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Contexto Histórico de Acapulco – II

Figura 2 a: Techo de la palapa filipina

 

En esos escasos 20 años de proyección marinera de Cortés, la puebla de Acapulco ha ido agrupando al poniente de su bahía, un rancherío indígena, en el que confluyen marineros, pulperos, artesanos, arrieros y negros libertos, que se ocupan del trasiego y comercio de las mercancías que diariamente abastecen el puerto, sus astilleros y sus gentes. Uno de estos negros libertos fue Juan Garrido, el guapo Garrido, al parecer un liberto emprendedor donde los hubo, a juzgar por el número de documentos virreinales contemporáneos que le citan,  comprando bozales y esclavos indios en las encomiendas, o yendo a la guerra contra los chichimecas de Jalisco, entre otros muchos lances. Por Acapulco y su provincia pasó a la búsqueda de yacimientos de oro y plata, rodeado siempre de una troupe multirracial de colaboradores. Buscó minas de oro en Mezcala y aledaños, lo que años más tarde se conocería como Cinturón de oro del río Balsas o prolongación de las cuencas mineras de Taxco, al parecer sin mayores consecuencias. Sabemos que el negro Garrido acabaría sus días en ciudad de México, como un hacendado más de méritos probados. En general, los primeros negros y mulatos llegados a Nueva España, se esparcieron por doquier, ya fuera costa Sur o el resto del virreinato, como servicio doméstico de familias españolas que iban asentándose. Manumitidos en gran medida tras la muerte del pater familia, fueron nutriendo los oficios del sector productivo básico para el desarrollo virreinal. Al puerto acapulqueño acudían cimarrones y libertos de oficios relacionados con el mar, como carpinteros de ribera, calafates y cordeleros. Húbolos también dedicados al comercio, especialmente los huidos de las minas de Taxco, tras el abandono temporal de algunos filones poco productivos.

  La escasa tradición marinera de estos hombres, adquirida a base de completar inconclusas tripulaciones de cabotaje y pesca, iba conociendo a trompicones el arte de navegar. Como en los viejos puertos de Europa, aprendían corrientes y signos meteorológicos a base de retruécanos, viejos refranes y burdos pareados, relativos al color del cielo o del mar, el aspecto de las nubes, el vuelo de las aves, la súbita ausencia de peces… desdramatizando el inevitable costo de fortunas y vidas que el duro prendizaje imprimía. El propio Cortés, estratega de milicia terrestre, frecuente vecino de un barracón del pequeño seno arenoso de la bocana conocido hoy como Playa del Marqués, participaba en la construcción de los barcos que le servían de guía e introducción en el capítulo naval de aquel mundo avocado al mar. Desde allí centraliza, vigila y ordena expediciones costeras, alguna de las cuales compartiría a bordo. Aprende los secretos constructivos de las naves, y trae carpinteros de ribera y herreros peninsulares, muchos de los cuales van a crear escuela entre jóvenes mestizos, negros e indígenas, curiosos de las nuevas técnicas a la vez  que futuros soportes técnicos del astillero en décadas sucesivas. Potencia de forma indirecta una incipiente navegación de cabotaje con los puertos de San Blas, Zacatula y Tehuantepec, y otros puntos de la costa guatemalteca. Con el fin de consolidar la infraestructura de esta naciente actividad, en 1550 el propio Virrey Mendoza envía desde México 30 familias españolas y mestizas, lideradas por Fernando de Santa Anna como regidor titular del Cabildo de ciudad histórica, que Carlos V le acaba de otorgar. Como Alcalde Mayor de Acapulco, alcanzaría una cierta relevancia en el orden establecido en su provincia. Dada la especial circunstancia del enclave acapulqueño, la consolidación ciudadana tratará de arraigar de facto una comunidad humana estructurada y sólida. Multirracial, definida e identificable, en concepto del virrey. El modelo social buscado era piramidal, con una mano de obra masiva capaz de subvenir al mantenimiento del puerto y la ciudad, con suministros y policía propios, aglutinada en torno a una autoridad de mando supra – municipal y su cabildo. Bajo este inicial intento, se levantará una humilde  iglesia parroquial de madera y paja dedicada a la Virgen del Carmen, para más tarde serlo a la Virgen de la Soledad, destruida por terremotos y vientos huracanados mil veces a lo largo del tiempo, pero reconstruida otras tantas en el mismo solar y los mismos medios. Unos años después se establecerá un hospital atendido por frailes agustinos, siguiendo la Real Orden dada por Carlos V tres décadas antes, para que las ciudades portuarias tuvieran todas hechas iglesias y hospitales y atarazanas, y otras cosas que convenían…  En 1584 son los hermanos hipólitos dedicados a la atención de los pobres y enfermos, orden autóctona también llamada de los hermanos de la caridad, quienes se hacen cargo de estas instalaciones con la obligación de atender a los mílites de la Guardia Real del puerto, y a los tripulantes y pasajeros de los galeones. Desde entonces se le empieza a conocer como Hospital de Nª. Señora de la Consolación, aunque más tarde se le recordará como Hospital de San Hipólito, donde tendría cabida todo menesteroso local o transeúnte. Hecho de madera y paja, iba a perecer diez años después pasto de las llamas. Reconstruido con dinero de la hacienda virreinal, pasaría a llamarse Hospital Real hasta su desaparición dos siglos mas tarde. En 1607 fundarían los franciscanos el convento de Nª Señora de Guía, hospital de beneficencia incluido, que hasta 1632 era atendido por los propios frailes, para serlo más tarde por los hipólitos. Para finales del siglo XVIII, serían los médicos de la Real Armada quienes, junto a los propios religiosos de aquella orden, atendieran a la menesterosa grey cobijada en sus dependencias. Este trasiego de órdenes religiosas, como garantes del funcionamiento de la sanidad pública, nos habla claramente de las dificultades habidas para mantener en todo tiempo un servicio continuado de caridad en Acapulco, con sus puntuales sístoles humanas de feria y diástoles prolongadas de vacío poblacional.

  Su punto de despegue como puerto clave del Virreinato, ocurre con la llegada de Andrés de Urdaneta desde Manila (1565), a bordo de la primera nave capaz de retornar desde las Filipinas al continente americano. Habíase embarcado el cartógrafo vasco como bisoño pilotín de la expedición de Loaysa y Elcano rumbo a la Especiería (1525), y su estancia en las islas del poniente habíale servido para comprobar la imposibilidad del retorno directo a Nueva España, siguiendo el Trópico de Cáncer e inmediatos paralelos. Embarcado por mandato real en la expedición novohispana de López de Legazpi a las Filipinas, el ya enclaustrado monje agustino, permanecería allí confeccionando pacientemente la cartografía insular, anotando experiencias y saberes de navegantes malayos, chinos y japoneses que al comercio de Manila acudían periódicamente con sus juncos y shampanes. Navegó luego con Felipe de Salcedo  (nieto de Legazpi) hacia el norte, hasta encontrar los contralisios y la irisada corriente de Kuro-Shivo con sus nocturnas pizcas luminosas y su poderoso flujo, suerte de lanzadera hacia las costas del norte californiano. La alternancia de corrientes marinas frías y cálidas, los vendavales y tifones del Mar de la China, la caída y entablado de alisios intermitentes, el comportamiento no contrastado de las agujas de marear por aquellas latitudes, el cálculo exacto de longitudes, el trimado de las velas y su doble impulsión forzada (hoy conocida como Efecto Ventury), su cosido tradicional de costuras, gratiles y balumas,  eran incógnitas que dificultaban el mantenimiento de rumbos previos, provocando fuertes derivas en las  derrotas y posición geográfica errada en las estimas de los primeros galeones que navegaron a leste por aquella ruta ignota. A partir de este suceso la Casa de Contratación de Sevilla por orden del Rey, iba a realizar un inestimable esfuerzo científico en el diseño y construcción de naves y velas para estas altas singladuras del Pacífico Norte. Volvía a repetirse la encrucijada histórica del Infante Enrique el Navegante en Sagres, cuando preguntado por Alfonso V de Portugal sobre cómo llegar al Índico desde el Atlántico, solo alcanza a murmurar: Pero si aún no sé qué barcos construir ni por donde deberán ir… Ante similar coyuntura, entonces y ahora, no cabía sino impulsar el estudio de la Cosmografía en sus facetas de astronomía, arte de marear y cartografía, junto a los conocimientos sobre datación de longitudes y declinación magnética, concienzudamente supervisados por el Piloto Mayor de la entidad sevillana antes de ser plasmados en el Padrón Real. Este experimentado profesional con su equipo, era el  encargado de examinar y graduar pilotos y censurar las cartas e instrumentos necesarios para la navegación de altura, antes de ser facilitados a los pilotos. Creada por los Reyes Católicos en 1503 en el Alcázar Viejo de Sevilla, era la Casa de Contratación entidad del máximo prestigio y nivel naval de Europa, que había contado entre sus primeros censores históricos a Américo Vespucio, Sebastián Caboto, Juan Díaz de Solís, Juan de la Cosa o Antón de Alaminos. Pronto serían adscritos los nuevos conocimientos técnicos a naves con velámenes adaptados al régimen de los vientos norpacíficos. Afinarían con ello ostensiblemente sus derrotas, a la vez que acortaban en más de un mes las singladuras necesarias para avistar, muy al norte de la latitud de Acapulco, las costas californianas del Cabo Mendocino. A lo largo de ellas con rumbo  sureste,  rendirían viaje en la ansiada rada de Acapulco, siguiendo estrictamente la ruta de Urdaneta y Salcedo por varios siglos. El “tornaviaje”, intentado sin éxito hasta entonces, perdía así su hálito mortal de salto circense, para convertirse en el fiable camino de retorno que precisaba la navegación novohispana. El Navegante del Pacífico Norte, conocía ya por tanto, barcos precisos y derrota a seguir, para rasgar confiado las nieblas de aquel mar de cerrado añublo.

  Dos meses antes de este acontecimiento, el maltrecho patache San Lucas de Alonso de Arellano pilotado por Lope Martín, dado por perdido durante una navegación nocturna de la expedición de Legazpi, había inexplicablemente logrado llegar a San Blas. Siguiendo un balbuciente cuanto aleatorio derrotero oceánico rumbo leste, tras incansable pesquisa de corrientes desconocidas y alisios inexistentes por las bajas latitudes que transitaba, quiso el azar serle favorable a su empecinado regreso. Novohispanos de pura cepa, con inequívocas expresiones y modismos del habla criolla registrada en los escritos que a su causa judicial siguieron, pudieron contarlo, pero no explicarlo. El Cielo, aseguraban, había determinado su retorno y sus vidas. Débil fue la repercusión de esta grandiosa hazaña en el Virreinato, pese a constatarse como la  primera navegada que retornaba desde las islas del poniente. La explosión Urdaneta deslumbraría poco después, con su fulgor de siglos, el firmamento histórico de la navegación a vela en el Pacífico.

 El cosmógrafo agustino había proclamado la superioridad de Acapulco sobre el resto de puertos novohispanos del Pacífico. El hecho de que Zacatula, en el delta del río Balsas, tuviese una orografía plana, barrida por todos los vientos, e incierto y mutante calado aluvional por los arrastres del río, se unió al rechazo de otros surgideros con barras peligrosas en sus salidas abiertas al mar. La abundante madera de los bosques acapulqueños, su fácil transporte laderas abajo hasta el mar o su astillero, y sus verticales cantiles de profundo calado sin peñascos, fueron sin duda factores determinantes en el criterio selectivo del sabio fraile. Convertido de facto el puerto de Acapulco en el término comercial de la navegación de oriente, Felipe II le asciende al rango de ciudad, para más tarde confirmar su estatus como único enclave comercial del Imperio para negociar directamente con Asia (1570). Manila-Acapulco llegaría a ser la línea de navegación más duradera de la historia, con una vida activa superior a dos siglos y medio. Desde 1565 hasta la extinción del Virreinato, iba a recibir una o dos veces al año el Galeón de Manila o Nao de la China, como la conociera el vulgo novohispano. Galeón de Acapulco para los manileños y Carrera de Filipinas para la Corona. Con su salutación de rutinaria salva de cañonazos, entraba el galeón cada diciembre en la bahía acapulqueña, siendo respondido desde el fuerte con otros tantos pacos de bienvenida. Entre julio y agosto, partía el galeón del puerto filipino de Cavite, a veces con registros de más de 2500 toneladas de carga. Tras cinco meses de navegación, arribaba a las costas californianas a la altura del Cabo Mendocino, largando anclas en la bahía de Monterrey y posteriormente en Manzanillo (Colima). En sus abras hacía el galeón aguada, y enviaba desde la última un aviso por relevos a la capital, anunciando su próxima llegada a destino. Y en ambas, andando el tiempo, comprarían los cítricos que venían a ofrecerles los indios de las misiones franciscanas, para combatir el escorbuto. Los mismos indios que fueran encargados por más de un siglo de llevar a la carrera la buena nueva hasta México. Era entonces cuando las autoridades del galeón extremaban su vigilancia a bordo, en especial por las noches, evitando fueran largados por la borda fardos fuera de registro, prestamente recogidos flotando por boteros avisados. Por razones del contrabando, se prohibieron las comitivas jubilosas de canoas, botes o embarcaciones menores, que salían fuera de la bocana para recibir y acompañar al galeón hasta su fondeo en Acapulco. Al arrimo de cornetas, silbos y entusiastas escopetazos al aire, la picaresca hispana brillaba en estos casos en plenitud de facultades… vaporizando en instantes cuanto matute llovía por la borda

  En tierra, las jubilosas campanas de México, Taxco y Puebla, volteando a rebato, borbotaban el regocijo de las gentes como alegre premonición de la Navidad. Anunciaban de hecho la salida de marchantes y comisionados que, tras un viaje de 15 días, llegaban a tiempo de iniciar la feria más renombrada del mundo (Humboldt dixit). El galeón abría entonces sus bodegas, y ofrecía lo más exótico de la mercadería asiática: camisas de nipiz, medias de seda, telas teñidas, especias, alfombras persas, damascos, perfumes, abanicos, porcelana china, objetos de laca, labras de marfil, pasamanería… El universo de los mercados chino, malayo y japonés, incluso indio de Madrás y Calcuta, que en Manila se negociaba desde generaciones anteriores, y ahora en Acapulco se distribuía por carpas y garitos desparramados, los llamados puestos de la campa de La Planchada, que el gentío abarrotaba. Sin olvidar el humano contingente migratorio de filipinos, chinos y malayos, que cada Galeón de Manila vomitaba, y que el Nuevo Mundo acogía con los brazos abiertos a su laboriosidad, y la convicción de que no regresarían jamás al suyo, dejando su necesaria valía en este. Con sus atuendos y costumbres acabarían imprimiendo su peculiar sello al paisaje, a la arquitectura popular, a la cocina, al donaire femenino y hasta al folklore, tanto de Colima como de algunas ciudades de los caminos reales. En la Acapulco del siglo XVII, la colonia de filipinos, malayos, japoneses y chinos llegaría a ocupar el 25%  de una población cercana a los 1000 habitantes, en un ius revolutum de pardos, mulatos, indígenas, negros, blancos, asiáticos y mestizos. Su deriva humana hacia la capital del virreinato, iba a dejar rastro ostensible en sus vistosos puestos de parián (mercado, en tagalo), en especial el siempre concurrido de la Plaza Mayor de México, además de los de Taxco, Puebla, Saltillo y otras ciudades del camino, presididos siempre por la ceremoniosa cordialidad de sus dueños.

Figura 3: Un marfil chinesco de la Virgen de Guadalupe llegado de Asia

  Los primeros contingentes masivos de filipinos, se establecieron en los valles de Colima al arrimo de los cultivos de palma de coco, que Álvaro de Mendaña (1569) trajera desde las islas Salomón, de paso a su regreso al Perú. Y prolongados hasta Zihuatanejo y Manzanillo mediante un continuo trasiego mercantil vía Panamá, y su enlace permanente con Lima Callao. Prontamente sus pobladores, mayormente peninsulares, extendieron las plantaciones y transformaron sus jugos con mano de obra filipina, experta en cocoteros y sus licores derivados. Estos llamados indios chinos, trajeron de su isla de Samar la bellísima y sorprendente palapa, suerte de choza con techo de sombrilla sin mástil central, que puede admirarse hoy reproducida en cualquiera de las playas turísticas más selectas del mundo. El hecho de precisar varias personas para suprimir su percha maestra, una vez concluido su circular techo de palma, contribuyó a propagar su singular montaje y su técnica constructiva entre otras etnias que laboraban los cocotales, y que con frecuencia eran requeridos para echar una manita con la palapa. El poblado pescador de Salinas de Santa Cruz en Oaxaca, marcaría el límite geográfico de esta singular choza de palma. Pero no solamente la arquitectura costera asumió la influencia filipina, sino su gastronomía con dulces de coco, pulpas de tamarindo enchiladas o el mango traído de Luzón. La vestimenta filipina aportó a los varones el sombrero alón, tradición hoy de los mariachis, y la guayabera, arraigada en toda la América hispana; el rebozo, heredero de los chales y mantones de Manila, se incorporó al tradicional atuendo de la mujer mexicana… como en la chulapona madrileña su mantón, aunque ocurriera esto más tarde.

  La feria era una tradición netamente arraigada en las culturas hispana y azteca, y su desarrollo tras siglos de cultura mixta, un hecho. El Galeón de Manila suponía la chispa necesaria para percutir la gigantesca traca de las ferias novohispanas que empezaban por Acapulco. En épocas de arribada, la ciudad de México con sus cien templos, hacía sonar las campanas cada anochecer en rogativa por la feliz llegada de la nave filipina, tras una navegación de meses por latitudes norteñas, que sabían tensa y peligrosa. Y tras la de Acapulco, la feria de Saltillo, punto de encuentro de mercancías que por el Camino de Tierra Adentro llegaban de o se iban a Nuevo México, Texas, Coahuila, Chihuahua, Durango o Zacatecas, para juntarse con telas de China, caldos de La Mancha y Andalucía, y la cochinilla de Oaxaca. Acudían los muleros capitalinos al acontecer anual de Acapulco, con sus reatas enjaezadas con vistosos ornamentos rojos, sobre unos arreos y aparejos tachonados con remaches de cobre y espejuelos, collares con campanillas, y penachos de cimbreantes plumíferos. No menos llamativos resultaban los mercaderes, cabalgando en grupos por el camino de la feria, sobre lustrosos corceles con bridas, bocados y estribos de oro. Escoltados por un séquito de jinetes bien chulo, que aportaban al itinerante espectáculo, además de empaque, tramoya y andaluz tronío, la seguridad de las personas y la garantía del dinero ferial para los pagos.

  Tras mes y medio de mercadeo en los terrenos de La Planchada, los comerciantes desmontaban sus tenderetes y abandonaban la ciudad, en una rutina repetitiva al darse el evento por concluido. Pasada la fiesta mercantil, los tratantes  del interior regresaban a su habitual ocupación, y la población flotante de Acapulco, que tras cada hégira dejaba su poso humano, aparecía como gente de color, especuladora y minorista de productos segregados de la feria. Entre ellos, no era el alquiler de  habitaciones el menor, muy protestado siempre por la insalubridad del clima, la mala calidad de los albergues y la carestía de su pago adelantado. Eran estas habitaciones, no otra cosa que las casas circulares de madera y zacatán conocidas como el redondo, típicas de los mulatos y pardos, que rentaban a los tratantes durante la feria. Como contraparte humana, flotaba en el ambiente una variopinta y colorida hueste de feriantes, recitadores, prestidigitadores, echadoras de cartas, indios danzantes, y músicos solitarios o en tropel, que conformaban en su derredor corrillos a los que pasaban la gorra. Aparecían también entre el gentío, franciscanos que pedían limosna para su convento, hermanos que lo hacían para su Hospital y brujos indígenas que remediaban males del alma y del cuerpo, inmunes a la inquisitorial hoguera por mor de las Leyes de Indias. Sin olvidar a los negros vendedores de pócimas que todo lo curaban y adivinaban, maldecían o cuestionaban, junto a santeros con sus patronos, vírgenes sincréticas y ángeles negros o espíritus demoníacos. Y como colofón de fiestas, las carreras de tortugas o las emocionantes de caballos por parejas, que mulatos y mestizos montaban en la playa con sutil equilibrio sobre sus raudos corceles, capaces de arrancar gritos de admiración al público. Parejos corrían los reales de a ocho apostados, extraídos de alegres faltriqueras, que aquel improvisado circo soliviantaba.

