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Contexto Histórico de Panamá – IV

(Dibujo de su Autor)

La aventura de Morgan no va a ser un hecho aislado. Los piratas del Caribe, hermanados en su guarida de Jamaica, han decidido pasar al Pacífico para perpetrar sus fechorías en los puertos de un mar desprevenido. Richard Sawkins (1680) al mando de una poderosa conjunción de al menos 330 hermanos de la costa, entre los que hoy sabemos se encontraban los conocidos filibusteros John Coxon, Bartholomew Sharp, Peter Harris, Edmund Cook, Ravenau de Lussan, William Dampier, John Watling, Edward Boldman y el cirujano Lionel Wafer, atraviesa el Darién con apoyo de los indios para entrar al Pacífico con 60 lanchas por el Tuira. Una verdadera trasnacional cazatesoros que busca lo valioso de los demás, para apropiárselo por encima de toda ley ajena, teniendo por válida solo la propia. Se apoderan de algunos pataches de mediano porte y del galeón Santísima Trinidad de 400 toneladas todavía sin artillar, y con ellos se proponen asaltar el cabotaje de aquella costa. Wafer el cirujano galés, tras una discusión sobre la dureza del camino elegido, es abandonado junto a otros cuatro salteadores en plena jungla del istmo; pero salvará el pellejo al ser acogido por los indios como médico durante dos años, y poder contarlo a su vuelta a Inglaterra. Muere Harris en las primeras escaramuzas contra las partidas armadas que recorren la costa occidental. Dueños pronto de una pequeña escuadra capturada barco a barco, llegan los confabulados al fondeadero de Panamá donde abordan, saquean e incendian 3 barcos cargados de mercancías. Sin opción sus mosquetes franceses ante los cañones de bronce de Panamá Nueva, precisan alejarse mar adentro, fuera de alcance de las rugientes bocas que arrojan fuego sin dar tregua. Shawkins ha sido herido de muerte por los fusileros del Perico y es Coxon quien pasa a comandar la partida antes de su temprano regreso al Caribe, persuadido por nuevas divergencias habidas con Cook y otros capitanes. Sharp, nuevo comandante en jefe, ha logrado artillar con rapiñas el Santísima Trinidad, para convertirlo en insignia de su flota con el nombre de Trinity. Atrapa un bergantín cargado de pólvora, municiones y 50.000 pesos destinados a la guarnición de Panamá, que añade a sus velas para proseguir hacia el sur el saqueo de hatos costeros, puertos de cabotaje y naves de carga. En Tumaco muere Boldman con su vanguardia a manos de la guarnición del puerto. Sharp prosigue la rapiña costera hasta las Islas de Juan Fernández, donde piensa carenar los barcos y permanecer oculto en un mutis de meses. Puerto a puerto, cabo a cabo, la posición marítima de Sharp hacia el meridión va siendo denunciada en la propia costa mediante humaredas y fogatas planificadas. Conocedor de estas alertas virreinales gemelas de su periplo costero, decide no volver atrás, donde sospecha van a salir si no han salido ya, los galeones del virreinato a darle caza. Por orden del propio Sharp en latitudes peruanas, Edmund Cook es arrestado por homosexual y ahorcado en una entena del Trinity. Ley implacable del mar. Desembarca y ataca por tierra en días siguientes el puerto chileno de Arica, pero es rechazado tras denodada lucha en la que muere Watling junto a dos docenas de sus hombres. Otra veintena de ellos serían capturados y ahorcados todos excepto los dos cirujanos de a bordo, indultados y retenidos por el corregidor  al constatar que no han tomado las armas. En su escape hacia el Cabo de Hornos, captura Sharp el galeón chileno Virgen del Rosario, cuyo preciado tesoro es un libro de derrotas que habría de salvarle la vida. Cuando llega el Trinity a Plymouth, Inglaterra prosigue su tregua de paz con España, vigente el Tratado América para combatir la piratería. Sharp es por ello condenado al patíbulo, pero El Almirantazgo inglés, tras estudiar la desconocida e inapreciable cartografía que el pirata aporta en su descargo, logrará obtenerle el perdón real en nueva y sonada felonía.

La estela de los barcos de monsieur Ravenau de Lussan, el galante y culto parisino metido a pirata tal vez empujado por inoportunas deudas de juventud, se aleja pronto de Panamásiguiendo su aguja de marear hacia el norte, y su roda hacia Nicaragua, Honduras y Tehuantepec, donde va a convertirse en azote de los pueblos costeros de aquellas tierras. Unos años después de su mise en scène filibustera, decidirá bajar el telón de este segundo acto de su particular y teatrera comedia de enredo, para regresar a Haití, etapa intermedia del añorado savoir fair de los salones de París. Quema sus barcos y organiza sus 300 hombres en compañías que acometen por tierra el cruce del istmo. Asalta a su paso La Antigua Guatemala(Santiago de los Caballeros de Guatemala), y ante aquellos atónitos ciudadanos reunidos por fuerza en la Plaza Mayor, anuncia que respetará templos y conventos, sin profanar personas, vasos ni imágenes; pero deben para ello entregarle cuantos víveres precise y sus lanchas fluviales quedan confiscadas sin más. Aquellas chalanas  y bongos habrían de servirle para acceder por el río Motaguahasta el Caribe, y de allí al cabo Gracias a Dios, donde pensaba tomar algún barco contrabandista que le llevara al haitiano occidente de La Española.

Charles Swan al mando de tres naves piratas entra por el Cabo de Hornos al Pacífico (1684) y tras una costanera hacia el norte con Dampier como piloto, y el hermano Francis Towley como socio, emprendería una fallida persecución del Galeón de Manila por el Pacífico Norte; Towley, llegado atravesando el istmo, acabaría pereciendo en un encuentro fortuito con la Escuadra del Mar del Sur, desplazada desde El Callao a Panamá en rutinaria vigilia de la ruta de los galeones. Entran también aquel año al Pacífico por el Mar de Hoces (ruta Hornos),  los  perros del mar John Cooke y John Eaton, que dedicados a la fácil presa de los desartillados barcos negreros, han capturado uno danés con féminas bozales para sus esclavos antillanos, que incorporarán con el nombre de Bachelor´s Delight  (Delicia de los solteros) a la pequeña flota con la que tratan de acceder por el sur continental al Pacífico. Superadas las rugientes latitudes marinas, los saciados bachelors arrojarían por la borda aquella pobre carne humana enferma de hambre y violencia sexual. Pero tampoco iba a tener mayor suerte para sobrevivir a su aventura panameña el perro John Cooke, que muere ese mismo año de paludismo frente al Cabo Blanco de Costa Rica en su deliciosa insignia. Su eventual asociado Edward Davis  seguiría al mando del Bachelor´s Delight con los 3 barcos y 1.000 hombres de su compartida flota. Con ella ataca Panamá por tierra y mar, justo cuando  la Flota del Sur desembarca su carga en el Perico; pero los 174 cañones y 3.000 hombres que defienden la plaza, rechazan el acoso filibustero. El desembarco de la plata se completa ante sus fauces sin mayor contratiempo (1685), y las naves forbantes tornan velas y gobernalles hacia las costas de Nueva España. En compañía de John Eaton marrará Davis su ataque al puerto del Realejo en Nicaragua, donde incendia su rancherío incapaz de conquistarlo, lo que precipitaría el regreso de Eaton al Caribe tras desavenencias tácticas con su ocasional socio.                                             

William Dampier, el llamado Pirata Científico por su labor pirática compartida con estudios de geografía, ciencias naturales y narraciones sobre sus viajes, abandona las Galápagos con la partida de Sharp. Ha decidido merodear al descuido las costas peruanas. En compañía ahora del fraternal gabacho François de Granmont, recibe nutrido refuerzo de otroshermanos de la costa que cruzan el Darién cada vez que la situación lo requiere. Entre ellos François Grogniet, que con 80 piratas galos viene a compartir depredaciones españolas con el sanguinario bordelés.

El Océano Pacífico, infestado de piratas por el sur o por el istmo, había dejado de ser el Lago Español de antaño. En una serie matemática de variaciones con repetición, la presencia filibustera se había multiplicado ad nauseam en pocos años, desparramándose sobre la costa meridional del gran piélago marino. Ante el peligro generalizado, sus puertos se fortifican, y los virreyes conceden patentes de corso a los capitanes de mar que lo solicitan. Por su proximidad a la costa, Lima la capital del virreinato, también teme ser atacada y se rodea de una sólida muralla. En apoyo de los galeones de la Flota del Sur, el progresivo consenso de las naciones europeas, y su propio peculio, el corso iba a resultar eficaz yunque contra la piratería, hasta tal punto que en cortos años remitiría la asfixiante presión bucanera, eclosionada en el Pacífico tras la captura de la Panamá Vieja por el bloody Henry. Panamá Nueva no sería ya asediada por bucaneros de calaña alguna: sus fuertes murallas con  cañones de bronce,  aun permaneciendo mudos, infundían respeto. Habían ganado la tregua de los mares.

Figura  11: Plano Planta de la Ciudad de Panamá Nueva

En 1736 se suprime el régimen de flotas, se cierra la feria de Portobelo, se cancela la Real Audiencia. Las temporeras masas de feriantes no van a regresar más. En 1737 sobreviene el Fuego Grande, uno más de los provocados en la Hispanoamérica morena,  que devora dos tercios del caserío intramuros de Panamá Nueva. Solo se salva el Hospital de San Juan de Dios y casas aledañas. Fuera, el Arrabal de Santa Ana permanece intacto. Como en anteriores incendios se acusa de ello a impersonales manos asesinas, por todos sospechadas. Pero también se levanta el hartazgo de otras voces: demasiado incendio, demasiada madera, demasiada frustración, demasiado negro. Panamá tirita herida cuando pasa a formar parte del recién formado Virreinato de Nueva Granada (1739).

Los jesuitas son expulsados de España e Indias por pragmática de Carlos III (1767). Salen los ignacianos panameños camino de Portobelo al destierro; se les clausura la Universidad que tras el incendio de sus aulas, han tardado más de setenta años en reabrir dada la penuria de recursos propios. Habían aquellos frailes estudiado las lenguas indígenas y en ellas publicado gramáticas, diccionarios y catecismos. Iluminando desde el púlpito y el aula, almas y mentes con el resplandor de la lógica y de la ética, frente a la barbarie mercantilista de un presente sin futuro, que todo lo envolvía en su propia y material nube del no saber. Panamá ve menguar sus alcabalas y el sabroso Situado Real de antaño. Tampoco pueden ya sus muleros y ocasionales arrendantes de bohíos, tenderetes y galpones, especular con viajeros y feriantes sobre precios…no importa si de escándalo o ganga. La gallina de los huevos de oro ha fenecido, y la ciudad se despuebla inerme de vida urbana. Solo los morenos permanecen en una urbe, que al decir de un misionero sorprendido mas parece un pueblo de Etiopía que una ciudad de Indias. No se ha preservado en ella ese consuetudinario 20% de población de color, que las naciones coloniales habían aprendido en propia carne a no superar, porque la ira que la injusticia social soliviantaba a borbotones en aquellos mundos de ultramar, llegaba siempre al cielo, las más de las veces en forma de humo…negro.

            Figura 12: Orla y escudo heráldico de la Ciudad de Panamá. Año de 1521

El vigor racial del bozal africano frente a la insania ambiental del istmo, había potenciado la incontrolada, paciente y arisca, presencia masiva de su etnia en aquella costa. Y vendría otro incendio, el  fuego chico de 1755, y otro mas, y otro…pero no por ello cesaba el periódico y ardiente desorden generador de miseria. A final de siglo será Panamá, aquella que fuera Roma del Pacífico, una escombrera de solares vacíos y naturaleza intrusa, edificios ruinosos y hambre. Llegarán luego los transitivos mesías arreglándolo todo, hablando mucho, cambiando más y construyendo nada. De nuevo el humo esta vez semántico, el exaltado verbo huero, la vacuidad, la ideología filosófica, la Revolución Francesa, la masonería… Un siglo entero arrancado del calendario a su historia de patrimonio humano. ¿Y sus gentes?, bazofia, puro rebaño de la particular mesta que los políticos de turno aperrean a su antojo para meterlo en su aprisco.

Aparecen los novicios buscadores de oro californiano, que remontarán en oleadas de bongos el Chagrespara regresar por la misma vía, algunos de ellos ricos, otros enfermos, otros nunca, a las ciudades atlánticas de Nueva Orleáns, Savanah o Nueva York que les vieran partir. Pero aportan un fugaz hálito de vida y sustento a la agónica Roma. Un último estertor de la Fiebre del Oro que habría de preñar con nuevos malhechores, nuevas meretrices, nuevos salteadores de caminos, nueva delincuencia, nuevas Nombre de Dios, las viejas sendas de la vetusta Castilla del Oro, en un pertinaz redoble de la Historia ya sabida, narrada  por los cronistas de Indias desde cuatro siglos antes. Redoble con toque de retreta que sería bruñido sin contemplaciones étnicas por las milicias norteamericanas de la Nueva Compañía, donde el apartheid resultaba moneda áspera al tacto. Otra manera de hacer Imperio más adusta y fría que la conocida hasta entonces, había retomado para mejora futura del istmo, el caduco y fracasado proyecto francés del Canal de Panamá, para capacitarlo y concluirlo. Y esa iba a ser la nueva Feria Panameña que había de retrotraer pasadas glorias, satisfacciones y sueños. Pero esa, amigo que lees y piensas, esa es otra historia.

Figura 13: Canal Interoceánico

 
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Contexto Histórico de Panamá – II

El dilema creado entre los juristas del reino, proclives a la encomienda del indio (catequesis y civilidad a cambio de su trabajo) y los teólogos, partidarios del respeto a su albedrío como persona, chocaban ambas con la brutal realidad del humano complemento indígena, ya mil veces denunciado por el Consejo de Indias. El nativo de aquellas tierras resultaba refractario al trabajo orgánico, y su etnia, vulnerable a los virus que portaban africanos y europeos. Lejos de poder catalizarlos mediante defensas genéticas inexistentes, por un lado; por otro, era materialmente imposible abordar la colonización del continente sin mano de obra asequible in situ. En ningún caso el nativo podría ser catapultado treinta siglos avante, del Neolítico al Renacimiento, sin su propia colaboración activa y su particular aporte a una común empresa que iba a durar generaciones. Esa era la realidad deducida del saber renacentista occidental, y la primera vez que el europeo abordaba tamaña empresa, con absoluta carencia de referencias históricas donde poder ilustrarse. Solo los pensadores de Salamanca, punta de lanza del saber de la época, se atrevían a pergeñar una entreverada teoría de los derechos del hombre. Pero el Consejo de Indias y la Universidad de Salamanca diferían en sus planteamientos discursivos. A ellos vendría a unirse Juan López de Palaciosrubios miembro del Consejo y catedrático de la Universidad de Valladolid (fundada en 1241) oponente del prestigio salmantino y sus tesis humanistas.  Heredero en cambio del humanismo de los Reyes Católicos, el emperador Carlos, va a seguir su propia rectitud de conciencia para legislar a favor del súbdito considerado más débil. Su Real Cédula (1549) es inapelable: Don Carlos  a vos, Sancho de Clavijo, nuestro gobernador de la Provincia de Tierra Firme, llamada Castilla del Oro, salud e gracia; sepades que nos, habiendo entendido cuan pocos indios de los naturales de esa tierra hay vivos al presente en ella, y que han sido causa de ella los malos tratamientos que han recibido … mandamos poner en libertad como están los de la isla de la Española y Cuba, y así a vos, mandamos que luego que esta recibiereis, pongáis en libertad a todos los indios que al presente son vivos en esta provincia, no importa que estén encomendados … por cuanto es nuestra voluntad que los indios no sean molestados con tributos ni otros servicios reales, ni personales ni mixtos, más de cómo lo son los españoles que en esas provincias residieren, y se les deje holgar para que mejor puedan multiplicarse y ser instruidos en las cosas de nuestra santa fe … e vos particularmente tendréis muy gran cuidado … y daréis orden para que vivan en pueblos, lo cual así haréis y cumpliréis a pesar de cualquiera apelación o suplicación… Más claro, agua. Pero había que hacerlo cumplir a miles de millas en países que desperezaban su prehistoria, bajo emprendedores que arriesgaban vida y hacienda para desleír de su retina la miseria reinante en la Europa que los había catapultado a través del mar. Y para ello era menester tener braceros o ir a buscarlos a donde los hubiere. De lo contrario, habría que abandonar la empresa.

Los repartimientos habían sido consuetudinarios en la España de la reconquista, y mediante esta medida, mitad botín mitad prédica, se repartían los cristianos todo haber capturado a los moros, a la vez que lo estampillaban con su credo religioso. La encomienda era en cambio una figura jurídica novedosa, genuinamente castellana, emanada de la alucinada realidad socioeconómica que debía enfrentarse al vacío social en la gigantesca colonización americana. El peninsular emigrado, ya colono, funcionario, militar o autónomo, era quien por aquellos años creaba la riqueza a la vez que desvelaba un horizonte de razonable futuro. Ahora, desde una percepción economicista, la Real Cédula del Emperador, venía a tirar por tierra el difícil equilibrio que el emprendedor renacentista de las Américas creía haber conseguido, mal que bien, contra Salamanca y sus dominicos o jerónimos, a fin de proseguir su cometido económico en las nuevas tierras. Pero no era esta perspectiva la que el monarca combatía, por compartida, sino los excesos de prepotencia étnica o personal de unos súbditos contra otros que, a sus ojos, lo eran bajo idénticas prerrogativas legales. Las tesis de la Corona recogidas en las Nuevas Leyes de Indias,iban a soliviantar a los encomenderos que consideraban de todo punto imposible su permanencia en las Américas si se les privaba de la mano de obra nativa. Piden por ello  la revocatoria de tales leyes, y cuando les es denegada por el monarca,  la acogen de mala gana en Veragua, pero la acatan. Se revelan en cambio contra ella en el Perú, donde Gonzalo Pizarro hermano del conquistador, a la sazón suGobernador General, la capitaliza y se declara en abierta rebeldía contra su rey.

En el Perú, la llamadaGran Rebeliónde Gonzalo no era sino un nuevo capítulo de la guerra civil entablada entre pizarristas y almagristas, sellado antaño con solemne pacto su entendimiento ante el altar, celosos hoy cada bando de sus prerrogativas. El botín bélico cristalizado tras la derrota del Inca en repartimientos y encomiendas, tenía como perla de la corona a la ciudad de Cuzco, cuya posesión ambos bandos se asignaban. La mimética Panamá sufriría también las consecuencias de la guerra civil desatada en el sur, como sentimiento propio. También Veragua se siente dividida en sus querencias. Los pizarristas peruanos lo saben y, revelados contra la Corona, quieren cortar los suministros y el situado real que su virrey ha de recibir en Lima a través del istmo. La situación es grave, y, pese a sus carencias navales, desplazan su escuadra del Callao para tomar Panamá. Una vez persuadidas sus autoridades e inclinada la plaza a su bando, regresa la escuadra  con urgencia a la base peruana para proseguir aquella lucha fratricida en pleno desarrollo. Pero llega también desde España,enviado por la Corona, el licenciado Pedro de Lagasca con el título in péctore de Presidente de la Real Audiencia de Lima. Tras convencer al Gobernador y Cabildo panameños que deben permanecer ajustados a ley, parte hacia la Ciudad de los Reyes (1546) para restablecer allí la voluntad imperial. Ajusticiados los responsables, entre ellos al gobernador Gonzalo Pizarro (1548), y consumado el mandato del emperador, Lagasca regresa a Panamá y de allí a Sevilla. Misión cumplida.

Ante la negación del trabajo forzado de indios, la alternativa posible a su fuerza laboral era la africana, y en su tráfico humano eran los portugueses, desde sus factorías de Angolay Guinea, los mejores gestores atlánticos. La nueva situación creada en el Virreinato del Perú, del que Veragua era parte importante, obliga pronto a regular el tráfico de esclavos africanos (1545) frente al caníbal amerindio. Los negros llegados a Panamá hasta entonces, no eran esclavos en el sentido del trato tiránico que llegarían a padecer, sino de criados de la gleba, servidores domésticos de un señor o familia de corte medieval, con quienes convivían y emigraban como otro miembro subalterno del grupo. La sustitución de indígenas para faenar  el campo y laborar las minas por negros bozales, iba a traer deserciones y alzamientos, desacatos y venganzas, un nuevo y problemático estrato social levantisco que se extendería masivamente por el istmo. Un naufragio portugués con 300 negros en el Darién, vendría a engrosar las filas de otros esclavos cimarrones huidos de hatos y sementeras, hasta convertirse en salteadores pertinaces del Camino Real, hostiles siempre al colonizador, a la vez que afines a toda bandería entendida como potencial carcoma del orden establecido. Nada aspiraba a crear per se el negro bozal, salvo la plantación del conuco junto a su bohío: una precaria economía de subsistencia combinada con la rapiña y depredación gregarias en una vida cimarrona devenida libre. Una vuelta de tuerca a la prehistoria, aunque estuviesen en su pleno derecho de hacerlo. Pero la omnipresente mirada del Emperador Carlos todo parecía percibirlo, y por ello legisla para que los negros no vivan con los indios, porque además de que los tratan mal, se sirven de ellos, les quitan lo que tienen, inclusive las mujeres e hijas sin que traten de resistirles, y además, son corruptores de sus costumbres y creencias… Toda una defensa en regla del súbdito legal contra el, todavía entonces, advenedizo ébano humano. Pero el fenómeno de la esclavitud negra no estaba previsto en la conciencia renacentista bajo la dimensión explosiva que tomaría en América, a causa de la reconducción productiva de su economía agraria. Los principales analistas de núcleos europeos del Nuevo Mundo, acabarían llegando a la conclusión de que toda población negra superior al 20% de sus moradores, suponía un peligro inminente para su futura pervivencia. Y Panamá no iba a ser una excepción en el baremo poblacional ciudadano, que andando el tiempo, la implacable Historia habría de cotejar.

