Contexto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires – V

Figura 14: Placa conmemorativa UNESCO de la Colonia del Sacramento

 

Fundada en 1680 sobre la orilla septentrional del Río de la Plata, la Colonia de Sacramento habíase convertido en nido de contrabandistas y negreros, además de un reclamo portugués de la llamada Banda Oriental del Plata, con sus miles de cabezas de ganado cimarrón traído por los españoles durante la centuria anterior. Una flota virreinal con 500 hombres de guerra, apoyados por 3.000 guerreros guaraníes a pie más otros 150 a caballo venidos por tierra desde las Misiones jesuitas, capturan la ciudad recién fundada y toman prisionero a su gobernador, que moriría tres años más tarde encarcelado en Buenos Aires. Aquella fundación era el arranque de un enclave equívoco, que iba a sobrevivir a contra corriente durante un siglo. La incertidumbre de los límites de Tordesillas y las protestas lusas sobre aquel primigenio golpe de autoridad, hará que la ciudad sea devuelta a Portugal, en tanto el gobernador de Buenos Aires es sancionado y depuesto. José de Herrera y Sotomayor, ingeniero militar de renombre y castellano a la sazón del fuerte bonaerense, es nombrado gobernador interino en sustitución del gobernador depuesto. Será el encargado de entregar Sacramento a su homólogo de Río de Janeiro, bajo condición de levantar solo las murallas de tierra como defensa contra los indios comarcanos, además de prohibirle todo comercio con  enclaves de la gobernación española.

 

             La interpretación del incierto meridiano, definido en el Tratado de Tordesillas como límite de las áreas de influencia hispano-lusas, iba a suponer un constante motivo de roce entre ambas Coronas. La inexacta medición de longitudes propia de la época, hacía impreciso el vital límite Oeste, donde acababa la supuesta tierra lusitana y empezaba la española. Tal límite debía fijarse a 370 millas de Cabo Verde, un archipiélago luso cuya isla central era la referencia española, en tanto que el cabo poniente de su isla más occidental lo era para los portugueses. Uníase a ello que cada nación tenía su propia milla de diferentes metrajes, y se entenderá la mutua desconfianza para alcanzar una solución objetiva del Tratado. Puede deducirse fácilmente que este problema se repitiera con el antimeridiano antípoda, distante otros 180º hacia el Oeste, y fijado por el Tratado de Zaragoza, donde volvían a colidir los intereses de ambas naciones sobre el Pacífico. De ahí la disputa por las Molucas y las Filipinas, solventada en parte por Carlos V con la venta a Portugal de las islas de las especias españolas a cambio del archipiélago filipino, hasta que la conjunción de ambas coronas sobre la testa de Felipe II, vino a remansar aquellas encrespadas aguas en los demás islas del poniente, hasta su total olvido.

 

Independientemente de estos problemas de frontera o pertenencia a longitudes geográficas concretas, el llamado Imperio portugués, mayormente caracterizado por su articulación sobre factorías costeras de tipo fenicio o veneciano, inicia, tras el divorcio de sus Coronas, un seguidismo del ejemplo español. La explotación tierra adentro del Brasil, indiscutible joya de su Corona, empezó a tener consecuencias allende sus enclaves costeros. Llegaron los tiempos en que el reino de Portugal y sus tierras de ultramar, habían dejado de pertenecer al Imperio Español. Antaño las armadas de ambos países defendieron los enclaves costeros de una y otra enseña contra la rapiña generalizada de holandeses, ingleses, franceses, daneses, suecos…  y quien creyera tener patente de fortuna contra el imaginario oro que los europeos atribuían a los haberes de bandera ibérica. Pero en esta lucha de intereses, donde llovían por doquier los golpes de otras potencias atlánticas, fueron los portugueses los peor parados, con la perdida mayoritaria de sus factorías del sudeste asiático a manos holandesas. Si bien es cierto que España perdió Jamaica ante los ingleses, parte de La Española ante los franceses y otras antillas menores a manos holandesas, pudo conservar en cambio prácticamente íntegro su Imperio, aún con ímpetu suficiente para aplicar severos correctivos a muchas de aquellas frecuentes osadías.

 

Frente a los diez meses de navegación para acceder a sus enclaves asiáticos, la costa brasileña se encontraba a menos de dos de la metrópoli portuguesa y de los puertos de Angola o Guinea que le nutrían de esclavos. Ello hizo acomodar su actividad mercantil en torno a las tierras de Brasil, donde la mano de obra forzosa podía conseguirse entre los propios naturales. Esta actitud había de traer graves inconvenientes a las misiones jesuitas y franciscanas del limes español, donde se vieron obligados los frailes a defender con medios propios a sus indígenas, ante los llamados ‘bandeirantes‘, partidas armadas dedicadas a la captura de esclavos. Esta hostilidad de los colonos portugueses y sus partidas esclavistas, frente a las misiones de la frontera, hizo retroceder a muchas de ellas hacia el interior. De esta forma iba a perfilarse una frontera irregular, glacis interpuesto, muy lejana de la longitud estipulada en el Tratado de Tordesillas.