 Trincada la proa en sus ceibas de siempre y fondeado a barbas de gato por popa, aguardaba somnoliento el galeón su partida, en un área de escollera acotada por severa vigilancia. Bien para limpiar fondos y carenar en otras gradas, o para su nueva singladura oceánica, allí reposaba el navío unas semanas tras su próximo avatar marino. El control de salidas y entradas de personas o cosas era estricto para evitar matutes. Las semanas previas de su partida a Manila, los botes del puerto traían toneles, pipas de aguada o leña primero, víveres después, para finalmente embarcar los cajones de la plata del situado virreinal y el dinerario del comercio. Terminado el estibado de bultos, tomaban los pasajeros su posición asignada, y con la entrada del correo, se daba por finalizada la espera del galeón. Sueltas amarras y anclas a la pendura, enfilaba el navío la bocana del puerto entre órdenes voceadas, toques de corneta y silbo, y los consabidos cañonazos de cortesía del fuerte San Diego. Cuando la calma entorpecía la maniobra, eran los bogas en sus botes portulanos, los encargados de sirgar el barco hasta la Playa del Marqués, donde entraba ya la brisa marina y portaban sus velas.

 Terminada la feria, cada febrero o marzo, partía la Nao de la China rumbo a Manila, con más de un millón de pesos en cajones precintados de moneda y lingotes estibados en su vientre. Desde la Ceca hasta el puerto de Acapulco, pesadas carretas se habían encargado de transportar aquellos cajones de madera repletos de fiducia. Los del comercio, para el pago de mercaderías adquiridas en los bazares manileños. Los del situado virreinal, para cubrir los sueldos anuales de militares, funcionarios y obras de la Capitanía filipina. Otras cajas y fardos con grana, cochinilla, añil, tintes, tejidos y loza novohispanos, o herrajes, vinos, telas y aceites españoles, habían ido llegando en largas reatas de mulas, hasta colmatar las bodegas del navío, alcanzando a veces la astronómica cifra de 1200 toneladas de registro bruto. Cada mula portaba una carga de 130 a 200 Kg, que era el peso reglado para mercancías que las bestias podían transportar sin sufrir dificultades. Al final del Camino de Acapulco, unas Garitas de acceso al recinto ciudadano, controlaban el pago de aranceles y el correspondiente paso de las mercancías hacia la Planchada y su embarcadero. Eran estas garitas construcciones de una sola planta, que servían como dependencias de revisión y registro de las mercancías en tránsito, cobro de arbitrios y depósito temporal de los bienes retenidos en garantía de pagos pendientes, además de vivienda y corral anexo para los aduaneros y sus familias. Era la última salvaguarda del control fiscal contra el contrabando y la estafa, que aureolaban los puertos de Indias. No mucha mercancía, ciertamente, vino a cargar el galeón durante ciertos años de crisis manileñas, pero nunca faltaron los pelucones y lingotes de plata para el comercio y la administración de la Capitanía General de Manila. Humboldt cuenta que el galeón de 1804 llevaba para Manila sesenta y cinco misioneros y añade que por eso los acapulqueños decían que últimamente la nao de la  China solo lleva plata y frailes

 Un destacamento de escopeteros a caballo, y una intendencia india que facilitaba la alimentación de la comitiva, complementaban la marcha capitalina. La intendencia negociaba sus viandas en los poblados indígenas del camino, y acompañaba a los muleros que portaban los cajones desde la Ceca capitalina, a lo largo de las 111 leguas del sinuoso Camino de la China.  Era una suerte de catering del que los nativos sabían sacar partido en beneficio propio. Abastecían a los escopeteros en custodia del puerto hasta acabada la estiba del navío, que al hacerse a la mar, absorbíalos como fusilería de a bordo, ángel protector del galeón hasta Manila. Momento en que los indios intendentes regresaban a sus pueblos. Dieciséis mil kilómetros y más de tres meses de navegación le aguardaban al galeón hasta Cavite, puerto receptor en la Bahía de Manila. Arrumbando al sur desde su salida, pronto viraba al güeste para navegar entre los paralelos 10 y 12, remontando ligeramente unas semanas después entre los 13 y 15 hasta las Marianas. En Guam tomaba aguada y leña, y tras efectuar los ajustes precisos, enfilaba por el estrecho de San Bernardino hacia Manila, para rendir el fin de viaje en el puerto de Cavite, entre nuevas salvas de cañón y el rebato de campanas de la capital filipina.

Figura 4: El Camino de la China o Camino de Acapulco

 Nunca el Camino de la China llegó a tener puenteados todos sus pasos fluviales. Los más de los ríos se vadeaban a pie o se cruzaban en balsa, siendo escasos los puentes de mampostería que tardíamente se levantarían para amoldar o ceñir quebradas. El río Amacuzac era la primera vena fluvial que desde Ciudad de México cruzaba el camino por su vado de Huajintlán, al sur de Cuernavaca. Cuarenta leguas adelante eran las riberas del río Balsas quienes lo intersectaban, ofreciendo en época de lluvias un amplio cauce de poderosa corriente cuajada de remolinos. Tradicionalmente, el mundo indígena había cruzado este raudal sobre balsas, cuyo nombre los conquistadores acabaron adjudicándoselo al propio río. Se trataba de encimeras flotantes sostenidas sobre grandes calabazas secas, enlazadas a su vez por un entramado de cañas y fibras vegetales que compactaba el conjunto. Manejadas con pericia desde sus esquinas por 4 fornidos braceadores, eran empujadas las balsas hasta alcanzar la orilla opuesta, mientras la corriente las arrastraba cientos de metros  cauce abajo. El esfuerzo era notable, y el cobro del servicio lo era aún más. Pero la siempre celosa Audiencia de México, no enarbolaba aquí y ahora Ley de Indias alguna, para no incomodar a los nativos de Mezcala, y ahuyentar un lucro que tradicionalmente se habían auto-asignado mediante peaje por pasar recuas y viajeros al otro lado del río. Esta operación se volvía delicada cuando el trasiego era de escoltas con sus jinetes armados. Conocedores estos centauros del sutil trance que encaraban, apostaban su menguante hueste en la ribera, en tanto la creciente caballería pasada a la otra vera, iba tomando análoga actitud. En paralela vigilia de personas y bienes, completábase el integral encuentro de custodios y custodia en el ribazo de enfrente. Cada jinete, colocada su silla en una balsa, se dejaba conducir montado en ella por los indios a la orilla opuesta, en tanto que el caballo, sujeto por las riendas, era obligado a nadar tras la balsa de su dueño. Penosa y lenta operación, extensiva a las reatas de mulas y sus arrieros, pese a lo cual eran mínimas la pérdida de mercancías y desgracias personales acaecidas, dada la destreza y el arrojo de los indios mezcaleros. Esta misma rutina fue empleada por dos siglos al paso del río Papagayo, hasta que fuera construido el puente de once ojos sobre su lecho fluvial (1785). Fueron durante ese tiempo sus carontes indígenas locales, cuando no llegados del Balsas, afincados en las aldeas de los Pozuelos y el Camarón, o a la propia vera del río. Tampoco tuvo la Audiencia de México vela que tomar en este entierro. Sus indios no protestaban por el incumplimiento de las Leyes Reales que supuestamente les protegían del excesivo esfuerzo. Lo de la protección del indígena contra los abusos del conquistador les parecía muy bien, pero ellos preferían la plata que el negocio les reportaba: tiempos renacentistas también para los naturales, y posterior reconocimiento legal del trabajo remunerado en las Indias... La última corriente fluvial tajaba, además del paternalismo buenista de Las Casas,  el paso del camino a 20 leguas de Acapulco. Enclaustradas las aguas en un cañón de 17 varas (14 m aprox.), aparecía como labrado por la erosión fluvial en medio de un dilatado lecho ocho veces mayor. De vena rápida y profunda, era de fácil acometida cuando no bullía fuera de madre por las lluvias equinocciales. Porque cuando tocaba lluvias, nadie osaba retar las aguas del Papagayo.

 El pasaje del galeón en su regreso a Manila estaba compuesto generalmente por reclutas nativos, comerciantes, clérigos, comisionados y algún que otro punto filipino, léase delincuente desterrado por los jueces a las islas del poniente. Castilas, al decir de los isleños occidentales, que no eran sino pura criollez novohispana de suaves decires, en contraste con el recio hablar de los castellanos, que sus oídos orientales parecían no percibir con matices. En 1590 partirá otro castila más: el franciscano Felipe de Jesús, primer santo novohispano canonizado por Roma, que moriría crucificado en Nagasaki, el Japón de los shogunes, al año siguiente. El mismo hermético Japón que iba a comisionar su primer embajador a Nueva España unos años más tarde.

 Desde Acapulco se van a generar dos rutas comerciales, abastecidas por el Galeón de Manila. Una continental, el Camino de la China hacia MéxicoVeracruz y regreso; otra marítima del Sur, hacia el litoral peruano y los puertos chilenos. Pese a lo sinuoso del Camino de la China, los poblados de Acapulco y Taxco  irán convirtiéndose poco a poco en centros económicos importantes de la ruta continental, con un tránsito diario cercano a las 1000 mulas que llegan o salen de sus pueblas en tiempos de feria. Cientos de arrieros y sus acémilas de refresco, serán los verdaderos galeones terrestres, que transporten el metal de las minas norteñas y las mercaderías de oriente u occidente. Por el camino del mar, Acapulco expedirá todos los años cuatro o cinco naos con destino a Guayaquil, Callao y los puertos sureños, además del tradicional cabotaje hasta Guatemala y las  Californias. La dura remontada de la corriente del trópico desde Guayaquil a Tehuantepec, que quintuplicaba el tiempo empleado en sentido inverso, iba a poner un límite a estas transacciones entre ambos virreinatos hispanos. Uníase a ello ciertas solicitudes proteccionistas del comercio sevillano, que Felipe II traduce en real orden que veta el comercio directo de Acapulco con el Virreinato del Perú.

 De los galeones del Mar del Sur, uno había que era especialmente vulnerable por lo apetecible de su valiosa carga: el Galeón de Manila. Nave de poderoso arqueo, esmerada hechura y maderas combinadas, abastecida en Acapulco con plata novohispana, era codicia obsesiva de piratas y corsarios, pero escurridiza presa, furtiva en la nada, arisca y exiguamente cartografiada, del Océano Pacífico. Dado su consciente papel de emisario enjoyado, rehuían por principio los galeones toda confrontación bélica, pese a su aceptable poder de fuego artillero y fusilero, que por circunstancias defensivas hubo de incrementar con el tiempo. En caso de  encuentro hostil, era prioridad de sus capitanes darles andar a todo trapo como reflejo condicionado que priorizaba el salvamento de su carga, aunque su arrancada no fuera habitualmente presta, sino tarda, en razón de unas bodegas siempre lastradas a tope. Cada año zarpaba el Galeón de Acapulco, poniente adelante a través del piélago infinito, en una navegada de 7000 millas que había de durar casi tres meses. Y tras tomar aguada, chiles y cobijo en la ensenada de Umata en Guam (Marianas), cerraba destino en la bahía de Manila, otras mil quinientas millas avante. Pronto fue conocida la eficacia del chile como remedio contra el escorbuto, y diseminado su cultivo entre nativos de las Filipinas y Marianas como apoyo de navegantes y viajeros, que lo pagaban a buen precio.  La derrota del galeón era secreta, y rudimentaria la cartografía comparada de aquellos mares hasta mediados del siglo XVII. Realmente desconocida por los enemigos holandés e inglés de la época, que raramente se aventuraban por las inmensidades pacíficas vacías de islas, de gentes y de mapas. En cambio, la existencia del chile era bien conocida por la gente de mar novohispana, que frecuentaba su compra a los nativos de las islas Marianas y Carolinas, concurrentes espontáneos de las playas con cada vela que se aterraba.

 La consolidación de la Carrera de Filipinas en el Pacífico y su enlace con la Carrera de Indias en el Atlántico, a través de los puertos novohispanos de Acapulco y Veracruz articuló la primera correa de transmisión económica y cultural a escala planetaria. Fue sin duda Nueva España la principal beneficiaria, pero también la que más aportó. Tanto en infraestructura operacional como financiera. Una parte vital de ese aporte lo constituyeron los más de 400 millones de pesos de plata que invirtió en el mercado de Manila mientras duró su galeón. Esta correa de transmisión forzó no solo la cadena productiva del Virreinato, sino su ingenio y creatividad. Pronto las manufacturas que llegaban de China o España empezaron a ser reproducidas por menestrales mestizos para consumo local. Incluso llegaron a venderse en Oriente u Occidente como originarias del occidente u oriente. Sin olvidar las sedas, marfiles y porcelanas que prestamente imitaron los artesanos criollos para abastecer un mercado continental que se alargaba hasta Chile. Pero aquel tornillo sin fin que trasegaba productos como por un tubo a través de dos océanos, no solo cargaba mercancía o manufacturas, sino también personas, amores, ideas, modas, estilos, gustos, semillas, técnicas, religión, música, libros, noticias, cuadros, esculturas, el universo conocido y ensamblado en una suerte de corriente en chorro con flujo y reflujo a tres bandas. Y las tres – Asia, América, Europa – abrieron sus ventanas al viento de la curiosidad que portaba semillas volanderas del mutuo conocimiento. ¡La legendaria Catay que soñara Europa por siglos y añorara Colón en su quimérico viaje, habíase convertido, apenas una centuria después, en una rutinaria parada de postas!

Figura 5: La primera correa de transmisión cultural planetaria

 
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Contexto Histórico de Acapulco – I

Figura 1: Orla de Acapulco

 

La primera noticia que tenemos de Acapulco proviene de Bernal Díaz del Castillo, que en la descripción de un perfil gráfico de la costa sur que poseía Monctezuma II (1519), lo cita como nombre de la ensenada que más tarde sería puerto famoso del Pacífico virreinal. Nombre al parecer de raíz náhuatl, con significado de lugar de carrizos destruidos, Acapulco surge como núcleo humano a partir de las expediciones de Hernán Cortés, llegado a su bahía para explorar y cartografiar, por mandato real, las costas del oeste novohispano. Su nombramiento como Capitán General de la Nueva España y del Mar del Sur, a ello le comprometía frente al Emperador Carlos V. Montará allí unas gradas (1523) donde construir y carenar las naves que han de llevar a cabo su empresa marinera. Inmejorable fondeadero de flotas, poseía la ensenada una bocana cerrada, disipadora  de todo  oleaje  franco de mar abierta, y un espléndido abrigo en anfiteatro empotrado al socaire de la Sierra Madre del Sur. Ribeteada de árboles donde trincar amarras o gobernar carenas, fue conocida en sus primeros tiempos como Bahía de Santa Lucía, al ser descubierta en esa festividad por la temprana expedición del capitán extremeño Francisco Álvarez Chico (1521). Cortés tenía una precisa visión de la costa, donde habíale encargado recabar tributos de los pueblos indígenas, lo que le llevaría a fundar Zacatula (hoy La Unión) como capital regional, y donde finalmente iba el capitán a encontrar su muerte. En 1531 Juan Rodríguez Villafuerte, explorando la costa desde Zihuatanejo, llegará hasta Santa Lucía, cuyo rancherío iba a nombrar como Villa de la Concepción. Este núcleo indígena y otros rancheríos periféricos, le serían adjudicados como encomienda con el nombre de Provincia de Acapulco, cuyas gentes tributarían en especies de maíz, algodón y cacao. Pero será Diego Hurtado de Mendoza quien funde de hecho el puerto de Acapulco, cuando en 1532 zarpa de su bahía con dos naves construidas con madera de sus bosques y mano de obra española y tlascalteca. Pronto una de ellas la regresaría con gente levantisca que no quiere por compañera. Sigue explorando la costa hacia el norte con la otra nave hasta que, sorprendido por una tormenta, naufraga, no sin antes haber cartografiado la costa recorrida y algunas de sus islas. Solo 3 supervivientes superarán penalidades sin cuento para informar del desastre a Cortés, que decide ir personalmente a buscar sus vestigios. Para ello, se trasladará a Santo Domingo Tehuantepec, ciudad por él fundada entre los zapotecas como apoyo de la campaña de Guatemala. Allí va a supervisar la construcción y aprovisionamiento de cuatro naves, con las que rastreará sin resultado la derrota de Mendoza. He proveído con mucha diligencia que en una de las partes por donde yo he descubierto la mar, se hagan dos carabelas medianas y dos bergantines; las carabelas para descubrir y los bergantines para seguir la costa… y para ello he enviado a una persona de recaudo y cuarenta españoles en que van maestros y carpinteros de ribera, aserradores, herreros y hombres de la mar… y he proveído a la villa por clavazón, velas y otros aparejos necesarios para los dichos navíos, y se dará toda la prisa que sea posible para acabarlos y echarlos al agua… le informa Cortés al Emperador en su Tercera Carta de Relación … Pero tras recorrer infructuosamente el litoral, regresará al resguardo de Acapulco, de donde saliera la expedición perdida. A partir de entonces considerará su puerto como el mejor de aquella costa, y la base de su astillero.

                                   El ir y venir de Cortés y su fieles entre la capital y la costa, iba a ir señalando una ruta itinerante de gentes a caballo que, guiados al principio por baquianos locales, fueron contorneando nuevos tramos para pezuña, diferentes de las sendas indígenas tradicionalmente seguidas por los tamemes nahuas. Marcábase con ello la futura senda embrionaria del camino real de Acapulco. El hecho de que una gran parte de los tributos y gravámenes impuestos por los mexicas a las sometidas tribus del sur, proviniesen de comarcas próximas al camino de Acapulco, impulsó al conquistador a enviar exploradores al área. Los autóctonos tlahuicas en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, era fama que tributaban su carga impositiva a los aztecas en incienso, mieles de abeja, barras de oro y otros metales. Se sospechaba que entre aquellos metales estaba el estaño, gran remedio para la fabricación de cañones de bronce en la Nueva España, que podrían fundirse a pie de astillero. La información recibida tras la inspección minera fue positiva y pronto iba a comenzar un laboreo minero (1522) próximo al enclave indígena de Taxco (Juego de pelota en náhuatl). Este asentamiento español entre estribaciones y cerros de la Sierra Madre, situado a escasos 10 km del anterior, daría lugar a la ciudad de Taxco La Nueva, fundada por el capitán Rodrigo de Castañeda (1529), comisionado por Cortés para reconocer la mineralogía de la región que seríale posteriormente entregada en encomienda. Las aparentes trazas de manganeso detectadas en las muestras minerales analizadas en Ciudad de México, resultaron ser vetas de plata, alguna de las cuales adquiriría fama y fortuna dos siglos más tarde, de la mano de los aragoneses La Borda, que explotarían también otros yacimientos regionales de vetas o mantos de oro, plomo, cobre y zinc. Al arrimo de la producción argentífera, los hermanos aragoneses mandarían construir el templo votivo de Santa Prisca, icónica joya churrigueresca del Taxco del siglo XVIII, mientras iba labrándose en la ciudad la fama internacional que habían de adquirir sus orfebres plateros.

