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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – V

Un nuevo conflicto vendría pronto a sumir a la Corona española en otra guerra contra Inglaterra. La Guerra de los siete años (1757-1763), que  convierte Europa y sus posesiones en un totum revolútum. Una suerte de moderna “guerra caliente” después de una “guerra fría”, que iba a involucrar a la mayoría de sus reinos mediante apresuradas alianzas. España se ve arrastrada por Francia contra Inglaterra, su ocasional enemiga, que acabará expulsándola del Canadá. El Tratado de París pone fin al conflicto, y la gran perdedora Francia cederá La Luisiana a España, en compensación de sus gastos bélicos. Las plazas de Manila y La Habana ocupadas por Inglaterra durante la contienda, las recupera España mediante su trueque por Florida. Como pasiva moneda de cambio, hete aquí que la ciudad de San Agustín contempla asombrada cómo es entregada en manos de sus enemigos de siempre (1763). Los 3100 habitantes que permanecen en la ciudad a pie enjuto durante su protocolo de entrega, son testigos no sin lágrimas en algunos ojos, de la arrogancia con la que el regimiento de Su Majestad Británica, bajo el mando del capitán John Hodges, desfila durante su entrada al recinto urbano. << Hollando nuestras conciencias, >> en palabras del gobernador virreinal saliente. Pasados los primeros días, la ciudad enflaquece en su vida y gentes. Los negros de Fuerte Mose se van. Los indios conversos de las misiones cercanas se van. Los blancos y pardos de intramuros se van. Gran parte de ellos volverían a encontrarse en Cuba, agrupados en un nuevo pueblo de nombre San Agustín de la Nueva Florida. Otra no menos importante parte confluirá en el lugar de San Carlos, próximo a la continental Veracruz.

Dos décadas más tarde habrían de volver los españoles a San Agustín. En el contexto de su Guerra de Independencia (1775-1783), aquellas trece colonias inglesas del Atlántico, semilla ahora de los Estados Unidos de América, recibirían finanzas, hombres y barcos de España y Francia contra el imperial enemigo inglés hasta vencerlo. La política es así: sus intereses privan sobre las personas. Bernardo de Gálvez gobernador de Luisiana, con sucesivas victorias parciales, expulsará al ejército británico de La Florida tras la decisiva batalla de Pensacola (1781) a más de 600 km de San Agustín. Y tras ella, también regresan al terruño desde Cuba y Veracruz los antiguos exiliados de la capital, pero van a encontrar mutado el palenque de sus sueños. Los franciscanos que habían sido expulsados de allí y convertido su convento en cuartel, regresan de nuevo a su antigua sede. La casa del Gobernador, remozada, conservaba las formas y mejorado el aspecto. En la antigua Plaza Mayor, “The Parade” durante su andadura inglesa, aparecía un “Slave Market” suerte de lonja para la subasta de esclavos de ambos sexos recién llegados del África, incluidas celdas de confinamiento temporal y  morgue para cuantos sucumbían bajo aquella penuria. Una nueva parroquia protestante cerrada por abandono de sus feligreses, aparecía ahora construida al suroeste del recinto ciudadano. Extramuros, católicos holandeses habían levantado una iglesia para sus fieles. El nuevo tablestacado del puerto aumentaba la amplitud de su dársena y su capacidad de embarque. La Puerta de Tierra, más ancha y vistosa, facilitaba por el norte el acceso al murado recinto entre pétreos pilares y sobre levadiza pasarela de troncos que permitía trancar el paso o salvar el foso. Había regresado también la esperanza para los servidores negros, que permanecían zafados de sus amos y agazapados tras los sutiles resquicios de la desbandada bélica, ocultos mientras cristalizaba la autoridad virreinal. Pasados unos meses,  el Fuerte Mosé iba a surgir redivivo y la ciudad toda recuperada con el pulso de antaño.

