Cabe destacar que entre las muchas partituras aparecidas diseminadas por diferentes misiones jesuitas hoy es posible atesorar una notable colección de misas, salmos, himnos, antífonas, letanías lauretanas, Tantum ergo y motetes del celebrado compositor y Maestro de Capilla de la catedral de Córdoba, el toscano Domingo Zípoli, perdida por años su producción, olvidado de la posteridad su carisma. Zípoli, virtuoso compositor y organista de la Chiesa del Gesú, la Iglesia Madre de la Compañía de Jesús en Roma, y discípulo de Casini en Florencia y de Scarlatti en Nápoles, es hoy considerado el compositor europeo mejor dotado de los venidos a las Américas a lo largo de tres siglos. Tras un comienzo brillante como compositor y clavecinista en Italia, un inopinado mutis social, lo evapora súbitamente de su vida romana para cobijarle a la sombra del noviciado jesuita de Sevilla. Ido como misionero al Río de la Plata, acabaría en la Universidad de Córdoba su carrera sacerdotal de filosofía y teología, para llegar a cantar misa in artículo mortis tras años de espera por carencia de Obispo oficiante en aquella diócesis. Residiría en la jesuítica Hacienda Santa Catalina, hoy Patrimonio UNESCO de la Humanidad, a donde hubo de retirarse aquejado de la profunda ‘tisis’ que le llevó a la tumba. Desde la Hacienda, hacía llegar sus múltiples partituras a las reducciones guaraníes, e incluso a las lejanas de Chiquitania y Moxos en el río Marañón.
Aquella élite de autores europeos tonsurados, a la vez que virtuosos maestros de la flauta, el violín o la polifonía, como eran Pedro Comental, Antonio Sepp, Luís Berger, Juan José Mesner, Juan Vaisseau y tantos otros frailes destinados a las misiones guaraníes, capaces de simultanear la enseñanza de música con sus profesiones de arquitectura, pintura, platería, matemáticas, medicina, astronomía, naturalismo, etnografía… era una conjunción de talentos difícilmente aglutinables aún hoy. El bávaro Sepp con maravillosa voz de tenor de coro, era también compositor, maestro luthier y virtuoso solista de piano, clarín, sacabuche, flauta, corneta y viola, además de alma mater de la ‘reducción de Yapeyú’, convertida, gracias a su talento, en un centro musical de primer orden por más de medio siglo en los albores del XVIII. Y de la misma forma que incursionaban impávidos por el mundo musical, lo hacían también por el científico de las especies aclimatadas, la geofísica de volcanes y sismos o la meteorología de los ciclones. El padre Caamaño comenzó el estudio de una ‘Enciclopedia Etnográfica’ de las provincias del Plata que con su expulsión quedó truncada, pero cuyos abundantes datos recopilados por su equipo, yacen hoy en los archivos españoles e italianos de la Compañía. El santafecino padre Buenaventura Suárez, estableció a su vez un observatorio astronómico, cuyos trabajos imprimió en las propias misiones bajo título y forma de un Lunario. Estos ensayos alcanzaron eco en centros punteros del saber mundial, como la prestigiosa universidad de Uppsala (Suecia) de los Linneo y Celsius, que publicó en sus ‘Anales Académicos’ una selección de todo su Lunario. A base de artilugios de observación y medida tales como péndulos de tiempo y telescopios diseñados por él mismo, había logrado tan excelente precisión en sus cálculos, que la Compañía acabaría premiando su estudio con el más moderno aparataje del momento. Sus trabajos pudieron ser inicialmente publicados gracias a una imprenta itinerante que los jesuitas tenían para uso de las reducciones guaraníes. Por aquella época (marzo de 1702) se estaba imprimiendo por vez primera el Daily Courant, primer periódico de Londres, que iba a publicarse durante 33 años hasta su fusión con el Daily Gazetteer. En cambio, desde 1700 el cono sur americano contaba con esa imprenta jesuítica, lo que supuso un adelanto de tres cuartos de siglo sobre la Buenos Aires capitalina, que hubo de esperar llegar a ser virreinal, para que Vértiz y Salcedo la trajese a la capital. La estampadora semoviente, montada a base de moldes y prensas elaboradas en los talleres propios con maderas y manos indígenas, empleaba letras de aleación plomo-estaño y tintas fijas de colores varios, obtenidas del mate y otros tintes herbáceos para los textiles de las propias misiones. Con estas prensas se imprimieron catecismos y calendarios múltiples, pero también tablas astronómicas y pentagramas de músicas polifónicas y de cámara. En proceso simultáneo, los escoplos guaraníes esculpían imágenes en piedra o madera, policromada luego, para decorar nichos y retablos de las misiones, en tanto sus colegios competían por poseer la biblioteca más nutrida de todas las provincias eclesiales.
Con el estallido de la Revolución Francesa (1789), el Conde de Floridablanca, a la sazón Secretario de Estado, cierra las Cortes (Parlamento) y suspende el «Pacto de Familia», tradicional autoayuda entre ambas coronas emparentadas, a la vez que obtura y refuerza la frontera como freno a todo intento de invasión populista desde la soliviantada Francia. La muerte en la guillotina de los reyes Luís XVI y Maria Antonieta (1793) y por inanición en la cárcel el joven Delfín futuro Luís XVII, vino a trastocar la política internacional de Carlos IV, seguida desde la muerte de su padre (1778) como el puro continuismo de sus políticas. Floridablanca, enemigo de aquella revolución parisina, fue sustituido en su momento por el ilustrado Conde de Aranda, amigo de Voltaire y adicto a las sociedades secretas, tildadas por el común como gallineros donde todos hablan aunque nadie tenga experiencia de lo hablado. Se trataba de un mutis oportuno de una política exterior opuesta a la inglesa, donde el Secretario estatal saliente, había creado una red de opinión en colegios dependientes del Gran Oriente (masonería francesa) en franca pugna ideológica con el Real Arco, buque insignia de la masonería inglesa. Por contra de las masonerías española y francesa que trabajaban para su ideología en boga, la inglesa lo hacía para los intereses de su patria. El embozado propósito regio, era en el fondo salvar a su primo francés, contando con realistas galos y un plan secreto para traerlo a España. El fracaso de esta intriga, sería aprovechado por el Rey español para sustituir al ilustrado Aranda, extraordinariamente útil y sagaz, por Manuel Godoy, un despierto trepador guardia de corps, ascendido a Ministro Universal de la Corona.
