Contexto Histórico de Buenos Aires – IV

Figura 9a: Camino del Inca y Puente sobre el Pachachaca. Fuente: Digital Perú.

 

Poco a poco, la eficacia de este sistema de ‘Caminos Reales’ que enlazaban la Puerta del Mar del Cono Sur americano y su reparto hacia los grandes centros de consumo o distribución internos, con la metrópoli y los puertos del Atlántico, iba acrecentando la importancia de aquellas provincias sureñas antaño marginales. A partir de 1764 se estructura  una red de correos marítimos mensuales  y una relación constante de contacto con España, que acabarían enlazando con otros correos terrestres a ellos acoplados. Ya en época virreinal, el correo marítimo nacía en Buenos Aires y enlazaba con la Colonia de Sacramento y Montevideo para seguir Paraná arriba hasta Santa Fe, donde empalmaba con el correo terrestre de Asunción y el de Córdoba a Lima, con bifurcación a Mendoza, San Juan y Santiago-Valparaíso. Esta red de comunicación postal iba a prolongarse a lo largo de la espina dorsal del continente, utilizando para ello vías terrestres y fluviales como el Camino de los llanos hasta Quito y el río Neiva para llegar al Magdalena, que con su Canal del Dique daba acceso a Cartagena y su correo marítimo a La Habana y Veracruz. Este inmenso camino fluvioterrestre excedía los 7.000 km continentales sin contar ramales secundarios, una de las más grandiosas empresas de las comunicaciones terrestres de la época, según el historiador Vicens Vives. Empalmado con el carretil y uña de Panamá a Cartago y Guatemala, permitió poner en contacto directo, por primera vez en la historia, a los habitantes de las Américas, que desde el Nuevo México norteño, venían accediendo hasta Centroamérica sin solución de continuidad desde hacía un par de siglos.

 

Este camino articulador de gentes y mercados, era manejado en su aspecto comercial por un 10% de la población total, mayormente blanca, mestiza e india. Movilizaba gran cantidad de capital, no solo por el valor de la mercancía transportada, sino por la inversión en medios de transporte y animales que el gremio de muleros y carreteros requería. Este flujo y reflujo semoviente era controlado por las Audiencias, que en el caso de Lima, contaba con una entrada de 2.800 animales de carga diarios. En pleno siglo XVIII, solo a los arrieros de Tacna se les contabilizaba una cabaña activa de más de 5.000 mulas, con el capital contemporáneo que eso suponía. Ni que decir tiene que los arrieros representaban un gremio poderoso con una fuerte cohesión, que venía evolucionando hacia una naciente mentalidad burguesa. La diferencia operativa entre los mercados que abastecían ambos cabos del camino, el monopolizador de Lima por un lado, frente a la libre concurrencia de Buenos Aires por el otro, iba a crear una fuerte tensión entre las capitales virreinales que los nucleaban. La rioplatense porteña, abierta al comercio atlántico y su matute, tenía las de ganar, y en corto tiempo iba  a experimentar un espectacular desarrollo.  El contrabando, siempre difícil de combatir, era su piedra angular. Antes de ser capital del nuevo virreinato, el vino y el aceite peninsulares que arribaban a su puerto, no pasaba más allá de abastecer a la población del Plata, pero el ritmo creciente de este comercio desbordó su carácter local, alcanzando a Lima por el camino real del Altiplano, meses antes que el recibido vía Portobelo y Panamá. Con el asiento de negros ingleses, vino a ocurrir lo mismo. Humboldt estudió este comercio global en los puertosllave del Imperio, y dedujo que, en aquellos momentos de 1803, Buenos Aires alcanzaba ya el quinto lugar del ranking portuario americano por volumen de mercancía, tras Veracruz, Habana, El Callao y Cartagena de Indias.

