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Contexto Histórico de Acapulco – II

Figura 2 a: Techo de la palapa filipina

 

En esos escasos 20 años de proyección marinera de Cortés, la puebla de Acapulco ha ido agrupando al poniente de su bahía, un rancherío indígena, en el que confluyen marineros, pulperos, artesanos, arrieros y negros libertos, que se ocupan del trasiego y comercio de las mercancías que diariamente abastecen el puerto, sus astilleros y sus gentes. Uno de estos negros libertos fue Juan Garrido, el guapo Garrido, al parecer un liberto emprendedor donde los hubo, a juzgar por el número de documentos virreinales contemporáneos que le citan,  comprando bozales y esclavos indios en las encomiendas, o yendo a la guerra contra los chichimecas de Jalisco, entre otros muchos lances. Por Acapulco y su provincia pasó a la búsqueda de yacimientos de oro y plata, rodeado siempre de una troupe multirracial de colaboradores. Buscó minas de oro en Mezcala y aledaños, lo que años más tarde se conocería como Cinturón de oro del río Balsas o prolongación de las cuencas mineras de Taxco, al parecer sin mayores consecuencias. Sabemos que el negro Garrido acabaría sus días en ciudad de México, como un hacendado más de méritos probados. En general, los primeros negros y mulatos llegados a Nueva España, se esparcieron por doquier, ya fuera costa Sur o el resto del virreinato, como servicio doméstico de familias españolas que iban asentándose. Manumitidos en gran medida tras la muerte del pater familia, fueron nutriendo los oficios del sector productivo básico para el desarrollo virreinal. Al puerto acapulqueño acudían cimarrones y libertos de oficios relacionados con el mar, como carpinteros de ribera, calafates y cordeleros. Húbolos también dedicados al comercio, especialmente los huidos de las minas de Taxco, tras el abandono temporal de algunos filones poco productivos.

  La escasa tradición marinera de estos hombres, adquirida a base de completar inconclusas tripulaciones de cabotaje y pesca, iba conociendo a trompicones el arte de navegar. Como en los viejos puertos de Europa, aprendían corrientes y signos meteorológicos a base de retruécanos, viejos refranes y burdos pareados, relativos al color del cielo o del mar, el aspecto de las nubes, el vuelo de las aves, la súbita ausencia de peces… desdramatizando el inevitable costo de fortunas y vidas que el duro prendizaje imprimía. El propio Cortés, estratega de milicia terrestre, frecuente vecino de un barracón del pequeño seno arenoso de la bocana conocido hoy como Playa del Marqués, participaba en la construcción de los barcos que le servían de guía e introducción en el capítulo naval de aquel mundo avocado al mar. Desde allí centraliza, vigila y ordena expediciones costeras, alguna de las cuales compartiría a bordo. Aprende los secretos constructivos de las naves, y trae carpinteros de ribera y herreros peninsulares, muchos de los cuales van a crear escuela entre jóvenes mestizos, negros e indígenas, curiosos de las nuevas técnicas a la vez  que futuros soportes técnicos del astillero en décadas sucesivas. Potencia de forma indirecta una incipiente navegación de cabotaje con los puertos de San Blas, Zacatula y Tehuantepec, y otros puntos de la costa guatemalteca. Con el fin de consolidar la infraestructura de esta naciente actividad, en 1550 el propio Virrey Mendoza envía desde México 30 familias españolas y mestizas, lideradas por Fernando de Santa Anna como regidor titular del Cabildo de ciudad histórica, que Carlos V le acaba de otorgar. Como Alcalde Mayor de Acapulco, alcanzaría una cierta relevancia en el orden establecido en su provincia. Dada la especial circunstancia del enclave acapulqueño, la consolidación ciudadana tratará de arraigar de facto una comunidad humana estructurada y sólida. Multirracial, definida e identificable, en concepto del virrey. El modelo social buscado era piramidal, con una mano de obra masiva capaz de subvenir al mantenimiento del puerto y la ciudad, con suministros y policía propios, aglutinada en torno a una autoridad de mando supra – municipal y su cabildo. Bajo este inicial intento, se levantará una humilde  iglesia parroquial de madera y paja dedicada a la Virgen del Carmen, para más tarde serlo a la Virgen de la Soledad, destruida por terremotos y vientos huracanados mil veces a lo largo del tiempo, pero reconstruida otras tantas en el mismo solar y los mismos medios. Unos años después se establecerá un hospital atendido por frailes agustinos, siguiendo la Real Orden dada por Carlos V tres décadas antes, para que las ciudades portuarias tuvieran todas hechas iglesias y hospitales y atarazanas, y otras cosas que convenían…  En 1584 son los hermanos hipólitos dedicados a la atención de los pobres y enfermos, orden autóctona también llamada de los hermanos de la caridad, quienes se hacen cargo de estas instalaciones con la obligación de atender a los mílites de la Guardia Real del puerto, y a los tripulantes y pasajeros de los galeones. Desde entonces se le empieza a conocer como Hospital de Nª. Señora de la Consolación, aunque más tarde se le recordará como Hospital de San Hipólito, donde tendría cabida todo menesteroso local o transeúnte. Hecho de madera y paja, iba a perecer diez años después pasto de las llamas. Reconstruido con dinero de la hacienda virreinal, pasaría a llamarse Hospital Real hasta su desaparición dos siglos mas tarde. En 1607 fundarían los franciscanos el convento de Nª Señora de Guía, hospital de beneficencia incluido, que hasta 1632 era atendido por los propios frailes, para serlo más tarde por los hipólitos. Para finales del siglo XVIII, serían los médicos de la Real Armada quienes, junto a los propios religiosos de aquella orden, atendieran a la menesterosa grey cobijada en sus dependencias. Este trasiego de órdenes religiosas, como garantes del funcionamiento de la sanidad pública, nos habla claramente de las dificultades habidas para mantener en todo tiempo un servicio continuado de caridad en Acapulco, con sus puntuales sístoles humanas de feria y diástoles prolongadas de vacío poblacional.

  Su punto de despegue como puerto clave del Virreinato, ocurre con la llegada de Andrés de Urdaneta desde Manila (1565), a bordo de la primera nave capaz de retornar desde las Filipinas al continente americano. Habíase embarcado el cartógrafo vasco como bisoño pilotín de la expedición de Loaysa y Elcano rumbo a la Especiería (1525), y su estancia en las islas del poniente habíale servido para comprobar la imposibilidad del retorno directo a Nueva España, siguiendo el Trópico de Cáncer e inmediatos paralelos. Embarcado por mandato real en la expedición novohispana de López de Legazpi a las Filipinas, el ya enclaustrado monje agustino, permanecería allí confeccionando pacientemente la cartografía insular, anotando experiencias y saberes de navegantes malayos, chinos y japoneses que al comercio de Manila acudían periódicamente con sus juncos y shampanes. Navegó luego con Felipe de Salcedo  (nieto de Legazpi) hacia el norte, hasta encontrar los contralisios y la irisada corriente de Kuro-Shivo con sus nocturnas pizcas luminosas y su poderoso flujo, suerte de lanzadera hacia las costas del norte californiano. La alternancia de corrientes marinas frías y cálidas, los vendavales y tifones del Mar de la China, la caída y entablado de alisios intermitentes, el comportamiento no contrastado de las agujas de marear por aquellas latitudes, el cálculo exacto de longitudes, el trimado de las velas y su doble impulsión forzada (hoy conocida como Efecto Ventury), su cosido tradicional de costuras, gratiles y balumas,  eran incógnitas que dificultaban el mantenimiento de rumbos previos, provocando fuertes derivas en las  derrotas y posición geográfica errada en las estimas de los primeros galeones que navegaron a leste por aquella ruta ignota. A partir de este suceso la Casa de Contratación de Sevilla por orden del Rey, iba a realizar un inestimable esfuerzo científico en el diseño y construcción de naves y velas para estas altas singladuras del Pacífico Norte. Volvía a repetirse la encrucijada histórica del Infante Enrique el Navegante en Sagres, cuando preguntado por Alfonso V de Portugal sobre cómo llegar al Índico desde el Atlántico, solo alcanza a murmurar: Pero si aún no sé qué barcos construir ni por donde deberán ir… Ante similar coyuntura, entonces y ahora, no cabía sino impulsar el estudio de la Cosmografía en sus facetas de astronomía, arte de marear y cartografía, junto a los conocimientos sobre datación de longitudes y declinación magnética, concienzudamente supervisados por el Piloto Mayor de la entidad sevillana antes de ser plasmados en el Padrón Real. Este experimentado profesional con su equipo, era el  encargado de examinar y graduar pilotos y censurar las cartas e instrumentos necesarios para la navegación de altura, antes de ser facilitados a los pilotos. Creada por los Reyes Católicos en 1503 en el Alcázar Viejo de Sevilla, era la Casa de Contratación entidad del máximo prestigio y nivel naval de Europa, que había contado entre sus primeros censores históricos a Américo Vespucio, Sebastián Caboto, Juan Díaz de Solís, Juan de la Cosa o Antón de Alaminos. Pronto serían adscritos los nuevos conocimientos técnicos a naves con velámenes adaptados al régimen de los vientos norpacíficos. Afinarían con ello ostensiblemente sus derrotas, a la vez que acortaban en más de un mes las singladuras necesarias para avistar, muy al norte de la latitud de Acapulco, las costas californianas del Cabo Mendocino. A lo largo de ellas con rumbo  sureste,  rendirían viaje en la ansiada rada de Acapulco, siguiendo estrictamente la ruta de Urdaneta y Salcedo por varios siglos. El “tornaviaje”, intentado sin éxito hasta entonces, perdía así su hálito mortal de salto circense, para convertirse en el fiable camino de retorno que precisaba la navegación novohispana. El Navegante del Pacífico Norte, conocía ya por tanto, barcos precisos y derrota a seguir, para rasgar confiado las nieblas de aquel mar de cerrado añublo.

  Dos meses antes de este acontecimiento, el maltrecho patache San Lucas de Alonso de Arellano pilotado por Lope Martín, dado por perdido durante una navegación nocturna de la expedición de Legazpi, había inexplicablemente logrado llegar a San Blas. Siguiendo un balbuciente cuanto aleatorio derrotero oceánico rumbo leste, tras incansable pesquisa de corrientes desconocidas y alisios inexistentes por las bajas latitudes que transitaba, quiso el azar serle favorable a su empecinado regreso. Novohispanos de pura cepa, con inequívocas expresiones y modismos del habla criolla registrada en los escritos que a su causa judicial siguieron, pudieron contarlo, pero no explicarlo. El Cielo, aseguraban, había determinado su retorno y sus vidas. Débil fue la repercusión de esta grandiosa hazaña en el Virreinato, pese a constatarse como la  primera navegada que retornaba desde las islas del poniente. La explosión Urdaneta deslumbraría poco después, con su fulgor de siglos, el firmamento histórico de la navegación a vela en el Pacífico.

 El cosmógrafo agustino había proclamado la superioridad de Acapulco sobre el resto de puertos novohispanos del Pacífico. El hecho de que Zacatula, en el delta del río Balsas, tuviese una orografía plana, barrida por todos los vientos, e incierto y mutante calado aluvional por los arrastres del río, se unió al rechazo de otros surgideros con barras peligrosas en sus salidas abiertas al mar. La abundante madera de los bosques acapulqueños, su fácil transporte laderas abajo hasta el mar o su astillero, y sus verticales cantiles de profundo calado sin peñascos, fueron sin duda factores determinantes en el criterio selectivo del sabio fraile. Convertido de facto el puerto de Acapulco en el término comercial de la navegación de oriente, Felipe II le asciende al rango de ciudad, para más tarde confirmar su estatus como único enclave comercial del Imperio para negociar directamente con Asia (1570). Manila-Acapulco llegaría a ser la línea de navegación más duradera de la historia, con una vida activa superior a dos siglos y medio. Desde 1565 hasta la extinción del Virreinato, iba a recibir una o dos veces al año el Galeón de Manila o Nao de la China, como la conociera el vulgo novohispano. Galeón de Acapulco para los manileños y Carrera de Filipinas para la Corona. Con su salutación de rutinaria salva de cañonazos, entraba el galeón cada diciembre en la bahía acapulqueña, siendo respondido desde el fuerte con otros tantos pacos de bienvenida. Entre julio y agosto, partía el galeón del puerto filipino de Cavite, a veces con registros de más de 2500 toneladas de carga. Tras cinco meses de navegación, arribaba a las costas californianas a la altura del Cabo Mendocino, largando anclas en la bahía de Monterrey y posteriormente en Manzanillo (Colima). En sus abras hacía el galeón aguada, y enviaba desde la última un aviso por relevos a la capital, anunciando su próxima llegada a destino. Y en ambas, andando el tiempo, comprarían los cítricos que venían a ofrecerles los indios de las misiones franciscanas, para combatir el escorbuto. Los mismos indios que fueran encargados por más de un siglo de llevar a la carrera la buena nueva hasta México. Era entonces cuando las autoridades del galeón extremaban su vigilancia a bordo, en especial por las noches, evitando fueran largados por la borda fardos fuera de registro, prestamente recogidos flotando por boteros avisados. Por razones del contrabando, se prohibieron las comitivas jubilosas de canoas, botes o embarcaciones menores, que salían fuera de la bocana para recibir y acompañar al galeón hasta su fondeo en Acapulco. Al arrimo de cornetas, silbos y entusiastas escopetazos al aire, la picaresca hispana brillaba en estos casos en plenitud de facultades… vaporizando en instantes cuanto matute llovía por la borda

  En tierra, las jubilosas campanas de México, Taxco y Puebla, volteando a rebato, borbotaban el regocijo de las gentes como alegre premonición de la Navidad. Anunciaban de hecho la salida de marchantes y comisionados que, tras un viaje de 15 días, llegaban a tiempo de iniciar la feria más renombrada del mundo (Humboldt dixit). El galeón abría entonces sus bodegas, y ofrecía lo más exótico de la mercadería asiática: camisas de nipiz, medias de seda, telas teñidas, especias, alfombras persas, damascos, perfumes, abanicos, porcelana china, objetos de laca, labras de marfil, pasamanería… El universo de los mercados chino, malayo y japonés, incluso indio de Madrás y Calcuta, que en Manila se negociaba desde generaciones anteriores, y ahora en Acapulco se distribuía por carpas y garitos desparramados, los llamados puestos de la campa de La Planchada, que el gentío abarrotaba. Sin olvidar el humano contingente migratorio de filipinos, chinos y malayos, que cada Galeón de Manila vomitaba, y que el Nuevo Mundo acogía con los brazos abiertos a su laboriosidad, y la convicción de que no regresarían jamás al suyo, dejando su necesaria valía en este. Con sus atuendos y costumbres acabarían imprimiendo su peculiar sello al paisaje, a la arquitectura popular, a la cocina, al donaire femenino y hasta al folklore, tanto de Colima como de algunas ciudades de los caminos reales. En la Acapulco del siglo XVII, la colonia de filipinos, malayos, japoneses y chinos llegaría a ocupar el 25%  de una población cercana a los 1000 habitantes, en un ius revolutum de pardos, mulatos, indígenas, negros, blancos, asiáticos y mestizos. Su deriva humana hacia la capital del virreinato, iba a dejar rastro ostensible en sus vistosos puestos de parián (mercado, en tagalo), en especial el siempre concurrido de la Plaza Mayor de México, además de los de Taxco, Puebla, Saltillo y otras ciudades del camino, presididos siempre por la ceremoniosa cordialidad de sus dueños.

Figura 3: Un marfil chinesco de la Virgen de Guadalupe llegado de Asia

  Los primeros contingentes masivos de filipinos, se establecieron en los valles de Colima al arrimo de los cultivos de palma de coco, que Álvaro de Mendaña (1569) trajera desde las islas Salomón, de paso a su regreso al Perú. Y prolongados hasta Zihuatanejo y Manzanillo mediante un continuo trasiego mercantil vía Panamá, y su enlace permanente con Lima Callao. Prontamente sus pobladores, mayormente peninsulares, extendieron las plantaciones y transformaron sus jugos con mano de obra filipina, experta en cocoteros y sus licores derivados. Estos llamados indios chinos, trajeron de su isla de Samar la bellísima y sorprendente palapa, suerte de choza con techo de sombrilla sin mástil central, que puede admirarse hoy reproducida en cualquiera de las playas turísticas más selectas del mundo. El hecho de precisar varias personas para suprimir su percha maestra, una vez concluido su circular techo de palma, contribuyó a propagar su singular montaje y su técnica constructiva entre otras etnias que laboraban los cocotales, y que con frecuencia eran requeridos para echar una manita con la palapa. El poblado pescador de Salinas de Santa Cruz en Oaxaca, marcaría el límite geográfico de esta singular choza de palma. Pero no solamente la arquitectura costera asumió la influencia filipina, sino su gastronomía con dulces de coco, pulpas de tamarindo enchiladas o el mango traído de Luzón. La vestimenta filipina aportó a los varones el sombrero alón, tradición hoy de los mariachis, y la guayabera, arraigada en toda la América hispana; el rebozo, heredero de los chales y mantones de Manila, se incorporó al tradicional atuendo de la mujer mexicana… como en la chulapona madrileña su mantón, aunque ocurriera esto más tarde.

  La feria era una tradición netamente arraigada en las culturas hispana y azteca, y su desarrollo tras siglos de cultura mixta, un hecho. El Galeón de Manila suponía la chispa necesaria para percutir la gigantesca traca de las ferias novohispanas que empezaban por Acapulco. En épocas de arribada, la ciudad de México con sus cien templos, hacía sonar las campanas cada anochecer en rogativa por la feliz llegada de la nave filipina, tras una navegación de meses por latitudes norteñas, que sabían tensa y peligrosa. Y tras la de Acapulco, la feria de Saltillo, punto de encuentro de mercancías que por el Camino de Tierra Adentro llegaban de o se iban a Nuevo México, Texas, Coahuila, Chihuahua, Durango o Zacatecas, para juntarse con telas de China, caldos de La Mancha y Andalucía, y la cochinilla de Oaxaca. Acudían los muleros capitalinos al acontecer anual de Acapulco, con sus reatas enjaezadas con vistosos ornamentos rojos, sobre unos arreos y aparejos tachonados con remaches de cobre y espejuelos, collares con campanillas, y penachos de cimbreantes plumíferos. No menos llamativos resultaban los mercaderes, cabalgando en grupos por el camino de la feria, sobre lustrosos corceles con bridas, bocados y estribos de oro. Escoltados por un séquito de jinetes bien chulo, que aportaban al itinerante espectáculo, además de empaque, tramoya y andaluz tronío, la seguridad de las personas y la garantía del dinero ferial para los pagos.

  Tras mes y medio de mercadeo en los terrenos de La Planchada, los comerciantes desmontaban sus tenderetes y abandonaban la ciudad, en una rutina repetitiva al darse el evento por concluido. Pasada la fiesta mercantil, los tratantes  del interior regresaban a su habitual ocupación, y la población flotante de Acapulco, que tras cada hégira dejaba su poso humano, aparecía como gente de color, especuladora y minorista de productos segregados de la feria. Entre ellos, no era el alquiler de  habitaciones el menor, muy protestado siempre por la insalubridad del clima, la mala calidad de los albergues y la carestía de su pago adelantado. Eran estas habitaciones, no otra cosa que las casas circulares de madera y zacatán conocidas como el redondo, típicas de los mulatos y pardos, que rentaban a los tratantes durante la feria. Como contraparte humana, flotaba en el ambiente una variopinta y colorida hueste de feriantes, recitadores, prestidigitadores, echadoras de cartas, indios danzantes, y músicos solitarios o en tropel, que conformaban en su derredor corrillos a los que pasaban la gorra. Aparecían también entre el gentío, franciscanos que pedían limosna para su convento, hermanos que lo hacían para su Hospital y brujos indígenas que remediaban males del alma y del cuerpo, inmunes a la inquisitorial hoguera por mor de las Leyes de Indias. Sin olvidar a los negros vendedores de pócimas que todo lo curaban y adivinaban, maldecían o cuestionaban, junto a santeros con sus patronos, vírgenes sincréticas y ángeles negros o espíritus demoníacos. Y como colofón de fiestas, las carreras de tortugas o las emocionantes de caballos por parejas, que mulatos y mestizos montaban en la playa con sutil equilibrio sobre sus raudos corceles, capaces de arrancar gritos de admiración al público. Parejos corrían los reales de a ocho apostados, extraídos de alegres faltriqueras, que aquel improvisado circo soliviantaba.

 Trincada la proa en sus ceibas de siempre y fondeado a barbas de gato por popa, aguardaba somnoliento el galeón su partida, en un área de escollera acotada por severa vigilancia. Bien para limpiar fondos y carenar en otras gradas, o para su nueva singladura oceánica, allí reposaba el navío unas semanas tras su próximo avatar marino. El control de salidas y entradas de personas o cosas era estricto para evitar matutes. Las semanas previas de su partida a Manila, los botes del puerto traían toneles, pipas de aguada o leña primero, víveres después, para finalmente embarcar los cajones de la plata del situado virreinal y el dinerario del comercio. Terminado el estibado de bultos, tomaban los pasajeros su posición asignada, y con la entrada del correo, se daba por finalizada la espera del galeón. Sueltas amarras y anclas a la pendura, enfilaba el navío la bocana del puerto entre órdenes voceadas, toques de corneta y silbo, y los consabidos cañonazos de cortesía del fuerte San Diego. Cuando la calma entorpecía la maniobra, eran los bogas en sus botes portulanos, los encargados de sirgar el barco hasta la Playa del Marqués, donde entraba ya la brisa marina y portaban sus velas.

 Terminada la feria, cada febrero o marzo, partía la Nao de la China rumbo a Manila, con más de un millón de pesos en cajones precintados de moneda y lingotes estibados en su vientre. Desde la Ceca hasta el puerto de Acapulco, pesadas carretas se habían encargado de transportar aquellos cajones de madera repletos de fiducia. Los del comercio, para el pago de mercaderías adquiridas en los bazares manileños. Los del situado virreinal, para cubrir los sueldos anuales de militares, funcionarios y obras de la Capitanía filipina. Otras cajas y fardos con grana, cochinilla, añil, tintes, tejidos y loza novohispanos, o herrajes, vinos, telas y aceites españoles, habían ido llegando en largas reatas de mulas, hasta colmatar las bodegas del navío, alcanzando a veces la astronómica cifra de 1200 toneladas de registro bruto. Cada mula portaba una carga de 130 a 200 Kg, que era el peso reglado para mercancías que las bestias podían transportar sin sufrir dificultades. Al final del Camino de Acapulco, unas Garitas de acceso al recinto ciudadano, controlaban el pago de aranceles y el correspondiente paso de las mercancías hacia la Planchada y su embarcadero. Eran estas garitas construcciones de una sola planta, que servían como dependencias de revisión y registro de las mercancías en tránsito, cobro de arbitrios y depósito temporal de los bienes retenidos en garantía de pagos pendientes, además de vivienda y corral anexo para los aduaneros y sus familias. Era la última salvaguarda del control fiscal contra el contrabando y la estafa, que aureolaban los puertos de Indias. No mucha mercancía, ciertamente, vino a cargar el galeón durante ciertos años de crisis manileñas, pero nunca faltaron los pelucones y lingotes de plata para el comercio y la administración de la Capitanía General de Manila. Humboldt cuenta que el galeón de 1804 llevaba para Manila sesenta y cinco misioneros y añade que por eso los acapulqueños decían que últimamente la nao de la  China solo lleva plata y frailes

 Un destacamento de escopeteros a caballo, y una intendencia india que facilitaba la alimentación de la comitiva, complementaban la marcha capitalina. La intendencia negociaba sus viandas en los poblados indígenas del camino, y acompañaba a los muleros que portaban los cajones desde la Ceca capitalina, a lo largo de las 111 leguas del sinuoso Camino de la China.  Era una suerte de catering del que los nativos sabían sacar partido en beneficio propio. Abastecían a los escopeteros en custodia del puerto hasta acabada la estiba del navío, que al hacerse a la mar, absorbíalos como fusilería de a bordo, ángel protector del galeón hasta Manila. Momento en que los indios intendentes regresaban a sus pueblos. Dieciséis mil kilómetros y más de tres meses de navegación le aguardaban al galeón hasta Cavite, puerto receptor en la Bahía de Manila. Arrumbando al sur desde su salida, pronto viraba al güeste para navegar entre los paralelos 10 y 12, remontando ligeramente unas semanas después entre los 13 y 15 hasta las Marianas. En Guam tomaba aguada y leña, y tras efectuar los ajustes precisos, enfilaba por el estrecho de San Bernardino hacia Manila, para rendir el fin de viaje en el puerto de Cavite, entre nuevas salvas de cañón y el rebato de campanas de la capital filipina.

Figura 4: El Camino de la China o Camino de Acapulco

 Nunca el Camino de la China llegó a tener puenteados todos sus pasos fluviales. Los más de los ríos se vadeaban a pie o se cruzaban en balsa, siendo escasos los puentes de mampostería que tardíamente se levantarían para amoldar o ceñir quebradas. El río Amacuzac era la primera vena fluvial que desde Ciudad de México cruzaba el camino por su vado de Huajintlán, al sur de Cuernavaca. Cuarenta leguas adelante eran las riberas del río Balsas quienes lo intersectaban, ofreciendo en época de lluvias un amplio cauce de poderosa corriente cuajada de remolinos. Tradicionalmente, el mundo indígena había cruzado este raudal sobre balsas, cuyo nombre los conquistadores acabaron adjudicándoselo al propio río. Se trataba de encimeras flotantes sostenidas sobre grandes calabazas secas, enlazadas a su vez por un entramado de cañas y fibras vegetales que compactaba el conjunto. Manejadas con pericia desde sus esquinas por 4 fornidos braceadores, eran empujadas las balsas hasta alcanzar la orilla opuesta, mientras la corriente las arrastraba cientos de metros  cauce abajo. El esfuerzo era notable, y el cobro del servicio lo era aún más. Pero la siempre celosa Audiencia de México, no enarbolaba aquí y ahora Ley de Indias alguna, para no incomodar a los nativos de Mezcala, y ahuyentar un lucro que tradicionalmente se habían auto-asignado mediante peaje por pasar recuas y viajeros al otro lado del río. Esta operación se volvía delicada cuando el trasiego era de escoltas con sus jinetes armados. Conocedores estos centauros del sutil trance que encaraban, apostaban su menguante hueste en la ribera, en tanto la creciente caballería pasada a la otra vera, iba tomando análoga actitud. En paralela vigilia de personas y bienes, completábase el integral encuentro de custodios y custodia en el ribazo de enfrente. Cada jinete, colocada su silla en una balsa, se dejaba conducir montado en ella por los indios a la orilla opuesta, en tanto que el caballo, sujeto por las riendas, era obligado a nadar tras la balsa de su dueño. Penosa y lenta operación, extensiva a las reatas de mulas y sus arrieros, pese a lo cual eran mínimas la pérdida de mercancías y desgracias personales acaecidas, dada la destreza y el arrojo de los indios mezcaleros. Esta misma rutina fue empleada por dos siglos al paso del río Papagayo, hasta que fuera construido el puente de once ojos sobre su lecho fluvial (1785). Fueron durante ese tiempo sus carontes indígenas locales, cuando no llegados del Balsas, afincados en las aldeas de los Pozuelos y el Camarón, o a la propia vera del río. Tampoco tuvo la Audiencia de México vela que tomar en este entierro. Sus indios no protestaban por el incumplimiento de las Leyes Reales que supuestamente les protegían del excesivo esfuerzo. Lo de la protección del indígena contra los abusos del conquistador les parecía muy bien, pero ellos preferían la plata que el negocio les reportaba: tiempos renacentistas también para los naturales, y posterior reconocimiento legal del trabajo remunerado en las Indias... La última corriente fluvial tajaba, además del paternalismo buenista de Las Casas,  el paso del camino a 20 leguas de Acapulco. Enclaustradas las aguas en un cañón de 17 varas (14 m aprox.), aparecía como labrado por la erosión fluvial en medio de un dilatado lecho ocho veces mayor. De vena rápida y profunda, era de fácil acometida cuando no bullía fuera de madre por las lluvias equinocciales. Porque cuando tocaba lluvias, nadie osaba retar las aguas del Papagayo.

 El pasaje del galeón en su regreso a Manila estaba compuesto generalmente por reclutas nativos, comerciantes, clérigos, comisionados y algún que otro punto filipino, léase delincuente desterrado por los jueces a las islas del poniente. Castilas, al decir de los isleños occidentales, que no eran sino pura criollez novohispana de suaves decires, en contraste con el recio hablar de los castellanos, que sus oídos orientales parecían no percibir con matices. En 1590 partirá otro castila más: el franciscano Felipe de Jesús, primer santo novohispano canonizado por Roma, que moriría crucificado en Nagasaki, el Japón de los shogunes, al año siguiente. El mismo hermético Japón que iba a comisionar su primer embajador a Nueva España unos años más tarde.

 Desde Acapulco se van a generar dos rutas comerciales, abastecidas por el Galeón de Manila. Una continental, el Camino de la China hacia MéxicoVeracruz y regreso; otra marítima del Sur, hacia el litoral peruano y los puertos chilenos. Pese a lo sinuoso del Camino de la China, los poblados de Acapulco y Taxco  irán convirtiéndose poco a poco en centros económicos importantes de la ruta continental, con un tránsito diario cercano a las 1000 mulas que llegan o salen de sus pueblas en tiempos de feria. Cientos de arrieros y sus acémilas de refresco, serán los verdaderos galeones terrestres, que transporten el metal de las minas norteñas y las mercaderías de oriente u occidente. Por el camino del mar, Acapulco expedirá todos los años cuatro o cinco naos con destino a Guayaquil, Callao y los puertos sureños, además del tradicional cabotaje hasta Guatemala y las  Californias. La dura remontada de la corriente del trópico desde Guayaquil a Tehuantepec, que quintuplicaba el tiempo empleado en sentido inverso, iba a poner un límite a estas transacciones entre ambos virreinatos hispanos. Uníase a ello ciertas solicitudes proteccionistas del comercio sevillano, que Felipe II traduce en real orden que veta el comercio directo de Acapulco con el Virreinato del Perú.

 De los galeones del Mar del Sur, uno había que era especialmente vulnerable por lo apetecible de su valiosa carga: el Galeón de Manila. Nave de poderoso arqueo, esmerada hechura y maderas combinadas, abastecida en Acapulco con plata novohispana, era codicia obsesiva de piratas y corsarios, pero escurridiza presa, furtiva en la nada, arisca y exiguamente cartografiada, del Océano Pacífico. Dado su consciente papel de emisario enjoyado, rehuían por principio los galeones toda confrontación bélica, pese a su aceptable poder de fuego artillero y fusilero, que por circunstancias defensivas hubo de incrementar con el tiempo. En caso de  encuentro hostil, era prioridad de sus capitanes darles andar a todo trapo como reflejo condicionado que priorizaba el salvamento de su carga, aunque su arrancada no fuera habitualmente presta, sino tarda, en razón de unas bodegas siempre lastradas a tope. Cada año zarpaba el Galeón de Acapulco, poniente adelante a través del piélago infinito, en una navegada de 7000 millas que había de durar casi tres meses. Y tras tomar aguada, chiles y cobijo en la ensenada de Umata en Guam (Marianas), cerraba destino en la bahía de Manila, otras mil quinientas millas avante. Pronto fue conocida la eficacia del chile como remedio contra el escorbuto, y diseminado su cultivo entre nativos de las Filipinas y Marianas como apoyo de navegantes y viajeros, que lo pagaban a buen precio.  La derrota del galeón era secreta, y rudimentaria la cartografía comparada de aquellos mares hasta mediados del siglo XVII. Realmente desconocida por los enemigos holandés e inglés de la época, que raramente se aventuraban por las inmensidades pacíficas vacías de islas, de gentes y de mapas. En cambio, la existencia del chile era bien conocida por la gente de mar novohispana, que frecuentaba su compra a los nativos de las islas Marianas y Carolinas, concurrentes espontáneos de las playas con cada vela que se aterraba.

 La consolidación de la Carrera de Filipinas en el Pacífico y su enlace con la Carrera de Indias en el Atlántico, a través de los puertos novohispanos de Acapulco y Veracruz articuló la primera correa de transmisión económica y cultural a escala planetaria. Fue sin duda Nueva España la principal beneficiaria, pero también la que más aportó. Tanto en infraestructura operacional como financiera. Una parte vital de ese aporte lo constituyeron los más de 400 millones de pesos de plata que invirtió en el mercado de Manila mientras duró su galeón. Esta correa de transmisión forzó no solo la cadena productiva del Virreinato, sino su ingenio y creatividad. Pronto las manufacturas que llegaban de China o España empezaron a ser reproducidas por menestrales mestizos para consumo local. Incluso llegaron a venderse en Oriente u Occidente como originarias del occidente u oriente. Sin olvidar las sedas, marfiles y porcelanas que prestamente imitaron los artesanos criollos para abastecer un mercado continental que se alargaba hasta Chile. Pero aquel tornillo sin fin que trasegaba productos como por un tubo a través de dos océanos, no solo cargaba mercancía o manufacturas, sino también personas, amores, ideas, modas, estilos, gustos, semillas, técnicas, religión, música, libros, noticias, cuadros, esculturas, el universo conocido y ensamblado en una suerte de corriente en chorro con flujo y reflujo a tres bandas. Y las tres – Asia, América, Europa – abrieron sus ventanas al viento de la curiosidad que portaba semillas volanderas del mutuo conocimiento. ¡La legendaria Catay que soñara Europa por siglos y añorara Colón en su quimérico viaje, habíase convertido, apenas una centuria después, en una rutinaria parada de postas!