Al eco del trasiego de la plata peruana a través del istmo, acuden aventureros y piratas del Atlántico. Drake es rebotado de Nombre de Dios por su guarnición de soldados y milicia ciudadana (1573), aunque guiado por cimarrones, se interna con su gente río Chagres arriba hasta Cruces, donde captura algunas mulas de la plata peruana transportada en reatas hacia el puerto del Atlántico. Drake logrará escapar con su presa de las patrullas armadas que le siguen, para ir a cacarear su triunfo en Plymouth. No tiene esa suerte en cambio William Oxenhan (1577), que cruza el istmo y se establece en la costa pacifica. Desde allí consigue valiosas presas sobre naos merchantas y pataches de cabotaje que surgen de los caladeros de Panamá y otros puertos menores de Veragua. Y cuando lo atraviesa de regreso al Caribe, el pirata inglés es capturado con su botín por una partida virreinal que rastrea su itinerario, y ahorcado con sus capitanes como cualquier otro delincuente plebeyo en Lima. Pero las velas de Drake, tras seis años de mutis caribeño, volverían a perfilar las costas del virreinato, esta vez en el Mar del Sur (1579). Su  táctica intermitente es similar a la de su mentor Hawkins: hecha la presa, desaparecer y quitarse de donde pueda ser descubierto. Y había cumplido uno de sus plazos.                                

Los puertos del Pacífico, ayunos del filibusterismo caribe, carecían de las defensas fijas que sus homólogos atlánticos habían pergeñado. Llegan voces del sur alertando de saqueos, capturas e incendios en el litoral chileno y peruano. La captura del Galeón de Panamá en aguas ecuatoriales despierta las alarmas en las costas de Veragua, donde cada día se siente más próximo el resonar de gualdrapas y pantocazos del osado navío inglés. Panamá acelera la fortificación de la ciudad y su puerto del Perico; se excava una trinchera con parapeto de piedra a lo largo de la línea de playa, desde la ciudadela de las Casas Reales hasta pasado el puente del matadero, a la vez que se amplía el Fuerte de Navidad, atalaya del acceso a la ciudad por el Camino de Cruces. Pero la flota corsaria hace un mutis más en su intermitente táctica de acción-omisión, y pasa de largo rumbo a Nueva España y California soslayando la capital del istmo. Los ecos de Drake palidecen y  las alarmas costeras acaban por diluirse en todo el Virreinato del Perú.

Figura 5: Plano  Planta de Ciudad de Panamá Vieja

En un lance ya conocido, llegará nuevamente Drake a Tierra Firme por aguas caribeñas, un cuarto de siglo después de su primer intento, empeñado ahora en repetir el éxito de su juvenil captura istmeña. Acaba de morir Hawkins, el otro almirante de su flota corsaria, durante la batalla de Puerto Rico, y el solitario Drake prosigue la navegación del que sería trance postrero de su carrera como corsario de Isabel Tudor. Saquea al paso hatos y caseríos, haciendas costeras y  puertos menores, cuyas castigadas gentes huyen enguerrilladas al monte a la menor presencia de vela sospechosa alguna. Entra en Nombre de Dios (1596), vacía ya de una puebla migrada a Portobelo, pero ocupada por negros fugitivos que viven una economía de subsistencia y rapiña en un rancherío levantado con despojos. Thomas Baskerville, su comandante de tropa, es puesto en fuga por partidas presidiales emboscadas en el Caminode Panamá Vieja. Y Drake remonta en barcazas el río Chagres. Pero ambos grupos corsarios, hostigados por españoles e indígenas son empujados de nuevo a las naves de las que salieran. Drake, a la espera de incorporar sus últimos secuaces desnortados entre manglares, pone fuego a los despojos de Nombre de Dios,antorcha nocturna que los reclama al nuevo encuentro. Tras el rebañado de los morosos, dirige sus naves a Portobelo con ánimo de arrasar el naciente enclave. Pero sabemos que el trópico había hecho presa en el cuerpo expedicionario inglés y  Drake no podría ya llevar a efecto su plan, porque moriría apenas unos días después frente a su bahía. Tras un penoso regreso plagado de bajas y apestados llegaría Baskerville a Plymouth con la mala nueva para el sindicato corsario que había financiado la empresa.

Panamá Vieja era en 1600 una ciudad de 5000 almas libres, con 400 casas de cal y canto con madera muy perfeccionada en sus pisos altos, con su Real Hospital de San Sebastián (1575) mas tarde San Juan de Dios (1628), conventos de frailes Franciscanos (1524), Mercedarios (1526), Agustinos(1612), Dominicos (1571), Jesuitas (1594), monjas de La Concepción (1597), e iglesia matriz convertida en Catedral (1580-1626). La ciudad había sido trazada a cordel con su neurálgica Plaza  Mayor, su Cabildo y su Aduana. Pero al contrario del diseño tradicional de las ciudades hispanoamericanas, las Casas Reales (Casa de la Moneda, Real Audiencia, Casa del Gobernador y Casa de Oidores) estaban situadas en un extremo del núcleo urbano sobre el mar, un espolón rocoso dominante del puerto y la ciudad. Este promontorio era su único perímetro fortificado, pensado sin duda para defenderse antes de indios que de impensados piratas de un piélago hasta entonces netamente español. Ayuno por tanto de corsarios o belicosos forbantes (los hors band, en francés incontrolados, de la edad media europea), capaces de traer por mar el desorden a sus muelles.

El ilustrado dominico Fray Tomas de Berlanga (1534) a la sazón obispo de Panamá, propone a Carlos V estudiar la viabilidad de un canal interoceánico que conecte ambas orillas aprovechando el cauce del río Chagres. Auspiciada por la Corona y el Consejo de Indias se inicia una investigación para la posible unión de los mares. Pese a la mano de obra esclava e indígena, su gigantesco presupuesto resultaría inalcanzable para cualquiera de las Coronas europeas reinantes. El entonces regente Felipe II contesta en nombre del emperador Carlos con una críptica negativa: lo que Dios ha separado no lo una el hombre, que enmascaraba sin duda la imposibilidad de desarrollar aquel proyecto en aquel siglo. El estudio emprendido por el Consejo de Indias iba a señalar negativamente el hecho de que su exclusivo uso pensado para naves españolas y naciones amigas, era inviable para la Real Hacienda del reino, condenada en adelante a desatender las necesidades de las ciudades, ejércitos y demás administraciones, para financiar el crédito que requerían del proyecto los banqueros genoveses y alemanes de Sevilla. Años después, reinando Felipe III será nuevamente planteada otra traza del Canal del Istmo, esta vez siguiendo el cauce del Tuira. Se rechazará definitivamente el proyecto, técnicamente factible según los ingenieros de la Corona, pero cuestionable su permanencia operativa en manos españolas según los estrategas, dada la mutante política de alianzas entre naciones rivales, si entonces de inferior capacidad ofensiva, si de potencial incremento pugnaz mañana, en el permanente ajedrez de los intereses europeos y sus familias reinantes. La Real Hacienda se niega, además, que la defensa efectiva del supuesto canal, ya operativo, joya de la corona a la vez que cintura de avispa por donde quebrar el Imperio, viniera a monopolizar el presupuesto de sus arcas, ya maltrechas en aquellos siglos de mercantilismo,  guerras cruzadas y plena efervescencia política. Todavía el negocio de las marinas mercantes europeas consistía en capturar naves y cargamentos de la sólida red comercial española de ida o vuelta, frente a la economía precaria de los asentamientos coloniales franceses e ingleses, desatendidos por sus respectivas Coronas hasta que empezaran a rentabilizar su erario. El corsario representaba para ellas una externalización de funciones del ente estatal; el pirata, un empresario autónomo en el mundo laboral de hoy. Bajo estas premisas de industrialización previa, la maquinaria depredadora inglesa, de la que sus reyes eran connotados accionistas, vino a madrugar más de un siglo sobre sus rivales europeas.

El trafico de metales preciosos y mercancías entre el Virreinato del Perú y la metrópoli, potencian a Panamá Vieja como mercado de dimensión intercontinental. La flota que del Perú llega cada año con mercaderías y dineros, vende su mercancía en feria local, pero permea los dineros llegados camino de Portobelo, la heredera atlántica de Nombre de Dios.  El mecanismo que nutre a Panamá de abastos peruanos, ve ampliar cada año su variedad y volumen de transacción. La plata limeña financia los productos europeos, junto a exquisitas sedas y porcelanas de China, damascos de oriente, marfiles y lacas llegadas de Acapulco para delicia de las damas limeñas. Solo el Quinto Real se filtrará en metálico hacia Sevilla; el resto va quedando  como gasto corriente de productos venidos en los propios galeones que la plata se llevan, y que de la Feria saldrán ahítos de carga en ruta inversa hacia el mercado de Lima.                

En medio de este trasiego mercantil, la prospera ciudad de Panamá Vieja desarrolla un núcleo urbano de hermosos edificios de porte limeño. Se remodelan o levantan nuevas fachadas en Conventos, Iglesias, la misma catedral. Pero es una ciudad de paso, como su propia economía. Nadie trabaja la tierra, salvo algún peninsular que cultiva su huerto. Todas las verduras y hortalizas llegan del Perú con precios desorbitados. Abundan los fondos perlíferos, y no pocos panameños tienen negocios de pesca y venta de perlas, sostenidos por buceadores negros, herederos de aquellos otros tritones indios que mostraron su pericia a los pioneros blancos de Pedrarias. Saben comerciar ventajosamente los metales extraídos en las minas de su gobernación. Fuera del tiempo de flotas, las naves panameñas llevan al Perú bozales africanos de la Casa de los Genoveses, el mercado de esclavos donde lustran sus cuerpos con aceite de coco, cual femeniles botinas que vender. Las mismas naves que del Callao traen, además de las siempre escasas verduras, frutos, harinas, vinos, azúcar, sebo, jabón, cordobanes, aceite, y de Guayaquil cacao y cascarilla. Desde Portobelo suben en todo tiempo recuas o bongos con tasajo, puercos, aves, tabaco elaborado, productos todos antillanos o cartageneros para consumo propio, cuyo excedente se cabota a otros puertos del Mar del Sur. Salen hacia Nueva España naves con brea, alquitrán, jarcia o perlas, en el ordinario tráfico de un caladero siempre concurrido de urcas, galeoncetes y pataches. Panamá aporta al comercio sus cientos de muleros suburbiales negros de Malambo, y con ellos, indios y mestizos del barrio Pierdevidas, que con sus reatas vienen y van entre ambas costas, ya sea en época de flotas o fuera de ella. La Audiencia (1618) se verá obligada a regular por decreto los desorbitados precios que los muleros, los bogas de la bahía y los proeles de los bongos del Chagres, imponen a los feriantes que requieren su servicio. Tan abusivos o más que los alquileres de dormitorios o pernoctas aptos para las ferias.Panamá  y Portobelo, puntos de encuentro de mercaderes de dos mundos durante cuarenta días de ensoñaciones mercantiles, reciben en sus Aduanas los pagos de almojarifazgos, alcabalas o arbitrios de toda mercancía que por mar llega o sale. Pero a pesar de las utilidades del comercio, son solo las bocas de un desfiladero angosto, por donde se encajona el copioso Situado Real para la subsistencia de tropas, auditores y gobernanza del propio Virreinato. La producción local de sus hatos, placeres perlíferos, minas, plantaciones, tratantes, mercaderes, transportistas, derechos de amarre o embarque y demás actividades, eran exiguos para mantener la Gobernación de Panamá. Y no conseguida su autonomía financiera, no habría futuro para ella; su relumbrón ciudadano se vería opacado más pronto que tarde. Otra nueva Roma Imperial del comercio, que auguraba días contados sin precisar pitonisa alguna que lo revelase.

 
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Contexto Histórico de Panamá – III

Mucha fue la labor desarrollada por los frailes dominicos en su afán de aclimatar sembrados y plantíos en el istmo, desde el plátano dominico de Canarias hasta el tomate de los incas. Ellos entregaban al indígena todo tipo de cultivo exógeno, legumbres, frutales, tubérculos, y le mostraba cómo hacían medrar aquellas especies en sus huertos conventuales. En medio del bagaje de frailes trotaconventos, so  pretexto de  que con estas nuevas del descubrimiento (del Perú) pasan (por aquí) muchos eclesiásticos, trasplantaron naranjos, limoneros, granados, melones, sandías, calabazas, perejil, puerros, cebollas, habas, que habían de aportar riqueza alimentaria a sus gentes para combatir las hambrunas tanto de autóctonos como de arraigados.  Y sobre todos ellos, quedó en la memoria colectiva del indio panameño, la figura del obispo Fray Tomás de Berlanga (1530-45), hijo de familia castellana labradora, conocedor y gran valedor del huerto familiar o conuco como motor indígena de la economía agraria de los pueblos o repúblicas de indios.  Por aquellos años – nos dirá el propio obispo –  se introdujo la cría de ganado vacuno, caballar, asnal, de cerda y cabrío; las aves de corral como gallinas, pavos, gansos, las palomas llamadas de Castilla, y otros animales como gatos y perros, que venían a cerrar el círculo agroalimentario posible para la Castilla del Oroque él soñaba. La ganadería,  por ser la tierra espaciosa y beneficiada grandemente de agua y pastos,  había cristalizado a principio del siglo XVII con 53.500 cabezas de ganado repartidas en 52 hatos. Fernández de Oviedo estimaba en su relación histórica, que el Quinto Real de los yacimientos de perlas ascendía a 15.000 ducados anuales. Los núcleos auríferos,  a la baja durante el siglo, aún conservaban importantes réditos en las minas y ciertos cauces fluviales de Veragua. Y los aserraderos de maderas preciosas  donde se asierran tablas y tablones y otros maderos que se navegan a Lima, la Ciudad de los Reyes, celosa guardiana de las espléndidas balconadas y miradores labrados de sus mansiones capitalinas.  Los aserraderos que hay en esta provincia son los mejores y mayores que hay en la costa del Mar del Sur, sentencia el correcaminos e historiador carmelita Vázquez de Espinosa en su documentada descripción de las Indias occidentales (1612), haciéndose eco de las suntuosas casas de habitación que había contemplado en Panamá.

Fuera de las ferias, el siempre concurrido Pericoacogía en cualquier época al menos una decena de barcos mayores, provenientes de Nicaragua y Guatemala, incluso algún otro del Perú, además de otros costaneros que ejercían el cabotaje por las costas de Veragua y Chiquiriquí. Ellos prolongaban con su cotidianeidad el quehacer de aquel mundo de muleros y bogas que daban vida al puerto, a la vez que generaban otro sumando impositivo para la economía contributiva en aras de la deseable autosuficiencia presupuestaria que la Audiencia precisaba. Por otra parte, el comercio propio de la ciudad de Panamá con otros puertos del Mar del Sur, daba para mantener en rada propia unos diez grandes navíos, el mayor de 500 toneladas (toneles castellanos), lo que no era infraestructura baladí para expandir la producción panameña de cueros, cecinas y maderas por las costas del sur.

No fue menos importante la labor desarrollada por los jesuitas, eternos ocupados en el saber aplicados al alma y la ciencia. La Compañía abre las primeras clases de Gramática y crea las cátedras de Filosofía, y Teología Moral, reconocidas mas tarde con el rango de Universidad S. Javier, a fin de dotar de estudios superiores a la ciudad de Panamá (1565) y ahorrar a sus vecinos el ir a Lima para graduarse en los altos saberes de la época. Esto resultaba impensable por aquellos días en otras dependencias europeas de América que no fueran las españolas, adelantándose en casi tres cuartos de siglo a la Harvard pionera de habla inglesa. Ahora precisamente que la hecatombe del Bloody Henry iba a cernirse implacable sobre la ciudad.

                    Figura 7: Portulano de Ciudad de Panamá Vieja (dibujo del autor)

España e Inglaterra  junto a otros reinos europeos acababan de firmar un pacto para poner fin a la piratería. Existía en el Caribe un submundo de aventureros de toda calaña y nación, enjambre portuario de forajidos, estibadores, vagabundos y descuideros, pasto de tabernas y prostitutas, carne de horca analfabeta y embrutecida con base en la afrancesada Tortuga o la inglesa Jamaica, dos preciosos ejemplares del todo vale desbridado, en una supuesta economía de mercado. La primera isla, había sido arrasada varias veces por flotas españolas, la segunda, era ya reconocida por España como posesión inglesa de facto, pese a que los antiguos braceros de los colonos hispanos seguían hostigando desde las montañas a los ocupantes británicos. La tropa de filibusteros asentada en Jamaica y otras antillas menores, impedían y crispaban el tráfico fluido de las mercancías, con el consiguiente perjuicio para el comercio de las principales economías emergentes. Los autónomos habían invadido el mercado. Con la nueva medida adoptada, no pocos piratas incursionarían en tierra para ocupar áreas despobladas, y dedicarse a la explotación de maderas preciosas o la ganadería extensiva. Pero la caterva de lumpen antillano activo, había sido por aquellos años ahormada en disciplina y cohesión por Henry Morgan, personaje de consolidado prestigio en este submundo a partir de la toma de Portobelo unos años antes. Con inapelable autoridad logra reunir 38 naves y 2.000 hombres en las islas deBoca del Toro con ánimo de saquear la ciudad de Panamá (1671). Y espera durante la época de vendavales la confluencia de nuevos forbantes que quieran adherirse a su empresa panameña. Allí habitan indios bravos enemigos de los españoles, que truecan con el bucanero que llegue carne de tortuga por manufactura europea, circunstancia que la gente de Morgan aprovecha para arranchar bodegas.  Este sustrato de gentes sin patria, mayormente anglófonos inmersos en un universo de lengua vehicular española, jugadores de ventaja y riesgo mínimo, jactanciosos eternos de la nada rapiñada y el estupro, saqueadores de puertos desguarnecidos, haciendas costaneras  o solitarias naves merchantas, llamados eufemísticamente perros o carroñeros del mar, eran una suerte de escoria humana, instintiva y desalmada, expelida por las cloacas de los nuevorricos puertos caribeños. En este contexto, siete flotas piratas  capitaneadas por el capitán desertor Joseph Bradley, el renegado curazoleño Jan Reyning, hermano costeñode Isla de Pinos, y el holandés Rock el Brasiliano, el atroz torturador que asaba vivos a los colonos para oírles informar de nuevos hatos donde cuatrear, van a confluir en Boca del Toro para la campaña convenida.Bradley con 5 buques y 400 hombres ataca por su lado de tierra el Castillo de San Lorenzo, centinela costero del río Chagres, por cuya embocadura piensan penetrar al istmo. Tras una lucha a muerte con los desembarcados en la que perecen los 250 soldados de la guarnición española junto a Bradley y la mayoría de asaltantes,  queda el camino del río expedito, y el fuerte en llamas.  Sabe Morgan que los alzados indios del istmo, son fiables baquianos para toda hueste que arribe a sus costas bajo cualquier bandera que no sea la imperial Cruz de Borgoña, roja sobre campo blanco, de las armas reales. Guiados por sus caciques río Chagresarriba, los 37 bongos y chalanas de Morgan atoados, a percha o a remo, aprovechan las contracorrientes arremolinadas de orilla para remontar su potente flujo de madre. Sus expertos brazos depositarían estas gentes de guerra en Cruces, a 30 km de Panamá. Todavía de noche, avanzarán hacia la capital con interrupciones esporádicas, producidas por algunas partidas de indios flecheros leales o estancieros emboscados, que tratan de entorpecer y debilitar con armas ligeras el encontronazo fatal.

