Figura 20: Gaucho descansando en el s. XVIII. Fuente: dibujo propio.
En 1777 Cevallos recibirá al antiguo gobernador bonaerense y colaborador en la campaña del Río Grande, como segundo Virrey del Mar de la Plata in péctore. El novohispano Juan José de Vértiz y Salcedo regresa de España recién juramentado por el Rey, cuando un Cevallos, ya entrado en años y enfermedad, emprendía su regreso a casa. La impronta dejada por su primer Virrey, tuvo un eco prolongado hasta tal punto que, conocida su muerte, surgieron panegíricos escritos por doquier… el más recordado de los cuales «Canta un huaso en estilo campestre»(1777) escrito por Juan Baltasar Maziel. Este poema gauchesco ensalza los triunfos del Excelentísimo Señor Don Pedro de Cevallos, y es considerado hoy como el inicio de la literatura gauchesca… de la que es principal trofeo «El gaucho Martín Fierro», preciado poema emocional del poeta y político argentino José Hernández que, trufado de localismos y vocablos perdidos, deja en cambio entreverar los recios bordones del castellano viejo, vibrando en una arcana fonética gaucha. Huaso, gaucho, gauderio, incluso guanche, changador y forajido, respondía a diferentes acepciones de un mismo tipo humano, jinete vagabundo e independiente, que sobrevivía arreando y comiendo ganado cimarrón, compartiendo y mezclando sus andanzas rurales con los indios guaraníes y pampa, lejos de las rutinas sociales.
Es a finales del siglo XVIII cuando la palabra gaucho cobra el significado que hoy conserva. Desde sus orígenes en las sierras de Leste de la Banda Oriental, su refugio cuando aparecían las patrullas virreinales, azuzaban los ganados que iban a vender a los hacendados portugueses o trucar por ginebra y aguardiente a los contrabandistas holandeses y franceses recalados en cualquier rincón de la costa. Tras la Guerra Guaranítica, ocuparon las reducciones jesuitas abandonadas, con casas ruinosas y ganados expandidos sin control, llegando a montar en tierras de Brasil una verdadera republiqueta de gauderios, fortificada con cañones, fosos y palizadas, siguiendo el modelo defensivo jesuítico. Más adelante serían esos gauchos utilizados como tropa de caballería, en las guerras de independencia rioplatense y en las contiendas civiles que le sobrevivieron un siglo más.
Entre tanto, la provinciana Buenos Aires seguía con sus carros de aguadores callejeros, sus riñas de gallos y sus bailes domingueros con músicas de pericones y gatos. Pero también con sus saraos en familia, donde sonaban ‘mazurcas’ o ‘minués’ para los jóvenes pisaverdes, mientras jugaban sus mayores al tresillo, leían clásicos, interpretaban música o soñaban políticas. Las señoras, entrelazadas por los estrenos de ajuares, novedades sociales o logros familiares, hacían corrillo con sus asientos en animadas tertulias interrumpidas por risas compartidas. Las casaderas lucían su donaire entre vestidos y peinados a la moda, dejándose ver entre agasajos y loas galantes de los caballeros. Esta ciudad inmersa en un letargo humano acotado por los toques de campanas, iba a conocer con Vértiz y Salcedo una mejora en el servicio de aguas, su alumbrado de calles, su primera Casa de Comedias llamada La Ranchería (1783) donde verían fluir el teatro peninsular en boga, mientras el populacho vibraba con los toros en la Plaza de Montserrat.
Eran los primeros destellos del Siglo de las Luces sobre la tradición castiza literaria, tenida por noche del progreso en los círculos ‘ilustrados’. También en la lejana Buenos Aires, la literatura de raigambre popular de los Lope, Góngora o Calderón, escenificada hasta entonces en las escalinatas y retablos de iglesias y corrales de comedia, daba paso al teatro neoclásico del perfumado regusto francés, con sus pelucas empolvadas de talco y esencias. Cofradías había que alquilaban a los cómicos sus propios patios, publicitando las comedias mediante pasquines que pegaban por las paredes de las calles. Aquellas compañías itinerantes alquilaban hatos de vestimentas con los disfraces pertinentes en casas locales especializadas. Una comedia podía durar ente 2 y 3 horas de bullicio, salpimentada con pitos, palmas y gritos. Pero el colectivo femenino, por su generalizado alboroto gallináceo, seguía siendo confinado en la cazuela de las mujeres, de donde en cada sesión surgían esporádicas explosiones de aplausos, gritos de loas o rechazos a los actores o sus decires, mientras una mayoría tricotaba prendas caseras al estilo de las tricoteuses de la Plaza de la Revolución (hoy Concordia), sin apaciguar su denso murmurio, ni dejar de mirar al tablado. Estas reminiscencias del teatro renacentista, habían palpado sus estertores con Felipe V y su implantación del teatro a la italiana, con su escenario, su proscenio y su platea para el público, con hombres y mujeres mezclados. Consecuencia de esta acogida del teatro a la italiana en Buenos Aires, fue el rotundo éxito que allí tuvo la ópera desde comienzos del siglo XIX, donde se llegaron a registrar más de 20 representaciones anuales a partir de 1825. Por aquellos años se abrieron cerca de una docena de teatros líricos, entre los que hay que resaltar el Teatro Colón, famoso mundialmente. Sin olvidar las ‘murgas’, otra suerte de representación escénica a base de grupos musicales de gran popularidad, que insertaban en sus actuaciones la sátira y la crítica social, suerte de chirigota gaditana con retranca porteña. Pero para poder adentrarnos más necesitamos saber los orígenes de esa literatura hispánica.
