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Contexto Histórico de Portobelo – IV

Cuando sobrevino aquel ataque, el San Jerónimo tenía todos sus cañones desmontados de sus pútridas cureñas. Santiago de La Gloria, aunque disponía de cañones útiles, resultaban ineficaces ante la distancia de tiro necesaria para alcanzar los barcos de Vernon, lo que provocaba gran risa entre los británicos de a bordo. Fuera de la bocana nunca sobrepasada, amparaban su disculpa para no sobrepasarla en la marea y los vientos contrarios. Fueron los marines quienes saquearon una ciudad abandonada de sus escasos moradores de época muerta, carente de ferias desde que comenzara el bloqueo, escarmentada testigo de fechorías predatorias asociadas siempre – hoy todavía – a gentes arriscadas de habla inglesa. No fue este el caso, porque después de hallar un exiguo botín ciudadano de 10.000 pesos destinados al pago de tropa, levantaron el campo y el flamante caballero Vernon tras capitular la rendición de la plaza regresó a Jamaica, al parecer sin provocar torturas, ni revanchas, ni incendios. Como contrapartida se llevó 40 cañones de bronce y 24 bombardas, lanzando al mar cañones de hierro y fusiles, y demoliendo hasta su raíz los castillos y parapetos que habían quedado en pie. Conforme a la maldita insania con que la fama del lugar anatemizaba al europeo en general y al británico en particular, poco tiempo demoró su escape de la ciudad hacia otras costas, no sin llevar a remolque la balandra y una de las fragatas, porque a la otra fragata faltóle tiempo para enviarla a Inglaterra con la buena nueva para su rey. Pero en el panorama global de la guerra contra España su acción sobre Portobeloera un fracaso táctico, pese a la subsiguiente destrucción del  Fuerte de San Lorenzo de Chagres, llevado a cabo en la primavera entrante con el ánimo de tomar Panamá por elCamino de Cruces. La ciudad del Pacífico había sido avituallada desde Perú, corregidas a tiempo sus carencias artilleras y tomadas las armas contra el inglés por todos los forasteros en plaza. Contra ellos se estrellarían los 2500 marines de la Royal Navy y 500 negros de desembarco conducidos en 53 embarcaciones que Vernon, río arriba, lanzaba sin saberlo hacia una sucesión de letales emboscadas. Con los supervivientes de aquella debacle, izará velas para abandonar  la empresa panameña y retornar a su base de Jamaica a la espera de mejores vientos.

La idea de copar el istmo desde ambas orillas, para yugular el Imperio Español, era un proyecto ya planteado desde la centuria anterior en el ParlamentodeLondres, pero la crecida Inglaterra no había alcanzado aún la necesaria supremacía del mar, que ahora disfrutaba. La formidable escuadra de Vernon aportada en Jamaica, debía invadir el istmo desde la costa caribe, en tanto que la invasión por el Pacífico y Panamá, habíase encomendado al comodoro George Anson y su flota de seis barcos de línea más dos cargueros de apoyo, que saldrían demasiado tarde de Inglaterra rumbo al Mar de Hoces y el Pacífico (1741). Pero solo tres de sus barcos iban a lograr doblar el Cabo de Hornos. Maltratados sus hombres por el escorbuto, debería Anson abandonar otros dos  por falta de brazos, prosiguiendo la remontada oceánica hacia el ecuador, con el solitario Centurión, buque insignia de su armada. El comodoro inglés había olvidado ya a estas alturas el cometido imposible de atacar Panamácon sus reducidos medios, y solo soñaba con capturar el confiado Galeón de Manila que había de singlar más al norte por aquellos días. Vernon nada sabía de la suerte de Anson; su calidoscopio particular llamábase ahora Cartagena de Indias, a la sazón sin virrey de la Nueva Granada, fallecido unas semanas antes. Escribe como advertencia una jactanciosa carta, que envía con la balandra capturada en Portobelo, dirigida al Comandante General de la Armada de Tierra Firme, Don Blas de Lezo, ya conocidos de pasados lances en otros mares. Al saberlo ahora con mando en plaza, no puede menos que espetar ¡God damned, it´s the same bastard!. Toda una premonición de la nueva e inexorable colisión que el parlamentario-almirante estaba abocado a enfrentar contra el viejo pero renovado hijo de mala madre, mando supremo de la plaza cartagenera. Y de su armada, compuesta a la sazón por siete galeones y dos registros, agazapada a la espera de acontecimientos en la Bahía Exterior de la propia Cartagena. Una empalagosa y fatua misiva que el mutilado guerrero pasaitarra, conocedor de la vergonzante rendición de la ciudad  tras la Batalla de Portobelo, y del insulto hecho a la plaza del Rey, mi amo,  recibe y refuta a bordo de su Conquistador con las palabras de dignidad herida de quien espera la hora de la verdad:  … bien instruida VE del estado en que se hallaba aquella plaza, tomó la resolución de irla a atacar con su escuadra, aprovechando la oportunidad de una imposible defensa para conseguir sus fines … puedo asegurar que VE me hubiera hallado en Portobelo para impedírselo si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, incluso para buscarle en cualquier otra parte, persuadido de que el ánimo que les faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía … y si VE lo dudare, podrá preguntárselo al Gobernador de esa isla (Jamaica), quien enterará a VE de todo cuanto le tengo expresado... Y la hora de la verdad entre ambos marinos llegaría meses después en la Batalla de Cartagena de Indias, donde el mediático pero derrotado Vernon comenzará a palparel ocaso de su plenilunio parlamentario y naval, especialmente luego de llegada a Inglaterra y conocida su humillante verdad. Lo que esta vez produjo menos risa a los británicos. Pero desató la franca carcajada entre los españoles al conocer que Londres había emitido, avant la lettre, nuevas medallas para conmemorar la rotunda victoria de su héroe en Cartagena, aunque fueran prestamente retiradas para enmudecer su entuerto.

