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Contexto Histórico de Portobelo – I

Colón en su cuarto viaje arribó a su bahía (noviembre de 1502) y le asignó el nombre que años después tomaría la ciudad. El buen resguardo, sus amplias aguas, su fondo de piedras para lastre, y la existencia de abundante madera, aguada cómoda y ensenada de bajo calado donde carenar navíos, llevó a Diego de Nicuesa a la sazón  Gobernador de Veragua y fundador de Nombre de Dios (1510), a intentar fijar en Portobelo otro enclave costero. Los belicosos nativos del momento le obligarían a desistir de su intención.

Al igual que en la costa cartagenera, los vientos estacionales dominantes en aquella latitud eran las brisas del NE durante la época seca (Diciembre a Mayo) y los vendavales del W-SW durante la época de lluvias (Junio-Noviembre). Frescos de mar cabrilleada los primeros, frecuentes turbonadas de viento y agua acompañados de mar crespa los segundos. Las corrientes marinas costeras variaban notablemente según  que de estación seca o húmeda se tratase, a causa del gran incremento de fluviales evacuadas desde el continente durante las lluvias. Pero dada la limitada evacuación de escorrentías pluviales acopiadas, los flujos y reflujos propios en la bahía de Portobelo apenas variaban estacionalmente, y sus mareas mantenían un tiro habitual de fácil acceso en toda época. El resguardo de navíos grandes encontraba su posición en la medianía del puerto, en tanto que las embarcaciones menores podían aproximarse a la orilla para anclar sobre fondo arenoso. Al NE de la bahía se abría la Caleta, ensenada muy propia y acomodada para carenar navíos y toda especie de embarcaciones, no solo por su fondo arenoso de cuatro brazas y media de calado, sino por estar abrigada de todo viento estacional u ocasional, abrazada por un cerco de colinas. En el fondo y al norte de la bahía, desembocaban arroyos de aguada conocidos como el Cascajal y el Chorrillo.

            Desde antes del avistamiento del Mar del Sur por Núñez de Balboa (1513), cuando su existencia era solo intuida por geógrafos y hombres de ciencia, Fernando el Católico había sugerido a Vicente Yáñez Pinzón correr la costa caribeña en pesquisa de algún paso atlántico hacia las Molucas, idea obsesiva que los reinos europeos  mantendrían por más de un siglo. Con el descubrimiento del gran océano del poniente, empezó a cuajar la idea alternativa de acceder a él mediante un camino terrestre capaz de sortear las escabrosidades del istmo. El propio Balboa había trazado una ruta transístmica de 60 km, que partiendo de Santa María la Antigua, ciudad por él fundada en el Darién, llegaba no sin grandes penalidades a la costa pacífica del Golfo de San Miguel. Transportó por ella a lomo de mulas e indios una flota de galeones despiezados, con los que desde la otra orilla, pretendía emprender la conquista de un mítico Imperio del Sur, noticia dada por sus caciques aliados: los mismos que le informaron del mar que habría de darle gloria. A la muerte del malogrado descubridor, sería Francisco Pizarro quien perseverase en la idea de explorar el sur continental, el fabuloso Pirú de tradición indígena. Los galeones de Balboa serían utilizados por Pedrarias Dávila, sucesor de Nicuesa en la gobernación de Veragua, para explorar hacia el norte la costa pacífica del istmo. Tampoco allí encontrarían paso interoceánico alguno con que informar al rey.

Figura 2: El Camino Real a Nombre de Dios. Grabado de época rescatado

 

Gaspar de Espinosa, fundador por orden de Pedrarias de la ciudad de Panamá (1519), núcleo occidental de enlace entre ambas costas del istmo, especulaba aquellos años con razonable magín sobre la posibilidad de abrir un canal interoceánico aprovechando el cauce del río  Chagres; idea que Carlos V llegaría a sopesar sin pasar a mayores al constatar la magnitud del proyecto (185 km de largo). El capitán Antonio Tello de Guzmán, quien fuera el descubridor del asentamiento aprobado por Pedrarias  como solar de la futura Panamá, era a su vez partidario de acometer otra ruta montaraz similar a la de Balboa, de mayor longitud  (100 km) pero mejor trazado y levedad en cotas de ascenso. Aún así, la ruta que partía de Nombre de Dios para concluir en el propio enclave panameño orillando el cauce del río Boquerón hasta las cumbres divisorias de las aguas, era áspera y dura. Sus 1,20 metros de anchura, bordeando barrancos y hendiendo resbalosas cumbres, con lluvias periódicas y sus barrizales, desplomes y arrastres, era una tortuosa senda donde la proverbial terquedad de las mulas rehusaba transitar sin el ocasional y sabio consejo del recio varapalo en sus costillas. No lo tengo yo por el mejor camino, ni tan breve… es muy áspero y de muchas sierras y cumbres muy dobladas, y de muchos valles y ríos y bravas montañas y espesísimas arboledas, y tan dificultoso de andar que sin mucho trabajo no se puede hacer…y es muy malo… el cual he yo andado dos veces a pie, opinaba de él Fernández de Oviedo. El propio historiador propone nueva ruta:  desde Panamá hasta el río Chagres hay cuatro leguas de buen camino, y que a muy buen placer le pueden andar carretas cargadas, porque aunque hay algunas subidas, son pequeñas, y (es toda ella) tierra desocupada de arboleda, y llanos, y todo lo más de estes (sic, modismo bable) cuatro leguas es raso, y llegadas las carretas al río se podría embarcar la especería en barcas y pinazas; el río sale a la mar del Norte cinco o seis leguas debajo del puerto del Nombre de Dios, y entra la mar a par de una isla pequeña que se llama isla de Bastimentos, que tiene muy buen puerto... Idea asumida por el nuevo gobernador Barrionuevo y apoyada por Gaspar de Espinosa convertido para entonces en influyente hombre de negocios, que proponen la ruta mixta esbozada por el historiador asturiano, que también compartirá el estudioso Fray Tomas de Berlanga obispo de Panamá (1536) y descubridor de las Galápagos. Se acomete la limpieza del río, retíranse palotales y árboles caídos entre la desembocadura y la intersección caminera que viene de Panamá, indicándose ambos límites planimétricos con sendas cruces. Se inicia por tierra el trazado del llamado  Camino de Cruces (1527), con su base granular compacta y su concertante empedrado carretero de 2.70 metros de ancho a lo largo de treinta km, capaz de ser recorrido por carromatos en 7 horas. Se construyen  Venta y Aduana en la barranca de Cruces, enlace de ambas vías seca y húmeda, que tomará en adelante el nombre de Venta de Cruces (1536). En la boca del Chagres, puntual paso de la vía húmeda fluvial a marina, se construye otra Aduana. Los edificios de Cruces cobijan mesón, bodega, galpones y aduana, en cuyos libros queda registrado el tránsito de mercancías. En la boca del río, otra Aduana comprueba también la carga estibada en los bongos, al pie del Castillo de San Lorenzo de Chagres (1535) y sus cañones, cobijo de embarcaciones, gentes y  mercancías. Entre ambas aduanas se intercalan una serie de fortines escalonados, como el Fuerte Gatún o el propio de Cruces, apoyo estratégico del transito de mercancías y hombres por la vena fluvial.