Figura 5: La primera correa de transmisión cultural planetaria

 
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Contexto Histórico de Acapulco – I

Figura 1: Orla de Acapulco

 

La primera noticia que tenemos de Acapulco proviene de Bernal Díaz del Castillo, que en la descripción de un perfil gráfico de la costa sur que poseía Monctezuma II (1519), lo cita como nombre de la ensenada que más tarde sería puerto famoso del Pacífico virreinal. Nombre al parecer de raíz náhuatl, con significado de lugar de carrizos destruidos, Acapulco surge como núcleo humano a partir de las expediciones de Hernán Cortés, llegado a su bahía para explorar y cartografiar, por mandato real, las costas del oeste novohispano. Su nombramiento como Capitán General de la Nueva España y del Mar del Sur, a ello le comprometía frente al Emperador Carlos V. Montará allí unas gradas (1523) donde construir y carenar las naves que han de llevar a cabo su empresa marinera. Inmejorable fondeadero de flotas, poseía la ensenada una bocana cerrada, disipadora  de todo  oleaje  franco de mar abierta, y un espléndido abrigo en anfiteatro empotrado al socaire de la Sierra Madre del Sur. Ribeteada de árboles donde trincar amarras o gobernar carenas, fue conocida en sus primeros tiempos como Bahía de Santa Lucía, al ser descubierta en esa festividad por la temprana expedición del capitán extremeño Francisco Álvarez Chico (1521). Cortés tenía una precisa visión de la costa, donde habíale encargado recabar tributos de los pueblos indígenas, lo que le llevaría a fundar Zacatula (hoy La Unión) como capital regional, y donde finalmente iba el capitán a encontrar su muerte. En 1531 Juan Rodríguez Villafuerte, explorando la costa desde Zihuatanejo, llegará hasta Santa Lucía, cuyo rancherío iba a nombrar como Villa de la Concepción. Este núcleo indígena y otros rancheríos periféricos, le serían adjudicados como encomienda con el nombre de Provincia de Acapulco, cuyas gentes tributarían en especies de maíz, algodón y cacao. Pero será Diego Hurtado de Mendoza quien funde de hecho el puerto de Acapulco, cuando en 1532 zarpa de su bahía con dos naves construidas con madera de sus bosques y mano de obra española y tlascalteca. Pronto una de ellas la regresaría con gente levantisca que no quiere por compañera. Sigue explorando la costa hacia el norte con la otra nave hasta que, sorprendido por una tormenta, naufraga, no sin antes haber cartografiado la costa recorrida y algunas de sus islas. Solo 3 supervivientes superarán penalidades sin cuento para informar del desastre a Cortés, que decide ir personalmente a buscar sus vestigios. Para ello, se trasladará a Santo Domingo Tehuantepec, ciudad por él fundada entre los zapotecas como apoyo de la campaña de Guatemala. Allí va a supervisar la construcción y aprovisionamiento de cuatro naves, con las que rastreará sin resultado la derrota de Mendoza. He proveído con mucha diligencia que en una de las partes por donde yo he descubierto la mar, se hagan dos carabelas medianas y dos bergantines; las carabelas para descubrir y los bergantines para seguir la costa… y para ello he enviado a una persona de recaudo y cuarenta españoles en que van maestros y carpinteros de ribera, aserradores, herreros y hombres de la mar… y he proveído a la villa por clavazón, velas y otros aparejos necesarios para los dichos navíos, y se dará toda la prisa que sea posible para acabarlos y echarlos al agua… le informa Cortés al Emperador en su Tercera Carta de Relación … Pero tras recorrer infructuosamente el litoral, regresará al resguardo de Acapulco, de donde saliera la expedición perdida. A partir de entonces considerará su puerto como el mejor de aquella costa, y la base de su astillero.

                                   El ir y venir de Cortés y su fieles entre la capital y la costa, iba a ir señalando una ruta itinerante de gentes a caballo que, guiados al principio por baquianos locales, fueron contorneando nuevos tramos para pezuña, diferentes de las sendas indígenas tradicionalmente seguidas por los tamemes nahuas. Marcábase con ello la futura senda embrionaria del camino real de Acapulco. El hecho de que una gran parte de los tributos y gravámenes impuestos por los mexicas a las sometidas tribus del sur, proviniesen de comarcas próximas al camino de Acapulco, impulsó al conquistador a enviar exploradores al área. Los autóctonos tlahuicas en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, era fama que tributaban su carga impositiva a los aztecas en incienso, mieles de abeja, barras de oro y otros metales. Se sospechaba que entre aquellos metales estaba el estaño, gran remedio para la fabricación de cañones de bronce en la Nueva España, que podrían fundirse a pie de astillero. La información recibida tras la inspección minera fue positiva y pronto iba a comenzar un laboreo minero (1522) próximo al enclave indígena de Taxco (Juego de pelota en náhuatl). Este asentamiento español entre estribaciones y cerros de la Sierra Madre, situado a escasos 10 km del anterior, daría lugar a la ciudad de Taxco La Nueva, fundada por el capitán Rodrigo de Castañeda (1529), comisionado por Cortés para reconocer la mineralogía de la región que seríale posteriormente entregada en encomienda. Las aparentes trazas de manganeso detectadas en las muestras minerales analizadas en Ciudad de México, resultaron ser vetas de plata, alguna de las cuales adquiriría fama y fortuna dos siglos más tarde, de la mano de los aragoneses La Borda, que explotarían también otros yacimientos regionales de vetas o mantos de oro, plomo, cobre y zinc. Al arrimo de la producción argentífera, los hermanos aragoneses mandarían construir el templo votivo de Santa Prisca, icónica joya churrigueresca del Taxco del siglo XVIII, mientras iba labrándose en la ciudad la fama internacional que habían de adquirir sus orfebres plateros.

                                Bajo ese mismo criterio de reconocer las formaciones rocosas y auscultar posibles minerales metálicos en la región, Cortés enviará una partida exploratoria al valle de Iguala (Donde es serena la noche en náhuatl) al mando del capitán Juan de Mesa. La correspondiente toma de muestras minerales en los cerros y sierras circundantes, arrojaría la existencia de abundantes yacimientos metálicos. A la vista de este primer contacto, se iniciará la eufemística pacificación de la comarca, no otra cosa que la toma y sometimiento de los indígenas al poder de la Corona española. Finalizada ésta, le sería entregada en encomienda temporal al propio Mesa, que traería a Iguala misioneros franciscanos (1534) para catequizar a los indígenas comarcanos, a quienes someterá a tributación en especies de maíz o metal en barras. Con la orden del sometimiento perpetuo dictada por la Real Audiencia de México (1550), esa encomienda será adjudicada a Francisco Mexía, quien implantaría el ganado porcino y caballar en los pastizales del valle. Andando el tiempo, Iguala iba a convertirse en plaza clave del camino real de Acapulco, con un importante eco comercial del flujo económico entre Manila y Sevilla.

                                En 1527 por orden del propio Cortés, Álvaro Saavedra Cerón había partido de Zihuatanejo con tres naves para tratar de encontrar la Trinidad, capitana de Magallanes, perdida en las Molucas seis años ha, cuando intentaba ganar las costas novohispanas. Noticia sabida durante su estancia en España, donde era comentario obligado la gesta de Juan Sebastián Elcano con dieciocho supervivientes tras su arribo a Sanlúcar de Barrameda y tres años de incansable navegar. Y hacia aquellas lejanas islas irá Saavedra siguiendo el paralelo 12ºN. En una longitud y latitud hoy reconocibles como coordenadas geográficas aproximadas del archipiélago Hawai, el vigía de la capitana da la voz de haber avistado tierra al contraluz del atardecer. Tierra que, al amanecer del siguiente día y no obstante buscarla por otros dos consecutivos, no volverían a percibir. Pocas dudas caben hoy sobre ese primer avistamiento de las islas Hawai, que iban a ser mapeadas con diversos nombres y por diversos pilotos en los planisferios secretos de la Casa de Contratación de Sevilla. Esto ocurría dos siglos antes que James Cook diese noticia de la existencia de ese archipiélago. No iba Saavedra a encontrar la nao de Magallanes, pero iba en cambio a toparse con los restos de la expedición de Loaysa – Elcano en las Molucas, viaje surgido de La Coruña dos años antes, y desperdigado por el escorbuto y el Pacífico durante el año precedente. Por tres veces intentará Saavedra tornar velas a Nueva España, cargado de especias y gente española rescatada de manos portuguesas. Tres veces más que añadir a un intento muchas veces emprendido, pero ni una sola vez alcanzado. En el último de ellos, tornará su nao a Jilolo (Halmahera)  con un Saavedra moribundo a bordo. Nuevamente se repetía la historia de la nao Trinidad y su desesperado intento de retornar a Nueva España cruzando el Pacífico rumbo leste. Cargados de especias en Tidore, Juan Sebastián Elcano y Gonzalo Gómez de Espinosa pilotos de la expedición magallánica, habían acordado regresar a tierras hispanas con las dos naos supervivientes por rumbos diferentes, ambos desconocidos, y que Dios reparta suerte. Elcano rumbo e España por el Índico, logrará aportar con su Victoria al año de su separación; Espinosa, rumbo a Nueva España por el Pacífico, no lo conseguirá con su Trinidad. Con extraordinaria intuición había tomado rumbo norte hasta latitudes tan altas como la Hokkaido japonesa, surgidero de la corriente de Kuro-Shivo que habría de salvar a un Urdaneta que la conoció por referencia, medio siglo más tarde. Pero Espinosa que ignora su existencia, no sabe leerla en sitio, o no acierta a interpretar el arrastre marino del plancton ni la mutante tonalidad de su agua vehicular. Vientos atemporalados adversos y las bajas temperaturas del Septentrión, le obligarán a volver a Ternate sin apenas alimentos para subsistir. Preso por los portugueses de Tidore (1522), sería repatriado con otros compañeros, Índico avante, tres años después, gracias a una gestión de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.

                                 Por aquellos años, el Emperador había otorgado a Cortés los títulos de Capitán General y Marqués del Valle de Oaxaca, que junto a la dignidad y tierras inherentes, le confería derechos sobre los descubrimientos que hiciere en el Mar del Sur. En aquel ínterin, El Emperador había nombrado a Antonio de Mendoza y Pacheco como Primer Virrey de Nueva España. Un Mendoza de alta alcurnia, estirpe de vasallos fieles al Habsburgo desde sus aciagos tiempos de  los comuneros castellanos. El César no quiere viejos conquistadores de Indias, que se enquisten en una suerte de alter ego de la nobleza territorial castellana, siempre difícil de manejar y que, recién llegado a España, se había opuesto visceralmente a su troupe flamenca. Otorga prebendas, título y honores al caudillo extremeño, pero le encarga nuevos cometidos fuera del virreinato, remarcando la máxima autoridad territorial del Virrey recién nombrado. La fase de capitulaciones directas entre la Corona y el emprendedor de turno, había concluido. El Emperador quiere funcionarios del reino, temporales e intercambiables, solo nombrados en función de su lealtad y valía, dictada a criterio de su Consejo de Indias y acordes al proyecto y circunstancia humanos. No quiere subsidiarios de raigambre medieval, proclive siempre al enriquecimiento o la genealogía. Es el tiempo renacentista, donde los altos funcionarios han de ser quienes traten con los hombres de iniciativa, imprescindibles canales  de progreso para ese nuevo mundo que Carlos de Habsburgo sueña construir, pero también interlocutores persistentes, activos y locuaces, que piden y deben ser escuchados. Y en último caso, si la magnitud de la propuesta supera la atribución del funcionario, sirva éste para regular el acceso a la persona del Rey y sus asesores, a fin de sopesar en cumbre cameral, la viabilidad o no del proyecto que se presente.

    A la vista del mandato recibido, organiza Cortés entre Veracruz y Acapulco una complicada red para suministrar los herrajes y pertrechos, que van llegando desde Sevilla. Ante ello, la Ciudad de México y otros puntos del interior, madrugan su creación manufacturera amparada en  artesanos castellanos que, llegados como soldados de conquista, emprendedores al fin y al cabo, comienzan a su escala una elaboración autóctona, auspiciada por la fuerte demanda virreinal. Los españoles habían traído a Nueva España, junto a su rutinario mundo del día a día, la edad del hierro, la edad de la rueda, de los motones, poleas y cabrestantes, la edad de la rueca, de la navegación a vela, del arado y de los bueyes, y la del alfabeto, sopa de letras nutricia del morlaco mestizo que asomaba sus cuernas a la Historia. La escrita, la de verdad, no la distorsionada por la consuetudinaria o ritual oralidad de los ancianos al amor de la lumbre. Porque sus pictogramas, pese a la magia de sintetizar en un solo dibujo cientos de frases alfabéticas, quedaban lejos de interpretar las ideas con la justeza conceptual que aportaba la Gramática de Nebrija. Por otra parte, era el propio Hernán Cortés en sus Cartas de relación de la conquista de México, quien primero escribiría la lengua náhuatl con caracteres latinos o de lengua culta. Los nahuas, como el resto de indígenas del Nuevo Mundo, desconocían la escritura. Nadie antes había expresado fonográficamente habla americana alguna. Según su propia percepción auditiva, iba aquel universitario salmantino conocedor del latín y del derecho, a emplear sílabas latinas de sonido invariable, para transcribir la fonética escuchada de labios indígenas. Pero labios indígenas que, pese a emplear idéntico idioma, modulaban las sílabas de un mismo nombre de forma diversa, según fuere su procedencia geográfica. Eran modismos y matices fonéticos propios, con fluctuaciones sónicas equivalentes a las de cualquier otra realidad idiomática del mundo y sus variantes regionales. Las diferentes pronunciaciones del indígena, según su comarca de procedencia, venían a complicar aquel primer ensayo fonográfico. En el Anahuac, la o era pronunciada como ou (algo parecido a lo que pasa con el OrenseOurense en nuestra lengua galaica). Fue evidentemente engañado por su sensibilidad auditiva frente a sonidos desconocidos, escuchados ¡y pensados¡ por una mente renacentista, con todo el bagaje que hoy sabemos significaba serlo plenamente. Tecatl, lo identificó como tecal, Tenochtitlán como Temixtitán, Texcoco como Tesuico, Xochimilco como Suchimilco…  Pese a su rigorismo natural por las cosas bien hechas, no alcanzará Cortés a  asignarles en gran mayoría de casos, una equivalencia latina gráfica, fidedigna de la sónica por él auditada. Él mismo reconocería más tarde la presencia de formas aztecoides deformadas… en el habla coloquial de los nahuas especialmente en la pronunciación de préstamos lingüísticos procedentes de la cultura maya. Con todo debía, como narrador, expresar con justeza los nombres propios escuchados, puesto que trataba de exponer ante el Emperador, un relato objetivo, coherente y unívoco. Y así salen de su pluma, por vez primera en lengua española, vocablos mágicos que a oídos castellanos suenan a murmullos de humedal, onomatopeyas del viento. Otros estudiosos, indios, mestizos o criollos, serían en adelante los encargados de expresar en propia lengua y forma fidedigna estos fonemas, con la justeza conceptual requerida, una vez conocida y asimilada la herramienta alfabética para ahormarlos. Tal como asimilaron la escala cromática a sus sentires musicales que ancestralmente lo fueran pentafónicos. Surgirían así, tanto relatos de intrahistoria como tratados y digresiones científicas y experimentales sobre herbolarios, especies avícolas, anatómicas, melódicas, polifónicas o costumbristas… un verdadero motor de la actividad intelectual de las élites indígenas pensantes y de su transferencia didáctica inter símiles et diversus. Lenguaje y pensamiento sabemos hoy que van unidos.

      De pronto, el alfabeto literal que se ofrecía, comprendía signos capaces de combinarse para fosilizar palabras, nombres, frases, ideas…  sucesos recién ocurridos que, una vez escritos, permanecerían invariables para siempre. Eran indeformables: generación a generación expresarían exactamente lo mismo. Quien los leyere entonces, recibiría la misma información que quien ahora lo hiciese. No se distorsionaban con el tiempo, como ocurría con la memoria. Y eran además acumulables, hasta poder conservar enormes cantidades de episodios y aconteceres, que la memoria colectiva de todo un pueblo no alcanzaba a recitar. Lo mismo ocurría con la notación musical que empleaban los españoles: eludía el recordar las melodías. Se escribían y perduraban inmutables en el tiempo. Partituras medievales, polifonías, concerti con molti strumenti, imposibles de recordar, se tenían en toda su complejidad y frescura en cualquier momento gracias a la notación musical. Y tras el alfabeto fenicio y las notas gregorianas, los números árabes y la aritmética griega. Capaces de resumir en corto espacio de papel y tiempo, complicadas operaciones de sus cuatro reglas, tan ajustadas al propósito, como gramática o pentagrama lo eran al suyo. Todo ello suponía una explosión en la santabárbara de la esplendorosa nave emplumada azteca. Su imperio tenía los días contados. Había llegado el tiempo de las palabras, que tanto enamorarían a Pablo Neruda. Las palabras, que todo lo cantan…  – decía el Nóbel chileno -… que brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… con todo lo que se les fue pegando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Todo está en la palabra… que en un momento clave de la Historia fue La Palabra. La Palabra de Juan Evangelista, que se hizo carne humana para habitar entre los hombres y trasmitirles su Verdad. Ambas palabras, la sintáctica y la sincrética, la profana y la sagrada, la escrita y la sentida, iban a ser yunque y martillo del primer ethos mestizo de Indias. El Nuevo Mundo que creía intuir el historiador lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 Como en toda encrucijada social crítica, connotados indígenas de mente despejada hubo, que se aferraban al pasado, a la heroica tradición de su pueblo llegado del norte muchas generaciones antes. Otros en cambio, intuyeron el mundo que se les abría para el estudio y clasificación numeral de sus herbolarios y gemas, del cincelado de esculturas y bajorrelieves, del hallazgo del arco o la cúpula, de los animales de carga y arado, del salto adelante de su pueblo, del progreso renacentista, atisbado todo al alcance de su mano. Nunca pueblo amerindio alguno de tal nivel cultural había gozado de semejante circunstancia histórica, porque jamás contó con similar posibilidad de osmotizar los nutrientes de otra cultura adjunta. Era una más de las tomas de conciencia decisivas del homo, atrapado en cualquiera de sus encrucijadas históricas. Y la duda afloraba en el ánimo, porque todo sapiens lo lleva en su ADN. En una coyuntura ibérica no muy lejana al hoy, pero plena de ira y mediocridad, fueron denostados aquellos intelectos, pioneros del cambio, tildados de afrancesados, léase antipatriotas, traidores, renegados, Aunque la situación real presentara planteamientos maniqueos, negro sobre blanco, se trataba a fin de cuentas de un contexto humano iterativo en la Historia. Pueblos enteros hubo que vislumbraron el cambio de Era, y lo aprovecharon, aportando además su herramienta bélica. Tal el caso de los tlascaltecas, pero también los totonacas y demás pueblos indígenas que asumieron a su modo en masa el salto al vacío de la guerra, por sacudirse la tiranía del poderoso mexica. Y no sin tensiones internas de sus gentes, que las hubo y fuertes, para ofrecer un frente común imbricado con aquellos advenedizos que podían resultar un bluff. La solidez carismática y temperamental de Cortés como líder multiétnico, vino sin duda a coagular aquel magma hirviente, hasta la victoria final.  

        Ya antes de la caída de Tenochtitlán, las herrerías de españoles en estas comunidades indígenas amigas, habían empezado a proliferar por doquier, frente a una demanda férrica que se agigantaba en forma de espadas, picas, herraduras, cadenas, clavazones, rejas, parrillas, ganchos, cerrojos… el propio Hernán Cortés había dictado unas Ordenanzas para los herreros en 1524, que habían de durar hasta llegado el siglo XVIII. Y ahora, sumábase la demanda naval de los astilleros del Pacífico con Acapulco como mascarón de proa. Consolidación de aquellos otros radicados en Tlascala, cuna de los trece bergantines que hicieron decisivo el asalto final de castellanos y aliados sobre la capital azteca. En Texcoco mandó Cortés reunir en aquella ocasión las piezas…  para  ligar y acabar los bergantines, para, por tierra y por el agua, ponerle cerco…  como él mismo nos lo cuenta en sus Cartas de Relación. Cientos de tamemes tlascaltecas portaron sobre sus espaldas hasta Texcoco aquellas piezas de madera labrada, sus tablazones, sus herrajes y clavazones, sus remos, pértigas y sirgas, además del cordamen, breas y estopa, para armar sus cascos y sus correspondientes arboladuras, por si los vientos resultaran favorables. Dando prisa para que se acabasen los bergantines y una zanja que se hacía para llevarlos por ella… media legua hasta la laguna…  Se anduvieron (sic emplearon) cincuenta días, más de ocho mil personas cada día… con más de dos estados de hondura y otros tantos de anchura, e iba toda chapada y estacada… de forma que se podían llevar (los bergantines) sin peligro y sin trabajo hasta el agua… Que fue obra grandísima y mucho para ver… Para los trece bergantines, dejé trescientos hombres, todos los más gente de mar, y bien diestra… En el fragor de la contienda, cuando conocieron que yo entraba ya por la laguna con mis bergantines… juntose tan gran flota de canoas para venirnos a acometer… que pudimos juzgar pasaban en más de quinientas… Y comenzaron con mucho ímpetu a encaminar su flota hacia nosotros. Pero vino un viento de tierra muy favorable para embestir contra ellos, y quebramos infinitas canoas… hasta encerrarlos en las casas de la ciudad… y entraron por entre ellas, aunque hasta entonces no lo pudieran hacer, porque había muchos bajos y estacas que les estorbaban…   y así plugo a Nuestro Señor de darnos mayor y  mejor victoria que nosotros habíamos pedido y deseado… Era esta la crónica  del primer contacto con el mundo naval de un hombre de armas, bien dotado de inteligencia y carisma personal, que estaba decidido a adentrarse en los mares para atisbar más allá de lo que su horizonte brindaba. Y contaba para ello con sus invaluables y fieles tlascaltecas de ribera, cuyas primeras letras de carpintería naval, habíanlas aprendido en su propia Tlascala entre bergantines despiezados y días de inquietud bélica.

      Las tradicionales sendas indígenas que cruzaban las sierras del litoral, eran en realidad angostos senderos tortuosos para bestias de carga. Por eso Cortés, nos cuenta el cronista… mandó mucho de ello (de manufacturas autóctonas)… a lomos de indios robustos… tal como había hecho durante la guerra con los bergantines de Tlascala, lo que acarrearía al Marqués ya en época de paz, un severo conflicto con el presidente y ciertos oidores de la Audiencia de México. Se defenderá Cortés contra el fiscal, argumentando que aquellos bultos solo los enviaba con tamales (sic, tamemes) cuando y donde no podían ser llevados con recua ni carreta… y que, además de confiscarle la mercancía, estábanle penando con pagar 40.000 pesos de oro por haberlos cargado (no podían los indios por ley, serlo con más de 30 kg per cápita), lo que consideraba una extorsión. Recurría contra la Audiencia enviando a suplicar a S.M. y su Real Consejo, que pues se hizo para servicio suyo el transporte… se suspenda el negocio (léase sentencia)… Veredicto que a la postre acabaría dulcificado por los jueces.

 Pero la Audiencia y el Virrey habían ganado ya una importante partida sobre esta faz de la protohistoria indiana, asumida y tolerada hasta entonces: los tamemes iban como tal, nominalmente al menos, a desaparecer en breve. No obstante ello, décadas después de la conquista, no existían aún caminos aptos para el transito de mulas o caballos, y se empleaban, para albricia propia, cargadores indígenas en las rutas a la costa pacífica, pese a estar prohibido por las Leyes de Indias. Solo que eran ahora los propios nativos quienes se prestaban al transporte humano bajo contrata. Con el fin de facilitar este trasiego y evitar la trasgresión de la ley, mandará Cortés al principio y Mendoza después, arreglar los caminos indígenas del oeste y abrir nuevos tramos de pista para reatas, con ciertos trechos empedrados para la rodadura de carros. Los desconocidos mulos iban a proliferar por miles, para poder engrasar aquella nueva maquinaria de transmisión que había de mutar las Indias. Su correspondiente cabaña asnal y caballar iría colmando muchos de aquellos pastos. Pero Cortés no se detiene. En medio del procedimiento judicial, ordena zarpar desde Acapulco dos navíos, que deben llevar sin demora víveres, vestimenta y municiones a Pizarro, que en aquellos momentos se debatía en la conquista del Perú y demandaba auxilio a su pariente, que generosamente le enviará otro tercero, a fondo perdido, con nuevos bastimentos.

 Con viajes constantes a Colima, Acapulco y Tehuantepec, el Marqués moviliza todo un frente de acción para cartografiar el litoral. Envía a Hernando de Grijalva y Diego Becerra de Mendoza con dos naves desde Manzanillo (entonces Bahía de Santiago de la Buena Esperanza), para proseguir trazando el perfil del golfo. Una tempestad acabará separándoles y tras una rebelión a bordo, muere asesinado Becerra Mendoza. Su nave la destrozará el oleaje contra la costa de Jalisco, cuyos indios acaban de rematar náufragos y naufragio. Grijalva por su parte sigue avante, descubre y mapea Santo Tomás (archipiélago Revillagigedo) y las islas Tres Marías. Hace aguada allí y regresa a puerto con sus levantamientos costeros. Fondearía en Acapulco tres meses más tarde.

En 1535 el improvisado astillero de Manzanillo, había organizado otra expedición cartográfica comandada por Grijalva y auspiciada por el Virrey Mendoza, que quedaría interrumpida al varar su nave, pese a que más tarde la recupere y logre con los supervivientes y lo salvado entrar en AcapulcoFrancisco de Ulloa que parte de allí  en 1539, alcanza la desembocadura del río Colorado en el todavía inédito Golfo de California o Mar de Cortés; grafica su litoral y regresa al sur siguiendo la costa oeste del golfo. Dobla la Baja California peninsular y prosigue otra vez al Norte, remontando el flujo oceánico costero hasta superar la actual latitud de San Diego. De regreso a Nueva España sucumben, empotradas en la costa, naves y tripulaciones inermes, abatidas por la malaria. Un superviviente, timonel de la nao Trinidad, recorrerá a remo en un bote auxiliar las 2000 millas marinas que le separan de Acapulco. Tras increíble boga, tomará puerto para contarle a Cortés lo ocurrido. Pablo Salvador Hernández, el insólito remero, ratificará bajo juramento su declaración, registrada en la Aduana acapulqueña frente al Evangelio. Durante tres meses ha utilizado las hiladas costeras del flujo oceánico que incide hacia el sur, ha bogado sin descanso hacia su obsesivo destino, con el beneficio inestimable del céfiro del nordeste que le acaricia por popa ciertas horas del atardecer. Cuando la bonanza de costa y mar lo permitía, varaba su bote y, derrengado sobre sus paneles o buscando entre riscos lagartos, iguanas, moluscos y huevos de aves marinas que comer, trataba de cobrar fuerza. Cubierto por jirones de vela remojados con algas, era ésta su única defensa ante la insolencia de las gaviotas por picar su carne viva mientras descansaba, y frente al abrasador sol de siempre, implacable enemigo en aquellas peripatéticas latitudes de hambruna. El propio Cortés con una flotilla de tres naos, saldrá en socorro de los náufragos, que hallará refugiados en lo que llama Bahía de Santa Cruz. Su estado era lamentable, tierras cultivables paupérrimas, inexistencia de indios para comerciar. Tras perder las otras dos naves y el piloto de la suya, es el propio Marqués quien capitanea el regreso hasta retomar el puerto de Acapulco con los rescatados. La expedición de Ulloa iba a deshacer la mítica insularidad de la Baja California, error que perduraría en los mapas europeos por más de un siglo (en los holandeses, siglo y medio). Pero sería Domingo del Castillo (1541), quien nos legase el primer cartograma donde aparece explícita la península de California.

Para socorrer la expedición virreinal ida en demanda de las míticas siete  ciudades de Cíbola, zarpan de Acapulco en 1540 dos navíos al mando de Hernando de Alarcón y su cartógrafo y piloto Domingo del Castillo.  El Virrey Mendoza les envía como apoyo costero del contingente de Vázquez de Coronado que seguía en ruta paralela por el interior. Navegarán por el Mar de Cortés hasta la embocadura del Río Colorado, en cuyo cauce surcarán más de ochenta y cinco leguas arriba de sus aguas fangosas. No hallarán a Vázquez de Coronado y su hueste hispanoindia, que cientos de millas más al norte tampoco encontrarían las oníricas ciudades que buscaban. Pero descubrirán en cambio el hoy famoso Cañón del Colorado, hendedura geológica que ponía fin a su penetración norteña con un insuperable tajo de escarpes para acceder al agua. Castillo iba a dejar cartografiado todo el Mar de Cortés y la costa pacífica de la península hasta latitud 30ºN, en un mapa memorable por su detalle y precisión.

De la Barra de Navidad (Colima) parte Juan Rodríguez Cabrillo en 1542, retomando por orden del Virrey la expedición de Pedro de Alvarado, aplastado por su propio caballo en una caída fortuita en la guerra jalisqueña. Había venido a Nueva España como ballestero en la hueste de Pánfilo de Narváez, llegado para apresar al rebelde Cortés escabullido de Cuba. Pero le seguiría como oficial de ballestas en su asalto a Tenochtitlán y las campañas de Honduras y de Guatemala, donde finalmente quedaría establecido como comerciante. Harto había medrado desde entonces en experiencia y hacienda, con un próspero comercio en Antigua y enlaces con puertos hispanos de ambos océanos. Iba a surgir en esta ocasión con tres naves repletas con gentes de guerra y marinería de guerra, un fraile, indios subalternos, esclavos negros, alimento para dos años, herramientas y mercancías, además de una copiosa comparsa de animales de cría y domésticos. Costeando el litoral californiano arribará al muy bueno y seguro puerto de San Diego, ya conocido desde que Ulloa y sus mapas fueran recatados por Cortés en Santa Cruz. Seguirá al norte cartografiando el litoral de Santa Mónica y Santa María de los Ángeles hasta la Bahía de Monterrey, seno costero clave para el comercio con Asia y refugio futuro de galeones, aunque entonces no lo sospechara. A consecuencia de la fractura no bien curada de una pierna, fallece Cabrillo de gangrena. Será Bartolomé Ferrelo, su piloto, quien prosiga el bojeo al norte, hasta el Cabo Mendocino que nombra así en honor del Virrey, y el Cabo Blanco (Oregón), punto más septentrional de sus levantamientos. Pasará frente a la Bahía de San Francisco sin percibirla, tal vez por rebasar esa latitud alejado de la costa, o por impedirle su visión la recurrente niebla del litoral. Retornaría  a la Barra de Navidad al año siguiente.

Casi en paralelo, Ruy López de Villalobos va a surgir también de la Barra de Navidad (1542), con seis barcos repletos de colonos, pertrechos y animales, y ordenes del Virrey para colonizar las Islas del Poniente, descubiertas por Magallanes y conocidas en adelante como Filipinas. Cortés y el propio Virrey Mendoza parecían desplegar, y efectivamente desplegaban, una múltiple actividad que solo mediante una sólida infraestructura operacional, técnica y humana, era capaz de mantener con éxito el Virreinato. No hay que olvidar que parejamente a las exploraciones del Pacífico, la Nueva España de aquellos años cartografiaba y exploraba el Golfo de México, colonizaba las Floridas, y mandaba expedición tras expedición terrestre a Texas, Nuevo México, Arizona, las Californias o Nevada, buscando minas y yacimientos rentables, cuyas coordenadas dejaban plasmadas en los planos levantados. Y mientras guerreaba contra los indios levantiscos del noroeste, que los misioneros trataban de catequizar, la música peninsular se abría como un abanico multicolor sobre sus tierras. De pronto, la escala cromática española había venido a enamorar los oídos y sentires de los diatónicos indígenas, que prestos la sublimaron para exteriorizar sus expresiones líricas espontáneas. Apenas habían pasado veinte años desde la caída de Tenochtitlán, y el Nuevo Mundo  que soñara Carlos V, al decir de su historiador Pedro Mártir de Anglería, empezaba a tomar forma en la Nueva España, nunca tarde para el Emperador,  que transitaba ya el último lustro de su vida. Poca cosa lograría Villalobos en las Filipinas sin apoyos del Virreinato: tierras impropias para sembrar sus granos de maíz, agresividad desbordada de los nativos isleños, y la carencia de unos alimentos que se pierden con el naufragio de su barco nodriza. Como escape vital de la expedición, sin tornaviaje posible, enrumbará a las Molucas portuguesas, donde los lusitanos se apoderan de toda su partida. En sus cárceles morirá de fiebres tropicales atendido por un jesuita navarro llegado de Lisboa por la ruta del Índico, que quiere misionar la China toda. Se llamaba Francisco Javier, y es hoy el Santo Patrono Universal de las Misiones.

Figura 2 – Surgideros históricos del Pacífico novohispano

 
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Contexto Histórico de Veracruz – VI

                        Figura 14: Los Caminos Reales de Nueva España. Finales siglo XVIII

 

El conocido como Camino de los Virreyes entre otros nombres dados al existente  entre Veracruz y México, iba a encontrar continuidad hasta Acapulco con el Camino de la China, adscrito al mercadeo exterior con las Islas del Poniente. Vinculado el primero a la producción y consumo internos del país, iba a ser sin embargo asociado al tránsito de los impuestos reales, el situado virreinal, el correo y las compras sevillanas. Incorporado el nuevo mercado asiático al quehacer económico del virreinato, el Camino de la China vino a  enlazar con los ya existentes caminos a Veracruz, Zacatecas y Oaxaca en la capital, prolongados más tarde por el norte hasta Chihuahua y Santa Fe (Nueva México) con el nombre de Camino de Tierra Adentro, y hasta Tehuantepec y Guatemala por el Sur con el nombre de Camino de Guatemala. Los tres Caminos vitales de la China (408 Km, 20 días), de los Virreyes (412 Km, 22 días), y de Tierra Adentro (1.600 Km, 3 meses), llegaron a constituir junto al Camino de Guatemala, una red de caminos carretiles (vulgo carreteras) estimado en 7.600 Km distribuidos en 55 rutas diversas para el tránsito rodado. Añadida a esta red carretil, habíase creado otra para herradura, próxima a los 20.000 Km, distribuidos en 105 rutas. Este formidable conjunto de vías de tránsito se alcanzaba a fines del siglo XVIII, cuando los nacientes Estados Unidos apenas llegaban a cubrir con las suyas un 10 por ciento de esta realidad. ¿Puede extrañar hoy que sea Patrimonio Universal de alguien y algo, esta caminería? ¿No se cita acaso como futurible candidato, a la indetectable traza del llamado Camino de Oregón?. Transitado desde San Luís Misuri por un aluvión de enviscados europeos del siglo XIX, vagabundos de su albur y mediatizados por la propaganda oficial. Avanzando no importa si por valles, riberas, linderos o praderas hacia un soñado Oeste, sin medio metro de empedrado carretil pero sobrado conductismo del Este. Era un juego político preciso para sacárselos de encima y largarlos a la costa oeste que poblar para crear mercado. Allí les venderían a crédito armas y casas de madera prefabricadas en el Este, una vez concluido el ferrocarril, fabricado todo ello con mano de obra inmigrante cualificada, que, esta sí, encontraba presto acomodo entre la incipiente masa obrera del NW. El haber dado argumento a más de un centenar de western (cine y TV incluidos), financiados con dólares, es, y poco más que huellas en la mar, su  mérito de aspirante al Patrimonio.

