Publicado el 3 comentarios

Contexto Histórico de Veracruz – VI

                        Figura 14: Los Caminos Reales de Nueva España. Finales siglo XVIII

 

El conocido como Camino de los Virreyes entre otros nombres dados al existente  entre Veracruz y México, iba a encontrar continuidad hasta Acapulco con el Camino de la China, adscrito al mercadeo exterior con las Islas del Poniente. Vinculado el primero a la producción y consumo internos del país, iba a ser sin embargo asociado al tránsito de los impuestos reales, el situado virreinal, el correo y las compras sevillanas. Incorporado el nuevo mercado asiático al quehacer económico del virreinato, el Camino de la China vino a  enlazar con los ya existentes caminos a Veracruz, Zacatecas y Oaxaca en la capital, prolongados más tarde por el norte hasta Chihuahua y Santa Fe (Nueva México) con el nombre de Camino de Tierra Adentro, y hasta Tehuantepec y Guatemala por el Sur con el nombre de Camino de Guatemala. Los tres Caminos vitales de la China (408 Km, 20 días), de los Virreyes (412 Km, 22 días), y de Tierra Adentro (1.600 Km, 3 meses), llegaron a constituir junto al Camino de Guatemala, una red de caminos carretiles (vulgo carreteras) estimado en 7.600 Km distribuidos en 55 rutas diversas para el tránsito rodado. Añadida a esta red carretil, habíase creado otra para herradura, próxima a los 20.000 Km, distribuidos en 105 rutas. Este formidable conjunto de vías de tránsito se alcanzaba a fines del siglo XVIII, cuando los nacientes Estados Unidos apenas llegaban a cubrir con las suyas un 10 por ciento de esta realidad. ¿Puede extrañar hoy que sea Patrimonio Universal de alguien y algo, esta caminería? ¿No se cita acaso como futurible candidato, a la indetectable traza del llamado Camino de Oregón?. Transitado desde San Luís Misuri por un aluvión de enviscados europeos del siglo XIX, vagabundos de su albur y mediatizados por la propaganda oficial. Avanzando no importa si por valles, riberas, linderos o praderas hacia un soñado Oeste, sin medio metro de empedrado carretil pero sobrado conductismo del Este. Era un juego político preciso para sacárselos de encima y largarlos a la costa oeste que poblar para crear mercado. Allí les venderían a crédito armas y casas de madera prefabricadas en el Este, una vez concluido el ferrocarril, fabricado todo ello con mano de obra inmigrante cualificada, que, esta sí, encontraba presto acomodo entre la incipiente masa obrera del NW. El haber dado argumento a más de un centenar de western (cine y TV incluidos), financiados con dólares, es, y poco más que huellas en la mar, su  mérito de aspirante al Patrimonio.

 

Tras la consolidación de Veracruz en su definitivo emplazamiento, había empezado a reutilizarse la olvidada senda indígena que ceñía la república de indios de Orizaba, con su enhiesta referencia de volcán nevado, en ruta hacia los demás volcanes del Anahuac. Apenas un siglo después de llegar los primeros esclavos africanos a Nueva España, bozales devenidos cimarrones que asaltaban caravanas y desvalijaban viajeros, habían convertido aquellas estribaciones de la Sierra Madre en resguardo montaraz de sus fechorías. Por este camino había empezado a fluir la producción local de sus campos de café, azúcar, algodón y tabaco, hacia el interior. Para dar cobijo y protección al comercio regional, que transitaba tanto hacia México como a la propia Veracruz, el virrey Fernández de Córdoba, funda la ciudad de Córdoba (1618), parada y fonda de viajeros y cabalgaduras, con presidio y real fuerza capaz de proteger el transito caminero por aquellos enriscados pasos. Andando el tiempo, serían varios los fortines levantados entre Orizaba y Córdoba, tramo neurálgico de asaltos a las conductas o caravanas reales que circulaban a orillas del río Metlac, cuya barranca suponía una guillotina geológica entre el altiplano y la costa. Cada negro cimarrón prendido iba a ser, no agarrotado como correspondía a su ralea malhechora, sino castrado e incorporado a los hatos ganaderos veracruzanos. Años más tarde, aquietado ya el entorno serrano, se dotará con 32 puentes el camino que por allí serpea y dobla la divisoria de aguas para circunvalar la próspera Orizaba, que desde entonces iba a ser llamada La Señora de los Puentes.

 

El tráfico comercial con ciudad de México, establecido desde Veracruz siguiendo el Camino de Carros por Jalapa y Perote, que abordaba la capital por la calzada de Guadalupe, diósele el nombre de Camino de las Ventas por las muchas que en ella llegaron a establecerse en pocos años. Pero era también un camino de postas, con puentes de mampostería (entre otros el Puente del Rey, que cruzaba sobre 7 ojos el río de La Antigua), hospitales, mesones, áreas de descanso y pastos para caballos, además de múltiples haciendas de sementera o ganado. Los mangas verdes vigilaban esta ruta y sus vericuetos que trepanaban las estribaciones de la Sierra Madre. Creada en la Castilla de los Reyes Católicos, la Santa Hermandad con su peto de cuera sobre llamativo jubón  verde, llegaría a convertirse en el ojo vigilante y brazo justiciero de los caminos reales que trenzaban las estribaciones de la Sierra Madre hacia Veracruz.

 

Como Camino de los Ángeles, fue a su vez motejado el mandado construir por Cortés desde la Capital a la entonces recién fundada Puebla (de los Ángeles, 1531). Orillando la falda del Popocatépetl, prolongada más tarde por Tecamachalco y sus hospitalarios franciscanos, Acultzingo y sus no menos acogedores indígenas, hasta Orizaba y Córdoba, alcanzaba finalmente Veracruz. Las guerras que la metrópoli venía manteniendo en la convulsa Europa, se reflejaban inexorablemente en el buen o mal estado de los caminos, pese a la probada potencialidad de una hacienda virreinal que invertía cada vez más en consolidación de estructuras propias, mientras menguaba parejamente su envío de plata impositiva a la metrópoli. La diversidad de climas y orografías, plagada de vados, cañadas, ríos, pedregales, ojos de agua, blandones, barrancos y rampas de ladera, era anualmente activada por los diluviales arrastres estacionales, obligaba al múltiple mantenimiento de atajeas, alcantarillas, terraplenes, empedrados, drenes, caballeros o trincheras. En épocas de penuria bélica, el deterioro prolongado de los caminos se dejaba sentir con la demora en la entrega de las encomiendas, el incremento del costo de las mercancías y la mortandad de las bestias. Las más de 60.000 cargas anuales que llegaron a alcanzarse, respondían inequívocamente en el mercado con alza de costes y retraso de entregas

 

Por el Camino de Tierra Adentro, bajaban semanalmente hacia México miles de mulas desde Chihuahua y Zacatecas con lingotes de plata beneficiada de sus minas, además de cueros, cueras, sebos, tasajos y harina de trigo, que en aquellas tierras se producía. Su motejo de Ruta de la Plata a ello obedecía. Y por ella retornaban las mismas recuas cargadas de telas de lana y loza poblanas, aceros, herrajes, clavazones, llaves, azogue y otros productos europeos o asiáticos que por Veracruz o Acapulco se incorporaban al flujo virreinal desde Guatemala a Santa Fe. Toda una infraestructura de conexiones comarcales en continuo trasiego, bajo el rigor inmisericorde de los climas y la nada solitaria, hendiendo territorios arriscados o yermos, inseguros, merodeados por cuadrillas de negros levantiscos o encanallados, cuando no de incontroladas partidas de indios nómadas de frontera. Solo los presidios y sus ventas anexas, eran remanso de seguridad y descanso para mulas, arrieros, transeúntes y mercancías.

 

Carlos V en 1523, había concedido a La Villa Rica de la Vera Cruz un escudo de armas, que conservaría la Veracruz histórica como blasón urbano del enclave fundado por Cortés. En 1607 le sería conferido el título de ciudad por Felipe III, título que ratificaría el propio rey en 1640. Y ese mismo año lo celebraría la urbe erigiendo un emblemático Cabildo ciudadano, con festejos, carreras de caballos, juegos de cañas y corridas de toros, sin faltar su encierro, desde el redil del matadero hasta la Plaza de Armas. Este de los toros con encierro, era festejo que venía cumpliéndose tradicionalmente con la llegada de la Flota, pese a la reiterada protesta de los tenderos de plaza y su corredor ciudadano, obligados a cerrar su negocio al paso de la estampida toruna en días y horas clave de la feria. Habían sido prohibidos repetidas veces, pero repuestos otras tantas bajo la presión unísona de los ganaderos veracruzanos y las gentes de a bordo, que reclamaban como estelares el espectáculo correcalles y su remate taurómaco.

 

La tradicional cabaña vacuno-porcino-caballar, con más de 150.000 cabezas censadas en un extrarradio de siete leguas en torno a Veracruz (1580), los cereales, la caña de azúcar y el tabaco, junto a los modernos astilleros de la ciudad, constituyeron en la segunda mitad del s. XVII y primera del XVIII el verdadero motor de la economía regional. Como base portuaria de la Flota de Nueva España, había nacido el imprescindible astillero para mantenimiento de los galeones tras su avatar oceánico. Era fama, que los barcos salidos de sus gradas, prolongaban por más de cuatro años su vida activa frente a la broma o carcoma tropical de las aguas del Golfo; cantinela repetida en otros muchos astilleros del Imperio y sus aguas. Sin olvidar que su pujanza económica era a la vez un revulsivo para el endémico comercio clandestino arraigado en su costa.

 

Los argumentos jurídicos del holandés Hugo Grocio (1627), fleco ondeante de la Universidad de Salamanca al viento humanista, pero victima del amorodio internacional, era un discurso interiorizado por las potencias europeas, que incluía el comercio como uno de los derechos naturales del hombre. Este concepto iba a impulsar la competencia leal hacia la fase más oscura del contrabando, contraventora del monopolio comercial de los Habsburgo, mutado en libre comercio durante la Casa de Borbón. La riqueza generada en Nueva España, había empezado a quedarse en Nueva España, y el Virreinato iniciaba una cierta deriva hacia el México-nación, que acabaría intentando cristalizar un siglo más tarde. Los ataques corsarios a puertos indianos, cada vez más fortificados, resultaban siempre caros y con frecuencia fallidos. El contrabando, podía en cambio practicarse en todo tiempo de paz o guerra, con riesgo mínimo y beneficio corriente, lo que acabaría por agigantar el matute costero hasta desorbitar sus proporciones. Y el nuevo argumentario jurídico llegaba para favorecerlo.

