Contexto Histórico de Buenos Aires – I

Figura 1. Escudo de la ciudad de Buenos Aires

 

Tras los descubrimientos de Colón, Fernando el Católico intuye la importancia de acceder a las costas de Asia siguiendo la ruta occidental, en un intento de ganar a los portugueses la carrera de la especiería. Empleará en el empeño nautas expertos de la Casa de Contratación de Sevilla. Vicente Yáñez Pinzón será el primero que va a perder de vista la estrella polar, al incursionar en el hemisferio Sur en su búsqueda del anhelado paso hacia el occidente (1500). Esperan localizar otra estrella que les guíe hacia el Sur. Como aún no se tuviese idea del crucero austral, vanamente esperaban divisar otra estrella semejante a la de nuestro Norte, nos dirá el cronista de aquella empresa. Pronto encontrarán esta referencia entre cuatro luceros que llamarán Cruz del Sur.

 

Con su agua dulce penetrando mar adentro más de 40 leguas, alcanzará una de las bocas del Amazonas, luego de haber dejado 700 leguas atrás el cabo San Agustín como referencia. Estas latitudes meridionales iban a suponer un hito en la navegación astronómica castellana, que a partir del ecuador deberá ajustar rumbos respecto a la Cruz del Sur, una vez perdida de vista la hogareña estrella polar. Pese al secretismo oficial de su incursión en un área geográfica vetada por Tordesillas, el Rey Católico le nombrará caballero como premio de los datos geográficos aportados. Tras las huellas de este paleño, saldrá tres meses más tarde su pariente Diego de Lepe, que no superaría las latitudes de su predecesor, pero que aporta nuevos datos a la vez que amortiza su aventura con palo del Brasil que atiborra en sus bodegas. Apresado por los portugueses a la vuelta de uno de sus viajes clandestinos, moriría ahorcado en Lisboa.

 

Tras esas mismas huellas zarpa Américo Vespucio en 1501 a la búsqueda del paso hacia la Especiería, a las órdenes del rey portugués Manuel I. Ha cambiado su residencia de Sevilla por Lisboa, de donde parte en una misión, seguramente más comercial que geográfica, que recorrerá la costa brasileña hasta más allá de las bocas amazónicas, sin resultado aparente alguno. Florentino de nacimiento y agente comercial de los Médicis en Sevilla, al retorno de ese viaje portugués se desvinculará del mundo de la banca y se naturaliza español (1505). Seguirá como proveedor de flotas del Rey Católico primero, piloto mayor de la Casa de Contratación y profesor de navegación astronómica en su escuela naval (manejo de astrolabios, sextantes y experto en declinaciones), después. Finalmente será encargado de la confección del Padrón Real o planisferio, donde se van registrando y contrastando todos los hallazgos geográficos del Imperio (1508).

 

En 1511 la presencia de los portugueses en las Molucas era ya un hecho consolidado con un enclave firme en la isla de Ternate. Al año siguiente de 1512, el piloto mayor Juan Díaz de Solís, antiguo socio de los hermanos Pinzón en el Golfo de Guinea y el Caribe, supera por el Atlántico las latitudes del Mar Dulce platense que, como en el caso de Yáñez Pinzón y por conveniencias políticas frente a Portugal, se mantendrá en el más estricto secreto. El piloto penetrará en el estuario que le asombra por su magnitud, pero reconociendo su falta de infraestructura para acometer empresa terrestre alguna, carga su barco con palo brasil y regresa a Sanlúcar de Barrameda para dar cuenta de lo observado. Conocida era ya la existencia del Mar del Sur descubierto por Balboa un par de años antes, cuando Díaz de Solís navegará de nuevo para encabezar una expedición oficial, que parte de Sanlúcar de Barrameda (1515) con tres carabelas, 60 tripulantes, mucho bastimento, armas y hombres para pelear y poblar, a la busca de ese paso añorado por el Rey que comunique con el Mar de Balboa. Se trata de una partida cinegética de resultado conocido, a pichón parao, que diría un cazador de tierras sureñas.  En su capitulación real se estipula que deberá costear al meridión de Nueva Andalucía (actual Venezuela) durante 1700 leguas sin tocar en tierras de Portugal, aunque a lo largo de la costa irá marcando a punta de daga cruces en los árboles…  que los hay por allí muy grandes. Con un rumbo S-SW alcanzará la bahía de Río de Janeiro, donde consigue víveres de los indígenas, para posteriormente alcanzar de nuevo el Río de la Plata, que registra con el nombre de Mar Dulce. Aquella enorme extensión de aguas fluviales llamada por los indios guaraníes ParanáGuazú con significado de ser tan inmenso como el mar, iba a ser conocido pronto como Mar de Solís en la cartografía española.