 

Tras la consolidación de Veracruz en su definitivo emplazamiento, había empezado a reutilizarse la olvidada senda indígena que ceñía la república de indios de Orizaba, con su enhiesta referencia de volcán nevado, en ruta hacia los demás volcanes del Anahuac. Apenas un siglo después de llegar los primeros esclavos africanos a Nueva España, bozales devenidos cimarrones que asaltaban caravanas y desvalijaban viajeros, habían convertido aquellas estribaciones de la Sierra Madre en resguardo montaraz de sus fechorías. Por este camino había empezado a fluir la producción local de sus campos de café, azúcar, algodón y tabaco, hacia el interior. Para dar cobijo y protección al comercio regional, que transitaba tanto hacia México como a la propia Veracruz, el virrey Fernández de Córdoba, funda la ciudad de Córdoba (1618), parada y fonda de viajeros y cabalgaduras, con presidio y real fuerza capaz de proteger el transito caminero por aquellos enriscados pasos. Andando el tiempo, serían varios los fortines levantados entre Orizaba y Córdoba, tramo neurálgico de asaltos a las conductas o caravanas reales que circulaban a orillas del río Metlac, cuya barranca suponía una guillotina geológica entre el altiplano y la costa. Cada negro cimarrón prendido iba a ser, no agarrotado como correspondía a su ralea malhechora, sino castrado e incorporado a los hatos ganaderos veracruzanos. Años más tarde, aquietado ya el entorno serrano, se dotará con 32 puentes el camino que por allí serpea y dobla la divisoria de aguas para circunvalar la próspera Orizaba, que desde entonces iba a ser llamada La Señora de los Puentes.

 

El tráfico comercial con ciudad de México, establecido desde Veracruz siguiendo el Camino de Carros por Jalapa y Perote, que abordaba la capital por la calzada de Guadalupe, diósele el nombre de Camino de las Ventas por las muchas que en ella llegaron a establecerse en pocos años. Pero era también un camino de postas, con puentes de mampostería (entre otros el Puente del Rey, que cruzaba sobre 7 ojos el río de La Antigua), hospitales, mesones, áreas de descanso y pastos para caballos, además de múltiples haciendas de sementera o ganado. Los mangas verdes vigilaban esta ruta y sus vericuetos que trepanaban las estribaciones de la Sierra Madre. Creada en la Castilla de los Reyes Católicos, la Santa Hermandad con su peto de cuera sobre llamativo jubón  verde, llegaría a convertirse en el ojo vigilante y brazo justiciero de los caminos reales que trenzaban las estribaciones de la Sierra Madre hacia Veracruz.

 

Como Camino de los Ángeles, fue a su vez motejado el mandado construir por Cortés desde la Capital a la entonces recién fundada Puebla (de los Ángeles, 1531). Orillando la falda del Popocatépetl, prolongada más tarde por Tecamachalco y sus hospitalarios franciscanos, Acultzingo y sus no menos acogedores indígenas, hasta Orizaba y Córdoba, alcanzaba finalmente Veracruz. Las guerras que la metrópoli venía manteniendo en la convulsa Europa, se reflejaban inexorablemente en el buen o mal estado de los caminos, pese a la probada potencialidad de una hacienda virreinal que invertía cada vez más en consolidación de estructuras propias, mientras menguaba parejamente su envío de plata impositiva a la metrópoli. La diversidad de climas y orografías, plagada de vados, cañadas, ríos, pedregales, ojos de agua, blandones, barrancos y rampas de ladera, era anualmente activada por los diluviales arrastres estacionales, obligaba al múltiple mantenimiento de atajeas, alcantarillas, terraplenes, empedrados, drenes, caballeros o trincheras. En épocas de penuria bélica, el deterioro prolongado de los caminos se dejaba sentir con la demora en la entrega de las encomiendas, el incremento del costo de las mercancías y la mortandad de las bestias. Las más de 60.000 cargas anuales que llegaron a alcanzarse, respondían inequívocamente en el mercado con alza de costes y retraso de entregas

 

Por el Camino de Tierra Adentro, bajaban semanalmente hacia México miles de mulas desde Chihuahua y Zacatecas con lingotes de plata beneficiada de sus minas, además de cueros, cueras, sebos, tasajos y harina de trigo, que en aquellas tierras se producía. Su motejo de Ruta de la Plata a ello obedecía. Y por ella retornaban las mismas recuas cargadas de telas de lana y loza poblanas, aceros, herrajes, clavazones, llaves, azogue y otros productos europeos o asiáticos que por Veracruz o Acapulco se incorporaban al flujo virreinal desde Guatemala a Santa Fe. Toda una infraestructura de conexiones comarcales en continuo trasiego, bajo el rigor inmisericorde de los climas y la nada solitaria, hendiendo territorios arriscados o yermos, inseguros, merodeados por cuadrillas de negros levantiscos o encanallados, cuando no de incontroladas partidas de indios nómadas de frontera. Solo los presidios y sus ventas anexas, eran remanso de seguridad y descanso para mulas, arrieros, transeúntes y mercancías.

 

Carlos V en 1523, había concedido a La Villa Rica de la Vera Cruz un escudo de armas, que conservaría la Veracruz histórica como blasón urbano del enclave fundado por Cortés. En 1607 le sería conferido el título de ciudad por Felipe III, título que ratificaría el propio rey en 1640. Y ese mismo año lo celebraría la urbe erigiendo un emblemático Cabildo ciudadano, con festejos, carreras de caballos, juegos de cañas y corridas de toros, sin faltar su encierro, desde el redil del matadero hasta la Plaza de Armas. Este de los toros con encierro, era festejo que venía cumpliéndose tradicionalmente con la llegada de la Flota, pese a la reiterada protesta de los tenderos de plaza y su corredor ciudadano, obligados a cerrar su negocio al paso de la estampida toruna en días y horas clave de la feria. Habían sido prohibidos repetidas veces, pero repuestos otras tantas bajo la presión unísona de los ganaderos veracruzanos y las gentes de a bordo, que reclamaban como estelares el espectáculo correcalles y su remate taurómaco.

 

La tradicional cabaña vacuno-porcino-caballar, con más de 150.000 cabezas censadas en un extrarradio de siete leguas en torno a Veracruz (1580), los cereales, la caña de azúcar y el tabaco, junto a los modernos astilleros de la ciudad, constituyeron en la segunda mitad del s. XVII y primera del XVIII el verdadero motor de la economía regional. Como base portuaria de la Flota de Nueva España, había nacido el imprescindible astillero para mantenimiento de los galeones tras su avatar oceánico. Era fama, que los barcos salidos de sus gradas, prolongaban por más de cuatro años su vida activa frente a la broma o carcoma tropical de las aguas del Golfo; cantinela repetida en otros muchos astilleros del Imperio y sus aguas. Sin olvidar que su pujanza económica era a la vez un revulsivo para el endémico comercio clandestino arraigado en su costa.

 

Los argumentos jurídicos del holandés Hugo Grocio (1627), fleco ondeante de la Universidad de Salamanca al viento humanista, pero victima del amorodio internacional, era un discurso interiorizado por las potencias europeas, que incluía el comercio como uno de los derechos naturales del hombre. Este concepto iba a impulsar la competencia leal hacia la fase más oscura del contrabando, contraventora del monopolio comercial de los Habsburgo, mutado en libre comercio durante la Casa de Borbón. La riqueza generada en Nueva España, había empezado a quedarse en Nueva España, y el Virreinato iniciaba una cierta deriva hacia el México-nación, que acabaría intentando cristalizar un siglo más tarde. Los ataques corsarios a puertos indianos, cada vez más fortificados, resultaban siempre caros y con frecuencia fallidos. El contrabando, podía en cambio practicarse en todo tiempo de paz o guerra, con riesgo mínimo y beneficio corriente, lo que acabaría por agigantar el matute costero hasta desorbitar sus proporciones. Y el nuevo argumentario jurídico llegaba para favorecerlo.

 

La presencia de naves desperdigadas, que traficaban en fraude con haciendas ribereñas, era práctica extendida que enmascaraba con frecuencia visitas agresivas. No pocos casos había de filibusterismo, que fingía ajustar precios con hatos y haciendas costeñas, para cambiar súbitamente de actitud y bandera, y caer por sorpresa sobre ellas hasta dejarlas esquilmadas, cuando no malheridas o muertas sus gentes si no habían escapado oportunamente a los cerros. ¿Quien era su testigo en aquellas soledades? En un caso documentado de 1655, unos arrojados vaqueros, mulatos de Tampico, lograron capturar a 22 corsarios ingleses y dos de sus naves nodriza. Llevados a Ciudad de México, fueron condenados por la Inquisición a las galeras cartageneras, con los consiguientes pregones de escarmiento, voceados por los alguaciles del Virreinato. Otra situación similar iba a traer en 1683  días aciagos de saqueo, violaciones y asesinatos, a manos de miméticos forbantes. Pese al efectivo patrullaje de la flota novohispana en el área caribeña y su  acceso al Golfo, con seis naves francesas e inglesas apresadas en su haber anual, no supieron discernir el momento clave de la amenaza que repicaba su puerta.

 

Veracruz, visible desde ciertas naves fondeadas en la Isla de los Sacrificios, llevaba días recibiendo confiada las visitas de sus tripulantes, interesados en saber del tiempo de la feria y su inicio. Cuando la Flota de Nueva España asomaba sus primeras velas sobre el horizonte, el ataque corsario combinado de 15 navíos artillados era ya un hecho que estaba yugulando la ciudad. Llegada la hora, el holandés Laurens de Graaff (Lorencillo para los hispanos) con 1200 hombres y el apoyo de sus compatriotas Nicolás Van Horn y Cornelius Jol (Pata de Palo) y de los franceses Michel de Grandmont y Pierre Bot, habían copado la semivacía urbe enfrascada en los prolegómenos de su feria, mediante un silente desembarco algo más al sur. Desvalijadas ya iglesias y conventos,  fueron por las casas sacando a los vecinos, y si alguno salía por sí, moría sin remedio…bien de su fiereza bárbara, de hambre, sed… y de espanto las mujeres. Parte de sus élites comerciales habían sido atrapadas y encerradas en La Merced, y más tarde llevadas a la Isla de los Sacrificios y confinadas en las sentinas de sus naves, a resguardo de las baterías de Ulúa. Cinco días sin agua ni alimentos permanecieron copados los infelices rehenes, hasta lograr reunir los 150.000 pesos exigidos como rescate de sus vidas. Los menos afortunados iban muriendo bajo la tortura, el hambre, la carga y estiba forzadas del mobiliario robado, cuando no de la venalidad de aquellas hienas… porque cada cual que llegaba, nos quería quitar la vida, y cuando se hacía más horroroso era de medio para la noche (sic), por emborracharse y quedar sin razón alguna, si es que tenían alguna que perder… nos dejará dicho el prior de los jesuitas capitalinos, testigo sobreviviente de aquel marasmo. La implacable disciplina militar de los momentos críticos, condenará a muerte en Juicio de Causa al Gobernador de Ulúa y Veracruz, por no haber sabido leer aquella estratagema pirática de libro a la luz del día.  

 

                     

                  Figura 15: San Juan de Ulúa, hoy

       

Compatriotas de hecho, pero piratas sin escrúpulos al fin y al cabo, ávido de riquezas Van Horn morirá a manos de Lorencillo, tras un reparto inconforme del alijo rebañado. Uno más de los frecuentes altercados y traiciones que, como un soplo del averno, dejaron los perros del mar para su intrahistoria. La Flota de Nueva España en arribada, ajena al drama que se estaba viviendo en tierra, había ido enfilando los rumbos de sus naves hacia el fondeadero de San Juan de Ulúa, dejando por babor la Isla de los Sacrificios. En ella habían visto las naves recaladas cuyos mendaces pabellones con el águila bicéfala de los Habsburgo no alcanzaban bien a distinguir. Tres días tardaron los últimos galeones en completar su arribo, y cuando los cagafuegos avisados y libres ya del protocolo de escolta, cazaron escotas en persecución de los felones, tres noches ha que Lorencillo y sus secuaces habían largado amarras y metido millas de por medio, favorecidos por el terral nocturno. Ninguna vela atisbaron en días subsiguientes los vigías de las cofas; parecían tragadas por el mar. A partir de entonces, la de Lorencillo se convertiría en obsesiva caza y captura durante años. Pero la Armada de Nueva España, no lograría apresarlo. Dos años después conseguirá tenerlo más a su alcance que nunca, en lo que podía haber sido la acción más brillante de su historia, pero escapará de nuevo al cerco virreinal, aunque cayera atrapado Bot, dado garrote más tarde. Es a raíz de estos sucesos cuando estudia Veracruz un “nunca más”, que empieza por completar el talud de sus murallas y perimetrarlas con un glacis que despeje toda proximidad equívoca por tierra. Únese a ello dotar de puentes levadizos sus puertas, y formar baluartes estratégicos en punta de diamante al itálico modo. En previsión de nuevos acosos, resabio de la eterna guerra en Europa, solo tres puertas darán entrada franca a la ciudad: la Puerta del Mar (NE) para acceder al muelle de mampostería, Aduana marítima y Plaza portuaria, donde se apilan los fletes y cargan las recuas y carretas ; la Puerta de México (SO),  que prolonga los caminos de la capital por Jalapa u Orizaba, y finalmente la Puerta de La Merced (SE) por donde se toma el camino costero de AlvaradoTlacotalpán, con su puente sobre el río Tenoyan.

 

Jalapa, tradicional área de asueto y descanso del Camino, era ya hacia el 1700 una villa consolidada. En ella, 240 familias españolas, embutidas en su matriz indígena, montaban una feria regional alternativa que había cobrado importancia en pocos años. Con mejor clima que la Veracruz costera, acabó ganando a sus clases acomodadas (comerciantes, oficiales y asentistas), para residir allí todo el año, fuera del tiempo de flota y feria.  Por su ruta circulaba el pasaje del puerto y el correo real de la Carrera de Indias, dirigidos por el Alcalde Mayor veracruzano, empeñado en controlar todas las cartas que desde España se trajesen a esta tierra, junto con la manufactura, los aceites de oliva y los caldos traídos de Sevilla. Una tradición inveterada desde que Juan de Escalante, el primero de la serie y retaguardia de Cortés, la implantara un siglo antes que su homólogo correo inglés lo fuera en 1635. En 1720, Jalapa lograría feriar por vez primera estas preciadas mercaderías llegadas a Veracruz, ferias que serían interrumpidas por 10 años, debido a la Guerra de la Oreja de Jenkins, para retomarse luego hasta la extinción del régimen de flotas (1778).

 

A partir de 1713 y consecuencia del Tratado de Utrecht, la Compañía Inglesa de los Mares del Sur, pasó a ejercer el monopolio de suministro de esclavos bozales para Nueva España, hasta el estallido de la Guerra del Asiento o de Jenkins (1739). Vino a sustituir abruptamente a la Compañía de Guinea francesa, que tradicionalmente había suministrado esclavos africanos a Veracruz durante las últimas décadas. Aunque traídos en origen de África, eran las islas de Jamaica y Barbados los centros de acumulación y reparto de negros de la nueva compañía inglesa. Salvaba con ello el trauma de su inicial captura y el viaje infrahumano que habían de soportar añadido, haciéndoles reposar y serenar ánimos de cara a la mejor presentación y aspecto físico de los esclavos ofertados. Una suerte de silos distributivos del humano cereal para el buen reparto de su grano.

 

En un lugar conocido como Pantaleón, seis kilómetro al NW extramuros de Veracruz, montaron los factores o representantes de la Compañía la correspondiente negrería para almacenado, lavado, desinfectado, venta y carimbado de bozales. Anexas a su instalación, se levantaron las propias residencias de los factores, jardines, arboledas y pistas de juego particulares, un verdadero oasis vigilado para disfrute de sus majestades los funcionarios. Tenían arrendadas tierras de cultivo, donde los bozales sembraban huertas para manutención de la troupe negrera, mientras allí permaneciesen. Su palaciega servidumbre componíase de mayordomo, cocineros, sirvientas, contadores, secretarios, almacenistas, subinspectores, cirujano, un juez… todos ingleses y dispuestos a solazarse con su reserva de licores traídos de Londres… hasta que un mayordomo, gatillo y bebida alegres, tomó a un mendicante franciscano por un asaltador de heredades, disparó y lo mató. O tal vez porque ignoraba lo que un misionero español suponía, por carecer sus colonias de arquetipos a ellos homologables. Unas semanas después una orden del Virrey obligaba a la Compañía a residenciar sin excepción en intramuros, y a reducir personal y dependencias a su estricta necesidad, contrastada por los veedores virreinales. Sus días de vino y rosas habían concluido. Uníase a ello que los cargos por viajes, enfermería, medicinas, manutención, vigilancia y demás contingencias, hacían peligrar la rentabilidad de la Compañía en su Terminal de Veracruz. Para conseguir una marca más precisa y distintiva sobre la piel del esclavo, exigieron a los compradores carimbos de plata u oro, además de conservarlos guardados en las cajas reales, con tres llaves repartidas, para evitar fraudes. Pero la Compañía, no solo había obtenido el monopolio de esclavos, sino logrado también licencia para traer un navío de permiso para vender en Veracruz 500 toneladas anuales de mercancía inglesa, que vender en Veracruz. Como pasa en estos casos de manga ancha, pasados unos años, aquel navío de permiso, había parido una flotilla de embarcaciones menores que multiplicaba el tonelaje admitido. Se generalizaron las protestas de los comerciantes hispanos, tanto de Sevilla o Cádiz como de la Nueva España toda… y el Virrey subiole impuestos a la Compañía.

 

Se constataba en el Virreinato, que los factores ingleses venían profundizando con sus acciones financieras hasta mercados tan lejanos como Acapulco, Puebla, Cuernavaca, Ciudad de México, feria de Saltillo o minas del norte. Resultaba cada vez más evidente, que aquella urdimbre económica, estaba utilizando el tráfico negrero como totémico Caballo de Troya para algo más que el jugoso mercado novohispano. La inquietante Albión, no iba a dejar de ser observada. Por otra parte, un llamado ejército de reserva libre, no otra cosa que la creciente oferta de mano de obra asalariada, producto del crecimiento demográfico de la propia sociedad indiana, mantenía a la baja constante la demanda de esclavos africanos. Ya criolla, negra, parda o mestiza, esta fuerza de trabajo emergente, además de resultar más barata, había crecido en su propio ambiente. Católica, hispanohablante, costumbres tradicionales asumidas, conocedora del trabajo demandado era residente de las repúblicas, barrios, haciendas o núcleos geográficos comarcanos. La época de las grandes pestes y grandes mortandades había periclitado. Las actuales generaciones mestizas resistían en mayor número y proporción los virus y bacterias presentes, tomadas antaño por exógenas. Sus sangres habían osmotizado sin duda los anticuerpos que no poseyeran sus ancestros. Tal vez las nuevas condiciones alimentarias e higiénicas, ayudaban a la medicina con otros bríos y logros, superando incluso fiebres traídas por los africanos.

 

El propio Adam Smith reconocería, años más tarde, la inviabilidad de aquel ocasional negocio negrero, compañero de viaje del navío de permiso, en el mercado indiano. Las pérdidas ocasionadas por negligencia, prodigalidad y malversación de fondos por los empleados de la Compañía, llegaron a ser una carga más insoportable que los propios impuestos… una compañía por acciones no puede prosperar en el comercio exterior, cuando tropieza con la fuerte competencia de comerciantes particulares, nos ha dejado escrito. Era evidente que el cuello de botella se estrechaba para la Compañía… y surgió el chispazo del caso Jenkins. Pillado con su barco en flagrante contrabando,  su desorejado capitán marcha a Londres, oreja en formol a mano, dispuesto a montarle un pollo en el Parlamento al prime minister Walpole en el Parlamento. Una oreja inglesa menos, casus belli. Y surge la guerra. Incomprensible, pero estas cosas pasan en Londres. La cruenta Guerra de la Oreja de Jenkins. ¡Que pensaría Isabel I, de haberlo vivido, ella, que había desorejado a unos cuantos cientos de disidentes ingleses!

 

En los primeros compases de la nueva contienda, Nueva España, mitad norte de las Indias hispánicas, aguardaba un ataque británico sobre Veracruz, enclave literalmente radiografiado por los factores ingleses, con posibles repercusiones en Puebla y México, a donde jamás deberían llegar sus casacas rojas. Ante tal amenaza, los caminos reales se tornan estratégicos y se elige el montaraz Cofre de Perote como centro yugulador de penetraciones hacia la capital. Sobre un área de 14 hectáreas se erige la Fortaleza de San Carlos, cuartel general y almacén de pertrechos bélicos, con baluartes adiamantados y foso inundable, artillada con 54 cañones de bronce y una dotación de 1000 hombres acuartelados, prestos a desplazarse tanto en apoyo del litoral como del Anahuac capitalino. La muralla de Veracruz, reforzada con otros baluartes y plataformas, es servida por cuarteles militares repartidos intramuros en 4 compañías de 100 milites cada una. Otra fuerza de 800 hombres de guerra queda distribuida extramuros en el llamado Regimiento de las Tres Villas, al estar formada por contingentes de infantes y caballeros de Orizaba, Jalapa y Córdoba. Uníase a ello, un refuerzo de 2.000 soldados enviados por el propio Carlos III desde la metrópoli, empleados mayormente en vigilancia armada de lugares estratégicos de  la costa y sus caminos al interior. No faltaron tampoco obras de mejora en el castillo de Ulúa, dotándole de revellín y baluartes para 125 piezas de artillería pesada, atendido por más de 500 artilleros y servidores en espera de cualquier aldabonazo bélico en el Golfo.

                                                                                                     

      Figura 16: La Fortaleza de San Carlos. El Cofre de Perote (1770)

 

 

La guerra con Britania sobreviene, pero Veracruz nunca es atacada. Manila y La Habana pagarán los platos rotos, capturadas y esquilmadas de obras de arte y documentos por el inglés, que se verá Inglaterra obligada a devolver tras un armisticio adverso. Devolución que hace en parte, y en nuevo juego de manos, oculta cartas naúticas robadas. Las de Manila iban a servir al capitán Cook para un aparatoso montaje mediático sobre sus descubrimientos en el ignorado Pacifico. Uno más, en su larga historia de contrabando y filibusterismo. Para recuperar estas plazas, debe España cederle a Inglaterra las Floridas novohispanas (del Este y del Oeste). Pero se ve compensada con la entrega de la Luisiana por su aliada Francia, obligada por Pacto de Familia a pagarle los débitos del conflicto. Y Veracruz dará cobijo a los indios floridanos de Pensacola, semilla novohispana fallida sembrada en la expedición de Tristán de Luna, que no quieren britanizarse bajo el nuevo azar del destino. Como tampoco lo querrán los indios floridanos de San Agustín, que solicitan su evacuación a Cuba.

 

En 1776 se precipita la insurrección de Las Trece Colonias inglesas de Norteamérica, y Carlos III, pivota sobre Nueva España el apoyo a la causa rebelde. En un esfuerzo invalorado como ariete, el Virreinato va a ser capaz de incrementar un 600% la producción argentífera de sus minas, para financiar los aportes españoles a la guerra. Desde La Luisiana, su gobernador Bernardo de Gálvez, sabrá recuperar las Floridas de manos inglesas. Otra sombra de desembarco masivo, esta vez hispano-francés, se cernía ocasionalmente sobre una Gran Bretaña obligada a desparramar su flota por el océano. La defensa de puertos atlánticos y pacíficos desamparaba el litoral de Cornualles, cuya temerosa población estaba abandonando, una vez más, los enclaves costeros para alejarse hacia núcleos campesinos más seguros y profundos. Un goteo humano, al encuentro de lazos familiares con que compartir esperas tensas en pueblos del interior. En este contexto y protegido por la Escuadra del Canal, sale de su base de Portsmouth un convoy de 55 barcos de transporte para ultramar. La larga retahíla flotante con armas, provisiones, uniformes, pertrechos, oro de soldadas y un refuerzo de 3000 infantes, enrumba al meridión en búsqueda de la corriente ecuatorial que les lance hacia el Caribe. A la altura  de Galicia, la Royal Navy torna velas a fin de no desguarnecer sus costas, lo que va a precipitar el convoy en manos de la Armada de la Mar Océana de Luís de Córdoba, que puntualmente informada, patrullaba avizor por aquella latitud del piélago. Era el descalabro final de la guerra,  que había de propiciar la independencia de Las Trece Colonias. Tras el Tratado de Versalles que la consagra, las Floridas volverán al Virreinato, sin que la mayoría de los indígenas emigrados, regrese de nuevo a sus fueros floridanos.  

 

Cuando Bernardo de Gálvez es nombrado Virrey de Nueva España (1796), apenas sobrevive a su cargo, sin poder vigorizar el comercio de Veracruz con los, nuevamente hispanos, puertos del Golfo, como era su intención declarada. No obstante, el remate del siglo XVIII iba a suponer para la Ciudad de Cortés, un notable crecimiento impulsado por el libre comercio asumido en el Imperio.

 

Pero con el siglo entrante y la invasión napoleónica de la metrópoli,  se cierne también sobre Nueva España la siniestra sombra del caos. Primero, serán las guerras civiles donde cabrillean curas sin sotana, gritos y silencios, ilustración y libertad, legalidad y oportunismo, sufrimiento y revanchas, que pugnan por reflotar en su popurrí el intrínseco México que parece hundirse, pese a ser soñado como nación por muchas de sus gentes. Luego vendrá el llamado periodo de anarquía más dramático de su historia, preñado de pronunciamientos, insurrecciones y partidas pugnaces, respaldados por puntuales ocurrencias y alquimias sociales, sin omitir la prepotencia de líderes transitorios, montoneros unos, generales de canana otros, de salón alguno, dictadores esenciales casi todos. Era preciso marcar claras diferencias con el pasado gachupín  de este México, heredero declarado ¡por fin! del imperio azteca. Había que arrancar de la simbología nacional los nombres malditos de España y de Cristo, lastre histórico, borrar sus huellas. Les habían robado el oro y el futuro, quemado sus dioses, matado a trabajar como esclavos, exterminado sus aborígenes por maldad intrínseca y genético sesgo asesino. Hasta el propio Colón era un genocida que había traído virus asesinos en su séquito, para acabar con el buen salvaje y su bucólica existencia en las ‘colonias’ españolas. Los gachupines jamás habían aportado nada, salvo fanatismo católico y atraso… Esta era la argamasa al uso para edificar el nuevo teocalli patrio, donde seguramente acabarían autoinmolados con sus vísceras tajadas por la obsidiana del rencor. Toda revolución, como Saturno, se come a sus hijos, es mantra atribuido a un Robespierre en desgracia camino de la guillotina. Y la saturnal mexicana se los comió a casi todos. Pero entre estudiosos, no deja de parecer esta muestra humana sino descompensada charanga de palurdos trasnochados por las calles de su pueblo en fin de fiestas. Fue empero orquestada ayer, como un ritornelo errante de las naciones de siempre, y es todavía hoy tarareada por algún desgreñado mental que sigue vendiendo humo a verbena concluida. Y el imprevisto palo de agua que vino a disgregarla, ha dejado charcos en las calles…

 

En 33 años desastrosos, México, la joya de una Corona caída, envidiada siempre por su potente vis de nación poderosa, se anonada histórica y socialmente entre cinco constituciones y un emperador de zarzuela; pero no más que lo hace contemporáneamente su considerada ya como madre putativa, aunque lo fuera de sangre, cruzando sus propios desfiladeros y orillando otras barrancas. ¡Más de un siglo de desencuentros, idearios sublimes, bálsamos sociales, cerrojos culturales y acomplejados egos, padecerían tanto la supuesta putativa como su hijuela cultural!. Abrumado por centenares de miles de muertes y la pérdida del 55% de su herencia novohispana a fauces de su vecina norteña, el México criollo de las primeras décadas no acertaba a reconocerse en su propio espejo. Texas, Nuevo México, Arizona, California, Colorado, Oregón, Utah, Nevada…quedaban muy lejos de aquella primigenia estampa del territorio comprendido entre Las Floridas, Canadá, el Misisipi y el mar….que fuera germen de su lindante crisálida. Aquel feto anglófono, a cuyo parto Nueva España asistiera cual solícita partera, había devenido dañina oruga rampante. De pronto, una metamorfosis kafkiana habíale mutado en furibundo teredo que horada y fagocita una y otra vez la  madera hispana a su alcance. Nueva carcoma imperialista era esta, válida para todo cuño. Y México, que cuenta en su bosque humano con tan dura madera como los viejos astilleros de Veracruz, debe rearmar presuroso un casco para navegar avante en el revuelto mar de los siglos. El hispanismo contempla absorto su botadura, en pecio reflotado pero bandera propia, confiando no ver anegada su sentina por aguas insalubres. Nos va mucho en ello al mundo hispano. Entre tanto explaya, suspiro y sueño, la bufona ironía de sus gentes, con el  porfiriazo de siempre ¡Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos! que vino a coincidir con el abandono del antihispanismo y anticlericalismo oficiales. Ocurría esto un siglo después del mutis español en América.

 

Lo que hoy se conoce como México, en su etéreo universo atemporal de gentes y culturas acopladas, ha colisionado contra dos de los pocos Imperios que en el mundo han sido. Como Imperios sensu estricto que eran, punzaron su esencia y haberes. España lo hizo para construir nación, ensamblando en su matriz europea razas y culturas dispares, que cuadraron ciertas aristas, mientras aguzábanse otras. Durante tres siglos de su tiempo, intentó y logró en gran parte encolarlas a su propia alma, mediante la magia virreinal. Los EEUU, segundos en el suyo, solo alcanzaron a succionarle una mitad geográfica, sobre la que esculpieron nuevos estados de linaje ajeno. Su penetración neoimperial es en ellos tan directa y profunda como la anterior lo fuera, y notorio el camino recorrido en la marcha hacia su nueva meta de identidad nacional. Difícil situación la del México esencial de siempre, frontera del expansionismo físico y moral de otra estirpe que lleva en su ADN el sello de Imperio, a la vez que muro de contención de mestizos sureños que marchan al Norte para redimir políticas erradas durante dos siglos. Norte que, con rachas atemporaladas de su viento solano, agita la bandera que el mundo hispánico contempla como suya.  Sin olvidar el no vivir de Rubén Darío, que estas en los cielos del Parnaso Hispano, esencia y conciencia de un alma profética y temerosa, que sintiose aliviada tras su visceral alegato:

 

                                              Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor

                                              De la América ingenua que tiene sangre indígena

                                              Que aún reza a Jesucristo y aún habla en español

 

 

Figura 17: La Veracruz del México independiente. Lienzo de Rugendas

 
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Contexto Histórico de Veracruz – V

  Figura  13: Derrotero de la Flota de Nueva España y sus cagafuegos de guarda

 

Antes de 1554, la incipiente producción de metales preciosos de Nueva España, había obligado a la Aduana de Veracruz a fletar bajeles de cabotaje desde La Habana, custodiados en su viaje de regreso por dos galeones de la Marina Real. Era un primer esbozo de comercio con la metrópoli, teniendo a Cuba como parada y fonda. A partir de 1564 se establece el sistema anual de dos flotas merchantas que parten de Sevilla hacia Veracruz o Flota de Nueva España y hacia Cartagena de Indias o Flota de Tierra Firme, llamada también de Barlovento. Estas flotas partían en distintas épocas del año para desembarcar sus mercancías en los puertos asignados, montar sus ferias, y confluir de regreso en La Habana una vez concluidas estas. De allí regresaban a Sevilla, protegidos hasta las Azores por los poderosos cagafuegos de la Armada de Barlovento, relevados por los de la Armada de la Mar Océana hasta destino. Los galeones de la plata eran los encargados de portar en sus vientres el preciado metal, que bajo la forma de impuestos, situados virreinales o pagos de mercancías contratadas, cruzaban el Atlántico en ambas direcciones. Dos meses largos tardaba la Flota de Nueva España en cubrir sus 820 leguas de singladuras, desde su salida al mar atlántico por el Guadalquivir, hasta su arribo al peñón de Ulúa. Como si de una procesión ritual se tratase, iba cumpliendo su derrota etapa tras etapa, emitiendo en los pasos costaneros de Canarias, Dominica, La Española, Jamaica, Yucatán y Ulúa, los pertinentes buques de aviso para activar alertas de guarda en los puertos clave del recorrido, y prevenir de celadas corsarias los estrechos antillanos o sus comisuras isleñas.


En el tiempo de flota de 1568, se aguardaba en Veracruz la llegada del nuevo virrey Martín Enrique de Almansa, tras el aviso de arribo de los galeones con su manufactura europea. A la espera de sus velas, aparecieron otras cinco de barcos con banderas y grímpolas de Borgoña, que iban a fondear junto al peñón de Ulúa. Era la flota corsaria de Hawkins y Drake que con su exitosa añagaza sorprende y captura la guarnición del presidio insular. La vigente tregua con Inglaterra le ha librado de sospecha, y las baterías del fuerte isleño no abren fuego sobre la incierta flota arribada. Una población de 200 vecinos, establecida unas millas al norte, en la Antigua Veracruz de tronco y tablas, es asaltada por la turba pirática que se derrama por los arrabales desvalijando cuanto edificio alcanza. Pero hete aquí que, durante su febril ajetreo, es sorprendida la horda por una incrédula Flota de Nueva España y sus galeones de guarda, que rinden su arribo anual a Ulúa con algunos días de retraso.