 

La presencia de naves desperdigadas, que traficaban en fraude con haciendas ribereñas, era práctica extendida que enmascaraba con frecuencia visitas agresivas. No pocos casos había de filibusterismo, que fingía ajustar precios con hatos y haciendas costeñas, para cambiar súbitamente de actitud y bandera, y caer por sorpresa sobre ellas hasta dejarlas esquilmadas, cuando no malheridas o muertas sus gentes si no habían escapado oportunamente a los cerros. ¿Quien era su testigo en aquellas soledades? En un caso documentado de 1655, unos arrojados vaqueros, mulatos de Tampico, lograron capturar a 22 corsarios ingleses y dos de sus naves nodriza. Llevados a Ciudad de México, fueron condenados por la Inquisición a las galeras cartageneras, con los consiguientes pregones de escarmiento, voceados por los alguaciles del Virreinato. Otra situación similar iba a traer en 1683  días aciagos de saqueo, violaciones y asesinatos, a manos de miméticos forbantes. Pese al efectivo patrullaje de la flota novohispana en el área caribeña y su  acceso al Golfo, con seis naves francesas e inglesas apresadas en su haber anual, no supieron discernir el momento clave de la amenaza que repicaba su puerta.

 

Veracruz, visible desde ciertas naves fondeadas en la Isla de los Sacrificios, llevaba días recibiendo confiada las visitas de sus tripulantes, interesados en saber del tiempo de la feria y su inicio. Cuando la Flota de Nueva España asomaba sus primeras velas sobre el horizonte, el ataque corsario combinado de 15 navíos artillados era ya un hecho que estaba yugulando la ciudad. Llegada la hora, el holandés Laurens de Graaff (Lorencillo para los hispanos) con 1200 hombres y el apoyo de sus compatriotas Nicolás Van Horn y Cornelius Jol (Pata de Palo) y de los franceses Michel de Grandmont y Pierre Bot, habían copado la semivacía urbe enfrascada en los prolegómenos de su feria, mediante un silente desembarco algo más al sur. Desvalijadas ya iglesias y conventos,  fueron por las casas sacando a los vecinos, y si alguno salía por sí, moría sin remedio…bien de su fiereza bárbara, de hambre, sed… y de espanto las mujeres. Parte de sus élites comerciales habían sido atrapadas y encerradas en La Merced, y más tarde llevadas a la Isla de los Sacrificios y confinadas en las sentinas de sus naves, a resguardo de las baterías de Ulúa. Cinco días sin agua ni alimentos permanecieron copados los infelices rehenes, hasta lograr reunir los 150.000 pesos exigidos como rescate de sus vidas. Los menos afortunados iban muriendo bajo la tortura, el hambre, la carga y estiba forzadas del mobiliario robado, cuando no de la venalidad de aquellas hienas… porque cada cual que llegaba, nos quería quitar la vida, y cuando se hacía más horroroso era de medio para la noche (sic), por emborracharse y quedar sin razón alguna, si es que tenían alguna que perder… nos dejará dicho el prior de los jesuitas capitalinos, testigo sobreviviente de aquel marasmo. La implacable disciplina militar de los momentos críticos, condenará a muerte en Juicio de Causa al Gobernador de Ulúa y Veracruz, por no haber sabido leer aquella estratagema pirática de libro a la luz del día.  

 

                     

                  Figura 15: San Juan de Ulúa, hoy

       

Compatriotas de hecho, pero piratas sin escrúpulos al fin y al cabo, ávido de riquezas Van Horn morirá a manos de Lorencillo, tras un reparto inconforme del alijo rebañado. Uno más de los frecuentes altercados y traiciones que, como un soplo del averno, dejaron los perros del mar para su intrahistoria. La Flota de Nueva España en arribada, ajena al drama que se estaba viviendo en tierra, había ido enfilando los rumbos de sus naves hacia el fondeadero de San Juan de Ulúa, dejando por babor la Isla de los Sacrificios. En ella habían visto las naves recaladas cuyos mendaces pabellones con el águila bicéfala de los Habsburgo no alcanzaban bien a distinguir. Tres días tardaron los últimos galeones en completar su arribo, y cuando los cagafuegos avisados y libres ya del protocolo de escolta, cazaron escotas en persecución de los felones, tres noches ha que Lorencillo y sus secuaces habían largado amarras y metido millas de por medio, favorecidos por el terral nocturno. Ninguna vela atisbaron en días subsiguientes los vigías de las cofas; parecían tragadas por el mar. A partir de entonces, la de Lorencillo se convertiría en obsesiva caza y captura durante años. Pero la Armada de Nueva España, no lograría apresarlo. Dos años después conseguirá tenerlo más a su alcance que nunca, en lo que podía haber sido la acción más brillante de su historia, pero escapará de nuevo al cerco virreinal, aunque cayera atrapado Bot, dado garrote más tarde. Es a raíz de estos sucesos cuando estudia Veracruz un “nunca más”, que empieza por completar el talud de sus murallas y perimetrarlas con un glacis que despeje toda proximidad equívoca por tierra. Únese a ello dotar de puentes levadizos sus puertas, y formar baluartes estratégicos en punta de diamante al itálico modo. En previsión de nuevos acosos, resabio de la eterna guerra en Europa, solo tres puertas darán entrada franca a la ciudad: la Puerta del Mar (NE) para acceder al muelle de mampostería, Aduana marítima y Plaza portuaria, donde se apilan los fletes y cargan las recuas y carretas ; la Puerta de México (SO),  que prolonga los caminos de la capital por Jalapa u Orizaba, y finalmente la Puerta de La Merced (SE) por donde se toma el camino costero de AlvaradoTlacotalpán, con su puente sobre el río Tenoyan.

 

Jalapa, tradicional área de asueto y descanso del Camino, era ya hacia el 1700 una villa consolidada. En ella, 240 familias españolas, embutidas en su matriz indígena, montaban una feria regional alternativa que había cobrado importancia en pocos años. Con mejor clima que la Veracruz costera, acabó ganando a sus clases acomodadas (comerciantes, oficiales y asentistas), para residir allí todo el año, fuera del tiempo de flota y feria.  Por su ruta circulaba el pasaje del puerto y el correo real de la Carrera de Indias, dirigidos por el Alcalde Mayor veracruzano, empeñado en controlar todas las cartas que desde España se trajesen a esta tierra, junto con la manufactura, los aceites de oliva y los caldos traídos de Sevilla. Una tradición inveterada desde que Juan de Escalante, el primero de la serie y retaguardia de Cortés, la implantara un siglo antes que su homólogo correo inglés lo fuera en 1635. En 1720, Jalapa lograría feriar por vez primera estas preciadas mercaderías llegadas a Veracruz, ferias que serían interrumpidas por 10 años, debido a la Guerra de la Oreja de Jenkins, para retomarse luego hasta la extinción del régimen de flotas (1778).

 

A partir de 1713 y consecuencia del Tratado de Utrecht, la Compañía Inglesa de los Mares del Sur, pasó a ejercer el monopolio de suministro de esclavos bozales para Nueva España, hasta el estallido de la Guerra del Asiento o de Jenkins (1739). Vino a sustituir abruptamente a la Compañía de Guinea francesa, que tradicionalmente había suministrado esclavos africanos a Veracruz durante las últimas décadas. Aunque traídos en origen de África, eran las islas de Jamaica y Barbados los centros de acumulación y reparto de negros de la nueva compañía inglesa. Salvaba con ello el trauma de su inicial captura y el viaje infrahumano que habían de soportar añadido, haciéndoles reposar y serenar ánimos de cara a la mejor presentación y aspecto físico de los esclavos ofertados. Una suerte de silos distributivos del humano cereal para el buen reparto de su grano.

 

En un lugar conocido como Pantaleón, seis kilómetro al NW extramuros de Veracruz, montaron los factores o representantes de la Compañía la correspondiente negrería para almacenado, lavado, desinfectado, venta y carimbado de bozales. Anexas a su instalación, se levantaron las propias residencias de los factores, jardines, arboledas y pistas de juego particulares, un verdadero oasis vigilado para disfrute de sus majestades los funcionarios. Tenían arrendadas tierras de cultivo, donde los bozales sembraban huertas para manutención de la troupe negrera, mientras allí permaneciesen. Su palaciega servidumbre componíase de mayordomo, cocineros, sirvientas, contadores, secretarios, almacenistas, subinspectores, cirujano, un juez… todos ingleses y dispuestos a solazarse con su reserva de licores traídos de Londres… hasta que un mayordomo, gatillo y bebida alegres, tomó a un mendicante franciscano por un asaltador de heredades, disparó y lo mató. O tal vez porque ignoraba lo que un misionero español suponía, por carecer sus colonias de arquetipos a ellos homologables. Unas semanas después una orden del Virrey obligaba a la Compañía a residenciar sin excepción en intramuros, y a reducir personal y dependencias a su estricta necesidad, contrastada por los veedores virreinales. Sus días de vino y rosas habían concluido. Uníase a ello que los cargos por viajes, enfermería, medicinas, manutención, vigilancia y demás contingencias, hacían peligrar la rentabilidad de la Compañía en su Terminal de Veracruz. Para conseguir una marca más precisa y distintiva sobre la piel del esclavo, exigieron a los compradores carimbos de plata u oro, además de conservarlos guardados en las cajas reales, con tres llaves repartidas, para evitar fraudes. Pero la Compañía, no solo había obtenido el monopolio de esclavos, sino logrado también licencia para traer un navío de permiso para vender en Veracruz 500 toneladas anuales de mercancía inglesa, que vender en Veracruz. Como pasa en estos casos de manga ancha, pasados unos años, aquel navío de permiso, había parido una flotilla de embarcaciones menores que multiplicaba el tonelaje admitido. Se generalizaron las protestas de los comerciantes hispanos, tanto de Sevilla o Cádiz como de la Nueva España toda… y el Virrey subiole impuestos a la Compañía.