                                Bajo ese mismo criterio de reconocer las formaciones rocosas y auscultar posibles minerales metálicos en la región, Cortés enviará una partida exploratoria al valle de Iguala (Donde es serena la noche en náhuatl) al mando del capitán Juan de Mesa. La correspondiente toma de muestras minerales en los cerros y sierras circundantes, arrojaría la existencia de abundantes yacimientos metálicos. A la vista de este primer contacto, se iniciará la eufemística pacificación de la comarca, no otra cosa que la toma y sometimiento de los indígenas al poder de la Corona española. Finalizada ésta, le sería entregada en encomienda temporal al propio Mesa, que traería a Iguala misioneros franciscanos (1534) para catequizar a los indígenas comarcanos, a quienes someterá a tributación en especies de maíz o metal en barras. Con la orden del sometimiento perpetuo dictada por la Real Audiencia de México (1550), esa encomienda será adjudicada a Francisco Mexía, quien implantaría el ganado porcino y caballar en los pastizales del valle. Andando el tiempo, Iguala iba a convertirse en plaza clave del camino real de Acapulco, con un importante eco comercial del flujo económico entre Manila y Sevilla.

                                En 1527 por orden del propio Cortés, Álvaro Saavedra Cerón había partido de Zihuatanejo con tres naves para tratar de encontrar la Trinidad, capitana de Magallanes, perdida en las Molucas seis años ha, cuando intentaba ganar las costas novohispanas. Noticia sabida durante su estancia en España, donde era comentario obligado la gesta de Juan Sebastián Elcano con dieciocho supervivientes tras su arribo a Sanlúcar de Barrameda y tres años de incansable navegar. Y hacia aquellas lejanas islas irá Saavedra siguiendo el paralelo 12ºN. En una longitud y latitud hoy reconocibles como coordenadas geográficas aproximadas del archipiélago Hawai, el vigía de la capitana da la voz de haber avistado tierra al contraluz del atardecer. Tierra que, al amanecer del siguiente día y no obstante buscarla por otros dos consecutivos, no volverían a percibir. Pocas dudas caben hoy sobre ese primer avistamiento de las islas Hawai, que iban a ser mapeadas con diversos nombres y por diversos pilotos en los planisferios secretos de la Casa de Contratación de Sevilla. Esto ocurría dos siglos antes que James Cook diese noticia de la existencia de ese archipiélago. No iba Saavedra a encontrar la nao de Magallanes, pero iba en cambio a toparse con los restos de la expedición de Loaysa – Elcano en las Molucas, viaje surgido de La Coruña dos años antes, y desperdigado por el escorbuto y el Pacífico durante el año precedente. Por tres veces intentará Saavedra tornar velas a Nueva España, cargado de especias y gente española rescatada de manos portuguesas. Tres veces más que añadir a un intento muchas veces emprendido, pero ni una sola vez alcanzado. En el último de ellos, tornará su nao a Jilolo (Halmahera)  con un Saavedra moribundo a bordo. Nuevamente se repetía la historia de la nao Trinidad y su desesperado intento de retornar a Nueva España cruzando el Pacífico rumbo leste. Cargados de especias en Tidore, Juan Sebastián Elcano y Gonzalo Gómez de Espinosa pilotos de la expedición magallánica, habían acordado regresar a tierras hispanas con las dos naos supervivientes por rumbos diferentes, ambos desconocidos, y que Dios reparta suerte. Elcano rumbo e España por el Índico, logrará aportar con su Victoria al año de su separación; Espinosa, rumbo a Nueva España por el Pacífico, no lo conseguirá con su Trinidad. Con extraordinaria intuición había tomado rumbo norte hasta latitudes tan altas como la Hokkaido japonesa, surgidero de la corriente de Kuro-Shivo que habría de salvar a un Urdaneta que la conoció por referencia, medio siglo más tarde. Pero Espinosa que ignora su existencia, no sabe leerla en sitio, o no acierta a interpretar el arrastre marino del plancton ni la mutante tonalidad de su agua vehicular. Vientos atemporalados adversos y las bajas temperaturas del Septentrión, le obligarán a volver a Ternate sin apenas alimentos para subsistir. Preso por los portugueses de Tidore (1522), sería repatriado con otros compañeros, Índico avante, tres años después, gracias a una gestión de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.

                                 Por aquellos años, el Emperador había otorgado a Cortés los títulos de Capitán General y Marqués del Valle de Oaxaca, que junto a la dignidad y tierras inherentes, le confería derechos sobre los descubrimientos que hiciere en el Mar del Sur. En aquel ínterin, El Emperador había nombrado a Antonio de Mendoza y Pacheco como Primer Virrey de Nueva España. Un Mendoza de alta alcurnia, estirpe de vasallos fieles al Habsburgo desde sus aciagos tiempos de  los comuneros castellanos. El César no quiere viejos conquistadores de Indias, que se enquisten en una suerte de alter ego de la nobleza territorial castellana, siempre difícil de manejar y que, recién llegado a España, se había opuesto visceralmente a su troupe flamenca. Otorga prebendas, título y honores al caudillo extremeño, pero le encarga nuevos cometidos fuera del virreinato, remarcando la máxima autoridad territorial del Virrey recién nombrado. La fase de capitulaciones directas entre la Corona y el emprendedor de turno, había concluido. El Emperador quiere funcionarios del reino, temporales e intercambiables, solo nombrados en función de su lealtad y valía, dictada a criterio de su Consejo de Indias y acordes al proyecto y circunstancia humanos. No quiere subsidiarios de raigambre medieval, proclive siempre al enriquecimiento o la genealogía. Es el tiempo renacentista, donde los altos funcionarios han de ser quienes traten con los hombres de iniciativa, imprescindibles canales  de progreso para ese nuevo mundo que Carlos de Habsburgo sueña construir, pero también interlocutores persistentes, activos y locuaces, que piden y deben ser escuchados. Y en último caso, si la magnitud de la propuesta supera la atribución del funcionario, sirva éste para regular el acceso a la persona del Rey y sus asesores, a fin de sopesar en cumbre cameral, la viabilidad o no del proyecto que se presente.

    A la vista del mandato recibido, organiza Cortés entre Veracruz y Acapulco una complicada red para suministrar los herrajes y pertrechos, que van llegando desde Sevilla. Ante ello, la Ciudad de México y otros puntos del interior, madrugan su creación manufacturera amparada en  artesanos castellanos que, llegados como soldados de conquista, emprendedores al fin y al cabo, comienzan a su escala una elaboración autóctona, auspiciada por la fuerte demanda virreinal. Los españoles habían traído a Nueva España, junto a su rutinario mundo del día a día, la edad del hierro, la edad de la rueda, de los motones, poleas y cabrestantes, la edad de la rueca, de la navegación a vela, del arado y de los bueyes, y la del alfabeto, sopa de letras nutricia del morlaco mestizo que asomaba sus cuernas a la Historia. La escrita, la de verdad, no la distorsionada por la consuetudinaria o ritual oralidad de los ancianos al amor de la lumbre. Porque sus pictogramas, pese a la magia de sintetizar en un solo dibujo cientos de frases alfabéticas, quedaban lejos de interpretar las ideas con la justeza conceptual que aportaba la Gramática de Nebrija. Por otra parte, era el propio Hernán Cortés en sus Cartas de relación de la conquista de México, quien primero escribiría la lengua náhuatl con caracteres latinos o de lengua culta. Los nahuas, como el resto de indígenas del Nuevo Mundo, desconocían la escritura. Nadie antes había expresado fonográficamente habla americana alguna. Según su propia percepción auditiva, iba aquel universitario salmantino conocedor del latín y del derecho, a emplear sílabas latinas de sonido invariable, para transcribir la fonética escuchada de labios indígenas. Pero labios indígenas que, pese a emplear idéntico idioma, modulaban las sílabas de un mismo nombre de forma diversa, según fuere su procedencia geográfica. Eran modismos y matices fonéticos propios, con fluctuaciones sónicas equivalentes a las de cualquier otra realidad idiomática del mundo y sus variantes regionales. Las diferentes pronunciaciones del indígena, según su comarca de procedencia, venían a complicar aquel primer ensayo fonográfico. En el Anahuac, la o era pronunciada como ou (algo parecido a lo que pasa con el OrenseOurense en nuestra lengua galaica). Fue evidentemente engañado por su sensibilidad auditiva frente a sonidos desconocidos, escuchados ¡y pensados¡ por una mente renacentista, con todo el bagaje que hoy sabemos significaba serlo plenamente. Tecatl, lo identificó como tecal, Tenochtitlán como Temixtitán, Texcoco como Tesuico, Xochimilco como Suchimilco…  Pese a su rigorismo natural por las cosas bien hechas, no alcanzará Cortés a  asignarles en gran mayoría de casos, una equivalencia latina gráfica, fidedigna de la sónica por él auditada. Él mismo reconocería más tarde la presencia de formas aztecoides deformadas… en el habla coloquial de los nahuas especialmente en la pronunciación de préstamos lingüísticos procedentes de la cultura maya. Con todo debía, como narrador, expresar con justeza los nombres propios escuchados, puesto que trataba de exponer ante el Emperador, un relato objetivo, coherente y unívoco. Y así salen de su pluma, por vez primera en lengua española, vocablos mágicos que a oídos castellanos suenan a murmullos de humedal, onomatopeyas del viento. Otros estudiosos, indios, mestizos o criollos, serían en adelante los encargados de expresar en propia lengua y forma fidedigna estos fonemas, con la justeza conceptual requerida, una vez conocida y asimilada la herramienta alfabética para ahormarlos. Tal como asimilaron la escala cromática a sus sentires musicales que ancestralmente lo fueran pentafónicos. Surgirían así, tanto relatos de intrahistoria como tratados y digresiones científicas y experimentales sobre herbolarios, especies avícolas, anatómicas, melódicas, polifónicas o costumbristas… un verdadero motor de la actividad intelectual de las élites indígenas pensantes y de su transferencia didáctica inter símiles et diversus. Lenguaje y pensamiento sabemos hoy que van unidos.

      De pronto, el alfabeto literal que se ofrecía, comprendía signos capaces de combinarse para fosilizar palabras, nombres, frases, ideas…  sucesos recién ocurridos que, una vez escritos, permanecerían invariables para siempre. Eran indeformables: generación a generación expresarían exactamente lo mismo. Quien los leyere entonces, recibiría la misma información que quien ahora lo hiciese. No se distorsionaban con el tiempo, como ocurría con la memoria. Y eran además acumulables, hasta poder conservar enormes cantidades de episodios y aconteceres, que la memoria colectiva de todo un pueblo no alcanzaba a recitar. Lo mismo ocurría con la notación musical que empleaban los españoles: eludía el recordar las melodías. Se escribían y perduraban inmutables en el tiempo. Partituras medievales, polifonías, concerti con molti strumenti, imposibles de recordar, se tenían en toda su complejidad y frescura en cualquier momento gracias a la notación musical. Y tras el alfabeto fenicio y las notas gregorianas, los números árabes y la aritmética griega. Capaces de resumir en corto espacio de papel y tiempo, complicadas operaciones de sus cuatro reglas, tan ajustadas al propósito, como gramática o pentagrama lo eran al suyo. Todo ello suponía una explosión en la santabárbara de la esplendorosa nave emplumada azteca. Su imperio tenía los días contados. Había llegado el tiempo de las palabras, que tanto enamorarían a Pablo Neruda. Las palabras, que todo lo cantan…  – decía el Nóbel chileno -… que brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… con todo lo que se les fue pegando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Todo está en la palabra… que en un momento clave de la Historia fue La Palabra. La Palabra de Juan Evangelista, que se hizo carne humana para habitar entre los hombres y trasmitirles su Verdad. Ambas palabras, la sintáctica y la sincrética, la profana y la sagrada, la escrita y la sentida, iban a ser yunque y martillo del primer ethos mestizo de Indias. El Nuevo Mundo que creía intuir el historiador lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 Como en toda encrucijada social crítica, connotados indígenas de mente despejada hubo, que se aferraban al pasado, a la heroica tradición de su pueblo llegado del norte muchas generaciones antes. Otros en cambio, intuyeron el mundo que se les abría para el estudio y clasificación numeral de sus herbolarios y gemas, del cincelado de esculturas y bajorrelieves, del hallazgo del arco o la cúpula, de los animales de carga y arado, del salto adelante de su pueblo, del progreso renacentista, atisbado todo al alcance de su mano. Nunca pueblo amerindio alguno de tal nivel cultural había gozado de semejante circunstancia histórica, porque jamás contó con similar posibilidad de osmotizar los nutrientes de otra cultura adjunta. Era una más de las tomas de conciencia decisivas del homo, atrapado en cualquiera de sus encrucijadas históricas. Y la duda afloraba en el ánimo, porque todo sapiens lo lleva en su ADN. En una coyuntura ibérica no muy lejana al hoy, pero plena de ira y mediocridad, fueron denostados aquellos intelectos, pioneros del cambio, tildados de afrancesados, léase antipatriotas, traidores, renegados, Aunque la situación real presentara planteamientos maniqueos, negro sobre blanco, se trataba a fin de cuentas de un contexto humano iterativo en la Historia. Pueblos enteros hubo que vislumbraron el cambio de Era, y lo aprovecharon, aportando además su herramienta bélica. Tal el caso de los tlascaltecas, pero también los totonacas y demás pueblos indígenas que asumieron a su modo en masa el salto al vacío de la guerra, por sacudirse la tiranía del poderoso mexica. Y no sin tensiones internas de sus gentes, que las hubo y fuertes, para ofrecer un frente común imbricado con aquellos advenedizos que podían resultar un bluff. La solidez carismática y temperamental de Cortés como líder multiétnico, vino sin duda a coagular aquel magma hirviente, hasta la victoria final.  

        Ya antes de la caída de Tenochtitlán, las herrerías de españoles en estas comunidades indígenas amigas, habían empezado a proliferar por doquier, frente a una demanda férrica que se agigantaba en forma de espadas, picas, herraduras, cadenas, clavazones, rejas, parrillas, ganchos, cerrojos… el propio Hernán Cortés había dictado unas Ordenanzas para los herreros en 1524, que habían de durar hasta llegado el siglo XVIII. Y ahora, sumábase la demanda naval de los astilleros del Pacífico con Acapulco como mascarón de proa. Consolidación de aquellos otros radicados en Tlascala, cuna de los trece bergantines que hicieron decisivo el asalto final de castellanos y aliados sobre la capital azteca. En Texcoco mandó Cortés reunir en aquella ocasión las piezas…  para  ligar y acabar los bergantines, para, por tierra y por el agua, ponerle cerco…  como él mismo nos lo cuenta en sus Cartas de Relación. Cientos de tamemes tlascaltecas portaron sobre sus espaldas hasta Texcoco aquellas piezas de madera labrada, sus tablazones, sus herrajes y clavazones, sus remos, pértigas y sirgas, además del cordamen, breas y estopa, para armar sus cascos y sus correspondientes arboladuras, por si los vientos resultaran favorables. Dando prisa para que se acabasen los bergantines y una zanja que se hacía para llevarlos por ella… media legua hasta la laguna…  Se anduvieron (sic emplearon) cincuenta días, más de ocho mil personas cada día… con más de dos estados de hondura y otros tantos de anchura, e iba toda chapada y estacada… de forma que se podían llevar (los bergantines) sin peligro y sin trabajo hasta el agua… Que fue obra grandísima y mucho para ver… Para los trece bergantines, dejé trescientos hombres, todos los más gente de mar, y bien diestra… En el fragor de la contienda, cuando conocieron que yo entraba ya por la laguna con mis bergantines… juntose tan gran flota de canoas para venirnos a acometer… que pudimos juzgar pasaban en más de quinientas… Y comenzaron con mucho ímpetu a encaminar su flota hacia nosotros. Pero vino un viento de tierra muy favorable para embestir contra ellos, y quebramos infinitas canoas… hasta encerrarlos en las casas de la ciudad… y entraron por entre ellas, aunque hasta entonces no lo pudieran hacer, porque había muchos bajos y estacas que les estorbaban…   y así plugo a Nuestro Señor de darnos mayor y  mejor victoria que nosotros habíamos pedido y deseado… Era esta la crónica  del primer contacto con el mundo naval de un hombre de armas, bien dotado de inteligencia y carisma personal, que estaba decidido a adentrarse en los mares para atisbar más allá de lo que su horizonte brindaba. Y contaba para ello con sus invaluables y fieles tlascaltecas de ribera, cuyas primeras letras de carpintería naval, habíanlas aprendido en su propia Tlascala entre bergantines despiezados y días de inquietud bélica.

      Las tradicionales sendas indígenas que cruzaban las sierras del litoral, eran en realidad angostos senderos tortuosos para bestias de carga. Por eso Cortés, nos cuenta el cronista… mandó mucho de ello (de manufacturas autóctonas)… a lomos de indios robustos… tal como había hecho durante la guerra con los bergantines de Tlascala, lo que acarrearía al Marqués ya en época de paz, un severo conflicto con el presidente y ciertos oidores de la Audiencia de México. Se defenderá Cortés contra el fiscal, argumentando que aquellos bultos solo los enviaba con tamales (sic, tamemes) cuando y donde no podían ser llevados con recua ni carreta… y que, además de confiscarle la mercancía, estábanle penando con pagar 40.000 pesos de oro por haberlos cargado (no podían los indios por ley, serlo con más de 30 kg per cápita), lo que consideraba una extorsión. Recurría contra la Audiencia enviando a suplicar a S.M. y su Real Consejo, que pues se hizo para servicio suyo el transporte… se suspenda el negocio (léase sentencia)… Veredicto que a la postre acabaría dulcificado por los jueces.

 Pero la Audiencia y el Virrey habían ganado ya una importante partida sobre esta faz de la protohistoria indiana, asumida y tolerada hasta entonces: los tamemes iban como tal, nominalmente al menos, a desaparecer en breve. No obstante ello, décadas después de la conquista, no existían aún caminos aptos para el transito de mulas o caballos, y se empleaban, para albricia propia, cargadores indígenas en las rutas a la costa pacífica, pese a estar prohibido por las Leyes de Indias. Solo que eran ahora los propios nativos quienes se prestaban al transporte humano bajo contrata. Con el fin de facilitar este trasiego y evitar la trasgresión de la ley, mandará Cortés al principio y Mendoza después, arreglar los caminos indígenas del oeste y abrir nuevos tramos de pista para reatas, con ciertos trechos empedrados para la rodadura de carros. Los desconocidos mulos iban a proliferar por miles, para poder engrasar aquella nueva maquinaria de transmisión que había de mutar las Indias. Su correspondiente cabaña asnal y caballar iría colmando muchos de aquellos pastos. Pero Cortés no se detiene. En medio del procedimiento judicial, ordena zarpar desde Acapulco dos navíos, que deben llevar sin demora víveres, vestimenta y municiones a Pizarro, que en aquellos momentos se debatía en la conquista del Perú y demandaba auxilio a su pariente, que generosamente le enviará otro tercero, a fondo perdido, con nuevos bastimentos.

