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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – IV

La actividad comercial y portuaria de Cartagena se vio incrementada con el tráfico de esclavos africanos, negros bozales  traídos de  Angola y Guinea que el monopolio portugués comerciaba en el Caribe, y la colonia lusa movilizaba en Cartagena hábilmente. Durante el siglo XVII iba a ser un lucrativo negocio que empezaría a decrecer a final de centuria con la creciente población mulata y mestiza que alquilaba sus servicios a bajo precio, y a quienes no había que albergar ni vestir. El jesuita Pedro Claver, “apóstol de los negros”, dedico su vida a socorrer aquella carne maltrecha, hacinada en bodegas, que al llegar a puerto lustraban con aceite de coco para vender al mejor postor. En la cartagenera Plaza de Mercaderes o Plaza del Esclavo, subidos en tarimas, voceaban los feriantes la bondad de aquella mercancía humana, fuerza bruta para ingenios y estancias, canteras y tejares, estiba y calafateo los varones, pero también pacientes para el servicio del hogar o la cuida de niños y ancianos sus mujeres. Fuera del tiempo de flotas o coincidiendo con ellas, se voceaba la venta del esclavo con pingües tasas para el Cabildo. Se feriaba desde que llegaban los galeones hasta que la Flota del Sur apostaba en Panamá. Acudía entonces la Armada de Tierra Firme puntualmente a Portobelo para llegar al tiempo de feria en el istmo. Mientras, en las Plazas Mayor, del Matadero, del Mar, o el Portal de los Mercaderes se montaban tenderetes y bohíos para celebrar la propia feria cartagenera. Además de la trata de negros, allí se mercaban perlas de Margarita, sal de Cumaná, oro del Cauca, Antioquia y El Chocó, ron, azúcar y melaza de los valles de Aragua, cañafístolas, café, yuca, papaya de Santa Fe, cueros y tasajos de los Llanos.  Llegan costeando la Tierra Firme o bajan del interior por el Magdalena. Pero se feriaba también cuando llegaba la Flota de Sevilla. Nuevamente el quehacer vital de la ciudad bullía de actividad comercial y portuaria. Se depositaban las mercancías en los bajos de la Real Aduana donde eran tasadas y grabadas de almojarifazgo antes de sacarlas al mercado. Concurrían ahora ropas, vestidos, perfumes, tafetanes y encajes de Flandes, delicia de las damas cartageneras. Pero también vinos de Castilla, aceite de oliva andaluz y manufactura varia: cuchillos, tijeras, cerrajería, aperos, clavazones, llantas de carro, toneles, cristalería, loza. Sin olvidar cureñas, mosquetes y municiones varias: pelotas, bolaños, balerío de piedra o hierro, metralla y pólvora, siempre pólvora, para la dura defensa del enclave. Y añadido a todo ello el Situado Real, que  había de subvenir los gastos de la defensa y gobernación de la plaza.

En 1640 la Armada de Rodrigo Lobo da Silva volvía a Lisboa en retirada de su fracasado intento de reconquistar Recife, capital del estado azucarero de Pernambuco, región brasileña a la sazón ocupada por Holanda. Los reinos de España y Portugal estaban todavía hermanados, aunque por poco tiempo ya, bajo la testa coronada de Felipe IV. En ruta hacia la salida caribeña de las Bahamas, pero desconocedor de los accesos a la bahía de Cartagena donde trata de recalar, el almirante portugués encalla 3 de sus naves en un bajío de Boca Grande. Rescatará la nao capitana, pero no los galeones “Buen Suceso” y “Concepción” cuyos pecios iban a represar el arrastre del fondo arenoso hasta conformar un tómbolo entre Tierra Bomba y Punta Icacos. Años después con nuevos aportes, iría nutriéndose todo él de los propios palos de icacos más otros nuevos de mangle. El taponamiento de Boca Grande forzó el flujo y reflujo de mareas por los caños de Boca Chica y Saltacaballo, y las nuevas corrientes iban a potenciar el dragado espontáneo de sus lodosos fondos marinos sobre lecho de greda. El agua interior << tiene el movimiento de subir todo un día entero, baxando después en cuatro o cinco horas >> consideración de Jorge Juan que viene a demostrar el desagüe veloz con arrastre diario hacia el exterior de los sedimentos del caño. Pronto se iba a conformar una canal entra la isla Barú y Tierra Bomba, por donde los galeones empiezan a entrar a las aguas interiores. Esta circunstancia marcará el cambiante diseño estratégico de las defensas que tachonarían la ruta de las naves hacia la ciudad.

Tras más de un siglo de trasiego por el Canal del Dique, el jurisconsulto de Salamanca Pedro Zapata de Mendoza, a la sazón nuevo gobernador de Cartagena, manda excavar su segundo tramo (1650), cegado en gran parte por arrastres aluviales del Magdalena. El dragado, limpieza de palotales y desarraigo de matojos, aumentó la fluidez y el tráfico de champanes durante la época húmeda, y consiguientemente su carga de pasajeros y mercancías.