 

Figura 3: Los Caminos históricos del istmo

 

La nueva Vía Marítima entre la Boca del Chagres y Nombre de Dios cabotada por pataches y bergantines, atrajo pronto la rapacidad pirata, siempre al acecho de cualquier descuido táctico enemigo del que sacar provecho. Los primeros asaltos a  convoyes de esta vía se produjeron el año mismo de su puesta en servicio (1537), lo que obligó a repartir selectivamente los fardos entre el Camino Real  y el Camino de Cruces, según que de metales preciosos o mercancías comunes se tratase. El codicioso efecto llamada de las potencias enemigas sobre activos metálicos de la hacienda imperial española era evidente y crudo. Sobre todo para la emergente Inglaterra, con una Royal Navy carente todavía de infraestructura, y fiada su rapiña costera a una pléyade de privateers desparramados a comisión por el Caribe y sus islas. Entre ellos el joven Francis Drake, que pese a sus pretenciosas memorias, lo único fidedigno que sacaría de su primer ataque a Nombre de Dios (1572), seria dejar la plata peruana donde estaba, además de abandonar dieciocho cadáveres en la playa y conservar de por vida una bala de mosquete alojada en su pierna izquierda. Protegido por la orografía y vegetación salvajes del istmo, aunque demorase  doce días el penoso y lento avance de las recuas, era el camino interior más seguro que el ágil y cómodo trayecto mixto, vulnerable a la libre insidia enemiga durante las ocho o diez horas de su cabotaje costero. No obstante, el persistente Drake con el apoyo de 100 negros cimarrones contratados al efecto, ataca al grueso de reatas de mulas que siguen bajando por el Camino Real hacia la costa. Las refriegas con la milicia presidial le infieren numerosas bajas entre las que se cuentan los dos hermanos del propio privateer. El hugonote y cartógrafo francés Guillaume Le Testu,  adherido como piloto de altura con nave y hombres al empeño depredador, logrará capturar algunas reatas con más de 100.000 pesos de oro y 15 Tm de plata; pero su excesivo peso les obliga a enterrar una parte, a la espera de recuperarla en mejor ocasión. Los españoles contraatacan, recuperan parte del metal robado y capturan a Le Testu, que es ajusticiado en días siguientes. Pero no pueden evitar que Drake se escabulla con el crecido botín del francés, que a su arribada a Southampton catapultaría al firmamento inglés su imagen de gran corsario benefactor de la patria. Una de las bases del futuro Banco de Inglaterra según hubo de reconocer el propio Keynes cuatros siglos más tarde.

Figura 4: Escudo heráldico de Nombre de Dios

 

Desde el establecimiento de su Feria del Atlántico en 1544, la ciudad fundada por Nicuesa habíase convertido en núcleo obligado y maldito del tránsito de las mercancías y plata peruana, motores del comercio sevillano con Lima. La sofocante ciudad era por aquella segunda mitad del siglo XVI, un avispero de truhanes, prostitutas y malandrines, donde la salud languidecía y la violencia callejera era moneda corriente con riesgo de la propia vida: su existencia era una amenaza social; el tránsito por sus calles en horas nocturnas, un suicidio. Cueva de ladrones, sepultura de peregrinos, la llamaba Berlanga. No obstante ello, el poder del dinero manteníala en pie,  tornapuntada con plata peruana en medio de secuencias socio-sísmicas de toda laya que tambaleaban su equilibrio. Dada su significación económica, Pedrarias había aprobado el trazado caminero que uniría los mares que el istmo separaba. La apertura de una trocha inicial entre Nombre de Dios y Panamá, fue pronto convertida en camino empedrado, senda para hombres y mulas, suerte de calzada romana, vena áurica, nexo de  piélagos, que todo esto iba a representar para el comercio imperial la apertura de aquel sendero que orillaba escarpes, soslayaba ciénagas y remontaba crestas. De Sevilla habían llegado rejas, zapas, azadones, cedazos, picos, petos, pilones, palanquetas, palas, rastras, mazas, marrazos, hachas, junto a los acerados herrajes precisos para reparar o montar cualquier apero útil para el trazado caminero. Eran muchos los kilómetros, y tanto más los brazos que debían acometerlo en sus diversos tramos y época seca, para avanzar ostensiblemente hacia su conclusión. Animales de tiro y carga no faltaban, y madera para mangos y pisones tampoco: pero era la mano de obra india el talón de Aquiles de aquel empeño. Con grandes dificultades por lo poca que hay en estos reinos, y los más que van enferman… enfermedades y muerte que aún ni los negros pueden resistir… era un lamento asumido que atoraba el proyecto del camino. Negros cimarrones desertores de aquella mortífera apertura-trampa, comenzaron a establecerse en los solitarios esteros de la Bahía de Portobelo, camuflados del control presidial de Nombre de Dios, la insalubre ciudad ya sentenciada al abandono. Con este núcleo humano incipiente y la real orden de evacuar los últimos colonos de la ciudad de Nicuesa, Francisco Valverde y Mercado, factor y veedor de Nueva España, comisario-revisor de las obras de fortificación y acondicionamiento del nuevo enclave costero, funda en él la ciudad de San Felipe de Portobelo. Será nombrado Gobernador vitalicio de la plaza (1597-1644). A su muerte, la nueva ciudad del Atlántico va a ser gobernada por un Teniente General con mando en plaza y jurisdicción territorial anexa, dependiente del Gobernador Presidente de Panamá, autoridad máxima del istmo con sede en la ciudad del Pacífico.

