Contexto Histórico de Buenos Aires – II

Figura 4. Interpretación histórica de Buenos Aires ca. 1647. Fuente: acuarela propia.

 

La expedición de Diego García de Moguer, exmaestre de Solís, va a coincidir con Caboto en la embocadura fluvial del Paraná, ante la sorpresa de ambos. El piloto onubense ha partido de La Coruña, auspiciado por la Casa de Contratación de la Especiería creada por Carlos V, con el fin primordial de buscar a los marinos represaliados por Magallanes, abandonados en tierras de la Patagonia. Componen su expedición una carabela y un patache con un bergantín despiezado a bordo, a la espera de ser oportunamente montado en aguas poco profundas. Ese momento llegará en la isla de San Gabriel junto a la ribera oriental del estuario del Plata, en cuya playa sus carpinteros arman aquella nave mixta de dos mástiles y remos. Ambos capitanes decidirán seguir juntos la exploración, no sin antes enviar un comisionado a España para dilucidar ante la Corona su estado y respectivos derechos. La profundización hacia el oeste siguiendo los cursos fluviales subsidiarios de los ríos ParanáParaguay, no hacen sino corroborar otras versiones de la incursión de Alejo García, trasmitidas por los indígenas. Pero la inexistencia de hallazgos mineros próximos, la destrucción de Spiritu Sancto por los guaraníes, y el mal estado de las naves, acabarían por decidir el regreso escalonado de ambas expediciones.

 

Sebastián Caboto y Diego García de Moguer regresarán a España en 1530 y 1537 respectivamente, llevando consigo exacerbada la leyenda del cerro de plata andino y el nombre de La Plata para aquel Mar de Solís que habíala incubado. En su Juicio de Residencia, Caboto sería condenado al destierro en la norteafricana Orán (actual Argelia), española a la sazón, al ser hallado culpable de abandonar un mandato real y cambiarlo por otra iniciativa personal. Perdonado por el César un año después, regresará a Sevilla de nuevo como piloto mayor de la Casa de Contratación durante algunos años. Diego García se enrolaría como piloto en las exploraciones portuguesas del Océano Índico, descubriendo la primera isla del archipiélago de Chagos (Sur de las Maldivas) que hoy lleva todavía su nombre. En todo caso, la semilla legendaria del Mar de la Plata, había ya prendido en los medios marineros andaluces y en la voluntad de Carlos V, que no iban a olvidar aquel nombre ni aquel mar.

 

De Sevilla parte en 1535 al mando y costa del Adelantado Pedro de Mendoza, gentilhombre de la casa del Emperador, una numerosa expedición de 16 naves y dos mil doscientos conquistadores y colonos con aperos, ganado, animales domésticos y semillas. Desde su posición de Capitán General y partícipe en las campañas de Alemania e Italia, Mendoza era hombre de amplio contacto social con méritos propios, además de caballero de la Orden de Santiago y miembro de una de las estirpes nobles más afines a Carlos V. Poseedor de gran fortuna y capaz de incorporar a su causa gente de la nobleza e hidalgos que se ofrecían al Adelantado con cuanto tenían, capitanes de los tercios itálicos y flamencos, lo fue también para contar con centenares de extranjeros, inversionistas algunos, artesanos y maestros profesionales otros, simples colonos los más, catorce monjes jerónimos y otros pocos mercedarios, un médico y… a Jacobo Welser, el banquero augsburgués de la Corona, originario de Nuremberg, que le fleta una nave de guarda con una compañía de lansquenetes a bordo. Únase a ello que contaba con una licencia para embarcar 200 bozales que comprará en Nueva Guinea. Se trataba de una de las expediciones más numerosas y bien dotadas del siglo XVI.

 

Conocido ya su camino por mar, llevaba el Adelantado órdenes de buscar por tierra otro acceso al Océano Pacífico, además de poblar aquellas tierras. Ya en el Mar de la Plata, observa en la ribera norte  frecuentes movimientos de charrúas, razón que le impulsa a establecerse en su ribera Sur de temperamento húmedo y benigno, en la margen izquierda de lo que más tarde sería conocido como Riachuelo de los navíos. Con el nombre de Santa María del Buen Aire, virgen marinera venerada en la capilla de la Casa de Contratación como patrona tutelar de los mareantes de Sevilla, fundará allí un fuerte a base de muro de tierra y empalizada, protector de una puebla de barro y paja y futura capital de una provincia llegada más tarde a Virreinato. Su horizonte terrestre, una llanura de pastos amarillos y duros, tierra hirsuta, tierra maligna… diría de su entorno Enrique Larreta, antepasado bonaerense de mi familia, que tanto la sentía y llegara a cantarla como aldea, la del presidente Rosas, la de los virreyes…  toque más, toque menos…  En aquel habitáculo iban a padecer los colonos años de estrechez y enfrentamiento con indígenas nómadas, cazadores y pescadores, los pampeanos querandíes agresivos y contumaces, habitantes de aquel inmenso llano ayuno de vegetación arbórea, de mucha caza de venados, avestruces y gran copia de perdices, reino del pajonal, la jarilla y el cardo. Corren desde el Cabo Blanco hasta el Río de las Conchas, cinco leguas arriba de Buenos Aires… y toman otras 60 tierra adentro, nos diría de ellos el historiador asunceno Ruy Díaz de Guzmán. Eran indios que no se arredraban ante los extraños jinetes venidos del mar, ni huían del centauro invasor, al que diestramente abatían como simple caza de guanacos, zumbando arrojadizas bolas enlazadas para trabarles las patas,  gripar su trotada y ensartarlos a lanza en tierra.

