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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – IV

La actividad comercial y portuaria de Cartagena se vio incrementada con el tráfico de esclavos africanos, negros bozales  traídos de  Angola y Guinea que el monopolio portugués comerciaba en el Caribe, y la colonia lusa movilizaba en Cartagena hábilmente. Durante el siglo XVII iba a ser un lucrativo negocio que empezaría a decrecer a final de centuria con la creciente población mulata y mestiza que alquilaba sus servicios a bajo precio, y a quienes no había que albergar ni vestir. El jesuita Pedro Claver, “apóstol de los negros”, dedico su vida a socorrer aquella carne maltrecha, hacinada en bodegas, que al llegar a puerto lustraban con aceite de coco para vender al mejor postor. En la cartagenera Plaza de Mercaderes o Plaza del Esclavo, subidos en tarimas, voceaban los feriantes la bondad de aquella mercancía humana, fuerza bruta para ingenios y estancias, canteras y tejares, estiba y calafateo los varones, pero también pacientes para el servicio del hogar o la cuida de niños y ancianos sus mujeres. Fuera del tiempo de flotas o coincidiendo con ellas, se voceaba la venta del esclavo con pingües tasas para el Cabildo. Se feriaba desde que llegaban los galeones hasta que la Flota del Sur apostaba en Panamá. Acudía entonces la Armada de Tierra Firme puntualmente a Portobelo para llegar al tiempo de feria en el istmo. Mientras, en las Plazas Mayor, del Matadero, del Mar, o el Portal de los Mercaderes se montaban tenderetes y bohíos para celebrar la propia feria cartagenera. Además de la trata de negros, allí se mercaban perlas de Margarita, sal de Cumaná, oro del Cauca, Antioquia y El Chocó, ron, azúcar y melaza de los valles de Aragua, cañafístolas, café, yuca, papaya de Santa Fe, cueros y tasajos de los Llanos.  Llegan costeando la Tierra Firme o bajan del interior por el Magdalena. Pero se feriaba también cuando llegaba la Flota de Sevilla. Nuevamente el quehacer vital de la ciudad bullía de actividad comercial y portuaria. Se depositaban las mercancías en los bajos de la Real Aduana donde eran tasadas y grabadas de almojarifazgo antes de sacarlas al mercado. Concurrían ahora ropas, vestidos, perfumes, tafetanes y encajes de Flandes, delicia de las damas cartageneras. Pero también vinos de Castilla, aceite de oliva andaluz y manufactura varia: cuchillos, tijeras, cerrajería, aperos, clavazones, llantas de carro, toneles, cristalería, loza. Sin olvidar cureñas, mosquetes y municiones varias: pelotas, bolaños, balerío de piedra o hierro, metralla y pólvora, siempre pólvora, para la dura defensa del enclave. Y añadido a todo ello el Situado Real, que  había de subvenir los gastos de la defensa y gobernación de la plaza.

En 1640 la Armada de Rodrigo Lobo da Silva volvía a Lisboa en retirada de su fracasado intento de reconquistar Recife, capital del estado azucarero de Pernambuco, región brasileña a la sazón ocupada por Holanda. Los reinos de España y Portugal estaban todavía hermanados, aunque por poco tiempo ya, bajo la testa coronada de Felipe IV. En ruta hacia la salida caribeña de las Bahamas, pero desconocedor de los accesos a la bahía de Cartagena donde trata de recalar, el almirante portugués encalla 3 de sus naves en un bajío de Boca Grande. Rescatará la nao capitana, pero no los galeones “Buen Suceso” y “Concepción” cuyos pecios iban a represar el arrastre del fondo arenoso hasta conformar un tómbolo entre Tierra Bomba y Punta Icacos. Años después con nuevos aportes, iría nutriéndose todo él de los propios palos de icacos más otros nuevos de mangle. El taponamiento de Boca Grande forzó el flujo y reflujo de mareas por los caños de Boca Chica y Saltacaballo, y las nuevas corrientes iban a potenciar el dragado espontáneo de sus lodosos fondos marinos sobre lecho de greda. El agua interior << tiene el movimiento de subir todo un día entero, baxando después en cuatro o cinco horas >> consideración de Jorge Juan que viene a demostrar el desagüe veloz con arrastre diario hacia el exterior de los sedimentos del caño. Pronto se iba a conformar una canal entra la isla Barú y Tierra Bomba, por donde los galeones empiezan a entrar a las aguas interiores. Esta circunstancia marcará el cambiante diseño estratégico de las defensas que tachonarían la ruta de las naves hacia la ciudad.

Tras más de un siglo de trasiego por el Canal del Dique, el jurisconsulto de Salamanca Pedro Zapata de Mendoza, a la sazón nuevo gobernador de Cartagena, manda excavar su segundo tramo (1650), cegado en gran parte por arrastres aluviales del Magdalena. El dragado, limpieza de palotales y desarraigo de matojos, aumentó la fluidez y el tráfico de champanes durante la época húmeda, y consiguientemente su carga de pasajeros y mercancías.

Desde la costa a Mahates iban y venían a la vela naves ligeras de uno o dos mástiles, siguiendo en toda época el rosario de las ciénagas saladas, que canalizadas y desarbustadas en ciertos pasos, carecían de arrastre aluvial y mantenían su profundidad de servicio. Desde Mahates al Gran Río, la canalización del gobernador Zapata permitía circular a los champanes del Magdalena durante la época húmeda, en tanto que durante la seca, eran las recuas de mulas y las caravanas las que portaban cargas y hombres por el lecho seco del canal. Se excavó por Barranca Nueva una zanja de cinco metros de ancho que atravesaba 2.500 metros del aluvión depositado en las últimas décadas, trabajo que a golpe de carretilla, pico y pala, tardaron 2.000 hombres bien techados, alimentados y pagados, mas de cuatro meses en completarla. Una población nómada de 2000 personas que avanzaba día a día por la ciénaga, con lo que ello suponía de logística, avituallamiento y sanidad, en medio de la nada. Se perfilaron caños recortando más de 2.000 metros de manglar. Se abatió una franja de bosque lacustre de 20 kilómetros para diversificar el paso de los champanes hacia otras ciénagas tributarias del gran Río. En resumen se potenciaba de nuevo la vía oculta del transito comercial entre la penillanura bogotana y el puerto base de la Flota de Barlovento.              

