en el surgidero de Veracruz, la reacción de los recién llegados iba a ser más rápida que la flota corsaria. Siguiendo el protocolo de arribo, los galeones de guarda, pese a encabezar la comitiva naval, permanecieron en facha hasta que las naos merchantas hubieron trincado amarras en las argollas de Ulúa. Tiempo suficiente para calibrar desde sus cofas, el panorama táctico que se propiciaba. Terminada la maniobra, en derechura, a fuego de fusilería y pedreros de alivio, aproaron los cagafuegos al surgidero, dándoles andar con sus velas desplegadas. Barridas las cubiertas enemigas, caen al asalto sus infantes sobre los buques más pesados y arrancada lenta, quedados aún tras su presuroso izado de anclas, largada de amarras, ajuste de escotas y perezoso avante. Perderán en el lance los ingleses las ¾ partes de sus hombres y más de 1000 toneladas de la carga depredada en su periplo caribeño. En pleno zafarrancho, el joven Drake se escabulle en su ligero patache de solitario cañón en proa, tras su pariente Hawkins, capitán de flota, que lo hace en nave similar. Con los bordos astillados por los impactos de bolas de piedra, las velas desgarradas y atiborrado de tripulantes ajenos, Hawkins trata de maniobrar su escapada en medio de cerradas descargas fusileras desde el alto bordo y puentes enhiestos de los cagafuegos: sería el suyo el otro buque que iba a zafarse de la refriega. Ambos dos escaparon por el escaso arqueo y corto calado de sus naves, levando anclas prestamente y aproando al paso de aguas someras junto al cantil del islote de Ulúa, a todo trapo, en medio de una granizada de pelotería y palanquetas. El deshonor de esta huida rumbo a Plymouth, iba a marcar muchas de las actuaciones venideras de Drake, que buscará venganza para restañar su herida reputación tras el lance veracruzano. Hawkins, impedido de navegar en su astillada urca con tan sobrado pasaje, opta por desembarcar la gente superflua en la propia costa huasteca. Prometerá regresar con nave suficiente para retornarla a Inglaterra. Pero informado el Tribunal de la Inquisición de Pánuco, mandará rastrear el litoral en busca de aquellos luteranos sacrílegos que habían hollado símbolos y ministros católicos, profanando iglesias, robando sus vasos sagrados y desbaratando la feria. La Antigua Veracruz, montadas ya sus casetas comerciales, habíase despoblado como tordillos en desbandada bajo un disparo fortuito; pero pasada la estampida, iban a retornar al reclamo mercantil de sus haberes. Los herejes abandonados en la costa, serán capturados, sometidos en México a tres Autos de fe, quemados vivos varios, apresados temporalmente otros, mandados a galeras de por vida alguno y alguno más, mimetizado entre nativos, moriría según parece de malaria o descuartizado quizá por los chichimecas. Hawkins nunca regresaría a buscarlos.


Felipe II presionaba entonces en el Canal de la Mancha, donde cernía sobre Inglaterra la sombra de sus Tercios de Flandes respaldados por poderosa escuadra. Los ingleses, arrinconados en su isla como en un bote solitario, veían caer sobre ella la sombra de un gran bajel, nos dirá Chesterton analizando aquella hora. Los estrategas de la reina multiplicaban los ataques a puertos y navíos españoles tanto en aguas peninsulares como americanas, a fin de mantener alejadas de Albión las naves enemigas, factores del transporte y desembarco de los Tercios que temían. El corso inglés enfilaba sus rodas hacia el poniente pese a ser tiempo de tregua. Drake y Hawkins se harían famosos aquellos años en su isla por los lances predatorios contra las posesiones del Imperio Español. Una atronadora propaganda antipapista de consumo interno, se conjugaba con la necesidad de sacar pecho en contrapartida de la angustia que vivía el reino, de costas frecuentemente irrespetadas. Eran años difíciles para Isabel I Tudor, cabeza de la cismática iglesia anglicana, con una incómoda oposición católica en propia isla, mientras el rey español maquinaba su ruina. Sabedora del peligro en ciernes y la estrategia de sus consejeros, la reina no lo piensa dos veces, y en Plymouth visita la nave de un Drake exultante tras su vuelta al mundo, le sienta a su mesa y le arma caballero (1581). Ello pese a las protestas del embajador español que pide la cabeza del pirata, y que logrará la restitución de la mitad de los daños declarados por su embajada. Ganará la reina un aliado más para su causa y el afianzamiento de su cetro. Pero Su Graciosa Majestad se equivocaba en la valoración personal del nuevo Sir, porque el que era magnífico navegante de altura y estratega en corso, iba a resultar flaco capitán de grandes armadas, lo que habría de traerle a él y a su reina más de un sonado descalabro, celosa y oportunamente silenciado en su isla.


En la década de 1580, Felipe II había visto anexionada la materna Corona de Portugal a la suya paterna, y el Imperio heredado de Carlos V de Habsburgo cobraba con ello proporción universal. El sector calvinista de Holanda, en rebelión contra su legítimo y católico rey Felipe de Habsburgo que lo era también de España, iba a multiplicar junto a su aliada Inglaterra, los ataques de los desheredados de Adán, sobre las dependencias portuguesas de ultramar los corsarios holandeses, y españolas los corsarios ingleses. Era una tenaza de dos potencias emergentes, ávidas de tierras anexas a sus rutas comerciales, que parecían ser óptimas para competir comercialmente con la dominante España. Ante la nueva política, la fortaleza de San Juan de Ulúa se amplía y mejora. Fuera de sus muros, se levantan obras complementarias como la alcaldía y la iglesia propias, casa para los marinos de los galeones y galerías para estibadores y cargadores negros. Dentro del recinto murado, se instalan Aduana, cuarteles de tropa y almacenes de mercancía, a cobijo de sorpresivos ataques, en tanto se madura la idea de una Nueva Veracruz afincada en Buitrón.


