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Contexto Histórico de Veracruz – IV

Figura 10: Portulano de Veracruz c/.1700. Dibujo del autor

 

Con el tornaviaje de Urdaneta, iba a comenzar la andadura anual del Galeón de Manila (1565), que desde Acapulco inundaría capital y mercados virreinales con el exotismo oriental de sus manufacturas. En el tornaviaje siguiente, esas manufacturas pasarán ya por Veracruz, para hacerse vender con notable ganancia en los mercados de Europa. Había comenzado el comercio interoceánico, dinamizado por pingües beneficios y cuerda para dos siglos y medio. Tras la travesía del  Pacífico desde Manila en las Islas del Poniente, cruzaría Nueva España desde Acapulco, por los caminos reales de Cortés y Mendoza a lomo de largas reatas de mulas. Pronto serán cientos, las que serpean entre la capital virreinal y sus terminales oceánicas, portando preciadas cargas que vender en mundos opuestos. Como por arte de magia, emergen las manufacturas asiáticas en el ribereño arenal sevillano con cada Flota de Nueva España que llega. Era la primera cinta transportadora económica y cultural, sustentada sobre la infraestructura novohispana y la eficacia comunicativa de los correos de aviso. Además del exotismo oriental en productos, recibía Veracruz por tierra el Quinto Real de las minas de plata en lingotes y barras, además de moneda corriente de la Ceca de México, para el pago crediticio de mercancías adquiridas en Sevilla pro comercio criollo y sus ferias. Por mar llegaba, junto a la manufactura europea pagada, el situado fiduciario o cupo presupuestario asignado a Nueva España por la Hacienda Real. El Virreinato compraba barato en Oriente bajo el pronto pago de su poderosa moneda, en México negociaba las manufacturas adquiridas, y las expendía hacia España con notable valor añadido, incluidos almojarifazgos, alcabalas y el Quinto Real de sus explotaciones mineras, todas privadas. Como cualquier otra empresa del mercantil Renacimiento, que vino a desembarcar en América de mano española. En consecuencia, la Nueva España virreinal compraba caprichos en Oriente, los negociaba y clasificaba a voluntad, destinaba una parte a consumo propio y remitía otra a Veracruz, que la facturaba hacia Sevilla en cada Flota que partía de sus muelles. Pagaba por tanto sus tasas a la hacienda en lingotes, que  la ceca sevillana convertíalos en moneda, y sus manufacturas privadas en metálico. Más de 50.000 mulas y 7.500 arrieros llegarían a encargarse de su trasiego desde la capital, mediante los fardos y serones de mercancías y cajas de la Real Hacienda, que Veracruz embarcaba hacia la metrópoli.

 

La tracción animal a lo largo de las rutas  carretiles, habíase generalizado tras convertir en bueyes los primeros novillos (1535), castrados en haciendas veracruzanas. Las mulas de carga y tiro, cruce de yegua andaluza y asno, llevadas también a cabo por sus ganaderos, fueron prontamente incorporadas a las reatas y recuas del transporte de uña. Estas cabañas ganaderas sufrieron un fuerte incremento presionado por la prohibición legal de sobrecargar a los tamemes indígenas según las Leyes de Indias. Pero como donde está la ley, está la trampa, no pocos estancieros soltaban sus ganados al campo, donde pastaban libremente, perjudicando las siembras de los indígenas y constriñendo poco a poco sus tierras. Política de paulatina apropiación de pagos ajenos, dilatando los propios sin documentos acreditativos de adquisición o venta alguna. Tal caso presentose también en la fundación de Córdoba (1618), dotada con terreno para solares, ejidos, potreros, dehesa y caballerías de tierras, tomado enteramente de las pertenencias tradicionales indias. Estos abusos condujeron a la pragmática de Felipe III (1642), mediante la que se penalizaba severamente estos desmanes sobre los haberes indígenas. Toda nueva adquisición de tierras debía hacerse con tal atención, que a los indios se les den sobradas todas las que les pertenecieren… y las tierras en que hubieren hecho acequias o cualquier otro beneficio… se reserven en primer lugar, y por ningún caso puedan serles vendidas o enajenadas.

 

En los primeros años del Virreinato, el control de caballos y yeguas era estricto, prohibiéndose su posesión y cría a los indios, a pesar de que algunos caciques, gobernadores, alcaldes y otros notables indígenas, fueran pronto autorizados a disfrutar de montura propia. Tempranamente también, le fue facilitado al indígena la posesión de burros, lo cual vino a desarrollar notablemente su productividad agrícola. Mas tarde, la liberal posesión de potros y la presencia de postas en los caminos reales para el refresco de caballos de tiro y monta, iba a generalizar la presencia de equinos y asnos por las rutas novohispanas. En época del virrey Revillagigedo, llegarían a establecerse en el Camino de Perote los llamados coches de providencia, no otra cosa que diligencias de uso público o alquiler.

 

La Probanza era una suerte de documento bibliográfico sobre los méritos acumulados por un súbdito en servicio del Rey, fuera con la pluma, la toga, la retórica o la espada. Una suerte de lamento notariado, individual o colectivo, dirigido a la Corona en demanda de favor para amejorar el estatus del firmante, a la vista de sus méritos documentalmente expuestos. Alguno de ellos como el negro yucateco Sebastián Toral,  viajaría varias veces a España hasta lograr le fuese concedido el porte de armas solicitado. Otro conquistador más, establecido en ciudad virreinal recién fundada, que como súbdito reclamaba ciertas prebendas a su rey en base a méritos probados. El historiador Bernal Díaz del Castillo, siendo alcalde de Ciudad de Guatemala, no conseguiría en cambio para sí las que a su vez a Carlos V reclamara por servicios cumplidos, entre los que contaba el no menor de haber aclimatado las primeras naranjas de Nueva España.  Se da la circunstancia de que los conquistadores indígenas fueran más numerosos que la suma de conquistadores negros y conquistadores españoles, en razón de la ingente proporción de nativos que, tras la conquista, se subieron al carro vencedor. Empuñaron las armas para sacudirse el yugo de pueblos rivales opresores, aprovechando el río revuelto de alianzas indígenas con los castellanos, para cobrarse pasadas afrentas. Una mera secuencia del historial de enemistades étnicas, de la que fuera paradigma la existente entre mexicas y tlascaltecas.

 

En el área mixteca, totonaca y yucateca maya, se vio  llamativamente reclamado el título de conquistador entre las élites de indios amigos, en pos de una cierta autonomía para sus personas y pueblos, a la vez que afianzaban su autóritas regional con el aval de una Real Orden de Probanza. Confirmada su estirpe noble, estas élites indígenas fueron bautizadas con sus característicos apellidos indios precedidos de nombres castellanos, lo que agigantaba su prestigio social ante propios y extraños. Algunos de ellos marcharon a otras regiones afines, donde establecieron nuevas republicas de indios, según el modelo virreinal establecido. Era un primer paso de la cultura europeizante, que había de tardar generaciones en calar el alma indígena.

 

Hernán Cortés no sólo había arrastrado tras él a gentes de guerra y altar. Desde los tiempos de Cuba se le incorporaron copleros, recitadores, relatores, troveros y músicos, feriantes del aspaviento, el son, la mímica y el decir, que amenizarían cada atardecer las acampadas soldadescas de la marcha sobre el Anahuac. Guardamos noticia de innominados virtuosos de la vihuela, el rabel, el atabal, el arpa, la trompeta o el pífano, que se unieron a su hueste desde Santiago para acompañar a su alcalde y endulzar sus asuetos marciales. Junto a los músicos, iban conocidos solistas como Porras el cantaor de jarchas y aguinaldos y Maese Pedro el arpista, además de compositores como el vihuelista Alonso Morón u Ortiz el Músico, uno de los mejores jinetes de Cortés al decir del cubano Alejo Carpentier. Partícipe de la toma de Colima el primero, acabaría sentando escuela de canto y baile en ella; notable tañedor de vihuela y viola el segundo, recompensado por Cortés con un solar capitalino, asentaría en él su academia del tañido y la danza de músicas profanas. La música sacra encontraría senda propia a través de las escolanías eclesiales y las rondallas de cuerda, utilizadas por los misioneros para armonizar sus responsorios, motetes, cánones, madrigales, antífonas, oratorios, complemento didáctico de la transculturación indígena en las parroquias. Las grandes fiestas conmemorativas de la Paz firmada entre el emperador Carlos V y Francisco I de Francia, festejadas por Cortés a manera cortesana, fueron amenizadas por aquellos virtuosos de la cuerda. Si la armonía europea encontró en estos músicos transplantados de Santiago de Cuba, unos primeros valedores en tierra novohispana, los romances populares  hallaron los suyos entre los recitadores y copleros de aquella comparsa colonizadora. Pero ese romance popular, musicado de vihuela y canto, recurrente en los salones de Carlos V y Felipe II en Toledo o Madrid, estaba haciéndolo por reclamo identitario y nombre propio en los del México virreinal. Una transfusión en vena de la esencia española desde el minuto cero de la diástole.                            

 

El romancero heredado del Renacimiento, era un entronque directo con las gestas medievales, prolongadas en el recuerdo de la gleba por cantores ciegos y recitadores de coplas, retahílas y poemas, con o sin sones instrumentales, complementados a veces con números de danza que regocijaban al respetable. Una fecunda continuidad de los tiempos heroicos, que fluía espontáneamente en los latiguillos, retruécanos, trabalenguas y refranes del habla coloquial, que acabaría regada por  todos los mares y climas donde estuvo presente el Imperio español, nos recuerda Menéndez Pidal. Era sabido de antiguo que la lengua acompaña siempre al poder. Antonio de Nebrija le ofreció a Isabel la Católica su Gramática de la Lengua Castellana, primer estudio de nuestra lengua y sus reglas, como inseparable compañera de viaje del naciente Imperio. La continuidad del lenguaje heroico y su nobleza de estilo, iba a perdurar anexo al romancero tras su salto atlántico, enriquecido ahora con sonoros giros arcaicos o felices aportes léxicos prestados de las lenguas indígenas. El teatro del Siglo de Oro, emergente en la Nueva España a partir de las fiestas religiosas del Corpus Christi y el didactismo de los Autos Sacramentales, encontraría entre sus dramas y comedias, un amplio eco coloquial y familiar. Son conocidas las representaciones capitalinas de Lope de Vega y Calderón con su lenguaje poético próximo al romancero. Sin olvidar que uno de los máximos exponentes de aquellas musas, lo fuera Juan Ruiz de Alarcón, nacido, doctorado y envenenado por  la histriónica Talía en su Ciudad de México, aunque hubiera de triunfar en la madrileña Villa y Corte.

 

En la comarca veracruzana, aquellos compases didácticos vinieron a maridar con los  cantos melopeicos y los vistosos bailes de su acervo cultural indígena. Acabarían cristalizando en sandungas, jarabes, sones de la tierra y fandangos jarochos o huapangos huastecas que, acompañados de los rasgueos sincopados de las jaranas, nos sorprenden hoy por su profunda belleza. Muchas letras de estas canciones eran variantes de los versos octosílabos, entonces de moda, provenientes de poesías y romances de las justas poéticas, retahílas de los juegos populares, o estrofas sueltas de las comedias satíricas de los corrales. Siempre gozaron de una gran aceptación popular, y nutrieron no pocos cancioneros que circulaban de mano en mano entre los músicos indígenas, quienes les daban un último matiz propio.

 

Andando el tiempo, los corrales de comedia arraigados en la Nueva España del siglo XVI, dieron paso a todo tipo de teatros y salas de espectáculo, recorridos sobre todo por compañías andaluzas de danza y canto. Con sus músicos incorporados, estas compañías de cómicos iban desde Sevilla o Cádiz hasta Ciudad de México, con actuaciones intercaladas en la Habana y la Nueva Orleáns española del siglo XVIII. Ya en Veracruz, camino real adelante, detenían sus espectáculos callejeros en todo núcleo habitado notorio, con Puebla como referencia básica, donde eran éxitos cantados las actuaciones de sus comediantes. Esas mismas músicas nutrieron sin duda los huapangos, cuyos orígenes deben buscarse en Pango (Pánuco) como sones jarochos. El fandango jarocho, nacido en las ferias comarcanas, se bailaba y cantaba de seguido  en fiestas y ferias, alternando músicos, danzantes y cantores. Una tradición española de apellido indígena, criada entre mestizos que a sí mismos se llamaban jarochos, en su centro neurálgico de Tlacotalpán. En realidad amalgamaban sones andaluces y caribeños inyectados a través de Veracruz puerto, pero sazonados en las riberas del río Papaloapán/San Juan. Parte importante del colorido espectáculo era el zapateado sobre tarima sonora, de honda raigambre andaluza, donde las bailadoras, faldas largas, blusas de colores, encajes, trenzas o moño caído y poderosos tacones, contrastaban  con sus parejas de baile, pantalones negros, guayabera, faja y botines, en un espectáculo músico-visual colorista de arrogante tronío sevillano. Las letras de sus canciones eran, y siguen siéndolo, referencias de la vida de la gente llana, donde caben la guerra, el amor, la marinería, el comercio portuario, los ganaderos, el arriero… arrullados entre el vaivén del ritmo, el sonar armónico de la jarana jarocha (guitarra barroca), y acompañamiento de arpa, violín, requinto (guitarra de son)… y el sincopado taconeo sobre la tarima. El agudo sentido musical del indio, imprimió su carácter a los nuevos sones, y cada música regional fue matizando su tornasol comarcano con múltiples variantes de instrumentos de cuerda, de los cuales eran los indígenas maestros. Hasta tal punto la sensibilidad novohispana palpitaba ante la música, que partituras sacras de Cristóbal Morales, Francisco Guerrero, Tomás  Luís de Victoria o Palestrina, estos dos últimos en especial, llegaron a crear atasco de fieles en determinadas misas catedralicias de la ciudad de México…  y de Puebla, pocos años más tarde. Pero esta megalomanía  popular del mundo criollo no era flor de un día.

 

Figura 11: La Catedral de México

 

La música europea había comenzado a calar la sensibilidad indígena como otro servicio intencional más del culto sacro. Pero fue convirtiéndose poco a poco en la verdadera recreación de la liturgia eclesial. Y acabó por institucionalizarse a través de los conventos y seminarios, nutrientes de misiones y parroquias, donde los indios aprendían con facilidad el nuevo estilo musical y el secreto de la construcción de sus instrumentos. Como en el resto del Imperio, eran las catedrales el centro musical por excelencia, y su repertorio el mismo ejecutado en todas ellas, y sus iglesias diocesanas de Sevilla Toledo, México, Puebla… o Manila. Las catedrales de México y Puebla, por bula de Paulo VI, habían heredado los privilegios y costumbres de la de Sevilla. En cada catedral, era el Maestro de Capilla la máxima autoridad musical y a quien correspondía supervisar a los músicos ya instrumentistas o corales, mientras que quien dirigía su coro era el Sochantre. En Nueva España los iniciales grupos corales dieron lugar a las escolanías y distintas escuelas de música, todas ellas públicas y abiertas a indios, mestizos, negros o blancos, sin distinción de castas pero sí de aptitudes, por ser la demanda elevada, y limitados los músicos cualificados para enseñarla. Su repertorio musical era el mismo al ejecutado en las catedrales e iglesias de la metrópoli. El primer Maestro de Capilla de la catedral de México fue el extremeño Hernando Franco (1575- 83), llegado de la catedral de Guatemala, donde venía ejerciendo el cargo desde unos años antes. Sus Magníficats adquirieron niveles de armonía comparables a los de Giovanni da Palestrina, el organista y compositor vaticano, en boga entonces. Esta influencia italianizante del orbe católico era debido sin duda a la poderosa influencia del que llegó a ser Maestro de Capilla Papal,  cuyas obras polifónicas, frescas aún, eran enviadas a Nueva España para enriquecer el archivo de sus catedrales. Se da el caso de compositores criollos mestizos o blancos, nunca salidos de su terruño, que nos han legado obras del más puro estilo renacentista itálico, demostración evidente del arraigo de aquella polifonía en el seno de la sociedad novohispana. Pero además del estilo español e italiano sacro, llegaría una poderosa influencia de la música flamenca, consecuencia de las dos capillas musicales existentes en aquella Corte de los Habsburgo.

 

Fray Pedro de Gante, primer maestro de música europea en América, inició una escuela de música en Texcoco (1530) y conformó un coro de muchachos indios que llegó a cantar los domingos en la misa mayor catedralicia. Pionero franciscano llegado a Veracruz (1524) dos años antes que los doce apóstoles que pidiera Cortés al Emperador, fue enviado por el propio conquistador con sus compañeros flamencos a Texcoco, por existir en aquellos momentos una fuerte epidemia variólica en la capital. Allí iban a establecer su convento y una Escuela de Artes y Oficios anexa para la educación de jóvenes indios. Una continuación temporal del secular centro educativo, que los miembros de la clase dominante azteca, habían creado antaño en ese lugar. Basados en la tradición pictográfica indígena, escribieron los primeros catecismos, a fin de facilitar con ellos la memorización de los textos. Gante aprendió las costumbres y lengua náhuatl para mejor comprender al indio, y en esa lengua vino a publicar  catecismos y motetes que han llegado a nosotros. El anciano músico Fray Juan Caro, colaborador en la enseñanza de Fray Pedro, vista la natural disposición y agudeza musical de aquellos muchachos, y la babel de hablares autóctonos que con castellano y latín se mezclaban en las aulas, decidió enseñarles, de forma directa, la música cantada y escrita, notas, tonos y semitonos. Los indios no cesan de cantar y de bailar en sus ceremonias religiosas, era máxima que repetía. Utilizando melodías y tonos aborígenes con gran delicadeza, efectuando, si necesario, algún cambio silábico y aún melódico, trataban los frailes de evitar el desentono de sus voces al cantar, tenidas por débiles a causa de su inadecuado hábito alimenticio. La escala pentafónica tradicional de sus melodías, resultaba un impedimento para asimilar la cromática de los europeos, pese a la fascinación que en ellos despertaba, y su mucho empeño por hacerla propia. Tal era el hechizo irresistible de la escala europea, que cuando en sus desplazamientos iban cantando los frailes loas, salmos o villancicos por páramos y sendas de Dios, se maravillaban a veces al descubrir que eran seguidos cautamente por indígenas en escucha de sus melodías. Detuvo la marcha uno de ellos, que tocaba a Dios su flauta por aquellas soledades, a fin de tantear la actitud extraña de quienes, pasos atrás, seguían su andar. Lentamente fueron aproximándose para rodearle en el silencio de su mutua expectancia. El más decidido pidiole la flauta para observarla, la sopló y nada obtuvo de ella… preguntole entonces por señas de quien era aquella voz de pájaro mañanero que de allí salía y con quien hablaba… respondiole el buen fraile que era el lenguaje de los ángeles, alabando a Dios en el cielo, y que si venían a su parroquia, aprenderían a hablarlo… Y es que la escala tónica europea  causaba al indígena emoción tan sincera, como fatal lo fuera para los roedores de Hamelin. Quienes no se sometieron nunca al designio de sus dioses, y se rebelaran por ello contra augurios ancestrales, fueron a la postre traicionados por su propia sensibilidad auditiva y emocional, que vino a someterles a una nueva tiranía estética

 

Y el sabio por viejo Fray Juan, decidió aplicar su intuitivo método al detectado síndrome Hamelin de los indígenas… con excelentes resultados. Fue muy de ver el primero que les comenzó a enseñar el canto… pénitus (sic,  muy a su pesar), ninguna cosa sabía de la lengua de los indios, sino la nuestra castellana, y hablaba tan en forma y en seso con los muchachos, como si fueran cuerdos españoles… y los muchachos, con la boca abierta, oyéndole muy atentos, por ver lo que quería decir… en poco tiempo no solo le entendieron, sino de tal forma, que en poco tiempo deprendieron (sic, aprendieron) y salieron con el canto llano, mas también con el canto de órgano, e agora hay muchas capillas e muchos cantores dellos, diestros, que las rigen y entonan… y después acá, como un loco hace ciento, unos a otros, entre indios, se lo van enseñando… nos explica el humilde  Fray Toribio Motolinía, uno de los doce apóstoles, que asumió como propio el nombre (“el que es pobre”), por el que los indios nahuas le conocían. Este interés y aprovechamiento mostrado por los muchachos de Texcoco, llevó a los frailes a pensar en la creación de una institución de estudios superiores para indios, algo que nunca se habían planeado, pero que cuajaría su realidad unos años más tarde.

 

Figura 12: Catecismo para indios de

                        Pedro de Gante                      

 

Felipe II quería hacer en Nueva España un centro cultural de primera categoría y eligió Puebla y México como centros modélicos del virreinato. Envió maestros de música para ejercer la docencia en la reciente Universidad capitalina. Concedió Reales Cédulas a favor de compositores, maestros y agrupaciones musicales sacras, de manera que vino su Catedral a recibir las partituras y libros más importantes del momento. Su capilla musical era numerosa y fuertemente subvencionada. El sincretismo cultural había conformado los cantos al gusto indígena, acompañados por gran diversidad de instrumentos musicales. Pero con las conclusiones del Concilio de Trento y la Contrarreforma (1565), iba a ser sacado de funciones catedralicias y eclesiales todo instrumento musical de cuerda, percusión y viento, excepto los de tecla. Vino así el órgano a convertirse en el aparejo sacro por excelencia. Ello trajo una masiva cesación de vihuelistas, cornetistas, contrapuntos, violinistas, chirimías, sacabuches, arpistas y toda serie de tañedores indígenas, que había plenado las escuelas de música  y coros catedralicios. Hubieron de buscarse acomodo entre hermandades, congregaciones, cofradías, fiestas patronales, festejos populares… lo que trajo una profunda crisis de ocupación en el seno de la comunidad nativa ilustrada. En razón doble, por ser en mayoría los propios indios quienes construían los instrumentos que circulaban en el mercado, además de plenar coros y escolanías con sus ministriles y cantores, que sufrieron notable deterioro. Llegado de Sevilla el primer órgano para la catedral de México (1530), iba a convertir las obras musicales y teóricas de Antonio de Cabezón, Fray Juan Bermudo y Tomás de Santa María en el alimento espiritual de los organistas novohispanos. Entre ellos Antonio Rodríguez de Mesa (1582) no el primero de ellos, pero si el que consta como tal en los anales catedralicios. Y como virtuoso, el afamado Manuel de Zumaya (1715), maestro de capilla, compositor y organista,  posiblemente el músico criollo más grande de la época virreinal.