Pero un enemigo invisible, o no tanto, entró al acecho en este cultural mundo: la viruela. Entre 1780 y 1789, el Virreinato del Plata había padecido sendas epidemias de tan devastadora enfermedad. José de Gálvez, Ministro de Indias en funciones, envía unas Ordenanzas en las que propone la formación de lazaretos aislados, donde recluir en cuarentenas a los afectados por el virus. Evitando en lo posible el contacto con facultativos, so pena de quedarse sin médicos por contagio, estos lazaretos atendidos por personas inmunes con enfermedad superada, debían situarse en donde los aires que regularmente corren en la comarca, no puedan comunicar el contagio a los pueblos o haciendas próximas. Los indios, que sentían pavor por las viruelas que periódicamente les golpeaban, dejan a los pacientes solos, se muda su toldo lejos, y cada tres días vienen algunos a ver a los enfermos por barlovento, y les dejan comida y bebida, y por barlovento se van… hasta que sanen o se mueran… En una Información presentada al Cabildo de Buenos Aires sobre una reducción jesuita de indios pampas, se resaltaba la importancia dada por sus tribus al aislamiento de los apestados, hasta el punto de que teniendo por prisioneros a un padre y su hijo, apenas vieron que el muchacho presentaba síntomas variólicos les abandonaron en mitad del campo. Caminando padre e hijo encontraron a otro indio contagiado, con el que se cobijaron en el toldo comunal. Días después, mejorada la salud del joven, escaparon del lugar y llegaron a la frontera civilizada… Otras noticias sobre los indios cherokes norteamericanos, revelan un comportamiento similar, con abandono de sus enfermos en los bosques, donde se les dejaba comida y leña. Ese pavor por el contagio variólico, producto de experiencias desgraciadas, lo expresaba el sacerdote jesuita Lucas Cavallero en su crónica histórica ‘Relación de la misión de los indios pampas‘ al exponer el testimonio de los habitantes criollos de Buenos Aires su negativa a reducir dichos indios en aquella misión:
….lo mismo es poblarse los pampas, que venir la peste y acabarnos…
Diez años había costado la planificación de la vacuna antivariólica a escala continental, que había partido de La Coruña en 1803 rumbo al Caribe, bajo la dirección de Francisco Javier Balmis, medico de cámara del Rey. El grupo de 22 niños inoculados con virus variólico, acompañados de sus ayas-cuidadoras, médicos, cirujanos y enfermeros, eran la supuesta garantía de éxito para la vacuna antivariólica que se llevaban al Nuevo Mundo en gran escala. Como estaba previsto, se distribuirán los médicos con sus niños y colaboradores sanitarios en diferentes cometidos geográficos. José Salvany y Lleopart, subdirector médico de la expedición, liderará la comitiva que parte de La Guaira (Venezuela) hacia el cono sur. Cartagena de Indias (Colombia) será su siguiente etapa, donde va a crear la primera junta vacunal del Virreinato de Nueva Granada. Canal del Dique y Río Magdalena arriba, luego de haberse dividido en nuevos vectores sanitarios con destino a Portobelo y el área centroamericana, llegará la embajada variólica a Bogotá, donde son muy bien recibidos por el Virrey, proclive a crear una nueva Junta de vacunas en la capital del virreinato.
En Lima se centralizará a su vez la Junta del Virreinato del Perú, desde donde multiplicar sus vacunaciones comarcales. Son muchas las penalidades que va a sufrir esta avanzadilla médica en su cometido de alcanzar Santiago de Chile y Buenos Aires. Salvany enferma gravemente con el mal de altura en los Andes, y sus problemas respiratorios conducen a una ‘hemoptisis’ que le causan la pérdida del ojo izquierdo. Pero no se rinde y, pese a su deteriorada salud, multiplica la actividad, envía vacunantes a las misiones jesuitas del Marañón y él mismo acude a Cuzco, Arequipa, La Paz. En su ruta hacia Buenos Aires, luego de separarse de la misión que va camino de Chile, no pasará de la nueva junta vacunal de Charcas: en una de sus salidas paliativas, le sorprenderá la muerte en Cochabamba (1810). Tiene treinta y cuatro años y hacía siete que había salido de La Coruña, bregando desde entonces contra la indiferencia de muchas autoridades y el temor supersticioso de los indios. En más de una ocasión habían sido robados sus dineros, cabalgaduras, equipajes, con el consiguiente perjuicio y pérdida de tiempo en eternos trámites burocráticos. Había sido abandonado en cierta ocasión por sus guías y portadores, y tras deambular con sus aterrados niños por los páramos andinos, habían sido cobijados por un paisano suyo, poderoso hacendado de la zona que les encontró vagando por sus campos. Había sido tildado de ‘Anticristo’ en algún pueblo que rehusaba la vacuna, viéndose obligado a salir huyendo con peligro de su vida. Pero el cirujano catalán no se rendía fácilmente ante la adversidad, hasta el punto de ser hoy considerado un mártir de la profesión galénica y, desde luego, un titán de la voluntad humana. Muerto Salvany y cundida la rebelión independentista en el altiplano peruano, la expedición de la vacuna que comandaba, acabaría por disolverse: había recorrido 18.000 km y vacunado 200.000 personas, pero no iba a llegar a Buenos Aires como había sido su sueño. El propio Edward Jenner, compilador de experiencias previas y divulgador de la vacuna en 1796, hubo de admitir algunos años más tarde:
no imagino en los anales de la Historia, un ejemplo de filantropía tan noble y extensa como éste…
Balmis, regresado a España cuatro años antes de la muerte de su colaborador y huido con la Junta Suprema a Sevilla y Cádiz, había dado la vuelta al mundo con su vacuna, Filipinas-Macao-Cantón incluidas, y una última parada sanitaria en la atlántica isla británica de Santa Elena luego de haber doblado el cabo de Buena Esperanza.