Y es que la «literatura medular castellana«, enraizada entre los romances callejeros primitivos y el tardomedieval romancero nuevo de poetas cultos, aquella cuyas obras en horas veinticuatro pasaron de las musas al teatro, de pronto se desconectaba de su venero popular. Y pasaba del Corral a la Casa, y de esta al Salón y al Teatro. En un momento determinado del Madrid de Carlos III, el Corral del Príncipe pasa a llamarse Teatro del Príncipe, y el de Los Caños del Peral a conocerse como Teatro Real. Buenos Aires, como cualquier otra ciudad del Imperio, verá pasar como sombras fugaces de su Casa las obras de los García de la Huerta, Meléndez Valdés o Moratín de la Ilustración, suertes de Salieri / Mozart del minuto de gloria, pasados pronto de página al baúl de los recuerdos. Los nuevos ilustrados habían logrado prohibir los autos sacramentales por considerarlos una rémora cultural, al no coincidir con las nuevas y luminosas ideas que venían de Europa. Este abrupto reniego de lo propio frente a lo extranjerizante, iba a suponer una ruptura demasiado grave para la armonía intelectual y social de los españoles, que entonces nadie fue capaz de ver, rendidas como estaban sus hispanas meninges parnasianas ante la enciclopédica Francia. La raigambre alcanzada por el ‘romance tardomedieval’ en España, era tal que nuestros poetas sobrepasaban holgadamente en número a todos los franceses, alemanes e ingleses del siglo XV metidos en el mismo perol. Lo que en estos países podía representar una ruptura incierta, en España era una hecatombe cultural y sicológica. No quisieron verlo, nuestros aufkläruner, entusiasmados como estaban, ante la corriente ilustrada francesa. ¡Voilà, la belle France! ¿Por que los ingleses no hicieron borrón y cuenta nueva con su teatro isabelino? La Inglaterra de las Luces observaba, no hacía ningún seguidismo de las ideas francesas; más bien asumía una postura reservada frente al divismo coyuntural creado por el propio ruido revolucionario. Los ilustrados ingleses, si bien cobijados en sus cuarteles de invierno, no estaban acomplejados como sus homólogos españoles. De haber vivido entonces, Karl Vossler les hubiera explicado a los Feijoo y compañía, que donde se rompe la tradición suele anidar la barbarie, en una paráfrasis que hace propia al escribir sobre el caso español, que tan bien conoce, desde el Califato de Córdoba en adelante. En el proceso sociocultural español, no surgió la barbarie en primera instancia tras su ruptura borbónica, sino el desconcierto, la pérdida de identidad histórica, la sobrevaloración de lo ajeno en detrimento de lo propio, la negación de valores autóctonos, un fuerte complejo de inferioridad y de congénita falta de creatividad. Es verdad que hubo intelectuales reformistas dentro de la propia ilustración española, como el escritor Juan Pablo Forner, uno de nuestros ‘inexplicablemente’ silenciados clarividentes del siglo XVIII, cuyo afán de reforma mezclado con un feroz nacionalismo cultural, trató de reivindicar la ciencia, la teología y el humanismo histórico español de siglos anteriores. Me atrevo a decir que tal mediocridad por silenciarle a él y otros tantos fué la que nos acabó avocando en segunda instancia a la barbarie del frente popular y la guerra civil del siglo XX que arrojó un millón de españoles a los cerdos.
¡Que inventen ellos!…
llegará a exclamar el gran Miguel de Unamuno acorralado por la negacionista anti-España, agarrada aun hoy a una fracasada ideología marxista que camina por la senda del odio a lo establecido. Porque lo establecido ha sido hecho por otros, no ellos, que poco o nada trascendente nos han legado, salvo grandilocuencia vacua y asesinatos de políticos rivales. ¡He ahí mis triunfos! – dicen mientras se añaden otros imaginarios, la mentira o el relato torvo por medio. Ha prendido en ella la rabia del don nadie generacional que busca su ocasión para serlo todo, una versión moderna de la lucha de clases marxista, sacudirse el lastre cultural heredado mediante la ética amoral de quien busca un fin justificando los medios empleados. Las ideologías nacidas de la catastrófica Revolución parisina son tan literalmente sans culottes en sí propias, como quienes las hicieron posibles y las practican. Y todos les vemos sus vergüenzas excepto ellos, que miran adelante sin verlas ni palpárselas. Cuando salen de su mutismo táctico, salvo excepción son sus autocríticas exculpatorias, espejo de carencias de grandeza humana que solo atesora quien busca la verdad. Representan una suerte de mendaz basura espacial que entorpece la circulación de las ideas libres, para nada corrosivas. La verdad os hará libres fue dicho hace 20 siglos como una cumbre analítica del pensamiento ético humano. Hoy reina la Filosofía de la postverdad, una suerte de ocultación de la realidad. ¿Y a quien hará libre esa postverdad?: a las cucarachas y solo a ellas. Son los únicos seres vivos capaces de sobrevivirla a ella y a una guerra atómica.