 

         Con el nuevo giro desarrollista, el palo-brasil, principal producto comercial de tiempos de la conquista, dejó paso a la caña de azúcar y sus productos derivados, urgidos de mano de obra abundante. Pero, en sus inicios, se trataba de ingenios costeros capaces de producir derivados sólidos y líquidos, de fácil almacenaje y embarque. La penetración efectiva hacia el interior, iba a potenciar los ranchos de cría ganadera en el sertón brasileño, hasta que los primeros hallazgos mineros, oro y diamantes, en el interior profundo, vinieron a completar el sector primario del Brasil. Aparecieron con ellos los primeros cangaceiros, mercenarios al mejor postor, una ralea desbocada de forajidos y desertores armados, entremezclados de campesinos pobres del sertao, que se filtraba selvas y ríos adentro sembrando terror en las tribus y acopiando mano de obra esclava que vendían a los garimpeiros, cuando no asaltaban ciudades o haciendas con el consiguiente tributo de robos y estupros. Empezaron por comprar prisioneros de etnias rivales a  ciertas tribus antropófagas, que los conservaban cual ganado de engorde; pero siguieron robándoles mujeres y niños para esclavitud propia. Acabaron convirtiéndose en mortales enemigos de las tribus y de las propias misiones del limes. Fuera de la ley, eran difícilmente neutralizados por los volantes o partidas policiales salidas a neutralizarlos. Bien por la mímesis selvática de sus integrantes, bien por la corrupción policial que empleábalos para cobrar favores olvidados de algunos hacenderos distraídos, los cangaceiros iban a prolongar sus fechorías incluso hasta entrado el siglo XX.

 

Los negros traídos de África, resultaban demasiado caros y se adaptaban mal al bosque de galería, pleno de humedales y plagas de mosquitos: la solución simplista pasaba por esclavizar al natural de aquellos umbríos matos. Dentro del elemento indígena, eran las misiones el mejor vivero donde forzar trabajadores, disciplinados y conocedores de los aperos, métodos y costumbres europeas. Y la minería, que los precisaba, sabía del éxito alcanzado por el Imperio español en su cambio de una economía de tributos y subsistencia indígenas, por otra de producción continental. Las reducciones de los jesuitas en la región de Misiones, iban a ser blanco de las incursiones esclavistas a la caza y captura de guaraníes misionados como mano de obra óptima. Conscientes de ello, indígenas, y misioneros, vivían prestos a reaccionar contra todo asomo portugués bajo la galería verde. Tal había sido el caso del ataque combinado en 1680 sobre la Colonia do Santissimo Sacramento, apenas recién fundada por el gobernador de Río de Janeiro.

Figura 15: Gráfico sobre la trata de esclavos africanos (estimación aprox. s. XVI al XIX)

 

Históricamente jesuitas y guaraníes sentíanse solos frente a las apetencias esclavistas de nuevos bandeirantes, provenientes mayormente de Sao Paulo, que esquilmaban sus ganados y cosechas. Estas huestes paulistas de cazadores de hombres, no por autorizadas menos forajidas, habían comenzado su acción predatoria sobre las misiones jesuitas, venero de mano de obra, indefensa por Real decisión. Este estado de cosas había llevado a varias tribus de Leste del río Uruguay a una política de tierra quemada, con una franca retirada hacia el Oeste de la frontera, y el consiguiente abandono de su hábitat y cosechas. Consciente la Corona de esta anomalía, iba a emitir una Cédula Real para dotar las reducciones de elementales defensas, tales como una pequeña artillería, el uso de arcabuces y la fabricación de armas y puntas de acero. Reclamados por la propia Orden, acudirán a las misiones, antiguos militares salidos del ejército que eran hoy jesuitas profesos. El propio Ignacio de Loyola había dejado las armas como soldado del Rey, para hacerse soldado de Cristo tras un prolongado reposo meditativo sanador de sus heridas de cuerpo y alma, germen de la Compañía de Jesús, habidas durante el sitio castellano de Pamplona. Respaldados ahora por el anatema de excomunión papal sobre todo cristiano cazador de indios, iban pronto a incorporarse a las reducciones guaraníes, nuevos mandos de Cristo, antiguos mílites del Rey, alguno de los cuales era experto en armas de fuego largas.

 

Figura 16: Estatua de San Ignacio de Loyola: herido en el sitio a Pamplona de 1521 (Navarra)

 

Tras estas incursiones pugnaces en su feudo, una parte de los indígenas vinieron a refugiarse en bosques, humedales y estribaciones andinas, huyendo de los bandeirantes portugueses… pero también de los encomenderos españoles, que, amparados en el anonimato de aquellas soledades, practicaban galopadas de rescate clandestinas. Incluso hacendados hubo que justificaron sus fines esclavistas como guerra justa sobre gentes seminómadas, grupos humanos de familias poligámicas, que practicaban la antropofagia. Pero a su favor se levantaba la acusadora voz jesuita que increpaba a sus captores con anatema de excomunión que advertían desde los púlpitos:

 

La intención del Rey jamás ha sido que los miréis como esclavos… y la Ley de Dios os lo prohíbe…

 

Bajo esta protección ética, lograrán los jesuitas detener el desparrame selvático indígena hasta concentrarles en grupos de autodefensa, reduciéndoles a entornos concretos, en lenguaje misional. Tradicionalmente estas tribus andaban descalzos y desnudos por esas selvas de Dios, de cuerpo entero los hombres, cubierto apenas el sexo con una tapa triangular de plumas entretejidas, las mujeres. Acabarían vestidos en las reducciones con taparrabos los hombres  y una túnica de algodón sin mangas las mujeres. Más tarde, esta vestimenta femenina sería sustituida por el tipoy canario, especie de camisón traído de aquellas islas, muy fresco en climas cálidos. Como contraste, estos pueblos cubrían su desnudez con adornos, amuletos, pulseras y collares, sobre un fondo abigarrado de tatuajes chamánicos. Costumbre que jamás les fue denegada por el humanismo jesuítico, a pesar de su paganismo implícito.

 

       La actitud protectora de los jesuitas, iba a propiciarles una lluvia de acusaciones sobre la Compañía, que los encomenderos aprovecharían para negarles ayudas de sostén a las misiones. Pero la reacción jesuita no se hace esperar y como hombres de recursos múltiples, van a fundar la estancia de Santa Catalina en Córdoba a la que seguirían otras varias, que convertirán en cooperativas adscritas a las misiones, ejemplo que cunde por todas sus geografías misionadas. Solo faltaba consolidar estos grupos reducidos mediante la captación de sus caciques, un aglutinante social espontáneo y necesario, que traía aparejada la presencia de los chamanes, taumatúrgicos rivales de los frailes. Una vez conseguida esta adhesión caciquil, todo su esfuerzo se concentrará en respaldar su autóritas en la sociedad indígena, a fin de potenciar la irrelevancia tribal de los chamanes, que poco a poco se verán relegados a un segundo plano. Habíase afianzado la solidaridad ínter tribal, con un eficaz matiz didáctico para sus fines misioneros. 