En el Río de la Plata, el Virrey Vértiz había solicitado la creación de un protomedicato para Buenos Aires en el año 1778, que iba a incorporarse un par de años después. Se trataba de una conocida institución peninsular, creada en 1477 por los Reyes Católicos a fin de controlar el ejercicio de las profesiones sanitarias troncales de la medicina, cirugía y farmacia, o sus derivados como sangradores, especieros, herbolarios, ensalmadores, barberos… bajo un fiel de balanza común para sus reinos de Aragón y Castilla, afectados hasta entonces por reglamentos diversos. Hasta la solicitud del control médico in situ de Vértiz, todo el cono sur había dependido del protomedicato de la lejana Lima, creado en 1588 por Real Orden de Felipe II. De él había dependido la vigilancia de toda actividad relacionada con la medicina, su buena o mala praxis, los abusos cometidos por el personal sanitario, su intrusismo, la aplicación de falsos medicamentos, así como la prevención y cuido de las enfermedades, la reclusión forzosa de leprosos y la enseñanza de la ciencia médica.
La primera Escuela de Medicina de Buenos Aires abriría sus puertas en 1801 dirigida por el prestigiado médico irlandés Miguel Gorman, traído de España por el entonces Gobernador Cevallos que, acompañado de 27 médicos y cirujanos, pasaría su bautismo de fuego atendiendo heridos durante las invasiones inglesas de aquellos años. No era fácil encontrar candidatos para una profesión que, en época plagada de conflictos armados, debía incorporar obligatoriamente al ejército a sus alumnos de los últimos cursos de carrera. La capital del virreinato, como puerto que era, registraba cuanta enfermedad traían los barcos negreros o sus ratas desde otros puertos; pero también lo hacía con noticias sobre la vacuna líquida que los comerciantes habían empezado a vender en Lima. No iban a tardar las primeras linfas vacunas en llegar a las costas rioplatenses. Antes de emplearla como antídoto sanitario, Jenner había sido informado de que algunos vaqueros y lecheras en Gloucestershire (Inglaterra) no contraían la viruela si antes habían bregado con ganado afectado por la viruela bovina. Sus inconfundibles ampollas rojas, eran especialmente sensibles en sus ubres durante el ordeño de las vacas, vector de contacto inmediato, seguido de leve respuesta humana, cutánea y térmica. Si esto era cierto, los afectados por el virus vacuno, debían ser inmunes a su modalidad de virus humano. Extrapolación médica que le llevó a tomar linfa pustular de una lechera afectada, Sarah Nelmes, para inyectarla en niños sanos de la inclusa que, efectivamente, permanecieron inmunes a la enfermedad que diezmaba a sus compañeros. El éxito de su divulgación fue rotundo, y por ello la Comisión de la Vacuna de Balmis se había puesto en marcha con 22 niños que iban a ser inoculados uno tras otro a lo largo del tiempo. Una vez en América serían inoculados nuevos niños criollos, recipientes vivos de la preciada linfa variólica, manantial recurrente de prevención en caso de pandemia, frecuente en aquellas tierras. Su procedencia originaria de las vacas, nos dejó a posteriori el vocablo vacuna que hoy manejamos como símbolo de medicina premonitoria contra virus o bacterias patógenas vengan o no del ganado bovino.
La primera noticia de su llegada al Río de la Plata la iba a dar una fragata venida a Montevideo con negros bozales, entre los cuales tres niños africanos habían sido convencidos con dádivas para dejarse inocular el anticuerpo y portar la linfa variólica en sus brazos. El Virrey Marqués de Sobremonte cita en el Fuerte a todos los médicos de la ciudad, posibles vectores de la vacunación general que proyecta, además de testigos de la inoculación de otros cuatro niños criollos expósitos, prestos a recibir el virus portado por los tres morenos. Desde entonces la Casa Cuna de expósitos sería la encargada de mantener la linfa pustular debidamente conservada de persona a persona. Conocida la reacción indígena negativa contra la vacuna en los otros Virreinatos, la campaña de mentalización previa de receptores voluntarios en el Virreinato del Plata, fue debidamente orquestada desde los púlpitos de las iglesias. No solo por sus arengas persuasorias, sino por su aplicación de inyecciones durante los 30 años restantes de su vida pastoral, el padre Saturnino Segurola, canónigo de la catedral bonaerense, iba a convertirse en el arquetipo de vacunador entregado. Sentado bajo la plácida sombra de un árbol de la hacienda de su hermano, inyectaría a miles de personas que llegaban a él para inmunizarse.