Es a finales del decenio cuando Felipe II decide invadir el reino hereje de la belicosa y falsaria Isabel, atacante perpetua de las costas y naves hispánicas, en épocas de tregua, sin declaración previa de hostilidad, cuando sus flotas hibernaban al ancla con tripulaciones de retén. Desde los Países Bajos, cerca de 250.000 hombres de guerra y apoyo entre caballería, escuderos, artillería y hospitales de campaña, zapadores, artificieros, pontoneros, infantes, fusileros, ayudantes, intendentes, esposas, criados, meretrices y apoyos civiles de los Tercios de Flandes bajo mando de Alejandro Farnesio, Duque de Parma, el primer general de su siglo, se aprestan a embarcar. Serían transportados por 130 galeones, veinte carabelas y diez fustas de seis remos cada una. Felipe el minucioso, lo tiene todo preparado. La Gran Armada hispano-portuguesa, se apresta a cruzar con aquel pueblo de Dios el Canal de la Mancha, para soltarlo como plaga de langosta sobre la costa inglesa. Allí moran no más de tres/cuatro millones de seres, familias cuarteadas por la intransigencia dogmática de la Reforma luterana, martilladas en todo tiempo sus meninges por terrores panfletarios. Pasquines y billetes con dibujos mostrando los horribles instrumentos de tortura con que venía cargada la Armada de España, nación fanática e imperiosa, para torturar ingleses, según la abundante información gráfica que corría de mano en mano. Isabel pedía un esfuerzo supremo al pueblo inglés, para que aprontasen buques para reforzar su flaca armada, y luchar contra 50.000 infantes veteranos, dirigidos por oficiales de consumado mérito, ante los que no podía compararse en fuerzas navales, ni en número, disciplina, fama, experiencia, ni valor de sus tropas, nos recuerda David Hume en un alarde de sinceridad. El peligro que se cernía sobre la Pérfida Albión, era demasiado grave y real. Si el desembarco triunfaba, el humillado y perseguido católico isleño podría esquilmar como primera langosta del reino sus campos, sementeras, ganados y ciudades en propio reflujo de marea interna, pero proclamado a priori como apoyo al católico invasor. El inesperado desenlace del encuentro entre ambas Armadas, y el azar meteorológico del Canal, iba a conjurar el peligro. La Inglaterra anglicana pudo finalmente expeler de su pecho la respiración contenida. La devastación insular por los Tercios de Flandes y su universo gregario, habíase por el momento aplazado.


Tras un par de escaramuzas previas entre barcos que toman posiciones a barlovento (1588), el embravecido suroeste arbolará una mar que obliga a correr el temporal a la Armada española, anulado su resguardo costero a sotavento. El hecho de haber aterrado los barcos a la costa flamenca para embarcar los Tercios, habíase convertido en trampa mortal bajo la virazón del viento. Estrechaban las olas sobre los barcos ibéricos su cerco rompiente contra el escarpe costero, sin haber embarcado aún tropa alguna en sus playas. So pena de embarrancar y ajustando trapo, irán librando ceñidos por estribor sus escollos y promontorios, ganando braza a braza el resguardo vital de la costa y su calado. Rumbo N-NW tratarán de circunvalar Britania por aguas desconocidas y mal cartografiadas, para escapar seguidos un buen trecho, siempre a calculada distancia, por algunos barcos ingleses, pequeños navíos escorados por el peso de los cañones matiza Chesterton, que se aventuran entre aquellas olas. Lascarán escotas los perseguidos para propiciar el alcance bélico; lascarán escotas los ingleses para evitarlo: a enemigo que huye, puente de plata, dice un refrán que sabiamente aplican. Huyen los españoles del temporal, no de los enemigos. Como los atenienses en Salamina, tratan Lord Howard y sus capitanes de confirmar el alejamiento infinito de la legendaria flota de Jerjes. No vaya a ser que amaine la furia desatada y les dé por volver… Pero no amaina, y los barcos españoles irán cayendo desperdigados por acantilados y playas escocesas e irlandesas, en tanto los ingleses van guareciéndose en puertos propios a medida que el viento arrecia. Se sospecha hoy que trataron algunos de salvarse entrando de arribada forzosa en fiordos noruegos, donde han aparecido, no ha mucho, pecios ibéricos de aquella época por investigar. Regresarán los supervivientes a Santander, La Coruña y Lisboa, aún con velas rizadas de tormenta o aparejos de fortuna y tripulaciones diezmadas que traen mortal pestilencia a los puertos de acogida. Había concluido quizás el mayor riesgo existencial de Inglaterra como nación histórica. Lo que tenían enfrente era el imperialismo en su sentido más complejo y colosal, algo inconcebible desde los tiempos de Roma. Era sin exagerar la civilización misma. Fue la propia grandeza de España lo que supuso la gloria de Inglaterra… nunca podremos volver a ser ni tan pequeños ni tan grandes, confesará de su patria en aquella hora desesperada, que también vieron los siglos, Gilbert K. Chesterton en su Breve Historia de Inglaterra. Una forma humana de auto empequeñecimiento para multiplicar el efecto-éxito de su pueblo. A la par que legítimo orgullo patrio por haber superado con bien aquellas endiabladas termópilas. Y el eco de sus tambores de inesperada por sorpresiva gloria, siguen repicando aún en Albión.


Ciertamente otras horas desesperadas aguardaban al pueblo inglés durante el reinado de Isabel I, excomulgada por Sixto V, que había absuelto a los ingleses de su juramento de obediencia a la reina. El enfrentamiento España – Inglaterra era por aquellos años una suerte de pelea entre perro grande y perro chico, donde frecuentemente el chico se escabullía entre las patas del grande, aunque no sin astucia ni decisión. Tal cosa aconteció con el desastre de la Gran Armada, cantado cual inmarcesible gloria propia por los ingleses hasta el hartazgo, a la vez que convertida en leyenda con moraleja por su doble liberación nacional del Imperio Habsburgo y del Papado. Justa réplica al espíritu de cruzada que Felipe II y el Papa habían impreso a la Batalla de Inglaterra. Y tal cosa parece repetirse en 1596 cuando otra poderosa Armada española en ruta hacia Albión es herida y dispersada frente a El Ferrol por una de tantas galernas que baten el litoral cantábrico. Y en 1597, que repite en trágico ritornelo otro revés naval, esta vez frente al cabo Lizard, cuando un furibundo Eolo desbarata el nuevo desembarco español que atenazaba Cornualles. Su configuración insular vino a garantizar su existencia como nación, apiñada en torno al nacionalismo y su intransigente iglesia anglicana, que acabaría poniendo en fuga de la metrópoli a católicos y puritanos, con su Ley para contener a los súbditos. Dura lex que penaba con cárcel a quien no acudiese al culto público durante un mes, y destierro e incluso la muerte, para los reincidentes. Sed lex, dura también, para quienes se explicasen en términos sediciosos u ofensivos para la reina, (que) serían por la primera (vez) sacados a la vergüenza y se les cortarían las orejas… Ciertos mutis de aquella sociedad isabelina resultan incomprensibles para el observador continental. Entre ellos, el hecho en torno al catolicismo de William Shakespeare, cumbre del teatro moderno, pasando al galope sobre su heredad familiar y social, en los mismos campos que van siempre al paso los jinetes de la historia patria. Incluso con cierto menoscabo contemporáneo, que lo tilda de bárbaro, acepción que haría propia el ilustrado Voltaire y su troupe, siglo y medio más tarde.