 Con viajes constantes a Colima, Acapulco y Tehuantepec, el Marqués moviliza todo un frente de acción para cartografiar el litoral. Envía a Hernando de Grijalva y Diego Becerra de Mendoza con dos naves desde Manzanillo (entonces Bahía de Santiago de la Buena Esperanza), para proseguir trazando el perfil del golfo. Una tempestad acabará separándoles y tras una rebelión a bordo, muere asesinado Becerra Mendoza. Su nave la destrozará el oleaje contra la costa de Jalisco, cuyos indios acaban de rematar náufragos y naufragio. Grijalva por su parte sigue avante, descubre y mapea Santo Tomás (archipiélago Revillagigedo) y las islas Tres Marías. Hace aguada allí y regresa a puerto con sus levantamientos costeros. Fondearía en Acapulco tres meses más tarde.

En 1535 el improvisado astillero de Manzanillo, había organizado otra expedición cartográfica comandada por Grijalva y auspiciada por el Virrey Mendoza, que quedaría interrumpida al varar su nave, pese a que más tarde la recupere y logre con los supervivientes y lo salvado entrar en AcapulcoFrancisco de Ulloa que parte de allí  en 1539, alcanza la desembocadura del río Colorado en el todavía inédito Golfo de California o Mar de Cortés; grafica su litoral y regresa al sur siguiendo la costa oeste del golfo. Dobla la Baja California peninsular y prosigue otra vez al Norte, remontando el flujo oceánico costero hasta superar la actual latitud de San Diego. De regreso a Nueva España sucumben, empotradas en la costa, naves y tripulaciones inermes, abatidas por la malaria. Un superviviente, timonel de la nao Trinidad, recorrerá a remo en un bote auxiliar las 2000 millas marinas que le separan de Acapulco. Tras increíble boga, tomará puerto para contarle a Cortés lo ocurrido. Pablo Salvador Hernández, el insólito remero, ratificará bajo juramento su declaración, registrada en la Aduana acapulqueña frente al Evangelio. Durante tres meses ha utilizado las hiladas costeras del flujo oceánico que incide hacia el sur, ha bogado sin descanso hacia su obsesivo destino, con el beneficio inestimable del céfiro del nordeste que le acaricia por popa ciertas horas del atardecer. Cuando la bonanza de costa y mar lo permitía, varaba su bote y, derrengado sobre sus paneles o buscando entre riscos lagartos, iguanas, moluscos y huevos de aves marinas que comer, trataba de cobrar fuerza. Cubierto por jirones de vela remojados con algas, era ésta su única defensa ante la insolencia de las gaviotas por picar su carne viva mientras descansaba, y frente al abrasador sol de siempre, implacable enemigo en aquellas peripatéticas latitudes de hambruna. El propio Cortés con una flotilla de tres naos, saldrá en socorro de los náufragos, que hallará refugiados en lo que llama Bahía de Santa Cruz. Su estado era lamentable, tierras cultivables paupérrimas, inexistencia de indios para comerciar. Tras perder las otras dos naves y el piloto de la suya, es el propio Marqués quien capitanea el regreso hasta retomar el puerto de Acapulco con los rescatados. La expedición de Ulloa iba a deshacer la mítica insularidad de la Baja California, error que perduraría en los mapas europeos por más de un siglo (en los holandeses, siglo y medio). Pero sería Domingo del Castillo (1541), quien nos legase el primer cartograma donde aparece explícita la península de California.

Para socorrer la expedición virreinal ida en demanda de las míticas siete  ciudades de Cíbola, zarpan de Acapulco en 1540 dos navíos al mando de Hernando de Alarcón y su cartógrafo y piloto Domingo del Castillo.  El Virrey Mendoza les envía como apoyo costero del contingente de Vázquez de Coronado que seguía en ruta paralela por el interior. Navegarán por el Mar de Cortés hasta la embocadura del Río Colorado, en cuyo cauce surcarán más de ochenta y cinco leguas arriba de sus aguas fangosas. No hallarán a Vázquez de Coronado y su hueste hispanoindia, que cientos de millas más al norte tampoco encontrarían las oníricas ciudades que buscaban. Pero descubrirán en cambio el hoy famoso Cañón del Colorado, hendedura geológica que ponía fin a su penetración norteña con un insuperable tajo de escarpes para acceder al agua. Castillo iba a dejar cartografiado todo el Mar de Cortés y la costa pacífica de la península hasta latitud 30ºN, en un mapa memorable por su detalle y precisión.

De la Barra de Navidad (Colima) parte Juan Rodríguez Cabrillo en 1542, retomando por orden del Virrey la expedición de Pedro de Alvarado, aplastado por su propio caballo en una caída fortuita en la guerra jalisqueña. Había venido a Nueva España como ballestero en la hueste de Pánfilo de Narváez, llegado para apresar al rebelde Cortés escabullido de Cuba. Pero le seguiría como oficial de ballestas en su asalto a Tenochtitlán y las campañas de Honduras y de Guatemala, donde finalmente quedaría establecido como comerciante. Harto había medrado desde entonces en experiencia y hacienda, con un próspero comercio en Antigua y enlaces con puertos hispanos de ambos océanos. Iba a surgir en esta ocasión con tres naves repletas con gentes de guerra y marinería de guerra, un fraile, indios subalternos, esclavos negros, alimento para dos años, herramientas y mercancías, además de una copiosa comparsa de animales de cría y domésticos. Costeando el litoral californiano arribará al muy bueno y seguro puerto de San Diego, ya conocido desde que Ulloa y sus mapas fueran recatados por Cortés en Santa Cruz. Seguirá al norte cartografiando el litoral de Santa Mónica y Santa María de los Ángeles hasta la Bahía de Monterrey, seno costero clave para el comercio con Asia y refugio futuro de galeones, aunque entonces no lo sospechara. A consecuencia de la fractura no bien curada de una pierna, fallece Cabrillo de gangrena. Será Bartolomé Ferrelo, su piloto, quien prosiga el bojeo al norte, hasta el Cabo Mendocino que nombra así en honor del Virrey, y el Cabo Blanco (Oregón), punto más septentrional de sus levantamientos. Pasará frente a la Bahía de San Francisco sin percibirla, tal vez por rebasar esa latitud alejado de la costa, o por impedirle su visión la recurrente niebla del litoral. Retornaría  a la Barra de Navidad al año siguiente.

Casi en paralelo, Ruy López de Villalobos va a surgir también de la Barra de Navidad (1542), con seis barcos repletos de colonos, pertrechos y animales, y ordenes del Virrey para colonizar las Islas del Poniente, descubiertas por Magallanes y conocidas en adelante como Filipinas. Cortés y el propio Virrey Mendoza parecían desplegar, y efectivamente desplegaban, una múltiple actividad que solo mediante una sólida infraestructura operacional, técnica y humana, era capaz de mantener con éxito el Virreinato. No hay que olvidar que parejamente a las exploraciones del Pacífico, la Nueva España de aquellos años cartografiaba y exploraba el Golfo de México, colonizaba las Floridas, y mandaba expedición tras expedición terrestre a Texas, Nuevo México, Arizona, las Californias o Nevada, buscando minas y yacimientos rentables, cuyas coordenadas dejaban plasmadas en los planos levantados. Y mientras guerreaba contra los indios levantiscos del noroeste, que los misioneros trataban de catequizar, la música peninsular se abría como un abanico multicolor sobre sus tierras. De pronto, la escala cromática española había venido a enamorar los oídos y sentires de los diatónicos indígenas, que prestos la sublimaron para exteriorizar sus expresiones líricas espontáneas. Apenas habían pasado veinte años desde la caída de Tenochtitlán, y el Nuevo Mundo  que soñara Carlos V, al decir de su historiador Pedro Mártir de Anglería, empezaba a tomar forma en la Nueva España, nunca tarde para el Emperador,  que transitaba ya el último lustro de su vida. Poca cosa lograría Villalobos en las Filipinas sin apoyos del Virreinato: tierras impropias para sembrar sus granos de maíz, agresividad desbordada de los nativos isleños, y la carencia de unos alimentos que se pierden con el naufragio de su barco nodriza. Como escape vital de la expedición, sin tornaviaje posible, enrumbará a las Molucas portuguesas, donde los lusitanos se apoderan de toda su partida. En sus cárceles morirá de fiebres tropicales atendido por un jesuita navarro llegado de Lisboa por la ruta del Índico, que quiere misionar la China toda. Se llamaba Francisco Javier, y es hoy el Santo Patrono Universal de las Misiones.

Figura 2 – Surgideros históricos del Pacífico novohispano

 
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Contexto Histórico de Panamá – II

El dilema creado entre los juristas del reino, proclives a la encomienda del indio (catequesis y civilidad a cambio de su trabajo) y los teólogos, partidarios del respeto a su albedrío como persona, chocaban ambas con la brutal realidad del humano complemento indígena, ya mil veces denunciado por el Consejo de Indias. El nativo de aquellas tierras resultaba refractario al trabajo orgánico, y su etnia, vulnerable a los virus que portaban africanos y europeos. Lejos de poder catalizarlos mediante defensas genéticas inexistentes, por un lado; por otro, era materialmente imposible abordar la colonización del continente sin mano de obra asequible in situ. En ningún caso el nativo podría ser catapultado treinta siglos avante, del Neolítico al Renacimiento, sin su propia colaboración activa y su particular aporte a una común empresa que iba a durar generaciones. Esa era la realidad deducida del saber renacentista occidental, y la primera vez que el europeo abordaba tamaña empresa, con absoluta carencia de referencias históricas donde poder ilustrarse. Solo los pensadores de Salamanca, punta de lanza del saber de la época, se atrevían a pergeñar una entreverada teoría de los derechos del hombre. Pero el Consejo de Indias y la Universidad de Salamanca diferían en sus planteamientos discursivos. A ellos vendría a unirse Juan López de Palaciosrubios miembro del Consejo y catedrático de la Universidad de Valladolid (fundada en 1241) oponente del prestigio salmantino y sus tesis humanistas.  Heredero en cambio del humanismo de los Reyes Católicos, el emperador Carlos, va a seguir su propia rectitud de conciencia para legislar a favor del súbdito considerado más débil. Su Real Cédula (1549) es inapelable: Don Carlos  a vos, Sancho de Clavijo, nuestro gobernador de la Provincia de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, salud e gracia; sepades que nos, habiendo entendido cuan pocos indios de los naturales de esa tierra hay vivos al presente en ella, y que han sido causa de ella los malos tratamientos que han recibido … mandamos poner en libertad como están los de la isla de la Española y Cuba, y así a vos, mandamos que luego que esta recibiereis, pongáis en libertad a todos los indios que al presente son vivos en esta provincia, no importa que estén encomendados … por cuanto es nuestra voluntad que los indios no sean molestados con tributos ni otros servicios reales, ni personales ni mixtos, más de cómo lo son los españoles que en esas provincias residieren, y se les deje holgar para que mejor puedan multiplicarse y ser instruidos en las cosas de nuestra santa fe … e vos particularmente tendréis muy gran cuidado … y daréis orden para que vivan en pueblos, lo cual así haréis y cumpliréis a pesar de cualquiera apelación o suplicación… Más claro, agua. Pero había que hacerlo cumplir a miles de millas en países que desperezaban su prehistoria, bajo emprendedores que arriesgaban vida y hacienda para desleír de su retina la miseria reinante en la Europa que los había catapultado a través del mar. Y para ello era menester tener braceros o ir a buscarlos a donde los hubiere. De lo contrario, habría que abandonar la empresa.

Los repartimientos habían sido consuetudinarios en la España de la reconquista, y mediante esta medida, mitad botín mitad prédica, se repartían los cristianos todo haber capturado a los moros, a la vez que lo estampillaban con su credo religioso. La encomienda era en cambio una figura jurídica novedosa, genuinamente castellana, emanada de la alucinada realidad socioeconómica que debía enfrentarse al vacío social en la gigantesca colonización americana. El peninsular emigrado, ya colono, funcionario, militar o autónomo, era quien por aquellos años creaba la riqueza a la vez que desvelaba un horizonte de razonable futuro. Ahora, desde una percepción economicista, la Real Cédula del Emperador, venía a tirar por tierra el difícil equilibrio que el emprendedor renacentista de las Américas creía haber conseguido, mal que bien, contra Salamanca y sus dominicos o jerónimos, a fin de proseguir su cometido económico en las nuevas tierras. Pero no era esta perspectiva la que el monarca combatía, por compartida, sino los excesos de prepotencia étnica o personal de unos súbditos contra otros que, a sus ojos, lo eran bajo idénticas prerrogativas legales. Las tesis de la Corona recogidas en las Nuevas Leyes de Indias,iban a soliviantar a los encomenderos que consideraban de todo punto imposible su permanencia en las Américas si se les privaba de la mano de obra nativa. Piden por ello  la revocatoria de tales leyes, y cuando les es denegada por el monarca,  la acogen de mala gana en Veragua, pero la acatan. Se revelan en cambio contra ella en el Perú, donde Gonzalo Pizarro hermano del conquistador, a la sazón suGobernador General, la capitaliza y se declara en abierta rebeldía contra su rey.

En el Perú, la llamadaGran Rebeliónde Gonzalo no era sino un nuevo capítulo de la guerra civil entablada entre pizarristas y almagristas, sellado antaño con solemne pacto su entendimiento ante el altar, celosos hoy cada bando de sus prerrogativas. El botín bélico cristalizado tras la derrota del Inca en repartimientos y encomiendas, tenía como perla de la corona a la ciudad de Cuzco, cuya posesión ambos bandos se asignaban. La mimética Panamá sufriría también las consecuencias de la guerra civil desatada en el sur, como sentimiento propio. También Veragua se siente dividida en sus querencias. Los pizarristas peruanos lo saben y, revelados contra la Corona, quieren cortar los suministros y el situado real que su virrey ha de recibir en Lima a través del istmo. La situación es grave, y, pese a sus carencias navales, desplazan su escuadra del Callao para tomar Panamá. Una vez persuadidas sus autoridades e inclinada la plaza a su bando, regresa la escuadra  con urgencia a la base peruana para proseguir aquella lucha fratricida en pleno desarrollo. Pero llega también desde España,enviado por la Corona, el licenciado Pedro de Lagasca con el título in péctore de Presidente de la Real Audiencia de Lima. Tras convencer al Gobernador y Cabildo panameños que deben permanecer ajustados a ley, parte hacia la Ciudad de los Reyes (1546) para restablecer allí la voluntad imperial. Ajusticiados los responsables, entre ellos al gobernador Gonzalo Pizarro (1548), y consumado el mandato del emperador, Lagasca regresa a Panamá y de allí a Sevilla. Misión cumplida.

Ante la negación del trabajo forzado de indios, la alternativa posible a su fuerza laboral era la africana, y en su tráfico humano eran los portugueses, desde sus factorías de Angolay Guinea, los mejores gestores atlánticos. La nueva situación creada en el Virreinato del Perú, del que Veragua era parte importante, obliga pronto a regular el tráfico de esclavos africanos (1545) frente al caníbal amerindio. Los negros llegados a Panamá hasta entonces, no eran esclavos en el sentido del trato tiránico que llegarían a padecer, sino de criados de la gleba, servidores domésticos de un señor o familia de corte medieval, con quienes convivían y emigraban como otro miembro subalterno del grupo. La sustitución de indígenas para faenar  el campo y laborar las minas por negros bozales, iba a traer deserciones y alzamientos, desacatos y venganzas, un nuevo y problemático estrato social levantisco que se extendería masivamente por el istmo. Un naufragio portugués con 300 negros en el Darién, vendría a engrosar las filas de otros esclavos cimarrones huidos de hatos y sementeras, hasta convertirse en salteadores pertinaces del Camino Real, hostiles siempre al colonizador, a la vez que afines a toda bandería entendida como potencial carcoma del orden establecido. Nada aspiraba a crear per se el negro bozal, salvo la plantación del conuco junto a su bohío: una precaria economía de subsistencia combinada con la rapiña y depredación gregarias en una vida cimarrona devenida libre. Una vuelta de tuerca a la prehistoria, aunque estuviesen en su pleno derecho de hacerlo. Pero la omnipresente mirada del Emperador Carlos todo parecía percibirlo, y por ello legisla para que los negros no vivan con los indios, porque además de que los tratan mal, se sirven de ellos, les quitan lo que tienen, inclusive las mujeres e hijas sin que traten de resistirles, y además, son corruptores de sus costumbres y creencias… Toda una defensa en regla del súbdito legal contra el, todavía entonces, advenedizo ébano humano. Pero el fenómeno de la esclavitud negra no estaba previsto en la conciencia renacentista bajo la dimensión explosiva que tomaría en América, a causa de la reconducción productiva de su economía agraria. Los principales analistas de núcleos europeos del Nuevo Mundo, acabarían llegando a la conclusión de que toda población negra superior al 20% de sus moradores, suponía un peligro inminente para su futura pervivencia. Y Panamá no iba a ser una excepción en el baremo poblacional ciudadano, que andando el tiempo, la implacable Historia habría de cotejar.

Al eco del trasiego de la plata peruana a través del istmo, acuden aventureros y piratas del Atlántico. Drake es rebotado de Nombre de Dios por su guarnición de soldados y milicia ciudadana (1573), aunque guiado por cimarrones, se interna con su gente río Chagres arriba hasta Cruces, donde captura algunas mulas de la plata peruana transportada en reatas hacia el puerto del Atlántico. Drake logrará escapar con su presa de las patrullas armadas que le siguen, para ir a cacarear su triunfo en Plymouth. No tiene esa suerte en cambio William Oxenhan (1577), que cruza el istmo y se establece en la costa pacifica. Desde allí consigue valiosas presas sobre naos merchantas y pataches de cabotaje que surgen de los caladeros de Panamá y otros puertos menores de Veragua. Y cuando lo atraviesa de regreso al Caribe, el pirata inglés es capturado con su botín por una partida virreinal que rastrea su itinerario, y ahorcado con sus capitanes como cualquier otro delincuente plebeyo en Lima. Pero las velas de Drake, tras seis años de mutis caribeño, volverían a perfilar las costas del virreinato, esta vez en el Mar del Sur (1579). Su  táctica intermitente es similar a la de su mentor Hawkins: hecha la presa, desaparecer y quitarse de donde pueda ser descubierto. Y había cumplido uno de sus plazos.                                

Los puertos del Pacífico, ayunos del filibusterismo caribe, carecían de las defensas fijas que sus homólogos atlánticos habían pergeñado. Llegan voces del sur alertando de saqueos, capturas e incendios en el litoral chileno y peruano. La captura del Galeón de Panamá en aguas ecuatoriales despierta las alarmas en las costas de Veragua, donde cada día se siente más próximo el resonar de gualdrapas y pantocazos del osado navío inglés. Panamá acelera la fortificación de la ciudad y su puerto del Perico; se excava una trinchera con parapeto de piedra a lo largo de la línea de playa, desde la ciudadela de las Casas Reales hasta pasado el puente del matadero, a la vez que se amplía el Fuerte de Navidad, atalaya del acceso a la ciudad por el Camino de Cruces. Pero la flota corsaria hace un mutis más en su intermitente táctica de acción-omisión, y pasa de largo rumbo a Nueva España y California soslayando la capital del istmo. Los ecos de Drake palidecen y  las alarmas costeras acaban por diluirse en todo el Virreinato del Perú.