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Dejando aparte la noble labor de vacunación, a finales del s. XVIII , las potencias europeas declaran la guerra por todas sus fronteras a la Francia regicida y revolucionaria. España empezaba a ser una potencia en decadencia, y es derrotada en la suya, viendo ocupada una franja cantabro-pirenaica por tropas gabachas, acampadas con sus animales de monta y carga en iglesias y lugares sagrados. Aún hoy pueden apreciarse «ciertas frases sueltas» con su firma de autor, grabadas a punzón sobre los dorados altares y retablos de las hermosas iglesias guipuzcoanas ocupadas por aquellos sans culottes disfrazados con el uniforme de la patrie. Por lo menos sabían escribir… además de robar y estuprar doncellas. Era un primer ensayo que iba a tener su culmen con la guerra que se avecinaba. Aunque los ingleses tampoco resultaron ser mancos en ella. Pero los campeones del latrocinio, fueron sin duda los generales y altos cargos avec culottes, que robaron, durante su campaña del sur peninsular, colecciones de cuadros de Zurbarán, Murillo, Ribera, Rubens, Tiziano, Velázquez entre otros maestros. El General Franco, en connivencia con el Mariscal Pétain, lograría repatriar siglo y medio después alguno de ellos para el Museo del Prado (1941). Lo que no se pudo rescatar fueron las custodias, cálices, cruces, retablos, orfebrería varia en metales preciosos, fundidos o troceados en su día para ser repartidos como derecho de saqueo.
Suscrita la Paz de Basilea con Francia, sería canjeada la franja norteña ocupada, por el sector hispano de Santo Domingo. Los acontecimientos se precipitaban y frente a las agresiones de Inglaterra, que, fiel a sí misma, pretendía pescar en río revuelto, Godoy apoyado por Francia, ataca al Portugal aliado de Albión. En calidad de tal, además de competidor del comercio atlántico, la Inglaterra insular se revuelve contra España. Rechazada su Royal Navy en Puerto Rico y las Canarias, derrota en cambio a la Real Armada en el Cabo San Vicente, ocupa Trinidad y Nelson, pese al brazo perdido en Tenerife, mantiene bloqueada la Armada española refugiada en Cádiz. Aislada la metrópoli, el Virreinato del Plata sólo conservaba en la base naval de Montevideo once barcos de línea aptos, la mitad de los cuales carecía de munición y la otra mitad de tripulantes, a causa del bloqueo gaditano.
Prisioneros de Napoleón en Bayona los Reyes de España, Godoy pone a disposición del Sire la Armada española, que, junto a la francesa y bajo mando supremo del vicealmirante Villeneuve, iba a entablar contienda y ser derrotada sin ambages frente el cabo Trafalgar. Horacio Nelson, el vicealmirante inglés que la comandaba, moriría en aquel combate. Con la derrota sufrida, la idea napoleónica de una invasión conjunta de Inglaterra quedaba anulada sine die, y España dejaba desprotegido su Imperio de ultramar, en tanto que Francia se veía por el Este amenazada por los ejércitos de Austria y PrRusia. En el Río de la Plata, la presión contrabandista anglo-portuguesa era cada vez mayor. En 1804 un convoy de cuatro fragatas salidas de Montevideo al mando del cántabro José de Bustamante y Guerra (la famosa Mercedes del hoy recuperado tesoro del affaire Odyssey Marine Exploration, entre ellas… y cuya tesis de fín de carrera inpiró dicho blog. SE PUEDE ACCEDER AQUÍ en inglés: https://www.academia.edu/35446638/Underwater_Legality_Archaeological_Reality_The_Ethics_behind_Nuestra_Se%C3%B1ora_de_las_Mercedes_Shipwreck_in_Cultural_Heritage_Management_Submitted_by) que cargaban los haberes impositivos de la Real Hacienda devenidos de los Virreinatos y Capitanías del cono Sur y destinados a soldadas para Napoleón, es interceptado por barcos de la Royal Navy a la entrada de Cádiz, en un sorprendente acto de guerra en tiempo de paz. Typical british. Durante el intercambio artillero, revienta la santabárbara de la Mercedes, que se hunde con sus 300 marinos y pasajeros en apenas unos minutos. Tres años hacía que Inglaterra y España habían firmado la Paz de Amiens (1802): pero el espionaje sabía que aquel dinero era para los franceses, en guerra con Inglaterra. Entablado el combate, la explosión de la fragata Mercedes haría imposible la defensa del tesoro restante y Bustamante hubo de izar la bandera de rendición. Un nuevo acto de piratería que John Maynard Keynes no tuvo esta vez a bien valorar, aplicando su balsámico interés compuesto como en anteriores ocasiones, pero que sin duda produjo otra conmoción en las reservas del Banco de Inglaterra, similar a las experimentadas en tiempos de Drake. En fín, el orígen del imperio financiero británico y la magia del interés compuesto. Dinero contante de ayer convertido hoy en un bien cultural de nuestros museos, gracias al tesoro monetario extraído de las profundidades marinas. Las tres fragatas restantes fueron llevadas a Londres y sus pelucones reacuñados por la banca nacional como moneda inglesa de curso legal. No pequeño fue el aporte fiduciario de sus tres millones de Spanish Dollars a las escuálidas reservas del Banco nacional ingles, a juzgar por la euforia que sus medios financieros dejaron traslucir, aunque tampoco faltaran críticas acerbas ni panfletos denunciantes, por tratarse de un expolio bajo una Paz vigente, sin declaración previa de guerra. Puro ‘truly’ british style.