La decadencia económica del enclave y la lucha combinada de las potencias europeas contra la piratería en América eran patentes, pero aún así Portobelo iba a sufrir un último y significativo ataque. El contrabandista inglés William Kinghills (1744) devenido en  nuevo Jenkins frustrado por la acción de los guardacostas españoles, a pesar de conservar todavía incólumes ambas orejas, penetra inopinadamente en la bahía y comienza a batir la ciudad con el fuego de sus cañones. Dañará la Aduana y gran parte del caserío antes de ser rechazado de sus aguas. En ausencia de los bergantines de guarda en misión de bojeo, serán las baterías de 15 cañones instaladas por el nuevo gobernador, las encargadas de repeler el ataque. Alsedo y Herrera había mandado levantarlas en fajina y tierra junto al reducto remozado del Fuerte San Jerónimo(1741), para repeler supuestos ataques contra aquella nada. Se trataba de una alternativa provisional a la reconstrucción de los castillos arruinados por Vernon, que resultó efectiva, bajo el nuevo rol de Portobelo como presidio periférico lejos de frontera.

                   Figura 15: La Aduana de Portobelo en su estado actual

Firmada la Paz de Aquisgrán (1748), la feria de Portobelo nunca sería repuesta y  sus tradicionales defensas apenas remozadas para nuevo cometido. Plata, mercancías y caudales accederán por el Magdalena Mdirectamente a Cartagena, Santa Marta o Riohacha.  España se siente incapaz de mantener su tradicional monopolio comercial con América, y permuta todo régimen de Flotas y Galeones o Escuadras por el de registros sueltos, barco a barco, con lo que el istmo empieza a perder su relevancia estratégica y económica. Se suprime la Audiencia de Panamá, que acompaña a Portobelo en un irreversible declive. En adelante los navíos de asiento (uno por feria y nación amiga) serán como nómadas solitarios que peregrinan el Atlántico. Portobelo pasa a ser un presidio de control del contrabando y las posibles cabezas de playa enemigas. Es en este contexto cuando se proyectan nuevas defensas o reconstruyen las útiles, de acuerdo a las tácticas y cánones bélicos vigentes. Pocas flotas de muchos barcos y destino fijo pasan a formar muchas flotas de pocos barcos con destino vario. Se multiplican los puertos emisores y receptores de la Península y las Indias, el contrabando en América se vuelve incontrolable. De España llega al Caribe lo más granado de su ingeniería militar. Se renueva el Fuerte San Lorenzo el Real de Chagres, santo emblemático de Felipe II en cuya festividad derrotara a los ejércitos de Francia en San Quintín (1557) y a cuya advocación levantara el Monasterio del Escorial que lo rememora.

Destruido finalmente por Vernon tras tres intentonas fallidas en otros tantos años precedentes, el Castillo de Chagres asumía finalmente en nuevo proyecto una planta rectangular adaptada a la cumbre del peñón que servíale de asiento. Supervisado por el Visitador de las Fortificaciones de Indias, el navarro Agustín Crame nos ha legado en magníficos planos las instalaciones por él aprobadas.

Figura 16: Caminos Reales para reatas y carros

Las defensas de la bahía de Portobelo iban también a ser reajustadas de acuerdo a los nuevos tiempos. Con los despojos del Todofierro demolido por Vernon comienza la construcción de las Baterías Alta y Baja del Fuerte San Fernando (1760) ubicado en su misma orilla y cerro, pero remetido hacia la Caleta del carenado. Mediante trinchera excavada, ambas plataformas a desnivel se unían entre si y su polvorín, protegidos todos en cumbre del cerro por una  Casamata que les cubría su espalda a tierra y a la costa abierta del llamado Puerto Francés. La Batería Alta dominaba la entrada de la bahía, y desde la baja podía entablarse fuego directo con los barcos intrusos que superasen la bocana. Frente a ellas y al otro lado de la bahía, se remozaba el Fuerte de Santiago La Gloria para cruzar con él su fuego y barrer todo posible acceso por aguas tranquilas al muelle. A su vera se represaba el torrencial Chorrillo de Triana, base de aguadas y suministro del agua a la puebla. La cumbre de su cerro espaldar, se dotó de nueva casamata para impedir que el enemigo se apodere de las alturas y domine los Fuertes. Las lecciones de ParkerMorgan y otros hermanos de la costa parecían haberse definitivamente asumido.

Figura 17: Las defensas históricas de Portobelo

Se abandona el inoperante Baluarte de San Pedro pero se refuerza el Fuerte de San Jerónimo con una plataforma a ras de agua, de bajo perfil y ardua percepción, elevando ligeramente el nivel de su piso y dotándola de merlones y troneras para alojar las bocas de fuego. Ellas serán las encargadas de desarbolar por proa las naves que se aproximen en rumbo de colisión hacia el muelle. Sometidos sus flancos a fuego cruzado desde las riberas, difícilmente podrían encarar sus bordos artillados a la lluvia de palanquetas que les vomita aquel cul de sac mimético tan difícil de acallar.