Morgan ha dejado la flota que comanda, guarnecida en la costa atlántica con dos capitanes y marinería de retén, en previsión de un posible ataque naval que malicia por retaguardia pero que nunca llegaría a producirse. Las guarniciones de Panamá y sus partidas voluntarias, conocen la sanguinaria ralea que se aproxima y su visceral salvajismo. O morir o vencer ha  proclamado entre sus filas el Capitán General Juan Pérez de Guzmán, perfecto conocedor del viejo enemigo jamaicano, el bloody Henry de la sin cuartel bandera bermeja, el rematador de heridos en Portobelo y Maracaibo, el degollador del enemigo inerme torturado a muerte para sacarle riquezas ocultas, el descuartizador del alcaide portobeleño a ojos de esposa e hijos, el azuzador del cobro en especias y sexo violento de sus machos alfa sobre bienes y hembras sometidas, no importa si púberes. A ello se encaran los 1200 defensores de a pie y 200 de caballería del heterogéneo conglomerado de peninsulares, criollos, negros, mulatos, mestizos e indios, que con la suelta previa de una manada de toros bravos, pretende sorprender sin éxito la avanzadilla enemiga que se aproxima al Puente del Rey por el Camino de Cruces. Las primeras descargas de fusilería ponen en fuga a la manada de reses, que sin control ni dirección, huye a campo abierto traspasando sin efecto las cuadrillas invasoras. Una táctica que fuera exitosa en Jamaica años antes contra el invasor inglés, fracasaba ahora frustrando las esperanzas de Pérez de Guzmán. Pronto comprueban los defensores que un nuevo tropel de asaltantes se aproxima al Puente del Matadero por elCamino Real, en una operación tenaza que ciñe el campo libre de los suburbios  Pierdevidas y Malambo: un torniquete yugulador del casco urbano, que constriñe a sus defensores contra el mar.

Una ensordecedora traca de fusilería se entabla frente a la mesnada filibustera. Las partidas de voluntarios en una acción nerviosa, sin dominio de la cadencia propia que todo soldado profesional sabe espaciar entre un disparo y su siguiente, agotan tempranamente sus municiones en una suerte de salva inicial de cohetería festiva. Conocido espectáculo con armas de fuego en manos bisoñas, que causan más estragos con su fuego amigo desde retaguardia, que el enemigo de la vanguardia. Y acabada la munición, solo queda la huída. Tras la descarga comienzan los defensores a batirse en retirada hacia el casco urbano. La caballería, en el terreno embarrado de los suburbios, se bate con valor; conscientes de su vacío vital sin futuro, van cayendo uno tras otro. En el campo dejan más de 600 bajas abandonadas a la barbarie atacante que cercena miembros apenas vislumbrado en ellos el mínimo fulgor áureo que arrebatar. Una a una será ocupada cada calle, abatidos los defensores en ventanas, quicios, guardillas y espadañas donde se apuestan para montar su arma y dispararla. Antes de llegar la noche Panamá había caído. Lo que siguió fue el más atávico desenfreno en busca de esas joyas, vajillas, cuberterías, objetos de valor cualquiera que nunca asomarían por parte alguna, salvo en la obsesiva mente del predador. Tiempo ha que los avisados panameños habíanlos  embarcado en el galeón Trinidad rumbo al Perú, en compañía de vasos y ornamentos sacros, cuidados por monjas, algunos frailes y señoras que el gobernador mandaba al buen recaudo sureño. En la situación que se avecinaba, quien no pudiera o debiera embarcarse, sabía que había de luchar hasta el fin, y para los desesperados defensores de la plaza, muchas valientes mujeres negras entre ellos, aquel fin había llegado.

La inexistencia de botín  a la vista, iba a exasperar la ira de los salteadores, que acabarían poniendo fuego a los templos donde esperaban encontrar algo que ya no estaba. En la ciudad nada queda que pueda ensoñar las ansias de riqueza de aquella horda primaria. La irritada chusma rastrea templo a templo, convento a convento, casa por casa: todo está vacío. No hay monjas, no hay vasos sagrados, no hay ajuares, no hay barcos en el puerto, no hay dineros, no hay nada. Todo ha sido previamente vaciado, y debe sin duda haberse ocultado en los cerros, en la sabana, en los hatos, en las islas de la bahía. Solo las soldadas del Fuerte de la Navidad y los pagos en metálico de la Aduana y Casas Reales, aportan fiducia al saqueo. En cuadrillas por montes e islas cercanas buscan fugitivos que torturar para arrancarles el secreto de sus haberes ocultos. Los infelices capturados que logran sobrevivir, habrán de pagar entre torturas y vejaciones un sangriento rescate por sus vidas. Las pocas indias comarcanas sorprendidas en los contornos, son violadas por turno hasta la muerte de muchas de ellas. Yo no he venido aquí para oír ruegos, sino que vine a buscar dinero, responderá bloody Henry a la súplica desesperada de algunas féminas. A los pocos días, con 175 mulas cargadas de enseres, Morgan abandona la renegrida y humeante Panamá. Nada perdona su rapaz apetencia, desde bargueños de nácar y marfil a jarrones de porcelana china, desde lámparas de bronce y cristal hasta sillas de caoba y cuero excluidas de la nao fugitiva, desde jubones acuchillados de forro contrastado hasta chambergos y monteras de fieltro o terciopelo. Eso si, todo vale, bien coloreado con palo de Campeche. Lo que no puede o no quiere llevarse, lo destruye: como la biblioteca del gobernador y los archivos reales, como los libros del obispo. Se lleva 600 prisioneros, no importa si negros o blancos. Unos como esclavos, otros como garantía del cobro de rescates. En la aduana de Cruces encierra a sus rehenes por tres días, plazo concedido para que quien pueda pagar, pague; quien no lo haga será vendido en Jamaica. Entre tanto, las chatas van descendiendo río abajo con los enseres acarreados por las mulas, y llegado el plazo fatídico, embarca las cuerdas de presos sin rescate pagado. Antes de zarpar las naves hacia su guarida antillana, sería repartido el botín: su monto solo alcanza a 200 pelucones de plata por filibustero, una irrisoria cantidad después de tres meses de fatigas. Los desmanes y peleas que siguieron al magro reparto, es tema de los psicólogos que se han detenido a tratarlo.

Figura 8: Aportación cultural galardonada con titulo de Sir por His Most Gracious Majesty Britannic

Será inútil que el Capitán General reúna su desbandada hueste para acosar al pirata, que se hace sin más a la vela rumbo a Port Royal. En el núcleo urbano santiaguino nombrado Spanish Town aguárdale su mansión, que pese a los cólicos geológicos isleños, seguiría conservando sus espléndidos edificios hasta el terremoto de 1790. Nunca los soñara igual otro colono europeo, como este británico que acababa de destruir sus homónimos de Panamá. Cuando Morgan aporta en Jamaica, el gobernador de la Isla  le detiene y lo envía a Londres. La nueva política europea de pactos contra la piratería, el  Tratado América, ha hecho que la diplomacia española en la capital inglesa sea escuchada en su reclamo contra la inveterada barbarie anglófona. Pero amparado en su precaria salud, bloody Henry no sería procesado. Sotto voce, a espaldas del embajador español, iba a ser ennoblecido por Su Graciosísima Majestad Británica con el título de Sir. Nuevo guiño cavernario de la reiterada impostura inglesa, harto difícil de justificar históricamente. Un nuevo suma y sigue iniciado por otro Bloody Henry, doctorado cum laude en decapitar a las reinas consortes. En contrapartida, el gobernador presidente y capitán general español Pérez de Guzmán, tras un Juicio de Residencia, es encarcelado temporalmente por orden del Virrey en Lima, aunque sea posteriormente absuelto. De regreso a Madrid, moriría en el ostracismo y la melancolía tres años después.

                     Figura 9: Fundaciones históricas de la Ciudad de Panamá

¡Panamá Vieja reducida a escombros! Solo queda el suburbio de los negros muleros y algún desnudo paredón clamando al cielo. La indecisión turba a sus ciudadanos. Deben rehacerse las ruinas o proyectar otra urbe. Tras un cabildo abierto, la discusión concluye al aprobar un nuevo asentamiento ciudadano (1673), que comenzará a construirse sobre un apéndice rocoso de la bahía, cerca del surgidero del Perico. La Panamá Nueva de calles empedradas y sólidas murallas, nunca alcanzaría el esplendor de la Vieja. Se trasladan sus gentes al sitio del cerro Ancón, suelo firme para trazar la cuadrícula urbana, fácil de fortificar, ambiente saludable lejos de manglares y ciénagas: no lejano (8km) del enclave arruinado. Seguirá siendo puerto y mercado del comercio peruano, escudado ahora tras su parapeto de ciudad artillada, reducido tamaño, compacta y vigilante tras sus muros. A ella van regresando las órdenes religiosas, apresuradamente embarcadas hacia el Perú en días previos al feroz gong del pirata. Levantan nuevos conventos, nuevas iglesias y capillas, nueva catedral. Extraen de la ruina  piedras talladas, nichos labrados, canecillos, lápidas, incluso la fachada entera de La Merced que instalan en la ciudad nueva. Van surgiendo otros Convento Agustino de San José (1671), San Francisco y Real Aduana (1673), Santo Domingo y Capilla Virgen del Rosario (1678), La Merced (1680), San Felipe Neri (1688) , la Catedral con su barroca fachada de cantería (1690), las Clarisas de la Concepción, la tardía Iglesia de Santa Ana extramuros (1763), los Jesuitas ahora sin su Universidad  de San Javier ni cátedras de Filosofía, Teología Moral y Escolástica, pero con renovado tesón para fundar la anhelada Real y Pontificia Universidad de San Javier (1749) cimentada hoy sobre las mismas cátedras de ayer. Una  nutrida respuesta vocacional de criollos panameños en sus aulas va a expandirse para catequizar nuevos nativos de las Américas, mientras dejan constancia de las lenguas vernáculas investigadas, con gramáticas y diccionarios de sus hablas indígenas. Todos regresan a la nueva sede ciudadana, donde afloran carencias que van a imprimir un sello contradictorio a la nueva urbe imperial del istmo. El recinto elegido resulta  pequeño para cobijar a las gentes de antaño, y Panamá Nueva nace con el Arrabal de Santa Ana, barrio extramuros donde aposentan los morenos libres. El agua potable fluye lejos, y por ella acuden los aguadores del arrabal con sus carretas de toneles, para ofrecerla intramuros con notable ganancia. Desde la Puerta del Mar y su escaso calado, los boteros  van a seguir portando a remo las mercancías de los barcos surtos en El Perico, ahora  solo un par de millas mar adentro.

 
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Contexto Histórico de Panamá – I

Figura 1: Escudo-Estandarte de Panamá

Colón había sido desposeído de toda exclusividad sobre las tierras que descubriere, concedida por los Reyes Católicos mediante las Capitulaciones de Santa Fe. Sometido el Almirante a Juicio de Residencia (1498) a causa de las irregularidades acaecidas en La Española bajo su autoridad, el escribano trianero Rodrigo de Bastidas aprovecha el proceso colombino para solicitar de la Corona la exploración y poblamiento de la costa atlántica de la Tierra Firme que al genovés correspondía. Merced que le es concedida con el título de Adelantado, lo que equivalía a ser nombrado Gobernador General in péctore, con supremas atribuciones políticas, jurídicas y militares de las tierras a descubrir y someter. Promociona Bastidas a sus expensas en compañía del cosmógrafo Juan de la Cosa, una expedición en la que entre sus gentes de guerra, iba el joven hidalgo Vasco Núñez de Balboa, destinado a continuar  parte de la exploración del Istmo. Muere Bastidas de regreso a Cuba, para repotenciar sus maltrechas naves, y su empresa de Tierra Firme, acotada por Fernando el Católico entre los cabos de La VelaGracias a Dios, queda en suspenso. Por nuevas capitulaciones con la Corona (1508), Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda lograrán repartirse el legado de Bastidas y ser nombrados gobernadores de la Tierra Firme,  partida ahora en dos por el río Atrato: Castilla del Oro a su septentrión asignada a Nicuesa, y Nueva Andalucía al meridión, gobernada por Ojeda. La difícil e imprecisa delimitación de la frontera común con los medios geográficos al uso, iba a generar violencia entre las huestes de ambos gobernadores. Nicuesa penetra el Darién pero su expedición es diezmada por las saetas de hierba de los indígenas; prontamente funda  Nombre de Dios, una fortalecilla para repararse de los indios flecheros(1510). Ciudad que iba a centralizar ese siglo el comercio atlántico del istmo, aunque su difícil defensa y sospechosa proximidad a ciénagas insanas acabaría por causar su  abandono hacia fines de centuria.

Meses después de su partida, zarpa de Santo Domingo en apoyo de Ojeda su socio el bachiller y geógrafo Martín Fernández de Enciso, y con él regresa Núñez de Balboa, fiel acompañante de Bastidas y buen conocedor de su costa atlántica. Tras ganarse la confianza del Bachiller, funda Santa María de la Antigua (1510), primera ciudad continental de América para algún cronista, de la que es nombrado regidor. Su fundación, lejos de indios flecheros, cae sin embargo más allá del río Atrato, y por tanto en predios de Castilla del Oro, tierra pobre de alimentos y riquísima en oro, al decir del historiador López de Gómara. Ello va a enfrentarle a Diego de Nicuesa, que acabará vencido e injustamente abandonado en altamar. Con sus pocos leales, sobre un viejo cascarón rumbo a Cuba, desaparece en el mar.

Núñez de Balboa, ahora como Alcalde Mayor de la nueva ciudad del Darién, va a centralizar su propia campaña como Gobernador General de facto desde Santa María de la Antigua. Tomada una princesa indígena  como si mujer legítima fuera, su entorno caciquil le informa de la existencia de un mar al poniente. Emprende la ruta del oeste, atraviesa el istmo y descubre el Océano Pacífico, que llama Mar del Sur. Metido en sus aguas hasta la cintura, tomará posesión del piélago en nombre de su Católica Majestad, que le nombrará Adelantado del Mar del Sur (Almirante).

Las disensiones habidas entre españoles de la región, y la muerte de Nicuesa, motivan la llegada de Pedro Arias Dávila, nuevo Gobernador de jure para Castilla del Oro. Se trata de un veterano militar curtido en conflictos  europeos. Trae una flota de 17 galeones y 1500 hombres de campo, guerra y oficios, además de semillas y animales para aclimatar. Con él llegan al Darién Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa, Fernández de Oviedo, Tello de Guzmán y allí se topa con veteranos como Francisco Pizarro, hombres que habían de ser claves en la conquista del Perú. Ante la necesidad de focalizar el poblamiento y conquista de la costa occidental, Pedrarias ordena fundar al licenciado y primer Alcalde Mayor Gaspar de Espinosa, la ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá (en referencia al santoral del día en que se funda, y a la abundancia de peces del lugar en habla indígena) sobre un asentamiento de indios pescadores (1519). Tello de Guzmán, habíalo avistado con anterioridad (1515), recalcando desde este primer hallazgo la bondad del sitio para poblar. Es la primera ciudad castellana en el Pacífico y  dos años despuésun joven Carlos V, futuro Emperador de Europa, le confiriere  Escudo de Armas. Más tarde Felipe II le agregaría la divisa de Muy Noble y Muy Leal que habría de jalonar en adelante su blasón histórico (1581). Castilla del Oro, expandida pronto por conquista hasta el río Belén con el nombre de Veragua (Veraguas a partir de 1739), iba a encontrar su capitalidad en la ciudad de Panamá planificada por Pedrarias como futuro núcleo de la exploración de la costa oeste del istmo. A ello iban a colaborar los grupos familiares que paulatinamente iban despoblando Santa María de la Antigua con servidores, animales y enseres, compelidos por Pedrarias para abandonar la insania del lugar. En pocos años el asentamiento atlántico fundado por Balboa quedaría vacío, anonadado por la selva (1524).

Figura 2: Las primeras fundaciones del istmo

El Perico, surgidero de los navíos de aquella Panamá Vieja, acusaba mareas de bajamares pronunciadas con playotes en seco y pleamares potentes. Se situaba al abrigo de varias islas (Perico, Flamencos, Naos) a unas 5 ó 6 millas (9 km /10 km) de distancia del muelle ciudadano para botes portuarios. Su fondeadero presentaba el inconveniente de ser poco profundo y hallarse expuesto a las contingencias de las altas mareas y los tumbos del mar, siendo esta la causa de que se perdieran muchos navíos, agravado por una sedimentación espontánea de sus fondos por corrientes costeras, tempranamente observada. De aquel surgidero iban a partir las primeras exploraciones de la costa pacífica, punto de embarque para la conquista del Perú. Hombres llegados de La Española y atraídos por la costa meridional del continente primero, hacia la occidental después, buscando contra natura e indios flecheros las cumbres divisorias de las aguas, para ver lo que el otro lado de las montañas les brindaba. Hasta que vislumbraron el horizonte de un nuevo mar a cuya orilla habría de nacer la Ciudad de Panamá, la Roma del Pacífico, como sería tildada en su pleno esplendor, cumplido ya el primer siglo de su azarosa vida. Pronto iba a surgir un  Camino Real, tránsito de hombres, monturas y reatas de mulos, para unir la capital de la Gobernación con Nombre de Dios, bifurcado más tarde por otra vía mixta, mitad seca mitad húmeda, montaraz y fluvial. El llamado Camino de Cruces, que incorporaba su tránsito carretil a los bongos y chatas del río Chagres cuando navegable, y lo seguía hasta su desembocadura atlántica.

Gestada en Castilla del Oro la expedición de conquista del Imperio Inca, verá Panamá partir a Pizarro con tres naves y 180 hombres hacia Túmbez (1531); seguido unos meses más tarde por Almagro con otros 120 hombres y dos naves más. En su Iglesia del Convento de la Merced, todavía de madera, han compartido previamente eucaristía el presbítero oficiante Hernando de Luque, el capitán extremeño Pizarro y el hacendado castellano Almagro, el tripartito factor de la empresa, que como profundos creyentes hijos de la época que les toca vivir, sellan con ella un solemne pacto en tanto que ruegan a Dios ilumine su empresa. A partir de estas expediciones de conquista, Panamá Vieja, iba a experimentar un auge continuado que habría de durar hasta su destrucción en 1667, en contraste con la propia Veragua constituida en reservorio territorial de Pizarro, y vaciada de sus gentes succionadas por la empresa peruana. Su puerto del Perico recibe las naves  que  el conquistador envía de vez en cuando en demanda de más hombres y pertrechos. Naves que junto a otras más, llegan al puerto del Callao algunos meses más tarde con nuevos brazos y vituallas para proseguir la guerra contra el Inca. Pero también llegan los primeros réditos de la conquista, enviados para pagar las deudas contraídas y los gastos de la campaña bélica. Arribó a puerto un navío lastrado y cargado de oro y plata, sin traer ni poder traer más otra cosa, siendo su capacidad 50 toneladas (toneles castellanos), testificaba el alcalde Espinosa en carta al Emperador (1533). Y el consiguiente efecto llamada que esta realidad crea, se torna invencible: Los vecinos han dejado la granjería de las minas y los oficiales mecánicos sus oficios… Al Perú se han llevado la más de la gente que había en esta tierra, así de  vecinos como de moradores, que son los que mucha falta hacen… pero también lleváronse los moradores muchos indios y negros, de tal modo que dejaron esta tierra muy escasa de toda gente, testimoniará a su vez el gobernador Francisco de Barrionuevo ese mismo año, para concluir alarmado: Todos están alterados para irse… yo no les dejo ir porque no dejen la tierra despoblada… En este pueblo de Panamá hay (quedan) treinta y dos vecinos y en ellos no hay (quedan) 500 indios delante de la tierra…en Natá hay (quedan) dieciocho o veinte vecinos  y muy pocos indios…en Acla, donde hay (quedan) otros tantos vecinos y muy escasos indios, todos están alterados… Era la dura realidad que afrontaba el istmo. Una primitiva fiebre del oro, de las que el Nuevo Continente iba a brindarnos históricamente varias.

Figura 3: Algunos protagonistas del drama.              