 

Tras algunos días de convivencia y trueque de baratijas por viandas, una animadversión súbita de los naturales vino a sorprender a los españoles. Llegada su comisión al lugar convenido para el intercambio, iba a ser atacada por una ululante partida de caras pintadas para la guerra, con mucha flechería, dardos, macanas y bolas arrojadizas. La reacción española no se hizo esperar. Con cargas de la compañía de lansquenetes y 30 hombres a caballo dirigidos por tres capitanes, iba a producir una elevada mortandad entre los indios, pero también a sufrir una enorme cantidad de bajas cristianas, próxima a la mitad de sus hombres de a pie y cinco de a caballo, entre ellos Diego de Mendoza, Almirante de la Armada y hermano mayor del Adelantado, que recibió fuerte golpe de una bola en el pecho, y cayó rematado junto con sus dos sobrinos. A partir de este brote de xenofobia indígena, secundado con inopinados y consecutivos asedios e incendios de la recién creada puebla, la miseria y el hambre iban a ser una constante en la vida de sus moradores. Tribus flecheras pampeanas de rostros, temperamentos, gritos y ornatos diferentes, se turnaban de refresco en un acoso de pesadilla. Los estrategas españoles jamás habían considerado un cerco tan prolongado y carecían por ello de los víveres necesarios para afrontarlo. Pero desconocedores del arte de navegar, al igual que sus vecinos charrúas, aquellos querandíes no representaban amenaza para las naves fondeadas en el Riachuelo, a resguardo de sus flechas incendiarias. Tan acomodado y seguro que, metidos dentro de él los navíos, no siendo muy grandes, pueden estar sin amarrar con tanta seguridad como si estuvieran en una caja, nos dice Díaz de Guzmán. Por orden del Adelantado, el capitán Gonzalo de Mendoza, aprovechando el silente terral nocturno, logrará hacerse a la vela rumbo a la costa de Brasil en busca de alimentos. Paralelamente el alguacil mayor Juan de Ayolas, aprovechará un quicio ofensivo indígena para alejar el riesgo de ataque a su retaguardia fluvial y navegar, Paraná arriba, con doscientos hombres, dos bergantines y una barca en busca de alimentos, alternando remo, pértiga y sirga. A su regreso, en el plazo establecido de cuarenta días, trae viandas y abundante maíz, en tanto una segunda misión repobladora se prepara para remontar el río más allá del antiguo establecimiento de Caboto. Fundaría  dos fuertes ribereños de nombre Corpus Christi y Candelaria, éste último adentrado ya en el río Paraguay. Una tercera incursión fluvial, comandada por el propio Adelantado fundará el puerto de Buena Esperanza, cercano al primero de ellos, pero en dársena de mejor gobierno.

 

Mendoza había dejado atrás su fundación, guarecida por 600 hombres, con intención de seguir su misión descubridora y pobladora en ruta hacia el mítico cerro de plata cantado por el portugués García; pero la enfermedad le obligará a regresar, postrado, a su capital. Allí encuentra a su gente tan acabada y flaca de hambre, que se temía no quedase ninguna de toda ella con vida… situación que vino a resolverse momentáneamente con la llegada de Gonzalo de Mendoza, que venía del Brasil con la nao muy bien provista de víveres… acompañado de dos navíos con cinco sobrevivientes de Caboto, sus mujeres e hijos mestizos, además de otros indios que voluntariamente se añadieron a la comitiva bonaerense. El Adelantado había dejado transferido su mando a Juan de Ayolas, caudillo indiscutido de la hueste, quien a su vez dejará el fuerte de Candelaria bajo la autoridad del capitán Domingo Martínez de Irala, antes de proseguir su periplo andino. El Adelantado, enfermo crónico y tullido, iba a permanecer en su lecho de columnas y baldaquino los últimos meses de su estancia en tierra firme. Enviará al capitán Juan de Salazar y Espinoza y al propio Gonzalo de Mendoza  en dos naves río arriba, con ciento cuarenta hombres  en apoyo de su segundo Ayolas, que sabe perdido y sin rastro en el Chaco. Salazar fundará la fortaleza de Santa María de la Asunción (origen de la Asunción, futura capital del Paraguay)  en la desembocadura del Pilcomayo, donde quedará Gonzalo de Mendoza en una casa-fuerte con palizada y 60 soldados, que, dada su posición privilegiada, iba a convertirse en la base española de la empresa guaraní.