Pero no era ciertamente este perro chico la mayor preocupación del Rey de España, sino el terrible Dogo Otomano, cancerbero de cincuenta cabezas, que no ha mucho había sitiado por segunda vez a Viena, y que gruñía y mostraba de nuevo los dientes ante el incómodo vecino. Constreñido en el Mare Nostrum, sin poder acceder al Atlántico pese a su vocación marinera, era una secular refriega la que España y sus itálicos aliados mantenían contra los bajeles de la media luna estrellada, vetando su salida al Atlántico. Era demasiado poderoso aquel otro Imperio del Este, para osar Felipe II invadirlo, como habíalo intentado con la Pérfida Albión. No habían pasado veinte años desde la victoria sobre sus galeras en Lepanto, y de nuevo los Bey y Dey otomanos, junto a otros príncipes tributarios de enseña roja, asomaban al Atlántico sus velas. Para acosar esta vez, no solo a la Flota de Indias, sino a todo enclave donde cautivar cristianos que vender en los zocos esclavistas de Argel, Orán, Tremecén o Bugía. Miguel de Cervantes, tres años prisionero en Argel, lo sabía bien. En contrapartida, el Rey Prudente solo había acertado a plagar su costa meridional de atalayas, alarma perpetua de las velas berberiscas. Los frailes mercedarios conseguían, entre tanto, los dineros exigidos para urdir nuevos rescates de cristianos. Y esta tensa convivencia mediterránea lastraba, como una pesada losa, las arcas de la Corona. Había iniciado el Imperio Otomano, una escalada de ataques turco-berberiscos, que presagiaban nueva yihad para reconquistar Al Ándalus, con el apoyo oportunista de Francia y Holanda, competidoras y enemigas de la hegemonía hispánica.


España arrastraba el lastre político, aunque económicamente rentable, del islamismo solapado en Las Alpujarras, región montaraz de la morería andaluza, no purgada por los Reyes Católicos tras la toma de Granada y su pactado bautizo cristiano. Una peligrosa quinta columna que Juan de Austria, hermanastro del rey y reciente vencedor de Lepanto, había extirpado (1571), expulsando su mayoría al norte de África, dispersando por Castilla al resto, y vendiendo como esclavos a los prisioneros, contrapartida de las capturas berberiscas de cristianos. No pudo en cambio auxiliar a Túnez, protectorado de la Corona española, como tampoco evitar la pérdida de Chipre, donde la ambigüedad de la Republica de Venecia fue causa determinante de aquella merma. Eran eslabones en una cadena de hechos bélicos continuados, con su hito en la toma de Malta, salvada in extremis por las galeras de Felipe II. La isla maltesa era sede de la Orden de San Juan de Jerusalén, reminiscentes cruzados del Temple (Templo de Salomón, Jerusalén) expulsados del Crac de los Caballeros, su bunker en Siria. Punto estratégico de aquellos siglos, era la isla defendida en tierra por sus bravos monjes-soldado y que socorrían por mar España, el Papado y los ducados y repúblicas itálicas, con sus flotas. Su caída en manos otomanas hubiera sido letal para el cristianismo mediterráneo. El evidente liderazgo de España, abierto a todos los mares y continentes conocidos, resultaba un sin vivir para su Corona, que pese al formidable tesoro de sus virreinatos de Nueva España y El Perú, sufrió repetidas bancarrotas de su hacienda. Aplazamientos del pago de su deuda diríamos hoy, externa a mayor INRI, por ser sus fiadores banqueros genoveses y alemanes, que españoles de solvencia no los hubo en aquel siglo.


Tras la debacle del Canal de la Mancha, la conocida explotación del éxito, explicada en cualquier manual de táctica militar al uso, quiso ser esta vez prestamente rentabilizada por los estrategas isabelinos con la que hoy conocemos como Contraarmada inglesa. English Armada para quienes la financiaron. Al año siguiente del fracaso naval español en el Canal, una flota con cerca de 200 velas y 25.000 hombres de desembarco y maniobra capitaneados por Drake, se hace a la vela rumbo a Santander, La Coruña y Lisboa: vienen a destruir la escasa y maltrecha flota enemiga allí refugiada, a la vez que saquear sus posesiones y humillar al diabólico Felipe, el demonio del sur. Cuentan para ello con la flota orangista y el flácido entusiasmo luso, bajo la férula del monarca español. Pero la estrella del famoso corsario flaquea cuando lisboetas y coruñeses responden bravamente ante un primer ataque de quien consideran enemigo de su fe. La inexperiencia sobre la logística de grandes flotas, iba a desacoplar la actuación inglesa, que se vería avocada al desastre desde sus primeros vientos. Por Santander, base principal de acogida y reparación de la Grande y Felicísima pero descuajeringada Armada de Felipe II, ni siquiera verían aparecer sus velas. Cuando los barcos anglo-holandeses navegaban ya en confusa desbandada hacia Albión, serían numerosas las zabras del Cantábrico que iban a salir en su búsqueda, a la caza y captura de naves dañadas o con tripulantes diezmados o enfermos, que no podrían defenderse. Tarde cunde la noticia en la bahía de Santander, que envía galeones a medio reparar y urcas de cabotaje, con tripulaciones improvisadas de marinos y pescadores, tras esas mismas velas que se alejan mar adentro. Más de una docena de ellos regresará a sus bases llevando a remolque su propio bingo. De regreso a Plymouth, la pérdida constatada de 22 barcos grandes y la mitad de los hombres embarcados tres meses atrás, irrita al Consejo Real, en la que supone negligente derrota sufrida en aguas ibéricas por su impertérrito campeón. Cosas que pasan cuando el voluntarismo supera a la realidad. Drake, acababa de terminar su fantasiosa partida de bolos que, según el narcisista oráculo isleño, ni se inmutó en interrumpir cuando le informaron que las velas de la Gran Armada blanqueaban el horizonte. No parecía inmutarle tanta vela al viento que todas las naves llevaban tendidas… la armada avanzaba lentamente cual si gimiera el océano bajo aquella inmensa pesadumbre y no bastaran los fatigados vientos para mover aquella gigantesca mole… en forma de media luna que abarcaba una distancia de siete millas de un extremo al otro… todo un magnífico espectáculo, al decir de algunos videntes. La fanfarronada drakeña, de incierta veracidad pero tópica y tercamente repetida aún hoy en su isla, fue reprimida y apalancada al año siguiente, con sus propios bolos y bolas desbaratados frente a las costas portuguesas. Solo en ellas se estima cayeron 7000 de sus pupilos.


