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Contexto Histórico de Acapulco – III

Figura 5 b: El puente del Camino de la China sobre el río Papagayo

Durante el siglo XVI, aquel Mar del Sur, nombrado eufemísticamente en la siguiente centuria como Spanish Lake, era en efecto una suerte de Mare Nostrum español por incomparecencia de contrarios, que garantizaba en cambio jugosas informaciones a quienes lograran hacerse con el derrotero de cualquier nao hispana. La Casa de Contratación de Sevilla, celosa guardiana del acervo naval del Imperio, actualizaba anualmente el secretísimo Mapa Maestro del Padrón General, que desde 1527 convirtiose en modelo único para todos los pilotos hispanos, seccionado por latitudes y mares a navegar, según derrota prevista o piloto concreto. El mapa maestro de Juan López de Velasco, originalmente desglosado en doce cartogramas capaces de reflejar fielmente la totalidad del Imperio español y sus mares, iba a suponer empero el fin de la supremacía de las cartas españolas. A finales de siglo, hidrógrafos de todas las escuelas europeas, accederían a una copia confidencial hurtada en Sevilla, que sirvió de germen para imitar su método y extrapolar o graficar por analogía otros escenarios geográficos. A pesar de ello, la captura del derrotero y cartas náuticas de un galeón español, siguió siendo para cualquier corsario o perro del mar, tesoro tan preciado como su propia carga en pesos de plata. A más de uno de estos delincuentes, le salvó del patíbulo el hecho de ofrecer al Almirantazgo inglés un derrotero capturado a los pilotos ibéricos.

No solo era Acapulco el polo ferial y económico más importante del Pacífico hispano, sino su puerto estrella en la investigación oceánica y geográfica. Entre otros muchos intentos fallidos es famoso el de Francisco Galli, piloto mayor adscrito a la Capitanía de Manila, que parte en 1582 desde Acapulco en busca del legendario Estrecho de Anián, que le llevará hasta Macao; pero vuelve de Asia sin haber conseguido hallar la bocana del paso. Tal cosa quedaba sin duda para gloria de Vitus Bering, el danés al servicio del Imperio Ruso, que un par de siglos después hallaría, en días despejados de niebla, el estrecho que separa América de Asia y que se conoce hoy con su nombre. Pero eran muchas las patrañas que sobre este solapado fiordo se manejaban en los mentideros portuarios; y muchas también las intentonas que se sustanciaron en aquellos años desde Nueva España o desde Europa. Tempranamente Fernando el Católico, había albergado la idea de hallar un estrecho que diese continuidad al Atlántico hacia las islas Molucas: el paso que yo deseo encontréis… en palabras suyas, que fue pronta obsesión reflexiva de la carrera española hacia La Especiería. Legendarios navegantes como Vicente Yáñez Pinzón, Gaspar de Corte Real, Fernández Labrador, Díaz de Solís, Ponce de León, Hernando de Soto, Fernando de Magallanes y un largo etcétera ibérico, habían empleado sus saberes náuticos y exprimido los de su tiempo, para buscar  el preciado paso. Cuando al fin fue éste hallado, apareció en una altísima latitud sur, donde el océano embravecido, rugía anulando las voces dadas a bordo, mientras  témpanos gélidos topaban contra el casco, astillaban los bordos o machacaban las rodas, reforzadas pronto con pletinas de hierro por imperativo vital. Eran los llamados Aullantes Sesenta, cuyo mugido con rociones de espuma y agua helada, sobrecogía a todo marino que cruzaba aquel oscilante y equívoco piélago semoviente. Pequeños carámbanos sueltos, asperjados por el empuje oceánico de cualquier ola encrespada, eran precipitados sobre el bajel que hendía sus aguas cual víctima medrosa. Pero el Estrecho de Anián no aparecía por latitud Norte alguna, pese a ser intuida su posición hacia el septentrión atlántico. La Corona empezaba a plantearse la quimérica idea de construirlo. Primero en Panamá, más tarde en Nicaragua y Tehuantepec, donde el incombustible Hernán Cortés había encargado a su pariente Álvaro Saavedra Cerón que estudiase su viabilidad, mientras construía el camino real entre ambos mares. ¡Hernán Cortés en todas partes!: su laboriosidad e  iniciativa aún nos sorprenden hoy. Muchos años después, durante los estertores del Virreinato, las cortes de Madrid estudiarían todavía aquella apertura del canal visionada por el conquistador, con un llamamiento a los inversores europeos para acometerla (1814). Pero el mundo estaba entonces para recoger otros guantes; Ferdinand de Lesseps embajador francés en Madrid que lo recogió para aplicarlo en Panamá, llevó a su país a la quiebra.

El espíritu de exploración y conquista fue continuado por los sucesivos Virreyes de Nueva España, muchos de los cuales pasaban a ser  Virreyes del Perú tras su cese, perpetuando allí las directrices impulsadas por Carlos VFelipe II en el norte. De acuerdo con estas políticas, Juan de Fuca, piloto griego de la Armada virreinal, es encargado por el Virrey Luís de Velasco, de una nueva y ya obsesiva búsqueda del Estrecho de Anián, la mítica tierra nombrada por Marco Polo en su fabuloso libro de El Millón. Tras una primera expedición fallida por rebelión a bordo, emprenderá una segunda a cuyo regreso a Acapulco, proclama el éxito de su viaje. Con una carabela, una pinaza y un puñado de hombres, ha recorrido la costa pacífica de Oregón y hallado el estrecho buscado (que lleva hoy su nombre) en latitud 47ºN. Nadie le cree, pero el Virrey cumple con enviar su expediente a Sevilla, en cuya Casa de Contratación, mitad rigorismo procesal mitad desidia, dormiría el sueño de los justos. Fuca viajará a España en reclamo de sus derechos, pero hastiado ante tanta dilación y secretismo oficiales, regresará a su tierra cefalónica. Realmente el Estrecho de Anián descubierto por el piloto griego (paso entre Isla Vancouver y el continente), no era tal, ni facilitaba el paso de un océano al otro. Era un simple canal costero del propio Océano Pacífico, sacado de la escala geográfica correspondiente, como quedaría constatado por navegantes posteriores.

El inglés Thomas Cavendish (1586), rico heredero y connotado petimetre de la corte Tudor, enrumba al Pacífico por aquellos años con el placet de su reina. Viene a hostigar al Imperio Español, a la vez que ver de rehacer su magro erario. Supera el Estrecho de Magallanes con el sueño de regresar millonario a costa del Tesoro público hispano, desideratum icónico de las nuevas generaciones de la baja nobleza de un pequeño país inseguro y agresivo, cuyas perspectivas de medro eran entonces muy limitadas. Era una manera de hacer las Américas que los españoles de todo tiempo entendieron de otra forma. El regreso clamoroso de Drake a su base de Plymouth tras su rutilante vuelta al mundo, motiva al sindicato corsario de Isabel Tudor para financiar otra incursión depredadora por el Mar del Sur, que cuajaría cinco años más tarde. Thomas Cavendish como adalid, sale de ese puerto a la caza de la Nao de la Plata, que singla entre El Callao y Panamá. O del norteño Galeón de Manila, alternativa que cruza el Pacifico desde Acapulco al poniente, y aparece de regreso al norte de California, para virar luego al S.E y acceder a su destino y origen. Los infiltrados del sindicato saben que la Baja California no es una isla, sino una península constatada por el propio Drake en su viaje alrededor del mundo, ayudado por la cartografía hispana robada en naos esquilmadas. Cosa que la pura lógica lo presuponía de antaño, por tratarse de un periplo en  aguas nunca holladas por inglés alguno. Buscaba al parecer por aquellas latitudes el dudoso estrecho de Anián, por el que escapar para no ser copado por el enemigo, lo cual resulta creíble pese a las muchas fantasías narradas sobre el viaje. Por aquellas latitudes y época, pocas naves había para asaltar y rentabilizar su negocio de consumado ladrón de los mares, ya fuera por cuenta ajena o propia. Parece verosímil su actitud exploratoria en busca de Anián como posible vía de escape. Y no habiendo podido conseguirlo, dio la vela para las Indias orientales… dicen las crónicas de su tierra. Por todo ello deducíase que, no siendo la Baja California una isla, el galeón de Manila  debería tomar un rumbo S.SE con resguardo litoral por babor, siguiendo la Corriente de California hasta el cabo San Lucas. Allí es donde la flotilla inglesa podría atajar con ventaja el paso de su presa. Fiel a su plan, Cavendish dobla el meridión de América con sus tres naves y enrumba al N. para interceptar el Galeón de Panamá o Nao de la Plata. Apresa una urca de cabotaje en aguas chilenas que le cuesta perder la primera de sus naves, e indaga que el galeón panameño no navega solo y desarmado como antaño lo hiciera. Lo hace ahora en conserva, entre naves de la Flota del Callao escoltada por La Armada del Mar del Sur, formación asumida a partir del único asalto sufrido por el galeón. Cavendish sopesa los riesgos de un ataque por alcance, como el que Drake perpetrara entonces, pero decide pasar de largo. Dejará en la lejanía de su catalejo el nada tranquilizador grupo de velas que, por estribor, percibe  compacto rumbo a Panamá.

Con singladuras N-NW, hostiga al paso el inglés presas fáciles, pequeños enclaves costeros, urcas de cabotaje. Núcleos indígenas humildes, poco más que algunas chozas con su iglesia de madera, van a recibir la sorpresa de parlamentarios para negociar la compra de provisiones. Si los nativos rehúsan, se les  amenaza con quemar el pueblo. Pero era ese ya un ritornelo sabido. A veces aquellos indios los emboscaban y conducían a dolorosas muertes. Otras, las menos, accedían a intercambiar productos recíprocos básicos. Pero en todo caso, como gato escaldado que era, rara vez el indio perdía la iniciativa. Nunca esperaba a ser sorprendido por el advenedizo costero, más bien era él quien sorprendía al recién llegado. Y esta medicina hubo de probarla Cavendish en el Darién, con pérdida de varios hombres. No repetiría nuevamente la añagaza fallida, hasta alcanzar las costas de la Alta California, donde decide esperar al galeón filipino con las dos naves que aún conserva.