 

              En aquella mutante Buenos Aires, el diseño originario del fuerte de planta cuadrangular, había sido modificado añadiéndole bastiones angulares y esquinadas garitas de guardia, vigilia permanente para seguridad del nuevo Gobernador cuya residencia cobijaba intramuros. La trama ciudadana medraba lentamente, potenciada por el comercio de ganado y sus cecinas, tasajos, cueros y cordobanes derivados. Las reses que se cuereaban al principio directamente en el campo, luego de ser abatidas y sacrificadas, pasaron a ser estabuladas. Expertos jinetes pamperos en plena galopada, trababan con boleadoras su huida, o las derrengaban cortando el tendón de Aquiles mediante largas garrochas de acerado filo. Miles de reses eran procesadas cada mes en saladeros pampeanos, que pronto iban a encontrar acomodo en remansos de la costa, por donde salía la salazón directamente al mar. Pero la corambre atraía una caza indiscriminada de ganado con la consiguiente aparición de traficantes y contrabandistas de todo pelaje. Bucaneros y piratas franceses, ingleses, daneses y troperos del Brasil, infestaron en apenas unas décadas la costa bonaerense que el Gobernador mandaba limpiar intermitentemente. Traficaban con salazones de cuero y carnes que vendían en el Caribe a valor añadido y precios muy superiores. Pero no todo eran derivados vacunos, porque estuario adentro proliferaban vegas ubérrimas con sementeras de trigo, cebada, arroz, vid y caña de azúcar, u hojas de mate y tabaco, que junto a las salazones tradicionales de cuero y carne, se comerciaban desde Buenos Aires hacia Asunción, Paraná arriba, y hacia el Atlántico brasileño y caribe, Paraná afuera.

 

De los 500 habitantes de principio de siglo XVII, la puebla porteña iba a pasar a 4.000 en 1650. Una importante población portuguesa, iría poco a poco volviendo a establecerse en la capital y medrando con ella hasta final de centuria. Gente no ajena al contrabando y tráfico de esclavos desde sus cercanos enclaves lusos. Algunos comerciantes de Lima, compraban en Buenos Aires con ventaja de precio y tiempo, aquellos productos peninsulares que tradicionalmente adquirían en las ferias de Panamá y Portobelo. Irrumpía así en el mercado bonaerense la resolutiva plata del Potosí, que adquiría  mercancías que remitir a la capital del Virreinato. Largas reatas de mulas cruzaban los Andes con productos peninsulares y criollos por el Camino Real del Oeste hasta la costa pacífica de Chile. Esos mismos productos alcanzarán por vía marítima el Callao, puerto de Lima, pero también lo harían siguiendo los Andes por la vieja senda incaica entre Tucumán y PotosíCharcas.

 

Figura 10. Primera vista conocida de Buenos Aires. Aldus Verthoont, circa 1628.

 

Un creciente tráfico portuario, iba a movilizar soluciones alternativas a sus deficiencias de embarque. Las naves de mayor porte debían fondear lejos de la ribera, donde lo permitiera el calado de sus aguas. Mercancías y pasajeros eran trasegados hasta ellos mediante chalanas a vela, pértiga o remo, incluso a sirga, que los tomaban o dejaban en carros de transporte apostados en la orilla; el mismo servicio de balsas y canoas que facilitaba el cruce del Riachuelo. Con agua hasta sus bujes, carros de grandes ruedas y tracción caballar iban y venían de la orilla dejando en las chalanas sus fardos o su pasaje. De regreso, acercarán por senda costera su carga a Buenos Aires. Son las mismas carretas que marcan profundas huellas de rodadura en los accesos y calles capitalinas, que las lluvias de primavera convierten en barrizales. Un balizamiento ribereño de perchas clavadas en el fango, demarca límites del varadero-refugio de canoas, barcas y chalanas. Socaire precario cuando el desabrido pampero se precipita Andes abajo sobre el Plata,  con peligro de arrancar las embarcaciones del surgidero. Las menores eluden su furia varadas en seco, al sotavento costero. Las de mayor calado fondearán a barbas de gato aproando el ventarrón y el garreo, o levarán anclas para correr mar adentro hasta que amaine la ventada.