Al pirata Sir Francis le sería denegada toda capitanía de flota durante los seis próximos años. Esta vez no medió en el resultado meteorología alguna. Ni había tregua que tomara desprevenidas las defensas peninsulares, como era moneda habitual en sus campañas. Los estrategas británicos, crecidos por el éxito del encuentro y su restallante nacionalismo, incluidas ignorancia, impericia, munición equivocada, cañones mal fundidos, barcos mal ensamblados, y atraso naval enemigos, nada sinceros, se creyeron su propio relato prêt-à-porter, en clave de consumo interno… válido solo para el cortoplacismo de sus claques. Había que salpicarse el pasado miedo de encima. Pero contra lo que su regocijada prepotencia aseguraba, resultó que no, que los galeones españoles ni eran demasiado altos para sus barcos, ni se perdían sus elevados disparos en el aire, ni abandonaban los barcos al furor de la tempestad al verse incapaces de dirigir barcos tan pesados… como alegaba el historiador y filósofo David Hume sobre la jornada de La Mancha, además de otras ingenuidades frecuentes de hallar entre autores ingleses que describen ese y otros lances en los mares. Y esa falta de pericia y conocimiento lo achacaba ¡que curioso! a quienes habían hecho del Pacífico un lago español y del Atlántico un mar interior.


Vamos a ver marineros.


Así se jactaban quienes apenas conocían el Pacífico sino por los mapas de españoles o portugueses que allí habían navegado para levantarlos… y regresado para confeccionarlos. Apenas ocho años hacía que asomaran por vez primera la roda cinco de sus barcos (solo uno entró y salió vivo), al Piélago que cruzaran Elcano y Magallanes sesenta años antes. Y que Loaysa y nuevamente Elcano, cinco años más tarde, volverían a cruzar. Y que por su Norte Urdaneta y Legazpi conectaran de ida y vuelta el mundo asiático con el hispánico de Nueva España, antes que sus aguas mojaran casco inglés alguno. Y que varias decenas de sus navegantes garabatearan aquella centuria sus aguas en busca de nuevos mundos… entre ellos la Austrialia que tal nombre le inventaron en honor de la reinante Casa de Austria y hoy conocemos como Australia, aunque pese a intuirla, no lograran encontrarla… o sí, que pecios ibéricos del siglo XVI han aparecido en sus costas para regocijo de historiadores y arqueólogos… Ciertamente, solo la ignorancia puede generar tal osadía informativa. ¿Resulta creíble que el ilustrado filósofo e historiador Hume escribiera en 1760 su Historia de Inglaterra vertiendo opiniones tan desacertadas e inexactas sobre la España del siglo XVI?. Solo cabe pensar que nuevamente la neblina del nacionalismo, debió impedir ver el bosque de las evidencias… o simplemente, las desconocía.


Comprobarían los ingleses en propia carne, que la realidad era muy otra de la que sus paniaguados pregonaban. Parecía que súbitamente los artilleros de oficio habían aprendido a disparar sus católicos cañones, a horquillar su puntería. Y que sus macizos paquebotes no eran tan torpes en aguas abiertas como lo daban por hecho lenguas británicas. Digerida la adversa lectura inglesa, iba España a reponer su capacidad naval ‘online’, en pocos años, tan pocos como para seguir liderando durante al menos medio siglo más, sin tendencia a la baja de su capacidad constructiva ni defensiva, la élite marítima europea del transporte y de la guerra. Hasta que se lo arrebataran los holandeses tras la jornada de Las Dunas de Kent. Resultaba que también los astilleros del Cantábrico, además de construir desde siempre los mejores galeones del Atlántico, bajo rigurosos criterios navales emanados del Consejo de Indias, habían asumido una súbita productividad para sus diques. Y todo ello, con solo haberse dado una vuelta por Inglaterra… Alrededor, solamente… ¡lo que les había cundido!


La tautología de los barcos ingleses, pequeños, ágiles y manejables, resulta perogrullada sabida por cualquier aspirante a Patrón de Yate. Una de las primeras cosas que aprende por seguridad propia, es que un petrolero tarda varias millas en virar por mucho timón a la contra que meta súbitamente el timonel. La inercia del paquebote, directamente proporcional a su andar y desplazamiento, determina su virada, mucho más barrida de limpiaparabrisas de auto, que ciaboga de trainera cántabra. Pese a tener la vela derecho de paso sobre el motor ¡sálganse de su rumbo los veleros deportivos!… Todo barco que gana porte, pierde agilidad. Un buque-escuela no maniobra como un 41 pies, por muy marineros que sean ambos a la vela. Tal era el caso de la confrontación en el Canal. Los comerciantes ingleses preferían fiar sus mercancías a barcos extranjeros (hanseáticos de la Liga, sobre todo, pero también flamencos), antes que adquirir naves mayores y más caras. Los bajeles ingleses eran tan pequeños, salvo algunos navíos de guerra de la Reina, que no había cuatro buques mercantes que pasasen de 400 toneladas. Frecuentemente la Reina habíales animado a construir mayores barcos. Y era hora de ponerlo en práctica, si quería Albión madurar su liliputiense Armada. Seria precisamente el galeón ibérico el modelo a seguir, y mejorar si cabe, por los armadores ingleses y holandeses, que sabían la dependencia directa del subsistir a cobijo de poderosa flota. ¡No pocos barcos españoles capturados fueron remolcados a puertos ingleses para ser estudiados!. Desde siempre. Pero dejemos suposiciones y vayamos a cifras. Al morir Isabel Tudor (1603), el número de naves de su Real Armada era de 42… ninguna de ellas llevaba arriba de 40 cañones, solo había 4 que tuviesen ese número, 2 de mil toneladas, 23 inferiores a quinientas, algunas de cincuenta y muchas de veinte, insiste implacable David Hume, el, a veces riguroso contador, pensador escocés. Aunque en apenas un siglo, iba aquel propósito regio a tomar cuerpo de nauta.