Pero habrá verdaderos combatientes contra este submundo la la postverdad, en parte gracias a la rotunda sabiduría enciclopédica de Menéndez y Pelayo, historiador contemporáneo clave de la cultura hispánica, que con 21 años había obtenido su cátedra de la Universidad de Madrid sin edad reglamentaria aún, iba a caer ya en el siglo XX con toda su erudición sobre esta suerte de avergonzados, en su evaluación teatral y periodística de un autor visagra de las letras españolas como Mariano José de Larra, cuyo desarraigo intelectual fue provocado por su liberalismo de influencia extranjera (afrancesamiento) y la pérdida de raíces católicas e hispánicas tradicionales. En pocas palabras, se estaban cargando la sólida esencia de Castilla y la España troncal para dar entrada al “moderno” enfoque francés, cuya repercusión aún deja ondear los flecos ideológicos que aquellos aires perfumados sembraron entre nosotros. Un bucle melancólico que se retroalimenta de continuo… y que explica el nacimiento en España de la anti-España en el grupo de sus élites intelectuales y políticas… matiza certeramente Elvira Roca Barea. Era la clara muestra de debilidad mental alcanzada por la masa intelectual española del momento, carente de incentivo emocional introspectivo a la vez que actuaba como un termómetro de la pérdida de autoestima nacional. La mentecatez del palurdo que se epata ante lo extranjero, estaba en ella. Pero también la desorientación inducida en quienes de buena fe en ellos había creído ver una directriz social y cultural sólida. Suponía una quiebra moral de la esencia española que veía tildar de minusválido castizo cuanto hasta entonces tenía de glorioso nuestro siglo de oro… ¡No es eso! ¡No es eso! gritaba Marañón al comprobar el giro desastroso a que nos avocaba aquella república frentepopulista del año 1936, que tanto había propiciado junto a Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y otros intelectuales del momento. Las retóricas palabras de Ortega sobre el alma vulgar, que sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone donde quiera… habían cobrado vida real ante sus ojos. Lo vieron y exteriorizaron, con la vergüenza torera de reconocer su yerro y revolverse intelectualmente contra aquella jauría de lobos comunistas, anarquistas, sindicalistas, socialistas, que compartían su miseria moral entre mutuos engarres a zarpazos y dentelladas, mientras quemaban iglesias, ‘paseaban’ políticos, torturaban en las checas o fusilaban monjas. A punto había estado en el siglo anterior la sociedad española de transitar por sendas análogas, dado el seguidismo ovejuno de un selecto sector social tras la estela de las mentes filosóficas, a espaldas del pueblo. Ningún intelectual de calado denunció entonces su yerro, como Marañón y Ortega cien años después. Como quintaesenciados espíritus selectos, muy lejanos de la castiza fiesta nacional, tal vez los aufkläruner españoles de entonces desconocieran la humildad y el pundonor que embebe toda vergüenza torera. Este divorcio entre el pueblo y sus élites ilustradas era una barra de resaca entre el desagüe del río ilustrado y la marea vegetativa humana que inflaba su pleamar. Pleamar de marea viva que iba a desbordar su cauce en el Cádiz de 1812.
Era esta la levedad del mundo llamado galicista, afrancesado, josefino más tarde, y masónico siempre, que había llegado a España con la dinastía Borbón, no porque ella lo trajera, sino porque durante su reinado cobró su mayoría de edad. Y con ella iba a tener un colofón cultural nefasto, orquestado por una salvaje Revolución Francesa, parisina más bien, con sus 600.000 ajusticiados y su silenciado genocidio de La Vendée, la punta del iceberg que suponía el levantamiento popular de 60 departamentos franceses contra la República de los 85. Tal como testimoniara Marie de Sainte-Hemine en su apocalíptica Familia de bandidos en 1793, con más de 200.000 campesinos exterminados por las hordas jacobinas llamadas columnas infernales, que asesinan indiscriminadamente a mujeres y niños por permanecer fieles a la Iglesia. O le insuflara vida Víctor Hugo en su novela El Noventa y Tres con una Vendée sublevada en nombre de la Iglesia y el Rey contra los ateos republicanos llegados de París. Estos bandidos a eliminar eran, para los cantores de La Marsellesa, quienes se refugiaban tras la medular enseña francesa de “Dios y el Rey”, un tradicionalismo equivalente al español del Dios–Patria–Rey encarnado por los carlistas del XIX o los requetés navarros del pasado siglo. Meros defensores de la libertad política y religiosa. ¡Entregadnos vuestras conciencias y os haremos libres! rugía ante la católica Vendé aquel populacho parisino travestido de uniforme con escarapela tricolor en su gorro frigio. Con el agravante doloso de pretender destruir pruebas y borrar las huellas del genocidio allí perpetrado por los auténticos féroces soldats (sin canción que valga) sobre el puro campesino vandeano. No hubo choque social, pregonado a posteriori como postverdad que encalme las aguas. Es mentira: todo ocurrió en el tercer estado, léase pecheros o estado llano. ¿Contre nous de la tyrannie, l´étendard sanglant est levé? ¿Se lo creían ellos mismos? Por supuesto que no, pero hacían piña imaginando un imprescindible tirano que batir mientras cantaban hombro con hombro… era una más de las