 

Más de 3.000 bandeirantes repartidos en dos bandos, mezcla de portugueses, holandeses, indios tupíes y mulatos, iban a perpetrar un asalto generalizado contra las reducciones, ríos Iguazú y Uruguay abajo, a la captura de guaraníes misionados. Tratábase de una avanzada fluvial de 300 canoas, en pinza con otra de infantería por tierra. Esto ocurría en 1641, apenas un año después de que la Corona de Portugal se independizase de España, trayendo la incertidumbre a la  frontera del Brasil. Aprestados a su defensa, acudirán 10.000 guaraníes bajo mando del cacique Nicolás Ñeenguiru junto a otros colaboradores jesuitas e indígenas. Atrincherados tras algún verso que lanza balas de piedra, palanquetas y boleadoras urdidas de alambres, cuentan con una catapulta de maderos ardientes que sobrepasan los 100 metros. Camuflados en las orillas del Uruguay, aguardarán la proximidad de un enemigo flotante que baja con la corriente. Canoas de flecheros y arcabuceros, protegidos por una balsa artillada que les comanda, conforman el bloque defensivo guaraní, apostado en las cercanías del peñón ribereño de Mbororé. El efecto sorpresa causado es total entre ‘os bandeirantes’. La alternancia de las descargas de cañones y mosquetes de los defensores, causa estragos en las filas paulistas. Se retirarán en desbandada, perseguidos de cerca por los canoeros guaraníes. No hubo más incursiones. Pero estas vicisitudes vividas sin ayuda de las milicias virreinales, iban a conformar una simbiosis de empatía entre jesuitas y guaraníes, difícil de igualar en otro escenario. Empero, todo cuanto acontecía en esa frontera, llegaba distorsionado a la villa y corte de las Españas, azuzado por la mala voluntad de los hacenderos de la región del Plata y la no disimulada envidia de otros estamentos, laicos o mendicantes, en disfavor de la opinión pública. El éxito de la defensa fronteriza de la provincia de Misiones, se propagó pronto a todo viento. La destreza en el uso de armas de fuego demostrada por los aborígenes y aún su posterior fabricación y mantenimiento, iban a traer acusaciones que prender en recelos, suspicacias y desconfianza de la sociedad virreinal. A la vez su tradicional cambio de los destinos entre jesuitas españoles y centroeuropeos, aportaba dudas sobre su lealtad a la Corona. Uníase a ello infundios sobre la explotación clandestina de vetas de oro en estancias secretas, con mineros indígenas especialistas… Toda una fabulación larvada, crédula cuando no implicada, que iba a lastrar la marcha política de la Compañía por la senda virreinal.

 

Figura  17 : Recolección de miel en una reducción jesuítica del siglo XVIII. Óleo de Florián Paucke (FUENTE: Portal Guaraní)   

 

          Conocida entre los españoles como Colonia, el hecho de encontrarse al Oeste de la delimitación de Tordesillas, la portuguesa Sacramento iba a ser causa histórica para permanecer en el punto de mira de Buenos Aires y su gobernador, con no pocos incidentes en su secular vida compartida. En 1701 se firma el Tratado de Lisboa por el que se cede a Portugal la titularidad de Colonia. Ese mismo año muere sin sucesión el rey español Carlos II de Austria, pasando su Corona a ser almoneda entre las Casas reinantes de Borbón y Austria, dirimida con una Guerra de Sucesión (1701- 1714), que enredará a las principales potencias europeas. Portugal e Inglaterra en el austracista lado austriaco, Francia y España del borbónico lado francés testado por el rey difunto, se aprestan a dirimir con las armas el dilema sucesorio. Durante la contienda, un Tercio Santafesino pone nuevo sitio a Colonia para acabar capitulando su rendición cinco meses más tarde. Llegada la guerra a su fin, y sellada la paz por el Tratado de Utrecht (1713), supuso un varapalo para España, la Corona en litigio, a la que todas las partes le sustraían territorios para cobrarse supuestas ayudas a la finalizada causa. ¿Qué causa era aquella en que todos ganaban y solo su favorecida España perdía, incluso frente a terceros que no habían sido invitados a la contienda? Perdía sus reinos europeos con la desaparición de su Corona de Aragón, la humillante presencia de bases inglesas en el Gibraltar y la Menorca de su geografía patria. En menor medida lo fue para una Francia exhausta que hubo de soportar consecutivas hambrunas, peste variólica y revueltas sociales. El Rey Sol, no tan Sol en este caso como la historiografía francesa apunta, hubo de ceder las ahora de su nieto tierras españolas, para obligar a que Inglaterra se retirase acompañada de Austria. A pesar de este descuartizado europeo de las posesiones españolas, Luís XIV ganaba con ello una nueva Corona Borbón adscrita a su dominante estatus en la Europa del regalismo estatal. La Colonia del Santísimo Sacramento iba a ser devuelta a un Portugal anglófilo favorecido por aquel Tratado firmado en tierras de Holanda. La única que perdía era la España  almonedada… y los italianos del Reino de las Dos Sicilias, que por arte de magia habían dejado de pertenecer al Imperio español con la pérdida de su libre circulación por él. Aunque los lazos creados por siglos, iban a servir para encauzar una masiva emigración de la bota itálica hacia su colombino Mondo Nuovo del Plata, incluso antes de la sedición americana. Tras el telón de fondo de esta supuesta guerra en pos de nominar su legítimo heredero-Rey, habíase ocultado la compacta maquinaria productiva del Imperio español con su sólida seguridad jurídica y su mercado de cuatro continentes, junto a una poderosísima moneda – Real de a ocho, vulgo Peso – respaldada por las minas de Nueva España y El Perú con sus estrictas Cecas y su inquebrantable ley de plata. Numerosas veces había sido falsificada esta moneda valorada por su peso, de ahí su nombre, y su alta ley de plata fraudulentamente rebajada en China, Holanda e Inglaterra con escaso éxito mercantil.