Luego de cinco meses  de navegación norpacífica y una agazapada espera, verá al fin aparecer en la neblina las velas de los  galeones Santa Ana y Nuestra Señora de Begoña, que navegan juntos desde Cavite. Las naves de Cavendish pierden pronto de vista una de aquellas velas desdibujada por la niebla, y deciden atacar a la otra con una navegada envolvente, fijos sus ojos en ella para no perderla entre brumas. Con el casco plagado de verdines y moluscos adheridos tras sus cinco meses de navegación en aguas ricas en plancton, el galeón Santa Ana, armado con fusilería a bordo, tratará de escapar al cañoneo de las veinticinco bocas de fuego por banda que le persiguen. Pero que no logran acortar sensiblemente su resguardo, pese al destrozo de aparejos y desgarres veleros que padece el fugitivo. Desarbolada finalmente la nave y diezmada su gente, rendirá su pabellón de 600 toneladas tras dos horas de forcejeo (1587). Es la primera vez en 22 años de vida que una mítica Nao de la China es capturada. Será saqueada y posteriormente incendiada. Pero en un esfuerzo supremo de sus hombres útiles, heridos en mayoría y desarmados, sabrá el robusto paquebote filipino dominar las llamas y lograr, con aparejo de fortuna, dar amarres en Acapulco algunas semanas después del Begoña. La captura del tesoro filipino, obligaba al inglés a no volver sobre sus pasos: sabía que los barcos virreinales saldrían a darle caza, y le quedaban miles las millas por correr hasta Hornos. Era menester perderse cuanto antes en el Pacífico, como su Drake arquetípico lo hiciera. Y como él, lo primero que decide es tomar cautivo al piloto del galeón asaltado. Alonso de Valladolid, será el guía español que pueda regresarle a su tierra por la ruta de las Marianas, las Molucas y el Índico portugués, aunque pierdan la otra nave en su largo periplo. Como buen fatuo de novedoso cuño, Thomas Cavendish entra en puerto con sus soldados y marineros vestidos de tela de seda, con las velas de damasco y tremolando en la gavia una bandera de paño de oro, nos dice David Hume de su arribada. Vivo contraste con aquel enorme Juan Sebastián Elcano y tantos otros que le siguieron, el verdadero primus circumdedisti me con su nao Victoria, que trae su peso de oro en especias para el Emperador. Pero lo primero que hace al tocar tierra, es ir descalzo en procesión con sus diecisiete bravos a humillarse ante la Virgen de la Antigua, por haberles salvado la vida. Habían partido 270 hombres en cinco naves, pero llegaban diecisiete en un flotante desecho fantasmal que solo de lejos hacía honor a su perfil de nao. Los planisferios añadirían tras ellos más de once mil km de circunferencia terrestre, un nuevo piélago vacío de islas y el desfase horario hallado entre los continentes. Ellos encarnaban el viaje que iba a cambiar el mundo. El mundo, sí, pero no la sólida personalidad del vasco discreto y recio que lo había culminado. Actitudes vitales,  paradigmas contrapuestos, arquetípico proceder histórico de dos naciones en sus gentes. Dos países que, por exceso y por defecto, se equivocan al opinar sobre sí mismos, sentencia GarelJones, ex ministro de Exteriores para asuntos europeos del Reino Unido. De regreso a Portsmouth, con la carga capturada que le hace millonario a los 28 años, y el parabién de su reina, pagará el inglés viejas deudas y compondrá su malversada hacienda, para maquinar nueva expedición corsaria. Cavendish se hará de nuevo a la vela en 1591, acompañado esta vez por el experto carroñero John Davis, pero las nuevas singladuras no iban a serle tan propicias como lo fueran en anteriores jornadas. Encontrará la muerte en costas del Brasil, desde donde su socio logrará regresar a puerto, con las tripulaciones diezmadas por el escorbuto.

La captura del galeón Santa Ana iba a tener consecuencias en la estrategia novohispana de la navegación norpacífica. El Gobernador General de Filipinas,  hacía tiempo que se había quejado de que  los galeones siempre han navegado con poca o ninguna artillería, y con tan poco temor a los corsarios como si estuvieren en el río de Sevilla, cuyo axioma inmediato sería armar los futuros galeones con artillería suficiente. Sabido era que el Galeón de Manila, una vez surgido del Pacífico a la altura del Cabo Mendocino, emprendía una ruta costera hacia el meridión, a lo largo de un desconocido litoral, con el riesgo añadido de sus cerradas y frecuentes nieblas. Llegado era el tiempo de reconocer y cartografiar los accidentes costeros, sus calados, arrecifes, ensenadas y puntos de aguada y leña, además de consolidar determinados enclaves californianos, que habrían de notificar con avisos, el paso del galeón al resguardo siguiente. Creóse para ello en el Pacífico el barco de aviso, suerte de correo similar al existente en el Atlántico, a fin de notificar las nuevas de puerto en puerto. Naos de dos palos, poco calado y buen andar, tal misión de enlace sería encomendada a una flotilla de pataches, los conocidos bajeles navegadores de toda latitud y cualquier mar, que la cántabra Real Fábrica de Bajeles de Guarnizo, había sembrado por los mares Cantábrico y Atlántico, y cuyo intercambiable velamen se adaptaba a cada estado de la leva, del viento, de la deriva o del largo a singlar.             

En 1596 Sebastián Vizcaíno, con tres naves  de colonos, gramíneas y ganado, parte desde Acapulco a poblar la Baja California, pero regresa decepcionado al año siguiente sin arraigo alguno, dada la aridez de la tierra y la belicosidad de los indios comarcanos. Ello suponía posponer el poblamiento del apéndice sur californiano, como un eco de las jornadas de Cortés más de medio siglo antes.  No obstante ello, repetirá en 1602 la expedición, y con 4 naves va a recorrer la costa pacífica hasta el Cabo Mendocino. Retornará Vizcaíno al año siguiente, luego de haber cartografiado la excelente bahía de Monterrey y el resto de costa californiana hasta Oregón, tal como habíaselo encargado la Casa de Contratación y la Armada del Virreinato. Pocas son las cartas marinas de Europa mejor trazadas que las de América Occidental, desde el Cabo Mendocino hasta el estrecho de la Reina Carlota (hoy Estrecho Juan de Fuca), no pudo menos que exclamar dos siglos después Alejandro Humboldt al ver aquellos cartogramas cum laude. El extremeño Vizcaíno, emprendedor, explorador, militar y navegante, bien conocido en la costa occidental novohispana, iba a convertirse en el primer embajador español en Japón y, andando años, perpetuo Alcalde Honorífico de la ciudad de Acapulco, la antesala imperial de Asia por real orden de Felipe II.

En 1610 llega al puerto de Acapulco una maltrecha nave con tripulación mixta de japones y castilas, enarbolando la hispánica enseña albirroja con la Cruz de Borgoña. Los recién llegados se apresuran a enviar una comitiva hasta México, que es recibida por el virrey Luís de Velasco. Se trataba del galeón rescatado de Rodrigo de Vivero, saliente gobernador de Filipinas, que sin gobernalle y batido por el temporal, había ido a embarrancar en costas japonesas tres años antes. Iyeyas el entonces nominal Emperador del Sol Naciente, a la sazón en buena armonía con los misioneros jesuitas, manda atender a los supervivientes, recomponer la nave, completar la tripulación con expertos marinos nipones, y enviarla en buena hora a Nueva España. Esta era la remendada nave que acababa de entrar en Acapulco, y que en rendido agradecimiento a la cortesía nipona era su comitiva recibida con gran fasto por el Virrey. La respuesta diplomática no se haría esperar, y Sebastián Vizcaíno iba a comandar la primera embajada novohispana que partiría al año siguiente hacia Japón. Como embajador de Su Católica Majestad Felipe III, se le consentirá cartografiar las costas japonesas y levantar sondeos en sus ensenadas. En agradecimiento, el flamante embajador regala al Shogun de Yendo un cronómetro de navegación fabricado en Madrid, que habría de generar una posterior industria relojera japonesa. Regresará como asesor de Hatsesura Asemoto, primer embajador japonés, cuya comitiva llegaba al puerto de Acapulco en 1614. Tras presentarse al Virrey en Ciudad de México, el futuro embajador se embarca hacia España para presentar credenciales a Su Católica Majestad. En México primero, en Sevilla, Toledo y Madrid después, iba a levantar una oleada de expectación con su exotismo, sus estrictos protocolos, su vistoso séquito y su conversión al catolicismo. No menor de la que levantó en Roma algunos meses después durante su visita al papa Paulo V. Regresada en barco a Barcelona, la delegación nipona iba a ser recibida con todo boato por el Duque de Medina Sidonia en Sevilla. Algunos de sus samuráis elegirían afincarse en el entorno sevillano cuando la delegación hubo de regresar a su patria, convertida de nuevo en hervidero bélico. Hoy existe en Coria del Río una pequeña colonia de sus descendientes que orean el antiguo gentilicio de sus ancestros, fraguado ya en orgulloso patronímico de vivos.                                        Figura 6: Plano Planta de la ciudad de Acapulco

           

El puerto de Acapulco había ido cobrando importancia como enclave económico del Imperio, a la vez que las autoridades del Virreinato tomaban conciencia del peligro creciente de una piratería que abordaba el Mar del Sur por el paso de Magallanes. Pero que comenzaba también a mostrar la patita a través del istmo, lo que podía propiciar su presencia en tiempo de feria. Su imagen era la de cualquier elemental núcleo humano. Su población presentaba por aquellos años la imagen de una simple aldea de pescadores, con casas de madera y techo de carrizo, presidida por una pajiza iglesia. Su abrupto terreno en ladera, útil solo para magras cosechas de subsistencia, obligaba a consumir víveres sobrepreciados, traídos desde los asentamientos indígenas del interior o de la costa. Con una temporada seca, sin lluvias entre noviembre y mayo, y sus denostados bohíos de pernocta para uso de tratantes y gentes de paso, veía deshinchar el suflé humano en cuanto acababa la feria. Revivía entonces la aldea que era, en su propia y elemental esencia.

Acabada la feria de 1615, la semivacía Acapulco es abordada por la hambrienta caterva corsaria de Joris Van Spilbergen. El holandés trae su escuadra llena de convalecientes a causa de un encuentro previo con la Flota del Callao y diezmada ahora por la amebiasis de alguna aguada tomada al azar. Meses hacía que la ciudad había sido alertada de su proximidad por avisos llegados de Panamá, y cuando las velas holandesas aparecen por fin ante la bocana, los sesenta cañones de bronce de la guarnición le dan unísona bienvenida. Han sido excavadas trincheras y reductos: desde allí hostigan al enemigo y esperan sus hombres mosquete en mano el desembarco corsario. Pero Spilbergen solo quiere parlamentar, e iza bandera blanca. Tiene las tripulaciones enfermas y necesita alimentos. Propone permutar ganado, provisiones y agua, por unos  prisioneros hispanos que arrastra desde Perú: una almoneda viva, siempre válida, que es ahora aceptada como pago por el gobernador de la plaza. Éxito holandés que tratará de repetir en Salahua (Manzanillo), donde tantea tomar aguada y alimentos bajo premisa análoga, hasta que aparece de nuevo el Sebastián Vizcaíno de todo guiso, con una pequeña flota que le rebota de la costa, episodio  conocido como la Batalla del Puerto de Santiago  (Manzanillo, Colima), que no sabemos si llegó a tanto, pero que de todas formas ahuyentó al corsario de aquellas aguas. El almirante holandés sabe que es fecha de arribo del Galeón de Manila y decide esperarle. Con su escuadra de cuatro grandes navíos de guerra, más dos rápidos pataches de apoyo, elaborará un despliegue lejano, fuera del alcance visual de los atalayas costeros de Acapulco, que pululan avizor por los acantilados. Un encuentro fortuito, con unos pescadores negros que lanzan sus redes mar adentro, le persuade de su error de calendario: los pescadores le informan que el galeón hace semanas que llegó, y está en Manzanillo limpiando fondos.  Pasan los meses pertinentes, pero el navío no se mueve: sigue fosilizado en las rampas de carenado. Y Spilbergen que no duda ya que su lejana presencia ha sido detectada, intuye que el galeón no saldrá ese año. La caza mayor de aquel cetáceo áurico había fallado. Largará velas rumbo a las Marianas, camino de Sonda y Java. La ocasión de copar el preciado botín con tan formidable escuadra, habíase perdido.