 

           La ciudad va mudando su fisonomía. Comienza a construirse la catedral sobre el solar que Garay asignara a la iglesia matriz, y tras múltiples cambios de trazado y estética, agrupará en 1673 las tres naves cristianas que reunieran las históricas iglesias de Roma. Se montan nuevos hornos para cocción de arcillas, fabricas de ladrillo y teja, que van a modificar definitivamente la estética urbana. El adobe y el tapial van siendo sustituidos por las firmes hiladas del recocho trabadas con argamasa y revocadas en fachadas blancas. La estructura interior y el armazón de techumbres, se monta con maderas de urunday o pinotea, y los tejados de paja o junco acaban por desaparecer frente a las tejas árabes sobre entablados a dos aguas. Las casas son mayores y sus habitaciones más holgadas. Pero los perros cimarrones siguen siendo un azote para sus habitantes. Animales asilvestrados por el hambre, la rabia o la sarna, atacan al ganado o muerden a  personas adultas y niños cuando no matan animales domésticos. Batidas de perreros voluntarios combaten una y otra vez un peligro que intermitentemente ven reproducirse. Y que plenan de hediondos despojos barrancos y cauces yertos con animales degollados, universo insalubre de ratas, moscas y gallináceas carroñeras en arisca algara.

 

A partir de 1746, el tráfico portuario bonaerense se incrementa con los Navíos de Registro, que la liberación del comercio decretada enfila hacia el Atlántico Sur. Se abre el comercio de los puertos americanos con una docena de homólogos peninsulares. El Callao y otros surgideros del Pacífico, van a mercadear directamente con Cádiz y Sevilla, doblando el cabo de Hornos y acortando meses de viaje. Pero entran en su abanico comercial otros puertos de países amigos, el francés de Saint Maló a la cabeza. Germen y guarida de corsarios antaño, la ciudad bretona, pro española en pasadas épocas, siempre fue cuna de excelentes marinos. Acabadas sus patentes de corso en el Canal de la Mancha, vuelven ahora sus fragatas de línea, Hornos avante, a la navegación de vanguardia. La nueva situación creada con las derrotas meridionales, potencia recaladas en puertos de la Patagonia e islas adyacentes. Las Islas Malvinas, posesionadas por España como Res nullius lex desde 1540, iban a convertirse en puerto de abrigo de su ruta transpacífica, con incidencia en las relaciones de la Corona española con Francia e Inglaterra.

 

Más de dos siglos después de Magallanes, los pilotos de altura manejaban otras cartas geográficas y meteorológicas más fiables. La navegación al sur de la temida latitud de los caballos, pese a su galvanizante calma chicha, se acometía ahora con navíos más marineros y andadores. A su proa, se abría el horizonte de una ensoberbecida mar progresivamente encrespada a partir de los rugientes cuarenta, los furiosos cincuenta y los sesenta aulladores, clímax de cualquier pavor bisoño embarcado. Allí predominaban los vientos racheados del güeste, con olas cortas de pared empinada y frecuentes bloques de hielo en sus ondulantes senos. De crestas oscuras empenachadas de blanco, tornábanse el aullido del viento en las jarcias y los rociones de espuma gélida en compañeros inseparables del viaje, hasta lograr doblar el lóbrego cabo de Hornos, para virar por proa y amurar velas a estribor. La Compagnie de Saint Maló auspiciada por Bougainville, establecería en las islas por ellos nombradas Malouines, un Port Saint Louis (1764) en apoyo de sus singladuras al Pacífico Sur vía Hornos. España presionará a su aliada Francia para regular esta anomalía y Bougainville, a instancias del Rey francés, opta por abandonar aquel puerto tomado por propio. Carlos III sabrá recompensar la cordura del almirante galo con una indemnización y una medalla, que el gran navegante y naturalista malouin firma, agradece y recoge en Buenos Aires.

 

Figura 11. Imprescindible para cualquier marinero: saber los rugientes cuarenta, los furiosos cincuenta y los sesenta aulladores.