Desde la costa a Mahates iban y venían a la vela naves ligeras de uno o dos mástiles, siguiendo en toda época el rosario de las ciénagas saladas, que canalizadas y desarbustadas en ciertos pasos, carecían de arrastre aluvial y mantenían su profundidad de servicio. Desde Mahates al Gran Río, la canalización del gobernador Zapata permitía circular a los champanes del Magdalena durante la época húmeda, en tanto que durante la seca, eran las recuas de mulas y las caravanas las que portaban cargas y hombres por el lecho seco del canal. Se excavó por Barranca Nueva una zanja de cinco metros de ancho que atravesaba 2.500 metros del aluvión depositado en las últimas décadas, trabajo que a golpe de carretilla, pico y pala, tardaron 2.000 hombres bien techados, alimentados y pagados, mas de cuatro meses en completarla. Una población nómada de 2000 personas que avanzaba día a día por la ciénaga, con lo que ello suponía de logística, avituallamiento y sanidad, en medio de la nada. Se perfilaron caños recortando más de 2.000 metros de manglar. Se abatió una franja de bosque lacustre de 20 kilómetros para diversificar el paso de los champanes hacia otras ciénagas tributarias del gran Río. En resumen se potenciaba de nuevo la vía oculta del transito comercial entre la penillanura bogotana y el puerto base de la Flota de Barlovento.              

En el nuevo marco de la Guerra de los Nueve Años (Liga de Augsburgo 1688-97) se desarrolla en un ámbito europeo un “todos contra Francia”, dado el despiadado expansionismo de Luís XIV sobre los territorios alemanes del Rin. Francia, la potencia hegemónica del momento, desea una posición de mayor fuerza para presionar a España en su reclamo de Haití, la parte occidental de La Española, mientras Inglaterra trataba de arrebatarle en río revuelto, sus colonias americanas. Ante la empresa hispanoamericana, el  propio Rey Sol se involucra en su gestación durante más de un año; será una armada naval que vaya al Caribe para tomar Veracruz, La Habana o San Juan de Puerto Rico. Trata de reforzar con esta toma sus pretensiones territoriales ante el Tratado de Paz de Ryswick, que se programa cercano cuando ya los representantes de los países involucrados mantienen contactos previos. Es el zarpazo desesperado de última hora de la poderosa fiera herida que es Luís XIV, el monarca más poderoso del siglo, al que se le niegan espacios franceses tanto en Europa como en América.

Parte el Barón de Pointis de Brest, con una escuadra de 29 naves y 6500 hombres de maniobra y guerra y el beneplácito de su majestad cristianísima, que aporta de su propio peculio 7 navíos de línea, 3 fragatas y algunas otras naves menores. El ennoblecido comandante no es ningún aventurero, sino un alto oficial de la marina francesa que navega hacia Haití para usar la bahía de Pitiguao como base de la acometida naval deseada por su rey. En Haití convence a su gobernador Jean-Baptiste Duchase para que se una a su ya decidida expedición sobre Cartagena, aportando otros 650 bucaneros y 200 negros libres residenciados en la colonia, de procedencia varia, cuando no dudosa o abiertamente pirata. Cuando las velas francesas arribadas, maniobran en mar abierto frente al flanco cartagenero, la ciudad contempla asombrada aquella poderosa e inesperada flota de pabellón francés, que enfila proas bajo un fresco norte azuzador de crecidas rompientes sobre los escollos. Los espías españoles no han sabido descubrir la silente peripecia que durante un largo año habíase gestado en el santuario marinero bretón de la Escuela de Cartografía de Dieppe. El conocido nido académico de la ciudad, lo era también de informantes al buen postor, y en él se graduaban no pocos pilotos españoles entre otros europeos de nacionalidad varia. Pero el embajador español en Paris nada sospechó, ni siquiera cuando la armada surgió del puerto de Brest, a pesar de estar su país en guerra con España. Evidentemente aquel embajador no era veneciano. Cuando el almirante francés decide acudir a tierra para parlamentar con la autoridad cartagenera, un malhadado golpe de resaca de los entrantes alisios, vuelca su bote, lance en el que a punto está de perecer ahogado. Una vez repuesto y ante la negativa a capitular del gobernador español, De Pointis comienza el bombardeo desde el mar, seguido por dos intentos de desembarco en el frente marino, frustrados ambos por una confusa mar sobre los escollos. Dos días después concentra el fuego sobre el Castillo de San Luís y la Plataforma de Santángel batidas intensamente hasta silenciar ambos bastiones. Desembarcan 1200 atacantes en Tierra Bomba, que van a testificar la rendición del primero traicionado por su guarnición de soldadesca negra y mulata de estancias vecinas, que desarman al capitán español y pactan con el francés; el segundo, porque caen abatidos sus defensores. Avanzan hacia Santa Cruz, Pastelillo y San Lázaro, que dominan el acceso por mar a la ciudad y son abandonados por sus guarniciones. Sin impedimento, la escuadra penetra en aguas interiores desde donde va a bombardear a placer la ciudad hasta su rendición. Bajo intenso fuego naval el Fuerte de San Matías, al otro lado de la enarenada Boca Grande, es abandonado por su guarnición, en retirada hacia el cerco amurallado de la ciudad. Como un castillo de naipes, van cayendo uno a uno los baluartes, cortinas y castillos que circundan los accesos marinos y terrestres a la ciudad, atendidos por bisoños reclutas pardos, que van enarbolando bandera blanca tras bandera blanca, abandonando a las manos bucaneras sus baluartes. Tras 20 días de asedio, la ciudad capitula. Con feroz saqueo combinado por sus desembarcados marinos de Tierra Bomba y la ralea de bucaneros y negros haitianos, dejados en  playas de Boca Grande, se completa la ocupación de la plaza (1697). Los últimos defensores, como tantos predecesores en idéntica circunstancia, huirán hacia los cerros del interior para salvar la vida, porque los franceses han venido para quedarse, y no piensan negociar la consabida “vacuna”. Dieciocho días de febril pillaje suceden a la capitulación. El daño económico inferido es demoledor. Monedas, cuberterías, objetos decorativos, medallas y joyas de pedrería, 98 cañones y 12 campanas de bronce, municiones, armas pertrechos y esclavos, además de otros tantos millones de pesos por destrozos ocasionados en defensas y edificios públicos de la ciudad, se estima suman los 20 millones de pesos. Pero aún no había terminado el calvario francés.