En operación simultánea el Virrey en Buenos Aires, apoyado por su Consulado del Comercio, había armado dos buques en corso, que iban a poner el matute porteño en fuga, mientras mantenían temporalmente a raya a los navíos ingleses. Pese a todo, en la capital del virreinato, se aguarda y teme un desembarco enemigo a gran escala. Se rearman en lo posible cuanto barco en Montevideo quedara, para el caso de ser dirigida la acción inglesa contra el apostadero naval. Pero la Royal Navy no ataca Montevideo, sino que desembarca 1600 marines al sur de Buenos Aires, seguida de una aproximación por tierra del general William Beresford, que tomaría la capital sin demasiados problemas. Jurada la sumisión inglesa por la mayoría de sus miembros, Manuel Belgrano, Secretario del Consulado, se retirará en señal de protesta a la Banda Oriental del Plata, en tanto que el virrey Marqués de Sobremonte lo hace cautelarmente a Córdoba. Confía reunir fuerzas del interior del Virreinato a la espera de tiempos propicios para el contrataque sobre la capital. Esa reacción se dará por iniciativa del Capitán Santiago Liniers al mando de una imprevista fuerza venida de Montevideo. Desembarcada al norte de la ya próspera Buenos Aires de los 45.000 habitantes, verá pronto unírsele milicias ciudadanas aupadas por una rugiente masa de bravas mujeres bonaerenses y financiadas por sus comerciantes locales españoles y criollos. Ellos iban a forzar la rendición de los ingleses que, parapetados en sus barricadas de la Plaza Mayor, Fuerte y alrededores, se vieron envueltos por una quíntuple columna infiltrada por el norte calle a calle.
Sesenta y cinco días había durado esta primera invasión inglesa, cuya medida estrella aparente había consistido en decretar la demagógicamágica libertad de comercio para la capital, nada más hacerse con el poder. Era un claro aviso de la eterna política colonial inglesa de todos los Hong Kong, Singapur, Ceilán, Gibraltar, El Cabo… que tenía rapiñados por los siete mares. Verdaderos sumideros de riqueza periférica que copar para vender en Londres, con el consabido ‘ahí os las apañéis’ para haceros ricos comerciando conmigo, pero sin darme problemas: catecismo elemental para tartufos, codiciosos mediatos e inmediatos necios, que a la postre iban a ser cosidos a impuestos, solapados en principio, contundentes luego… Trampa en la que los bonaerenses no iban a caer… de momento, aunque conocida era la podredumbre de Buenos Aires a manos de contrabandistas cómplices del inglés. Sotto voce para el mundo de los tontos útiles, fue el robo de los fondos de la Real Hacienda depositados en el Palacio Virreinal (antigua Gobernación) del interior del Fuerte, enviados a Londres en la fragata Narcissus. Nada menos que cuarenta toneladas de monedas – oro, base de la estabilidad monetaria del Virreinato del Río de la Plata que, como en los demás virreinatos del Imperio, mantenía la Real Hacienda española. Fondo que anualmente se equilibraba mediante el situado virreinal, venido para subvenir a los gastos del presupuesto fijado para aquel año. Esta lección sería aprendida por Sanmartín para poner, años después, a buen recaudo del ejército realista, el tesoro de la Real Hacienda del Virreinato del Perú, estibado en tres barcos fondeados en el Callao, prestos a largar amarras. En mala hora, porque se lo puso en bandeja a Lord Cochrane para robarlo y mandarlo a Inglaterra.. Otro fuego amigo inglés más, esta vez en apoyo de la Capitanía General de Chile y la denodada lucha de sus élites por una emancipación en beneficio propio. Thomas Stamford Raffles (1819) adquiriría para Inglaterra la isla de Singapur con estos pesos robados al Imperio Español. Los barcos de la Compañía Sueca de las Indias Orientales, tenían una parada fija en Cádiz donde vendían sus maderas nórdicas para poder recabar así los imprescindibles pesos de plata hispanos con que habían de negociar las futuras adquisiciones asiáticas. Era la única moneda de plata que Asia admitía desde que la conocieran en tiempos de Felipe II, hasta la aparición del dólar americano, aborto póstumo de la fiducia universal española.
Por lo tanto, a modo de crítica personal🤔: engañaron a su pueblo dándoselas de listos, pero no pasaron de ser los eternos tontos útiles, la oportuna carnaza madura que Albión acechaba. Serán predestinadamente esquilmados por el corsario inglés, que les exprime hoy para llevarles del ronzal a la insignificancia colectiva de mañana. Agradecidos por la inmediatez del logro firman empréstitos y ceden producciones nacionales de por vida y generaciones futuras. Solo cuenta la inmediatez de la coyuntura: ahora o nunca. Carecen de la visión largoplacista de los hombres de estado. De cosmovisiones encontradas, ellos no saben de su alicorta perspectiva, pero si lo sabe el amigo inglés. Como tampoco sabían sus indígenas precolombinos que existía otro mundo hasta que se toparon con invasores que buscaban sus minas. ¿Minas? ¿Qué es eso?. Hoy ya lo saben, pero siguen sudando sangre para salir de la insignificancia en que les sumieron sus todavía idolatrados padres de la patria. Algunos países han logrado cancelar esta deuda siglo y medio después de su liberación. ¿Les suena esto? ¡Claro!. Todo empezó en Sumer… nos recuerda el norteamericano Samuel Noah Kramer.
Todavía hoy este es un principio universal aplicable a tres continentes: Cuanto más insignificante es el país segregado, más grandiosas se montan las fiestas conmemorativas y mayor culto a la personalidad se da al correspondiente padre de la patria. Algo así como aferrarse a una etérea imagen para no caer al vacío de su propio agujero negro. Más estatuas al prócer, más ciudades, más calles y plazas importantes, dado su nombre a la nueva y ruinosa moneda del país o a cualquier otra republiqueta desprendida del tronco común. Y por si fuera poco, dese su nombre al Aeropuerto Internacional, a los Juegos deportivos, al equipo de la capital. Las becas de estudio, la Universidad estatal, los premios literarios, la medalla nacional al trabajo, el buque escuela de guardiamarinas patrios, el Estadio nacional, han de llevar su nombre. Cada sumo sacerdote que se incorpora, impulsa el culto ortodoxo al padre de la patria, al dios del clima y la fertilidad ‘Baal’ que le permite vivir del templo, comer del templo, dormir en el templo. Hasta que aparezca el nuevo Elías bíblico que incendie el trampantojo e inicie la era de las verdades. Hasta entonces seguirá la comedia, con tilde de antipatriotas para quienes saben, porque se han preocupado en averiguarlo frente a quien carece de reaños para hacerlo, que Baal no es Baal, sino una sombra platónica cavernaria chinesca urdida por los sacerdotes que de ella/o viven.