 

Pese a la paz vigente con Inglaterra, sus gentes reaccionan de forma distinta a los franceses. En 1690 una expedición inglesa había nombrado aquellas islas como Falkland, en honor al mecenas de la expedición, que iba por esos mundos de Dios a ver qué se perdía para encontrarlo él. Habían establecido desde entonces sede permanente en Port Egmond, enclave ballenero que intentarán a toda costa conservar. Ello motiva que España e Inglaterra en menos de diez años, estén de nuevo a punto de conflicto armado en dos ocasiones. Con desalojos y retornos británicos alternos, rey de Francia por medio, en 1774 los ingleses abandonarán las islas en litigio que, gentilizadas por la marinería de Saint Maló, iban a perdurar como Malvinas en la cartografía hispana. Ese mismo año se constituiría el Virreinato del Río de la Plata, pasando Buenos Aires a ser la capital de un dilatado legado geográfico integrado por ocho intendencias (Salta, Cochabamba, Córdoba, Paraguay, Mendoza, Potosí, La Paz y Buenos Aires), cuatro gobernaciones (Moxos, Chiquitos, Misiones, Montevideo) y dos territorios (Gran Chaco, Patagonia), únicos espacios dominados por aborígenes. Adquirirá en poco tiempo su puerto una relevante importancia económica y comercial, convirtiéndose en una Puerta de Mar importadora y exportadora de primer orden. En apenas un cuarto de siglo iba a ver triplicada su población, tras concedérsele la reducción de gravámenes fiscales y el libre comercio con puertos extra peninsulares. Se adoquinan las calles e iluminan sus farolas con velas de sebo. La industria agropecuaria pasa de controlar 150.000 reses a hacerlo sobre más de un millón. La nueva jerarquía de la ciudad, apareja un mayor situado real con el que poder dirimir las incursiones inglesas por el Atlántico Sur, o el contencioso territorial con Portugal. La Corona mantendrá en adelante una poderosa flota con base en Montevideo, a fin de controlar las apetencias portuguesas en la Colonia de Sacramento, la fraudulenta factoría del contrabando anglo-portugués en el Río de la Plata, contraventora flagrante del Tratado de Tordesillas de 1493.

 

Figura 12. Mapa de las Islas Malvinas, circa. 1768. Felipe Ruíz Puente.

 

Serán los llamados Territorios del Virreinato, los últimos espacios dominados por los aborígenes, que vayan a quedar integrados de facto bajo la capitalidad de Buenos Aires. Argentina, ya en tiempos de nación independiente, decidió expulsar o someter las tribus de la Patagonia (indios pampa y mapuche principalmente) para acabar con sus robos y tropelías. El ejército les obligó a ocupar las reservas comarcales establecidas por los gobiernos de turno, con la amenaza de capturarlos para mano de obra forzada en haciendas o ciudades, si fueran capturados fuera de ellas. A ojos de la opinión pública, era aquella una guerra justa según la ética salmantina; pero algunos medios de comunicación lo tildaron de un crimen de lesa humanidad al torvo trasluz del beneficio cierto que aguardaba a los terratenientes amigos. Fue el general Martín Rodríguez quien en los albores del año 1820 inició la campaña contra los aborígenes, bajo el epígrafe bíblico de La conquista del desierto. El general Juan Manuel de Rosas  prosiguió la campaña con un saldo de 32.000 indios muertos y 1200 cautivos, en tanto que sus hombres lograron rescatar más de 1000 cautivos de otras etnias entre los que hallaron algunas mujeres blancas. Logró en cambio pacificar a las tribus cazadoras del Sur y evitar sus golpes de mano o malones, mediante la entrega anual de caballos, vacuno, harina, tejidos y aguardiente, en concepto de usufructo de unas tierras que consideran de su pertenencia. Permitió en 1836 el retorno de los jesuitas a quienes devolvió parte de sus bienes confiscados desde su expulsión por Carlos III y sus ilustrados, pero su regalismo impositivo hizo que pronto se exiliasen a Montevideo, a la sazón capital del Uruguay secesionista.