Pero la inagotable maquinaria europea de guerra viene a brotar de nuevo con el genio de Napoleón Bonaparte, surgido de los últimos estertores de la Revolución Francesa. Todo es poco para su ambición y la Europa continental es hollada de norte a sur por las botas de sus soldados. Con un ejército de 250.000 hombres invade España y arrolla a los ejércitos propios e ingleses aliados. La España oficial invadida por el francés, se ve empujada por él a luchar por tierra y mar contra el inglés, que en Trafalgar destruirá ambas armadas, y con ellas el sueño napoleónico de invadir Inglaterra. La España popular en cambio se alza contra el opresor francés, sus símbolos unidos en Cortes se refugian en Cádiz que bajo protección inglesa va a soportar un brutal asedio francés. Destituido su legítimo rey, el nuevo monarca impuesto desde Paris levanta irritados a la España europea y sus reinos de Indias: es el comienzo de la emancipación hispanoamericana. España peninsular convertida en esquilmado campo de batalla cuyas gentes tienen que alimentar tanto al ejército invasor como al aliado que le combate, destruidas sus industrias competitivas por el desleal “fuego amigo” de su  aliado, y en bancarrota su hacienda. Aniquilada su hasta ayer poderosa Marina de Guerra, masacrada su población con un millón de muertos, y exhaustas sus arcas tras la Guerra de la Independencia Española (1808-1813), poca podía ser su capacidad de reacción contra el movimiento emancipador ultramarino. Iría éste variando su inicial reacción monárquica según la mutante voluntad de cada prócer que emerge y el creciente volumen de su voz en las asambleas ciudadanas a su alcance. La insularidad de Inglaterra y su poderoso esfuerzo naval coronado a finales del siglo, habíanla catapultado hacia un éxito secular. La gran vencedora europea habíase zafado de sus enemigos históricos y la arruinada España se sumergía en un segundo orden, también secular, como potencia europea. Sólo sería capaz de aportar a la lejana San Agustín de esta época, un obelisco erigido en su Plaza Mayor, dedicado a la más liberal Constitución de su tiempo, jurada por sus asediados parlamentarios durante las duras jornadas del Cádiz de 1812.

Los vientos de independencia iban a mezclarse en Florida con ideas emanadas de la Revolución Francesa en el momento que la penuria de medios de España se revelaba incapaz de ahuyentarlos. Luisiana había sido comprada por los Estados Unidos aprovechando la coyuntura del nuevo estatus para apropiarse una parte de la Florida vecina. Una y otra vez, so disculpa de guerra contra los alzados seminolas, los estadounidenses violaban las fronteras españolas. El norte de la Provincia acabaría declarándose momentáneamente independiente de España, que no obstante iba a lograr reincorporarlo desde Cuba al redil hispano. Establecida la soberanía española, la debilitada metrópoli, que encaraba otras emancipaciones simultáneas en los virreinatos americanos, vende la Florida a los Estados Unidos. De facto tras la ratificación intercontinental del Tratado Adams-Onís (1821) que englobaba también los territorios de California, Arizona, Texas y Nuevo México, la gran mayoría de blancos, negros e indios misionados abandonaron, una vez más, las tierras de la Florida rumbo a Puerto Rico y Cuba, que proseguían su española andanza. Los últimos timucuas se extrañarán para siempre de las tierras de sus ancestros. Habíanse cumplido las palabras premonitorias del ministro de Carlos III a su rey, al anunciarle el parto de la nación norteamericana: << esta republica que ha nacido pigmea, ha tenido necesidad del apoyo y la fuerza de dos potencias poderosas como la Francia y la España para conseguir su independencia; vendrá un día que sea gigante…olvidará los beneficios que se le han dado…en algunos años veremos con dolor al coloso…apoderarse de las Floridas para dominar el Golfo de México >>.

Con el cambio de bandera en la semivacía Florida, ve renacer de sus cenizas en San Agustín el demolido “Old Slave Market”, propiciado por la creciente demanda de fuerza bruta para las plantaciones de algodón que instalan sus nuevos colonos blancos. Eran ya otros tiempos donde la que fuera Florida del Fuerte Mosé, iba a significarse como…¡ uno de los estados esclavistas que propiciaría la Guerra de Secesión norteamericana!…

 
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Contexto Histórico de la Habana – III