El Fuerte Farnesio originalmente de fajina y tierra (1726) se dota  de plataforma artillada con cuatro cañones. Situado en el promontorio sur de la barra de la bahía, sería el primero en abrir fuego sobre la flota enemiga en aproximación táctica, a la vez que el toque de zafarrancho para aprestar al combate toda la artillería fija del entorno. Crame dotaría todo el conjunto fortificado con un Campo proyectado en la Cumbre contra la venida de los enemigos por el Valle de Honduras (1779), reforzando así su perímetro sur. Se trataba de un nuevo presidio encaramado en el cerro sobre los techos de la ciudad, con sus cañones apuntando al valle entrante desde tierra adentro (hoy, de la Luneta) por donde anteriormente se habían burlado sus defensas.

                          Figura 18: Batería Baja del Fuerte San Fernando

La misma política de ajuste militar de las defensas costeras del istmo, iba a prever en el Camino de Cruces nuevos embarcaderos en los sitios de La Gorgona y en El Carroza y sus respectivos presidios. Se construye un puente de piedra sobre el río Hondo, definiendo un camino ahora local, pero que llegaría a una insospechada actividad durante la llamada Fiebre del Oro eclosionada en California a partir de su anexión a los EEUU (1848). Desde Nueva York, Savanah o Nueva Orleáns, llegan a Chagres miles de argonautas europeos, enloquecidos por la febril quimera.Siguiendo río arriba acceden a la ciudad de Panamápara embarcarse rumbo a California. Era en aquellos momentos, pese al riesgo cierto que entrañaba, la más segura y civilizada vía para alcanzar desde el Atlántico el salvaje far west del Pacífico, evitando el triple salto sin red sobre los chantajes, llanuras, desiertos, forajidos, indios y praderas norteamericanas.

En 1735 la Académie des Sciences de Paris había encargado a Charles Marie de La Condamine trasladar a tierras americanas, en paralelo con otra valoración en curso desarrollándose en Laponia (actual Finlandia), la medición exacta del cuadrante del meridiano terrestre, a fin de definir y cuantificar el valor conceptual del metro como submúltiplo exacto de ese cuadrante, y poder aceptarlo así como unidad universal de longitud. La misión científica que parte hacia América lleva a los connotados marinos de la Real Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos y mediciones astronómicas, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces. Van a inspeccionar el istmo detenidamente, y con él a Portobelo. A la vuelta rinden en Madrid sugerencias pertinentes al rescate de las maltrechas defensas del enclave y en París un informe favorable a la viabilidad de construir un canal interoceánico siguiendo el trazado del río Chagre. Pasados unos años, España iba a acometer seriamente el rescate de aquellos fuertes arruinados. Y Francia iba a materializar esa apertura conocida hoy como Canal de Panamá, siguiendo la teoría empleada por Ferdinand de Lesseps en Suez, con un trazado prácticamente igual al propuesto por el obispo Berlanga 300 años antes. Todavía en 1799 Alexander von Humboldt, aconsejaba un canal de trayectoria coincidente con la del estudioso obispo. Pero nuevamente la insania del trópico con sus millares de apestados, iba a desbaratar también este primer intento de unir a nivel los mares del norte y del sur, intento que acabaría por convertirse en desastre nacional francés con la ruina contraída por más de un millón de sus familias. Pero el tesón humano, acabaría por imponerse mediante un canal a desnivel con esclusas, como los llevados a cabo en la Europa continental del siglo XVIII, hendida por múltiples canales navegables que evacuaban hacia las costas la producción frutícola y granera de sus tierras interiores. Se inauguraría por fin el Canal de Panamá en 1914, tránsito forzado para la navegación mundial, financiado y tomado en prenda por los EEUU, el nuevo y selectivo Imperio emergente. A su conclusión los haberes humanos pagados por su apertura, habíanse estimado en 500 muertos por cada km de su trazado. Era el costoso rédito de una gran empresa, una más de las emprendidas por los europeos en el Nuevo Mundo, comandados esta vez por una nación vernácula de nuevo cuño.

En 1746 la navegación mercantil española del Pacífico viene a cambiar de itinerario para doblar el Cabo de Hornos, por donde pocos marinos se habían aventurado hasta entonces. La Flota de La Plata (base Montevideo) se encarga de comerciar directamente entre el virreinato sureño recién creado y la metrópoli. Todo viene a confirmar la marginación del istmo panameño como puente del comercio del Imperio español, y la que fuera sede de la espléndida feria portobeleña queda para el recuerdo como el gallardo enclave costero que fue. Un Patrimonio de la Humanidad con la nobleza de su piedra incrustada en la bella bahía de Tierra Firme que Colón significara, y que vino a imprimirle respeto e identidad legendarias. Testigo es hoy de su relevante papel en la historia del continente, donde las nuevas generaciones acuden para admirar la dignidad de su porte y henchir de añoranzas legendarias el corazón.