 

Díaz de Solís dedica sus primeros intentos al reconocimiento del Mar Dulce. Dispuesto a parlamentar y adquirir víveres en una de sus singladuras, el Adelantado seguido de cincuenta hombres, desembarcará su batel en la orilla norte de aquella dársena (actual Uruguay), donde serán objeto de una añagaza por los mismos charrúas que les venían haciendo señales amistosas cada vez que se dejaban ver. Pero apenas desembarcados, dieron sobre él muchos indios que estaban en celada, los mataron, descuartizaron y se los comieron, a la vista de los atónitos compañeros de a bordo, escasamente separados del ribazo por un tiro de flecha. Solo quedará vivo un joven grumete que los indios se lo llevan tierra adentro, y que años más tarde conectaría con otra expedición posterior. Eran seres salvajes que ignoraban la canoa, absolutos desconocedores de los demás aborígenes de la orilla opuesta (actual Argentina), sus seculares vecinos. La desgraciada suerte de Solís y el profundo sentimiento de fracaso que invade a sus hombres, van a decidir  el regreso de la expedición.

 

Dos de las carabelas llegarán de vuelta a Sevilla, tras perderse la tercera en aguas hoy brasileñas de Santa Catalina. Dieciocho de los náufragos tratarán de sobrevivir entre los indios ribereños. Pero el arrojo individual de aquellos pioneros era tal que uno de ellos, el portugués Alejo García, informado de la riqueza de los todavía desconocidos incas, comandará una expedición al altiplano potosino en su búsqueda. Noticia similar a la percibida en la Panamá de los tiempos de Balboa sobre un reino llamado Birú y la posterior campaña de Pizarro Acompañado por cuatro españoles, un mulato y algunos indígenas comarcanos, sertón brasileño adentro alcanzará el río Paraguay, donde son bien recibidos y agasajados por los pueblos guaraníes de su ribera. Más de 1000 indígenas de aquella etnia se les unirán embelesados por la riqueza de metales y ropas que aquella jornada promete. Alcanzarán el lago Titicaca donde consiguen varias piezas de plata y oro más un buen número de esclavos indígenas antes de emprender el regreso. Retornado al Paraguay, decide enviar a dos españoles con el  mulato y sus ayudantes indios con alguna cantidad de objetos de plata, oro y cobre, para que informen de lo visto y muestren lo hallado a las autoridades portuguesas de San Vicente. En compañía del otro español y sus ayudantes indios, Alejo García decide esperar con los guaraníes amigos, el regreso de sus compañeros acompañados de la hueste suficiente para acometer una galopada en el Tihuantinsuyo. Pero los mismos caciques que le recibieron entusiásticamente, se confabularon ahora para matarle y apropiarse de su oro. Y mataron a todos los de la expedición brasileña, menos al pequeño hijo mestizo del portugués, de igual nombre. Esto ocurría en el departamento donde años más tarde se levantaría la ciudad de Asunción. Cuando una tropa de 60 soldados llegó del Brasil según lo convenido, los propios confabulados soliviantaron a su gente obligándoles a retirarse. Sus compañeros de Santa Catalina aguardarán por años con su secreto el paso de alguna vela española por la isla para poder contarlo y enrolarse en la expedición. El resto, había emprendido la búsqueda de asentamientos portugueses donde entregarse como náufragos para tratar de ser repatriados, caso de sobrevivir a la selva y los reptiles. Alguno de ellos debió lograr su retorno a España, porque la primicia del cerro de la plata y otras noticias de fábula, fueron pronto conocidas en Sevilla.