     La llegada del pago limeño contra los haberes tomados a crédito, en sonante plata peruana, produce pasmo en Castilla del Oro. Muchos se deciden a migrar a hacia las ubérrimas tierras del sur, en tanto que otros eligen quedarse para intermediar desde  Panamá un flujo de manufacturas que desde la metrópoli se condensa poco a poco sobre el istmo. Son estos gente muy política, todos españoles y gran parte de ellos originarios de la ciudad de Sevilla; es gente de mucho entendimiento, su oficio es tratar y contratar… excepto quince o veinte vecinos que cultivan los campos y viven de ganados y haciendas que ellos mismos tienen… son las mismas gentes que motejarán como Triana al barrio ferial de Portobelo. Pero junto a este núcleo peninsular, se instalan banqueros genoveses y negreros lusos que la travisten de factoría veneciana, una suerte de parador caminero de trashumantes mercantiles en cualquier cañada de cualquier mesta. La mayoría de gentes panameñas de la época eran tratantes que permanecían solo el tiempo preciso para hacer bolsa y migrar a otros lares, sin aportar arraigo ciudadano alguno. Idos unos, vuelven otros, y pocos o ninguno miran por el bien público. Va fraguándose así la vena comercial de  mercancías, pagos e  impuestos, un cordón umbilical que liga el Puerto del Callao, Panamá, Nombre de Dios y Sevilla.  Los peligros del Caribe infestado de piratas, obligará a reglar la periodicidad y custodia de las flotas que deben transportar la mercadería contratada y sus pagos e impuestos en tránsito por aquella tierra y aquellas aguas. De Panamá saldrá en adelante hacia el Perú, remontando corrientes marinas y sures adversos, el llamado Galeón de Panamá, nominado más tarde Flota del Sur por el número de velas que llegaría a englobar su cortejo náutico, cargados sus vientres de productos novohispanos, peninsulares o antillanos que el mercado sureño demanda. Tornará al año siguiente ahíto de harinas, azúcar,  jabón, aceitunas, alpargatas, trenzados, jarcias, garbanzos y vinos, que junto al Quinto Real de Chile y el Perú que sigue viaje a Sevilla,arriba al Pericoal tiempo de montar la feria. Con la llegada del ahora llamado por su procedencia Galeón del Callao, concurren hacia Panamá comerciantes de Nicaragua, Guatemala y Acapulco, así como de Quito, Guayaquil, Lima, Cuzco, Piura, incluso del lejano Santiago de Chile, que ajustan  precios y transacciones a pagar con monedas o lingotes de plata y oro. Mas tarde los banqueros acabarán imponiendo su juego de pagarés, giros o empréstitos, papel moneda que va a penetrar irreversiblemente en el mercado atlántico..

En connivencia de calendario con el Galeón del Callao o Panamá,  llega desde Cartagena de Indias la Flota de Tierra Firme a Nombre de Diosprimero, Portobelo después, en su derrota anual a Sevilla. Esa misma flota que en agosto del año siguiente zarpará del Guadalquivir repleta de productos europeos hacia el Perú, para arribar al Caribe y al istmo en época propicia, a tiempo de nutrir sus afamadas ferias. Una infraestructura laboral de mano de obra libre posibilita el montaje y desarrollo de las ferias del istmo. En Panamá los bogueros negros del puerto que faenan los fardos de estiba desde el espigón del muelle hasta las naos del Perico, cobran jugosas mordidas por su transporte. Intervendrá al fin la Corona para regular tarifas y evitar el costo abusivo del servicio de botes de la bahía, de los bongos del Chagres o de las reatas del camino, mayores cada nueva feria.  Además de los bultos de mercaderías, la Flota del Sur regresaba al Perú cargada de maderas y cueros curtidos, y gran número de negros bozales que sus comerciantes adquirían de los tratantes portugueses en el mercado local, donde tenían el negocio exclusivo de los negros esclavos. En Ciudad de Panamá, el mercado de esclavos lucía sus africanos, oportunamente aseados y lustrosos, en tarimas realzadas, ofertados a gritos en pública subasta.

En 1539 se crea la Real Audiencia de Panamá, presidida por el Gobernador, anexo a cuyo cargo le acompaña el de General del Nuevo Reino de Tierra Firme, que va a ejercer bajo el titulo globalizado de Presidente de Panamá. La ciudad se ha convertido ya en estación obligada del comercio español entre ambas costas del istmo. Lima, capital del Virreinato del Perú, que ha sido fundada cinco años antes, cuenta con  una oligarquía en aumento que empieza a demandar toda serie de productos, desde modas y perfumes, hasta fierros y vino. Una sociedad de aluvión donde se mezclan viejas estirpes de prosapias castellana e indígena, con otras encumbradas por las armas o la fortuna, que lucen por común denominador la ostentación. Antaño miserables, envuelven hoy sus presuntas carencias vergonzantes con un capote de irritante supremacía impostada. Y paga los selectos productos que demanda mediante contante plata, en lingotes de sus minas al principio, en sonante moneda de su ceca después. Sus poderosos comerciantes acabarían controlando el mercado que fluye desde Sevilla hacia su puerto de El Callao, pasando raudo por el istmo como si de un rápido entre peñascos se tratase. Panamá embarca hacia el Perú las mercancías de última hora, apura  las carencias improvisadas, a punto ya de soltar amarras las naves del Callao. Colmata el comercio del capricho, la galantería, el olvido y la dádiva, o el obligado compromiso, apresurado, atractivo y caro, muy caro. Negocio selectivo de fino olfato y oportunismo comercial, que husmea el tempo sicológico para lucrar indefectiblemente su bolsa.

 
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Contexto Histórico de Portobelo – IV

Cuando sobrevino aquel ataque, el San Jerónimo tenía todos sus cañones desmontados de sus pútridas cureñas. Santiago de La Gloria, aunque disponía de cañones útiles, resultaban ineficaces ante la distancia de tiro necesaria para alcanzar los barcos de Vernon, lo que provocaba gran risa entre los británicos de a bordo. Fuera de la bocana nunca sobrepasada, amparaban su disculpa para no sobrepasarla en la marea y los vientos contrarios. Fueron los marines quienes saquearon una ciudad abandonada de sus escasos moradores de época muerta, carente de ferias desde que comenzara el bloqueo, escarmentada testigo de fechorías predatorias asociadas siempre – hoy todavía – a gentes arriscadas de habla inglesa. No fue este el caso, porque después de hallar un exiguo botín ciudadano de 10.000 pesos destinados al pago de tropa, levantaron el campo y el flamante caballero Vernon tras capitular la rendición de la plaza regresó a Jamaica, al parecer sin provocar torturas, ni revanchas, ni incendios. Como contrapartida se llevó 40 cañones de bronce y 24 bombardas, lanzando al mar cañones de hierro y fusiles, y demoliendo hasta su raíz los castillos y parapetos que habían quedado en pie. Conforme a la maldita insania con que la fama del lugar anatemizaba al europeo en general y al británico en particular, poco tiempo demoró su escape de la ciudad hacia otras costas, no sin llevar a remolque la balandra y una de las fragatas, porque a la otra fragata faltóle tiempo para enviarla a Inglaterra con la buena nueva para su rey. Pero en el panorama global de la guerra contra España su acción sobre Portobeloera un fracaso táctico, pese a la subsiguiente destrucción del  Fuerte de San Lorenzo de Chagres, llevado a cabo en la primavera entrante con el ánimo de tomar Panamá por elCamino de Cruces. La ciudad del Pacífico había sido avituallada desde Perú, corregidas a tiempo sus carencias artilleras y tomadas las armas contra el inglés por todos los forasteros en plaza. Contra ellos se estrellarían los 2500 marines de la Royal Navy y 500 negros de desembarco conducidos en 53 embarcaciones que Vernon, río arriba, lanzaba sin saberlo hacia una sucesión de letales emboscadas. Con los supervivientes de aquella debacle, izará velas para abandonar  la empresa panameña y retornar a su base de Jamaica a la espera de mejores vientos.

La idea de copar el istmo desde ambas orillas, para yugular el Imperio Español, era un proyecto ya planteado desde la centuria anterior en el ParlamentodeLondres, pero la crecida Inglaterra no había alcanzado aún la necesaria supremacía del mar, que ahora disfrutaba. La formidable escuadra de Vernon aportada en Jamaica, debía invadir el istmo desde la costa caribe, en tanto que la invasión por el Pacífico y Panamá, habíase encomendado al comodoro George Anson y su flota de seis barcos de línea más dos cargueros de apoyo, que saldrían demasiado tarde de Inglaterra rumbo al Mar de Hoces y el Pacífico (1741). Pero solo tres de sus barcos iban a lograr doblar el Cabo de Hornos. Maltratados sus hombres por el escorbuto, debería Anson abandonar otros dos  por falta de brazos, prosiguiendo la remontada oceánica hacia el ecuador, con el solitario Centurión, buque insignia de su armada. El comodoro inglés había olvidado ya a estas alturas el cometido imposible de atacar Panamácon sus reducidos medios, y solo soñaba con capturar el confiado Galeón de Manila que había de singlar más al norte por aquellos días. Vernon nada sabía de la suerte de Anson; su calidoscopio particular llamábase ahora Cartagena de Indias, a la sazón sin virrey de la Nueva Granada, fallecido unas semanas antes. Escribe como advertencia una jactanciosa carta, que envía con la balandra capturada en Portobelo, dirigida al Comandante General de la Armada de Tierra Firme, Don Blas de Lezo, ya conocidos de pasados lances en otros mares. Al saberlo ahora con mando en plaza, no puede menos que espetar ¡God damned, it´s the same bastard!. Toda una premonición de la nueva e inexorable colisión que el parlamentario-almirante estaba abocado a enfrentar contra el viejo pero renovado hijo de mala madre, mando supremo de la plaza cartagenera. Y de su armada, compuesta a la sazón por siete galeones y dos registros, agazapada a la espera de acontecimientos en la Bahía Exterior de la propia Cartagena. Una empalagosa y fatua misiva que el mutilado guerrero pasaitarra, conocedor de la vergonzante rendición de la ciudad  tras la Batalla de Portobelo, y del insulto hecho a la plaza del Rey, mi amo,  recibe y refuta a bordo de su Conquistador con las palabras de dignidad herida de quien espera la hora de la verdad:  … bien instruida VE del estado en que se hallaba aquella plaza, tomó la resolución de irla a atacar con su escuadra, aprovechando la oportunidad de una imposible defensa para conseguir sus fines … puedo asegurar que VE me hubiera hallado en Portobelo para impedírselo si las cosas hubieran ido a mi satisfacción, incluso para buscarle en cualquier otra parte, persuadido de que el ánimo que les faltó a los de Portobelo, me hubiera sobrado a mí para contener su cobardía … y si VE lo dudare, podrá preguntárselo al Gobernador de esa isla (Jamaica), quien enterará a VE de todo cuanto le tengo expresado... Y la hora de la verdad entre ambos marinos llegaría meses después en la Batalla de Cartagena de Indias, donde el mediático pero derrotado Vernon comenzará a palparel ocaso de su plenilunio parlamentario y naval, especialmente luego de llegada a Inglaterra y conocida su humillante verdad. Lo que esta vez produjo menos risa a los británicos. Pero desató la franca carcajada entre los españoles al conocer que Londres había emitido, avant la lettre, nuevas medallas para conmemorar la rotunda victoria de su héroe en Cartagena, aunque fueran prestamente retiradas para enmudecer su entuerto.

La decadencia económica del enclave y la lucha combinada de las potencias europeas contra la piratería en América eran patentes, pero aún así Portobelo iba a sufrir un último y significativo ataque. El contrabandista inglés William Kinghills (1744) devenido en  nuevo Jenkins frustrado por la acción de los guardacostas españoles, a pesar de conservar todavía incólumes ambas orejas, penetra inopinadamente en la bahía y comienza a batir la ciudad con el fuego de sus cañones. Dañará la Aduana y gran parte del caserío antes de ser rechazado de sus aguas. En ausencia de los bergantines de guarda en misión de bojeo, serán las baterías de 15 cañones instaladas por el nuevo gobernador, las encargadas de repeler el ataque. Alsedo y Herrera había mandado levantarlas en fajina y tierra junto al reducto remozado del Fuerte San Jerónimo(1741), para repeler supuestos ataques contra aquella nada. Se trataba de una alternativa provisional a la reconstrucción de los castillos arruinados por Vernon, que resultó efectiva, bajo el nuevo rol de Portobelo como presidio periférico lejos de frontera.

                   Figura 15: La Aduana de Portobelo en su estado actual

Firmada la Paz de Aquisgrán (1748), la feria de Portobelo nunca sería repuesta y  sus tradicionales defensas apenas remozadas para nuevo cometido. Plata, mercancías y caudales accederán por el Magdalena Mdirectamente a Cartagena, Santa Marta o Riohacha.  España se siente incapaz de mantener su tradicional monopolio comercial con América, y permuta todo régimen de Flotas y Galeones o Escuadras por el de registros sueltos, barco a barco, con lo que el istmo empieza a perder su relevancia estratégica y económica. Se suprime la Audiencia de Panamá, que acompaña a Portobelo en un irreversible declive. En adelante los navíos de asiento (uno por feria y nación amiga) serán como nómadas solitarios que peregrinan el Atlántico. Portobelo pasa a ser un presidio de control del contrabando y las posibles cabezas de playa enemigas. Es en este contexto cuando se proyectan nuevas defensas o reconstruyen las útiles, de acuerdo a las tácticas y cánones bélicos vigentes. Pocas flotas de muchos barcos y destino fijo pasan a formar muchas flotas de pocos barcos con destino vario. Se multiplican los puertos emisores y receptores de la Península y las Indias, el contrabando en América se vuelve incontrolable. De España llega al Caribe lo más granado de su ingeniería militar. Se renueva el Fuerte San Lorenzo el Real de Chagres, santo emblemático de Felipe II en cuya festividad derrotara a los ejércitos de Francia en San Quintín (1557) y a cuya advocación levantara el Monasterio del Escorial que lo rememora.

Destruido finalmente por Vernon tras tres intentonas fallidas en otros tantos años precedentes, el Castillo de Chagres asumía finalmente en nuevo proyecto una planta rectangular adaptada a la cumbre del peñón que servíale de asiento. Supervisado por el Visitador de las Fortificaciones de Indias, el navarro Agustín Crame nos ha legado en magníficos planos las instalaciones por él aprobadas.

Figura 16: Caminos Reales para reatas y carros

Las defensas de la bahía de Portobelo iban también a ser reajustadas de acuerdo a los nuevos tiempos. Con los despojos del Todofierro demolido por Vernon comienza la construcción de las Baterías Alta y Baja del Fuerte San Fernando (1760) ubicado en su misma orilla y cerro, pero remetido hacia la Caleta del carenado. Mediante trinchera excavada, ambas plataformas a desnivel se unían entre si y su polvorín, protegidos todos en cumbre del cerro por una  Casamata que les cubría su espalda a tierra y a la costa abierta del llamado Puerto Francés. La Batería Alta dominaba la entrada de la bahía, y desde la baja podía entablarse fuego directo con los barcos intrusos que superasen la bocana. Frente a ellas y al otro lado de la bahía, se remozaba el Fuerte de Santiago La Gloria para cruzar con él su fuego y barrer todo posible acceso por aguas tranquilas al muelle. A su vera se represaba el torrencial Chorrillo de Triana, base de aguadas y suministro del agua a la puebla. La cumbre de su cerro espaldar, se dotó de nueva casamata para impedir que el enemigo se apodere de las alturas y domine los Fuertes. Las lecciones de ParkerMorgan y otros hermanos de la costa parecían haberse definitivamente asumido.

Figura 17: Las defensas históricas de Portobelo

Se abandona el inoperante Baluarte de San Pedro pero se refuerza el Fuerte de San Jerónimo con una plataforma a ras de agua, de bajo perfil y ardua percepción, elevando ligeramente el nivel de su piso y dotándola de merlones y troneras para alojar las bocas de fuego. Ellas serán las encargadas de desarbolar por proa las naves que se aproximen en rumbo de colisión hacia el muelle. Sometidos sus flancos a fuego cruzado desde las riberas, difícilmente podrían encarar sus bordos artillados a la lluvia de palanquetas que les vomita aquel cul de sac mimético tan difícil de acallar.

El Fuerte Farnesio originalmente de fajina y tierra (1726) se dota  de plataforma artillada con cuatro cañones. Situado en el promontorio sur de la barra de la bahía, sería el primero en abrir fuego sobre la flota enemiga en aproximación táctica, a la vez que el toque de zafarrancho para aprestar al combate toda la artillería fija del entorno. Crame dotaría todo el conjunto fortificado con un Campo proyectado en la Cumbre contra la venida de los enemigos por el Valle de Honduras (1779), reforzando así su perímetro sur. Se trataba de un nuevo presidio encaramado en el cerro sobre los techos de la ciudad, con sus cañones apuntando al valle entrante desde tierra adentro (hoy, de la Luneta) por donde anteriormente se habían burlado sus defensas.

                          Figura 18: Batería Baja del Fuerte San Fernando

La misma política de ajuste militar de las defensas costeras del istmo, iba a prever en el Camino de Cruces nuevos embarcaderos en los sitios de La Gorgona y en El Carroza y sus respectivos presidios. Se construye un puente de piedra sobre el río Hondo, definiendo un camino ahora local, pero que llegaría a una insospechada actividad durante la llamada Fiebre del Oro eclosionada en California a partir de su anexión a los EEUU (1848). Desde Nueva York, Savanah o Nueva Orleáns, llegan a Chagres miles de argonautas europeos, enloquecidos por la febril quimera.Siguiendo río arriba acceden a la ciudad de Panamápara embarcarse rumbo a California. Era en aquellos momentos, pese al riesgo cierto que entrañaba, la más segura y civilizada vía para alcanzar desde el Atlántico el salvaje far west del Pacífico, evitando el triple salto sin red sobre los chantajes, llanuras, desiertos, forajidos, indios y praderas norteamericanas.

En 1735 la Académie des Sciences de Paris había encargado a Charles Marie de La Condamine trasladar a tierras americanas, en paralelo con otra valoración en curso desarrollándose en Laponia (actual Finlandia), la medición exacta del cuadrante del meridiano terrestre, a fin de definir y cuantificar el valor conceptual del metro como submúltiplo exacto de ese cuadrante, y poder aceptarlo así como unidad universal de longitud. La misión científica que parte hacia América lleva a los connotados marinos de la Real Armada Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos y mediciones astronómicas, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces. Van a inspeccionar el istmo detenidamente, y con él a Portobelo. A la vuelta rinden en Madrid sugerencias pertinentes al rescate de las maltrechas defensas del enclave y en París un informe favorable a la viabilidad de construir un canal interoceánico siguiendo el trazado del río Chagre. Pasados unos años, España iba a acometer seriamente el rescate de aquellos fuertes arruinados. Y Francia iba a materializar esa apertura conocida hoy como Canal de Panamá, siguiendo la teoría empleada por Ferdinand de Lesseps en Suez, con un trazado prácticamente igual al propuesto por el obispo Berlanga 300 años antes. Todavía en 1799 Alexander von Humboldt, aconsejaba un canal de trayectoria coincidente con la del estudioso obispo. Pero nuevamente la insania del trópico con sus millares de apestados, iba a desbaratar también este primer intento de unir a nivel los mares del norte y del sur, intento que acabaría por convertirse en desastre nacional francés con la ruina contraída por más de un millón de sus familias. Pero el tesón humano, acabaría por imponerse mediante un canal a desnivel con esclusas, como los llevados a cabo en la Europa continental del siglo XVIII, hendida por múltiples canales navegables que evacuaban hacia las costas la producción frutícola y granera de sus tierras interiores. Se inauguraría por fin el Canal de Panamá en 1914, tránsito forzado para la navegación mundial, financiado y tomado en prenda por los EEUU, el nuevo y selectivo Imperio emergente. A su conclusión los haberes humanos pagados por su apertura, habíanse estimado en 500 muertos por cada km de su trazado. Era el costoso rédito de una gran empresa, una más de las emprendidas por los europeos en el Nuevo Mundo, comandados esta vez por una nación vernácula de nuevo cuño.

En 1746 la navegación mercantil española del Pacífico viene a cambiar de itinerario para doblar el Cabo de Hornos, por donde pocos marinos se habían aventurado hasta entonces. La Flota de La Plata (base Montevideo) se encarga de comerciar directamente entre el virreinato sureño recién creado y la metrópoli. Todo viene a confirmar la marginación del istmo panameño como puente del comercio del Imperio español, y la que fuera sede de la espléndida feria portobeleña queda para el recuerdo como el gallardo enclave costero que fue. Un Patrimonio de la Humanidad con la nobleza de su piedra incrustada en la bella bahía de Tierra Firme que Colón significara, y que vino a imprimirle respeto e identidad legendarias. Testigo es hoy de su relevante papel en la historia del continente, donde las nuevas generaciones acuden para admirar la dignidad de su porte y henchir de añoranzas legendarias el corazón.

                                          Figura 19: El Portobelo de hoy

Notas adicionales:

Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que durante dieciocho años van a llevar a cabo una ingente labor científica de levantamientos topográficos, mediciones astronómicas, verificaciones climáticas y meteorológicas, estudios de fauna y flora, prospección de minas, valoración de yacimientos, navegabilidad de costas, inspección de fuertes, y un largo etcétera que solo mentes privilegiadas son capaces de gestionar en tan enorme espacio geográfico, inmersos en esa nueva ansia del saber conocida como Siglo de las luces.