A partir de este suceso (1616), Acapulco verá construir su Fuerte San Diego, pensado en principio como refugio de ciudadanos frente al acoso pirático,  para transformarlo ahora en bastión defensivo de la ciudad, el puerto y sus accesos. Lo que había sido concebido como un fuerte de planta rectangular coronando un cabezo con caballeros perimetrales realzados, pasaba a tener planta estrellada con foso y revellín y una amplia casa para su castellano, que gozaba además de una fresca y arbolada residencia campestre en laderas de un cerro cercano. Era el alivio esperado para los castellanos, que considerábanlo un puerto algo enfermo. Lejos de las bases corsarias inglesas y holandesas, realmente Acapulco podía considerarse un enclave costero de escaso riesgo, pese a la intermitente presencia de algún aventurero del mar, que en mayoría de casos no pasaba de mostrar sus velas y largarse. Desde que Magallanes descubriera (1521) el paso que lleva su nombre, no llegaba a una docena las expediciones que habían osado seguir su ruta, contando los empeños fracasados y los perdidos. De todos, solo un par de ellos había remontado hasta latitudes de la Baja California. En 1624 lo haría una armada corsaria liderada por los almirantes Jacques L´Hermite y Hugo  Schapenham con base en la lejana Batavia (Java), quien, al regreso de Europa, remonta el Pacífico hasta Acapulco, donde sería finalmente rechazada. L´Hermite, hugonote belga al servicio de Holanda, había partido de Texel (Islas Frisias) al mando de 11 naves de guerra y 1600 hombres con ánimo de asaltar El Callao, Guayaquil y otros puertos del Pacífico hispano. Enfila rumbo al Estrecho de Magallanes  y tras doblar el meridión americano, pone sitio al puerto de Lima. Pero su cerco portuario termina en fracaso y elevado número de bajas, la de L´Hermite entre ellas. Unos meses después, Schapenham asoma por la costa novohispana y amaga entrar en la bahía de Acapulco. Nuevamente la artillería de la plaza recibe a la flota corsaria con abundantes parabienes de pepinos y metralla, cortesía que los corsarios saben apreciar retirándose a prudencial distancia. Era finales de octubre y nada se sabía todavía de la llegada del Galeón, que estaba sin duda en el punto de mira del almirante holandés. Llegado el tiempo de su arribada al cabo Mendocino, iba a ser oportunamente alertado por un barco de aviso. En consecuencia, aquel año quedaría anulada la feria, y forzada la invernada del galeón en aguas calmas de la costa californiana.

Desde su nueva posición de resguardo mar adentro, vigila el holandés las velas que entran a puerto, en la espera de ver aparecer la robusta silueta de la nao manileña, mientras organiza salidas esporádicas a tierra en busca de vituallas y aguada. Una de estas partidas de abasto que recorría aldeas indígenas, será encelada en tierra y puesta en fuga por escopeteros y flecheros guardacostas, que dejan regados los cadáveres al sol y a la vista como advertencia frente a nuevos desembarcos nocturnos. Las tripulaciones de los barcos holandeses, gozaban de baja consideración entre los militares hispanos, tomadas como ejemplo de calaña asilvestrada y ebria, vengativa y cruel, capaz de pasar a cuchillo a prisioneros inermes por el solo hecho de estorbar sus planes: pura bucanería de la peor estofa. El gobernador de la plaza, buen conocedor de estos menesteres, se niega a pactar entrega alguna al enemigo: ni alimentos, ni agua, ni cadáveres, nada. Esta actitud que destierra el dialogo, unida al dudoso lucro de ocupar una ciudad vacía, abandonada por su gente echada al monte con enseres y pertenencias, dotada de poderosas defensas fijas y destacamentos de tropa capitalina inundando la costa…  y el Galeón que nunca llega, acaba por determinar la marcha de la escuadra holandesa a principios de noviembre. Pasada la situación comprometida, el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio mandará regresar a México las tropas desplegadas, no sin antes reforzar las defensas de Acapulco, nunca suficientes cuando el peligro apremia. Enviará un aviso al barco de Manila para que complete sus singladuras y aporte finalmente en destino. Después de este incidente, el ya para entonces nombrado Gobernador y Teniente de las Costas del Mar del Sur añadirá un bastión en punta de diamante en cada vértice del pentagonal Fuerte de San Diego, y amurallará de fábrica mampuesta todo su perímetro fortificado. Ordenará además construir otros bastiones defensivos en puertos  de la entrada del golfo, y dotarlos con nuevos cañones traídos de Filipinas.

La situación de agazapada espera corsaria volvería a repetirse en 1620, esta vez en el archipiélago filipino. Naves de guerra holandesas aguardan, durante semanas, el tránsito del Galeón de Acapulco por el traicionero Estrecho de San Bernardino, en cuyos arrecifes perdiera Villalobos su nave nodriza un siglo antes. Cargado con la plata novohispana, sigue el navío su ruta tradicional rumbo a Manila, que le lleva a  cruzar esa embocadura entre las islas de Luzón y Samar. Avisado oportunamente, el galeón superará a toda vela el angosto paso bajo el fuego cruzado de sus enemigos, que temen los peñascos sumergidos y no arriesgan ceñirse al cantil. Bien carteados a bordo sus bajíos, se orilla el galeón por estribor a la costa de Luzón para evitar envolventes, mientras responde galanamente al fuego de los corsarios. No lograrán sus proyectiles alcanzarle, ni intersectar su rumbo. Ligero de lastres el galeón, cargando apenas la fiducia novohispana, su andar a toda vela conservaría su barlovento con las otras naves de menor porte y eslora, aunque mayor trapo comparativo. Pronto desistirían los atacantes de su estéril empeño. A partir de este incidente, el Galeón de Acapulco cambiará cada año su derrotero entre las islas. Desde 1641 un cagafuegos de refuerzo esperará  su paso anual por el famoso Estrecho para escoltarlo hasta aportar en Cavite, donde le aguarda un jubiloso sonar de salvas y campanas.

En 1686 William Dampier y Peter Towley, integrantes de la patulea de carroñeros de la costa caribeña accedida al Mar del Sur, van a proseguir su pillaje en las costas del occidente americano. Confraternizan para asaltar el  Galeón de Manila, que saben capturado una sola vez en sus más de cien años de vida y, al menos, dos viajes anuales. Con 140 arcabuceros, distribuidos en doce canoas a remo, entran silenciosos en noche oscura a la bahía de Acapulco. No está allí el Galeón de Manila, pero sí encuentran en cambio un soberbio galeón peruano, cargado con mercaderías orientales, que debe zarpar en breve hacia Guayaquil y El Callao. Sólo que los cañones amenazadores del cercano Fuerte San Diego, dominando la vacía oscuridad, les persuade negativamente de la aventura que están urdiendo. No abordan la solitaria nave en reposo, sencillamente porque se sienten ya acribillados si los atalayas del puerto dan la alarma. Dentro de la bahía resultaba imposible capturar el galeón, para sacarlo a mar abierta con éxito; había que abordarlo fuera, a su partida, si querían salir con bien del lance. Y con esta idea, regresan a sus naves nodrizas bogando tan silenciosamente como habían llegado. Les aguardaban sin duda días de mimetismo y espera. Pero una inapropiada salida por comida y agua en días de estrechez, iba a precipitar sobre ellos toda la defensa estratégica que el Virrey había preparado para los tiempos de agobio pirático. Suenan las campanas eclesiales de los pueblos, que vomitan partidas de escopeteros y flecheros, dispuestos a batir palmo a palmo la costa. Pese a su apresurada retirada frente al rebato general, no pueden evitar los forbantes ser sorprendidos en sus botes de la playa sin dejar víctimas atrás. Con una alarma en tierra tan presta y automática, los piratas sopesan preparar la captura del galeón alejados de la costa. En un radio de siete millas que evite levantar sospechas, equidistarán cuatro naves en facha para filtrar las entradas a puerto desde una prudencial lontananza. Pero he aquí que el galeón se retrasa aquel año, y dos de las naves apostadas deben ausentarse para recabar vituallas, tratando de no soliviantar campana que pregone rebato alguno a los vientos, ni aldea indígena que se alborote. Se aproxima la época del monzón con sus celajes anubarrados, pero el Galeón no acaba de aparecer. Al final cunde el hastío. Los hermanos de la costa virarán rumbo al poniente, no sin antes comprobar con sorpresa que la nao filipina llevaba amarrada a sus ceibas más de un mes y que el galeón peruano había desaparecido del puerto. Bien las ocasionales ausencias por vitualla, o quizá el patache de aviso, habíales jugado una mala pasada frustrando sus soñados tesoros.   

En 1709 es el corsario de turno Woodes Rogers, otro ladrón por cuenta ajena, quien merodea la llegada del Galeón  de Manila a su paso por la costa californiana. Este año viene el galeón Nuestra Señora de Begoña, acompañado por el patache Nuestra Señora de la Encarnación en función de nao almiranta, cerrando cortejo con ligera carga y solo fusilería a bordo. Rogers caerá con sus dos fragatas sobre el patache que navega retrasado, lo captura y saquea. Ajeno al drama que vive su nao almiranta, el Begoña entra con felicidad en Acapulco.

Tres meses tardará en surgir de nuevo, cargado de plata novohispana, en su derrota anual hacia Manila. Navega solo y a media carga, bien que precavido, consciente de la pérdida del patache cuya causa en Acapulco desconocen, aunque no descartan achacarlo al merodeo pirata. Apenas unos días después será interceptado por las fragatas inglesas de Woodes Rogers que le aguardan junto a otra nave de porte medio capturada en Guayaquil, pero los cuarenta cañones del galeón manileño los ponen en retirada no sin serios desperfectos. Son ahora los barcos ingleses, sus cascos plagados de verdines tras prolongada navegación, quienes no pueden seguir el andar del recién carenado navío filipino. Han sufrido un primer rédito negativo, pero saben de su ventajosa potencia de fuego y, lamidas las heridas, tratan de ganar barlovento para horquillarle con su mayor campo de tiro. Inútilmente, porque la figura del Begoña irá empequeñeciendo hasta perderse en la noche. Con el alba, había desaparecido. Tres meses más tarde llegaría a Cavite sin mayor novedad.