En el nuevo marco de la Guerra de los Nueve Años (Liga de Augsburgo 1688-97) se desarrolla en un ámbito europeo un “todos contra Francia”, dado el despiadado expansionismo de Luís XIV sobre los territorios alemanes del Rin. Francia, la potencia hegemónica del momento, desea una posición de mayor fuerza para presionar a España en su reclamo de Haití, la parte occidental de La Española, mientras Inglaterra trataba de arrebatarle en río revuelto, sus colonias americanas. Ante la empresa hispanoamericana, el  propio Rey Sol se involucra en su gestación durante más de un año; será una armada naval que vaya al Caribe para tomar Veracruz, La Habana o San Juan de Puerto Rico. Trata de reforzar con esta toma sus pretensiones territoriales ante el Tratado de Paz de Ryswick, que se programa cercano cuando ya los representantes de los países involucrados mantienen contactos previos. Es el zarpazo desesperado de última hora de la poderosa fiera herida que es Luís XIV, el monarca más poderoso del siglo, al que se le niegan espacios franceses tanto en Europa como en América.

Parte el Barón de Pointis de Brest, con una escuadra de 29 naves y 6500 hombres de maniobra y guerra y el beneplácito de su majestad cristianísima, que aporta de su propio peculio 7 navíos de línea, 3 fragatas y algunas otras naves menores. El ennoblecido comandante no es ningún aventurero, sino un alto oficial de la marina francesa que navega hacia Haití para usar la bahía de Pitiguao como base de la acometida naval deseada por su rey. En Haití convence a su gobernador Jean-Baptiste Duchase para que se una a su ya decidida expedición sobre Cartagena, aportando otros 650 bucaneros y 200 negros libres residenciados en la colonia, de procedencia varia, cuando no dudosa o abiertamente pirata. Cuando las velas francesas arribadas, maniobran en mar abierto frente al flanco cartagenero, la ciudad contempla asombrada aquella poderosa e inesperada flota de pabellón francés, que enfila proas bajo un fresco norte azuzador de crecidas rompientes sobre los escollos. Los espías españoles no han sabido descubrir la silente peripecia que durante un largo año habíase gestado en el santuario marinero bretón de la Escuela de Cartografía de Dieppe. El conocido nido académico de la ciudad, lo era también de informantes al buen postor, y en él se graduaban no pocos pilotos españoles entre otros europeos de nacionalidad varia. Pero el embajador español en Paris nada sospechó, ni siquiera cuando la armada surgió del puerto de Brest, a pesar de estar su país en guerra con España. Evidentemente aquel embajador no era veneciano. Cuando el almirante francés decide acudir a tierra para parlamentar con la autoridad cartagenera, un malhadado golpe de resaca de los entrantes alisios, vuelca su bote, lance en el que a punto está de perecer ahogado. Una vez repuesto y ante la negativa a capitular del gobernador español, De Pointis comienza el bombardeo desde el mar, seguido por dos intentos de desembarco en el frente marino, frustrados ambos por una confusa mar sobre los escollos. Dos días después concentra el fuego sobre el Castillo de San Luís y la Plataforma de Santángel batidas intensamente hasta silenciar ambos bastiones. Desembarcan 1200 atacantes en Tierra Bomba, que van a testificar la rendición del primero traicionado por su guarnición de soldadesca negra y mulata de estancias vecinas, que desarman al capitán español y pactan con el francés; el segundo, porque caen abatidos sus defensores. Avanzan hacia Santa Cruz, Pastelillo y San Lázaro, que dominan el acceso por mar a la ciudad y son abandonados por sus guarniciones. Sin impedimento, la escuadra penetra en aguas interiores desde donde va a bombardear a placer la ciudad hasta su rendición. Bajo intenso fuego naval el Fuerte de San Matías, al otro lado de la enarenada Boca Grande, es abandonado por su guarnición, en retirada hacia el cerco amurallado de la ciudad. Como un castillo de naipes, van cayendo uno a uno los baluartes, cortinas y castillos que circundan los accesos marinos y terrestres a la ciudad, atendidos por bisoños reclutas pardos, que van enarbolando bandera blanca tras bandera blanca, abandonando a las manos bucaneras sus baluartes. Tras 20 días de asedio, la ciudad capitula. Con feroz saqueo combinado por sus desembarcados marinos de Tierra Bomba y la ralea de bucaneros y negros haitianos, dejados en  playas de Boca Grande, se completa la ocupación de la plaza (1697). Los últimos defensores, como tantos predecesores en idéntica circunstancia, huirán hacia los cerros del interior para salvar la vida, porque los franceses han venido para quedarse, y no piensan negociar la consabida “vacuna”. Dieciocho días de febril pillaje suceden a la capitulación. El daño económico inferido es demoledor. Monedas, cuberterías, objetos decorativos, medallas y joyas de pedrería, 98 cañones y 12 campanas de bronce, municiones, armas pertrechos y esclavos, además de otros tantos millones de pesos por destrozos ocasionados en defensas y edificios públicos de la ciudad, se estima suman los 20 millones de pesos. Pero aún no había terminado el calvario francés.

Comienza el lento y minucioso reparto del botín. Al Rey Sol le corresponden según pacto financiero y reglas en vigor, la cantidad de dos millones. Pero entre tanta minucia, con los alisios del nordeste han llegado las lluvias. El cielo se abre en frecuentes cataratas, desconocidos “palos de agua” para el europeo, que deslavan el paisaje con arrastres y derrumbes, socavan y encharcan el suelo con aguas estancadas y… exhuman espontáneamente los cadáveres putrefactos de las víctimas. La fiebre amarilla invade la región bajo nubes de mosquitos que empiezan a diezmar gravemente las tripulaciones. De Pointis decide partir. Abandona el sueño de conservar Cartagena para la Corona de Francia y manda volar todo fuerte, cortina o baluarte que persiste aún. Duda si logrará conservar siquiera los brazos necesarios para maniobrar las naves que le lleven a suelo francés. Simultáneamente los bucaneros exigen mayores cuantías en el reparto del botín. Ante el hecho consumado de la partida del almirante, los cabecillas haitianos deciden un segundo saqueo con que satisfacer sus desoídas demandas gananciales. Durante una semana pillan de nuevo cada casa, cada bóveda, cada soterrado, cada tumba. Violan, masacran, torturan a los prisioneros para que canten los escondrijos de supuestos tesoros, exponen al aire los esqueletos para descubrir alguna joya con que en su día fueran amortajados los cadáveres. El impotente Duchase se desespera con cada mala nueva de su gente que le llega. Un horror que precipitará a posteriori la fortísima depresión económica que va a sufrir la ciudad. Nunca el filibusterismo había conseguido el desorbitado botín de 10 millones de pesos que costaría a Cartagena rescatar su integridad.