Figura 5: Nombre de Dios, sede de la primera Feria del Atlántico

 

El progresivo abandono de Nombre de Dios, trae el medro poblacional de Panamá y Portobelo como puntos de acopio humano en el enlace interoceánico de España y Perú. Por orden de Felipe II (1584), la feria atlántica establecida en Nombre de Dios desde 40 años antes, se trasladaba a la Bahía de Portobelo cuyo rancherío iba pronto a consolidar su población. Comienza la fase constructiva de las fortificaciones de la bahía según proyecto del ingeniero real Battista Antonelli, que diseña también la variante del Camino Real desde Boquerón por El Bohío, junto a otras defensas alternas para la Boca de Chagres y la Barranca de Cruces. Antonelli había sido designado por el rey para examinar los puntos y costas de América donde convenga levantar fuertes y castillos. Su nombre y saga van a impregnar de un cierto sabor familiar a la ingeniería militar indiana del siglo que comienza. El inicial diseño del ingeniero real establecía un sistema de tres fuertes conocidos como San Jerónimo situado entre la playa y el puerto, quedando situados los otros dos, San Felipe Todofierro y Santiago La Gloria cada uno a un lado de la embocadura, para que su cruce de fuegos protegiera el acceso a la ciudad. Pero pronto aparecieron problemas de asentamiento y deslices de ladera en el escarpe sur, por lo que el castillo de Santiago hubo de ser remetido hacia la ciudad para fundarlo sobre buzamientos de roca consolidada. Se situó en una hondonada rodeada de quebradas y padrastros, presa fácil del enemigo en caso de que lograra desembarcar en la costa y ocupara los promontorios ubicados a sus espaldas, denuncia el nuevo alcalde mayor Vargas Machuca (1602) con palabras proféticas que habían de cumplirse andando el tiempo.Figura 6: El diseño de los Caminos

 
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LA LEYENDA DEL GALEÓN ERRANTE – V