 

Aquel mismo año del naufragio de la gente de Solís, fallece Fernando el Católico, y la empresa americana pierde relevancia a causa del problema sucesorio castellanoaragonés, hasta que su nieto Carlos de Habsburgo sea coronado Rey de España. Tiene 18 años, no habla español y viene rodeado de una cohorte de flamencos a cual más prepotente. Una bomba de tiempo que iba a explotar con Los comuneros, nombre dado a los nobles castellanos que declaran su hostilidad al nuevo monarca frente a su madre Juana, asumida como reina única. Paradójicamente el joven y cuestionado rey se adapta pronto a su circunstancia, a la vez que siente entusiasmo por el sobrio entorno de rigor que impregna la corte castellana, tan austera como su propio temperamento. Vence a los comuneros y aprende rápido, no solo el hablar fluido en castellano, sino, como hombre piadoso que es, a rezar en la que llamará lengua de los ángeles. Reinará finalmente a medias con Juana, su madre viuda, recluida en el castillo de Tordesillas hasta su muerte como La Loca. Apenas dos años más tarde, Carlos V habíase convertido en el primer entusiasta del reino, cuya capital va a fijar en el Toledo visigodo y mozárabe. Sus cortesanos autóctonos, antaño levantiscos, habíalos sabido ganar no solo para su causa doméstica, sino también para la universal.

 

Figura 2. Toledo con su Alcázar de fondo. Fuente: shutterstock.

 

 

En contra del parecer de sus consejeros, sigue con vivo interés la propuesta del equipo portugués de Fernando de Magallanes, un veterano navegante del Índico, el sureste asiático y las Molucas desde 1505, que le sugiere llegar a La Especiería navegando al Oeste. Su convicción de hallar el paso interoceánico por el Sur continental americano, parece firme. Tan firme como hermético el secretismo sobre sus fuentes informativas. Solo alcanzan los consejeros reales a intuir una cerrada enemistad con el Virrey de la India Alfonso de Albuquerque, hombre de enorme prestigio y máxima autoridad lusa en el lejano Oriente, secundada por la indiferencia de Manuel I, su rey, que ha declinado esa idea de llegar a las Molucas por el Oeste español. Ambas situaciones adversas decidirán la naturalización española del hidalgo portugués. Al mando de una flota de cinco naves con víveres y bastimentos, va a partir de Sanlúcar de Barrameda en 1519 con 270 hombres a bordo. Dadme una flota y os demostraré cómo se puede dar la vuelta al mundo navegando hacia el oeste, le ha dicho al joven Carlos. Y ahí tiene la flota requerida para sincerar su divagación geográfica y llegar a las islas Molucas.  El Malucco o Maluku de los malayos, repartido en cuatro reinos (Ternate, Tidore, Gilolo y Bachan) islamizados durante el siglo anterior, y en poder ya del católico Portugal al menos uno de ellos.

 

La desconfianza entre los capitanes y pilotos españoles y el autoritario cuanto prestigiado marino portugués, brota temprano y es ya un hecho relevante a su paso por Tenerife. Cuatro meses más tarde llegarán al Mar de Solís, convencidos de que este dilatado mar es la embocadura del paso buscado. Las anotaciones, mapas y cartas náuticas que aquel piloto mayor legará, iban a serle de gran utilidad. Un diario de a bordo anota que la tierra es arenosa y en derecho del cabo hay una montaña como un sombrero, a la cual pusimos el nombre de Monte Vidio (hoy Montevideo) y en medio de él y del cabo Santa María hay un río que se llama de los Patos… Aquí es donde Solís, que, como nosotros, iba al descubrimiento de tierras nuevas, fue comido por los caníbales, anotará el bachiller Pigafetta en el suyo. Ante la amplitud del estuario, los expedicionarios dividirán sus cometidos: mientras dos naves buscan abrigo de base arenosa para calafatear y limpiar fondos, las otras tres profundizan el horizonte pensando haber hallado el paso, según la otra cartografía que con nadie comparte el Capitán General. Tres semanas más tarde, desencantados de la gran ensenada de agua dulce que les tiene engañados, se reunirán con las naos carenadas para proseguir su búsqueda rumbo al Sur, dejando atrás toda referencia de nautas precedentes. Pronto verán aparecer las primeras focas y pingüinos en aquella sucesión de playas desoladas, frío progresivo y terral helador. El hermetismo continuado del Capitán de la flota, iba a provocar la rebelión en tres de sus cinco capitanes de nave. Magallanes resolverá el conflicto de forma autoritaria, no exenta de astucia y crueldad, abandonando en aquellos riscos a los principales encartados. Desgranará el laberinto de fiordos que le abocan al mayor piélago conocido, y a él se abandona tomándolo por pacífico. Con Magallanes muerto en las Filipinas, Juan Sebastián Elcano con otras diecisiete sombras espectrales a bordo, lograría retornar a Sevilla.  Su nao Victoria, atestada de clavo y nuez moscada, Índico avante, remataba su gesta circunvalatoria tres años más tarde.