En el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1621), la Armada del Mar Océano captura frente a Cadiz un convoy de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Este sonado revés, junto a la prosperidad del enclave habanero atrae la venganza y codicia del corso holandés y sus adscritos a la navegación de fortuna. Boudewijn Hendriksz, mas conocido en español como Balduino Henriquez (1625) viene rebotado desde San Juan de Puerto Rico dispuesto a tomarse la revancha de su fracaso en aquella Capitanía con la toma de ésta; pero la potencia de fuego de las baterías de la Habana, hace entender al holandés que con la escuadra que trae su empeño es una quimera. En el curso de la guerra, España venía reforzando notablemente el corso de Dunkerque, concediendo nuevas patentes y aportando sus astilleros más de 20 galeones de diferentes portes, construídos al efecto. Desde la costa flamenca, la campaña de interceptación de naves holandesas en el Canal de la Mancha, habíase tornado demoledora  para el comercio de las Provincias Unidas.

Pese a la urgente defensa que desde su costa patria le reclaman, el Almirante Piet Heyn, corsario de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales patrullaba con una armada de 29 navios de guerra por el Canal de Bahamas a la espera paciente del paso de las Flotas  de Barlovento y Nueva España que  habían de confluir en la Habana para dar el salto atlántico. Desde las costas cubanas han visto el despliegue de la flota enemiga y salen de la Habana sendos pataches de aviso a Portobelo, Veracruz y Cartagena de Indias para que, llegado el tiempo, los galeones no se hagan a la mar; pero solo el de Cartagena llegará a destino: los otros dos han caido en la red tendida por el holandés. Ajenas al peligro que sobre ellas se cierne, ambas flotas zarpan confiadas a su cita de la Habana. Compuesta por dos galeones y cuatro merchantas, la flota de Portobelo se topará con un abanico de velas enemigas que intercepta su rumbo hacia la costa cubana. Los dos navíos de escolta entran directamente a la batalla cruzando fuegos contra la línea de barcos que pretende envolverlos. Lograrán abrir un paso por donde las marchantas trepanan su envolvente para acceder finalmente a puerto. Los sacrificados galeones de escolta apenas alcanzan a embarrancar en la entrada de la bahía habanera, bajo el protector alcance de sus baterías: han logrado salvar las naves merchantas y evitar el despojo y rapiña de las de guerra, aunque estas se hayan perdido reventadas por la metralla y los escollos costeros. Pero el almirante holandés es un viejo lobo de mar, paciente y sabio. Conserva todavía 20 naves en perfecto estado y lo grueso del tesoro está al llegar con la Flota de Nueva España. Oteadas al fin en el horizonte las velas novohispanas, la flota holandesa desplegada en línea costera, avanza ahora en abierta envolvente hacia ellas. Bajo la capitana del General Juan de Benavides y la almiranta de Juan de Leoz, rehuye  la flota novohispana el enfrentamiento con la holandesa. Ante la inferioridad de su potencia de fuego opta por refugiarse en la bahía de Matanzas (1528) donde espera recibir apoyo por tierra desde la Habana. Una trampa que el antaño prisionero y forzado galeote de las Galeras de Santo Domingo que es Piet Heyn, fuerza para hundir y saquear a mansalva ahora como Almirante de armada, los 4 cagafuegos de escolta con sus Quintos Reales en lingote y moneda, junto a 8 merchantas ahitas de maderas preciosas, finas porcelanas y lacas de Manila. El escaso calado de la bahía permite a los asaltantes el total saqueo de las naves semihundidas o varadas en su rìa. Solo tres de ellas lograrían zafarse del cerco para entrar un par de dias después en La Habana, donde ya habían aportado otras seis merchantas que escabullidas del confuso desparrame marino  de velas y falsas banderas, lograron acceder a la Habana sin ser alcanzadas. El impacto de la debacle española resonaría en Europa como serio aldabonazo para el prestigio de la Monarquía Hispánica, a la vez que una irreparable pérdida para sus arcas, que supuso en cambio el financiamiento del ejército holandés durante un año. Fue la única captura de la conocida en Europa como “Flota del Tesoro“a lo largo de sus dos siglos y medio de vida. Leoz fue condenado a prisión de por vida, Benavides, juzgado y condenado en Sevilla, sería ahorcado tres años más tarde; y Piet Hein al cabo de apenas uno, moriría en batalla con los corsarios franceses de Dunkerque, que en aquella guerra luchaban por España.