 

El primer centro educacional de música sacra en Nueva España, fue la Escoleta Pública de la Catedral de México, donde se iniciaban los jóvenes en el canto llano mediante salmos y motetes a varias voces, cantera nutricia del coro catedralicio. Ya fuera en lengua vernácula, castellana o latina, utilizando melodías indígenas o renacentistas ibéricas e italianas. Muchos de estos sochantres y maestros de coro, fueron los verdaderos formadores e impulsores de músicos y compositores criollos, abriéndoles las puertas a la música religiosa de índole popular con alabanzas, saetas, trisagios, rogativas o villancicos.

 

En  Veracruz encontraron estos villancicos y coplas, diferentes expresiones como la Rama, el Pesebre, las Pascuas o las Posadas, que al igual que en la Nueva España toda, penetra sus orígenes en la exaltación y festejos navideños del pueblo llano. Traídos sin duda por los misioneros, pero asumidos como propios por la mayoritaria población inmigrante. Llegadas las fiestas, grupos de vecinos con banda de requintos, panderos y guitarras, pasaban cantando villancicos por las casas, enarbolando una rama decorada o un Belén portado en angarillas. Siempre acompañados de gente menuda con velas, y el entusiasmo para felicitar las Pascuas a los amigos, que se lo premiaban con regalos para todos y aguinaldos monetarios para los más jóvenes. Las Pascuas eran estrofas improvisadas, claro extracto de la saeta andaluza, cantadas por los huapangueros con banda de cuerda y percusión, para celebrar las fiestas en el terruño jarocho. Las Posadas, limitadas al novenario precedente a la Navidad, eran en cambio una escenificación de aquel deambular de José y María en busca de venta donde posar. Tras sucesivas negativas, se guarecieron en el establo donde el Redentor del mundo su paz vino a traer. Émulos de este acontecer, cuando llegaban los Santos Peregrinos frente a la casa elegida, cantaban seguidillas implorando asilo, respondiendo desde dentro voces similares que eludían dárselo, diálogo que concluía con la apertura del portón para dar cobijo a todos con gozo compartido, dulces y regalos. Toda esta manifestación coral con acompañamiento, vino a ser enriquecida con bailes de aporte indígena o negroide y resultado multicolor, enmarcadas hoy estas tradiciones en el GuadalupeReyes, o lapso comprendido entre ambas fiestas nacionales (12 diciembre – 6 de enero).

 

El hecho de ser Veracruz el puerto atlántico de Nueva España, convirtiole en centro emisor de cantigas marineras que tripulaciones, boteros y estibadores, propagaban hacia el resto del virreinato. En permanente contacto con tripulaciones de otros puertos caribeños, y sus novedosos ritmos o sones antillanos, el peonaje de color había madurado su propia forma de cantar, bailar y hablar el castellano. Conocido éste como dialecto sayagués, vino con el tiempo a caracterizar los villancicos de negros y las ensaladas o mezcla de sones, texturas e idiomas, en una partitura que sus hermanos de raza se encargaban de transmitir como reguero de pólvora por la costa y al interior. Injertos seculares constantes entre música popular y culta, europea y novohispana, junto a los cruces de escritura y oralidad de los textos, dio lugar a un sin fin de textos en poesía clásica, cantada y bailada, y diferentes hablas, ritmos y melodías. Ni el mismo Góngora hubiera podido reconocerlos como emanados de su propia culta latiniparla.

 

Durante el largo Siglo de Oro español (Renacimiento del siglo XVI y Barroco del siglo XVII, con su apogeo hacia 1640), la Villa Rica y su puerto iban a convertirse en referencia cartográfica de toda nao que surcara las aguas del Golfo. Lo mismo demandar refugio una nave de la malhadada expedición de Ponce de León,  que catapultar las flotas de Guido de Llavezares o Tristán de Luna en pos del sueño floridano. De muchas ciudades se hace un reino, era un dicho popular castellano de raigambre romana, que estaba tomando cuerpo en la costa suroccidental del seno mexicano. Para ellos civitas, la ciudad, había sido el núcleo de su civilización; y vivir en la polis, era vivir en policía, es decir en el orden que ofrecía la ciudad civilizada. Y Veracruz, centrada en la privilegiada situación de su Marca Huasteco-Totonaca y su promisorio arraigo comercial y humano, apuntaba ya al orden característico de una polis. Con el arribo de los galeones de Indias, que repartían su carga por sus ocasionales barracas, quioscos y chiringuitos, montábanse tenderetes con velas y jarcias por las propias tripulaciones. Eclosionaba así su feria anual, análoga a cualquier otra de las famosas cuarentenas feriadas del Caribe. Cada arribo de los galeones sevillanos era una traca festiva, con el cielo plagado de retumbos, súbitas humaredas peregrinas y garabatos multicolores. Sin olvidar el telón de piratería como fondo siniestro, latente desde que el Imperio arrancase su tempranera maquinaria del comercio atlántico.

 
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Contexto Histórico de Panamá – II

El dilema creado entre los juristas del reino, proclives a la encomienda del indio (catequesis y civilidad a cambio de su trabajo) y los teólogos, partidarios del respeto a su albedrío como persona, chocaban ambas con la brutal realidad del humano complemento indígena, ya mil veces denunciado por el Consejo de Indias. El nativo de aquellas tierras resultaba refractario al trabajo orgánico, y su etnia, vulnerable a los virus que portaban africanos y europeos. Lejos de poder catalizarlos mediante defensas genéticas inexistentes, por un lado; por otro, era materialmente imposible abordar la colonización del continente sin mano de obra asequible in situ. En ningún caso el nativo podría ser catapultado treinta siglos avante, del Neolítico al Renacimiento, sin su propia colaboración activa y su particular aporte a una común empresa que iba a durar generaciones. Esa era la realidad deducida del saber renacentista occidental, y la primera vez que el europeo abordaba tamaña empresa, con absoluta carencia de referencias históricas donde poder ilustrarse. Solo los pensadores de Salamanca, punta de lanza del saber de la época, se atrevían a pergeñar una entreverada teoría de los derechos del hombre. Pero el Consejo de Indias y la Universidad de Salamanca diferían en sus planteamientos discursivos. A ellos vendría a unirse Juan López de Palaciosrubios miembro del Consejo y catedrático de la Universidad de Valladolid (fundada en 1241) oponente del prestigio salmantino y sus tesis humanistas.  Heredero en cambio del humanismo de los Reyes Católicos, el emperador Carlos, va a seguir su propia rectitud de conciencia para legislar a favor del súbdito considerado más débil. Su Real Cédula (1549) es inapelable: Don Carlos  a vos, Sancho de Clavijo, nuestro gobernador de la Provincia de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, salud e gracia; sepades que nos, habiendo entendido cuan pocos indios de los naturales de esa tierra hay vivos al presente en ella, y que han sido causa de ella los malos tratamientos que han recibido … mandamos poner en libertad como están los de la isla de la Española y Cuba, y así a vos, mandamos que luego que esta recibiereis, pongáis en libertad a todos los indios que al presente son vivos en esta provincia, no importa que estén encomendados … por cuanto es nuestra voluntad que los indios no sean molestados con tributos ni otros servicios reales, ni personales ni mixtos, más de cómo lo son los españoles que en esas provincias residieren, y se les deje holgar para que mejor puedan multiplicarse y ser instruidos en las cosas de nuestra santa fe … e vos particularmente tendréis muy gran cuidado … y daréis orden para que vivan en pueblos, lo cual así haréis y cumpliréis a pesar de cualquiera apelación o suplicación… Más claro, agua. Pero había que hacerlo cumplir a miles de millas en países que desperezaban su prehistoria, bajo emprendedores que arriesgaban vida y hacienda para desleír de su retina la miseria reinante en la Europa que los había catapultado a través del mar. Y para ello era menester tener braceros o ir a buscarlos a donde los hubiere. De lo contrario, habría que abandonar la empresa.

Los repartimientos habían sido consuetudinarios en la España de la reconquista, y mediante esta medida, mitad botín mitad prédica, se repartían los cristianos todo haber capturado a los moros, a la vez que lo estampillaban con su credo religioso. La encomienda era en cambio una figura jurídica novedosa, genuinamente castellana, emanada de la alucinada realidad socioeconómica que debía enfrentarse al vacío social en la gigantesca colonización americana. El peninsular emigrado, ya colono, funcionario, militar o autónomo, era quien por aquellos años creaba la riqueza a la vez que desvelaba un horizonte de razonable futuro. Ahora, desde una percepción economicista, la Real Cédula del Emperador, venía a tirar por tierra el difícil equilibrio que el emprendedor renacentista de las Américas creía haber conseguido, mal que bien, contra Salamanca y sus dominicos o jerónimos, a fin de proseguir su cometido económico en las nuevas tierras. Pero no era esta perspectiva la que el monarca combatía, por compartida, sino los excesos de prepotencia étnica o personal de unos súbditos contra otros que, a sus ojos, lo eran bajo idénticas prerrogativas legales. Las tesis de la Corona recogidas en las Nuevas Leyes de Indias,iban a soliviantar a los encomenderos que consideraban de todo punto imposible su permanencia en las Américas si se les privaba de la mano de obra nativa. Piden por ello  la revocatoria de tales leyes, y cuando les es denegada por el monarca,  la acogen de mala gana en Veragua, pero la acatan. Se revelan en cambio contra ella en el Perú, donde Gonzalo Pizarro hermano del conquistador, a la sazón suGobernador General, la capitaliza y se declara en abierta rebeldía contra su rey.

En el Perú, la llamadaGran Rebeliónde Gonzalo no era sino un nuevo capítulo de la guerra civil entablada entre pizarristas y almagristas, sellado antaño con solemne pacto su entendimiento ante el altar, celosos hoy cada bando de sus prerrogativas. El botín bélico cristalizado tras la derrota del Inca en repartimientos y encomiendas, tenía como perla de la corona a la ciudad de Cuzco, cuya posesión ambos bandos se asignaban. La mimética Panamá sufriría también las consecuencias de la guerra civil desatada en el sur, como sentimiento propio. También Veragua se siente dividida en sus querencias. Los pizarristas peruanos lo saben y, revelados contra la Corona, quieren cortar los suministros y el situado real que su virrey ha de recibir en Lima a través del istmo. La situación es grave, y, pese a sus carencias navales, desplazan su escuadra del Callao para tomar Panamá. Una vez persuadidas sus autoridades e inclinada la plaza a su bando, regresa la escuadra  con urgencia a la base peruana para proseguir aquella lucha fratricida en pleno desarrollo. Pero llega también desde España,enviado por la Corona, el licenciado Pedro de Lagasca con el título in péctore de Presidente de la Real Audiencia de Lima. Tras convencer al Gobernador y Cabildo panameños que deben permanecer ajustados a ley, parte hacia la Ciudad de los Reyes (1546) para restablecer allí la voluntad imperial. Ajusticiados los responsables, entre ellos al gobernador Gonzalo Pizarro (1548), y consumado el mandato del emperador, Lagasca regresa a Panamá y de allí a Sevilla. Misión cumplida.

Ante la negación del trabajo forzado de indios, la alternativa posible a su fuerza laboral era la africana, y en su tráfico humano eran los portugueses, desde sus factorías de Angolay Guinea, los mejores gestores atlánticos. La nueva situación creada en el Virreinato del Perú, del que Veragua era parte importante, obliga pronto a regular el tráfico de esclavos africanos (1545) frente al caníbal amerindio. Los negros llegados a Panamá hasta entonces, no eran esclavos en el sentido del trato tiránico que llegarían a padecer, sino de criados de la gleba, servidores domésticos de un señor o familia de corte medieval, con quienes convivían y emigraban como otro miembro subalterno del grupo. La sustitución de indígenas para faenar  el campo y laborar las minas por negros bozales, iba a traer deserciones y alzamientos, desacatos y venganzas, un nuevo y problemático estrato social levantisco que se extendería masivamente por el istmo. Un naufragio portugués con 300 negros en el Darién, vendría a engrosar las filas de otros esclavos cimarrones huidos de hatos y sementeras, hasta convertirse en salteadores pertinaces del Camino Real, hostiles siempre al colonizador, a la vez que afines a toda bandería entendida como potencial carcoma del orden establecido. Nada aspiraba a crear per se el negro bozal, salvo la plantación del conuco junto a su bohío: una precaria economía de subsistencia combinada con la rapiña y depredación gregarias en una vida cimarrona devenida libre. Una vuelta de tuerca a la prehistoria, aunque estuviesen en su pleno derecho de hacerlo. Pero la omnipresente mirada del Emperador Carlos todo parecía percibirlo, y por ello legisla para que los negros no vivan con los indios, porque además de que los tratan mal, se sirven de ellos, les quitan lo que tienen, inclusive las mujeres e hijas sin que traten de resistirles, y además, son corruptores de sus costumbres y creencias… Toda una defensa en regla del súbdito legal contra el, todavía entonces, advenedizo ébano humano. Pero el fenómeno de la esclavitud negra no estaba previsto en la conciencia renacentista bajo la dimensión explosiva que tomaría en América, a causa de la reconducción productiva de su economía agraria. Los principales analistas de núcleos europeos del Nuevo Mundo, acabarían llegando a la conclusión de que toda población negra superior al 20% de sus moradores, suponía un peligro inminente para su futura pervivencia. Y Panamá no iba a ser una excepción en el baremo poblacional ciudadano, que andando el tiempo, la implacable Historia habría de cotejar.

Al eco del trasiego de la plata peruana a través del istmo, acuden aventureros y piratas del Atlántico. Drake es rebotado de Nombre de Dios por su guarnición de soldados y milicia ciudadana (1573), aunque guiado por cimarrones, se interna con su gente río Chagres arriba hasta Cruces, donde captura algunas mulas de la plata peruana transportada en reatas hacia el puerto del Atlántico. Drake logrará escapar con su presa de las patrullas armadas que le siguen, para ir a cacarear su triunfo en Plymouth. No tiene esa suerte en cambio William Oxenhan (1577), que cruza el istmo y se establece en la costa pacifica. Desde allí consigue valiosas presas sobre naos merchantas y pataches de cabotaje que surgen de los caladeros de Panamá y otros puertos menores de Veragua. Y cuando lo atraviesa de regreso al Caribe, el pirata inglés es capturado con su botín por una partida virreinal que rastrea su itinerario, y ahorcado con sus capitanes como cualquier otro delincuente plebeyo en Lima. Pero las velas de Drake, tras seis años de mutis caribeño, volverían a perfilar las costas del virreinato, esta vez en el Mar del Sur (1579). Su  táctica intermitente es similar a la de su mentor Hawkins: hecha la presa, desaparecer y quitarse de donde pueda ser descubierto. Y había cumplido uno de sus plazos.                                

Los puertos del Pacífico, ayunos del filibusterismo caribe, carecían de las defensas fijas que sus homólogos atlánticos habían pergeñado. Llegan voces del sur alertando de saqueos, capturas e incendios en el litoral chileno y peruano. La captura del Galeón de Panamá en aguas ecuatoriales despierta las alarmas en las costas de Veragua, donde cada día se siente más próximo el resonar de gualdrapas y pantocazos del osado navío inglés. Panamá acelera la fortificación de la ciudad y su puerto del Perico; se excava una trinchera con parapeto de piedra a lo largo de la línea de playa, desde la ciudadela de las Casas Reales hasta pasado el puente del matadero, a la vez que se amplía el Fuerte de Navidad, atalaya del acceso a la ciudad por el Camino de Cruces. Pero la flota corsaria hace un mutis más en su intermitente táctica de acción-omisión, y pasa de largo rumbo a Nueva España y California soslayando la capital del istmo. Los ecos de Drake palidecen y  las alarmas costeras acaban por diluirse en todo el Virreinato del Perú.

Figura 5: Plano  Planta de Ciudad de Panamá Vieja

En un lance ya conocido, llegará nuevamente Drake a Tierra Firme por aguas caribeñas, un cuarto de siglo después de su primer intento, empeñado ahora en repetir el éxito de su juvenil captura istmeña. Acaba de morir Hawkins, el otro almirante de su flota corsaria, durante la batalla de Puerto Rico, y el solitario Drake prosigue la navegación del que sería trance postrero de su carrera como corsario de Isabel Tudor. Saquea al paso hatos y caseríos, haciendas costeras y  puertos menores, cuyas castigadas gentes huyen enguerrilladas al monte a la menor presencia de vela sospechosa alguna. Entra en Nombre de Dios (1596), vacía ya de una puebla migrada a Portobelo, pero ocupada por negros fugitivos que viven una economía de subsistencia y rapiña en un rancherío levantado con despojos. Thomas Baskerville, su comandante de tropa, es puesto en fuga por partidas presidiales emboscadas en el Caminode Panamá Vieja. Y Drake remonta en barcazas el río Chagres. Pero ambos grupos corsarios, hostigados por españoles e indígenas son empujados de nuevo a las naves de las que salieran. Drake, a la espera de incorporar sus últimos secuaces desnortados entre manglares, pone fuego a los despojos de Nombre de Dios,antorcha nocturna que los reclama al nuevo encuentro. Tras el rebañado de los morosos, dirige sus naves a Portobelo con ánimo de arrasar el naciente enclave. Pero sabemos que el trópico había hecho presa en el cuerpo expedicionario inglés y  Drake no podría ya llevar a efecto su plan, porque moriría apenas unos días después frente a su bahía. Tras un penoso regreso plagado de bajas y apestados llegaría Baskerville a Plymouth con la mala nueva para el sindicato corsario que había financiado la empresa.

Panamá Vieja era en 1600 una ciudad de 5000 almas libres, con 400 casas de cal y canto con madera muy perfeccionada en sus pisos altos, con su Real Hospital de San Sebastián (1575) mas tarde San Juan de Dios (1628), conventos de frailes Franciscanos (1524), Mercedarios (1526), Agustinos(1612), Dominicos (1571), Jesuitas (1594), monjas de La Concepción (1597), e iglesia matriz convertida en Catedral (1580-1626). La ciudad había sido trazada a cordel con su neurálgica Plaza  Mayor, su Cabildo y su Aduana. Pero al contrario del diseño tradicional de las ciudades hispanoamericanas, las Casas Reales (Casa de la Moneda, Real Audiencia, Casa del Gobernador y Casa de Oidores) estaban situadas en un extremo del núcleo urbano sobre el mar, un espolón rocoso dominante del puerto y la ciudad. Este promontorio era su único perímetro fortificado, pensado sin duda para defenderse antes de indios que de impensados piratas de un piélago hasta entonces netamente español. Ayuno por tanto de corsarios o belicosos forbantes (los hors band, en francés incontrolados, de la edad media europea), capaces de traer por mar el desorden a sus muelles.

El ilustrado dominico Fray Tomas de Berlanga (1534) a la sazón obispo de Panamá, propone a Carlos V estudiar la viabilidad de un canal interoceánico que conecte ambas orillas aprovechando el cauce del río Chagres. Auspiciada por la Corona y el Consejo de Indias se inicia una investigación para la posible unión de los mares. Pese a la mano de obra esclava e indígena, su gigantesco presupuesto resultaría inalcanzable para cualquiera de las Coronas europeas reinantes. El entonces regente Felipe II contesta en nombre del emperador Carlos con una críptica negativa: lo que Dios ha separado no lo una el hombre, que enmascaraba sin duda la imposibilidad de desarrollar aquel proyecto en aquel siglo. El estudio emprendido por el Consejo de Indias iba a señalar negativamente el hecho de que su exclusivo uso pensado para naves españolas y naciones amigas, era inviable para la Real Hacienda del reino, condenada en adelante a desatender las necesidades de las ciudades, ejércitos y demás administraciones, para financiar el crédito que requerían del proyecto los banqueros genoveses y alemanes de Sevilla. Años después, reinando Felipe III será nuevamente planteada otra traza del Canal del Istmo, esta vez siguiendo el cauce del Tuira. Se rechazará definitivamente el proyecto, técnicamente factible según los ingenieros de la Corona, pero cuestionable su permanencia operativa en manos españolas según los estrategas, dada la mutante política de alianzas entre naciones rivales, si entonces de inferior capacidad ofensiva, si de potencial incremento pugnaz mañana, en el permanente ajedrez de los intereses europeos y sus familias reinantes. La Real Hacienda se niega, además, que la defensa efectiva del supuesto canal, ya operativo, joya de la corona a la vez que cintura de avispa por donde quebrar el Imperio, viniera a monopolizar el presupuesto de sus arcas, ya maltrechas en aquellos siglos de mercantilismo,  guerras cruzadas y plena efervescencia política. Todavía el negocio de las marinas mercantes europeas consistía en capturar naves y cargamentos de la sólida red comercial española de ida o vuelta, frente a la economía precaria de los asentamientos coloniales franceses e ingleses, desatendidos por sus respectivas Coronas hasta que empezaran a rentabilizar su erario. El corsario representaba para ellas una externalización de funciones del ente estatal; el pirata, un empresario autónomo en el mundo laboral de hoy. Bajo estas premisas de industrialización previa, la maquinaria depredadora inglesa, de la que sus reyes eran connotados accionistas, vino a madrugar más de un siglo sobre sus rivales europeas.