 

Se constataba en el Virreinato, que los factores ingleses venían profundizando con sus acciones financieras hasta mercados tan lejanos como Acapulco, Puebla, Cuernavaca, Ciudad de México, feria de Saltillo o minas del norte. Resultaba cada vez más evidente, que aquella urdimbre económica, estaba utilizando el tráfico negrero como totémico Caballo de Troya para algo más que el jugoso mercado novohispano. La inquietante Albión, no iba a dejar de ser observada. Por otra parte, un llamado ejército de reserva libre, no otra cosa que la creciente oferta de mano de obra asalariada, producto del crecimiento demográfico de la propia sociedad indiana, mantenía a la baja constante la demanda de esclavos africanos. Ya criolla, negra, parda o mestiza, esta fuerza de trabajo emergente, además de resultar más barata, había crecido en su propio ambiente. Católica, hispanohablante, costumbres tradicionales asumidas, conocedora del trabajo demandado era residente de las repúblicas, barrios, haciendas o núcleos geográficos comarcanos. La época de las grandes pestes y grandes mortandades había periclitado. Las actuales generaciones mestizas resistían en mayor número y proporción los virus y bacterias presentes, tomadas antaño por exógenas. Sus sangres habían osmotizado sin duda los anticuerpos que no poseyeran sus ancestros. Tal vez las nuevas condiciones alimentarias e higiénicas, ayudaban a la medicina con otros bríos y logros, superando incluso fiebres traídas por los africanos.

 

El propio Adam Smith reconocería, años más tarde, la inviabilidad de aquel ocasional negocio negrero, compañero de viaje del navío de permiso, en el mercado indiano. Las pérdidas ocasionadas por negligencia, prodigalidad y malversación de fondos por los empleados de la Compañía, llegaron a ser una carga más insoportable que los propios impuestos… una compañía por acciones no puede prosperar en el comercio exterior, cuando tropieza con la fuerte competencia de comerciantes particulares, nos ha dejado escrito. Era evidente que el cuello de botella se estrechaba para la Compañía… y surgió el chispazo del caso Jenkins. Pillado con su barco en flagrante contrabando,  su desorejado capitán marcha a Londres, oreja en formol a mano, dispuesto a montarle un pollo en el Parlamento al prime minister Walpole en el Parlamento. Una oreja inglesa menos, casus belli. Y surge la guerra. Incomprensible, pero estas cosas pasan en Londres. La cruenta Guerra de la Oreja de Jenkins. ¡Que pensaría Isabel I, de haberlo vivido, ella, que había desorejado a unos cuantos cientos de disidentes ingleses!

 

En los primeros compases de la nueva contienda, Nueva España, mitad norte de las Indias hispánicas, aguardaba un ataque británico sobre Veracruz, enclave literalmente radiografiado por los factores ingleses, con posibles repercusiones en Puebla y México, a donde jamás deberían llegar sus casacas rojas. Ante tal amenaza, los caminos reales se tornan estratégicos y se elige el montaraz Cofre de Perote como centro yugulador de penetraciones hacia la capital. Sobre un área de 14 hectáreas se erige la Fortaleza de San Carlos, cuartel general y almacén de pertrechos bélicos, con baluartes adiamantados y foso inundable, artillada con 54 cañones de bronce y una dotación de 1000 hombres acuartelados, prestos a desplazarse tanto en apoyo del litoral como del Anahuac capitalino. La muralla de Veracruz, reforzada con otros baluartes y plataformas, es servida por cuarteles militares repartidos intramuros en 4 compañías de 100 milites cada una. Otra fuerza de 800 hombres de guerra queda distribuida extramuros en el llamado Regimiento de las Tres Villas, al estar formada por contingentes de infantes y caballeros de Orizaba, Jalapa y Córdoba. Uníase a ello, un refuerzo de 2.000 soldados enviados por el propio Carlos III desde la metrópoli, empleados mayormente en vigilancia armada de lugares estratégicos de  la costa y sus caminos al interior. No faltaron tampoco obras de mejora en el castillo de Ulúa, dotándole de revellín y baluartes para 125 piezas de artillería pesada, atendido por más de 500 artilleros y servidores en espera de cualquier aldabonazo bélico en el Golfo.

                                                                                                     

      Figura 16: La Fortaleza de San Carlos. El Cofre de Perote (1770)

 

 

La guerra con Britania sobreviene, pero Veracruz nunca es atacada. Manila y La Habana pagarán los platos rotos, capturadas y esquilmadas de obras de arte y documentos por el inglés, que se verá Inglaterra obligada a devolver tras un armisticio adverso. Devolución que hace en parte, y en nuevo juego de manos, oculta cartas naúticas robadas. Las de Manila iban a servir al capitán Cook para un aparatoso montaje mediático sobre sus descubrimientos en el ignorado Pacifico. Uno más, en su larga historia de contrabando y filibusterismo. Para recuperar estas plazas, debe España cederle a Inglaterra las Floridas novohispanas (del Este y del Oeste). Pero se ve compensada con la entrega de la Luisiana por su aliada Francia, obligada por Pacto de Familia a pagarle los débitos del conflicto. Y Veracruz dará cobijo a los indios floridanos de Pensacola, semilla novohispana fallida sembrada en la expedición de Tristán de Luna, que no quieren britanizarse bajo el nuevo azar del destino. Como tampoco lo querrán los indios floridanos de San Agustín, que solicitan su evacuación a Cuba.

 

En 1776 se precipita la insurrección de Las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, y Carlos III, pivota sobre Nueva España el apoyo a la causa rebelde. En un esfuerzo invalorado como ariete, el Virreinato va a ser capaz de incrementar un 600% la producción argentífera de sus minas, para financiar los aportes españoles a la guerra. Desde La Luisiana, su gobernador Bernardo de Gálvez, sabrá recuperar las Floridas de manos inglesas. Otra sombra de desembarco masivo, esta vez hispano-francés, se cernía ocasionalmente sobre una Gran Bretaña obligada a desparramar su flota por el océano. La defensa de puertos atlánticos y pacíficos desamparaba el litoral de Cornualles, cuya temerosa población estaba abandonando, una vez más, los enclaves costeros para alejarse hacia núcleos campesinos más seguros y profundos. Un goteo humano, al encuentro de lazos familiares con que compartir esperas tensas en pueblos del interior. En este contexto y protegido por la Escuadra del Canal, sale de su base de Portsmouth un convoy de 55 barcos de transporte para ultramar. La larga retahíla flotante con armas, provisiones, uniformes, pertrechos, oro de soldadas y un refuerzo de 3000 infantes, enrumba al meridión en búsqueda de la corriente ecuatorial que les lance hacia el Caribe. A la altura  de Galicia, la Royal Navy torna velas a fin de no desguarnecer sus costas, lo que va a precipitar el convoy en manos de la Armada de la Mar Océana de Luís de Córdoba, que puntualmente informada, patrullaba avizor por aquella latitud del piélago. Era el descalabro final de la guerra,  que había de propiciar la independencia de Las Trece Colonias. Tras el Tratado de Versalles que la consagra, las Floridas volverán al Virreinato, sin que la mayoría de los indígenas emigrados, regrese de nuevo a sus fueros floridanos.  

 

Cuando Bernardo de Gálvez es nombrado Virrey de Nueva España (1796), apenas sobrevive a su cargo, sin poder vigorizar el comercio de Veracruz con los, nuevamente hispanos, puertos del Golfo, como era su intención declarada. No obstante, el remate del siglo XVIII iba a suponer para la Ciudad de Cortés, un notable crecimiento impulsado por el libre comercio asumido en el Imperio.

 

Pero con el siglo entrante y la invasión napoleónica de la metrópoli,  se cierne también sobre Nueva España la siniestra sombra del caos. Primero, serán las guerras civiles donde cabrillean curas sin sotana, gritos y silencios, ilustración y libertad, legalidad y oportunismo, sufrimiento y revanchas, que pugnan por reflotar en su popurrí el intrínseco México que parece hundirse, pese a ser soñado como nación por muchas de sus gentes. Luego vendrá el llamado periodo de anarquía más dramático de su historia, preñado de pronunciamientos, insurrecciones y partidas pugnaces, respaldados por puntuales ocurrencias y alquimias sociales, sin omitir la prepotencia de líderes transitorios, montoneros unos, generales de canana otros, de salón alguno, dictadores esenciales casi todos. Era preciso marcar claras diferencias con el pasado gachupín  de este México, heredero declarado ¡por fin! del imperio azteca. Había que arrancar de la simbología nacional los nombres malditos de España y de Cristo, lastre histórico, borrar sus huellas. Les habían robado el oro y el futuro, quemado sus dioses, matado a trabajar como esclavos, exterminado sus aborígenes por maldad intrínseca y genético sesgo asesino. Hasta el propio Colón era un genocida que había traído virus asesinos en su séquito, para acabar con el buen salvaje y su bucólica existencia en las ‘colonias’ españolas. Los gachupines jamás habían aportado nada, salvo fanatismo católico y atraso… Esta era la argamasa al uso para edificar el nuevo teocalli patrio, donde seguramente acabarían autoinmolados con sus vísceras tajadas por la obsidiana del rencor. Toda revolución, como Saturno, se come a sus hijos, es mantra atribuido a un Robespierre en desgracia camino de la guillotina. Y la saturnal mexicana se los comió a casi todos. Pero entre estudiosos, no deja de parecer esta muestra humana sino descompensada charanga de palurdos trasnochados por las calles de su pueblo en fin de fiestas. Fue empero orquestada ayer, como un ritornelo errante de las naciones de siempre, y es todavía hoy tarareada por algún desgreñado mental que sigue vendiendo humo a verbena concluida. Y el imprevisto palo de agua que vino a disgregarla, ha dejado charcos en las calles…

 

En 33 años desastrosos, México, la joya de una Corona caída, envidiada siempre por su potente vis de nación poderosa, se anonada histórica y socialmente entre cinco constituciones y un emperador de zarzuela; pero no más que lo hace contemporáneamente su considerada ya como madre putativa, aunque lo fuera de sangre, cruzando sus propios desfiladeros y orillando otras barrancas. ¡Más de un siglo de desencuentros, idearios sublimes, bálsamos sociales, cerrojos culturales y acomplejados egos, padecerían tanto la supuesta putativa como su hijuela cultural!. Abrumado por centenares de miles de muertes y la pérdida del 55% de su herencia novohispana a fauces de su vecina norteña, el México criollo de las primeras décadas no acertaba a reconocerse en su propio espejo. Texas, Nuevo México, Arizona, California, Colorado, Oregón, Utah, Nevada…quedaban muy lejos de aquella primigenia estampa del territorio comprendido entre Las Floridas, Canadá, el Misisipi y el mar….que fuera germen de su lindante crisálida. Aquel feto anglófono, a cuyo parto Nueva España asistiera cual solícita partera, había devenido dañina oruga rampante. De pronto, una metamorfosis kafkiana habíale mutado en furibundo teredo que horada y fagocita una y otra vez la  madera hispana a su alcance. Nueva carcoma imperialista era esta, válida para todo cuño. Y México, que cuenta en su bosque humano con tan dura madera como los viejos astilleros de Veracruz, debe rearmar presuroso un casco para navegar avante en el revuelto mar de los siglos. El hispanismo contempla absorto su botadura, en pecio reflotado pero bandera propia, confiando no ver anegada su sentina por aguas insalubres. Nos va mucho en ello al mundo hispano. Entre tanto explaya, suspiro y sueño, la bufona ironía de sus gentes, con el  porfiriazo de siempre ¡Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! que vino a coincidir con el abandono del antihispanismo y anticlericalismo oficiales. Ocurría esto un siglo después del mutis español en América.