Las sucesivas mejoras del Fuerte San Diego habían hecho de Acapulco una ciudad muy capaz de defenderse de cualquier insulto o ataque que se le ofrezca, aseguraba el Virrey Marques de Casafuerte, constructor también de la basílica de Santa Maria de Guadalupe. El gobernador del fuerte había pasado a ostentar el titulo de Teniente de las Costas del Mar del Sur, y ser el responsable del control y policía de la costa y del tráfico de mercancías de la región. Desde Carlos III tendría la obligación añadida de enviar reseñas semestrales sobre la meteorología y la agricultura de la provincia. Acapulco, bien guarecida por su reconstruido y mejorado Fuerte San Diego tras el terremoto de 1776, lejana siempre de las bases de abastecimiento corsario enemigo, despoblada tras su feria y recobrada su hechura de permanente aldea, sería ratificada por Carlos IV en su olvidado título de ciudad (1799).

Tras la liberación del comercio en los puertos del Imperio, y su persecución por las principales potencias, la vida pirática inició un declive que la llevaría en pocas décadas a su extinción. Durante su existencia, la plaza acapulqueña nunca sería tomada por flota enemiga alguna, caso único en la historia portuaria del Imperio español. Pero su castillo vería en cambio fusilar a los presos realistas por el insurrecto cura-soldado Morelos, unamuniana exégesis del mostrar la cruz pero blandir la espada, la romano-gótica encarnación del báculo y la ballesta de los obispos medievales. Un Gelmírez compostelano de allá por el año mil, redivivo ahora como una suerte de templario justiciero que incendia Acapulco y degüella a todo infiel español. Solo que esta vez no se trataba de expulsar al islámico intolerante, sino de quitar del medio al feligrés que no comulga con sus hostias profanas. Tampoco se trataba de un militar-soldado que cumpliera órdenes estrictas de un superior, sino de un hombre que había jurado entregarse a sus semejantes por Cristo. Pero que olvidaba en la sacristía sotana cural y golilla cuantas veces tocaba vestirse de faccioso. Curas que sin duda debieron rogar alguna vez por el catecumenado eclesial, siquiera cuando se ordenaron como tales… pero lo ignoraban si la circunstancia vital incensaba su ego, separándose de su santo ejercicio de pastor de almas para convertirse en lobo carnicero, como reza en su acta de excomunión por el obispo de Michoacán. ¿Donde estaba el límite ético de guerra justa que estos curas trabucaires aplicaban cuando de los conquistadores trataban? ¿Qué nos dejaron dicho de las Indias tres siglos antes?… Entonces no existía hemeroteca, pero ahora, sí. Ahora podemos contrastar hasta  la náusea, actitudes farisaicas entre el ayer y el hoy. Dios haya perdonado a esta suerte de padres de la patria. Sin aspavientos, como solo Él sabe y puede hacerlo, y la gente de bien desea. Mientras los patriotas de verdad y los sobreactuados, plenaban de efigies su memoria patria, como arma arrojadiza contra los gachupines y los cristeros. Siglo y medio más tarde, a toro pasao, la diplomacia vaticana eximiría a los trabucaires de su anatema impreso a fuego de maldiciones. Como si, por decreto, Sánchez Mejías o Manolete hubieran muerto por astas de toros… no siendo toreros. Bien que eran los aciagos días de la independencia de un México nacionalista, con sus fiebres desatadas en busca de si mismo, y las meninges dilatadas por el caos patrio. Y pasó como estas cosas pasan. Como un torbellino de emociones, desgarrando flecos históricos que no eran sino jirones de sí mismo. Se trataba en realidad de un nuevo insecto perfecto, que había mutado su capa virreinal por un desorbitado sombrero charro. Y siglo y medio después del capotazo, era precisa una entente cordiale que retrotrajese las aguas vaticanas a su cauce virreinal,  con el restablecimiento de relaciones diplomáticas

            

                      Figura 7: Portulano de Acapulco. Dibujo del autor

 
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Contexto Histórico de Acapulco – I

Figura 1: Orla de Acapulco

 

La primera noticia que tenemos de Acapulco proviene de Bernal Díaz del Castillo, que en la descripción de un perfil gráfico de la costa sur que poseía Monctezuma II (1519), lo cita como nombre de la ensenada que más tarde sería puerto famoso del Pacífico virreinal. Nombre al parecer de raíz náhuatl, con significado de lugar de carrizos destruidos, Acapulco surge como núcleo humano a partir de las expediciones de Hernán Cortés, llegado a su bahía para explorar y cartografiar, por mandato real, las costas del oeste novohispano. Su nombramiento como Capitán General de la Nueva España y del Mar del Sur, a ello le comprometía frente al Emperador Carlos V. Montará allí unas gradas (1523) donde construir y carenar las naves que han de llevar a cabo su empresa marinera. Inmejorable fondeadero de flotas, poseía la ensenada una bocana cerrada, disipadora  de todo  oleaje  franco de mar abierta, y un espléndido abrigo en anfiteatro empotrado al socaire de la Sierra Madre del Sur. Ribeteada de árboles donde trincar amarras o gobernar carenas, fue conocida en sus primeros tiempos como Bahía de Santa Lucía, al ser descubierta en esa festividad por la temprana expedición del capitán extremeño Francisco Álvarez Chico (1521). Cortés tenía una precisa visión de la costa, donde habíale encargado recabar tributos de los pueblos indígenas, lo que le llevaría a fundar Zacatula (hoy La Unión) como capital regional, y donde finalmente iba el capitán a encontrar su muerte. En 1531 Juan Rodríguez Villafuerte, explorando la costa desde Zihuatanejo, llegará hasta Santa Lucía, cuyo rancherío iba a nombrar como Villa de la Concepción. Este núcleo indígena y otros rancheríos periféricos, le serían adjudicados como encomienda con el nombre de Provincia de Acapulco, cuyas gentes tributarían en especies de maíz, algodón y cacao. Pero será Diego Hurtado de Mendoza quien funde de hecho el puerto de Acapulco, cuando en 1532 zarpa de su bahía con dos naves construidas con madera de sus bosques y mano de obra española y tlascalteca. Pronto una de ellas la regresaría con gente levantisca que no quiere por compañera. Sigue explorando la costa hacia el norte con la otra nave hasta que, sorprendido por una tormenta, naufraga, no sin antes haber cartografiado la costa recorrida y algunas de sus islas. Solo 3 supervivientes superarán penalidades sin cuento para informar del desastre a Cortés, que decide ir personalmente a buscar sus vestigios. Para ello, se trasladará a Santo Domingo Tehuantepec, ciudad por él fundada entre los zapotecas como apoyo de la campaña de Guatemala. Allí va a supervisar la construcción y aprovisionamiento de cuatro naves, con las que rastreará sin resultado la derrota de Mendoza. He proveído con mucha diligencia que en una de las partes por donde yo he descubierto la mar, se hagan dos carabelas medianas y dos bergantines; las carabelas para descubrir y los bergantines para seguir la costa… y para ello he enviado a una persona de recaudo y cuarenta españoles en que van maestros y carpinteros de ribera, aserradores, herreros y hombres de la mar… y he proveído a la villa por clavazón, velas y otros aparejos necesarios para los dichos navíos, y se dará toda la prisa que sea posible para acabarlos y echarlos al agua… le informa Cortés al Emperador en su Tercera Carta de Relación … Pero tras recorrer infructuosamente el litoral, regresará al resguardo de Acapulco, de donde saliera la expedición perdida. A partir de entonces considerará su puerto como el mejor de aquella costa, y la base de su astillero.

                                   El ir y venir de Cortés y su fieles entre la capital y la costa, iba a ir señalando una ruta itinerante de gentes a caballo que, guiados al principio por baquianos locales, fueron contorneando nuevos tramos para pezuña, diferentes de las sendas indígenas tradicionalmente seguidas por los tamemes nahuas. Marcábase con ello la futura senda embrionaria del camino real de Acapulco. El hecho de que una gran parte de los tributos y gravámenes impuestos por los mexicas a las sometidas tribus del sur, proviniesen de comarcas próximas al camino de Acapulco, impulsó al conquistador a enviar exploradores al área. Los autóctonos tlahuicas en las estribaciones de la Sierra Madre del Sur, era fama que tributaban su carga impositiva a los aztecas en incienso, mieles de abeja, barras de oro y otros metales. Se sospechaba que entre aquellos metales estaba el estaño, gran remedio para la fabricación de cañones de bronce en la Nueva España, que podrían fundirse a pie de astillero. La información recibida tras la inspección minera fue positiva y pronto iba a comenzar un laboreo minero (1522) próximo al enclave indígena de Taxco (Juego de pelota en náhuatl). Este asentamiento español entre estribaciones y cerros de la Sierra Madre, situado a escasos 10 km del anterior, daría lugar a la ciudad de Taxco La Nueva, fundada por el capitán Rodrigo de Castañeda (1529), comisionado por Cortés para reconocer la mineralogía de la región que seríale posteriormente entregada en encomienda. Las aparentes trazas de manganeso detectadas en las muestras minerales analizadas en Ciudad de México, resultaron ser vetas de plata, alguna de las cuales adquiriría fama y fortuna dos siglos más tarde, de la mano de los aragoneses La Borda, que explotarían también otros yacimientos regionales de vetas o mantos de oro, plomo, cobre y zinc. Al arrimo de la producción argentífera, los hermanos aragoneses mandarían construir el templo votivo de Santa Prisca, icónica joya churrigueresca del Taxco del siglo XVIII, mientras iba labrándose en la ciudad la fama internacional que habían de adquirir sus orfebres plateros.

                                Bajo ese mismo criterio de reconocer las formaciones rocosas y auscultar posibles minerales metálicos en la región, Cortés enviará una partida exploratoria al valle de Iguala (Donde es serena la noche en náhuatl) al mando del capitán Juan de Mesa. La correspondiente toma de muestras minerales en los cerros y sierras circundantes, arrojaría la existencia de abundantes yacimientos metálicos. A la vista de este primer contacto, se iniciará la eufemística pacificación de la comarca, no otra cosa que la toma y sometimiento de los indígenas al poder de la Corona española. Finalizada ésta, le sería entregada en encomienda temporal al propio Mesa, que traería a Iguala misioneros franciscanos (1534) para catequizar a los indígenas comarcanos, a quienes someterá a tributación en especies de maíz o metal en barras. Con la orden del sometimiento perpetuo dictada por la Real Audiencia de México (1550), esa encomienda será adjudicada a Francisco Mexía, quien implantaría el ganado porcino y caballar en los pastizales del valle. Andando el tiempo, Iguala iba a convertirse en plaza clave del camino real de Acapulco, con un importante eco comercial del flujo económico entre Manila y Sevilla.