Verosímilmente en los próximos años asistiremos a un festín de rastreo de naufragios y detección de pecios en costas históricas, entre las que las polinésicas no son atractivo menor; sin olvidar que australianos y neozelandeses caminan en vanguardia. Los propios gobiernos insulares en su afán de concatenar interesadamente su presencia con la Historia Occidental, han de propiciar esa búsqueda de la que sin duda esperan extraer un aditivo reclamo turístico para sus playas de arena blanca y cielo azul turquesa. Salvo la excepción de investigadores serios, cualquier tubo artillero aparecido en costas de este mar, puede ser bautizado como “Los cañones de Elcano” que hemos detectado en Tahití, o como sus reproducciones en resina epoxit que reclaman para sus parques capitalinos de Amanu y Hao los habitantes de estas islas. Quirós, nacido portugués y retirado ya de su acción descubridora al servicio de España, lejos por tanto del secretismo de estado impuesto a toda publicación náutica desde la Casa de Contratación de Sevilla, publicó en Francia diversas memorias de sus viajes. Publicaciones que sin duda contribuyeron en décadas posteriores a trufar de embeleso las mentes europeas, no la repulsa del marino “magallánico” hacia sus mendaces surgideros, sino la onírica imagen de tierras bellas, nativas generosas y hermosos ejemplares humanos que aún perdura. Las que hace tres siglos eran << Islas Infortunadas >>, son hoy de interés creciente para españoles, portugueses, holandeses, franceses, ingleses, norteamericanos y rusos, incluso alemanes, que antaño las recorrieron en duras navegadas. La atracción occidental por sus playas, palmeras, danzas y práctica deportiva en sus olas, la veremos aupada a futuro por el mediático hallazgo arqueológico. Bienvenidos cantos de sirena sean, si contribuyen siquiera de manera indirecta a la estructuración histórica. El análisis espectral de terrenos o su auscultación sónica, son hoy día métodos habituales en Geotecnia y Cimientos de la ingeniería civil. Y su aplicación, ni destructiva ni cara. Sobre todo cuando de playotes y sedimentos poco consolidados, se trata. Allí es donde previsiblemente yacen esos pecios, cañones, anclas, vestigios… que buscamos… y podemos ver emerger de repente en el plasma de nuestro monitor o el plotter de nuestra impresora. Perfectamente contorneados, escalados y volumétricamente graficados en su soterrado lecho; alumbrados para la investigación histórica por la moderna geosísmica, en cualquiera de sus múltiples variantes.
Por otra parte, esa misma facilidad creciente para la detección de pecios, no lo es tanto para el rastreo de determinados antígenos u otros marcadores en sangre, que puedan conducir a hipótesis fiables sobre las trayectorias humanas de sus donantes en el tiempo. En caso concreto, nos referimos a los marcadores genéticos hallados en islas como Pascua, Tuamotu y Sociedad, de cuyos índices alegremente se induce el paso por sus playas de la tripulación del San Lesmes. Es decir que allí, inequívocamente, sembraron su semen cuarenta y cinco sementales gallegos, vascos y flamencos hace casi quinientos años. Nada menos.
A nuestro juicio resultan pueriles estos argumentos por cuanto ha sido fama durante siglos la más que acogedora actitud de las féminas de los Mares del Sur hacia cualquier episódica aparición de varones de otras latitudes. Estudios etnográficos no tan recientes, ya consideraban que esta entrega femenil era el arma infalible de los polinesios contra la superioridad bélica del hombre blanco. Entregándoles sus mujeres, la tribu incorporaba al extranjero como un miembro más, sólo, inerme. Si resultaba un traidor, teníanle a su alcance para urdir su ejecución. Combatían además la degenerante consanguinidad de toda sociedad insular aislada. Entregaban a sus mujeres, si, pero en el fondo obedecían a un ancestral ritual de guerra y supervivencia. Copaban al extranjero en desigual batalla, perdida por el invasor blanco antes de librarla. Y las mujeres que << por lo agraciado de su rostro podían compararse a las europeas, y en cuanto a la belleza de su cuerpo disputaban a todas con ventaja >> sabían cumplir su cometido, con su collar vegetal, sus flores al pelo y sus pareos de textil natural, siempre a ritmo de danza y luminosa sonrisa en su cara. Diarios de a bordo, novelística, poesía, ópera, zarzuela, teatro…todo nuestro universo expresivo constata tal realidad. Desde Magallanes hasta Malaspina han dejado en sus viajes memoria gráfica o escrita de este acontecer humano. Tras seis años de pelea en las Molucas, el futuro agustino Urdaneta regresa a España con una hija natural habida de ocasional nativa, que como padre nunca abandona, y que orgulloso presentará a Carlos V. Quirós, sabedor experimentado del caso, prohíbe en evitación de la dupla deserción-enfermedad, todo trato con polinesias “so pena de cañón” en 1606. Diez años más tarde Jacob Le Maire calma a su levantisca canalla en mitad del océano, soñando la generosidad y hermosura femeninas de la bella Terra Australis descrita por Quirós, hacia la que navegan. En época de Bonechea y consiguiente prohibición del trato con nativas, los marineros contemplan a las polinesias contonearse en tierra provocando con vaivenes sensuales su omisa respuesta varonil. << Se quitaban las prendas y en cueros comenzaban a bailar >>, porque << no tienen dificultad de dar su cuerpo a quien quiera que llega >> y << con tanto extremo, que vienen en bandas (a bordo) a solicitar a los nuestros >>, << como algunas de nuestro reino, que a escondidas de sus maridos suelen hacer sus intercambios >> nos comenta el cronista Pantoja. La historia se repite con los franceses de Bougainville (1778) que permite la libertad sexual de sus tripulantes con nativas, que también gozaron los ingleses de Wallis y Cook por aquellos años. << Las piraguas estaban llenas de mujeres. La mayor parte de estas ninfas estaban desnudas… Nos hicieron desde el principio donaires desde sus piraguas… los hombres invitaban a escoger a una mujer, a seguirla a tierra, y sus gestos inequívocos mostraban la manera de conducirse con ella >> escribió en su Diario el almirante francés. Similar cantinela a la narrada por los ingleses. En las Marianas era también conocida la beneplácita acogida de las nativas hacia europeos en recalada. Incluso hacia la famélica y hedionda marinería corsaria del comodoro George Anson, que al borde de la inanición rastreaba la estela del Galeón de Manila por aquellas aguas. La expedición Malaspina dejó excelentes testimonios gráficos de su buen convivir bajo el cuidado de “atractivas y sugerentes muchachas de Vavao con el busto desnudo”; como de otras islas oceánicas donde “sus mujeres se muestran zalameras, insinuándose por el capricho de cualquier friolera”(1777). En El Callao deberán detenerse varios meses para curar las dolencias contagiadas en los tratos carnales. En la famosa Bounty en cambio, algunos tripulantes se amotinan para regresar a Tahití a retozar con sus insulares mancebas. Sin duda, la falta de disciplina sexual en las arribadas, pasaba sus facturas…
Tras cuatrocientos años de viajes y miles de rituales polinésicos de “guerra y supervivencia”, desembarcos entre “mujeres zalameras insinuándose…”, encuentros con “atractivas y sugerentes muchachas”, además de otros tantos miles de raptos, secuestros y violaciones perpetrados por marineros borrachos, fugitivos de presidio, ex -convictos, balleneros exasperados por sus lejanas capturas, violentos sexuales de incontinencia genética, bellacos de toda laya…¡Miles!. Y pretenden Langdom y palmeros que los “pelirrojos”, “ojosgarzos”, “caraspálidas”… eran descendientes de los hombres del San Lesmes?¿Nada más y nada menos?. En la más que probable coyunda de nativas del Pacífico con marinos de cualquier pelaje, tripulación, época y nación, guardaron ellas el fruto de su entraña en una diluyente consanguinidad tribal, mientras crecía la estela de las quillas rumbo a nuevos tálamos que aguardaban a sus apasionados “servants” de ayer. Esa parece sin duda la causa de ese mestizaje científicamente definido en nuestros días.