 

Pese a su elevada mortandad y la pérdida de cuatro naves, la expedición había resultado un gran éxito económico, además del logro científico y consabido prestigio para la plenitud de Carlos V, recién coronado Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. No iba a pasar mucho tiempo sin que otra expedición dirigida por el Comendador de la Orden de Malta García Jofre de Loaysa como Capitán General y Juan Sebastián Elcano como segundo, piloto mayor y guía de la flota, emprenda desde La Coruña una nueva expedición a las Molucas (1525). Esta vez para conquistar las islas y arrancarlas de manos portuguesas, por entender que caen en el hemisferio español limitado por el antimeridiano de Tordesillas de 1494. Siete naves bien artilladas, repletas de bastimentos y enseres, emprenden la ruta del Pacífico, con 450 hombres de marinería y guerra tras las huellas de Magallanes.  Es mucha la ilusión que el Emperador ha cifrado en esta campaña, que pretende ser la primera de una serie focalizada en el puerto de La Coruña, donde se crea una Casa de Contratación de la Especiería, a imagen y semejanza de la sevillana. Pero el escorbuto y el Pacífico los engullirá a todos. Media docena de supervivientes lograrán ser repatriados en naves portuguesas desde Tidore, cárcel a sentina, sentina a puerto, puerto a cárcel y vuelta a empezar, desgranando de esta guisa las múltiples factorías lusitanas del Índico y el Atlántico hasta Lisboa. Un joven Urdaneta que habría de dar gran servicio a la Corona, se encontraba entre ellos. Bien es cierto que la investigación actual progresa atando cabos, y en los últimos años se estudian los restos de un galeón español del siglo XVI aparecidos en la costa Este de Australia, que parecen corresponder al perdido San Lesmes, legendario galeón errante de aquella flota perdida de LoaysaElcano, cuyos sobrevivientes se sospecha ultimados en un fortuito encuentro con exploradores portugueses.                          

 

Estas primeras expediciones al hemisferio Sur, testificaron ante la Casa de Contratación de Sevilla la existencia de encalmadas en las franjas tropicales del Atlántico, con altas presiones, anticiclones y días sofocantes de un sol inmisericorde, donde el andar medio de las naves no llegaba al medio nudo. Casi un mes les costaba atravesar aquellas ciento cincuenta leguas malditas, que, andando el tiempo, iban a ser conocidas como latitud de los caballos, por tener que arrojar muchas veces los equinos al mar, cuyo alto consumo de agua ponía en riesgo el resto de la vida a bordo. Hoy sabemos que los navegantes que pasaban a guiarse por la Cruz del Sur, experimentaban en propias carnes la anomalía meteorológica de atravesar una doble línea ecuatorial energéticamente fosilizada por las calmas chichas. En ella convergían los alisios hemisféricos del NE y los del SE con sus respectivos cinturones de tormentas y encalmadas, presiones bajas y altas, cumulonimbos de feroces aguaceros y tórridos días de cielo azul. Donde el aire ligero y cálido del ecuador crea bajas presiones inestables, mientras asciende en nubes de desarrollo vertical cargadas de agua que la sueltan  en forma de chubascos o palos de agua. Aire que, ya frío y seco, desciende más tarde diáfano sobre cada hemisferio 30º más al Norte y al Sur, dando lugar a verdaderos cinturones de altas presiones y eternas encalmadas bajo un sol de justicia. Era esta la doble franja que los colonos temían, donde se ponía a prueba la supervivencia de los ganados que llevaban de la península al cono sur americano. Esta franja maldita, limitada por los paralelos 30 Norte y Sur, pasaría a la historia de la navegación como latitud de los caballos.