patrañas de la pavoneada Republique Française en su política machadiana de atraer moscas a su rica miel… léase los diez millones de europeos pasados a mejor vida durante el introito napoleónico. Y este rédito era apenas un primer ensayo de los millones de muertos que iban a desfilar con la nueva marsellesa ideológica, no solo cantada sino sembrada y festejada por la Revolución, durante su siglo y los siguientes. Goethe, testigo presencial de la impotencia prusiana por tumbar con las armas aquel desmadre, no pudo menos que vaticinar: En este lugar y en este día, nace una época nueva en la historia del mundo… pero fue sin duda el catedrático salmantino Diego de Torres y Villaroel, quien la clavó con treinta y tres años de anticipo, pregonando en una de sus ‘décimas astrales’, una auténtica profecía, que vino a cumplirse cabalmente:
Cuando cantes mil cantares, con los trescientos doblados, y cincuenta duplicados, con los nueve dieses más, entonces tú lo verás, mísera Francia te espera, la calamidad primera, con tu Rey y tu Delfín, y con esto tendrá fin, tu mayor gloria primera…
Esta idea aparecida en diferentes años y medios, es clara concepción del desenlace funesto que algunos pensantes españoles comenzaban a vislumbrar en el decadente y vanidoso boato francés, que contrastaba con una tradicional sobriedad castellana, arquetípica de lo español. Y es que el hiperbólico proceso histórico desde Francisco I y “le notre” Henri IV, contrasta ante cualquier observador atento con la austera, descentralizada y sufrida España de los Austria, del lacónico Escorial y sus negras ropillas que impusieron modas seculares, frente a la vana oquedad de la grandeur de la France du Palais de Versailles, de brillantes y polícromas vestiduras. Y su centralista Rey Sol, luciendo tacones de coja, perfumes alambicados y peluca empolvada. Dos formas de vida: el éxito del eternamente acosado y mil veces quebrado Imperio español siempre arriba, frente el desastre del sobrado y efímero Primer Imperio francés incapaz de levantarse. Porque de su aún nonato Segundo, mejor pasemos la palabra a los africanos que lo padecieron… Como señala Ortega, la humanidad necesita periódicamente sacudir el árbol del arte, para que caigan todas las frutas podridas… Cumplía ya el tiempo de sacudir los frutos afrancesados del nuestro.
Para aquel entonces de las pelucas empolvadas, la Buenos Aires de 1770, era ya una ciudad de ladrillo y tejas con 20.000 habitantes blancos, negros, mestizos y pardos… de tejados caprichosos e infantiles, hechos de azar y memoria por manos de arbitrarios poetas albañiles… como se apostrofara a cierta ciudad castellana. Seguía siendo la Plaza Mayor el centro de la vida ciudadana, con su Cabildo, su Catedral y su bullente Recoba, mercado donde las damas pudientes, seguidas de sus esclavos mulatos o negros, se filtraban entre las voces de los vendedores haciendo la compra hogareña que cargaban los morenos, cuando no las guiaban con su farol ante las sombras cernidas del atardecer porteño. Sin embargo, la expulsión de los jesuitas iba a tener en dicha ciudad una repercusión no menor que en las demás capitales del Imperio. Los conventos de las órdenes misioneras habíanse convertido en centros de la evangelización y enseñanza indígena, junto a la siembra de nuevas repúblicas de indios. Articulaban toda la docencia continental de las Américas. Las Reducciones jesuitas estaban basadas en la organización concejil castellana y las Leyes de Indias vigentes, para nada diferentes estas últimas de las otras misiones de franciscanos o mercedarios, pero matizadas con una particular disciplina, madre de eficacias. Su planificación urbana reflejaba un parentesco con la ciudad castellana de las Ordenanzas de Felipe II, organizada con una estructura de cargos públicos similar a la española, pero bajo un corregidor indígena nombrado por el Gobernador. La Plaza central se hallaba rodeada por la iglesia y dependencias de culto y residencia de frailes, además de las porticadas escuelas, enfermerías y talleres, que centraban la vida urbana. De la Plaza partían las calles del damero con las casas de los pobladores agrupadas por soportales comunes, cobijo de chaparrones en época lluviosa. Cada familia de las misiones poseía su casa con una parcela privada, aunque estuvieran los adultos sometidos a un sistema de trabajo y producción comunitarios, en tanto los niños acometían sus primeras letras, sus primeras semillas y sus primeras corcheas. Contaban con residencias para viudas y mujeres solas, cárcel, granero, cementerio, perchel, galpones y cobertizos varios. Todas estas misiones estaban cercadas con defensas en dos niveles y un foso, para defenderse de bandeirantes y demás tropa ocasional. El desarrollo de la arquitectura, pintura, escultura, música y derecho natural, eran materia habitual en sus aulas, que, en caso de hijos de caciques, aumentábase con el latín y el castellano, en razón del liderato que sus estirpes encarnaban dentro de una futura proyección social. Sus manualidades incluían fierros, tintes y tintas, lanas, impresiones de libros, catecismos, programas y traducciones de o a lenguas vernáculas, además de plantaciones y aclimatación de especies animales y vegetales. Pero el rencor de los hacendados les perseguía, como una maldición bíblica, generación tras generación.