El trafico de metales preciosos y mercancías entre el Virreinato del Perú y la metrópoli, potencian a Panamá Vieja como mercado de dimensión intercontinental. La flota que del Perú llega cada año con mercaderías y dineros, vende su mercancía en feria local, pero permea los dineros llegados camino de Portobelo, la heredera atlántica de Nombre de Dios.  El mecanismo que nutre a Panamá de abastos peruanos, ve ampliar cada año su variedad y volumen de transacción. La plata limeña financia los productos europeos, junto a exquisitas sedas y porcelanas de China, damascos de oriente, marfiles y lacas llegadas de Acapulco para delicia de las damas limeñas. Solo el Quinto Real se filtrará en metálico hacia Sevilla; el resto va quedando  como gasto corriente de productos venidos en los propios galeones que la plata se llevan, y que de la Feria saldrán ahítos de carga en ruta inversa hacia el mercado de Lima.                

En medio de este trasiego mercantil, la prospera ciudad de Panamá Vieja desarrolla un núcleo urbano de hermosos edificios de porte limeño. Se remodelan o levantan nuevas fachadas en Conventos, Iglesias, la misma catedral. Pero es una ciudad de paso, como su propia economía. Nadie trabaja la tierra, salvo algún peninsular que cultiva su huerto. Todas las verduras y hortalizas llegan del Perú con precios desorbitados. Abundan los fondos perlíferos, y no pocos panameños tienen negocios de pesca y venta de perlas, sostenidos por buceadores negros, herederos de aquellos otros tritones indios que mostraron su pericia a los pioneros blancos de Pedrarias. Saben comerciar ventajosamente los metales extraídos en las minas de su gobernación. Fuera del tiempo de flotas, las naves panameñas llevan al Perú bozales africanos de la Casa de los Genoveses, el mercado de esclavos donde lustran sus cuerpos con aceite de coco, cual femeniles botinas que vender. Las mismas naves que del Callao traen, además de las siempre escasas verduras, frutos, harinas, vinos, azúcar, sebo, jabón, cordobanes, aceite, y de Guayaquil cacao y cascarilla. Desde Portobelo suben en todo tiempo recuas o bongos con tasajo, puercos, aves, tabaco elaborado, productos todos antillanos o cartageneros para consumo propio, cuyo excedente se cabota a otros puertos del Mar del Sur. Salen hacia Nueva España naves con brea, alquitrán, jarcia o perlas, en el ordinario tráfico de un caladero siempre concurrido de urcas, galeoncetes y pataches. Panamá aporta al comercio sus cientos de muleros suburbiales negros de Malambo, y con ellos, indios y mestizos del barrio Pierdevidas, que con sus reatas vienen y van entre ambas costas, ya sea en época de flotas o fuera de ella. La Audiencia (1618) se verá obligada a regular por decreto los desorbitados precios que los muleros, los bogas de la bahía y los proeles de los bongos del Chagres, imponen a los feriantes que requieren su servicio. Tan abusivos o más que los alquileres de dormitorios o pernoctas aptos para las ferias.Panamá  y Portobelo, puntos de encuentro de mercaderes de dos mundos durante cuarenta días de ensoñaciones mercantiles, reciben en sus Aduanas los pagos de almojarifazgos, alcabalas o arbitrios de toda mercancía que por mar llega o sale. Pero a pesar de las utilidades del comercio, son solo las bocas de un desfiladero angosto, por donde se encajona el copioso Situado Real para la subsistencia de tropas, auditores y gobernanza del propio Virreinato. La producción local de sus hatos, placeres perlíferos, minas, plantaciones, tratantes, mercaderes, transportistas, derechos de amarre o embarque y demás actividades, eran exiguos para mantener la Gobernación de Panamá. Y no conseguida su autonomía financiera, no habría futuro para ella; su relumbrón ciudadano se vería opacado más pronto que tarde. Otra nueva Roma Imperial del comercio, que auguraba días contados sin precisar pitonisa alguna que lo revelase.

 
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Contexto Histórico de Panamá – I

Figura 1: Escudo-Estandarte de Panamá

Colón había sido desposeído de toda exclusividad sobre las tierras que descubriere, concedida por los Reyes Católicos mediante las Capitulaciones de Santa Fe. Sometido el Almirante a Juicio de Residencia (1498) a causa de las irregularidades acaecidas en La Española bajo su autoridad, el escribano trianero Rodrigo de Bastidas aprovecha el proceso colombino para solicitar de la Corona la exploración y poblamiento de la costa atlántica de la Tierra Firme que al genovés correspondía. Merced que le es concedida con el título de Adelantado, lo que equivalía a ser nombrado Gobernador General in péctore, con supremas atribuciones políticas, jurídicas y militares de las tierras a descubrir y someter. Promociona Bastidas a sus expensas en compañía del cosmógrafo Juan de la Cosa, una expedición en la que entre sus gentes de guerra, iba el joven hidalgo Vasco Núñez de Balboa, destinado a continuar  parte de la exploración del Istmo. Muere Bastidas de regreso a Cuba, para repotenciar sus maltrechas naves, y su empresa de Tierra Firme, acotada por Fernando el Católico entre los cabos de La VelaGracias a Dios, queda en suspenso. Por nuevas capitulaciones con la Corona (1508), Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda lograrán repartirse el legado de Bastidas y ser nombrados gobernadores de la Tierra Firme,  partida ahora en dos por el río Atrato: Castilla del Oro a su septentrión asignada a Nicuesa, y Nueva Andalucía al meridión, gobernada por Ojeda. La difícil e imprecisa delimitación de la frontera común con los medios geográficos al uso, iba a generar violencia entre las huestes de ambos gobernadores. Nicuesa penetra el Darién pero su expedición es diezmada por las saetas de hierba de los indígenas; prontamente funda  Nombre de Dios, una fortalecilla para repararse de los indios flecheros(1510). Ciudad que iba a centralizar ese siglo el comercio atlántico del istmo, aunque su difícil defensa y sospechosa proximidad a ciénagas insanas acabaría por causar su  abandono hacia fines de centuria.

Meses después de su partida, zarpa de Santo Domingo en apoyo de Ojeda su socio el bachiller y geógrafo Martín Fernández de Enciso, y con él regresa Núñez de Balboa, fiel acompañante de Bastidas y buen conocedor de su costa atlántica. Tras ganarse la confianza del Bachiller, funda Santa María de la Antigua (1510), primera ciudad continental de América para algún cronista, de la que es nombrado regidor. Su fundación, lejos de indios flecheros, cae sin embargo más allá del río Atrato, y por tanto en predios de Castilla del Oro, tierra pobre de alimentos y riquísima en oro, al decir del historiador López de Gómara. Ello va a enfrentarle a Diego de Nicuesa, que acabará vencido e injustamente abandonado en altamar. Con sus pocos leales, sobre un viejo cascarón rumbo a Cuba, desaparece en el mar.

Núñez de Balboa, ahora como Alcalde Mayor de la nueva ciudad del Darién, va a centralizar su propia campaña como Gobernador General de facto desde Santa María de la Antigua. Tomada una princesa indígena  como si mujer legítima fuera, su entorno caciquil le informa de la existencia de un mar al poniente. Emprende la ruta del oeste, atraviesa el istmo y descubre el Océano Pacífico, que llama Mar del Sur. Metido en sus aguas hasta la cintura, tomará posesión del piélago en nombre de su Católica Majestad, que le nombrará Adelantado del Mar del Sur (Almirante).

Las disensiones habidas entre españoles de la región, y la muerte de Nicuesa, motivan la llegada de Pedro Arias Dávila, nuevo Gobernador de jure para Castilla del Oro. Se trata de un veterano militar curtido en conflictos  europeos. Trae una flota de 17 galeones y 1500 hombres de campo, guerra y oficios, además de semillas y animales para aclimatar. Con él llegan al Darién Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa, Fernández de Oviedo, Tello de Guzmán y allí se topa con veteranos como Francisco Pizarro, hombres que habían de ser claves en la conquista del Perú. Ante la necesidad de focalizar el poblamiento y conquista de la costa occidental, Pedrarias ordena fundar al licenciado y primer Alcalde Mayor Gaspar de Espinosa, la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá (en referencia al santoral del día en que se funda, y a la abundancia de peces del lugar en habla indígena) sobre un asentamiento de indios pescadores (1519). Tello de Guzmán, habíalo avistado con anterioridad (1515), recalcando desde este primer hallazgo la bondad del sitio para poblar. Es la primera ciudad castellana en el Pacífico y  dos años despuésun joven Carlos V, futuro Emperador de Europa, le confiriere  Escudo de Armas. Más tarde Felipe II le agregaría la divisa de Muy Noble y Muy Leal que habría de jalonar en adelante su blasón histórico (1581). Castilla del Oro, expandida pronto por conquista hasta el río Belén con el nombre de Veragua (Veraguas a partir de 1739), iba a encontrar su capitalidad en la ciudad de Panamá planificada por Pedrarias como futuro núcleo de la exploración de la costa oeste del istmo. A ello iban a colaborar los grupos familiares que paulatinamente iban despoblando Santa María de la Antigua con servidores, animales y enseres, compelidos por Pedrarias para abandonar la insania del lugar. En pocos años el asentamiento atlántico fundado por Balboa quedaría vacío, anonadado por la selva (1524).

Figura 2: Las primeras fundaciones del istmo

El Perico, surgidero de los navíos de aquella Panamá Vieja, acusaba mareas de bajamares pronunciadas con playotes en seco y pleamares potentes. Se situaba al abrigo de varias islas (Perico, Flamencos, Naos) a unas 5 ó 6 millas (9 km /10 km) de distancia del muelle ciudadano para botes portuarios. Su fondeadero presentaba el inconveniente de ser poco profundo y hallarse expuesto a las contingencias de las altas mareas y los tumbos del mar, siendo esta la causa de que se perdieran muchos navíos, agravado por una sedimentación espontánea de sus fondos por corrientes costeras, tempranamente observada. De aquel surgidero iban a partir las primeras exploraciones de la costa pacífica, punto de embarque para la conquista del Perú. Hombres llegados de La Española y atraídos por la costa meridional del continente primero, hacia la occidental después, buscando contra natura e indios flecheros las cumbres divisorias de las aguas, para ver lo que el otro lado de las montañas les brindaba. Hasta que vislumbraron el horizonte de un nuevo mar a cuya orilla habría de nacer la Ciudad de Panamá, la Roma del Pacífico, como sería tildada en su pleno esplendor, cumplido ya el primer siglo de su azarosa vida. Pronto iba a surgir un  Camino Real, tránsito de hombres, monturas y reatas de mulos, para unir la capital de la Gobernación con Nombre de Dios, bifurcado más tarde por otra vía mixta, mitad seca mitad húmeda, montaraz y fluvial. El llamado Camino de Cruces, que incorporaba su tránsito carretil a los bongos y chatas del río Chagres cuando navegable, y lo seguía hasta su desembocadura atlántica.

Gestada en Castilla del Oro la expedición de conquista del Imperio Inca, verá Panamá partir a Pizarro con tres naves y 180 hombres hacia Túmbez (1531); seguido unos meses más tarde por Almagro con otros 120 hombres y dos naves más. En su Iglesia del Convento de la Merced, todavía de madera, han compartido previamente eucaristía el presbítero oficiante Hernando de Luque, el capitán extremeño Pizarro y el hacendado castellano Almagro, el tripartito factor de la empresa, que como profundos creyentes hijos de la época que les toca vivir, sellan con ella un solemne pacto en tanto que ruegan a Dios ilumine su empresa. A partir de estas expediciones de conquista, Panamá Vieja, iba a experimentar un auge continuado que habría de durar hasta su destrucción en 1667, en contraste con la propia Veragua constituida en reservorio territorial de Pizarro, y vaciada de sus gentes succionadas por la empresa peruana. Su puerto del Perico recibe las naves  que  el conquistador envía de vez en cuando en demanda de más hombres y pertrechos. Naves que junto a otras más, llegan al puerto del Callao algunos meses más tarde con nuevos brazos y vituallas para proseguir la guerra contra el Inca. Pero también llegan los primeros réditos de la conquista, enviados para pagar las deudas contraídas y los gastos de la campaña bélica. Arribó a puerto un navío lastrado y cargado de oro y plata, sin traer ni poder traer más otra cosa, siendo su capacidad 50 toneladas (toneles castellanos), testificaba el alcalde Espinosa en carta al Emperador (1533). Y el consiguiente efecto llamada que esta realidad crea, se torna invencible: Los vecinos han dejado la granjería de las minas y los oficiales mecánicos sus oficios… Al Perú se han llevado la más de la gente que había en esta tierra, así de  vecinos como de moradores, que son los que mucha falta hacen… pero también lleváronse los moradores muchos indios y negros, de tal modo que dejaron esta tierra muy escasa de toda gente, testimoniará a su vez el gobernador Francisco de Barrionuevo ese mismo año, para concluir alarmado: Todos están alterados para irse… yo no les dejo ir porque no dejen la tierra despoblada… En este pueblo de Panamá hay (quedan) treinta y dos vecinos y en ellos no hay (quedan) 500 indios delante de la tierra…en Natá hay (quedan) dieciocho o veinte vecinos  y muy pocos indios…en Acla, donde hay (quedan) otros tantos vecinos y muy escasos indios, todos están alterados… Era la dura realidad que afrontaba el istmo. Una primitiva fiebre del oro, de las que el Nuevo Continente iba a brindarnos históricamente varias.

Figura 3: Algunos protagonistas del drama.              

     La llegada del pago limeño contra los haberes tomados a crédito, en sonante plata peruana, produce pasmo en Castilla del Oro. Muchos se deciden a migrar a hacia las ubérrimas tierras del sur, en tanto que otros eligen quedarse para intermediar desde  Panamá un flujo de manufacturas que desde la metrópoli se condensa poco a poco sobre el istmo. Son estos gente muy política, todos españoles y gran parte de ellos originarios de la ciudad de Sevilla; es gente de mucho entendimiento, su oficio es tratar y contratar… excepto quince o veinte vecinos que cultivan los campos y viven de ganados y haciendas que ellos mismos tienen… son las mismas gentes que motejarán como Triana al barrio ferial de Portobelo. Pero junto a este núcleo peninsular, se instalan banqueros genoveses y negreros lusos que la travisten de factoría veneciana, una suerte de parador caminero de trashumantes mercantiles en cualquier cañada de cualquier mesta. La mayoría de gentes panameñas de la época eran tratantes que permanecían solo el tiempo preciso para hacer bolsa y migrar a otros lares, sin aportar arraigo ciudadano alguno. Idos unos, vuelven otros, y pocos o ninguno miran por el bien público. Va fraguándose así la vena comercial de  mercancías, pagos e  impuestos, un cordón umbilical que liga el Puerto del Callao, Panamá, Nombre de Dios y Sevilla.  Los peligros del Caribe infestado de piratas, obligará a reglar la periodicidad y custodia de las flotas que deben transportar la mercadería contratada y sus pagos e impuestos en tránsito por aquella tierra y aquellas aguas. De Panamá saldrá en adelante hacia el Perú, remontando corrientes marinas y sures adversos, el llamado Galeón de Panamá, nominado más tarde Flota del Sur por el número de velas que llegaría a englobar su cortejo náutico, cargados sus vientres de productos novohispanos, peninsulares o antillanos que el mercado sureño demanda. Tornará al año siguiente ahíto de harinas, azúcar,  jabón, aceitunas, alpargatas, trenzados, jarcias, garbanzos y vinos, que junto al Quinto Real de Chile y el Perú que sigue viaje a Sevilla,arriba al Pericoal tiempo de montar la feria. Con la llegada del ahora llamado por su procedencia Galeón del Callao, concurren hacia Panamá comerciantes de Nicaragua, Guatemala y Acapulco, así como de Quito, Guayaquil, Lima, Cuzco, Piura, incluso del lejano Santiago de Chile, que ajustan  precios y transacciones a pagar con monedas o lingotes de plata y oro. Mas tarde los banqueros acabarán imponiendo su juego de pagarés, giros o empréstitos, papel moneda que va a penetrar irreversiblemente en el mercado atlántico..

En connivencia de calendario con el Galeón del Callao o Panamá,  llega desde Cartagena de Indias la Flota de Tierra Firme a Nombre de Diosprimero, Portobelo después, en su derrota anual a Sevilla. Esa misma flota que en agosto del año siguiente zarpará del Guadalquivir repleta de productos europeos hacia el Perú, para arribar al Caribe y al istmo en época propicia, a tiempo de nutrir sus afamadas ferias. Una infraestructura laboral de mano de obra libre posibilita el montaje y desarrollo de las ferias del istmo. En Panamá los bogueros negros del puerto que faenan los fardos de estiba desde el espigón del muelle hasta las naos del Perico, cobran jugosas mordidas por su transporte. Intervendrá al fin la Corona para regular tarifas y evitar el costo abusivo del servicio de botes de la bahía, de los bongos del Chagres o de las reatas del camino, mayores cada nueva feria.  Además de los bultos de mercaderías, la Flota del Sur regresaba al Perú cargada de maderas y cueros curtidos, y gran número de negros bozales que sus comerciantes adquirían de los tratantes portugueses en el mercado local, donde tenían el negocio exclusivo de los negros esclavos. En Ciudad de Panamá, el mercado de esclavos lucía sus africanos, oportunamente aseados y lustrosos, en tarimas realzadas, ofertados a gritos en pública subasta.

En 1539 se crea la Real Audiencia de Panamá, presidida por el Gobernador, anexo a cuyo cargo le acompaña el de General del Nuevo Reino de Tierra Firme, que va a ejercer bajo el titulo globalizado de Presidente de Panamá. La ciudad se ha convertido ya en estación obligada del comercio español entre ambas costas del istmo. Lima, capital del Virreinato del Perú, que ha sido fundada cinco años antes, cuenta con  una oligarquía en aumento que empieza a demandar toda serie de productos, desde modas y perfumes, hasta fierros y vino. Una sociedad de aluvión donde se mezclan viejas estirpes de prosapias castellana e indígena, con otras encumbradas por las armas o la fortuna, que lucen por común denominador la ostentación. Antaño miserables, envuelven hoy sus presuntas carencias vergonzantes con un capote de irritante supremacía impostada. Y paga los selectos productos que demanda mediante contante plata, en lingotes de sus minas al principio, en sonante moneda de su ceca después. Sus poderosos comerciantes acabarían controlando el mercado que fluye desde Sevilla hacia su puerto de El Callao, pasando raudo por el istmo como si de un rápido entre peñascos se tratase. Panamá embarca hacia el Perú las mercancías de última hora, apura  las carencias improvisadas, a punto ya de soltar amarras las naves del Callao. Colmata el comercio del capricho, la galantería, el olvido y la dádiva, o el obligado compromiso, apresurado, atractivo y caro, muy caro. Negocio selectivo de fino olfato y oportunismo comercial, que husmea el tempo sicológico para lucrar indefectiblemente su bolsa.

 
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Contexto Histórico de Portobelo – I

Colón en su cuarto viaje arribó a su bahía (noviembre de 1502) y le asignó el nombre que años después tomaría la ciudad. El buen resguardo, sus amplias aguas, su fondo de piedras para lastre, y la existencia de abundante madera, aguada cómoda y ensenada de bajo calado donde carenar navíos, llevó a Diego de Nicuesa a la sazón  Gobernador de Veragua y fundador de Nombre de Dios (1510), a intentar fijar en Portobelo otro enclave costero. Los belicosos nativos del momento le obligarían a desistir de su intención.

Al igual que en la costa cartagenera, los vientos estacionales dominantes en aquella latitud eran las brisas del NE durante la época seca (Diciembre a Mayo) y los vendavales del W-SW durante la época de lluvias (Junio-Noviembre). Frescos de mar cabrilleada los primeros, frecuentes turbonadas de viento y agua acompañados de mar crespa los segundos. Las corrientes marinas costeras variaban notablemente según  que de estación seca o húmeda se tratase, a causa del gran incremento de fluviales evacuadas desde el continente durante las lluvias. Pero dada la limitada evacuación de escorrentías pluviales acopiadas, los flujos y reflujos propios en la bahía de Portobelo apenas variaban estacionalmente, y sus mareas mantenían un tiro habitual de fácil acceso en toda época. El resguardo de navíos grandes encontraba su posición en la medianía del puerto, en tanto que las embarcaciones menores podían aproximarse a la orilla para anclar sobre fondo arenoso. Al NE de la bahía se abría la Caleta, ensenada muy propia y acomodada para carenar navíos y toda especie de embarcaciones, no solo por su fondo arenoso de cuatro brazas y media de calado, sino por estar abrigada de todo viento estacional u ocasional, abrazada por un cerco de colinas. En el fondo y al norte de la bahía, desembocaban arroyos de aguada conocidos como el Cascajal y el Chorrillo.

            Desde antes del avistamiento del Mar del Sur por Núñez de Balboa (1513), cuando su existencia era solo intuida por geógrafos y hombres de ciencia, Fernando el Católico había sugerido a Vicente Yáñez Pinzón correr la costa caribeña en pesquisa de algún paso atlántico hacia las Molucas, idea obsesiva que los reinos europeos  mantendrían por más de un siglo. Con el descubrimiento del gran océano del poniente, empezó a cuajar la idea alternativa de acceder a él mediante un camino terrestre capaz de sortear las escabrosidades del istmo. El propio Balboa había trazado una ruta transístmica de 60 km, que partiendo de Santa María la Antigua, ciudad por él fundada en el Darién, llegaba no sin grandes penalidades a la costa pacífica del Golfo de San Miguel. Transportó por ella a lomo de mulas e indios una flota de galeones despiezados, con los que desde la otra orilla, pretendía emprender la conquista de un mítico Imperio del Sur, noticia dada por sus caciques aliados: los mismos que le informaron del mar que habría de darle gloria. A la muerte del malogrado descubridor, sería Francisco Pizarro quien perseverase en la idea de explorar el sur continental, el fabuloso Pirú de tradición indígena. Los galeones de Balboa serían utilizados por Pedrarias Dávila, sucesor de Nicuesa en la gobernación de Veragua, para explorar hacia el norte la costa pacífica del istmo. Tampoco allí encontrarían paso interoceánico alguno con que informar al rey.