El galeón español era en cambio, nave con castillo de proa prominente y popa elevada, y un arqueo variable entre 500 y 1600 toneladas, aunque predominaban los de 566 toneles. Su dotación artillera era selectiva entre 55 a 80 bocas de fuego por nao, repartidas en dos puentes y tres alcances: el largo de las culebrinas, el medio de los cañones, y el corto de los pedreros. Lanzaban las culebrinas proyectiles de hierro o pepinos a gran distancia, cuyos impactos dañaban casco, velamen y gente de a bordo. Hacíanlo los cañones con bolas de hierro esféricas o no, pero también palanquetas, angelotes, enramadas, cuatrorramales, etc, que siendo cargas centrifugadas por el alma del tubo, se desplegaban en su trayectoria de diferentes formas para desarbolar al rival o desgarrar sus velas. Los pedreros lanzaban bolas de piedra caliza que se cuarteaban en el aire actuando como metralla graneada sobre las cubiertas. La carabela, el otro tipo de nave presente en la fallida batalla del Canal de la Mancha, era nao redonda de castillos realzados a proa y popa, muy marinera en aguas abiertas y ola larga, llevaba nutrida fusilería en sus castillos y ribadoquines de calibre menor para su defensa, tal como su cometido de transporte requería a fines del siglo XVI.


Está claro que con los barcos de poderoso bordo que utilizaba la Armada Española en aquellos siglos, su táctica dominante en la guerra del mar era el abordaje, previa barrida de cubiertas adversas. De ello se encargaban los pedreros y las descargas de fuego desde la ventajosa posición de sus castillos, mediante mosquetes, trabucos y mosquetones. Conocida esta realidad oponente, la Armada Inglesa, tenía que optar por el cañoneo a distancias media y larga, para evitar peligrosas cercanías de los enhiestos galeones y su mortal abrazo de oso. Recibieron sus capitanes la orden de que no embistiesen a los buques españoles a quienes su tamaño, no menos que el gran número de soldados que llevaban, hubieran podido dar mucha ventaja… y que se limitasen a cañonearlos desde cierta distancia… que aprovechasen los vientos, las corrientes y todos los azares favorables… Eran ambas Armadas en número parecidas, pero contrapuestas estampas del perro grande y un perro chico siempre más ágil que el grande, que debe escabullirse a tiempo o perecer entre sus fauces. Esa era la guerra galana de los hijos de Albión: no dejarse copar sus pequeñas naves por el poder de las grandes. No solo con maniobras previas, sino con fuego oportuno en tiempo y separación, para evitar toda proximidad peligrosa. Su táctica: mantener distancias hasta ablandar la artillería de a bordo y tratar entonces de copar la nao enemiga. O que un afortunado disparo a la santabárbara la hiciera saltar por los aires.


En cuanto a los cañones empleados en cada nao, era ciencia particular del cometido del barco y su arqueo, las aguas que había de transitar, el peso de cada cañón, si bronce o hierro, el tipo de enemigo que iba a combatir, la servidumbre de hombres y el espacio operativo que cada pieza imponía. Como también lo eran la carga y tipo de pelotería que debía impulsar, su radio de acción y cadencia, el retroceso individual y colectivo de cada pieza artillera según alcance y masas propia y expulsada, toda la ciencia en fin que atesoraban los tratados al uso y la propia experiencia. En igualdad de otras condiciones, los cañones de largo alcance o grueso calibre precisaban una mayor masa inerte capaz de disipar el culatazo de la pieza, mera reacción del impulso conferido al proyectil. Eran por tanto más pesados. Con los grandes barcos que manejaban, llevaban los españoles de la Gran Armada, 2630 cañones de cobre (sic, bronce) de grueso calibre, con bastimentos para seis meses… Se trataba por tanto de cañones pesados.


Los barcos pequeños en guerra galana, precisaban también cañones pesados, capaces de absorber parte del retroceso impuesto por el impulso de sus proyectiles, ya fueran de medio o lejano alcance. De otra manera una andanada lanzada por cañones sin amortiguar retroceso, transmitía su impulso íntegro al barco, que sufría con cada secuencia artillera peligrosas escoras y derivas del rumbo. Además de las consabidas fatigas y desajustes estructurales por disipación del impacto sobre bordos, mamparos, cubierta, herrajes, anclajes, baos… que obligaban a revisiones periódicas. Por eso Chesterton, fino observador, cita como pequeños navíos escorados por el peso de sus cañones al referirse a la marina inglesa, ya descrita la dimensión de sus naves por el escocés Hume, que no entra a considerar la sutileza del inglés, quien marca en cierta forma la pauta de lo hasta aquí expuesto.

 

Figura 13a-Veracruz desde el mar. Rugendas


Así las cosas en Europa, el descubrimiento en Nueva España de otras vetas de metales preciosos en el interior (Zacatecas, Guerrero, Sonora, Chihuahua), junto al aumento de la producción de lingotes de plata en las ya existentes, suponía un poderoso respaldo al desarrollo del virreinato y su red de caminos reales. La obtención de plata favorecida por el amalgamado con azogue del mineral argentífero (1555) había incrementado notablemente el rendimiento de su explotación. Veracruz y su feria crecían como nexo obligado de unión con la metrópoli, potenciadas por el mercado interior del virreinato. Fundada la Real Casa de la Moneda de México (1535), Ceca matriz de América, habíanse acuñado sus primeras monedas de plata fina, conocidas hoy como “de Carlos y Juana”, por llevar indelebles en su haz los nombres del joven emperador y su madre viuda, la reina de Castilla. Eran monedas troqueladas a golpe de martillo sobre cuño, macuquinas irregulares pero de excelente ley, que cambiarían de formato y tamaño con el nuevo siglo, para acabar invadiendo los mercados asiáticos y europeos como Reales de a Ocho, Pesos (por su invariable “peso” de ley en plata pura) o Pelucones (por las pelucas de época que mostraron sus regias testas durante el siglo de las luces). Humbold, a dos siglos y medio de su fundación, consideraba esta Ceca como la primera del mundo, digna de ser observada por el orden, la actividad y la precisión que reinaba en todas las operaciones de su braceaje. Con 400 obreros directos, además de diseñadores, grabadores y administrativos, era entonces capaz de acuñar más de 30 millones de monedas anuales.