 

Ni Irala ni Salazar, salidos por separado en pos de Ayolas, reforzadas sus huestes con una intendencia de indios cazadores, iban a dar con el paradero del capitán burgalés. Su expedición había sido masacrada por tribus salvajes y Martínez de Irala hubo de escucharlo, ahogado de sentimiento, de labios indios que gritaban para ser atendidos entre los demás cautivos de la campaña. En perfecto español, un joven indígena le dijo:

 

                Yo, señor, soy un indio natural de los llanos… trájome de mi pueblo como su criado, el desventurado Juan de Ayolas cuando por allí pasó; púsome por nombre Gonzalo, y siguiendo su jornada… vino a parar a este río, donde a traición y con engaño le mataron estos indios payaguaes con todos los españoles que traía en su compañía…   

 

Rodrigo de Cepeda, hermano dilecto de la gran mística Teresa de Ávila, hallado más tarde como único superviviente de aquella satrapía, será quien regrese a Buenos Aires para informarle a Mendoza del infortunio, luego de haber vagado milagrosamente por tremedales sin fin, plagados de insectos y sierpes. Meses después y lejano emocionalmente de aquellas jornadas exploratorias, el Adelantado moriría en su regreso a Sevilla de la sífilis contraída durante su campaña de Nápoles. Con el protocolo de rigor, su cadáver sería arrojado por la borda en pleno Atlántico. Martínez de Irala quedaba en Asunción como Capitán General interino.            

 

Semanas después de la marcha del Adelantado llegó una nave genovesa repleta de mercaderías, pero rebotada del estrecho de Magallanes y frustrado su intento de comerciar en El Callao. Habiendo embocado por el Estrecho, navegaron hasta avistar el Mar del Sur, en tiempos que las aguas corrían al Norte, con tanta furia, que no pudieron romper, y fueron forzados a retroceder. Conocedores de que en el Río de la Plata habían poblado los españoles, costeando la tierra… y enjutos de hambres, llegaron a este puerto con no poco peligro, nos dice Díaz de Guzmán. La infeliz entrada de la nave italiana en el Riachuelo, con un toque de fondo en su bocana, causole una vía de agua  con pérdida notable de mercancía, aunque no de hombres. Lo cual vino a incrementar la necesidad y la penuria  de la gente que les recibía expectantes en el puerto, esperando ver llegar milagrosas viandas.                       

     

Apenas unos meses después (1540) los consecutivos asedios indígenas, tenían diezmados y exhaustos a los bonaerenses y  genoveses de última hora, exterminadas las perdices del inmediato contorno y devorados sus cerdos, gallinas y aún los perros y gatos hogareños. Irala les conminará a destruir la puebla y el fuerte, y a que todo lo abandonen, orgullo, ganado y haberes, para tratar de sobrevivir en Santa María de la Asunción del Paraguay, cuyos guaraníes comarcanos convivían establemente con los colonos. Estabilidad concertada, no ajena sin duda a las múltiples sirvientas y barraganas con que los conquistadores nutrían sus apetitos domésticos. Eran estos guaraníes (emparentados con los pampeanos querandíes), gentes de selvas y de grandes ríos, consumados cazadores, crueles y sanguinarios, diestros flecheros y lanzadores de bolas, de míseros ranchos fácilmente mudables, nos advierte López de Gómara. Pero aquel éxodo bíblico hacia sus tierras iba a llegar a límites denodados.

                   Figura 5: Primera fundación de Buenos Aires. Mendoza 1535                              

                

Huían los hombres de Mendoza de la feroz hambruna, donde las ratas y serpientes, sapos, cueros de calzado y serrines teníanlo por alimento desesperado. Hubo incluso condenados por antropofagia de sedicentes ahorcados.

 

                    Y estaban los hombres en tanta flaqueza, que todos los trabajos cargaban de las pobres mujeres, ansí en lavarles las ropas como en curarles… alimpiarlos (sic), hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas… dar arma por el campo a voces, sargenteando y poniendo orden… y como las mujeres nos sustentábamos con poca comida, no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres…   

 

Esto es lo que narra epistolarmente a la reina madre Juana, Isabel de Guevara, una de aquellas recias mujeres que acompañaron a sus hombres en la conquista, daga en mano y estoque al cinto. El papel de ellas fué clave. Pero el éxodo hacia el Paraguay, no sería menos doloroso…

 

             río arriba, así flacos como estaban los pocos que quedaban vivos… las fatigadas mujeres los curaban y los mimaban y les guisaban la comida, trayendo leña a cuestas de fuera del navío y animándoles con palabras varoniles que no se dejasen morir, que pronto darían en tierra  de comida, metiéndolos a cuestas en los bergantines con tanto amor como si fueran sus propios hijos…  y como llegamos a una generación de indios que se llamaban “timbúes”, señores de mucho pescado, de nuevo les servíamos en buscarles modos de guisarlo… y se lo tomaban ellas tan a pecho, que se tenía por afrentada la que menos hacía que otra, sirviendo de marear la vela y gobernar el navío, sondar de proa y tomar el remo al soldado que ya no podía bogar… cuando caía el terral  y el flácido trapo del bergantín no alcanzaba a portar la nave.