                                          Figura 19: El Portobelo de hoy

Notas adicionales:

Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos, mediciones astronómicas, verificaciones climáticas y meteorológicas, estudios de fauna y flora, prospección de minas, valoración de yacimientos, navegabilidad de costas, inspección de fuertes, y un largo etcétera que solo mentes privilegiadas son capaces de gestionar en tan enorme espacio geográfico, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – III

Entre tanto el enclave de San Agustín va consolidando su asiento. La ciudad, poco podía esperar de Cuba, especialmente durante la estación seca, cuando soplaban por proa los sures. Pero realmente lo era en todo tiempo, porque los perros del mar escudriñaban el Canal de Bahamas: había que ampliar por ello sus mieses, y consolidar su autonomía agrícola,  constante que iba a gravar su historia ante la escasa fertilidad de sus tierras de labor. Abaten y desbrozan sus moradores el  entorno selvático aledaño, limpian esteros y ciénagas, remueven y apilan sus colonos la escasa tierra fértil del everglade, forman bancales y sementeras de mano y arado, a la vez que tratan de aclimatar en ellos las nuevas especies traídas de Canarias y Europa. La sobrante madera de la tala, se emplea en construir la iglesia parroquial de campanil abierto y tonantes bronces en su tope, residencia del gobernador, cabildo ciudadano, embarcadero de pasarela… y las primeras casas que tal nombre merecieran. No faltan las elevadas torres de vigilancia periférica o costera, atentas siempre a las velas itinerantes y los movimientos del nativo, sincopadamente arisco contra las etnias europeas y sus cosechas.

Como Gobernador y Capitán General in péctore, el Adelantado Menéndez de Avilés regresa a La Habana (1571) donde revisa y fortifica las defensas de la Isla, que debe albergar por dos veces al año la Flota de Indias, también conocida como Carrera de  Indias, establecida desde 1561 por Real Cédula. A pesar del enclave vigilante de San Agustín en el litoral de Florida, sabe del perenne reojo que acecha el paso del gigantesco e inédito convoy por aquellas costas, y añade otra Armada de Guarda a la agrupación de merchantas artilladas que dos veces al año zarpa de La Habana hacia Sevilla. Esta escolta de galeones “cagafuegos”,  que acompaña a la mercantil comitiva por el Canal de las Bahamas hasta Azores, sería conocida en adelante como Armada de la Carrera de Indias. Superadas las Azores, otra nueva guarda naval llamada Armada del Mar Océano, proseguirá con idéntico formato la comparsa atlántica hasta que rinda la flota su viaje en destino. La Flota de Indias suponía el primer intento mundial de navegación ordenada en un gigantesco convoy nunca antes intentado en tal proporción. Su estricta disciplina naval en un medio hostil, sin dejar abiertas fisuras defensivas en la navegación abierta, ni ángulos muertos en la despaciosa y progresiva llegada o salida de puertos, respondía a rigurosas órdenes de la nao Capitana que abría la comitiva, y la Almiranta, que cerraba el cortejo, sin olvidar los rápidos pataches que trasmitían sus ordenes al resto de aquel masivo despliegue de velas.

En apenas diez años de fundada, comprueba Menéndez el progreso material y social de San Agustín y su Provincia. A ello contribuye la celebración de nuevos matrimonios y el crecimiento de aldeas indígenas, una vez pacificada y catequizada la etnia mayoritaria timucua por los franciscanos. Dos de ellas acabarían asentando al norte y sur de la capital, en predios cercanos a su empalizada perimetral, un seguro cobijo bajo cañones que vomitan fuego contra todo enemigo común a la vista, ya indiano o europeo. Pero nombrado Consejero de Indias, debe el hidalgo asturiano regresar definitivamente a España como asesor del monarca sobre las cosas de América. Aún Felipe II, en cuya cabeza bulle la invasión de Inglaterra, le encargará como Capitán General la formación de una gran Armada del Cantábrico, cuyos designios de momento a nadie desvela. Pero el gran marino muere de tifus en Santander (17 de septiembre de 1574) mientras aguardaba con sus 300 galeones las órdenes del monarca, quien ante tamaña pérdida, desistirá temporalmente de su secreto empeño.

Con la desaparición de Menéndez de Avilés, cesaba el especial esmero de un hombre de acción sobre su criatura; el panorama de la Provincia iba a cambiar notablemente en los años venideros. La Florida y Cuba estaban condenadas a defender la natural salida española del Mar Caribe hacia Europa. Poseerlas equivalía en aquellos momentos a dominar la arteria básica del comercio intercontinental, que si nadie lo impedía, perfilaba a España como incontrolable poder del Atlántico. Para embridar esta pujanza Inglaterra, Holanda y Francia firman el Tratado de Greenwich (1596), alianza tripartita contra el Imperio español, cuyas defensas iban a soportar toda una cerrada presión de flotas piratas y corsarias bajo banderas ajenas.

Francia, mientras consolidaba sus colonias en la nórdica península del Labrador (1580) remontando el río San Lorenzo, funda Québec (1608) con sus comerciantes de pieles, pero no renuncia a nuevos establecimientos en la Florida. Holanda funda Nueva Ámsterdam en la actual Nueva York (1625) y sus exploraciones hacia el sur se dirigen a entablar pactos con indígenas en busca de madera, sal y minerales. Pronto invadirá la abandonada Curazao (1634), desde donde trata de consolidar su mercado de esclavos e infestar el Caribe de contrabando, robos clandestinos de sal y corsarios. Inglaterra pugnaba por consolidar colonos en una porción de costa atlántica, llamada Virginia por el corsario Walter Raleigh en honor de su reina (1584). Tras el desarraigo de anteriores empeños, fundarían Jamestown en la bahía de Chesapeake (1607), enclave que iba a nuclear la presencia inglesa en el Nuevo Mundo, pese a la Masacre Indígena que 15 años después prácticamente borraría de nativos powhatan aquella costa. Comenzaba en el norte atlántico de América, una difícil convivencia entre los indios y sus vecinos europeos, recelosos entre sí, que venían a sumar sus intereses mercantiles con la plaga de perros del mar afincados en el infinito islario caribeño. Entre todos iban a propiciar un perpetuo asedio sobre el comercio y posesiones españolas, jugosa y circunstancial presa, pesadilla histórica para el entramado defensivo de su Imperio. Felipe III a la sazón rey español, envía una expedición al mando del capitán Fernández de Écija para informar sobre el arraigo de los colonos británicos en Chesapeake. Luego de contactar con sus indígenas  y soliviantarlos contra los colonos ingleses, regresa la flota para informar sobre la aparente inestabilidad de la incipiente colonia. Pero no la ataca por considerar escasas sus fuerzas.