Figura 2: El Camino Real a Nombre de Dios. Grabado de época rescatado

 

Gaspar de Espinosa, fundador por orden de Pedrarias de la ciudad de Panamá (1519), núcleo occidental de enlace entre ambas costas del istmo, especulaba aquellos años con razonable magín sobre la posibilidad de abrir un canal interoceánico aprovechando el cauce del río  Chagres; idea que Carlos V llegaría a sopesar sin pasar a mayores al constatar la magnitud del proyecto (185 km de largo). El capitán Antonio Tello de Guzmán, quien fuera el descubridor del asentamiento aprobado por Pedrarias  como solar de la futura Panamá, era a su vez partidario de acometer otra ruta montaraz similar a la de Balboa, de mayor longitud  (100 km) pero mejor trazado y levedad en cotas de ascenso. Aún así, la ruta que partía de Nombre de Dios para concluir en el propio enclave panameño orillando el cauce del río Boquerón hasta las cumbres divisorias de las aguas, era áspera y dura. Sus 1,20 metros de anchura, bordeando barrancos y hendiendo resbalosas cumbres, con lluvias periódicas y sus barrizales, desplomes y arrastres, era una tortuosa senda donde la proverbial terquedad de las mulas rehusaba transitar sin el ocasional y sabio consejo del recio varapalo en sus costillas. No lo tengo yo por el mejor camino, ni tan breve… es muy áspero y de muchas sierras y cumbres muy dobladas, y de muchos valles y ríos y bravas montañas y espesísimas arboledas, y tan dificultoso de andar que sin mucho trabajo no se puede hacer…y es muy malo… el cual he yo andado dos veces a pie, opinaba de él Fernández de Oviedo. El propio historiador propone nueva ruta:  desde Panamá hasta el río Chagres hay cuatro leguas de buen camino, y que a muy buen placer le pueden andar carretas cargadas, porque aunque hay algunas subidas, son pequeñas, y (es toda ella) tierra desocupada de arboleda, y llanos, y todo lo más de estes (sic, modismo bable) cuatro leguas es raso, y llegadas las carretas al río se podría embarcar la especería en barcas y pinazas; el río sale a la mar del Norte cinco o seis leguas debajo del puerto del Nombre de Dios, y entra la mar a par de una isla pequeña que se llama isla de Bastimentos, que tiene muy buen puerto... Idea asumida por el nuevo gobernador Barrionuevo y apoyada por Gaspar de Espinosa convertido para entonces en influyente hombre de negocios, que proponen la ruta mixta esbozada por el historiador asturiano, que también compartirá el estudioso Fray Tomas de Berlanga obispo de Panamá (1536) y descubridor de las Galápagos. Se acomete la limpieza del río, retíranse palotales y árboles caídos entre la desembocadura y la intersección caminera que viene de Panamá, indicándose ambos límites planimétricos con sendas cruces. Se inicia por tierra el trazado del llamado  Camino de Cruces (1527), con su base granular compacta y su concertante empedrado carretero de 2.70 metros de ancho a lo largo de treinta km, capaz de ser recorrido por carromatos en 7 horas. Se construyen  Venta y Aduana en la barranca de Cruces, enlace de ambas vías seca y húmeda, que tomará en adelante el nombre de Venta de Cruces (1536). En la boca del Chagres, puntual paso de la vía húmeda fluvial a marina, se construye otra Aduana. Los edificios de Cruces cobijan mesón, bodega, galpones y aduana, en cuyos libros queda registrado el tránsito de mercancías. En la boca del río, otra Aduana comprueba también la carga estibada en los bongos, al pie del Castillo de San Lorenzo de Chagres (1535) y sus cañones, cobijo de embarcaciones, gentes y  mercancías. Entre ambas aduanas se intercalan una serie de fortines escalonados, como el Fuerte Gatún o el propio de Cruces, apoyo estratégico del transito de mercancías y hombres por la vena fluvial.

 

Figura 3: Los Caminos históricos del istmo

 

La nueva Vía Marítima entre la Boca del Chagres y Nombre de Dios cabotada por pataches y bergantines, atrajo pronto la rapacidad pirata, siempre al acecho de cualquier descuido táctico enemigo del que sacar provecho. Los primeros asaltos a  convoyes de esta vía se produjeron el año mismo de su puesta en servicio (1537), lo que obligó a repartir selectivamente los fardos entre el Camino Real  y el Camino de Cruces, según que de metales preciosos o mercancías comunes se tratase. El codicioso efecto llamada de las potencias enemigas sobre activos metálicos de la hacienda imperial española era evidente y crudo. Sobre todo para la emergente Inglaterra, con una Royal Navy carente todavía de infraestructura, y fiada su rapiña costera a una pléyade de privateers desparramados a comisión por el Caribe y sus islas. Entre ellos el joven Francis Drake, que pese a sus pretenciosas memorias, lo único fidedigno que sacaría de su primer ataque a Nombre de Dios (1572), seria dejar la plata peruana donde estaba, además de abandonar dieciocho cadáveres en la playa y conservar de por vida una bala de mosquete alojada en su pierna izquierda. Protegido por la orografía y vegetación salvajes del istmo, aunque demorase  doce días el penoso y lento avance de las recuas, era el camino interior más seguro que el ágil y cómodo trayecto mixto, vulnerable a la libre insidia enemiga durante las ocho o diez horas de su cabotaje costero. No obstante, el persistente Drake con el apoyo de 100 negros cimarrones contratados al efecto, ataca al grueso de reatas de mulas que siguen bajando por el Camino Real hacia la costa. Las refriegas con la milicia presidial le infieren numerosas bajas entre las que se cuentan los dos hermanos del propio privateer. El hugonote y cartógrafo francés Guillaume Le Testu,  adherido como piloto de altura con nave y hombres al empeño depredador, logrará capturar algunas reatas con más de 100.000 pesos de oro y 15 Tm de plata; pero su excesivo peso les obliga a enterrar una parte, a la espera de recuperarla en mejor ocasión. Los españoles contraatacan, recuperan parte del metal robado y capturan a Le Testu, que es ajusticiado en días siguientes. Pero no pueden evitar que Drake se escabulla con el crecido botín del francés, que a su arribada a Southampton catapultaría al firmamento inglés su imagen de gran corsario benefactor de la patria. Una de las bases del futuro Banco de Inglaterra según hubo de reconocer el propio Keynes cuatros siglos más tarde.

Figura 4: Escudo heráldico de Nombre de Dios

 

Desde el establecimiento de su Feria del Atlántico en 1544, la ciudad fundada por Nicuesa habíase convertido en núcleo obligado y maldito del tránsito de las mercancías y plata peruana, motores del comercio sevillano con Lima. La sofocante ciudad era por aquella segunda mitad del siglo XVI, un avispero de truhanes, prostitutas y malandrines, donde la salud languidecía y la violencia callejera era moneda corriente con riesgo de la propia vida: su existencia era una amenaza social; el tránsito por sus calles en horas nocturnas, un suicidio. Cueva de ladrones, sepultura de peregrinos, la llamaba Berlanga. No obstante ello, el poder del dinero manteníala en pie,  tornapuntada con plata peruana en medio de secuencias socio-sísmicas de toda laya que tambaleaban su equilibrio. Dada su significación económica, Pedrarias había aprobado el trazado caminero que uniría los mares que el istmo separaba. La apertura de una trocha inicial entre Nombre de Dios y Panamá, fue pronto convertida en camino empedrado, senda para hombres y mulas, suerte de calzada romana, vena áurica, nexo de  piélagos, que todo esto iba a representar para el comercio imperial la apertura de aquel sendero que orillaba escarpes, soslayaba ciénagas y remontaba crestas. De Sevilla habían llegado rejas, zapas, azadones, cedazos, picos, petos, pilones, palanquetas, palas, rastras, mazas, marrazos, hachas, junto a los acerados herrajes precisos para reparar o montar cualquier apero útil para el trazado caminero. Eran muchos los kilómetros, y tanto más los brazos que debían acometerlo en sus diversos tramos y época seca, para avanzar ostensiblemente hacia su conclusión. Animales de tiro y carga no faltaban, y madera para mangos y pisones tampoco: pero era la mano de obra india el talón de Aquiles de aquel empeño. Con grandes dificultades por lo poca que hay en estos reinos, y los más que van enferman… enfermedades y muerte que aún ni los negros pueden resistir… era un lamento asumido que atoraba el proyecto del camino. Negros cimarrones desertores de aquella mortífera apertura-trampa, comenzaron a establecerse en los solitarios esteros de la Bahía de Portobelo, camuflados del control presidial de Nombre de Dios, la insalubre ciudad ya sentenciada al abandono. Con este núcleo humano incipiente y la real orden de evacuar los últimos colonos de la ciudad de Nicuesa, Francisco Valverde y Mercado, factor y veedor de Nueva España, comisario-revisor de las obras de fortificación y acondicionamiento del nuevo enclave costero, funda en él la ciudad de San Felipe de Portobelo. Será nombrado Gobernador vitalicio de la plaza (1597-1644). A su muerte, la nueva ciudad del Atlántico va a ser gobernada por un Teniente General con mando en plaza y jurisdicción territorial anexa, dependiente del Gobernador Presidente de Panamá, autoridad máxima del istmo con sede en la ciudad del Pacífico.

Figura 5: Nombre de Dios, sede de la primera Feria del Atlántico

 

El progresivo abandono de Nombre de Dios, trae el medro poblacional de Panamá y Portobelo como puntos de acopio humano en el enlace interoceánico de España y Perú. Por orden de Felipe II (1584), la feria atlántica establecida en Nombre de Dios desde 40 años antes, se trasladaba a la Bahía de Portobelo cuyo rancherío iba pronto a consolidar su población. Comienza la fase constructiva de las fortificaciones de la bahía según proyecto del ingeniero real Battista Antonelli, que diseña también la variante del Camino Real desde Boquerón por El Bohío, junto a otras defensas alternas para la Boca de Chagres y la Barranca de Cruces. Antonelli había sido designado por el rey para examinar los puntos y costas de América donde convenga levantar fuertes y castillos. Su nombre y saga van a impregnar de un cierto sabor familiar a la ingeniería militar indiana del siglo que comienza. El inicial diseño del ingeniero real establecía un sistema de tres fuertes conocidos como San Jerónimo situado entre la playa y el puerto, quedando situados los otros dos, San Felipe Todofierro y Santiago La Gloria cada uno a un lado de la embocadura, para que su cruce de fuegos protegiera el acceso a la ciudad. Pero pronto aparecieron problemas de asentamiento y deslices de ladera en el escarpe sur, por lo que el castillo de Santiago hubo de ser remetido hacia la ciudad para fundarlo sobre buzamientos de roca consolidada. Se situó en una hondonada rodeada de quebradas y padrastros, presa fácil del enemigo en caso de que lograra desembarcar en la costa y ocupara los promontorios ubicados a sus espaldas, denuncia el nuevo alcalde mayor Vargas Machuca (1602) con palabras proféticas que habían de cumplirse andando el tiempo.Figura 6: El diseño de los Caminos

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – III

Tras la acometida bélica de Santiago Castellón y su hueste, comienza el retorno de colonos a Cubagua y a Tierra Firme. Durante algún tiempo va a citarse su puebla como Villa de Santiago de Cubagua, sea tal vez en pleitesía al capitán que ha propiciado su nueva singladura vital, sea como cobijo advocativo bajo el manto del patrono matamoros de España, a la vez que se concreta en todo caso un topónimo para sus  pobladores. La puebla parece cobrar conciencia de villa tras la protección de sus aguadas en Cumaná (1523), cuando su granjería declara ya  quintos  superiores a los 15.000 ducados anuales. Por esa misma época Margarita comienza su andadura como isla de plantíos y hatos, que no pasa inadvertida a la demanda comercial de la Villa de Santiago. La próspera Cubagua deseaba aumentar su jurisdicción territorial con la incorporación de sus vecinas Coche y Margarita, de escasa población europea. La prohibición de encomendar  guaiqueríes, y su inviolable estatus de ser tratados e instituidos como nuestros súbditos naturales y vasallos, era una rémora para desarrollar la isla. La Gobernadora de Margarita, estirpe del primer Villalobos en su concesión de gobernancia, gestiona desde la lejana Santo Domingo la traída de ganado equino y bovino a su isla. Cuenta para pastorearlo con nuestros súbditos naturales, no sin protestar ante su Audiencia por el blindaje legal de unos guaiqueríes reacios siempre al trabajo productivo. Pero la primera llave del Imperio tenía abierta su cerraja al África portuguesa, y la gobernadora comprará en La Española los bozales necesarios para impulsar la producción ganadera margariteña que le soslayan sus nativos. Su éxito estaría asegurado antes de 20 años, cuando era ya la principal abastecedora cárnica de la Tierra Firme y de la Nueva Andalucía toda.

Llega desde La Española el licenciado Francisco de Prado para someter a Juicio de Residencia al capitán Jácome Castellón, quien finalizado su mandato, debe regresar a Santo Domingo. Nuevo ajuste entre la espada y la toga, la sangre y la tinta, que diría Madariaga, frente al desajuste económico de la Audiencia. Tras este juicio, una serie de intrigas iban a retrasar la reposición durante meses del nuevo corregidor de la puebla santiaguina. El capitán Pedro Ortiz de Matienzo va a tomar la defensa de Cubagua al cernirse sobre ella nueva amenaza corsaria. Un canoero llegado de Margarita, informa sobre ciertos bucaneros franceses arribados al surgidero de Pampatar, que en una nao grande e una carabela rasa portuguesa y un patache, buscan la puebla de Santiago de Cubagua para un supuesto trato de perlas (1527). Guiados por Diego Ingenio, piloto y antiguo contrabandista de esta puebla, un mal español natural de la villa de Cartaya en la Baja Andalucía, recelan los margariteños una cabalgada esclavista contra los nativos bajo apariencia de rescate comercial. A las rutinarias preguntas de identificación durante su fondeo en Pampatar, mienten los franceses y levantan sospechas, al hacer pasar la suya por una nave sevillana que casualmente había pasado por allí unos días antes. Pampatar, surgidero a resguardo de la Punta Ballena de Margarita, contaba con algunas decenas de vecinos dedicados a la pesca de ostiones en la isla de Coche. Ante las dudas surgidas y el peligro de celada, ningún margariteño subirá a bordo para rescatar, pese a las reiteradas invitaciones de los impostores. Pero tampoco se hace a la mar ninguna barca de pescador, varadas todas a la vista sobre la arena del resguardo. Los margariteños no quieren levantar sospechas al francés con su propio recelo. Un sigiloso canoero guaiquerí  será quien traiga la nueva del peligro a Nueva Cádiz, nombre con el que se cita  por vez primera la puebla de Cubagua.

Al amanecer siguiente se presentan frente a la advertida  Villa de Santiago las naves corsarias. Aprestan sus bateles para el desembarco, que va a ser impedido por pequeños bergantines y barcas de pesca  en número de treinta o más, e con indios flecheros proveydos (sic) de aquella hierva mortal que por allí hay… e con algunos tiros de pólvora…  que  directamente asedian a los recién llegados. Hostigan los neogaditanos y sus aliados indígenas a los filibusteros, que pese a su prepotencia artillera, contabilizaran trece muertos antes de abandonar la refriega e intentar un postrer diálogo. Pero saliéronse tres o cuatro vizcaynos (sic) e navarros que traían contra su grado en la carabela rasa, e fuéronse a tierra e dieron noticia de cómo aquellos franceses eran ladrones. Ante semejante rebato, rota la tregua, se hacen de nuevo a la mar los bergantines, bajeles, barcas y canoas de Nueva Cádiz con redoblado vigor. Reforzados con mosquetes y flecheros, toman al abordaje el patache. Esta pérdida obliga a cazar escotas y ceñir velas al resto de naves corsarias, que se disponen a ponerle millas de por medio a la incómoda plaga flotante. En su estela rumbo a Puerto Rico, van a dejar treinta y cinco cadáveres sobre las aguas. Informada Santo Domingo, organiza su Audiencia la caza y captura de aquellos forbantes. En la isla de la Mona (entre Puerto Rico y La Española), les darán cerrada batalla por dos días consecutivos. Rescataron la carabela portuguesa, traída cautiva desde costas brasileñas con su tripulación vizcaino-lusa, aunque se les escapa durante la noche la nao capitana de 240 toneladas. Con la nueva luz del día proseguirán su persecución en mar despejada. Pronto la darán por hundida vista la mala mar arbolada durante aquellas horas, y los severos destrozos percibidos en su casco. Unos días más tarde fondeaban de nuevo en la ría de Santo Domingo, trayendo con ellos esta vez la carabela liberada.

Unos años mas tarde Carlos V iba a otorgar el rango de ciudad a la villa de Cubagua, con el nombre de Nueva Ciudad de Cádiz, según Real Cédula de 1528. Un año antes había emitido en Burgos las Ordenanzas para la Isla de Cubagua, donde se establecían sus directrices comerciales y su estatuto ciudadano. Ya Castellón cinco años antes había empezado a fundar pueblo, cuando los vecinos sin temor, se dieron a construir… casas de morada, con mucho propósito de cal y canto, además de incorporar muchos indios, buenos pescadores de perlas. Habíase establecido el procedimiento para la elección anual de un alcalde ordinario, a la vez que se fijaba en ocho el número de regidores. Se controlaba la producción perlífera con tres contabilidades simultáneas, llevadas a cabo por dos funcionarios (un auditor tesorero, un veedor real) a contrastar con el libro encuadernado del propio alcalde. En ellas quedaban asentadas la cantidad y calidad de las perlas, el nombre del pescador y su señor de la canoa, así como el día, mes y año de cada partida registrada. Las perlas habían de ser diariamente guardadas en un arca con tres llaves, una para cada contador. La Corona trataba de controlar la economía sumergida de Cubagua para mitigar su costosa defensa.

FIG. 9: Escudo de la Ciudad De Cádiz

 

Las medidas de control de su producción perlífera, iban a coartar el aventurerismo comercial a la vez que consolidar el arraigo ciudadano. Surgirán por vez primera edificios en mampostería de piedra y labra, destacando entre ellos la iglesia matriz y la casa hidalga de Pedro de Barrionuevo, ambas muy bien labradas. El aspecto de la ciudad desde la mar, fachadas encaladas y compacto porte urbano que riela en el agua, empieza a convertirse en reminiscencia totémica de la tacita de plata que los regidores gaditanos de la villa añoran en la distancia. Ellos serán quienes sugieran el nombre de Nueva Cádiz, que asume el Cesar Carlos. Su imperial escudo y el de sus abuelos los Reyes Católicos, aparecerían siglos después entre sus ruinas, testificando su valioso pasado como zaguán de la cultura europea de aquel mundo en formación. Mantendrá la prebenda del comercio directo con Castilla sin necesidad de aportar sus naos en Santo Domingo, pese al encontrado sentir de su Real Audiencia. Su cabildo goza el poder de importar libremente doscientas piezas de esclavos anuales para sus pesquerías, a la vez que administra su propia alcabala con cesión mínima a la Hacienda Real. Por todo ello, el mantenimiento de Nueva Cádiz con el castillo de Cumaná como apéndice obligado, resultaba oneroso para la Corona, aunque su rol estratégico fuera altamente valorado por el Consejo de Indias como pasarela hacia la Tierra de Gracia. Un tampón cerámico hallado siglos después entre sus ruinas, vendría a corroborar el poder fáctico de su cabildo ciudadano de entonces, donde el sello imperial sobre un papel… era arma para afianzar la propia autoridad…el poder…la honra dimanada del Emperador… atesorada por aquella ciudad castellana, colmada de mercedes por el francoparlante Carlos, en una insignificante isla de  perlas caribeña. Coronado Emperador desde 1520, su cohorte de asesores flamencos y financistas alemanes iban a dejarse donar ricos presentes por la interesada nobleza castellana. Las perlas de Cubagua estuvieron entre aquellas dádivas desde el principio… y el joven César vino a otorgar a su todavía villa, la Real Cédula que le concediera el rango de ciudad privilegiada, en detrimento del castillo y puebla de Cumaná, estéril ya de perlas. A consecuencia de ello, aquellos aguadores negros que antaño pasaban al continente para traer a Nueva Cádiz el líquido potable, deberán retornar escoltados por jinetes que despejen de flecheros ocultos los carrizales ribereños. Pero el servicio de aguada no sería ya interrumpido.

Por aquel tiempo el veterano Diego de Ordaz, expedicionario que lo fue junto a Ojeda en Cabo de la Vela, con Juan de la Cosa en Urabá, y Hernán Cortés en Tenochtitlán, estaba inmerso en otras jornadas de exploración en busca de El Dorado. Va a venir desde Andalucía repetidas veces con nao capitana y varias carabelas, para recorrer la Guayana e incursionar en el Orinoco. Muchos de sus hombres y todo su ganado y caballos, serán acopiados en Margarita. Cubagua será la base del carenado de sus naves. Llegará Orinoco adentro hasta la confluencia del Meta, donde las cataratas de Ature le impiden seguir avanzando. En su ausencia, los subalternos Alonso de Herrera, Jerónimo Ortal y Jerónimo de Alderete iban a seguir sus huellas tras El Dorado, pero su ahínco tampoco sería recompensado con el éxito. En 1530 iba a ser Diego de Ordaz nombrado Gobernador de Amazonia, una entelequia geográfica de Tierra Firme que incluía Trinidad y las Islas de las perlas. Cubagua no reconoce tal nombramiento, y en su visita a Nueva Cádiz, el flamante gobernador es apresado y remitido a Santo Domingo. En pleno Juicio de Residencia decide ir a España a reclamar justicia, pero desaparece con su nave en el Atlántico.