 
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Contexto Histórico de Portobelo – III

La Armada de Tierra Firme acomodaba la plata en cajones reglados, que mediante carretones, rodaban a bordo sus hombres sobre planchadas, para ser entibados en los panzudos vientres de los cagafuegos de escolta. A su vez, los factores y encomendados limeños embalaban en fardos definidos la mercadería adquirida, que remitían en urcas y bergantines hasta la aduana de boca del Chagres, con barcazas y bongos de remo río arriba hasta la aduana de Venta de Cruces, siguiendo finalmente en carreta o reatas por el Camino de CruceshastaPanamá; o en las propias mulas que retornaban a su base panameña por el Camino  Realpara alcanzarlatras otros doce días de marcha. Y de nuevo el embarque, la estiba y la mar. Desde Panamá, la Flota del Mar del Sur regresaba a su base del Callao desgranando galeones de paso en los puertos del Pacífico ¡Sobrecoge el ánimo considerar el largo camino que habían de recorrer las delicadas obras de arte peninsular para alcanzar incólumes su destino virreinal! Pero llegaron en mayoría, y a él quedaron ancladas en el tiempo y la oralidad. Muchos fueron los pueblos costaneros que en épocas diferentes rescataron de sus playas imágenes sacras que juzgaron milagrosas y entronaron emocionados entre humildes retablos. Se cuentan por centenares las tradiciones y leyendas que nos hablan de tallas halladas sobre las aguas o entre los juncos ribereños. Y la América creyente, reserva esperanzada de la cultura occidental, sabrá conservarlas como las preciadas joyas que son.

Terminada la feria en Portobelo, los navíos de Barlovento se hacen de nuevo a la vela, se desmontan los puestos callejeros y despueblan feriales y plazas. La ciudad queda vacía, con no más de 50 lugareños pardos o negros que permanecen en ella el resto del año, dedicados en mayoría a la tala de árboles del entorno boscoso. Solo los obligados por un sueldo militar o civil, las monjas mercedarias, los hermanos hospitalarios de San Juan de Dios y el cura Vicario permanecen, ausentándose no solo las personas de distinción, mas también las de las castas, pues en saliendo… dejan aquel país y se retiran a Panamá, o a otra población de las que comprehenden aquellas provincias, donde vivirán de las rentas habidas del astronómico alquiler ferial de sus galpones, hospedajes y pulperías. Ciento cincuenta soldados quedan en sus fuertes para mantener operativas las defensas de la bahía, que al cabo de un año habrían de guarecer de nuevo feria y flota.

Figura 11: Derrota anual de La Flota de Barlovento de regreso a Sevilla

Su puerto ha quedado convertido en hito de la ruta transoceánica de la Flota de Indias. De allí parten los galeones de la Flota de Barlovento (base Cartagena)  que rumbo a España se reúne cada año en La Habana con la Flota de Nueva España (base Veracruz) para navegar en conserva bajo el genérico Flota de Indias hasta Sevilla , custodiada en sus singladuras atlánticas por los cagafuegos de la Armada del Mar Océano. Pero  Portobelo era un enclave difícil de mantener. La mala disposición del terreno y la situación de sus defensas de espaldas a los cerros de su bocana, les hacía perfectamente visibles y vulnerables al fuego enemigo, que podía aproximar sin dificultad sus cañones hasta cerca del objetivo para batirlos. El ambiente húmedo y bochornoso del área, pudría rápidamente la madera de las cureñas de cañón, descuidadas por una milicia poco disciplinada y ajena al curado de maderas, que todo hombre de mar sabe alquitranar para curarla de la intemperie. Con el agravante de ser Portobelo un surgidero de maderas para carenado, reparación de navíos o construcción de viviendas. Por otra parte, la incidencia de enfermedades en las guarniciones de Portobelo era particularmente alta, pese a estar dotadas mayoritariamente por negros, mulatos y pardos de Panamá, etnias históricamente reconocidas como muy resistentes a los males del trópico. Sin embargo, estas milicias que mensualmente eran sustituidas por otras nuevas, enfermaban y quedaban pronto diezmadas para el servicio de armas, mostrando una  debilidad reflejada en la temprana palidez de rostro que adquiría su morenez. Este fenómeno contrastaba con la perfecta adaptación de toda la gama de lugareños pardos  aclimatados, tolerantes de su climatología y sanamente activos en ella. La reincidente situación hacía temer el complicado acomodo al insano temperamento local de soldados de otras procedencias, dado el escaso tiempo de su permanencia para aclimatarse en él. Pero la guarnición no podía dotarse a base de naturales de la plaza, por ser pocos los jóvenes residentes de Portobelo. Aunque se prolongaron las estadías militares, la insalubridad del clima iba a matizar en adelante la vida del enclave llegado a conocer con el sobrenombre de Sepultura de Españoles, y que por real mandato limitaba la estadía personal en él a un máximo de 40 días, que vino a marcar  la duración de sus ferias. Tal era la fama de insania del lugar entre los extranjeros, que veían con asombro cómo las propias mujeres nativas con cinco meses de embarazo,  se marchaban fuera de los estigmas locales  para dar a luz en Panamá. Toda una suerte de patrañas anatematizaban la insalubridad del puerto: las gallinas traídas se esterilizaban pronto y dejaban de poner huevos, las vacas enflaquecían y su carne se tornaba correosa e incomible, los caballos y burros no tenían crías… un rosario interminable de calamidades virtuales que la ciencia no lograba acallar, ni los médicos de Cartagena de Indias llegados al efecto. Sin duda los cerros que circundaban la bahía impedían la ventilación y atemperado del lugar, que alcanzaba elevadas temperaturas y humedades saturadas durante la estación lluviosa, con la consiguiente sudoración y desfallecimiento de advenedizos. Los ingleses nunca olvidarían que en aquella bahía había muerto Francis Drake de disentería (1587) junto a otros muchos compatriotas cuyos restos yacían por aquel derredor. Era creencia generalizada entre los pobladores del istmo, que si Portobelo caía en manos inglesas, las enfermedades que diezmaban sus gentes, pronto les disuadirían de mantenerla ocupada Solo las colonias de caimanes, sapos, pericos ligeros y tigres que proliferaban por doquier, encontraban allí estable acomodo, trasgrediendo sin pauta los contornos de aquella urbe proscrita, acosada por la jungla y su fauna. Vade retro, se maliciaban las esposas del funcionariado real con posible destino a sus dependencias. Era por ello que ser soltero era uno de los principales requisitos para acceder a ellas.

     Figura 12: El Castillo de Chagres. Desembocadura del Río

Unas millas al norte siguiendo la costa atlántica, el fuerte de Chagres era el bastión protector de la embocadura del río y la mitad navegable del Camino de Cruces. Encaramado en un escarpe costero, dominaba con sus bocas de fuego el fondeadero de las naves mayores y el abra de la vena fluvial. Por ella accedían a la Venta de Cruces los bongos y chatas con sus fardos peruanos, remontando corrientes en principio a la boga, para concluir a la pértiga o  la sirga, especialmente cuando las lluvias desmadraban su cauce. Un transporte de 100 km contra corriente que recorríanlo los bongos en dos o tres semanas, en tanto que descendiéndolo a favor de corriente, podían tardar 3 ó 4 días con el río crecido, triplicándose el tiempo en época seca. En cuanto al estado de cureñas, cañones y municiones, la situación de este fuerte no difería gran cosa de Portobelo, pero su posición estratégica era notablemente mejor y su milicia de etnia mestiza, mulata o parda, notoriamente más sana. Sin duda los 400 vecinos del rancherío de San Lorenzo de Chagres, apoyo urbano próximo del fuerte, nutrían eficazmente con jóvenes lugareños sanos, la demanda de 86 hombres de armas que precisaba su fortaleza cuyo temperamento poco o nada difería de sus homólogos del istmo.

En un Mar Caribe infestado de piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros, Portobelo zumbaba en los oídos forbantes como un gong vibrante de plata en lingotes, mientras su perfil portuario parpadeaba en la córnea de sus catalejos. Pero el hermetismo e incertidumbre de las noticias, fechas y derrotas de su arribo y partida mantenido por el régimen de flotas, hizoles marrar con frecuencia la captura del tesoro de sus galeones. Cuando avistaban su bahía, estaba ya vacía de mástiles, o tiempo ha que la Flota del Tesoro habíase diluido en el horizonte. Fue atacada su ruta de navegación en numerosas veces por perros del mar, y en menor número de veces su puerto, ante el respeto que sus defensas imponían ante cualquier flotilla no bien dotada. En el marco de la nueva guerra tribal hispano-británica, William Parker, que había salido de Plymouth (1600) con 200 hombres de guerra, tres barcos y dos lanchones de vela y remo, y una innegable astucia, se atrevió a desafiarlas. Rebotado de la perlífera Isla Margarita por todos cuantos barcos pudo la isla reunir, captura un barco negrero portugués con rumbo de cruce a la altura del Cabo de la Vela. Prosigue derrota hacia la abandonada Nombre de Dios, donde fondea y contrata negros cimarrones de guías. Ha leído las recién publicadas Memorias de Drake y amparado en la oscuridad nocturna, desliza a remo sus lanchones hasta la bahía de Portobelo, mientras sitúa el barco capturado como cebo frente a su bocana. La nave portuguesa captaría la atención y enfilado de cañones  del inacabado Todofierro con la llegada de la aurora.

En plena noche Parker había desembarcado la mitad de su hueste frente al Cascajal, enviando lanchones con la otra mitad hacia el oeste de la plaza, en una operación tenaza que completan los desembarcados hacia el barrio de Triana. Allí podrían ser capturadas los notables para hacer caja de rescate. Cogidos entre dos fuegos desde el amanecer, el gobernador y sesenta hombres se defienden del acoso en la Aduana-Gobernación, fuera del alcance de las bombardas provisionales del inacabado fuerte Santiago La Gloria. Al caer el día, el gobernador Pedro Meléndez  acabará por rendirse junto a media docena de defensores, encerrados todos en la Aduana junto a los demás rehenes copados. Despojada la Gobernación de sus haberes y soldadas, son conminados los rehenes a pagar rescate, a la par que incendian las barracas y casas de Triana para forzar voluntades. Retirados sus muertos y heridos, y dejados en libertad los presos, con la nueva oscuridad nocturna abandonan los lanchones de Parker aquellas aguas, tan silenciosamente como entraron. Han logrado un botín de 10.000 ducados de plata y el robo de dos pataches que a remolque se llevan a su base de Nombre de Dios. Ante la posible amenaza de una súbita presencia de la Flota de Tierra Firme, los nocturnos asaltantes dejan prestos aquel litoral rumbo a Plymouth, tras un provechoso raid que ha durado poco más de medio año. William Parker moriría en Java siendo vicealmirante de una Royal Navyen vías de superación propia (1615).

               Figura 13: El porte medieval del Castillo San Felipe Todofierro

Tras la toma de Jamaica por los ingleses (1655), la Corona Española no había reconocido como tal la nueva posesión británica que habíase convertido en un avispero de piratas de toda laya, con la aquiescencia de sus gobernadores, partícipes obligados de todos los botines que aquellos hubieren. Henry Morgan, aventurero galés residente acogido a comisión por el gobernador de la isla, zarpa de Port Royal con una flota de 9 barcos y 460 forbantes rumbo a Portobelo(1667). En su ánimo, ya convertido en verdadero ritornelo de todo pirata que se precie, bulle la captura del Tesoro que pasa cada año por aquel puerto camino de Sevilla. España se halla en tregua con Inglaterra, pero para los perros del mar la paz sellada no representa obstáculo alguno para sus fechorías: la bandera de sus barcos es en todo caso la que interese para la cucaña o el mutis del momento. La portuguesa puede ser ahora la elegida mientras su corona siga unida a la española. Fondeando las naves al resguardo de una caleta cercana, y tras dejarlas camufladas bajo la copiosa vegetación litoral, desembarcará su gente en lanchones a 5 km del puerto, para emprender desde allí una cautelosa marcha hacia el objetivo. Con las primeras luces del alba asoma la hueste a espaldas del desprevenido castillo de La Gloria, cuyos muros desbordan con escalas porteadas a lomos de esclavo. Pronto saltarán por los aires con toda su guarnición dentro. Tras este primer embate, la marea humana se dirige sobre el fuerte de San Jerónimo, que defiende con fusilería sus muros. Pero los forajidos escalan sus parapetos cobijados tras aterrorizadas monjas, ancianos y frailes convertidos en escudo humano, que avanzan, daga en ijada y lamentos desgarrados, hacia el mortal fuego amigo de los defensores. Tras aquellas trémulas rodelas humanas, van los asaltantes abatiendo al atardecer los últimos defensores,  que como grímpolas sangrientas acabarán colgados y expuestos  para escarnio público sobre los muros del fuerte. Y más alta que toda entena, batiendo al viento la roja y sarcástica enseña del bloody Henry. San Felipe de Todoferro sería tomado al amanecer del día siguiente, no sin antes estragar a los atacantes que van cayendo  bajo el fuego de sus mosquetes. Acabadas las municiones, los sobrevivientes heridos o no, se batirían a espada y lanza hasta el fin con la furia de las ratas acorraladas. No caben la rendición ni el pacto: saben la muerte que les espera. Muerte inexorable que se cumple sin dilación con la horca o el degüello, según van siendo reducidos los últimos defensores. Sus despojos  serán mostrados sobre los muros del fuerte como nuevos trofeos de una jornada cinegética cualquiera.

Con un ego enloquecido por la victoria y el ron, aquella atávica caterva de homínidos aullantes y ebrios, se lanza al saqueo, las torturas y las violaciones. Pero Portobelo no ha recibido todavía remesa alguna de pelucones o lingotes áureos, y el torniquete torturador de los sicarios desgarra durante quince apocalípticos días unas gargantas que nada saben de tesoros virtuales: una verdadera vaharada ardiente salida de las cuevas del averno.El Gobernador Agustín de Bracamonte acude desde Panamá en defensa de la plaza atlántica, pero es rechazado por la hueste pirata, escaqueada en espera del contraataque panameño. Conmina el Gobernador a los piratas para que abandonen la plaza, pero solamente lo conseguirá tras pagar un rescate de 100.000 pelucones de plata. Como sello de capitulación, Morgan envía al gobernador su hermosa pistola y sus balas, advirtiéndole que antes de un año pasará a recogerlas. Bracamonte responde al reto agradeciéndole su presente con una sortija de oro, pero aconsejándole que no lo haga porque la plaza no la hallará en el estado que esta vez la halló. Intercambio cínico, más de medieval torneo galante sacado del Romancero que de salvaje engarre a muerte entre hienas, que a los súbditos de su Católica Majestadhabíales tocado aquellos días dramáticamente vivir. No un año, pero sí tres más tarde, la misma hiena con distinto Gobernador iba a repetir en Panamá con enloquecido desenfreno análogas jornadas de tortura y sangre. Tras ellas, iba a quedar la Roma del Pacífico aniquilada por las llamas.

Los fracasos habidos en la defensa del enclave costero, llegan a crear una atmósfera enrarecida entre la Corona y el Presidente de Panamá. En tiempos de Carlos II (1680) se decide trasladar la ciudad de Portobelo y amurallarla con baluartes en lugar más elevado y saludable. No es la primera vez, ni será la última, que en distintos sitios y con distintos nombres va a ponerse sobre la mesa un cambio y mejora del estatus fijo de la plaza. Debe mejorar y evolucionar sus defensas de acuerdo a las técnicas bélicas vigentes. Ordena el rey demoler el castillo de Santiago, sacar un muelle de atraque en Trianay levantar el fuerte abaluartado de San Cristóbal entre el río Cascajaly el barrio negro de Guinea. Pero la demolición del Santiago no se llevará a cabo, y apenas se completarán en fajina y tierra, dos de los seis baluartes diseñados para el fuerte de San Cristóbal. Nuevamente ha de abandonarse el proyecto de mejora y demolición de las fortificaciones de Portobelo. La mortandad en las filas de la mano de obra es abrumadora, y pese a la elevada cuantía de los salarios convenidos, cunde el pánico en la negritud trabajadora. Los supervivientes desertan en masa y huyen a la jungla como perseguidos por mandinga. El proyecto de renovación es ralentizado en el tiempo y las inversiones.

Las Coronas de España y Portugal se separan en 1668 y las inmensas costas del Brasil proporcionan nuevos campos de acción a piratas, traficantes y bucaneros. Aprovechando el ocasional desvío de la atención hispano-caribeña hacia el meridión, la presión pirática habíase exacerbado en el marginal mundo de los perros del mar. En este escenario, La Hermandad de la Costa aglutinaba bajo el mando de John Coxon a otros significados cofrades como Cornelius Essex, Bartholomew Sharp, John Cooke y Robert Allison, en una empresa filibustera que proyectaba un meditado asalto a la Flota del Tesoro, nombre dado en el argot portuario del lumpen caribeño a la Carrera de  Indias. El ataque se produciría durante la preparación de la feria de Portobelo, cuando todavía no habían arribado los panzudos y poderosos  galeones de la plata, que habían de engullir el precioso metal. Conocedores del retraso acumulado por la Flota de Barlovento a causa de recientes temporales, la comitiva pirata desembarca a 30 millas de la ciudad, y cubre el duro trayecto de manigua en cuatro días. El sorpresivo asalto con estruendo de gritos y disparos desde la tierra interior tiene éxito, y la turba pirata saquea una sorprendida ciudad y su Aduana, que acopiaba las sacas de moneda según llegaban las mulas por el Camino Real. El tesoro capturado se cifró en 100 pelucones de plata por cabeza (unos 24.000 reales de a ocho en total), y con él escaparon a Jamaica antes de que llegaran los galeones de Cartagena que habían de estibarlo. Temporalmente se refugian en la isla británica, pero presionados por su nuevo vicegobernador Sir Henry Morgan, parece que debieron escabullirse  a las islas de Pinos (1679). Pronto sería destituido de tal gobernación quien había dedicado largos años a idénticos y execrables menesteres, esta vez por perseguir con exceso de celo a quienes ahora ejercíanlos a su imagen y semejanza. Bloody Henry pasó en adelante a vivir en Jamaica de sus crecidas rentas, cual correspondía al reposo del guerrero tras su merecido reconocimiento como Sir, ganado honradamente al servicio de S.M. Británica… Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras, nos dejó dicho cierto orate manchego pese a no haber estado nunca en la Inglaterra de aquellos días…

La frecuente tensión entre las potencias europeas del momento, se manifestaba en sus relaciones de vecindad en las propias costas caribeñas. Inglaterra, escudándose en el comercio de la madera  que extraía en su concesión de Guatemala, amparaba el contrabando de sus barcos con toda costa hispana y materia que a ello se prestase. Y España castigaba a todo contrabandista capturado con la eliminación de una oreja en primera ocasión, la horca en segunda. Esta tensión, reflejada en el parlamento de Londres, había llevado al partido belicista a mostrar a sus señorías la oreja en formol de un Jenkins contrabandista, sorprendido in fraganti  por un guardacostas virreinal, en un burlesco lance hoy sobradamente conocido. Edward Vernon, almirante y parlamentario belicista, enarbolando retóricamente el Honor de Inglaterra,  consiguió vencer las reticencias del ministro Walpole, para declarar la llamada Guerra de la oreja de Jenkins (conocida también como Guerra del Asiento, entre 1739 y 48) contra la pérfida España, desaprensiva maceradora de los sacrosantos apéndices británicos. Unos meses después partía hacia Jamaica donde reuniría una tan poderosa escuadra como nunca antes vieran aquellas costas. En su alucinado catalejo, iban perfilándose en bélico calidoscopio las sucesivas siluetas de Portobelo, Chagres y Cartagena de Indias, eslabones atlánticos del recién creado Virreinato de Nueva Granada(1717).

Ya la tensión entre España e Inglaterra había alcanzado estado pre-bélico en 1729 cuando la armada inglesa del almirante Francis Hosier intentó bloquear Portobelo para evitar la salida de la Flota de Indias hacia España. Los dos años de bloqueo con más de 20 navíos de línea y 4500 hombres, se convirtieron en una auténtica pesadilla a causa de la altísima mortandad (90%) de sus hombres, y el consiguiente desastre económico que supuso esta aventura para las arcas inglesas. El propio Hosier moriría en aguas de Cartagena, tratando de bloquear la Flota de Barlovento, avistada en su Bahía Exterior. Pero también morirían apestados los dos subsiguientes almirantes de la flota británica que bloqueaba el mar caribeño, hasta que el Almirantazgo ordena repatriar a sus marinos. Una vez más, el trópico volvía a cobrarse su letal factura de europeos.  