De Pointis inicia el que iba a resultar retorno más afortunado de su vida, a pesar de la fiebre que diezmaba día a día sus navíos, dejando en su estela tiburones nutridos por cientos de cadáveres apestados. A la altura de las Bahamas, su rumbo es interceptado por un convoy anglo-holandés que pasa a navegar por barlovento en vigilante demarcación paralela, a la vez que trata de mantener el resguardo del maldito hospital flotante que constituye la flota francesa.  Pero no por ello va a librarse el convoy de ser contaminado con una de las más terribles debacles pestíferas de la navegación universal. Con el almirante y seis capitanes de su flota, caen 1300 marineros ingleses en pocas semanas. En cuanto a los holandeses se quedarán sus naves sin capitanes sobrevivientes con que regresar a Europa, con lo que acaban por desertar de tan peligrosa compañía. Pese a todo, los franceses siguen solos, arrojando cadáveres apestados por la borda, y maniobrando en precario su ruta hacia el Atlántico. A la altura de Terra-Nova van a soslayar la presencia de nuevas naves inglesas, y todavía otras más próximas al acercarse a las costas de Bretaña. Burlará en última instancia el avistamiento del expectante Almirante Nevill que trata de interceptarlo, pero se le escabulle en la oportuna niebla que difuminaba el Canal de la Mancha en los días de su arribo. Entrará en Brest tres meses después con un extraordinario botín que va a convertirle en rico hacendado. Para evitar resquemores, el rey asignará una suma compensatoria al descontento de los filibusteros haitianos, y a Duchase le condecorará con la Cruz de la Real y Militar Orden de San Luís, creada unos años antes por el propio Rey Sol para premiar a los oficiales más valerosos de su ejército.  Après, tout le monde satisfait.

Cuando la noticia del desastre de Cartagena llega a Madrid, se ordena formar en Cádiz una armada bajo el mando del General Díaz Pimienta a base de 4 naves, 116 piezas de artillería y 2.500 hombres que van a reconstruir los daños ocasionados por la asonada franco-filibustera. Tres años mas tarde (1700), la plaza iba a contar con una dotación fija de 1075 hombres y abundante munición y repuestos bélicos. Una vez más la ciudad reforzaba su defensa demasiado tarde, a remolque de las duras lecciones aprendidas de su historia.

Pero para su gloria imperecedera una Cartagena recuperada resistirá al almirante Edward Vernon en 1740. El marino ingles, con la más formidable flota conocida hasta entonces, fracasa  trágicamente en su asedio de dos meses. Mas de 23.000 combatientes entre marinos, soldados, negros macheteros de Jamaica  y reclutas de Virginia, con 186 barcos y potencia de fuego de 2.000 cañones han venido de nuevo para  quedarse en la apetitosa urbe caribeña, a la vez que tratan de quebrar por el istmo y el Canal del Dique la cintura de avispa del Imperio Español. Frente a ellos, la férrea voluntad de Blas de Lezo, Comandante General de  la Armada de Tierra Firme, que regresa apresuradamente a su base ante las alarmantes confidencias que le llegan de Jamaica, base de la flota inglesa. La ciudad  con sus 3.000 hombres de tropa regular y milicias concejiles, además de 600 diestros flecheros indígenas que saben moverse letalmente entre manglares, se arropa en sus baluartes fortificados bajo el mando del marino pasaitarra con seis barcos de su Armada, reglados por marinería y tropa de desembarco. La lucha a muerte que sigue y la desproporción de las fuerzas contendientes, escapa a todo comentario. Baste decir que la mortandad inglesa, con sus miles de cadáveres insepultos o semienterrados anegando ciénagas y manglares, y la incansable ayuda de los mosquitos, acaba por emponzoñar de peste la ciudad. De ella muere, junto a cientos de cartageneros, el ilustre marino español, días después de levantado el cerco. Cartagena sabrá erigirle el monumento que para vergüenza propia su patria chica le ha denegado hasta hoy. Resulta bravo el contraste con Inglaterra, que por cumplido agradecimiento hacia sus deudos, yerra esta vez acuñando antes de tiempo medallas conmemorativas de la supuesta “caída” del enclave, imprudente por deseada, con la apostilla de “humillada la arrogancia española” (sic). Medallas que por orden secreta de su rey serán silentemente retiradas, opacando una misión acabada en cruel fracaso, y que tras pírrica porfía en Londres, había logrado fuera aprobada por su parlamento un Vernon seguro del poderío que comandaba. Lecciones de la Historia acá, allá y acullá.

En 1765 se crea la escollera, para consolidar los arrastres de arena de Boca Grande por donde Drake había entrado a la bahía, pero Vernon encontró cerrada. Llegará Cartagena a las 18.000 almas a finales de siglo constreñida por las murallas vitales, que pese a la nuevas tácticas de guerra, se estima debe guardar para subsistir. Queda vedada toda expansión extramuros. Los mejores ingenieros militares del todavía poderoso aunque mermado Imperio Español, dimensionan la ampliación de los bastiones y fuertes que la ciñen y protegen, a la vez que tantean nuevos proyectos y variantes para su nuevamente enarenado segundo Medio Dique, y limpieza del primero, convertido a la sazón en inmensa pradera de juncos y yerbajos acuáticos . Para volverlo operativo, a lo largo del difícil siglo XVIII, se barajan nuevos dragados, esclusas, régimen variable, tablestacados, compuertas, embaulados, gaviones, más diques, cambio de boca…Hasta el propio Alejandro de Humboldt emite su opinión sabia. Pero frente a la cada vez más acuciante necesidad del desbroce del segundo tramo del canal, más cercana resuena la cabalgada independentista. La incertidumbre política aumenta con las guerras napoleónicas, y la obra del tramo superior del Canal del Dique, nunca encontrará financiación para acometerse en aquel vaivén de mercados. Estalla finalmente la guerra civil que devendrá en independencia. Tras ella y el vacío de la herida pero secular España, la arruinada Cartagena ha visto desaparecer a sus mejores y más preparados hijos, el Situado Real de la Corona, los sucesivos ingenieros militares que la han arropado desde su gobernación o desde la metrópoli, la masiva vacuna antivariólica infantil con fondos públicos que trae la misión Balmis…Con el silencio de las armas solo se escuchará un remolino local de voces de caudillos y caciques vociferantes, que la objetiva Historia ha de poner en su lugar. Un siglo perdido que tardará la ciudad en recuperar su población de los días de la independencia.

Para entonces, el comercio con las Indias había sido liberado (1745), y desaparecido del Comercio hispano el régimen de Flotas de los Austria. Perseguida la piratería por todas las flotas europeas, acabó por extinguirse, salvo casos puntuales de los mares americanos y europeos. Solo el Mediterráneo conservaría durante algunos años ciertos piratas berberiscos, apoyados bajo cuerda por Estambul. Los navíos de registro se habían impuesto en el tráfico de mercancías entre Cartagena y Europa. Desde cualquier puerto de bandera amiga aportaban barcos en época cualquiera del año. Las ferias, producto de la conjunción temporal de naves y negocio, languidecían pese a los esfuerzos de cabildos y gobernaciones. El tráfico de esclavos había sido prohibido. El declive del comercio y su tránsito portuario afectarían severamente a Cartagena, ciudad nacida del comercio marino y para el comercio marino. Su contraída población de la segunda mitad del siglo XVIII, alcanzaría sin embargo los 20.000 habitantes a final de la centuria.