Por dos veces la gente rioplatense (1806-8), no importa si encuadrada en regimientos / batallones de negros, mulatos, criollos, gauderios o peninsulares (gallegos, cántabros, catalanes, andaluces), lograron rebotar al inglés de sus costas, pese a sus acólitos del matute infiltrados. En 1807 el primero y más numeroso es el criollo de los Patricios, que luego volteará despelotado en sospechoso giro, para liderar la emancipación rioplatense. Como anécdota del revolutum que se avecina, el regimiento gaucho entra en batalla al grito de ¡Santiago y cierra España!, clamor tradicional de la cristiandad peninsular norteña contra el invasor moro. Desde la Batalla del Clavijo (año 844 d.C.) el apóstol Santiago sobre caballo blanco, abanicaba su espada de mandobles haciendo rodar las cabezas de los infieles. El imaginario popular lo convertiría en el ‘Marte’ de la cristiandad peninsular, primero, imperial hispana después. Era, sin embargo, un supremo esfuerzo vertebrador de identidad, que había agitado ciertas aguas profundas del sentir individual, demasiado hondas para ser de nuevo colectivamente remansadas en l‘ancien regime, sin más. Estas eran, al menos, las ilusiones del sector oligarca, rehén, nada inocente, de la logia inglesa, cuya masonería intrigaba para destruir el Imperio español desde dentro. , Muy otras fueron las realidades inmediatas, que alimentaron una guerra civil en toda su circunstancia y horrores.
La actitud timorata del Virrey en su actuación durante la defensa de Buenos Aires, hace que la municipalidad en cabildo abierto deponga a Sobremonte y nombre como nuevo virrey a Santiago Liniers. Se trataba de una operación vigente en las leyes castellanas, y estudiada en las carreras de Derecho. Un enroque similar al llevado a cabo por Hernán Cortés en sus días de Veracruz (1519), para salpicarse la autoridad de Velázquez, el gobernador de Cuba. Entre tanto, la Royal Navy no había soltado del todo su presa, y aguardaba, a prudencial resguardo, mejores tiempos y refuerzos de la Gran Bretaña o la Colonia del Cabo, rapiñada a los holandeses. Llegados los refuerzos en 1806, se iniciará una nueva invasión rechazada otra vez calle a calle por las milicias ciudadanas del Virreinato. España, sumida en su Guerra de la Independencia contra Napoleón, tampoco esta vez iba a mandar fuerzas al lejano virreinato. Lo que afianzaba en su propia valía y popularidad a los líderes de las milicias ciudadanas, que empezaban ya a propalar su ego y supuesta capacidad defensiva para triunfar sobre cualquier ataque enemigo, el de España incluído. Pero una cosa parecía cierta: la tercera invasión inglesa donde poderlo demostrar, jamás llegaría a producirse, dado el levantamiento popular antifrancés de la Península y el cambio de faz en la guerra, con unas ‘casacas rojas’ volcadas en apoyar a los rebeldes ibéricos. Nunca los viejos cañones ingleses fueran tan certeros para bombardear sus objetivos bélicos, como cuando defendían las Reales Fábricas (como la de ‘porcelana’) levantadas en la Península Ibérica por la Ilustración, que supuestamente debían proteger de los franceses. Su fuego amigo destruyó, con derivas aberrantes, cuantas fábricas de tapices, cristalerías, vidrios, armas… custodiaban contrade los robos del francés en retirada… La eterna Inglaterra impostada de chistera y bombín, que ni cambia de modelo ni cepilla el que fue de su abuelo, volvía a ser ella misma, reconocible para el observador atento, en cada recodo del camino… Pero los bisoños padres de la patria americanos no la conocían, ni la conocieron, hasta que Albión empezó a pasar factura por prestarles la apoyatura de su cayado en el camino hacia la grandiosa libertad de nuevo país… Contrapartida del puro raquitismo estatal, producto del apresurado interés de las oligarquías criollas, para hacerse con la autóritas, que había de imponer sus normas sobre una masa humana más domeñada que libre. Masa, que apenas iba a intervenir en aquellos vaivenes sociales, movidos por tendencias liberales y manipuladas por las élites y oligarquías que habían provocado, y ganado, la guerra, su guerra. Aquella que iba a convertirles en una parte informal del Imperio británico, subordinada ideológica y culturalmente a una política internacional de diseño. Y para callar tendencias reaccionarias de ‘rescoldo borbónico’, utilizará el arma eficaz de la hispanofobia, el odio a España, con el que se había apalancado las grietas del Imperio español. Ese odio perdura en una parte de la sociedad actual, con sus mantras y clichés decimonónicos, legado cerril de aquella generación miope, pero con mayor culpa, por vivir de espaldas a la información que brota veraz por doquier, como setas tras lluvia primaveral.
El pueblo llano se convirtió en la victima propiciatoria de las élites, acosado de impuestos impagables que acababan en expropiación forzosa. Todos iguales ante la ley. Los negros resultaron favorecidos al fin por una prometida manumisión que se retrasaba. Los indios fueron perjudicados por pérdida de sus antiguas propiedades comunitarias, otorgadas por la Corona. Milagrosamente todas estas expropiaciones iban a parar a manos de las oligarquías dominantes. Desde la absoluta ignorancia, cuando no de la mala fe, acabó imponiéndose el delirium tremens de priorizar sobre el interés general, el interés de las élites, que precipitó al abismo de la ‘inflación’ galopante a unas economías vaporizadas por la guerra. Ese fue el primer acorde de una bicentenaria sinfonía inconclusa, que no ha sabido encontrar su último ritmo hasta el día de hoy.