 

FIG. 10: Amazonía

 

Un terremoto seguido de tsunami iba a destruir aquel año el castillo de Cumaná. Se levantó la mar en altura de cuatro estadios…dio la tierra un horrible bramido… hundiéronse muchos pueblos de indios,  y de ellos murieron muchos, nos cuenta la crónica.  Este percance tectónico iba a ofrecer a los pobladores de la Tierra Firme una lectura ajustada del nuevo contexto natural con que habían de enfrentarse al futuro. El suelo inestable que pisaban, inopinadamente convulso de súbito, había arruinado la pétrea Nueva Cádiz y el castillo de Cumaná en su primera sacudida, pero respetó las humildes chozas suburbiales de caña, carrizo o bahareque, que se cimbrearon sin colapsar durante aquellos eternos estertores, para ser finalmente arrolladas todas por una ola de marea que arboló las aguas y laceró profundamente la vida a lo largo del litoral. Algo llevaban aprendido ya los supervivientes para legar a sus herederos. Los retumbos que como lamento subterráneo acompañaban al vaivén del suelo, se aproximaban y pasaban rezongando bajo sus pies, el vapor rojizo que resplandecía como una aurora boreal de la noche del trópico, las bocanadas de agua caliente, los vómitos azufrados de barro y pez que surgían de las grietas del suelo, o los haces ondulantes de fuegos fatuos que garabateaban las sombras, todo la parafernalia sensible de los espasmos de la tierra cumanesa, era festejada ancestralmente por sus indígenas con danzas enardecidas y jubiloso bullicio. Los indios creían que cada terremoto secuenciaba la destrucción del mundo, y que las distintas manifestaciones del fenómeno eran señales de una regeneración humana sin  invasores. Los cocodrilos salían a las playas y esteros durante el temblor, manadas de chigüires corrían a otros caños huyendo tanto del turbio légamo de las charcas como del cocodrilo súbitamente emergido de ellas, para acabar por caer engañosamente en las fauces de los jaguares, instintivos cazadores en río revuelto y ocasión propicia. Todo el saber ancestral de los indios, iba a ser acopiado por los castellanos en unos días de estertores difusos sobre aquella  pasarela de Tierra Firme. Pasarela por donde  ocurría (sic) mayor número de gentes que a las demás partes de la costa.

Tras la convulsión del suelo, detectan los pescadores profundos daños en los fondos rocosos del oriente de la isla y sus ostrales, cuyos magníficos ejemplares venían siendo feriados en los mercados perlíferos de Sevilla, Toledo, Augsburgo o Brujas. Solo a diez y doce brazas de agua en hondo… vuelven a reproducirse las ostras perlíferas que antaño lo hacían a tres, ahora muy pegadas e asidas a las peñas donde antes lo estaban débilmente. La pesca tradicional habíase practicado en Cubagua a base de canoas de siete y más nadadores, que tras cada zambullida, se erguían sobre el carel para depositar sus veneras en cubierta, cobrar el necesario aliento, comer un bocado reparador a bordo y volver a sumergirse. De sol a sol la rutina se repetía. Con las nuevas profundidades de pesca échanse sobre los hombros dos piedras ligadas por una cuerda, que dejan pender a sus costados. Este contrapeso facilita su inmersión, y se zafan de él para remontar. Comenzaba así la prolongada agonía de las pesquerías de barlovento, hasta ser más tarde abandonadas por su dificultad de extracción. La inmersión tradicional de buceadores que desprendían del fondo los ostiones para entregarlos en superficie, había empezado su declive sin retorno. Frente a esta realidad, la Casa de Contratación emitirá nuevas ordenanzas, que segregan ciertas zonas cerradas de otras temporalmente abiertas a la pesca, tratando con ello de evitar el progresivo esquilme de los viveros. Estas ordenanzas, revisadas anualmente, buscaban un equilibrio ecológico capaz de potenciar la repoblación de las ostras. Incluso llegarían a regular el tamaño de las canoas de pesca, a fin de controlar el número de buceadores de cada jornada. Poco tiempo habrían de durar estas medidas paliativas; nuevas técnicas de extracción a base de pesca de ingenio o de arrastre, vendrían a incrementar ostensiblemente el decalvado del fondo marino. Nuevos artificios de remoción, rastreo y redes de trasmallo o copo, el arrastre de planchas de hierro colgantes para apalancar y descuajar colonias enteras de ostras, la buena fuerza para las arrancar empleada con los nuevos métodos, iban a empobrecer irreversiblemente su capacidad de reproducción. En plena euforia perlífera productiva, la pesquería tenía sus días contados.

En 1532 Nueva Cádiz va a lograr su añorada jurisdicción sobre Margarita. Pedro de Herrera su alcalde mayor en ese momento, pasa a ser la suprema autoridad de las Islas de las Perlas. El nuevo compromiso político le obliga a la reconstrucción de su ciudad, que debe fortificar y dotar de real fuerza a fin de mantener su cometido de ariete abridor del continente, y de obligado gendarme de las islas. Construye una casa fuerte para protegerse y se defender de los ataques corsarios, pero en contrapartida presupuestaria la guarnición del castillo cumanés debe ser minorada. El párroco Francisco de Villacorta, nombrado protector  de indios, es enviado a fundar la Villa del Espíritu Santo con su iglesia, el Pueblo de la Mar que hoy conocemos como Porlamar, en la costa meridional de Margarita. Se trata de un núcleo mixto donde castellanos y guaiqueríes convivan, el primero de los muchos que habrá de cobijar la vacía isla para dejar de serlo.

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – II

Las ostras perlíferas, eran alimento básico de los pescadores nativos, y su abundante desove en ciertas épocas del año, teñía de un rojo característico el mar circundante hasta mucha distancia de la Tierra Firme. La nutrida pesca del entorno era mayormente de dura digestión, razón por la cual pronto la escabecharon en instalaciones propias, y con otros salazones enviaban su excedente  a La Española. Anualmente grandes tortugas, con más carne que una ternera, entraban a desovar y eran capturadas con ingeniosos y ligeros arpones indígenas. Junto a la caza de iguanas, báquiros y chiguires, la volatería de flamencos, halcones, alcatraces, fragatas y otras aves marinas temporeras o no, eran presa fácil de flecheros y tramperos guaiqueríes, que con frecuencia asomaban en la costa para negociar aquellas y otras viandas. No pocos pobladores intentarán completar su dieta apacentando puercos de La Española o báquiros de Tierra Firme,  además de encorralar las gallinas, patos y gansos ibéricos, y azuzar sus perros a la caza de  los conejos silvestres que plenaban la isla.

La creciente organización ciudadana va a ir acomodando la pirámide social del enclave. Los primeros gestores de las pesquerías serían conocidos como los Señores de las canoas, es decir los primitivos dueños de las barcas de pesca, que llegarían a formar poderosas Haciendas de las Perlas a la vez que constituir la élite social del poblado y controlar su cabildo. Mayordomos y canoeros integraban el estrato intermedio de mandos  sobre el que se sustentaban esas Haciendas, verdaderas compañías comerciales individuales o colectivas, auténticas cadenas de producción que competían en el mercado perlífero. Indias, pajes asistentes y esclavos africanos, componían el genérico sector servicios, encargados de las labores domésticas básicas: las mujeres como sirvientas, los muchachos de recaderos. Un Señor de las canoas, raro era el caso que permaneciera todo el año en Cubagua. Iban y venían de Andalucía o La Española, donde habitualmente residían. Los lugares de Cádiz, Almonte, Baeza, Sanlúcar, Carmona, Huelva, Gibraleón, Palos, Niebla, son sus residencias más citadas en documentos. Estos señores habitualmente ausentes, tenían en los mayordomos su hombre de confianza in situ, normalmente pariente o paisano suyo, cuando no hijo natural mestizo, aunque también los hubo negros e indios cristianizados adheridos al grupo familiar del amo. Eran la alma mater de la Hacienda perlífera, administradores y gestores capaces de avizorar conflictos, robos y pendencias, y evitar que el agua llegase al río en aquel confín insular de humanas tensiones. Por sus manos pasaban las ostras acopiadas, abiertas por los pajes al final del día para guardar las perlas y repartir los mejillones comestibles, cuya abundancia hacíalos aborrecer por muchos. Los canoeros eran los responsables de cada canoa o barca desde la que los buceadores descendían para arrancar del fondo los ostiones nacarados, que diariamente entregaban al mayordomo.

Clase aparte la constituían los buceadores o pescadores de perlas, indígenas esclavizados o asalariados libres, expertos y hábiles nadadores, insustituibles para la extracción submarina de las ostras. López de Gómara relata cómo cierto cacique de Panamá, mostró a los deslumbrados españoles que le visitaban, los secretos de la pesca de perlas y el cometido de sus hombres. Eran grandes nadadores a lo somormujo y criados toda la vida en aquel oficio… se zambulleron a buscar ostiones con sendas talegas al cuello…salieron una y muchas veces cargados de ellos…entran cuatro, seis y hasta diez estados de agua…también se ahogan muchos pescándolas… o los desbarrigan y comen peces carniceros que hay, como son los tiburones…de esta manera se pescan las perlas en todas  las Indias. Fray Bartolomé, el defensor de los indios, acusa: No hay vida infernal y desesperada que se la pueda comparar… métenlos en la mar en tres y cuatro e cinco brazas de hondo, desde la mañana hasta que se pone el sol; están siempre debajo del agua nadando, sin resuello, arrancando las ostras donde se crían las perlas. Salen con unas redecillas llenas dellas (sic) a lo alto y a resollar, donde está un verdugo español en una canoa o barquillo, e si se tardan en descansar, les da de puñadas y por los cabellos los echa al agua para que tornen a pescar…  Este sobreactuado discurso del Licenciado Las Casas, vendría años más tarde a nutrir las ideas de la Junta de Valladolid, propuesta por Carlos V para estudiar la casuística indígena. Castigaba en ella el Emperador  con pena de muerte, al que llevase por fuerza a indio ninguno libre a pescar perlas, estimando en mucho más la vida de los hombres que el interés de las perlas, si han de morir por ellas, aunque valgan mucho. Simultáneamente en Inglaterra (y sospecho que mayoritariamente en la Europa toda), cuenta el historiador británico Vincent T. Harlow que no se consideraba cosa de importancia la muerte de un criado a manos de su señor borracho. Abstracción que nos obliga a repensar que por aquel tiempo, los europeos, paladines indiscutibles del razonamiento ético, llevaban cinco siglos menos en su sesudo cavilar sobre esa entelequia llamada hoy derechos humanos, al tiempo que la pionera Universidad de Salamanca apenas balbucía, por primera vez frente al mundo, el derecho de gentes del padre Vitoria.

La realidad objetiva de aquel momento en Cubagua, era que cada buceador costaba demasiados sueldos a los señores de las canoas en el mercado esclavista, como para permitir que el iracundo canoero de turno diese rienda suelta a su inquina racial, sin pedirle por ello explicación o someterle a juicio. Cada somormujo debía ser alimentado mediante una dieta regulada a base de maíz, pescado y caza, sin que diariamente faltase medio cuartillo de tonificante vino. Sus aparejos de manoplas y trasmallo, eran particularmente atendidos por el sector servicios. Especial cuidado se prestaba a sus guantes de cuero o manoplas protectoras, para evitar los cortes producidos en las manos por los filos de las ostras, siempre profundos, de difícil y dolorosa encarnadura, que podía inutilizarlos temporalmente. Los forzados pernoctaban en chozas de paja cercadas de carrizo, llamadas cárceles en el argot ciudadano, donde cada atardecer se les engrillaba a fin de impedir las fugas, las relaciones homosexuales o heterosexuales clandestinas, y el contrabando de perlas ocultas con terceras personas. El acoso sexual sobre las indias de servicio era notorio, y frecuentes los estados de violencia y celos que experimentaban aquellas mujeres, rodeadas como alacranes por un anillo de fuego social de halago y deseo. No eran ajenos a ellos los pajes, verdaderos correveidiles y alcahuetes de escarceos amorosos ocultos. Caso aparte lo constituían los pescadores voluntarios, guaiqueríes asalariados por contrato, que vivían libremente con su mujer e hijos en bohío propio. Al final de la común jornada, un indio cristiano dirigía el rezo clásico de padrenuestro – avemaría – gloria, antes de ordenar el riguroso silencio nocturno que debía reinar en el sector de las cárceles.

Con el crecimiento de la puebla, se empezaron a traer hortalizas y leña de Isla Margarita, frutos, tubérculos o raíces comestibles de los indígenas de Tierra Firme, además de vino, cecinas y salazón de pescado de La Española. Comenzó un servicio regular de aguadas tomadas en el río Manzanares de Cumaná, y el intercambio básico con solitarios colonos blancos, diseminados en recovecos geográficos fértiles, ya insulares o continentales. Enfrentados al riesgo cierto del indígena caribe, rostro pintado, capaz de aparecer sigilosamente tras los carrizales de su predio para degollar, robar y purificar con la macana y el fuego el rastro maldito del misionero, el tratante o el labriego, estos colonos representaban un extra- límite añadido a sus vidas. No sobrevivirían mucho tiempo en sus haciendas. Frente a este tipo de colonos,  Cubagua presentaba la ventaja de estar despoblada de indios, y pese a su carencia hídrica, el interland de resguardo que materializaba el brazo marino entre Margarita y su costa norte, era valor al alza para un fiable asentamiento europeo. Ello a pesar de la siempre probada fidelidad de los vecinos guaiqueríes, que no por ello hacían olvidar el salvaje y temido perfil de los vociferantes caribes de la Tierra Firme y Trinidad, saciando siempre su bestial ferocidad con la carne del miserable que lograban capturar. La permanente vigilia del indio circunscrito, era vital para sobrevivir; diferir en lo posible toda algara indígena ante sus puertas, resultaba imprescindible para la defensa de la exigua puebla. De ahí el sobrevalor otorgado a la aislada Cubagua.

En 1511 se constituye la Audiencia de Santo Domingo en La Española, lo que viene a incrementar el control del Gobernador Diego Colón sobre la Tierra Firme y sus islas. El hijo del Almirante, casado con una prima del Rey Católico, había sido repuesto en la isla como Gobernador tras la muerte y rehabilitación de su padre. El nuevo mandatario favorece el paso de colonos hacia las otras antillas, a fin de aliviar la presión demográfica que ejerce la afluencia humana sobre su ciudad capital, primera llave de las Américas. Las Islas de las perlas se iban a ver influenciadas por las medidas asumidas en La Española. Propone D. Diego el herraje en  pierna o brazo de todo nativo traído de fuera o capturado en guerra justa, a fin de identificar cualquier desertor cobijado entre afines; pero será abolida la medida unos años después, por ser considerada cosa excesiva por la Corona. Dado que los canoeros estaban facultados para ordenar el trabajo de sus hombres, su alimentación a bordo, y  castigo a los remisos, mantenían la prohibición de arrojar por la borda desperdicios o bivalbas desbulladas. Su efecto llamada sobre rayas y tiburones del área, añadía un peligro a la integridad del pescador. Como autodefensa de estas ocasionales presencias, cada canoa portaba ristras de anzuelos encadenados, aparejo eficaz para capturar al robo el selacio rondador. Como mano ejecutiva de la Corona, la Audiencia iba a ordenar controles  trimestrales  del trato dado al indio, su seguridad, su mantenimiento y su vestido. En cada una de ellas debían estar presentes los Señores de las canoas, al menos durante seis días. Esta presencia sincopada, era aprovechada por los buceadores para entregar personalmente a sus señores las mejores perlas ocultas; comercio clandestino consentido por los hacenderos, que además de incentivar al buceador diestro, evitaba el control de la Real Hacienda sobre los ejemplares más valiosos, y por tanto el pago de su Quinto. Las perlas clandestinas acostumbraban los indígenas a guardarlas en librillos o botijas de agua salada, donde el  nácar conservaba durante meses el frescor original de su iris.

Desde los primeros días de su asiento en Cubagua, el espíritu franciscano había llevado a establecer un convento matriz de su Orden en la puebla. A él acudirán predicadores y clérigos, residentes fugaces que, como lluvia de estrellas, se diseminan pronto por el perímetro costero. Vienen para evangelizar a los súbditos indianos de la Corona. Pese a esporádicos contactos misionales previos, en el año de 1516 estos franciscanos pasan decididamente de Cubagua al continente, donde construyen un monasterio cerca del río Cumaná. Para Fernández de Oviedo, el establecimiento humano de Cubagua era ya para entonces estable. Algunos meses más tarde, tres frailes dominicos llegados a la residencia  franciscana de la isla, hacen lo propio cerca del río Neverí, a cinco leguas al oeste del anterior. Allí comenzaron a predicar y a convertir, mas se los comieron los indios,  refiere lacónicamente el cronista. Era el holocausto terrible a su fe.

Tesoneramente desde Santo Domingo, retorna al Neverí el relevo de los mártires, que levanta esta vez en Santa Fe nuevo monasterio dominico. Hicieron grandísimo fruto en la conversión, enseñando a leer y escribir a mucha gente principal, vuelve a testificar el cronista. Pero súbitamente, tras una convivencia mas que pacífica, amigable, se alza violentamente la indiada en 1519 y  por su propia malicia, o porque les echaban al trabajo y pesquería de perlas,  mataron a todos los españoles de los contornos, siendo especialmente crueles con los frailes de Santa Fe, que no pudieron escapar a las islas. Los franciscanos de Cumaná lograron huir a Cubagua a tiempo, aunque los sublevados mataron a todo indio que estaba dentro, hasta los gatos, asolaron su casa, talaron la huerta, rompieron la campana, despedazaron un gran crucifijo que presidía su oratorio y lo regaron por los caminos como si fuera el destace de un ajusticiado…

La irracionalidad del salvaje brotaba una y otra vez. Con similar cadencia parecía rebotar sobre sus propias vidas el mismo maltrato, propio del tajo forzoso, que los conquistadores inferían al indígena capturado. Era una espiral de violencia donde el toma y daca sincopaba crueles y consecutivos golpes. Bien es verdad que en su perfil de desarrollo, el amerindio ignoraba lo que era la brega laboral tal como la entendía su contemporáneo europeo. El trabajo era para ellos una maldición vital. Dos mil años les separaban. Su indolencia e inactividad étnicas, serían estudiadas entre muchos por Humboldt varios siglos después, y por él manifestadas en múltiples comentarios de su obra escrita. Blanco Fombona, heredero de conquistadores y polifacético intelectual venezolano, gustaba definir la actitud vital de los tres protagonistas continentales de su patria como activa en el europeo, paciente en el africano, e indolente en el amerindio. Según la proporción de  genes selectivos heredados, creía ver modelada la actitud individual de sus compatriotas criollos. De apáticos e indiferentes los tilda Madariaga, que coincide con Sedillot y con Oviedo y Baños, quien habitualmente los identificaba con el inequívoco apelativo de gandules. Durante la conquista, estos testimonios abundan entre los europeos, que manifiestan su sorpresa ante la actitud inexpresiva del indio de la Tierra de Gracia, su mirada taciturna contemplando durante horas no se sabe qué. De regreso al hogar, el padre indígena era criticado por no hacer otra cosa que comer y tumbarse en su hamaca o chinchorro; jamás se les veía acariciar a sus mujeres ni a sus niños. Al retorno de la caza, la pesca o la lucha, los emplumados guerreros solo concebían un asueto de holganza a base de placeres y borracheras con buen vino de dátiles, trufado de fornicación no exenta de sodomía. Narran los historiadores sus bestiales e nefandos pecados y el ayuntamiento carnal con ciertas mujeres según las víboras lo hacen… La plantación y recolección de vegetales era para ellos tarea de mujeres, como lo era la cría de conejos, patos, tórtolas y otras aves… soslayada en el mejor de los casos por una fugaz mirada del  macho alfa.

El español, tradicionalmente gentil con sus damas,  se consideraba capaz de todo, con derecho a todo, tanto para lo mejor como para lo peor,  insiste Sedillot. Luego de siete siglos de lucha contra el Islam, era pueblo de gente individualista y tenaz, que no retrocedía fácilmente ante la dificultad por grande que fuere, y que solo concedía  al enemigo derrotado la supervivencia del esclavo. Así lo había padecido durante el medioevo en propia carne, y aplicado a la ajena. Ahora subrogaba este fuero consuetudinario en los nuevos reinos de ultramar; pero se equivocaba en la explotación del hombre sometido, porque las enfermedades traídas por europeos y africanos no topaban inmunidad primaria alguna en las etnias indígenas. Sumadas las epidemias a la vegetativa inactividad ancestral de los varones indios, su rechazo visceral a todo trabajo reglado y la progresiva deserción de sus hembras, acabaría sumiéndoles en profundas depresiones, hasta el suicidio masivo o la muerte buscada, que diezmaron aquellos pueblos, ya lacerados por las guerras. Era una novedad histórica que dejaba al europeo sin respuesta. Paralelamente Las Casas denuncia que comenzáronse a ahorcar… toda junta una casa, padres, viejos y mozos, chicos y grandes… y unos pueblos convidaban a otros a se ahorcar, porque saliesen de tal tormento y calamidad, contextualizando la idea del inhumano dominio del conquistador. Pero paralelamente también, son múltiples los testimonios que nos matizan que las mujeres fácilmente se concedían a los cristianos, e no les negaban sus personas … la india que ha gustado del amor de los civilizados… si pasa algún tiempo entre los suyos, vuelve voluntariamente a aquellosla actitud de la mayoría (de las indias caribes)  fue de apasionada entrega, tanto en la guerra como en el lecho … a tal estado llegaron (los indios) … que una vieja de 80 años era tenida por bocado apetitoso … y así hasta el hartazgo, vienen a denunciar indirectamente la penuria sexual alcanzada por el varón indígena frente a la encendida actitud de sus hembras, que nada tienen que ver con los manidos tópicos al uso. Ello justifica el abundante mestizaje entre los pobladores de barlovento, a la vez que mengua la reacción emocional de sus guerreros. Esta trágica secuencia de sus vidas, martirizó sin duda sus almas, mientras los europeos engreían de prepotencia la suya, tildándoles de maulas, borrachos, caníbales, flojos, idólatras, sodomitas... lo peor. La iglesia, con sus misioneros y sus mártires en medio, contemplaba trémula la colisión entre ambos mundos. Su serena opinión acerca del indígena, era evidentemente muy otra.