Llegan entonces los nuevos y complicados tiempos de insumisión e independencia que la magnífica ciudad del Caribe intentará domar. Y tras las heridas de cada batalla, sabrá lamérselas y conservar como Patrimonio de la Humanidad su particular herencia cultural, cobijada tras la cantería de bastiones heroicos y joya de la corona de la hoy promisoria nación colombiana.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – I

La primera expedición de Diego de Bastidas (1501-1502) hacia las costas de Tierra Firme, iba a descubrir las bocas del río Magdalena y todo el litoral centroamericano hasta el golfo de Urabá o del Darién. Allí quedaban las islas de Barú, donde años más tarde, Pedro de Heredia (1533) fundaría la ciudad de Cartagena de Indias. El notario Bastidas llevaba como piloto a Juan de la Cosa, compañero de viaje de Colón y armador – propietario de la nao Santa María. En sus cartas de navegación aparecerá por vez primera el nombre de Golfo de Cartagena, en vez del de Golfo de Barú asignado por Bastidas, fundador de la ciudad de Santa Marta (1526), en su primer mapa conocido de Tierra Firme. En la expedición de Alonso de Ojeda “erizado de flechas…como un puercoespín” flechado por los indios caribes (1510), moriría el ilustre navegante e hidrógrafo santoñés, primer cartógrafo de América (1500). Tras aquella terrible muerte Ojeda se retira para siempre del escenario cartagenero. << Toda esta costa…es de indios que comen hombres y que tiran con flechas envenenadas, a los cuales llaman caribes…son bravos y feroces conforme al vocablo; y por ser tan inhumanos, crueles, sodomitas, idólatras, sean dados por esclavos y rebeldes, para quien los pudiese matar, capturar o robar, si no quisieren dejar aquellos grandes pecados y tomar amistad con los españoles y la fe de Jesucristo >> había decretado el ya anciano Fernando el Católico, de acuerdo al consejo de sus teólogos, letrados y canonistas de Salamanca.

En situación límite, con sus naves anegadas de agua, la primera expedición de Bastidas retorna del belicoso Urabá a La Española, en busca  de una ensenada segura donde varar las naves. Ignoraban la existencia del gusano de mar conocido como “broma” (lamelibranquio del género teredo), especie de carcoma de aguas tropicales que taladraba la tablazón de los barcos. Cuadernas y quillas, perforadas por las intrincadas galerías del gusano, esponjaba el maderamen que tras su ataque se deshacía con rapidez asombrosa. Era este un fenómeno que los europeos estaban observando en sus barcos por vez primera. Lograrán los expedicionarios arribar al golfo de Xaraguá, donde abandonan sus anegadas naves para alcanzar por tierra la ciudad de Santo Domingo, tras 70 leguas de duro caminar por la manigua. Allí prepararán nueva expedición a  Tierra Firme, no sin antes retornar por mar a Xaraguá para rescatar jarcias y pertrechos de las naos abandonadas. No a mucho tardar los galeones de las armadas reales que iban a navegar en aguas americanas, llevarían forrados sus cascos con láminas en principio de plomo, más adelante de cobre. Años más tarde se conocerá de ciertos indios del Pacífico, la existencia de maderas resistentes a la “broma”, y con ellas y otras descubiertas en Cuba o Filipinas se construirían gran parte de los galeones de América y del Pacífico.

            Pedro de Heredia capitula en España con la Corona la conquista y poblamiento de la parte de Tierra Firme comprendida entre las bocas del río Magdalena y el golfo de Urabá con el título de Gobernador de Cartagena. Ha esperado pacientemente a que otros candidatos relevantes vayan desistiendo de poblar en tan peligrosos pagos. Entre ellos el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo que opta al fin por retirarse con sus bien adquiridas rentas de soldado e historiador, versus enfrentarse a la dura grey caribe. Escarmentada la Corona con las “cabalgadas” de grupos armados que penetraban en territorio no cristiano, herencia de la Reconquista frente al moro, introduce unas “Ordenanzas sobre el buen tratamiento a los indios y manera de facer nuevas conquistas” bajo amenaza de Juicio de Residencia, caso de su incumplimiento. Las “cabalgadas a botín” hechas por partidas armadas en La Española y Puerto Rico, buscaban indios que esclavizar siguiendo el ejemplo genovés de Colón, hasta que fuera tajantemente prohibido por Isabel La Católica y sus herederos en el trono. Para la Corona Imperial, como Majestad Católica de los Nuevos Reinos de Indias, mas no colonias,   que Roma habíale proclamado, los indígenas del Nuevo Mundo eran a todos los efectos tan súbditos como los castellanos o genoveses. Heredia conocía los severos precedentes que los letrados reales tramitaban, y el juicio a Colón, de dominio público, con la subsecuente desposesión de sus títulos capitulados en Santa Fe de Granada. Pero no parece que a ellos se atuviera estrictamente, porque fue sometido también él, y por dos veces, a Juicio de Residencia y condenado por la audiencia de Panamá en una de ellas, por lo que ya anciano, decide embarcarse para defender en España su  honra. Alega frente a los detractores que fue justa su guerra contra los caníbales, sodomitas e idólatras, nunca considerados súbditos de sus católicas majestades. Pero tampoco nunca pudo demostrarlo, porque desapareció con su nave durante el viaje en mitad del Atlántico (1554).

              Pedro de Heredia durante sus años de estancia en Santa Marta a las órdenes de Bastidas había venido acumulando información geográfica y étnica sobre el territorio. Conoce cada caño, estero y ciénaga desde la costa de Santa Marta y el gran río Magdalena hasta las bahías de Cartagena y Barbacoas, como también la idiosincrasia indígena y sus tácticas guerreras de hermético ocultamiento, aparición súbita, agresión en estampida vociferante y mimesis final. Es un inquieto e impertinente curioso hijo del Renacimiento. Conoce las dificultades del terreno y la bravura de “los rabiosos indios caribes flecheros” surgidos en rápidas canoas que saben  deslizar a cortas paladas sobre las aguas someras de las ciénagas, cuando sus caballos se adentran pesadamente por pantanales o tierras anegadas. Pero sabe también jugar sus barajas de conquista: comunicarse en lengua vernácula, potenciar la enemistad entre caciques para apoyar a uno sobre el otro, que luego abandonará por poco fiable para aupar ahora al sumiso vencido, ganar con dádivas y lisonjas a sus mujeres, emplear el aterrador trueno de los mosquetes en contrapunto sicológico frente al griterío galvanizante de la turbamulta indígena, cargar al galope de sus minotauros acoplado por feroces alanos, como ola capaz de arrollarlo todo a su paso.