Figura 5: Plano  Planta de Ciudad de Panamá Vieja

En un lance ya conocido, llegará nuevamente Drake a Tierra Firme por aguas caribeñas, un cuarto de siglo después de su primer intento, empeñado ahora en repetir el éxito de su juvenil captura istmeña. Acaba de morir Hawkins, el otro almirante de su flota corsaria, durante la batalla de Puerto Rico, y el solitario Drake prosigue la navegación del que sería trance postrero de su carrera como corsario de Isabel Tudor. Saquea al paso hatos y caseríos, haciendas costeras y  puertos menores, cuyas castigadas gentes huyen enguerrilladas al monte a la menor presencia de vela sospechosa alguna. Entra en Nombre de Dios (1596), vacía ya de una puebla migrada a Portobelo, pero ocupada por negros fugitivos que viven una economía de subsistencia y rapiña en un rancherío levantado con despojos. Thomas Baskerville, su comandante de tropa, es puesto en fuga por partidas presidiales emboscadas en el Caminode Panamá Vieja. Y Drake remonta en barcazas el río Chagres. Pero ambos grupos corsarios, hostigados por españoles e indígenas son empujados de nuevo a las naves de las que salieran. Drake, a la espera de incorporar sus últimos secuaces desnortados entre manglares, pone fuego a los despojos de Nombre de Dios,antorcha nocturna que los reclama al nuevo encuentro. Tras el rebañado de los morosos, dirige sus naves a Portobelo con ánimo de arrasar el naciente enclave. Pero sabemos que el trópico había hecho presa en el cuerpo expedicionario inglés y  Drake no podría ya llevar a efecto su plan, porque moriría apenas unos días después frente a su bahía. Tras un penoso regreso plagado de bajas y apestados llegaría Baskerville a Plymouth con la mala nueva para el sindicato corsario que había financiado la empresa.

Panamá Vieja era en 1600 una ciudad de 5000 almas libres, con 400 casas de cal y canto con madera muy perfeccionada en sus pisos altos, con su Real Hospital de San Sebastián (1575) mas tarde San Juan de Dios (1628), conventos de frailes Franciscanos (1524), Mercedarios (1526), Agustinos(1612), Dominicos (1571), Jesuitas (1594), monjas de La Concepción (1597), e iglesia matriz convertida en Catedral (1580-1626). La ciudad había sido trazada a cordel con su neurálgica Plaza  Mayor, su Cabildo y su Aduana. Pero al contrario del diseño tradicional de las ciudades hispanoamericanas, las Casas Reales (Casa de la Moneda, Real Audiencia, Casa del Gobernador y Casa de Oidores) estaban situadas en un extremo del núcleo urbano sobre el mar, un espolón rocoso dominante del puerto y la ciudad. Este promontorio era su único perímetro fortificado, pensado sin duda para defenderse antes de indios que de impensados piratas de un piélago hasta entonces netamente español. Ayuno por tanto de corsarios o belicosos forbantes (los hors band, en francés incontrolados, de la edad media europea), capaces de traer por mar el desorden a sus muelles.

El ilustrado dominico Fray Tomas de Berlanga (1534) a la sazón obispo de Panamá, propone a Carlos V estudiar la viabilidad de un canal interoceánico que conecte ambas orillas aprovechando el cauce del río Chagres. Auspiciada por la Corona y el Consejo de Indias se inicia una investigación para la posible unión de los mares. Pese a la mano de obra esclava e indígena, su gigantesco presupuesto resultaría inalcanzable para cualquiera de las Coronas europeas reinantes. El entonces regente Felipe II contesta en nombre del emperador Carlos con una críptica negativa: lo que Dios ha separado no lo una el hombre, que enmascaraba sin duda la imposibilidad de desarrollar aquel proyecto en aquel siglo. El estudio emprendido por el Consejo de Indias iba a señalar negativamente el hecho de que su exclusivo uso pensado para naves españolas y naciones amigas, era inviable para la Real Hacienda del reino, condenada en adelante a desatender las necesidades de las ciudades, ejércitos y demás administraciones, para financiar el crédito que requerían del proyecto los banqueros genoveses y alemanes de Sevilla. Años después, reinando Felipe III será nuevamente planteada otra traza del Canal del Istmo, esta vez siguiendo el cauce del Tuira. Se rechazará definitivamente el proyecto, técnicamente factible según los ingenieros de la Corona, pero cuestionable su permanencia operativa en manos españolas según los estrategas, dada la mutante política de alianzas entre naciones rivales, si entonces de inferior capacidad ofensiva, si de potencial incremento pugnaz mañana, en el permanente ajedrez de los intereses europeos y sus familias reinantes. La Real Hacienda se niega, además, que la defensa efectiva del supuesto canal, ya operativo, joya de la corona a la vez que cintura de avispa por donde quebrar el Imperio, viniera a monopolizar el presupuesto de sus arcas, ya maltrechas en aquellos siglos de mercantilismo,  guerras cruzadas y plena efervescencia política. Todavía el negocio de las marinas mercantes europeas consistía en capturar naves y cargamentos de la sólida red comercial española de ida o vuelta, frente a la economía precaria de los asentamientos coloniales franceses e ingleses, desatendidos por sus respectivas Coronas hasta que empezaran a rentabilizar su erario. El corsario representaba para ellas una externalización de funciones del ente estatal; el pirata, un empresario autónomo en el mundo laboral de hoy. Bajo estas premisas de industrialización previa, la maquinaria depredadora inglesa, de la que sus reyes eran connotados accionistas, vino a madrugar más de un siglo sobre sus rivales europeas.

El trafico de metales preciosos y mercancías entre el Virreinato del Perú y la metrópoli, potencian a Panamá Vieja como mercado de dimensión intercontinental. La flota que del Perú llega cada año con mercaderías y dineros, vende su mercancía en feria local, pero permea los dineros llegados camino de Portobelo, la heredera atlántica de Nombre de Dios.  El mecanismo que nutre a Panamá de abastos peruanos, ve ampliar cada año su variedad y volumen de transacción. La plata limeña financia los productos europeos, junto a exquisitas sedas y porcelanas de China, damascos de oriente, marfiles y lacas llegadas de Acapulco para delicia de las damas limeñas. Solo el Quinto Real se filtrará en metálico hacia Sevilla; el resto va quedando  como gasto corriente de productos venidos en los propios galeones que la plata se llevan, y que de la Feria saldrán ahítos de carga en ruta inversa hacia el mercado de Lima.                

En medio de este trasiego mercantil, la prospera ciudad de Panamá Vieja desarrolla un núcleo urbano de hermosos edificios de porte limeño. Se remodelan o levantan nuevas fachadas en Conventos, Iglesias, la misma catedral. Pero es una ciudad de paso, como su propia economía. Nadie trabaja la tierra, salvo algún peninsular que cultiva su huerto. Todas las verduras y hortalizas llegan del Perú con precios desorbitados. Abundan los fondos perlíferos, y no pocos panameños tienen negocios de pesca y venta de perlas, sostenidos por buceadores negros, herederos de aquellos otros tritones indios que mostraron su pericia a los pioneros blancos de Pedrarias. Saben comerciar ventajosamente los metales extraídos en las minas de su gobernación. Fuera del tiempo de flotas, las naves panameñas llevan al Perú bozales africanos de la Casa de los Genoveses, el mercado de esclavos donde lustran sus cuerpos con aceite de coco, cual femeniles botinas que vender. Las mismas naves que del Callao traen, además de las siempre escasas verduras, frutos, harinas, vinos, azúcar, sebo, jabón, cordobanes, aceite, y de Guayaquil cacao y cascarilla. Desde Portobelo suben en todo tiempo recuas o bongos con tasajo, puercos, aves, tabaco elaborado, productos todos antillanos o cartageneros para consumo propio, cuyo excedente se cabota a otros puertos del Mar del Sur. Salen hacia Nueva España naves con brea, alquitrán, jarcia o perlas, en el ordinario tráfico de un caladero siempre concurrido de urcas, galeoncetes y pataches. Panamá aporta al comercio sus cientos de muleros suburbiales negros de Malambo, y con ellos, indios y mestizos del barrio Pierdevidas, que con sus reatas vienen y van entre ambas costas, ya sea en época de flotas o fuera de ella. La Audiencia (1618) se verá obligada a regular por decreto los desorbitados precios que los muleros, los bogas de la bahía y los proeles de los bongos del Chagres, imponen a los feriantes que requieren su servicio. Tan abusivos o más que los alquileres de dormitorios o pernoctas aptos para las ferias.Panamá  y Portobelo, puntos de encuentro de mercaderes de dos mundos durante cuarenta días de ensoñaciones mercantiles, reciben en sus Aduanas los pagos de almojarifazgos, alcabalas o arbitrios de toda mercancía que por mar llega o sale. Pero a pesar de las utilidades del comercio, son solo las bocas de un desfiladero angosto, por donde se encajona el copioso Situado Real para la subsistencia de tropas, auditores y gobernanza del propio Virreinato. La producción local de sus hatos, placeres perlíferos, minas, plantaciones, tratantes, mercaderes, transportistas, derechos de amarre o embarque y demás actividades, eran exiguos para mantener la Gobernación de Panamá. Y no conseguida su autonomía financiera, no habría futuro para ella; su relumbrón ciudadano se vería opacado más pronto que tarde. Otra nueva Roma Imperial del comercio, que auguraba días contados sin precisar pitonisa alguna que lo revelase.

 
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Contexto Histórico de Panamá – III

Mucha fue la labor desarrollada por los frailes dominicos en su afán de aclimatar sembrados y plantíos en el istmo, desde el plátano dominico de Canarias hasta el tomate de los incas. Ellos entregaban al indígena todo tipo de cultivo exógeno, legumbres, frutales, tubérculos, y le mostraba cómo hacían medrar aquellas especies en sus huertos conventuales. En medio del bagaje de frailes trotaconventos, so  pretexto de  que con estas nuevas del descubrimiento (del Perú) pasan (por aquí) muchos eclesiásticos, trasplantaron naranjos, limoneros, granados, melones, sandías, calabazas, perejil, puerros, cebollas, habas, que habían de aportar riqueza alimentaria a sus gentes para combatir las hambrunas tanto de autóctonos como de arraigados.  Y sobre todos ellos, quedó en la memoria colectiva del indio panameño, la figura del obispo Fray Tomás de Berlanga (1530-45), hijo de familia castellana labradora, conocedor y gran valedor del huerto familiar o conuco como motor indígena de la economía agraria de los pueblos o repúblicas de indios.  Por aquellos años – nos dirá el propio obispo –  se introdujo la cría de ganado vacuno, caballar, asnal, de cerda y cabrío; las aves de corral como gallinas, pavos, gansos, las palomas llamadas de Castilla, y otros animales como gatos y perros, que venían a cerrar el círculo agroalimentario posible para la Castilla del Oroque él soñaba. La ganadería,  por ser la tierra espaciosa y beneficiada grandemente de agua y pastos,  había cristalizado a principio del siglo XVII con 53.500 cabezas de ganado repartidas en 52 hatos. Fernández de Oviedo estimaba en su relación histórica, que el Quinto Real de los yacimientos de perlas ascendía a 15.000 ducados anuales. Los núcleos auríferos,  a la baja durante el siglo, aún conservaban importantes réditos en las minas y ciertos cauces fluviales de Veragua. Y los aserraderos de maderas preciosas  donde se asierran tablas y tablones y otros maderos que se navegan a Lima, la Ciudad de los Reyes, celosa guardiana de las espléndidas balconadas y miradores labrados de sus mansiones capitalinas.  Los aserraderos que hay en esta provincia son los mejores y mayores que hay en la costa del Mar del Sur, sentencia el correcaminos e historiador carmelita Vázquez de Espinosa en su documentada descripción de las Indias occidentales (1612), haciéndose eco de las suntuosas casas de habitación que había contemplado en Panamá.

Fuera de las ferias, el siempre concurrido Pericoacogía en cualquier época al menos una decena de barcos mayores, provenientes de Nicaragua y Guatemala, incluso algún otro del Perú, además de otros costaneros que ejercían el cabotaje por las costas de Veragua y Chiquiriquí. Ellos prolongaban con su cotidianeidad el quehacer de aquel mundo de muleros y bogas que daban vida al puerto, a la vez que generaban otro sumando impositivo para la economía contributiva en aras de la deseable autosuficiencia presupuestaria que la Audiencia precisaba. Por otra parte, el comercio propio de la ciudad de Panamá con otros puertos del Mar del Sur, daba para mantener en rada propia unos diez grandes navíos, el mayor de 500 toneladas (toneles castellanos), lo que no era infraestructura baladí para expandir la producción panameña de cueros, cecinas y maderas por las costas del sur.

No fue menos importante la labor desarrollada por los jesuitas, eternos ocupados en el saber aplicados al alma y la ciencia. La Compañía abre las primeras clases de Gramática y crea las cátedras de Filosofía, y Teología Moral, reconocidas mas tarde con el rango de Universidad S. Javier, a fin de dotar de estudios superiores a la ciudad de Panamá (1565) y ahorrar a sus vecinos el ir a Lima para graduarse en los altos saberes de la época. Esto resultaba impensable por aquellos días en otras dependencias europeas de América que no fueran las españolas, adelantándose en casi tres cuartos de siglo a la Harvard pionera de habla inglesa. Ahora precisamente que la hecatombe del Bloody Henry iba a cernirse implacable sobre la ciudad.

                    Figura 7: Portulano de Ciudad de Panamá Vieja (dibujo del autor)

España e Inglaterra  junto a otros reinos europeos acababan de firmar un pacto para poner fin a la piratería. Existía en el Caribe un submundo de aventureros de toda calaña y nación, enjambre portuario de forajidos, estibadores, vagabundos y descuideros, pasto de tabernas y prostitutas, carne de horca analfabeta y embrutecida con base en la afrancesada Tortuga o la inglesa Jamaica, dos preciosos ejemplares del todo vale desbridado, en una supuesta economía de mercado. La primera isla, había sido arrasada varias veces por flotas españolas, la segunda, era ya reconocida por España como posesión inglesa de facto, pese a que los antiguos braceros de los colonos hispanos seguían hostigando desde las montañas a los ocupantes británicos. La tropa de filibusteros asentada en Jamaica y otras antillas menores, impedían y crispaban el tráfico fluido de las mercancías, con el consiguiente perjuicio para el comercio de las principales economías emergentes. Los autónomos habían invadido el mercado. Con la nueva medida adoptada, no pocos piratas incursionarían en tierra para ocupar áreas despobladas, y dedicarse a la explotación de maderas preciosas o la ganadería extensiva. Pero la caterva de lumpen antillano activo, había sido por aquellos años ahormada en disciplina y cohesión por Henry Morgan, personaje de consolidado prestigio en este submundo a partir de la toma de Portobelo unos años antes. Con inapelable autoridad logra reunir 38 naves y 2.000 hombres en las islas deBoca del Toro con ánimo de saquear la ciudad de Panamá (1671). Y espera durante la época de vendavales la confluencia de nuevos forbantes que quieran adherirse a su empresa panameña. Allí habitan indios bravos enemigos de los españoles, que truecan con el bucanero que llegue carne de tortuga por manufactura europea, circunstancia que la gente de Morgan aprovecha para arranchar bodegas.  Este sustrato de gentes sin patria, mayormente anglófonos inmersos en un universo de lengua vehicular española, jugadores de ventaja y riesgo mínimo, jactanciosos eternos de la nada rapiñada y el estupro, saqueadores de puertos desguarnecidos, haciendas costaneras  o solitarias naves merchantas, llamados eufemísticamente perros o carroñeros del mar, eran una suerte de escoria humana, instintiva y desalmada, expelida por las cloacas de los nuevorricos puertos caribeños. En este contexto, siete flotas piratas  capitaneadas por el capitán desertor Joseph Bradley, el renegado curazoleño Jan Reyning, hermano costeñode Isla de Pinos, y el holandés Rock el Brasiliano, el atroz torturador que asaba vivos a los colonos para oírles informar de nuevos hatos donde cuatrear, van a confluir en Boca del Toro para la campaña convenida.Bradley con 5 buques y 400 hombres ataca por su lado de tierra el Castillo de San Lorenzo, centinela costero del río Chagres, por cuya embocadura piensan penetrar al istmo. Tras una lucha a muerte con los desembarcados en la que perecen los 250 soldados de la guarnición española junto a Bradley y la mayoría de asaltantes,  queda el camino del río expedito, y el fuerte en llamas.  Sabe Morgan que los alzados indios del istmo, son fiables baquianos para toda hueste que arribe a sus costas bajo cualquier bandera que no sea la imperial Cruz de Borgoña, roja sobre campo blanco, de las armas reales. Guiados por sus caciques río Chagresarriba, los 37 bongos y chalanas de Morgan atoados, a percha o a remo, aprovechan las contracorrientes arremolinadas de orilla para remontar su potente flujo de madre. Sus expertos brazos depositarían estas gentes de guerra en Cruces, a 30 km de Panamá. Todavía de noche, avanzarán hacia la capital con interrupciones esporádicas, producidas por algunas partidas de indios flecheros leales o estancieros emboscados, que tratan de entorpecer y debilitar con armas ligeras el encontronazo fatal.

Morgan ha dejado la flota que comanda, guarnecida en la costa atlántica con dos capitanes y marinería de retén, en previsión de un posible ataque naval que malicia por retaguardia pero que nunca llegaría a producirse. Las guarniciones de Panamá y sus partidas voluntarias, conocen la sanguinaria ralea que se aproxima y su visceral salvajismo. O morir o vencer ha  proclamado entre sus filas el Capitán General Juan Pérez de Guzmán, perfecto conocedor del viejo enemigo jamaicano, el bloody Henry de la sin cuartel bandera bermeja, el rematador de heridos en Portobelo y Maracaibo, el degollador del enemigo inerme torturado a muerte para sacarle riquezas ocultas, el descuartizador del alcaide portobeleño a ojos de esposa e hijos, el azuzador del cobro en especias y sexo violento de sus machos alfa sobre bienes y hembras sometidas, no importa si púberes. A ello se encaran los 1200 defensores de a pie y 200 de caballería del heterogéneo conglomerado de peninsulares, criollos, negros, mulatos, mestizos e indios, que con la suelta previa de una manada de toros bravos, pretende sorprender sin éxito la avanzadilla enemiga que se aproxima al Puente del Rey por el Camino de Cruces. Las primeras descargas de fusilería ponen en fuga a la manada de reses, que sin control ni dirección, huye a campo abierto traspasando sin efecto las cuadrillas invasoras. Una táctica que fuera exitosa en Jamaica años antes contra el invasor inglés, fracasaba ahora frustrando las esperanzas de Pérez de Guzmán. Pronto comprueban los defensores que un nuevo tropel de asaltantes se aproxima al Puente del Matadero por elCamino Real, en una operación tenaza que ciñe el campo libre de los suburbios  Pierdevidas y Malambo: un torniquete yugulador del casco urbano, que constriñe a sus defensores contra el mar.

Una ensordecedora traca de fusilería se entabla frente a la mesnada filibustera. Las partidas de voluntarios en una acción nerviosa, sin dominio de la cadencia propia que todo soldado profesional sabe espaciar entre un disparo y su siguiente, agotan tempranamente sus municiones en una suerte de salva inicial de cohetería festiva. Conocido espectáculo con armas de fuego en manos bisoñas, que causan más estragos con su fuego amigo desde retaguardia, que el enemigo de la vanguardia. Y acabada la munición, solo queda la huída. Tras la descarga comienzan los defensores a batirse en retirada hacia el casco urbano. La caballería, en el terreno embarrado de los suburbios, se bate con valor; conscientes de su vacío vital sin futuro, van cayendo uno tras otro. En el campo dejan más de 600 bajas abandonadas a la barbarie atacante que cercena miembros apenas vislumbrado en ellos el mínimo fulgor áureo que arrebatar. Una a una será ocupada cada calle, abatidos los defensores en ventanas, quicios, guardillas y espadañas donde se apuestan para montar su arma y dispararla. Antes de llegar la noche Panamá había caído. Lo que siguió fue el más atávico desenfreno en busca de esas joyas, vajillas, cuberterías, objetos de valor cualquiera que nunca asomarían por parte alguna, salvo en la obsesiva mente del predador. Tiempo ha que los avisados panameños habíanlos  embarcado en el galeón Trinidad rumbo al Perú, en compañía de vasos y ornamentos sacros, cuidados por monjas, algunos frailes y señoras que el gobernador mandaba al buen recaudo sureño. En la situación que se avecinaba, quien no pudiera o debiera embarcarse, sabía que había de luchar hasta el fin, y para los desesperados defensores de la plaza, muchas valientes mujeres negras entre ellos, aquel fin había llegado.