No había sido fácil la mentalización previa, e implantación posterior de la moneda, en una sociedad de trueque ancestral. Ninguna implantación forzada lo es. Los primeros españoles de Veracruz, trocaron los alimentos y artesanías indígenas, por abalorios, espejuelos, tijerillas o cascabeles, porque no otra cosa atesoraban que interesase al colaborador o al oferente local. Llegaron luego las encomiendas para los elegidos, con el trabajo forzado del indio a trueque de cobijarlo, instruirlo y alimentarlo. Pero, quienes en mayoría no eran encomenderos, no tenían cómo pagar al totonaca amigo, su parte de sudor aportado en el montaje de cercas, apertura de zanjas o pastoreo de ganado. Aún no habían generado producto alguno que trocar. Severas hambrunas hubieron de padecer aquellos emprendedores de primera hora, blancos o negros, que para todos hubo. Rechazaba el indio las monedas de vellón que los colonos ingenuamente le mostraban, asignando un cierto número de ellas para valorarles cada trabajo hecho. Aquellas pequeñas piezas de metal cúpreo, eran una ofensa comparativa para su etnia que lucía dijes de oro y pagaba su tributo en mercancía. Tenían razón. Lo que no tenían por qué saber es que Las Médulas, el yacimiento aurífero más importante de Europa (hoy parque temático y patrimonio de la humanidad), había sido agotado diez siglos antes por los romanos, privando al ibérico ciudadano de futuros oros en su pecunia de curso legal. Trajeron la civilización que dejaron, y no procedía lucubrar demasiados lamentos contra el hacer de aquel Imperio. Los Imperios primorosos, se parecen mucho a ti, sacan oro, ponen alma, siembran todo… son así, les hubiera explicado el gran Rubén Darío acerca de aquella nueva circunstancia y su precedente histórico, que nunca entendieron. Aún hoy, siguen muchos sin entenderlo.


El problema de compaginar el trueque indígena con la pieza monetaria empleada en Europa, resultaba difícil para todo quien demandara mercancía, si carecía de la moneda para poder comprarla. Dado el rechazo indígena, aunque la trajera, poco o nada lograba trocar por ella. Lentamente fue, empero, entrando en razón aquella sociedad ensimismada en su ayer, hasta normalizar un mercado imprescindible. Para poner en circulación una masa monetaria suficiente, partiendo del cero físico y mental experimentado, se enviaron remesas de moneda de las cecas castellanas, con circulación válida para nuestros reinos de ultramar. Ellas fueron las encargadas de monetarizar con éxito las transacciones internas del Imperio, en su trayecto hacia un mercado desvinculante del trueque. Carlos V encargará al Virrey Mendoza la tarea de poner en marcha la primera casa de moneda de América. Mendoza, valioso hombre – comodín, todero de acción y actuación, había sido Tesorero de la Casa de la Moneda de Granada, la ciudad de su infancia. Conocía la interioridad del proyecto y se puso a trabajarlo siguiendo la voluntad del César. Como primera medida contaría con los indios de Xiquipilco, excelentes orfebres, labradores y fundidores de metales preciosos, para laborar en la sala de troqueles, corte y afinado, las piezas. La Casa de la Moneda iniciaría su andadura virreinal domiciliada en las llamadas Casas Viejas de Moctezuma en Ciudad de México, apoyada en la excelencia artesanal de los indios y un préstamo real de mil marcos de oro, a devolver con futuros impuestos.


Pese al hallazgo de yacimientos de oro, pocas iban a ser las monedas áureas emitidas en las cecas de Nueva España. Fue solo a partir de 1676 que fuera autorizada la labra en oro del escudo y del doblón (ocho escudos), dando lugar al tradicional bimetalismo históricamente vigente en España. La razón de esta primitiva prohibición real sobre la acuñación del oro, se basaba en dos circunstancias, siendo la primera y principal, que España lo precisaba para pagar deuda externa contraída en países de patrón oro. Nueva España en cambio, era potencialmente capaz de invadir cualquier otro mercado con su plata, aunque no estuviera todavía autorizada a comprar ni vender fuera del Imperio. Dejó por ello de imprimirse en las Casas Viejas moneda de oro, y el metal aurífero de Indias tomó el camino de Sevilla en forma de lingotes, adquiridos por la Real Hacienda a expensas de los financieros-propietarios de las minas. El asiático iba a ser muy pronto presa favorita de Nueva España, forzando allí la asunción del patrón plata, cuando no el bimetálico, para hacerlo extensivo más tarde a una gran parte de Europa. Apenas un siglo había transcurrido, desde que la semilla de cacao circulase como habitual moneda en la Nueva España que nacía, hasta que su pecunia de plata incidiese con sólida demanda en los mercados del mundo, desde la China a Rusia y el Imperio Otomano. Especialmente desde mediados del siglo XVII.


Pero esta progresiva riqueza virreinal, venía aguzando peligrosamente la codicia de otras banderas, que multiplicaban sus acciones pugnaces en todo tiempo. A ellas habíase unido la plaga de los perros del mar y del contrabando, hasta tornar irrespirable la atmósfera transitiva de aquellas costas. Los frecuentes asaltos piratas sobre naves solitarias, obligaron al Consejo de Indias a condensarlas en flotas, que acabarían siendo escoltadas por una Armada de guarda. Vino con ello España a introducir, con su Carrera de Indias, los convoyes masivos de naves, protegidos por una envolvente de maniobras complementarias en salida de puertos, arribadas y pasos costeros peligrosos, mediante estrictos protocolos a seguir por la Flota mercante y su Armada consorte, suerte de danza nupcial de urogallos en celo. Armada que propició los afamados galeones cagafuegos, ocasionales volcanes flotantes de la época, con sus 40 y más bocas de fuego y súbita erupción artillera de bolardos y palanquetas con el barco a toda vela. Con el nombre de Armada de Barlovento o de Nueva España, y compuesta por una almiranta, una capitana, un par de galeones de la plata y algunas naos de aviso y comparsa, esta pequeña pero eficaz flota bélica, iba a fijar en Veracruz su base nórdica del Imperio (1546).