Al año siguiente otro holandés, Cornelius Jols (“Pata de Palo”) fracasa en un primer intento de tomar la Habana (1629), pero triunfa dos años después con poderosa escuadra, saqueándo e incendiando la ciudad ante la negativa de pagar rescate por sus huidos moradores. Desiste en cambio Henry Morgan (1668) que con 12 embarcaciones y 700 hombres pasa a la vista pero fuera del alcance de sus cañones, para acabar cayendo sobre el indefenso Puerto Príncipe, que por no verse en llamas pagará un rescate de 500 reses y otras tantas sacas de sal, que el pirata se lleva para Jamaica.

La peste de Cartagena, inoculada por pulgas parásitas de ratas de sentina, ha diezmado la población habanera, y nuevas epidemias vendrán a presentarse intermitentes en los siguientes años por la misma vía. En adelante los bolardos que sirven para tomar amarra de galeones en la Plaza de San Francisco y otros puntos de atraque, van a ser particularmente atendidos por la policía ciudadana y el Capitán del Puerto, para evitar que sean sus amarres los puentes que usan las ratas de machina para acceder hacia y desde los barcos. Serán penadas aquellas naves cuyos cabos a tierra no estèn aturbantados por discos de madera, que cortocircuiten el camino de roedores y sus apestadas pulgas, causa frecuente de estragos ciudadanos. Y la vida habanera seguirá a pesar de los contratiempos. Van medrando las obras públicas (agua corriente, alcantarillados) y fortificando su perímetro emplazado. Se levanta el Convento de Santa Clara (1640), el de los Agustinos (1628), el Hospital de San Lázaro, La Merced (1630), San Francisco de Paula (1664), el Convento de las Dominicas (1684), San Felipe Neri (1693)

Estalla con Inglaterra la Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-41) durante la cual la flota del Almirante Vernon pasa frente a la bahía de La Habana varias veces, pero no ataca pese a la impresionante flota que comanda. Atacará para desgracia suya Cartagena de Indias, donde perderá honra y barcos. Vernon había tratado de establecer una cabeza de puente llamada Cumberlad (Guantánamo), que unos meses después del desembarco, hostigadas por voluntarios isleños sus tropas no podrían conservar.

.          A partir de 1714, España había disuelto la insostenible red de Armadas de Guerra (La Corona contaba con 9 armadas repartidas entre el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico, de presupuesto desorbitado) para dar nacimiento a la Armada Real repartida entre las Capitanías Generales del reino. Se funda la cubana Universidad Pontificia en San Juan de Letrán (1728). La libertad de comercio con puertos españoles y países aliados multiplicaría su tráfico portuario hasta convertir a la Habana en la “Perla del Caribe”. Llegará a contabilizarse en un año la entrada a puerto de más de 200 navíos de travesía y 5.000 embarcaciones de cabotaje, con un enjambre de marinos, colonos, funcionarios reales, comerciantes, emigrantes en ruta, aventureros de toda laya, que pululan por sus calles. Los diques de La Habana, gracias a la buena gestión del criollo Juan de Acosta, acabarán por convertirse (con los de Guarnizo en Cantabria), en el Astillero de la Armada Real, dada la durabilidad de sus maderas, resistentes al ataque de la broma o teredo tropical. De sus gradas saldría el Santísima Trinidad, navío de línea de 63 metros de eslora y 140 cañones con  un arqueo de 4900 Toneladas, único velero de cuatro puentes y mayor desplazamiento conocido de cuantos hayan navegado por el Atlántico.