Inglaterra, era nación de segundo orden todavía, basada su presencia comercial atlántica en el tráfico negrero con Iberoamérica y los golpes de mano sobre puertos indianos desprevenidos, además de una pequeña red comerciante con puertos del Canal y del Báltico. Carecía aún de la poderosa maquinaria propagandista que sacaría a la luz estos lances, magnificados y exaltados luego, soslayados entonces. Ninguno de sus intentos coloniales americanos había a la sazón fructificado, acabando todos en desoladoras hambrunas y coloniaje fallido. Solo la guerrilla marítima, capitaneada por marinos de élite, rentaba beneficios extractivos de la nación dominante y su comercio. Zarpazos aislados sobre naos merchantas, haciendas costeras o enclaves anónimos, incluso en tiempo de tregua como el presente. So pretexto de venganza, por la exclusión de la americana herencia del padre Adán, que el Papa Alejandro VI proclamara en detrimento de Inglaterra y resto de la Europa expectante, eran el corso y el contrabando dos inversiones rentables para la Corona Tudor. Isabel desplegaba sus fuerzas políticas contra el Rey de España, y procuraba arrebatarle los tesoros que extraía de las Indias occidentales, fuente de aquel poderío que hacía a Felipe tan formidable, nos recuerda David Hume. Ya veían los ingleses con envidia los progresos de los españoles y portugueses en las dos Indias… y era una felicidad que la guerra abriese una perspectiva a la ambición y codicia de los ingleses… Un engranaje de corsarios, apoyados por su sindicato de Plymouth que rentaba capturas como capital financiero, iba a gestar en apenas un siglo la formación de una verdadera flota para Su Graciosa Majestad. Los panzudos galeones españoles de mayor arqueo y lento andar, diseñados para navegar lastrados con 300 toneladas de tara mínima, de manufactura robusta para vientos largos y singladura oceánica, contrastaban con los barcos ingleses hechos para vientos costeros y virazón ligera, ágiles y maniobreros cuanto carentes de capacidad de carga, de porte mas apto para la pesca, el bojeo o el golpe audaz, que para el comercio atlántico de altura. Barcos ligeros, capaces de poner millas de por medio una vez cumplido cualquier pugnaz cometido, resultaban incapaces en cambio de remontar el Cabo de Hornos, hasta que lo doblara en solitario el propio Drake (1578). Con su nave capitana de 70 toneladas, luego de haber perdido la flota en el intento, lograría al fin superarlo. Había pasado medio siglo desde que Francisco de Hoces lo vislumbrara por vez primera (1526), cuando navegaba con Loaysa y Elcano rumbo a las Molucas. Eran tiempos de incipiente artillería a bordo, prácticamente ausente en barcos menores, que acusaban su peso y retroceso al disparo, con escora súbita por andanada, guiñadas de arribada, y distorsión del rumbo. Era por ello que el cañoneo de banda hacíase a barco acoderado, lo que equivalía a fondearlo, contrapesarlo y afirmarlo mediante tornapuntas o amarres supletorios a las cadenas de ancla. Se ablandaban así los bandazos del retroceso, y evitaba el cruce del rumbo con el barco avante, bajo los pulsos laterales de cada salva artillera. Tanto más cuanto mayor fuera el número de cañones por banda y el calibre de sus bocas de fuego. Solo cañones por proa o popa, herencia de las galeras mediterráneas, podían ser disparadas sin perturbar el andar del buque. Las piezas de a bordo, lo eran normalmente de sitio, ya culebrinas de gran distancia, cañones de media o pedreros de corta pero efecto metralla. Destinadas todas a desembarcar para emplazarse en tierra como artillería de campaña, útil para acosar plazas o despejar el campo a los infantes. La guerra en el mar propiciaba, por tanto, barcos de alto bordo y encuentros al abordaje, cuerpo a cuerpo entre tripulaciones enemigas. Era táctica preferida el cruce por avante del rumbo enemigo, virada final a rumbo de colisión, y descarga fusilera en ángulo ventajoso previa al impacto de cascos. Tras abarloar y fijar garfios, buscaban las turbas encrespadas, espada o hacha en mano, daga en boca, la carne enemiga.


Pese a la recíproca sorpresa del fortuito encuentro en el surgidero de Veracruz, la reacción de los recién llegados iba a ser más rápida que la flota corsaria. Siguiendo el protocolo de arribo, los galeones de guarda, pese a encabezar la comitiva naval, permanecieron en facha hasta que las naos merchantas hubieron trincado amarras en las argollas de Ulúa. Tiempo suficiente para calibrar desde sus cofas, el panorama táctico que se propiciaba. Terminada la maniobra, en derechura, a fuego de fusilería y pedreros de alivio, aproaron los cagafuegos al surgidero, dándoles andar con sus velas desplegadas. Barridas las cubiertas enemigas, caen al asalto sus infantes sobre los buques más pesados y arrancada lenta, quedados aún tras su presuroso izado de anclas, largada de amarras, ajuste de escotas y perezoso avante. Perderán en el lance los ingleses las ¾ partes de sus hombres y más de 1000 toneladas de la carga depredada en su periplo caribeño. En pleno zafarrancho, el joven Drake se escabulle en su ligero patache de solitario cañón en proa, tras su pariente Hawkins, capitán de flota, que lo hace en nave similar. Con los bordos astillados por los impactos de bolas de piedra, las velas desgarradas y atiborrado de tripulantes ajenos, Hawkins trata de maniobrar su escapada en medio de cerradas descargas fusileras desde el alto bordo y puentes enhiestos de los cagafuegos: sería el suyo el otro buque que iba a zafarse de la refriega. Ambos dos escaparon por el escaso arqueo y corto calado de sus naves, levando anclas prestamente y aproando al paso de aguas someras junto al cantil del islote de Ulúa, a todo trapo, en medio de una granizada de pelotería y palanquetas. El deshonor de esta huida rumbo a Plymouth, iba a marcar muchas de las actuaciones venideras de Drake, que buscará venganza para restañar su herida reputación tras el lance veracruzano. Hawkins, impedido de navegar en su astillada urca con tan sobrado pasaje, opta por desembarcar la gente superflua en la propia costa huasteca. Prometerá regresar con nave suficiente para retornarla a Inglaterra. Pero informado el Tribunal de la Inquisición de Pánuco, mandará rastrear el litoral en busca de aquellos luteranos sacrílegos que habían hollado símbolos y ministros católicos, profanando iglesias, robando sus vasos sagrados y desbaratando la feria. La Antigua Veracruz, montadas ya sus casetas comerciales, habíase despoblado como tordillos en desbandada bajo un disparo fortuito; pero pasada la estampida, iban a retornar al reclamo mercantil de sus haberes. Los herejes abandonados en la costa, serán capturados, sometidos en México a tres Autos de fe, quemados vivos varios, apresados temporalmente otros, mandados a galeras de por vida alguno y alguno más, mimetizado entre nativos, moriría según parece de malaria o descuartizado quizá por los chichimecas. Hawkins nunca regresaría a buscarlos.


Felipe II presionaba entonces en el Canal de la Mancha, donde cernía sobre Inglaterra la sombra de sus Tercios de Flandes respaldados por poderosa escuadra. Los ingleses, arrinconados en su isla como en un bote solitario, veían caer sobre ella la sombra de un gran bajel, nos dirá Chesterton analizando aquella hora. Los estrategas de la reina multiplicaban los ataques a puertos y navíos españoles tanto en aguas peninsulares como americanas, a fin de mantener alejadas de Albión las naves enemigas, factores del transporte y desembarco de los Tercios que temían. El corso inglés enfilaba sus rodas hacia el poniente pese a ser tiempo de tregua. Drake y Hawkins se harían famosos aquellos años en su isla por los lances predatorios contra las posesiones del Imperio Español. Una atronadora propaganda antipapista de consumo interno, se conjugaba con la necesidad de sacar pecho en contrapartida de la angustia que vivía el reino, de costas frecuentemente irrespetadas. Eran años difíciles para Isabel I Tudor, cabeza de la cismática iglesia anglicana, con una incómoda oposición católica en propia isla, mientras el rey español maquinaba su ruina. Sabedora del peligro en ciernes y la estrategia de sus consejeros, la reina no lo piensa dos veces, y en Plymouth visita la nave de un Drake exultante tras su vuelta al mundo, le sienta a su mesa y le arma caballero (1581). Ello pese a las protestas del embajador español que pide la cabeza del pirata, y que logrará la restitución de la mitad de los daños declarados por su embajada. Ganará la reina un aliado más para su causa y el afianzamiento de su cetro. Pero Su Graciosa Majestad se equivocaba en la valoración personal del nuevo Sir, porque el que era magnífico navegante de altura y estratega en corso, iba a resultar flaco capitán de grandes armadas, lo que habría de traerle a él y a su reina más de un sonado descalabro, celosa y oportunamente silenciado en su isla.


En la década de 1580, Felipe II había visto anexionada la materna Corona de Portugal a la suya paterna, y el Imperio heredado de Carlos V de Habsburgo cobraba con ello proporción universal. El sector calvinista de Holanda, en rebelión contra su legítimo y católico rey Felipe de Habsburgo que lo era también de España, iba a multiplicar junto a su aliada Inglaterra, los ataques de los desheredados de Adán, sobre las dependencias portuguesas de ultramar los corsarios holandeses, y españolas los corsarios ingleses. Era una tenaza de dos potencias emergentes, ávidas de tierras anexas a sus rutas comerciales, que parecían ser óptimas para competir comercialmente con la dominante España. Ante la nueva política, la fortaleza de San Juan de Ulúa se amplía y mejora. Fuera de sus muros, se levantan obras complementarias como la alcaldía y la iglesia propias, casa para los marinos de los galeones y galerías para estibadores y cargadores negros. Dentro del recinto murado, se instalan Aduana, cuarteles de tropa y almacenes de mercancía, a cobijo de sorpresivos ataques, en tanto se madura la idea de una Nueva Veracruz afincada en Buitrón.


Es a finales del decenio cuando Felipe II decide invadir el reino hereje de la belicosa y falsaria Isabel, atacante perpetua de las costas y naves hispánicas, en épocas de tregua, sin declaración previa de hostilidad, cuando sus flotas hibernaban al ancla con tripulaciones de retén. Desde los Países Bajos, cerca de 250.000 hombres de guerra y apoyo entre caballería, escuderos, artillería y hospitales de campaña, zapadores, artificieros, pontoneros, infantes, fusileros, ayudantes, intendentes, esposas, criados, meretrices y apoyos civiles de los Tercios de Flandes bajo mando de Alejandro Farnesio, Duque de Parma, el primer general de su siglo, se aprestan a embarcar. Serían transportados por 130 galeones, veinte carabelas y diez fustas de seis remos cada una. Felipe el minucioso, lo tiene todo preparado. La Gran Armada hispano-portuguesa, se apresta a cruzar con aquel pueblo de Dios el Canal de la Mancha, para soltarlo como plaga de langosta sobre la costa inglesa. Allí moran no más de tres/cuatro millones de seres, familias cuarteadas por la intransigencia dogmática de la Reforma luterana, martilladas en todo tiempo sus meninges por terrores panfletarios. Pasquines y billetes con dibujos mostrando los horribles instrumentos de tortura con que venía cargada la Armada de España, nación fanática e imperiosa, para torturar ingleses, según la abundante información gráfica que corría de mano en mano. Isabel pedía un esfuerzo supremo al pueblo inglés, para que aprontasen buques para reforzar su flaca armada, y luchar contra 50.000 infantes veteranos, dirigidos por oficiales de consumado mérito, ante los que no podía compararse en fuerzas navales, ni en número, disciplina, fama, experiencia, ni valor de sus tropas, nos recuerda David Hume en un alarde de sinceridad. El peligro que se cernía sobre la Pérfida Albión, era demasiado grave y real. Si el desembarco triunfaba, el humillado y perseguido católico isleño podría esquilmar como primera langosta del reino sus campos, sementeras, ganados y ciudades en propio reflujo de marea interna, pero proclamado a priori como apoyo al católico invasor. El inesperado desenlace del encuentro entre ambas Armadas, y el azar meteorológico del Canal, iba a conjurar el peligro. La Inglaterra anglicana pudo finalmente expeler de su pecho la respiración contenida. La devastación insular por los Tercios de Flandes y su universo gregario, habíase por el momento aplazado.


Tras un par de escaramuzas previas entre barcos que toman posiciones a barlovento (1588), el embravecido suroeste arbolará una mar que obliga a correr el temporal a la Armada española, anulado su resguardo costero a sotavento. El hecho de haber aterrado los barcos a la costa flamenca para embarcar los Tercios, habíase convertido en trampa mortal bajo la virazón del viento. Estrechaban las olas sobre los barcos ibéricos su cerco rompiente contra el escarpe costero, sin haber embarcado aún tropa alguna en sus playas. So pena de embarrancar y ajustando trapo, irán librando ceñidos por estribor sus escollos y promontorios, ganando braza a braza el resguardo vital de la costa y su calado. Rumbo N-NW tratarán de circunvalar Britania por aguas desconocidas y mal cartografiadas, para escapar seguidos un buen trecho, siempre a calculada distancia, por algunos barcos ingleses, pequeños navíos escorados por el peso de los cañones matiza Chesterton, que se aventuran entre aquellas olas. Lascarán escotas los perseguidos para propiciar el alcance bélico; lascarán escotas los ingleses para evitarlo: a enemigo que huye, puente de plata, dice un refrán que sabiamente aplican. Huyen los españoles del temporal, no de los enemigos. Como los atenienses en Salamina, tratan Lord Howard y sus capitanes de confirmar el alejamiento infinito de la legendaria flota de Jerjes. No vaya a ser que amaine la furia desatada y les dé por volver… Pero no amaina, y los barcos españoles irán cayendo desperdigados por acantilados y playas escocesas e irlandesas, en tanto los ingleses van guareciéndose en puertos propios a medida que el viento arrecia. Se sospecha hoy que trataron algunos de salvarse entrando de arribada forzosa en fiordos noruegos, donde han aparecido, no ha mucho, pecios ibéricos de aquella época por investigar. Regresarán los supervivientes a Santander, La Coruña y Lisboa, aún con velas rizadas de tormenta o aparejos de fortuna y tripulaciones diezmadas que traen mortal pestilencia a los puertos de acogida. Había concluido quizás el mayor riesgo existencial de Inglaterra como nación histórica. Lo que tenían enfrente era el imperialismo en su sentido más complejo y colosal, algo inconcebible desde los tiempos de Roma. Era sin exagerar la civilización misma. Fue la propia grandeza de España lo que supuso la gloria de Inglaterra… nunca podremos volver a ser ni tan pequeños ni tan grandes, confesará de su patria en aquella hora desesperada, que también vieron los siglos, Gilbert K. Chesterton en su Breve Historia de Inglaterra. Una forma humana de auto empequeñecimiento para multiplicar el efecto-éxito de su pueblo. A la par que legítimo orgullo patrio por haber superado con bien aquellas endiabladas termópilas. Y el eco de sus tambores de inesperada por sorpresiva gloria, siguen repicando aún en Albión.


Ciertamente otras horas desesperadas aguardaban al pueblo inglés durante el reinado de Isabel I, excomulgada por Sixto V, que había absuelto a los ingleses de su juramento de obediencia a la reina. El enfrentamiento España – Inglaterra era por aquellos años una suerte de pelea entre perro grande y perro chico, donde frecuentemente el chico se escabullía entre las patas del grande, aunque no sin astucia ni decisión. Tal cosa aconteció con el desastre de la Gran Armada, cantado cual inmarcesible gloria propia por los ingleses hasta el hartazgo, a la vez que convertida en leyenda con moraleja por su doble liberación nacional del Imperio Habsburgo y del Papado. Justa réplica al espíritu de cruzada que Felipe II y el Papa habían impreso a la Batalla de Inglaterra. Y tal cosa parece repetirse en 1596 cuando otra poderosa Armada española en ruta hacia Albión es herida y dispersada frente a El Ferrol por una de tantas galernas que baten el litoral cantábrico. Y en 1597, que repite en trágico ritornelo otro revés naval, esta vez frente al cabo Lizard, cuando un furibundo Eolo desbarata el nuevo desembarco español que atenazaba Cornualles. Su configuración insular vino a garantizar su existencia como nación, apiñada en torno al nacionalismo y su intransigente iglesia anglicana, que acabaría poniendo en fuga de la metrópoli a católicos y puritanos, con su Ley para contener a los súbditos. Dura lex que penaba con cárcel a quien no acudiese al culto público durante un mes, y destierro e incluso la muerte, para los reincidentes. Sed lex, dura también, para quienes se explicasen en términos sediciosos u ofensivos para la reina, (que) serían por la primera (vez) sacados a la vergüenza y se les cortarían las orejas… Ciertos mutis de aquella sociedad isabelina resultan incomprensibles para el observador continental. Entre ellos, el hecho en torno al catolicismo de William Shakespeare, cumbre del teatro moderno, pasando al galope sobre su heredad familiar y social, en los mismos campos que van siempre al paso los jinetes de la historia patria. Incluso con cierto menoscabo contemporáneo, que lo tilda de bárbaro, acepción que haría propia el ilustrado Voltaire y su troupe, siglo y medio más tarde.


Pero no era ciertamente este perro chico la mayor preocupación del Rey de España, sino el terrible Dogo Otomano, cancerbero de cincuenta cabezas, que no ha mucho había sitiado por segunda vez a Viena, y que gruñía y mostraba de nuevo los dientes ante el incómodo vecino. Constreñido en el Mare Nostrum, sin poder acceder al Atlántico pese a su vocación marinera, era una secular refriega la que España y sus itálicos aliados mantenían contra los bajeles de la media luna estrellada, vetando su salida al Atlántico. Era demasiado poderoso aquel otro Imperio del Este, para osar Felipe II invadirlo, como habíalo intentado con la Pérfida Albión. No habían pasado veinte años desde la victoria sobre sus galeras en Lepanto, y de nuevo los Bey y Dey otomanos, junto a otros príncipes tributarios de enseña roja, asomaban al Atlántico sus velas. Para acosar esta vez, no solo a la Flota de Indias, sino a todo enclave donde cautivar cristianos que vender en los zocos esclavistas de Argel, Orán, Tremecén o Bugía. Miguel de Cervantes, tres años prisionero en Argel, lo sabía bien. En contrapartida, el Rey Prudente solo había acertado a plagar su costa meridional de atalayas, alarma perpetua de las velas berberiscas. Los frailes mercedarios conseguían, entre tanto, los dineros exigidos para urdir nuevos rescates de cristianos. Y esta tensa convivencia mediterránea lastraba, como una pesada losa, las arcas de la Corona. Había iniciado el Imperio Otomano, una escalada de ataques turco-berberiscos, que presagiaban nueva yihad para reconquistar Al Ándalus, con el apoyo oportunista de Francia y Holanda, competidoras y enemigas de la hegemonía hispánica.


España arrastraba el lastre político, aunque económicamente rentable, del islamismo solapado en Las Alpujarras, región montaraz de la morería andaluza, no purgada por los Reyes Católicos tras la toma de Granada y su pactado bautizo cristiano. Una peligrosa quinta columna que Juan de Austria, hermanastro del rey y reciente vencedor de Lepanto, había extirpado (1571), expulsando su mayoría al norte de África, dispersando por Castilla al resto, y vendiendo como esclavos a los prisioneros, contrapartida de las capturas berberiscas de cristianos. No pudo en cambio auxiliar a Túnez, protectorado de la Corona española, como tampoco evitar la pérdida de Chipre, donde la ambigüedad de la Republica de Venecia fue causa determinante de aquella merma. Eran eslabones en una cadena de hechos bélicos continuados, con su hito en la toma de Malta, salvada in extremis por las galeras de Felipe II. La isla maltesa era sede de la Orden de San Juan de Jerusalén, reminiscentes cruzados del Temple (Templo de Salomón, Jerusalén) expulsados del Crac de los Caballeros, su bunker en Siria. Punto estratégico de aquellos siglos, era la isla defendida en tierra por sus bravos monjes-soldado y que socorrían por mar España, el Papado y los ducados y repúblicas itálicas, con sus flotas. Su caída en manos otomanas hubiera sido letal para el cristianismo mediterráneo. El evidente liderazgo de España, abierto a todos los mares y continentes conocidos, resultaba un sin vivir para su Corona, que pese al formidable tesoro de sus virreinatos de Nueva España y El Perú, sufrió repetidas bancarrotas de su hacienda. Aplazamientos del pago de su deuda diríamos hoy, externa a mayor INRI, por ser sus fiadores banqueros genoveses y alemanes, que españoles de solvencia no los hubo en aquel siglo.


Tras la debacle del Canal de la Mancha, la conocida explotación del éxito, explicada en cualquier manual de táctica militar al uso, quiso ser esta vez prestamente rentabilizada por los estrategas isabelinos con la que hoy conocemos como Contraarmada inglesa. English Armada para quienes la financiaron. Al año siguiente del fracaso naval español en el Canal, una flota con cerca de 200 velas y 25.000 hombres de desembarco y maniobra capitaneados por Drake, se hace a la vela rumbo a Santander, La Coruña y Lisboa: vienen a destruir la escasa y maltrecha flota enemiga allí refugiada, a la vez que saquear sus posesiones y humillar al diabólico Felipe, el demonio del sur. Cuentan para ello con la flota orangista y el flácido entusiasmo luso, bajo la férula del monarca español. Pero la estrella del famoso corsario flaquea cuando lisboetas y coruñeses responden bravamente ante un primer ataque de quien consideran enemigo de su fe. La inexperiencia sobre la logística de grandes flotas, iba a desacoplar la actuación inglesa, que se vería avocada al desastre desde sus primeros vientos. Por Santander, base principal de acogida y reparación de la Grande y Felicísima pero descuajeringada Armada de Felipe II, ni siquiera verían aparecer sus velas. Cuando los barcos anglo-holandeses navegaban ya en confusa desbandada hacia Albión, serían numerosas las zabras del Cantábrico que iban a salir en su búsqueda, a la caza y captura de naves dañadas o con tripulantes diezmados o enfermos, que no podrían defenderse. Tarde cunde la noticia en la bahía de Santander, que envía galeones a medio reparar y urcas de cabotaje, con tripulaciones improvisadas de marinos y pescadores, tras esas mismas velas que se alejan mar adentro. Más de una docena de ellos regresará a sus bases llevando a remolque su propio bingo. De regreso a Plymouth, la pérdida constatada de 22 barcos grandes y la mitad de los hombres embarcados tres meses atrás, irrita al Consejo Real, en la que supone negligente derrota sufrida en aguas ibéricas por su impertérrito campeón. Cosas que pasan cuando el voluntarismo supera a la realidad. Drake, acababa de terminar su fantasiosa partida de bolos que, según el narcisista oráculo isleño, ni se inmutó en interrumpir cuando le informaron que las velas de la Gran Armada blanqueaban el horizonte. No parecía inmutarle tanta vela al viento que todas las naves llevaban tendidas… la armada avanzaba lentamente cual si gimiera el océano bajo aquella inmensa pesadumbre y no bastaran los fatigados vientos para mover aquella gigantesca mole… en forma de media luna que abarcaba una distancia de siete millas de un extremo al otro… todo un magnífico espectáculo, al decir de algunos videntes. La fanfarronada drakeña, de incierta veracidad pero tópica y tercamente repetida aún hoy en su isla, fue reprimida y apalancada al año siguiente, con sus propios bolos y bolas desbaratados frente a las costas portuguesas. Solo en ellas se estima cayeron 7000 de sus pupilos.


Al pirata Sir Francis le sería denegada toda capitanía de flota durante los seis próximos años. Esta vez no medió en el resultado meteorología alguna. Ni había tregua que tomara desprevenidas las defensas peninsulares, como era moneda habitual en sus campañas. Los estrategas británicos, crecidos por el éxito del encuentro y su restallante nacionalismo, incluidas ignorancia, impericia, munición equivocada, cañones mal fundidos, barcos mal ensamblados, y atraso naval enemigos, nada sinceros, se creyeron su propio relato prêt-à-porter, en clave de consumo interno… válido solo para el cortoplacismo de sus claques. Había que salpicarse el pasado miedo de encima. Pero contra lo que su regocijada prepotencia aseguraba, resultó que no, que los galeones españoles ni eran demasiado altos para sus barcos, ni se perdían sus elevados disparos en el aire, ni abandonaban los barcos al furor de la tempestad al verse incapaces de dirigir barcos tan pesados… como alegaba el historiador y filósofo David Hume sobre la jornada de La Mancha, además de otras ingenuidades frecuentes de hallar entre autores ingleses que describen ese y otros lances en los mares. Y esa falta de pericia y conocimiento lo achacaba ¡que curioso! a quienes habían hecho del Pacífico un lago español y del Atlántico un mar interior.


Vamos a ver marineros.


Así se jactaban quienes apenas conocían el Pacífico sino por los mapas de españoles o portugueses que allí habían navegado para levantarlos… y regresado para confeccionarlos. Apenas ocho años hacía que asomaran por vez primera la roda cinco de sus barcos (solo uno entró y salió vivo), al Piélago que cruzaran Elcano y Magallanes sesenta años antes. Y que Loaysa y nuevamente Elcano, cinco años más tarde, volverían a cruzar. Y que por su Norte Urdaneta y Legazpi conectaran de ida y vuelta el mundo asiático con el hispánico de Nueva España, antes que sus aguas mojaran casco inglés alguno. Y que varias decenas de sus navegantes garabatearan aquella centuria sus aguas en busca de nuevos mundos… entre ellos la Austrialia que tal nombre le inventaron en honor de la reinante Casa de Austria y hoy conocemos como Australia, aunque pese a intuirla, no lograran encontrarla… o sí, que pecios ibéricos del siglo XVI han aparecido en sus costas para regocijo de historiadores y arqueólogos… Ciertamente, solo la ignorancia puede generar tal osadía informativa. ¿Resulta creíble que el ilustrado filósofo e historiador Hume escribiera en 1760 su Historia de Inglaterra vertiendo opiniones tan desacertadas e inexactas sobre la España del siglo XVI?. Solo cabe pensar que nuevamente la neblina del nacionalismo, debió impedir ver el bosque de las evidencias… o simplemente, las desconocía.


Comprobarían los ingleses en propia carne, que la realidad era muy otra de la que sus paniaguados pregonaban. Parecía que súbitamente los artilleros de oficio habían aprendido a disparar sus católicos cañones, a horquillar su puntería. Y que sus macizos paquebotes no eran tan torpes en aguas abiertas como lo daban por hecho lenguas británicas. Digerida la adversa lectura inglesa, iba España a reponer su capacidad naval ‘online’, en pocos años, tan pocos como para seguir liderando durante al menos medio siglo más, sin tendencia a la baja de su capacidad constructiva ni defensiva, la élite marítima europea del transporte y de la guerra. Hasta que se lo arrebataran los holandeses tras la jornada de Las Dunas de Kent. Resultaba que también los astilleros del Cantábrico, además de construir desde siempre los mejores galeones del Atlántico, bajo rigurosos criterios navales emanados del Consejo de Indias, habían asumido una súbita productividad para sus diques. Y todo ello, con solo haberse dado una vuelta por Inglaterra… Alrededor, solamente… ¡lo que les había cundido!


La tautología de los barcos ingleses, pequeños, ágiles y manejables, resulta perogrullada sabida por cualquier aspirante a Patrón de Yate. Una de las primeras cosas que aprende por seguridad propia, es que un petrolero tarda varias millas en virar por mucho timón a la contra que meta súbitamente el timonel. La inercia del paquebote, directamente proporcional a su andar y desplazamiento, determina su virada, mucho más barrida de limpiaparabrisas de auto, que ciaboga de trainera cántabra. Pese a tener la vela derecho de paso sobre el motor ¡sálganse de su rumbo los veleros deportivos!… Todo barco que gana porte, pierde agilidad. Un buque-escuela no maniobra como un 41 pies, por muy marineros que sean ambos a la vela. Tal era el caso de la confrontación en el Canal. Los comerciantes ingleses preferían fiar sus mercancías a barcos extranjeros (hanseáticos de la Liga, sobre todo, pero también flamencos), antes que adquirir naves mayores y más caras. Los bajeles ingleses eran tan pequeños, salvo algunos navíos de guerra de la Reina, que no había cuatro buques mercantes que pasasen de 400 toneladas. Frecuentemente la Reina habíales animado a construir mayores barcos. Y era hora de ponerlo en práctica, si quería Albión madurar su liliputiense Armada. Seria precisamente el galeón ibérico el modelo a seguir, y mejorar si cabe, por los armadores ingleses y holandeses, que sabían la dependencia directa del subsistir a cobijo de poderosa flota. ¡No pocos barcos españoles capturados fueron remolcados a puertos ingleses para ser estudiados!. Desde siempre. Pero dejemos suposiciones y vayamos a cifras. Al morir Isabel Tudor (1603), el número de naves de su Real Armada era de 42… ninguna de ellas llevaba arriba de 40 cañones, solo había 4 que tuviesen ese número, 2 de mil toneladas, 23 inferiores a quinientas, algunas de cincuenta y muchas de veinte, insiste implacable David Hume, el, a veces riguroso contador, pensador escocés. Aunque en apenas un siglo, iba aquel propósito regio a tomar cuerpo de nauta.


El galeón español era en cambio, nave con castillo de proa prominente y popa elevada, y un arqueo variable entre 500 y 1600 toneladas, aunque predominaban los de 566 toneles. Su dotación artillera era selectiva entre 55 a 80 bocas de fuego por nao, repartidas en dos puentes y tres alcances: el largo de las culebrinas, el medio de los cañones, y el corto de los pedreros. Lanzaban las culebrinas proyectiles de hierro o pepinos a gran distancia, cuyos impactos dañaban casco, velamen y gente de a bordo. Hacíanlo los cañones con bolas de hierro esféricas o no, pero también palanquetas, angelotes, enramadas, cuatrorramales, etc, que siendo cargas centrifugadas por el alma del tubo, se desplegaban en su trayectoria de diferentes formas para desarbolar al rival o desgarrar sus velas. Los pedreros lanzaban bolas de piedra caliza que se cuarteaban en el aire actuando como metralla graneada sobre las cubiertas. La carabela, el otro tipo de nave presente en la fallida batalla del Canal de la Mancha, era nao redonda de castillos realzados a proa y popa, muy marinera en aguas abiertas y ola larga, llevaba nutrida fusilería en sus castillos y ribadoquines de calibre menor para su defensa, tal como su cometido de transporte requería a fines del siglo XVI.


Está claro que con los barcos de poderoso bordo que utilizaba la Armada Española en aquellos siglos, su táctica dominante en la guerra del mar era el abordaje, previa barrida de cubiertas adversas. De ello se encargaban los pedreros y las descargas de fuego desde la ventajosa posición de sus castillos, mediante mosquetes, trabucos y mosquetones. Conocida esta realidad oponente, la Armada Inglesa, tenía que optar por el cañoneo a distancias media y larga, para evitar peligrosas cercanías de los enhiestos galeones y su mortal abrazo de oso. Recibieron sus capitanes la orden de que no embistiesen a los buques españoles a quienes su tamaño, no menos que el gran número de soldados que llevaban, hubieran podido dar mucha ventaja… y que se limitasen a cañonearlos desde cierta distancia… que aprovechasen los vientos, las corrientes y todos los azares favorables… Eran ambas Armadas en número parecidas, pero contrapuestas estampas del perro grande y un perro chico siempre más ágil que el grande, que debe escabullirse a tiempo o perecer entre sus fauces. Esa era la guerra galana de los hijos de Albión: no dejarse copar sus pequeñas naves por el poder de las grandes. No solo con maniobras previas, sino con fuego oportuno en tiempo y separación, para evitar toda proximidad peligrosa. Su táctica: mantener distancias hasta ablandar la artillería de a bordo y tratar entonces de copar la nao enemiga. O que un afortunado disparo a la santabárbara la hiciera saltar por los aires.


En cuanto a los cañones empleados en cada nao, era ciencia particular del cometido del barco y su arqueo, las aguas que había de transitar, el peso de cada cañón, si bronce o hierro, el tipo de enemigo que iba a combatir, la servidumbre de hombres y el espacio operativo que cada pieza imponía. Como también lo eran la carga y tipo de pelotería que debía impulsar, su radio de acción y cadencia, el retroceso individual y colectivo de cada pieza artillera según alcance y masas propia y expulsada, toda la ciencia en fin que atesoraban los tratados al uso y la propia experiencia. En igualdad de otras condiciones, los cañones de largo alcance o grueso calibre precisaban una mayor masa inerte capaz de disipar el culatazo de la pieza, mera reacción del impulso conferido al proyectil. Eran por tanto más pesados. Con los grandes barcos que manejaban, llevaban los españoles de la Gran Armada, 2630 cañones de cobre (sic, bronce) de grueso calibre, con bastimentos para seis meses… Se trataba por tanto de cañones pesados.


Los barcos pequeños en guerra galana, precisaban también cañones pesados, capaces de absorber parte del retroceso impuesto por el impulso de sus proyectiles, ya fueran de medio o lejano alcance. De otra manera una andanada lanzada por cañones sin amortiguar retroceso, transmitía su impulso íntegro al barco, que sufría con cada secuencia artillera peligrosas escoras y derivas del rumbo. Además de las consabidas fatigas y desajustes estructurales por disipación del impacto sobre bordos, mamparos, cubierta, herrajes, anclajes, baos… que obligaban a revisiones periódicas. Por eso Chesterton, fino observador, cita como pequeños navíos escorados por el peso de sus cañones al referirse a la marina inglesa, ya descrita la dimensión de sus naves por el escocés Hume, que no entra a considerar la sutileza del inglés, quien marca en cierta forma la pauta de lo hasta aquí expuesto.

 

Figura 13a-Veracruz desde el mar. Rugendas


Así las cosas en Europa, el descubrimiento en Nueva España de otras vetas de metales preciosos en el interior (Zacatecas, Guerrero, Sonora, Chihuahua), junto al aumento de la producción de lingotes de plata en las ya existentes, suponía un poderoso respaldo al desarrollo del virreinato y su red de caminos reales. La obtención de plata favorecida por el amalgamado con azogue del mineral argentífero (1555) había incrementado notablemente el rendimiento de su explotación. Veracruz y su feria crecían como nexo obligado de unión con la metrópoli, potenciadas por el mercado interior del virreinato. Fundada la Real Casa de la Moneda de México (1535), Ceca matriz de América, habíanse acuñado sus primeras monedas de plata fina, conocidas hoy como “de Carlos y Juana”, por llevar indelebles en su haz los nombres del joven emperador y su madre viuda, la reina de Castilla. Eran monedas troqueladas a golpe de martillo sobre cuño, macuquinas irregulares pero de excelente ley, que cambiarían de formato y tamaño con el nuevo siglo, para acabar invadiendo los mercados asiáticos y europeos como Reales de a Ocho, Pesos (por su invariable “peso” de ley en plata pura) o Pelucones (por las pelucas de época que mostraron sus regias testas durante el siglo de las luces). Humbold, a dos siglos y medio de su fundación, consideraba esta Ceca como la primera del mundo, digna de ser observada por el orden, la actividad y la precisión que reinaba en todas las operaciones de su braceaje. Con 400 obreros directos, además de diseñadores, grabadores y administrativos, era entonces capaz de acuñar más de 30 millones de monedas anuales.


No había sido fácil la mentalización previa, e implantación posterior de la moneda, en una sociedad de trueque ancestral. Ninguna implantación forzada lo es. Los primeros españoles de Veracruz, trocaron los alimentos y artesanías indígenas, por abalorios, espejuelos, tijerillas o cascabeles, porque no otra cosa atesoraban que interesase al colaborador o al oferente local. Llegaron luego las encomiendas para los elegidos, con el trabajo forzado del indio a trueque de cobijarlo, instruirlo y alimentarlo. Pero, quienes en mayoría no eran encomenderos, no tenían cómo pagar al totonaca amigo, su parte de sudor aportado en el montaje de cercas, apertura de zanjas o pastoreo de ganado. Aún no habían generado producto alguno que trocar. Severas hambrunas hubieron de padecer aquellos emprendedores de primera hora, blancos o negros, que para todos hubo. Rechazaba el indio las monedas de vellón que los colonos ingenuamente le mostraban, asignando un cierto número de ellas para valorarles cada trabajo hecho. Aquellas pequeñas piezas de metal cúpreo, eran una ofensa comparativa para su etnia que lucía dijes de oro y pagaba su tributo en mercancía. Tenían razón. Lo que no tenían por qué saber es que Las Médulas, el yacimiento aurífero más importante de Europa (hoy parque temático y patrimonio de la humanidad), había sido agotado diez siglos antes por los romanos, privando al ibérico ciudadano de futuros oros en su pecunia de curso legal. Trajeron la civilización que dejaron, y no procedía lucubrar demasiados lamentos contra el hacer de aquel Imperio. Los Imperios primorosos, se parecen mucho a ti, sacan oro, ponen alma, siembran todo… son así, les hubiera explicado el gran Rubén Darío acerca de aquella nueva circunstancia y su precedente histórico, que nunca entendieron. Aún hoy, siguen muchos sin entenderlo.