Pese a la rémora contrabandista, en su puerto llegarían a registrarse hacia España mercancías por más de 34 millones de pesos en los mejores años de su Aduana, y otros 5 millones más con rumbo a la Hispanoamérica atlántica, donde Tierra Firme y Cuba eran principales destinos. Más de 250 naves anuales derramaban productos novohispanos por los mares atlánticos fuera del Golfo de México. Cera, azúcar, cochinilla, añil, cueros, jabón, palo de tinte y pimientos, eran las ofertas masivas de su Aduana. Sus registros de entrada alcanzaban cifras máximas con los vinos, ropa, papel y libros, sardinas y anchoas, aceites, cordajes, linos, paños, sedas y gasas, hilo, corcho y clavazones de España. Pero también imaginería religiosa para iglesias y conventos, y selectos lienzos al óleo para ciertos próceres, además del cacao y café llegados de Maracaibo, Puerto Cabello y La Guaira, demandados para consumo interno.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – II

Bien es cierto que habíase prohibido la entrada de negros levantiscos y demás siervos criados con moros o judíos, y expulsados todos mediante su entrega a la Casa de Contratación para retornarlos a Sevilla, en tanto a los tratantes de la isla se les castigó con 100 azotes. Pero a la muerte de la reina Isabel (1504) se levantará el interdicto y se abre de nuevo la puerta a los negros. Para laborar las minas tráense esclavos nacidos en Castilla, negros cristianos adaptados a la cultura española. Se intenta someter a estos varones a mejor disciplina mediante la provisión de esclavas de su raza << que casándose con los esclavos que hay, den estos menos sospechas de alzamiento >> como parece suceder. Pero las razas africanas tenidas por más fuertes y resistentes, iban también a morir junto a los europeos por cientos, tras terribles travesías de escorbuto y mar, en aquellas malsanas tierras saturadas de humedales, plagas y mosquitos, seguramente de enfermedades tan conocidas como malaria y tifus, pero lejos de la ciencia médica del momento histórico que vivían las Indias. La mortandad de la raza negra es causa que llega a preocupar al propio Rey: << No entiendo como se han muerto tantos negros: cuidadlos mucho >>, manda decir extrañado. Diez años después, con la muerte del propio Fernando de Aragón, se suspendería la trata.

Los colonos raptan mujeres indígenas, que lejos de sublevarse contra sus captores, les acompañarán de buen grado en el lecho y con las armas. Algunas vuelven en principio a su comunidad, pero pasado cierto tiempo retornan voluntariamente con sus captores. Estos raptos y deserción de féminas tainas acabarán encrespando la animosidad de sus caciques. En Higüey se produce uno de esos levantamientos, que Ovando acude a sofocar. Cuenta el cronista Antonio de Herrera en las Décadas que en sus bailes y fiestas las mujeres tainas se daban a los españoles “que no bastaba resistir” y  que la cacica Anacaona “era muy deshonesta en el acto venéreo con los cristianos y por eso y otras cosas  semejantes quedó reputada y tenida por la más disoluta mujer que de su manera hubo en esta isla”.  Con este liviano trasfondo, acude Ovando ante nueva sublevación en el sureste liderada por la hermosa Anacaona, quien le recibirá con bailes de las muchachas núbiles de su tribu. El severo frey, manda apresar a la cacica y darle garrote. Pedrarias Dávila a la sazón Gobernador de Tierra Firme informa al Rey de que <<una de las cosas que más ha alterado en La Española y que más ha enemistado (a los indios) con los cristianos, ha sido tomarles mujeres e hijas contra su voluntad y usarlas como si sus mujeres fueran >>. Estos desajustes provocados en muchos casos por la escasez de mujeres y en otros por la entrega voluntaria de sus cuerpos, va a propiciar la llegada de esclavas blancas cristianas, sumisas y hacendosas mudéjares << pues habiendo en estas regiones gran necesidad de mujeres, los españoles las tomarían y no se unirían a las indias, amén de que las blancas rendirían más para el trabajo que las naturales >>, responde el monarca, que parece multiplicar sus empeños por doquier.

A estas medidas socio-económicas que trataron de nuclear las gentes de La Española, e impulsaron su agricultura y minería, además de favorecer los pulsos misioneros de culturización indígena, han dado en llamarse Ordenamiento del Territorio en el que Ovando hubo empeñado su gestión. Su influencia sería trascendental en el devenir de la desde entonces llamada, y verdadera, Cuna de América, como unidad hispánica diferenciada a la vez que referencia de proyección universal.

Cuando cree su misión cumplida, y deseoso de incorporarse a su orden monacal de caballero que porta sobre el pecho la verde cruz de Alcántara, regresa Ovando a España, a cuyo fin el parco célibe debe solicitar al Cabildo de Santo Domingo dinero prestado para el viaje. Fernando el Católico le premiará con su propio título vitalicio de Maestre Supremo de la Orden de Alcántara, a él perteneciente desde que le fuera adscrito por el papa Alejandro VI. Órdenes de caballería, monjes guerreros, poblamiento racional, economía productiva: un mundo vetusto que se entretejía con otro renacentista. Era la propia madeja española que ante el magno proceso que vislumbraba, estaba dejando de ser medieval para convertirse en moderna.

Ovando es sustituido como Gobernador por Diego Colón (1509-1515), hijo del Almirante, no por supuestos derechos paternos que sin duda reclama, sino por graciosa merced del Rey Católico, con cuya prima María de Toledo, de la ducal Casa de Alba, estaba desposado. Quedará para conseja urbana que la gobernadora y señoras del séquito, acostumbren pasear por la calle próxima a su residencia palaciega, que el mentidero colonial motejaría como Calle de las Damas.

Hacer de La Española una unidad productiva acorde a los cánones renacentistas, era idea ya asumida en la época de Don Diego, aunque iban a ser mil veces quebrantadas las reales disposiciones de facto por el coloniaje, contra la voluntad de su Gobernador y de sus lejanos reyes. Una constante histórica entre gobernadores y gobernados de cualquier época o país que  iba a persistir en pertinaz ritornelo sobre Santo Domingo, ayudada a veces por la debilidad, provecho propio y venalidad de oidores, fiscales y demás oficios reales. A la vez  que la enseñanza de su habla, van extendiendo dominicos y franciscanos entre los tainos la aclimatación de naranjos, limoneros, higos, melones, caña de azúcar, arroz, el ñame que llega con los primeros africanos, además de ganados, aves de corral, perros y gatos desconocidos en las antillas y traídos por los colonos desde la Península o Canarias. Muchos de los emigrantes que de Europa han llegado, pronto los ven distribuirse hacia otras islas y empeños, arrastrando afanes y hacienda de algún insatisfecho colono que con ellos sigue caminos hacia otros vientos. Este desequilibrado flujo hará que la población de la isla, comience a tambalearse algún día.