                                En 1527 por orden del propio Cortés, Álvaro Saavedra Cerón había partido de Zihuatanejo con tres naves para tratar de encontrar la Trinidad, capitana de Magallanes, perdida en las Molucas seis años ha, cuando intentaba ganar las costas novohispanas. Noticia sabida durante su estancia en España, donde era comentario obligado la gesta de Juan Sebastián Elcano con dieciocho supervivientes tras su arribo a Sanlúcar de Barrameda y tres años de incansable navegar. Y hacia aquellas lejanas islas irá Saavedra siguiendo el paralelo 12ºN. En una longitud y latitud hoy reconocibles como coordenadas geográficas aproximadas del archipiélago Hawai, el vigía de la capitana da la voz de haber avistado tierra al contraluz del atardecer. Tierra que, al amanecer del siguiente día y no obstante buscarla por otros dos consecutivos, no volverían a percibir. Pocas dudas caben hoy sobre ese primer avistamiento de las islas Hawai, que iban a ser mapeadas con diversos nombres y por diversos pilotos en los planisferios secretos de la Casa de Contratación de Sevilla. Esto ocurría dos siglos antes que James Cook diese noticia de la existencia de ese archipiélago. No iba Saavedra a encontrar la nao de Magallanes, pero iba en cambio a toparse con los restos de la expedición de Loaysa – Elcano en las Molucas, viaje surgido de La Coruña dos años antes, y desperdigado por el escorbuto y el Pacífico durante el año precedente. Por tres veces intentará Saavedra tornar velas a Nueva España, cargado de especias y gente española rescatada de manos portuguesas. Tres veces más que añadir a un intento muchas veces emprendido, pero ni una sola vez alcanzado. En el último de ellos, tornará su nao a Jilolo (Halmahera)  con un Saavedra moribundo a bordo. Nuevamente se repetía la historia de la nao Trinidad y su desesperado intento de retornar a Nueva España cruzando el Pacífico rumbo leste. Cargados de especias en Tidore, Juan Sebastián Elcano y Gonzalo Gómez de Espinosa pilotos de la expedición magallánica, habían acordado regresar a tierras hispanas con las dos naos supervivientes por rumbos diferentes, ambos desconocidos, y que Dios reparta suerte. Elcano rumbo e España por el Índico, logrará aportar con su Victoria al año de su separación; Espinosa, rumbo a Nueva España por el Pacífico, no lo conseguirá con su Trinidad. Con extraordinaria intuición había tomado rumbo norte hasta latitudes tan altas como la Hokkaido japonesa, surgidero de la corriente de Kuro-Shivo que habría de salvar a un Urdaneta que la conoció por referencia, medio siglo más tarde. Pero Espinosa que ignora su existencia, no sabe leerla en sitio, o no acierta a interpretar el arrastre marino del plancton ni la mutante tonalidad de su agua vehicular. Vientos atemporalados adversos y las bajas temperaturas del Septentrión, le obligarán a volver a Ternate sin apenas alimentos para subsistir. Preso por los portugueses de Tidore (1522), sería repatriado con otros compañeros, Índico avante, tres años después, gracias a una gestión de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V.

                                 Por aquellos años, el Emperador había otorgado a Cortés los títulos de Capitán General y Marqués del Valle de Oaxaca, que junto a la dignidad y tierras inherentes, le confería derechos sobre los descubrimientos que hiciere en el Mar del Sur. En aquel ínterin, El Emperador había nombrado a Antonio de Mendoza y Pacheco como Primer Virrey de Nueva España. Un Mendoza de alta alcurnia, estirpe de vasallos fieles al Habsburgo desde sus aciagos tiempos de  los comuneros castellanos. El César no quiere viejos conquistadores de Indias, que se enquisten en una suerte de alter ego de la nobleza territorial castellana, siempre difícil de manejar y que, recién llegado a España, se había opuesto visceralmente a su troupe flamenca. Otorga prebendas, título y honores al caudillo extremeño, pero le encarga nuevos cometidos fuera del virreinato, remarcando la máxima autoridad territorial del Virrey recién nombrado. La fase de capitulaciones directas entre la Corona y el emprendedor de turno, había concluido. El Emperador quiere funcionarios del reino, temporales e intercambiables, solo nombrados en función de su lealtad y valía, dictada a criterio de su Consejo de Indias y acordes al proyecto y circunstancia humanos. No quiere subsidiarios de raigambre medieval, proclive siempre al enriquecimiento o la genealogía. Es el tiempo renacentista, donde los altos funcionarios han de ser quienes traten con los hombres de iniciativa, imprescindibles canales  de progreso para ese nuevo mundo que Carlos de Habsburgo sueña construir, pero también interlocutores persistentes, activos y locuaces, que piden y deben ser escuchados. Y en último caso, si la magnitud de la propuesta supera la atribución del funcionario, sirva éste para regular el acceso a la persona del Rey y sus asesores, a fin de sopesar en cumbre cameral, la viabilidad o no del proyecto que se presente.

    A la vista del mandato recibido, organiza Cortés entre Veracruz y Acapulco una complicada red para suministrar los herrajes y pertrechos, que van llegando desde Sevilla. Ante ello, la Ciudad de México y otros puntos del interior, madrugan su creación manufacturera amparada en  artesanos castellanos que, llegados como soldados de conquista, emprendedores al fin y al cabo, comienzan a su escala una elaboración autóctona, auspiciada por la fuerte demanda virreinal. Los españoles habían traído a Nueva España, junto a su rutinario mundo del día a día, la edad del hierro, la edad de la rueda, de los motones, poleas y cabrestantes, la edad de la rueca, de la navegación a vela, del arado y de los bueyes, y la del alfabeto, sopa de letras nutricia del morlaco mestizo que asomaba sus cuernas a la Historia. La escrita, la de verdad, no la distorsionada por la consuetudinaria o ritual oralidad de los ancianos al amor de la lumbre. Porque sus pictogramas, pese a la magia de sintetizar en un solo dibujo cientos de frases alfabéticas, quedaban lejos de interpretar las ideas con la justeza conceptual que aportaba la Gramática de Nebrija. Por otra parte, era el propio Hernán Cortés en sus Cartas de relación de la conquista de México, quien primero escribiría la lengua náhuatl con caracteres latinos o de lengua culta. Los nahuas, como el resto de indígenas del Nuevo Mundo, desconocían la escritura. Nadie antes había expresado fonográficamente habla americana alguna. Según su propia percepción auditiva, iba aquel universitario salmantino conocedor del latín y del derecho, a emplear sílabas latinas de sonido invariable, para transcribir la fonética escuchada de labios indígenas. Pero labios indígenas que, pese a emplear idéntico idioma, modulaban las sílabas de un mismo nombre de forma diversa, según fuere su procedencia geográfica. Eran modismos y matices fonéticos propios, con fluctuaciones sónicas equivalentes a las de cualquier otra realidad idiomática del mundo y sus variantes regionales. Las diferentes pronunciaciones del indígena, según su comarca de procedencia, venían a complicar aquel primer ensayo fonográfico. En el Anahuac, la o era pronunciada como ou (algo parecido a lo que pasa con el OrenseOurense en nuestra lengua galaica). Fue evidentemente engañado por su sensibilidad auditiva frente a sonidos desconocidos, escuchados ¡y pensados¡ por una mente renacentista, con todo el bagaje que hoy sabemos significaba serlo plenamente. Tecatl, lo identificó como tecal, Tenochtitlán como Temixtitán, Texcoco como Tesuico, Xochimilco como Suchimilco…  Pese a su rigorismo natural por las cosas bien hechas, no alcanzará Cortés a  asignarles en gran mayoría de casos, una equivalencia latina gráfica, fidedigna de la sónica por él auditada. Él mismo reconocería más tarde la presencia de formas aztecoides deformadas… en el habla coloquial de los nahuas especialmente en la pronunciación de préstamos lingüísticos procedentes de la cultura maya. Con todo debía, como narrador, expresar con justeza los nombres propios escuchados, puesto que trataba de exponer ante el Emperador, un relato objetivo, coherente y unívoco. Y así salen de su pluma, por vez primera en lengua española, vocablos mágicos que a oídos castellanos suenan a murmullos de humedal, onomatopeyas del viento. Otros estudiosos, indios, mestizos o criollos, serían en adelante los encargados de expresar en propia lengua y forma fidedigna estos fonemas, con la justeza conceptual requerida, una vez conocida y asimilada la herramienta alfabética para ahormarlos. Tal como asimilaron la escala cromática a sus sentires musicales que ancestralmente lo fueran pentafónicos. Surgirían así, tanto relatos de intrahistoria como tratados y digresiones científicas y experimentales sobre herbolarios, especies avícolas, anatómicas, melódicas, polifónicas o costumbristas… un verdadero motor de la actividad intelectual de las élites indígenas pensantes y de su transferencia didáctica inter símiles et diversus. Lenguaje y pensamiento sabemos hoy que van unidos.