En “una nao, dos carabelas y una fusta” (suerte de galera ligera mínima, vela y remo, poco calado, dos cañones proeles y un popel para enfilar y vomitar fuego graneado sobre las canoas indias) al decir del biógrafo Juan de Castellanos

Que mandó hacer aposta

                                                 Para poder correr aquella costa”

Portando una hueste de 200 soldados acompañada de sus mujeres, dos predicadores y algunas familias de indios antillanos y negros, desembarca en las islas Barú como Gobernador que ha de “poblar” en aquel litoral, lo que en román paladino significaba fundación e instalación de familias a su costa con infraestructuras de subsistencia, tales como semillas, ganado y animales de corral. El hidalgo madrileño trae entre ellos a su presunta amante e intérprete, una india calamarí comprada en La Española, apresada cuando niña en una de las muchas cabalgadas a botín de Tierra Firme en otros tiempos. Conocida como Catalina, iba a ser la nueva Malinche de sus negociaciones y acuerdos con los caciques del entorno, inapreciable intérprete y asesora que acabaría sus días en Sevilla, casada con un sobrino del propio gobernador. Heredia funda Cartagena del Poniente (1533) en la isla Calamarí (cangrejo) abandonada recientemente por los nativos cuyos bohíos manda ocupar. ¿Abandonada? Despoblada. Hoy sabemos fehacientemente gracias a recientes respaldos investigadores de nuestras universidades (rematados por su monumental “Guns, Germs and Steelde J. Diamond, California 1996) lo que ya habían venido diciendo los conquistadores y sus cronistas respecto del fenómeno indiano, pero que fueron gratuitamente desmentidos por indigenistas e hispanófobos indocumentados, cuando no opacados por los alaridos “mediáticos” del ingenuo Padre Las Casas: que en cortos años, la población autóctona había desaparecido de aquellos bosques lacustres. Hoy sabemos que fue devastada por los virus traídos por los afro euroasiáticos desde sus primeros contactos. Tanto como que regresaron alguno de ellos al Viejo Mundo portando como regalo del Nuevo, la suerte de peste bubónica llamada sífilis, endémicamente conservada por las hembras amerindias. El consabido toma y daca universal entre etnias dispares que contactaron a través de sus migraciones históricas. Treinta años después, aquella población indígena de “rabiosos indios caribes flecheros”, había desaparecido. Fenómeno análogo al experimentado en las colonias francesas e inglesas del norte un siglo más tarde, que unos y otros han investigado y ratificado modernamente.  Los escasos pobladores que halla ahora Heredia en su gobernación de Tierra Firme, se avienen sin más a pactar con los recién llegados, mediatizados siempre por los buenos oficios de Catalina. << Ya los turbacos no eran los mismos de veinte años atrás >> dirá sobre esa gens autóctona el cartagenero Lemaitre. Llegarán a intervenir en defensa de los advenedizos pobladores en no pocas ocasiones de asechanza filibustera o corsaria. Algo había mutado sus mentes tras la mágica hecatombe humana de aquellas tribus.

A semejanza de la Cartagena del Levante,  su homónima fenicio-púnica-romana del Mediterráneo, la bahía elegida suponía un seguro abrigo para naves, además de tener aguas tranquilas y buen fondo para recalada y anclaje, abundante madera para carenar y fácil aunque escasa aguada en pozos de Getsemaní, isla contigua a la elegida. Sus aguas interiores abundaban en pescado y grandes tortugas, pero debían cuidarse de los tiburones y caimanes de ribera sus hombres de mar.  << Aunque las brisas venteen en el verano con algunas ráfagas, o el vendaval con turbonadas en invierno, nunca se ve más agitación en las aguas, que la que suele notarse en un apacible río >> nos diría de ella años mas tarde Jorge Juan, ilustre marino y científico de la Real Armada.  Una vez instalada su gente en Calamarí, reconoce el gobernador la demarcación con su nao hacia el norte, una carabela hacia el sur y numerosas entradas a caballo, a remo, a vela y a pie hacia el interior. Con la fusta rastreará el rosario de ciénagas nutridas por la marea desde Barbacoas hasta Mahates, puerto indígena que refundaría apenas unas semanas antes que la propia Cartagena. Explora la confluencia del Cauca con el Magdalena, y regresa tres semanas después para fundar Cartagena, comprobado ya su acceso directo al Gran Río sin necesidad de salir de la gobernación capitulada. Para entonces se ha parcelado la isla y construido en madera la iglesia parroquial donde culminaría con un te deum la fundación de la villa, tras nombrar Cabildo y sortear los solares. La cercanía del río Magdalena era una valiosa referencia que facilitaba el acceso fluvial hacia el interior del continente, lo que junto a la bondad del abrigo, había pesado definitivamente en el ánimo de Heredia para poblar en aquellas islas al norte de la bahía.  Acertada ubicación geográfica  que iba a condicionar la vida futura del enclave y su entorno. El Gran Río sería sin duda la avenida precisa hacia los promisorios valles altos de los Andes, de clima sano y tierras frías, libres de la fiebre amarilla que diezmaba los poblados de la costa, donde poblaba por aquellas fechas un abogado por  Salamanca llamado Gonzalo Jiménez de Quesada. Con el Renacimiento, la Corona había encontrado su mejor brazo ejecutivo en los hidalgos viejos, egresados en derecho romano de sus universidades, como arma efectiva para diluir las veleidades políticas de sus ricoshombres. Quesada había también intuido que por sus aguas podrían descender los productos agrícolas y ganaderos de aquellos colonos del altiplano, al puerto que prometía convertirse en el más importante de la América atlántica. La época de lluvia mantenía navegable per se el tramo Magdalena – Mahates, inundado por el sobrante del crecido caudal del río. En la época de los cielos azules devenía el tramo en sequedal, debiendo entonces transitarse a uña de caballo o reata de mulas. Con Pedro de Heredia se iniciaba así una ruta integral de navegación interior, alternativa a otra mixta de remo-bestias de carga según la pluviometrìa reinante, y que conocemos hoy como Canal del Dique. El primer Medio Dique comenzaba su trayectoria en los muelles cartageneros de la conocida como Plaza del Mar  y a través del estero de Saltacaballo pasaba a la bahía de Barbacoas, adentrándose posteriormente hacia el Magdalena por ciénagas saladas hasta Mahates. El segundo Medio Dique se contaba a partir de Mahates hasta alcanzar finalmente el río. Allí había estudiado Heredia ciertos caminos terrestres detectados entre Mahates y las Barrancas del río Grande, pero también rutas acuáticas paralelas siguiendo regatos, caños y humedales con juncos encamados que acusaban el reiterado paso de canoas indias hasta ciénagas próximas al Magdalena. Retomando la rutina indígena, durante el invierno boreal podría remontarse el segundo Medio Dique siguiendo a uña de bestia el propio cauce, ahora seco, que las crecidas fluviales veraniegas anegaban con agua dulce para transformarlo entonces en escorrentía navegable de aguas someras. Mahates iba a ser el punto de enlace, comúnmente conocido hoy como parada y fonda de los dos tramos del canal, que poco a poco iría creciendo con nuevos galpones, posadas, albergues, almacenes y depósitos. Sus alcabalas y peajes pasarían a nutrir la hacienda del reciente Cabildo, bajo el perdurado nombre de “Dique, Balsa y Barranca”.