 

 

Pero… ¡qué lejos quedaban aquellos sueños de las Capitulaciones de Mendoza! , donde se hablaba de todos los tesoros que se ganaren, ya fueran metales, oro y plata, piedras preciosas, joyas y perlas que se oviesen… que en caso de conquistar algún imperio opulento… sacando primeramente nuestro quinto… eran ya solo palabras secas, como hojas de otoño.

 

En 1541 llega al Paraná un nuevo Adelantado in péctore, hombre curtido en el andariego peregrinar por tierras americanas del norte, con más de 10.000 km a sus espaldas. El jerezano Álvar Núñez Cabeza de Vaca, partido de Cádiz con una importante flota y tras cruzar las encalmadas tórridas del ecuador, desembarca por mal tiempo en la isla de Santa Catalina (costera de la región brasileña Santa Catarina, perteneciente entonces a la Gobernación de Paraguay), donde era fama que había náufragos españoles. Allí pasó revista a su gente y halló que traía setecientos hombres con la gente de mar, y veinte caballos salvados de las latitudes malditas. Trabado contacto con dos desertores huidos del Buenos Aires famélico, serán quienes le ponen en antecedentes de la grave situación porteña, lo que le inclina a dividir la expedición. El grueso de los colonos y el ganado los conducirá él mismo por tierra hacia Santa María de la Asunción, en tanto que la gente de mar, alguna otra impedida, unas pocas mujeres hidalgas y los bastimentos más pesados, seguirán por mar hasta Buenos Aires. En su Riachuelo fondearía el grueso de la flota, excepto dos naves grandes que hubieron de hacerlo en la isla de San Gabriel.   

 

Por tierras desconocidas del Paraná y su afluente Iguazú, ámbito de rápidos, grandes remolinos, borbollones y cataratas, cuyo ruido se percibía a ocho leguas, y su vapor como una nube blanquísima…  a mas de seis…, alcanzaría Cabeza de Vaca al año siguiente el enclave ribereño del Pilcomayo con muy pocas pérdidas de hombres y ganados. Con quinientos hombres y sus veinte caballos, portaba por aquellos pantanales de laberínticos lagos y ríos, un ingenio de fragua y sus implementos, además de dieciséis quintales de hierro en lingotes, repartidos entre los soldados a cuatro libras cada uno, para poder labrar rescates. Conocedor del alma india y su idiosincrasia a lo largo de pueblos y tribus de Florida, Misisipi, Luisiana, Texas, Nuevo México, Colorado, California, Arizona, Sonora y Jalisco, quien iba como tesorero de la expedición de Pánfilo de Narváez, hubo de sobrevivir durante diez años como esclavo, peregrino, brujo, médico, adivinador, curandero, profeta… aguzando el ingenio en medio de una sombra neolítica que vino a cubrir su camino vital. Allí donde ahora hacían mansión por algunos días, tornaban a montar la fragua para proveerse de rescates y atraer a los naturales a que hiciesen como los que traía el Adelantado consigo, que le acompañaron y ayudaron en aquel viaje, a quienes despidió con agrado, y ellos se volvieron contentos a su tierra… nos cuenta su biznieto Díaz de Guzmán. Con toda la parafernalia de chispas, soplidos de fuelles, fierros al rojo cereza, tenazas, repicar de martillos y yunques o el crepitar vaporizado del agua al templar, los capitanes y sus lenguas indígenas, trasmitían entre aspavientos cuanto contemplaban fijamente aquellos rostros pasmados. Venía luego el trueque de viandas al que masivamente concurrían los comarcanos con sus mejores frutos y hierbas. Cuñas, escoplos, cuchillos, anzuelos, hachas, argollas, hebillas, tijeras, clavos, agujas… salidas de la fragua, eran admiradas luego por sus dueños como una joya mágica, que miraban y remiraban entre sus manos. Y en la siguiente parada, mansión de algún calvero propicio, se repetía idéntico montaje con público análogo.