      De pronto, el alfabeto literal que se ofrecía, comprendía signos capaces de combinarse para fosilizar palabras, nombres, frases, ideas…  sucesos recién ocurridos que, una vez escritos, permanecerían invariables para siempre. Eran indeformables: generación a generación expresarían exactamente lo mismo. Quien los leyere entonces, recibiría la misma información que quien ahora lo hiciese. No se distorsionaban con el tiempo, como ocurría con la memoria. Y eran además acumulables, hasta poder conservar enormes cantidades de episodios y aconteceres, que la memoria colectiva de todo un pueblo no alcanzaba a recitar. Lo mismo ocurría con la notación musical que empleaban los españoles: eludía el recordar las melodías. Se escribían y perduraban inmutables en el tiempo. Partituras medievales, polifonías, concerti con molti strumenti, imposibles de recordar, se tenían en toda su complejidad y frescura en cualquier momento gracias a la notación musical. Y tras el alfabeto fenicio y las notas gregorianas, los números árabes y la aritmética griega. Capaces de resumir en corto espacio de papel y tiempo, complicadas operaciones de sus cuatro reglas, tan ajustadas al propósito, como gramática o pentagrama lo eran al suyo. Todo ello suponía una explosión en la santabárbara de la esplendorosa nave emplumada azteca. Su imperio tenía los días contados. Había llegado el tiempo de las palabras, que tanto enamorarían a Pablo Neruda. Las palabras, que todo lo cantan…  – decía el Nóbel chileno -… que brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… con todo lo que se les fue pegando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Todo está en la palabra… que en un momento clave de la Historia fue La Palabra. La Palabra de Juan Evangelista, que se hizo carne humana para habitar entre los hombres y trasmitirles su Verdad. Ambas palabras, la sintáctica y la sincrética, la profana y la sagrada, la escrita y la sentida, iban a ser yunque y martillo del primer ethos mestizo de Indias. El Nuevo Mundo que creía intuir el historiador lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 Como en toda encrucijada social crítica, connotados indígenas de mente despejada hubo, que se aferraban al pasado, a la heroica tradición de su pueblo llegado del norte muchas generaciones antes. Otros en cambio, intuyeron el mundo que se les abría para el estudio y clasificación numeral de sus herbolarios y gemas, del cincelado de esculturas y bajorrelieves, del hallazgo del arco o la cúpula, de los animales de carga y arado, del salto adelante de su pueblo, del progreso renacentista, atisbado todo al alcance de su mano. Nunca pueblo amerindio alguno de tal nivel cultural había gozado de semejante circunstancia histórica, porque jamás contó con similar posibilidad de osmotizar los nutrientes de otra cultura adjunta. Era una más de las tomas de conciencia decisivas del homo, atrapado en cualquiera de sus encrucijadas históricas. Y la duda afloraba en el ánimo, porque todo sapiens lo lleva en su ADN. En una coyuntura ibérica no muy lejana al hoy, pero plena de ira y mediocridad, fueron denostados aquellos intelectos, pioneros del cambio, tildados de afrancesados, léase antipatriotas, traidores, renegados, Aunque la situación real presentara planteamientos maniqueos, negro sobre blanco, se trataba a fin de cuentas de un contexto humano iterativo en la Historia. Pueblos enteros hubo que vislumbraron el cambio de Era, y lo aprovecharon, aportando además su herramienta bélica. Tal el caso de los tlascaltecas, pero también los totonacas y demás pueblos indígenas que asumieron a su modo en masa el salto al vacío de la guerra, por sacudirse la tiranía del poderoso mexica. Y no sin tensiones internas de sus gentes, que las hubo y fuertes, para ofrecer un frente común imbricado con aquellos advenedizos que podían resultar un bluff. La solidez carismática y temperamental de Cortés como líder multiétnico, vino sin duda a coagular aquel magma hirviente, hasta la victoria final.  

        Ya antes de la caída de Tenochtitlán, las herrerías de españoles en estas comunidades indígenas amigas, habían empezado a proliferar por doquier, frente a una demanda férrica que se agigantaba en forma de espadas, picas, herraduras, cadenas, clavazones, rejas, parrillas, ganchos, cerrojos… el propio Hernán Cortés había dictado unas Ordenanzas para los herreros en 1524, que habían de durar hasta llegado el siglo XVIII. Y ahora, sumábase la demanda naval de los astilleros del Pacífico con Acapulco como mascarón de proa. Consolidación de aquellos otros radicados en Tlascala, cuna de los trece bergantines que hicieron decisivo el asalto final de castellanos y aliados sobre la capital azteca. En Texcoco mandó Cortés reunir en aquella ocasión las piezas…  para  ligar y acabar los bergantines, para, por tierra y por el agua, ponerle cerco…  como él mismo nos lo cuenta en sus Cartas de Relación. Cientos de tamemes tlascaltecas portaron sobre sus espaldas hasta Texcoco aquellas piezas de madera labrada, sus tablazones, sus herrajes y clavazones, sus remos, pértigas y sirgas, además del cordamen, breas y estopa, para armar sus cascos y sus correspondientes arboladuras, por si los vientos resultaran favorables. Dando prisa para que se acabasen los bergantines y una zanja que se hacía para llevarlos por ella… media legua hasta la laguna…  Se anduvieron (sic emplearon) cincuenta días, más de ocho mil personas cada día… con más de dos estados de hondura y otros tantos de anchura, e iba toda chapada y estacada… de forma que se podían llevar (los bergantines) sin peligro y sin trabajo hasta el agua… Que fue obra grandísima y mucho para ver… Para los trece bergantines, dejé trescientos hombres, todos los más gente de mar, y bien diestra… En el fragor de la contienda, cuando conocieron que yo entraba ya por la laguna con mis bergantines… juntose tan gran flota de canoas para venirnos a acometer… que pudimos juzgar pasaban en más de quinientas… Y comenzaron con mucho ímpetu a encaminar su flota hacia nosotros. Pero vino un viento de tierra muy favorable para embestir contra ellos, y quebramos infinitas canoas… hasta encerrarlos en las casas de la ciudad… y entraron por entre ellas, aunque hasta entonces no lo pudieran hacer, porque había muchos bajos y estacas que les estorbaban…   y así plugo a Nuestro Señor de darnos mayor y  mejor victoria que nosotros habíamos pedido y deseado… Era esta la crónica  del primer contacto con el mundo naval de un hombre de armas, bien dotado de inteligencia y carisma personal, que estaba decidido a adentrarse en los mares para atisbar más allá de lo que su horizonte brindaba. Y contaba para ello con sus invaluables y fieles tlascaltecas de ribera, cuyas primeras letras de carpintería naval, habíanlas aprendido en su propia Tlascala entre bergantines despiezados y días de inquietud bélica.

      Las tradicionales sendas indígenas que cruzaban las sierras del litoral, eran en realidad angostos senderos tortuosos para bestias de carga. Por eso Cortés, nos cuenta el cronista… mandó mucho de ello (de manufacturas autóctonas)… a lomos de indios robustos… tal como había hecho durante la guerra con los bergantines de Tlascala, lo que acarrearía al Marqués ya en época de paz, un severo conflicto con el presidente y ciertos oidores de la Audiencia de México. Se defenderá Cortés contra el fiscal, argumentando que aquellos bultos solo los enviaba con tamales (sic, tamemes) cuando y donde no podían ser llevados con recua ni carreta… y que, además de confiscarle la mercancía, estábanle penando con pagar 40.000 pesos de oro por haberlos cargado (no podían los indios por ley, serlo con más de 30 kg per cápita), lo que consideraba una extorsión. Recurría contra la Audiencia enviando a suplicar a S.M. y su Real Consejo, que pues se hizo para servicio suyo el transporte… se suspenda el negocio (léase sentencia)… Veredicto que a la postre acabaría dulcificado por los jueces.

 Pero la Audiencia y el Virrey habían ganado ya una importante partida sobre esta faz de la protohistoria indiana, asumida y tolerada hasta entonces: los tamemes iban como tal, nominalmente al menos, a desaparecer en breve. No obstante ello, décadas después de la conquista, no existían aún caminos aptos para el transito de mulas o caballos, y se empleaban, para albricia propia, cargadores indígenas en las rutas a la costa pacífica, pese a estar prohibido por las Leyes de Indias. Solo que eran ahora los propios nativos quienes se prestaban al transporte humano bajo contrata. Con el fin de facilitar este trasiego y evitar la trasgresión de la ley, mandará Cortés al principio y Mendoza después, arreglar los caminos indígenas del oeste y abrir nuevos tramos de pista para reatas, con ciertos trechos empedrados para la rodadura de carros. Los desconocidos mulos iban a proliferar por miles, para poder engrasar aquella nueva maquinaria de transmisión que había de mutar las Indias. Su correspondiente cabaña asnal y caballar iría colmando muchos de aquellos pastos. Pero Cortés no se detiene. En medio del procedimiento judicial, ordena zarpar desde Acapulco dos navíos, que deben llevar sin demora víveres, vestimenta y municiones a Pizarro, que en aquellos momentos se debatía en la conquista del Perú y demandaba auxilio a su pariente, que generosamente le enviará otro tercero, a fondo perdido, con nuevos bastimentos.

 Con viajes constantes a Colima, Acapulco y Tehuantepec, el Marqués moviliza todo un frente de acción para cartografiar el litoral. Envía a Hernando de Grijalva y Diego Becerra de Mendoza con dos naves desde Manzanillo (entonces Bahía de Santiago de la Buena Esperanza), para proseguir trazando el perfil del golfo. Una tempestad acabará separándoles y tras una rebelión a bordo, muere asesinado Becerra Mendoza. Su nave la destrozará el oleaje contra la costa de Jalisco, cuyos indios acaban de rematar náufragos y naufragio. Grijalva por su parte sigue avante, descubre y mapea Santo Tomás (archipiélago Revillagigedo) y las islas Tres Marías. Hace aguada allí y regresa a puerto con sus levantamientos costeros. Fondearía en Acapulco tres meses más tarde.

En 1535 el improvisado astillero de Manzanillo, había organizado otra expedición cartográfica comandada por Grijalva y auspiciada por el Virrey Mendoza, que quedaría interrumpida al varar su nave, pese a que más tarde la recupere y logre con los supervivientes y lo salvado entrar en AcapulcoFrancisco de Ulloa que parte de allí  en 1539, alcanza la desembocadura del río Colorado en el todavía inédito Golfo de California o Mar de Cortés; grafica su litoral y regresa al sur siguiendo la costa oeste del golfo. Dobla la Baja California peninsular y prosigue otra vez al Norte, remontando el flujo oceánico costero hasta superar la actual latitud de San Diego. De regreso a Nueva España sucumben, empotradas en la costa, naves y tripulaciones inermes, abatidas por la malaria. Un superviviente, timonel de la nao Trinidad, recorrerá a remo en un bote auxiliar las 2000 millas marinas que le separan de Acapulco. Tras increíble boga, tomará puerto para contarle a Cortés lo ocurrido. Pablo Salvador Hernández, el insólito remero, ratificará bajo juramento su declaración, registrada en la Aduana acapulqueña frente al Evangelio. Durante tres meses ha utilizado las hiladas costeras del flujo oceánico que incide hacia el sur, ha bogado sin descanso hacia su obsesivo destino, con el beneficio inestimable del céfiro del nordeste que le acaricia por popa ciertas horas del atardecer. Cuando la bonanza de costa y mar lo permitía, varaba su bote y, derrengado sobre sus paneles o buscando entre riscos lagartos, iguanas, moluscos y huevos de aves marinas que comer, trataba de cobrar fuerza. Cubierto por jirones de vela remojados con algas, era ésta su única defensa ante la insolencia de las gaviotas por picar su carne viva mientras descansaba, y frente al abrasador sol de siempre, implacable enemigo en aquellas peripatéticas latitudes de hambruna. El propio Cortés con una flotilla de tres naos, saldrá en socorro de los náufragos, que hallará refugiados en lo que llama Bahía de Santa Cruz. Su estado era lamentable, tierras cultivables paupérrimas, inexistencia de indios para comerciar. Tras perder las otras dos naves y el piloto de la suya, es el propio Marqués quien capitanea el regreso hasta retomar el puerto de Acapulco con los rescatados. La expedición de Ulloa iba a deshacer la mítica insularidad de la Baja California, error que perduraría en los mapas europeos por más de un siglo (en los holandeses, siglo y medio). Pero sería Domingo del Castillo (1541), quien nos legase el primer cartograma donde aparece explícita la península de California.