 
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Contexto Histórico de Puerto Rico – I

Colón en su segundo viaje descubre la isla de Puerto Rico (1493), Borinquen para los nativos tainos, que denominará San Juan Bautista, en honor al primogénito de los Reyes Católicos. Su primer Gobernador, Vicente Yáñez Pinzón, es prontamente reclamado por el Rey (1508) y comisionado para buscar “aquel canal o mar abierto que yo quiero que se busque”, relativa al supuesto paso del Caribe hacia el oeste. En el corto tiempo de su gobierno, desembarcará rebaños de ganado y animales domésticos traídos de La Española como infraestructura para el asentamiento de futuros colonos; ganado mayor y menor (caballos, asnos, mulos, bueyes, toros bravos, vacas, cerdos, cabras, ovejas) que tras sucesivos aportes llegarán a adquirir gran relevancia ganadera. Comienza la idea de expansión antillana tras un aumento poblacional, y con la creación de nuevos asentamientos Puerto Rico suministrará ganado, cueros y sebo a los emprendedores que incursionan en Tierra Firme. Pizarro adquirirá allí caballos para su empresa peruana.

Juan Ponce de León, conquistador y a la sazón exitoso hacendado cultivador de yuca en Santo Domingo, es nombrado nuevo Gobernador de Puerto Rico. Ovando, artífice de la pacificación y Gobernador de La Española tras el desorden creado por la familia Colón, ha presentado la candidatura de su estrecho colaborador al rey, y la Corona deposita sobre Ponce de León su “Pláceme”. Será copartícipe en adelante del esfuerzo de ordenamiento de la conquista y colonización geopolítica mas dilatada de la Historia. Una gigantesca empresa, que con sus humanas luces y sombras, iba a ser comandada por las gentes de un pequeño país mediterráneo, recién heridas por el espíritu del Renacimiento itálico.

Ponce lleva en su expedición a Borinquen el tubérculo que produce, para su sembrado y aclimatación. Se asienta en Caparra (1508) primera capital de la isla, que pronto abandona hostigado por los belicosos caribes, cohabitantes de Borinquen con el mundo taino, para establecerse sobre un islote que domina la entrada de la bahía y que ya nombran como Puerto Rico. A partir de 1520 comenzará a llamarse San Juan a la capital y Puerto Rico a la isla toda, al contrario de lo que sus descubridores habían tácitamente asumido.

Desde 1512 el asentamiento en la isla habíase llevado a cabo por el sistema de encomiendas primero, repartimientos después, mediante el cual los colonos controlaban a los indios tainos a quienes por real mandato habían de catequizar y civilizar. Es decir, protección de un colectivo humano a cambio de su trabajo para una sociedad que los incorporaba a su propio desarrollo. Instituciones ambas del origen repoblador castellano en la Península, que adquirirían en América peculiares sesgos. Reacios a toda sujeción, los antropófagos caribes se alzarán en repetidas ocasiones contra los europeos. Esta actitud de la etnia caribe frente los escasos pobladores, va a provocar su reacción de  guerra sin cuartel para sojuzgarlos, esclavizarlos o expulsarlos de la isla, dada su imposible convivencia, ni tan solo tácita vecindad con los salvajes. Una sublevación general al comprobar la no inmortalidad de los españoles, tras ahogar a un cautivo para corroborarlo, aconseja a Ponce ordenar a los colonos construir sus casas de “cal y canto”, como fuertes individuales de autodefensa frente al indígena. Él mismo se establece con su familia en la que se conocerá como “Casa Blanca” de San Juan, hogareña autodefensa consolidada sobre un otero a base de tales materiales. Pese a su naturaleza levantisca, la culturización de nativos es tarea primordial, encomendada a los franciscanos de Caparra establecidos allí desde 1512, que van a sufrir el saqueo e incendio de su monasterio por los persistentes caribes un año más tarde. En estos primeros tiempos, los hijos de caciques debían permanecer al cuidado de los frailes durante cuatro años, para su evangelización y  aprendizaje de lectura y escritura. Se pretendía con ello garantizar a futuro un liderato indígena ilustrado y cristianizado, capaz de asimilar y compartir las nuevas ideas culturales, sin colapsar los esquemas de sus saberes autóctonos; pero estas leyes emanadas de la Corona hispana, solo pueden ser razonablemente aplicadas a la etnia taina. Mabú, cacique del lugar de Humacao siglos después colonizado por isleños canarios, será uno de estos pioneros letrados discípulo de franciscanos, de corto y contestado didactismo antes de abandonar la isla. Serán los dominicos desde  su establecimiento de San Juan (1522), quienes prosigan en solitario por más de cien años, a veces en el propio idioma autóctono, este programa de culturización indígena.

Pero una vez lograda la imprescindible convivencia social de la isla, toda constitución de una nueva sociedad productiva de ella emanada, basada en elementos tan dispares como una mano de obra aborigen, ayuna de cualquier tradición laboral competitiva, bajo las directrices de hombres del Renacimiento, con mentalidad y empuje acordes a su vital tempo europeo, habría de traer nuevos enfrentamientos y rebeliones étnicas, con la sola concordia de las pacientes órdenes religiosas proclives siempre a la defensa del más débil. Una constante en aquel magno panorama que se abría ante los españoles, cuya colonización no se basaba en factorías costeras de estilo portugués, sino en la profunda inmersión en su mundo de los nuevos territorios descubiertos con sus gentes. Era el modelo de la Reconquista peninsular, único ensayo repoblador europeo hasta entonces acometido, el único por ellos conocido.  Mas temprano que tarde, pensaban las mentes preclaras de Salamanca, iría fructificando la enseñanza de los frailes a través de universidades que pronto habían de establecerse, las primeras fundadas en América y Asia.

Debido a una querella interpuesta por Diego Colón en Madrid, reclamando a la Corona los títulos capitulados y luego perdidos por su padre, Ponce de León es retirado de la Gobernación temporalmente, aunque años después sea repuesto en ella. Entre tanto organiza una expedición que parte de Puerto Rico (1513) hacia el norte por el canal de las Bahamas (deformación fonética inglesa de  las Islas de la Bajamar, nombradas y cartografiadas por Colón). Atisba a babor costas de nueva tierra que supone isla, y que reclama para España. La llamará  Florida, por haberla hallado en Pascua de Resurrección (“Pascua Florida”). Corriendo su litoral descubre la Corriente del Golfo, ya intuida por Colón, que a partir de ese momento va a figurar en los derroteros al uso como lanzadera del Caribe, aprovechada ventajosamente por las naos de Indias en su retorno a Europa. El hecho de hallar un nativo que chapurrea su idioma, hace pensar a Ponce en cierto contacto o naufragio español previo a su arribo por aquellas costas, pero nada encuentran los juristas del Reino que confirme su temor. Será por ello nombrado Adelantado de La Florida en 1514, con el inherente derecho real a su conquista y poblaje siempre a expensas de su propia hacienda.