 

Informado por los naturales del lugar donde asentaban los españoles de Asunción, enviará en canoas río abajo a los enfermos e impedidos de la expedición guiados por indios amigos, a la vez que remite cartas de aviso a su llegada. Para entonces llevaba corridas más de 400 leguas, sin haber perdido uno solo de sus hombres. En la capitalina Asunción, elevada por Carlos V de su categoría de Fuerte fundado por Salazar a Muy noble y leal ciudad actual, iba a presentar sus credenciales al capitán Martínez de Irala. Como nuevo Adelantado, le encargará proseguir su campaña de acceso hacia el Pacífico, lo que acometerá el vergarés por la región de Chiquitos hasta el altiplano andino, y dar finalmente con el cerro de la plata y el lago Titicaca. Reafirmaba con ello el descubrimiento de Alejo García que tal vez Juan de Ayolas pudo comprobar, pero que, muertos ambos a su regreso al Paraná, nunca pudieron proclamar aquella verdad. El vergarés Irala, conocido desde entonces como capitán Vergara, sobrevivirá para contarlo, y dejar constancia de que aquellas tierras estaban ya ocupadas por otros españoles provenientes del Perú. Habían llegado tarde.

 

En cuatro bergantines, seis barcas, veinte balsas y más de 200 canoas, Cabeza de Vaca seguirá Paraguay arriba explorando más de 250 leguas del curso del río y cauces subsidiarios. Con cuatrocientos soldados, algunos caballos y no pocos indios amigos, irá fijando, de acuerdo a lo capitulado, núcleos de españoles y servidores guaraníes en procura amigable con los indígenas del contorno. Enterado de la existencia del hijo del portugués Alejo García secuestrado en poder del cacique Tabaré, asesino de su padre, enviará mensajeros para negociar su rescate. Pero son brutalmente tratados y muertos, dejando un superviviente para volver a contarlo. Así cumplimos lo que ese capitán nos manda; y si los españoles se sienten agraviados, que vengan a satisfacerse, que aquí los esperamos en este pueblo, fue su insolente respuesta. Trescientos soldados y varios cientos de indios flecheros, caerán sobre aquellos indígenas acantonados tras recias empalizadas, pero cientos de enemigos nuevos irán apareciendo por su retaguardia boscosa al caer la noche. La mortandad de la celada sería enorme. Los soldados españoles con dos castilletes sobre ruedas, tejidos de varas y cañas con sus troneras, cuya altura sobrepasaba la palizada indígena, iban a estragarlos pese a sus lentos arcabuces de avancarga. Los flecheros aliados les cubrían eficazmente sus espaldas, hasta lograr desbandar la periferia, en tanto aplastaban los asaltantes el núcleo duro. Con esto vinieron los  demás pueblos a dar su obediencia al Rey.

 

Pese al triunfo de las armas y el conseguido respeto de los guaraníes comarcanos, iban a surgir notables diferencias entre el Adelantado y el grupo de encomenderos y funcionarios reales que controlaban el poder establecido. Cabeza de Vaca pretenderá repoblar Buenos Aires con gentes e indios encomendados como enlace verosímil entre la selvática Asunción y la metrópoli, a la vez que publicar las consiguientes ‘ordenanzas del buen trato al indio’, hacer cumplir la Nuevas Leyes de Indias y poner coto al paraíso de Mahoma, huríes indígenas incluidas, en que habíase convertido aquel rincón selvático del Imperio. Nuevamente se repetía en el Paraguay un fenómeno social observado por los cronistas de Indias en las féminas de Indias. La actitud de la mayoría era de apasionada entrega tanto en la guerra como en el lecho, fenómeno observado igualmente en el Brasil de los portugueses. Muchas indígenas jóvenes y no tan jóvenes, abandonaban sus familias e hijos y se unían espontáneamente a los españoles. 

 

Cabeza de Vaca llegará a escribir que las «mujeres guaraníes» consideran grande afrenta, negárselo a quien se lo pide, en tanto que para Américo Vespucio, en la costa brasileña era inversa tal demanda, que nos solicitaban con tanta inoportunidad que apenas podíamos resistirlas… Si en su entorno natural las mujeres guaraníes eran despegadas de sus hijos y ajenas a los celos, en el contexto español se volvían solícitas y amables compañeras y madres. Ser fecundadas por españoles era seguramente un tesoro que sabían guardar en su vientre, además de un seguro de vida para los inciertos años venideros. No cabía la práctica abortiva con cualquiera de las muchas pócimas herbáceas que su cultura poseía. Acá, algunos tienen setenta mujeres, si no es algún pobre, no hay quien baje de cinco a seis, la mayor parte de quince y de veinte, de treinta y de cuarenta… se quejaba por aquellos años ante Carlos V el desbordado cura-párroco de Asunción.  A ello debía contribuir el acceder a una escala social que añoraban, junto a la ventaja comparativa que el mundo cristiano brindaba a la mujer; pero sobre todo, frente a la apatía displicente del varón indio. Bullía en sus senos la pasión y sutileza del trato hispano, presto a echar mano de una guitarra para desbordar su vitalismo en una escala cromática que embelesaba a las hembras guaraníes. Eran mujeres de una etnia que preciaba su música pentafónica como manjar exquisito, pero que, a los primeros rasgueos cromáticos, apegaba el oído al corro silente que escuchaba al mágico trovador que repartía sus acordes. Los guaraníes, habían sorprendido ya a los primeros conquistadores  por su aptitud musical. Más tarde en las reducciones jesuitas donde era la música enseñanza troncal, el flamenco Padre Charlevoix opinaría que “casi se podría decir que son cantores por naturaleza, como los pájaros” en tanto que para el alemán Padre Antonio Sepp aseveraba que, “son por naturaleza como hechos para la música; aprenden a tocar con sorprendente facilidad y destreza toda clase de instrumentos, y eso en muy poco tiempo