La calidad de los productos salidos de las misiones, mostraba su ventajosa competencia frente a otros rivales del mundo exterior. Cada orden misionera había asumido su método de transculturación propia, desde la Escuelas de los Naturales franciscanas en Nueva España, las propias del obispo Vasco de Quiroga, el famoso tata Vasco de los indios de Pátcuaro, hasta las reducciones jesuitas de Chiquitania y Moxos en el Marañón, o sus contemporáneas guaraníes de los Paraguay-Argentina-Brasil de hoy, con sus diferentes proyectos de aculturación indígena. Entendiendo por «aculturación» la civilización, o sustitución de lo primario por lo sublime bajo el arquetipo europeo en sus diferentes matices flamencos, españoles, italianos, alemanes, checos, franceses, húngaros, portugueses o griegos, que sus misioneros atesoraban y aportaban, frente a un indígena mentalmente fosilizado en estado neolítico. Utilizaban para ello lenguas nativas guaraníes, además de otras periféricas como el quechua o el aymará contribuyendo a su conservación y estudio una vez hubiéronlas dotado de su propia e inexistente grafía y gramática que hoy conocemos. Y en la que aquellos pioneros y muchos de sus auxiliares indios, nos legaron la intrahistoria de su etnia, a ellos llegada por tradición oral. Cual puzzle académico, en generaciones posteriores ha podido enhebrarse una historia coherente de estos pueblos hasta varias generaciones precolombinas, éxito reconocido de la historiografía americana.
Las ‘misiones jesuíticas’ ya tenían fecha de caducidad en la mente de Carlos III. Presionado por un círculo constrictor de consejeros y ministros masones, promulgó la Pragmática Sanción de expulsión de los jesuitas (febrero, 1767), seguramente la decisión más dura, equivocada y catastrófica de su reinado. Dentro del mayor sigilo, la corte madrileña preparaba un verdadero bang para todos los virreinatos y capitanías generales en tiempo unísono, capaz de evitar distorsiones sónicas en las demás latitudes del Imperio. En previsión de su ruido social, enviará como Gobernador de Buenos Aires a Francisco de Paula Bucarelli, Gentilhombre de Cámara de S.M. militar autoritario y proclive a la expulsión de la Compañía de Jesús, como fiable disipador de los decibelios reinantes. Vendrá sustituyendo a un Vértiz entrado en años, de ánimo reposado y favorable a la continuidad de los ignacianos como vanguardia docente del mundo ilustrado de las Españas.
Pero el asunto venía de lejos y su estela plagada de la humana envidia. Carlos III era Rey de Nápoles cuando accede al trono de España por fallecimiento de su hermano, el eternamente deprimido Fernando VI. En la bota italiana había iniciado la excavación de las olvidadas ciudades de Pompeya y Herculano, encargando al ingeniero militar aragonés Roque Joaquín de Alcubierre que destapara aquellas ruinas mágicas. Con enorme sorpresa descubrirá sobre el suelo pavimentado de Herculano ciertas oquedades, grandes burbujas vacías, con huesos algunas, que, al ser rellenadas de escayola y cuidadosamente extraídas, revelaban el quehacer humano sorprendido y sepultado por la erupción y la muerte. Perros tumbados en el umbral, ciudadanos envueltos en su manta durmiendo la siesta, mujeres sentadas a la espera de que todo pase. La vida misma. El cotidiano vivir romano sorprendido por un fenómeno volcánico ni siquiera sospechado por Plinio El Viejo, el sabio naturalista que morirá en la playa observando la nube ardiente que bajaba, poco a poco a su encuentro, por la ladera del Monte Vesubio. Ello obligaría a un cambio del concepto de la Arqueología, encaminada hasta entonces al descubrimiento de toda obra artística soterrada. Este cambio en el concepto de la ciencia arqueológica iba a ser contundentemente apoyada por el prusiano Johann Joachim Winckelmann, padre fundador de la Historia del Arte. Los ingenieros españoles que habían localizado por mera casualidad sus ruinas bajo veinte metros de flujos piroclásticos y cenizas consolidadas durante la ejecución de la carretera de la costa, iban a ser duramente sometidos a toda clase de crítica política y científica. Se había descubierto la romana esencia de la Campania napolitana y esta iniciativa sin napolitanos, y el hecho de contar con varios españoles en su gabinete real, le valió a Carlos III la enemiga del populacho:
diz que los ingenieros – arqueólogos no sabían lo que hacían y estaban destruyendo un fabuloso tesoro que, por secretismo oficial, nadie había visto nunca…
Era razón sobrada para que el rey de Nápoles y Las Dos Sicilias quitase a Alcubierre, le ascienda a Mariscal de Campo y le cambie de cometido y destino como Gobernador General del Castillo de El Carmen de Nápoles. De seguido, plenará de apellidos italianos los cargos relevantes. Aquí paz y después gloria.