La inexistencia de botín  a la vista, iba a exasperar la ira de los salteadores, que acabarían poniendo fuego a los templos donde esperaban encontrar algo que ya no estaba. En la ciudad nada queda que pueda ensoñar las ansias de riqueza de aquella horda primaria. La irritada chusma rastrea templo a templo, convento a convento, casa por casa: todo está vacío. No hay monjas, no hay vasos sagrados, no hay ajuares, no hay barcos en el puerto, no hay dineros, no hay nada. Todo ha sido previamente vaciado, y debe sin duda haberse ocultado en los cerros, en la sabana, en los hatos, en las islas de la bahía. Solo las soldadas del Fuerte de la Navidad y los pagos en metálico de la Aduana y Casas Reales, aportan fiducia al saqueo. En cuadrillas por montes e islas cercanas buscan fugitivos que torturar para arrancarles el secreto de sus haberes ocultos. Los infelices capturados que logran sobrevivir, habrán de pagar entre torturas y vejaciones un sangriento rescate por sus vidas. Las pocas indias comarcanas sorprendidas en los contornos, son violadas por turno hasta la muerte de muchas de ellas. Yo no he venido aquí para oír ruegos, sino que vine a buscar dinero, responderá bloody Henry a la súplica desesperada de algunas féminas. A los pocos días, con 175 mulas cargadas de enseres, Morgan abandona la renegrida y humeante Panamá. Nada perdona su rapaz apetencia, desde bargueños de nácar y marfil a jarrones de porcelana china, desde lámparas de bronce y cristal hasta sillas de caoba y cuero excluidas de la nao fugitiva, desde jubones acuchillados de forro contrastado hasta chambergos y monteras de fieltro o terciopelo. Eso si, todo vale, bien coloreado con palo de Campeche. Lo que no puede o no quiere llevarse, lo destruye: como la biblioteca del gobernador y los archivos reales, como los libros del obispo. Se lleva 600 prisioneros, no importa si negros o blancos. Unos como esclavos, otros como garantía del cobro de rescates. En la aduana de Cruces encierra a sus rehenes por tres días, plazo concedido para que quien pueda pagar, pague; quien no lo haga será vendido en Jamaica. Entre tanto, las chatas van descendiendo río abajo con los enseres acarreados por las mulas, y llegado el plazo fatídico, embarca las cuerdas de presos sin rescate pagado. Antes de zarpar las naves hacia su guarida antillana, sería repartido el botín: su monto solo alcanza a 200 pelucones de plata por filibustero, una irrisoria cantidad después de tres meses de fatigas. Los desmanes y peleas que siguieron al magro reparto, es tema de los psicólogos que se han detenido a tratarlo.

Figura 8: Aportación cultural galardonada con titulo de Sir por His Most Gracious Majesty Britannic

Será inútil que el Capitán General reúna su desbandada hueste para acosar al pirata, que se hace sin más a la vela rumbo a Port Royal. En el núcleo urbano santiaguino nombrado Spanish Town aguárdale su mansión, que pese a los cólicos geológicos isleños, seguiría conservando sus espléndidos edificios hasta el terremoto de 1790. Nunca los soñara igual otro colono europeo, como este británico que acababa de destruir sus homónimos de Panamá. Cuando Morgan aporta en Jamaica, el gobernador de la Isla  le detiene y lo envía a Londres. La nueva política europea de pactos contra la piratería, el  Tratado América, ha hecho que la diplomacia española en la capital inglesa sea escuchada en su reclamo contra la inveterada barbarie anglófona. Pero amparado en su precaria salud, bloody Henry no sería procesado. Sotto voce, a espaldas del embajador español, iba a ser ennoblecido por Su Graciosísima Majestad Británica con el título de Sir. Nuevo guiño cavernario de la reiterada impostura inglesa, harto difícil de justificar históricamente. Un nuevo suma y sigue iniciado por otro Bloody Henry, doctorado cum laude en decapitar a las reinas consortes. En contrapartida, el gobernador presidente y capitán general español Pérez de Guzmán, tras un Juicio de Residencia, es encarcelado temporalmente por orden del Virrey en Lima, aunque sea posteriormente absuelto. De regreso a Madrid, moriría en el ostracismo y la melancolía tres años después.

                     Figura 9: Fundaciones históricas de la Ciudad de Panamá

¡Panamá Vieja reducida a escombros! Solo queda el suburbio de los negros muleros y algún desnudo paredón clamando al cielo. La indecisión turba a sus ciudadanos. Deben rehacerse las ruinas o proyectar otra urbe. Tras un cabildo abierto, la discusión concluye al aprobar un nuevo asentamiento ciudadano (1673), que comenzará a construirse sobre un apéndice rocoso de la bahía, cerca del surgidero del Perico. La Panamá Nueva de calles empedradas y sólidas murallas, nunca alcanzaría el esplendor de la Vieja. Se trasladan sus gentes al sitio del cerro Ancón, suelo firme para trazar la cuadrícula urbana, fácil de fortificar, ambiente saludable lejos de manglares y ciénagas: no lejano (8km) del enclave arruinado. Seguirá siendo puerto y mercado del comercio peruano, escudado ahora tras su parapeto de ciudad artillada, reducido tamaño, compacta y vigilante tras sus muros. A ella van regresando las órdenes religiosas, apresuradamente embarcadas hacia el Perú en días previos al feroz gong del pirata. Levantan nuevos conventos, nuevas iglesias y capillas, nueva catedral. Extraen de la ruina  piedras talladas, nichos labrados, canecillos, lápidas, incluso la fachada entera de La Merced que instalan en la ciudad nueva. Van surgiendo otros Convento Agustino de San José (1671), San Francisco y Real Aduana (1673), Santo Domingo y Capilla Virgen del Rosario (1678), La Merced (1680), San Felipe Neri (1688) , la Catedral con su barroca fachada de cantería (1690), las Clarisas de la Concepción, la tardía Iglesia de Santa Ana extramuros (1763), los Jesuitas ahora sin su Universidad  de San Javier ni cátedras de Filosofía, Teología Moral y Escolástica, pero con renovado tesón para fundar la anhelada Real y Pontificia Universidad de San Javier (1749) cimentada hoy sobre las mismas cátedras de ayer. Una  nutrida respuesta vocacional de criollos panameños en sus aulas va a expandirse para catequizar nuevos nativos de las Américas, mientras dejan constancia de las lenguas vernáculas investigadas, con gramáticas y diccionarios de sus hablas indígenas. Todos regresan a la nueva sede ciudadana, donde afloran carencias que van a imprimir un sello contradictorio a la nueva urbe imperial del istmo. El recinto elegido resulta  pequeño para cobijar a las gentes de antaño, y Panamá Nueva nace con el Arrabal de Santa Ana, barrio extramuros donde aposentan los morenos libres. El agua potable fluye lejos, y por ella acuden los aguadores del arrabal con sus carretas de toneles, para ofrecerla intramuros con notable ganancia. Desde la Puerta del Mar y su escaso calado, los boteros  van a seguir portando a remo las mercancías de los barcos surtos en El Perico, ahora  solo un par de millas mar adentro.

 
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Contexto Histórico de Panamá – I

Figura 1: Escudo-Estandarte de Panamá

Colón había sido desposeído de toda exclusividad sobre las tierras que descubriere, concedida por los Reyes Católicos mediante las Capitulaciones de Santa Fe. Sometido el Almirante a Juicio de Residencia (1498) a causa de las irregularidades acaecidas en La Española bajo su autoridad, el escribano trianero Rodrigo de Bastidas aprovecha el proceso colombino para solicitar de la Corona la exploración y poblamiento de la costa atlántica de la Tierra Firme que al genovés correspondía. Merced que le es concedida con el título de Adelantado, lo que equivalía a ser nombrado Gobernador General in péctore, con supremas atribuciones políticas, jurídicas y militares de las tierras a descubrir y someter. Promociona Bastidas a sus expensas en compañía del cosmógrafo Juan de la Cosa, una expedición en la que entre sus gentes de guerra, iba el joven hidalgo Vasco Núñez de Balboa, destinado a continuar  parte de la exploración del Istmo. Muere Bastidas de regreso a Cuba, para repotenciar sus maltrechas naves, y su empresa de Tierra Firme, acotada por Fernando el Católico entre los cabos de La VelaGracias a Dios, queda en suspenso. Por nuevas capitulaciones con la Corona (1508), Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda lograrán repartirse el legado de Bastidas y ser nombrados gobernadores de la Tierra Firme,  partida ahora en dos por el río Atrato: Castilla del Oro a su septentrión asignada a Nicuesa, y Nueva Andalucía al meridión, gobernada por Ojeda. La difícil e imprecisa delimitación de la frontera común con los medios geográficos al uso, iba a generar violencia entre las huestes de ambos gobernadores. Nicuesa penetra el Darién pero su expedición es diezmada por las saetas de hierba de los indígenas; prontamente funda  Nombre de Dios, una fortalecilla para repararse de los indios flecheros(1510). Ciudad que iba a centralizar ese siglo el comercio atlántico del istmo, aunque su difícil defensa y sospechosa proximidad a ciénagas insanas acabaría por causar su  abandono hacia fines de centuria.

Meses después de su partida, zarpa de Santo Domingo en apoyo de Ojeda su socio el bachiller y geógrafo Martín Fernández de Enciso, y con él regresa Núñez de Balboa, fiel acompañante de Bastidas y buen conocedor de su costa atlántica. Tras ganarse la confianza del Bachiller, funda Santa María de la Antigua (1510), primera ciudad continental de América para algún cronista, de la que es nombrado regidor. Su fundación, lejos de indios flecheros, cae sin embargo más allá del río Atrato, y por tanto en predios de Castilla del Oro, tierra pobre de alimentos y riquísima en oro, al decir del historiador López de Gómara. Ello va a enfrentarle a Diego de Nicuesa, que acabará vencido e injustamente abandonado en altamar. Con sus pocos leales, sobre un viejo cascarón rumbo a Cuba, desaparece en el mar.

Núñez de Balboa, ahora como Alcalde Mayor de la nueva ciudad del Darién, va a centralizar su propia campaña como Gobernador General de facto desde Santa María de la Antigua. Tomada una princesa indígena  como si mujer legítima fuera, su entorno caciquil le informa de la existencia de un mar al poniente. Emprende la ruta del oeste, atraviesa el istmo y descubre el Océano Pacífico, que llama Mar del Sur. Metido en sus aguas hasta la cintura, tomará posesión del piélago en nombre de su Católica Majestad, que le nombrará Adelantado del Mar del Sur (Almirante).

Las disensiones habidas entre españoles de la región, y la muerte de Nicuesa, motivan la llegada de Pedro Arias Dávila, nuevo Gobernador de jure para Castilla del Oro. Se trata de un veterano militar curtido en conflictos  europeos. Trae una flota de 17 galeones y 1500 hombres de campo, guerra y oficios, además de semillas y animales para aclimatar. Con él llegan al Darién Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa, Fernández de Oviedo, Tello de Guzmán y allí se topa con veteranos como Francisco Pizarro, hombres que habían de ser claves en la conquista del Perú. Ante la necesidad de focalizar el poblamiento y conquista de la costa occidental, Pedrarias ordena fundar al licenciado y primer Alcalde Mayor Gaspar de Espinosa, la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá (en referencia al santoral del día en que se funda, y a la abundancia de peces del lugar en habla indígena) sobre un asentamiento de indios pescadores (1519). Tello de Guzmán, habíalo avistado con anterioridad (1515), recalcando desde este primer hallazgo la bondad del sitio para poblar. Es la primera ciudad castellana en el Pacífico y  dos años despuésun joven Carlos V, futuro Emperador de Europa, le confiriere  Escudo de Armas. Más tarde Felipe II le agregaría la divisa de Muy Noble y Muy Leal que habría de jalonar en adelante su blasón histórico (1581). Castilla del Oro, expandida pronto por conquista hasta el río Belén con el nombre de Veragua (Veraguas a partir de 1739), iba a encontrar su capitalidad en la ciudad de Panamá planificada por Pedrarias como futuro núcleo de la exploración de la costa oeste del istmo. A ello iban a colaborar los grupos familiares que paulatinamente iban despoblando Santa María de la Antigua con servidores, animales y enseres, compelidos por Pedrarias para abandonar la insania del lugar. En pocos años el asentamiento atlántico fundado por Balboa quedaría vacío, anonadado por la selva (1524).

Figura 2: Las primeras fundaciones del istmo

El Perico, surgidero de los navíos de aquella Panamá Vieja, acusaba mareas de bajamares pronunciadas con playotes en seco y pleamares potentes. Se situaba al abrigo de varias islas (Perico, Flamencos, Naos) a unas 5 ó 6 millas (9 km /10 km) de distancia del muelle ciudadano para botes portuarios. Su fondeadero presentaba el inconveniente de ser poco profundo y hallarse expuesto a las contingencias de las altas mareas y los tumbos del mar, siendo esta la causa de que se perdieran muchos navíos, agravado por una sedimentación espontánea de sus fondos por corrientes costeras, tempranamente observada. De aquel surgidero iban a partir las primeras exploraciones de la costa pacífica, punto de embarque para la conquista del Perú. Hombres llegados de La Española y atraídos por la costa meridional del continente primero, hacia la occidental después, buscando contra natura e indios flecheros las cumbres divisorias de las aguas, para ver lo que el otro lado de las montañas les brindaba. Hasta que vislumbraron el horizonte de un nuevo mar a cuya orilla habría de nacer la Ciudad de Panamá, la Roma del Pacífico, como sería tildada en su pleno esplendor, cumplido ya el primer siglo de su azarosa vida. Pronto iba a surgir un  Camino Real, tránsito de hombres, monturas y reatas de mulos, para unir la capital de la Gobernación con Nombre de Dios, bifurcado más tarde por otra vía mixta, mitad seca mitad húmeda, montaraz y fluvial. El llamado Camino de Cruces, que incorporaba su tránsito carretil a los bongos y chatas del río Chagres cuando navegable, y lo seguía hasta su desembocadura atlántica.

Gestada en Castilla del Oro la expedición de conquista del Imperio Inca, verá Panamá partir a Pizarro con tres naves y 180 hombres hacia Túmbez (1531); seguido unos meses más tarde por Almagro con otros 120 hombres y dos naves más. En su Iglesia del Convento de la Merced, todavía de madera, han compartido previamente eucaristía el presbítero oficiante Hernando de Luque, el capitán extremeño Pizarro y el hacendado castellano Almagro, el tripartito factor de la empresa, que como profundos creyentes hijos de la época que les toca vivir, sellan con ella un solemne pacto en tanto que ruegan a Dios ilumine su empresa. A partir de estas expediciones de conquista, Panamá Vieja, iba a experimentar un auge continuado que habría de durar hasta su destrucción en 1667, en contraste con la propia Veragua constituida en reservorio territorial de Pizarro, y vaciada de sus gentes succionadas por la empresa peruana. Su puerto del Perico recibe las naves  que  el conquistador envía de vez en cuando en demanda de más hombres y pertrechos. Naves que junto a otras más, llegan al puerto del Callao algunos meses más tarde con nuevos brazos y vituallas para proseguir la guerra contra el Inca. Pero también llegan los primeros réditos de la conquista, enviados para pagar las deudas contraídas y los gastos de la campaña bélica. Arribó a puerto un navío lastrado y cargado de oro y plata, sin traer ni poder traer más otra cosa, siendo su capacidad 50 toneladas (toneles castellanos), testificaba el alcalde Espinosa en carta al Emperador (1533). Y el consiguiente efecto llamada que esta realidad crea, se torna invencible: Los vecinos han dejado la granjería de las minas y los oficiales mecánicos sus oficios… Al Perú se han llevado la más de la gente que había en esta tierra, así de  vecinos como de moradores, que son los que mucha falta hacen… pero también lleváronse los moradores muchos indios y negros, de tal modo que dejaron esta tierra muy escasa de toda gente, testimoniará a su vez el gobernador Francisco de Barrionuevo ese mismo año, para concluir alarmado: Todos están alterados para irse… yo no les dejo ir porque no dejen la tierra despoblada… En este pueblo de Panamá hay (quedan) treinta y dos vecinos y en ellos no hay (quedan) 500 indios delante de la tierra…en Natá hay (quedan) dieciocho o veinte vecinos  y muy pocos indios…en Acla, donde hay (quedan) otros tantos vecinos y muy escasos indios, todos están alterados… Era la dura realidad que afrontaba el istmo. Una primitiva fiebre del oro, de las que el Nuevo Continente iba a brindarnos históricamente varias.

Figura 3: Algunos protagonistas del drama.              

     La llegada del pago limeño contra los haberes tomados a crédito, en sonante plata peruana, produce pasmo en Castilla del Oro. Muchos se deciden a migrar a hacia las ubérrimas tierras del sur, en tanto que otros eligen quedarse para intermediar desde  Panamá un flujo de manufacturas que desde la metrópoli se condensa poco a poco sobre el istmo. Son estos gente muy política, todos españoles y gran parte de ellos originarios de la ciudad de Sevilla; es gente de mucho entendimiento, su oficio es tratar y contratar… excepto quince o veinte vecinos que cultivan los campos y viven de ganados y haciendas que ellos mismos tienen… son las mismas gentes que motejarán como Triana al barrio ferial de Portobelo. Pero junto a este núcleo peninsular, se instalan banqueros genoveses y negreros lusos que la travisten de factoría veneciana, una suerte de parador caminero de trashumantes mercantiles en cualquier cañada de cualquier mesta. La mayoría de gentes panameñas de la época eran tratantes que permanecían solo el tiempo preciso para hacer bolsa y migrar a otros lares, sin aportar arraigo ciudadano alguno. Idos unos, vuelven otros, y pocos o ninguno miran por el bien público. Va fraguándose así la vena comercial de  mercancías, pagos e  impuestos, un cordón umbilical que liga el Puerto del Callao, Panamá, Nombre de Dios y Sevilla.  Los peligros del Caribe infestado de piratas, obligará a reglar la periodicidad y custodia de las flotas que deben transportar la mercadería contratada y sus pagos e impuestos en tránsito por aquella tierra y aquellas aguas. De Panamá saldrá en adelante hacia el Perú, remontando corrientes marinas y sures adversos, el llamado Galeón de Panamá, nominado más tarde Flota del Sur por el número de velas que llegaría a englobar su cortejo náutico, cargados sus vientres de productos novohispanos, peninsulares o antillanos que el mercado sureño demanda. Tornará al año siguiente ahíto de harinas, azúcar,  jabón, aceitunas, alpargatas, trenzados, jarcias, garbanzos y vinos, que junto al Quinto Real de Chile y el Perú que sigue viaje a Sevilla,arriba al Pericoal tiempo de montar la feria. Con la llegada del ahora llamado por su procedencia Galeón del Callao, concurren hacia Panamá comerciantes de Nicaragua, Guatemala y Acapulco, así como de Quito, Guayaquil, Lima, Cuzco, Piura, incluso del lejano Santiago de Chile, que ajustan  precios y transacciones a pagar con monedas o lingotes de plata y oro. Mas tarde los banqueros acabarán imponiendo su juego de pagarés, giros o empréstitos, papel moneda que va a penetrar irreversiblemente en el mercado atlántico..