 
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LA LEYENDA DEL GALEÓN ERRANTE – III

Todo indica que aquel 2 de junio de 1526 el galeón San Lesmes enrumbaba a las Molucas con una derrota algo más al sur que la de Magallanes, y mucho más que la de su capitana Sta. Maria de la Victoria, que le precedía. Su rumbo íbale aproximando a la zona pre – tropical, de alisios favorables del sudeste y corrientes de deriva oceánica que formaban una suerte de lanzadera hacia el NW por encima de los 35ºS. Su rumbo incidía inexorablemente hacia las entonces desconocidas Gambier, Tuamotu y Sociedad, un verdadero campo minado por arrecifes, islotes y atolones planos, con mas de 150 trampas insulares a fil de roda, abanicadas cual siniestra telaraña de tres millones de Km. cuadrados ante unidireccional insecto. El confiado andar del San Lesmes con buena mar y brisa fresca por popa, podía superar los 3,5 nudos. En sus singladuras nocturnas, el peligro de embarrancar abruptamente en cualquier anillo coralino, playote o bajío del desconocido y mimético insulario era cierto y próximo, pese al sereno fulgor de sus buenas lunas de agosto. Y así parece que ocurrió en Amanu.
Langdom, catedrático de Historia de la Navegación del Océano Pacífico en Australia, dedicando cincuenta años de su vida a este enigma, cree que con el nuevo día, la tripulación pudo zafarse de algunos cañones y lastre suficiente para reflotar la nave. Maltrecho, pero nuevamente operativo y rumbo al poniente, tras 600 millas avante fue a dar el galeón con la deshabitada Anaa y la habitada Raiatea (Sociedad, al oeste de Tahití). Allí trataron de recomponer la nave, testificando bajo la cruz de Anaa su accidentada singladura, alertando al patache que supuestamente navegaba tras ellos. Pero el Santiago nunca apareció, y ellos acabaron maridando con nativas que les dieron descendencia. Cuando sin duda habrían muerto ya los últimos españoles de Tuamotu, iba a pasar por ciertas islas cercanas Fernández de Quirós (1606), el primer europeo que aparecía tras ochenta años de silente vacío. A buen seguro nada de ello trascendió en las protohistóricas Amanu, Raiatea y Anaa. Pese a su voluntad de llegar al Malucco, seguramente no fueron ellos sino sus vástagos, ahítos de narraciones encendidas, añoranzas y subida autoestima, osmotizadas todas por el pasional y obsesivo relato paterno, quienes prosiguieron el periplo hacia el poniente. Mediante pistas genéticas, arqueológicas e historiográficas, Langdom y colaboradores han encontrado posibles huellas de su presencia en diversas islas del Pacífico tales como Pascua (27º7´S-109º21W), Tahití (17º40´S- 149º28´W , a 300 millas de Anaa), o la propia Nueva Zelanda 2000 millas más lejos, cuyos autóctonos maoríes estarían influenciados por la “cultura occidental” llegada desde España. Difícil ecuación que comentaremos mas adelante.
Son muchos los indicios de temprana presencia española en Nueva Zelanda. Empezando por los “whakapapa”, relatos maoríes de genealogías y vivencias ancestrales, verdaderas sagas de sus tribus. Narraban avistamientos históricos de grandes barcos en sus costas, que nadie prestaba atención. Aunque también entre sus gentes albergaban individuos pelirrojos y caucásicos de tez clara, los “urekehu”, que habían sorprendido a los propios naturalistas de Cook, por repetirse de nuevo lo visto por ellos en Tahití. Abundando en la materia, Langdom en un documentado artículo de la Sociedad Australiana de Antropología, estudia la existencia de ciertos maorís de etnia caucásica y la relaciona con la recurrente presencia de españoles del siglo XVI. Max Dowell historiador neocelandés, ha tratado también esa presencia española o portuguesa en sus islas y Tasmania durante el mismo siglo. En las costas de Hotiki (isla sur) descubrió restos de un pecio de madera de haya, con cuadernas ensambladas al ibérico modo, apernadas mediante vástagos de la propia madera. Fuertes temporales del invierno austral arrastraron la arena de la costa, dejando al descubierto restos de aquel maderamen que, analizados por el historiador neocelandés, le inclinaron a creer se trataba quizá de una nave portuguesa de la malograda expedición de Pedro de Labore (1555 ). Noel Williams un cazatesoros de la misma nacionalidad, descubrió en la Bahía de Plenty (Gran ensenada de la costa norte de Nueva Zelanda) un trozo de cuaderna de galeón empernada por tirafondos de bronce que supuso español. Sometido a la prueba del Carbono 14, fue datado como del siglo XVI. Pero el supuesto pecio español, que podría aportar datos preciosos, permanece aún bajo la arena de la bahía, a la espera de un permiso de excavación que tarda en llegar, ahora que las cosas del naufragio histórico parecen haberse puesto serias. Para Francisco Mellén Blanco, historiador de la Asociación Española de Estudios del Pacífico, resulta más acertado enfocar la presencia hispana en Nueva Zelanda y su contacto con la cultura maorí, a partir de la expedición de Juan Fernández (el descubridor de las islas que llevan su nombre) desde Valparaíso en 1576. El navegante hispano descubrió allende el Pacífico ciertas << tierras habitadas por nativos de piel blanca >>, tierras que 40 años después eran propuestas a Felipe III para que las conquistase desde Chile. De esta expedición parece provenir un morrión aparecido en Plenty, oriundo modelo borgoñón traído a España por las huestes del joven Emperador, y asumido por los tercios y demás milicias hispanas. Se conserva en el Museo de Wellington.
Roger Hervé, historiador de la Biblioteca Nacional de Francia (cuyo departamento de reproducción suministra magníficos mapas de su archivo a quien lo solicite), sostiene que Nueva Zelanda y Australia fueron descubiertas fortuitamente por navegantes ibéricos entre 1521 y 1528. Para este extraordinario conocedor de la cartografía histórica, el mapa que Cook manejaba cuando arribó directamente a la Bahía de Plenty, era una copia secreta de la elaborada por los marinos portugueses que despojaron y mataron a los supervivientes del Galeón San Lesmes. ¿Cómo llegó a las manos de Cook esta preciosa y secretísima información?. Pese a la pena de muerte inminente << con perdimiento de todos sus bienes >> de quien pasase información a otros reinos, una copia del original archivado en Lisboa, fue a manos del cartógrafo Pierre Desceliers, a la sazón gran maestre de la Escuela de Cartografía de Dieppe, quien se lo regaló al Delfín de Francia en 1546. Por ello se le conoce como “Mapa del Delfín”, que realmente es una versión del ejemplar lisboeta trufada con el buen hacer del gran hidrógrafo francés.