Instalado ya en el remozado Palacio de Oriente de Madrid, el rey cazador trae entre sus colaboradores al Marqués de Esquilache y otros reformadores itálicos de su confianza, es su afán el aggiornare aquel pueblón manchego que era entonces la capital de España. La del inoportuno ¡Agua va! por la ventana, y las piaras de cerdos hozando por las calles entre excrementos y desechos. Aquel Madrid solo transitable en calesa, para nada diferente de los París o Londres de la época, verá llegar la Lotería Nacional, músicos de cámara, compositores, alumbrado público, alcantarillado y empedrado de calles, además de pintores y artistas de toda laya, Arcos de Triunfo, la Puerta de Alcalá… pero impone el sombrero de tres picos y la capa corta frente al chambergo y la capa larga, embozo de malhechores en plaga bíblica por sus tenebrosas calles. Y eso no gusta a los gatos madrileños, la otra cara de la moneda pagada en Nápoles. Hacen pulular maldicientes consejas contra el calabrés Esquilache, de nombre Leopoldo Augusto di Gregorio, que no facilita las cosas con su desmedido afán por acaparar prebendas para él y los suyos, como el trepa inveterado que es. Y un octosílabo satírico empieza a culebrear por los mentideros capitalinos:
Yo, el gran Leopoldo Primero, dicho Esquilache Augusto, rijo la España a mi gusto y mando en Carlos Tercero. Hago a los dos lo que quiero, nada consulto ni informo, al que es bueno ¡cloroformo!, y al pueblo… me lo trasquilo. Mientras Carlos, mi pupilo, dice a todo “me conformo”.
La gota que desborda el vaso madrileño sería la supresión del chambergo de ala ancha y la capa española. Esquilache salvó el pellejo refugiándose en el Palacio de Oriente, cuando el populacho avanzaba ya por las calles reventando las inauguradas farolas, aporreando las puertas y volcando carruajes, mientras pedía a gritos su empelucada testa. La Iglesia había reaccionado contra las reformas anticlericales del gobierno traídas por los napolitanos y, dentro de ella, la Compañía de Jesús no lo había hecho en menor proporción comparativa. El virus de la revuelta se fue propalando a Zaragoza, Barcelona, Alicante, Bilbao… Carlos III se retira al Palacio de Aranjuez, su cuartel de invierno durante los próximos siete meses, al cabo de los cuales tiene ya pensada una estrategia. La urdida por el Conde de Aranda, Presidente del Consejo de Castilla y sustituto fáctico del trepador calabrés. Asesorado el Rey por el portavoz–presidente del supremo órgano consultivo de la nación, concluye que es el jesuitismo conspirador, el convicto y confeso culpable del Motín de Esquilache.
Bucarelli, el gobernador de Buenos Aires, sabía que la expulsión de los jesuitas del Virreinato del Plata favorecía los intereses lusitanos de la región, y temía posibles oleadas de revoltosos en su contra, luego de recientes premoniciones de nuevos conflictos fronterizos con Brasil. Pero antes de ser fijada la fecha de la expulsión, aportan en Montevideo dos barcos procedentes de España. A su gente le falta tiempo para informar del revuelo allí ocasionado por la expulsión ignaciana. Ante el temor de una ofensiva análoga, Bucarelli la cercena con una acción relámpago. En la madrugada del 2 de julio, sus hombres ocupan las dos casas jesuitas de Buenos Aires, ‘Colegio Grande’ y ‘Colegio de Belén’, allanan su Residencia y encierran en su Casa de Ejercicios a los primeros 42 sacerdotes localizados. La razzia alcanzará a 280 frailes detenidos en la capital, que van a ser reunidos en el Fuerte a la espera de su envío a España. En días sucesivos prosiguen análogas operaciones en Montevideo (6 de julio), Córdoba (12 de julio) y Santa Fe (13 de julio).
A la vista de los acontecimientos, el Capitán General, que teme otro levantamiento guaraní simultáneo, quiere ganar tiempo y convoca a caciques y corregidores de los pueblos afectados, para anticiparles el nuevo estado previsto para las reducciones. Franciscanos, dominicos y mercedarios, vendrían a reemplazar a los jesuitas en sus funciones de nuevos administradores, maestros y consejeros de las misiones guaraníes. Así de fácil y simple se lo había planteado a Carlos III su gobierno de aufkläruners. ¿Todavía no se habían enterado de que aquellos profesionales con sotana que iban a expulsar, provenían de todas las regiones de Europa y formaban una élite selecta de docentes y hombres de ciencia, no solo por su rigurosa preparación y disciplina individual y jerárquica, sino también por los profundos estudios que acometían, tanto en las ciencias naturales como en las teológicas o exactas? Eran filósofos, que la Ilustración tanto gustaba de verbalizar, en su sentido etimológico de amigos del saber. Se repetía otra vez el bíblico que los suyos no le reconocieron… ¿filósofos irreconocidos por otros filósofos? ¡Sí que conocían los méritos jesuitas aquellos ministros! Pero ello nada suponía para su propia ideología, siempre por cima de su gestión social.
Dicha ideología sería el no menor de los cánceres que inoculó la Revolución Francesa de la mano de los Montesquieu, Voltaire, Rousseau y una selecta pléyade de vidas negativamente ejemplares que, junto a la del abate Raynal, jesuita renegado y taumaturgo de la simonía, y otros enfants terribles de la redoutable France, ensangrentaron Europa toda, siempre sous le drapeau enciclopedista y sectario, a la vez que pudrían con ideologías mutantes la convivencia de los demás mortales. Virus letales que no pretendían hacerse comprender por el mundo, sino imponerse para cambiarlo. No mediante la enseñanza y la entrega, sino por la propaganda y la implantación supremacista. Sin la ilustración y la masonería, no entenderíamos hoy la violencia del nacionalismo, el colonialismo del siglo XIX o el marxismo, la mayor empresa carcelaria de la humanidad, e hijuelas devenidas tras su cantado fracaso universal: homofobia, animalismo, antinatalidad, feminismo, heteropatriarcado, postverdad… nuevos flecos antinatura sembradores de distorsión convivencial y violencia, pasto de cucarachas. Bucle melancólico de las minorías descontentas, omnipresentes desde el origen del homo y seguras compañeras de viaje hasta el fin de los tiempos.