Figura 6. Evolución de vihuela española primitiva

 

La guitarra hispánica ha hecho florecer en nuestra América formas características como la vidalita argentina, la cueca chilena, la guajira cubana, el corrido mexicano… dice Salvador de Madariaga respaldando esa faceta que arranca y hace piña en torno a cuatro órdenes más una cuerda vibrantes…  que brota siempre de un ánimo alegre. Los Romances, esas manifestaciones orales de una vida compartida durante generaciones, esa intrahistoria del pueblo español, estaban tan presentes a la memoria de todos, que sus versos fluían a cada paso en la conversación ordinaria…  y en las alegrías de grupo… como elementos fraseológicos del idioma, nos recuerda Ramón Menéndez Pidal. Por toda la América, desde Nuevo México a la Patagonia, su difusión fue tan abundante, que en estas regiones extremas… se conservan acaso mejores versiones que en el centro de la Península… Eran aromas y decires de sus lejanos campos, esquejes arraigados de tronco añejo, que iban germinando en tierras vírgenes de un mundo nuevo. Y que años avante vibrarían en seis cuerdas de vihuela gaucha, pulsadas por cualquier ave solitaria que con el cantar se consuela…

 

Figura 6a. Vihuela – guitarra renacentista s. XVI

 

En  contra de la opinión del Adelantado y su repoblación de Buenos Aires, Irala, un campeón del serrallo asunceno, era partidario de profundizar su contacto con los españoles del Perú y sus ricas minas, a fin de convertirse en una suerte de integración provincial del Virreinato que tenía por capital a Lima, la Ciudad de los Reyes. Y los colonos, a su vez, rehuían repoblar las áreas alejadas de Asunción en orden a su seguridad propia y la de sus familias cargadas de pequeños mestizos, moneda preciada para el secuestro indígena. Y ello a pesar de fortificar cada núcleo humano con una patrulla militar. Estas desavenencias iban a terminar abruptamente con una conspiración contra el Adelantado, a quien toman preso cuando se hallaba en la cama purgado. Con una ballesta en el pecho hubo de escuchar un rotundo ¡Ríndase o le atravieso con esta jara! …  Tras trece meses de cautiverio, concluida la carabela que había de llevarle a Sevilla, lo  embarcaron encadenado bajo el mando del capitán Salazar (1544). Era un proceso de rebelión paralelo al gonzalista cuzqueño que, dos años más tarde, habría de costarle la cabeza al virrey Núñez de Vela. Tras ser sometido a Juicio de Residencia, Cabeza de Vaca sería nombrado Juez del Tribunal Supremo de Sevilla, y sabemos que murió en Valladolid apelando al Consejo de Indias, con el propósito de ver restablecido su honor, nos dejó dicho el Inca Garcilaso. Sus Naufragios en tierras de la Nueva España, muestran su magnífica prosa castellana, equiparable al mejor Cervantes. Con la muerte en Asunción del gobernador Martínez de Irala (1556), dejaría de hablarse de conquistadores de la región del Plata, para pasar a ser nombrados como pobladores o colonizadores sus herederos. Pero nunca con la acepción decimonónica tomada literalmente de otros idiomas europeos y sus referencias territoriales africanas, o la inglesa relativa a sus Trece Colonias americanas, sino como el castellano lo significaba, ya para entonces, en los miles de documentos del Archivo de Indias, que avala hoy el diccionario RAE. En ellos, colonizar era no otra cosa que poblar, es decir fijar en un terreno la morada de sus cultivadores. Como históricamente se habían colonizado las Encartaciones vizcainas y la frontera del Duero, o se estaba repoblando con cristianos viejos la Alpujarra granadina.

 