 

        Bajo fuertes presiones, el moribundo Carlos II, apoyado por una misiva del Papa, había declarado heredero al Duque Felipe de Anjou, nieto del Rey Sol, por incomparecencia en su lecho de muerte del vienés Archiduque Carlos de Habsburgo, que, por su proximidad sanguínea, considerábase como candidato dinástico favorito. Con independencia de las pocas o muchas ínfulas del primo austriaco, el nombre de Felipe V iba a inaugurar la era Borbónica de la Corona española, bajo la apabullante figura de Luís XIV, su ególatra abuelo, que no tenía abuela para decir tamaña baladronada como l´état c´est moi,…  Suya iba a ser la urgente medida de priorizar, sobre cualquier otra alternativa, el comercio francés con las Indias, que su nieto-pupilo proclama sin tardanza. La Casa de Contratación de Sevilla, piedra angular del comercio de la Casa de Austria hasta entonces, quedaba arrinconada ante la creación de un ‘Consejo de Despacho’ como máximo órgano del gobierno. Este nuevo gabinete administrativo adjudicará el monopolio del comercio americano de esclavos, entre otras prebendas como la extracción de plata y oro, a la Compagnie de Guinée, cuyo 50% era propiedad del abuelo sin abuela. El Asiento de Negros inglés quedaba marginado del comercio de Indias, pese a la existencia de un Tratado de Partición previo, firmado por el rey difunto con una Inglaterra que, como medida defensiva de su comercio, iba a buscar aliados en apoyo del Archiduque Carlos de Habsburgo. ¡Alea jacta est! La guerra estaba ya servida. Y sus patentes consecuencias en el puerto de Buenos Aires se verían con la plaga de amigables barcos franceses que traían toda clase de productos, en contravención de las estrictas leyes del Imperio vigentes hasta entonces. Una suerte de calidoscopio de banderas nacionales secuenciado con las apariciones de barcos negreros que, en unos pocos años, habían enarbolado pabellones de Portugal, Francia e Inglaterra, según soplaran los alisios de la política internacional. Hasta que los abusos ingleses condujeran a la Guerra de la oreja de Jenkins (1739), sellando su paz con el Tratado de Aquisgrán (1748). Nuevamente tras la paz, los barcos de bandera inglesa volvieron a traer esclavos africanos y productos europeos que vender en las costas hispanoamericanas. El menor riesgo de asfixia o interferencia de su comercio ultramarino con el Imperio español, era razón que propiciaba un casus belli británicus. Toda merma de este comercio, es fácil de entender que Gran Bretaña  lo tomara como un asunto vital. El blindaje comercial del Imperio español durante la Casa de Austria, había dado lugar a una poderosa economía encriptada, difícil de agrietar en beneficio ajeno, envidia de las potencias rivales y sobrado motivo para intentar buscarle quicios por donde extraerle gotas de savia vital. Ni que decir tiene que, el contrabando y las patentes de corso, eran recurrente sangría de aquella nutricia savia, hecho presente en la vida comercial y militar diaria de la España ultramarina hasta su extinción como Imperio.

 

No satisfechos con la Colonia do Santíssimo Sacramento, Portugal fundará Montevidéu (1723), prontamente ocupada por la Gobernación de Buenos Aires y fortificada de seguido como permanente espita reguladora del contrabando de la Colonia y su tránsito de naves por el Río de la Plata. Este roce inamistoso entre las coronas de España y Portugal, van a conducir al Tratado de Madrid (1750), como encuentro entre reinos a través de un equilibrio regional de fronteras. España conservará la Colonia del Sacramento, pero compensa a Portugal con parte de las tierras incluidas entre los ríos Ibicui y Uruguay, donde tenían asentadas los jesuitas siete de sus reducciones y varias de sus estancias (hoy departamento brasileño del Río Grande do Sul). Ello iba a generar la reacción de los cerca de 100.000 indígenas de las misiones afectadas y otras anexas, contrarias a las disposiciones asumidas en el trato, no solo contra la administración portuguesa, sino a favor de la libre circulación de canoeros en profusa busca de los ricos yerbales de sus riberas de siempre. Era la que vino a llamarse ‘Guerra Guaranítica’, que iba a servir de excusa para preñar nuevamente las iras de los encomenderos contra los jesuitas y sus reducciones, acusándoles de arropar a sus indios para erigirse en reino independiente contra la Corona. Un inconcebible disparate, que solo intereses torvos podían alimentar, a la espera de una colecta de frutos concretos en tierras y brazos a precio de felonía, tras la eliminación de los papas negros, pastores de la frontera. Pero en Madrid y también en Europa, reverbero de las sociedades secretas en boga, soplaban vendavales, por anticatólicos anticlericales, de los hermanos masones, agrupados en torno a sus logias. Era el momento de considerar, propalar y amplificar, la quejumbre encomendera y la supuesta insumisión jesuítica al Rey, dentro del hermetismo que las caracteriza. En aquellas logias se podía fácilmente entrar mediante unos ritos establecidos, pero difícilmente salir. Su secretismo era para ellas casus vitae, y la revelación de secretos suponía el cortar la lengua al infractor o incluso decapitarle. La masonería inglesa aceptaba la decapitación del infractor. Otra cosa diferente es hasta qué punto se cumplían estas amenazas, nunca comprobado y menos denunciado.