Para finales del siglo XVIII el comercio del Río de la Plata habíase visto entorpecido por el corso portugués e inglés. La entrada en funciones del Reglamento de Aranceles del Comercio Libre y la salida por la Puerta del Mar bonaerense de la plata potosina rumbo a Cádiz, iba a incrementar notablemente el comercio de la capital. Pero aumentaron también los ‘ataques’ en altamar a navíos españoles que partían del Plata, perpetrados por las propias naves contrabandistas desde puertos periféricos clandestinos. Para poner fin a este estado de cosas, determinados comerciantes de la capital promocionarán una armada propia, a la vez que promueven, como su base de soporte, una escuela de altos estudios de la marina (1799) sita en la capital. Iba a nacer así la Escuela Náutica de Buenos Aires, fundada por Manuel Belgrano, un joven y prestigioso abogado por Salamanca, con un extenso programa como plan de estudios que abarcaba desde Trigonometría Esférica, Calculo infinitesimal y Geometría analítica, hasta Cosmografía, aparellaje y maniobra. Una digna heredera de la prestigiada Escuela de la Marina de Guerra española, legataria de las primeras Academias militares, nacidas en el siglo XIII. La rivalidad en materia de Armadas planteada por Montevideo, capital naval del Virreinato, decidirá a Carlos IV, a ordenar la disolución de la Escuela Náutica. En todo caso, la primera invasión inglesa iba a poner cierre a esta efímera ‘escuela’ de tiempos tormentosos. Moría con ella un primer amago de secesión-libertad contrariada, a la vez que un brote ilustrado, aunque postrero, de un tiempo que había germinado ya en México, Guatemala, Bogotá y la propia Madrid con sus jardines, museos y bibliotecas étnicas, botánicas o mineras.
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Paralelamente al acontecer americano, la Francia revolucionaria aspiraba a dilatar sus fronteras ideológicas y políticas. La liberté de la France, imponía a sus hijos una leva obligatoria, que liquidaba, antes de nacida, su cacareada cucaña de libertad, mientras incorporaba miles de muchachos a sus filas como carne de cañón necesaria para articular el formidable ejército que los hijos de la revolución precisaban como rodillo ideológico. Si no hay guerra, la Revolución será perdida. ¡La nación en armas! ¡El supuesto paradigma de la libertad, reclutaba a su gente para convertirla en esclava del mosquetón bajo intereses a ella exógenos! Como dijera el político girondino Mirabeau, la Revolución terminará con un sable… que, efectivamente, fue el de Napoleón. Había llegado el espadón necesario para iniciar la oportuna laminación de mentesideas más allá de sus fronteras. Y la grandeur, que era preciso le acompañase, iba a cargar las conciencia de sus nuevas ideas con cerca de diez millones de cadáveres en los siguientes 15 años. La descabezada España, sin gobierno y con sus monarcas desterrados en suelo francés, al ver lo que encima le viene, centrará sus inquietudes en sus viejos Cabildos de Castilla. En cabildo abierto, entre gritos e iras desatadas, acoge cada alcalde la alarma de su pueblo en sesiones interminables y tumultuosas, donde cada sesión es un hervor de la siguiente. Alguno de ellos, como el de Móstoles, cercano a Madrid, llama abiertamente a las armas contra el invasor francés, cuyo imparable ejército avanzaba ya hacia la capital. Allí implantará a José I Bonaparte, hermano mayor del invasor, como nuevo Rey de las Españas, cuando ya la Junta Central había escapado al Sur.
Llegaba el Pepe Botella del populacho madrileño, empecinado orador en un castellano italo-francés de eco social burlesco. Y, además ¡cáspita!, no le gustaba el vino. La especie del supuesto alcoholismo del monarca estampillado, era tan falsa como cuantos infundios corrían de boca en boca contra el Virrey o las autoridades españolas en el Buenos Aires o la Lima pre-independentista. Pura manipulación del lenguaje mediante atributos-mordaza como torpedos destructores del diálogo. De ello se encargaban mercenarios a sueldo de las partes, conocidos hoy por ‘haters’ u ‘influencers’ muy comunes en ‘X’ (antaño Twitter)…. como ayer lo hicieran en Sumeria. La misma carnaza de siempre que echar a las fieras para sosegar su jadeo. La canalla, en regocijo, envuelta en sus heces… regocijo y heces que calman, al menos temporalmente, su sed de revancha frente al opositor ideológico. Aunque a la postre, acaba activando la sangre negra de las arterias.
El pueblo peninsular, en su inquietud, se había reunido en juntas, vecinales primero, municipales y provinciales más tarde, cristalizadas finalmente en la itinerante Junta Central que se afinca temporalmente en Sevilla (1808-10). En un proceso reflexivo del retraso con que se noticiaban allí los acontecimientos, estas juntas iban progresando como un eco al otro lado del Atlántico, para acabar confluyendo en esa Junta Suprema, que finalmente se retira a Cádiz (1810-12), donde se declaran Corte Constituyente en guerra con Napoleón, el Emperador de Francia. ¡Constitución!: palabra mágica nacida con la Revolución parisina. Todas las provincias ultramarinas, desde Chile a Filipinas, enviarán sus diputados con voz y voto para concebir la Constitución de 1812, vulgo La Pepa, por haber coincidido su promulgación con el festivo día de San José. Deliberan los encausados mientras prosigue, no muy lejos, una guerra feroz, donde las partidas de patriotas acosan en imposibles guerrillas, a cuanta casaca gabacha se topan por los caminos, en el campo, en las hoces penibéticas… retaliaciones, emboscadas, venganzas, asesinatos, torturas, castraciones, degüellos… la patriótica aflicción, el triste concierto, que forman, tocando a muerto, la campana y el cañón… que versificara el romántico José de Espronceda.