 

Lo que hoy se conoce como México, en su etéreo universo atemporal de gentes y culturas acopladas, ha colisionado contra dos de los pocos Imperios que en el mundo han sido. Como Imperios sensu estricto que eran, punzaron su esencia y haberes. España lo hizo para construir nación, ensamblando en su matriz europea razas y culturas dispares, que cuadraron ciertas aristas, mientras aguzábanse otras. Durante tres siglos de su tiempo, intentó y logró en gran parte encolarlas a su propia alma, mediante la magia virreinal. Los EEUU, segundos en el suyo, solo alcanzaron a succionarle una mitad geográfica, sobre la que esculpieron nuevos estados de linaje ajeno. Su penetración neoimperial es en ellos tan directa y profunda como la anterior lo fuera, y notorio el camino recorrido en la marcha hacia su nueva meta de identidad nacional. Difícil situación la del México esencial de siempre, frontera del expansionismo físico y moral de otra estirpe que lleva en su ADN el sello de Imperio, a la vez que muro de contención de mestizos sureños que marchan al Norte para redimir políticas erradas durante dos siglos. Norte que, con rachas atemporaladas de su viento solano, agita la bandera que el mundo hispánico contempla como suya.  Sin olvidar el no vivir de Rubén Darío, que estas en los cielos del Parnaso Hispano, esencia y conciencia de un alma profética y temerosa, que sintiose aliviada tras su visceral alegato:

 

                                              Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor

                                              De la América ingenua que tiene sangre indígena

                                              Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español

 

 

Figura 17: La Veracruz del México independiente. Lienzo de Rugendas

 
Publicado el Deja un comentario

Contexto Histórico de Portobelo – III

La Armada de Tierra Firme acomodaba la plata en cajones reglados, que mediante carretones, rodaban a bordo sus hombres sobre planchadas, para ser entibados en los panzudos vientres de los cagafuegos de escolta. A su vez, los factores y encomendados limeños embalaban en fardos definidos la mercadería adquirida, que remitían en urcas y bergantines hasta la aduana de boca del Chagres, con barcazas y bongos de remo río arriba hasta la aduana de Venta de Cruces, siguiendo finalmente en carreta o reatas por el Camino de CruceshastaPanamá; o en las propias mulas que retornaban a su base panameña por el Camino  Realpara alcanzarlatras otros doce días de marcha. Y de nuevo el embarque, la estiba y la mar. Desde Panamá, la Flota del Mar del Sur regresaba a su base del Callao desgranando galeones de paso en los puertos del Pacífico ¡Sobrecoge el ánimo considerar el largo camino que habían de recorrer las delicadas obras de arte peninsular para alcanzar incólumes su destino virreinal! Pero llegaron en mayoría, y a él quedaron ancladas en el tiempo y la oralidad. Muchos fueron los pueblos costaneros que en épocas diferentes rescataron de sus playas imágenes sacras que juzgaron milagrosas y entronaron emocionados entre humildes retablos. Se cuentan por centenares las tradiciones y leyendas que nos hablan de tallas halladas sobre las aguas o entre los juncos ribereños. Y la América creyente, reserva esperanzada de la cultura occidental, sabrá conservarlas como las preciadas joyas que son.

Terminada la feria en Portobelo, los navíos de Barlovento se hacen de nuevo a la vela, se desmontan los puestos callejeros y despueblan feriales y plazas. La ciudad queda vacía, con no más de 50 lugareños pardos o negros que permanecen en ella el resto del año, dedicados en mayoría a la tala de árboles del entorno boscoso. Solo los obligados por un sueldo militar o civil, las monjas mercedarias, los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios y el cura Vicario permanecen, ausentándose no solo las personas de distinción, mas también las de las castas, pues en saliendo… dejan aquel país y se retiran a Panamá, o a otra población de las que comprehenden aquellas provincias, donde vivirán de las rentas habidas del astronómico alquiler ferial de sus galpones, hospedajes y pulperías. Ciento cincuenta soldados quedan en sus fuertes para mantener operativas las defensas de la bahía, que al cabo de un año habrían de guarecer de nuevo feria y flota.

Figura 11: Derrota anual de La Flota de Barlovento de regreso a Sevilla

Su puerto ha quedado convertido en hito de la ruta transoceánica de la Flota de Indias. De allí parten los galeones de la Flota de Barlovento (base Cartagena)  que rumbo a España se reúne cada año en La Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz) para navegar en conserva bajo el genérico Flota de Indias hasta Sevilla , custodiada en sus singladuras atlánticas por los cagafuegos de la Armada del Mar Océano. Pero  Portobelo era un enclave difícil de mantener. La mala disposición del terreno y la situación de sus defensas de espaldas a los cerros de su bocana, les hacía perfectamente visibles y vulnerables al fuego enemigo, que podía aproximar sin dificultad sus cañones hasta cerca del objetivo para batirlos. El ambiente húmedo y bochornoso del área, pudría rápidamente la madera de las cureñas de cañón, descuidadas por una milicia poco disciplinada y ajena al curado de maderas, que todo hombre de mar sabe alquitranar para curarla de la intemperie. Con el agravante de ser Portobelo un surgidero de maderas para carenado, reparación de navíos o construcción de viviendas. Por otra parte, la incidencia de enfermedades en las guarniciones de Portobelo era particularmente alta, pese a estar dotadas mayoritariamente por negros, mulatos y pardos de Panamá, etnias históricamente reconocidas como muy resistentes a los males del trópico. Sin embargo, estas milicias que mensualmente eran sustituidas por otras nuevas, enfermaban y quedaban pronto diezmadas para el servicio de armas, mostrando una  debilidad reflejada en la temprana palidez de rostro que adquiría su morenez. Este fenómeno contrastaba con la perfecta adaptación de toda la gama de lugareños pardos  aclimatados, tolerantes de su climatología y sanamente activos en ella. La reincidente situación hacía temer el complicado acomodo al insano temperamento local de soldados de otras procedencias, dado el escaso tiempo de su permanencia para aclimatarse en él. Pero la guarnición no podía dotarse a base de naturales de la plaza, por ser pocos los jóvenes residentes de Portobelo. Aunque se prolongaron las estadías militares, la insalubridad del clima iba a matizar en adelante la vida del enclave llegado a conocer con el sobrenombre de Sepultura de Españoles, y que por real mandato limitaba la estadía personal en él a un máximo de 40 días, que vino a marcar  la duración de sus ferias. Tal era la fama de insania del lugar entre los extranjeros, que veían con asombro cómo las propias mujeres nativas con cinco meses de embarazo,  se marchaban fuera de los estigmas locales  para dar a luz en Panamá. Toda una suerte de patrañas anatematizaban la insalubridad del puerto: las gallinas traídas se esterilizaban pronto y dejaban de poner huevos, las vacas enflaquecían y su carne se tornaba correosa e incomible, los caballos y burros no tenían crías… un rosario interminable de calamidades virtuales que la ciencia no lograba acallar, ni los médicos de Cartagena de Indias llegados al efecto. Sin duda los cerros que circundaban la bahía impedían la ventilación y atemperado del lugar, que alcanzaba elevadas temperaturas y humedades saturadas durante la estación lluviosa, con la consiguiente sudoración y desfallecimiento de advenedizos. Los ingleses nunca olvidarían que en aquella bahía había muerto Francis Drake de disentería (1587) junto a otros muchos compatriotas cuyos restos yacían por aquel derredor. Era creencia generalizada entre los pobladores del istmo, que si Portobelo caía en manos inglesas, las enfermedades que diezmaban sus gentes, pronto les disuadirían de mantenerla ocupada Solo las colonias de caimanes, sapos, pericos ligeros y tigres que proliferaban por doquier, encontraban allí estable acomodo, trasgrediendo sin pauta los contornos de aquella urbe proscrita, acosada por la jungla y su fauna. Vade retro, se maliciaban las esposas del funcionariado real con posible destino a sus dependencias. Era por ello que ser soltero era uno de los principales requisitos para acceder a ellas.

     Figura 12: El Castillo de Chagres. Desembocadura del Río

Unas millas al norte siguiendo la costa atlántica, el fuerte de Chagres era el bastión protector de la embocadura del río y la mitad navegable del Camino de Cruces. Encaramado en un escarpe costero, dominaba con sus bocas de fuego el fondeadero de las naves mayores y el abra de la vena fluvial. Por ella accedían a la Venta de Cruces los bongos y chatas con sus fardos peruanos, remontando corrientes en principio a la boga, para concluir a la pértiga o  la sirga, especialmente cuando las lluvias desmadraban su cauce. Un transporte de 100 km contra corriente que recorríanlo los bongos en dos o tres semanas, en tanto que descendiéndolo a favor de corriente, podían tardar 3 ó 4 días con el río crecido, triplicándose el tiempo en época seca. En cuanto al estado de cureñas, cañones y municiones, la situación de este fuerte no difería gran cosa de Portobelo, pero su posición estratégica era notablemente mejor y su milicia de etnia mestiza, mulata o parda, notoriamente más sana. Sin duda los 400 vecinos del rancherío de San Lorenzo de Chagres, apoyo urbano próximo del fuerte, nutrían eficazmente con jóvenes lugareños sanos, la demanda de 86 hombres de armas que precisaba su fortaleza cuyo temperamento poco o nada difería de sus homólogos del istmo.