En la provincia de Misiones, sus jesuitas se sentían identificados con los nativos de las reducciones. De pronto aquellos indios de alma tan sutil como el cefirillo andino, verían cambiados sus tutores por otros ajenos a su horma secular. Los ilustres ilustrados no entraban a valorar que, cual núbiles adolescentes, iban aquellas tribus a colidir con otras rutinas impuestas por autoridades espurias. Órdenes mendicantes que iban a recibir sin duda su cuota parte del doloroso reflujo, convertidos en reos de asimilarla sin traumas, en deriva hacia otro incierto enfoque misional y docente. Para las Universidades, Colegios y escuelas que regían los jesuitas, las mejores, más numerosas y dotadas del Imperio, autofinanciadas con sus haciendas, chacras, concesiones de leña y pastos o ingenios algodoneros y azucareros desparramados por todas las geografías patrias, se acercaba un catastrófico abandono de cátedras, vacíos irremplazables, escasez de docentes, desorden generalizado y cierre de centros, que iban a repercutir por todo el Imperio. Y como contrapartida la apresurada llamada a cátedra de maestros y profesores en gran parte mediocres, por insuficiencia de docentes capacitados, especialmente en América y Filipinas, frente a una súbita demanda fuera de tiempo y ruta. La Universidad prometida por Bucarelli a los caciques guaraníes se quedaría en una simple Academia de ciencias y letras. En algunos casos, como en las Filipinas, aquel vacío docente iba a serlo sin retorno histórico posible. ¿Expulsión de judíos? ¿Expulsión de moriscos? Unos y otros pudieron camuflarse entre el paisanaje bajo mil formas al alcance de su mano, que las hubo. Los jesuitas fueron implacablemente perseguidos en una Europa domeñada intelectualmente por la carmañola jansenista, hasta lograr su disolución por la católica Roma de Clemente XIV. Hecho ocurrido luego de haber recibido la visita del embajador español Floridablanca, líder de la logia que tomaría por nombre La Real Pragmática de 1767, lo cual vino a crear más de un convencimiento histórico dada la debilidad de aquel papado. A resultas de esta disolución, Carlos III le concedió el título de Conde de Floridablanca en base a sus méritos acumulados. Tras ella, el luterano Káiser Federico II y la ortodoxa Catalina II, ilustrados ambos, recibieron con los brazos abiertos a cuanto ignaciano quiso a ellos acudir en Prusia o en la Rusia Blanca. Terreno abonado para siembra de resquemores contra la patria, que aquellos hombres habían libremente elegido pero que ahora renegaba de ellos, convirtiéndolos en simiente de independencias, lentas pero fundamentadas, que irían germinando en las Españas de América.
En la capital bonaerense el gobernador bonaerense convocará a la élite india con una misa solemne oficiada por el Obispo, seguida de un banquete de gala, en el que a los 30 regidores y 27 caciques presentes se les otorga el título de Don, donde insiste que la propiedad de aquellas misiones y pueblos es patrimonio de los indios y no de los jesuitas. De resultas, todos los presentes confirmarán, en un escrito en lengua vernácula con rúbrica incluida, su beneplácito a la solución propuesta por la Corona y su adhesión al Rey. Se disculpan ante el monarca arguyendo que aquellos yerros pasados que cometimos, se acabaron para siempre, y por amor de Dios, perdónenos el buen Rey… con lo cual declaraban la sumisión a la Corona y a Bucarelli. ¡Pelillos guaraníticos a la mar! Todavía el Capitán General agasajará a Don Nicolás Ñeenguiru perteneciente a la más importante saga de caciques guaraníes y bisnieto de su homólogo en la guerra del siglo anterior. Corregidor de Concepción y respetado líder… que cuando desmontaba, hasta los mismos caciques le tenían el estribo… hallábase ahora apartado de toda política activa, sumido en su pueblo de Trinidad, donde vivía. Lejos de sus más íntimos colaboradores, Bucarelli lo instalará en Buenos Aires con su familia, allegados y sirvientes, a costa del Fondo de las misiones. ¡Todo marchaba según lo planificado por el Conde de Aranda, presidente del supremo órgano consultivo del Rey, y su gobierno de las luces… y las sombras!.