Comienza el lento y minucioso reparto del botín. Al Rey Sol le corresponden según pacto financiero y reglas en vigor, la cantidad de dos millones. Pero entre tanta minucia, con los alisios del nordeste han llegado las lluvias. El cielo se abre en frecuentes cataratas, desconocidos “palos de agua” para el europeo, que deslavan el paisaje con arrastres y derrumbes, socavan y encharcan el suelo con aguas estancadas y… exhuman espontáneamente los cadáveres putrefactos de las víctimas. La fiebre amarilla invade la región bajo nubes de mosquitos que empiezan a diezmar gravemente las tripulaciones. De Pointis decide partir. Abandona el sueño de conservar Cartagena para la Corona de Francia y manda volar todo fuerte, cortina o baluarte que persiste aún. Duda si logrará conservar siquiera los brazos necesarios para maniobrar las naves que le lleven a suelo francés. Simultáneamente los bucaneros exigen mayores cuantías en el reparto del botín. Ante el hecho consumado de la partida del almirante, los cabecillas haitianos deciden un segundo saqueo con que satisfacer sus desoídas demandas gananciales. Durante una semana pillan de nuevo cada casa, cada bóveda, cada soterrado, cada tumba. Violan, masacran, torturan a los prisioneros para que canten los escondrijos de supuestos tesoros, exponen al aire los esqueletos para descubrir alguna joya con que en su día fueran amortajados los cadáveres. El impotente Duchase se desespera con cada mala nueva de su gente que le llega. Un horror que precipitará a posteriori la fortísima depresión económica que va a sufrir la ciudad. Nunca el filibusterismo había conseguido el desorbitado botín de 10 millones de pesos que costaría a Cartagena rescatar su integridad.

De Pointis inicia el que iba a resultar retorno más afortunado de su vida, a pesar de la fiebre que diezmaba día a día sus navíos, dejando en su estela tiburones nutridos por cientos de cadáveres apestados. A la altura de las Bahamas, su rumbo es interceptado por un convoy anglo-holandés que pasa a navegar por barlovento en vigilante demarcación paralela, a la vez que trata de mantener el resguardo del maldito hospital flotante que constituye la flota francesa.  Pero no por ello va a librarse el convoy de ser contaminado con una de las más terribles debacles pestíferas de la navegación universal. Con el almirante y seis capitanes de su flota, caen 1300 marineros ingleses en pocas semanas. En cuanto a los holandeses se quedarán sus naves sin capitanes sobrevivientes con que regresar a Europa, con lo que acaban por desertar de tan peligrosa compañía. Pese a todo, los franceses siguen solos, arrojando cadáveres apestados por la borda, y maniobrando en precario su ruta hacia el Atlántico. A la altura de Terra-Nova van a soslayar la presencia de nuevas naves inglesas, y todavía otras más próximas al acercarse a las costas de Bretaña. Burlará en última instancia el avistamiento del expectante Almirante Nevill que trata de interceptarlo, pero se le escabulle en la oportuna niebla que difuminaba el Canal de la Mancha en los días de su arribo. Entrará en Brest tres meses después con un extraordinario botín que va a convertirle en rico hacendado. Para evitar resquemores, el rey asignará una suma compensatoria al descontento de los filibusteros haitianos, y a Duchase le condecorará con la Cruz de la Real y Militar Orden de San Luís, creada unos años antes por el propio Rey Sol para premiar a los oficiales más valerosos de su ejército.  Après, tout le monde satisfait.

Cuando la noticia del desastre de Cartagena llega a Madrid, se ordena formar en Cádiz una armada bajo el mando del General Díaz Pimienta a base de 4 naves, 116 piezas de artillería y 2.500 hombres que van a reconstruir los daños ocasionados por la asonada franco-filibustera. Tres años mas tarde (1700), la plaza iba a contar con una dotación fija de 1075 hombres y abundante munición y repuestos bélicos. Una vez más la ciudad reforzaba su defensa demasiado tarde, a remolque de las duras lecciones aprendidas de su historia.