 

          Tal vez el más contundente de los impulsos constrictores de la Patagonia indígena, fue el llevado a cabo por el general Julio Argentino Roca, Presidente de la nación en dos mandatos cuatrienales (1880 y 1898). Expropió tierras indígenas de pampeanos y patagones que entregó a sus aliados políticos, mayormente dedicados a la cría de ganado ovino y caprino. Una parte de los indígenas vencidos fue desplazada a las regiones estériles conocidas como el desierto; otra fue obligada a trabajar en plantaciones de uva y caña de azúcar, y una tercera, enviada a los campos de concentración de Río Negro. Siempre bajo una inhumana separación de sexos para evitar que procrearan. A los hombres más aptos se les confinó en la isla de Martín García donde fueron obligados a trabajos de manufactura, pero en pocos años la mayoría de ellos había muerto. Sus mujeres fueron dispersadas por los barrios bonaerenses como sirvientas y sus hijos escolarizados a duras penas.  Durante su segunda presidencia, logró para la Argentina el estatus de potencia mundial, aplicando cánones estructurales de corte angloamericano, con una masiva recepción de emigrantes cualificados, capaces de izar la productividad nacional hasta niveles impensables para el resto de Iberoamérica. Estabilidad política, trabajo para todos, incipiente industrialización, ferrocarriles, carreteras, seguridad ciudadana… y la hambruna europea que veía en la América pacificada una nueva tierra de promisión… ¡viéndome obligado aquí en defender aquellos indios que perecieron durante su mandato! 🤔

Crítica propia

Tomados como rehenes de guerra y transportados en carros cuando no llevados caminando, niños y mujeres indígenas serán obligados al servicio doméstico repartidos entre familias pudientes, en una suerte de encomienda cutre. La prensa bonaerense testificará que se les quita a las madres sus hijos para, en su presencia, regalarlos, a pesar de sus gritos, alaridos y súplicas que, con los brazos al cielo, dirigen las mujeres indias… un verdadero drama humano, que la prensa paniaguada justifica con sus tópicos habituales y su grandilocuencia vacua. Hay que hacer brotar nuevas fuentes de producción para la humanidad… estos son los mejores títulos para el dominio de las tierras nuevas. Al amparo de estos principios se han quitado estas a la raza estéril que las ocupaba… El fin justificaba los medios del racionalismo liberal. El resultado veraz es que esta ingente cantidad de tierras nuevas se repartió entre 350 propietarios a un promedio de 31.600 Has cada uno. ¿Producción para la humanidad decían los adictos? ¿Qué humanidad? ¿Los 350 partidarios políticos que se las repartieron? Y en relación al hombre indígena ¿Dónde quedaba el derecho de gentes salmantino? ¿Dónde el Sermón de Pentecostés? ¿Donde las jornadas de Valladolid? ¿Donde las Leyes de Indias? ¿No se retorcía Las Casas en su tumba al escuchar estos argumentos de taberna suburbial? ¿De verdad siguen los necios de siempre, pensando que el mundo progresa en todos sus frentes? ¿Es progreso enriquecerse a costa de los débiles? ¿Es progreso pasar por cima de los derechos del hombre? ¿El éxito mercantil argentino pretendía dar lecciones a alguien? ¿A quien?  Solo queda para la posteridad un hecho incuestionable: El hombre, que lo fue para la Corona española, había dejado de ser lo más importante de nuestros reinos de ultramar, que habían perdido a su vez su estatus de nuestros y de reinos. Para las nuevas repúblicas y sus presidentes-caudillos-tiranos o lo que les correspondiera en suertes ser, era el negocio-prosperidad-dinero o sus equivalentes sociales lo que les motivaba de facto. Ese era su becerro de oro. Nihil obstat. ¿En qué se parecía aquella actitud mercantilista del siglo XVI, tan denostada, a este capitalismo salvaje, tan rendidor? No solo en el fondo, sino en las formas, los países del Sur, emergentes de la masa madre española, habían copiado actitudes del Norte anglo, aquel cuyos historiadores autóctonos reconocen que el mejor indio era el indio muerto. Por eso los aborígenes incómodos eran ahora exterminados en una guerra sin cuartel. El propio Darwin, como ocasional científico personado en estas escaramuzas, manifestaba en su diario de viaje el terror que causaban las armas de fuego cortas y largas entre los indios, que huían enloquecidos con su lanza en la mano, abandonando mujeres y niños. Citaba escenas horribles, donde los soldados dan muerte a sangre fría a todas las indias que aparentan tener más de 20 años… ¿Qué otra cosa podemos hacer? Se me replicó… ¡Tienen tantos hijos estas salvajes!…  Se trataba de dar una solución militar a los malones o cabalgadas depredadoras de los indígenas sobre las estancias, una solución tan inhumana y cruel como la seguida por el ejército americano en las praderas del Norte. Pero en el fondo regurgitaba el grandioso reparto de tierras entre afines y deudos del régimen político-militar imperante. Con la pérdida de nuestros reinos de ultramar, el espíritu de Isabel La Católica había regresado definitivamente al castellano Madrigal de las Altas Torres que le viera nacer.