En pleno desarrollo de acontecimientos de la nueva geopolítica, Francis Drake experimentado marino del sindicato corsario de Plymouth, incursiona con su flota de 25 naves y 2300 hombres en el Caribe (1586) y tras una campaña predatoria en las antillas, sitia San Agustín. Desembarca sus bombardas y desde su isla frontal de Santa Anastasia bombardea el fuerte y la ciudad. En la mar abierta, con barcos navegando rumbo norte,  efectúa repetidas pasadas frente al enclave largando en línea con sus 7 galeones imprecisas andanadas de apoyo a sus baterías de tierra. Desde los escarpes del fuerte, tras sus defensas de tronco maderero y fajina, responden los sitiados con sus 12 piezas encabalgadas más otras 25 que han perdido su podrida cureña, aunque todavía disparan y meten ruido. Son cañones pedreros, espingardas y falconetes de tiro elevado o directo, que combaten con aquellos otros que por elevación bombardean la ciudad y su bastión desde y por encima de la isla de Santa Anastasia. Las imprecisas bolas de hierro candente que escupe el inglés, apenas inciden sobre el puntual bastión defensivo, pero sí lo hacen  sobre el dilatado frontis ribereño de la ciudad que ve incendiado su caserío de madera, y con él, iglesia parroquial, campanil y cabildo. Los corsarios cruzan en lancha la dársena del puerto para saquear  la plaza en llamas: las desmandadas huestes arramplan con todo hierro que encuentran a su paso, aperos, espitas, alcuzas, fanales, incluso picaportes, aldabas y goznes de las puertas. El fuerte resiste el acoso defendido por fusileros de la guarnición y  flecheros timucuas, que se aprestan a repeler la habitual embestida humana que sigue al cañoneo enemigo. El paisanaje, refugiado en el fuerte, donde no entra ni uno solo de los atacantes, pero tampoco sale defensor alguno, contempla impotente las llamas que consumen sus hogares. La flota corsaria, tras una última andanada de sus naves, da por cumplido el castigo al incómodo vigía costero. Embarca hombres y botes, y enfilando sus naves en línea, se aleja de la humareda a resguardo de la costa y favor de la corriente, para reunirse con el resto de sus urcas y pataches. Costea la flota hacia Virginia, donde venderá a buen precio las manufacturas férreas robadas en el asalto, y de donde repatriará a precio de oro algunas familias hambrientas que huyen de la entonces incipiente y miserable colonia…para finalmente arribar con un duro tributo de 1500 tripulantes y 11 capitanes menos de los que con él habían partido de Plymouth. La mar y las balas enemigas habían hecho es resto. Entre tanto las gentes de San Agustín y guarnición del fuerte con los flecheros amigos, habían acudido a sofocar la propagación del fuego. Tras la tempestad, la calma…y vuelta a construir nueva iglesia, cabildo y casas que el incendio pirata había logrado arruinar.

El ataque pirático, hace que San Agustín reciba nuevos refuerzos en forma de soldados, abastecimientos y otras familias de colonos; posee ahora 14 piezas de bronce y 9 de hierro, más otras 5 rescatadas tras su refundición en La Habana. Diez años más tarde rondará su población las 2000 almas de colonos, con familias y soldados de guarnición incluidos. Un alzamiento de los indios del Gualé obliga a nuevas disposiciones defensivas en la Provincia y su capital, que debe seguir en todo momento activa en la custodia del comercio que fluye frente a su costa. Como parte de la Capitanía General de Cuba, adscrita a su vez al Virreinato de Nueva España, la Real Fuerza de San Agustín y todas las defensas de la Provincia de Florida estaban sujetas al presupuesto virreinal. Y ese situado  no siempre llegaba a tiempo, lo que alimentaba malestar en la tropa no solo por las privaciones personales, sino por la carencia de pólvora, municiones o mantenimiento de los cañones en un entorno de frontera y difícil condición climática. La perpetua rebelión de los indios apalaches contra sus misiones del norte de la Provincia, eran fomentadas y aprovechadas por los colonos ingleses para ir ocupando nuevas tierras hacia el meridión, tierras coloniales que iban a constituir la Carolina del Sur. Las de la futura Georgia y sus misiones católicas seguían perteneciendo todavía a la provincia novo-hispana de Florida Oriental.