La Europa del Renacimiento había alumbrado una generación de hombres  sujetos a los mandatos de su rey, pero libres para acometer empresas privadas, por él aprobadas pero ajenas al concepto del vasallaje medieval. Estas empresas, libremente acometidas y financiadas por sus promotores, iban a plenar la gesta humana de América. El Rey de España era también Rey de las Indias y de otros reinos europeos, que por herencia o conquista habíanle correspondido por el derecho consuetudinario al uso. Como tal, tanto los europeos (ya castellanos, aragoneses, germánicos, valones, genoveses, flamencos, sicilianos, napolitanos, etc) como los indígenas americanos o filipinos, eran vasallos de una misma Corona. “Vasallos de estos Reinos” en lenguaje de la época, que por circunstancias históricas los castellanos principalmente hubieron de comandar. Solo la ignorancia simplista de pasadas centurias, la presión sicológica de circunstanciales caudillos independentistas, los inveterados enemigos de siempre, o la carencia de horas de biblioteca, han dado en llamar colonias españolas a los reinos de ultramar de la Casa de Austria primero, Borbón después. Como si de compañeras de viaje de las “Trece Colonias“  inglesas se tratase, pero con las que nada tuvieron que ver ni en sus leyes, ni en la implantación de saberes, ni en la integración de sus nativos a la común sinergia. Ponce de León y sus compañeros no iban a ser una excepción en su empresa de La Florida.

 
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Contexto Histórico de Santo Domingo (actual República Dominicana) – I

Cristóbal Colón en su primer viaje (1492) descubre la isla llamada Quisqueya por los nativos tainos, que denominará La Española. El primer asentamiento europeo empieza a conformarse en ella un año después al este del río Ozama (2º viaje), aunque será fundado oficialmente como ciudad por su hermano Bartolomé con el nombre de Isabela (1496) en honor de la Reina Católica. Años después, destruida por un huracán, será refundada al otro lado del río Ozama por Nicolás de Ovando (1502), con el nombre de Santo Domingo de Guzmán, el ejemplar hidalgo burgalés del siglo XIII. Recibirá como escudo ciudadano una llave en palo coronada entre dos leones rampantes y bordura con escaques blanquinegros del apellido Guzmán, según Real Cédula (1508) del Rey Fernando. La llave como símbolo de la ciudad que iba a ser la Puerta de un Nuevo Mundo.

El aragonés rey Fernando el Católico ha intuido rápidamente la importancia del dominio atlántico y proyecta establecer una base firme del poder español en el Caribe, y no una factoría mercantil de trueque al estilo mediterráneo de Venecia o portugués del Índico. En ella se aplicarán las leyes y libertades municipales de Castilla y por tanto los nativos han de ser tratados como a todo súbdito de su rey corresponde. Bajo la Corona juntan los Reyes Católicos los reinos que por herencia o conquista han merecido: desde Aragón, Castilla, Nápoles, Sicilia, Navarra y Génova, hasta << nuestros nuevos reinos de América >> en decires de la castellana reina Isabel.st

Los primeros años del establecimiento español en la isla son onerosos. Como primera disposición se introduce la desconocida rueda, sin la cual no puede haber transporte eficaz de mercancías, ni ruecas para hilar, ni tornos de alfarero, ni norias para el riego de secanos, ni ingenios donde procesar la caña de azúcar como se labora en Canarias, ni futuro. Aquellas tierras pueden dar algodón, caña de azúcar, café, además de la yuca y maíz autóctonos, incluso oro y perlas. Y por ello, la rueda radiada de herencia celta, con llanta y cubo de hierro, va a propagarse por toda costa donde el europeo llega, dejando ver su esbelta e inconfundible silueta por las Indias todas. Como también lo hacen los distintos aperos de labranza según procedencia del colono que los trabaje, y sobre todos ellos, el rey arado que labrará los campos desbrozándolos de maleza. Pese a este primer esfuerzo inversor, Colon atraviesa graves dificultades como virrey tras su 2º viaje, dada la radical oposición de sus ideas mercantilistas de inspiración genovesa, versus las del Rey Católico de visión universal, que ordena aplicar sin ambages la tradición repobladora castellana, heredera de la Reconquista. Será por ello traído a España Colón con sus hermanos cargados de cadenas. A la espera de un Juicio de Residencia, serán cautelarmente suspendidos los capitulares títulos del Descubridor hasta ser juzgado, y en su caso absuelto. Esta figura procesal emanaba de los juristas dominicos de la Universidad de Salamanca, como embridado contra abusos y corruptelas del funcionariado público, que al final de su mandato había de ser investigado y juzgado por su desempeño. Un precedente de los juicios políticos que habrían de seguirse al cabo de siglos, en muchas repúblicas hispanoamericanas tras alcanzar la independencia. Colón es acusado por sus enemigos eclesiásticos y civiles de venalidad y evasión del impositivo Quinto Real, obligante en los placeres de perlas y yacimientos auríferos que explota a base de esclavos indios. El comendador Francisco de Bobadilla nuevo Gobernador en Santo Domingo será por tal motivo quien le devuelva a España encadenado (1500).

Vienen a poblar con Bobadilla 300 familias contratadas por 4 años, que pronto se desparraman sin control en busca de arenas y filones auríferos por tierras de La Vega y Haina, en un afán de ávido lucro y rápido atesoro para regresar de seguido a sus lares ibéricos. Físicamente lejos del sometimiento obligado a la obediencia del Gobernador, dejan sin cultivo las tierras adjudicadas. Los Amparos Reales, lotes comunitarios de tierra sementera, quedan en barbecho, eriales yermos que criminalizan una economía apenas subsistente.