Y como ¡poderoso caballero es don dinero!, de idéntica guisa a lo ocurrido en Lisboa, lo consiguieron activos espías británicos en el Dieppe del siglo de las luces. Pero la derrota seguida por el galeón español es para Hervé diferente de la supuesta por Fernández de Navarrete y asumida por Langdom. La nao San Lesmes no naufragó, ni siquiera pasó por Tuamotu. En una comprometida y difícil navegación, aproando al menos intermitentemente contralisios y corrientes oceánicas adversas por debajo de los 35ºS, alcanzó las costas de Nueva Zelanda. Allí convivieron con los maoríes algunos años hasta saltar a Australia y morir a manos portuguesas en 1528. Pero si así fuera, algo tendrían que contar las ricas sagas maoríes, y que yo sepa nada parecen decir de estas convivencias étnicas con hombres blancos… Pero para el fino olfato de Hervé, quienes originalmente dibujaron las figuras humanas y chozas copiadas en el “Mapa del Delfín” que en Dieppe se elaboró, conocían perfectamente las vestimentas, hábitos y construcciones maoríes de la época. Y solo los españoles, que venían navegando desde el Pacífico oriental, habiéndose topado casualmente con estas islas, cartografiaron sus costas como si de un solo continente se tratase. Parece razonable la hipótesis del francés, ya que para los portugueses de Timor y las Molucas, era lejano y complicado acceder a la costa este de Nueve Zelanda, a la sazón inexistente Terra Australis, oculta en las brumas incógnitas de latitudes prohibidas.
Navegando siempre al poniente, pudieron en fin los peregrinos del San Lesmes llegar a las costas de Australia donde, según Langdom, naufragarían en los arenales de Warrnambool (“lugar de agua” en lengua aborigen) situados en la apostrofada como “costa de los naufragios” del litoral de Victoria al sureste del continente. Algunos supervivientes en nueva embarcación por ellos construida (o arrebatada a comerciantes malayos visitantes de aquella costa, o en la suya propia rescatada), llegarían al cabo de York antes de 1529 (tratado de Zaragoza), siendo allí copados y muertos por la segunda hueste portuguesa de Diogo Gomes de Sequeira, exploradores a la sazón de lo que ellos agazapadamente consideraban potencial tierra de Portugal (extremo nordeste de la costa oriental australiana). Las instrucciones lusas emanadas de Meneses, Gobernador de las Molucas, eran tajantes: << Si tomases a los castellanos o su nave, no dejes ninguno de ellos vivo, porque vienen a tomar y levantar las tierras del Rey Nuestro Señor de Portugal, y envolvedlos en una de sus velas y echadlos en medio de la canal de la mar, porque no quede ninguno de ellos vivo, ni haya quien vaya a decir a Castilla lo que por esta tierra pasa. Lo cual haced, so pena de muerte y perdimiento de vuestros bienes >> había proclamado uno de sus acólitos. Arrebataron por tanto a los españoles nave y mapas, pero silenciaron la lid y su cumplido desenlace, a las puertas como estaban de acordar con España la ubicación del vital antimeridiano y el consiguiente cese de hostilidades.
De esta interacción hispano-lusa u otra inédita, parece han perdurado en esta Terra Australis algunos útiles de pesca, calcificadas herrumbres de cañón, señales grabadas en rocas, sucintos fortines estratégicos, vainas de espada, maderamen de roble cantábrico, vidrios, abalorios, un puño de bastón. Demasiada cacharrería a buen entender para ser salvada, y conservada, tras años de calamidad y naufragio por los últimos del San Lesmes. Por ellos, repito, y no sus descendientes, que poco o nada debieron de aprovechar aquellos menesteres tras faltar sus genuinos dueños. La lejanía en tiempo y espacio de todo adiestramiento y manejo que aprendieran sus mayores cuando jóvenes, sería probablemente para la nueva generación polinésica patrimonio de mundos oníricos, que nunca llegarían a catar. Y eso, por muy compenetrados que en primera generación hubieran estado con sus padres. En generaciones sucesivas sin duda, su “cultura occidental” sería un pálido remedo de lo sobrevivido en Amanu. Entero probablemente hallaríase, caso de haber sido los propios supervivientes quienes en persona accedieran a la Bahía de Plenty o a las dunas de Warrnambool. La investigación histórica de aquí, o de allá, ha de proseguir, pues, atando cabos, despejando incógnitas