Pero para su gloria imperecedera una Cartagena recuperada resistirá al almirante Edward Vernon en 1740. El marino ingles, con la más formidable flota conocida hasta entonces, fracasa  trágicamente en su asedio de dos meses. Mas de 23.000 combatientes entre marinos, soldados, negros macheteros de Jamaica  y reclutas de Virginia, con 186 barcos y potencia de fuego de 2.000 cañones han venido de nuevo para  quedarse en la apetitosa urbe caribeña, a la vez que tratan de quebrar por el istmo y el Canal del Dique la cintura de avispa del Imperio Español. Frente a ellos, la férrea voluntad de Blas de Lezo, Comandante General de  la Armada de Tierra Firme, que regresa apresuradamente a su base ante las alarmantes confidencias que le llegan de Jamaica, base de la flota inglesa. La ciudad  con sus 3.000 hombres de tropa regular y milicias concejiles, además de 600 diestros flecheros indígenas que saben moverse letalmente entre manglares, se arropa en sus baluartes fortificados bajo el mando del marino pasaitarra con seis barcos de su Armada, reglados por marinería y tropa de desembarco. La lucha a muerte que sigue y la desproporción de las fuerzas contendientes, escapa a todo comentario. Baste decir que la mortandad inglesa, con sus miles de cadáveres insepultos o semienterrados anegando ciénagas y manglares, y la incansable ayuda de los mosquitos, acaba por emponzoñar de peste la ciudad. De ella muere, junto a cientos de cartageneros, el ilustre marino español, días después de levantado el cerco. Cartagena sabrá erigirle el monumento que para vergüenza propia su patria chica le ha denegado hasta hoy. Resulta bravo el contraste con Inglaterra, que por cumplido agradecimiento hacia sus deudos, yerra esta vez acuñando antes de tiempo medallas conmemorativas de la supuesta “caída” del enclave, imprudente por deseada, con la apostilla de “humillada la arrogancia española” (sic). Medallas que por orden secreta de su rey serán silentemente retiradas, opacando una misión acabada en cruel fracaso, y que tras pírrica porfía en Londres, había logrado fuera aprobada por su parlamento un Vernon seguro del poderío que comandaba. Lecciones de la Historia acá, allá y acullá.

En 1765 se crea la escollera, para consolidar los arrastres de arena de Boca Grande por donde Drake había entrado a la bahía, pero Vernon encontró cerrada. Llegará Cartagena a las 18.000 almas a finales de siglo constreñida por las murallas vitales, que pese a la nuevas tácticas de guerra, se estima debe guardar para subsistir. Queda vedada toda expansión extramuros. Los mejores ingenieros militares del todavía poderoso aunque mermado Imperio Español, dimensionan la ampliación de los bastiones y fuertes que la ciñen y protegen, a la vez que tantean nuevos proyectos y variantes para su nuevamente enarenado segundo Medio Dique, y limpieza del primero, convertido a la sazón en inmensa pradera de juncos y yerbajos acuáticos . Para volverlo operativo, a lo largo del difícil siglo XVIII, se barajan nuevos dragados, esclusas, régimen variable, tablestacados, compuertas, embaulados, gaviones, más diques, cambio de boca…Hasta el propio Alejandro de Humboldt emite su opinión sabia. Pero frente a la cada vez más acuciante necesidad del desbroce del segundo tramo del canal, más cercana resuena la cabalgada independentista. La incertidumbre política aumenta con las guerras napoleónicas, y la obra del tramo superior del Canal del Dique, nunca encontrará financiación para acometerse en aquel vaivén de mercados. Estalla finalmente la guerra civil que devendrá en independencia. Tras ella y el vacío de la herida pero secular España, la arruinada Cartagena ha visto desaparecer a sus mejores y más preparados hijos, el Situado Real de la Corona, los sucesivos ingenieros militares que la han arropado desde su gobernación o desde la metrópoli, la masiva vacuna antivariólica infantil con fondos públicos que trae la misión Balmis…Con el silencio de las armas solo se escuchará un remolino local de voces de caudillos y caciques vociferantes, que la objetiva Historia ha de poner en su lugar. Un siglo perdido que tardará la ciudad en recuperar su población de los días de la independencia.

Para entonces, el comercio con las Indias había sido liberado (1745), y desaparecido del Comercio hispano el régimen de Flotas de los Austria. Perseguida la piratería por todas las flotas europeas, acabó por extinguirse, salvo casos puntuales de los mares americanos y europeos. Solo el Mediterráneo conservaría durante algunos años ciertos piratas berberiscos, apoyados bajo cuerda por Estambul. Los navíos de registro se habían impuesto en el tráfico de mercancías entre Cartagena y Europa. Desde cualquier puerto de bandera amiga aportaban barcos en época cualquiera del año. Las ferias, producto de la conjunción temporal de naves y negocio, languidecían pese a los esfuerzos de cabildos y gobernaciones. El tráfico de esclavos había sido prohibido. El declive del comercio y su tránsito portuario afectarían severamente a Cartagena, ciudad nacida del comercio marino y para el comercio marino. Su contraída población de la segunda mitad del siglo XVIII, alcanzaría sin embargo los 20.000 habitantes a final de la centuria.