Para gestionar esta gobernación que no puede concebir el monarca sino sólida y eficaz, envía a Nicolás de Ovando con el título de Gobernador de Indias (1501-1509). Hombre de prestigio con ideas claras y voluntad firme, Caballero de Alcántara y Comendador de Lares, Ovando comienza por pacificar la isla, alborotada por el mal gobierno de los hermanos Colón y del comendador Bobadilla. Por pacificar, entendía el monje-soldado someter, que no esclavizar, a todo indígena revoltoso o contrario al establecimiento español y sus leyes que en la isla hanse de implantar. Intuye el gran ensayo de poblamiento y catequización de un nuevo hecho social que durante aquel tiempo comienza a vislumbrarse. Y llega a La Española con una flota de 32 naves y 2500 colonos labradores, maestros canteros y artesanos, ganado mayor y menor, abundante provisión << de boca y guerra >> y 14 indios tainos que Colón llevara a España como muestra humana del Descubrimiento y que ahora se repatrían por orden de la Reina. En años anteriores había sido comisionado por el rey Fernando para restaurar la Valencia de Alcántara abatida durante la Sucesión castellana, donde conocerá las exigencias constructivas y estratégicas de toda villa fronteriza. Concibe y funda Santo Domingo, la primera ciudad europea del Nuevo Mundo. Como promotor del enclave urbano, convoca a sus gentes para elegir regidores que formen el Cabildo, suerte de corporación con derecho a convocatorias deliberantes sobre cuestiones ciudadanas de interés común. Primero ley y justicia, luego materializar el trazado y construcción de calles, plazas y edificios, en un orden de prioridades establecido de antaño. Su trama de damero, será referente para las futuras ciudades hispanas, con calles rectas formando cuadras, a veces ligeramente acuñadas por mor de la orografía o la climatología local. Las casas de madera y techo cañizo que habíanse construido al este del río, las levantan ahora al oeste en sillar o mampostería de piedra los maestros venidos y mano de obra india. Construyen la Fortaleza Ozama, primer bastión defensivo de la ciudad y su dársena, primigenio cuartel militar, residencia propia y futura de gobernadores. Se inicia bajo advocación de San Nicolás de Bari (1503) el primer Hospital, planta basilical cuyas naves laterales piensa dedicar a la atención de enfermos. La orden franciscana llega para construir su Convento de San Francisco (1508) que, fiel al querer de la Reina, va a convertirse en un foco de recepción de frailes que irradiará nuevas fundaciones y aulas por las Indias: su iglesia conventual (1532) sería el primer edificio eclesial inaugurado en el Nuevo Mundo.

Mente disciplinada, sabe Ovando rodearse de gente emprendedora, capaz de acometer el desafío de la expansión antillana, deseada por la Corona. Entre ellos, Diego Velazquez será Gobernador de Cuba, Ponce de León lo será de Puerto Rico, Diego de Esquivel ganará Jamaica, Pizarro El Perú, Cortés México y Balboa dará a su Rey el Mar del Sur. Ellos irradiarán hacia las nuevas gobernaciones las bases del poblamiento continental establecidas por Ovando en La Española. Son hijos del Renacimiento, emprendedores que autofinancian las empresas que acometen, una vez les ha sido otorgado el pertinente nombramiento regio, garantía escrita de su titularidad frente a la Ley o la desleal competencia. Y pagarán también el Quinto Real de sus ganancias, como todo súbdito de la Corona Castellana que las hubiere.

Agrupa a los colonos de anteriores épocas dispersos por la isla, entreverados en poblaciones indígenas y amancebados muchos de ellos con indias cuando no casados, y los concentra en las nuevas ciudades que va fundando. Al igual que los últimos incorporados, todo colono recibirá tierra, pero debe cultivarla, residir en ellas y pagar diezmos a la Corona. Los repartos de lotes se realizan por sorteo, y ante Notario Real se adjudican. Gozan de libertad para buscar yacimientos mineros, pero pagarán el Quinto Real de lo que obtengan: la misma política que va a perdurar por siglos en el Continente. Por encima de otros criterios bienpensantes, introduce Ovando entre sus colonos la “Encomienda” de indios, base realista futurible para una racional economía de mercado minera, agrícola y ganadera. Era la Encomienda institución de tradición castellana, que en América iba a evolucionar con los tiempos. Mediante ella un grupo de familias de indios, cacique incluido, quedaban por Real Orden sometidos al encomendero, hacendado que a cambio del trabajo de sus miembros estaba obligado a protegerles y cuidar su instrucción religiosa bajo dirección misionera. La organización por encomiendas había incorporado al quehacer de Castilla importantes regiones de reconquista mora. Pero iban a surgir en América otros problemas humanos, derivados de aplicarlo sobre gentes de economía subsistente o tradición seminómada, lejos del nivel social mudéjar de siglos anteriores al contemporáneo ensayo, y por tanto ajenas a toda idea de sistemático esfuerzo. La mano de obra era imprescindible para potenciar la empresa conquistadora. Hombres para dirigirla había, pero nunca el capital suficiente, ni mano de obra cuantitativa para desarrollarla. El hombre del Renacimiento sabía que para financiar sus empresas había que buscar ganancias in situ: las minas eran una pertinaz fuente de ingresos y para sus minerales estaba desarrollando la ciencia eficaces métodos de lavado y extracción. Los portugueses, siguiendo la romana huella, eran pioneros en África. Pero en la América no había marfil, ni ébano, ni Costa de Esclavos a cuyos caciques comprar para convertir sus cuerdas de presos en fuerza laboral. Pero había oro, que iba a trocarse en moneda de pago capaz de sufragar las empresas de Indias. Y había nativos, caníbales en las antillas menores, que debían aportar de grado o por la fuerza, la necesaria mano de obra. O no habría en el Mundo capacidad alguna para financiar la empresa americana, ni desarrollar entre sus gentes una cultura acorde con los tiempos. Cultura que en lenguaje renacentista no era sino civilidad cristiana. Quedarán establecidas por Real Orden las “Reducciones”, llamadas mas tarde “Corregimientos”, a fin de conformar esa sociedad de producción que se busca. Se agrupa a los indios no encomendados en núcleos étnicos, “repúblicas de indios” con autonomía administrativa y bajo autoridad de sus propios alcaldes y alguaciles. Toda Reducción debía gozar en propiedad de sus tierras ubicadas en una legua a la redonda, conucos si los hubiere incluidos, y podía vender la producción hortofrutícola sobrante en cualquier mercado ciudadano. Pero la explotación de minas y yacimientos estaba para ellos vedada. Pagarían sus tributos en especies de yuca, ajes, guáyiga, batata y maíz, motivo recurrente de sus cultivos.

Surgía empero la sorpresa demográfica de ver cómo poblaciones nativas se diezmaban o sucumbían bajo enfermedades que el europeo y el africano resistían secularmente. La viruela y el sarampión iban a convertirse en el flagelo de las razas indígenas y ante la disminución de la mano de obra se recurre a la tradicional servidumbre africana implantada en Europa desde la época romana y aún antes. La esclavitud era de consuetudinario arraigo entre los principios sociales y morales de la época. Ovando se muestra renuente a traer negros bozales. Por la experiencia habida de tiempo anterior y tratas clandestinas, era sabido que a la menor cuita se escapaban a los montes, donde pervivían entre indios impregnándoles sus malas artes….continuará —>