En un Mar Caribe infestado de piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, Portobelo zumbaba en los oídos forbantes como un gong vibrante de plata en lingotes, mientras su perfil portuario parpadeaba en la córnea de sus catalejos. Pero el hermetismo e incertidumbre de las noticias, fechas y derrotas de su arribo y partida mantenido por el régimen de flotas, hizoles marrar con frecuencia la captura del tesoro de sus galeones. Cuando avistaban su bahía, estaba ya vacía de mástiles, o tiempo ha que la Flota del Tesoro habíase diluido en el horizonte. Fue atacada su ruta de navegación en numerosas veces por perros del mar, y en menor número de veces su puerto, ante el respeto que sus defensas imponían ante cualquier flotilla no bien dotada. En el marco de la nueva guerra tribal hispano-británica, William Parker, que había salido de Plymouth (1600) con 200 hombres de guerra, tres barcos y dos lanchones de vela y remo, y una innegable astucia, se atrevió a desafiarlas. Rebotado de la perlífera Isla Margarita por todos cuantos barcos pudo la isla reunir, captura un barco negrero portugués con rumbo de cruce a la altura del Cabo de la Vela. Prosigue derrota hacia la abandonada Nombre de Dios, donde fondea y contrata negros cimarrones de guías. Ha leído las recién publicadas Memorias de Drake y amparado en la oscuridad nocturna, desliza a remo sus lanchones hasta la bahía de Portobelo, mientras sitúa el barco capturado como cebo frente a su bocana. La nave portuguesa captaría la atención y enfilado de cañones  del inacabado Todofierro con la llegada de la aurora.

En plena noche Parker había desembarcado la mitad de su hueste frente al Cascajal, enviando lanchones con la otra mitad hacia el oeste de la plaza, en una operación tenaza que completan los desembarcados hacia el barrio de Triana. Allí podrían ser capturadas los notables para hacer caja de rescate. Cogidos entre dos fuegos desde el amanecer, el gobernador y sesenta hombres se defienden del acoso en la Aduana-Gobernación, fuera del alcance de las bombardas provisionales del inacabado fuerte Santiago La Gloria. Al caer el día, el gobernador Pedro Meléndez  acabará por rendirse junto a media docena de defensores, encerrados todos en la Aduana junto a los demás rehenes copados. Despojada la Gobernación de sus haberes y soldadas, son conminados los rehenes a pagar rescate, a la par que incendian las barracas y casas de Triana para forzar voluntades. Retirados sus muertos y heridos, y dejados en libertad los presos, con la nueva oscuridad nocturna abandonan los lanchones de Parker aquellas aguas, tan silenciosamente como entraron. Han logrado un botín de 10.000 ducados de plata y el robo de dos pataches que a remolque se llevan a su base de Nombre de Dios. Ante la posible amenaza de una súbita presencia de la Flota de Tierra Firme, los nocturnos asaltantes dejan prestos aquel litoral rumbo a Plymouth, tras un provechoso raid que ha durado poco más de medio año. William Parker moriría en Java siendo vicealmirante de una Royal Navyen vías de superación propia (1615).

               Figura 13: El porte medieval del Castillo San Felipe Todofierro

Tras la toma de Jamaica por los ingleses (1655), la Corona Española no había reconocido como tal la nueva posesión británica que habíase convertido en un avispero de piratas de toda laya, con la aquiescencia de sus gobernadores, partícipes obligados de todos los botines que aquellos hubieren. Henry Morgan, aventurero galés residente acogido a comisión por el gobernador de la isla, zarpa de Port Royal con una flota de 9 barcos y 460 forbantes rumbo a Portobelo(1667). En su ánimo, ya convertido en verdadero ritornelo de todo pirata que se precie, bulle la captura del Tesoro que pasa cada año por aquel puerto camino de Sevilla. España se halla en tregua con Inglaterra, pero para los perros del mar la paz sellada no representa obstáculo alguno para sus fechorías: la bandera de sus barcos es en todo caso la que interese para la cucaña o el mutis del momento. La portuguesa puede ser ahora la elegida mientras su corona siga unida a la española. Fondeando las naves al resguardo de una caleta cercana, y tras dejarlas camufladas bajo la copiosa vegetación litoral, desembarcará su gente en lanchones a 5 km del puerto, para emprender desde allí una cautelosa marcha hacia el objetivo. Con las primeras luces del alba asoma la hueste a espaldas del desprevenido castillo de La Gloria, cuyos muros desbordan con escalas porteadas a lomos de esclavo. Pronto saltarán por los aires con toda su guarnición dentro. Tras este primer embate, la marea humana se dirige sobre el fuerte de San Jerónimo, que defiende con fusilería sus muros. Pero los forajidos escalan sus parapetos cobijados tras aterrorizadas monjas, ancianos y frailes convertidos en escudo humano, que avanzan, daga en ijada y lamentos desgarrados, hacia el mortal fuego amigo de los defensores. Tras aquellas trémulas rodelas humanas, van los asaltantes abatiendo al atardecer los últimos defensores,  que como grímpolas sangrientas acabarán colgados y expuestos  para escarnio público sobre los muros del fuerte. Y más alta que toda entena, batiendo al viento la roja y sarcástica enseña del bloody Henry. San Felipe de Todoferro sería tomado al amanecer del día siguiente, no sin antes estragar a los atacantes que van cayendo  bajo el fuego de sus mosquetes. Acabadas las municiones, los sobrevivientes heridos o no, se batirían a espada y lanza hasta el fin con la furia de las ratas acorraladas. No caben la rendición ni el pacto: saben la muerte que les espera. Muerte inexorable que se cumple sin dilación con la horca o el degüello, según van siendo reducidos los últimos defensores. Sus despojos  serán mostrados sobre los muros del fuerte como nuevos trofeos de una jornada cinegética cualquiera.

Con un ego enloquecido por la victoria y el ron, aquella atávica caterva de homínidos aullantes y ebrios, se lanza al saqueo, las torturas y las violaciones. Pero Portobelo no ha recibido todavía remesa alguna de pelucones o lingotes áureos, y el torniquete torturador de los sicarios desgarra durante quince apocalípticos días unas gargantas que nada saben de tesoros virtuales: una verdadera vaharada ardiente salida de las cuevas del averno.El Gobernador Agustín de Bracamonte acude desde Panamá en defensa de la plaza atlántica, pero es rechazado por la hueste pirata, escaqueada en espera del contraataque panameño. Conmina el Gobernador a los piratas para que abandonen la plaza, pero solamente lo conseguirá tras pagar un rescate de 100.000 pelucones de plata. Como sello de capitulación, Morgan envía al gobernador su hermosa pistola y sus balas, advirtiéndole que antes de un año pasará a recogerlas. Bracamonte responde al reto agradeciéndole su presente con una sortija de oro, pero aconsejándole que no lo haga porque la plaza no la hallará en el estado que esta vez la halló. Intercambio cínico, más de medieval torneo galante sacado del Romancero que de salvaje engarre a muerte entre hienas, que a los súbditos de su Católica Majestadhabíales tocado aquellos días dramáticamente vivir. No un año, pero sí tres más tarde, la misma hiena con distinto Gobernador iba a repetir en Panamá con enloquecido desenfreno análogas jornadas de tortura y sangre. Tras ellas, iba a quedar la Roma del Pacífico aniquilada por las llamas.

Los fracasos habidos en la defensa del enclave costero, llegan a crear una atmósfera enrarecida entre la Corona y el Presidente de Panamá. En tiempos de Carlos II (1680) se decide trasladar la ciudad de Portobelo y amurallarla con baluartes en lugar más elevado y saludable. No es la primera vez, ni será la última, que en distintos sitios y con distintos nombres va a ponerse sobre la mesa un cambio y mejora del estatus fijo de la plaza. Debe mejorar y evolucionar sus defensas de acuerdo a las técnicas bélicas vigentes. Ordena el rey demoler el castillo de Santiago, sacar un muelle de atraque en Trianay levantar el fuerte abaluartado de San Cristóbal entre el río Cascajaly el barrio negro de Guinea. Pero la demolición del Santiago no se llevará a cabo, y apenas se completarán en fajina y tierra, dos de los seis baluartes diseñados para el fuerte de San Cristóbal. Nuevamente ha de abandonarse el proyecto de mejora y demolición de las fortificaciones de Portobelo. La mortandad en las filas de la mano de obra es abrumadora, y pese a la elevada cuantía de los salarios convenidos, cunde el pánico en la negritud trabajadora. Los supervivientes desertan en masa y huyen a la jungla como perseguidos por mandinga. El proyecto de renovación es ralentizado en el tiempo y las inversiones.

Las Coronas de España y Portugal se separan en 1668 y las inmensas costas del Brasil proporcionan nuevos campos de acción a piratas, traficantes y bucaneros. Aprovechando el ocasional desvío de la atención hispano-caribeña hacia el meridión, la presión pirática habíase exacerbado en el marginal mundo de los perros del mar. En este escenario, La Hermandad de la Costa aglutinaba bajo el mando de John Coxon a otros significados cofrades como Cornelius Essex, Bartholomew Sharp, John Cooke y Robert Allison, en una empresa filibustera que proyectaba un meditado asalto a la Flota del Tesoro, nombre dado en el argot portuario del lumpen caribeño a la Carrera de  Indias. El ataque se produciría durante la preparación de la feria de Portobelo, cuando todavía no habían arribado los panzudos y poderosos  galeones de la plata, que habían de engullir el precioso metal. Conocedores del retraso acumulado por la Flota de Barlovento a causa de recientes temporales, la comitiva pirata desembarca a 30 millas de la ciudad, y cubre el duro trayecto de manigua en cuatro días. El sorpresivo asalto con estruendo de gritos y disparos desde la tierra interior tiene éxito, y la turba pirata saquea una sorprendida ciudad y su Aduana, que acopiaba las sacas de moneda según llegaban las mulas por el Camino Real. El tesoro capturado se cifró en 100 pelucones de plata por cabeza (unos 24.000 reales de a ocho en total), y con él escaparon a Jamaica antes de que llegaran los galeones de Cartagena que habían de estibarlo. Temporalmente se refugian en la isla británica, pero presionados por su nuevo vicegobernador Sir Henry Morgan, parece que debieron escabullirse  a las islas de Pinos (1679). Pronto sería destituido de tal gobernación quien había dedicado largos años a idénticos y execrables menesteres, esta vez por perseguir con exceso de celo a quienes ahora ejercíanlos a su imagen y semejanza. Bloody Henry pasó en adelante a vivir en Jamaica de sus crecidas rentas, cual correspondía al reposo del guerrero tras su merecido reconocimiento como Sir, ganado honradamente al servicio de S.M. Británica… Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras, nos dejó dicho cierto orate manchego pese a no haber estado nunca en la Inglaterra de aquellos días…

La frecuente tensión entre las potencias europeas del momento, se manifestaba en sus relaciones de vecindad en las propias costas caribeñas. Inglaterra, escudándose en el comercio de la madera  que extraía en su concesión de Guatemala, amparaba el contrabando de sus barcos con toda costa hispana y materia que a ello se prestase. Y España castigaba a todo contrabandista capturado con la eliminación de una oreja en primera ocasión, la horca en segunda. Esta tensión, reflejada en el parlamento de Londres, había llevado al partido belicista a mostrar a sus señorías la oreja en formol de un Jenkins contrabandista, sorprendido in fraganti  por un guardacostas virreinal, en un burlesco lance hoy sobradamente conocido. Edward Vernon, almirante y parlamentario belicista, enarbolando retóricamente el Honor de Inglaterra,  consiguió vencer las reticencias del ministro Walpole, para declarar la llamada Guerra de la oreja de Jenkins (conocida también como Guerra del Asiento, entre 1739 y 48) contra la pérfida España, desaprensiva maceradora de los sacrosantos apéndices británicos. Unos meses después partía hacia Jamaica donde reuniría una tan poderosa escuadra como nunca antes vieran aquellas costas. En su alucinado catalejo, iban perfilándose en bélico calidoscopio las sucesivas siluetas de Portobelo, Chagres y Cartagena de Indias, eslabones atlánticos del recién creado Virreinato de Nueva Granada(1717).