Liberalidad, que no libertad, contra absolutismo, iban a tejer las entretelas de La Pepa. Las Españas se movilizaban para encontrar una hoja de ruta común hacia una convivencia pactada. El único neogranadino, diputado de Popayán, será quien ocupe, como Presidente, el más alto cargo de la comisión constituyente. El indígena de estirpe noble Dionisio Inca Yupanqui, Coronel de ejército español, era uno de los diputados representantes del Virreinato del Perú. La guerra imparable alcanzaría la bahía de Cádiz, y el carácter insular de la Tacita de Plata, junto al frecuente Levante en el Estrecho (léase bronco descuernacabras de Leste enfilado por la angostura de Gibraltar) llegó a desesperar a los artificieros franceses por el desatino de los tiros por elevación de sus baterías. En aquellos momentos de asedio, mientras los 90 cañones de las murallas citadinas de San Carlos, vomitaban fuego contra el francés por todas sus bocas… el humor andaluz, zumbón y perspicaz, acompañado de palmas, guitarra y cante, se regocijababurlaba copleando por las calles letrillas burlescas, asegurando queque con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones… Fue a partir de ese estado emocional de acción opresora – reacción chulesca, que los investigadores fijan el minuto cero del cante flamenco tal como lo conocemos hoy: el cante castizo salido del alma del pueblo andaluz, un Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, que, como manifestación plebeya, vulgo ignorante, era ayer despreciada por los ilustres afrancesados del perfume y la peluca, pero que y arrasa hoy por esos mundos del sentimiento y el arrojo. Gestado secularmente por sus hijos de etnia cíngara desde su costa malabar originaria, errantes sin destino ni patria, entre bailes, caracoleos y jipíos, mitad lamento, mitad instinto, rindieron viaje al recalar en Cádiz y Sevilla especialmente. Recogidos, interiorizados y amalgamados por el ‘pueblo gitano’ durante su secular peregrinaje costero por el Índico, Egipto y el norte de África, vino a madurarlos tras su arribo andaluz en el siglo XV, luego de haber atesorado préstamos abundantes de los pueblos trepanados. Préstamos que bullían en una espiral de emoción y angustia que sus almas sabían enracimar. Liberada ésta por su ggargueroarganta y su duende, eclosionaba en remolinos de genio, donde acudían ritmo, cante, baile, palmas, guitarra y tronío. Genio y figura del Cante Hondo, venerno emocional de calofríos inducidos, capaz de hendercalar profundo, con voz de súplica o desgarro, hasta el tuétano de sul alma española.
En aquel Cádiz de los obuses imprecisos, confluía básicamente una clase político-social a la defensiva. Aparecía un nuevo estamento liberal, en colisión con el afrancesado y los josefinos, opuestos al constitucionalismo y prácticamente off the record en esta asamblea. Esta doctrina liberal, selectivamente heredera de ciertos conceptos ilustrados, se hallaba en franca oposición a la doctrinaria minoría servil o absolutista, con la que compartía sala y escaños constituyentes. Ambas iban a ser las tendencias ideológicas dominantes de esta primera Constitución española de 1812, gestada en las sesiones del oratorio de San Felipe de Neri, cedido por el obispado. En su Artículo 1º rememora el concepto de los Reyes Católicos sobre el carácter unívoco del vasallo de nuestros reinos: la Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios; el Imperio convertido en una sola y única España, convenido así por los 182 diputados, 50 de ellos americanos y un filipino. Ello contrastaba con el espíritu de la carta magna francesa de 1791, donde explícitamente se indicaba que…
las colonias de África, Asia y América, no están incluidas en la presente Constitución.
La disfuncorigional Inglaterra, como parte integrante del Reino Unido de la Gran Bretaña, estado unitario compartido con Escocia, Gales e Irlanda del Norte, carecía de Constitución (como carece de Academia de la Lengua) y resultaba impensable para sus Leyes del Parlamento (Corona, Cámaras de los Comunes y de los Lores) incluir una colonia como cuerpo extraño incrustado en aquel bloque estatal monolítico. Había de transcurrir más de un siglo para que las metrópolispotencias coloniales llegaran a plantearse una ecuánime equiparación con sus colonias. Antes de llegar a ella, fueron soltando amarras coloniales en la metrópoli, como si de pronto quemaran las manos. De todas maneras La Pepa vino a causar sorpresa en las cancillerías europeas, por sus ideas avanzadas en aras de alcanzar una paz duradera, en contraste con las revolucionarias en boga, pensadas para hacer saltar un sistema e imponer otro, con la violencia como medio argumental. Es por la violencia como debe establecerse la libertad, había pontificado Marat, y su eco rebotaba todavía de mente en mente.
Figura 20: Gaucho descansando en el s. XVIII. Fuente: dibujo propio. En 1777 Cevallos recibirá al antiguo gobernador bonaerense…
Figura 14: Placa conmemorativa UNESCO de la Colonia del Sacramento Fundada en 1680 sobre la orilla septentrional del Río…
Figura 9a: Camino del Inca y Puente sobre el Pachachaca. Fuente: Digital Perú. Poco a poco, la eficacia de…
Figura 8 : Latitud de los caballos y acceso al Mar del Sur (sección "Planisferio". Fuente propia ) Tres…
Figura 4. Interpretación histórica de Buenos Aires ca. 1647. Fuente: acuarela propia. La expedición de Diego García de…
Figura 1. Escudo de la ciudad de Buenos Aires Tras los descubrimientos de Colón, Fernando el Católico intuye la…
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