El problema de compaginar el trueque indígena con la pieza monetaria empleada en Europa, resultaba difícil para todo quien demandara mercancía, si carecía de la moneda para poder comprarla. Dado el rechazo indígena, aunque la trajera, poco o nada lograba trocar por ella. Lentamente fue, empero, entrando en razón aquella sociedad ensimismada en su ayer, hasta normalizar un mercado imprescindible. Para poner en circulación una masa monetaria suficiente, partiendo del cero físico y mental experimentado, se enviaron remesas de moneda de las cecas castellanas, con circulación válida para nuestros reinos de ultramar. Ellas fueron las encargadas de monetarizar con éxito las transacciones internas del Imperio, en su trayecto hacia un mercado desvinculante del trueque. Carlos V encargará al Virrey Mendoza la tarea de poner en marcha la primera casa de moneda de América. Mendoza, valioso hombre – comodín, todero de acción y actuación, había sido Tesorero de la Casa de la Moneda de Granada, la ciudad de su infancia. Conocía la interioridad del proyecto y se puso a trabajarlo siguiendo la voluntad del César. Como primera medida contaría con los indios de Xiquipilco, excelentes orfebres, labradores y fundidores de metales preciosos, para laborar en la sala de troqueles, corte y afinado, las piezas. La Casa de la Moneda iniciaría su andadura virreinal domiciliada en las llamadas Casas Viejas de Moctezuma en Ciudad de México, apoyada en la excelencia artesanal de los indios y un préstamo real de mil marcos de oro, a devolver con futuros impuestos.


Pese al hallazgo de yacimientos de oro, pocas iban a ser las monedas áureas emitidas en las cecas de Nueva España. Fue solo a partir de 1676 que fuera autorizada la labra en oro del escudo y del doblón (ocho escudos), dando lugar al tradicional bimetalismo históricamente vigente en España. La razón de esta primitiva prohibición real sobre la acuñación del oro, se basaba en dos circunstancias, siendo la primera y principal, que España lo precisaba para pagar deuda externa contraída en países de patrón oro. Nueva España en cambio, era potencialmente capaz de invadir cualquier otro mercado con su plata, aunque no estuviera todavía autorizada a comprar ni vender fuera del Imperio. Dejó por ello de imprimirse en las Casas Viejas moneda de oro, y el metal aurífero de Indias tomó el camino de Sevilla en forma de lingotes, adquiridos por la Real Hacienda a expensas de los financieros-propietarios de las minas. El asiático iba a ser muy pronto presa favorita de Nueva España, forzando allí la asunción del patrón plata, cuando no el bimetálico, para hacerlo extensivo más tarde a una gran parte de Europa. Apenas un siglo había transcurrido, desde que la semilla de cacao circulase como habitual moneda en la Nueva España que nacía, hasta que su pecunia de plata incidiese con sólida demanda en los mercados del mundo, desde la China a Rusia y el Imperio Otomano. Especialmente desde mediados del siglo XVII.


Pero esta progresiva riqueza virreinal, venía aguzando peligrosamente la codicia de otras banderas, que multiplicaban sus acciones pugnaces en todo tiempo. A ellas habíase unido la plaga de los perros del mar y del contrabando, hasta tornar irrespirable la atmósfera transitiva de aquellas costas. Los frecuentes asaltos piratas sobre naves solitarias, obligaron al Consejo de Indias a condensarlas en flotas, que acabarían siendo escoltadas por una Armada de guarda. Vino con ello España a introducir, con su Carrera de Indias, los convoyes masivos de naves, protegidos por una envolvente de maniobras complementarias en salida de puertos, arribadas y pasos costeros peligrosos, mediante estrictos protocolos a seguir por la Flota mercante y su Armada consorte, suerte de danza nupcial de urogallos en celo. Armada que propició los afamados galeones cagafuegos, ocasionales volcanes flotantes de la época, con sus 40 y más bocas de fuego y súbita erupción artillera de bolardos y palanquetas con el barco a toda vela. Con el nombre de Armada de Barlovento o de Nueva España, y compuesta por una almiranta, una capitana, un par de galeones de la plata y algunas naos de aviso y comparsa, esta pequeña pero eficaz flota bélica, iba a fijar en Veracruz su base nórdica del Imperio (1546).


Pese a la rémora contrabandista, en su puerto llegarían a registrarse hacia España mercancías por más de 34 millones de pesos en los mejores años de su Aduana, y otros 5 millones más con rumbo a la Hispanoamérica atlántica, donde Tierra Firme y Cuba eran principales destinos. Más de 250 naves anuales derramaban productos novohispanos por los mares atlánticos fuera del Golfo de México. Cera, azúcar, cochinilla, añil, cueros, jabón, palo de tinte y pimientos, eran las ofertas masivas de su Aduana. Sus registros de entrada alcanzaban cifras máximas con los vinos, ropa, papel y libros, sardinas y anchoas, aceites, cordajes, linos, paños, sedas y gasas, hilo, corcho y clavazones de España. Pero también imaginería religiosa para iglesias y conventos, y selectos lienzos al óleo para ciertos próceres, además del cacao y café llegados de Maracaibo, Puerto Cabello y La Guaira, demandados para consumo interno.

 
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Contexto Histórico de Veracruz – IV

Figura 10: Portulano de Veracruz c/.1700. Dibujo del autor

 

Con el tornaviaje de Urdaneta, iba a comenzar la andadura anual del Galeón de Manila (1565), que desde Acapulco inundaría capital y mercados virreinales con el exotismo oriental de sus manufacturas. En el tornaviaje siguiente, esas manufacturas pasarán ya por Veracruz, para hacerse vender con notable ganancia en los mercados de Europa. Había comenzado el comercio interoceánico, dinamizado por pingües beneficios y cuerda para dos siglos y medio. Tras la travesía del  Pacífico desde Manila en las Islas del Poniente, cruzaría Nueva España desde Acapulco, por los caminos reales de Cortés y Mendoza a lomo de largas reatas de mulas. Pronto serán cientos, las que serpean entre la capital virreinal y sus terminales oceánicas, portando preciadas cargas que vender en mundos opuestos. Como por arte de magia, emergen las manufacturas asiáticas en el ribereño arenal sevillano con cada Flota de Nueva España que llega. Era la primera cinta transportadora económica y cultural, sustentada sobre la infraestructura novohispana y la eficacia comunicativa de los correos de aviso. Además del exotismo oriental en productos, recibía Veracruz por tierra el Quinto Real de las minas de plata en lingotes y barras, además de moneda corriente de la Ceca de México, para el pago crediticio de mercancías adquiridas en Sevilla pro comercio criollo y sus ferias. Por mar llegaba, junto a la manufactura europea pagada, el situado fiduciario o cupo presupuestario asignado a Nueva España por la Hacienda Real. El Virreinato compraba barato en Oriente bajo el pronto pago de su poderosa moneda, en México negociaba las manufacturas adquiridas, y las expendía hacia España con notable valor añadido, incluidos almojarifazgos, alcabalas y el Quinto Real de sus explotaciones mineras, todas privadas. Como cualquier otra empresa del mercantil Renacimiento, que vino a desembarcar en América de mano española. En consecuencia, la Nueva España virreinal compraba caprichos en Oriente, los negociaba y clasificaba a voluntad, destinaba una parte a consumo propio y remitía otra a Veracruz, que la facturaba hacia Sevilla en cada Flota que partía de sus muelles. Pagaba por tanto sus tasas a la hacienda en lingotes, que  la ceca sevillana convertíalos en moneda, y sus manufacturas privadas en metálico. Más de 50.000 mulas y 7.500 arrieros llegarían a encargarse de su trasiego desde la capital, mediante los fardos y serones de mercancías y cajas de la Real Hacienda, que Veracruz embarcaba hacia la metrópoli.

 

La tracción animal a lo largo de las rutas  carretiles, habíase generalizado tras convertir en bueyes los primeros novillos (1535), castrados en haciendas veracruzanas. Las mulas de carga y tiro, cruce de yegua andaluza y asno, llevadas también a cabo por sus ganaderos, fueron prontamente incorporadas a las reatas y recuas del transporte de uña. Estas cabañas ganaderas sufrieron un fuerte incremento presionado por la prohibición legal de sobrecargar a los tamemes indígenas según las Leyes de Indias. Pero como donde está la ley, está la trampa, no pocos estancieros soltaban sus ganados al campo, donde pastaban libremente, perjudicando las siembras de los indígenas y constriñendo poco a poco sus tierras. Política de paulatina apropiación de pagos ajenos, dilatando los propios sin documentos acreditativos de adquisición o venta alguna. Tal caso presentose también en la fundación de Córdoba (1618), dotada con terreno para solares, ejidos, potreros, dehesa y caballerías de tierras, tomado enteramente de las pertenencias tradicionales indias. Estos abusos condujeron a la pragmática de Felipe III (1642), mediante la que se penalizaba severamente estos desmanes sobre los haberes indígenas. Toda nueva adquisición de tierras debía hacerse con tal atención, que a los indios se les den sobradas todas las que les pertenecieren… y las tierras en que hubieren hecho acequias o cualquier otro beneficio… se reserven en primer lugar, y por ningún caso puedan serles vendidas o enajenadas.

 

En los primeros años del Virreinato, el control de caballos y yeguas era estricto, prohibiéndose su posesión y cría a los indios, a pesar de que algunos caciques, gobernadores, alcaldes y otros notables indígenas, fueran pronto autorizados a disfrutar de montura propia. Tempranamente también, le fue facilitado al indígena la posesión de burros, lo cual vino a desarrollar notablemente su productividad agrícola. Mas tarde, la liberal posesión de potros y la presencia de postas en los caminos reales para el refresco de caballos de tiro y monta, iba a generalizar la presencia de equinos y asnos por las rutas novohispanas. En época del virrey Revillagigedo, llegarían a establecerse en el Camino de Perote los llamados coches de providencia, no otra cosa que diligencias de uso público o alquiler.

 

La Probanza era una suerte de documento bibliográfico sobre los méritos acumulados por un súbdito en servicio del Rey, fuera con la pluma, la toga, la retórica o la espada. Una suerte de lamento notariado, individual o colectivo, dirigido a la Corona en demanda de favor para amejorar el estatus del firmante, a la vista de sus méritos documentalmente expuestos. Alguno de ellos como el negro yucateco Sebastián Toral,  viajaría varias veces a España hasta lograr le fuese concedido el porte de armas solicitado. Otro conquistador más, establecido en ciudad virreinal recién fundada, que como súbdito reclamaba ciertas prebendas a su rey en base a méritos probados. El historiador Bernal Díaz del Castillo, siendo alcalde de Ciudad de Guatemala, no conseguiría en cambio para sí las que a su vez a Carlos V reclamara por servicios cumplidos, entre los que contaba el no menor de haber aclimatado las primeras naranjas de Nueva España.  Se da la circunstancia de que los conquistadores indígenas fueran más numerosos que la suma de conquistadores negros y conquistadores españoles, en razón de la ingente proporción de nativos que, tras la conquista, se subieron al carro vencedor. Empuñaron las armas para sacudirse el yugo de pueblos rivales opresores, aprovechando el río revuelto de alianzas indígenas con los castellanos, para cobrarse pasadas afrentas. Una mera secuencia del historial de enemistades étnicas, de la que fuera paradigma la existente entre mexicas y tlascaltecas.

 

En el área mixteca, totonaca y yucateca maya, se vio  llamativamente reclamado el título de conquistador entre las élites de indios amigos, en pos de una cierta autonomía para sus personas y pueblos, a la vez que afianzaban su autóritas regional con el aval de una Real Orden de Probanza. Confirmada su estirpe noble, estas élites indígenas fueron bautizadas con sus característicos apellidos indios precedidos de nombres castellanos, lo que agigantaba su prestigio social ante propios y extraños. Algunos de ellos marcharon a otras regiones afines, donde establecieron nuevas republicas de indios, según el modelo virreinal establecido. Era un primer paso de la cultura europeizante, que había de tardar generaciones en calar el alma indígena.

 

Hernán Cortés no sólo había arrastrado tras él a gentes de guerra y altar. Desde los tiempos de Cuba se le incorporaron copleros, recitadores, relatores, troveros y músicos, feriantes del aspaviento, el son, la mímica y el decir, que amenizarían cada atardecer las acampadas soldadescas de la marcha sobre el Anahuac. Guardamos noticia de innominados virtuosos de la vihuela, el rabel, el atabal, el arpa, la trompeta o el pífano, que se unieron a su hueste desde Santiago para acompañar a su alcalde y endulzar sus asuetos marciales. Junto a los músicos, iban conocidos solistas como Porras el cantaor de jarchas y aguinaldos y Maese Pedro el arpista, además de compositores como el vihuelista Alonso Morón u Ortiz el Músico, uno de los mejores jinetes de Cortés al decir del cubano Alejo Carpentier. Partícipe de la toma de Colima el primero, acabaría sentando escuela de canto y baile en ella; notable tañedor de vihuela y viola el segundo, recompensado por Cortés con un solar capitalino, asentaría en él su academia del tañido y la danza de músicas profanas. La música sacra encontraría senda propia a través de las escolanías eclesiales y las rondallas de cuerda, utilizadas por los misioneros para armonizar sus responsorios, motetes, cánones, madrigales, antífonas, oratorios, complemento didáctico de la transculturación indígena en las parroquias. Las grandes fiestas conmemorativas de la Paz firmada entre el emperador Carlos V y Francisco I de Francia, festejadas por Cortés a manera cortesana, fueron amenizadas por aquellos virtuosos de la cuerda. Si la armonía europea encontró en estos músicos transplantados de Santiago de Cuba, unos primeros valedores en tierra novohispana, los romances populares  hallaron los suyos entre los recitadores y copleros de aquella comparsa colonizadora. Pero ese romance popular, musicado de vihuela y canto, recurrente en los salones de Carlos V y Felipe II en Toledo o Madrid, estaba haciéndolo por reclamo identitario y nombre propio en los del México virreinal. Una transfusión en vena de la esencia española desde el minuto cero de la diástole.                            

 

El romancero heredado del Renacimiento, era un entronque directo con las gestas medievales, prolongadas en el recuerdo de la gleba por cantores ciegos y recitadores de coplas, retahílas y poemas, con o sin sones instrumentales, complementados a veces con números de danza que regocijaban al respetable. Una fecunda continuidad de los tiempos heroicos, que fluía espontáneamente en los latiguillos, retruécanos, trabalenguas y refranes del habla coloquial, que acabaría regada por  todos los mares y climas donde estuvo presente el Imperio español, nos recuerda Menéndez Pidal. Era sabido de antiguo que la lengua acompaña siempre al poder. Antonio de Nebrija le ofreció a Isabel la Católica su Gramática de la Lengua Castellana, primer estudio de nuestra lengua y sus reglas, como inseparable compañera de viaje del naciente Imperio. La continuidad del lenguaje heroico y su nobleza de estilo, iba a perdurar anexo al romancero tras su salto atlántico, enriquecido ahora con sonoros giros arcaicos o felices aportes léxicos prestados de las lenguas indígenas. El teatro del Siglo de Oro, emergente en la Nueva España a partir de las fiestas religiosas del Corpus Christi y el didactismo de los Autos Sacramentales, encontraría entre sus dramas y comedias, un amplio eco coloquial y familiar. Son conocidas las representaciones capitalinas de Lope de Vega y Calderón con su lenguaje poético próximo al romancero. Sin olvidar que uno de los máximos exponentes de aquellas musas, lo fuera Juan Ruiz de Alarcón, nacido, doctorado y envenenado por  la histriónica Talía en su Ciudad de México, aunque hubiera de triunfar en la madrileña Villa y Corte.

 

En la comarca veracruzana, aquellos compases didácticos vinieron a maridar con los  cantos melopeicos y los vistosos bailes de su acervo cultural indígena. Acabarían cristalizando en sandungas, jarabes, sones de la tierra y fandangos jarochos o huapangos huastecas que, acompañados de los rasgueos sincopados de las jaranas, nos sorprenden hoy por su profunda belleza. Muchas letras de estas canciones eran variantes de los versos octosílabos, entonces de moda, provenientes de poesías y romances de las justas poéticas, retahílas de los juegos populares, o estrofas sueltas de las comedias satíricas de los corrales. Siempre gozaron de una gran aceptación popular, y nutrieron no pocos cancioneros que circulaban de mano en mano entre los músicos indígenas, quienes les daban un último matiz propio.

 

Andando el tiempo, los corrales de comedia arraigados en la Nueva España del siglo XVI, dieron paso a todo tipo de teatros y salas de espectáculo, recorridos sobre todo por compañías andaluzas de danza y canto. Con sus músicos incorporados, estas compañías de cómicos iban desde Sevilla o Cádiz hasta Ciudad de México, con actuaciones intercaladas en la Habana y la Nueva Orleáns española del siglo XVIII. Ya en Veracruz, camino real adelante, detenían sus espectáculos callejeros en todo núcleo habitado notorio, con Puebla como referencia básica, donde eran éxitos cantados las actuaciones de sus comediantes. Esas mismas músicas nutrieron sin duda los huapangos, cuyos orígenes deben buscarse en Pango (Pánuco) como sones jarochos. El fandango jarocho, nacido en las ferias comarcanas, se bailaba y cantaba de seguido  en fiestas y ferias, alternando músicos, danzantes y cantores. Una tradición española de apellido indígena, criada entre mestizos que a sí mismos se llamaban jarochos, en su centro neurálgico de Tlacotalpán. En realidad amalgamaban sones andaluces y caribeños inyectados a través de Veracruz puerto, pero sazonados en las riberas del río Papaloapán/San Juan. Parte importante del colorido espectáculo era el zapateado sobre tarima sonora, de honda raigambre andaluza, donde las bailadoras, faldas largas, blusas de colores, encajes, trenzas o moño caído y poderosos tacones, contrastaban  con sus parejas de baile, pantalones negros, guayabera, faja y botines, en un espectáculo músico-visual colorista de arrogante tronío sevillano. Las letras de sus canciones eran, y siguen siéndolo, referencias de la vida de la gente llana, donde caben la guerra, el amor, la marinería, el comercio portuario, los ganaderos, el arriero… arrullados entre el vaivén del ritmo, el sonar armónico de la jarana jarocha (guitarra barroca), y acompañamiento de arpa, violín, requinto (guitarra de son)… y el sincopado taconeo sobre la tarima. El agudo sentido musical del indio, imprimió su carácter a los nuevos sones, y cada música regional fue matizando su tornasol comarcano con múltiples variantes de instrumentos de cuerda, de los cuales eran los indígenas maestros. Hasta tal punto la sensibilidad novohispana palpitaba ante la música, que partituras sacras de Cristóbal Morales, Francisco Guerrero, Tomás  Luís de Victoria o Palestrina, estos dos últimos en especial, llegaron a crear atasco de fieles en determinadas misas catedralicias de la ciudad de México…  y de Puebla, pocos años más tarde. Pero esta megalomanía  popular del mundo criollo no era flor de un día.

 

Figura 11: La Catedral de México

 

La música europea había comenzado a calar la sensibilidad indígena como otro servicio intencional más del culto sacro. Pero fue convirtiéndose poco a poco en la verdadera recreación de la liturgia eclesial. Y acabó por institucionalizarse a través de los conventos y seminarios, nutrientes de misiones y parroquias, donde los indios aprendían con facilidad el nuevo estilo musical y el secreto de la construcción de sus instrumentos. Como en el resto del Imperio, eran las catedrales el centro musical por excelencia, y su repertorio el mismo ejecutado en todas ellas, y sus iglesias diocesanas de Sevilla Toledo, México, Puebla… o Manila. Las catedrales de México y Puebla, por bula de Pio V, habían heredado los privilegios y costumbres de la de Sevilla. En cada catedral, era el Maestro de Capilla la máxima autoridad musical y a quien correspondía supervisar a los músicos ya instrumentistas o corales, mientras que quien dirigía su coro era el Sochantre. En Nueva España los iniciales grupos corales dieron lugar a las escolanías y distintas escuelas de música, todas ellas públicas y abiertas a indios, mestizos, negros o blancos, sin distinción de castas pero sí de aptitudes, por ser la demanda elevada, y limitados los músicos cualificados para enseñarla. Su repertorio musical era el mismo al ejecutado en las catedrales e iglesias de la metrópoli. El primer Maestro de Capilla de la catedral de México fue el extremeño Hernando Franco (1575- 83), llegado de la catedral de Guatemala, donde venía ejerciendo el cargo desde unos años antes. Sus Magníficats adquirieron niveles de armonía comparables a los de Giovanni da Palestrina, el organista y compositor vaticano, en boga entonces. Esta influencia italianizante del orbe católico era debido sin duda a la poderosa influencia del que llegó a ser Maestro de Capilla Papal,  cuyas obras polifónicas, frescas aún, eran enviadas a Nueva España para enriquecer el archivo de sus catedrales. Se da el caso de compositores criollos mestizos o blancos, nunca salidos de su terruño, que nos han legado obras del más puro estilo renacentista itálico, demostración evidente del arraigo de aquella polifonía en el seno de la sociedad novohispana. Pero además del estilo español e italiano sacro, llegaría una poderosa influencia de la música flamenca, consecuencia de las dos capillas musicales existentes en aquella Corte de los Habsburgo.

 

Fray Pedro de Gante, primer maestro de música europea en América, inició una escuela de música en Texcoco (1530) y conformó un coro de muchachos indios que llegó a cantar los domingos en la misa mayor catedralicia. Pionero franciscano llegado a Veracruz (1524) dos años antes que los doce apóstoles que pidiera Cortés al Emperador, fue enviado por el propio conquistador con sus compañeros flamencos a Texcoco, por existir en aquellos momentos una fuerte epidemia variólica en la capital. Allí iban a establecer su convento y una Escuela de Artes y Oficios anexa para la educación de jóvenes indios. Una continuación temporal del secular centro educativo, que los miembros de la clase dominante azteca, habían creado antaño en ese lugar. Basados en la tradición pictográfica indígena, escribieron los primeros catecismos, a fin de facilitar con ellos la memorización de los textos. Gante aprendió las costumbres y lengua náhuatl para mejor comprender al indio, y en esa lengua vino a publicar  catecismos y motetes que han llegado a nosotros. El anciano músico Fray Juan Caro, colaborador en la enseñanza de Fray Pedro, vista la natural disposición y agudeza musical de aquellos muchachos, y la babel de hablares autóctonos que con castellano y latín se mezclaban en las aulas, decidió enseñarles, de forma directa, la música cantada y escrita, notas, tonos y semitonos. Los indios no cesan de cantar y de bailar en sus ceremonias religiosas, era máxima que repetía. Utilizando melodías y tonos aborígenes con gran delicadeza, efectuando, si necesario, algún cambio silábico y aún melódico, trataban los frailes de evitar el desentono de sus voces al cantar, tenidas por débiles a causa de su inadecuado hábito alimenticio. La escala pentafónica tradicional de sus melodías, resultaba un impedimento para asimilar la cromática de los europeos, pese a la fascinación que en ellos despertaba, y su mucho empeño por hacerla propia. Tal era el hechizo irresistible de la escala europea, que cuando en sus desplazamientos iban cantando los frailes loas, salmos o villancicos por páramos y sendas de Dios, se maravillaban a veces al descubrir que eran seguidos cautamente por indígenas en escucha de sus melodías. Detuvo la marcha uno de ellos, que tocaba a Dios su flauta por aquellas soledades, a fin de tantear la actitud extraña de quienes, pasos atrás, seguían su andar. Lentamente fueron aproximándose para rodearle en el silencio de su mutua expectancia. El más decidido pidiole la flauta para observarla, la sopló y nada obtuvo de ella… preguntole entonces por señas de quien era aquella voz de pájaro mañanero que de allí salía y con quien hablaba… respondiole el buen fraile que era el lenguaje de los ángeles, alabando a Dios en el cielo, y que si venían a su parroquia, aprenderían a hablarlo… Y es que la escala tónica europea  causaba al indígena emoción tan sincera, como fatal lo fuera para los roedores de Hamelin. Quienes no se sometieron nunca al designio de sus dioses, y se rebelaran por ello contra augurios ancestrales, fueron a la postre traicionados por su propia sensibilidad auditiva y emocional, que vino a someterles a una nueva tiranía estética

 

Y el sabio por viejo Fray Juan, decidió aplicar su intuitivo método al detectado síndrome Hamelin de los indígenas… con excelentes resultados. Fue muy de ver el primero que les comenzó a enseñar el canto… pénitus (sic,  muy a su pesar), ninguna cosa sabía de la lengua de los indios, sino la nuestra castellana, y hablaba tan en forma y en seso con los muchachos, como si fueran cuerdos españoles… y los muchachos, con la boca abierta, oyéndole muy atentos, por ver lo que quería decir… en poco tiempo no solo le entendieron, sino de tal forma, que en poco tiempo deprendieron (sic, aprendieron) y salieron con el canto llano, mas también con el canto de órgano, e agora hay muchas capillas e muchos cantores dellos, diestros, que las rigen y entonan… y después acá, como un loco hace ciento, unos a otros, entre indios, se lo van enseñando… nos explica el humilde  Fray Toribio Motolinía, uno de los doce apóstoles, que asumió como propio el nombre (“el que es pobre”), por el que los indios nahuas le conocían. Este interés y aprovechamiento mostrado por los muchachos de Texcoco, llevó a los frailes a pensar en la creación de una institución de estudios superiores para indios, algo que nunca se habían planteado, pero que cuajaría su realidad unos años más tarde.

 

Figura 12: Catecismo ilustrado para indios de

                        Pedro de Gante                      

 

Felipe II quería hacer en Nueva España un centro cultural de primera categoría y eligió Puebla y México como centros modélicos del virreinato. Envió maestros de música para ejercer la docencia en la reciente Universidad capitalina. Concedió Reales Cédulas a favor de compositores, maestros y agrupaciones musicales sacras, de manera que vino su Catedral a recibir las partituras y libros más importantes del momento. Su capilla musical era numerosa y fuertemente subvencionada. El sincretismo cultural había conformado los cantos al gusto indígena, acompañados por gran diversidad de instrumentos musicales. Pero con las conclusiones del Concilio de Trento y la Contrarreforma (1565), iba a ser sacado de funciones catedralicias y eclesiales todo instrumento musical de cuerda, percusión y viento, excepto los de tecla. Vino así el órgano a convertirse en el aparejo sacro por excelencia. Ello trajo una masiva cesación de vihuelistas, cornetistas, contrapuntos, violinistas, chirimías, sacabuches, arpistas y toda serie de tañedores indígenas, que había plenado las escuelas de música  y coros catedralicios. Hubieron de buscarse acomodo entre hermandades, congregaciones, cofradías, fiestas patronales, festejos populares… lo que trajo una profunda crisis de ocupación en el seno de la comunidad nativa ilustrada. En razón doble, por ser en mayoría los propios indios quienes construían los instrumentos que circulaban en el mercado, además de plenar coros y escolanías con sus ministriles y cantores, que sufrieron notable deterioro. Llegado de Sevilla el primer órgano para la catedral de México (1530), iba a convertir las obras musicales y teóricas de Antonio de Cabezón, Fray Juan Bermudo y Tomás de Santa María en el alimento espiritual de los organistas novohispanos. Entre ellos Antonio Rodríguez de Mesa (1582) no el primero de ellos, pero si el que consta como tal en los anales catedralicios. Y como virtuoso, el afamado Manuel de Zumaya (1715), maestro de capilla, compositor y organista,  posiblemente el músico criollo más grande de la época virreinal.

 

El primer centro educacional de música sacra en Nueva España, fue la Escoleta Pública de la Catedral de México, donde se iniciaban los jóvenes en el canto llano mediante salmos y motetes a varias voces, cantera nutricia del coro catedralicio. Ya fuera en lengua vernácula, castellana o latina, utilizando melodías indígenas o renacentistas ibéricas e italianas. Muchos de estos sochantres y maestros de coro, fueron los verdaderos formadores e impulsores de músicos y compositores criollos, abriéndoles las puertas a la música religiosa de índole popular con alabanzas, saetas, trisagios, rogativas o villancicos.

 

En  Veracruz encontraron estos villancicos y coplas, diferentes expresiones como la Rama, el Pesebre, las Pascuas o las Posadas, que al igual que en la Nueva España toda, penetra sus orígenes en la exaltación y festejos navideños del pueblo llano. Traídos sin duda por los misioneros, pero asumidos como propios por la mayoritaria población inmigrante. Llegadas las fiestas, grupos de vecinos con banda de requintos, panderos y guitarras, pasaban cantando villancicos por las casas, enarbolando una rama decorada o un Belén portado en angarillas. Siempre acompañados de gente menuda con velas, y el entusiasmo para felicitar las Pascuas a los amigos, que se lo premiaban con regalos para todos y aguinaldos monetarios para los más jóvenes. Las Pascuas eran estrofas improvisadas, claro extracto de la saeta andaluza, cantadas por los huapangueros con banda de cuerda y percusión, para celebrar las fiestas en el terruño jarocho. Las Posadas, limitadas al novenario precedente a la Navidad, eran en cambio una escenificación de aquel deambular de José y María en busca de venta donde posar. Tras sucesivas negativas, se guarecieron en el establo donde el Redentor del mundo su paz vino a traer. Émulos de este acontecer, cuando llegaban los Santos Peregrinos frente a la casa elegida, cantaban seguidillas implorando asilo, respondiendo desde dentro voces similares que eludían dárselo, diálogo que concluía con la apertura del portón para dar cobijo a todos con gozo compartido, dulces y regalos. Toda esta manifestación coral con acompañamiento, vino a ser enriquecida con bailes de aporte indígena o negroide y resultado multicolor, enmarcadas hoy estas tradiciones en el GuadalupeReyes, o lapso comprendido entre ambas fiestas nacionales (12 diciembre – 6 de enero).

 

El hecho de ser Veracruz el puerto atlántico de Nueva España, convirtiole en centro emisor de cantigas marineras que tripulaciones, boteros y estibadores, propagaban hacia el resto del virreinato. En permanente contacto con tripulaciones de otros puertos caribeños, y sus novedosos ritmos o sones antillanos, el peonaje de color había madurado su propia forma de cantar, bailar y hablar el castellano. Conocido éste como dialecto sayagués, vino con el tiempo a caracterizar los villancicos de negros y las ensaladas o mezcla de sones, texturas e idiomas, en una partitura que sus hermanos de raza se encargaban de transmitir como reguero de pólvora por la costa y al interior. Injertos seculares constantes entre música popular y culta, europea y novohispana, junto a los cruces de escritura y oralidad de los libretos, dio lugar a un sin fin de textos en poesía clásica, cantada y bailada, y diferentes hablas, ritmos y melodías. Ni el mismo Góngora hubiera podido reconocerlos como emanados de su propia culta latiniparla.

 

Durante el largo Siglo de Oro español (Renacimiento del siglo XVI y Barroco del siglo XVII, con su apogeo hacia 1640), la Villa Rica y su puerto iban a convertirse en referencia cartográfica de toda nao que surcara las aguas del Golfo. Lo mismo demandar refugio una nave de la malhadada expedición de Ponce de León,  que catapultar las flotas de Guido de Llavezares o Tristán de Luna en pos del sueño floridano. De muchas ciudades se hace un reino, era un dicho popular castellano de raigambre romana, que estaba tomando cuerpo en la costa suroccidental del seno mexicano. Para ellos civitas, la ciudad, había sido el núcleo de su civilización; y vivir en la polis, era vivir en policía, es decir en el orden que ofrecía la ciudad civilizada. Y Veracruz, centrada en la privilegiada situación de su Marca Huasteco-Totonaca y su promisorio arraigo comercial y humano, apuntaba ya al orden característico de una polis. Con el arribo de los galeones de Indias, que repartían su carga por sus ocasionales barracas, quioscos y chiringuitos, montábanse tenderetes con velas y jarcias por las propias tripulaciones. Eclosionaba así su feria anual, análoga a cualquier otra de las famosas cuarentenas feriadas del Caribe. Cada arribo de los galeones sevillanos era una traca festiva, con el cielo plagado de retumbos, súbitas humaredas peregrinas y garabatos multicolores. Sin olvidar el telón de piratería como fondo siniestro, latente desde que el Imperio arrancase su tempranera maquinaria del comercio atlántico.

 
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Contexto Histórico de Veracruz – II

El Código Mendoza (1535) enriquecía la visión urbana de Vitruvio. Preconizaba el diseño de las ciudades según clima y posición geográfica. Calles amplias y oreadas, con edificios no muy altos y buena luz, para climas de montaña e inviernos frescos; calles más estrechas y edificios altos de sombra y refresco, en climas tórridos. Y todas las calles, aptas para el tránsito de carruajes de posta o privanza. Posteriormente el Plan de Ordenamiento Urbano de Indias (1573), decretado por Felipe II, será la directriz urbana básica seguida por Antonelli y Valverde para el asentamiento de Veracruz frente al peñasco de Ulúa (1590). El  nuevo Ordenamiento prohibía fundar ciudad alguna sobre asentamientos indios, como habíase hecho en los primeros tiempos de la conquista, pese a las quejas del mundo indígena. Seleccionado el lugar adecuado, un oidor de vientos (equivalente al meteorólogo de hoy), debía emitir su preceptivo informe para definir la orientación de las calles, una vez que los veedores adaptábanlas a la rasante del terreno y al arrastre de la arena y turbulencias eólicas que sus médanos costeros propiciaban. Este enfoque iba a perdurar sustancialmente hasta los días de Carlos III (1764), cuando los repartimientos de ejidos y tierras comunales del municipio, serían controlados por comisionados ad hoc, nombrados por el visitador real. Los días del  repartimiento ante un Notario  nombrado a dedo, como en tiempos de Cortés, habían terminado.