 

Figura 13: Ruinas de las Reducciones jesuitas de San Ignacio Mini, cerca del río Paraná.

 

             Para 1930, tras medio siglo de evidente progreso social y económico, el puerto de Buenos Aires había recibido tres millones y medio de inmigrantes italianos, españoles y franceses principalmente, que se diseminaron pronto hacia el interior argentino. Ese contingente humano suponía la mitad del recibido por toda la América hispana, y el 20% de los más de 18 millones recibidos por USA. Esta simple estadística explica por si sola la desaceleración comparativa entre los diferentes desarrollos de las naciones americanas. Los hambrientos emigrantes europeos de entreguerras, y la estabilidad política del país receptor, fundamentaron el desarrollo integral de América a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Sin olvidar que ambas estaban íntimamente relacionadas: a mayor estabilidad, mayor captación de emigrantes. Roca es todavía considerado un padre de la nación argentina, aunque severamente cuestionado por un nutrido sector de la población, que clama por la desaparición de sus sobrevivientes estatuas. Esta dicotomía de pareceres en contraposición de sentimientos legítimos, es una muestra de la madurez crítica adquirida por la Argentina de hoy. Esto mismo en otros países del área, tendría probablemente una mayor contundencia. Opiniones anónimas recogidas sobre hechos históricos dispares, compartidos con otras repúblicas de su entorno, delatan tácitamente su gentilicio, no solo por la exposición formal y lógica de quienes anónimamente la emiten, sino por la sensatez de sus criterios, no exentos del inherente conocimiento del que otros carecen. Ortega y Gasset que, por diferentes motivos, les visitó en tres ocasiones, elogió el optimismo connatural de aquellos exitosos bonaerenses que conoció durante la primera mitad del siglo XX. Aunque no negó haberse encontrado los casos más cómicos de vanidad, producto sin duda de una extrapolación a tiempo futuro, del éxito social que disfrutaban en presente de indicativo. Para el filósofo madrileño, el argentino no vivía su vida real, sino instalado oníricamente en una vida prometida, que como al pueblo hebreo le daba fuerzas para seguir desierto adelante hasta alcanzarla. Realmente se convirtió en un profeta de la decadencia rioplatense con su famosa llamada al realismo nacional: ¡argentinos, a las cosas, a las cosas!…  Cuando la rodada vino cuesta abajo, encontraron al culpable en la persona de Juan Domingo Perón.

Miguel Ig. Lomba P

Me llamo Miguel, y me encanta investigar/escribir sobre cultura. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de York, actualmente me encuentro en Noruega, tierra de vikingos, escribiendo sobre la historia de los antigüos territorios de Ultramar de la Corona española. Las relaciones entre América y Europa son relevantes para mi futura tesina de Postgraduado, futuro PhD (doctorado). Cualquier duda/pregunta no dudes en contactarme a: admin@mapasilustrados.com ⚓

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