En connivencia de calendario con el Galeón del Callao o Panamá,  llega desde Cartagena de Indias la Flota de Tierra Firme a Nombre de Diosprimero, Portobelo después, en su derrota anual a Sevilla. Esa misma flota que en agosto del año siguiente zarpará del Guadalquivir repleta de productos europeos hacia el Perú, para arribar al Caribe y al istmo en época propicia, a tiempo de nutrir sus afamadas ferias. Una infraestructura laboral de mano de obra libre posibilita el montaje y desarrollo de las ferias del istmo. En Panamá los bogueros negros del puerto que faenan los fardos de estiba desde el espigón del muelle hasta las naos del Perico, cobran jugosas mordidas por su transporte. Intervendrá al fin la Corona para regular tarifas y evitar el costo abusivo del servicio de botes de la bahía, de los bongos del Chagres o de las reatas del camino, mayores cada nueva feria.  Además de los bultos de mercaderías, la Flota del Sur regresaba al Perú cargada de maderas y cueros curtidos, y gran número de negros bozales que sus comerciantes adquirían de los tratantes portugueses en el mercado local, donde tenían el negocio exclusivo de los negros esclavos. En Ciudad de Panamá, el mercado de esclavos lucía sus africanos, oportunamente aseados y lustrosos, en tarimas realzadas, ofertados a gritos en pública subasta.

En 1539 se crea la Real Audiencia de Panamá, presidida por el Gobernador, anexo a cuyo cargo le acompaña el de General del Nuevo Reino de Tierra Firme, que va a ejercer bajo el titulo globalizado de Presidente de Panamá. La ciudad se ha convertido ya en estación obligada del comercio español entre ambas costas del istmo. Lima, capital del Virreinato del Perú, que ha sido fundada cinco años antes, cuenta con  una oligarquía en aumento que empieza a demandar toda serie de productos, desde modas y perfumes, hasta fierros y vino. Una sociedad de aluvión donde se mezclan viejas estirpes de prosapias castellana e indígena, con otras encumbradas por las armas o la fortuna, que lucen por común denominador la ostentación. Antaño miserables, envuelven hoy sus presuntas carencias vergonzantes con un capote de irritante supremacía impostada. Y paga los selectos productos que demanda mediante contante plata, en lingotes de sus minas al principio, en sonante moneda de su ceca después. Sus poderosos comerciantes acabarían controlando el mercado que fluye desde Sevilla hacia su puerto de El Callao, pasando raudo por el istmo como si de un rápido entre peñascos se tratase. Panamá embarca hacia el Perú las mercancías de última hora, apura  las carencias improvisadas, a punto ya de soltar amarras las naves del Callao. Colmata el comercio del capricho, la galantería, el olvido y la dádiva, o el obligado compromiso, apresurado, atractivo y caro, muy caro. Negocio selectivo de fino olfato y oportunismo comercial, que husmea el tempo sicológico para lucrar indefectiblemente su bolsa.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – I

Cristóbal Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla llamada Quisqueya por los nativos tainos, que denominará La Española. El primer asentamiento europeo empieza a conformarse en ella un año después al este del río Ozama (2º viaje), aunque será fundado oficialmente como ciudad por su hermano Bartolomé con el nombre de Isabela (1496) en honor de la Reina Católica. Años después, destruida por un huracán, será refundada al otro lado del río Ozama por Nicolás de Ovando (1502), con el nombre de Santo Domingo de Guzmán, el ejemplar hidalgo burgalés del siglo XIII. Recibirá como escudo ciudadano una llave en palo coronada entre dos leones rampantes y bordura con escaques blanquinegros del apellido Guzmán, según Real Cédula (1508) del Rey Fernando. La llave como símbolo de la ciudad que iba a ser la Puerta de un Nuevo Mundo.

El aragonés rey Fernando el Católico ha intuido rápidamente la importancia del dominio atlántico y proyecta establecer una base firme del poder español en el Caribe, y no una factoría mercantil de trueque al estilo mediterráneo de Venecia o portugués del Índico. En ella se aplicarán las leyes y libertades municipales de Castilla y por tanto los nativos han de ser tratados como a todo súbdito de su rey corresponde. Bajo la Corona juntan los Reyes Católicos los reinos que por herencia o conquista han merecido: desde Aragón, Castilla, Nápoles, Sicilia, Navarra y Génova, hasta << nuestros nuevos reinos de América >> en decires de la castellana reina Isabel.st

Los primeros años del establecimiento español en la isla son onerosos. Como primera disposición se introduce la desconocida rueda, sin la cual no puede haber transporte eficaz de mercancías, ni ruecas para hilar, ni tornos de alfarero, ni norias para el riego de secanos, ni ingenios donde procesar la caña de azúcar como se labora en Canarias, ni futuro. Aquellas tierras pueden dar algodón, caña de azúcar, café, además de la yuca y maíz autóctonos, incluso oro y perlas. Y por ello, la rueda radiada de herencia celta, con llanta y cubo de hierro, va a propagarse por toda costa donde el europeo llega, dejando ver su esbelta e inconfundible silueta por las Indias todas. Como también lo hacen los distintos aperos de labranza según procedencia del colono que los trabaje, y sobre todos ellos, el rey arado que labrará los campos desbrozándolos de maleza. Pese a este primer esfuerzo inversor, Colon atraviesa graves dificultades como virrey tras su 2º viaje, dada la radical oposición de sus ideas mercantilistas de inspiración genovesa, versus las del Rey Católico de visión universal, que ordena aplicar sin ambages la tradición repobladora castellana, heredera de la Reconquista. Será por ello traído a España Colón con sus hermanos cargados de cadenas. A la espera de un Juicio de Residencia, serán cautelarmente suspendidos los capitulares títulos del Descubridor hasta ser juzgado, y en su caso absuelto. Esta figura procesal emanaba de los juristas dominicos de la Universidad de Salamanca, como embridado contra abusos y corruptelas del funcionariado público, que al final de su mandato había de ser investigado y juzgado por su desempeño. Un precedente de los juicios políticos que habrían de seguirse al cabo de siglos, en muchas repúblicas hispanoamericanas tras alcanzar la independencia. Colón es acusado por sus enemigos eclesiásticos y civiles de venalidad y evasión del impositivo Quinto Real, obligante en los placeres de perlas y yacimientos auríferos que explota a base de esclavos indios. El comendador Francisco de Bobadilla nuevo Gobernador en Santo Domingo será por tal motivo quien le devuelva a España encadenado (1500).

Vienen a poblar con Bobadilla 300 familias contratadas por 4 años, que pronto se desparraman sin control en busca de arenas y filones auríferos por tierras de La Vega y Haina, en un afán de ávido lucro y rápido atesoro para regresar de seguido a sus lares ibéricos. Físicamente lejos del sometimiento obligado a la obediencia del Gobernador, dejan sin cultivo las tierras adjudicadas. Los Amparos Reales, lotes comunitarios de tierra sementera, quedan en barbecho, eriales yermos que criminalizan una economía apenas subsistente.

Para gestionar esta gobernación que no puede concebir el monarca sino sólida y eficaz, envía a Nicolás de Ovando con el título de Gobernador de Indias (1501-1509). Hombre de prestigio con ideas claras y voluntad firme, Caballero de Alcántara y Comendador de Lares, Ovando comienza por pacificar la isla, alborotada por el mal gobierno de los hermanos Colón y del comendador Bobadilla. Por pacificar, entendía el monje-soldado someter, que no esclavizar, a todo indígena revoltoso o contrario al establecimiento español y sus leyes que en la isla hanse de implantar. Intuye el gran ensayo de poblamiento y catequización de un nuevo hecho social que durante aquel tiempo comienza a vislumbrarse. Y llega a La Española con una flota de 32 naves y 2500 colonos labradores, maestros canteros y artesanos, ganado mayor y menor, abundante provisión << de boca y guerra >> y 14 indios tainos que Colón llevara a España como muestra humana del Descubrimiento y que ahora se repatrían por orden de la Reina. En años anteriores había sido comisionado por el rey Fernando para restaurar la Valencia de Alcántara abatida durante la Sucesión castellana, donde conocerá las exigencias constructivas y estratégicas de toda villa fronteriza. Concibe y funda Santo Domingo, la primera ciudad europea del Nuevo Mundo. Como promotor del enclave urbano, convoca a sus gentes para elegir regidores que formen el Cabildo, suerte de corporación con derecho a convocatorias deliberantes sobre cuestiones ciudadanas de interés común. Primero ley y justicia, luego materializar el trazado y construcción de calles, plazas y edificios, en un orden de prioridades establecido de antaño. Su trama de damero, será referente para las futuras ciudades hispanas, con calles rectas formando cuadras, a veces ligeramente acuñadas por mor de la orografía o la climatología local. Las casas de madera y techo cañizo que habíanse construido al este del río, las levantan ahora al oeste en sillar o mampostería de piedra los maestros venidos y mano de obra india. Construyen la Fortaleza Ozama, primer bastión defensivo de la ciudad y su dársena, primigenio cuartel militar, residencia propia y futura de gobernadores. Se inicia bajo advocación de San Nicolás de Bari (1503) el primer Hospital, planta basilical cuyas naves laterales piensa dedicar a la atención de enfermos. La orden franciscana llega para construir su Convento de San Francisco (1508) que, fiel al querer de la Reina, va a convertirse en un foco de recepción de frailes que irradiará nuevas fundaciones y aulas por las Indias: su iglesia conventual (1532) sería el primer edificio eclesial inaugurado en el Nuevo Mundo.

Mente disciplinada, sabe Ovando rodearse de gente emprendedora, capaz de acometer el desafío de la expansión antillana, deseada por la Corona. Entre ellos, Diego Velazquez será Gobernador de Cuba, Ponce de León lo será de Puerto Rico, Diego de Esquivel ganará Jamaica, Pizarro El Perú, Cortés México y Balboa dará a su Rey el Mar del Sur. Ellos irradiarán hacia las nuevas gobernaciones las bases del poblamiento continental establecidas por Ovando en La Española. Son hijos del Renacimiento, emprendedores que autofinancian las empresas que acometen, una vez les ha sido otorgado el pertinente nombramiento regio, garantía escrita de su titularidad frente a la Ley o la desleal competencia. Y pagarán también el Quinto Real de sus ganancias, como todo súbdito de la Corona Castellana que las hubiere.

Agrupa a los colonos de anteriores épocas dispersos por la isla, entreverados en poblaciones indígenas y amancebados muchos de ellos con indias cuando no casados, y los concentra en las nuevas ciudades que va fundando. Al igual que los últimos incorporados, todo colono recibirá tierra, pero debe cultivarla, residir en ellas y pagar diezmos a la Corona. Los repartos de lotes se realizan por sorteo, y ante Notario Real se adjudican. Gozan de libertad para buscar yacimientos mineros, pero pagarán el Quinto Real de lo que obtengan: la misma política que va a perdurar por siglos en el Continente. Por encima de otros criterios bienpensantes, introduce Ovando entre sus colonos la “Encomienda” de indios, base realista futurible para una racional economía de mercado minera, agrícola y ganadera. Era la Encomienda institución de tradición castellana, que en América iba a evolucionar con los tiempos. Mediante ella un grupo de familias de indios, cacique incluido, quedaban por Real Orden sometidos al encomendero, hacendado que a cambio del trabajo de sus miembros estaba obligado a protegerles y cuidar su instrucción religiosa bajo dirección misionera. La organización por encomiendas había incorporado al quehacer de Castilla importantes regiones de reconquista mora. Pero iban a surgir en América otros problemas humanos, derivados de aplicarlo sobre gentes de economía subsistente o tradición seminómada, lejos del nivel social mudéjar de siglos anteriores al contemporáneo ensayo, y por tanto ajenas a toda idea de sistemático esfuerzo. La mano de obra era imprescindible para potenciar la empresa conquistadora. Hombres para dirigirla había, pero nunca el capital suficiente, ni mano de obra cuantitativa para desarrollarla. El hombre del Renacimiento sabía que para financiar sus empresas había que buscar ganancias in situ: las minas eran una pertinaz fuente de ingresos y para sus minerales estaba desarrollando la ciencia eficaces métodos de lavado y extracción. Los portugueses, siguiendo la romana huella, eran pioneros en África. Pero en la América no había marfil, ni ébano, ni Costa de Esclavos a cuyos caciques comprar para convertir sus cuerdas de presos en fuerza laboral. Pero había oro, que iba a trocarse en moneda de pago capaz de sufragar las empresas de Indias. Y había nativos, caníbales en las antillas menores, que debían aportar de grado o por la fuerza, la necesaria mano de obra. O no habría en el Mundo capacidad alguna para financiar la empresa americana, ni desarrollar entre sus gentes una cultura acorde con los tiempos. Cultura que en lenguaje renacentista no era sino civilidad cristiana. Quedarán establecidas por Real Orden las “Reducciones”, llamadas mas tarde “Corregimientos”, a fin de conformar esa sociedad de producción que se busca. Se agrupa a los indios no encomendados en núcleos étnicos, “repúblicas de indios” con autonomía administrativa y bajo autoridad de sus propios alcaldes y alguaciles. Toda Reducción debía gozar en propiedad de sus tierras ubicadas en una legua a la redonda, conucos si los hubiere incluidos, y podía vender la producción hortofrutícola sobrante en cualquier mercado ciudadano. Pero la explotación de minas y yacimientos estaba para ellos vedada. Pagarían sus tributos en especies de yuca, ajes, guáyiga, batata y maíz, motivo recurrente de sus cultivos.

Surgía empero la sorpresa demográfica de ver cómo poblaciones nativas se diezmaban o sucumbían bajo enfermedades que el europeo y el africano resistían secularmente. La viruela y el sarampión iban a convertirse en el flagelo de las razas indígenas y ante la disminución de la mano de obra se recurre a la tradicional servidumbre africana implantada en Europa desde la época romana y aún antes. La esclavitud era de consuetudinario arraigo entre los principios sociales y morales de la época. Ovando se muestra renuente a traer negros bozales. Por la experiencia habida de tiempo anterior y tratas clandestinas, era sabido que a la menor cuita se escapaban a los montes, donde pervivían entre indios impregnándoles sus malas artes….continuará —>