Llegan entonces los nuevos y complicados tiempos de insumisión e independencia que la magnífica ciudad del Caribe intentará domar. Y tras las heridas de cada batalla, sabrá lamérselas y conservar como Patrimonio de la Humanidad su particular herencia cultural, cobijada tras la cantería de bastiones heroicos y joya de la corona de la hoy promisoria nación colombiana.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – I

Desde su descubrimiento por Juan Ponce de León (1513), La Florida había sido objeto de múltiples intentos de colonización fallida desde sus costas externa atlántica e interna del Golfo de México. Medio siglo después de testimoniada su configuración sobre los derroteros españoles, tanto holandeses e ingleses como franceses, habían arribado a las costas atlánticas del norte con otros empeños colonizadores también fallidos. Eran costas reservadas a España por Cédula Papal, aunque rechazada por las demás monarquías europeas salvo Portugal, firmante en aquel 1494 del Tratado de Tordesillas que se las asignaba a futuro. En aquel siglo La Florida comprendía el territorio entre el Río Pánuco (actual México) y la Tierra de los Bacalaos (Terranova), tal como nos lo refiere el Inca Garcilaso de la Vega. La España tardo-renacentista multiplicaba su curiosidad y empeño a lo largo de la costa atlántica a su alcance y aún más allá, pero su limitada población territorial ponía límites físicos al voluntarioso brío de sus gentes. Había explorado y cartografiado hasta la península de Labrador, incluso tomado nominal posesión geográfica para su Católica Majestad del todo y la parte, pero la tozuda evidencia limitaba toda divagación onírica.

Las guerras de religión en Francia venían vomitando de su metrópoli catervas de hugonotes protestantes expatriados por Catalina de Médicis, tolerante consorte primero, implacable regente después, mecenas renacentista siempre; dedicados ahora a la piratería caribeña los más, tratando de arraigar en tierras de la Florida otros. Su hija Isabel de Valois, reina de España por su matrimonio con Felipe II, había ya advertido a su madre la invariable voluntad del rey español por limpiar Florida de hugonotes intrusos, que acechaban la ruta del vital comercio español de las Indias.  Luego de meditar largamente la empresa, el monarca español encargará a Pedro Menéndez de Avilés, prestigioso Capitán General de la Armada del Cantábrico y experto conocedor del corso galo, la erradicación  hugonote de la Florida.

La Armada de Menéndez de Avilés con base en Santander, patrullaba los mares desde el Cantábrico a Flandes, para combatir la piratería que hostigaba la densa navegación entre España y demás reinos europeos de la Casa de Austria. Encargado de proteger los frecuentes viajes del emperador Carlos V por aquellos mares, era el hidalgo asturiano particularmente apreciado de su primogénito, el futuro Felipe II, por haberle custodiado a Inglaterra como joven príncipe que desposaba a María Tudor, su primera esposa y efímera reina de Albión.