 

El desarrollo del proyecto de Antonelli y Valverde para fortificar San Juan de Ulúa,  iba a encontrar el inconveniente del forzoso laboreo indígena. El virrey Luís de Velasco, en carta a Felipe II, desaconseja las obras del fuerte por falta de mano de obra,  pues no habiendo en esta tierra otra sino de indios, sería acabar con los pocos que hay en la comarca, y traerlos de otra…sería traerlos a morir…imposible continuarse ni hacerse en ningún tiempo (la obra), si no fuese con negros… estribillo éste que el ya anciano monarca, había escuchado como pertinaz eco de voces autorizadas en cualquier latitud del imperio indiano. La imposibilidad de acometer infraestructuras vitales en un mundo enquistado, a partir del esfuerzo de unos aborígenes que enferman, fallecen o huyen a los montes, ante tareas de obligado desarrollo, acabará convenciendo al Rey Prudente para abrir sin ambages las puertas a la esclavitud negra. Tal como venían haciendo las otras colonizaciones europeas. A ojos renacentistas, la gigantesca tarea de movilizar hacia el progreso aquellas preteridas sociedades  indígenas, era tarea punto menos que imposible, al no poder contar con una mano de obra fiable capaz de ser activada in situ.

Figura 5: La Tenochtitlán que le esperaba a Cortés. Mural de Diego Ribera

       

El surgidero de San Juan de Ulúa había sido, en los primeros años de La Villa Rica,  un solitario arenal de escaso calado, protegido por el islote que socairaba de los nortes unos fondos de firme agarre al ancla. En derredor y separados alguna milla, emergían media docena de peñascos de múcara coralina (coquina), que salpicaban y complicaban las aguas navegables del contorno. Dos canales permitían acceso y salida entre los bajíos circundantes, ya con los nortes dominantes del otoño e invierno, ya con los lestes del verano. Pero imprevistos ciclones habían desbaratado flotas sin poder auxiliarles resguardo ni escape. Sobre el primitivo presidio del peñón de la conquista, habíase erigido en 1531 una torre con farola, para orientar en horas oscuras los rumbos convergentes. Años más tarde serían dos las torres levantadas, entre las que mediaba una muralla de cal y múcara de dos brazas de altura y 20 pies de espesor. A lo largo del paño habíanse fijado aldabones de amarre, cambiados más tarde por argollas, que ahora se pretendían ampliar para cobijar mayor número de naves.

 

Dos desastres navales iban a perdurar en la memoria colectiva de los veracruzanos. El huracán de 1552 y el norte de 1590. En ambos casos las embarcaciones, amarradas al resguardo murado de Ulúa, fueron trituradas por una resaca espumosa de formidables vientos, capaces de arrancar campanas de las espadañas, volar botes sobre el agua y planearlos sobre el islote, apelmazar en esquinas, socaires y zaguanes, montones de algas removidas por la mar de fondo, y succionarlas como arena de playa por una tromba marina desatada. En el segundo, las 52 naves de la Flota de Nueva España que enrumbaban a Veracruz luego de haber desgranado cuatro de ellas a Campeche, se vieron copadas por las primeras rachas atemporaladas de un norte desabrido. Trataron de entrar a Ulúa algunas, corrieron otras los vientos al suroeste, y se perdieron 17 de ellas entre las olas. Pipas de vino, toneles, fardos y cajas, resmas de papel blanco, libros, partituras sacras para coros y conventos, pesos de plata del situado real, telas y confecciones, herrajes, lienzos al óleo, fueron apareciendo, embalados algunos, desgarrados otros, por las playas meridionales del seno mexicano. Las naves que lograron trincar tempranas amarras en Ulúa, hubieron de largarlas presto, para correr a palo seco entre las rompientes. Las que no pudieron hacerlo, perecieron en un proceso conocido e ineluctable para todo barco de medio o bajo porte, cuando sujeto al ancla o amarre en corto, es presionado por ventadas de larga racha. El fuerte viento sobre la obra muerta tensa cadenas y calabrotes, las proas no cabecean libres bajo una cadena que tira e impídelas remontar, las olas comienzan a pasar por cima o romper sobre careles y puentes embarcando espuma y agua, el barco se anega y presenta una arfada menguante, sentencia de naufragio, juguete inerme entre aguas, que acaba rematado por el confuso vaivén de fondo que lo desguaza. Los hombres de mar danlo por sabido, aunque así no sea para quienes desde tierra lo observan desesperados.

 

La orografía dunosa del surgidero de Ulúa y las corrientes marinas de la costa durante el temporal, anegaron de arena los fondos de ancla y canal, que complicaba el mantenimiento operativo para la próxima entrada de los panzudos galeones de la Flota. Pero no existía otro cobijo más seguro en muchas millas de costa. Decidióse por ello limpiar los fondos del surgidero, para mejorar la base y calado de la flota novohispana. Un filibote, chatas, cabrestantes, garfios, cadenas, bateles, chalupas, junto con buzos y abundante marinería, fueron requeridas para la extracción de los pecios y perchas sumergidos. Apareció un cosmos abigarrado de calabrotes, mamparos, timones, cadenas, obenques, cofas, mástiles, carlingas, crucetas, tambuchos, pedreros, anclas y muertos, previamente orincados para ser más tarde izados a superficie y llevados a las islas, o vertidos sobre fondos de cala profunda.

Figura 6: La ruta seguida por la expedición de Cortés hasta el Valle de México

 

Pese a los malos tragos de la Flota, a finales de siglo había cobrado definitivo impulso la idea de un nuevo emplazamiento para Veracruz y su puerto en Ulúa. Todo el movimiento comercial y edificios en él implicados, Aduana incluida, iba a ser trasladado al sitio de las Ventas de Buitrón. Habíase montado ya un embarcadero en tierra firme y se habían adjudicado parcelas para  hospederías, ventas, hospitales y conventos. En 1599 por orden de Felipe II, se trasladan allí también las autoridades civiles y eclesiásticas, a partir de cuyo momento y con el nombre de La Nueva Ciudad de Veracruz que hoy conocemos como Nueva Veracruz, comienza su imparable desarrollo urbano. Dos siglos más tarde el Barón de Humboldt la definiría como una ciudad hermosa, ilustrada y de pujanza comercial extraordinaria, con periódico e imprenta propia, próxima ya a las 30.000 almas... Pero a finales del siglo XVI, era poco más que un puerto de recalada con unas docenas de velas envergadas, que vivían del  comercio virreinal y la pesca, ampliados con el matute delictivo. El Rey había sido puntualmente informado del activo contrabando que cubría la noche en sus arenales, mientras la Flota dormitaba en las argollas de amarre. Lejos de los cauces ciudadanos, y al cobijo de Ulúa y Buitrón, silenciosos bogas iban y venían de los galeones con sus botes ahítos de mercancías fuera de registro. Los oficiales de la Aduana habíanlo denunciado… pues que  luego que surgen las naves, antes de nosotros las visitar (sic), los maestres sacan de los navíos las mercaderías que traen por registrar y contrabando, y las esconden en la dicha isla, en casa de los mercaderes y soldados della, que las guardan y ocultan y encubren, porque tienen de esto sus provechos y granjerías… Flagrante desfalco al erario, que inclinaría al monarca a trasladar ciudadanos como escrutadores del propio escenario del fraude, y multiplicar así los avizores contra el delito. La vigilia sería prestada ahora por la propia Veracruz, siempre curiosa y asomada al entretenido quehacer de sus muelles. Trazado el damero ciudadano en su definitivo acomodo, construiría el Cabildo un espigón a manera de estilete que penetrara las aguas someras. Facilitaba la carga y descarga de fardos y cajas desde los botes, además del control aduanero de hombres y mercancías. Por él iba a llegar el mercurio para las minas del interior, y salir la plata de sus yacimientos hacia Sevilla, siempre bajo el ojo avizor de su Real Aduana.

 

La primera consecuencia de las Ordenanzas de Felipe II, era que Veracruz debía poseer accesos seguros y directos por mar y por tierra, para que se pueda entrar fácilmente y salir, comerciar, gobernar, socorrer y defender el puerto vital que ya era. Cual Foro de Vitruvio, con su basílica, templo jupiterino y curia senatorial, ve nacer su Plaza de Armas, cobijo para la Iglesia Mayor, las Casas Reales de Gobernación, Cabildo y Cárcel (más tarde desplazada junto a la muralla), y el Hospital Real, siempre presente en los puertos del Imperio. De ella parten las cuatro calles maestras, ejes del comercio local y vía futura de la expansión ciudadana a todo viento. Nada escapa a la aguda percepción de Battista Antonelli, que proyecta una muralla vitruviana cuasi-oval, salpicada de baluartes perimetrales, cual morrocoy enclaustrado. Solo dos puertas de tierra trepanan su caparazón, para abrirse a los caminos de Tabasco y México. Pero despejaba su frontis urbano al mar y al surgidero, con el entramado de calles sesgando la directriz de los temidos nortes, al tiempo que prever una ciudadela medieval sobre los arrecifes de la Caleta. Entramado que, andando el tiempo, iba a ser recortado por nuevas calles desajustadas de su ortogonalidad vitruviana. Era un diseño equilibrado para la vida urbana y su función comercial. Cuidaba los enlaces con el interior del virreinato y el trazado de los caminos reales, que debían acoplar las sucesivas veracruzes fundadas.

 

Las adjudicaciones históricas de aquellos terrenos comunales, ya en agraz huertana o ganadera pero apartados de la Nueva Veracruz, debían tener salida al Camino, so pena de estrangular sus producciones. Y Antonelli las enlaza entre si y con la capital del virreinato, encauzando  por esas veredas las cientos de reatas de mulas que transitaban hacia y desde la capital. Humboldt los llama genéricamente Camino de Europa, que los veracruzanos desglosaban tradicionalmente en Camino de Orizaba y Camino de las Ventas. Caminos de 8 a 10 varas castellanas (1 vara/ 0,84 m), empedrados o puenteados en sus pasos difíciles, aptos para ser transitados en todo tiempo por  pezuña o rueda, que iban a tener por sí mismos una gran peripecia histórica, incluso para ser proclamados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (2010). No único, porque el México de hoy cuenta entre sus patrimoniales reliquias de la humanidad, con otros trece legados monumentales dejados por el Imperio Español.

Figura 7: Las Ventas de Buitrón y las argollas de San Juan de Ulúa  

 

La traza de  los caminos a lo largo de la costa y hacia el interior, había seguido a veces primitivas sendas indígenas, mejorando trazados y anchura, según uña o carreta, donde el paraje lo permitiera. Fueron los tamemes indígenas con su costal de fibras vegetales, quienes primero transitaron aquellas trochas para portar veloces sus encomiendas o su correo. Los caminos costeros, desde La Villa Rica a La Antigua y La Nueva Veracruz, hasta Alvarado por el sur y Pánuco y Jalapa por el norte, eran herencia de aquellas sendas no previstas para animales de carga. Fueron miles los mulos y mulas nacidos en los hatos de las veracruces fundadas, que por ellas transitaron en demanda del mercado naciente, tras la pacificación y sometimiento indígenas. A medida que el tránsito de mercancías crecía con la demanda del transporte portuario, iba mejorando la senda capitalina, ensanchados sus pasos, consolidados sus vados y  construidos puentes.  Humanizado su trayecto con ventas y hospitales a tiro de jornada, eran los de Perote, Orizaba y Jalapa su referencia. Poseían estos hospitales, además de un Administrador General, cirujanos, médicos, mayordomo, barbero, enfermeros y enfermeras, personal subalterno para higiene y mantenimiento, además del capellán, uno de los cuales sería el científico criollo Carlos de Sigüenza y Góngora, responsable del asentamiento novohispano en la Pensacola floridana. Alguno de ellos buscaría financiación adicional a sus penurias, mediante el teatro popular y los Corrales de Comedia con sus entremeses, autos, comedias y bailes, improvisados en sus propias dependencias. En el Hospital de San Martín de la isleña Ulúa, se atendía en tiempo de flota a todo pasajero negro, mestizo, esclavo, soldado, marino o parturienta que lo precisase. A partir de 1566, se dotaron los caminos de un servicio itinerante de apoyo caminero, conocido como La Recua, respaldado por más de un centenar de mulas entalegadas cargadas de primeros auxilios que aplicar en ruta. Los hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, voluntarios del servicio, atendían a los enfermos e indigentes del camino para evitar sus muertes como desecho tirado por recovecos, mesones, postas, casamatas o bajo los propios puentes, sin confesión ni consuelo alguno. Con su Recua, llevaban al enfermo posible a lomo, cuando no en angarillas rastreras, hasta el hospital más próximo. En el siglo XVII, gran parte de los hospitales reales del Imperio, fueron cedidos a los Hermanos de S. Juan de Dios, por su ganada  fama de eficacia por doquier desplegada. 

 

Dentro del impulso renacentista ibérico, la peculiaridad de la conquista española del siglo XVI nada tuvo que ver  con el concepto colonizador coetáneo del imperio portugués, ni de los otros imperios marítimos, prestos a eclosionar en las siguientes décadas o centuria. Pero todos acabarían asumiendo similares tácticas con el indígena, que tratarán de neutralizar mediante alianzas con sus enemigos naturales, para intentar someterlos a todos. Los españoles con la cruz en una mano y la espada en otra, mostraban en rédito propio la cruz para golpear con la espada, o la espada para golpear con la cruz, como adecuadamente apuntara Miguel de Unamuno, en tanto permeaban ese confuso mundo geográfico y humano que estaban aprendiendo. Bajo el rigor de las Leyes de Indias, hubieron de agrupar a los indígenas, catequizarlos y civilizarlos en sus polis, al estilo romano. Cristianizar y civilizar era para los castellanos un mismo empeño, asumido mayormente a la fuerza por sus conquistadores de toda hora. La Corona les exigía un esfuerzo adicional de apoyo al mundo indígena, para mostrarles las letras, que sin ellas son los hombres como animales, y el uso del hierro, que tan necesario es al hombre… y muchas buenas costumbres, artes y policía (léase orden y aseo), para mejor pasar la vida… según criterio conceptista del historiador López de Gómara. Había que sembrar para recoger. Era una suerte de cheque en blanco que exigía la Corona, pero que el colono no podía o no estaba dispuesto a conceder de buen grado. O carecía, simplemente, de la visión necesaria para entender más allá de su mediatez alicorta. Debían penetrar unas culturas que, la más avanzada, no había alcanzado aún la edad del bronce. Es fácilmente comprensible lo que un emprendedor moderno sentiría frente a semejante paternalismo, obligado por Ley (de Indias) a tratar con guante blanco a una mano de obra que valora en nada. Era el caso de los conquistadores, que en su propio contexto cultural, podían jugarse, además de su ganada hacienda, la vida. No se trataba de icónicos misioneros hechos de palosanto y salmos, sino hombres del común, mercantilistas al uso que se la estaban jugando. Y humanamente, así reaccionaban, frente a las leyes y el destino.

 

Como una prolongación de la Reconquista, íbanse incorporando a la Corona nuevas tierras con sus gentes, nuestros Reinos de Indias, en frase afamada de los Reyes Católicos, con toda su maquinaria sicológica y humana y su  cosecha de errores. No mayores ni menores que los de sus contemporáneos europeos en otras latitudes y contextos. Gracias a Jerónimo de Aguilar (1524) y al obispo Zumárraga (1536), la ciudad de México tendría las primeras imprentas de América, cuando todavía eran, para mucha Europa, armatostes desconocidos con las litografías como cara visible. Aquel náufrago del Darién que Cortés rescatara de los mayas, había dejado de enarbolar la espada, para retomar el didactismo de la imprenta y la cruz. El obispo se apresuraba a publicar su Catecismo de la doctrina Christiana en lengua mexica y castellana, para agilizar la doble catequesis, religiosa y lingüística, de sus ovejas diocesanas. La Universidad de México (1553), iba a preceder en casi un siglo a su homóloga británica (Harvard, 1636), mientras Portugal, Holanda y Francia, jamás llegarían a poseerlas fuera de su frontera nacional antes del siglo XIX, si es que alguna vez allí las tuvieran. Tiempo suficiente para ver consolidar en el Imperio Español otras veintinueve de ellas, desde Manila y Cebú en Filipinas hasta Buenos Aires y Santiago de Chile en el otro extremo del continente americano. Cuarenta y una catedrales erigió España en ese tiempo, junto a otros monumentos eclesiales que, sin llegar a serlo, constituyeron entonces una vanguardia contemplada hoy en asombro, por representar una vanguardia sismorresistente de caparazón pétreo, que conocemos como iglesias barrocas de Filipinas. Misioneros jesuitas principalmente, fueron aquellos estudiosos de la dinámica estructural, envuelta en la estética barroca de las islas del poniente, observadores atentos del bronco talante del suelo y la respuesta de sus cúpulas y sus torres, cuando el huracán o el terremoto apretaban. Ninguna catedral levantó Inglaterra o Francia. Las cuatro construidas antes del siglo XIX que perduran en los EEUU de hoy (Nueva Orleáns, Monterrey, Texas, Florida)  fueron levantadas por España.

 

Esos llamados Imperios para consumo propio, ajenos a la imbricación humana y obras públicas que la conquista suponía para los españoles y supuso para los romanos, iban a limitarse al comercio litoral. Simples factorías para el trueque mercantil con los indígenas, o plantaciones costeras que cultivar en clima favorable para vender sus productos en la metrópoli. Como el caso de los fenicios, los cartagineses o los venecianos, que nunca soñaron un imperio, sino una rica red de graneros portuarios. Demorarían por más de un siglo incursionar en el agujero negro de las tierras interiores y sus desconocidos riesgos, manteniendo un limes fronterizo allí donde sus plantaciones daban paso al yermo. Nada que ver con la pujanza española, que desde el minuto cero acomete en derechura, tras su bandera y su cruz, la ocupación de territorios continentales apartados de las costas, desierto, río caudal o cordillera mediante a veces. Funda enclaves intermedios de apoyo, imbricados por caminos reales capaces de agilizar toda incursión o extracción minera de necesarios yacimientos con que lubricar la maquinaria imperial. Las minas eran, para el mercantilismo renacentista, la menor inversión posible de rentabilidad mediata. Su búsqueda era compatible con las sementeras del coloniaje y sus esperas de la siembra a la vendimia, o el manso pacer de las puntas de ganado en la sabana. Era demasiado poderosa la necesaria infraestructura a consolidar, para poder triunfar sin ellas en semejante empresa. Impensable para los demás reinos europeos de la época, a excepción tal vez de la próspera Francia y el Portugal navegante, que en el mar aventajaba a todos, y por sus costas se escabullía como frailecillo para colgar sus nidos.

 

La conquista de Nueva España iba a suponer una suerte de diástole de la metrópoli, una dilatación cordial de la propia España, con sus mismas limitaciones y prebendas judiciales y humanas. Los documentos que la propiciaron son su testigo. En contraste con las colonias británicas del norte atlántico, en entredicho y revisión hoy el discutible papel imperial jugado en América por su metrópoli. Unos territorios siempre considerados de menor porte, nunca pariguales a su insular ego, donde el indio era maleza que rastrojar para sus plantíos. En realidad un eco medieval idiosincrásico de su clase acomodada, hacia la mayoría humilde de la gleba campesina. Aquellos ciudadanos de segunda un día se levantaron. Con su divorcio de la metrópoli, sentían poder llegar a ser algo que Inglaterra nunca les permitiría ser, matiza Chesterton al comentar su circunstancia social. A sus documentos de los siglos XVII y XVIII, leyes, actas parlamentarias, planes de integración, nos remitimos. ¿Cómo se plantearon los clérigos puritanos la existencia del alma india? ¿La necesidad humanista de dotarles de hospitales y escuelas?

 

Como centro de poder eclesiástico y social, Veracruz iba a ser filtro y corazón de los núcleos humanos establecidos durante la primera centuria de la conquista. Constituidos sobre bases indígenas diversas, acabarían modulados por las familias de los colonos en ellos inmersos con sus sirvientes africanos e indígenas, sesgo tradicional de la idiosincrasia española de un medioevo que agonizaba. A la ciudad llegaron los primeros frailes franciscanos para predicar el evangelio de Cristo. Encuentran una sociedad urbana, sedentarizada, apta para la incorporación tributaria y social como pueblos de indios, a quienes interesa aparentemente la aclimatación de cultivos, pero no el aseo personal y colectivo, ni la catequesis eclesial, aferrados a sus chamanes y tabúes, pero sí la magia de su música, su canto y sus instrumentos de cuerda o viento. En cambio la realenga Jalapa, poblada por familias totonacas desde época prehispánica y aliada incondicional del Cortés de los años difíciles, se vio promovida socialmente por el contacto de gentes apegadas a su vieja feria indígena. Su autonomía siempre respetada, nunca encomendada a conquistador alguno, consolidó su recurrente hormiguero humano. Esta convivencia primaria, sedentaria y pacífica, entre antiguos rivales comarcanos, testimoniaba un abismo social con las etnias nómadas o trashumantes, de costumbres bárbaras y progresivo atraso comparativo. Los propios indígenas sedentarios llegarían a establecerse entre los pueblos nómadas con aura de conquistadores, prolongando de facto su tribal menosprecio hacia esas otras etnias.

 

La aclimatación de nuevas especies vegetales, encontraría en las culturas más atrasadas y primitivas, una barrera intelectual difícilmente superable en estos primeros envites de civilización sedentaria. Tanto el legislador como el misionero, desconocían que la avitaminosis generacional alimentaria de algunos grupos indígenas, generaba en ellos una debilidad mental congénita, sobradamente conocida y diagnosticada hoy, pero desconocida entonces. Además de su tristeza taciturna o irritabilidad súbita, para su sorpresa, aquellos indios olvidaban y desatendían aquello que unas semanas antes habían sembrado con dedicación y asumido entusiasmo misionero. Una rutina sobradamente conocida, por explicada y supuestamente entendida, que representaba el camino para el éxito de sus futuras mieses. Solo cuando el hambre roía su digestión, recordaban dónde ir a recolectar la cosecha, ya marchita en muchos casos y perdido su agraz. Una suerte de reflejo de Paulov anterior a Paulov. Imprevisión, indolencia, desidia, he ahí los vocablos que podrían acotar el círculo vicioso de su talante humano. Si bien los misioneros eran pocos, fue mayormente sobre sus hombros donde recayó la tarea de poner en producción los cientos de plantaciones de las misiones novohispanas. Dudaban, y a la vez soñaban, volverlas eficaces en la generación subsiguiente de nativos. Y se equivocaban, al menos en parte. Pronto comprobaron los misioneros que los grupos indígenas salvaguardaban con ahínco sus diferencias interétnicas, y mantenían viva la memoria de enfrentamientos fósiles, pero no asimilaban el necesario hábito productivo en beneficio de todos. Tal vez para el legislador y la Corona existiera un indio, uno solo, genérico; pero para encomenderos, educadores y misioneros de Nueva España, quienes con ellos directamente trataban el día a día, existía una amplísima gama de culturas indígenas, desde la nómada o recolectora-cazadora paleolítica, hasta la estructurada cultura mexica como tope superior. Y estos particularismos étnicos iban a perdurar por generaciones. Nada resultaba fácil en aquel mundo por hacer.

 

El sometimiento del imperio azteca, supuso para Nueva España un importante vacío de población aborigen, debido no solo a las bajas de los nativos combatientes en todo bando, sino también a las epidemias traídas por europeos y africanos. Emblemática fue la de viruela que siguió a la llegada de gente negra con Pánfilo de Narváez, que sentenció a Cempoala. Era un golpe contundente contra la masiva sociedad indígena, en trance de conservar su cultura prehispánica, además de aportar mano de obra supletoria para la producción agropecuaria y minera de nuevo cuño que se iba gestando. Esta situación poblacional a la baja, iba a tardar un siglo en recuperarse. Era el tributo histórico consecuente al choque de dos mundos enfrentados, que propiciaba el colapso demográfico por varias vías: una, desde luego, la eliminación de vencedores y vencidos por interacción pugnaz directa, una segunda por genocidio político-retaliativo del vencedor sobre el vencido y viceversa si ocasión hubiere, y otra, más que probada, por la cesión e intercambio microbiano o viral desconocida entre etnias con defensas naturales menguadas por la avitaminosis nutricional, las penurias bélicas y la carencia de higiene. Las tres causas se dieron sin duda en Nueva España. Sin saberlo, la acometida conquistadora/repobladora de Cortés iba a plantear, por vez primera para el análisis profundo, un modelo de encuentro social entre invasores y autóctonos de diferente desarrollo humano con un cierto paternalismo legislativo interpuesto, cuyo didactismo han tratado de desgranar a día de hoy no pocos humanistas, sociólogos e historiadores. Y en ello siguen insistiendo algunos, que su consecuencia no fue baladí. De aquel encuentro proviene el mundo hispánico de hoy.

 
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Contexto Histórico de Veracruz – I

Diego Velázquez de Cuellar, Gobernador de Cuba, iba a propiciar las expediciones claves para la conquista de México. Bajo sus auspicios, Francisco Hernández de Córdoba (1517) al mando de una flotilla de tres naves, había explorado la península del Yucatán hasta sobrepasar Campeche. Aseguraba haber contemplado ciudades construidas en piedra y abundancia de oro en los templos; una civilización que nada parecía compartir con lo visto hasta entonces en las Indias. Pero apenas regresado, Hernández de Córdoba muere a causa de las heridas mal restañadas de sus encuentros con indios hostiles, y Velázquez prepara otra incursión para recabar datos complementarios sobre la costa descubierta. Juan de Grijalva parte un año después  de Matanzas, siguiendo análoga ruta, con 4 naves y 250 hombres y los mismos pilotos. Después de recorrer la costa continental hasta el río Pánuco (1518), y tomar contacto con los caciques de Cozumel y Tabasco, desembarca frente a Ulúa, un islote costero a cuyo socaire  fondea abrigado de los vientos del Golfo. La llegada del invierno y las terribles galernas del Norte, persuaden a Grijalva de su retorno a Cuba. Mostrará al gobernador las cartas náuticas levantadas por el piloto mayor Antón de Alaminos, además de noticias sobre la existencia de un poderoso imperio hacia el oeste, regido por Moctezuma II, con cuyos gobernadores había parlamentado esporádicamente en sus desembarcos.

 

Los datos aportados por estas correrías precursoras, iban a decidir al Gobernador de Cuba a promover nueva y vigorosa expedición a las costas de Yucatán, con el propósito de explorar y rescatar, lo que en lenguaje de la época significaba tantear el panorama repoblador, a la vez que capturar indios hostiles para trabajar en las encomiendas de su isla. A la espera de su nombramiento como Adelantado solicitado al Rey, Velázquez no podía conquistar ni poblar en tanto no recibiese la pertinente concesión real. Y a la fecha no constaba su investidura, cuyo otorgamiento debería traer el Barco de Aviso del nuevo Correo Mayor de Indias (1514). Cuatro barcos-correo anuales, ligeros y rápidos, libres de cargamento y pasaje, llegaban a las capitales de las antillas mayores, Santiago de Cuba entre ellas, con el aviso de la correspondencia peninsular, para retornar de seguido a Sevilla con las misivas isleñas para la metrópoli. Una comunicación ágil, necesaria para lubricar el mecanismo de orden y gobierno que el tamaño del Imperio requería. Una vez en tierra, el correo ultramarino era repartido a caballo por un funcionario real, de villa en villa, cabildo a cabildo, casa a casa. La correspondencia se entregaba personalmente a cada destinatario, en un esmerado alarde de diligencia y puntualidad.

 

Hernán Cortés, alcalde de Santiago de Cuba, había capitulado su credencial como  Capitán General de una hueste de exploración compuesta por 500 infantes, jinetes, arcabuceros, ballesteros, marinos y auxiliares tainos y negros, que iban a surgir de la capital isleña en once bajeles. Un contingente de rescate bélico sin facultad para poblar las nuevas tierras, por cuanto el Gobernador Velázquez no estaba capacitado aún para autorizarlo, y menos capitularlo. Y el alcalde de la capital cubana, primeras manos en recibir el correo peninsular, conocía el mutis palatino sobre el nombramiento del nuevo Adelantado, que se prolongaba ab aeternum tras la muerte de Fernando el Católico y su complicada sucesión castellana.

 

Era el título de Adelantado, una licencia militar de origen medieval, que literalmente significaba el que va por delante, y que en la práctica dotaba de una oportuna ventaja al titulado, de cara a ser nombrado gobernador de la nueva provincia, si lograba conquistarla y sobrevivir al intento. Tres meses de plazo tenía el joven alcalde hasta la llegada del siguiente Aviso. No debía demorar la salida de la expedición que supuestamente capitaneaba. Cada Milicia Indiana reunida para acometer  una empresa de conquista, no la componían soldados del rey, sino ciudadanos de a pie. Hombres del Renacimiento, simples civiles, bachilleres algunos, letrados, funcionarios o comerciantes otros, analfabetos muchos, emprendedores autónomos los más, con capacidad de convocatoria y mando los menos, un pelotón de hombres arrojados, decididos a alcanzar la gloria y la fortuna, o no regresar donde los suyos. Entre ellos Bernal Díaz del Castillo, el soldado-cronista que iba a narrar las tres expediciones cubanas en las que había participado. Tras exponer cada convocado sus  razones, debía confluir en voluntades, ideas y finanzas con los demás, y si así no fuera, era apartado de la empresa. Hombres de armas, misioneros, encomenderos, cirujanos, inversionistas de fino olfato, alguna vez el propio rey, apuntalaban la empresa. Pero la única prebenda efectiva que portaba un Capitán de Conquista, Adelantado o Gobernador, era un pergamino con sello real, que trataba de conservar como la propia vida. La empatía de Cortés con su gente y su indiscutible liderazgo, hacíanle peligroso a los ojos de un Velázquez en espera de su pergamino sellado. Bajo esta circunstancia, que propiciaba desencuentros y recelos con el gobernador de la isla, el joven regidor precipita su partida hacia las playas del seno mexicano (1519), pese a la garante capitulación firmada. El Alcalde de Santiago, como otro integrante más, había aportado su hacienda al proyecto, aunque mayormente fuera gestionado y financiado por el Gobernador Velázquez, como máxima autoridad de Cuba. Unas desavenencias ocasionales de plazo y forma, harán que el sagaz Cortés leve anclas antes que Velázquez pueda detener la salida de las naves, y cercene su sueño de conquista. Llegados a las costas del occidente, Alaminos bojeará el litoral conocido, y Cortés toma pronto contacto con nativos que le informan de la existencia de otros barbudos llegados al Yucatán. Sus hombres los buscan, y encuentran a Gonzalo Guerrero y a Jerónimo de Aguilar, sobrevivientes milagrosos de un bajel perdido entre el Darién  y Jamaica, ocho años ha. Solo Aguilar le seguirá, incorporado como valioso interprete de la hueste. Guerrero, casado con india y convertido en cacique, rehúsa tornar al mundo civilizado. La jungla habíale envuelto en su bucle tribal.

                Figura 2: Rutas exploratorias previas

 

Cinco leguas al septentrión del islote elegido por Grijalva, va a fundar Cortés sobre la costa, la Villa Rica de la Vera Cruz, primer asentamiento castellano en  costas del Golfo de México, nacido con vocación itinerante, para acabar anclada, frente al propio islote de San Juan de Ulúa, años más tarde. Este primer asentamiento no pasaba de ser unas pocas chozas de palma, un altar donde poder oficiar misa, una plaza con picota y cruz, y un cobertizo con empalizada para el descanso de caballos. Cuatro iban a ser, andando la historia, los sucesivos emplazamientos de la Ciudad de Cortés, en busca siempre de un puerto franco con calado y resguardo de naves frente al viento solano. Llevaron los dos primeros el nombre de Villa Rica de Veracruz, en tanto que el tercero se conocería como La Antigua Veracruz hasta 1599. En esa fecha el ingeniero Antonelli y el comisario real Valverde, responsables del Portobelo fortificado, propondrían su mudanza por razones defensivas al paraje llamado Ventas de Buitrón, lugar de tradicional aguada frente al peñón de Ulúa. Sería éste el último núcleo urbano asentado que, conocido como La Nueva Veracruz, habría de constituir la definitiva esencia de la ciudad fundada por Cortés. Pronto iban a recibir los expedicionarios, en aquella su primera Villa Rica, la visita de una embajada de Moctezuma II, gran Tlatoani de Tenochtitlán, acompañada por otros notables mexicas y locales totonacas, interesados todos en conocer las intenciones de aquellos hijos del mar. Partirán los embajadores hacia su capital con testimonio gráfico de la comitiva europea. Tornarán a los pocos días con alimentos, obsequios de oro y plumas, animándoles a regresar al mar del que habían surgido. Ante la posibilidad de no poblar ni conquistar, por carecer de facultades legales para hacerlo, satisfechos con el oro y los presentes recibidos, y avisados por animosa cuanto velada amenaza de los embajadores mexicas, algunos soldados sugieren a Cortés el regreso a Cuba. El Capitán expedicionario va a disipar sus dudas, destruyendo las naves e incorporando sus tripulaciones a la mesnada de infantes. Descartado el retorno a Cuba, no quedaba sino poblar y conquistar para sobrevivir, en una contumaz huida hacia delante.

 

Consciente de la trascendencia del momento, Cortés prepara una solemne ceremonia, Tedeum incluido, para hacer fundar la Villa Rica de la Vera Cruz por sus soldados. Lo hacía en nombre propio y bajo la autoridad nominal del Rey de España, el joven Carlos V Habsburgo, recién salido del cascarón flamenco. Constituido el Cabildo ciudadano a la usanza castellana con miembros de un padrón municipal previo, el futuro conquistador sitúa a sus leales entre los posibles procuradores, regidores y alguaciles. Eran conscientes de que, estructurado el Cabildo, quedaba extinguida la autóritas de Velázquez sobre los expedicionarios, una vez transformados éstos en colonos, ajenos a tal jurisdicción. Desde el Medioevo, las ciudades castellanas habían sido gobernadas por una corporación con derecho a convocatorias deliberantes, en las que se trataban cuestiones de interés común. Si a la asamblea podía concurrir el vecindario en pleno, decíase que la convocatoria era a cabildo abierto, en caso contrario lo era cerrado. En un astuto enroque, Cortés renuncia en cabildo abierto a su cargo de Capitán General de la expedición capitulada en Cuba, renuncia que es aceptada por el pleno asambleario. Tras deliberar, la corporación municipal decide nombrarlo Justicia Mayor de la ciudad,  y elegirlo como nuevo Capitán General de otra expedición, gestada por el pueblo soberano ahora directamente bajo jurisdicción del Rey. Jurisprudencia sobrada había para ello: desde la legalidad establecida, pasar a la nueva legalidad vigente, era una mano maestra de cualquier leguleyo avispado. Mediante una Carta del Cabildo, se comunica a la Corona la fundación de la Villa y las conclusiones asamblearias asumidas. El piloto Antón de Alaminos será el encargado de conducir a Sevilla la misiva, que los procuradores y representantes van a lograr entregar en mano al Rey. Velázquez ya no participaría en el reparto de ganancias, ni iba a renunciar la hueste a conquistar Tenochtitlán y su botín, que, tras  los regalos enviados por el tlatoani azteca, el hidalgo extremeño intuía de grandes proporciones. En adelante, solo la tasa de la Corona con su Quinto Real, gravaría las ganancias habidas. Y la hueste exploradora, convertida ya en conquistadora y mercantil, emprende el tortuoso camino hacia el Anahuac, mientras bulle en sus mentes un encuentro que les aguarda y conturba.