Figura  18: Montevideo a principios del s. XIX. Fuente: sketch propio

 

       Para la Corona y sus empelucados aufkläruner de turno, tras un siglo de enseñanza, los indios debían saber gobernarse por sí mismos sin frailes tutelares. Y si así no ocurría, era patente el fracaso de los métodos de enseñanza empleados. O, a sensu contrario, ocultaban planes inconfesables, tales como erigirse en república independiente con el vasallaje de sus indios. Desconocíase por entonces lo que la debilidad mental supone de olvido repentino sobre ordenes recibidas o decisiones libres del individuo, que trastocan comportamientos a ojos vistas inverosímiles para el observador. Y cuyas compañeras de viaje aparecen en forma de holganza, baja vitalidad, inconstancia, carencia de previsión, desgana, esfuerzo mínimo, somnolencia, apatía y toda serie de artimañas y trucos para soslayar compromisos…¡Mueva ese culo!, se increpa aún popularmente en Venezuela, al reo de esta flojera congénita, máscara de una avitaminosis cierta. Como en un parvulario de nivel pre-escolar, los frailes se hacían entender y obedecer sin olvidos ni errores, a base de tablillas individualizadas para cada una de las funciones individuales o colectivas a realizar, desde hilar las hebras de algodón por las mujeres, hasta recochar tejas cerámicas por los hombres o acudir por separado unas y otros a la misa o los sacramentos. Esto lo traducían los jesuitas en su lenguaje docente explicando, a quien les quisiera escuchar, que siempre llevamos una cestilla llana de tablillas con un letrero cada una grabado a fuego con su nombre… y que para todo cumplimiento de las rutinas litúrgicas… va un sacristán con un plato recogiendo las tablillas de todos, y al que no la trae, le expulsa de allí…  para seguir explicando que en la vida de las misiones… los bienes principales son el ganado mayor y el menor…

 

los indios no tienen vacas, ni bueyes, ni caballos, ni ovejas, ni mulas: sino gallinas, porque no son capaces de más. Hemos hecho en todo tiempo pruebas para ver si les podemos hacer guardar ganado y alguna cabalgadura y no lo hemos podido conseguir. En teniendo un caballo…  lo llenan de mataduras: no le dan de comer, ni  le van a buscar y luego se les muere…  El burro es más propio para su genio; pero lo suelen tener tres y cuatro días atado al pilar del corredor de su casa, sin comer ni beber, sin echarlo al campo, por no ir a recogerlo…  les damos vacas lecheras para que tengan leche y por el corto trabajo de hacerlo, no las ordeñan… o matan las terneras y se las comen…  Lo mismo sucede con los bueyes, que los pierden o matan o comen…  Sólo en tal cual de los más principales y capaces, podemos lograr que tengan alguna mula o bueyes y que los conserven… (crónica histórica de las misiones jesuíticas en el Paraguay, redactada por el sacerdote jesuita José Cardiel en el siglo XVII).

 

Por estas razones obligaban los jesuitas a mantener sus bienes en régimen comunal, sujetos a una disciplina compartida. A la vista de lo aquí expuesto y al alcance de quien quisiera informarse ¿realmente creían sus preclaras e ilustrísimas señorías ilustradas que los jesuitas pretendían independizarse de la Corona de Carlos III haciendo piña con sus guaraníes? ¿Arar con aquellos bueyes? Desde la atalaya privilegiada del siglo XXI, podemos opinar sobre la idiotez de tal supuesto, y su total falacia. La causa principal de la expulsión jesuítica apunta directo hacia el regalismo impositivo de la Corona Borbón sobre una Iglesia díscola a sus dictados, herencia directa de la Revolución Francesa. Su cuarto y excepcional voto de Obediencia al Papa, hacía de los jesuitas un hueso difícil de roer en tiempos de centralismo borbónico, laicismo ilustrado y minusvalía eclesiástica. Muchos clérigos franceses habían huido a España para escapar del regalismo revolucionario y evitar su excomunión, permaneciendo fieles al papado. Evitaban a las bestias humanas que, por increpar del Dios en el que no creen, maldicen su alma en la que tampoco creen (pero esta ahí y les atormenta) por no poder acallarla, algunos se cuelgan. Evitaban de paso el espectáculo desgarrador de las procesiones sacrílegas, con futuros jacobinos ebrios de vino y sangre, y el nacimiento de la Nueva Teología y el evangelio de la libertad, los festejos eclesiales de lenocinio donde hombres y mujeres desenfrenados y medio desnudos cantaban La Carmagnole y bailaban como posesos, donde bandadas de chicas en fila corrían detrás de los hombres entre mesas cargadas de botellas, embutidos, patés y quesos diversos, y niños de ambos sexos y corta edad que comían y bebían de ellas como muestra de la égalité et liberté alcanzadas. Su pronta embriaguez excitaba la risa de los viles seres que les animaban… mientras en los altares laterales previamente cubiertos de cortinajes completaban el rito de aquella desatada gula con no menos desatada lujuria, eternos compañeros de viaje en la sinrazón, quedando sobre las piedras consagradas repugnantes huellas del libertinaje… En medio de la confusión de esas reuniones, los abominables deseos encendidos durante el día, se satisfacían al llegar las tinieblas apagando unas velas que daban mas humo que luz…  nos dejaron escrito testigos presenciales de aquellos aquelarres parisinos en la catedral de Notre Dame, la iglesia de Saint Eustache o la capilla de Saint Gervais, que para todas ellas había y sobraba. Una bestia humana tentacular, desatada por la Revolución en pleno desarrollo. Desarrollo que después se completaría con la lanterne (guillotina), los fusilamientos masacrados por mitralleurs, o los ahogamientos masivos de girondinos y vandeanos golpeados a remazos si emergían del agua, cuando ya no daba abasto la farola (La lanterne de Monsieur Guillotin, su médico inventor).  Y todo ello para publicar su Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano por Robespierre, una triste recopilación de valores paridos en la Salamanca del Francisco de Vitoria tres siglos antes, diversificados y arropados por Hugo Grocio al siguiente, para ser tergiversados por John Locke un siglo antes de ser tocados con el revolucionario gorro frigio de la Libertad, tomado de griegos y romanos pero cruzado ahora por la escarapela tricolor francesa, una rúbrica personal del elegante e incorruptible monsieur Maximillien, que tampoco la sobreviviría. La fama de tibieza arrastrada por el clero francés desde el Cardenal Richelieu en adelante, y el gran número de sus sacerdotes que habían jurado la Constitución pese al anatema papal, no iba a favorecer en nada el exilio español de los recién llegados. Carlos IV les prohíbe cualquier dedicación a la enseñanza, dura medida para quienes la han ejercido habitualmente durante el sacerdocio. La experiencia episcopal española en la Luisiana cedida por Francia y su perpetuo quebradero de cabeza con el clero francés residual, disoluto e inobediente, inclinarán al monarca a prohibirles en suelo español cualquier función eclesial fuera de la misa matutina diaria.