Desde la Audiencia de Charcas en el Alto Perú (hoy Bolivia), se replanteaba desde el último tercio del siglo, la necesidad de un acceso atlántico por el Mar de la Plata tal como propusiera cuarenta años atrás el desterrado Cabeza de Vaca. Este cometido iba a ser encomendado a Juan de Garay, ciudadano asunceno recién nombrado Teniente de Gobernador de todas estas provincias (1578), hombre nobilísimo y muy tenido de los indios. Garay había llegado a Lima en la Armada virreinal de Núñez de Vela como muchacho acogido por su familia materna de los Ortiz de Zárate, en la que su tío jurista venía como oidor de la Real Audiencia de Lima. Eran momentos delicados para el Virreinato del Perú (1544), que le impelen a tomar parte decidida por el Virrey frente al bando pizarrista. Descendiente de progenitores orduñeses, su nacimiento había ocurrido en algún lugar mesetario de la imprecisa Vizcaya del siglo XVI, más várdula y cántabra que vascona. Como una inicial avanzada hacia la conexión por mar con la metrópoli, fundará la ciudad de Santa Fe (primera fundación) en la confluencia de los ríos Salado y Paraná (1573). En 1580 comienza en Asunción los preparativos para la refundación de Buenos Aires, con la publicación de requisitos para recabar familias criollas e indígenas, dispuestas a poblar a orillas del Río de la Plata. A la hora de la partida contará con 200 familias guaraníes, 76 grupos familiares de colonos entre los que se contaban 10 españoles peninsulares, además de otros criollos, portugueses, itálicos y centroeuropeos, todos bien proveídos de las semillas que pudieren haber, más una escolta de 40 soldados en mayoría mulatos. El grueso de la expedición irá embarcada en una carabela y dos bergantines, acompañados de embarcaciones menores en funciones de vigilancia, cuido y exploración. Por tierra llevará el ganado mayor y menor, compuesto de reses vacunas, équidos y algunas ovejas churras, que llegarían a destino tres meses más tarde. Desde los primeros momentos de esta nueva fundación, Garay va a plantear una guerra abierta contra los salvajes querandíes que habían arruinado la primera, hasta lograr extrañarlos de aquellos pagos, cuando no su exterminio. Con los colonos criollos y los grupos familiares indios adscritos en régimen de encomienda, tráese por tierra 500 vacas y 1000 caballos, comenta el cronista, pero para su fortuna, iba a encontrar por aquellos páramos copiosa progenie cimarrona de las cinco yeguas y siete caballos abandonados en tiempos de Mendoza.

 

«Son tantos los caballos y yeguas… que tienen ocupados desde el cabo Blanco hasta el fuerte de Caboto, que son más de ochenta leguas… y llegan adentro hasta la cordillera…»

 

…observarán los recién llegados. Pero también eran miles los perros vagabundos y asilvestrados que perseguían y atacaban al ganado cimarrón. Aquellos cánidos eran descendientes de las jaurías cinegéticas, que el Adelantado y su familia habían traído y mantenido para practicar su elitista pasión por la caza, tan abundante en aquellos llanos. Con la desaparición de sus miembros y la marcha de los sobrevivientes, nadie se ocupó de aquella población canina fugitiva que, andando el tiempo, iba a convertirse en peligrosa plaga perruna para hombres y animales de la ciudad y pagos aledaños. Eran muchas las posibilidades de progreso que auguraban los colonos, pero muchos también los trabajos a desarrollar en los primeros tiempos:

 

«Hasta ahora, por ser la tierra tan rasa y llana, no hemos podido tomar ninguno de los caballos ni hemos tenido posibilidad y espacio para hacer corrales… y hemos estado ocupados en edificios y labores y en correr la tierra, porque mientras no la corríamos, venían los naturales de noche a darnos asaltos…»

 

…nos dejaría dicho el fundador. Pero rechazados los indios, ciertos colonos iban a salir a la captura indiscriminada de reses, encorraladas algunas, en potrero libre otras y al amparo de la noche, en una rapiña extendida bajo la falsa conseja de suponerlas un patrimonio común que campeaba en el llano. Contra este exceso, Garay se mostrará implacable:

 

«Mando que ninguna persona de cualquier estado, calidad y condición que sea, así negros como mulatos, indios, mestizos, ni españoles, sean osados a tomar ni hurtar, ni en otra manera llevar los dichos bienes sin expresa licencia y voluntad de sus dueños, so pena de la vida y las demás penas por derecho establecidas… de la misma manera que a los mancebos hijos de la tierra, noctámbulos saltadores de tapias en busca de tálamos ajenos y otros delitos desvergonzados, les advierte: Por cuanto en esta ciudad …  pospuesto el temor de Dios y de la Justicia…  por el presente edicto hay licencia y facultad a todos los vecinos y moradores, estantes y habitantes en esta dicha ciudad, fueren casados o ya no lo sean, que tengan hijas en sus casas y heredades, que puedan matar y maten a cualquiera…  que tomaren en sus casas o en sus corrales…  sin que por ello incurran en pena, porque de esta manera se atajará tanta desvergüenza…»

 

Figura 7: Segunda fundación de Buenos Aires. Parcelamiento de Garay 1583

 

Apartada de la orilla, fuera del posible alcance de cañones piratas por el escaso calado de su ribera, como Gobernador, Justicia Mayor y Alguacil Mayor de todas estas provincias, Garay funda la Ciudad de la Trinidad y Puerto de Buenos Aires, cabildo, rollo, cruz y plano en pergamino de cuero (1580), sustantivando en un epitafio la conjunción de dos fundaciones históricas:

 

Eligida (sic) la tierra, provincia y lugar en que ha de hacerse la nueva poblacióndeclárese el pueblo que se ha de poblar…  si ha de ser villa, ciudad o lugar, y conforme a lo que declare, se forme el concejo… y debaxo de nuestras obediencias se pueble assí de españoles como de indios… a quien se pueda predicar el evangelio, pues este es el principal fin para que mandamos hacer los nuevos descubrimientos y poblaciones…  y en lo poblado se dé asiento y perpetuidad a entrambas repúblicas… 

 

…especificaban las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de Indias promulgadas por Felipe II unos años antes (1573).