Figura 3: Factores de la conquista de Nueva España                                                   

Aún hoy, impresiona escuchar de labios del testigo-cronista Bernal Díaz del Castillo, la determinación de aquellos españoles del Renacimiento frente a la América infinita.  No llegábamos a 450 soldados. Conservábamos en la memoria los consejos y avisos que nos habían dado los indios de Huexotzingo, Tlascala y Tlalmanalco, para que no entráramos en el territorio de los mexicas, que sin duda nos habían de matar en cuanto lo pisásemos. Sabiendo todo esto ¿Qué hombres del universo lo habrían osado, salvo nosotros?… Y este era el espíritu que avanzaba con Cortés y su gente hacia el interior desconocido. Dejaba consolidada la retaguardia con la Villa Rica de Veracruz, conexión virtual y afectiva con Cuba, necesario y útil nexo con el pasado. Por ello, antes de partir, ordena ante Notario Real sortear y adjudicar lotes de tierra entre el vecindario que allí queda. Vínculos que en el corto plazo habrían de convertirse en despensa de sementeras, hatos o estancias, bajo las encomienda de nuevos totonacas con la ayuda de negros allegados e indios tainos de Cuba. En vanguardia, avanzan los europeos con 6.000 tlascaltecas y 5.000 totonacas como imprescindibles aliados: porque los españoles eran pocos y mal aprovisionados e iban por tierras donde no hubieran sabido el camino si no se lo hubiésemos mostrado; mil veces los salvamos de la muerte, alegarán los bravos tlascaltecas en una de sus muchas probanzas reclamatorias de sus méritos ante el Rey. Los españoles, conocedores de las enemistades enquistadas del mundo indígena, saben explotarlas en provecho propio, a la par que van sumando etnias a su causa. Con ello logrará Cortés, no solo evitar ser aniquilado por el abrumador imperio azteca, sino entrar en Tenochtitlán, y al cabo de dos años, derrotarlo. Con el apoyo tlascalteca y totonaca, el mundo judeo-greco-latino abría el portón indígena de América del Norte para intentar penetrarlo a profundis.

 

 Ese itinerario humano iba a suponer un duro enfrentamiento  contra guerreros personalizados en órdenes militares como el caballero jaguar o el caballero águila, cuyas esculturas en andesita han sabido plasmar la imagen del valor, la tenacidad y la dureza con que los hombres de guerra mexicas preparaban el combate. Era el precio de la incorporación del mundo indígena más evolucionado de Indias, al universo desconocido del Renacimiento. Tal vez sin saberlo, se estaba perfilando otro mundo hispanomexicano mestizo, nueva génesis cultural del mundo europeo, que tantas habría de incubar.

 

Cortés, en su penetración hacia el Anahuac, dejaba en retaguardia la Villa Rica al mando de Juan de Escalante su Alguacil Mayor. Sesenta defensores heridos o convalecientes con algunos caballos, conservaban la misión primordial de proteger a los aliados totonacas de venganzas mexicas, además de vigilar la costa y controlar el arribo de naves. Pasado un tiempo, iba Escalante a recibir dos emisarios de Pánfilo de Narváez, que con 19 naves y 1500 hombres había fondeado en Ulúa y otros islotes aledaños (Pájaros, Sacrificios, Blanquilla, Gavias), traía órdenes de Velázquez para detener a Cortés. El Alguacil Mayor de Veracruz, dotado de jurisdicción civil y criminal en su municipio, los toma presos antes que salgan de él, a la vez que remite  mensajeros tras la hueste expedicionaria. Cabalgarán durante el día y se ocultan por la noche, hasta poder alertar a su Capitán General de la situación sobrevenida en la costa, donde los mexicas habían atacado Veracruz y muerto a nueve españoles y docenas de totonacas. La muerte de aquellos españoles evidenciaba frente al imaginario indio que no eran superhombres, sino simples humanos. Sabido seguramente también por el Tlatoani, pese a ser los caballos más rápidos que sus tamemes correo, llegan los emisarios a una Tenochtitlán en situación límite, tornada trampa mortal. Un Cortés en aparente calma, envía negociadores para persuadir a los recién llegados de Narváez a sumarse a la vanguardia mixta, en tanto que aparenta acampar con mutuo respeto entre los aztecas de la capital. Pero reacciona presto antes que cunda la noticia de la mortalidad de su sobrehumana gente. Toma de rehén al propio Moctezuma, estrictamente vigilado en adelante por los castellanos. Tornará entonces grupas para dialogar con un Narváez atrincherado en la expectante Cempoala totonaca, donde ha montado baterías defensivas en lo alto de pirámides y templos.

 

Bajo una torrencial lluvia nocturna, captura Cortés en audaz golpe a un Narváez, alanceado en un ojo durante la refriega. Lo enviará preso a Veracruz, donde permanecerá encerrado por dos años. Su carisma personal hace el resto: parte de aquella tropa le seguirá a Tenochtitlán, donde una cruel e inoportuna decisión de su lugarteniente Alvarado, deflagra la rebelión latente. Y propaga la terrible onda expansiva de la Noche Triste. El resto de los expedicionarios de Narváez, compuesto por 550 españoles, mujeres y niños, negros e indios tainos, con sus caballos, cabras, cerdos y ovejas, deciden proseguir en marcha propia hacia ese Anahuac en llamas. Hoy sabemos que fueron hechos prisioneros, sacrificados, extraídos su corazones aún vivos, y posteriormente cocinados y devorados ritualmente por los mexicas de Texcoco (lugar donde se come gente, en náhuatl). Al menos treinta de sus cocinados cráneos (doce hombres y ocho mujeres blancas, siete negros, tres mulatas), han sido recientemente identificados por la ciencia. Como también lo han sido caras barbudas desolladas, cueros de caballos con cascos y herradura, aperos y herramientas de hierro, bridas y estribos de caballo, anillos, camafeos, botones, clavos, y un sinfín de huesos humanos y de animales, gracias al apresurado soterrado que de toda huella visible hicieron entonces los culpables, al saber que el capitán Gonzalo de Sandoval venía para tomarse justicia. Y como un anatema bíblico, a todos los pasó a cuchillo. Para Karl Vossler, aquello se trataba de una Cruzada medieval, llevada a cabo por Cortés con medios modernos… contra otros neolíticos, si no paleolíticos, añadimos hoy. Y de la misma manera, que no faltó entre los cruzados la codicia, el espíritu aventurero, la crueldad y el sentido comercial…  no se puede negar a los conquistadores su celo cristiano y su devoción… Fue precisamente esa crueldad, la del civilizado y codicioso Alvarado, la chispa explosiva del Tenochtitlán copado, la huida de los aliados al filo de lo imposible y la guerra abierta, lacerante, terrible, sobradamente narrada por la Historia. Acabada la contienda Cortés, hombre culto (de Estado, diríamos hoy), sabría encajar a connotados aztecas en la estructura del poder emergente, para tratar de poner un punto final a la página más sangrienta de su empresa.

Figura 4: El camino de Cortés a Tenochtitlán. Lienzo de Ferrer Dalmau

                         

Ignorantes en Cuba de la prisión de Narváez, iban a seguir desgranando navíos de apoyo hacia Ulúa, con soldados, alimentos, pertrechos, caballos, ballestas, municiones, y la incorporación de las propias tripulaciones que, confiscados los barcos tras su arribo, se diluyen motu proprio en la hueste castellana. El goteo de refuerzos para Cortés desde su puerto insignia se multiplica, a la vez que el surgidero veracruzano se afianza como vigía costero.

 

En 1529  Carlos V nombra a Cortés Gobernador, Capitán General y Justicia Mayor de Nueva España. Alumbraba así la Nueva España, a la vez que el llamado Imperio Azteca se desdibujaba en el olvido. Con su primer virrey Antonio de Mendoza y Pacheco, iba a nacer en 1535 el Virreinato de Nueva España para varios siglos más. Dentro de él, la demarcación de Veracruz llegaría a extenderse entre los ríos Baraderas y Pánuco, en una geografía de 200 leguas de costa por 28 de fondo, poblada básicamente por las naciones huasteca (Villa de Santiesteban del Puerto-Pánuco, 1523), totonaca (Veracruz, 1519) y popoloca (Villa del Espíritu Santo, 1522), trufada a lo largo del tiempo por colonos africanos y europeos. En ninguna parte se deja ver mejor el admirable orden con que las diferentes tribus de vegetales, van siguiéndose por tongadas, una más arriba que la otra, que subiendo de Veracruz hacia la meseta de Perote; allí se ve cambiar, a cada paso, la fisonomía del país, el aspecto del cielo, la vista exterior de las plantas… nos deja dicho el Humboldt científico enamorado del país… pero que no sabe admirar la abandonada y monumental Cempoala totonaca, ruinas y yedras, aniquilada por la fiebre variólica traída por Narváez y su apestada hueste dos siglos antes.

 

El Virrey Mendoza iba a establecer nuevos códigos urbanos, para el trazado de las ciudades y caminos reales de Nueva España. Los primeros emplazamientos de la itinerante Veracruz, se habían levantado conforme al Código Ovando (1502), desarrollado en La Española por el Gobernador que le dio su nombre. Pronto, fueron seguidas sus prescripciones acerca del repartimiento de tierras aledañas, elección de corregidores y alcaldes, estimulación del mestizaje entre los empadronados, y trazado cuadricular de calles y solares a partir del Foro latino (Plaza Mayor o de Armas para los castellanos). Era en realidad el modelo tradicional del castro romano, aplicado, durante la Reconquista peninsular, por Alfonso X El Sabio y la Corona de Aragón. Llegada la plenitud renacentista, este modelo urbano sería desbordado por las ideas de Marco Vitruvio (siglo I A.C.), puestas en boga por Leonado da Vinci y otros artistas del Cinquecento. Vitruvio, disgregaba en su urbanismo la parte privada de la pública, con una polivalente Plaza Mayor que nucleaba los eventos sociales y edificios relevantes de la comunidad. Se interesaba vivamente por los vientos locales, que atacando sobre los ángulos rectos que forman las calles, deben ser rotos y dispersos. Problema medular éste para el definitivo asiento de Veracruz, que tenía que resguardar al unísono la ciudad, sus habitantes y los barcos, contra el fiero aquilón de la costa y el urticante arrastre de la arena en el rostro.

 
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Contexto Histórico de Panamá – II

El dilema creado entre los juristas del reino, proclives a la encomienda del indio (catequesis y civilidad a cambio de su trabajo) y los teólogos, partidarios del respeto a su albedrío como persona, chocaban ambas con la brutal realidad del humano complemento indígena, ya mil veces denunciado por el Consejo de Indias. El nativo de aquellas tierras resultaba refractario al trabajo orgánico, y su etnia, vulnerable a los virus que portaban africanos y europeos. Lejos de poder catalizarlos mediante defensas genéticas inexistentes, por un lado; por otro, era materialmente imposible abordar la colonización del continente sin mano de obra asequible in situ. En ningún caso el nativo podría ser catapultado treinta siglos avante, del Neolítico al Renacimiento, sin su propia colaboración activa y su particular aporte a una común empresa que iba a durar generaciones. Esa era la realidad deducida del saber renacentista occidental, y la primera vez que el europeo abordaba tamaña empresa, con absoluta carencia de referencias históricas donde poder ilustrarse. Solo los pensadores de Salamanca, punta de lanza del saber de la época, se atrevían a pergeñar una entreverada teoría de los derechos del hombre. Pero el Consejo de Indias y la Universidad de Salamanca diferían en sus planteamientos discursivos. A ellos vendría a unirse Juan López de Palaciosrubios miembro del Consejo y catedrático de la Universidad de Valladolid (fundada en 1241) oponente del prestigio salmantino y sus tesis humanistas.  Heredero en cambio del humanismo de los Reyes Católicos, el emperador Carlos, va a seguir su propia rectitud de conciencia para legislar a favor del súbdito considerado más débil. Su Real Cédula (1549) es inapelable: Don Carlos  a vos, Sancho de Clavijo, nuestro gobernador de la Provincia de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, salud e gracia; sepades que nos, habiendo entendido cuan pocos indios de los naturales de esa tierra hay vivos al presente en ella, y que han sido causa de ella los malos tratamientos que han recibido … mandamos poner en libertad como están los de la isla de la Española y Cuba, y así a vos, mandamos que luego que esta recibiereis, pongáis en libertad a todos los indios que al presente son vivos en esta provincia, no importa que estén encomendados … por cuanto es nuestra voluntad que los indios no sean molestados con tributos ni otros servicios reales, ni personales ni mixtos, más de cómo lo son los españoles que en esas provincias residieren, y se les deje holgar para que mejor puedan multiplicarse y ser instruidos en las cosas de nuestra santa fe … e vos particularmente tendréis muy gran cuidado … y daréis orden para que vivan en pueblos, lo cual así haréis y cumpliréis a pesar de cualquiera apelación o suplicación… Más claro, agua. Pero había que hacerlo cumplir a miles de millas en países que desperezaban su prehistoria, bajo emprendedores que arriesgaban vida y hacienda para desleír de su retina la miseria reinante en la Europa que los había catapultado a través del mar. Y para ello era menester tener braceros o ir a buscarlos a donde los hubiere. De lo contrario, habría que abandonar la empresa.

Los repartimientos habían sido consuetudinarios en la España de la reconquista, y mediante esta medida, mitad botín mitad prédica, se repartían los cristianos todo haber capturado a los moros, a la vez que lo estampillaban con su credo religioso. La encomienda era en cambio una figura jurídica novedosa, genuinamente castellana, emanada de la alucinada realidad socioeconómica que debía enfrentarse al vacío social en la gigantesca colonización americana. El peninsular emigrado, ya colono, funcionario, militar o autónomo, era quien por aquellos años creaba la riqueza a la vez que desvelaba un horizonte de razonable futuro. Ahora, desde una percepción economicista, la Real Cédula del Emperador, venía a tirar por tierra el difícil equilibrio que el emprendedor renacentista de las Américas creía haber conseguido, mal que bien, contra Salamanca y sus dominicos o jerónimos, a fin de proseguir su cometido económico en las nuevas tierras. Pero no era esta perspectiva la que el monarca combatía, por compartida, sino los excesos de prepotencia étnica o personal de unos súbditos contra otros que, a sus ojos, lo eran bajo idénticas prerrogativas legales. Las tesis de la Corona recogidas en las Nuevas Leyes de Indias,iban a soliviantar a los encomenderos que consideraban de todo punto imposible su permanencia en las Américas si se les privaba de la mano de obra nativa. Piden por ello  la revocatoria de tales leyes, y cuando les es denegada por el monarca,  la acogen de mala gana en Veragua, pero la acatan. Se revelan en cambio contra ella en el Perú, donde Gonzalo Pizarro hermano del conquistador, a la sazón suGobernador General, la capitaliza y se declara en abierta rebeldía contra su rey.

En el Perú, la llamadaGran Rebeliónde Gonzalo no era sino un nuevo capítulo de la guerra civil entablada entre pizarristas y almagristas, sellado antaño con solemne pacto su entendimiento ante el altar, celosos hoy cada bando de sus prerrogativas. El botín bélico cristalizado tras la derrota del Inca en repartimientos y encomiendas, tenía como perla de la corona a la ciudad de Cuzco, cuya posesión ambos bandos se asignaban. La mimética Panamá sufriría también las consecuencias de la guerra civil desatada en el sur, como sentimiento propio. También Veragua se siente dividida en sus querencias. Los pizarristas peruanos lo saben y, revelados contra la Corona, quieren cortar los suministros y el situado real que su virrey ha de recibir en Lima a través del istmo. La situación es grave, y, pese a sus carencias navales, desplazan su escuadra del Callao para tomar Panamá. Una vez persuadidas sus autoridades e inclinada la plaza a su bando, regresa la escuadra  con urgencia a la base peruana para proseguir aquella lucha fratricida en pleno desarrollo. Pero llega también desde España,enviado por la Corona, el licenciado Pedro de Lagasca con el título in péctore de Presidente de la Real Audiencia de Lima. Tras convencer al Gobernador y Cabildo panameños que deben permanecer ajustados a ley, parte hacia la Ciudad de los Reyes (1546) para restablecer allí la voluntad imperial. Ajusticiados los responsables, entre ellos al gobernador Gonzalo Pizarro (1548), y consumado el mandato del emperador, Lagasca regresa a Panamá y de allí a Sevilla. Misión cumplida.

Ante la negación del trabajo forzado de indios, la alternativa posible a su fuerza laboral era la africana, y en su tráfico humano eran los portugueses, desde sus factorías de Angolay Guinea, los mejores gestores atlánticos. La nueva situación creada en el Virreinato del Perú, del que Veragua era parte importante, obliga pronto a regular el tráfico de esclavos africanos (1545) frente al caníbal amerindio. Los negros llegados a Panamá hasta entonces, no eran esclavos en el sentido del trato tiránico que llegarían a padecer, sino de criados de la gleba, servidores domésticos de un señor o familia de corte medieval, con quienes convivían y emigraban como otro miembro subalterno del grupo. La sustitución de indígenas para faenar  el campo y laborar las minas por negros bozales, iba a traer deserciones y alzamientos, desacatos y venganzas, un nuevo y problemático estrato social levantisco que se extendería masivamente por el istmo. Un naufragio portugués con 300 negros en el Darién, vendría a engrosar las filas de otros esclavos cimarrones huidos de hatos y sementeras, hasta convertirse en salteadores pertinaces del Camino Real, hostiles siempre al colonizador, a la vez que afines a toda bandería entendida como potencial carcoma del orden establecido. Nada aspiraba a crear per se el negro bozal, salvo la plantación del conuco junto a su bohío: una precaria economía de subsistencia combinada con la rapiña y depredación gregarias en una vida cimarrona devenida libre. Una vuelta de tuerca a la prehistoria, aunque estuviesen en su pleno derecho de hacerlo. Pero la omnipresente mirada del Emperador Carlos todo parecía percibirlo, y por ello legisla para que los negros no vivan con los indios, porque además de que los tratan mal, se sirven de ellos, les quitan lo que tienen, inclusive las mujeres e hijas sin que traten de resistirles, y además, son corruptores de sus costumbres y creencias… Toda una defensa en regla del súbdito legal contra el, todavía entonces, advenedizo ébano humano. Pero el fenómeno de la esclavitud negra no estaba previsto en la conciencia renacentista bajo la dimensión explosiva que tomaría en América, a causa de la reconducción productiva de su economía agraria. Los principales analistas de núcleos europeos del Nuevo Mundo, acabarían llegando a la conclusión de que toda población negra superior al 20% de sus moradores, suponía un peligro inminente para su futura pervivencia. Y Panamá no iba a ser una excepción en el baremo poblacional ciudadano, que andando el tiempo, la implacable Historia habría de cotejar.

Al eco del trasiego de la plata peruana a través del istmo, acuden aventureros y piratas del Atlántico. Drake es rebotado de Nombre de Dios por su guarnición de soldados y milicia ciudadana (1573), aunque guiado por cimarrones, se interna con su gente río Chagres arriba hasta Cruces, donde captura algunas mulas de la plata peruana transportada en reatas hacia el puerto del Atlántico. Drake logrará escapar con su presa de las patrullas armadas que le siguen, para ir a cacarear su triunfo en Plymouth. No tiene esa suerte en cambio William Oxenhan (1577), que cruza el istmo y se establece en la costa pacifica. Desde allí consigue valiosas presas sobre naos merchantas y pataches de cabotaje que surgen de los caladeros de Panamá y otros puertos menores de Veragua. Y cuando lo atraviesa de regreso al Caribe, el pirata inglés es capturado con su botín por una partida virreinal que rastrea su itinerario, y ahorcado con sus capitanes como cualquier otro delincuente plebeyo en Lima. Pero las velas de Drake, tras seis años de mutis caribeño, volverían a perfilar las costas del virreinato, esta vez en el Mar del Sur (1579). Su  táctica intermitente es similar a la de su mentor Hawkins: hecha la presa, desaparecer y quitarse de donde pueda ser descubierto. Y había cumplido uno de sus plazos.                                

Los puertos del Pacífico, ayunos del filibusterismo caribe, carecían de las defensas fijas que sus homólogos atlánticos habían pergeñado. Llegan voces del sur alertando de saqueos, capturas e incendios en el litoral chileno y peruano. La captura del Galeón de Panamá en aguas ecuatoriales despierta las alarmas en las costas de Veragua, donde cada día se siente más próximo el resonar de gualdrapas y pantocazos del osado navío inglés. Panamá acelera la fortificación de la ciudad y su puerto del Perico; se excava una trinchera con parapeto de piedra a lo largo de la línea de playa, desde la ciudadela de las Casas Reales hasta pasado el puente del matadero, a la vez que se amplía el Fuerte de Navidad, atalaya del acceso a la ciudad por el Camino de Cruces. Pero la flota corsaria hace un mutis más en su intermitente táctica de acción-omisión, y pasa de largo rumbo a Nueva España y California soslayando la capital del istmo. Los ecos de Drake palidecen y  las alarmas costeras acaban por diluirse en todo el Virreinato del Perú.

Figura 5: Plano  Planta de Ciudad de Panamá Vieja

En un lance ya conocido, llegará nuevamente Drake a Tierra Firme por aguas caribeñas, un cuarto de siglo después de su primer intento, empeñado ahora en repetir el éxito de su juvenil captura istmeña. Acaba de morir Hawkins, el otro almirante de su flota corsaria, durante la batalla de Puerto Rico, y el solitario Drake prosigue la navegación del que sería trance postrero de su carrera como corsario de Isabel Tudor. Saquea al paso hatos y caseríos, haciendas costeras y  puertos menores, cuyas castigadas gentes huyen enguerrilladas al monte a la menor presencia de vela sospechosa alguna. Entra en Nombre de Dios (1596), vacía ya de una puebla migrada a Portobelo, pero ocupada por negros fugitivos que viven una economía de subsistencia y rapiña en un rancherío levantado con despojos. Thomas Baskerville, su comandante de tropa, es puesto en fuga por partidas presidiales emboscadas en el Caminode Panamá Vieja. Y Drake remonta en barcazas el río Chagres. Pero ambos grupos corsarios, hostigados por españoles e indígenas son empujados de nuevo a las naves de las que salieran. Drake, a la espera de incorporar sus últimos secuaces desnortados entre manglares, pone fuego a los despojos de Nombre de Dios,antorcha nocturna que los reclama al nuevo encuentro. Tras el rebañado de los morosos, dirige sus naves a Portobelo con ánimo de arrasar el naciente enclave. Pero sabemos que el trópico había hecho presa en el cuerpo expedicionario inglés y  Drake no podría ya llevar a efecto su plan, porque moriría apenas unos días después frente a su bahía. Tras un penoso regreso plagado de bajas y apestados llegaría Baskerville a Plymouth con la mala nueva para el sindicato corsario que había financiado la empresa.

Panamá Vieja era en 1600 una ciudad de 5000 almas libres, con 400 casas de cal y canto con madera muy perfeccionada en sus pisos altos, con su Real Hospital de San Sebastián (1575) mas tarde San Juan de Dios (1628), conventos de frailes Franciscanos (1524), Mercedarios (1526), Agustinos(1612), Dominicos (1571), Jesuitas (1594), monjas de La Concepción (1597), e iglesia matriz convertida en Catedral (1580-1626). La ciudad había sido trazada a cordel con su neurálgica Plaza  Mayor, su Cabildo y su Aduana. Pero al contrario del diseño tradicional de las ciudades hispanoamericanas, las Casas Reales (Casa de la Moneda, Real Audiencia, Casa del Gobernador y Casa de Oidores) estaban situadas en un extremo del núcleo urbano sobre el mar, un espolón rocoso dominante del puerto y la ciudad. Este promontorio era su único perímetro fortificado, pensado sin duda para defenderse antes de indios que de impensados piratas de un piélago hasta entonces netamente español. Ayuno por tanto de corsarios o belicosos forbantes (los hors band, en francés incontrolados, de la edad media europea), capaces de traer por mar el desorden a sus muelles.

El ilustrado dominico Fray Tomas de Berlanga (1534) a la sazón obispo de Panamá, propone a Carlos V estudiar la viabilidad de un canal interoceánico que conecte ambas orillas aprovechando el cauce del río Chagres. Auspiciada por la Corona y el Consejo de Indias se inicia una investigación para la posible unión de los mares. Pese a la mano de obra esclava e indígena, su gigantesco presupuesto resultaría inalcanzable para cualquiera de las Coronas europeas reinantes. El entonces regente Felipe II contesta en nombre del emperador Carlos con una críptica negativa: lo que Dios ha separado no lo una el hombre, que enmascaraba sin duda la imposibilidad de desarrollar aquel proyecto en aquel siglo. El estudio emprendido por el Consejo de Indias iba a señalar negativamente el hecho de que su exclusivo uso pensado para naves españolas y naciones amigas, era inviable para la Real Hacienda del reino, condenada en adelante a desatender las necesidades de las ciudades, ejércitos y demás administraciones, para financiar el crédito que requerían del proyecto los banqueros genoveses y alemanes de Sevilla. Años después, reinando Felipe III será nuevamente planteada otra traza del Canal del Istmo, esta vez siguiendo el cauce del Tuira. Se rechazará definitivamente el proyecto, técnicamente factible según los ingenieros de la Corona, pero cuestionable su permanencia operativa en manos españolas según los estrategas, dada la mutante política de alianzas entre naciones rivales, si entonces de inferior capacidad ofensiva, si de potencial incremento pugnaz mañana, en el permanente ajedrez de los intereses europeos y sus familias reinantes. La Real Hacienda se niega, además, que la defensa efectiva del supuesto canal, ya operativo, joya de la corona a la vez que cintura de avispa por donde quebrar el Imperio, viniera a monopolizar el presupuesto de sus arcas, ya maltrechas en aquellos siglos de mercantilismo,  guerras cruzadas y plena efervescencia política. Todavía el negocio de las marinas mercantes europeas consistía en capturar naves y cargamentos de la sólida red comercial española de ida o vuelta, frente a la economía precaria de los asentamientos coloniales franceses e ingleses, desatendidos por sus respectivas Coronas hasta que empezaran a rentabilizar su erario. El corsario representaba para ellas una externalización de funciones del ente estatal; el pirata, un empresario autónomo en el mundo laboral de hoy. Bajo estas premisas de industrialización previa, la maquinaria depredadora inglesa, de la que sus reyes eran connotados accionistas, vino a madrugar más de un siglo sobre sus rivales europeas.

El trafico de metales preciosos y mercancías entre el Virreinato del Perú y la metrópoli, potencian a Panamá Vieja como mercado de dimensión intercontinental. La flota que del Perú llega cada año con mercaderías y dineros, vende su mercancía en feria local, pero permea los dineros llegados camino de Portobelo, la heredera atlántica de Nombre de Dios.  El mecanismo que nutre a Panamá de abastos peruanos, ve ampliar cada año su variedad y volumen de transacción. La plata limeña financia los productos europeos, junto a exquisitas sedas y porcelanas de China, damascos de oriente, marfiles y lacas llegadas de Acapulco para delicia de las damas limeñas. Solo el Quinto Real se filtrará en metálico hacia Sevilla; el resto va quedando  como gasto corriente de productos venidos en los propios galeones que la plata se llevan, y que de la Feria saldrán ahítos de carga en ruta inversa hacia el mercado de Lima.                

En medio de este trasiego mercantil, la prospera ciudad de Panamá Vieja desarrolla un núcleo urbano de hermosos edificios de porte limeño. Se remodelan o levantan nuevas fachadas en Conventos, Iglesias, la misma catedral. Pero es una ciudad de paso, como su propia economía. Nadie trabaja la tierra, salvo algún peninsular que cultiva su huerto. Todas las verduras y hortalizas llegan del Perú con precios desorbitados. Abundan los fondos perlíferos, y no pocos panameños tienen negocios de pesca y venta de perlas, sostenidos por buceadores negros, herederos de aquellos otros tritones indios que mostraron su pericia a los pioneros blancos de Pedrarias. Saben comerciar ventajosamente los metales extraídos en las minas de su gobernación. Fuera del tiempo de flotas, las naves panameñas llevan al Perú bozales africanos de la Casa de los Genoveses, el mercado de esclavos donde lustran sus cuerpos con aceite de coco, cual femeniles botinas que vender. Las mismas naves que del Callao traen, además de las siempre escasas verduras, frutos, harinas, vinos, azúcar, sebo, jabón, cordobanes, aceite, y de Guayaquil cacao y cascarilla. Desde Portobelo suben en todo tiempo recuas o bongos con tasajo, puercos, aves, tabaco elaborado, productos todos antillanos o cartageneros para consumo propio, cuyo excedente se cabota a otros puertos del Mar del Sur. Salen hacia Nueva España naves con brea, alquitrán, jarcia o perlas, en el ordinario tráfico de un caladero siempre concurrido de urcas, galeoncetes y pataches. Panamá aporta al comercio sus cientos de muleros suburbiales negros de Malambo, y con ellos, indios y mestizos del barrio Pierdevidas, que con sus reatas vienen y van entre ambas costas, ya sea en época de flotas o fuera de ella. La Audiencia (1618) se verá obligada a regular por decreto los desorbitados precios que los muleros, los bogas de la bahía y los proeles de los bongos del Chagres, imponen a los feriantes que requieren su servicio. Tan abusivos o más que los alquileres de dormitorios o pernoctas aptos para las ferias.Panamá  y Portobelo, puntos de encuentro de mercaderes de dos mundos durante cuarenta días de ensoñaciones mercantiles, reciben en sus Aduanas los pagos de almojarifazgos, alcabalas o arbitrios de toda mercancía que por mar llega o sale. Pero a pesar de las utilidades del comercio, son solo las bocas de un desfiladero angosto, por donde se encajona el copioso Situado Real para la subsistencia de tropas, auditores y gobernanza del propio Virreinato. La producción local de sus hatos, placeres perlíferos, minas, plantaciones, tratantes, mercaderes, transportistas, derechos de amarre o embarque y demás actividades, eran exiguos para mantener la Gobernación de Panamá. Y no conseguida su autonomía financiera, no habría futuro para ella; su relumbrón ciudadano se vería opacado más pronto que tarde. Otra nueva Roma Imperial del comercio, que auguraba días contados sin precisar pitonisa alguna que lo revelase.

 
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Contexto Histórico de Panamá – I

Figura 1: Escudo-Estandarte de Panamá

Colón había sido desposeído de toda exclusividad sobre las tierras que descubriere, concedida por los Reyes Católicos mediante las Capitulaciones de Santa Fe. Sometido el Almirante a Juicio de Residencia (1498) a causa de las irregularidades acaecidas en La Española bajo su autoridad, el escribano trianero Rodrigo de Bastidas aprovecha el proceso colombino para solicitar de la Corona la exploración y poblamiento de la costa atlántica de la Tierra Firme que al genovés correspondía. Merced que le es concedida con el título de Adelantado, lo que equivalía a ser nombrado Gobernador General in péctore, con supremas atribuciones políticas, jurídicas y militares de las tierras a descubrir y someter. Promociona Bastidas a sus expensas en compañía del cosmógrafo Juan de la Cosa, una expedición en la que entre sus gentes de guerra, iba el joven hidalgo Vasco Núñez de Balboa, destinado a continuar  parte de la exploración del Istmo. Muere Bastidas de regreso a Cuba, para repotenciar sus maltrechas naves, y su empresa de Tierra Firme, acotada por Fernando el Católico entre los cabos de La VelaGracias a Dios, queda en suspenso. Por nuevas capitulaciones con la Corona (1508), Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda lograrán repartirse el legado de Bastidas y ser nombrados gobernadores de la Tierra Firme,  partida ahora en dos por el río Atrato: Castilla del Oro a su septentrión asignada a Nicuesa, y Nueva Andalucía al meridión, gobernada por Ojeda. La difícil e imprecisa delimitación de la frontera común con los medios geográficos al uso, iba a generar violencia entre las huestes de ambos gobernadores. Nicuesa penetra el Darién pero su expedición es diezmada por las saetas de hierba de los indígenas; prontamente funda  Nombre de Dios, una fortalecilla para repararse de los indios flecheros(1510). Ciudad que iba a centralizar ese siglo el comercio atlántico del istmo, aunque su difícil defensa y sospechosa proximidad a ciénagas insanas acabaría por causar su  abandono hacia fines de centuria.

Meses después de su partida, zarpa de Santo Domingo en apoyo de Ojeda su socio el bachiller y geógrafo Martín Fernández de Enciso, y con él regresa Núñez de Balboa, fiel acompañante de Bastidas y buen conocedor de su costa atlántica. Tras ganarse la confianza del Bachiller, funda Santa María de la Antigua (1510), primera ciudad continental de América para algún cronista, de la que es nombrado regidor. Su fundación, lejos de indios flecheros, cae sin embargo más allá del río Atrato, y por tanto en predios de Castilla del Oro, tierra pobre de alimentos y riquísima en oro, al decir del historiador López de Gómara. Ello va a enfrentarle a Diego de Nicuesa, que acabará vencido e injustamente abandonado en altamar. Con sus pocos leales, sobre un viejo cascarón rumbo a Cuba, desaparece en el mar.

Núñez de Balboa, ahora como Alcalde Mayor de la nueva ciudad del Darién, va a centralizar su propia campaña como Gobernador General de facto desde Santa María de la Antigua. Tomada una princesa indígena  como si mujer legítima fuera, su entorno caciquil le informa de la existencia de un mar al poniente. Emprende la ruta del oeste, atraviesa el istmo y descubre el Océano Pacífico, que llama Mar del Sur. Metido en sus aguas hasta la cintura, tomará posesión del piélago en nombre de su Católica Majestad, que le nombrará Adelantado del Mar del Sur (Almirante).