Felipe, llegado a rey, había planeado un aldabonazo contundente sobre los herejes franceses que trataban de poblar aquellas tierras que por bula papal le correspondían. Menéndez de Avilés, Capitán General de la Carrera de Indias y Consejero del Rey, es nombrado Adelantado de La Florida para ejecutarlo. Fleta para ello naves que se botan en rampas cantábricas, a la vez que busca más naos y capitanes en la Bahía de Cádiz, y con ellos negocia otros contratos. Desde La Habana le informan del establecimiento francés de Fort Caroline (1562) en la desembocadura del río San Juan, encubierto enclave desde el que poder atacar ventajosamente esa Flota de Indias que antaño había comandado el propio Adelantado. Sabe que dos veces al año pasa, desplegadas sus velas a vista de costa, rumbo NE desde el Canal de Bahamas hacia el Atlántico, ayudada suavemente por la Corriente del Golfo. Sabe que en toda formación de galeones navegando en conserva, las naves lentas o descolgadas del acompasado andar de su capitana, pueden ser presa de los perros del mar, ralea de forbantes que saben infiltrar sus velas en la niebla o la oscuridad de la noche, para caer sobre cualquier confiada merchanta antes de lucir el día. Sabe que aquellas velas, más de un centenar a veces, que tardan varios días en perderse de vista desde el recoveco del río que hoy los hugonotes ocupan, cargan en sus panzudas bodegas el Impuesto Real de un gigante que ha comenzado a despertar. Es el pálpito mercantil de un Nuevo Mundo que había de mutar la economía universal: la europea primero, en proceso de  cambio con los pesos o reales de a ocho circulando ya como moneda corriente en Flandes, Francia o Portugal, y pronto en toda Europa. Repartidas desde el mercado de Sevilla, receptor anual de 260 toneladas de plata en moneda o lingotes que acuñar durante el siglo XVII, incrementadas hasta las 400 Tm anuales durante el XVIII. Y la asiática, que a finales de siglo empezaría a nutrir desde Acapulco  el mercado de Manila, con más de 143 toneladas anuales de plata; y también desde Lisboa, de donde las naos portuguesas por su ruta de oriente cargaban más de 20 toneladas anuales hasta Goa, acicate mercantil de los mercados de Macao y Nagasaki. Evidentemente el monto del valor fiduciario que cargaban las bodegas de la Flota de Indias, no era cuestión baladí: superaba el presupuesto de la mayoría de reinos europeos de la época. Cualquier galeón ocasionalmente capturado, suponía la fortuna para sus captores y descendencia terrenal, de ahí la ávida presión vigilante que sobre sus derrotas y recaladas contabilizaban  corsarios y perros del mar. A mediados del siglo XVI, todo un submundo de rapiña y violencia estaba medrando en torno al entramado mercantil español, nuevo y complejo ensayo a escala atlántica del comercio europeo, que sería universal y consolidado medio siglo después. Rapiña y violencia avivadas en el Caribe por la codicia personal del aventurero aislado o la envidia institucional de monarcas marginados por la Bula Alejandrina. Pese al acoso generalizado, la pérdida de naves españoles por naufragio o captura, no llegaba al 3% de las singlas oceánicas durante estos siglos de pólvora y zafarranchos. Pedro Menéndez de Avilés y su rey sabían que solo el perfeccionamiento del arte de navegar, la precisión de las cartas náuticas, las mejoras en la construcción naval y el minucioso estudio de la meteorología, serían factores decisivos para evitar la pérdida de vidas y hacienda sobrevenidas en el postrer trámite del mar, tras una forzada aclimatación de semillas y ganados, su sazón con mano de obra incierta, un trato mercantil transoceánico y el encaje de sus productos en el mercado europeo.  Pero también conocían la negativa de otros reinos a aceptar el reparto papal versus la tradicional ley medieval del “Rex Nullíus Lex” o toma de posesión de tierras no reclamadas anteriormente por otra corona. Por ello, junto al esfuerzo técnico guiado por la Casa de Contratación de Sevilla, había que extirpar el peligro de potenciales enemigos que arruinasen tanto empeño en aquellas costas a España asignadas, y poseerlas y poblarlas de facto con súbditos leales a su Corona.

Dos mil seiscientos hombres en 34 naves, entre las contratadas en Cádiz y las construidas en el Cantábrico, se preparaban en la Península para emprender tal cometido. Era voluntad real que el Adelantado recorriese detenidamente las costas de Florida <<… y descubrir todas las ensenadas, puertos y bajíos que en ella hay, para se marcar precisamente y poner en las cartas de marear, porque de no se haber hecho esto (anteriormente), se habían perdido muchas naos que iban y venían a las Indias, con muchas riquezas e gente y muchas armadas que el Emperador, de gloriosa  memoria, su padre y SM, habían hecho para la conquista e población de aquellas tierras >>.

En junio de 1565 con 995 soldados, 4 clérigos y 117 familias de artesanos y labradores, surge de Cádiz la vanguardia de la expedición en 11 naves rumbo a Canarias. Allí  confluye con las otras 23 naves cantábricas, que aportan a su vez 257 marineros y 1500 familias de colonos, más algún que otro clérigo que  se incorpora a la expedición. Solo el galeón San Pelayo, nao capitana de 60 cañones donde se embarca el Adelantado junto a 317 hombres de maniobra y guerra, era barco financiado por la Corona. Los bienes de Menéndez de Avilés, junto al aporte de familiares y otros potentados amigos de Cádiz y Sevilla, quedaban empeñados para financiar el resto.

La navegación hacia el Caribe iba a resultar problemática, borrascas incluidas que dispersan y maltratan hombres y barcos. Llegará el galeón San Pelayo a San Juan de Puerto Rico los primeros días de agosto acompañado de un solitario patache. Aguarda allí la incorporación del resto de la maltrecha flota, de la que apenas habría reunido un tercio, cuando parte sin demora hacia Florida, tras dos ajustadas semanas para reparar las naves dañadas durante la travesía. Al partir de San Juan, no sabe aún si las naves ausentes llegarían a Puerto Rico, o habían perecido en las borrascas atlánticas.

 
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LA LEYENDA DEL GALEÓN ERRANTE – III