Para socorrer la expedición virreinal ida en demanda de las míticas siete  ciudades de Cíbola, zarpan de Acapulco en 1540 dos navíos al mando de Hernando de Alarcón y su cartógrafo y piloto Domingo del Castillo.  El Virrey Mendoza les envía como apoyo costero del contingente de Vázquez de Coronado que seguía en ruta paralela por el interior. Navegarán por el Mar de Cortés hasta la embocadura del Río Colorado, en cuyo cauce surcarán más de ochenta y cinco leguas arriba de sus aguas fangosas. No hallarán a Vázquez de Coronado y su hueste hispanoindia, que cientos de millas más al norte tampoco encontrarían las oníricas ciudades que buscaban. Pero descubrirán en cambio el hoy famoso Cañón del Colorado, hendedura geológica que ponía fin a su penetración norteña con un insuperable tajo de escarpes para acceder al agua. Castillo iba a dejar cartografiado todo el Mar de Cortés y la costa pacífica de la península hasta latitud 30ºN, en un mapa memorable por su detalle y precisión.

De la Barra de Navidad (Colima) parte Juan Rodríguez Cabrillo en 1542, retomando por orden del Virrey la expedición de Pedro de Alvarado, aplastado por su propio caballo en una caída fortuita en la guerra jalisqueña. Había venido a Nueva España como ballestero en la hueste de Pánfilo de Narváez, llegado para apresar al rebelde Cortés escabullido de Cuba. Pero le seguiría como oficial de ballestas en su asalto a Tenochtitlán y las campañas de Honduras y de Guatemala, donde finalmente quedaría establecido como comerciante. Harto había medrado desde entonces en experiencia y hacienda, con un próspero comercio en Antigua y enlaces con puertos hispanos de ambos océanos. Iba a surgir en esta ocasión con tres naves repletas con gentes de guerra y marinería de guerra, un fraile, indios subalternos, esclavos negros, alimento para dos años, herramientas y mercancías, además de una copiosa comparsa de animales de cría y domésticos. Costeando el litoral californiano arribará al muy bueno y seguro puerto de San Diego, ya conocido desde que Ulloa y sus mapas fueran recatados por Cortés en Santa Cruz. Seguirá al norte cartografiando el litoral de Santa Mónica y Santa María de los Ángeles hasta la Bahía de Monterrey, seno costero clave para el comercio con Asia y refugio futuro de galeones, aunque entonces no lo sospechara. A consecuencia de la fractura no bien curada de una pierna, fallece Cabrillo de gangrena. Será Bartolomé Ferrelo, su piloto, quien prosiga el bojeo al norte, hasta el Cabo Mendocino que nombra así en honor del Virrey, y el Cabo Blanco (Oregón), punto más septentrional de sus levantamientos. Pasará frente a la Bahía de San Francisco sin percibirla, tal vez por rebasar esa latitud alejado de la costa, o por impedirle su visión la recurrente niebla del litoral. Retornaría  a la Barra de Navidad al año siguiente.

Casi en paralelo, Ruy López de Villalobos va a surgir también de la Barra de Navidad (1542), con seis barcos repletos de colonos, pertrechos y animales, y ordenes del Virrey para colonizar las Islas del Poniente, descubiertas por Magallanes y conocidas en adelante como Filipinas. Cortés y el propio Virrey Mendoza parecían desplegar, y efectivamente desplegaban, una múltiple actividad que solo mediante una sólida infraestructura operacional, técnica y humana, era capaz de mantener con éxito el Virreinato. No hay que olvidar que parejamente a las exploraciones del Pacífico, la Nueva España de aquellos años cartografiaba y exploraba el Golfo de México, colonizaba las Floridas, y mandaba expedición tras expedición terrestre a Texas, Nuevo México, Arizona, las Californias o Nevada, buscando minas y yacimientos rentables, cuyas coordenadas dejaban plasmadas en los planos levantados. Y mientras guerreaba contra los indios levantiscos del noroeste, que los misioneros trataban de catequizar, la música peninsular se abría como un abanico multicolor sobre sus tierras. De pronto, la escala cromática española había venido a enamorar los oídos y sentires de los diatónicos indígenas, que prestos la sublimaron para exteriorizar sus expresiones líricas espontáneas. Apenas habían pasado veinte años desde la caída de Tenochtitlán, y el Nuevo Mundo  que soñara Carlos V, al decir de su historiador Pedro Mártir de Anglería, empezaba a tomar forma en la Nueva España, nunca tarde para el Emperador,  que transitaba ya el último lustro de su vida. Poca cosa lograría Villalobos en las Filipinas sin apoyos del Virreinato: tierras impropias para sembrar sus granos de maíz, agresividad desbordada de los nativos isleños, y la carencia de unos alimentos que se pierden con el naufragio de su barco nodriza. Como escape vital de la expedición, sin tornaviaje posible, enrumbará a las Molucas portuguesas, donde los lusitanos se apoderan de toda su partida. En sus cárceles morirá de fiebres tropicales atendido por un jesuita navarro llegado de Lisboa por la ruta del Índico, que quiere misionar la China toda. Se llamaba Francisco Javier, y es hoy el Santo Patrono Universal de las Misiones.

Figura 2 – Surgideros históricos del Pacífico novohispano

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – III

Tras la acometida bélica de Santiago Castellón y su hueste, comienza el retorno de colonos a Cubagua y a Tierra Firme. Durante algún tiempo va a citarse su puebla como Villa de Santiago de Cubagua, sea tal vez en pleitesía al capitán que ha propiciado su nueva singladura vital, sea como cobijo advocativo bajo el manto del patrono matamoros de España, a la vez que se concreta en todo caso un topónimo para sus  pobladores. La puebla parece cobrar conciencia de villa tras la protección de sus aguadas en Cumaná (1523), cuando su granjería declara ya  quintos  superiores a los 15.000 ducados anuales. Por esa misma época Margarita comienza su andadura como isla de plantíos y hatos, que no pasa inadvertida a la demanda comercial de la Villa de Santiago. La próspera Cubagua deseaba aumentar su jurisdicción territorial con la incorporación de sus vecinas Coche y Margarita, de escasa población europea. La prohibición de encomendar  guaiqueríes, y su inviolable estatus de ser tratados e instituidos como nuestros súbditos naturales y vasallos, era una rémora para desarrollar la isla. La Gobernadora de Margarita, estirpe del primer Villalobos en su concesión de gobernancia, gestiona desde la lejana Santo Domingo la traída de ganado equino y bovino a su isla. Cuenta para pastorearlo con nuestros súbditos naturales, no sin protestar ante su Audiencia por el blindaje legal de unos guaiqueríes reacios siempre al trabajo productivo. Pero la primera llave del Imperio tenía abierta su cerraja al África portuguesa, y la gobernadora comprará en La Española los bozales necesarios para impulsar la producción ganadera margariteña que le soslayan sus nativos. Su éxito estaría asegurado antes de 20 años, cuando era ya la principal abastecedora cárnica de la Tierra Firme y de la Nueva Andalucía toda.

Llega desde La Española el licenciado Francisco de Prado para someter a Juicio de Residencia al capitán Jácome Castellón, quien finalizado su mandato, debe regresar a Santo Domingo. Nuevo ajuste entre la espada y la toga, la sangre y la tinta, que diría Madariaga, frente al desajuste económico de la Audiencia. Tras este juicio, una serie de intrigas iban a retrasar la reposición durante meses del nuevo corregidor de la puebla santiaguina. El capitán Pedro Ortiz de Matienzo va a tomar la defensa de Cubagua al cernirse sobre ella nueva amenaza corsaria. Un canoero llegado de Margarita, informa sobre ciertos bucaneros franceses arribados al surgidero de Pampatar, que en una nao grande e una carabela rasa portuguesa y un patache, buscan la puebla de Santiago de Cubagua para un supuesto trato de perlas (1527). Guiados por Diego Ingenio, piloto y antiguo contrabandista de esta puebla, un mal español natural de la villa de Cartaya en la Baja Andalucía, recelan los margariteños una cabalgada esclavista contra los nativos bajo apariencia de rescate comercial. A las rutinarias preguntas de identificación durante su fondeo en Pampatar, mienten los franceses y levantan sospechas, al hacer pasar la suya por una nave sevillana que casualmente había pasado por allí unos días antes. Pampatar, surgidero a resguardo de la Punta Ballena de Margarita, contaba con algunas decenas de vecinos dedicados a la pesca de ostiones en la isla de Coche. Ante las dudas surgidas y el peligro de celada, ningún margariteño subirá a bordo para rescatar, pese a las reiteradas invitaciones de los impostores. Pero tampoco se hace a la mar ninguna barca de pescador, varadas todas a la vista sobre la arena del resguardo. Los margariteños no quieren levantar sospechas al francés con su propio recelo. Un sigiloso canoero guaiquerí  será quien traiga la nueva del peligro a Nueva Cádiz, nombre con el que se cita  por vez primera la puebla de Cubagua.

Al amanecer siguiente se presentan frente a la advertida  Villa de Santiago las naves corsarias. Aprestan sus bateles para el desembarco, que va a ser impedido por pequeños bergantines y barcas de pesca  en número de treinta o más, e con indios flecheros proveydos (sic) de aquella hierva mortal que por allí hay… e con algunos tiros de pólvora…  que  directamente asedian a los recién llegados. Hostigan los neogaditanos y sus aliados indígenas a los filibusteros, que pese a su prepotencia artillera, contabilizaran trece muertos antes de abandonar la refriega e intentar un postrer diálogo. Pero saliéronse tres o cuatro vizcaynos (sic) e navarros que traían contra su grado en la carabela rasa, e fuéronse a tierra e dieron noticia de cómo aquellos franceses eran ladrones. Ante semejante rebato, rota la tregua, se hacen de nuevo a la mar los bergantines, bajeles, barcas y canoas de Nueva Cádiz con redoblado vigor. Reforzados con mosquetes y flecheros, toman al abordaje el patache. Esta pérdida obliga a cazar escotas y ceñir velas al resto de naves corsarias, que se disponen a ponerle millas de por medio a la incómoda plaga flotante. En su estela rumbo a Puerto Rico, van a dejar treinta y cinco cadáveres sobre las aguas. Informada Santo Domingo, organiza su Audiencia la caza y captura de aquellos forbantes. En la isla de la Mona (entre Puerto Rico y La Española), les darán cerrada batalla por dos días consecutivos. Rescataron la carabela portuguesa, traída cautiva desde costas brasileñas con su tripulación vizcaino-lusa, aunque se les escapa durante la noche la nao capitana de 240 toneladas. Con la nueva luz del día proseguirán su persecución en mar despejada. Pronto la darán por hundida vista la mala mar arbolada durante aquellas horas, y los severos destrozos percibidos en su casco. Unos días más tarde fondeaban de nuevo en la ría de Santo Domingo, trayendo con ellos esta vez la carabela liberada.