 

       «La Guerra Guaranítica» (1754 a 1756) era sin duda algo más que visiones de filosofía ilustrada: tenía un profundo arraigo en el alma indígena, inoculada con la enseñanza del derecho natural por los jesuitas. Y tal vez por ellos ayudados en la redacción de algunos suplicatorios escritos en guaraní y dirigidos a instancias superiores, pese a que nunca pudo ser probada tal cosa. El Derecho divino estaba por cima del Rey y lo humano. Aquellas tierras entregadas por Dios a su pueblo, obligaba al Monarca a protegerle del enemigo, puesto que eran los guaraníes leales vasallos de la Corona española. ¿Acaso habían levantado aquellas iglesias y pueblos en piedra con el sudor de su frente, para donarlas a un enemigo que con frecuencia les hostigaba? Los poblados indígenas cedidos se aproximaban a las 30.000 almas. Las partidas gubernamentales llegadas para amojonar la frontera iban a verse detenidas en el puesto de Santa Tecla por amenazantes mesnadas guaraníes, arropadas en los propios poblados. Pese a los argumentos manipulados más tarde, no era aquella una revuelta contra los españoles ni contra Carlos III, que les amparaban. Lo era contra los portugueses, eternos depredadores fronterizos de vidas y haciendas, en su conocida faceta de cangaceiros, bandeirantes o garimpeiros, buscadores estos últimos de piedras preciosas, oro o diamantes en tierras ancestrales indias, respaldados muchas veces por hacendados deseosos de verlos retroceder para acaparar libremente sus tierras. El rechazo del indígena hacia aquella chusma indeseable, tenía firmes raíces en los inveterados engaños sufridos con dádivas y baratijas dejados en lugar convenido hasta granjearse su amistad, para caer finalmente sobre ellos y degollarlos in situ, cuando acudían por las presuntas dádivas. Muertos los varones iban al indefenso poblado por las mujeres y niños. Razón de más para que el Rey de España les protegiese, apoyada en la oposición de los frailes a entregar a Portugal los 7 pueblos a Leste del río Uruguay. Conocían el profundo sentimiento de los guaraníes hacia aquellas tierras,  “Co ivy oguereco dara” (esta tierra es nuestra), y no iban a aceptarlo en grado alguno. Pero estaban también en contra de la sublevación indígena que, sin duda, agravaría su situación. De hecho, durante los primeros traslados pacíficos que habíanse practicado hacia el Oeste de la frontera, desaparecían de improviso indios en recodos imposibles, cuando no huían en súbita carrera hacia las galerías arboladas. Pero fueron las razones de estado quienes prevalecieron al fin, y los Gobernadores de Río de Janeiro y Buenos Aires hubieron de emplear su tenaza militar para ahormarlos, con un saldo de miles de indígenas muertos y un poso de acíbar en el alma guaraní, que hubo de plegarse a una razón de estado, algo incomprensible a sus mentes.

 

Figura  19: La primera imprenta de Sudamerica se estableció en Misiones. Algunos ejemplares en lengua guaraní. FUENTE: canal12misiones

 