 

Elevada del mar unas 156 varas, aquella tierra rasa y llana iba a encontrar en una de sus barrancas que desaguaban al Riachuelo, un lugar propicio para cobijar su puerto. Frente a la ribera ciudadana, quedará el fondeadero, de escaso calado, solo navegable por embarcaciones menores. Se trazará la ciudad según cuadras de 140 varas de lado separadas por calles ortogonales de 11 varas (1 vara = 4 palmos = 0,8360 m), asignando parcelas urbanas a los colonos y conformando el ejido en el extrarradio ciudadano según las Ordenanzas felipinas. En los alrededores de una focal Plaza Mayor, se cuartean las manzanas en cuatro solares de 70×70 varas, en tanto que las periféricas permanecen enterizas. Cada vecino recibirá en suertes un solar céntrico y una manzana periférica que llevan su nombre de propietario inscrito en el plano de la fundación… y que cada uno dellos tenga una casa de diez vacas de vientre, cuatro bueyes o dos bueyes y dos novillos y una yegua de vientre, cinco puercas de vientre y seis gallinas y un gallo, veinte ovejas de vientre de Castilla, y que tengan clérigo que administre los sacramentos… En el damero estipulado, la manzana central se reserva en su mitad Oeste para el replanteo de la Plaza Mayor, y en su mitad Leste, para emplazar el Fuerte, garantía ciudadana contra indios hostiles y piratas. Sin olvidar dos manzanas céntricas que serán reservadas para las órdenes mendicantes de franciscanos y dominicos. A partir de la Plaza Mayor, su rollo de justicia y su cruz, en cuyo ámbito irán asignadas Iglesia Matriz, Cabildo y cárcel, la trama ciudadana irá centrifugando en lentas pero progresivas ocupaciones de colonos, un proceso ordenador progresivo que iba a desparramarse por el llano. Circunstancia ya prevista en unas Ordenanzas, que decidían… que las calles se prosigan desde la Plaza Mayor de manera que, aunque la población venga en mucho crecimiento, no venga a dar en algún inconveniente…  Con el tiempo, el dilatado damero urbano medulado desde su Plaza, pasaría simplemente a ser conocido como Ciudad de Buenos Aires, olvidando su Trinidad pero afianzando su Puerto, hasta el punto de hacer valer el porteño como gentilicio propio. Su cabildo, compuesto por dos alcaldes ordinarios, seis regidores, un escribano y un alguacil mayor, además de los oficiales y tenedores, previamente juramentados, iba a encontrar provisional acomodo en una casa de adobe y paja, posteriormente trasladado a una sección del solar destinado a fortín. A los que se obligaren de hacer la dicha población y la hubieren poblado y cumplido con su asiento… les hacemos hijosdalgo de solar conocido dellos y a sus descendientes legítimos… y todos los hombres y caballeros del reino de Castilla, según fueros, leyes y costumbres de España, pueden y deben hacer y gozar… pero los regidores y procuradores del Concejo, hagan instancias contra los pobladores que a sus plazos en que están obligados, no hubieren cumplido… les amenaza a quienes incumplan el ritmo de capacitación ciudadana impuesto.         

                                   

El replanteo de la ciudad pensada por Garay, se lleva a efecto  repartiendo calles, plazas y solares a cordel y regla, comenzando desde la Plaza Mayor…  y dejando tanto compás abierto que, aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda seguir siempre en la misma forma…  Palabras de las Ordenanzas de Felipe II que parecían escritas para la ciudad recién fundada, pese a haberlo hecho recopilando experiencias de las 200 fundaciones que le precedieron en Indias. En el fondo de estas palabras subyacía la ciudad romana y el pensamiento de Vitruvio, reflotado por los grandes arquitectos del Renacimiento. Pero al tratarse de un futuro puerto, la Plaza Mayor no era el centro radial del damero ciudadano, porque siendo en costa de mar, se debe hacer (lo) al desembarcadero del puerto. En el caso de Buenos Aires, se modularía la ordenanza mediante un fortín defensivo, ocupando la media casilla oriental de la Plaza.

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Miguel Ig. Lomba P

Me llamo Miguel, y me encanta investigar/escribir sobre cultura. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de York, actualmente me encuentro en Noruega, tierra de vikingos, escribiendo sobre la historia de los antigüos territorios de Ultramar de la Corona española. Las relaciones entre América y Europa son relevantes para mi futura tesina de Postgraduado, futuro PhD (doctorado). Cualquier duda/pregunta no dudes en contactarme a: admin@mapasilustrados.com ⚓

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