En 1668 el pirata Robert Searle, mas conocido con el alias de John Davis asalta San Agustín en plena noche, cuando la ciudad duerme. Al atardecer una nave novohispana esperada con harina de Veracruz, había entrado en la bahía: una más entre las allí fondeadas, al viento sus pabellones de Borgoña y gallardetes de cortesía. Dado lo avanzado de la tarde, aparenta postergar el registro de sus sacos harineros en la Aduana para hacerlo con la luz del nuevo día. Pero la nave veracruzana había sido capturada durante el trayecto y arrojada su tripulación por la borda; impostaban ahora los filibusteros una rutina como cualquier navío que a resguardo preparaba su pernocta. Fuera de sospecha por ser conocida su estampa en el puerto, con el sosiego nocturno se proponían deslizar a su escollera más de 100 bucaneros en botes cuyos remos apenas chapoteaban el agua. Un pescador de ribera observa el silente movimiento de botes y hombres que saltan a tierra una y otra vez, y  retornan vacíos al barco nodriza mientras la ciudad duerme. Cuando percatado del peligro grita desde donde pueda oírle algún ciudadano insomne, es ya demasiado tarde: están penetradas las calles de filibusteros armados hasta los dientes y por ellas corren tras sus teas en busca de los preciosos vasos sagrados, haberes fiduciarios de la Aduana,  el situado virreinal que el Gobernador administra y todo cuanto pillen en los pocos hogares que logran violentar al paso. Sesenta perplejos vecinos que salen a la calle al sentir la algarabía, son muertos a la puerta de su casa y tomados prisioneros  otros tantos. Alertada la guardia del castillo intercepta la chusma invasora, liquida una docena de asaltantes y recoge 19 heridos que como prisioneros de guerra serán ajusticiados con la luz del siguiente día. Impotentes ante la compacta Fuerza del presidio, opta el resto de forbantes por su retirada. En escalonado reembarco, los botes van alcanzando a favor de marea el barco que enfila su perezoso andar hacia la bocana del abra, luego de haber largado prestamente las amarras. Davis ha intentado un saqueo solo conseguido parcialmente, aunque deja tras de si el daño material junto al sentimiento ciudadano de la culpable ingenuidad y descontrol de sus autoridades. Cuando la noticia del asalto llega a México, el virrey de Nueva España ordena inmediatamente reponer los situados hasta entonces atrasados, además de un refuerzo de 75 soldados y suministros de artillería y armas personales para la guarnición. Llega de Cuba Ignacio Daza, ingeniero militar que trae la orden de comenzar un nuevo fuerte esta vez de piedra, que acabe mas de cien años después, con la inveterada provisionalidad defensiva del enclave que Menéndez de Avilés fundara (1672). Nace así un fuerte de traza renacentista con base rectangular y bastiones en punta de diamante, taludes peraltados y foso circundante inundado, diseñado en La Habana y nombrado desde su origen como Fuerte de San Marcos. La carencia por aquellos pagos de roca consolidada, decide al ingeniero por la sedimentaria y tenaz coquina, formación pétrea de conglomerados conchíferos y coralinos abundantes en  Santa Anastasia. Desde allí, una vez tallados en propia cantera, serían llevados los sillares en pinazas a través de la bahía de Matanzas, mismo nombre del río que la alimentaba: recuerdo de la implacable eliminación de hugonotes copados aguas arriba en tiempos del Adelantado. La protección de las obras correría por cuenta de una compañía de infantería acampada en la propia isla, junto a otra de caballería que recorría vigilante la costa, máxime cuando se sabía que los ingleses merodeaban la región en busca de tribus con las que negociar pieles de ganado, alimentos y cerámica indígena. En la isla de Santa Catalina los timucuas habían interceptado una de aquellas partidas, matando parte de sus miembros y capturando otra y en ella, una mujer y su pequeña hija. Llevados a San Agustín para ser interrogados, los prisioneros declararon proceder de un nuevo establecimiento inglés en Santa Elena, ribera abandonada por los españoles desde 1587. Retornados los indios con sus rehenes a Santa Catalina, serian de allí recogidos estos por una de sus naves que regresa a su base, tras negociar el rescate con los captores.

 
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Contexto Histórico de la Habana – III

En el contexto de la Guerra de los Treinta Años (1621), la Armada del Mar Océano captura frente a Cadiz un convoy de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Este sonado revés, junto a la prosperidad del enclave habanero atrae la venganza y codicia del corso holandés y sus adscritos a la navegación de fortuna. Boudewijn Hendriksz, mas conocido en español como Balduino Henriquez (1625) viene rebotado desde San Juan de Puerto Rico dispuesto a tomarse la revancha de su fracaso en aquella Capitanía con la toma de ésta; pero la potencia de fuego de las baterías de la Habana, hace entender al holandés que con la escuadra que trae su empeño es una quimera. En el curso de la guerra, España venía reforzando notablemente el corso de Dunkerque, concediendo nuevas patentes y aportando sus astilleros más de 20 galeones de diferentes portes, construídos al efecto. Desde la costa flamenca, la campaña de interceptación de naves holandesas en el Canal de la Mancha, habíase tornado demoledora  para el comercio de las Provincias Unidas.