Con la aquiescencia de caciques y mandos indígenas, el gobernador se desplaza con el ejército a la región de Misiones y, a través de cinco destacamentos, procede a la detención de los frailes pueblo a pueblo. Serán internados en el fuerte de San Antonio de Salto Chico, a la vez que sustituidos por los administradores reales y los frailes entrantes, sin apenas tiempo de cambiar impresiones inter pares. Acusados por largo tiempo de socavar la autoridad del monarca, serían remitidos en agosto al fuerte de Buenos Aires. Y, pese al estorbo de no pocos vecinos, penalizados más tarde muchos de ellos con prisión, expropiaciones y hasta la venta pública de sus bienes, más de 2.000 jesuitas serían expulsados de la Capitanía en aquellos días subsiguientes de agosto, embarcados a empellones rumbo a Cádiz. Todos los bienes temporales de la Compañía de Jesús fuera de las reducciones, fueron vendidos en pública subasta, sus residencias y casas pasaron a convertirse en seminarios diocesanos, cuando no eran cedidos a otras órdenes o a la Hacienda Real. Los templos, quedaron a disposición de los obispos de cada diócesis. En todo caso, parecía transcurrir en las misiones una transición pacífica, mientras los líderes guaraníes acomodaban su autoridad a la nueva situación política, y el resto de ciudadanos permanecían en tensa expectativa, pero en calma al fin y al cabo, luego de controlados algunos disturbios en Buenos Aires.
En las vecina Paraguay, la presencia de españoles y sus nuevas ‘reducciones jesuíticas’ no era bienvenida por los indígenas, en razón de la escasa sensibilidad que todo militar, burócrata o comerciante que por ellas pudieran pasar, prestaba a la singularidad sicológica del indio, vista desde el otro lado del cristal. Esta actitud reacia hacia lo seglar europeo en general y español en particular, con discriminación positiva hacia lo autóctono, era percibida con agrado por la ingenuidad indígena, tanto más cuanto consolidado estuviera su etnocentrismo tribal. Contexto positivo para reafirmar su propio ethos, aunque lo fuera al baño maría de la civilización europea. Pero esa actitud de reserva frente al blanco, no era cortapisa para agasajar a los caminantes y a los huéspedes, que a todos, sea español, mulato, mestizo, negro o indio, esclavo o libre, se les hospeda y da de comer (no más de un par de días) y aún se los pasa en embarcaciones por los ríos grandes que no tienen puente, aclaraba al respecto el padre José Cardiel. En las reducciones suministrábanse los conocimientos en dosis crecientes de cuentagotas, respaldados con paralelas rutinas de comportamiento, adaptados a la sicología de los naturales. Pero el llamado siglo de las luces tampoco vislumbraba estas sutilezas en este vecino más allá de sus enciclopédicos despachos, y porque no estimara sopesarlas, no juzgábalo como razón que evitara excluir a la Orden ignaciana del umbral empático de su Olimpo. O tal vez, porque eran cacúmenes colonizados por Voltaire, discípulo jesuita en su juventud, enemigo declarado de la infame Iglesia en su madurez. O las ideas de Rousseau, para quien el hombre nacía puro, pero la civilización le envilecía, ergo los educadores jesuitas sobraban. O los regalistas, para quienes los jesuitas resultaban inmanejables por tener ideas estructuradas, financiamiento propio y obediencia al Papa, sometido éste a la voluntad de Dios, pero no a la espontaneidad del espíritu individual del hombre. La Revolución se había propuesto quitarle al clero francés su obediencia al Papa, y obligarle a juramentar una cívica fidelidad a la nación, lo que en parte lograron. Entre tanto, los chupatintas españoles seguían su pauta. Para los católicos hispanos y para el Papa, el poder no venía del pueblo, venía de Dios. He ahí el escollo que incomodaba a nuestros ilustrados, regalistas de espíritu, pero impotentes para doblarle el brazo a la Compañía de Jesús. Había que echarlos.
Misiones, estancias, talleres, escuelas, plantaciones, ingenios, fueron tasados por los oidores reales y adjudicados en uso a las órdenes receptoras. Ojo por ojo, diente por diente. Todo encajaba en la contabilidad real para proseguir la senda iniciada por los jesuitas. Una legión de bienintencionados frailes de tres órdenes, parecían dispuestos a entregar el ciento por uno de sus humanos haberes en sustitución de quienes se iban. Pero pese a la aquiescencia de sus regidores y caciques, la sutileza del indio llano no sintonizaba con el talante de los nuevos freires. Su intuición perceptiva les vetaba del propio umbral empático, en la misma medida que los ilustrados europeos hacíanlo con los padres jesuitas. No gozaban del interés por lo indígena que mostraban los anteriores padres, desconocían su lengua en muchos casos y no parecían dispuestos a conocerla. Carentes del equilibrio paternofilial interno, lo que fueran prósperas misiones antaño, veían desertar hogaño a sus jóvenes, a los que pronto seguirían familias enteras. Los hombres encontraban fácil trabajo en las ciudades, que apreciaban su cualificación artesanal, todo ello en efecto llamada para los que quedaban en las reducciones. Y que a penas dos años más tarde, aparecían abandonadas, sumidas en la maleza selvática. Las luminosas mentes del siglo de las luces, habían arruinado en dos años escasos el ingente esfuerzo jesuítico de siglo y medio, dispersando a sus hijos y dejando que la desidia y la selva borrasen sus logros. Todavía en el reciente año 2006 han sido halladas en distintas comunidades indígenas, catecismos en lengua guaraní, partituras musicales de oficios litúrgicos, misas, motetes, villancicos, salidos de aquellas misiones en caída libre y salvados por los propios fugitivos del cambio, conservados hasta hoy por sus descendientes. Solo nos queda tras ello, contemplar, en nuestra impotencia, sus magníficas ruinas con esas greñas indignadas apuntando al cielo, como un homenaje a la sectaria estupidez humana de nuestros ilustres ilustrados.
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