 
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CONTEXTO HISTÓRICO DEL VALPARAISO ESPAÑOL

El Adelantado Diego de Almagro había salido de Quito (1534) hacia el sur, decidido a conquistar un imperio tan dilatado como el que atrás dejaba en manos de su socio Pizarro. Para el buen fin de la empresa, hízose acompañar su hueste por una flota costera de tres barcos cargados de bastimentos. Solo una de las tres naos, la pequeña urca “Santiaguillo”, carcomida de broma y anegadas sus bodegas de salitre, arribaría unos meses mas tarde a la ensenada llamada de Quintil por los autóctonos changos, pueblo pescador nómada de aquellas costas. Avisado Almagro de la buena nueva, envió a su Alguacil Mayor para recibir la oportuna dádiva surgida del mar. El capitán Juan de Saavedra, hidalgo castellano de la Serranía de Cuenca, al mando de treinta jinetes localizó la urca. Al fondo de un angosto y arbolado valle, hendido por tres barrancas con bulliciosas aguas de recientes lluvias, hallaron fondeada la nave. El cuadro que aparecía a su vista, semejante al escarpado valle de su infancia, hízole llamar al lugar Valparaíso. Días después llegaba el propio Almagro que mandó desembarcar la preciosa carga de víveres, vestimentas, hierro bruto y herrajes de la nave, carenarla, herrar los caballos y consolidar en aquel valle un asentamiento estable para su hueste.
Almagro, una vez fundada la nueva ciudad de Valparaíso (1536), asignó a sus hombres un lote de huertos, construyo el caserío de bahareque y paja, y tomó las providencias para reconocer la costa hacia el sur por mar y tierra, a fin de explotar los recursos naturales que pudiera ofrecer la región. Pero decepcionado ante los magros resultados de sus pesquisas, tras un penoso invierno, decide regresar al Perú atravesando de nuevo los Andes y el desierto de Atacama con aquellos espectros supervivientes. La crónica de la terrible retirada nos cuenta que << algunos de los que murieron a la ida, en pie, arrimados a las peñas, helados, con sus caballos de rienda también helados, estaban tan frescos y sin corrupción como si acabaran de morir, y así fueron sustentación de la gente que venía, los caballos que topaban helados en el camino y los comían >> … Valparaíso fue abandonada y por años no volvería a saberse de ella.
Pedro de Valdivia, conquistador de Chile y fundador de Santiago, halla en Valparaíso el enclave costero necesario para el intercambio comercial de su capitanía con Lima, la capital del Virreinato. Y respetando nombre y fundación, apostilla al enclave como “Puerto de Santiago” (1544).
El Mar del Sur era por entonces llamado “lago español”, y realmente lo era, por ser piélago desconocido para el resto de europeos. Solo los portugueses llegaban por los confines del Índico al Mar de la China (islas de las Especies o Molucas, Macao, Formosa y Cipango) siguiendo la ruta este del Cabo de Buena Esperanza, descubierto por Bartolomé Díaz casi un siglo antes. Drake, conocido corsario del Caribe, irrumpe en el Pacífico, según alerta lanzada desde Buenos Aires en 1579. Pronto va a llevar al Mar del Sur la amenaza filibustera, que produce consternación y alarma en las desguarnecidas costas occidentales de America. España e Inglaterra están comprometidas en un cese de hostilidades por la tregua de 12 años firmada dos años antes, cuando apenas media docena de galeones habían logrado superar el paso que Magallanes descubriera medio siglo antes. El ahora pirata conculcador de treguas pero gran navegante Drake, pierde su flota en el empeño, pero su nao capitana logra superar la barrera austral y acceder al Mar del Sur. A la vista de sus velas, los escasos moradores de los enclaves costeros y Valparaíso entre ellos, van huyendo hacia el interior del país. Drake asalta las inermes chozas de “El Puerto de Santiago”; y como único y posible botín a su alcance en tierra firme, roba las vinajeras de plata de su iglesia de paja y cañas. Aborda un único y solitario patache allí anclado presto para zarpar al Callao, le despoja de su carga de botijas de mosto y maderas, junto a la moneda destinada a la compra de enseres. Tras esta azarosa jornada de Valparaíso, prosigue su rapiña hacia el norte, no sin antes poner fuego a todo vestigio repoblador del neonato puerto. Se suceden las noticias del avance depredador del pirata inglés por la costa occidental de América. Tras el saqueo de El Callao, el virrey Toledo organiza su persecución. Pedro Sarmiento de Gamboa parte rumbo norte tras el intruso al mando de dos galeones fuertemente artillados, pero no logra contactarlo. Vira rumbo sur, y con bases alternativas entre Valparaíso y Chiloé, decide esperar durante un año el retorno del pirata hacia el Atlántico por el Estrecho de Magallanes; pero tampoco aparece, a la vista de lo cual sigue hasta España para proponer la fortificación del paso magallánico. Y es que Drake, escarmentado de su durísima remontada del meridión americano hacia el Pacífico, ha decido regresar a su metrópoli por la ruta portuguesa del Índico. De esta manera se zafa, sin saberlo, de la emboscada preparada en el Pacífico Sur por la estrategia virreinal.
La noticia de la presencia de Drake por aquellas costas se propaga por la América toda, y a partir de ese día Valparaíso iba a tomar carta de identidad en los mapas del mundo. Felipe II ordena construir en Guayaquil naos reales para la salvaguarda costera. Con ellas formará la Armada del Mar del Sur, protectora del Galeón de Panamá, los puertos del Pacífico y su navegación comercial frente a la potencial piratería que se intuye va a cernirse en adelante sobre aquel litoral.
El comercio con El Callao incrementa la salida de mercancías de Valparaíso, pero los corsarios holandeses e ingleses seleccionan presas más jugosas (galeones de Panamá o Manila) versus el inerme rancherio de Valparaíso, solo parcialmente habitado. Los corsarios ingleses Cavendish (1587) y Richard Hawkins (1594) hijo este de John Hawkins conocido corsario, contrabandista y negrero ingles del Atlántico, ponen rumbo al Pacífico y saquean y queman los ranchos de “El Puerto”. Pero la noticia del arribo del segundo moviliza la fortificación de Valparaíso, que construye su Fuerte de San Antonio (llamado después “Castillo Viejo”) a estribor de su rada, primer reducto fortificado del puerto. Hawkins y su nao capitana serán apresados por los galeones “cagafuegos” de la Armada del Mar del Sur y pasará más de diez años en las cárceles peruanas y españolas, hasta ser liberado por la diplomacia de su poderoso sindicato, cuajado de influyentes rentistas beneficiarios de sus fechorías.