De nuevo una asonada indígena batía la Tierra Firme. Antonio Flores a la sazón alcalde mayor de Cubagua, ordena la evacuación de los 300 ciudadanos de la puebla antes de que el rostro pintado del emplumado indígena asome por su costa. Algunos de ellos capitaneados por Andrés de Villacorta, son partidarios de aprestar su defensa a ultranza, idea que no lograrán imponer al alcalde y su partido. Esta gente de bien, cuya mayoría estaba allí  no más que por el rescate de perlas, que no para usar las armas, daba la huida por respuesta, apresurando el embarque de sus haberes. Sin duda  nunca se perdiera la isla si fuera creído el capitán Villacorta; pero se impuso finalmente el criterio conservador del alcalde, que encabezó la vergonzante fuga. Embarcáronse en las carabelas fondeadas frente a Margarita, abrigo y surgidero de las naves de porte, donde anclaban habitualmente los barcos de acarreo del agua potable. Abandonaron sus hogares, y en ellos  muchas pipas de vino e muchas provisiones que comer, y rescates  y muebles de sus casas. Llegada la desbandada a Santo Domingo, fueron recibidas sus naves no sin mucha vergüenza y vituperio, acusadas de abandonar cobardemente su isla a la destrucción del irracional caribe. Pronto las piaras de cerdos deambulaban solas, hozando y destruyendo por doquier todo resto de huerto familiar; las gallinas y patos muertos se pudrían en los corrales, y las humildes matas de yuca, ají y tubérculos comestibles, lucían secas como abrojos rastreros. Durante la reconquista de la península ibérica, eran las ciudades próximas quienes establecían planes de acción para rescatar provisionalmente los bienes y ganados abandonados tras cualquier agresión de frontera, incluso antes de recibir las mandas reales que lo ordenasen. Cuando el teniente de gobernador de Margarita en La Villa del Espíritu Santo, trata de cumplir la pertinente orden de la Real Audiencia, es ya demasiado tarde. Los indios de Tierra Firme han pasado a Cubagua en sus canoas para robar y destruir cuanto en ella habían dejado sus moradores. Hace días que celebran ya con gran alborozo de danzas y estruendo de bocinas, atabales y griterío, la huida de los cristianos. Una victoria que apuntalaba su careada estima, al comprobar el pavor infundido al enemigo por el coraje de su raza.

    Frente a tamaño desacople económico y humano, la Audiencia de Santo Domingo trata de poner mesura a la algarada caribe. Envía a Gonzalo de Ocampo secundado por Andrés de Villacorta, al mando de un galeón con 300 hombres de guerra (1520) que finge provenir de Castilla para rescatar en Maracapana, al oeste del Neverí, aparentando ignorar los sangrientos sucesos recién acontecidos. Pensando sorprender a aquellos incautos castellanos en propia salsa, los caribes cumanagotos suben a bordo. Allí cae sobre ellos la hueste de Ocampo, que copa a los principales comisionados, a quienes  ahorcó de las entenas del barco, y se fue a Cubagua  a sentar sus reales. Establecido ya en la isla, acometerá desde ella pugnaces salidas de pacificación contra los caribes de la Tierra Firme. Mató muchos indios en veces, y los más de los que prendió, los ajustició rigurosamente o los tomó por esclavos. Villacorta, experimentado conocedor de aquellas gentes, habiendo capturado a la india María, mujer del cacique de Cumaná, devuélvela a su marido, y por causa de esta mujer se hizo la paz, nos dice el historiador. Llegada la  concordia con el  apaciguado cumanagoto, manda Ocampo construir a la vera del río de aguadas la villa de Nueva Toledo, supuesto cobijo fiable para cristianos, semilla de la futura ciudad de Cumaná.

Regresado Ocampo a Santo Domingo, quedan allí parte de sus hombres. Francisco de Vallejo y Pedro Ortiz de Matienzo gestionan las alcaldías mayores bajo mandato real de repoblar Cubagua y reiniciar su producción de perlas. Los indios de Cumaná van a impedir retomar las aguadas del río, pese a la insistencia de los  cristianos  por afianzar su libre acceso al agua potable. Beben entretanto de unas lagunas de Isla Margarita, de cierta agua hecha cieno, y aún de aquella habían con mucho costo e dificultad. Nada podían aquellos pobladores contra los flecheros de dardo emponzoñado que infestaban la costa. Y así se estuvo aquella gente de Cubagua, como en frontera y guarda de su isla. Pese a su limes fronterizo, logran atraer a ciertos pobladores del litoral cercano, respetan aquellas propiedades que alcanzan a documentar, crean un padrón de residentes fijos y reparten entre ellos solares. Retornan algunos guaiqueríes de Margarita y Tierra Firme como solían, a rescatar perlas con los españoles…que en ciertos tiempos pasaban a la isla para se mantener y proveer de aquellas cosas que los españoles por ellas les daban, junto a nuevos esclavos indígenas traídos de otras orillas. La resistencia de los indios periféricos a ejecutar de buena gana la granjería de aljófares, seguía siendo absoluta entre los caribes. Muchos de estos buceadores forzados habían sido capturados en las Bahamas por caribes antillanos, y vendidos por ellos a los comerciantes perlíferos de Cubagua. Su riqueza son nacarones y conchas bermejas de las que hacen arracadas, decía de ellos el historiador. Las más de 400 islas Lucayas o Bahamas, pobladas por etnias diversas, con mucha diversidad de lenguas  y continuas pendencias entre sus gentes, sufrían continuas redadas enemigas. Caribes de  Puerto Rico y otras antillas menores como Santa Cruz y San Cristóbal (Saint Kitts), los compraban a sus captores, cuando no para cebarlos y comérselos como ganado, para venderlos en las Islas de las perlas como esclavos lucayos. Allí eran mercadeados por los tratantes del nácar para explotarlos mientras durara la capacidad de sus pulmones. Si cuando enfermos, sobrevivían, pasaban a ocuparse de los aparejos de fondo, los trasmallos y manoplas de la pesca, el cuido de las embarcaciones, velas, remos y anclotes, y las instalaciones fijas de la hacienda. Si trataban de escapar, eran carne más que probable para alimento de otra etnia caribe, atentas siempre a la caza del hombre para nutrirse de viandas.  

asDurante las galopadas de Ocampo y Villacorta por Tierra Firme, llegan ciertos navíos con el futuro Padre Las Casas y sus Caballeros de la Espuela Dorada (1520). Trae papeles reales en regla y debe ser atendido por las autoridades de la Audiencia; pero Ocampo, su adelantado por aquellas latitudes y días, que le conoce de La Española, considera cumplido su cometido bélico y retorna a Santo Domingo. No cree en el liderazgo de Las Casas y opta por retirarse a tiempo de evitar nuevos desencuentros entre la espada y la cruz. Se trata de un primer ensayo humano para integrar un contingente de 300 labriegos prudentes, seleccionados por su apacible vida y buenas costumbres, capaces de convivir en armonía con el vecindario indígena. Luego de haber profesado sus votos, hábito blanco de caballero y una cruz roja bordada en el pecho, esta nueva orden de caballería, suerte de añorados templarios medievales, acomete con entusiasmo la práctica del amor al prójimo y el respeto del mundo que les rodea. Cincuenta caballeros y sus braceros de la gleba, van a esmerar ese trato hermanado entre mundos dispares, que Bartolomé de las Casas les ha encarecido antes de regresar a La Española, en busca de otras gentes, influencias y dineros para dilatar su empresa apostólica. Pero durante su ausencia se gesta nueva y violenta reacción indígena, crecidos los indios tal vez ante el vacío de poder dejado por la hueste dominicana en su retorno a La Española. Por una parte las injustas, crueles y tiránicas guerras… y  por otra el oprimirlos con la mas dura tiránica y horrible servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas, fueron las causas de la rebelión, según el florido decir del bienintencionado e ingenuo Las Casas. Lo cierto es que los indios, como encruelecidas bestias nocivas, asaltan su misión, arrasan  plantaciones y monasterio, matan a los labriegos y martirizan a los blancos caballeros de la cruz en el pecho. Diez años de meditación y penitencia no van a curar aquel íntimo fracaso del neófito clérigo, que acabará incrustando su persona en la orden dominica, para predicar desde ella con redoblado tesón y respaldo la defensa del indio. Casi tres siglos después, relata Alejandro Humboldt que un viejo misionero de Mandavaca (curso del Casiquiare), le contaba lo que tras largo apostolado había aprendido sobre la idiosincrasia de aquellos indios. Ud. Recibe gentes de nueva población en el pueblo; parecen pacíficos, honrados, buenos, trabajadores; pero permítales tomar parte en una incursión realizada para traer otros naturales y le costará trabajo impedir que degüellen a todos los que encuentren y que escondan algunos pedazos de sus cadáveres (para comérselos luego). Lamentablemente, no llegó a tiempo el misionero del Casiquiare para asesorar a Las Casas en ninguno de sus graduales estadios humanos como conquistador, colono, encomendero, clérigo o fraile. Solo conociendo toda la historia de la civilización o del embrutecimiento de una horda, solo siguiendo a las sociedades en su desarrollo progresivo… podría llegarse a la solución de problemas, que el mero conocimiento de los informes, no puede esclarecer, medita en voz alta el sabio berlinés, rumiando la cruda contundencia del apóstol de la selva, al tiempo de lanzar su aviso para navegantes que se aventuren en la critica histórica.

La tentativa de realizar una colonización pacífica de las Indias, parecía fracasar frente a la opinión generalizada del conquistador, proclive al empleo de la fuerza primero, para llegado el caso, dejar luego al misionero evangelizar al indígena sometido. Dilema que iba a imperar a lo largo de tres siglos: siempre la cruz y la espada al contraluz esencial de lo hispano. La reacción de la Audiencia de Santo Domingo no se hace esperar. Con muchos españoles, armas y artillería, el capitán Castiglione, castellanizado en los papeles reales como Santiago Castellón o Jácome Castellón, es enviado a las Islas de las perlas y costas de Cumaná a fin de pacificar nuevamente aquellas tierras. Toledano de nacimiento, pero hijo natural de Bernardo de Castiglione banquero genovés de Sevilla, Santiago Castellón había venido muy joven a Santo Domingo y poseía junto a su hermano Tomás, plantaciones azucareras en La Española y Puerto Rico. Con flota propia comerciaba entre antillas la sal de Araya, además del azúcar, melaza y guarapos de sus plantaciones. Su esposa, dama de compañía de Dª María de Toledo consorte del gobernador Diego Colón, y él mismo como emprendedor experto del hecho cumanagoto, gozaban del favor colombino. Básicamente a sus expensas, aceptará el reto que le plantea la Audiencia de Santo Domingo, y con su flota bien dotada de hombres, armas y provisiones, parte de La Española a enfrentar la rebelión caribe. Dice de él López de Gómara que guerreó con los indios, recobró la tierra, rehizo la pesquería, llenó de esclavos a Cubagua y…edificó un castillo en la embocadura del río, que aseguró la tierra y el agua. Castillo fuerte, de cal y canto, con muy buen aposento y una torre, del que Castellón es nombrado alcaide y donde enarbola junto a su bandera, las enseñas reales de la Corona. Esta seguridad en las aguadas y la sal, iba a suponer el despegue definitivo del enclave insular.

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – I

La Historia amanece en la América del Sur con la llegada de los europeos a sus costas durante el tercer viaje de Colón (1498). Tras una atroz encalmada las naves del Almirante acceden a la isla de Trinidad y al Golfo de Paria. La abundancia de agua dulce y el panorama de verdor y armonía de la costa circundante, contrastan con la tórrida quietud de las jornadas oceánicas vividas, hasta el punto de parecerles haber llegado al Paraíso Terrenal. Tierra de Gracia  llamará el propio Colón al litoral occidental de aquel golfo de fuertes corrientes y caótica salinidad. Singla en días sucesivos diversos rumbos, hasta fondear en la pequeña Cubagua, la isla de perlas de su Diario. El grupo insular formado por Cubagua, Coche y Margarita, será identificado en adelante como Islas de las perlas. Su contacto fortuito con algunas canoas de pescadores, iba a mostrar la riqueza perlífera de aquel entorno marino. Manda el Almirante un bote a conversar con los indígenas, que tras múltiples recelos, accederán a dialogar con ellos en tierra, pues andaba mucha de su gente por la playa.  Los indígenas, mostrando alegría de ver hombres barbados y vestidos a la marinesca, se prestan al dialogo gestual, arropados por la curiosidad de sus paisanos. Pronto los europeos se percatan de las gargantillas y pulseras de pequeñas perlas que adornaban la desnudez de sus mujeres. Mediante el trueque por baratijas tópicas, van a rescatar algunos hilos de aljófar blanco y  granado… más de seis marcos de aljófar menudo y grueso, con muchas y buenas perlas…con lo que volvieron a las naos muy alegres, nos cuenta el historiador López de Gómara.

Abandonada Cubagua, tomaron aguada en el río y tierra firme del cacique Cumaná, con nuevos indios expectantes en la playa. Retomados la mímica comunicativa y el trueque mercantil, insisten los nativos en señalar como yacimientos perlíferos  las mismas isla y costa que los canoeros de pasadas jornadas. Además de perlas feriaron esta vez tórtolas, faisanes, gallipavos, conejos y cuartos de venado. Disimuló el gozo que sentía de haber hallado tanto bien, y no escribió al Rey el descubrimiento de las perlas… deja dicho el historiador sobre la actitud del Almirante, que habría de traerle serios quebrantos con la Corona.

                     Las noticias traídas por los expedicionarios colombinos tras cada arribo a la Península, eran trasmitidas boca a boca entre las gentes del mar, los comerciantes y prestamistas de la Andalucía Baja en general, y de Palos de la Frontera y Moguer, nutrientes de aquella aventura, en especial. Un hervor de inquietudes sacudía aquel mundo avocado al océano y las singladuras al Golfo de Guinea portugués, prontamente acotado para los españoles con el Tratado de Tordesillas. Pero tras el hallazgo de Cubagua, los marineros paleños soñaban nuevos y valiosos rescates  y aún mostraron muchas (perlas) y las llevaron a vender a Sevilla… Tarde o temprano los Reyes, que tienen muchos ojos, habrían de ser informados sobre las perlas andaluzas libres de impuestos…

Fruto de este caldo de cultivo viajero son las empresas privadas que se gestan en Sevilla. Pedro Mártir de Anglería relata que ya para 1495 se habían organizado algunas expediciones hacia las Indias, cuyos desenlaces no han quedado para la historia. Sí conocemos, en cambio, otra serie de viajes menores a partir de 1499, llamados viajes andaluces del descubrimiento, cuando el monopolio descubridor – repoblador colombino en las Indias estaba ya en entredicho. Las Capitulaciones firmadas por el futuro Almirante con la Corona, pierden vigencia cuando los hermanos Colón son acusados en La Española de mala praxis y ocultación de caudales. Tras el correspondiente Juicio de Residencia, Francisco de Bobadilla los embarca hacia Cádiz cargados de cadenas. Aunque poco después

fueran liberados por la Reina Isabel, el Almirante había perdido sus prerrogativas capitulares. No parece ajena a este hecho una carta del piloto y cartógrafo Juan de la Cosa dirigida a los Reyes Católicos, haciéndoles saber las perlas e cosas que habían hallado, e les envió señalado con la dicha carta, otra de marear, con los rumbos e vientos por donde habían llegado a  Paria… e aqueste testigo oyó decir cómo de aquella carta se habían fecho otras, e por ellas… Alonso de Ojeda, Pero Alonso Niño e otros…han ido a aquellas partes.

 

FIG. 1: Navegantes de Paria

 

Efectivamente, dos años después de que el gran genovés arribara a las costas de barlovento, lo hizo la expedición de Alonso de Ojeda. En ella viajaban el cántabro Juan de la Cosa y el florentino Américo Vespucio, geógrafo y futuro primer Piloto Mayor de la sevillana Casa de Contratación,  control secular del tráfico trasatlántico de personas y mercancías desde 1503. La capital del Guadalquivir estaba forjándose como noticiero oceánico y Puerto de las Indias por antonomasia. La nueva expedición iba a recorrer, reconocer y cartografiar la costa norte de América del Sur, desde las Guayanas y el Golfo de Paria por el oriente, hasta el Cabo de la Vela y La Guajira al poniente. Descubrirán ciertas aldeas indígenas en la depresión de Maracaibo, sus chozas sobre palafitos lacustres, que por asociación de ideas el italiano apostillará Venezuela, topónimo diminutivo de la famosa capital del Véneto. Esta acepción perduraría en la pluma de los cronistas reales, para quedar esculpida en aquella geografía hasta sellar la identidad indeleble de una nación emergente, que había de ser en siglos posteriores la Venezuela clásica.

Aquel mismo año Vicente Yáñez Pinzón, capitán de La Niña durante el primer viaje colombino, llegó a tierras del Brasil. Descubrió las bocas del Amazonas y recorrió la costa rumbo noroeste hasta el Golfo de Paria, aunque hubo de silenciar sus hallazgos por tratarse de tierras asignadas a Portugal en el Tratado de Tordesillas. En el correr de su rumbo, descubre la isla de Tobago y contacta con las de Trinidad y Margarita, para seguir luego a La Española según el arco de islas de las antillas menores. A su paso por aguas de barlovento, unos canoeros indígenas invitan a los paleños a comerciar en su rancherìo. Estuvieron en el pueblo veinte días feriando perlas, señala el historiador. En costas de Margarita se toparán con Diego de Lepe, que viene de explorar la costa de la Tierra de Gracia o Tierra Firme como había empezado a llamársela, y que se le une en su derrota hasta Puerto Rico.

 

 

FIG. 2: Costa Firme de Alonso de Ojeda

 

Diego de Lepe no es marino de profesión, sino un perspicaz comerciante que ha venido desarrollando la cartografía en aquellas costas. La Casa de Contratación de Indias incorporaría sus levantamientos geográficos al Padrón, atlas unificador de cartas, técnicas y avances náuticos, que a la sazón confeccionaba para formación y uso de los futuros pilotos emanados de sus aulas. Piedra fundamental de la historia de los descubrimientos marítimos de los españoles, opina el historiador René Sedillot. La necesidad de trazar rutas y derrotas seguras hacia las Indias, va a originar los primeros esbozos de la navegación astronómica, más segura y fiable que la estima tradicional de los navegantes mediterráneos. La singladura oceánica implicaba la mutación de lo que había sido hasta entonces una rutina artesanal mayormente tabulada, por un bagaje científico nuevo, donde los conocimientos matemáticos, astronómicos y geográficos empezaban a plantear a los pilotos de altura complicados problemas de Trigonometría Esférica. Aun nos pasma hoy, cierto planteamiento astronómico de Colón a vuelapluma, plasmado de puño y letra sobre su propio Diario, tan lejos del caletre de nuestros yachtsmen de hoy (tan pagados de sí mismos y de su alba gorra de plato, como ayunos de matemática), que obliga a comparar con absoluto respeto no ayuno de ironía la baja de su saber, versus la culta latiniparla del nauta renacentista.

Dos semanas después de Ojeda llegan directamente a Trinidad, Golfo de Paria e Islas de las Perlas, Pedro Alonso Niño, ex piloto del primer y segundo viajes colombinos, y Cristóbal Guerra, hermano del tutor sevillano de la empresa. Los expedicionarios andaluces, sin dilación temporal como base de su éxito mercantil, rescataron perlas e se volvieron a Castilla.  Los indígenas, buceadores capaces de sumergirse durante minutos para emerger con los ostiones de madreperla en su redeño, pagaban tradicionalmente con las perlas extraídas, trueques tópicos que la expedición andaluza supo negociar. Con el fin de eludir el impositivo Quinto Real del rescate, el regreso lo enrumbará al pontevedrés puerto de Bayona, inmortal derrota de  Martín Alonso Pinzón con La Pinta, tras el hallazgo del Nuevo Mundo. Pero el  montante de aquella operación, estimada en noventa y seis libras de aljófar, en las que había grandísima cantidad de perlas finas orientales, redondas, y de cinco y seis quilates y algunas de más… era demasiado elevado para pasárselo de matute a la Hacienda Real. Los infractores fueron juzgados, condenados y encarcelados en Andalucía,  hasta que hubieron pagado su evadida deuda impositiva.