Pese a la urgente defensa que desde su costa patria le reclaman, el Almirante Piet Heyn, corsario de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales patrullaba con una armada de 29 navios de guerra por el Canal de Bahamas a la espera paciente del paso de las Flotas  de Barlovento y Nueva España que  habían de confluir en la Habana para dar el salto atlántico. Desde las costas cubanas han visto el despliegue de la flota enemiga y salen de la Habana sendos pataches de aviso a Portobelo, Veracruz y Cartagena de Indias para que, llegado el tiempo, los galeones no se hagan a la mar; pero solo el de Cartagena llegará a destino: los otros dos han caido en la red tendida por el holandés. Ajenas al peligro que sobre ellas se cierne, ambas flotas zarpan confiadas a su cita de la Habana. Compuesta por dos galeones y cuatro merchantas, la flota de Portobelo se topará con un abanico de velas enemigas que intercepta su rumbo hacia la costa cubana. Los dos navíos de escolta entran directamente a la batalla cruzando fuegos contra la línea de barcos que pretende envolverlos. Lograrán abrir un paso por donde las marchantas trepanan su envolvente para acceder finalmente a puerto. Los sacrificados galeones de escolta apenas alcanzan a embarrancar en la entrada de la bahía habanera, bajo el protector alcance de sus baterías: han logrado salvar las naves merchantas y evitar el despojo y rapiña de las de guerra, aunque estas se hayan perdido reventadas por la metralla y los escollos costeros. Pero el almirante holandés es un viejo lobo de mar, paciente y sabio. Conserva todavía 20 naves en perfecto estado y lo grueso del tesoro está al llegar con la Flota de Nueva España. Oteadas al fin en el horizonte las velas novohispanas, la flota holandesa desplegada en línea costera, avanza ahora en abierta envolvente hacia ellas. Bajo la capitana del General Juan de Benavides y la almiranta de Juan de Leoz, rehuye  la flota novohispana el enfrentamiento con la holandesa. Ante la inferioridad de su potencia de fuego opta por refugiarse en la bahía de Matanzas (1528) donde espera recibir apoyo por tierra desde la Habana. Una trampa que el antaño prisionero y forzado galeote de las Galeras de Santo Domingo que es Piet Heyn, fuerza para hundir y saquear a mansalva ahora como Almirante de armada, los 4 cagafuegos de escolta con sus Quintos Reales en lingote y moneda, junto a 8 merchantas ahitas de maderas preciosas, finas porcelanas y lacas de Manila. El escaso calado de la bahía permite a los asaltantes el total saqueo de las naves semihundidas o varadas en su rìa. Solo tres de ellas lograrían zafarse del cerco para entrar un par de dias después en La Habana, donde ya habían aportado otras seis merchantas que escabullidas del confuso desparrame marino  de velas y falsas banderas, lograron acceder a la Habana sin ser alcanzadas. El impacto de la debacle española resonaría en Europa como serio aldabonazo para el prestigio de la Monarquía Hispánica, a la vez que una irreparable pérdida para sus arcas, que supuso en cambio el financiamiento del ejército holandés durante un año. Fue la única captura de la conocida en Europa como “Flota del Tesoro“a lo largo de sus dos siglos y medio de vida. Leoz fue condenado a prisión de por vida, Benavides, juzgado y condenado en Sevilla, sería ahorcado tres años más tarde; y Piet Hein al cabo de apenas uno, moriría en batalla con los corsarios franceses de Dunkerque, que en aquella guerra luchaban por España.

Al año siguiente otro holandés, Cornelius Jols (“Pata de Palo”) fracasa en un primer intento de tomar la Habana (1629), pero triunfa dos años después con poderosa escuadra, saqueándo e incendiando la ciudad ante la negativa de pagar rescate por sus huidos moradores. Desiste en cambio Henry Morgan (1668) que con 12 embarcaciones y 700 hombres pasa a la vista pero fuera del alcance de sus cañones, para acabar cayendo sobre el indefenso Puerto Príncipe, que por no verse en llamas pagará un rescate de 500 reses y otras tantas sacas de sal, que el pirata se lleva para Jamaica.

La peste de Cartagena, inoculada por pulgas parásitas de ratas de sentina, ha diezmado la población habanera, y nuevas epidemias vendrán a presentarse intermitentes en los siguientes años por la misma vía. En adelante los bolardos que sirven para tomar amarra de galeones en la Plaza de San Francisco y otros puntos de atraque, van a ser particularmente atendidos por la policía ciudadana y el Capitán del Puerto, para evitar que sean sus amarres los puentes que usan las ratas de machina para acceder hacia y desde los barcos. Serán penadas aquellas naves cuyos cabos a tierra no estèn aturbantados por discos de madera, que cortocircuiten el camino de roedores y sus apestadas pulgas, causa frecuente de estragos ciudadanos. Y la vida habanera seguirá a pesar de los contratiempos. Van medrando las obras públicas (agua corriente, alcantarillados) y fortificando su perímetro emplazado. Se levanta el Convento de Santa Clara (1640), el de los Agustinos (1628), el Hospital de San Lázaro, La Merced (1630), San Francisco de Paula (1664), el Convento de las Dominicas (1684), San Felipe Neri (1693)

Estalla con Inglaterra la Guerra de la Oreja de Jenkins (1739-41) durante la cual la flota del Almirante Vernon pasa frente a la bahía de La Habana varias veces, pero no ataca pese a la impresionante flota que comanda. Atacará para desgracia suya Cartagena de Indias, donde perderá honra y barcos. Vernon había tratado de establecer una cabeza de puente llamada Cumberlad (Guantánamo), que unos meses después del desembarco, hostigadas por voluntarios isleños sus tropas no podrían conservar.