 

Pasada esta latitud Sur pero no muy lejos del africano Golfo de Guinea, la expedición LoaysaElcano, con los nuevos alisios del sudeste, había enrumbado decididamente hacia las costas brasileñas de la Bahía de Todos los Santos (S. Salvador de Bahía), donde debía detenerse 20 días para esperar a los rezagados. Allí tuvieron los expedicionarios noticia sobre ciertos metales preciosos hallados tierra adentro por la expedición de Alejo García. Pasado el plazo de espera, dejaron en sitio visible ‘una gran cruz de madera’, en cuya base quedaba enterrada una olla con instrucciones. Esta tradicional costumbre ibérica la repetirían en el Río de Santa Cruz de la Patagonia, estuario rústicamente croquizado en su día por Pigafetta, en ruta ya al Estrecho de Magallanes. Conocida la posible existencia de tesoros en el altiplano andino, conservaron la noticia, pero no detuvieron su marcha. Serían estos sus puntos de contacto más próximos al estuario del Plata. En la lejanía de estribor al longo de la costa faciendo camino al sudoeste, quedaría el estuario del Plata, antes que las deserciones y su dispersión pacífica anonadasen la empresa del Emperador.

 

Un año más tarde será Sebastián Caboto, otro piloto mayor de la Casa de Contratación de Sevilla, quien parta en pos de La Especiería en nueva expedición auspiciada por Carlos V.  Con más de trescientos hombres en tres naos y una carabela bien pertrechadas de vitualles y rescates, se hace a la mar en Sanlúcar de Barrameda en 1526. Hará escala en el enclave brasileño de Pernambuco, donde las autoridades portuguesas le hablan de las andanzas del portugués García en el Alto Perú, su contacto andino y la ensoñación de un cerro de plata, un Rey Blanco que lo señorea todo, y otras patrañas de mentidero portuario. Posiblemente informado ya en Sevilla, el piloto veneciano trataba de acopiar nuevos datos sobre el Mar de Solís, nombrado ya como Mar de la Plata por un imaginario popular preso de las ensoñaciones potosinas que por doquier brotaban. Informado por los pernambucanos, tomará rumbo a isla Santa Catalina donde perviven aun náufragos de Solís, que acabarán por inundar su caletre de tesoros andinos, no sin incorporarse alguno de ellos a la expedición Caboto. Decidido a incursionar por el gran río, se enfrentará a sus oficiales tras exponerles su nuevo destino, ajeno a la voluntad del Emperador. El veneciano los mandará apresar para abandonarlos posteriormente en la isla.

 

La primera aproximación a su objetivo tendrá el cabo de Santa María (hoy Punta del Este) como referencia costera de la ribera norte del Mar de la Plata. Allí construirá un bergantín aprovechando el bajo calado de su playa mansa, con el que piensa navegar sobre los mutantes bajíos aluvionales que, como lotos inermes, reparte y sedimenta a su antojo el poderoso flujo del Paraná. Fruto de sus incursiones será el puerto de San Lázaro, primer asentamiento y fondeadero español en tierra uruguaya. Enclave hecho de chozas de madera y caña que circunda con sólida palizada, para vigilar naos y riesgos. Allí aparecerá el exgrumete Francisco del Puerto, superviviente de la masacre de Solís, que ha vivido estos años entre los caníbales que entonces le raptaran. Caboto le admitirá como guía e interprete de su hueste, y desde San Lázaro llevará a cabo exploraciones fluviales por los ríos Paraná, Paraguay y afluentes, en cuyas riberas irá dejando Fuertes estratégicos con guarniciones de indios amigos bajo regidor europeo. Por el Paraguay navegará hasta el Pilcomayo en tierras de la actual nación que lleva su nombre, y en una confluencia del Paraná fundará Spiritu Sancto, un fuerte de maderos con su terraplén, dos torreones y baluarte bien cubiertos, el primer asentamiento español en tierras argentinas al que se suman no pocas féminas indígenas. La última novedad aparecida en el horizonte es siempre objeto del deseo femenino. Y con doble motivo nos dirá el historiador López de Gómara  que es tierra fertilísima, ca (sic) Sebastián Caboto sembró cincuenta y dos granos de trigo en septiembre y cogió cincuenta mil en diciembre, además del nacimiento de los primeros mestizos rioplatenses que la historia nos refiere.

 

Figura 3. El Paraná-Guazú, Mar Dulce de Solis o Mar de la Plata

 

 

Miguel Ig. Lomba P

Me llamo Miguel, y me encanta investigar/escribir sobre cultura. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de York, actualmente me encuentro en Noruega, tierra de vikingos, escribiendo sobre la historia de los antigüos territorios de Ultramar de la Corona española. Las relaciones entre América y Europa son relevantes para mi futura tesina de Postgraduado, futuro PhD (doctorado). Cualquier duda/pregunta no dudes en contactarme a: admin@mapasilustrados.com ⚓

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