Ya la tensión entre España e Inglaterra había alcanzado estado pre-bélico en 1729 cuando la armada inglesa del almirante Francis Hosier intentó bloquear Portobelo para evitar la salida de la Flota de Indias hacia España. Los dos años de bloqueo con más de 20 navíos de línea y 4500 hombres, se convirtieron en una auténtica pesadilla a causa de la altísima mortandad (90%) de sus hombres, y el consiguiente desastre económico que supuso esta aventura para las arcas inglesas. El propio Hosier moriría en aguas de Cartagena, tratando de bloquear la Flota de Barlovento, avistada en su Bahía Exterior. Pero también morirían apestados los dos subsiguientes almirantes de la flota británica que bloqueaba el mar caribeño, hasta que el Almirantazgo ordena repatriar a sus marinos. Una vez más, el trópico volvía a cobrarse su letal factura de europeos.  

Cuando Vernon zarpa de Port Royal haciaPortobelo(1739) durante este nuevo capítulo bélico, lleva una potencia de fuego de 380 cañones repartidos en seis navíos de línea, simulando cumplir su proclama en plena Cámara de los Comunes contra sus oponentes políticos, de conquistar  Portobelo, ciudad famosa y conocida en todo el mundo por ser puerto importante de la Flota de Indias, plaza defendida por más de 200 cañones…. Dadme seis navíos y tomaré Portobelo… Una vez que tengamos Portobelo y Cartagena de Indias, todo les será perdido (a los españoles)…  había dejado dicho ante sus señorías. Por si acaso, su flota transportaba a bordo más de 3.000 hombres, y al menos otros 100 barcos con sus dotaciones esperaban en Jamaica los acontecimientos en curso. Pero la realidad defensiva de Portobelo era muy otra: el almirante inglés sabía de su debilidad. Sus contrabandistas habían recalado mil veces en su bahía pretextando aguadas, enfermedad a bordo o averías múltiples. En realidad iba a enfrentarse a una defensa fija compuesta por tres ruinosos castillos, apenas rescatados tras el último asedio de Hosier, con cañones en mayoría inservibles servidos por no más de 150 soldados, y otra defensa móvil, compuesta por dos guardacostas y una balandra artillada surtos en la bahía. Solo por vanagloria ocultaba aquella realidad a fin de magnificar su hazaña ante su partido, Inglaterra y el mundo. Pero sabía también que la Armada de Tierra Firme, acantonada aquellos días de guerra en CartagenadeIndias, podía hacerse a la mar en cualquier momento del asedio, y ganarle la espalda por barlovento para cruzar su fuego sobre los barcos británicos con los otros fuegos de tierra; sin resguardo costero por el que escapar, podría tornarse aquella en trágica jornada. Los días de fuerza habían regresado al Caribe y la base cartagenera, pertrechada, aguardaba su tempo, en tanto que los refuerzos solicitados para los fuertes de Chagres y Portobelo, nunca llegarían a causa del bloqueo continuado de la armada inglesa.

A primeras horas del día de llegada, quedaba entablado el cañoneo entre las más de 300 bocas de fuego inglesas y los 32 cañones del Castillo de Todofierro, de los que tan solo 9 de ellos estaban operativos con cureñas aptas. Dos horas después el castillo estaba abatido, y muertos sus ocupantes. Cuando desembarcan los infantes de la Royal Navy para ocupar aquella ruina, había acudido a defenderla un refuerzo de once fusileros de los guardacostas, que ante la avalancha humana que les rodea, optan por rendirse. Eran días aciagos para una verdadera ciudad de frontera, cuyo ausente gobernador seguía en la Audiencia de Panamá un juicio de residencia por malversación de fondos. Su corta guarnición al mando del anciano vicegobernador, no hizo sino capitular con vilipendio. Esta fue la famosa Batalla de Portobelo que Vernon hizo cantar en Londres a sus corifeos, mientras se plasmaba su óleo en magníficos lienzos y lo graficaban en periódicos y panfletos, eterno mentidero de noticias. Una enardecida cuanto patriótica claque, entusiasmada por el whisky y el valor del invencible Almirante, recitaba panegíricos sin tasa a quien con extremo peligro de su vida había logrado humillar la soberbia española. Portobelo sex solum navibus espugnate proclamaba una de las muchas medallas conmemorativas de tan grandiosa gesta: ¡él sólo, con seis naves, contra el satánico mundo hispano!¡Válame el cielo!

 
Publicado el Deja un comentario

Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – IV

Old Spanish Trail

La aparición intermitente de merodeadores ingleses por aquellas costas sureñas, hacía sospechar a su Gobernador Manuel Cendoya la cercanía de algún ataque,  aprovechando el estado de inefectividad presente de las defensas pasivas de San Agustín. Reclama fuerza de trabajo indígena que retribuye con generosas dádivas de simientes, aperos de labranza, cuchillos, vasijas de vidrio y bisutería varia, desde cascabeles hasta cuentas de cristal, que el virrey envía periódicamente desde México y el gobernador distribuye a los caciques amigos. Dirigidos por maestros de obra y expertos canteros de Cuba, llegarán con el nuevo Gobernador Pablo de Hita esclavos y libertos antillanos negros, fuerza bruta los primeros, artesana los segundos, en un intento de acortar la debilidad defensiva del período constructivo del fuerte. A pesar de estas medidas la conclusión del ciclópeo castro iba a demorar más de dos décadas.

El proyecto original del Fuerte San Marcos sufriría una serie de modificaciones y mejoras que suceden a nuevas sugerencias e instancias militares de las capitanías caribeñas. Al inicial trazado con un Patio de Armas centrado y baluartes aguzados a los vientos, se suman las torretas de vigía en punta de baluartes, foso inundable perimetral exteriormente murado, revellín con puente levadizo en el frente de tierra, hornabeque exterior con hornos de caldear al rojo blanco los proyectiles de hierro para sus bocas de fuego…Pero también se circunscribe con muro de coquina la retaguardia del núcleo habitado, dotándolo de baluartes estratégicos en paños y esquinas, y se construye el Fuerte de Matanzas al sur, hito defensivo del acceso al puerto desde las aguas arriba del río que le daba nombre.

En aquella etapa de afianzamiento social y militar, San Agustín incrementa notablemente su producción agrícola, en tanto su siempre magra despensa afronta un período de bonanza. Se instauran rutas estables para la compra de grano con las tribus y misiones de los fértiles maizales de Apalache y Gualé, en una combinación selectiva de senderos indígenas, cañadas, rutas misioneras y trochas exploratorias. Se traen carpinteros de ribera para la construcción de embarcaciones de cabotaje que comercien a lo largo de los enclaves floridanos de las costas del Golfo de México y las atlánticas. Se crean nuevas misiones intermedias que reparten las jornadas del largo camino comercial que une por tierra San Agustín con  aquellas otras de Pensacola y Mobile en la región de Apalache, incluso con Tampa y sus misiones de etnia calusa y los colonos novohispanos de su bahía. Comienza así a perfilarse en estos años la conocida como Senda de los Españoles en Florida que prolongada con el Camino Real de los Texas y el Camino Pita hasta la problemática frontera de los Adaes y Nachitoches en Luisiana, habría de concatenar la ciudad de San Agustín con la costa del Pacífico. Este viejo itinerario de 7000 Km de trazado, modernamente reconocido por investigadores propios rebautizándolo como Old Spanish Trail, escenifica el tránsito secular de rebaños, cueras de frontera, acémilas, chalanes y misioneros, pero también seguro escape de forajidos y cuatreros. Realmente unía las misiones, los fuertes y las ciudades de San Agustín, Gualé, Apalache, Pensacola, Mobile, Nueva Orleáns, San Antonio, Sierra Blanca y El Paso, atravesando los actuales estados norteamericanos de Georgia, Alabama, Mississippi, Luisiana y Texas. En El Paso, intersectaba la dilatada red de Caminos Reales de Nueva España, verdaderas suturas geopolíticas que vitalizaban el Virreinato de norte a sur, desde Taos y Santa Fe en Nuevo México hasta Guatemala, y de oeste a este entre los puertos de Acapulco y Veracruz. De El Paso, partía un Camino de San Diego, que venía a hilvanar Tucson, Fénix y Yuma con la misión franciscana de San Diego, para completar la travesía de los estados actuales de Nuevo México, Arizona y California, y con ellos el continente todo de costa a costa. Ocho años había tardado en recorrerlo por vez primera el náufrago Cabeza de Vaca en el siglo XVI, cuando aún estaban vírgenes de Europa aquellos inmensos pagos…

Desde 1693 Carlos II venía garantizando la libertad de los esclavos huidos de las colonias británicas, acogiéndoles como hombres libres en análoga circunstancia a la pléyade de libertos de color, ya campesinos, artesanos, amanuenses o curanderos que plenaban otros pagos del Imperio. Eran tenidos por excelentes taladores de madera para empalizadas y embarcaciones, preparaban las tierras para la sementera o el plantón y eran fama sus pacientes matronas como inmejorables amas de servicio doméstico. Si en primeros tiempos de duro sobrevivir se acogían al estatus de esclavo, podrían en mejor época comprar su manumisión, pagándole a su dueño el precio reglado o convenido. Así lo habían establecido de antiguo las leyes de Castilla y así se había recogido en las Indias. Era para ello condición sine qua non, abrazar la fe católica y jurar defender con su vida la roja Cruz sobre fondo blanco de Borgoña, enseña imperial asumida de sus ancestros por el Emperador Carlos V. Esta acogida resultaba políticamente rentable para la Corona española por motivo vario: aumentaba brazos y población en aquellas tierras hueras de ultramar, a la vez que hurtaba esos mismos brazos y potenciaba su efecto llamada sobre otros nuevos en las plantaciones de algodón o tabaco de las colonias británicas. Allí eran fuerza vital para mantener las plantaciones coloniales y las leyes imperantes lejos de su metrópoli, les condenaban a una dura esclavitud de por vida. Muy al contrario del Imperio español donde las leyes de Castilla o emanadas de la Corona y representadas por el Virrey, permanecían severamente controladas por los notarios reales y sus Juicios de Residencia, aplicables al cese de cada mandatario real.  El proceso de igualdad civil entre los blancos y las gentes de color o pardos, era favorecido por la Cedula de Gracias al Sacar, que les otorgaba plenos derechos reservados a los notables, so pago de una cantidad de dinero.