Aún sin sosegar estos pálpitos naturales en las reducciones, comienza en 1756 otra guerra más, la llamada Guerra de los Siete años. Se inicia por un conflicto fronterizo centroeuropeo, consecuencia de la irregular suerte de límites nacionales establecidos en el Tratado de Aquisgrán, tamponazo de hecho al revolutum levantado por la Sucesión española. Francia e Inglaterra abrirán en Norteamérica un segundo frente, consecuencia de las meras rivalidades coloniales que llegan a su cenit, desde las francesas de Luisiana al Canadá con ensamblaje de las inglesas de la costa Este. Silent enim leges inter arma. Ahora tocaba ya callar y en su retraso, Carlos III de España se verá arrastrado, inter arma, por su pacto de familia con la rama Borbón francesa. Rama que vería agonizar su imperio americano a manos del enemigo inglés en 1763 y la entrega de la monumental Luisiana a España en pago de los gastos bélicos ocasionados. Este abrupto final de la Guerra de los 7 años o guerra india, iba a traer un arquetipo único en América, tan sui generis como la política secular que Inglaterra desarrollaba en sus Trece Colonias, donde era cada una de ellas un hecho diferencial, con sus prebendas diferidas del resto de sus congéneres. Una verdadera merienda de negros, pese a que los africanos no habían aún asomado su faz por aquellas costas. Desde la privilegiada Virginia de la Compañía de Londres, hasta la feudal Mariland de Lord Baltimore adjudicada a real dedo su propiedad, pasando por la Bahía de Massachussets de los pilgrims del Mayflower que empezaron compartiendo pavo asado y acabaron masacrando paquots y vendiendo wampanoags como esclavos. Sin olvidar a los ocho paniaguados de Carlos II Estuardo anclados en las Carolinas, la Nueva York de su hermanísimo Duque de York, la monárquica New Jersey de su padre, el Carlos I decapitado por Cromwell, cedida empero al mundo cuáquero, la Pensilvania liberal de un acreedor William Penn con ella indemnizado, la teocrática Connecticut con sus masacres místicas de tribus incómodas, la Rhode Island de la libertad religiosa y los planters de Providence.…  todo un biotipo representativo de aquella calidoscópica res-pública. Toda su legislación fue cifrada en el apresurado Pacto del Mayflower. Mediante él, los colonos abajo firmantes se comprometían a constituir y elaborar, de tanto en tanto, leyes, ordenanzas, constituciones y obligaciones justas y equitativas, tales como se considere más apropiado y conveniente para el bien general de la colonia…  Semejante panfleto era dictado en 1620, por gentes destinadas a formar una colonia europea, ayuna de jurisprudencia comparada… ¿Comparada con quien? ¿Con la aplicada y sentenciada en Irlanda? ¿En qué se parecía esto a las Capitulaciones del Adelantado Pedro de Mendoza y tantos otros, con un Ordenamiento redactado por el Consejo de Indias y pactado con el Rey? Nada que ver con el funcionariado de la Corona española, elegido y cesado por ese Consejo de Indias legislador y distribuidor de Virreyes, auditores, jueces o fiscales colegiados, tal como impusiera cien años antes el emperador Carlos V Habsburgo, frente a los méritos indiscutidos de los conquistadores. Estos funcionarios de la Corona española gozaban de restricciones tan severas como, durante su cargo, el no poder contraer matrimonio ni apadrinar recién nacidos, tener bienes raíces o aceptar invitaciones, dentro del territorio de su jurisdicción. El prestigiado marino Antonio de Ulloa, destinado al Perú en misión científica y militarmente ocasional, enamorado de una limeña, volvió para casarse con ella cuando era ya ‘Gobernador General de Luisiana’. O del novohispano Vértiz y Salcedo segundo Virrey del Río de la Plata, casado en España. Dura lex para los jueces y fiscales jóvenes, que debían aplicarla en Indias, con el añadido necesario de contar con una experiencia profesional de, al menos, cuatro años de oficio. Barrera más difícil aún para los letrados criollos, en razón de sus parentescos diseminados por doquier, una imposición que disminuía sus posibles candidaturas, y en consecuencia el bajo porcentaje de funcionarios nativos, dedicados en mayoría al libre ejercicio de la profesión. Por toda vía legislativa, el Consejo de Indias evitaba familiaridades regionales y potenciales prevaricaciones, que no siempre podían ser oportunamente detectadas por los auditores. Esta y no otra, fue la razón de que la mayoría de los cargos  relevantes de los virreinatos, capitanías y audiencias, estuviese generalmente ocupada por peninsulares y no por criollos. Historiadores hay que se ceban en esta casuística para atacar a la Corona por ser de su preferencia el peninsular sobre el criollo en su desempeño de cargos públicos en Indias. Harían bien en preguntarle su parecer al insigne marino y científico D. Antonio de Ulloa.

 

Hombres como Pizarro o Cortés, ganadores para su Rey de imperios harto avanzados sobre aquella suerte de tribus fósiles del Nordeste americano, hubieron de contentarse con marquesados, junto a una limitada autonomía activa auspiciada por la propia Corona. Como dueños de extraordinarias valías, sus posibles empresas futuras, propias o compartidas, no podían desvanecerse en la inactividad satisfecha de cualquier estómago agradecido. Pero ¡eso sí!, siempre bajo la autóritas de su Virrey, alter ego del Emperador en las Indias, Europa o la propia Península Ibérica. Dirigido por la batuta real, el ‘Imperio de los Austrias’ respondía unísono a los ritmos y cadencias políticas en curso, cual ente alucinado ante el tempo vivo de aquella brillante varita mágica. Con la suficiente autoestima gentilicia como para permanecer cohesionado durante un siglo más, pese al éter ajeno inoculado por la dinastía Borbón, que propició el deslave de sus netas esencias conservadas por la Casa de los Austria. He ahí la causa de su existencia trisecular, muy por cima de los otros imperios atlánticos. Aquella que al positivista francés Hipólito Taine, hízole reflexionar en un momento de sus Orígenes de la Francia Contemporánea, para comprender que había existido un momento superior en la especie humana: La España de 1500 a 1700. Aquella irrepetible España que para Pablo Neruda nunca más se ha visto en el mundo… Pero tras un siglo de afrancesamiento y para su propia desgracia, la España del siglo XIX, no era ya la del siglo XVI, la heredera de los Reyes Católicos, aunque sobreviviera de ella un acerado brillo de identidad. «Las Trece Colonias británicas», en cambio, nunca respondieron unísonas a su metrópoli, pero aprendieron a soportarse. Compartían no más de idioma y colonial estatus, porque el empeño de sus planters por exterminar a todo indio inserto en su espacio vital, interno o fronterizo, colidía con el criterio de su Corona, proclive a conservar la indiada periférica como cordón sanitario frente a la Hidra española, constrictora de su expansión. El costo de la guerra ganada al colono francés y sus indios aliados, impulsó a Su Graciosa Majestad Británica a gravar a la ciudadanía con nuevos impuestos… que los «planters» rechazarían indignados. Y ya sabemos cómo acabó aquella pírrica victoria de un coloniaje que sentíase, pese a todo, plenamente inglés, pero cuya percepción igualitaria para nada era compartida por sus afines isleños. Aferrados éstos a su matriz insular, pebetero de las puras esencias anglo, creían ver perder tan sutil aroma con la creciente distancia a su londinense ombligo. John Dickinson con su Declaración de Derechos y Quejas, reclamando desde Filadelfia su derecho como colono americano a no ser menos que un ciudadano ingles, vino a ser el detonante de la explosión colonial que trajo cordura a la metrópoli… cuando era ya demasiado tarde para su América del Norte. Inglaterra solo les consideraba iguales a la hora de pechar.