 

FIG. 3: La Baja Andalucía Marinera

 

Estamos hablando de fechas tan tempranas como el año 1500. Ya para entonces se tienen noticias sobre un innominado asentamiento humano en la isla de Cubagua, una ranchería asociada a este negocio de perlas. A penas un año después, el propio Licenciado Bartolomé de Las Casas, constataba la presencia de 50 aventureros dedicados a la explotación de las perlas mediante buceadores nativos. Era un secreto a voces desde el regreso de las tripulaciones descubridoras al puerto de Palos, la existencia de ricos yacimientos perlíferos en las Antillas. En los puertos del occidente andaluz, desde Ayamonte, Lepe, Gibraleón, Palos, Moguer y Huelva, hasta Sanlúcar de Barrameda, Sevilla y la bahía de Cádiz, la fiebre descubridora había prendido tras el tercer viaje colombino; la repobladora habría de venir después. A ello vino a contribuir el sentido de protagonismo adquirido por la Baja Andalucía desde el minuto cero del hecho indiano. La evidencia de la ruta a seguir, era la derrota directa a las Islas de las perlas empleada por Yañez Pinzón en su segundo viaje. La Corriente de Benguela tomada en Cabo Verde, enlazaba hacia el poniente con la Ecuatorial del Sur, que catapultaba su plancton y los barcos que la seguían al barlovento de la Tierra de Gracia. Tal como lo había hecho el menor de los Pinzones. Y corroborándola, la primicia gráfica facilitada a los Reyes Católicos por Juan de la Cosa, primer cartógrafo de América, que iba a quedar  plasmada a futuro en el Padrón de Navegantes.

FIG. 4: Costa Firme en el Primer Mapa de América

 

Tempranamente habían llegado por tanto gentes aventureras en busca de comercio, el rescate y tráfico de esclavos, o la extracción de los caprichos nacarinos de aquellas islas. Pero no conocemos el proceso humano integrador que iba a nutrir el primitivo asentamiento de Cubagua, y que pocos años después constituiría la primera ciudad de facto en Suramérica. Seguramente ya desde los iniciales empeños privados, gestados sotto-vocce de la Corona en la Sevilla de 1495, acudieron directamente más de uno de ellos a las islas del nácar. No se han registrado noticias de su retorno. Perecieron quizá en su èpica contra el piélago, o acabaron tal vez afincando sus destinos en otros lados del charco. Pero fue sin duda la Baja Andalucía el alma nutricia de aquella primera oleada humana.

En el año 1504 una expedición rumbo a Urabá, con cuatro carabelas comandadas por Juan de la Cosa,  accede al Golfo de Paria. Toman tierra en Margarita, truecan con los nativos papagayos, ají, batatas, yuca,  papayas… además de tomar aguada y leña. Levan anclas rumbo a la costa de Cumaná, donde ovieron (sic) por rescate algunas perlas, pero pocas, e de allí siguieron costeando… (hacia Urabá),  nos dice el cronista. Nada comenta en cambio del negocio perlífero de una Cubagua que el cartógrafo cántabro conocía, pero que costea y deja con un mutis por estribor. Nada sabemos tampoco de sus desertores en Margarita, si incorporados al grupo humano de Cubagua, o diluidos entre los guaiqueríes de la propia isla, o los castellanos de la peligrosa Tierra Firme caribe. Y decimos castellanos, porque Isabel la Católica en vida (1505) no consentía pasar a Indias, sino a costa de mucho importunar, a hombre que no fuese vasallo suyo. Muerta la reina castellana, el Rey Fernando permitió la emigración de los súbditos de su Corona de Aragón, tanto peninsulares como de las itálicas tierras o sus ducados griegos. Con la llegada a España del joven Carlos V (1517), comenzarían a incorporarse flamencos, valones, frisones y alemanes de los diversos principados, ampliando la gama de brazos y visiones europeas al quehacer del Nuevo Mundo.

Fig. 5: Interpretación Escudo hallado en Nueva Cádiz

 

Los pacíficos guaiqueríes, considerados vasallos libres de tributo y servidumbre por una concesión real que los encomia como indios de tan buen valor … y merecida honra por su valor y fidelidad, grande, constante y firme …  no podían ser esclavizados tras semejante panegírico, so pena grave que llegaría a ser de muerte. Cubagua carecía de población india, pero la cercana Margarita, no. En ella habitaban varios miles de indígenas ayunos de legislación castellana, vacío que los tratantes de carne humana aprovechaban para lucrar su codicia. La carencia de colonos hacíala territorio dependiente de la inmediata Cubagua. Desde La Española iba pronto a ponerse freno a las cabalgadas de aventureros esclavistas que la trepanaban impunemente, facilitando el arraigo de españoles en la isla. La Villa del Espíritu Santo, sería su primer núcleo humano importante, seguido de otros del interior, elegidos por los propios guaiqueríes lejos del ojeo de las canoas caribes.

Para 1510 se sabe que la puebla de Cubagua tenía ya un cabildo a usanza castellana, con dos alcaldes y diecisiete regidores. Reunidos los vecinos, juntos, a campana tañida, vasallos todos de estos reinos de Su Majestad Católica, vecinos castellanos e indios cristianos, han elegido sus autoridades municipales en cabildo abierto. Esta bisoña corporación ciudadana tratará de aplicar las mandas reales para ordenar social y urbanamente el variopinto asiento aglutinado en la isla, sin pantalàn de atraque, con sus barcas de pesca y canoas de buceo varadas sobre la playa, sin aduana, sin alcabala, sin presidio. Carecía la puebla de trama urbana, con bohíos y chozas de carrizo y palma aquí y acullá, parapetada tras elementales defensas de madera y tierra. Algunos colonos, atentos siempre al merodeo de canoas caribes, aportaban sus perros alanos y mastines que retaban su proximidad con prolongados gruñidos. Los inconvenientes se multiplicaban en aquel balbuciente proyecto humano, asentado sobre un secarral improductivo, sin árboles, carente de un agua potable que había de captarse a siete leguas, pluviosidad escasa pero sofocante humedad ambiental, con pequeños acuíferos subálveos altamente salinizados, y un inmisericorde sol abrasador en mitad del cielo de una isla de 24 Km2, plena de cardonales, líquenes de orchilla, arbustos de guayacán, bardales espinosos y eriales baldíos. Esta flora de mínimos era sin embargo sabiamente aprovechada por los indígenas circunvecinos, capaces de marcar una pauta de subsistencia a los primerizos colonos de Cubagua. Aquellos boscajes de cardones, tan gruesos como la pantorrilla de la pierna, producían frutos temporeros a manera de higos, unos blancos, otros rojos, comestibles todos de dulce y fresco paladar, cual dátiles mediterráneos.

 
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Contexto Histórico de Cartagena de Indias – II

Años antes a la fundación de Cartagena del Poniente, sin declaración previa de hostilidades, el corsario francés Jean Florín (1521), al mando de 8 barcos había capturado inopinadamente en las Azores, dos de las tres naves enviadas por Cortés a Carlos V con el Tesoro de Moctezuma. El oro copado revolucionó la Francia de su tiempo con un Francisco I que promovía el corso con cuanto connotado marino se lo solicitaba. Pero alertado quedaba también el joven monarca español, que en contrapartida iba a conceder numerosas patentes de corso a marinos ribereños del Cantábrico, para acoso del francés que se avistase en aquellas aguas de su propio mar. El pirata Florín acabaría sus días colgado de una  horca, denegado su juicio previo por orden directa del Emperador, tras enterarse por un emisario de que lo había capturado el corsario vasco Martín de Rentería.

Ante la inminente perspectiva de guerra multifronte con Francia, estructura  España su comercio marino con América a base de dos flotas anuales: una dirigida a Cartagena – Nombre de Dios, y la otra a Santo Domingo con recaladas en Dominica a la ida y La Habana al regreso. Ambos reinos se disputan sobre Italia la hegemonía de Europa, y rotas las hostilidades, el incipiente asentamiento portuario de madera, bahareque y palma que era Cartagena del Poniente en aquellos primeros años, veía huir a sus gentes hacia los cerros portando valijas y dineros con demasiada frecuencia, ante cualquier dudoso perfil de velas en sus aguas. Indefensa frente a la piratería, una Cartagena sin fortificar iba a ser pronto desvalijada por la furia depredadora del  hugonote francés de noble cuna Señor de Roberval (trucado en Robert Ball a secas para los caribeños, 1543) tras ocuparla en día de significada fiesta. El día en que la ciudad prepara la boda de la sobrina del propio Pedro de Heredia, reconocido espadachín desde sus años mozos, tiene el Gobernador que defender codo con codo y a punta de espada junto a su hermano, residencia y familia, hasta comprobar que sus deudos han huido a descampado, en cuyo momento abandonan la lid y huyen tras ellos. Con una pequeña escuadra de 4 barcos, 450 hombres y la guía inestimable de un piloto resentido por vieja querella ciudadana, el corsario se ha filtrado inadvertidamente en la bahía interior amparado por la oscuridad de la noche. Los confiados moradores duermen sin sospechar el zafarrancho que les acecha. Con las primeras luces del alba escucha la somnolienta Cartagena músicas y redobles que cree prolegómenos de un festivo día de sonados esponsales; no acierta a comprender que se trata de un rebato desesperado de alguaciles que tratan de alertar el grave peligro, cuando ya la chusma francesa se desparrama sable en mano por las calles cartageneras. Huye como puede la población, pero queda el obispo. El será quien trate con el hugonote el rescate exigido, so pena de ver convertida en pavesas la ciudad y estrangulada su reverendísima. Acogido en un poblado indio con otros ciudadanos, Pedro de Heredia se entiende con los enviados del obispo para convenir un rescate de 20.000 pesos de oro que deberá reunir la ciudad. Rescate que habría de servir como apoyatura al Juicio de Residencia por mal gobierno y huida vergonzante con que sus enemigos maquinan denunciarle ante la Audiencia de Panamá. Tras cobrar el rescate, Roberval se retira a sus naves y según lo convenido, se hace a la mar. Años después aparecería colaborando con Jacques Cartier en el fallido intento de colonización francesa del río San Lorenzo en el Canadá.

La cada vez más peligrosa navegación costera aumentaba su riesgo en la época de brisa (el alisio del nordeste, época húmeda, abril- octubre, verano boreal amplio) cuando los perros del mar descendían de empopada hacia el Sur desde sus guaridas insulares de las antillas. Pero  ascendían luego por la aleta hacia Honduras con la llegada de la época de viento (contraalisio de componente sur, época seca, noviembre-abril, invierno boreal amplio) con lo que batían toda la costa continental caribeña según las estaciones del año. Y a tales estaciones se atenían siempre los expectantes colonos de la costa y la navegación de cabotaje costero. El cabotaje interior por el Canal del Dique suponía en tales momentos un seguro resguardo para el tráfico de bastimentos y mercancías desde los pastizales y sembradíos de Quito (1534), Cuzco (1534)  Popayán  (1537) y Sta. Fe de Bogotá (1538) sin tener que asomar velas a unas costas transidas de piratas.

              También la bahía de Cartagena era un seguro resguardo para las naves, además de una fiable protección de su puebla debido al inaccesible frente rocoso, plagado de escollos y confusa mar rompiente bajo brisas y vientos, que imposibilitaba todo acceso directo a ella desde la mar abierta. Si bien la escasez de agua dulce fue en principio motivo de dudas, pronto fueron acalladas estas con la construcción de aljibes abundantemente nutridos por el régimen de lluvias tropicales, diseñados con generosas limahoyas de  tejados a cuatro aguas. Su posición geográfica próxima al río Magdalena, vía natural de penetración continental, iba a ponderar su peso específico en la red comercial que poco a poco iba tejiendo el Imperio Español, como nudo de enlace con el altiplano quiteño y las perlíferas isla Margarita y ciudad de Panamá. Y por ello punto de confluencia de barcos de cualquier puerto con cargas que feriar o negociar en la ya empezada a conocer como Cartagena de Indias, con fama de resguardo seguro frente al fresco alisio y los temporales caribeños.

Las Indias, todo un proceso de transferencia legendaria de atisbos medievales, realimentado por el ibérico asomo hacia mares desconocidos. El Preste Juan de las Indias era un mítico gobernante cristiano del lejano oriente, que según relatos europeos perpetuados hasta época colombina, era mandatario generoso de un fabuloso país pleno de riquezas y mágicos tesoros. Mitad patriarca, mitad paternal presbítero, era en la imaginaria colectiva heredero de los discípulos del apóstol Tomás y descendiente de los Reyes Magos. Su lejana y aislada nación se encontraba rodeada de países musulmanes y paganos. Objeto de búsqueda durante generaciones, seguía lejos del alcance de los europeos, pero cercano en su fantasía compartida. Los primeros navegantes portugueses que regresaron de Calicut y Malaca a finales del siglo XV, convencieron a Occidente de haber encontrado en el Negus de Etiopía, católico Rey de Reyes, el heredero del Preste Juan, corroborando así la situación geográfica de Herodoto. << De estas Indias, pues, del Preste Juan, donde ya contrataban (mercancías) los portugueses, se llamaron nuestras Indias, y así lo nombraba siempre Cristóbal Colón >>, testifica el historiador López de Gómara, apostrofando así a perpetuidad al sorpresivo mundo surgido del océano. Junto a la leyenda de la isla Antilla, las amazonas y la reina California, las Indias del Preste Juan suponían aceradas esquirlas del oscuro Medioevo incrustadas en el luminoso Renacimiento, cuyo afán descubridor iba alumbrando poco a poco el panorama  del saber europeo.

Todavía encontrará una ciudad desprotegida, inadaptada a los turbulentos tiempos que corren, el hugonote Martín Côte (1560), que con 7 barcos y más de 1000 filibusteros pone sitio a Cartagena tras asaltar e incendiar Santa Marta, desde donde llegan informes por tierra del peligro que sobre ella se cierne. Pero sus construcciones han cambiado sustancialmente en las últimas décadas; donde antes dominaban la madera y el techo de paja, lo hacen ahora la piedra coralina, ladrillos y tejas. Un demoledor incendio ocurrido en los postreros días de gobierno de Pedro de Heredia (1552), había puesto fin a la era del bahareque y la caña de su fundación. Se nota ya ciudad próspera, sin parangón con la humilde Santa Marta de aquellos años, que su fundador había alcanzado a vislumbrar. Ante tamaña contingencia, manda el nuevo Gobernador abandonar la urbe y prepara su defensa excavando y escaqueando en derredor pozos-trampa con enhiestas y punzantes picas en su fondo, capaces de ensartar << hombres y bestias que en ellos cayeren >>. Son todos sus hombres de guerra 10 arcabuceros, 20 jinetes de lanza en ristre y 500 arqueros indios con flechas emponzoñadas, que aguardan la acometida pirata apostados en trincheras y zanjas improvisadas, mientras el movimiento de las desiertas calles es vigilado por algunos hacendados a caballo. Pese a la cautela tomada por los asaltantes que se aproximan hacia la ciudad por la playa, la repentina descarga de fusilería junto a la nube de flechas que sobre ellos cae una y otra vez detiene el avance de la hueste corsaria. Retiran sus bajas, pero son muchas las heridas de flecha, que bien saben causarán inexorablemente la muerte en las próximas horas. Una tras otra rebotan sus rabiosas oleadas contra las líneas defensoras, hasta que la munición de pólvora se agota. Entonces, a una señal convenida, emprenden al unísono la retirada hacia los manglares de Getsemaní y cerros posteriores, tras los ciudadanos que habíanles precedido en la huida hacia lugar seguro. Cuando la vociferante chusma siente el camino expedito, irrumpe en la desierta ciudad  como una destructora ola de marea. Entran en las casas robando cuanto hallan, derriban puertas, mutilan imágenes, profanan vasos sagrados, se llevan los bienes del clero y matan un clérigo que reza en la catedral. Su rapacidad no tiene límites, y se aposentan en la maltrecha urbe decididos a no abandonarla hasta que sus ciudadanos paguen la correspondiente “vacuna”, así llamado al rescate pactado para no quemar la ciudad ni degollar a los pocos prisioneros que han capturado. Por 4.000 pesos de oro abandonarían el lugar sin más retaliaciones, y así lo hacen, pero las bajas entre las que se contaba su ahora lugarteniente y conocido perro del mar Jean Beautemps, habían sido muchas, e iban a marcar su filibusterismo futuro. Sobre De Côte y cuatro de sus barcos jamás se supo nada cierto; solo conjeturas sobre su retiro a cierta isla en compañía de una india enamorada. Los otros 3 barcos seguirían costeando la Tierra Firme hasta Honduras, uno de los cuales se sabe llegó al Yucatán. Tratarán de establecerse sus hombres en Trujillo, Campeche y Valladolid, camuflados entre los pobladores hispanos. Pero más de una docena de ellos serán detectados por sus formas y costumbres sospechosas de herejía, y denunciados a los Tribunales de la Inquisición locales. Y consecuentemente juzgados y condenados a diversas penas, aunque no consta que ningún hugonote fuera por aquellos años condenado en Nueva España a la pena capital de la hoguera.

En 1568 el pirata y negrero inglés John Hawkins en compañía de su pariente el aprendiz Drake, con una flota de cuatro naves grandes y 7 urcas y pataches, se presenta ante Cartagena y envía un bote con emisario, anunciando al gobernador que trae suficientes cargas y esclavos para montar una feria. Experimentados los cartageneros en añagazas piráticas, rechaza el gobernador la oferta, a la vez que apresta su hueste militar a la defensa. Tras una semana larga de intercambio de emisarios y fuegos intimidatorios desde mar abierta, desiste el inglés de su “feriante” empeño, no sin antes amenazar que volverá con flota más numerosa. Nunca regresaría Hawkins, pero Drake había aprendido ya el camino.

La proliferación de “perros del mar” por todo el Caribe en general, y los frecuentes avistamientos sospechosos en aguas cartageneras en particular, habían decidido a su gobernador a formar milicias ciudadanas que tan buenos resultados habían dado en las grandes antillas. Componíanse estos grupos vecinales de autodefensa de gentes armadas a caballo, pertenecientes a la clase social acomodada, que habitualmente patrullaban la costa vigilando los movimientos de hombres y barcos en sus playas y auscultando la línea de horizonte, a la vez  que alardeaban de bruñidas armas y costosos arneses. El precio añadido por vivir en un puerto caribeño tan solicitado como Cartagena, implicaba además de una vigilancia esmerada, una eficaz defensa fija y otra móvil. A partir de estos contratiempos empiezan a construirse los fuertes del Boquerón y la Caleta. Se envían 7 bombardas de bronce, 200 picas, 100 arcabuces, cuatro quintales de plomo y noventa barriles de pólvora, que tratarán de mantener siempre como dotación mínima operativa. La piratería se ha vuelto una pegajosa plaga, que las más de las veces asalta alguna nave que llega desprotegida, para darse a la fuga apenas notan que son detectados desde el presidio. Son los crueles y miserables perros el mar, delincuentes sin patria ni credo, que viven de la rapiña, la extorsión y el secuestro de todo cargamento o pasaje que cae bajo su zarpa en aquellas aguas, mayoritariamente surcadas por mercantes hispanos. Pero entre las armas inventariadas como mínima defensa se encuentra la pólvora, que se deteriora rápidamente en climas tropicales, tal que pasadas unas semanas enmudecen los cañones. Y en el Nuevo Mundo ha sido hallado oro, pero no piedra de azufre que hace la pólvora, y sin ella no habrá forma de conservar el oro. Se envía azufre y salitre desde España a la más desarrollada Habana (1570) para la fabricación, barrilaje y distribución de la pólvora, pesadilla de baluartes y navíos durante todo el siglo XVI. Cartagena, creada para el comercio defiende su estatus creando astilleros para la construcción, carenado y equipamiento naval de su transitada dársena. En 1575 Felipe II  le otorga el título de “muy noble y leal ciudad”, y dos años después se inicia la traída de aguas,”obra romana importantísima” al decir de su gobernador, de manera que para entonces se la considera ya como la “tercera ciudad de todas las Indias”. Pero se abandona el proyecto de acueducto con el gobernador entrante, proclive a cambiarlo por nuevos y mayores aljibes públicos, para evitar la vulnerabilidad puntual del suministro lejano del agua durante ferias y asedios. Ya para entonces Cartagena de Indias aparece como una ciudad asentada sobre una Calamarí fortificada. Su casco de ciudad  comerciante y marinera, se va formando, sin la trama geométrica tradicional de los asentamientos castellanos del Nuevo Mundo. Sus calles rectas se adaptan al espacio insular disponible, en haces pretendidamente ortogonales, para conformar 40 manzanas y 2 plazas neurálgicas sobre el islote, puntos características de los puertos españoles del Caribe. La portulana Plaza del Mar o Plaza de la Aduana, residencia de los oficiales reales, donde descargan desde siempre los galeones sus feriantes cargas y abren sus tiendas comerciantes y carniceros, royo justiciero de agarrotar delincuentes incluido, y La Plaza de Armas o Plaza Mayor, mentidero de consejas y festejos, con su Catedral presidiendo el quehacer ciudadano. Hacia finales del siglo alcanzará las 2000 habitantes con un núcleo urbano que se desparrama, mediante el puente de madera de San Francisco, sobre el anexo islote de Getsemaní que cuenta con otros 200 habitantes más y los corrales de ganado algo más lejos del casco habitado. Una tercera plaza urbana nacerá en Calamarí, conocida pronto como Plaza de los Jagüeyes, en razón de los abrevaderos estratégicamente repartidos en ella para solaz de caballerías y reatas que han de bregar diariamente en el sofocante clima.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – IV

Old Spanish Trail

La aparición intermitente de merodeadores ingleses por aquellas costas sureñas, hacía sospechar a su Gobernador Manuel Cendoya la cercanía de algún ataque,  aprovechando el estado de inefectividad presente de las defensas pasivas de San Agustín. Reclama fuerza de trabajo indígena que retribuye con generosas dádivas de simientes, aperos de labranza, cuchillos, vasijas de vidrio y bisutería varia, desde cascabeles hasta cuentas de cristal, que el virrey envía periódicamente desde México y el gobernador distribuye a los caciques amigos. Dirigidos por maestros de obra y expertos canteros de Cuba, llegarán con el nuevo Gobernador Pablo de Hita esclavos y libertos antillanos negros, fuerza bruta los primeros, artesana los segundos, en un intento de acortar la debilidad defensiva del período constructivo del fuerte. A pesar de estas medidas la conclusión del ciclópeo castro iba a demorar más de dos décadas.