El ensayo previo de colonización americana va penetrando tierras dominicanas. Se crea la primera Audiencia (1511), el obispado de Santo Domingo pasa a ser Sede Arzobispal (1521), primera Silla Metropolitana y más tarde Catedral Primada de América (1541). El creado Tribunal de la Real Audiencia único en principio para toda la América conocerá de asuntos de gobierno, justicia y orden político y social. Compuesto por jueces, oidores, fiscales y alguaciles sería presidido por el propio Gobernador de La Española, pero por diversas razones no estaría operativo hasta que Carlos V lo puso en funciones (1526) perdurando su jurisdicción durante más de 250 años. Entre otras gestiones diplomáticas, habrían de tratarse en él las desavenencias entre Francisco Pizarro y Diego de Almagro del Perú, o las diligencias de paz avenidas entre Hernán Cortés y Pánfilo de Narváez en Yucatán. Desde Santo Domingo socorrerán la angustiosa llamada de Pizarro que en su guerra con los incas, pide se le envíen alimentos, caballos y herrajes, que despachará la Audiencia para el istmo con un galeón repleto de monturas y bastimentos.

Llegan los jerónimos a la isla, los dominicos a la capital. Impulsan los primeros el cultivo de la caña (1516) y los ingenios para triturarla y procesar sus melazas, rones y guarapos, cofinanciados algunos por la Real Hacienda y promovidos otros por ciertos pudientes vecinos de Santo Domingo. Los dominicos enarbolarán como seña de identidad la bandera de la esclavitud indígena, que van a defender apasionadamente tanto en las Indias como en Europa. Nueva y mortal epidemia de viruela viene a implosionar a la raza taina hasta casi borrarla del mapa, y la libertad de los indios espoleada por los dominicos va ganando terreno a expensas de la esclavitud de los negros, al punto que pasados unos años, el Gobernador Alonso López del Cerrato recibe instrucciones del Emperador Carlos V (1544) para dejar definitivamente libres a todos los indios de La Española. Solo los misioneros, con su portentosa capacidad de adaptación espoleada por la fe, han sido capaces de oponerse al poder establecido, ya económico o político en defensa del indígena. Difícil cometido para la razón, campo abierto a la compasión, ingenua bonhomía frente al atávico cacumen humano, serían sus valores. Los dominicos verían disminuida su razón de ser en Santo Domingo y su concurrido  convento decae a favor de Puerto Rico y Cuba, nuevo destino de sus frailes, nuevas abulias que encauzar y proteger. A causa del vacío indígena, los  jerónimos van a solicitar de la Corona negros bozales francos de todo derecho, que aliviarán las plantaciones e ingenios de caña << para que estos indios sus vasallos, sean ayudados e relevados en su trabajo >>. Pronto se programa la llegada de 4.000 negros de ambos sexos durante los siguientes ocho años, gravados con tasas y almojarifazgos como si de mercancía se tratase, que iba a dar notable ganancia a la Hacienda Real.  Ya a mediados de siglo el tráfico de africanos de contrabando o declarados, había generado un mercado de esclavos caros y colonos pobres, alzamiento y cimarronismo, abundancia de manumisos y libertos, reventa de negros en cercanas islas y merodeo clandestino de negreros ingleses y holandeses por la costa españolense con negros guineanos a precios de ganga. John Hawkins aparece con 300 negros robados en la costa de África (1563), negros que trocará por cueros, azúcar y jengibre para poner velas por medio: un negocio que repetiría en posteriores ocasiones.

De Santo Domingo parten y allí retornan las expediciones de conquista y poblamiento de Antillas y Costa Firme. La ciudad experimenta un fuerte crecimiento con edificios privados, conventos, palacios e iglesias de hermosa arquitectura gótica o renacentista rodeada de heredades, jardines, naranjales, cañafístolos, frutales varios. Los dominicos, fundan su convento en 1510, cuyas aulas se transformarán en la Universidad de Santo Tomas de Aquino años después (1538), primer foco intelectual americano que va a irradiar sus luces a los territorios descubiertos. Se funda, el Monasterio de Santa Clara (1551) con 10 monjas clarisas españolas y 16 jóvenes reclutadas en la isla. Se construye el Monasterio Regina Angelorum para albergar en principio a otras seis dominicas andaluzas (1560). Las monjas serían las encargadas de formar en letras y labores del hogar las nuevas generaciones de jóvenes casaderas, y para aquellas otras de familia acomodada cuyo estatus así lo demandaba, añadían cocina, bordado, música y danza. De estos conventos saldrán las fundadoras de los conventos de Puerto Rico y Venezuela. Se va completando el cerco murado que zuncha la ciudad y su Fortaleza Ozama, con bastiones estratégicos para fusilería en sus paños; en ella iba a morir su alcaide, el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo (1557). En pleno  medro ciudadano, su entonces obispo primado, el toscano Alessandro Geraldini, llegará a proclamar con entusiástica loa: “ínclita ciudad con edificios altos y hermosos, puerto capaz de contener a todos los navíos de la Europa, con calles anchas y rectas que nada tienen que envidiar a las de Florencia…” No iba a durar mucho esta desbocada euforia. En una suerte de sesgo esperpéntico, este esplendor comenzaría a decaer tras afianzarse la conquista de México y convertirse La Habana en puerto neurálgico de las Indias en su comercio con España. Sus colonos parten a esas y otras tierras y otros quehaceres, y la demografía de La Española comienza un preocupante descenso. Las gentes que antaño recibía de la Península, hogaño pasan directamente al continente. A finales de siglo la capital dominicana apenas conserva 500 familias asentadas. Los colonos que migran llevan un magro ajuar en naves siempre repletas de pasajeros que buscan mejor suerte. Centenares de cabezas de ganado traídas a la isla para añadir valor a sus pastizales, quedan cimarronas, sueltas a su albedrío por los campos tras el forzado abandono de sus dueños. Y en pocas décadas de crecimiento vegetativo, los centenares se tornarán miles, al alcance de quienes quieran capturarlos o sacrificarlos.