 

        En la del Sur, la Guerra de los Siete Años iba a traer también consecuencias para Inglaterra. Durante ella Pedro de Cevallos, a la sazón gobernador de Buenos Aires exige al Virrey del Brasil, la devolución de la isla de Martín García y la Colonia de Sacramento. Y ante su silencio, capturará una vez más Colonia, esta vez con 27 buques ingleses surtos en su puerto, apenas unas semanas antes de partir como expedición anglo-portuguesa a la toma de Buenos Aires. Tres meses más tarde rechazaría sobre ella una contraofensiva portuguesa combinada con su aliada británica. Para interceptar cualquier paso de tropas lusas por la costa, construirá la Fortaleza de Santa Teresa, mientras moviliza una fuerza terrestre de 1.000 indios de las reducciones jesuitas como apoyo a la  conquista de la región de Río Grande a manos brasileñas. Llegada la paz con el Tratado de París (1763) que establece el retorno del Río Grande y Colonia al regazo portugués, Cevallos da largas a la entrega del enclave costero por razones obvias. Habíase convertido Colonia en un conflicto enquistado, nebuloso, en tanto las coordenadas geográficas del estrambótico enclave eran ya cifras perfectamente objetivas y contrastables. Su pertenencia al hemisferio español era evidente, y por conflicto hartamente tolerado como un fuera de lugar manifiesto, debía concluir. Su insostenible estatus había tocado techo, pero Cevallos, defensor de esta tesis, es repatriado y sustituido por Francisco de Paula Bucarelli. Antes de partir de Buenos Aires devolverá la Colonia…  con sus murallas demolidas. Sometido al preceptivo ‘Juicio de Residencia’, saldría de él netamente reforzado en su prestigio personal y militar, además de la rendida memoria del Virreinato.

 

         Siendo Gobernador de Madrid y Comandante General de Castilla la Nueva, recibe Cevallos la orden de Carlos III de comandar una nueva expedición a la América meridional. Llevaba in péctore el cometido de Capitán General y Virrey temporal para tomar satisfacción por el irrespeto a mis provincias del Río de la Plata…  donde la ciudad de Río Grande de San Pedro y la fortaleza de Santa Teresa, habían sido recuperadas por los brasileños. El nuevo Virrey marcha a su destino dispuesto a retrotraer el límite portugués al de Tordesillas de los Reyes Católicos y, tras cumplida la misión, dejar el mando. Con una Armada de 119 barcos y 9.000 hombres de guerra y mar comandada por el Marqués de Casa Tilly, parte de Cádiz en 1776. No es una fuerza menor para el cometido, tampoco pequeño, propuesto por la Corona, que iba a desalojar a los portugueses de la costa del Río de la Plata y el actual Brasil, hasta la isla de Santa Catalina. Como primera etapa de la campaña ocupará Santa Catalina, donde deja gobernador y guarnición ante la retirada de los portugueses. Captura Santa Teresa y pone sitio a Sacramento. El Virrey dará su ultimátum a la colonia lusa, que no quiere aceptar el abandono de la colonia. Negocia empero la salida de sus gentes y, tras una capitulación impuesta, arrasa la ciudad y sus magníficas murallas como punto final de aquel contencioso que estaba cumpliendo el siglo. A las puertas de Río Grande recibe una misiva real desde Montevideo indicándole que detenga su marcha. Las cancillerías de ambas naciones habían convenido sentarse a negociar. Por el Tratado de San Ildefonso, Portugal cedería Colonia y las arruinadas misiones orientales, la isla de San Gabriel en el Río de la Plata y las de Fernando Poo, Annobón, Corisco y las Elobey junto con la continental desembocadura del Río Muni en el Golfo de Guinea, en tanto conservaba Santa Catarina continental (incluida Santa Catalina insular) y la zona regional de Río Grande, anexa a la albufera Laguna de los Patos.

Figura  19: Tratado de San Ildefonso: consecuencia de las victorias de Pedro de Cevallos (1er Virrey del Río de la Plata). FUENTE: MARQ

 

                               La entrada del Virrey Cevallos en Buenos Aires iba a suponer una explosión de júbilo ciudadano. La pequeña ciudad de provincias, pasaba a ocupar de facto un destacado orden comercial y jurídico del Imperio. Una suerte de cenicienta que devenía princesa. Eran nuevos tiempos con todas sus consecuencias, una de las cuales será la autorización de internar hacia la costa pacífica, el comercio llegado por esta Puerta del Mar meridional. Camino Real adelante vía Lima, o Santiago de Chile y Valparaíso por la vía del Oeste, de acuerdo a la «Ley de Libre Comercio» promulgada por Carlos III, irán administrando las recuas sus misiones de entrega. Esta puñalada comercial al Virreinato del Perú, iba a traer un notable incremento de carretas sobre las que cargar el nuevo comercio del interior. Pero queda parejamente prohibida la salida del oro y la plata sin amonedar, que buscará por ello otros puertos menores para su matute endémico. Una vez cumplida la campaña, la mayoría de las tropas expedicionarias regresará a España, salvo un contingente próximo a los 1000 infantes que pasan a engrosar las filas de la milicia virreinal, en su nueva faceta de cancerbero de tierra y mar.

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Miguel Ig. Lomba P

Me llamo Miguel, y me encanta investigar/escribir sobre cultura. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de York, actualmente me encuentro en Noruega, tierra de vikingos, escribiendo sobre la historia de los antigüos territorios de Ultramar de la Corona española. Las relaciones entre América y Europa son relevantes para mi futura tesina de Postgraduado, futuro PhD (doctorado). Cualquier duda/pregunta no dudes en contactarme a: admin@mapasilustrados.com ⚓

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