Todo indica que aquel 2 de junio de 1526 el galeón San Lesmes enrumbaba a las Molucas con una derrota algo más al sur que la de Magallanes, y mucho más que la de su capitana Sta. Maria de la Victoria, que le precedía. Su rumbo íbale aproximando a la zona pre – tropical, de alisios favorables del sudeste y corrientes de deriva oceánica que formaban una suerte de lanzadera hacia el NW por encima de los 35ºS. Su rumbo incidía inexorablemente hacia las entonces desconocidas Gambier, Tuamotu y Sociedad, un verdadero campo minado por arrecifes, islotes y atolones planos, con mas de 150 trampas insulares a fil de roda, abanicadas cual siniestra telaraña de tres millones de Km. cuadrados ante unidireccional insecto. El confiado andar del San Lesmes con buena mar y brisa fresca por popa, podía superar los 3,5 nudos. En sus singladuras nocturnas, el peligro de embarrancar abruptamente en cualquier anillo coralino, playote o bajío del desconocido y mimético insulario era cierto y próximo, pese al sereno fulgor de sus buenas lunas de agosto. Y así parece que ocurrió en Amanu.
Langdom, catedrático de Historia de la Navegación del Océano Pacífico en Australia, dedicando cincuenta años de su vida a este enigma, cree que con el nuevo día, la tripulación pudo zafarse de algunos cañones y lastre suficiente para reflotar la nave. Maltrecho, pero nuevamente operativo y rumbo al poniente, tras 600 millas avante fue a dar el galeón con la deshabitada Anaa y la habitada Raiatea (Sociedad, al oeste de Tahití). Allí trataron de recomponer la nave, testificando bajo la cruz de Anaa su accidentada singladura, alertando al patache que supuestamente navegaba tras ellos. Pero el Santiago nunca apareció, y ellos acabaron maridando con nativas que les dieron descendencia. Cuando sin duda habrían muerto ya los últimos españoles de Tuamotu, iba a pasar por ciertas islas cercanas Fernández de Quirós (1606), el primer europeo que aparecía tras ochenta años de silente vacío. A buen seguro nada de ello trascendió en las protohistóricas Amanu, Raiatea y Anaa. Pese a su voluntad de llegar al Malucco, seguramente no fueron ellos sino sus vástagos, ahítos de narraciones encendidas, añoranzas y subida autoestima, osmotizadas todas por el pasional y obsesivo relato paterno, quienes prosiguieron el periplo hacia el poniente. Mediante pistas genéticas, arqueológicas e historiográficas, Langdom y colaboradores han encontrado posibles huellas de su presencia en diversas islas del Pacífico tales como Pascua (27º7´S-109º21W), Tahití (17º40´S- 149º28´W , a 300 millas de Anaa), o la propia Nueva Zelanda 2000 millas más lejos, cuyos autóctonos maoríes estarían influenciados por la “cultura occidental” llegada desde España. Difícil ecuación que comentaremos mas adelante.
Son muchos los indicios de temprana presencia española en Nueva Zelanda. Empezando por los “whakapapa”, relatos maoríes de genealogías y vivencias ancestrales, verdaderas sagas de sus tribus. Narraban avistamientos históricos de grandes barcos en sus costas, que nadie prestaba atención. Aunque también entre sus gentes albergaban individuos pelirrojos y caucásicos de tez clara, los “urekehu”, que habían sorprendido a los propios naturalistas de Cook, por repetirse de nuevo lo visto por ellos en Tahití. Abundando en la materia, Langdom en un documentado artículo de la Sociedad Australiana de Antropología, estudia la existencia de ciertos maorís de etnia caucásica y la relaciona con la recurrente presencia de españoles del siglo XVI. Max Dowell historiador neocelandés, ha tratado también esa presencia española o portuguesa en sus islas y Tasmania durante el mismo siglo. En las costas de Hotiki (isla sur) descubrió restos de un pecio de madera de haya, con cuadernas ensambladas al ibérico modo, apernadas mediante vástagos de la propia madera. Fuertes temporales del invierno austral arrastraron la arena de la costa, dejando al descubierto restos de aquel maderamen que, analizados por el historiador neocelandés, le inclinaron a creer se trataba quizá de una nave portuguesa de la malograda expedición de Pedro de Labore (1555 ). Noel Williams un cazatesoros de la misma nacionalidad, descubrió en la Bahía de Plenty (Gran ensenada de la costa norte de Nueva Zelanda) un trozo de cuaderna de galeón empernada por tirafondos de bronce que supuso español. Sometido a la prueba del Carbono 14, fue datado como del siglo XVI. Pero el supuesto pecio español, que podría aportar datos preciosos, permanece aún bajo la arena de la bahía, a la espera de un permiso de excavación que tarda en llegar, ahora que las cosas del naufragio histórico parecen haberse puesto serias. Para Francisco Mellén Blanco, historiador de la Asociación Española de Estudios del Pacífico, resulta más acertado enfocar la presencia hispana en Nueva Zelanda y su contacto con la cultura maorí, a partir de la expedición de Juan Fernández (el descubridor de las islas que llevan su nombre) desde Valparaíso en 1576. El navegante hispano descubrió allende el Pacífico ciertas << tierras habitadas por nativos de piel blanca >>, tierras que 40 años después eran propuestas a Felipe III para que las conquistase desde Chile. De esta expedición parece provenir un morrión aparecido en Plenty, oriundo modelo borgoñón traído a España por las huestes del joven Emperador, y asumido por los tercios y demás milicias hispanas. Se conserva en el Museo de Wellington.
Roger Hervé, historiador de la Biblioteca Nacional de Francia (cuyo departamento de reproducción suministra magníficos mapas de su archivo a quien lo solicite), sostiene que Nueva Zelanda y Australia fueron descubiertas fortuitamente por navegantes ibéricos entre 1521 y 1528. Para este extraordinario conocedor de la cartografía histórica, el mapa que Cook manejaba cuando arribó directamente a la Bahía de Plenty, era una copia secreta de la elaborada por los marinos portugueses que despojaron y mataron a los supervivientes del Galeón San Lesmes. ¿Cómo llegó a las manos de Cook esta preciosa y secretísima información?. Pese a la pena de muerte inminente << con perdimiento de todos sus bienes >> de quien pasase información a otros reinos, una copia del original archivado en Lisboa, fue a manos del cartógrafo Pierre Desceliers, a la sazón gran maestre de la Escuela de Cartografía de Dieppe, quien se lo regaló al Delfín de Francia en 1546. Por ello se le conoce como “Mapa del Delfín”, que realmente es una versión del ejemplar lisboeta trufada con el buen hacer del gran hidrógrafo francés.