Cuando Vernon zarpa de Port Royal haciaPortobelo(1739) durante este nuevo capítulo bélico, lleva una potencia de fuego de 380 cañones repartidos en seis navíos de línea, simulando cumplir su proclama en plena Cámara de los Comunes contra sus oponentes políticos, de conquistar  Portobelo, ciudad famosa y conocida en todo el mundo por ser puerto importante de la Flota de Indias, plaza defendida por más de 200 cañones…. Dadme seis navíos y tomaré Portobelo… Una vez que tengamos Portobelo y Cartagena de Indias, todo les será perdido (a los españoles)…  había dejado dicho ante sus señorías. Por si acaso, su flota transportaba a bordo más de 3.000 hombres, y al menos otros 100 barcos con sus dotaciones esperaban en Jamaica los acontecimientos en curso. Pero la realidad defensiva de Portobelo era muy otra: el almirante inglés sabía de su debilidad. Sus contrabandistas habían recalado mil veces en su bahía pretextando aguadas, enfermedad a bordo o averías múltiples. En realidad iba a enfrentarse a una defensa fija compuesta por tres ruinosos castillos, apenas rescatados tras el último asedio de Hosier, con cañones en mayoría inservibles servidos por no más de 150 soldados, y otra defensa móvil, compuesta por dos guardacostas y una balandra artillada surtos en la bahía. Solo por vanagloria ocultaba aquella realidad a fin de magnificar su hazaña ante su partido, Inglaterra y el mundo. Pero sabía también que la Armada de Tierra Firme, acantonada aquellos días de guerra en CartagenadeIndias, podía hacerse a la mar en cualquier momento del asedio, y ganarle la espalda por barlovento para cruzar su fuego sobre los barcos británicos con los otros fuegos de tierra; sin resguardo costero por el que escapar, podría tornarse aquella en trágica jornada. Los días de fuerza habían regresado al Caribe y la base cartagenera, pertrechada, aguardaba su tempo, en tanto que los refuerzos solicitados para los fuertes de Chagres y Portobelo, nunca llegarían a causa del bloqueo continuado de la armada inglesa.

A primeras horas del día de llegada, quedaba entablado el cañoneo entre las más de 300 bocas de fuego inglesas y los 32 cañones del Castillo de Todofierro, de los que tan solo 9 de ellos estaban operativos con cureñas aptas. Dos horas después el castillo estaba abatido, y muertos sus ocupantes. Cuando desembarcan los infantes de la Royal Navy para ocupar aquella ruina, había acudido a defenderla un refuerzo de once fusileros de los guardacostas, que ante la avalancha humana que les rodea, optan por rendirse. Eran días aciagos para una verdadera ciudad de frontera, cuyo ausente gobernador seguía en la Audiencia de Panamá un juicio de residencia por malversación de fondos. Su corta guarnición al mando del anciano vicegobernador, no hizo sino capitular con vilipendio. Esta fue la famosa Batalla de Portobelo que Vernon hizo cantar en Londres a sus corifeos, mientras se plasmaba su óleo en magníficos lienzos y lo graficaban en periódicos y panfletos, eterno mentidero de noticias. Una enardecida cuanto patriótica claque, entusiasmada por el whisky y el valor del invencible Almirante, recitaba panegíricos sin tasa a quien con extremo peligro de su vida había logrado humillar la soberbia española. Portobelo sex solum navibus espugnate proclamaba una de las muchas medallas conmemorativas de tan grandiosa gesta: ¡él sólo, con seis naves, contra el satánico mundo hispano!¡Válame el cielo!

 
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Contexto Histórico de Portobelo – II

Con el inicio de las obras defensivas, los iniciales bohíos y ranchos de madera y paja, van transformándose en casas de madera alineadas en dos calles paralelas, sobre base y zócalos de argamasa y piedra, de gran amplitud y capacidad algunas. Otras se yerguen sobre robustas perchas de ceibo que a manera de columnas realzan la planta de habitación, dejando exenta la bajera como protección contra jaguares, ocelotes, caimanes, iguanas, serpientes, sapos y otras alimañas que invaden la puebla y libremente transitan durante las lluvias, sus truenos y sus lodos. Ellas van a cobijar bajo techo firme una esporádica república feriante, con abultado fajín de contratos e impertinente tintineo de monedas en sus bolsas. La trama de la ciudad incluye dos plazas, la Plaza del Mar y la Plaza Mayor. La primera incluye Aduana y Cabildo, en tanto que la segunda lo hace con la Parroquia matriz y el Hospital Real, concebido éste para atención médica del personal militar o civil, blanco o negro, español o extranjero, esclavo o libre, que atienda o construya las nacientes fortificaciones, y que entrado el siglo, sería encomendado a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, la benemérita orden siempre entregada al prójimo. Si bien el casco urbano no sobrepasará medio siglo después el centenar y medio de casas consolidadas, no por ello dejan de montarse ocasionales bohíos a la entrada del camino de Panamá, ocupada mayormente por negros esclavos y libres. Conocido como barrio Guinea, a ellos se trasladan temporalmente ciertos propietarios que alquilan sus casas por astronómicos precios durante las ferias. Dineros, al decir del cronista, no siempre fáciles de ser cobrados a unos ostentosos cuanto escurridizos, transitorios y avisados clientes, prestos a esfumarse súbitamente sin rastro en medio del bullicio ferial. Sin duda la afamada viveza criolla había tomado ya carta de identidad en aquel siglo y lugar, hervidero de gentes y afanes, no ajenos tal vez a la esencia de ciertos factores ibéricos ya establecidos en su propia ecumene. Cuatro barrios vendrían a conformar la estructura social de la ciudad; además del citado Guinea al nordeste, el de Triana al oeste, compuesto básicamente por tratantes y pulperos peninsulares y blancos de orilla, el de la Carnicería sito en el entorno del matadero con gentes de menores recursos, y el de La Merced, que se iría aglutinando en derredor del convento mercedario, adscrito a la Casa Madre de Panamá, construido en 1606.

Figura 7: Plano-Planta Ciudad de Portobelo

 

En 1596 aparece nuevamente la merodeante flota de Drake, ahora con más de 3.000 infantes de tierra bajo el mando de Thomas Baskerville, rebotada esta vez de Puerto Rico en cuyo cerco había fallecido el ya anciano John Hawkins. Ellos van a dirigir su ataque sobre la mutante y semiabandonada Nombre de Dios, defendida por su gobernador con una guarnición de 60 hombres. Ante la imposibilidad de defenderse de la formidable escuadra que les asedia, decide el gobernador retirarse, abandonando el campo a la hueste corsaria. La agónica ciudad sería saqueada e incendiada, y por considerarse ya función amortizada, nunca más reconstruida. Por su parte Portobelo, en plena erección de sus defensas, se prepara para afrontar el subsiguiente aldabonazo corsario, mientras la flota inglesa va tomando posiciones frente a la bahía. Pero los británicos soslayan su toma optando por atacar Panamá, donde permanece retenida la plata peruana en espera de las nuevas atlánticas. Drake avanza hacia la ciudad del Pacífico remontando la vía fluvial del Chagres, en tanto que Baskerville con su gente de guerra progresa por el Camino Real hacia la cumbre divisoria de las aguas, desde donde espera caer sobre la capital del istmo. Pero la prevenida Panamá responde contundentemente en ambos frentes, emboscando sus hombres en Sabana Grande y Venta de Chagres junto a refuerzos llegados del Perú, que ocasionan numerosas bajas a los invasores, asumiendo finalmente estos la retirada hacia su base flotante. Al repliegue, un fracasado y seguramente enfermo Drake se cierra en su camarote del que se niega a salir, y donde muere de disentería a los pocos días. Su cadáver será arrojado por la borda en ataúd de plomo, sobre el propio cantil de la bocana, donde la nao capitana aguardaba fondeada. El regreso de la flota a Plymouth bajo el mando de Baskerville sería dramático. Lograría aportar en sus muelles con 8 naves sobrevivientes de las 28 con las que partiera en compañía de Hawkins y Drake un año antes, enfermo y deprimido, tras un meritorio retorno en etapas, plagado de penalidades y pérdidas humanas y materiales. Era la otra cara de la moneda.

Figura 8: Portulano de Portobelo, puerto atlántico de Indias. (Dibujo del autor)

 

La situación estratégica de Portobelo, como nuevo receptor atlántico de mercancías vía Perú y embarque de plata y ultramarinos vía España, le van a conferir una destacada importancia mercantil, materializada en sus anuales cuarentenas feriadas y el importante paquete transaccional que conllevan. Las mercancías aportadas desde España y el Caribe por la Flota de Barlovento o Flota de Tierra Firme (sede Cartagena), eran compradas  para abastecer los mercados de Lima principalmente, pero también de Valparaíso y Guayaquil y pagadas con plata de Potosí. A la plata pagadora de mercaderías limeñas, juntábase los impuestos del Quinto Real, de los que se devengaba el Situado o presupuesto de policía y plata de las plazas del virreinato. No hay feria más rica en todo el mundo que la que allí se hace… entre los comerciantes españoles, Perú, Panamá y otros lugares vecinos…se hace la mejor feria del mundo, contaba el turbio Thomas Gage a su paso por el istmo, para añadir más adelante: lo que más me asombró fue ver las recuas de mulas que llegaban por el camino de Panamá cargadas con lingotes de plata; en un solo día conté 200 mulas abarrotadas que fueron descargadas en el mercado público, de manera que los montículos de lingotes permanecían como montones de piedras en medio de la calle, sin temor a que los hicieran desaparecer… testimonio evidente de que la cantada peligrosidad social de Nombre de Dios, había pasado página como la propia ciudad que la alimentaba, sin aparente contagio viral en Portobelo. En todo caso aquellos truhanes de antaño, habían evolucionado en menos de medio siglo para devenir en vivos de hogaño. Estaba mejorando ostensiblemente sin duda la cabaña trashumante, la mesta humana de Indias.

Figura 9: La Feria Atlántica de Portobelo

 

La vida ciudadana de Portobelo transcurría entre períodos de febril actividad y  azarosa quietud. Durante la feria, los residentes montaban el Ferial entre el Barrio de La Merced, Triana y el fuerte La Gloria, apoyados por numerosos profesionales de los oficios llegados de Panamá. Allí se encaramaba toda suerte de pulperías para mercar los bastimentos y manufacturas de los Galeones de Barlovento, amén de barracas con casabes, asados, frutas, zumos o aguardientes traídos de Cartagena o Panamá. Los feriantes llegarán a pagar cifras astronómicas por el alquiler de una habitación o casa (6.000 pesos a veces), y tampoco los precios de las viandas se quedan a la zaga.  Mientras iban entrando una tras otra por el Camino  Real las recuas con cien o más mulas, los maestres y sus tripulaciones armaban tenderetes con las velas y jarcias de sus navíos. En ellos daban entrada al preciado metal de las mulas, que habían de transportar en los vientres  de sus galeones de vuelta a La Habana y Sevilla.

Para regular el valor de las mercancías feriadas, se reunían a bordo de la nao comandanta el propio Comandante de la Armada con el Presidente de Panamá. Concluida la capitulación, confirmaban y publicaban los contratos de compraventa negociados entre las partes de Sevilla y Lima, España y Perú. Cada una de ellas disponía su correspondiente hoja de ruta. Los representantes privados de los comercios o los magnates panameños o limeños acuden a recibir la mercancía demandada y pagada en la feria precedente. Los mayoristas husmean los posibles precios a la baja. Los oficiales reales supervisan volúmenes, pesos, taran básculas, controlan transacciones e impuestos, persiguen el fraude. En la feria no faltan los marchantes de cuadros e imágenes que alimentan el jugoso mercado del arte. Martínez Montañés y su escuela sevillana inundan con su imaginería religiosa, cristos crucificados, vírgenes y santos el Virreinato del Sur. Las catedrales de Lima, Oruro, Bogotá o sus cientos de iglesias y conventos diluidos por su geografía, conservan aún muestras de aquel magisterio. Toda escuela de imaginería de la Península, y España es tierra de imagineros, tenía su representante en Sevilla, donde daban salida de sus productos hacia Veracruz o Portobelo: Alonso Cano, Gregorio Hernández y un largo etcétera de maestros del Renacimiento y el Barroco, junto a otros cientos de artesanos contemporáneos o posteriores han dejado sobradas muestras de ello. Acudían prestos todos ellos a la llamada tintineante de la plata peruana. Y muchos eran los limeños pudientes y caprichosos: sus mujeres lucían joyas y modas exquisitas con abanicos, mantones, sedas y tafetanes traídas de Europa o Asia. Y la plata limeña fluyó a raudales durante dos siglos hacia Sevilla vía Portobelo. Era el momento histórico en que España había dejado de caber en sus fronteras. El Siglo de Oro florecía en ella. Y con él, trasegaba la literatura ascético-mística del Renacimiento, en justa connivencia con los barcos que a Flandes llegan portando guerra, pero vuelven ahítos de Erasmo; a Italia repletos de tercios para regresar con la métrica exquisita de sus versos impresa en las tripas. Cuando el Barroco percute su aldaba, pintores como Zurbarán, Velázquez o El Greco, acuden masivamente a la cita sevillana: sus marchantes negocian lienzos en las ferias de Portobelo, Cartagena o Panamá y sus frailes, vírgenes, apóstoles o caballeros toman rumbo a las Américas. La misma senda que siguen los ángeles de Murillo con la faz de sus hijos y el dolor de padre que los ha perdido durante la peste de Sevilla (1649). Pronto nacerán otros focos de pintura autóctona que frenen en cierta forma aquella sangría de plata: tras la lluvia nutricia de los maestros peninsulares reverdecen escuelas genuinas como la deliciosa Escuela de Quito, con su mística sincrética de querubines, vírgenes y santos que tanto enorgullecería al Carlos III ilustrado. Pero la aldaba creadora va a percutir durante dos siglos con talentos universales. Mateo Alemán, Cervantes, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón, Quevedo, Calderón, crean arquetipos que invaden otras culturas e idiomas: el tenorio, la alcahueta, el pícaro, el quijote, el galante embaucador, el iluso atribulado, la fingida boba, la amada evanescente, el orate sesudo, la fregona virtuosa, el barbero lenguaraz y un etcétera infinito,  van a nutrir con su sesgo de comedia o drama la literatura mundial. Y todos ellos acaban siendo leídos e interpretados en Lima, Santiago, Bogotá o Quito a través de un cuello de botella llamado Portobelo, que verá llegar en 1605 los primeros 2oo ejemplares del Quijote. Tobera diríamos hoy, que aceleraba en singular Efecto Ventury la succión de productos peninsulares hacia El Perú, minimizando su estadía en el istmo. Hasta tal punto que dos años más tarde, durante las fiestas patronales de Pausa (Ayacucho), nombrada hoy Capital Cervantina de América, alcanzarían a escenificarse en su Plaza de Armas las andanzas de D. Quijote y Sancho, segunda encarnación mundial del símbolo cervantino, apenas cinco meses más tarde de un primer ensayo vallisoletano. La dificultad del paso, su insano temperamento, el costoso ferial añadido, la certeza de saberse torvamente observados por descuideros del mar, la amenaza de turbión en estación avanzada, el deseo de retornar cada feriante al sosiego de su sede, eran más que sobrados motivos para finiquitar el raudo negocio y sorber en torbellino aquella sopa de letras. En estos menesteres presidenciales con el Comandante de la Armada de Barlovento, además del incendio destructor de 46 casas sobrevenido meses antes, encontrábase el Maestre de Campo Fernando de la Riva-Agüero en 1663, flota en puerto, cuando le sobrevino la muerte. La partida de los galeones demoraría unos días para llevar los restos del propio gobernador en sarcófago de plomo, y darles tierra en su nativo solar del Gajano cántabro: nunca sería construido su proyecto de renovación del Castillo de Chagres. Años después el propio Virrey Melchor de Navarra, en su fugaz tránsito hacia España, vendría a enfermar y morir en Portobelo (1691), como justiprecio definitivo de la siniestra fama de insalubridad que le acompañara por siglos.

 
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Contexto Histórico de Portobelo – I

Colón en su cuarto viaje arribó a su bahía (noviembre de 1502) y le asignó el nombre que años después tomaría la ciudad. El buen resguardo, sus amplias aguas, su fondo de piedras para lastre, y la existencia de abundante madera, aguada cómoda y ensenada de bajo calado donde carenar navíos, llevó a Diego de Nicuesa a la sazón  Gobernador de Veragua y fundador de Nombre de Dios (1510), a intentar fijar en Portobelo otro enclave costero. Los belicosos nativos del momento le obligarían a desistir de su intención.

Al igual que en la costa cartagenera, los vientos estacionales dominantes en aquella latitud eran las brisas del NE durante la época seca (Diciembre a Mayo) y los vendavales del W-SW durante la época de lluvias (Junio-Noviembre). Frescos de mar cabrilleada los primeros, frecuentes turbonadas de viento y agua acompañados de mar crespa los segundos. Las corrientes marinas costeras variaban notablemente según  que de estación seca o húmeda se tratase, a causa del gran incremento de fluviales evacuadas desde el continente durante las lluvias. Pero dada la limitada evacuación de escorrentías pluviales acopiadas, los flujos y reflujos propios en la bahía de Portobelo apenas variaban estacionalmente, y sus mareas mantenían un tiro habitual de fácil acceso en toda época. El resguardo de navíos grandes encontraba su posición en la medianía del puerto, en tanto que las embarcaciones menores podían aproximarse a la orilla para anclar sobre fondo arenoso. Al NE de la bahía se abría la Caleta, ensenada muy propia y acomodada para carenar navíos y toda especie de embarcaciones, no solo por su fondo arenoso de cuatro brazas y media de calado, sino por estar abrigada de todo viento estacional u ocasional, abrazada por un cerco de colinas. En el fondo y al norte de la bahía, desembocaban arroyos de aguada conocidos como el Cascajal y el Chorrillo.

            Desde antes del avistamiento del Mar del Sur por Núñez de Balboa (1513), cuando su existencia era solo intuida por geógrafos y hombres de ciencia, Fernando el Católico había sugerido a Vicente Yáñez Pinzón correr la costa caribeña en pesquisa de algún paso atlántico hacia las Molucas, idea obsesiva que los reinos europeos  mantendrían por más de un siglo. Con el descubrimiento del gran océano del poniente, empezó a cuajar la idea alternativa de acceder a él mediante un camino terrestre capaz de sortear las escabrosidades del istmo. El propio Balboa había trazado una ruta transístmica de 60 km, que partiendo de Santa María la Antigua, ciudad por él fundada en el Darién, llegaba no sin grandes penalidades a la costa pacífica del Golfo de San Miguel. Transportó por ella a lomo de mulas e indios una flota de galeones despiezados, con los que desde la otra orilla, pretendía emprender la conquista de un mítico Imperio del Sur, noticia dada por sus caciques aliados: los mismos que le informaron del mar que habría de darle gloria. A la muerte del malogrado descubridor, sería Francisco Pizarro quien perseverase en la idea de explorar el sur continental, el fabuloso Pirú de tradición indígena. Los galeones de Balboa serían utilizados por Pedrarias Dávila, sucesor de Nicuesa en la gobernación de Veragua, para explorar hacia el norte la costa pacífica del istmo. Tampoco allí encontrarían paso interoceánico alguno con que informar al rey.

Figura 2: El Camino Real a Nombre de Dios. Grabado de época rescatado

 

Gaspar de Espinosa, fundador por orden de Pedrarias de la ciudad de Panamá (1519), núcleo occidental de enlace entre ambas costas del istmo, especulaba aquellos años con razonable magín sobre la posibilidad de abrir un canal interoceánico aprovechando el cauce del río  Chagres; idea que Carlos V llegaría a sopesar sin pasar a mayores al constatar la magnitud del proyecto (185 km de largo). El capitán Antonio Tello de Guzmán, quien fuera el descubridor del asentamiento aprobado por Pedrarias  como solar de la futura Panamá, era a su vez partidario de acometer otra ruta montaraz similar a la de Balboa, de mayor longitud  (100 km) pero mejor trazado y levedad en cotas de ascenso. Aún así, la ruta que partía de Nombre de Dios para concluir en el propio enclave panameño orillando el cauce del río Boquerón hasta las cumbres divisorias de las aguas, era áspera y dura. Sus 1,20 metros de anchura, bordeando barrancos y hendiendo resbalosas cumbres, con lluvias periódicas y sus barrizales, desplomes y arrastres, era una tortuosa senda donde la proverbial terquedad de las mulas rehusaba transitar sin el ocasional y sabio consejo del recio varapalo en sus costillas. No lo tengo yo por el mejor camino, ni tan breve… es muy áspero y de muchas sierras y cumbres muy dobladas, y de muchos valles y ríos y bravas montañas y espesísimas arboledas, y tan dificultoso de andar que sin mucho trabajo no se puede hacer…y es muy malo… el cual he yo andado dos veces a pie, opinaba de él Fernández de Oviedo. El propio historiador propone nueva ruta:  desde Panamá hasta el río Chagres hay cuatro leguas de buen camino, y que a muy buen placer le pueden andar carretas cargadas, porque aunque hay algunas subidas, son pequeñas, y (es toda ella) tierra desocupada de arboleda, y llanos, y todo lo más de estes (sic, modismo bable) cuatro leguas es raso, y llegadas las carretas al río se podría embarcar la especería en barcas y pinazas; el río sale a la mar del Norte cinco o seis leguas debajo del puerto del Nombre de Dios, y entra la mar a par de una isla pequeña que se llama isla de Bastimentos, que tiene muy buen puerto... Idea asumida por el nuevo gobernador Barrionuevo y apoyada por Gaspar de Espinosa convertido para entonces en influyente hombre de negocios, que proponen la ruta mixta esbozada por el historiador asturiano, que también compartirá el estudioso Fray Tomas de Berlanga obispo de Panamá (1536) y descubridor de las Galápagos. Se acomete la limpieza del río, retíranse palotales y árboles caídos entre la desembocadura y la intersección caminera que viene de Panamá, indicándose ambos límites planimétricos con sendas cruces. Se inicia por tierra el trazado del llamado  Camino de Cruces (1527), con su base granular compacta y su concertante empedrado carretero de 2.70 metros de ancho a lo largo de treinta km, capaz de ser recorrido por carromatos en 7 horas. Se construyen  Venta y Aduana en la barranca de Cruces, enlace de ambas vías seca y húmeda, que tomará en adelante el nombre de Venta de Cruces (1536). En la boca del Chagres, puntual paso de la vía húmeda fluvial a marina, se construye otra Aduana. Los edificios de Cruces cobijan mesón, bodega, galpones y aduana, en cuyos libros queda registrado el tránsito de mercancías. En la boca del río, otra Aduana comprueba también la carga estibada en los bongos, al pie del Castillo de San Lorenzo de Chagres (1535) y sus cañones, cobijo de embarcaciones, gentes y  mercancías. Entre ambas aduanas se intercalan una serie de fortines escalonados, como el Fuerte Gatún o el propio de Cruces, apoyo estratégico del transito de mercancías y hombres por la vena fluvial.