El proyecto original del Fuerte San Marcos sufriría una serie de modificaciones y mejoras que suceden a nuevas sugerencias e instancias militares de las capitanías caribeñas. Al inicial trazado con un Patio de Armas centrado y baluartes aguzados a los vientos, se suman las torretas de vigía en punta de baluartes, foso inundable perimetral exteriormente murado, revellín con puente levadizo en el frente de tierra, hornabeque exterior con hornos de caldear al rojo blanco los proyectiles de hierro para sus bocas de fuego…Pero también se circunscribe con muro de coquina la retaguardia del núcleo habitado, dotándolo de baluartes estratégicos en paños y esquinas, y se construye el Fuerte de Matanzas al sur, hito defensivo del acceso al puerto desde las aguas arriba del río que le daba nombre.

En aquella etapa de afianzamiento social y militar, San Agustín incrementa notablemente su producción agrícola, en tanto su siempre magra despensa afronta un período de bonanza. Se instauran rutas estables para la compra de grano con las tribus y misiones de los fértiles maizales de Apalache y Gualé, en una combinación selectiva de senderos indígenas, cañadas, rutas misioneras y trochas exploratorias. Se traen carpinteros de ribera para la construcción de embarcaciones de cabotaje que comercien a lo largo de los enclaves floridanos de las costas del Golfo de México y las atlánticas. Se crean nuevas misiones intermedias que reparten las jornadas del largo camino comercial que une por tierra San Agustín con  aquellas otras de Pensacola y Mobile en la región de Apalache, incluso con Tampa y sus misiones de etnia calusa y los colonos novohispanos de su bahía. Comienza así a perfilarse en estos años la conocida como Senda de los Españoles en Florida que prolongada con el Camino Real de los Texas y el Camino Pita hasta la problemática frontera de los Adaes y Nachitoches en Luisiana, habría de concatenar la ciudad de San Agustín con la costa del Pacífico. Este viejo itinerario de 7000 Km de trazado, modernamente reconocido por investigadores propios rebautizándolo como Old Spanish Trail, escenifica el tránsito secular de rebaños, cueras de frontera, acémilas, chalanes y misioneros, pero también seguro escape de forajidos y cuatreros. Realmente unía las misiones, los fuertes y las ciudades de San Agustín, Gualé, Apalache, Pensacola, Mobile, Nueva Orleáns, San Antonio, Sierra Blanca y El Paso, atravesando los actuales estados norteamericanos de Georgia, Alabama, Mississippi, Luisiana y Texas. En El Paso, intersectaba la dilatada red de Caminos Reales de Nueva España, verdaderas suturas geopolíticas que vitalizaban el Virreinato de norte a sur, desde Taos y Santa Fe en Nuevo México hasta Guatemala, y de oeste a este entre los puertos de Acapulco y Veracruz. De El Paso, partía un Camino de San Diego, que venía a hilvanar Tucson, Fénix y Yuma con la misión franciscana de San Diego, para completar la travesía de los estados actuales de Nuevo México, Arizona y California, y con ellos el continente todo de costa a costa. Ocho años había tardado en recorrerlo por vez primera el náufrago Cabeza de Vaca en el siglo XVI, cuando aún estaban vírgenes de Europa aquellos inmensos pagos…

Desde 1693 Carlos II venía garantizando la libertad de los esclavos huidos de las colonias británicas, acogiéndoles como hombres libres en análoga circunstancia a la pléyade de libertos de color, ya campesinos, artesanos, amanuenses o curanderos que plenaban otros pagos del Imperio. Eran tenidos por excelentes taladores de madera para empalizadas y embarcaciones, preparaban las tierras para la sementera o el plantón y eran fama sus pacientes matronas como inmejorables amas de servicio doméstico. Si en primeros tiempos de duro sobrevivir se acogían al estatus de esclavo, podrían en mejor época comprar su manumisión, pagándole a su dueño el precio reglado o convenido. Así lo habían establecido de antiguo las leyes de Castilla y así se había recogido en las Indias. Era para ello condición sine qua non, abrazar la fe católica y jurar defender con su vida la roja Cruz sobre fondo blanco de Borgoña, enseña imperial asumida de sus ancestros por el Emperador Carlos V. Esta acogida resultaba políticamente rentable para la Corona española por motivo vario: aumentaba brazos y población en aquellas tierras hueras de ultramar, a la vez que hurtaba esos mismos brazos y potenciaba su efecto llamada sobre otros nuevos en las plantaciones de algodón o tabaco de las colonias británicas. Allí eran fuerza vital para mantener las plantaciones coloniales y las leyes imperantes lejos de su metrópoli, les condenaban a una dura esclavitud de por vida. Muy al contrario del Imperio español donde las leyes de Castilla o emanadas de la Corona y representadas por el Virrey, permanecían severamente controladas por los notarios reales y sus Juicios de Residencia, aplicables al cese de cada mandatario real.  El proceso de igualdad civil entre los blancos y las gentes de color o pardos, era favorecido por la Cedula de Gracias al Sacar, que les otorgaba plenos derechos reservados a los notables, so pago de una cantidad de dinero.

Con el comienzo del nuevo siglo muere en España sin descendencia Carlos II, el último vástago de la Casa de Austria. Concurren a la sucesión de su trono aspirantes extranjeros alineados  por intereses estratégicos tras las casas de Borbón y de Austria. La llamada Guerra de Sucesión (1700-1713) está servida, y Europa se inflama de nuevo. Inglaterra, en perpetua identidad insular consigo misma, trata de sacar partido de la contienda y ataca las posesiones españolas allí donde las haya, en nombre esta vez del candidato de la Casa de Austria, su pertinaz enemiga de las pasadas centurias. La paz llegará con el Tratado de Utrecht que asume como rey de España al Borbón Felipe V, sobrino del todopoderoso Luís XIV, Rey Sol de Francia y acérrimo enemigo del inglés. Entre las miserias de la guerra, la guarnición de Charlestown (actual Charleston, en Carolina del Sur) comandada por su Gobernador James Moore, ataca y destruye las misiones católicas del norte de Florida donde captura y esclaviza más de 4000 indios, que llegarían a constituir el 30% de la mano de obra forzada de las plantaciones coloniales de Carolina del Sur. Las alarmantes noticias que van llegando desde aquellas misiones anticipan al Gobernador español de la violencia que se aproxima con semejante partida de guerra, y solicita ayuda de la Capitanía General de Cuba. Pone la hueste inglesa sitio a San Agustín (1702), pero su artillería se estrella contra los sólidos muros de San Marcos, tras los que se han refugiado sus 1400 habitantes con 160 reses que estabulan en el foso como previsión de alimento mientras dure el asedio. Dos meses de cerco que tratan de superar aquellas familias allí confinadas, bajo disciplina e higiene castrenses impuestas por el Gobernador en evitación de pestes, a la vez que se racionan estrictamente los víveres. Pero San Marcos no acaba de caer y Moore pide a Jamaica un refuerzo que tampoco acaba de llegar. Lo que sí llega de La Habana es una flota de socorro con su inconfundible Cruz de Borgoña en los mástiles, que obligará a los exasperados sitiadores a quemar sus propias naves antes de verlas presa del enemigo. Copada la ciudadanía hispana en el fuerte, tratarán los ingleses en retirada de incendiar la desierta ciudad. Pero solo lo conseguirán parcialmente porque los sitiados acuden en tromba a sofocar las llamas cuando el enemigo levanta el campo. Aun dispararán los cañones desde San Marcos sus últimos proyectiles de reserva, a espaldas de una tropa que se bate en retirada franca hacia la espesura y los manglares.

Dos años después vuelve el humillado Moore, ahora ex-gobernador de Carolina, a la frontera norte de la Provincia de Florida. Sus más de 1000 hombres de Charleston e indios creek que les acompañan en la salvaje correría, masacran o esclavizan todo indígena adscrito a las misiones jesuitas y franciscanas. Peor suerte correrán los indefensos misioneros que son torturados hasta la muerte. Una inexplicable barbarie que, ajena al aguardiente, sería incompresible comportamiento de la humana razón. Barbarie que en pocas semanas iba a liquidar siglo y medio de paciente labor civilizadora. La inestabilidad y vacío de las regiones limítrofes entre las Carolinas y Florida tras estas jornadas de sangre, iban a propiciar la migración de la etnia mestiza seminola, descendiente de los creek, hacia el espacio vacante. Crecía a la vez el flujo de esclavos que lograban huir de las plantaciones negreras, buscando a través de las arruinadas misiones de Georgia el trazado de la Senda de los Españoles para llegar a San Agustín, y concluir en ella su vital escapada. Otros son interceptados por partidas de colonos británicos y nunca llegarán a la libertad, mientras que otros muchos cohabitarán con los creek y demás indígenas desarraigados de Alabama, Georgia y Mississippi, dando origen y potenciando a la mezcla racial seminola (degeneración fonética inglesa del termino español cimarrón, trashumante). El número de los que alcanzan la capital española de Florida va creciendo al punto que su Gobernador Manuel de Montiano, crea el poblado de Gracia Real de Mosé (1738), la primera comunidad autogestionada de negros libres de América. Formarán a 2 km al norte de San Marcos, una puebla fortificada conocida como Fuerte Mosé, que con un centenar de familias comienza su sincrética andadura social bajo la autoridad de un jefe mandinga.

La particular situación de intereses mercantiles, que las potencias europeas enfrentan en sus costas atlánticas de América, potencia el contrabando de sus traficantes, que permean fácilmente miles de km de una costa imposible de controlar. La vigilancia española de su litoral americano, iba a multiplicar con escasa efectividad práctica, las patentes de corso  que los virreyes propiciaban sobre sus marinos connotados. Un incidente cercano a las costas de Florida entre un guardacostas español y un contrabandista Jenkins  sorprendido in fraganti con su carga de palo campeche, iba a propiciar nuevo conflicto entre sus naciones. El capitán del primero manda cortar una oreja como testigo-baldón de su delito al inglés. El Parlamento londinense se encocora por lo que considera una humillación de su pueblo. Y estalla la “Guerra de la oreja de Jenkins”, una más en el atribulado panorama europeo del siglo XVIII. Este contexto bélico es aprovechado por el general James Oglethorpe para invadir el espacio geográfico entre los ríos Savanah  y Altamaba, conocido a futuro como la Georgia colonial, nueva usurpación británica a la Provincia de Florida. En su avance hacia el sur Oglethorpe, ahora flamante Gobernador de Georgia, pone sitio al lugar de San Agustín (1740), desplegando las 14 velas de sus barcos distribuidas entre el canal sur y la mar abierta. Cae como  primer objetivo sobre el Fuerte Mosé, defendido por reclutas negros libertos, cobijadas ya sus familias al resguardo de San Marcos: una clara aplicación retaliativa de la Ley de esclavos fugitivos que los esclavistas de Las Carolinas venían aplicando a todo negro evadido de sus plantaciones. Pero la Fuerza Real en vivaz contraataque, sorprende aquella noche a la tropa enemiga cuando aún  monta sobre el estero las cureñas de sus cañones; recupera Mosé y captura o mata a más de 100 sitiadores. Entre tanto, al amparo de la oscuridad, impelido por el sutil terral que exhala la noche, se desliza por el canal norte un silente patache que desde el puerto enrumba a La Habana. Monta el inglés el grueso de sus baterías sobre la isla de Santa Anastasia, frente a frente de la ciudad y su fuerte, pero también sobre la ribera del llamado Canal Norte, para angular desde allí el tiro de otras piezas sobre el castillo. Treinta y ocho días va a durar el pertinaz cañoneo contra la ciudad y su fuerte. La plástica y tenaz coquina de sus muros, apenas se deforma sin salpicar esquirlas pétreas  cada vez que absorbe y amortigua los impactos de los proyectiles. Las rompedoras bolas de grueso calibre que contra ellos golpean, no alcanzan a desencajar los sillares de sus fábricas: ora apenas rebotan y caen a su pie tras el impacto, ora se empotran ligeramente en ellas. Los sitiados, en lapsos de calma artillera, las extraen de sus oquedades a punta de bayoneta, para seguidamente hornearlos al rojo vivo en el hornabeque de San Marcos, y con sus tubos de bronce, vomitarlos nuevamente al campo inglés. La aparición de unas pocas velas que apuntan el horizonte al sur, delata la ayuda que llega de Cuba. Es el revulsivo para levantar apresuradamente el cerco que un impotente Oglethorpe, obligado por la proximidad de las inquietantes naves, asume al punto. San Agustín ha quedado severamente tocada en la campaña y tardará varios años en restañar las heridas del asedio inglés. Mosé será reconstruida y sus habitantes retornarán a ella en 1752, aglutinando en su autogobierno a los sobrevivientes de aquel su bautismo de fuego, con aquellos otros afroamericanos que las colonias británicas iban a seguir exudando.

 
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Contexto Histórico de San Agustín de la Florida – I

Desde su descubrimiento por Juan Ponce de León (1513), La Florida había sido objeto de múltiples intentos de colonización fallida desde sus costas externa atlántica e interna del Golfo de México. Medio siglo después de testimoniada su configuración sobre los derroteros españoles, tanto holandeses e ingleses como franceses, habían arribado a las costas atlánticas del norte con otros empeños colonizadores también fallidos. Eran costas reservadas a España por Cédula Papal, aunque rechazada por las demás monarquías europeas salvo Portugal, firmante en aquel 1494 del Tratado de Tordesillas que se las asignaba a futuro. En aquel siglo La Florida comprendía el territorio entre el Río Pánuco (actual México) y la Tierra de los Bacalaos (Terranova), tal como nos lo refiere el Inca Garcilaso de la Vega. La España tardo-renacentista multiplicaba su curiosidad y empeño a lo largo de la costa atlántica a su alcance y aún más allá, pero su limitada población territorial ponía límites físicos al voluntarioso brío de sus gentes. Había explorado y cartografiado hasta la península de Labrador, incluso tomado nominal posesión geográfica para su Católica Majestad del todo y la parte, pero la tozuda evidencia limitaba toda divagación onírica.

Las guerras de religión en Francia venían vomitando de su metrópoli catervas de hugonotes protestantes expatriados por Catalina de Médicis, tolerante consorte primero, implacable regente después, mecenas renacentista siempre; dedicados ahora a la piratería caribeña los más, tratando de arraigar en tierras de la Florida otros. Su hija Isabel de Valois, reina de España por su matrimonio con Felipe II, había ya advertido a su madre la invariable voluntad del rey español por limpiar Florida de hugonotes intrusos, que acechaban la ruta del vital comercio español de las Indias.  Luego de meditar largamente la empresa, el monarca español encargará a Pedro Menéndez de Avilés, prestigioso Capitán General de la Armada del Cantábrico y experto conocedor del corso galo, la erradicación  hugonote de la Florida.

La Armada de Menéndez de Avilés con base en Santander, patrullaba los mares desde el Cantábrico a Flandes, para combatir la piratería que hostigaba la densa navegación entre España y demás reinos europeos de la Casa de Austria. Encargado de proteger los frecuentes viajes del emperador Carlos V por aquellos mares, era el hidalgo asturiano particularmente apreciado de su primogénito, el futuro Felipe II, por haberle custodiado a Inglaterra como joven príncipe que desposaba a María Tudor, su primera esposa y efímera reina de Albión.

Felipe, llegado a rey, había planeado un aldabonazo contundente sobre los herejes franceses que trataban de poblar aquellas tierras que por bula papal le correspondían. Menéndez de Avilés, Capitán General de la Carrera de Indias y Consejero del Rey, es nombrado Adelantado de La Florida para ejecutarlo. Fleta para ello naves que se botan en rampas cantábricas, a la vez que busca más naos y capitanes en la Bahía de Cádiz, y con ellos negocia otros contratos. Desde La Habana le informan del establecimiento francés de Fort Caroline (1562) en la desembocadura del río San Juan, encubierto enclave desde el que poder atacar ventajosamente esa Flota de Indias que antaño había comandado el propio Adelantado. Sabe que dos veces al año pasa, desplegadas sus velas a vista de costa, rumbo NE desde el Canal de Bahamas hacia el Atlántico, ayudada suavemente por la Corriente del Golfo. Sabe que en toda formación de galeones navegando en conserva, las naves lentas o descolgadas del acompasado andar de su capitana, pueden ser presa de los perros del mar, ralea de forbantes que saben infiltrar sus velas en la niebla o la oscuridad de la noche, para caer sobre cualquier confiada merchanta antes de lucir el día. Sabe que aquellas velas, más de un centenar a veces, que tardan varios días en perderse de vista desde el recoveco del río que hoy los hugonotes ocupan, cargan en sus panzudas bodegas el Impuesto Real de un gigante que ha comenzado a despertar. Es el pálpito mercantil de un Nuevo Mundo que había de mutar la economía universal: la europea primero, en proceso de  cambio con los pesos o reales de a ocho circulando ya como moneda corriente en Flandes, Francia o Portugal, y pronto en toda Europa. Repartidas desde el mercado de Sevilla, receptor anual de 260 toneladas de plata en moneda o lingotes que acuñar durante el siglo XVII, incrementadas hasta las 400 Tm anuales durante el XVIII. Y la asiática, que a finales de siglo empezaría a nutrir desde Acapulco  el mercado de Manila, con más de 143 toneladas anuales de plata; y también desde Lisboa, de donde las naos portuguesas por su ruta de oriente cargaban más de 20 toneladas anuales hasta Goa, acicate mercantil de los mercados de Macao y Nagasaki. Evidentemente el monto del valor fiduciario que cargaban las bodegas de la Flota de Indias, no era cuestión baladí: superaba el presupuesto de la mayoría de reinos europeos de la época. Cualquier galeón ocasionalmente capturado, suponía la fortuna para sus captores y descendencia terrenal, de ahí la ávida presión vigilante que sobre sus derrotas y recaladas contabilizaban  corsarios y perros del mar. A mediados del siglo XVI, todo un submundo de rapiña y violencia estaba medrando en torno al entramado mercantil español, nuevo y complejo ensayo a escala atlántica del comercio europeo, que sería universal y consolidado medio siglo después. Rapiña y violencia avivadas en el Caribe por la codicia personal del aventurero aislado o la envidia institucional de monarcas marginados por la Bula Alejandrina. Pese al acoso generalizado, la pérdida de naves españoles por naufragio o captura, no llegaba al 3% de las singlas oceánicas durante estos siglos de pólvora y zafarranchos. Pedro Menéndez de Avilés y su rey sabían que solo el perfeccionamiento del arte de navegar, la precisión de las cartas náuticas, las mejoras en la construcción naval y el minucioso estudio de la meteorología, serían factores decisivos para evitar la pérdida de vidas y hacienda sobrevenidas en el postrer trámite del mar, tras una forzada aclimatación de semillas y ganados, su sazón con mano de obra incierta, un trato mercantil transoceánico y el encaje de sus productos en el mercado europeo.  Pero también conocían la negativa de otros reinos a aceptar el reparto papal versus la tradicional ley medieval del “Rex Nullíus Lex” o toma de posesión de tierras no reclamadas anteriormente por otra corona. Por ello, junto al esfuerzo técnico guiado por la Casa de Contratación de Sevilla, había que extirpar el peligro de potenciales enemigos que arruinasen tanto empeño en aquellas costas a España asignadas, y poseerlas y poblarlas de facto con súbditos leales a su Corona.

Dos mil seiscientos hombres en 34 naves, entre las contratadas en Cádiz y las construidas en el Cantábrico, se preparaban en la Península para emprender tal cometido. Era voluntad real que el Adelantado recorriese detenidamente las costas de Florida <<… y descubrir todas las ensenadas, puertos y bajíos que en ella hay, para se marcar precisamente y poner en las cartas de marear, porque de no se haber hecho esto (anteriormente), se habían perdido muchas naos que iban y venían a las Indias, con muchas riquezas e gente y muchas armadas que el Emperador, de gloriosa  memoria, su padre y SM, habían hecho para la conquista e población de aquellas tierras >>.

En junio de 1565 con 995 soldados, 4 clérigos y 117 familias de artesanos y labradores, surge de Cádiz la vanguardia de la expedición en 11 naves rumbo a Canarias. Allí  confluye con las otras 23 naves cantábricas, que aportan a su vez 257 marineros y 1500 familias de colonos, más algún que otro clérigo que  se incorpora a la expedición. Solo el galeón San Pelayo, nao capitana de 60 cañones donde se embarca el Adelantado junto a 317 hombres de maniobra y guerra, era barco financiado por la Corona. Los bienes de Menéndez de Avilés, junto al aporte de familiares y otros potentados amigos de Cádiz y Sevilla, quedaban empeñados para financiar el resto.

La navegación hacia el Caribe iba a resultar problemática, borrascas incluidas que dispersan y maltratan hombres y barcos. Llegará el galeón San Pelayo a San Juan de Puerto Rico los primeros días de agosto acompañado de un solitario patache. Aguarda allí la incorporación del resto de la maltrecha flota, de la que apenas habría reunido un tercio, cuando parte sin demora hacia Florida, tras dos ajustadas semanas para reparar las naves dañadas durante la travesía. Al partir de San Juan, no sabe aún si las naves ausentes llegarían a Puerto Rico, o habían perecido en las borrascas atlánticas.