Y como ¡poderoso caballero es don dinero!, de idéntica guisa a lo ocurrido en Lisboa, lo consiguieron activos espías británicos en el Dieppe del siglo de las luces. Pero la derrota seguida por el galeón español es para Hervé diferente de la supuesta por Fernández de Navarrete y asumida por Langdom. La nao San Lesmes no naufragó, ni siquiera pasó por Tuamotu. En una comprometida y difícil navegación, aproando al menos intermitentemente contralisios y corrientes oceánicas adversas por debajo de los 35ºS, alcanzó las costas de Nueva Zelanda. Allí convivieron con los maoríes algunos años hasta saltar a Australia y morir a manos portuguesas en 1528. Pero si así fuera, algo tendrían que contar las ricas sagas maoríes, y que yo sepa nada parecen decir de estas convivencias étnicas con hombres blancos… Pero para el fino olfato de Hervé, quienes originalmente dibujaron las figuras humanas y chozas copiadas en el “Mapa del Delfín” que en Dieppe se elaboró, conocían perfectamente las vestimentas, hábitos y construcciones maoríes de la época. Y solo los españoles, que venían navegando desde el Pacífico oriental, habiéndose topado casualmente con estas islas, cartografiaron sus costas como si de un solo continente se tratase. Parece razonable la hipótesis del francés, ya que para los portugueses de Timor y las Molucas, era lejano y complicado acceder a la costa este de Nueve Zelanda, a la sazón inexistente Terra Australis, oculta en las brumas incógnitas de latitudes prohibidas.
Navegando siempre al poniente, pudieron en fin los peregrinos del San Lesmes llegar a las costas de Australia donde, según Langdom, naufragarían en los arenales de Warrnambool (“lugar de agua” en lengua aborigen) situados en la apostrofada como “costa de los naufragios” del litoral de Victoria al sureste del continente. Algunos supervivientes en nueva embarcación por ellos construida (o arrebatada a comerciantes malayos visitantes de aquella costa, o en la suya propia rescatada), llegarían al cabo de York antes de 1529 (tratado de Zaragoza), siendo allí copados y muertos por la segunda hueste portuguesa de Diogo Gomes de Sequeira, exploradores a la sazón de lo que ellos agazapadamente consideraban potencial tierra de Portugal (extremo nordeste de la costa oriental australiana). Las instrucciones lusas emanadas de Meneses, Gobernador de las Molucas, eran tajantes: << Si tomases a los castellanos o su nave, no dejes ninguno de ellos vivo, porque vienen a tomar y levantar las tierras del Rey Nuestro Señor de Portugal, y envolvedlos en una de sus velas y echadlos en medio de la canal de la mar, porque no quede ninguno de ellos vivo, ni haya quien vaya a decir a Castilla lo que por esta tierra pasa. Lo cual haced, so pena de muerte y perdimiento de vuestros bienes >> había proclamado uno de sus acólitos. Arrebataron por tanto a los españoles nave y mapas, pero silenciaron la lid y su cumplido desenlace, a las puertas como estaban de acordar con España la ubicación del vital antimeridiano y el consiguiente cese de hostilidades.
De esta interacción hispano-lusa u otra inédita, parece han perdurado en esta Terra Australis algunos útiles de pesca, calcificadas herrumbres de cañón, señales grabadas en rocas, sucintos fortines estratégicos, vainas de espada, maderamen de roble cantábrico, vidrios, abalorios, un puño de bastón. Demasiada cacharrería a buen entender para ser salvada, y conservada, tras años de calamidad y naufragio por los últimos del San Lesmes. Por ellos, repito, y no sus descendientes, que poco o nada debieron de aprovechar aquellos menesteres tras faltar sus genuinos dueños. La lejanía en tiempo y espacio de todo adiestramiento y manejo que aprendieran sus mayores cuando jóvenes, sería probablemente para la nueva generación polinésica patrimonio de mundos oníricos, que nunca llegarían a catar. Y eso, por muy compenetrados que en primera generación hubieran estado con sus padres. En generaciones sucesivas sin duda, su “cultura occidental” sería un pálido remedo de lo sobrevivido en Amanu. Entero probablemente hallaríase, caso de haber sido los propios supervivientes quienes en persona accedieran a la Bahía de Plenty o a las dunas de Warrnambool. La investigación histórica de aquí, o de allá, ha de proseguir, pues, atando cabos, despejando incógnitas