Las disensiones habidas entre españoles de la región, y la muerte de Nicuesa, motivan la llegada de Pedro Arias Dávila, nuevo Gobernador de jure para Castilla del Oro. Se trata de un veterano militar curtido en conflictos  europeos. Trae una flota de 17 galeones y 1500 hombres de campo, guerra y oficios, además de semillas y animales para aclimatar. Con él llegan al Darién Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa, Fernández de Oviedo, Tello de Guzmán y allí se topa con veteranos como Francisco Pizarro, hombres que habían de ser claves en la conquista del Perú. Ante la necesidad de focalizar el poblamiento y conquista de la costa occidental, Pedrarias ordena fundar al licenciado y primer Alcalde Mayor Gaspar de Espinosa, la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá (en referencia al santoral del día en que se funda, y a la abundancia de peces del lugar en habla indígena) sobre un asentamiento de indios pescadores (1519). Tello de Guzmán, habíalo avistado con anterioridad (1515), recalcando desde este primer hallazgo la bondad del sitio para poblar. Es la primera ciudad castellana en el Pacífico y  dos años despuésun joven Carlos V, futuro Emperador de Europa, le confiriere  Escudo de Armas. Más tarde Felipe II le agregaría la divisa de Muy Noble y Muy Leal que habría de jalonar en adelante su blasón histórico (1581). Castilla del Oro, expandida pronto por conquista hasta el río Belén con el nombre de Veragua (Veraguas a partir de 1739), iba a encontrar su capitalidad en la ciudad de Panamá planificada por Pedrarias como futuro núcleo de la exploración de la costa oeste del istmo. A ello iban a colaborar los grupos familiares que paulatinamente iban despoblando Santa María de la Antigua con servidores, animales y enseres, compelidos por Pedrarias para abandonar la insania del lugar. En pocos años el asentamiento atlántico fundado por Balboa quedaría vacío, anonadado por la selva (1524).

Figura 2: Las primeras fundaciones del istmo

El Perico, surgidero de los navíos de aquella Panamá Vieja, acusaba mareas de bajamares pronunciadas con playotes en seco y pleamares potentes. Se situaba al abrigo de varias islas (Perico, Flamencos, Naos) a unas 5 ó 6 millas (9 km /10 km) de distancia del muelle ciudadano para botes portuarios. Su fondeadero presentaba el inconveniente de ser poco profundo y hallarse expuesto a las contingencias de las altas mareas y los tumbos del mar, siendo esta la causa de que se perdieran muchos navíos, agravado por una sedimentación espontánea de sus fondos por corrientes costeras, tempranamente observada. De aquel surgidero iban a partir las primeras exploraciones de la costa pacífica, punto de embarque para la conquista del Perú. Hombres llegados de La Española y atraídos por la costa meridional del continente primero, hacia la occidental después, buscando contra natura e indios flecheros las cumbres divisorias de las aguas, para ver lo que el otro lado de las montañas les brindaba. Hasta que vislumbraron el horizonte de un nuevo mar a cuya orilla habría de nacer la Ciudad de Panamá, la Roma del Pacífico, como sería tildada en su pleno esplendor, cumplido ya el primer siglo de su azarosa vida. Pronto iba a surgir un  Camino Real, tránsito de hombres, monturas y reatas de mulos, para unir la capital de la Gobernación con Nombre de Dios, bifurcado más tarde por otra vía mixta, mitad seca mitad húmeda, montaraz y fluvial. El llamado Camino de Cruces, que incorporaba su tránsito carretil a los bongos y chatas del río Chagres cuando navegable, y lo seguía hasta su desembocadura atlántica.

Gestada en Castilla del Oro la expedición de conquista del Imperio Inca, verá Panamá partir a Pizarro con tres naves y 180 hombres hacia Túmbez (1531); seguido unos meses más tarde por Almagro con otros 120 hombres y dos naves más. En su Iglesia del Convento de la Merced, todavía de madera, han compartido previamente eucaristía el presbítero oficiante Hernando de Luque, el capitán extremeño Pizarro y el hacendado castellano Almagro, el tripartito factor de la empresa, que como profundos creyentes hijos de la época que les toca vivir, sellan con ella un solemne pacto en tanto que ruegan a Dios ilumine su empresa. A partir de estas expediciones de conquista, Panamá Vieja, iba a experimentar un auge continuado que habría de durar hasta su destrucción en 1667, en contraste con la propia Veragua constituida en reservorio territorial de Pizarro, y vaciada de sus gentes succionadas por la empresa peruana. Su puerto del Perico recibe las naves  que  el conquistador envía de vez en cuando en demanda de más hombres y pertrechos. Naves que junto a otras más, llegan al puerto del Callao algunos meses más tarde con nuevos brazos y vituallas para proseguir la guerra contra el Inca. Pero también llegan los primeros réditos de la conquista, enviados para pagar las deudas contraídas y los gastos de la campaña bélica. Arribó a puerto un navío lastrado y cargado de oro y plata, sin traer ni poder traer más otra cosa, siendo su capacidad 50 toneladas (toneles castellanos), testificaba el alcalde Espinosa en carta al Emperador (1533). Y el consiguiente efecto llamada que esta realidad crea, se torna invencible: Los vecinos han dejado la granjería de las minas y los oficiales mecánicos sus oficios… Al Perú se han llevado la más de la gente que había en esta tierra, así de  vecinos como de moradores, que son los que mucha falta hacen… pero también lleváronse los moradores muchos indios y negros, de tal modo que dejaron esta tierra muy escasa de toda gente, testimoniará a su vez el gobernador Francisco de Barrionuevo ese mismo año, para concluir alarmado: Todos están alterados para irse… yo no les dejo ir porque no dejen la tierra despoblada… En este pueblo de Panamá hay (quedan) treinta y dos vecinos y en ellos no hay (quedan) 500 indios delante de la tierra…en Natá hay (quedan) dieciocho o veinte vecinos  y muy pocos indios…en Acla, donde hay (quedan) otros tantos vecinos y muy escasos indios, todos están alterados… Era la dura realidad que afrontaba el istmo. Una primitiva fiebre del oro, de las que el Nuevo Continente iba a brindarnos históricamente varias.

Figura 3: Algunos protagonistas del drama.              

     La llegada del pago limeño contra los haberes tomados a crédito, en sonante plata peruana, produce pasmo en Castilla del Oro. Muchos se deciden a migrar a hacia las ubérrimas tierras del sur, en tanto que otros eligen quedarse para intermediar desde  Panamá un flujo de manufacturas que desde la metrópoli se condensa poco a poco sobre el istmo. Son estos gente muy política, todos españoles y gran parte de ellos originarios de la ciudad de Sevilla; es gente de mucho entendimiento, su oficio es tratar y contratar… excepto quince o veinte vecinos que cultivan los campos y viven de ganados y haciendas que ellos mismos tienen… son las mismas gentes que motejarán como Triana al barrio ferial de Portobelo. Pero junto a este núcleo peninsular, se instalan banqueros genoveses y negreros lusos que la travisten de factoría veneciana, una suerte de parador caminero de trashumantes mercantiles en cualquier cañada de cualquier mesta. La mayoría de gentes panameñas de la época eran tratantes que permanecían solo el tiempo preciso para hacer bolsa y migrar a otros lares, sin aportar arraigo ciudadano alguno. Idos unos, vuelven otros, y pocos o ninguno miran por el bien público. Va fraguándose así la vena comercial de  mercancías, pagos e  impuestos, un cordón umbilical que liga el Puerto del Callao, Panamá, Nombre de Dios y Sevilla.  Los peligros del Caribe infestado de piratas, obligará a reglar la periodicidad y custodia de las flotas que deben transportar la mercadería contratada y sus pagos e impuestos en tránsito por aquella tierra y aquellas aguas. De Panamá saldrá en adelante hacia el Perú, remontando corrientes marinas y sures adversos, el llamado Galeón de Panamá, nominado más tarde Flota del Sur por el número de velas que llegaría a englobar su cortejo náutico, cargados sus vientres de productos novohispanos, peninsulares o antillanos que el mercado sureño demanda. Tornará al año siguiente ahíto de harinas, azúcar,  jabón, aceitunas, alpargatas, trenzados, jarcias, garbanzos y vinos, que junto al Quinto Real de Chile y el Perú que sigue viaje a Sevilla,arriba al Pericoal tiempo de montar la feria. Con la llegada del ahora llamado por su procedencia Galeón del Callao, concurren hacia Panamá comerciantes de Nicaragua, Guatemala y Acapulco, así como de Quito, Guayaquil, Lima, Cuzco, Piura, incluso del lejano Santiago de Chile, que ajustan  precios y transacciones a pagar con monedas o lingotes de plata y oro. Mas tarde los banqueros acabarán imponiendo su juego de pagarés, giros o empréstitos, papel moneda que va a penetrar irreversiblemente en el mercado atlántico..

En connivencia de calendario con el Galeón del Callao o Panamá,  llega desde Cartagena de Indias la Flota de Tierra Firme a Nombre de Diosprimero, Portobelo después, en su derrota anual a Sevilla. Esa misma flota que en agosto del año siguiente zarpará del Guadalquivir repleta de productos europeos hacia el Perú, para arribar al Caribe y al istmo en época propicia, a tiempo de nutrir sus afamadas ferias. Una infraestructura laboral de mano de obra libre posibilita el montaje y desarrollo de las ferias del istmo. En Panamá los bogueros negros del puerto que faenan los fardos de estiba desde el espigón del muelle hasta las naos del Perico, cobran jugosas mordidas por su transporte. Intervendrá al fin la Corona para regular tarifas y evitar el costo abusivo del servicio de botes de la bahía, de los bongos del Chagres o de las reatas del camino, mayores cada nueva feria.  Además de los bultos de mercaderías, la Flota del Sur regresaba al Perú cargada de maderas y cueros curtidos, y gran número de negros bozales que sus comerciantes adquirían de los tratantes portugueses en el mercado local, donde tenían el negocio exclusivo de los negros esclavos. En Ciudad de Panamá, el mercado de esclavos lucía sus africanos, oportunamente aseados y lustrosos, en tarimas realzadas, ofertados a gritos en pública subasta.

En 1539 se crea la Real Audiencia de Panamá, presidida por el Gobernador, anexo a cuyo cargo le acompaña el de General del Nuevo Reino de Tierra Firme, que va a ejercer bajo el titulo globalizado de Presidente de Panamá. La ciudad se ha convertido ya en estación obligada del comercio español entre ambas costas del istmo. Lima, capital del Virreinato del Perú, que ha sido fundada cinco años antes, cuenta con  una oligarquía en aumento que empieza a demandar toda serie de productos, desde modas y perfumes, hasta fierros y vino. Una sociedad de aluvión donde se mezclan viejas estirpes de prosapias castellana e indígena, con otras encumbradas por las armas o la fortuna, que lucen por común denominador la ostentación. Antaño miserables, envuelven hoy sus presuntas carencias vergonzantes con un capote de irritante supremacía impostada. Y paga los selectos productos que demanda mediante contante plata, en lingotes de sus minas al principio, en sonante moneda de su ceca después. Sus poderosos comerciantes acabarían controlando el mercado que fluye desde Sevilla hacia su puerto de El Callao, pasando raudo por el istmo como si de un rápido entre peñascos se tratase. Panamá embarca hacia el Perú las mercancías de última hora, apura  las carencias improvisadas, a punto ya de soltar amarras las naves del Callao. Colmata el comercio del capricho, la galantería, el olvido y la dádiva, o el obligado compromiso, apresurado, atractivo y caro, muy caro. Negocio selectivo de fino olfato y oportunismo comercial, que husmea el tempo sicológico para lucrar indefectiblemente su bolsa.

 
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Contexto Histórico de Portobelo – III

La Armada de Tierra Firme acomodaba la plata en cajones reglados, que mediante carretones, rodaban a bordo sus hombres sobre planchadas, para ser entibados en los panzudos vientres de los cagafuegos de escolta. A su vez, los factores y encomendados limeños embalaban en fardos definidos la mercadería adquirida, que remitían en urcas y bergantines hasta la aduana de boca del Chagres, con barcazas y bongos de remo río arriba hasta la aduana de Venta de Cruces, siguiendo finalmente en carreta o reatas por el Camino de CruceshastaPanamá; o en las propias mulas que retornaban a su base panameña por el Camino  Realpara alcanzarlatras otros doce días de marcha. Y de nuevo el embarque, la estiba y la mar. Desde Panamá, la Flota del Mar del Sur regresaba a su base del Callao desgranando galeones de paso en los puertos del Pacífico ¡Sobrecoge el ánimo considerar el largo camino que habían de recorrer las delicadas obras de arte peninsular para alcanzar incólumes su destino virreinal! Pero llegaron en mayoría, y a él quedaron ancladas en el tiempo y la oralidad. Muchos fueron los pueblos costaneros que en épocas diferentes rescataron de sus playas imágenes sacras que juzgaron milagrosas y entronaron emocionados entre humildes retablos. Se cuentan por centenares las tradiciones y leyendas que nos hablan de tallas halladas sobre las aguas o entre los juncos ribereños. Y la América creyente, reserva esperanzada de la cultura occidental, sabrá conservarlas como las preciadas joyas que son.

Terminada la feria en Portobelo, los navíos de Barlovento se hacen de nuevo a la vela, se desmontan los puestos callejeros y despueblan feriales y plazas. La ciudad queda vacía, con no más de 50 lugareños pardos o negros que permanecen en ella el resto del año, dedicados en mayoría a la tala de árboles del entorno boscoso. Solo los obligados por un sueldo militar o civil, las monjas mercedarias, los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios y el cura Vicario permanecen, ausentándose no solo las personas de distinción, mas también las de las castas, pues en saliendo… dejan aquel país y se retiran a Panamá, o a otra población de las que comprehenden aquellas provincias, donde vivirán de las rentas habidas del astronómico alquiler ferial de sus galpones, hospedajes y pulperías. Ciento cincuenta soldados quedan en sus fuertes para mantener operativas las defensas de la bahía, que al cabo de un año habrían de guarecer de nuevo feria y flota.

Figura 11: Derrota anual de La Flota de Barlovento de regreso a Sevilla

Su puerto ha quedado convertido en hito de la ruta transoceánica de la Flota de Indias. De allí parten los galeones de la Flota de Barlovento (base Cartagena)  que rumbo a España se reúne cada año en La Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz) para navegar en conserva bajo el genérico Flota de Indias hasta Sevilla , custodiada en sus singladuras atlánticas por los cagafuegos de la Armada del Mar Océano. Pero  Portobelo era un enclave difícil de mantener. La mala disposición del terreno y la situación de sus defensas de espaldas a los cerros de su bocana, les hacía perfectamente visibles y vulnerables al fuego enemigo, que podía aproximar sin dificultad sus cañones hasta cerca del objetivo para batirlos. El ambiente húmedo y bochornoso del área, pudría rápidamente la madera de las cureñas de cañón, descuidadas por una milicia poco disciplinada y ajena al curado de maderas, que todo hombre de mar sabe alquitranar para curarla de la intemperie. Con el agravante de ser Portobelo un surgidero de maderas para carenado, reparación de navíos o construcción de viviendas. Por otra parte, la incidencia de enfermedades en las guarniciones de Portobelo era particularmente alta, pese a estar dotadas mayoritariamente por negros, mulatos y pardos de Panamá, etnias históricamente reconocidas como muy resistentes a los males del trópico. Sin embargo, estas milicias que mensualmente eran sustituidas por otras nuevas, enfermaban y quedaban pronto diezmadas para el servicio de armas, mostrando una  debilidad reflejada en la temprana palidez de rostro que adquiría su morenez. Este fenómeno contrastaba con la perfecta adaptación de toda la gama de lugareños pardos  aclimatados, tolerantes de su climatología y sanamente activos en ella. La reincidente situación hacía temer el complicado acomodo al insano temperamento local de soldados de otras procedencias, dado el escaso tiempo de su permanencia para aclimatarse en él. Pero la guarnición no podía dotarse a base de naturales de la plaza, por ser pocos los jóvenes residentes de Portobelo. Aunque se prolongaron las estadías militares, la insalubridad del clima iba a matizar en adelante la vida del enclave llegado a conocer con el sobrenombre de Sepultura de Españoles, y que por real mandato limitaba la estadía personal en él a un máximo de 40 días, que vino a marcar  la duración de sus ferias. Tal era la fama de insania del lugar entre los extranjeros, que veían con asombro cómo las propias mujeres nativas con cinco meses de embarazo,  se marchaban fuera de los estigmas locales  para dar a luz en Panamá. Toda una suerte de patrañas anatematizaban la insalubridad del puerto: las gallinas traídas se esterilizaban pronto y dejaban de poner huevos, las vacas enflaquecían y su carne se tornaba correosa e incomible, los caballos y burros no tenían crías… un rosario interminable de calamidades virtuales que la ciencia no lograba acallar, ni los médicos de Cartagena de Indias llegados al efecto. Sin duda los cerros que circundaban la bahía impedían la ventilación y atemperado del lugar, que alcanzaba elevadas temperaturas y humedades saturadas durante la estación lluviosa, con la consiguiente sudoración y desfallecimiento de advenedizos. Los ingleses nunca olvidarían que en aquella bahía había muerto Francis Drake de disentería (1587) junto a otros muchos compatriotas cuyos restos yacían por aquel derredor. Era creencia generalizada entre los pobladores del istmo, que si Portobelo caía en manos inglesas, las enfermedades que diezmaban sus gentes, pronto les disuadirían de mantenerla ocupada Solo las colonias de caimanes, sapos, pericos ligeros y tigres que proliferaban por doquier, encontraban allí estable acomodo, trasgrediendo sin pauta los contornos de aquella urbe proscrita, acosada por la jungla y su fauna. Vade retro, se maliciaban las esposas del funcionariado real con posible destino a sus dependencias. Era por ello que ser soltero era uno de los principales requisitos para acceder a ellas.

     Figura 12: El Castillo de Chagres. Desembocadura del Río

Unas millas al norte siguiendo la costa atlántica, el fuerte de Chagres era el bastión protector de la embocadura del río y la mitad navegable del Camino de Cruces. Encaramado en un escarpe costero, dominaba con sus bocas de fuego el fondeadero de las naves mayores y el abra de la vena fluvial. Por ella accedían a la Venta de Cruces los bongos y chatas con sus fardos peruanos, remontando corrientes en principio a la boga, para concluir a la pértiga o  la sirga, especialmente cuando las lluvias desmadraban su cauce. Un transporte de 100 km contra corriente que recorríanlo los bongos en dos o tres semanas, en tanto que descendiéndolo a favor de corriente, podían tardar 3 ó 4 días con el río crecido, triplicándose el tiempo en época seca. En cuanto al estado de cureñas, cañones y municiones, la situación de este fuerte no difería gran cosa de Portobelo, pero su posición estratégica era notablemente mejor y su milicia de etnia mestiza, mulata o parda, notoriamente más sana. Sin duda los 400 vecinos del rancherío de San Lorenzo de Chagres, apoyo urbano próximo del fuerte, nutrían eficazmente con jóvenes lugareños sanos, la demanda de 86 hombres de armas que precisaba su fortaleza cuyo temperamento poco o nada difería de sus homólogos del istmo.

En un Mar Caribe infestado de piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, Portobelo zumbaba en los oídos forbantes como un gong vibrante de plata en lingotes, mientras su perfil portuario parpadeaba en la córnea de sus catalejos. Pero el hermetismo e incertidumbre de las noticias, fechas y derrotas de su arribo y partida mantenido por el régimen de flotas, hizoles marrar con frecuencia la captura del tesoro de sus galeones. Cuando avistaban su bahía, estaba ya vacía de mástiles, o tiempo ha que la Flota del Tesoro habíase diluido en el horizonte. Fue atacada su ruta de navegación en numerosas veces por perros del mar, y en menor número de veces su puerto, ante el respeto que sus defensas imponían ante cualquier flotilla no bien dotada. En el marco de la nueva guerra tribal hispano-británica, William Parker, que había salido de Plymouth (1600) con 200 hombres de guerra, tres barcos y dos lanchones de vela y remo, y una innegable astucia, se atrevió a desafiarlas. Rebotado de la perlífera Isla Margarita por todos cuantos barcos pudo la isla reunir, captura un barco negrero portugués con rumbo de cruce a la altura del Cabo de la Vela. Prosigue derrota hacia la abandonada Nombre de Dios, donde fondea y contrata negros cimarrones de guías. Ha leído las recién publicadas Memorias de Drake y amparado en la oscuridad nocturna, desliza a remo sus lanchones hasta la bahía de Portobelo, mientras sitúa el barco capturado como cebo frente a su bocana. La nave portuguesa captaría la atención y enfilado de cañones  del inacabado Todofierro con la llegada de la aurora.

En plena noche Parker había desembarcado la mitad de su hueste frente al Cascajal, enviando lanchones con la otra mitad hacia el oeste de la plaza, en una operación tenaza que completan los desembarcados hacia el barrio de Triana. Allí podrían ser capturadas los notables para hacer caja de rescate. Cogidos entre dos fuegos desde el amanecer, el gobernador y sesenta hombres se defienden del acoso en la Aduana-Gobernación, fuera del alcance de las bombardas provisionales del inacabado fuerte Santiago La Gloria. Al caer el día, el gobernador Pedro Meléndez  acabará por rendirse junto a media docena de defensores, encerrados todos en la Aduana junto a los demás rehenes copados. Despojada la Gobernación de sus haberes y soldadas, son conminados los rehenes a pagar rescate, a la par que incendian las barracas y casas de Triana para forzar voluntades. Retirados sus muertos y heridos, y dejados en libertad los presos, con la nueva oscuridad nocturna abandonan los lanchones de Parker aquellas aguas, tan silenciosamente como entraron. Han logrado un botín de 10.000 ducados de plata y el robo de dos pataches que a remolque se llevan a su base de Nombre de Dios. Ante la posible amenaza de una súbita presencia de la Flota de Tierra Firme, los nocturnos asaltantes dejan prestos aquel litoral rumbo a Plymouth, tras un provechoso raid que ha durado poco más de medio año. William Parker moriría en Java siendo vicealmirante de una Royal Navyen vías de superación propia (1615).

               Figura 13: El porte medieval del Castillo San Felipe Todofierro

Tras la toma de Jamaica por los ingleses (1655), la Corona Española no había reconocido como tal la nueva posesión británica que habíase convertido en un avispero de piratas de toda laya, con la aquiescencia de sus gobernadores, partícipes obligados de todos los botines que aquellos hubieren. Henry Morgan, aventurero galés residente acogido a comisión por el gobernador de la isla, zarpa de Port Royal con una flota de 9 barcos y 460 forbantes rumbo a Portobelo(1667). En su ánimo, ya convertido en verdadero ritornelo de todo pirata que se precie, bulle la captura del Tesoro que pasa cada año por aquel puerto camino de Sevilla. España se halla en tregua con Inglaterra, pero para los perros del mar la paz sellada no representa obstáculo alguno para sus fechorías: la bandera de sus barcos es en todo caso la que interese para la cucaña o el mutis del momento. La portuguesa puede ser ahora la elegida mientras su corona siga unida a la española. Fondeando las naves al resguardo de una caleta cercana, y tras dejarlas camufladas bajo la copiosa vegetación litoral, desembarcará su gente en lanchones a 5 km del puerto, para emprender desde allí una cautelosa marcha hacia el objetivo. Con las primeras luces del alba asoma la hueste a espaldas del desprevenido castillo de La Gloria, cuyos muros desbordan con escalas porteadas a lomos de esclavo. Pronto saltarán por los aires con toda su guarnición dentro. Tras este primer embate, la marea humana se dirige sobre el fuerte de San Jerónimo, que defiende con fusilería sus muros. Pero los forajidos escalan sus parapetos cobijados tras aterrorizadas monjas, ancianos y frailes convertidos en escudo humano, que avanzan, daga en ijada y lamentos desgarrados, hacia el mortal fuego amigo de los defensores. Tras aquellas trémulas rodelas humanas, van los asaltantes abatiendo al atardecer los últimos defensores,  que como grímpolas sangrientas acabarán colgados y expuestos  para escarnio público sobre los muros del fuerte. Y más alta que toda entena, batiendo al viento la roja y sarcástica enseña del bloody Henry. San Felipe de Todoferro sería tomado al amanecer del día siguiente, no sin antes estragar a los atacantes que van cayendo  bajo el fuego de sus mosquetes. Acabadas las municiones, los sobrevivientes heridos o no, se batirían a espada y lanza hasta el fin con la furia de las ratas acorraladas. No caben la rendición ni el pacto: saben la muerte que les espera. Muerte inexorable que se cumple sin dilación con la horca o el degüello, según van siendo reducidos los últimos defensores. Sus despojos  serán mostrados sobre los muros del fuerte como nuevos trofeos de una jornada cinegética cualquiera.

Con un ego enloquecido por la victoria y el ron, aquella atávica caterva de homínidos aullantes y ebrios, se lanza al saqueo, las torturas y las violaciones. Pero Portobelo no ha recibido todavía remesa alguna de pelucones o lingotes áureos, y el torniquete torturador de los sicarios desgarra durante quince apocalípticos días unas gargantas que nada saben de tesoros virtuales: una verdadera vaharada ardiente salida de las cuevas del averno.El Gobernador Agustín de Bracamonte acude desde Panamá en defensa de la plaza atlántica, pero es rechazado por la hueste pirata, escaqueada en espera del contraataque panameño. Conmina el Gobernador a los piratas para que abandonen la plaza, pero solamente lo conseguirá tras pagar un rescate de 100.000 pelucones de plata. Como sello de capitulación, Morgan envía al gobernador su hermosa pistola y sus balas, advirtiéndole que antes de un año pasará a recogerlas. Bracamonte responde al reto agradeciéndole su presente con una sortija de oro, pero aconsejándole que no lo haga porque la plaza no la hallará en el estado que esta vez la halló. Intercambio cínico, más de medieval torneo galante sacado del Romancero que de salvaje engarre a muerte entre hienas, que a los súbditos de su Católica Majestadhabíales tocado aquellos días dramáticamente vivir. No un año, pero sí tres más tarde, la misma hiena con distinto Gobernador iba a repetir en Panamá con enloquecido desenfreno análogas jornadas de tortura y sangre. Tras ellas, iba a quedar la Roma del Pacífico aniquilada por las llamas.

Los fracasos habidos en la defensa del enclave costero, llegan a crear una atmósfera enrarecida entre la Corona y el Presidente de Panamá. En tiempos de Carlos II (1680) se decide trasladar la ciudad de Portobelo y amurallarla con baluartes en lugar más elevado y saludable. No es la primera vez, ni será la última, que en distintos sitios y con distintos nombres va a ponerse sobre la mesa un cambio y mejora del estatus fijo de la plaza. Debe mejorar y evolucionar sus defensas de acuerdo a las técnicas bélicas vigentes. Ordena el rey demoler el castillo de Santiago, sacar un muelle de atraque en Trianay levantar el fuerte abaluartado de San Cristóbal entre el río Cascajaly el barrio negro de Guinea. Pero la demolición del Santiago no se llevará a cabo, y apenas se completarán en fajina y tierra, dos de los seis baluartes diseñados para el fuerte de San Cristóbal. Nuevamente ha de abandonarse el proyecto de mejora y demolición de las fortificaciones de Portobelo. La mortandad en las filas de la mano de obra es abrumadora, y pese a la elevada cuantía de los salarios convenidos, cunde el pánico en la negritud trabajadora. Los supervivientes desertan en masa y huyen a la jungla como perseguidos por mandinga. El proyecto de renovación es ralentizado en el tiempo y las inversiones.

Las Coronas de España y Portugal se separan en 1668 y las inmensas costas del Brasil proporcionan nuevos campos de acción a piratas, traficantes y bucaneros. Aprovechando el ocasional desvío de la atención hispano-caribeña hacia el meridión, la presión pirática habíase exacerbado en el marginal mundo de los perros del mar. En este escenario, La Hermandad de la Costa aglutinaba bajo el mando de John Coxon a otros significados cofrades como Cornelius Essex, Bartholomew Sharp, John Cooke y Robert Allison, en una empresa filibustera que proyectaba un meditado asalto a la Flota del Tesoro, nombre dado en el argot portuario del lumpen caribeño a la Carrera de  Indias. El ataque se produciría durante la preparación de la feria de Portobelo, cuando todavía no habían arribado los panzudos y poderosos  galeones de la plata, que habían de engullir el precioso metal. Conocedores del retraso acumulado por la Flota de Barlovento a causa de recientes temporales, la comitiva pirata desembarca a 30 millas de la ciudad, y cubre el duro trayecto de manigua en cuatro días. El sorpresivo asalto con estruendo de gritos y disparos desde la tierra interior tiene éxito, y la turba pirata saquea una sorprendida ciudad y su Aduana, que acopiaba las sacas de moneda según llegaban las mulas por el Camino Real. El tesoro capturado se cifró en 100 pelucones de plata por cabeza (unos 24.000 reales de a ocho en total), y con él escaparon a Jamaica antes de que llegaran los galeones de Cartagena que habían de estibarlo. Temporalmente se refugian en la isla británica, pero presionados por su nuevo vicegobernador Sir Henry Morgan, parece que debieron escabullirse  a las islas de Pinos (1679). Pronto sería destituido de tal gobernación quien había dedicado largos años a idénticos y execrables menesteres, esta vez por perseguir con exceso de celo a quienes ahora ejercíanlos a su imagen y semejanza. Bloody Henry pasó en adelante a vivir en Jamaica de sus crecidas rentas, cual correspondía al reposo del guerrero tras su merecido reconocimiento como Sir, ganado honradamente al servicio de S.M. Británica… Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras, nos dejó dicho cierto orate manchego pese a no haber estado nunca en la Inglaterra de aquellos días…

La frecuente tensión entre las potencias europeas del momento, se manifestaba en sus relaciones de vecindad en las propias costas caribeñas. Inglaterra, escudándose en el comercio de la madera  que extraía en su concesión de Guatemala, amparaba el contrabando de sus barcos con toda costa hispana y materia que a ello se prestase. Y España castigaba a todo contrabandista capturado con la eliminación de una oreja en primera ocasión, la horca en segunda. Esta tensión, reflejada en el parlamento de Londres, había llevado al partido belicista a mostrar a sus señorías la oreja en formol de un Jenkins contrabandista, sorprendido in fraganti  por un guardacostas virreinal, en un burlesco lance hoy sobradamente conocido. Edward Vernon, almirante y parlamentario belicista, enarbolando retóricamente el Honor de Inglaterra,  consiguió vencer las reticencias del ministro Walpole, para declarar la llamada Guerra de la oreja de Jenkins (conocida también como Guerra del Asiento, entre 1739 y 48) contra la pérfida España, desaprensiva maceradora de los sacrosantos apéndices británicos. Unos meses después partía hacia Jamaica donde reuniría una tan poderosa escuadra como nunca antes vieran aquellas costas. En su alucinado catalejo, iban perfilándose en bélico calidoscopio las sucesivas siluetas de Portobelo, Chagres y Cartagena de Indias, eslabones atlánticos del recién creado Virreinato de Nueva Granada(1717).

Ya la tensión entre España e Inglaterra había alcanzado estado pre-bélico en 1729 cuando la armada inglesa del almirante Francis Hosier intentó bloquear Portobelo para evitar la salida de la Flota de Indias hacia España. Los dos años de bloqueo con más de 20 navíos de línea y 4500 hombres, se convirtieron en una auténtica pesadilla a causa de la altísima mortandad (90%) de sus hombres, y el consiguiente desastre económico que supuso esta aventura para las arcas inglesas. El propio Hosier moriría en aguas de Cartagena, tratando de bloquear la Flota de Barlovento, avistada en su Bahía Exterior. Pero también morirían apestados los dos subsiguientes almirantes de la flota británica que bloqueaba el mar caribeño, hasta que el Almirantazgo ordena repatriar a sus marinos. Una vez más, el trópico volvía a cobrarse su letal factura de europeos.  

Cuando Vernon zarpa de Port Royal haciaPortobelo(1739) durante este nuevo capítulo bélico, lleva una potencia de fuego de 380 cañones repartidos en seis navíos de línea, simulando cumplir su proclama en plena Cámara de los Comunes contra sus oponentes políticos, de conquistar  Portobelo, ciudad famosa y conocida en todo el mundo por ser puerto importante de la Flota de Indias, plaza defendida por más de 200 cañones…. Dadme seis navíos y tomaré Portobelo… Una vez que tengamos Portobelo y Cartagena de Indias, todo les será perdido (a los españoles)…  había dejado dicho ante sus señorías. Por si acaso, su flota transportaba a bordo más de 3.000 hombres, y al menos otros 100 barcos con sus dotaciones esperaban en Jamaica los acontecimientos en curso. Pero la realidad defensiva de Portobelo era muy otra: el almirante inglés sabía de su debilidad. Sus contrabandistas habían recalado mil veces en su bahía pretextando aguadas, enfermedad a bordo o averías múltiples. En realidad iba a enfrentarse a una defensa fija compuesta por tres ruinosos castillos, apenas rescatados tras el último asedio de Hosier, con cañones en mayoría inservibles servidos por no más de 150 soldados, y otra defensa móvil, compuesta por dos guardacostas y una balandra artillada surtos en la bahía. Solo por vanagloria ocultaba aquella realidad a fin de magnificar su hazaña ante su partido, Inglaterra y el mundo. Pero sabía también que la Armada de Tierra Firme, acantonada aquellos días de guerra en CartagenadeIndias, podía hacerse a la mar en cualquier momento del asedio, y ganarle la espalda por barlovento para cruzar su fuego sobre los barcos británicos con los otros fuegos de tierra; sin resguardo costero por el que escapar, podría tornarse aquella en trágica jornada. Los días de fuerza habían regresado al Caribe y la base cartagenera, pertrechada, aguardaba su tempo, en tanto que los refuerzos solicitados para los fuertes de Chagres y Portobelo, nunca llegarían a causa del bloqueo continuado de la armada inglesa.

A primeras horas del día de llegada, quedaba entablado el cañoneo entre las más de 300 bocas de fuego inglesas y los 32 cañones del Castillo de Todofierro, de los que tan solo 9 de ellos estaban operativos con cureñas aptas. Dos horas después el castillo estaba abatido, y muertos sus ocupantes. Cuando desembarcan los infantes de la Royal Navy para ocupar aquella ruina, había acudido a defenderla un refuerzo de once fusileros de los guardacostas, que ante la avalancha humana que les rodea, optan por rendirse. Eran días aciagos para una verdadera ciudad de frontera, cuyo ausente gobernador seguía en la Audiencia de Panamá un juicio de residencia por malversación de fondos. Su corta guarnición al mando del anciano vicegobernador, no hizo sino capitular con vilipendio. Esta fue la famosa Batalla de Portobelo que Vernon hizo cantar en Londres a sus corifeos, mientras se plasmaba su óleo en magníficos lienzos y lo graficaban en periódicos y panfletos, eterno mentidero de noticias. Una enardecida cuanto patriótica claque, entusiasmada por el whisky y el valor del invencible Almirante, recitaba panegíricos sin tasa a quien con extremo peligro de su vida había logrado humillar la soberbia española. Portobelo sex solum navibus espugnate proclamaba una de las muchas medallas conmemorativas de tan grandiosa gesta: ¡él sólo, con seis naves, contra el satánico mundo hispano!¡Válame el cielo!