Con el comienzo del nuevo siglo muere en España sin descendencia Carlos II, el último vástago de la Casa de Austria. Concurren a la sucesión de su trono aspirantes extranjeros alineados  por intereses estratégicos tras las casas de Borbón y de Austria. La llamada Guerra de Sucesión (1700-1713) está servida, y Europa se inflama de nuevo. Inglaterra, en perpetua identidad insular consigo misma, trata de sacar partido de la contienda y ataca las posesiones españolas allí donde las haya, en nombre esta vez del candidato de la Casa de Austria, su pertinaz enemiga de las pasadas centurias. La paz llegará con el Tratado de Utrecht que asume como rey de España al Borbón Felipe V, sobrino del todopoderoso Luís XIV, Rey Sol de Francia y acérrimo enemigo del inglés. Entre las miserias de la guerra, la guarnición de Charlestown (actual Charleston, en Carolina del Sur) comandada por su Gobernador James Moore, ataca y destruye las misiones católicas del norte de Florida donde captura y esclaviza más de 4000 indios, que llegarían a constituir el 30% de la mano de obra forzada de las plantaciones coloniales de Carolina del Sur. Las alarmantes noticias que van llegando desde aquellas misiones anticipan al Gobernador español de la violencia que se aproxima con semejante partida de guerra, y solicita ayuda de la Capitanía General de Cuba. Pone la hueste inglesa sitio a San Agustín (1702), pero su artillería se estrella contra los sólidos muros de San Marcos, tras los que se han refugiado sus 1400 habitantes con 160 reses que estabulan en el foso como previsión de alimento mientras dure el asedio. Dos meses de cerco que tratan de superar aquellas familias allí confinadas, bajo disciplina e higiene castrenses impuestas por el Gobernador en evitación de pestes, a la vez que se racionan estrictamente los víveres. Pero San Marcos no acaba de caer y Moore pide a Jamaica un refuerzo que tampoco acaba de llegar. Lo que sí llega de La Habana es una flota de socorro con su inconfundible Cruz de Borgoña en los mástiles, que obligará a los exasperados sitiadores a quemar sus propias naves antes de verlas presa del enemigo. Copada la ciudadanía hispana en el fuerte, tratarán los ingleses en retirada de incendiar la desierta ciudad. Pero solo lo conseguirán parcialmente porque los sitiados acuden en tromba a sofocar las llamas cuando el enemigo levanta el campo. Aun dispararán los cañones desde San Marcos sus últimos proyectiles de reserva, a espaldas de una tropa que se bate en retirada franca hacia la espesura y los manglares.

Dos años después vuelve el humillado Moore, ahora ex-gobernador de Carolina, a la frontera norte de la Provincia de Florida. Sus más de 1000 hombres de Charleston e indios creek que les acompañan en la salvaje correría, masacran o esclavizan todo indígena adscrito a las misiones jesuitas y franciscanas. Peor suerte correrán los indefensos misioneros que son torturados hasta la muerte. Una inexplicable barbarie que, ajena al aguardiente, sería incompresible comportamiento de la humana razón. Barbarie que en pocas semanas iba a liquidar siglo y medio de paciente labor civilizadora. La inestabilidad y vacío de las regiones limítrofes entre las Carolinas y Florida tras estas jornadas de sangre, iban a propiciar la migración de la etnia mestiza seminola, descendiente de los creek, hacia el espacio vacante. Crecía a la vez el flujo de esclavos que lograban huir de las plantaciones negreras, buscando a través de las arruinadas misiones de Georgia el trazado de la Senda de los Españoles para llegar a San Agustín, y concluir en ella su vital escapada. Otros son interceptados por partidas de colonos británicos y nunca llegarán a la libertad, mientras que otros muchos cohabitarán con los creek y demás indígenas desarraigados de Alabama, Georgia y Mississippi, dando origen y potenciando a la mezcla racial seminola (degeneración fonética inglesa del termino español cimarrón, trashumante). El número de los que alcanzan la capital española de Florida va creciendo al punto que su Gobernador Manuel de Montiano, crea el poblado de Gracia Real de Mosé (1738), la primera comunidad autogestionada de negros libres de América. Formarán a 2 km al norte de San Marcos, una puebla fortificada conocida como Fuerte Mosé, que con un centenar de familias comienza su sincrética andadura social bajo la autoridad de un jefe mandinga.

La particular situación de intereses mercantiles, que las potencias europeas enfrentan en sus costas atlánticas de América, potencia el contrabando de sus traficantes, que permean fácilmente miles de km de una costa imposible de controlar. La vigilancia española de su litoral americano, iba a multiplicar con escasa efectividad práctica, las patentes de corso  que los virreyes propiciaban sobre sus marinos connotados. Un incidente cercano a las costas de Florida entre un guardacostas español y un contrabandista Jenkins  sorprendido in fraganti con su carga de palo campeche, iba a propiciar nuevo conflicto entre sus naciones. El capitán del primero manda cortar una oreja como testigo-baldón de su delito al inglés. El Parlamento londinense se encocora por lo que considera una humillación de su pueblo. Y estalla la “Guerra de la oreja de Jenkins”, una más en el atribulado panorama europeo del siglo XVIII. Este contexto bélico es aprovechado por el general James Oglethorpe para invadir el espacio geográfico entre los ríos Savanah  y Altamaba, conocido a futuro como la Georgia colonial, nueva usurpación británica a la Provincia de Florida. En su avance hacia el sur Oglethorpe, ahora flamante Gobernador de Georgia, pone sitio al lugar de San Agustín (1740), desplegando las 14 velas de sus barcos distribuidas entre el canal sur y la mar abierta. Cae como  primer objetivo sobre el Fuerte Mosé, defendido por reclutas negros libertos, cobijadas ya sus familias al resguardo de San Marcos: una clara aplicación retaliativa de la Ley de esclavos fugitivos que los esclavistas de Las Carolinas venían aplicando a todo negro evadido de sus plantaciones. Pero la Fuerza Real en vivaz contraataque, sorprende aquella noche a la tropa enemiga cuando aún  monta sobre el estero las cureñas de sus cañones; recupera Mosé y captura o mata a más de 100 sitiadores. Entre tanto, al amparo de la oscuridad, impelido por el sutil terral que exhala la noche, se desliza por el canal norte un silente patache que desde el puerto enrumba a La Habana. Monta el inglés el grueso de sus baterías sobre la isla de Santa Anastasia, frente a frente de la ciudad y su fuerte, pero también sobre la ribera del llamado Canal Norte, para angular desde allí el tiro de otras piezas sobre el castillo. Treinta y ocho días va a durar el pertinaz cañoneo contra la ciudad y su fuerte. La plástica y tenaz coquina de sus muros, apenas se deforma sin salpicar esquirlas pétreas  cada vez que absorbe y amortigua los impactos de los proyectiles. Las rompedoras bolas de grueso calibre que contra ellos golpean, no alcanzan a desencajar los sillares de sus fábricas: ora apenas rebotan y caen a su pie tras el impacto, ora se empotran ligeramente en ellas. Los sitiados, en lapsos de calma artillera, las extraen de sus oquedades a punta de bayoneta, para seguidamente hornearlos al rojo vivo en el hornabeque de San Marcos, y con sus tubos de bronce, vomitarlos nuevamente al campo inglés. La aparición de unas pocas velas que apuntan el horizonte al sur, delata la ayuda que llega de Cuba. Es el revulsivo para levantar apresuradamente el cerco que un impotente Oglethorpe, obligado por la proximidad de las inquietantes naves, asume al punto. San Agustín ha quedado severamente tocada en la campaña y tardará varios años en restañar las heridas del asedio inglés. Mosé será reconstruida y sus habitantes retornarán a ella en 1752, aglutinando en su autogobierno a los sobrevivientes de aquel su bautismo de fuego, con aquellos otros afroamericanos que las colonias británicas iban a seguir exudando.

 
Publicado el Deja un comentario

Contexto Histórico de la Habana – III

En el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1621), la Armada del Mar Océano captura frente a Cadiz un convoy de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Este sonado revés, junto a la prosperidad del enclave habanero atrae la venganza y codicia del corso holandés y sus adscritos a la navegación de fortuna. Boudewijn Hendriksz, mas conocido en español como Balduino Henriquez (1625) viene rebotado desde San Juan de Puerto Rico dispuesto a tomarse la revancha de su fracaso en aquella Capitanía con la toma de ésta; pero la potencia de fuego de las baterías de la Habana, hace entender al holandés que con la escuadra que trae su empeño es una quimera. En el curso de la guerra, España venía reforzando notablemente el corso de Dunkerque, concediendo nuevas patentes y aportando sus astilleros más de 20 galeones de diferentes portes, construídos al efecto. Desde la costa flamenca, la campaña de interceptación de naves holandesas en el Canal de la Mancha, habíase tornado demoledora  para el comercio de las Provincias Unidas.