 

Figura 3: Los Caminos históricos del istmo

 

La nueva Vía Marítima entre la Boca del Chagres y Nombre de Dios cabotada por pataches y bergantines, atrajo pronto la rapacidad pirata, siempre al acecho de cualquier descuido táctico enemigo del que sacar provecho. Los primeros asaltos a  convoyes de esta vía se produjeron el año mismo de su puesta en servicio (1537), lo que obligó a repartir selectivamente los fardos entre el Camino Real  y el Camino de Cruces, según que de metales preciosos o mercancías comunes se tratase. El codicioso efecto llamada de las potencias enemigas sobre activos metálicos de la hacienda imperial española era evidente y crudo. Sobre todo para la emergente Inglaterra, con una Royal Navy carente todavía de infraestructura, y fiada su rapiña costera a una pléyade de privateers desparramados a comisión por el Caribe y sus islas. Entre ellos el joven Francis Drake, que pese a sus pretenciosas memorias, lo único fidedigno que sacaría de su primer ataque a Nombre de Dios (1572), seria dejar la plata peruana donde estaba, además de abandonar dieciocho cadáveres en la playa y conservar de por vida una bala de mosquete alojada en su pierna izquierda. Protegido por la orografía y vegetación salvajes del istmo, aunque demorase  doce días el penoso y lento avance de las recuas, era el camino interior más seguro que el ágil y cómodo trayecto mixto, vulnerable a la libre insidia enemiga durante las ocho o diez horas de su cabotaje costero. No obstante, el persistente Drake con el apoyo de 100 negros cimarrones contratados al efecto, ataca al grueso de reatas de mulas que siguen bajando por el Camino Real hacia la costa. Las refriegas con la milicia presidial le infieren numerosas bajas entre las que se cuentan los dos hermanos del propio privateer. El hugonote y cartógrafo francés Guillaume Le Testu,  adherido como piloto de altura con nave y hombres al empeño depredador, logrará capturar algunas reatas con más de 100.000 pesos de oro y 15 Tm de plata; pero su excesivo peso les obliga a enterrar una parte, a la espera de recuperarla en mejor ocasión. Los españoles contraatacan, recuperan parte del metal robado y capturan a Le Testu, que es ajusticiado en días siguientes. Pero no pueden evitar que Drake se escabulla con el crecido botín del francés, que a su arribada a Southampton catapultaría al firmamento inglés su imagen de gran corsario benefactor de la patria. Una de las bases del futuro Banco de Inglaterra según hubo de reconocer el propio Keynes cuatros siglos más tarde.

Figura 4: Escudo heráldico de Nombre de Dios

 

Desde el establecimiento de su Feria del Atlántico en 1544, la ciudad fundada por Nicuesa habíase convertido en núcleo obligado y maldito del tránsito de las mercancías y plata peruana, motores del comercio sevillano con Lima. La sofocante ciudad era por aquella segunda mitad del siglo XVI, un avispero de truhanes, prostitutas y malandrines, donde la salud languidecía y la violencia callejera era moneda corriente con riesgo de la propia vida: su existencia era una amenaza social; el tránsito por sus calles en horas nocturnas, un suicidio. Cueva de ladrones, sepultura de peregrinos, la llamaba Berlanga. No obstante ello, el poder del dinero manteníala en pie,  tornapuntada con plata peruana en medio de secuencias socio-sísmicas de toda laya que tambaleaban su equilibrio. Dada su significación económica, Pedrarias había aprobado el trazado caminero que uniría los mares que el istmo separaba. La apertura de una trocha inicial entre Nombre de Dios y Panamá, fue pronto convertida en camino empedrado, senda para hombres y mulas, suerte de calzada romana, vena áurica, nexo de  piélagos, que todo esto iba a representar para el comercio imperial la apertura de aquel sendero que orillaba escarpes, soslayaba ciénagas y remontaba crestas. De Sevilla habían llegado rejas, zapas, azadones, cedazos, picos, petos, pilones, palanquetas, palas, rastras, mazas, marrazos, hachas, junto a los acerados herrajes precisos para reparar o montar cualquier apero útil para el trazado caminero. Eran muchos los kilómetros, y tanto más los brazos que debían acometerlo en sus diversos tramos y época seca, para avanzar ostensiblemente hacia su conclusión. Animales de tiro y carga no faltaban, y madera para mangos y pisones tampoco: pero era la mano de obra india el talón de Aquiles de aquel empeño. Con grandes dificultades por lo poca que hay en estos reinos, y los más que van enferman… enfermedades y muerte que aún ni los negros pueden resistir… era un lamento asumido que atoraba el proyecto del camino. Negros cimarrones desertores de aquella mortífera apertura-trampa, comenzaron a establecerse en los solitarios esteros de la Bahía de Portobelo, camuflados del control presidial de Nombre de Dios, la insalubre ciudad ya sentenciada al abandono. Con este núcleo humano incipiente y la real orden de evacuar los últimos colonos de la ciudad de Nicuesa, Francisco Valverde y Mercado, factor y veedor de Nueva España, comisario-revisor de las obras de fortificación y acondicionamiento del nuevo enclave costero, funda en él la ciudad de San Felipe de Portobelo. Será nombrado Gobernador vitalicio de la plaza (1597-1644). A su muerte, la nueva ciudad del Atlántico va a ser gobernada por un Teniente General con mando en plaza y jurisdicción territorial anexa, dependiente del Gobernador Presidente de Panamá, autoridad máxima del istmo con sede en la ciudad del Pacífico.

Figura 5: Nombre de Dios, sede de la primera Feria del Atlántico

 

El progresivo abandono de Nombre de Dios, trae el medro poblacional de Panamá y Portobelo como puntos de acopio humano en el enlace interoceánico de España y Perú. Por orden de Felipe II (1584), la feria atlántica establecida en Nombre de Dios desde 40 años antes, se trasladaba a la Bahía de Portobelo cuyo rancherío iba pronto a consolidar su población. Comienza la fase constructiva de las fortificaciones de la bahía según proyecto del ingeniero real Battista Antonelli, que diseña también la variante del Camino Real desde Boquerón por El Bohío, junto a otras defensas alternas para la Boca de Chagres y la Barranca de Cruces. Antonelli había sido designado por el rey para examinar los puntos y costas de América donde convenga levantar fuertes y castillos. Su nombre y saga van a impregnar de un cierto sabor familiar a la ingeniería militar indiana del siglo que comienza. El inicial diseño del ingeniero real establecía un sistema de tres fuertes conocidos como San Jerónimo situado entre la playa y el puerto, quedando situados los otros dos, San Felipe Todofierro y Santiago La Gloria cada uno a un lado de la embocadura, para que su cruce de fuegos protegiera el acceso a la ciudad. Pero pronto aparecieron problemas de asentamiento y deslices de ladera en el escarpe sur, por lo que el castillo de Santiago hubo de ser remetido hacia la ciudad para fundarlo sobre buzamientos de roca consolidada. Se situó en una hondonada rodeada de quebradas y padrastros, presa fácil del enemigo en caso de que lograra desembarcar en la costa y ocupara los promontorios ubicados a sus espaldas, denuncia el nuevo alcalde mayor Vargas Machuca (1602) con palabras proféticas que habían de cumplirse andando el tiempo.Figura 6: El diseño de los Caminos

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – IV

Las primeras noticias documentadas sobre la agonía del negocio perlífero de Cubagua y el consiguiente éxodo de sus pescadores datan de 1537. La Real Audiencia de Santo Domingo autoriza por esas fechas el establecimiento en el Cabo de la Vela de las pesquerías que solicitan abandonar Nueva Cádiz, con sus 900 buceadores indígenas y 37 canoas. Nuevamente los registros conservados de aquellos señores de las canoas,  trasplantados con subalternos y servicios a la región guajira, delatan su conexión con la Baja Andalucía desde la linde del Guadiana a Cádiz. A orillas de la Laguna de San Juan va a establecerse en forma de ranchería el futuro pueblo, similar en sus orígenes a Cubagua, hasta ser consideradas ambas una misma cosa. También aquí van a prevalecer los buceadores indígenas, libres o forzados, altamente dotados para la inmersión a criterio de mayordomos y señores. Con una mortandad y deserción elevadas, los reincorporados a la granjería, mayormente pescadores forzados, serán comprados en Curazao y sus Islas de sotavento o capturados entre las etnias periféricas. Los indios de su contorno, hostiles a los nuevos pobladores costeros de la Nueva Andalucía, eran a la vez favorecidos cazadores de ojeo. La dura vida del pescador de perlas, la imposición de los canoeros, los ataques de escualos, la mordedura ponzoñosa de peces coralíferos, las riñas y pendencias étnicas o tribales, el propio buceo continuado, eran accidentes que acababan con el setenta por ciento de los buceadores. Raro era quien sobrevivía para superar aquel cerco diabólico, tras el cual se les permitía labores de arreglo, limpieza y mantenimiento de las pesquerías. El creciente número de negros bozales incorporados, constituía la mano de obra indiscriminada de los toderos, gente para siembra y labranza, la tala y acarreo de leña, distribución del agua, pastoreo de ganado, obra pública, pero raramente buceo. Considerábanlos gente de mucha fuerza, capaces de soportar el trabajo sin protestas ni escaqueos, por duro que fuera el caído en suertes. Muchos de aquellos negros esclavos, laboriosos y hábiles artesanos, se acogerían al edicto real de gracias al sacar, para comprarle la libertad a su dueño con el beneplácito selectivo de muchas indias de servicio, que acabaron con ellos maridando en libertad. Huella de su buen hacer serían las múltiples manualidades, desde medallas o arracadas a cucharillas y cofrecillos de nácar, que Cubagua primero y Riohacha mas tarde, producirían en abundancia.

Una nueva crisis sísmica acaecida la noche de navidad de 1541, apuntilla la declinante vida poblacional y económica de Nueva Cádiz con un nuevo maremoto que deslava su solar. La poca mano de obra, indígena y negra, que restaba tras el éxodo a la Guajira, Margarita, Araya, Cumaná y Trinidad, desaparece con el súbito envite marino. Con la llegada del nuevo día se percatan en Porlamar de la catástrofe. A lo largo de su litoral pueden verse sobrenadar grandes chinampas de yerbajos resecos y maleza enmarañada, grandes manchas flotantes donde se aprecian toneles, fardos, maderas, canoas volcadas, enseres domésticos, aves de corral muertas, arrastradas por las corrientes costeras… además de algunos cadáveres flotantes de las víctimas. La mayoría de sus archivos capitalinos se habían perdido con la marea: el ayuntamiento, la aduana, la iglesia matriz, el convento franciscano, ven desvanecerse entre las aguas un tesoro informativo que va a sellar con su vacío el futuro de aquella aventura humana. Nuevamente serán los margariteños quienes arramblen con los despojos de nadie, hallados entre aquellas enjutas paredes mudas.  Este es el panorama que encuentra Orellana y su gente en su desesperada busca de puerto donde carenar sus bergantines, tras su accidentado descenso desde el Alto Perú por el Coca-Amazonas. Los restos de Nueva Cádiz, conocerían para propagar al mundo la noticia del encuentro y lucha de aquel puñado de cadáveres vivientes contra las amazonas, las hembras guerreras interceptadas en mitad de la selva.

 

FIGURA 12: RUINAS DE NUEVA CÁDIZ

 

Un estertor postrero acaecería dos años mas tarde, cuando apenas subiste entre sus ruinas alguna decena de moradores, incapaces de defenderse de la avalancha hugonote que se les viene encima. Vienen los calvinistas franceses en tres barcos dispuestos a rescatar las famosas perlas de Cubagua…cuando hacía años que ya no existían. Solo alguna solitaria canoa indígena, compartida por buceadores blancos e indios, rebañaban por aquellos días las últimas ostras del fondo marino. Conscientes de su soledad e impotencia, poco tiempo van a tardar los hábiles canoeros en diluirse ente los manglares margariteños tras percatarse de las velas corsas. Presa de la rabia, la horda predatoria  cae sobre la ribera, roba los vasos sagrados, atriles y candelabros de las iglesias, destruye sus imágenes sacras y pone fuego al despojo de Nueva Cádiz, no sin la ayuda de cierto licor oleoso conocido como petrolio, que manaba espontáneamente al oeste de la isla. La evidente soledad no era fiel compañera en aquella isla ni aquellos tiempos de violencia y rapiña cruzadas. El abandono definitivo de la isla, sería total a partir de este incidente, que acabó por calcinar los pocos documentos escritos que aún hubiera podido aportar la primera ciudad de Suramérica. Erosionados tapiales, míseros diógenes entre ellos cobijados, y perros hambrientos sin dueño, sería el  legado futuro a los ojos del secular viajero.

Hoy quedan solo surcos y muñones alineados de sus ruinas. Aquella ciudad puntera alcanzó su cenit con más de mil quinientos ciudadanos censados, sobre un damero superficial de  trece hectáreas. Adaptado su casco a la suave orografía de la costa, sus calles aparecen trazadas según los vientos dominantes del este y del norte. Orientado al levante su frente principal,  presentaba siete cuadras  por cinco de su frente norte.  La iglesia mayor dedicada al Apóstol Santiago, la capilla del convento de San Francisco de Asís, y la Ermita de la Purísima Concepción, constituían los tres templos votivos de la ciudad, construidos con la coquilla coralina de sus mejores tiempos, extraída de los fondos aledaños, trabada con argamasa de cal. El edificio del Ayuntamiento, con cárcel y aduana, ocupaba la cuadra central del frente sur. Ante él, el embarcadero principal del puerto; detrás, la Plaza Mayor con su rollo justiciero y la iglesia parroquial de Santiago.

FIGURA 13: LO QUE QUEDA DE NUEVA CÁDIZ

 

Como contrapartida Cumaná, la ciudad del continente que le toma el relevo colonizador a Nueva Cádiz, será bajo diferentes nombres y fundaciones varias veces destruida por los  cumanagotos, cuando no por los temblores de su suelo. Pacificada la grey indígena, son protagonistas los frailes, que aclimatan en su misión las semillas traídas de La Española y Canarias. Las siembran  en viejas canoas indígenas, colmadas de buena tierra y suspendidas a proa y popa por cordámenes de palma. Es su manera de resguardarlas de malas yerbas, gusanos, bachacos y toda hormiga maligna que pulule por el suelo tropical, imposibilitadas de trepar por las embetunadas estacas que les sirven de soporte. Simientes que habían de constituir un vivero universal para los colonos que las llevan en sus seras campesinas Tierra Firme adentro. De su costa partirían aventureros hacia el interior continental tras el oro y la captura de esclavos, pero también pacíficos colonos peninsulares y canarios con sus familias y siervos, en busca de tierras fértiles y convenientes donde medrar, portando sus enseres, semillas, ganados y animales domésticos. Pero por encima de todo, su voluntad de arraigo, afianzada en el instinto natural del rústico que busca medro, habiendo dejado atrás la miseria de su origen.

Aquellos primeros años de permanente frontera, ofrecen a los pobladores europeos el contexto natural con el que han de enfrentar su rol colonizador. Los años pasados en las islas, han actualizado la vieja simbiosis del perro y el campesino. En su marcha hacia el interior, los pioneros colonos llevan sus alanos, compañía y guarda inigualable de ganados y personas contra nuevos peligros, en la marcha de día o en la acampada nocturna. Cánidos provenientes del Imperio Sármata del Asia Central, que habían llegado a la Hispania romana en el siglo V de nuestra Era con el  invasor pueblo alano. Compañeros históricos inseparables en guerras y pastoreo vacuno de aquellos hispanorromanos, conocidos después como castellanos viejos, pisaban ahora las nuevas tierras de Indias. Perros de agarre o presa, capaces de tumbar un toro o un oso, pero también de diente, empleados en la caza del jabalí o del venado, defensor aguerrido de las reses frente al depredador ocasional, y a sus dueños en todo tiempo frente al inesperado intruso.

En las expediciones hacia el interior, tanto la hueste exploradora como la comparsa de colonos que tras ella avanza con ganados y enseres, llevan siempre una escolta de sufridos y recios alanos. Perros en retaguardia, donde los enfermos y las reses recién paridas lastraban y retrasaban el avance principal del grupo, al decir del historiador de Indias. Pero abriendo también la marcha con su presencia y su olfato, capaces de levantar indios apostados entre los carrizales, o ladrar tozudamente frente a su nicho oculto. De morro chato y oreja corta, resistentes a la enfermedad y al sufrimiento, desconfiados frente al extraño, sumisos y entregados a su dueño, vigilaban el campamento, rastreaban sendas ignotas, olfateaban sotobosques y manglares, cruzaban y avizoraban la selva, oteaban el peligro de grandes felinos en los humedales, se enfrentaban a los pumas y a los báquiros, o capturaban chigüires y armadillos para alimentarse ellos y la hueste. Canes que se paran o ladran ante los miméticos reptiles del camino, que acompañan en silentes incursiones al séquito de flecheros que caza monos aulladores o aves en tránsito por la cúpula arbórea, que gruñen inquietos al nativo interceptado por los guías. Los alanos, siempre desconfiados frente a la actitud circunspecta del indígena, vuélvense agresivos según vean su actitud y estampa. A pesar de los lazos comunes de las naciones indias, la talla distinta, el tinte más o menos atezado de su epidermis, sus penachos, su poncho o su ruana, y sobre todo la mirada, esa mezcla de calma e indolencia propias de cada etnia, trocada en inquietante tristeza y ferocidad del pueblo caribe, tan magistralmente descritas por Humboldt, eran características que los alanos sabían filtrar sutilmente con su instinto. Frente a ellos, emitiendo prolongados gruñidos de repulsa, galvanizado, mostrando sus incisivos, el alano permanecía tenso, inmóvil y atento al menor gesto de su amo. Tal era su valía y confianza para la gente de a caballo que custodiaba las marchas, que muchos de aquellos perros eran tratados bajo soldada junto a su dueño, con paga y rancho como otro integrante más de la hueste armada. Equipados para ello con carlancas, cabezales encuerados de aceradas púas, o petos de algodón cinchados, entraban en lid contra el indígena o la fiera al azuce convenido del amo. Era tal la simbiosis con su perro, que más de un dueño desesperado por el hambre, hubo de sacrificarlo para subsistir, pero no pudo ingerir bocado tras haberlo muerto. El vacío dejado por el fiel camarada, asiduo lamedor de sus heridas y las propias, se imponía tras su muerte, amargando a veces el instinto vital del dueño. Aunque en el incierto horizonte de la conquista, esa misma lealtad era causa de su perdición, cuando perseguido de salvajes, el perro manifestaba con sus latidos  el retiro donde se ocultaba el dueño. En todo caso, las jaurías del poderoso alano, junto al enhiesto jinete de la caballería y el lento pero horrísono arcabuz de los infantes, es fácil comprender que provocasen pánico invencible entre los indios de la Tierra de Gracia. Ante tal maquinaria de guerra, solo cabía contra el invasor la emboscada, el engaño, la añagaza y la unívoca y súbita concurrencia masiva de  ululantes guerreros en algara, dispuestos a matar y morir con su macana en las manos. La antorcha vendría después a purificar en muchos casos las huellas dejadas por el invasor en los campos de Marte.

FIGURA 14: LA CUMANÁ FRONTERIZA

 

Como en la Cumaná fronteriza, aquellas oleadas de colonos, introdujeron el ganado vacuno, los cerdos, los caballos, además de las gallinas, palomas, pavos, perros y gatos que con ellos traían. Avanzaban en caravanas a pie o a grupa de asnos y mulos las mujeres y los niños, penetrando la geografía hacia los llanos del interior o las selvas del Orinoco. Allí iban a revivir las viejas secuencias pugnaces frente a nuevas tribus, gentes primitivas que defendían su libertad de la única forma que sabían hacerlo, como lo habían hecho a lo largo de la historia sus mayores. Solo los misioneros iban a saber sobrevivir entre paces alternativas con los indios, desterrados en aquellas fronteras sociales engullidas por la selva. Muchos años después serían visitados y sorprendidos en propio ambiente por el gran Humboldt, admirado confeso de la abnegación y entrega de los misioneros a los también vasallos de aquellos reinos, sus semejantes.