 
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CONTEXTO HISTÓRICO DEL VALPARAISO ESPAÑOL

El Adelantado Diego de Almagro había salido de Quito (1534) hacia el sur, decidido a conquistar un imperio tan dilatado como el que atrás dejaba en manos de su socio Pizarro. Para el buen fin de la empresa, hízose acompañar su hueste por una flota costera de tres barcos cargados de bastimentos. Solo una de las tres naos, la pequeña urca “Santiaguillo”, carcomida de broma y anegadas sus bodegas de salitre, arribaría unos meses mas tarde a la ensenada llamada de Quintil por los autóctonos changos, pueblo pescador nómada de aquellas costas. Avisado Almagro de la buena nueva, envió a su Alguacil Mayor para recibir la oportuna dádiva surgida del mar. El capitán Juan de Saavedra, hidalgo castellano de la Serranía de Cuenca, al mando de treinta jinetes localizó la urca. Al fondo de un angosto y arbolado valle, hendido por tres barrancas con bulliciosas aguas de recientes lluvias, hallaron fondeada la nave. El cuadro que aparecía a su vista, semejante al escarpado valle de su infancia, hízole llamar al lugar Valparaíso. Días después llegaba el propio Almagro que mandó desembarcar la preciosa carga de víveres, vestimentas, hierro bruto y herrajes de la nave, carenarla, herrar los caballos y consolidar en aquel valle un asentamiento estable para su hueste.
Almagro, una vez fundada la nueva ciudad de Valparaíso (1536), asignó a sus hombres un lote de huertos, construyo el caserío de bahareque y paja, y tomó las providencias para reconocer la costa hacia el sur por mar y tierra, a fin de explotar los recursos naturales que pudiera ofrecer la región. Pero decepcionado ante los magros resultados de sus pesquisas, tras un penoso invierno, decide regresar al Perú atravesando de nuevo los Andes y el desierto de Atacama con aquellos espectros supervivientes. La crónica de la terrible retirada nos cuenta que << algunos de los que murieron a la ida, en pie, arrimados a las peñas, helados, con sus caballos de rienda también helados, estaban tan frescos y sin corrupción como si acabaran de morir, y así fueron sustentación de la gente que venía, los caballos que topaban helados en el camino y los comían >> … Valparaíso fue abandonada y por años no volvería a saberse de ella.
Pedro de Valdivia, conquistador de Chile y fundador de Santiago, halla en Valparaíso el enclave costero necesario para el intercambio comercial de su capitanía con Lima, la capital del Virreinato. Y respetando nombre y fundación, apostilla al enclave como “Puerto de Santiago” (1544).
El Mar del Sur era por entonces llamado “lago español”, y realmente lo era, por ser piélago desconocido para el resto de europeos. Solo los portugueses llegaban por los confines del Índico al Mar de la China (islas de las Especies o Molucas, Macao, Formosa y Cipango) siguiendo la ruta este del Cabo de Buena Esperanza, descubierto por Bartolomé Díaz casi un siglo antes. Drake, conocido corsario del Caribe, irrumpe en el Pacífico, según alerta lanzada desde Buenos Aires en 1579. Pronto va a llevar al Mar del Sur la amenaza filibustera, que produce consternación y alarma en las desguarnecidas costas occidentales de America. España e Inglaterra están comprometidas en un cese de hostilidades por la tregua de 12 años firmada dos años antes, cuando apenas media docena de galeones habían logrado superar el paso que Magallanes descubriera medio siglo antes. El ahora pirata conculcador de treguas pero gran navegante Drake, pierde su flota en el empeño, pero su nao capitana logra superar la barrera austral y acceder al Mar del Sur. A la vista de sus velas, los escasos moradores de los enclaves costeros y Valparaíso entre ellos, van huyendo hacia el interior del país. Drake asalta las inermes chozas de “El Puerto de Santiago”; y como único y posible botín a su alcance en tierra firme, roba las vinajeras de plata de su iglesia de paja y cañas. Aborda un único y solitario patache allí anclado presto para zarpar al Callao, le despoja de su carga de botijas de mosto y maderas, junto a la moneda destinada a la compra de enseres. Tras esta azarosa jornada de Valparaíso, prosigue su rapiña hacia el norte, no sin antes poner fuego a todo vestigio repoblador del neonato puerto. Se suceden las noticias del avance depredador del pirata inglés por la costa occidental de América. Tras el saqueo de El Callao, el virrey Toledo organiza su persecución. Pedro Sarmiento de Gamboa parte rumbo norte tras el intruso al mando de dos galeones fuertemente artillados, pero no logra contactarlo. Vira rumbo sur, y con bases alternativas entre Valparaíso y Chiloé, decide esperar durante un año el retorno del pirata hacia el Atlántico por el Estrecho de Magallanes; pero tampoco aparece, a la vista de lo cual sigue hasta España para proponer la fortificación del paso magallánico. Y es que Drake, escarmentado de su durísima remontada del meridión americano hacia el Pacífico, ha decido regresar a su metrópoli por la ruta portuguesa del Índico. De esta manera se zafa, sin saberlo, de la emboscada preparada en el Pacífico Sur por la estrategia virreinal.
La noticia de la presencia de Drake por aquellas costas se propaga por la América toda, y a partir de ese día Valparaíso iba a tomar carta de identidad en los mapas del mundo. Felipe II ordena construir en Guayaquil naos reales para la salvaguarda costera. Con ellas formará la Armada del Mar del Sur, protectora del Galeón de Panamá, los puertos del Pacífico y su navegación comercial frente a la potencial piratería que se intuye va a cernirse en adelante sobre aquel litoral.
El comercio con El Callao incrementa la salida de mercancías de Valparaíso, pero los corsarios holandeses e ingleses seleccionan presas más jugosas (galeones de Panamá o Manila) versus el inerme rancherio de Valparaíso, solo parcialmente habitado. Los corsarios ingleses Cavendish (1587) y Richard Hawkins (1594) hijo este de John Hawkins conocido corsario, contrabandista y negrero ingles del Atlántico, ponen rumbo al Pacífico y saquean y queman los ranchos de “El Puerto”. Pero la noticia del arribo del segundo moviliza la fortificación de Valparaíso, que construye su Fuerte de San Antonio (llamado después “Castillo Viejo”) a estribor de su rada, primer reducto fortificado del puerto. Hawkins y su nao capitana serán apresados por los galeones “cagafuegos” de la Armada del Mar del Sur y pasará más de diez años en las cárceles peruanas y españolas, hasta ser liberado por la diplomacia de su poderoso sindicato, cuajado de influyentes rentistas beneficiarios de sus fechorías.
El corsario holandés Oliver de Noort (1600) logrará incendiar sorpresivamente tres barcos surtos en el puerto con frutas y legumbres secas, sebos y cecinas, pero la metralla de las baterías del Castillo Viejo, le alejan de sus aguas sin poder completar el expolio. La arribada de la flota de su compatriota Joris Spilbergen (1615) denunciada con tiempo desde Buenos Aires, será debidamente recibida. Valparaíso, a la espera angustiosa de recibir carga para sus cañones, había reforzado su milicia, despejado de barcos su fondeadero y hundido una vieja nave en él, para evitar la aproximación a tierra de la escuadra enemiga. Una cerrada descarga de fusilería dio cumplida bienvenida a las primeras chalupas del desembarco holandés. Con estudiada cadencia, iban los fusileros durante la refriega replegándose hacia el interior, desde los fosos cavados y sus empalizadas de playa. Mientras clareaba el día, ambas fuerzas mantuvieron su porfía. Pero cuando empezó a caer la noche, hízose más vulnerable la tropa desembarcada, reflejando sus casacas el resplandor de las estratégicas piras que ardían por doquier. El corsario holandés acabaría por replegarse a sus naos, y dar la vela rumbo güeste hacia sus Indias Occidentales en la oscuridad de la noche.
En 1616 se repuebla y crea el Corregimiento de Valparaíso, que años mas tarde pasaría a declararse Plaza Militar bajo crecida milicia y nueva y poderosa fortificación que empieza a construirse. Llegan los Agustinos Recoletos, que reciben un terreno en la quebrada desde entonces llamada de San Agustín, donde se establecen (1627). Llegan los Franciscanos (1663) para construir su claustro en la quebrada a la que legarán su nombre. Valparaíso que exporta mostos, sebo, cáñamo, mulas y coquitos de palma, inaugura una línea de naves propias que enlazan periódicamente con El Callao y otros puertos del Pacífico. Para el almacenaje de fardos y pertrechos comienzan a construirse galpones y bodegas de adobe y teja, alineados a lo largo de la playa. En primavera y verano, bajo los sures de aquellas costas se presentaba la mayor actividad portuaria; en el invierno austral, los fríos y desabridos vientos del norte obligaban al cierre de actividades náuticas.
Se construye el elevado Reducto de la Concepción sobre el punto de aguada (1676). Se termina el Castillo de San José sobre el cerro nuclear del enclave, dotado de poderosos cañones de bronce para el tiro de alcance. A sus pies, se remata este Castillo Alto con otro Castillo Bajo, plataforma o planchada prolongada hasta la playa, y artillada con cañones de hierro para el tiro rasante (1692) sobre los mástiles del fondeadero.
El tráfico portuario focalizado hasta entonces en Panamá, que expendía las manufacturas sevillanas a los puertos del Perú y recibía en sentido inverso pagos y mercancías que a Sevilla retornaban, iba a cambiar radicalmente a partir de 1746. La liberación del comercio con la Península propiciaba el tráfico directo de Valparaíso con Sevilla tras doblar el Cabo de Hornos rumbo a Buenos Aires y Montevideo. El paso del Atlántico al Pacífico navegando por el Mar de Hoces, era a la sazón ruta habitual de la holandesa Compañía de las Indias Orientales desde mediados del siglo XVII. Y España hacía propia la ruta descubierta y estudiada por Holanda. Como contrapartida, el tiempo empleado en arribar del Atlántico al Pacífico las mercancías peninsulares venidas desde Sevilla vía Panamá seguido desde el siglo XVI, iba a verse aligerado en varios meses por la nueva ruta.
Recientes terremotos (1730) habían arruinado fortificaciones, bodegas, galpones y más de cien casas habitadas regularmente en Valparaíso, pero la ciudad iba a surgir con brío de sus calamidades históricas. Escala obligada tras doblar el Cabo de Hornos, el “Puerto de Santiago” seguía recibiendo por el norte, paños de Quito, azúcar y plata mexicana del comercio con Acapulco y Panamá. Por el sur, la nueva ruta de los “Navíos de Registro”, aportaba desde Buenos Aires un notable abaratamiento de productos de primera necesidad como herrajes, telas, vestidos, y otras manufacturas, además de aceite y aperos peninsulares. Y expedía en todas direcciones sus sebos, badanas, cordobanes, jarcias, mechas para pistolas y fusiles, cáñamo, hilos, cordelería, cecinas, mostos…
Una vez perdido el miedo al paso austral y sus “Aullantes Sesenta”, alentado siempre desde los mentideros de Europa mediante vaticinios y consejas de toda laya frente a cualquier noticia desgraciada de navegante o Flota, los comerciantes franceses de Saint Malo, con naves documentadas de “Registro Franco” completarían un ciclo bianual de ida y vuelta al Callao y Valparaíso. En sus naves traen no solo nuevos productos, sino nuevas ideas que bullen en la Francia prerrevolucionaria, semilla de la independencia que medio siglo mas tarde había de llegar a estas costas.
En 1766 se establece el “tráfico en derechura” con Cádiz, con el correspondiente menoscabo de pólizas, alcabalas, retrasos y sobrecostos, además del gravamen por muertes que el tránsito de sus gentes por climas tropicales penalizaba. Pero el océano proseguiría hurtando a los dioses su puntual tributo en vidas. La navegación austral llenará los puertos de Chile de enfermos escorbúticos, y de cadáveres flotantes las estelas de sus barcos. El escorbuto habíase convertido en la enfermedad endémica de la ruta austral, azote sistemático de las tripulaciones con más de los dos meses de singladura. Para poner remedio a tantos males, llegan a Valparaíso los Hermanos de San Juan de Dios, que instalan su Hospital en el inconcluso convento de Santo Domingo (1767). En un enroque virreinal, los dominicos pasan a ocupar la Casa de Ejercicios que los expulsados jesuitas regentaban tras La Matriz, luego de su abandono de las Españas por Real Orden de Carlos III.
En 1774 se establece la Aduana y pocos años después, cristalizada su ciudadanía propia con varios miles de almas, Valparaíso nombra Cabildo. Ambrosio O’Higgins a la sazón Gobernador General de Chile, solicita a Carlos IV el título y blasón de ciudad nueva (1789), para el viejo “Puerto de Santiago”. Bastantes años más tarde recibiría en contestación el águila de San Juan con su escudo de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro, y su lema de “muy noble y leal”, un sarcasmo para los vientos emancipadores que soplaban ya por aquellos pagos.

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LA LEYENDA DEL GALEÓN ERRANTE – I

La pugna hispano-portuguesa por anexionarse las Molucas, motivó a Carlos V para fletar las expediciones de Magallanes y Loaysa hacia ese emporio de las especias que Europa demandaba. El regreso de Elcano a Sanlúcar de Barrameda tres años después de su partida, con su nao Victoria ahíta de especias (1522), había amortizado holgadamente la empresa magallánica pese a la pérdida de 4 naves y sus hombres. Pero había avivado también la disputa sobre aquella posesión insular, enzarzados ambos reinos en suspicaz y estéril negociación. Por ello los planes del Emperador en el Pacífico iban a seguir su curso.
Unos meses después de este arribo, armábase en La Coruña nueva flota con naves de gran tonelaje bajo el sabio hacer de Juan Sebastián Elcano, minuciosamente escalonados sus cabotajes y calados a fin de surcar incluso ensenadas de aguas someras y lagunas abiertas, con cañones fácilmente zafables de sus bordas para reflotar el barco de cualquier embarrancada fortuita. Iban para conquistar, fundar y quedarse. Sería la última expedición hispana desde la metrópoli a las islas del poniente. Las siguientes serían ya gestionadas desde la América novohispana o El Perú.
Bajo el mando supremo de García Jofre de Loaysa, nombrado Capitán General, Gobernador y Justicia Mayor del Malucco, y de Juan Sebastián Elcano, su segundo, Piloto Mayor y Guía de la Armada, acuerdan los capitanes caso de perder el contacto visual, reunirse en Bahía de Todos los Santos y esperar allí veinte días a los mas rezagados, y aunque alguno faltare a la cita, reanudar tras ese lapso el viaje, << pero plantando antes en alguna eminencia una gran cruz y al pie una olla, en cuyo interior una carta indicaría la ruta emprendida de nuevo>>. Vieja señal de rebato de la marinería ibérica, alguna de las cuales en piedra, ha perdurado olvidada por siglos en costas africanas.
Tras recordar el tradicional acuerdo, hiciéronse a la mar el 24 de julio de 1525. Seis galeones y un patache aproaron aquella mañana veraniega rumbo SW hacia las Canarias, Guinea y su corriente ecuatorial, lanzadera habitual hacia América bajo los alisios del nordeste. Las naves Sta. María de la Victoria (capitana, 300 T), Sancti Spiritus (guía, 200 T), Anunciada (170 T), San Gabriel (130 T), San Lesmes (86 T), Sta. María del Parral (80 T) y Santiago (patache, 50 T) navegarían después favorecidas por la corriente del Brasil, tratando de remontar latitudes al meridión durante el verano antártico. Y fueron recibidos por los Rugientes Cuarenta con el rudo y cetrino ceño de su salvaje y eterno vaivén. La Sancti Spiritus de Elcano se perdió arrojada sobre los acantilados patagones, descuajaringada contra ellos por las olas. Luego de semanas de lucha contra lo imposible, la San Gabriel y la Anunciada, desistieron de la remontada sureña, para retornar maltrecha una a Galicia (mayo 1526), enfilando la otra al este con el fin de alcanzar las Molucas por el Indico, no volviendo jamás a saberse de ella. La Santa María de la Victoria embarrancó sobre bajíos de cascajo, pero pudo ser reflotada maltrecha tras grande esfuerzo. El resto de la escuadra cobijóse al socaire de un abrigo natural que Elcano en buena hora hallara. No así la San Lesmes, que garreó y hubo de correr durante días a palo seco hasta más allá de los Furiosos Cincuenta, donde hervía por doquier la mar embravecida. Vientos atemporalados del güeste y la fuerte deriva oceánica que al sur del continente incide hacia el Atlántico, la acosaron. Pilotada por Francisco de Hoces, supo correr hasta los 55ºS solo su obra viva por trapo, arrojando al mar estiba y artillería, mientras aferraba escotillas y largaba por popa ancla flotante de calabrotes y velas, a fin de poder gobernar el rumbo de su huída, y evitar el través de la nave, sus guiñadas, o la fatal voltereta del pasado por ojo. Cuando hubo amainado el temporal, tomó posiciones y comprobó que se encontraba << allí donde era el acabamiento de la Tierra >>, convirtiéndose en el primer europeo que atisbó la punta meridional de América, razón por la cual ese mar lleva hoy su nombre. Los golpes de mar empenachados por rociones de espuma y hielo tomados por popa durante el vendaval, habíanse atravesado ahora en confusa mar de leva y feble hálito, propios de la posterior encalmada. El profundo oleaje batía poco después el casco de una San Lesmes escorada por la helazón irregular de su roda, que trataba de aproar la resaca cabeceando bajo secos pantocazos, capaces de desarbolar su obra muerta o descuadernar la viva. Desvencijada por la molienda oceánica, pudo sin embargo Hoces enfilar la bocana de Magallanes, dándola andar bajo nuevo y bonancible SO. Allí atisbó sobre un despejado cantil una gran cruz de madera colocada como referencia de entrada al estrecho. De las siete naves, solo cuatro a cual más maltrecha, lograron reunirse a la vista de la cruz para acometer juntas el paso atlántico hacia el oeste. Habían transcurrido cinco meses y medio desde su partida de Galicia. La cruz colocada por Elcano en la bocana del estrecho (1526), nueve años después fue vista por Simón de Alcazaba, y en 1539 también por Alonso de Camargo, en sendos rastreos del paso. Esta última expedición extrajo de su base una carta náutica indicadora del rumbo que supuestamente iba a seguir la capitana de Loaysa. Pero la difícil ruta del estrecho al Pacífico fue en adelante sustituida por otras surgidas de la costa oeste de América. Y la cruz de Elcano nunca volvió a citarse en los derroteros hispanos.
Las mareas de uno y otro océano pugnaban en el estrecho con gran estruendo de oleaje y jarcias. Y luego de mes y medio de navegación por el paso, las cuatro naves de Loaysa iban a encarar la grandiosa aventura de hollar el Océano del Sur, tras abocar a mar abierto por las mismas fechas que la San Gabriel aportaba de regreso en Bayona. Era la segunda vez que los europeos iban al encuentro del universo de islas que en anterior lance habían escuchado desgranar a los nativos de otras por ellos visitadas, cuando no intuidas por náutico instinto. Pero el traicionero Pacífico dispersaría la flota del emperador. A penas seis días después de acceder al Pacífico, los vigías de las cofas iban a perder el contacto visual entre sus naves. Habían navegado a la estima 157 leguas marinas castellanas (471 millas náuticas = 872 Km)) desde el cabo Deseado (2-jun-1526), cuando un furioso viento Sur dispersó las naves, obligada cada una a correr su temporal hacia el norte.
En una inverosímil navegación de mas de 10.000 Km a lo largo de la entonces inexplorada costa occidental de América, el patache Santiago sin apenas víveres, pero aupado por la corriente fría del Perú (hoy Humboldt) y los broncos “surazos” de las costas de Chile, logró entrar en Tehuantepec de Nueva España (24-jul-1526) al año justo de su partida de Coruña. Santiago de Guevara su piloto informó de lo ocurrido, y su tripulación enrolóse de seguido en la expedición de Álvaro de Saavedra (1527) a las Molucas, que Hernán Cortés armaba por orden de Carlos V. Iba a buscar la tripulación de la magallánica “Trinidad”, perdido su rastro entre los portugueses de aquellas islas. Comandada por Gómez de Espinosa habíase allí separado de la nao “Victoria” cuatro años antes, en la esperanza de llegar a Acapulco para informar del intento de regreso de Elcano por el Índico de Portugal, consumado y afamado ya para entonces por todo el orbe. Pero la “Trindad” nunca llegó, y ahora salían a buscarla. Saavedra arribará a las Molucas, rescata los náufragos castellanos y parte hacia Nueva España tres meses después (1528) cargado de especias, pero vuelve sobre sus pasos a finales de año sin hallar tornaviaje posible. De nuevo lo intenta a mediados del año siguiente y debe de nuevo regresar al Malucco, muriendo esta vez en el trayecto (diciembre 1529)
La Santa Mª de la Victoria tras correr rumbo NNW su particular “surazo” hasta el paralelo 40ºS, viró a babor enrumbando WNW hacia Guam y Marianas, en la idea de alcanzar Cipango y cartografiar sus hasta entonces desconocidas islas, antes de acceder al Malucco. Pero durante el eterno y tedioso navegar por la nada, la cruel parca va cebándose en sus mejores hombres. Muere Loaysa (30-jul-1526) a los 4 días de cruzar el trópico y seis días antes que su segundo Elcano, nuevo Capitán General, a quien van siguiendo con idéntica suerte los ocasionales capitanes de leva. La desconocida avitaminosis llamada Escorbuto, era fama que comenzaba a diezmar las tripulaciones hacia los dos meses de su partida, y lo hace ahora ante el sorprendente estoicismo de quienes sobreviven y testifican los óbitos. En iterada rutina, sus cadáveres serán deslizados al agua según estricto protocolo. Y entre los supervivientes, un jovencísimo Urdaneta, futuro descubridor del regreso a Nueva España, atesora cuanto sus abiertos ojos y oídos van captando por las islas del poniente.
Una treintena de supervivientes fondean el 5 de septiembre en Guam rodeados de un enjambre de piraguas y algarabía de voces entre las que Urdaneta distingue un saludo en perfecto castellano. Un gallego, Gonzalo de Vigo, además de intérprete con los nativos, y cuidador de los escorbúticos, iba a proporcionarle las primeras referencias sobre corrientes y vientos norpacíficos que datarían su futura peripecia de retorno. Desertor de Gómez de Espinosa en su intento de tornaviaje a Nueva España, desgránale una a una sus experiencias en el fallido empeño tras ennortar hasta los 42ºN, buscar infructuosamente vientos propicios, retornar al sur por la misma longitud y desertar con otros compañeros cuando la nao tomaba aguada en Guam. Ahora, bajo el mando de Iñiguez de Carquizano veterano magallánico, se suma a la campaña de las Célebes y las Molucas, donde la nao capitana acaba sus días desvencijada, carcomida de brega y broma. Su propio cañoneo contra el enemigo portugués acabará por descuadernarla, y de sus restos harán en tierra ocasional fortín. Sólo 24 de sus hombres lograrán regresar a España, junto con los veteranos de Saavedra, tras duras peleas de supervivencia en la jungla. La firma del Tratado de Zaragoza (1529) entre lusos e hispanos les sorprende. Se fija el antimeridiano de Tordesillas, a la vez que se asigna la pertenencia de estas islas a Portugal, en tanto que las Filipinas quedan íntegramente para España. Carlos V les vende su parte moluqueña y los portugueses irán repatriando hasta 1536 a los supervivientes de las naos de Magallanes, Loaysa y Saavedra, a través de la ruta del Indico. Urdaneta se convierte así en el tercer europeo conocido en dar la vuelta al mundo, tras el magallánico Gómez de Espinosa, el segundo en hacerlo, que por la misma vía regresa a España unos meses antes.
La nao Sta. María del Parral acabaría sus días encallada en las Célebes, tras motín a bordo y asesinato de su capitán Jorge Manrique de Nájera. Álvaro de Saavedra, informado por los portugueses, rescata a los supervivientes de manos aborígenes en la isla de Sanguín (1529). Tras juicio sumarísimo serán ajusticiados los culpables y repatriados, vía Índico, una media docena restante, dando por terminado así el capítulo de los viajes imperiales desde la metrópoli.
Pero ¿Y el galeón San Lesmes?, ¿Que fue de Francisco de Hoces?. Nunca se supo su paradero. Por ello, y las consecuencias del mutis histórico que cada uno extrae, son pasto de leyenda. Aún hoy investigaciones en curso siguen su rastro. Curiosos europeos, americanos, neozelandeses y australianos estudian los hallazgos de pecios españoles de la época que van apareciendo por los Mares del Sur. Se interesan en ellos Ciencia, Historia, sociología, política y márqueting, en multiforme algara.