.          A partir de 1714, España había disuelto la insostenible red de Armadas de Guerra (La Corona contaba con 9 armadas repartidas entre el Mediterráneo, Atlántico y Pacífico, de presupuesto desorbitado) para dar nacimiento a la Armada Real repartida entre las Capitanías Generales del reino. Se funda la cubana Universidad Pontificia en San Juan de Letrán (1728). La libertad de comercio con puertos españoles y países aliados multiplicaría su tráfico portuario hasta convertir a la Habana en la “Perla del Caribe”. Llegará a contabilizarse en un año la entrada a puerto de más de 200 navíos de travesía y 5.000 embarcaciones de cabotaje, con un enjambre de marinos, colonos, funcionarios reales, comerciantes, emigrantes en ruta, aventureros de toda laya, que pululan por sus calles. Los diques de La Habana, gracias a la buena gestión del criollo Juan de Acosta, acabarán por convertirse (con los de Guarnizo en Cantabria), en el Astillero de la Armada Real, dada la durabilidad de sus maderas, resistentes al ataque de la broma o teredo tropical. De sus gradas saldría el Santísima Trinidad, navío de línea de 63 metros de eslora y 140 cañones con  un arqueo de 4900 Toneladas, único velero de cuatro puentes y mayor desplazamiento conocido de cuantos hayan navegado por el Atlántico.

Durante la Guerra de los Siete Años (1754-1763), España aliada de Francia, se ha visto arrastrada a nueva contienda contra Inglaterra, con su disparidad de intereses sobre el comercio y la trata de esclavos en el Caribe como causa. Pero la conflagración iba a adquirir dimensiones de guerra mundial: Austria, Prusia, Francia, España, Rusia, Inglaterra, Suecia, Portugal…todas involucradas y cada una de ellas enfrentada a una parte del resto, que no a todo él, por cuentiones territoriales o mercantiles. Finalizaría la trifulca de naciones con el Tratado de Paris. En un momento de la contienda, el Almirante George Pocock con 26.000 hombres y casi 200 velas ha zarpado de Martinica y siguiendo la costa sur de la isla se presenta ante la Habana. Con temeridad y pericia ha sorteado un sinfín de playotes, cayos y bajíos a lo largo de 700 millas, sin otras armas que la sonda y una carta de marear oceánica. Sitia La Habana, objetivo británico codiciado desde todo tiempo. La defensa de la ciudad ha sido prevista con la llegada de nuevos cañones, infantes, artilleros y dragones sin monturas, cuyos caballos son aportados por hacendados de la isla, además de 600 esclavos cedidos por sus dueños. Una epidemia de fiebre amarilla importada de Veracruz diezma las fuerzas habaneras en los meses previos al cruce de impactos, pero los 420 cañones que vomitan fuego en defensa de la ciudad van a enseriar la escena del drama. A ellos hay que sumar los 9 navíos de línea y 25 barcos mercantes cargados de provisiones y pertrechos fondeados en el puerto, tres millones de pesos en metálico de la Real Compañía de Navegación, ademas de los repletos almacenes de la ciudad. Los habitantes son persuadidos para abandonar la ciudad, pero muchos de ellos acuden a otros cabildos y puestos militares isleños en demanda de armas para defender la capital.

Con la escuadra desplegada en abanico frente a la bocana de la bahía, comienza su cerco el día de Corpus Cristi. Es informado el gobernador del avistamiento de velas en medio de la solemne Misa Mayor que preside. La procesión que le sigue exponiendo la Custodia sacra bajo palio, escoltada por la curia diocesana, y desfilando tras ella cabildo, cofradías, hospitales, niños y el resto de fieles blancos, indios y pardos, queda suspendida. Se cierran las Puertas de Tierra con el toque de rebato y el espectante vecindario va regresando a sus casas. Al dia siguiente unas leguas al este, el Conde de Albemarle, comandante en jefe de la tropa, al frente de 8.000 infantes,  artilleros, zapadores e ingenieros, desembarca en playas de Cojímar y Bacuranao, luego de abatir los torreones guardacostas, para seguir en avanzadilla bifronte hacia la ciudad capital. Cuatro días mas tarde alcanzan la ribera oriental de la ensenada habanera y las bayonetas inglesas asoman sobre los incipientes cimientos del Fuerte de San Carlos de la Cabaña. La posición estratégica de La Cabaña, altozano a espaldas del Morro que domina el castillo y la ciudad, iba a determinar el desarrollo de la batalla. Desde esta ventajosa posición van a batir los artilleros ingleses el casco urbano de la capital y la retaguardia del Morro, sumándose al fuego de la escuadra que los bate desde altamar, mientras avanzan sus zapadores hacia los muros del castillo para dinamitarlos. Esta táctica había sido prevista por los estrategas de Carlos III, pero la construcción de La Cabaña no pudo ser concluida antes del ataque inglés, ni defendido con fortuna el fuerte frente al invasor en el nuevo teatro de guerra. El capitan de navío  Luis de Velasco y Fernandez de Isla es el heroico defensor del Morro que herido y con apenas ya dos cañones útiles en el fuerte, resiste uno tras otro los envites que se abaten sobre sus muros, a la vez que contempla cómo nuevas tropas de desembarco arriban a las playas. Algunas llegan desde Nueva York al mando del General Burton, pero deben ser ocasionalmente desembarcadas en las Bahamas tras ser interceptadas en el propio canal por barcos aliados. Navios de transporte y bajeles de guarda británicos son atacados por una patrulla de fragatas francesas, que toman 400 prisioneros y parte del material bélico que portan. Entre los que pudieron llegar a costas cubanas se hallaba un joven capitan llamado George Washington, el futuro general independentista de las 13 colonias inglesas. Cuerpo a cuerpo iban a caer luchando los últimos defensores del Morro contra aquellas avalanchas humanas que no cesan. Mientras, en La Habana seguían afluyendo nuevas partidas de voluntarios del interior que se aprestaban a luchar contra los invasores, quienes ya para entonces habian podido instalar en la Cabaña 45 cañones de campaña y otros tantos obuses y morteros.