El corsario holandés Oliver de Noort (1600) logrará incendiar sorpresivamente tres barcos surtos en el puerto con frutas y legumbres secas, sebos y cecinas, pero la metralla de las baterías del Castillo Viejo, le alejan de sus aguas sin poder completar el expolio. La arribada de la flota de su compatriota Joris Spilbergen (1615) denunciada con tiempo desde Buenos Aires, será debidamente recibida. Valparaíso, a la espera angustiosa de recibir carga para sus cañones, había reforzado su milicia, despejado de barcos su fondeadero y hundido una vieja nave en él, para evitar la aproximación a tierra de la escuadra enemiga. Una cerrada descarga de fusilería dio cumplida bienvenida a las primeras chalupas del desembarco holandés. Con estudiada cadencia, iban los fusileros durante la refriega replegándose hacia el interior, desde los fosos cavados y sus empalizadas de playa. Mientras clareaba el día, ambas fuerzas mantuvieron su porfía. Pero cuando empezó a caer la noche, hízose más vulnerable la tropa desembarcada, reflejando sus casacas el resplandor de las estratégicas piras que ardían por doquier. El corsario holandés acabaría por replegarse a sus naos, y dar la vela rumbo güeste hacia sus Indias Occidentales en la oscuridad de la noche.
En 1616 se repuebla y crea el Corregimiento de Valparaíso, que años mas tarde pasaría a declararse Plaza Militar bajo crecida milicia y nueva y poderosa fortificación que empieza a construirse. Llegan los Agustinos Recoletos, que reciben un terreno en la quebrada desde entonces llamada de San Agustín, donde se establecen (1627). Llegan los Franciscanos (1663) para construir su claustro en la quebrada a la que legarán su nombre. Valparaíso que exporta mostos, sebo, cáñamo, mulas y coquitos de palma, inaugura una línea de naves propias que enlazan periódicamente con El Callao y otros puertos del Pacífico. Para el almacenaje de fardos y pertrechos comienzan a construirse galpones y bodegas de adobe y teja, alineados a lo largo de la playa. En primavera y verano, bajo los sures de aquellas costas se presentaba la mayor actividad portuaria; en el invierno austral, los fríos y desabridos vientos del norte obligaban al cierre de actividades náuticas.
Se construye el elevado Reducto de la Concepción sobre el punto de aguada (1676). Se termina el Castillo de San José sobre el cerro nuclear del enclave, dotado de poderosos cañones de bronce para el tiro de alcance. A sus pies, se remata este Castillo Alto con otro Castillo Bajo, plataforma o planchada prolongada hasta la playa, y artillada con cañones de hierro para el tiro rasante (1692) sobre los mástiles del fondeadero.
El tráfico portuario focalizado hasta entonces en Panamá, que expendía las manufacturas sevillanas a los puertos del Perú y recibía en sentido inverso pagos y mercancías que a Sevilla retornaban, iba a cambiar radicalmente a partir de 1746. La liberación del comercio con la Península propiciaba el tráfico directo de Valparaíso con Sevilla tras doblar el Cabo de Hornos rumbo a Buenos Aires y Montevideo. El paso del Atlántico al Pacífico navegando por el Mar de Hoces, era a la sazón ruta habitual de la holandesa Compañía de las Indias Orientales desde mediados del siglo XVII. Y España hacía propia la ruta descubierta y estudiada por Holanda. Como contrapartida, el tiempo empleado en arribar del Atlántico al Pacífico las mercancías peninsulares venidas desde Sevilla vía Panamá seguido desde el siglo XVI, iba a verse aligerado en varios meses por la nueva ruta.
Recientes terremotos (1730) habían arruinado fortificaciones, bodegas, galpones y más de cien casas habitadas regularmente en Valparaíso, pero la ciudad iba a surgir con brío de sus calamidades históricas. Escala obligada tras doblar el Cabo de Hornos, el “Puerto de Santiago” seguía recibiendo por el norte, paños de Quito, azúcar y plata mexicana del comercio con Acapulco y Panamá. Por el sur, la nueva ruta de los “Navíos de Registro”, aportaba desde Buenos Aires un notable abaratamiento de productos de primera necesidad como herrajes, telas, vestidos, y otras manufacturas, además de aceite y aperos peninsulares. Y expedía en todas direcciones sus sebos, badanas, cordobanes, jarcias, mechas para pistolas y fusiles, cáñamo, hilos, cordelería, cecinas, mostos…
Una vez perdido el miedo al paso austral y sus “Aullantes Sesenta”, alentado siempre desde los mentideros de Europa mediante vaticinios y consejas de toda laya frente a cualquier noticia desgraciada de navegante o Flota, los comerciantes franceses de Saint Malo, con naves documentadas de “Registro Franco” completarían un ciclo bianual de ida y vuelta al Callao y Valparaíso. En sus naves traen no solo nuevos productos, sino nuevas ideas que bullen en la Francia prerrevolucionaria, semilla de la independencia que medio siglo mas tarde había de llegar a estas costas.
En 1766 se establece el “tráfico en derechura” con Cádiz, con el correspondiente menoscabo de pólizas, alcabalas, retrasos y sobrecostos, además del gravamen por muertes que el tránsito de sus gentes por climas tropicales penalizaba. Pero el océano proseguiría hurtando a los dioses su puntual tributo en vidas. La navegación austral llenará los puertos de Chile de enfermos escorbúticos, y de cadáveres flotantes las estelas de sus barcos. El escorbuto habíase convertido en la enfermedad endémica de la ruta austral, azote sistemático de las tripulaciones con más de los dos meses de singladura. Para poner remedio a tantos males, llegan a Valparaíso los Hermanos de San Juan de Dios, que instalan su Hospital en el inconcluso convento de Santo Domingo (1767). En un enroque virreinal, los dominicos pasan a ocupar la Casa de Ejercicios que los expulsados jesuitas regentaban tras La Matriz, luego de su abandono de las Españas por Real Orden de Carlos III.
En 1774 se establece la Aduana y pocos años después, cristalizada su ciudadanía propia con varios miles de almas, Valparaíso nombra Cabildo. Ambrosio O’Higgins a la sazón Gobernador General de Chile, solicita a Carlos IV el título y blasón de ciudad nueva (1789), para el viejo “Puerto de Santiago”. Bastantes años más tarde recibiría en contestación el águila de San Juan con su escudo de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro, y su lema de “muy noble y leal”, un sarcasmo para los vientos emancipadores que soplaban ya por aquellos pagos.

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