Pese a la urgente defensa que desde su costa patria le reclaman, el Almirante Piet Heyn, corsario de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales patrullaba con una armada de 29 navios de guerra por el Canal de Bahamas a la espera paciente del paso de las Flotas  de Barlovento y Nueva España que  habían de confluir en la Habana para dar el salto atlántico. Desde las costas cubanas han visto el despliegue de la flota enemiga y salen de la Habana sendos pataches de aviso a Portobelo, Veracruz y Cartagena de Indias para que, llegado el tiempo, los galeones no se hagan a la mar; pero solo el de Cartagena llegará a destino: los otros dos han caido en la red tendida por el holandés. Ajenas al peligro que sobre ellas se cierne, ambas flotas zarpan confiadas a su cita de la Habana. Compuesta por dos galeones y cuatro merchantas, la flota de Portobelo se topará con un abanico de velas enemigas que intercepta su rumbo hacia la costa cubana. Los dos navíos de escolta entran directamente a la batalla cruzando fuegos contra la línea de barcos que pretende envolverlos. Lograrán abrir un paso por donde las marchantas trepanan su envolvente para acceder finalmente a puerto. Los sacrificados galeones de escolta apenas alcanzan a embarrancar en la entrada de la bahía habanera, bajo el protector alcance de sus baterías: han logrado salvar las naves merchantas y evitar el despojo y rapiña de las de guerra, aunque estas se hayan perdido reventadas por la metralla y los escollos costeros. Pero el almirante holandés es un viejo lobo de mar, paciente y sabio. Conserva todavía 20 naves en perfecto estado y lo grueso del tesoro está al llegar con la Flota de Nueva España. Oteadas al fin en el horizonte las velas novohispanas, la flota holandesa desplegada en línea costera, avanza ahora en abierta envolvente hacia ellas. Bajo la capitana del General Juan de Benavides y la almiranta de Juan de Leoz, rehuye  la flota novohispana el enfrentamiento con la holandesa. Ante la inferioridad de su potencia de fuego opta por refugiarse en la bahía de Matanzas (1528) donde espera recibir apoyo por tierra desde la Habana. Una trampa que el antaño prisionero y forzado galeote de las Galeras de Santo Domingo que es Piet Heyn, fuerza para hundir y saquear a mansalva ahora como Almirante de armada, los 4 cagafuegos de escolta con sus Quintos Reales en lingote y moneda, junto a 8 merchantas ahitas de maderas preciosas, finas porcelanas y lacas de Manila. El escaso calado de la bahía permite a los asaltantes el total saqueo de las naves semihundidas o varadas en su rìa. Solo tres de ellas lograrían zafarse del cerco para entrar un par de dias después en La Habana, donde ya habían aportado otras seis merchantas que escabullidas del confuso desparrame marino  de velas y falsas banderas, lograron acceder a la Habana sin ser alcanzadas. El impacto de la debacle española resonaría en Europa como serio aldabonazo para el prestigio de la Monarquía Hispánica, a la vez que una irreparable pérdida para sus arcas, que supuso en cambio el financiamiento del ejército holandés durante un año. Fue la única captura de la conocida en Europa como “Flota del Tesoro“a lo largo de sus dos siglos y medio de vida. Leoz fue condenado a prisión de por vida, Benavides, juzgado y condenado en Sevilla, sería ahorcado tres años más tarde; y Piet Hein al cabo de apenas uno, moriría en batalla con los corsarios franceses de Dunkerque, que en aquella guerra luchaban por España.

Al año siguiente otro holandés, Cornelius Jols (“Pata de Palo”) fracasa en un primer intento de tomar la Habana (1629), pero triunfa dos años después con poderosa escuadra, saqueándo e incendiando la ciudad ante la negativa de pagar rescate por sus huidos moradores. Desiste en cambio Henry Morgan (1668) que con 12 embarcaciones y 700 hombres pasa a la vista pero fuera del alcance de sus cañones, para acabar cayendo sobre el indefenso Puerto Príncipe, que por no verse en llamas pagará un rescate de 500 reses y otras tantas sacas de sal, que el pirata se lleva para Jamaica.

La peste de Cartagena, inoculada por pulgas parásitas de ratas de sentina, ha diezmado la población habanera, y nuevas epidemias vendrán a presentarse intermitentes en los siguientes años por la misma vía. En adelante los bolardos que sirven para tomar amarra de galeones en la Plaza de San Francisco y otros puntos de atraque, van a ser particularmente atendidos por la policía ciudadana y el Capitán del Puerto, para evitar que sean sus amarres los puentes que usan las ratas de machina para acceder hacia y desde los barcos. Serán penadas aquellas naves cuyos cabos a tierra no estèn aturbantados por discos de madera, que cortocircuiten el camino de roedores y sus apestadas pulgas, causa frecuente de estragos ciudadanos. Y la vida habanera seguirá a pesar de los contratiempos. Van medrando las obras públicas (agua corriente, alcantarillados) y fortificando su perímetro emplazado. Se levanta el Convento de Santa Clara (1640), el de los Agustinos (1628), el Hospital de San Lázaro, La Merced (1630), San Francisco de Paula (1664), el Convento de las Dominicas (1684), San Felipe Neri (1693)

Estalla con Inglaterra la Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-41) durante la cual la flota del Almirante Vernon pasa frente a la bahía de La Habana varias veces, pero no ataca pese a la impresionante flota que comanda. Atacará para desgracia suya Cartagena de Indias, donde perderá honra y barcos. Vernon había tratado de establecer una cabeza de puente llamada Cumberlad (Guantánamo), que unos meses después del desembarco, hostigadas por voluntarios isleños sus tropas no podrían conservar.

.          A partir de 1714, España había disuelto la insostenible red de Armadas de Guerra (La Corona contaba con 9 armadas repartidas entre el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico, de presupuesto desorbitado) para dar nacimiento a la Armada Real repartida entre las Capitanías Generales del reino. Se funda la cubana Universidad Pontificia en San Juan de Letrán (1728). La libertad de comercio con puertos españoles y países aliados multiplicaría su tráfico portuario hasta convertir a la Habana en la “Perla del Caribe”. Llegará a contabilizarse en un año la entrada a puerto de más de 200 navíos de travesía y 5.000 embarcaciones de cabotaje, con un enjambre de marinos, colonos, funcionarios reales, comerciantes, emigrantes en ruta, aventureros de toda laya, que pululan por sus calles. Los diques de La Habana, gracias a la buena gestión del criollo Juan de Acosta, acabarán por convertirse (con los de Guarnizo en Cantabria), en el Astillero de la Armada Real, dada la durabilidad de sus maderas, resistentes al ataque de la broma o teredo tropical. De sus gradas saldría el Santísima Trinidad, navío de línea de 63 metros de eslora y 140 cañones con  un arqueo de 4900 Toneladas, único velero de cuatro puentes y mayor desplazamiento conocido de cuantos hayan navegado por el Atlántico.

Durante la Guerra de los Siete Años (1754-1763), España aliada de Francia, se ha visto arrastrada a nueva contienda contra Inglaterra, con su disparidad de intereses sobre el comercio y la trata de esclavos en el Caribe como causa. Pero la conflagración iba a adquirir dimensiones de guerra mundial: Austria, Prusia, Francia, España, Rusia, Inglaterra, Suecia, Portugal…todas involucradas y cada una de ellas enfrentada a una parte del resto, que no a todo él, por cuentiones territoriales o mercantiles. Finalizaría la trifulca de naciones con el Tratado de Paris. En un momento de la contienda, el Almirante George Pocock con 26.000 hombres y casi 200 velas ha zarpado de Martinica y siguiendo la costa sur de la isla se presenta ante la Habana. Con temeridad y pericia ha sorteado un sinfín de playotes, cayos y bajíos a lo largo de 700 millas, sin otras armas que la sonda y una carta de marear oceánica. Sitia La Habana, objetivo británico codiciado desde todo tiempo. La defensa de la ciudad ha sido prevista con la llegada de nuevos cañones, infantes, artilleros y dragones sin monturas, cuyos caballos son aportados por hacendados de la isla, además de 600 esclavos cedidos por sus dueños. Una epidemia de fiebre amarilla importada de Veracruz diezma las fuerzas habaneras en los meses previos al cruce de impactos, pero los 420 cañones que vomitan fuego en defensa de la ciudad van a enseriar la escena del drama. A ellos hay que sumar los 9 navíos de línea y 25 barcos mercantes cargados de provisiones y pertrechos fondeados en el puerto, tres millones de pesos en metálico de la Real Compañía de Navegación, ademas de los repletos almacenes de la ciudad. Los habitantes son persuadidos para abandonar la ciudad, pero muchos de ellos acuden a otros cabildos y puestos militares isleños en demanda de armas para defender la capital.

Con la escuadra desplegada en abanico frente a la bocana de la bahía, comienza su cerco el día de Corpus Cristi. Es informado el gobernador del avistamiento de velas en medio de la solemne Misa Mayor que preside. La procesión que le sigue exponiendo la Custodia sacra bajo palio, escoltada por la curia diocesana, y desfilando tras ella cabildo, cofradías, hospitales, niños y el resto de fieles blancos, indios y pardos, queda suspendida. Se cierran las Puertas de Tierra con el toque de rebato y el espectante vecindario va regresando a sus casas. Al dia siguiente unas leguas al este, el Conde de Albemarle, comandante en jefe de la tropa, al frente de 8.000 infantes,  artilleros, zapadores e ingenieros, desembarca en playas de Cojímar y Bacuranao, luego de abatir los torreones guardacostas, para seguir en avanzadilla bifronte hacia la ciudad capital. Cuatro días mas tarde alcanzan la ribera oriental de la ensenada habanera y las bayonetas inglesas asoman sobre los incipientes cimientos del Fuerte de San Carlos de la Cabaña. La posición estratégica de La Cabaña, altozano a espaldas del Morro que domina el castillo y la ciudad, iba a determinar el desarrollo de la batalla. Desde esta ventajosa posición van a batir los artilleros ingleses el casco urbano de la capital y la retaguardia del Morro, sumándose al fuego de la escuadra que los bate desde altamar, mientras avanzan sus zapadores hacia los muros del castillo para dinamitarlos. Esta táctica había sido prevista por los estrategas de Carlos III, pero la construcción de La Cabaña no pudo ser concluida antes del ataque inglés, ni defendido con fortuna el fuerte frente al invasor en el nuevo teatro de guerra. El capitan de navío  Luis de Velasco y Fernandez de Isla es el heroico defensor del Morro que herido y con apenas ya dos cañones útiles en el fuerte, resiste uno tras otro los envites que se abaten sobre sus muros, a la vez que contempla cómo nuevas tropas de desembarco arriban a las playas. Algunas llegan desde Nueva York al mando del General Burton, pero deben ser ocasionalmente desembarcadas en las Bahamas tras ser interceptadas en el propio canal por barcos aliados. Navios de transporte y bajeles de guarda británicos son atacados por una patrulla de fragatas francesas, que toman 400 prisioneros y parte del material bélico que portan. Entre los que pudieron llegar a costas cubanas se hallaba un joven capitan llamado George Washington, el futuro general independentista de las 13 colonias inglesas. Cuerpo a cuerpo iban a caer luchando los últimos defensores del Morro contra aquellas avalanchas humanas que no cesan. Mientras, en La Habana seguían afluyendo nuevas partidas de voluntarios del interior que se aprestaban a luchar contra los invasores, quienes ya para entonces habian podido instalar en la Cabaña 45 cañones de campaña y otros tantos obuses y morteros.