La desbandada poblacional de Nueva Cádiz había alcanzado en parte a Margarita, donde adquirió solares y tierras para la ganadería o la siembra. La próspera cabaña soñada por su lejana gobernadora y conseguida en pocos años, iba a coincidir con la aparición de nuevos ostrales de aljófares en la isla de Coche (1575), explotados desde Pampatar. Hacia mediados de centuria habíase consolidado ya la novedosa industria margariteña, no ajena a la experiencia perlífera aportada por los venidos de Cubagua. Suponía ello el necesario efecto llamada sobre inversores y colonos que iban a propiciar la repoblación y el  despegue económico de la isla. En pocos años Margarita aportaría la mayor parte de los animales y aprovisionamiento demandados por las expediciones a Tierra Firme. Lamentablemente el efecto llamada tuvo su eco endémico entre los bucaneros y perros del mar, razón por la cual hubo de fortificarse su costa. En uno de estos lances defensivos perecería el propio gobernador de la isla, luchando contra el pirata inglés William Burg (1595).

Desde Cubagua al principio, Margarita después, habíanse nutrido flotas expedicionarias Orinoco arriba o costas de Trinidad avante. Nueva Cádiz había filtrado en sus cortos años de dinamismo repoblador, cientos de colonos y misioneros en continuo avance hacia la nueva tierra prometida, el nuevo país del oro, o las nuevas almas que catequizar, con la misma eficacia que había trasladado sus haciendas perlíferas desde el Cabo la Vela hasta Riohacha o Pampatar. De Margarita partirían las expediciones y fundaciones de un Antonio de Berrio imbuido de sueños sobre El Dorado. Heredero del Adelantado Jiménez de Quesada y sus títulos de fundador de Bogotá y Gobernador de El Dorado, remonta el Orinoco tras la mítica ciudad de Manoa, la supuesta capital del reino del oro, dejando asentamientos humanos de apoyo en Trinidad y la Guayana. Al final de su vida sería engañado por el británico Walter Raileigh, otro acérrimo embaucador de leyendas indianas, que había aprendido español para mejor buscarlas. Quiere para sí el áureo reino de los omaguas, y trata por ello de borrar y destruir las huellas colonizadoras del español. Conducta que habría de costarle la vida, condenado al hacha del verdugo por  desobedecer a su Rey.

El paleño Diego Fernández de Serpa, próspero armador de Nueva Cádiz y encargado de la defensa por mar de las islas, dará la batalla a los piratas a quienes perseguirá sin cuartel por todo el Caribe durante siete años. Nombrado Gobernador de Nueva Andalucía por capitulación, deberá conquistarla y poblarla a expensa propia. Habiendo levado anclas en Sevilla, los escasos españoles, mestizos y guaiqueríes que con otros  indígenas ladinos poblaban la ranchería de Cumaná, verán entrar en su abra cinco naves de porte con abundante gente, ganado y bastimentos. Vienen a trazar sus calles, solares y plaza, y levantar la nueva ciudad de paja y palma, iglesia y cabildo, que venían a fundar por real designio (1569). Experto conocedor del entorno posibilista, había elegido Margarita como centro masivo de abasto, y a ella arriba con solo hombres y naves vacías de bastimento. Llegó a Margarita…en donde compró ochocientas vacas a entregar en los llanos de Venezuela…los soldados que pudieron ir, se proveyeron de caballos en esta isla, en la que estuvieron ocho días…iba a ser la actitud mantenida por el nuevo gobernador y su hijo y heredero, convirtiendo la isla en su invariable granero.

Pasado el ecuador del siglo, de Margarita partirían gentes castellanas o indígenas, mestizos como Francisco Fajardo, que con suerte varia van a intentar poblar el litoral central. Llevan en sus macutos semillas de cítricos, hortalizas, retoños de cambur, aclimatados por los frailes en los cenobios de cabecera. Aquellos miméticos monjes, cuyo ora et labora a todos enriquece, asesoran al labriego que a ellos acude. Otras veces, son los activos africanos de comparsa quienes traen las añoradas raíces, frutas y tubérculos de su infancia, cuando no los mismos indios de la comitiva que se hacen acompañar por aves del corral familiar. Van creando pueblas, trazando asentamientos, escoriando carrizos, marcando hatos, metiendo fuego desbrozador a la sabana para  tornarla productiva, ocupando el vacío verde y la nada humana, reinos estables de la corocora, el váquiro y el chiguire o el puma. Gentes anónimas que con su actividad, su paciencia o su apatía congénitas, hicieron un mundo, el Orbe Novo que intuyera el humanista lombardo Pedro Mártir de Anglería.

 
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Contexto Histórico de Nueva Cádiz – III

Tras la acometida bélica de Santiago Castellón y su hueste, comienza el retorno de colonos a Cubagua y a Tierra Firme. Durante algún tiempo va a citarse su puebla como Villa de Santiago de Cubagua, sea tal vez en pleitesía al capitán que ha propiciado su nueva singladura vital, sea como cobijo advocativo bajo el manto del patrono matamoros de España, a la vez que se concreta en todo caso un topónimo para sus  pobladores. La puebla parece cobrar conciencia de villa tras la protección de sus aguadas en Cumaná (1523), cuando su granjería declara ya  quintos  superiores a los 15.000 ducados anuales. Por esa misma época Margarita comienza su andadura como isla de plantíos y hatos, que no pasa inadvertida a la demanda comercial de la Villa de Santiago. La próspera Cubagua deseaba aumentar su jurisdicción territorial con la incorporación de sus vecinas Coche y Margarita, de escasa población europea. La prohibición de encomendar  guaiqueríes, y su inviolable estatus de ser tratados e instituidos como nuestros súbditos naturales y vasallos, era una rémora para desarrollar la isla. La Gobernadora de Margarita, estirpe del primer Villalobos en su concesión de gobernancia, gestiona desde la lejana Santo Domingo la traída de ganado equino y bovino a su isla. Cuenta para pastorearlo con nuestros súbditos naturales, no sin protestar ante su Audiencia por el blindaje legal de unos guaiqueríes reacios siempre al trabajo productivo. Pero la primera llave del Imperio tenía abierta su cerraja al África portuguesa, y la gobernadora comprará en La Española los bozales necesarios para impulsar la producción ganadera margariteña que le soslayan sus nativos. Su éxito estaría asegurado antes de 20 años, cuando era ya la principal abastecedora cárnica de la Tierra Firme y de la Nueva Andalucía toda.

Llega desde La Española el licenciado Francisco de Prado para someter a Juicio de Residencia al capitán Jácome Castellón, quien finalizado su mandato, debe regresar a Santo Domingo. Nuevo ajuste entre la espada y la toga, la sangre y la tinta, que diría Madariaga, frente al desajuste económico de la Audiencia. Tras este juicio, una serie de intrigas iban a retrasar la reposición durante meses del nuevo corregidor de la puebla santiaguina. El capitán Pedro Ortiz de Matienzo va a tomar la defensa de Cubagua al cernirse sobre ella nueva amenaza corsaria. Un canoero llegado de Margarita, informa sobre ciertos bucaneros franceses arribados al surgidero de Pampatar, que en una nao grande e una carabela rasa portuguesa y un patache, buscan la puebla de Santiago de Cubagua para un supuesto trato de perlas (1527). Guiados por Diego Ingenio, piloto y antiguo contrabandista de esta puebla, un mal español natural de la villa de Cartaya en la Baja Andalucía, recelan los margariteños una cabalgada esclavista contra los nativos bajo apariencia de rescate comercial. A las rutinarias preguntas de identificación durante su fondeo en Pampatar, mienten los franceses y levantan sospechas, al hacer pasar la suya por una nave sevillana que casualmente había pasado por allí unos días antes. Pampatar, surgidero a resguardo de la Punta Ballena de Margarita, contaba con algunas decenas de vecinos dedicados a la pesca de ostiones en la isla de Coche. Ante las dudas surgidas y el peligro de celada, ningún margariteño subirá a bordo para rescatar, pese a las reiteradas invitaciones de los impostores. Pero tampoco se hace a la mar ninguna barca de pescador, varadas todas a la vista sobre la arena del resguardo. Los margariteños no quieren levantar sospechas al francés con su propio recelo. Un sigiloso canoero guaiquerí  será quien traiga la nueva del peligro a Nueva Cádiz, nombre con el que se cita  por vez primera la puebla de Cubagua.

Al amanecer siguiente se presentan frente a la advertida  Villa de Santiago las naves corsarias. Aprestan sus bateles para el desembarco, que va a ser impedido por pequeños bergantines y barcas de pesca  en número de treinta o más, e con indios flecheros proveydos (sic) de aquella hierva mortal que por allí hay… e con algunos tiros de pólvora…  que  directamente asedian a los recién llegados. Hostigan los neogaditanos y sus aliados indígenas a los filibusteros, que pese a su prepotencia artillera, contabilizaran trece muertos antes de abandonar la refriega e intentar un postrer diálogo. Pero saliéronse tres o cuatro vizcaynos (sic) e navarros que traían contra su grado en la carabela rasa, e fuéronse a tierra e dieron noticia de cómo aquellos franceses eran ladrones. Ante semejante rebato, rota la tregua, se hacen de nuevo a la mar los bergantines, bajeles, barcas y canoas de Nueva Cádiz con redoblado vigor. Reforzados con mosquetes y flecheros, toman al abordaje el patache. Esta pérdida obliga a cazar escotas y ceñir velas al resto de naves corsarias, que se disponen a ponerle millas de por medio a la incómoda plaga flotante. En su estela rumbo a Puerto Rico, van a dejar treinta y cinco cadáveres sobre las aguas. Informada Santo Domingo, organiza su Audiencia la caza y captura de aquellos forbantes. En la isla de la Mona (entre Puerto Rico y La Española), les darán cerrada batalla por dos días consecutivos. Rescataron la carabela portuguesa, traída cautiva desde costas brasileñas con su tripulación vizcaino-lusa, aunque se les escapa durante la noche la nao capitana de 240 toneladas. Con la nueva luz del día proseguirán su persecución en mar despejada. Pronto la darán por hundida vista la mala mar arbolada durante aquellas horas, y los severos destrozos percibidos en su casco. Unos días más tarde fondeaban de nuevo en la ría de Santo Domingo, trayendo con ellos esta vez la carabela liberada.

Unos años mas tarde Carlos V iba a otorgar el rango de ciudad a la villa de Cubagua, con el nombre de Nueva Ciudad de Cádiz, según Real Cédula de 1528. Un año antes había emitido en Burgos las Ordenanzas para la Isla de Cubagua, donde se establecían sus directrices comerciales y su estatuto ciudadano. Ya Castellón cinco años antes había empezado a fundar pueblo, cuando los vecinos sin temor, se dieron a construir… casas de morada, con mucho propósito de cal y canto, además de incorporar muchos indios, buenos pescadores de perlas. Habíase establecido el procedimiento para la elección anual de un alcalde ordinario, a la vez que se fijaba en ocho el número de regidores. Se controlaba la producción perlífera con tres contabilidades simultáneas, llevadas a cabo por dos funcionarios (un auditor tesorero, un veedor real) a contrastar con el libro encuadernado del propio alcalde. En ellas quedaban asentadas la cantidad y calidad de las perlas, el nombre del pescador y su señor de la canoa, así como el día, mes y año de cada partida registrada. Las perlas habían de ser diariamente guardadas en un arca con tres llaves, una para cada contador. La Corona trataba de controlar la economía sumergida de Cubagua para mitigar su costosa defensa.

FIG. 9: Escudo de la Ciudad De Cádiz

 

Las medidas de control de su producción perlífera, iban a coartar el aventurerismo comercial a la vez que consolidar el arraigo ciudadano. Surgirán por vez primera edificios en mampostería de piedra y labra, destacando entre ellos la iglesia matriz y la casa hidalga de Pedro de Barrionuevo, ambas muy bien labradas. El aspecto de la ciudad desde la mar, fachadas encaladas y compacto porte urbano que riela en el agua, empieza a convertirse en reminiscencia totémica de la tacita de plata que los regidores gaditanos de la villa añoran en la distancia. Ellos serán quienes sugieran el nombre de Nueva Cádiz, que asume el Cesar Carlos. Su imperial escudo y el de sus abuelos los Reyes Católicos, aparecerían siglos después entre sus ruinas, testificando su valioso pasado como zaguán de la cultura europea de aquel mundo en formación. Mantendrá la prebenda del comercio directo con Castilla sin necesidad de aportar sus naos en Santo Domingo, pese al encontrado sentir de su Real Audiencia. Su cabildo goza el poder de importar libremente doscientas piezas de esclavos anuales para sus pesquerías, a la vez que administra su propia alcabala con cesión mínima a la Hacienda Real. Por todo ello, el mantenimiento de Nueva Cádiz con el castillo de Cumaná como apéndice obligado, resultaba oneroso para la Corona, aunque su rol estratégico fuera altamente valorado por el Consejo de Indias como pasarela hacia la Tierra de Gracia. Un tampón cerámico hallado siglos después entre sus ruinas, vendría a corroborar el poder fáctico de su cabildo ciudadano de entonces, donde el sello imperial sobre un papel… era arma para afianzar la propia autoridad…el poder…la honra dimanada del Emperador… atesorada por aquella ciudad castellana, colmada de mercedes por el francoparlante Carlos, en una insignificante isla de  perlas caribeña. Coronado Emperador desde 1520, su cohorte de asesores flamencos y financistas alemanes iban a dejarse donar ricos presentes por la interesada nobleza castellana. Las perlas de Cubagua estuvieron entre aquellas dádivas desde el principio… y el joven César vino a otorgar a su todavía villa, la Real Cédula que le concediera el rango de ciudad privilegiada, en detrimento del castillo y puebla de Cumaná, estéril ya de perlas. A consecuencia de ello, aquellos aguadores negros que antaño pasaban al continente para traer a Nueva Cádiz el líquido potable, deberán retornar escoltados por jinetes que despejen de flecheros ocultos los carrizales ribereños. Pero el servicio de aguada no sería ya interrumpido.

Por aquel tiempo el veterano Diego de Ordaz, expedicionario que lo fue junto a Ojeda en Cabo de la Vela, con Juan de la Cosa en Urabá, y Hernán Cortés en Tenochtitlán, estaba inmerso en otras jornadas de exploración en busca de El Dorado. Va a venir desde Andalucía repetidas veces con nao capitana y varias carabelas, para recorrer la Guayana e incursionar en el Orinoco. Muchos de sus hombres y todo su ganado y caballos, serán acopiados en Margarita. Cubagua será la base del carenado de sus naves. Llegará Orinoco adentro hasta la confluencia del Meta, donde las cataratas de Ature le impiden seguir avanzando. En su ausencia, los subalternos Alonso de Herrera, Jerónimo Ortal y Jerónimo de Alderete iban a seguir sus huellas tras El Dorado, pero su ahínco tampoco sería recompensado con el éxito. En 1530 iba a ser Diego de Ordaz nombrado Gobernador de Amazonia, una entelequia geográfica de Tierra Firme que incluía Trinidad y las Islas de las perlas. Cubagua no reconoce tal nombramiento, y en su visita a Nueva Cádiz, el flamante gobernador es apresado y remitido a Santo Domingo. En pleno Juicio de Residencia decide ir a España a reclamar justicia, pero desaparece con su nave en el Atlántico.

 

FIG. 10: Amazonía

 

Un terremoto seguido de tsunami iba a destruir aquel año el castillo de Cumaná. Se levantó la mar en altura de cuatro estadios…dio la tierra un horrible bramido… hundiéronse muchos pueblos de indios,  y de ellos murieron muchos, nos cuenta la crónica.  Este percance tectónico iba a ofrecer a los pobladores de la Tierra Firme una lectura ajustada del nuevo contexto natural con que habían de enfrentarse al futuro. El suelo inestable que pisaban, inopinadamente convulso de súbito, había arruinado la pétrea Nueva Cádiz y el castillo de Cumaná en su primera sacudida, pero respetó las humildes chozas suburbiales de caña, carrizo o bahareque, que se cimbrearon sin colapsar durante aquellos eternos estertores, para ser finalmente arrolladas todas por una ola de marea que arboló las aguas y laceró profundamente la vida a lo largo del litoral. Algo llevaban aprendido ya los supervivientes para legar a sus herederos. Los retumbos que como lamento subterráneo acompañaban al vaivén del suelo, se aproximaban y pasaban rezongando bajo sus pies, el vapor rojizo que resplandecía como una aurora boreal de la noche del trópico, las bocanadas de agua caliente, los vómitos azufrados de barro y pez que surgían de las grietas del suelo, o los haces ondulantes de fuegos fatuos que garabateaban las sombras, todo la parafernalia sensible de los espasmos de la tierra cumanesa, era festejada ancestralmente por sus indígenas con danzas enardecidas y jubiloso bullicio. Los indios creían que cada terremoto secuenciaba la destrucción del mundo, y que las distintas manifestaciones del fenómeno eran señales de una regeneración humana sin  invasores. Los cocodrilos salían a las playas y esteros durante el temblor, manadas de chigüires corrían a otros caños huyendo tanto del turbio légamo de las charcas como del cocodrilo súbitamente emergido de ellas, para acabar por caer engañosamente en las fauces de los jaguares, instintivos cazadores en río revuelto y ocasión propicia. Todo el saber ancestral de los indios, iba a ser acopiado por los castellanos en unos días de estertores difusos sobre aquella  pasarela de Tierra Firme. Pasarela por donde  ocurría (sic) mayor número de gentes que a las demás partes de la costa.

Tras la convulsión del suelo, detectan los pescadores profundos daños en los fondos rocosos del oriente de la isla y sus ostrales, cuyos magníficos ejemplares venían siendo feriados en los mercados perlíferos de Sevilla, Toledo, Augsburgo o Brujas. Solo a diez y doce brazas de agua en hondo… vuelven a reproducirse las ostras perlíferas que antaño lo hacían a tres, ahora muy pegadas e asidas a las peñas donde antes lo estaban débilmente. La pesca tradicional habíase practicado en Cubagua a base de canoas de siete y más nadadores, que tras cada zambullida, se erguían sobre el carel para depositar sus veneras en cubierta, cobrar el necesario aliento, comer un bocado reparador a bordo y volver a sumergirse. De sol a sol la rutina se repetía. Con las nuevas profundidades de pesca échanse sobre los hombros dos piedras ligadas por una cuerda, que dejan pender a sus costados. Este contrapeso facilita su inmersión, y se zafan de él para remontar. Comenzaba así la prolongada agonía de las pesquerías de barlovento, hasta ser más tarde abandonadas por su dificultad de extracción. La inmersión tradicional de buceadores que desprendían del fondo los ostiones para entregarlos en superficie, había empezado su declive sin retorno. Frente a esta realidad, la Casa de Contratación emitirá nuevas ordenanzas, que segregan ciertas zonas cerradas de otras temporalmente abiertas a la pesca, tratando con ello de evitar el progresivo esquilme de los viveros. Estas ordenanzas, revisadas anualmente, buscaban un equilibrio ecológico capaz de potenciar la repoblación de las ostras. Incluso llegarían a regular el tamaño de las canoas de pesca, a fin de controlar el número de buceadores de cada jornada. Poco tiempo habrían de durar estas medidas paliativas; nuevas técnicas de extracción a base de pesca de ingenio o de arrastre, vendrían a incrementar ostensiblemente el decalvado del fondo marino. Nuevos artificios de remoción, rastreo y redes de trasmallo o copo, el arrastre de planchas de hierro colgantes para apalancar y descuajar colonias enteras de ostras, la buena fuerza para las arrancar empleada con los nuevos métodos, iban a empobrecer irreversiblemente su capacidad de reproducción. En plena euforia perlífera productiva, la pesquería tenía sus días contados.

En 1532 Nueva Cádiz va a lograr su añorada jurisdicción sobre Margarita. Pedro de Herrera su alcalde mayor en ese momento, pasa a ser la suprema autoridad de las Islas de las Perlas. El nuevo compromiso político le obliga a la reconstrucción de su ciudad, que debe fortificar y dotar de real fuerza a fin de mantener su cometido de ariete abridor del continente, y de obligado gendarme de las islas. Construye una casa fuerte para protegerse y se defender de los ataques corsarios, pero en contrapartida presupuestaria la guarnición del castillo cumanés debe ser minorada. El párroco Francisco de Villacorta, nombrado protector  de indios, es enviado a fundar la Villa del Espíritu Santo con su iglesia, el Pueblo de la Mar que hoy conocemos como Porlamar, en la costa meridional de Margarita. Se trata de un núcleo mixto donde castellanos y guaiqueríes convivan, el primero de los muchos que habrá de cobijar la vacía isla para dejar de serlo.