Unos años mas tarde Carlos V iba a otorgar el rango de ciudad a la villa de Cubagua, con el nombre de Nueva Ciudad de Cádiz, según Real Cédula de 1528. Un año antes había emitido en Burgos las Ordenanzas para la Isla de Cubagua, donde se establecían sus directrices comerciales y su estatuto ciudadano. Ya Castellón cinco años antes había empezado a fundar pueblo, cuando los vecinos sin temor, se dieron a construir… casas de morada, con mucho propósito de cal y canto, además de incorporar muchos indios, buenos pescadores de perlas. Habíase establecido el procedimiento para la elección anual de un alcalde ordinario, a la vez que se fijaba en ocho el número de regidores. Se controlaba la producción perlífera con tres contabilidades simultáneas, llevadas a cabo por dos funcionarios (un auditor tesorero, un veedor real) a contrastar con el libro encuadernado del propio alcalde. En ellas quedaban asentadas la cantidad y calidad de las perlas, el nombre del pescador y su señor de la canoa, así como el día, mes y año de cada partida registrada. Las perlas habían de ser diariamente guardadas en un arca con tres llaves, una para cada contador. La Corona trataba de controlar la economía sumergida de Cubagua para mitigar su costosa defensa.

FIG. 9: Escudo de la Ciudad De Cádiz

 

Las medidas de control de su producción perlífera, iban a coartar el aventurerismo comercial a la vez que consolidar el arraigo ciudadano. Surgirán por vez primera edificios en mampostería de piedra y labra, destacando entre ellos la iglesia matriz y la casa hidalga de Pedro de Barrionuevo, ambas muy bien labradas. El aspecto de la ciudad desde la mar, fachadas encaladas y compacto porte urbano que riela en el agua, empieza a convertirse en reminiscencia totémica de la tacita de plata que los regidores gaditanos de la villa añoran en la distancia. Ellos serán quienes sugieran el nombre de Nueva Cádiz, que asume el Cesar Carlos. Su imperial escudo y el de sus abuelos los Reyes Católicos, aparecerían siglos después entre sus ruinas, testificando su valioso pasado como zaguán de la cultura europea de aquel mundo en formación. Mantendrá la prebenda del comercio directo con Castilla sin necesidad de aportar sus naos en Santo Domingo, pese al encontrado sentir de su Real Audiencia. Su cabildo goza el poder de importar libremente doscientas piezas de esclavos anuales para sus pesquerías, a la vez que administra su propia alcabala con cesión mínima a la Hacienda Real. Por todo ello, el mantenimiento de Nueva Cádiz con el castillo de Cumaná como apéndice obligado, resultaba oneroso para la Corona, aunque su rol estratégico fuera altamente valorado por el Consejo de Indias como pasarela hacia la Tierra de Gracia. Un tampón cerámico hallado siglos después entre sus ruinas, vendría a corroborar el poder fáctico de su cabildo ciudadano de entonces, donde el sello imperial sobre un papel… era arma para afianzar la propia autoridad…el poder…la honra dimanada del Emperador… atesorada por aquella ciudad castellana, colmada de mercedes por el francoparlante Carlos, en una insignificante isla de  perlas caribeña. Coronado Emperador desde 1520, su cohorte de asesores flamencos y financistas alemanes iban a dejarse donar ricos presentes por la interesada nobleza castellana. Las perlas de Cubagua estuvieron entre aquellas dádivas desde el principio… y el joven César vino a otorgar a su todavía villa, la Real Cédula que le concediera el rango de ciudad privilegiada, en detrimento del castillo y puebla de Cumaná, estéril ya de perlas. A consecuencia de ello, aquellos aguadores negros que antaño pasaban al continente para traer a Nueva Cádiz el líquido potable, deberán retornar escoltados por jinetes que despejen de flecheros ocultos los carrizales ribereños. Pero el servicio de aguada no sería ya interrumpido.

Por aquel tiempo el veterano Diego de Ordaz, expedicionario que lo fue junto a Ojeda en Cabo de la Vela, con Juan de la Cosa en Urabá, y Hernán Cortés en Tenochtitlán, estaba inmerso en otras jornadas de exploración en busca de El Dorado. Va a venir desde Andalucía repetidas veces con nao capitana y varias carabelas, para recorrer la Guayana e incursionar en el Orinoco. Muchos de sus hombres y todo su ganado y caballos, serán acopiados en Margarita. Cubagua será la base del carenado de sus naves. Llegará Orinoco adentro hasta la confluencia del Meta, donde las cataratas de Ature le impiden seguir avanzando. En su ausencia, los subalternos Alonso de Herrera, Jerónimo Ortal y Jerónimo de Alderete iban a seguir sus huellas tras El Dorado, pero su ahínco tampoco sería recompensado con el éxito. En 1530 iba a ser Diego de Ordaz nombrado Gobernador de Amazonia, una entelequia geográfica de Tierra Firme que incluía Trinidad y las Islas de las perlas. Cubagua no reconoce tal nombramiento, y en su visita a Nueva Cádiz, el flamante gobernador es apresado y remitido a Santo Domingo. En pleno Juicio de Residencia decide ir a España a reclamar justicia, pero desaparece con su nave en el Atlántico.

 

FIG. 10: Amazonía

 

Un terremoto seguido de tsunami iba a destruir aquel año el castillo de Cumaná. Se levantó la mar en altura de cuatro estadios…dio la tierra un horrible bramido… hundiéronse muchos pueblos de indios,  y de ellos murieron muchos, nos cuenta la crónica.  Este percance tectónico iba a ofrecer a los pobladores de la Tierra Firme una lectura ajustada del nuevo contexto natural con que habían de enfrentarse al futuro. El suelo inestable que pisaban, inopinadamente convulso de súbito, había arruinado la pétrea Nueva Cádiz y el castillo de Cumaná en su primera sacudida, pero respetó las humildes chozas suburbiales de caña, carrizo o bahareque, que se cimbrearon sin colapsar durante aquellos eternos estertores, para ser finalmente arrolladas todas por una ola de marea que arboló las aguas y laceró profundamente la vida a lo largo del litoral. Algo llevaban aprendido ya los supervivientes para legar a sus herederos. Los retumbos que como lamento subterráneo acompañaban al vaivén del suelo, se aproximaban y pasaban rezongando bajo sus pies, el vapor rojizo que resplandecía como una aurora boreal de la noche del trópico, las bocanadas de agua caliente, los vómitos azufrados de barro y pez que surgían de las grietas del suelo, o los haces ondulantes de fuegos fatuos que garabateaban las sombras, todo la parafernalia sensible de los espasmos de la tierra cumanesa, era festejada ancestralmente por sus indígenas con danzas enardecidas y jubiloso bullicio. Los indios creían que cada terremoto secuenciaba la destrucción del mundo, y que las distintas manifestaciones del fenómeno eran señales de una regeneración humana sin  invasores. Los cocodrilos salían a las playas y esteros durante el temblor, manadas de chigüires corrían a otros caños huyendo tanto del turbio légamo de las charcas como del cocodrilo súbitamente emergido de ellas, para acabar por caer engañosamente en las fauces de los jaguares, instintivos cazadores en río revuelto y ocasión propicia. Todo el saber ancestral de los indios, iba a ser acopiado por los castellanos en unos días de estertores difusos sobre aquella  pasarela de Tierra Firme. Pasarela por donde  ocurría (sic) mayor número de gentes que a las demás partes de la costa.

Tras la convulsión del suelo, detectan los pescadores profundos daños en los fondos rocosos del oriente de la isla y sus ostrales, cuyos magníficos ejemplares venían siendo feriados en los mercados perlíferos de Sevilla, Toledo, Augsburgo o Brujas. Solo a diez y doce brazas de agua en hondo… vuelven a reproducirse las ostras perlíferas que antaño lo hacían a tres, ahora muy pegadas e asidas a las peñas donde antes lo estaban débilmente. La pesca tradicional habíase practicado en Cubagua a base de canoas de siete y más nadadores, que tras cada zambullida, se erguían sobre el carel para depositar sus veneras en cubierta, cobrar el necesario aliento, comer un bocado reparador a bordo y volver a sumergirse. De sol a sol la rutina se repetía. Con las nuevas profundidades de pesca échanse sobre los hombros dos piedras ligadas por una cuerda, que dejan pender a sus costados. Este contrapeso facilita su inmersión, y se zafan de él para remontar. Comenzaba así la prolongada agonía de las pesquerías de barlovento, hasta ser más tarde abandonadas por su dificultad de extracción. La inmersión tradicional de buceadores que desprendían del fondo los ostiones para entregarlos en superficie, había empezado su declive sin retorno. Frente a esta realidad, la Casa de Contratación emitirá nuevas ordenanzas, que segregan ciertas zonas cerradas de otras temporalmente abiertas a la pesca, tratando con ello de evitar el progresivo esquilme de los viveros. Estas ordenanzas, revisadas anualmente, buscaban un equilibrio ecológico capaz de potenciar la repoblación de las ostras. Incluso llegarían a regular el tamaño de las canoas de pesca, a fin de controlar el número de buceadores de cada jornada. Poco tiempo habrían de durar estas medidas paliativas; nuevas técnicas de extracción a base de pesca de ingenio o de arrastre, vendrían a incrementar ostensiblemente el decalvado del fondo marino. Nuevos artificios de remoción, rastreo y redes de trasmallo o copo, el arrastre de planchas de hierro colgantes para apalancar y descuajar colonias enteras de ostras, la buena fuerza para las arrancar empleada con los nuevos métodos, iban a empobrecer irreversiblemente su capacidad de reproducción. En plena euforia perlífera productiva, la pesquería tenía sus días contados.

En 1532 Nueva Cádiz va a lograr su añorada jurisdicción sobre Margarita. Pedro de Herrera su alcalde mayor en ese momento, pasa a ser la suprema autoridad de las Islas de las Perlas. El nuevo compromiso político le obliga a la reconstrucción de su ciudad, que debe fortificar y dotar de real fuerza a fin de mantener su cometido de ariete abridor del continente, y de obligado gendarme de las islas. Construye una casa fuerte para protegerse y se defender de los ataques corsarios, pero en contrapartida presupuestaria la guarnición del castillo cumanés debe ser minorada. El párroco Francisco de Villacorta, nombrado protector  de indios, es enviado a fundar la Villa del Espíritu Santo con su iglesia, el Pueblo de la Mar que hoy conocemos como Porlamar, en la costa meridional de Margarita. Se trata de un núcleo mixto donde castellanos y guaiqueríes convivan, el primero de los muchos que habrá de cobijar la vacía isla para dejar de serlo.