Durante la Guerra de los Siete Años (1754-1763), España aliada de Francia, se ha visto arrastrada a nueva contienda contra Inglaterra, con su disparidad de intereses sobre el comercio y la trata de esclavos en el Caribe como causa. Pero la conflagración iba a adquirir dimensiones de guerra mundial: Austria, Prusia, Francia, España, Rusia, Inglaterra, Suecia, Portugal…todas involucradas y cada una de ellas enfrentada a una parte del resto, que no a todo él, por cuentiones territoriales o mercantiles. Finalizaría la trifulca de naciones con el Tratado de Paris. En un momento de la contienda, el Almirante George Pocock con 26.000 hombres y casi 200 velas ha zarpado de Martinica y siguiendo la costa sur de la isla se presenta ante la Habana. Con temeridad y pericia ha sorteado un sinfín de playotes, cayos y bajíos a lo largo de 700 millas, sin otras armas que la sonda y una carta de marear oceánica. Sitia La Habana, objetivo británico codiciado desde todo tiempo. La defensa de la ciudad ha sido prevista con la llegada de nuevos cañones, infantes, artilleros y dragones sin monturas, cuyos caballos son aportados por hacendados de la isla, además de 600 esclavos cedidos por sus dueños. Una epidemia de fiebre amarilla importada de Veracruz diezma las fuerzas habaneras en los meses previos al cruce de impactos, pero los 420 cañones que vomitan fuego en defensa de la ciudad van a enseriar la escena del drama. A ellos hay que sumar los 9 navíos de línea y 25 barcos mercantes cargados de provisiones y pertrechos fondeados en el puerto, tres millones de pesos en metálico de la Real Compañía de Navegación, ademas de los repletos almacenes de la ciudad. Los habitantes son persuadidos para abandonar la ciudad, pero muchos de ellos acuden a otros cabildos y puestos militares isleños en demanda de armas para defender la capital.

Con la escuadra desplegada en abanico frente a la bocana de la bahía, comienza su cerco el día de Corpus Cristi. Es informado el gobernador del avistamiento de velas en medio de la solemne Misa Mayor que preside. La procesión que le sigue exponiendo la Custodia sacra bajo palio, escoltada por la curia diocesana, y desfilando tras ella cabildo, cofradías, hospitales, niños y el resto de fieles blancos, indios y pardos, queda suspendida. Se cierran las Puertas de Tierra con el toque de rebato y el espectante vecindario va regresando a sus casas. Al dia siguiente unas leguas al este, el Conde de Albemarle, comandante en jefe de la tropa, al frente de 8.000 infantes,  artilleros, zapadores e ingenieros, desembarca en playas de Cojímar y Bacuranao, luego de abatir los torreones guardacostas, para seguir en avanzadilla bifronte hacia la ciudad capital. Cuatro días mas tarde alcanzan la ribera oriental de la ensenada habanera y las bayonetas inglesas asoman sobre los incipientes cimientos del Fuerte de San Carlos de la Cabaña. La posición estratégica de La Cabaña, altozano a espaldas del Morro que domina el castillo y la ciudad, iba a determinar el desarrollo de la batalla. Desde esta ventajosa posición van a batir los artilleros ingleses el casco urbano de la capital y la retaguardia del Morro, sumándose al fuego de la escuadra que los bate desde altamar, mientras avanzan sus zapadores hacia los muros del castillo para dinamitarlos. Esta táctica había sido prevista por los estrategas de Carlos III, pero la construcción de La Cabaña no pudo ser concluida antes del ataque inglés, ni defendido con fortuna el fuerte frente al invasor en el nuevo teatro de guerra. El capitan de navío  Luis de Velasco y Fernandez de Isla es el heroico defensor del Morro que herido y con apenas ya dos cañones útiles en el fuerte, resiste uno tras otro los envites que se abaten sobre sus muros, a la vez que contempla cómo nuevas tropas de desembarco arriban a las playas. Algunas llegan desde Nueva York al mando del General Burton, pero deben ser ocasionalmente desembarcadas en las Bahamas tras ser interceptadas en el propio canal por barcos aliados. Navios de transporte y bajeles de guarda británicos son atacados por una patrulla de fragatas francesas, que toman 400 prisioneros y parte del material bélico que portan. Entre los que pudieron llegar a costas cubanas se hallaba un joven capitan llamado George Washington, el futuro general independentista de las 13 colonias inglesas. Cuerpo a cuerpo iban a caer luchando los últimos defensores del Morro contra aquellas avalanchas humanas que no cesan. Mientras, en La Habana seguían afluyendo nuevas partidas de voluntarios del interior que se aprestaban a luchar contra los invasores, quienes ya para entonces habian podido instalar en la Cabaña 45 cañones de campaña y otros tantos obuses y morteros.